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06 - 02 - Instinto y Pulsion

Gabriel Rolón explora la complejidad de las relaciones humanas y la sexualidad, destacando la ausencia de instinto en los humanos en comparación con los animales, lo que permite una mayor capacidad de elección y cambio. La sexualidad se presenta como un fenómeno multifacético que va más allá de la mera reproducción, involucrando pulsiones, deseos y la búsqueda de placer. El enamoramiento se describe como un primer paso hacia el amor, marcado por ilusiones que pueden evolucionar hacia una relación más profunda si se supera la desilusión.
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06 - 02 - Instinto y Pulsion

Gabriel Rolón explora la complejidad de las relaciones humanas y la sexualidad, destacando la ausencia de instinto en los humanos en comparación con los animales, lo que permite una mayor capacidad de elección y cambio. La sexualidad se presenta como un fenómeno multifacético que va más allá de la mera reproducción, involucrando pulsiones, deseos y la búsqueda de placer. El enamoramiento se describe como un primer paso hacia el amor, marcado por ilusiones que pueden evolucionar hacia una relación más profunda si se supera la desilusión.
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Gabriel Rolón, Encuentros: el lado B del amor

Estar en pareja es una experiencia que le ocurre a la mayoría de las personas en


algún momento de sus vidas, incluso de un modo recurrente. Entonces alguien podría
preguntar si no habrá un llamado de la especie que nos impulsa a relacionarnos de
ese modo con otro. Eso sería como decir que el amor es una necesidad instintiva.
Pero el ser humano tiene una diferencia crucial con los animales, y esa diferencia es
justamente que carece de instinto.
Dije esto en una conferencia y una mujer me preguntó qué pasaba entonces con el
instinto materno. ¿Nunca leyeron o escucharon que una madre abandonó a su bebé
recién nacido en un basural? Esa actitud a la que calificamos de inhumana es
justamente todo lo contrario: nos demuestra que en esa hembra perteneciente a
nuestra especie, no hubo ninguna información instintiva que le dijera que no debía
hacer eso que hizo. Hay quienes dicen que “los chicos no vienen al mundo con un
manual que les enseñe a los padres cómo actuar”. Ese manual sería el instinto.
Doy una rápida definición del instinto: es una fuerza que conlleva un saber natural
y que impulsa a todos los miembros de una misma especie a tener las mismas
actitudes frente a iguales circunstancias, sin posibilidad de apartarse de ellas. La
mayoría de los animales, cuando tienen una cría enferma y con pocas posibilidades
de vida, la apartan para ocuparse de los otros. Porque eso les indica el instinto que
deben hacer, cuidar a las crías más fuertes que tienen más posibilidades de
subsistencia y, por ende, de perpetuar la especie. En cambio nosotros, hemos
elaborado medicamentos, métodos quirúrgicos intrauterinos, respiradores artificiales y
un sinfín de alternativas para contrariar ese mandato de la naturaleza en pos de una
actitud humana.
La maternidad es una forma más de relacionarse con alguien. La pareja o la
amistad son otras. Tal vez la sexualidad sea el terreno en el que es más fácil
demostrar que el instinto no existe para nosotros como sí para los animales. Esta es
la primera y principal de las diferencias entre la sexualidad animal y la humana.
Tenemos algo parecido, una fuerza, una energía que nos empuja a buscar
satisfacción. A esta energía la llamamos pulsión.
En la descripción básica del comportamiento sexual entran en juego tres
elementos: el objeto sexual, la zona erógena de contacto y la finalidad. El fin del
encuentro sexual instintivo es la reproducción. El ser humano, generalmente, tiene
relaciones sexuales porque es placentero. De allí el enorme desarrollo de métodos
anticonceptivos a lo largo de la historia y de las medicaciones que van apareciendo
para prolongar la vida erótica. Además, cada quien encuentra su disfrute en la manera
única en la que su mente y su cuerpo lo demandan. El orgasmo es un acto que se
disfruta en la más profunda soledad. Por eso no hay un saber universal acerca de la
sexualidad y siempre guarda un misterio. ¿El varón no disfrutó porque no eyaculó?
¿Cómo puedo saber si mi novia fingió el orgasmo? Queremos comprobar el orgasmo
de nuestra pareja sexual para tranquilizarnos: la ausencia de saber nos angustia.
