0% encontró este documento útil (0 votos)
9 vistas30 páginas

La Primera Guerra Mundial y Las Relaciones Internacionales en El Periodo de Entreguerras. La Crisis de 1929

El documento analiza las causas y consecuencias de la Primera Guerra Mundial, destacando el debate historiográfico sobre su origen y la transformación de la guerra en un conflicto total. También aborda las relaciones internacionales en el periodo de entreguerras y la crisis de 1929, enfatizando el impacto de la guerra en la sociedad y la economía global. Finalmente, se examinan las dimensiones nuevas de la guerra, incluyendo la movilización civil y los efectos culturales y psicológicos del conflicto.

Cargado por

Esteban Jiménez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
9 vistas30 páginas

La Primera Guerra Mundial y Las Relaciones Internacionales en El Periodo de Entreguerras. La Crisis de 1929

El documento analiza las causas y consecuencias de la Primera Guerra Mundial, destacando el debate historiográfico sobre su origen y la transformación de la guerra en un conflicto total. También aborda las relaciones internacionales en el periodo de entreguerras y la crisis de 1929, enfatizando el impacto de la guerra en la sociedad y la economía global. Finalmente, se examinan las dimensiones nuevas de la guerra, incluyendo la movilización civil y los efectos culturales y psicológicos del conflicto.

Cargado por

Esteban Jiménez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La Primera Guerra Mundial y las relaciones

internacionales en el periodo de entreguerras. La crisis


de 1929.

1. La Primera Guerra Mundial


1.1. Debate historiográfico sobre las causas de la Primera Guerra
Mundial. Principales factores

1.2. Dimensiones nuevas de la guerra

1.3. Etapas de la Primera Guerra Mundial: dinámica y desarrollo del


conflicto

1.4. El final de la Primera Guerra Mundial: los tratados de paz y sus


consecuencias

2. Las relaciones internacionales en el periodo de


entreguerras
2.1. Los felices años veinte

2.2. Los tristes años treinta

3. La crisis de 1929
3.1. Interpretación histórica sobre las causas

3.2. Desarrollo de la crisis: el contagio a otros sectores de la


economía y a otros países

3.3. Las diferentes políticas de recuperación

3.4. Consecuencias mundiales


1. La Primera Guerra Mundial
1.1. Debate historiográfico sobre las causas de la Primera Guerra
Mundial. Principales factores

El debate sobre las causas de la Primera Guerra Mundial constituye uno de los más
intensos y prolongados de la historiografía contemporánea. Lejos de existir un
consenso, los historiadores han interpretado los orígenes del conflicto desde múltiples
perspectivas: estructurales, coyunturales, diplomáticas, ideológicas o incluso culturales.
A través del siglo XX y hasta nuestros días, las explicaciones han oscilado entre la
atribución de culpas directas —especialmente a Alemania— y el análisis de un sistema
internacional desequilibrado que desembocó, casi de forma inevitable, en la guerra.

1.1.1. El peso del Tratado de Versalles y la “culpa alemana”

Durante décadas, la visión dominante fue la recogida en el Artículo 231 del Tratado
de Versalles, que atribuía a Alemania y sus aliados la responsabilidad exclusiva del
estallido del conflicto. Esta interpretación fue asumida por gran parte de la
historiografía anglosajona en las primeras décadas del siglo XX, en parte influida por el
clima político del momento. Autores como Sidney B. Fay intentaron matizar esta
posición ya en los años veinte, proponiendo una lectura más compleja y multinacional
del conflicto (Fay, 1928). Según Fay, la guerra no fue responsabilidad de un solo país,
sino el resultado de un conjunto de factores sistémicos, entre ellos las alianzas, el
nacionalismo, la carrera armamentística y los errores diplomáticos.

1.1.2. La “guerra preventiva” alemana: Fischer y la controversia

El debate se reactivó profundamente con los trabajos del historiador alemán Fritz
Fischer, especialmente con Griff nach der Weltmacht (1961), donde sostuvo que la
responsabilidad alemana fue clara, consciente y deliberada. Según Fischer, Alemania
habría utilizado la crisis de julio de 1914 para lanzar una “guerra preventiva” que
asegurara su hegemonía continental, desplazando a Francia y conteniendo a Rusia. Esta
tesis provocó una intensa polémica en Alemania, al desmontar la idea de que el país
había sido arrastrado al conflicto y al conectar la política exterior guillermina con el
expansionismo del Tercer Reich (Fischer, 1961; Mommsen, 1975).

