"Superficie, Letra Y Melancolía"
(*) El Presente Es Un Trabajo Del Mismo Nombre Presentado Por El Autor En La Reunión Lacanoamericana De Bahía. 1997.
Daniel Paola
“Hay ganas de un gran beso que amortaje a la vida,
que acaba en el áfrica de una agonía ardiente,
suicida!”. (Los Anillos Fatigados. César Vallejo)
Para dar una idea que implique la palabra superficie y sus avatares, en la clínica de la
melancolía, voy a recurrir a un breve ejemplo de inicio de análisis. Una mujer se presenta en
claudicación con el mundo exterior, asegurando que no existe causa que lo justifique, con una
angustia que excede la posibilidad de tolerancia desde donde cabría el peligro de un pasaje al
acto y además con una megaculpa que la hace responsable del sufrimiento que ocasiona a
sus seres queridos.
Más allá de que no pudiera establecerse ninguna dialéctica con relación a cualquier
implicancia de compromiso respecto a su vida cotidiana, solía en cambio reconocer de una
manera categórica el momento de inicio de su enfermedad: el día que durante la Guerra del
Golfo, comenzaron a caer los primeros misiles sobre el territorio de Israel.
Ella decía como podía de su estallido. Mediante la caída de un misil en un territorio, creo que
hablaba de aquello que había ocurrido con su superficie mental, con su mentalidad,
literalmente arrasada. Todo había explotado y sólo quedaban ruinas.
Tal era así, que ni ella comprendía muy bien cómo le afectaba esta circunstancia, si en
realidad no eran tantas las bombas caídas y además el enemigo para ella se había llevado la
peor parte. La única explicación posible para mí, era que ese momento indicaba la explosión
imaginaria que sufre el melancólico. Si con el imaginario intacto expresamos la existencia de
una superficie mental, ella daba cuenta como eso se había hecho añicos.
La explosión imaginaria implica en la clínica de la melancolía algunas consecuencias: carencia
de voluntad, el tiempo es espantosamente lento, no queda más salida que la muerte ya que
una reverberancia crítica culpabiliza todo el tiempo.
Debemos reconocer la existencia de un espacio mental a través de J. Lacan. De inicio en
Radiofonía, lo podemos ubicar en la idea de lo incorpóreo, espacio cercano a la expresión
cultural de la sepultura. Lo incorpóreo pone en suspenso la vida y la muerte. Si la sepultura es
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un espacio donde se almacenan todos los sub-elementos de goce del difunto, como ser
alimentos, esclavos o joyas para acompañarlo en su viaje al más allá, habría que considerar
que es posible contar en vida con un espacio similar claramente delimitado. La clínica de las
psicosis y de la melancolía se abre en el punto donde se trabaja sobre la existencia y la
particularidad de ese espacio. La melancolía guarda algunas características propias que
habría que diferenciar de las psicosis.
Si lo incorpóreo relanza la idea de un espacio donde vida y muerte no son significantes
puestos a cuenta en forma permanente sino que se los puede mantener en suspenso, allí
habría que pensar en cierta propiedad de un espacio no permeable. Lo permeable implica una
solución de continuidad, tal cual sucede en todo estallido imaginario.
De acuerdo a los últimos seminarios de J. Lacan podemos extraer el concepto de
consistencia, como aquel que implica el efecto de la superficie como aislante del inmundo
mundo creando un espacio no permeable. Que la realidad sea el fantasma, ya nos anticipa en
Encore que la subjetividad está teñida por un gel aislante. Así la melancolía nos devuelve una
superficie arrasada, como esa del impacto de un misil en el caso de la paciente de referencia,
donde la senti-mentalidad ó lo incorpóreo si con esa palabra designamos un espacio, ha
desaparecido.
En diversas psicosis esa fragmentación del espacio mental incorpóreo va acompañado de lo
que se ha pasado a denominar desencadenamiento. Los fenómenos elementales como la
alucinación y el delirio, hacen su aparición donde la cadena significante se ha roto por la
inexistencia de uno fundamental designado en el nombre del padre. En la melancolía en
cambio, si bien hay un efecto real de la fragmentación imaginaria, la cadena significante no
está rota aunque se encuentra sin capacidad metafórica. Es allí que se introduce para
diversos autores el tema de la alegoría como eje conductor de la palabra, producto de la
intrusión de lo figurativo en el discurso. El discurso entonces es solo sucesión de imágenes sin
apariencia.