El objeto sexual de un animal es otro de la misma especie pero de diferente
género. Tampoco esto es igual en las personas. Muchas veces un hombre encuentra
el motor de su pasión en otro hombre y una mujer en otra mujer. A veces la pulsión ni
siquiera exige la presencia de otro ser humano y se contenta con una parte de él. El
exhibicionista es un ejemplo: no busca tocar al otro, se erotiza con su mirada. Por eso
se muestra. Pero el objeto que genera la excitación ni siquiera debe tener “forma
humana”, como ocurre en el Fetichismo: lo que erotiza puede ser la presencia de un
pañuelo en el cuello o unas botas, sin lo cual la persona carece de atractivo erótico.
Abordemos el tema de las zonas erógenas: en la unión de dos personas, los
genitales juegan un papel importante pero no único ni siempre principal. Prueba de
ello es el más común de los intercambios físicos: el beso. Otras veces, ni siquiera es
necesario que los cuerpos se rocen, basta con la mirada o la palabra para erotizar.
Piensen en esas llamadas nocturnas entre novios. Así encontramos personalidades
en las cuales la actividad sexual ya no tiene como objetivo la relación genital, como el
fetichismo o el exhibicionista.
Se preguntaran si estos ejemplos pertenecen a la normalidad. La pregunta sugiere
algo que no está del todo equivocado. En su ruptura con lo natural, toda sexualidad
humana es perversa por definición. Por eso la cuestión de la finalidad de la sexualidad
es fundamental: el placer humano tiene un aspecto no funcional. El Psicoanálisis ha
tenido mucho que ver en esta ruptura con el modelo de la sexualidad natural.
Anteriormente, se pensaba que la sexualidad no existía en la infancia, que empezaba
a aparecer con la pubertad y que duraba, según cada persona, hasta los sesenta o
setenta años más o menos. También se consideraba anormal la homosexualidad.
La sexualidad nace con nosotros y nos acompaña hasta el último momento de
nuestra vida. Basta con mirar a un bebé para darse cuenta. Ese instante tan hermoso
para la madre en el cual su hijo se ha quedado dormido después de ser amamantado
y, sin embargo, sigue succionando de su pecho, ya no para alimentarse, sino porque
eso lo calma y le da placer, es un momento de contacto erótico. ¿Y qué ocurre
cuando un chico de tres años dice con total naturalidad: “cuando yo sea grande me
voy a casar con mamá”? Los adultos sonreímos y nos parece un comentario tierno,
pero el hijo está manifestando que su madre es el objeto de su deseo. Nuevamente: la
sexualidad es mucho más que la relación genital con fines de reproducción.
Como vemos, la sexualidad humana es compleja y no es de extrañar que sea tan
problemática y causa habitual de muchos de los trastornos afectivos que sufrimos de
adultos. Mientras que el animal no duda porque el instinto le confiere un conocimiento
natural sobre qué hacer, para nosotros no hay saber posible acerca de la sexualidad.
La sexualidad animal es más natural, pero ¿eso quiere decir que es mejor? La
carencia del instinto le permite al ser humano de elegir. Incluso, le permite cambiar y
mejorar. Estas posibilidades, tan humanas, no existen para las demás especies.
Entre esas elecciones posibles para el ser humano, estar en pareja es una opción
más. ¿Decir que es una elección quiere decir que es una decisión voluntaria? ¿Es
posible elegir desear para toda la vida a una misma persona? Para quien se enamora,
la fantasía es que el otro no va a desear a nadie más. Pero esto no es posible; no se
deja de desear porque se esté en relación. El deseo se mueve siempre de un objeto a
otro, no se detiene nunca y no hay manera de satisfacerlo para siempre. El deseo
siempre se desplazará hacia otra cosa. Pero, ¿La satisfacción no es la meta del
deseo? Sin embargo, nuestras satisfacciones reales siempre son parciales.
Podemos pensar al enamoramiento como el primer escalón en la construcción del
amor. El enamoramiento es un generador de ilusiones. Una ilusión es la captación
deformada de un objeto. Primero vemos al otro como alguien maravilloso capaz de
completarnos. “Me completa” significa: no deseo nada más, es todo. Luego aparece la
ilusión contraria: dejamos de verlo mejor de lo que era para verlo peor de lo que es.
Antes multiplicábamos sus virtudes, ahora multiplicamos sus falencias; aunque mejor
sería decir, lo que el desilusionado cree que son sus falencias. Cuando la relación
resiste la desilusión, puede pasar a una etapa a la que sí podríamos llamar amor.

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