Historiadores como Gerhard Ritter y más recientemente John Röhl han participado en
esta controversia. Röhl, por ejemplo, ha reforzado la idea de que la política personal del
káiser Guillermo II y su entorno fue belicista y expansionista, y que Alemania no fue
simplemente reactiva, sino que apostó conscientemente por el conflicto (Röhl, 2014).

1.1.3. Las interpretaciones estructurales y sistémicas

Desde los años setenta, se han desarrollado interpretaciones estructurales del conflicto,
muchas de ellas influidas por la teoría de los sistemas internacionales. Paul Kennedy o
David Stevenson han subrayado que la guerra fue resultado del agotamiento del sistema
de equilibrios de poder europeo, combinado con un acelerado proceso de militarización
y de polarización diplomática (Kennedy, 1980; Stevenson, 2004).
En esta línea, Eric Hobsbawm habla de una “era de los imperios” en la que la
competición imperialista, las tensiones sociales internas y la ideología del nacionalismo
condujeron al desastre (Hobsbawm, 1995). También Niall Ferguson ha apuntado que el
conflicto pudo haberse evitado y que la responsabilidad se distribuye entre todas las
potencias, si bien él pone el foco en los errores británicos y en la rigidez del sistema de
alianzas (Ferguson, 1998).

1.1.4. Nacionalismos, militarismo y alianzas

El papel del nacionalismo, sobre todo en los Balcanes, es un elemento clave en


cualquier interpretación. El asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo en
junio de 1914 por un nacionalista serbio desencadenó un complejo proceso de escalada
diplomática. Pero ese acto fue solo el catalizador de unas tensiones previas más
profundas. Como señala el historiador español Ángel Bahamonde, “el nacionalismo
agresivo, impulsado por la prensa, la escuela y el ejército, había alimentado en toda
Europa una cultura de la guerra como solución natural a los conflictos” (Bahamonde &
Martínez, 2000, p. 81).

Además, el militarismo —entendido como predominio de los valores castrenses en la


política y la cultura— fue un rasgo común en todas las grandes potencias. La carrera
armamentística, especialmente naval entre Reino Unido y Alemania, había exacerbado
la desconfianza mutua, y los planes militares como el Plan Schlieffen alemán
mostraban una lógica ofensiva e inflexible (Howard, 2007).

El sistema de alianzas —la Triple Entente y las Potencias Centrales— funcionó como
un mecanismo de contagio del conflicto. Como ha observado el historiador español José
Luis Neila, “la rigidez de las alianzas y la lógica del compromiso incondicional
aceleraron la transformación de un conflicto local en una guerra mundial” (Neila, 2010,
p. 123).

1.1.5. Factores internos: política y sociedad

Otros historiadores han puesto el foco en factores internos. Arno J. Mayer, por
ejemplo, ha defendido que la guerra fue utilizada como válvula de escape por elites
amenazadas por las tensiones sociales internas: el proletariado organizado, los
movimientos feministas y la radicalización política (Mayer, 1981). En el caso alemán,
Fischer y otros apuntan que el gobierno veía en la guerra una forma de consolidar la
unidad nacional y contener las demandas democratizadoras.

Del lado francés, Pierre Renouvin ya había señalado la importancia del “revanchismo”
tras la pérdida de Alsacia y Lorena en 1871. La hostilidad hacia Alemania no solo era
política, sino también cultural e ideológica (Renouvin, 1925).

1.1.6. Conclusión

La historiografía sobre las causas de la Primera Guerra Mundial ha evolucionado desde


explicaciones centradas en la culpa de un solo país hacia enfoques más complejos y
multifactoriales. Hoy día, la mayoría de los especialistas coinciden en que el conflicto
fue producto de una combinación de tensiones internacionales, fallos diplomáticos,
nacionalismos exaltados, políticas militaristas y crisis internas. La guerra no fue
inevitable, pero sí probable en un sistema internacional profundamente desequilibrado.

Bibliografía (APA 7)

 Bahamonde, A., & Martínez, J. (2000). Contemporánea: la historia desde 1776.


