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Ollantay ACTO1

En el primer acto de la obra, Ollanta expresa su amor por Cusi Ccoyllur, a pesar de las advertencias de su amigo Piqui-Chaqui sobre las consecuencias de su amor por una princesa inca. Huillca-Uma, un augur, predice que Ollanta tiene un futuro brillante, pero también le advierte sobre los peligros que enfrenta. Cusi-Ccoyllur, a su vez, se lamenta por la indiferencia de Ollanta, mientras su padre, el Inca Pachacútec, le muestra su amor y preocupación.

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Ollantay ACTO1

En el primer acto de la obra, Ollanta expresa su amor por Cusi Ccoyllur, a pesar de las advertencias de su amigo Piqui-Chaqui sobre las consecuencias de su amor por una princesa inca. Huillca-Uma, un augur, predice que Ollanta tiene un futuro brillante, pero también le advierte sobre los peligros que enfrenta. Cusi-Ccoyllur, a su vez, se lamenta por la indiferencia de Ollanta, mientras su padre, el Inca Pachacútec, le muestra su amor y preocupación.

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Acto 1

Escena I
Gran plaza en el Cuzco con el templo del Sol en el fondo. La escena tiene lugar ante el
vestíbulo del templo. Vestidos característicos de la época incaica.

(Salen Ollanta, con manto bordado de oro y la maza al hombro, y tras él, Piqui-Chaqui).

Ollanta.– ¿Has visto, Piqui-Chaqui, a Cusi Ccoyllur en su palacio?

Piqui-chaqui.– No, que el Sol no permita que me acerque allá. ¿Cómo, no temes siendo
hija del Inca?

Ollanta.– Aunque eso sea, siempre he de amar a esta tierna paloma: a ella sola busca
mi corazón.

Piqui-chaqui.– ¡Creo que el demonio te ha hechizado! Estás delirando, pues hay


muchas doncellas a quienes puedes amar, antes que llegues a viejo. El día que el Inca
descubra tu pensamiento, te ha de cortar el cuello y también serás asado como carne.

Ollanta.– ¡Hombre!, no me sirvas de estorbo. No me contradigas, porque en este


momento, te he de quitar la vida, destrozándote con mis propias manos.

Piqui-chaqui.– ¡Veamos! Arrójame afuera como un can muerto, y ya no me dirás cada


año, cada día, cada noche: «Piqui-Chaqui, busca a Cusi-Ccoyllur».

Ollanta.– Ya te digo, Piqui-Chaqui, que acometería a la misma muerte con su guadaña;


aunque una montaña entera y todos mis enemigos se levantaran contra mí, combatiría
con ellos hasta morir por abrazar a Ccoyllur.

Piqui-chaqui.– ¿Y si el demonio saliera?

Ollanta.– Aun a él hollaría con mis plantas.

Piqui-chaqui.– Porque no veis ni la punta de sus narices, por eso habláis así.

Ollanta.– En hora buena, Piqui-Chaqui, dime sin recelo: ¿Cusi-Ccoyllur, no es una


brillante flor?

Piqui-chaqui.– ¡Vaya! Estás loco por Cusi-Ccoyllur. No la he visto. Tal vez fue una que
entre todas las sin mancilla salió ayer, al rayar la aurora, hermosa como la Luna y
brillante como el Sol en su carrera.
Ollanta.– Sin duda ella fue. He aquí que la conoces. ¡Qué hermosa! ¡Qué jovial! Anda
en este instante y habla con ella, que siempre está de buen humor.

Piqui-chaqui.– No desearía ir de día al palacio, porque en él no se conoce al que va con


quipe.

Ollanta.– ¿Cómo, no me has dicho que ya la conoces?

Piqui-chaqui.– Eso he dicho por decir. Como las estrellas brillan de noche, por eso sólo
de noche la conozco.

Ollanta.– Sal de aquí, brujo, pues mi idolatrada Cusi-Ccoyllur deslumbra al mismo Sol
con su hermosura. Ella no tiene rival.

Piqui-chaqui.– Aguarda que ahora ha de salir un viejo o una vieja, que creo idóneos
para llevar tus recados y hablar con ella; porque aunque soy un pobre huérfano, no
quisiera que me llamaran rufián.