Dos características hasta ahora determinan la melancolía: superficie fragmentada, cadena
significante no rota pero inservible. La relación a la letra también ofrece su particularidad. Para
ello voy a relatar el sueño de una mujer melancólica en análisis: ella se encuentra internada
en un instituto de menores; un hombre despierta a todas las internas a la madrugada y las
obliga a dibujar letras chinas inentendibles; la molestia es general pero especialmente en ella,
quien expresa: esto es superchería.
Lo supersticioso es un saber para la letra en esta paciente melancólica, encerrada en su casa
por interminables padecimientos hipocondríacos que varían de órgano cuando se desnuda la
certeza de la ausencia de etiología clínico médica. En algún momento consideré que se
trataba de un duelo por la muerte del padre ocurrida cuatro años antes e intenté interpretar
que una tos y una disnea sine materia que la aquejaban, correspondían a una identificación
histérica al fallecido por una insuficiencia respiratoria. El sueño me responde: mi letra es
chamánica.
Interpreto todos sus sueños a partir de ese momento en un valor que llamaría de esperanza.
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De tal forma que si la escena onírica transcurre en un banquete donde los comensales están
por deglutirse un rinoceronte y la asociación lleva al zoo y a sus 16 años, época en la que
empezó a liberarse de un largo padecimiento juvenil también melancólico, sugiero la
posibilidad futura del encuentro con un momento similar. Que ella diga no creer en absoluto en
esa interpretación que cree exagerada no excluye la escucha de mi insistencia esperanzada.
Que la esperanza lleve al suicidio como alguna vez J. Lacan dijo, no es sino para mí una
forma de argumentar que en esa esperanza se resguarda algo que puesto en claudicación
precipita al desenlace que lleva a lo peor. Afirmaría que esa esperanza que no existe es lo
mismo que decir: en la melancolía se han perdido las falofanías descriptas en el Seminario
Lacan Oral.
Mientras en Hamlet la pérdida que provoca el duelo es ubicada en lo real, donde un agujero
moviliza al significante de forma tal que uno de ellos el falo, implica con su falta lo que todo el
campo del Otro no podría llenar aunque se conmueva totalmente, en la melancolía ese
agujero no existe. Si dice J. Lacan que el falo no puede articularse en forma absoluta al
campo del Otro, esto trae como consecuencia la emergencia falofánica en diversos grados. En
cambio en la melancolía no hay posibilidad del encuentro con la función fálica y solo una
prótesis generada con un partener la reproduce con características singulares.
Entiendo que en el lugar de la huella falsa que instaura la pérdida de la cosa, allí la normalidad
significante viene a suprimir el saber. “Él no debe saber” dice el Seminario de la Angustia
cuando se refiere a que es necesario que el Otro real no sepa sobre una huella falsa.
Entonces algo falta en tanto el significante es revelación al sujeto. Ese algo que falta es el
significante fálico en tanto pertenece y escapa al campo del Otro.
Emparentando el duelo a la psicosis en el Seminario dedicado a Hamlet, de acuerdo a la
naturaleza ambivalente del falo, las falofanías revelan con su retorno de lo real aquello del
significante fálico que escapa al campo del Otro. Ahora bien, en la melancolía esas falofanías
no existen y allí la paciente de referencia las descubre en mí a través de la letra y las tilda de
superchería, jugueteando con la burla.
La letra según Litturaterre, recorta el borde del agujero del saber en fracaso. Agrego la
siguiente frase: la letra se instala justo recubriendo la falofanía. Si se trata de una letra china
para quien no conoce nada de ella como en la melancolía arribamos a una pura estética
inservible. La irrupción falofánica se produce a nivel del partener en la melancolía y a través
de ella se abre la esperanza perdida. Porque la esperanza no es más que un argumento
religioso cercano a la fé que resguarda de la desilusión de lo que podría otearse detrás del
escenario, hasta que un duelo por imposible de realizar arroja al melancólico a ese agujero del
que no tiene inscripción y del que da cuenta como si allí estuviera alojado.