Madrid: Alianza Editorial.
 Fay, S. B. (1928). The Origins of the World War. New York: Macmillan.
 Ferguson, N. (1998). The Pity of War. London: Penguin.
 Fischer, F. (1961). Griff nach der Weltmacht: Die Kriegszielpolitik des
kaiserlichen Deutschland 1914/18. Düsseldorf: Droste.
 Hobsbawm, E. J. (1995). The Age of Empire: 1875–1914. London: Abacus.
 Howard, M. (2007). The First World War: A Very Short Introduction. Oxford:
Oxford University Press.
 Kennedy, P. (1980). The Rise of the Anglo-German Antagonism, 1860–1914.
London: Allen & Unwin.
 Mayer, A. J. (1981). The Persistence of the Old Regime: Europe to the Great
War. New York: Pantheon Books.
 Mommsen, W. J. (1975). Der autoritäre Nationalstaat: Verfassung, Verwaltung
und politische Kultur im Deutschen Kaiserreich. Frankfurt: Suhrkamp.
 Neila, J. L. (2010). La Primera Guerra Mundial: política, estrategia y
diplomacia. Madrid: Síntesis.
 Renouvin, P. (1925). Les origines immédiates de la guerre (28 juin-4 août
1914). Paris: Presses Universitaires de France.
 Röhl, J. C. G. (2014). Kaiser Wilhelm II: A Concise Life. Cambridge:
Cambridge University Press.
 Stevenson, D. (2004). Cataclysm: The First World War as Political Tragedy.
New York: Basic Books.

1.2. Dimensiones nuevas de la guerra

La Primera Guerra Mundial representó una ruptura radical en la manera de concebir,


preparar y librar los conflictos armados, hasta el punto de que muchos historiadores la
consideran el primer conflicto verdaderamente “total” de la historia contemporánea. No
solo por la magnitud de la movilización humana, económica e industrial, sino también
por la transformación de la cultura bélica, la tecnología militar y la relación entre
Estado, sociedad y guerra. Esta guerra supuso una reconfiguración profunda de la
experiencia de la violencia, en la que la distinción entre frente y retaguardia, entre
combatientes y civiles, se desdibujó de forma dramática.

1.2.1. La guerra total: el concepto y su impacto


El concepto de “guerra total” ha sido desarrollado por historiadores como Raymond
Aron, George Mosse y Eric Hobsbawm, entre otros. Supone la movilización absoluta
de todos los recursos de un país —humanos, económicos, industriales y culturales— al
servicio del esfuerzo bélico. Según Hobsbawm, “la Primera Guerra Mundial fue el
primer conflicto en el que las potencias implicadas reorganizaron sus sociedades por
completo para sostener la guerra de trincheras, lo que implicó un control sin precedentes
de los Estados sobre la economía y la vida civil” (Hobsbawm, 1995, p. 35).

Este tipo de guerra requería una planificación centralizada, una censura estricta, la
militarización de la producción industrial y una propaganda masiva orientada a
mantener la moral en la retaguardia. Autores como Jay Winter han subrayado el papel
crucial del Estado moderno como organizador del conflicto, convirtiendo a la sociedad
en un engranaje del aparato bélico (Winter & Robert, 1999).

1.2.2. La dimensión industrial: tecnología y mecanización de la muerte

Una de las principales novedades fue la aplicación masiva de la tecnología industrial a


la destrucción. La guerra mecanizada —con artillería pesada, ametralladoras,
alambradas, gases tóxicos y, más adelante, tanques y aviación— alteró radicalmente la
naturaleza del combate. El historiador militar Michael Howard lo expresó con claridad:
“fue una guerra ganada no tanto por las tácticas como por la capacidad de sostener la
producción y abastecimiento en condiciones extremas” (Howard, 2007, p. 92).

El uso del gas mostaza (iprit) y el cloro en el frente occidental, a partir de 1915, marcó
la entrada del armamento químico en la historia bélica. El avión, inicialmente utilizado
para reconocimiento, acabó desempeñando un papel ofensivo tanto en el frente como en
bombardeos sobre la población civil, una práctica que anticipa lo que será común en la
Segunda Guerra Mundial (Neila, 2010, pp. 172-174).

