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Ramirez RR 8

La arquitectura religiosa en América durante la colonización fue fundamental para la dominación cultural y territorial, con iglesias y conventos que reflejaban el poder del clero. Elementos arquitectónicos como el atrio, campanarios y la planta en cruz latina simbolizaban aspectos espirituales y sociales, mientras que reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II promovieron una mayor participación de los fieles. Además, la evolución de los monasterios y hospitales destaca la complejidad y la funcionalidad de estos espacios en la vida religiosa y social de la época.
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La arquitectura religiosa en América durante la colonización fue fundamental para la dominación cultural y territorial, con iglesias y conventos que reflejaban el poder del clero. Elementos arquitectónicos como el atrio, campanarios y la planta en cruz latina simbolizaban aspectos espirituales y sociales, mientras que reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II promovieron una mayor participación de los fieles. Además, la evolución de los monasterios y hospitales destaca la complejidad y la funcionalidad de estos espacios en la vida religiosa y social de la época.
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HISTORIA Y TEORÍA DE LA ARQUITECTURA 3

Semestre 2025-1

Ramirez, Luz
20214050

Clase 8:

Arquitectura Religiosa
La religión fue un pilar fundamental en el proceso de conquista y colonización de América, lo que explica la
relevancia arquitectónica y simbólica de los edificios religiosos. Para comprender su impacto, es esencial
analizar cómo estos proyectos —más allá de su función espiritual— sirvieron como instrumentos de
dominación cultural y territorial. En este contexto, las iglesias no eran meros templos (casas de divinidad),
sino espacios donde el clero ejercía su influencia. Mientras el clero regular vivía en comunidades bajo reglas
monásticas, a través de iglesias, catedrales, basílicas, capillas y oratorios, el clero secular —ermitaños con
menos recursos— impulsó la construcción de conventos, monasterios, colegios y hospitales. Estas
edificaciones, adaptadas a las necesidades de evangelización y control social, se convirtieron en los
principales motores de transformación arquitectónica del periodo colonial.

RESUMEN RAZONADO

Por un lado, las iglesias presentan dos aspectos particularmente interesantes: su naturaleza colectiva y
pública y la necesidad de consensos simbólicos para realizar modificaciones —un proceso que implica un
gran esfuerzo—, lo que ha contribuido a que, hasta la actualidad, muchas se mantengan prácticamente
igual a como fueron construidas. Por esta razón, resulta fundamental comprender los elementos
característicos que las componen. Uno de estos elementos es el espacio ubicado justo antes de la puerta
principal, conocido como atrio. Este sector, que suele estar delimitado por un muro pretil, cumplía
históricamente la función de separar a los bautizados de los que no lo estaban — a diferencia de las ciudades
españolas, donde todos eran considerados bautizados, por ende, no necesitaban de este muro—
. Seguidamente, el atrio tenía usos prácticos: en regiones como Puno y Cusco, por ejemplo, se empleaba
para ceremonias importantes e incluso como cementerio, ya que se creía que estar enterrado cerca de la
iglesia significaba mayor poder social. Otro elemento, vendrían ser los campanarios que emplean
la espadaña, una estructura mural con huecos para albergar campanas. Este elemento arquitectónico
evolucionó en distintas etapas: inicialmente, se construían como torres exentas (separadas del cuerpo de
la iglesia); posteriormente, derivaron en el doble campanario integrado al edificio principal. Además, su
diseño y materiales varían según la región, como se observa en el uso de piedra, quincha o madera en
diferentes ciudades.