En el melancólico se ha enquistado una letra que es necesario expulsar, a modo de una
acción inversa que lleve el misil hacia su base enemiga. Que la letra haya hecho impacto y se
haya enquistado como la manzana en la cucaracha kafkiana, nos abre la expectativa de poder
hacer una extracción. Solo debemos estar advertidos que esa manzana de saber concreto va
hacer impacto sobre nosotros analistas, como un misil. Esa letra china, pura estética, obtura la
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esperanza devenida en el acontecimiento que el partener brinda con su falofanía a través de
la letra.
Como todo ser parlante el melancólico cuenta con el signo menos fi, como aquella reserva
libidinal que podemos referirla a la más regresiva cuestión autoerótica. Pero una cosa es decir
signo menos fi y otra falo imaginario. Volver a un narcicismo primario a través del signo menos
fi que engancha el campo del Otro a través del asentimiento del partener, es cuestión de duelo
pero no de melancolía. En esta última sólo hay signo, signo burlón del falo del partener.
Esta disfunción del menos fi, es la que supongo lleva a [Link] a decir en el Seminario de la
Angustia que “el melancólico necesita que a través de su propia imagen pase el objeto a”,
cuando habitualmente está escondido detrás del i(a). De acuerdo a esto último la operatoria
de aportarle otra imagen, la del analista, que sostenga ese i(a) para una ficción de encuentro
con la causa podría mejorar la situación. Se trata de poder extraer la manzana impactada en
un soma, objeto a que en el melancólico jamás tendrá expresión.
El melancólico se ha puesto en el lugar de la causa de alguien, como el analista, pero luce
como dulce fruto empotrado, descarnado, porque jamás podrá suponer en ella.
Me queda brevemente describir en qué consiste el encuentro con esa maniobra que arranca la
manzana. Para ello deberíamos retornar al concepto de superficie que abrió estas líneas. Si
tomara el ejemplo del impacto misilístico, debería ponerme a deducir donde hubiera operado
la causa que jamás podría existir. Para esa mujer la pérdida de un dinero ahorrado durante
años y entregado a un hijo para hacer lo que nobleza obliga había costado el verdadero valor
que hacía espacio a su vida, lo que aislaba de la inmundicia de la realidad del mundo. La
causa que es un hijo para una madre había aparecido como obligación, pero no se
evidenciaba en lo absoluto como determinante de deseo. La causa no puede ser obligada sino
al costo de una suerte de incrustación que la hace inoperable.
El punto donde deseo del padre y ley deberían ser la misma cosa para todo inicio subjetivo, en
el melancólico ofrece una diferencia sustancial. La ley es antitética al deseo con lo cual lo
deseante se instituye como falla moral. La palabra es rechazada por implicar sólo mandato y
lo rechazado retorna desde lo real como megaculpa.
Aquí habría que hacer espacio al decir de J. Lacan en “Televisión”, cuando invoca la falla
moral que cae del pensamiento para referirse, creo, a la melancolía. El deseo cae como ajeno
al pensamiento por ser antitético a la palabra que representa lo rechazado por ser ley.
Querría distinguir esto de lo que le ocurre a Hamlet, si en él tomara el paradigma de aquello
que transcurre como duelo sin estar alejado de la castración. El príncipe por más que tratara a
Ofelia de la forma más despectiva, tenía en ella la causa de su deseo, aunque estuviera tan
descentrado que no lo supiera. Saber que Ofelia había muerto suicidada lo lleva por el más
tortuoso de los sentimientos y acelera el curso de su acto. Ofelia implica la castración para
Hamlet, se sitúa al nivel de la señalización de la letra a, inscripta en la simbolización del
fantasma y es rechazada en tanto también coincide con el objeto fálico. En Hamlet se ha
perdido la relación imaginaria con el Otro, soportada por el i(a) determinado por un rival a su
justa medida. Laertes, el rival, es realmente encontrado cuando Ofelia ha muerto.
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Si se tratara de una melancolía, no es que Hamlet sería incapaz de sufrir por la pérdida de un
ser querido, pero seguramente hubiera dicho: ¿qué tiene que ver esto con mi enfermedad?.