1.2.3. Las trincheras y la deshumanización del soldado

La experiencia de la trinchera constituye uno de los elementos más característicos y


traumáticos del conflicto. Las líneas del frente, especialmente en el caso del frente
occidental (Francia y Bélgica), se estancaron durante años en posiciones fortificadas,
generando una guerra de desgaste en condiciones inhumanas. El barro, las ratas, el frío,
la disentería, los cuerpos descompuestos y el fuego constante de artillería crearon un
universo de sufrimiento físico y psicológico que impactó profundamente en la cultura
europea posterior.

El historiador Stéphane Audoin-Rouzeau ha hablado de una “brutalización de la


guerra” que transformó la subjetividad de los combatientes y la percepción social de la
violencia, fenómeno que explica en parte el auge de movimientos violentos en la
posguerra (Audoin-Rouzeau & Becker, 2003). La guerra no solo mató en masa, sino que
deshumanizó sistemáticamente al enemigo y naturalizó la crueldad.
1.2.4. La movilización civil: mujeres, economía y propaganda

La guerra también introdujo una nueva dimensión en la implicación de la población


civil. Las mujeres, por ejemplo, accedieron de forma masiva al mercado laboral
industrial en sustitución de los hombres movilizados, desempeñando un papel esencial
en la producción de armamento, munición y bienes logísticos. Como señala la
historiadora Susan Grayzel, esta experiencia supuso una transformación de género en
las sociedades europeas, aunque no tuvo un efecto lineal en los derechos políticos
femeninos (Grayzel, 1999).

La propaganda se convirtió en un arma estratégica. Los Estados desarrollaron aparatos


de manipulación informativa a gran escala, utilizando carteles, cine, prensa y literatura
para glorificar la causa propia, demonizar al enemigo y justificar el sacrificio. El
historiador español Francisco Sevillano ha analizado en detalle cómo estas estrategias
propagandísticas fueron pioneras en el control estatal de la opinión pública, fenómeno
que alcanzaría su auge en los regímenes totalitarios posteriores (Sevillano, 2007, pp. 45-
63).

1.2.5. La dimensión global: imperialismo y soldados coloniales

Aunque se trata de una guerra esencialmente europea en sus orígenes, su desarrollo fue
claramente global. Las potencias coloniales —especialmente Francia y Reino Unido—
movilizaron centenares de miles de soldados y trabajadores de sus imperios: argelinos,
senegaleses, indios, vietnamitas… Todos participaron en el conflicto, tanto en el frente
como en tareas logísticas. Este fenómeno ha sido estudiado por Marc Michel, quien
afirma que la guerra “marcó la conciencia de muchos pueblos colonizados sobre su
papel en el mundo, lo que sería un fermento para los procesos de descolonización
posteriores” (Michel, 2003, p. 78).

También se combatió en Asia, África y Oriente Medio. El Imperio Otomano, aliado de


las Potencias Centrales, fue escenario de múltiples frentes, como la campaña de
Gallípoli o la revuelta árabe, en la que participó T. E. Lawrence. Como subraya David
Fromkin, estos escenarios periféricos tendrían un gran impacto en la configuración del
mundo de entreguerras, especialmente en el Próximo Oriente (Fromkin, 1989).

1.2.6. Consecuencias culturales y psicológicas

La Primera Guerra Mundial dejó una huella profunda en la cultura europea. El trauma
colectivo, la experiencia del dolor y la muerte, la desconfianza hacia los discursos
patrióticos y las promesas del progreso marcaron una generación de artistas, escritores y
pensadores. Las obras de Ernst Jünger, Wilfred Owen, Siegfried Sassoon o Paul
Valéry revelan el vacío existencial y la angustia moral que dejó el conflicto. Como dijo
Valéry: “La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para el provecho de
gentes que sí se conocen pero no se masacran”.
En este sentido, la historiadora Annette Becker habla de la guerra como “catástrofe
fundacional del siglo XX”, cuyos efectos políticos, culturales y psicológicos
explicarían, en parte, fenómenos posteriores como el fascismo o el pacifismo radical de
entreguerras (Becker, 2004).

1.2.7. Conclusión

La Primera Guerra Mundial no solo fue un conflicto devastador en términos humanos,


sino también una transformación radical en la forma de concebir y practicar la guerra.
Introdujo dimensiones nuevas —tecnológicas, sociales, psicológicas y globales— que
redefinieron la relación entre Estado, individuo y violencia. Su legado es indeleble y
explica buena parte de las dinámicas del siglo XX.