Por otro lado, la planta de las iglesias sigue un esquema simbólico que representa la figura de la cruz
latina. El recorrido inicia en el muro de los pies (que simboliza los pies de Cristo), donde se ubica la entrada
principal. A continuación, se encuentra el sotocoro (con el coro en su parte superior) aunque existen dos
tipos de iglesia que no poseen coros: Monasterios y las catedrales donde el coro se encontraba debajo y al
costado del presbiterio. Seguidamente, la nave se divide en tramos por los arcos fajones hasta llegar al
crucero, punto de intersección entre la nave y el transepto (los "brazos" de la cruz). El crucero este espacio,
considerado el más sagrado, suele estar coronado por una cúpula. Más adelante, el recorrido continúa hacia
el arco triunfal, que precede al presbiterio. Este último, elevado con escalones impares (para iniciar rituales
con el pie derecho), alberga el altar (la mesa sacramental) y el retablo (estructura tallada con imágenes de
santos). Finalmente, el muro testero (que representa la "cabeza" de Cristo) cierra el conjunto, orientado
hacia el este —dirección del sol naciente—. A los lados del presbiterio, es común hallar la sacristía (espacio
de preparación litúrgica) y la contrasacristía (destinada a guardar vestimentas u objetos rituales), como se
aprecia en la Merced de Lima.

Seguidamente, el Concilio Vaticano II (hacia 1970) introdujo dos reformas clave en la liturgia católica: por
un lado, la separación física entre el altar (mesa) y el retablo, y por otro, el cambio de orientación del
sacerdote durante la misa. Anteriormente, los oficiantes daban la espalda a los feligreses, lo que —sumado
a la disposición simbólica de los elementos (el lado derecho asociado al Evangelio y el izquierdo a la
Epístola)— generaba un distanciamiento ritual. De hecho, esta dinámica se reflejaba incluso en la ubicación
de los púlpitos (como los tornavoces usados en Pascua), siempre colocados a la derecha. Sin embargo, tras
el concilio, se decidió invertir estas posiciones para fomentar una mayor participación de los fieles. No
obstante, este proceso fue gradual y heterogéneo: en muchos casos, los púlpitos no se reubicaron
correctamente debido a limitaciones presupuestarias o a la inercia de las estructuras virreinales, lo que hoy
permite identificar la época constructiva de los edificios según estos detalles.

En cuanto a la arquitectura, los templos coloniales experimentaron transformaciones


significativas. Inicialmente, durante los primeros años de la colonización, seguían un diseño simple —
plantas rectangulares—. Posteriormente, se añadieron capillas adosadas, que no solo ampliaron el espacio,
sino que también mejoraron la estabilidad estructural. Con el tiempo, la complejidad aumentó: por
ejemplo, se adaptó el modelo de basílica (originalmente edificios judiciales romanos) al culto cristiano,
aprovechando sus tres naves —la central más alta— para acoger a grandes congregaciones. Un caso
emblemático es la Catedral de Lima, que combina esta tipología con capillas hornacinas. Finalmente,
surgieron más variantes como: iglesias de cruz latina con brazos de diferentes proporciones, cruz de
caravana de doble transversal e iglesias con nártex como la Buena muerte, que incorporaron un vestíbulo
de entrada.

Así mismo, es clave distinguir entre fachada y portada: mientras la fachada abarca toda la elevación visible
del edificio, la portada es su elemento central, compuesto por un imafronte (que puede estar cubierto o
no). Esta última se estructura en cuerpos (divisiones horizontales), generalmente dos en el caso peruano,
aunque excepcionalmente puede incluir un tercero. El primer cuerpo está delimitado por
un entablamento (formado por arquitrabe, friso y cornisa), que lo separa del segundo cuerpo. En algunos
casos, se añade un ático —un remate decorativo superior—, aunque no es un elemento constante o en
algunos casos, como en el convento de Santo Domingo en Ayacucho, este espacio también incorporaba
balcones, lo que añadía un elemento arquitectónico distintivo y característico de las logias promulgadas
para evangelizar que pasado el tiempo dejan de ser utilizadas.

