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Árboles Petrificados

En 'Árboles Petrificados' de Amparo Dávila, la protagonista experimenta una profunda conexión emocional con su amante en una noche de soledad y lluvia, donde el tiempo parece desvanecerse. A medida que se despiden, reflexiona sobre la fragilidad de su amor y el miedo a la pérdida, sintiéndose atrapada entre el deseo y la realidad. La atmósfera se carga de nostalgia y anhelo, simbolizando la lucha entre la vida y la muerte en un entorno que se siente tanto íntimo como petrificado.
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Árboles Petrificados

En 'Árboles Petrificados' de Amparo Dávila, la protagonista experimenta una profunda conexión emocional con su amante en una noche de soledad y lluvia, donde el tiempo parece desvanecerse. A medida que se despiden, reflexiona sobre la fragilidad de su amor y el miedo a la pérdida, sintiéndose atrapada entre el deseo y la realidad. La atmósfera se carga de nostalgia y anhelo, simbolizando la lucha entre la vida y la muerte en un entorno que se siente tanto íntimo como petrificado.
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ÁRBOLES PETRIFICADOS

Amparo Dávila

Es de noche, estoy acostada y sola. Todo pesa sobre


mí como un aire muerto; las cuatro paredes me caen
encima como el silencio y la soledad que me aprisio-
nan. Llueve. Escucho la lluvia cayendo lenta y los
automóviles que pasan veloces. El silbato de un vigi-
lante suena como un grito agónico. Pasa el último ca-
mión de medianoche. Medianoche, también entonces
era la medianoche... Reposamos, la respiración se ha
ido calmando y es cada vez más leve. Somos dos náu-
fragos tirados en la misma playa, con tanta prisa o
ninguna como el que sabe que tiene la eternidad para
mirarse. Nada que no sea nosotros mismos importa
ahora, sorprendidos por una verdad que sin saberlo
conocíamos. Nos hemos buscado a tientas desde el
otro lado del mundo, presintiéndonos en la soledad y
el sueño. Aquí estamos. Reconociéndonos a través
del cuerpo. Nos hemos quedado inmóviles, largo
rato en silencio, uno al lado del otro. Tu mano vuelve
a acariciarme y nuestros labios se encuentran. Una
ola ardiente nos inunda, caemos nuevamente, nos
hundimos en un agua profunda y nos perdemos jun-
tos. Suspiras. Yo también. Estamos de vuelta. Ha
pasado el tiempo, minutos o años, ya nada está igual.
Todo se ha transformado. Se abren jardines y huertos;
se abre una ciudad bajo el sol, y un templo olvidado
resplandece. Afuera transcurre plácida la noche y en el
viento llega un lejano rumor de campanas. No quisiera
escucharlas. Suenan a ausencia y a muerte, y me ciño
de nuevo a tu cuerpo como si me afianzara a la vida.
La desesperanza florece en una pasión que está más
allá de las palabras y las lágrimas. “Es muy tarde”
dices. “Tendrás que irte...” Me siento al borde de la
cama como si estuviera a la orilla del mundo, del es-
pacio en que hemos navegado como planetas reencon-
trados. Te contemplo vistiéndote con prisa y sin cui-
dado, yo me pongo una bata con desgano y tengo que
hacer un gran esfuerzo para levantarme y caminar has-
ta la puerta a despedirte. No hablamos. Pueden oírnos
y descubrir que nos hemos amado apresurada y clan-
destinamente en esta noche que empieza a caérseme en
pedazos. Las campanas siguen tocando y llegan cada
vez más claras en el viento de la madrugada, su sonido
nos envuelve como un agua azul llena de peces. Lle-
gamos cogidos de la mano hasta la puerta y nos besa-
mos allí como los que se besan en los muelles. La