Bibliografía (APA 7)

 Audoin-Rouzeau, S., & Becker, A. (2003). Violence et consentement: La


Première Guerre mondiale. Paris: Seuil.
 Becker, A. (2004). Les cicatrices rouges, 14–18: France et Allemagne en
guerre. Paris: Fayard.
 Fromkin, D. (1989). A Peace to End All Peace: The Fall of the Ottoman Empire
and the Creation of the Modern Middle East. New York: Henry Holt.
 Grayzel, S. R. (1999). Women and the First World War. London: Longman.
 Hobsbawm, E. J. (1995). The Age of Empire: 1875–1914. London: Abacus.
 Howard, M. (2007). The First World War: A Very Short Introduction. Oxford:
Oxford University Press.
 Michel, M. (2003). Les Africains et la Grande Guerre: L’appel à l’Afrique
(1914–1918). Paris: Karthala.
 Neila, J. L. (2010). La Primera Guerra Mundial: política, estrategia y
diplomacia. Madrid: Síntesis.
 Sevillano, F. (2007). Propaganda y medios de comunicación en la guerra del
siglo XX. Madrid: Alianza Editorial.
 Winter, J., & Robert, J. L. (1999). Capital Cities at War: Paris, London, Berlin
1914–1919. Cambridge: Cambridge University Press.
1.3. Etapas de la Primera Guerra Mundial: dinámica y desarrollo del
conflicto

La Primera Guerra Mundial (1914–1918) se desarrolló a lo largo de cuatro años en una


dinámica cambiante que contravino las expectativas iniciales de un conflicto breve. Su
evolución puede dividirse en varias fases, caracterizadas por distintos escenarios
estratégicos, frentes de combate y transformaciones en la conducción de la guerra. Este
desarrollo refleja tanto la adaptación tecnológica como el desgaste humano y material,
así como la creciente implicación global del conflicto. La historiografía ha abordado
estas etapas desde múltiples perspectivas —militares, políticas y sociales— poniendo de
relieve tanto las rupturas como las continuidades con guerras anteriores.

1.3.1. La guerra de movimientos (agosto–noviembre de 1914)

El conflicto se inició con una fase de maniobras rápidas, fundamentadas en planes


estratégicos preconcebidos. El más conocido de ellos fue el Plan Schlieffen, elaborado
por el Estado Mayor alemán para derrotar a Francia mediante una ofensiva fulminante a
través de Bélgica. Esta violación de la neutralidad belga provocó la entrada del Reino
Unido en la guerra y desencadenó una rápida internacionalización del conflicto.

Sin embargo, el avance alemán fue detenido en la Primera Batalla del Marne
(septiembre de 1914), lo que frustró la idea de una victoria rápida. En el frente oriental,
el ejército ruso invadió Prusia Oriental, pero fue derrotado en Tannenberg (agosto), una
victoria decisiva para los alemanes. Esta primera etapa reveló la inadecuación de los
planes previos frente a la realidad del combate moderno.

Como señala Hew Strachan, esta fase marcó ya “el fracaso de las guerras limitadas y
abrió el paso a un conflicto de agotamiento” (Strachan, 2004, p. 82).

1.3.2. La guerra de posiciones o de trincheras (1915–1916)

Tras la estabilización de los frentes, especialmente en el oeste, se impuso una guerra de


trincheras. Una inmensa red de fortificaciones estáticas desde el Mar del Norte hasta
Suiza convirtió el frente occidental en una línea inmóvil de desgaste. La superioridad
defensiva de las nuevas armas (ametralladoras, artillería pesada, alambradas) impidió
avances significativos durante años.

Esta etapa estuvo marcada por grandes ofensivas que causaron elevadísimas bajas sin
alterar sustancialmente el equilibrio militar. Las batallas de Verdún (febrero–
diciembre de 1916) y el Somme (julio–noviembre de 1916) ejemplifican este tipo de
enfrentamiento. En Verdún, los franceses resistieron la ofensiva alemana al grito de
“¡No pasarán!”, al coste de más de 700.000 bajas entre ambos bandos. En el Somme, los
británicos perdieron 60.000 hombres en un solo día (1 de julio), lo que da idea del
carácter brutal de esta etapa (Neila, 2010, pp. 135–139).
John Keegan señala que “la guerra de trincheras fue más una contienda de resistencia
moral y capacidad logística que de maniobra táctica” (Keegan, 1998, p. 240). La
desmoralización y la rutina de la muerte transformaron profundamente a los
combatientes.