En sentido vertical, la portada se divide en calles: una central (principal) y laterales, demarcadas por
elementos de carga como columnas o pilares. Por ejemplo, en Lima, las primeras portadas siguieron el estilo
renacentista, como se observa en la Iglesia de San Agustín: sobrias, con relieves moderados y sin
continuidad en los elementos verticales. Sin embargo, su portada principal contrasta al adoptar el formato
de portada-retablo —más ornamentada y simétrica—, reflejando la evolución estilística hacia el barroco.
Finalmente, los detalles decorativos enriquecen su significado: como la concha venera (o de peregrino),
símbolo de reconciliación y vinculada al Camino de Santiago, los modillones, elementos típicos del barroco
limeño que sostienen cornisas. Con respecto a la escala, los edificios religiosos se clasificaban en: Iglesias
mayores (las más importantes, como catedrales), iglesias menores (de menor rango) , capillas (como la de
Miserere) y oratorios privados (propiedad de familias adineradas).

Para terminar, el clero secular desarrolló edificios residenciales dedicados a la práctica religiosa, como
conventos, monasterios, colegios y hospitales, basados en los votos de castidad, obediencia y
pobreza. Estos complejos se organizaban en claustros (patios rodeados de galerías), donde la puerta
principal se ubicaba en ángulo recto respecto al ingreso, siguiendo un diseño simbólico. Además, la
presencia de una fuente en el claustro no era casual, pues representaba el Edén. En cuanto a su distribución,
alrededor del claustro se disponían espacios clave: la sala capitular (donde se elegía al abad),
el refectorio (comedor con un púlpito para lecturas), y la sala de profundis (usada como velatorio). Cabe
destacar que las celdas eran reducidas, ya que solo servían para dormir, pues las actividades cotidianas
ocurrían en áreas comunes. Finalmente, estos conventos albergaban a sacerdotes, novicios, hermanos
legos y hasta sirvientes, quienes podían salir del recinto, a diferencia de los monasterios.

Por otro lado, los monasterios, inspirados en la regla de San Benito, se ubicaban lejos de la sociedad,
funcionando como refugios para monjes y monjas. A diferencia de los conventos, estos espacios eran más
cerrados y autosuficientes. En su interior, las monjas —algunas de las mujeres más cultas de la época—
gestionaban bibliotecas con valiosos textos, incluidos documentos en lenguas indígenas.
Arquitectónicamente, los monasterios contaban con locutorios (para comunicación con el exterior), celdas
individuales más amplias y altos muros que reforzaban su aislamiento. Curiosamente, también funcionaban
como instituciones financieras, administrando limosnas y dotes matrimoniales. Incluso, algunos
monasterios operaban como calles interiores, conectando diferentes áreas de actividad dentro del mismo
complejo. Por último, los hospitales, como San Andrés y Santa Ana, estaban diseñados para atender a
enfermos y moribundos. Estos lugares contaban con covachas —pequeños espacios destinados a brindar
paz en los últimos momentos—. Mientras que el Hospital de San Andrés conservaba tradiciones
particulares, el de Cajamarca destacaba por su iglesia, una de las mejor preservadas de la época.

Tras analizar este proceso, considero relevante destacar un aspecto vinculado a la construcción de los
monasterios, particularmente a partir del estudio del plano de San Gall en Historia II. Este documento,
concebido no por un arquitecto, sino por un monje franciscano, representa una utopía arquitectónica: el
ideal de un monasterio autosuficiente y perfectamente organizado. Sin embargo, su diseño también plantea
una crítica implícita a la planificación monástica medieval.

Lo más llamativo es la contradicción entre su ambición y su ejecución: aunque el plano busca reflejar una
"mini-ciudad" jerarquizada —con espacios delimitados para lo sagrado, lo laboral y lo cotidiano—, la
ausencia de un especialista en arquitectura revela una desconexión entre la teoría y la práctica. Esto
cuestiona hasta qué punto estos proyectos consideraban factores como la funcionalidad, la escala o las
necesidades reales de la comunidad. ¿Era este plano un ejercicio espiritual más que un manual
constructivo? ¿O acaso la Iglesia, al margen de técnicos, priorizaba el simbolismo sobre la viabilidad?
Este caso, en definitiva, ilustra cómo la planificación urbano-religiosa medieval podía caer en abstracciones
idealizadas, donde la representación gráfica —aun siendo innovadora— omitía desafíos prácticos. Un tema
que invita a reflexionar sobre quién diseña los espacios y con qué fines.

Mayo 2025

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