ESCENA II
Huillca-Uma, con una larga túnica negra y un cuchillo en la mano, observa el Sol.

Huillca-uma.– ¡Sol vivo! Postrado delante de vos, adoro vuestra marcha. Para vos solo
he separado cien llamas, que debo sacrificar en el día de vuestra fiesta. Derramaré su
sangre en presencia de vos. Quemadas en el fuego arderán, después de hecho el
ayuno.

Ollanta.– He allí, Piqui-Chaqui, que viene el sabio Huillca-Uma: ese león anda
acompañado del mal presagio. Aborrezco a este agorero que siempre que habla
anuncia negros cuidados y vaticina el infortunio.

Piqui-chaqui.– Calla; no hables, pues ya aquel agorero sabe mejor que tú lo que has
dicho. (Se sienta y duerme).

Ollanta.– Hablaré. Ya que me has visto, poderoso y noble Huillca-Uma, te adoro con
profunda veneración. Para ti nada hay oculto; veamos que todo ha de ser así. (Se
acerca a Huillca-Uma).

Huillca-uma.– Poderoso Ollanta, a tus plantas tienes rendida la comarca: tu valor te


bastará para dominar todo.

Ollanta.– Tiemblo al verte aquí; como también al presenciar estas cenizas frías,
cimientos, adobes, vasos y cestos. Cuantos te ven admiran todo esto. Dime, ¿para qué
sirven, si todavía no es la fiesta? ¿Está por ventura enfermo el Inca? Tú vaticinas sólo
por medio de la sangre del tunqui rojo, y está muy lejos el día de sacrificar al Sol y a la
Luna. Si aún comienza el mes, ¿por qué hemos de abandonar los goces?

Huillca-uma.– ¿Para qué me interrogas increpándome? Todo sé; tú me lo recuerdas.

Ollanta.– Mi cobarde corazón teme el verte en un día particular, para aproveven, si


todavía no es la fiesta? ¿Está por ventura enfermo el Inca? Tú vaticinas sólo por medio
de la sangre del tunqui rojo, y está muy lejos el día de sacrificar al Sol y a la Luna. Si aún
comienza el mes, ¿por qué hemos de abandonar los goces?

Huillca-uma.– ¿Para qué me interrogas increpándome? Todo sé; tú me lo recuerdas.

Ollanta.– Mi cobarde corazón teme el verte en un día particular, para aprovecharme de


tu venida, aun cuando me costase una enfermedad.

Huillca-uma.– No temas Ollanta, viéndome aquí, porque sin duda alguna es porque te
amo. Volaré donde quieras como la paja batida por el viento. Dime los pensamientos
que se anidan en tu vil corazón. Hoy mismo te ofreceré la dicha o el veneno para que
escojas entre la vida o la muerte.

Ollanta.– Explícate con claridad, ya que has adivinado el secreto. Desata pronto esos
hilos.

Huillca-uma.– He aquí Ollanta, escucha lo que he descubierto en mi ciencia. Yo solo sé


todo, aun lo más oculto. Tengo influjo para hacerte general: mas ahora como que te he
criado desde niño debo, pues, ayudarte para que gobiernes Anti-Suyu. Todos te
conocen y el Inca te ama hasta el extremo de dividir contigo el cetro. Entre todos te ha
elegido, poniendo sus ojos en ti. Él aumentará tus fuerzas para que resistas las armas.

Ollanta.– ¿Cómo sabes eso que mi corazón oculta? Su madre sola lo sabe. ¿Y cómo tú
ahora me lo revelas?

Huillca-uma.– Todo que ha pasado en los tiempos para mí está presente, como si
estuviera escrito. Aun lo que hayas ocultado más, para mí es claro.

Ollanta.– De una vez te revelaré, Gran Padre, que he errado. Sabe ahora, sábelo, ya
que me has sorprendido en esto solo. El lazo que me enreda es grande; estoy muy
pronto para ahorcarme con él, aun cuando sea trenzado de oro. Este crimen sin igual
será mi verdugo. Sí; Cusi Ccoyllur es mi esposa, estoy enlazado con ella: soy ya de su
sangre y de su linaje como su madre lo sabe. Ayúdame a hablar a nuestro Inca:
condúceme para que me de a Ccoyllur: la pediré con todas mis fuerzas: preséntame
aunque se vuelva furioso, aunque me desprecie, no siendo de la sangre real. Que vea
mi infancia, tal vez ella será defectuosa; que mire mis tropiezos y cuente mis pasos; que
contemple mis armas que han humillado a mis plantas a millares de valientes.