1.3.3. La guerra de desgaste (1917)

El año 1917 fue decisivo en el devenir del conflicto por varios motivos: la crisis en el
frente interno, la revolución rusa, la entrada de Estados Unidos en la guerra y el fracaso
de nuevas ofensivas.

La guerra comenzó a mostrar sus efectos más profundos sobre la moral civil y militar.
En Francia, la ofensiva Nivelle (abril de 1917) fracasó estrepitosamente y provocó
motines masivos entre las tropas francesas, como ha destacado Stéphane Audoin-
Rouzeau (2002). El alto mando respondió con represión, pero también con una
reestructuración del mando y una mayor atención al bienestar de los soldados.

En Rusia, el agotamiento del esfuerzo bélico fue uno de los factores que desembocaron
en la Revolución de Febrero y la posterior Revolución de Octubre (Lenin y los
bolcheviques). En diciembre, el nuevo gobierno soviético firmó el armisticio de Brest-
Litovsk con los Imperios Centrales, lo que liberó divisiones alemanas del frente oriental
(Service, 2000).

En contraste, Estados Unidos entró en guerra en abril de 1917, tras los ataques
alemanes con submarinos contra buques civiles y la publicación del Telegrama
Zimmermann. Aunque su impacto militar directo se vería sobre todo en 1918, su
entrada tuvo un efecto psicológico y estratégico decisivo, como subraya David
Stevenson: “la entrada de EE. UU. cambió las reglas del juego, pues proporcionaba
recursos humanos y materiales inagotables frente a una Alemania exhausta” (Stevenson,
2004, p. 313).

1.3.4. La ofensiva final y el colapso de las Potencias Centrales (1918)

En marzo de 1918, Alemania lanzó la Ofensiva de Primavera (Kaiserschlacht) en el


oeste, buscando una victoria decisiva antes de la llegada masiva de tropas
estadounidenses. Al principio obtuvieron importantes avances, pero no lograron romper
el frente aliado. A partir de julio, con la Segunda Batalla del Marne, las fuerzas
aliadas —reorganizadas bajo el mando único del general francés Foch— lanzaron una
contraofensiva sostenida.

En los Balcanes, el colapso del Imperio Austrohúngaro, agravado por revueltas


nacionalistas y deserciones, llevó al derrumbe de ese frente. El Imperio Otomano
también capituló. En Alemania, estalló la Revolución de Noviembre de 1918, que
provocó la abdicación del káiser y el fin del II Reich. El nuevo gobierno firmó el
armisticio el 11 de noviembre de 1918 en Compiègne, poniendo fin a las hostilidades.
El historiador español Fernando Puell de la Villa considera que “el colapso alemán fue
tanto militar como político, pues el sistema imperial era incapaz de absorber el impacto
de una guerra total prolongada y de una derrota evidente” (Puell, 2014, p. 211).

1.3.5. Conclusión

La evolución de la Primera Guerra Mundial muestra la transformación radical del arte


militar y de las estructuras políticas modernas. De la guerra de movimientos se pasó a
un conflicto de estancamiento, desgaste y desmoralización, donde la resistencia interior
fue tan decisiva como la capacidad ofensiva. Fue una guerra donde la sociedad entera
—más allá de los ejércitos— se convirtió en escenario de combate.

Bibliografía (APA 7)

 Audoin-Rouzeau, S. (2002). Cinq deuils de guerre. Paris: Noesis.


 Keegan, J. (1998). The First World War. London: Hutchinson.
 Neila, J. L. (2010). La Primera Guerra Mundial: política, estrategia y
diplomacia. Madrid: Síntesis.
 Puell de la Villa, F. (2014). La Gran Guerra. Una historia militar (1914–1918).
Madrid: La Esfera de los Libros.
 Service, R. (2000). Lenin: A Biography. London: Macmillan.
 Stevenson, D. (2004). Cataclysm: The First World War as Political Tragedy.
New York: Basic Books.
 Strachan, H. (2004). The First World War: Volume I: To Arms. Oxford: Oxford
University Press.