No existe función fálica para el melancólico y de tal forma algunos objetos donde no ha
existido la incorporación primordial, forman parte de su espacio mental imposibles de
suplantar.
El otro ejemplo de la paciente del sueño nos lleva a una situación análoga. Ella lamenta
haberse mudado de casa y haber dejado atrás un espacio que la albergaba desde niña, con
sus patios, sus habitaciones, sus ladrillos y sus vecinos. La muerte del padre es lamentada
pero nunca se relaciona a su padecer melancólico derivado de un espacio mental hecho
añicos por la pérdida de aquello incluido en su mentalidad en tanto objetos que excedían lo
que entendemos como sub-elementos de goce en lo incorpóreo.
Diría que el melancólico en cuanto a la consistencia no ha salido de su punto de origen, es
decir del corpse, palabra utilizada por J. Lacan desde el Seminario VI. “The body is with the
king, but the king is not with the body”, dice Hamlet y a [Link] le sorprende que no se
emplee la palabra corpse para señalar el cadáver del padre. En la melancolía eso que da
origen como cuerpo muerto a una imagen especular reflejada en el individuo vivo, no se
realiza. Si lo incorpóreo es un espacio, si la senti-mentalidad también lo es como equivalente
de R.S.I. en adelante, esto se debe a un corpse que ha producido una imagen y al mismo
tiempo ha quedado aislado. Lo incorpóreo entonces es simil a la sepultura, pero no lo
sabemos, ya que la raíz, el cuerpo muerto, el cadáver ha quedado aislado: lo real de la
consistencia. En este sentido el melancólico ha quedado atrapado sin saberlo en eso que no
quedó aislado, el mismo cadáver que él es en vida irreductible. Acá se puede observar como
no existe la nada que imprime la identificación a lo real del Otro y sin embargo una raíz de
superficie, punto de inicio, existe. Así la fragmentación imaginaria del melancólico nunca es
total por quedar siempre en existencia ese resto, pincelada de lo real como es el corpse,
matriz de lo incorpóreo si la consistencia operara en forma correcta.
Por último voy a tomar una tragedia de Esquilo, Prometeo Encadenado, para un argumento en
escena sobre la melancolía. El héroe ha sido encadenado a una roca por haber albergado en
los mortales ciegas esperanzas. Les donó el fuego y además les enseñó a abandonar su
condición animal para saber del tiempo y del espacio. Zeus irritado lo castiga encadenándolo
a una roca. No debe extrañar que esa sea la imagen que el melancólico arroje sobre el
analista: la de un dios venido a menos que debe soportar la escucha de lo más execrable.
En la trama de la tragedia de Esquilo sucede que delante de Prometeo pasa casualmente Io,
hija de Inaco, castigada por Hera debido a pesadillas premonitorias que anunciaban a la niña,
según el oráculo consultado por su padre, de la inminente concepción de un hijo entre ella y el
dios máximo. Io pide a Prometeo saber sobre su futuro. La revelación de la concepción de un
hijo al que habrá de llamar Epafo y que a su vez generará la progenie de donde saldrá quien
liberará a Prometeo, hace huir a Io presa del terror.
Como Io el melancólico termina huyendo, al desprenderse de la letra china enquistada; como
Io el melancólico no sabe que ha sido tomado como causa, tal cual la niña ha debido soportar
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sin saberlo la causa del deseo de Zeus. Si Prometeo está encadenado por revelar una verdad
a los hombres, Io al pedirle más de lo mismo lo arroja a un supuesto sufrimiento mayor y al
mismo tiempo la revelación engendra esperanza para uno por ser liberado y a otra por
terminar su padecimiento de errar sin fin. Este ejemplo pretende expresar que no hay relación
transferencial para el melancólico que pueda evitar esta dimensión del daño que se arroja
sobre el analista, para salir después huyendo como Io.
Finalmente el melancólico se descubre como liberador de una esperanza vislumbrada a través
de su partener el analista, si alguna maniobra en lo real permite restablecer una superficie
perdida por la carencia de esos objetos no incorporados que puedan reconstituirse. Porque es
del analista tolerar su propia falofanía, su superstición devenida letra.
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Topologie en Extensión.
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