puerta se cierra tras de ti y es como una página que


termina y uno quisiera alargar toda la vida. No logro
entender que ya te has ido y que estoy de nuevo sola.
Abro la ventana y el aire frío del amanecer me azota la
cara. Tiemblo de pies a cabeza y comienzo de pronto a
sentir miedo, miedo de que mañana, hoy, todo se des-
vanezca o termine como niebla que la luz deshace.
Vivimos una noche que no nos pertenece, hemos ro-
bado manzanas y nos persiguen. Quiero verme el ros-
tro en un espejo, saber cómo soy ahora, después de
esta noche... Ha llegado. La llave da vuelta en la ce-
rradura. La puerta se abre. Voy a fingir que duermo
para que no me moleste, no quiero que me interrumpa
ahora que estoy en esa noche, esa que él no puede re-
cordar, noches y días sólo nuestros, que no le pertene-
cen. Ha entrado a ver si estoy dormida, me está miran-
do, suspira fastidiado, enciende un cigarrillo, busca
junto al teléfono si hay recados, sale, camina por la
estancia, conecta el radio, ya no hay nada, es tarde,
sólo music for dancing, recorre todas las estaciones, va
hacia la cocina, abre el refrigerador, no ha de haber
cenado, dijo que no le guardara nada, hay un poco de
pollo, si quiere puede hacer un sándwich, ya tiró algo,
siempre tan torpe, está cantando ahora, debe estar muy
contento. Sigue lloviendo. Suenan las llantas de los
automóviles en el asfalto mojado. También aquel día
había llovido en la madrugada y la mañana estaba un
poco fresca, ¿te acuerdas...? Llegaste muy temprano
con un ramo de claveles rojos; yo me quedé con ellos
entre las manos... No sé bien lo que te estoy diciendo,
he caído dentro de un remolino de sorpresas y turba-
ción. Nunca me han regalado flores, es la primera vez,
quisiera decírtelo pero empezamos a hablar de cosas
que no nos pertenecen mientras yo arreglo los claveles
en un florero. Tú miras los libros del estante y los
hojeas mostrando un desmedido interés. Sé que los dos
estamos huyendo de este momento o de las palabras
directas, de una emoción que nos aturde y nos ciega
como una luz incandescente. Nos quedamos suspendi-
dos sobre el instante mientras un claxon suena en la
esquina como si sonara en el más remoto pasado. Ese
pasado antes de ti que ahora se desvanece y pierde
todo sentido. Sólo tienen validez estos momentos tan
honda y confusamente vividos dentro de nosotros
mismos. Nos sentamos junto a la ventana y miramos
hacia afuera como si estuviéramos dentro de una jaula
o de una armadura. Quisiera vivir este mismo instante
mañana, en un día abierto para nosotros. Pienso en una
ciudad donde pudiéramos caminar por las calles sin
que nadie nos conociera ni nos saludara, estar tirados
en una playa sola o vagar por el campo cogidos de la
mano. Quisiera conocer contigo el mundo, quisiera
entrar contigo en el sueño y despertar siempre a tu
lado. Te miro fijamente, quiero aprenderte bien para
cuando sólo quede tu recuerdo y tenga que descifrar lo
que no me dices ahora. Una parte de mi vida, estos
minutos, se van contigo. No sé decir las cosas que
siento. Tal vez algún día te las escriba sentada frente a
otra ventana. No sé tampoco hasta dónde soy feliz.
Cada despedida es un estarse desangrando, un dolor
que nos asesina lentamente. Estamos llenos de pala-
bras y sentimientos, de un silencio que nos confina en
nosotros mismos. Tal vez esta habitación nos queda
demasiado grande o demasiado estrecha y por eso no
sabemos qué hacer con nuestros cuerpos y las pala-
bras. Miras el reloj. El tiempo es una daga suspendida
sobre nuestra cabeza. Después vendrá la tarde vacía
como esas cuando no estás conmigo, cuando nos sepa-
ramos y nos falta la mitad del cuerpo... Siento que me
está mirando fijamente y suspira, debe estar cansado,
bosteza, ha de ser ya muy tarde, bosteza otra vez y
comienza a desnudarse. La ropa va cayendo sobre la
silla, la cama se hunde cuando se sienta a quitarse los
zapatos. Se mete bajo las cobijas pegándose a mi cuer-
po y su mano empieza a acariciarme. Quisiera poder
decirle que no me toque, que es inútil, que no estoy
aquí, que sus labios no busquen los míos, yo ya he
salido, estoy lejos conduciendo el automóvil por la
avenida de los sauces, oyendo el zumbido de las llan-
tas sobre el pavimento, viendo de reojo cómo avanza
la aguja en el cuadrante, 70, 80, las casas y los árboles
pasan cada vez más rápido, 90, 100, una niña llora
sentada en la banqueta, necesito llegar pronto, la calle
se alarga hasta la eternidad, un hombre me saluda y
sonríe, no quiero hacerte esperar, paso las luces rojas,
sólo importa llegar, me has estado esperando a través
de los días y los años, a pesar de la dicha y la desdi-
cha, por eso es tan cierto nuestro encuentro, no hay
otra manera de decirlo. Corro hacia ti y nos abrazamos
largamente. Caminamos cogidos de la mano. Cami-
namos hacia el fin del mundo. La noche ha caído sobre
nosotros como una profecía largo tiempo esperada.
Las calles están desiertas, somos los únicos sobrevi-
vientes del verano. Este viejo jardín nos estaba espe-
rando. El tiempo ha dejado de ser una angustia. Esta-
mos tan completos que no deseamos hacer nada, sólo
sentarnos en esta banca y quedarnos como dos sonámbulos
dentro del mismo sueño. Los pájaros revolotean
entre las ramas, caen hojas. Estamos unidos por las
manos y por los ojos, por todo lo que somos hoy y
hemos logrado rescatar de la rutina de los días iguales.
Aquí sentados hemos estado siempre, aquí seguiremos
sin despedidas ni distancias en un continuo revivir.
Suenan las doce en esta noche perdurable. Han pasado
mil años, han pasado un segundo o dos. Los pájaros
revolotean entre las ramas, caen hojas. Miramos la
fachada de una vieja iglesia entre la bruma cálida del
amanecer. Miramos las columnas y los nichos como a
través de un recuerdo. No hables ahora, guárdame en
tus manos. Conserva la moneda, tu rostro y el mío,
para tardes lluviosas en que el tedio pesa enormemente.
Todo sentimiento aparte de nosotros se ha borrado.
Velada por nubes altas pasa la luna como una herida
luminosa en el cielo negro. Los pájaros revolotean
entre las ramas, caen hojas. Se anudan las palabras en
la garganta, son demasiado usadas para decirlas. Vi-
vimos una noche siempre nuestra. Me afianzo a tus
manos y a tus ojos. Es tan claro el silencio que nuestra
sangre se escucha. El alumbrado de las calles ha pali-
decido. Ni un alma transita por ninguna parte. Los
árboles que nos rodean están petrificados. Tal vez ya
estamos muertos... tal vez estamos más allá de nuestro
cuerpo...

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