1.4. El final de la Primera Guerra Mundial: los tratados de paz y sus


consecuencias

El fin de la Primera Guerra Mundial no representó la vuelta al equilibrio internacional ni


la restauración del orden anterior. Los tratados de paz que se firmaron entre 1919 y
1923, encabezados por el Tratado de Versalles (1919), supusieron una profunda
reordenación del mapa geopolítico europeo y mundial. La paz fue percibida por muchos
contemporáneos como una “paz punitiva”, especialmente en el caso alemán, y sentó las
bases de inestabilidad política, económica y psicológica que desembocarían en nuevos
conflictos. La historiografía ha debatido ampliamente el carácter y los efectos de estos
tratados, en especial su responsabilidad en el ascenso de los fascismos y la Segunda
Guerra Mundial.

1.4.1. El Tratado de Versalles (1919): Alemania como chivo expiatorio


El tratado más conocido y debatido fue el de Versalles, firmado con Alemania el 28 de
junio de 1919, justo cinco años después del asesinato del archiduque Francisco
Fernando. El proceso de negociación estuvo dominado por los Cuatro Grandes:
Clemenceau (Francia), Wilson (EE. UU.), Lloyd George (Reino Unido) y Orlando
(Italia). Alemania fue excluida de la negociación, lo que marcó el carácter impuesto del
tratado.

Versalles impuso durísimas condiciones a Alemania:

 Pérdidas territoriales: Alsacia y Lorena volvieron a Francia; se crearon nuevos


Estados (Polonia, Checoslovaquia) con territorios alemanes; y se desmilitarizó
Renania.
 Cláusula de culpabilidad (art. 231): Alemania fue declarada única responsable
de la guerra, lo que legitimaba las reparaciones económicas.
 Reparaciones de guerra: Alemania debía pagar 132.000 millones de marcos-
oro, una carga insoportable para su economía.
 Desarme: el ejército alemán fue reducido a 100.000 hombres, sin aviación ni
armamento pesado.

Como escribió John Maynard Keynes, que participó en las negociaciones y abandonó
indignado, el tratado era una “paz cartaginesa” que sembraría resentimiento y ruina en
Alemania (Keynes, 1919, p. 29). En The Economic Consequences of the Peace, advirtió
que la economía alemana quedaría estrangulada y que ello pondría en peligro la paz
futura.

Muchos historiadores han matizado esta crítica. E. H. Carr observó que si bien las
reparaciones eran excesivas en teoría, nunca se llegaron a pagar del todo (Carr, 1951).
Más recientemente, Margaret MacMillan ha defendido que los tratados intentaron un
difícil equilibrio entre justicia y realismo: “Versalles no fue perfecto, pero no fue la
catástrofe inevitable que se ha querido ver retrospectivamente” (MacMillan, 2001, p.
492).

1.4.2. Otros tratados: disolución de los imperios centrales

Además de Versalles, otros tratados redibujaron Europa y el Próximo Oriente:

 Tratado de Saint-Germain (1919): disolvió el Imperio Austrohúngaro, creó


Austria como Estado independiente, y reconoció a Checoslovaquia y
Yugoslavia.
 Tratado de Trianon (1920): redujo Hungría a un tercio de su territorio anterior.
 Tratado de Sèvres (1920): desmembró el Imperio Otomano. Fue rechazado por
los nacionalistas turcos liderados por Mustafá Kemal Atatürk, y sustituido por
el Tratado de Lausana (1923).

Esta fragmentación provocó múltiples tensiones étnicas. Como apunta Eric


Hobsbawm, “la creación de nuevos Estados nación fue menos la culminación de un
derecho a la autodeterminación que el inicio de nuevos conflictos étnicos y fronterizos”
(Hobsbawm, 1995, p. 94).
1.4.3. La Sociedad de Naciones: un nuevo orden idealista

Uno de los grandes proyectos impulsados por el presidente Wilson fue la creación de la
Sociedad de Naciones, concebida como instrumento para la paz colectiva y la
resolución diplomática de conflictos. Aunque fue el eje del idealismo wilsoniano, su
eficacia fue muy limitada:

 EE. UU. nunca se unió, debido a la oposición del Senado.