(Sale).}

ESCENA IV
Cusi-Ccoyllur, llorando, y su madre, Ccoya, se encuentran en el interior del
Aclla-Huasi.

Ccoya.– ¿Desde cuándo estás tan mustia Cusi-Ccoyllur, imagen del Sol?
¿Desde cuándo te ha abandonado el gozo y la alegría? Profunda tristeza
despedaza mi afligido corazón: deseo mejor la muerte que presenciar
tanta desdicha. Dime: ¿has amado a Ollanta? Descansa un poco.

Cusi-ccoyllur.– ¡Ay princesa! ¡Ay madre mía! ¿Cómo no he de llorar? Si mi


amado, si mi protector que cuidó de mi niñez durante tantos días y tantas
noches me olvida, castigándome con la más terrible indiferencia. ¡Ay,
madre mía! ¡Ay princesa! ¡Ay, mi adorado amor! Desde el día que estuve
aquí una nube tempestuosa vino a anunciar mi pesar, y aun la hermosa
estrella del amor dejó de emitir sus fulgores. ¡Ay, madre mía! ¡Ay,
princesa! ¡Ay, mi adorado amor!

ESCENA V
Entra el Inca Pachacútec con su séquito.
Ccoya.– Límpiate el rostro; enjúgate los ojos. Mira a tu padre que sale.
Pachacútec.– ¡Cusi-Ccoyllur! ¡Flor de todos mis hijos! ¡Bella red de mi
pecho! ¡Relicario de mi cuello! Ven; descansa en mis brazos. Devana en mi
presencia un ovillo de oro que está adentro. En ti tengo cifrada toda mi
dicha: eres mi única felicidad. Aquí tienes en tu presencia las armas del
Imperio, que con una mirada dominas. ¿Quién pudiera abrir tu pecho para
descubrir tus pensamientos y fijar en él tu reposo? Eres para tu padre la
única esperanza de su vida. Con tu presencia mi vida entera ha de ser un
gozo eterno.

Cusi-ccoyllur.– ¡Oh padre! Postrada a tus pies te adoro mil veces.


Favoréceme para que huyan mis angustias.
Pachacútec.– ¿Por qué lloras?
Cusi-ccoyllur.– Ccoyllur llorará como el rocío que el Sol disipa con su
presencia; así también ella disipará su incauto amor.
Una Doméstica.– Tus siervos vienen para consolarte.
Pachacútec.– Di que entren.

ESCENA VI
Ocho pequeños niños se presentan danzando, con tamborcitos y panderetas en las
manos. Música en el interior.

Coro De Niños

Tuya, no comas

(Cantan).

Tuyallay

el maíz de mi siclla;

Tuyallay,

no te acerques

Tuyallay,

a consumir la cosecha toda.

Tuyallay,

El maíz todavía está verde,

Tuyallay,
y sus granos están muy blancos;

Tuyallay,

sus hojas están muy duras,


Tuyallay,
aunque su interior esté muy tierno.
Tuyallay,
Pero el cebo ya está puesto,
Tuyallay,
y yo te apresaré bien pronto.
Tuyallay,
No te podrás escapar.
Tuyallay,
Mi mano ahogará
Tuyallay,
al pájaro volador
Tuyallay,
antes de que se haya apoderado
Tuyallay,
del cebo.
Tuyallay,
Aprende del piscaca:
Tuyallay,
mira, lo han matado;
Tuyallay,
pregunta dónde está su corazón,
Tuyallay,
busca sus plumas.
Tuyallay,
Lo ves muerto
Tuyallay,
por haber picado sólo un grano.
Tuyallay,
Y así le pasará
Tuyallay,
a todo el que se quiera perder.
Tuyallay.

Pachacútec.– Alégrate, Cusi-Ccoyllur, con tus domésticos en el palacio de


tu madre.
Ccoya.– Cantad con más dulzura, adoradas ninfas; vosotros que habéis
cantado la desgracia, idos. Entrad vosotras.
(Vanse los niños y entran las niñas).
Coro De Niñas

Dos palomas amorosas


(Cantan).
están tristes, se quejan, suspiran
y lloran.
Ambas fueron enterradas en la nieve:
un árbol sin hojas fue su tumba.
Una de ellas perdió a su compañera
y salió a buscarla.
La encontró en un pedregal
pero estaba muerta.
Y tristemente empezó a cantar:
«¡Mi paloma! ¿Dónde están tus ojos,
y dónde tu pecho amante?
¿Dónde tu virtuoso corazón
que yo tan tiernamente amaba?
¿Dónde, mi paloma, están tus labios dulces
que mis tristezas conocieron?
Sufriré mil desdichas
ahora que mi alegría ha terminado».
Y la infeliz paloma
erraba de peña en peña.
Nada la consolaba
ni calmaba su dolor.
Cuando vino el alba
en el puro azul del cielo
vaciló y cayó.
Y al morir
exhaló un amoroso suspiro.

Cusi-ccoyllur.– Verdad dice este yaraví: basta decantar, pues ya mis ojos se
convierten en torrentes de lágrimas.
Escena VIII
Ollanta.– Bien sabes, poderoso Inca, que desde mi infancia te he
acompañado. Mi valor te ha servido para que impongas tu poder a
millares de pueblos. Por ti he derramado siempre mi sudor: siempre he
vivido en tu defensa: he sido sagaz para dominar y sojuzgarlo todo ¿A
quién no ha impuesto el nombre de Ollanta? He humillado a tus pies a
millares de yuncas de la nación anti, para que sirvan en tu palacio. ¿Dónde
Ollanta no ha sido el primero en combatir? Por mí, numerosos pueblos
han aumentado tus dominios: ya sea empleando la persuasión, ya el rigor,
ya derramando mi sangre, ya por fin exponiéndome a la muerte. Tú, padre
mío, me has concedido esta maza de oro y este yelmo, sacándome de la
condición de plebeyo. De ti es esta maccana de oro, tuyos serán mis
proezas y cuanto mi valor alcance. Me acerco a ti como un siervo,
humillándome a tus pies para que me asciendas algo más, ¡mira que soy tu
siervo! He de estar siempre contigo, si me concedes a Ccoyllur, pues
marchando con esta luz, te adoraré como a mi soberano y te alabaré hasta
mi muerte.
Pachacútec.– ¡Ollanta! Eres plebeyo, quédate así. Recuerda quién has
sido. Miras demasiado alto.
Ollanta.– Arrebátame de una vez la vida.
Pachacútec.– Yo debo ver eso: tú no tienes que elegir. Respóndeme:
¿estás en tu juicio? ¡Sal de mi presencia!

(Vanse Ollanta, compungido, y luego Pachacútec).

Escena IX
Sale Piqui-Chaqui.

Ollanta.– Ve, Piqui-Chaqui, y dile a Cusi Ccoyllur, que esta noche me


aguarde.
Piqui-chaqui.– Fui ayer por la tarde y encontré su palacio abandonado.
Pregunté y nadie me dio razón de ella. Todas las puertas estaban cerradas.
Nadie moraba allí y ni un solo perrito había.
Ollanta.– ¿Y sus domésticos?
Piqui-chaqui.– Hasta los ratones habían huido no hallando qué comer;
sólo los búhos sentados allí dejaban oír su canto lúgubre…
Ollanta.– Tal vez su padre se la ha llevado a esconderla en su palacio.
Piqui-chaqui.– Quién sabe si la ha ahorcado y ha abandonado a la madre.
Piqui-chaqui.– Todos te quieren porque eres liberal; con todo el mundo
eres pródigo, pero conmigo mezquino.
Ollanta.– ¿Para qué quieres?
Piqui-chaqui.– ¿Para qué ha de ser? Para algo; como para regalar vestidos,
para parecer caudaloso y también para imponer.
Ollanta.– Sé valiente; con eso, te tendrán miedo.
Ollanta.– ¡Tal vez me buscan! ¡Adelante!

Piqui-chaqui.– ¡Ay!, me voy a cansar.

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