 No disponía de ejército ni mecanismos coercitivos.
 Fracasó en frenar agresiones como la invasión de Manchuria (1931) o Abisinia
(1935).

Según Paul Kennedy, la Sociedad de Naciones fue un instrumento “de buenas


intenciones, pero construido sobre la debilidad estructural de una comunidad
internacional dividida” (Kennedy, 1987, p. 218).

1.4.4. Consecuencias del sistema de paz

 Reconfiguración del mapa europeo: desaparecieron los imperios alemán,


austrohúngaro, otomano y ruso. Europa central y oriental se llenó de nuevos
Estados, a menudo frágiles y multiétnicos.
 Humillación alemana: la paz alimentó el nacionalismo revanchista,
especialmente tras la crisis de 1929. Como indicó Hans-Ulrich Wehler, el mito
de la “puñalada por la espalda” (Dolchstoßlegende) se convirtió en una poderosa
arma propagandística de la extrema derecha (Wehler, 2001).
 Inestabilidad económica: las reparaciones, la inflación alemana y la
reconstrucción de Europa crearon una economía internacional volátil.
 Preludio del fascismo y del nazismo: las frustraciones nacionales (en
Alemania, pero también en Italia) facilitaron el auge de regímenes autoritarios
que prometían restaurar la gloria nacional perdida.

El historiador español Juan Carlos Pereira ha resumido así el impacto del sistema de
paz: “ni reconciliación, ni estabilidad, ni paz verdadera. Solo una tregua frágil y un
resentimiento latente” (Pereira, 2003, p. 103).

1.4.5. Conclusión

El sistema de tratados que puso fin a la Primera Guerra Mundial no logró instaurar un
orden duradero. Aunque intentó recoger principios nuevos (autodeterminación, paz
colectiva), lo hizo desde el castigo y la imposición. La coexistencia de aspiraciones
idealistas con realidades punitivas generó un equilibrio inestable que, lejos de cerrar una
época, abrió la puerta a nuevas catástrofes.
Bibliografía (APA 7)

 Carr, E. H. (1951). La crisis de los veinte años. Madrid: Alianza.


 Hobsbawm, E. J. (1995). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.
 Keynes, J. M. (1919). The Economic Consequences of the Peace. London:
Macmillan.
 Kennedy, P. (1987). The Rise and Fall of the Great Powers. New York: Random
House.
 MacMillan, M. (2001). Peacemakers: The Paris Peace Conference of 1919 and
Its Attempt to End War. London: John Murray.
 Pereira, J. C. (2003). Relaciones Internacionales Contemporáneas (1870–1991).
Madrid: Ariel.
 Wehler, H.-U. (2001). El Imperio alemán 1871–1918. Madrid: Siglo XXI.

2. Las relaciones internacionales en el periodo de


entreguerras.
2.1. Los felices años veinte

El periodo inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial, conocido como “los


felices años veinte” (les années folles en Francia, Roaring Twenties en el mundo
anglosajón), se caracterizó en el mundo occidental por una notable expansión
económica, un auge de la cultura de masas, una fuerte innovación tecnológica y una
relativa estabilidad política, especialmente en los países vencedores. Sin embargo, este
dinamismo encubría fragilidades estructurales —como la desigual distribución de la
riqueza o la dependencia del crédito estadounidense— que estallarían con la crisis de
1929. La historiografía contemporánea ha matizado la imagen mítica del periodo,
subrayando sus contrastes y límites.

2.1.1. Recuperación económica y hegemonía estadounidense

Tras una breve recesión (1919-1921), el sistema capitalista internacional vivió una etapa
de crecimiento económico notable. EE. UU., fortalecido por la guerra, emergió como
primera potencia mundial: su producción industrial superaba en 1929 la suma de
Alemania, Francia y Reino Unido juntas (Pereira, 2003, p. 124). La economía
norteamericana experimentó una expansión basada en:

 La producción en cadena (modelo fordista).


 El consumo de masas, impulsado por el crédito.
 El liderazgo en sectores como el automóvil, la electricidad o la radio.

Como señala Charles Kindleberger, “la década de 1920 representó un periodo de


extraordinaria innovación tecnológica y financiera, pero también de creciente
desequilibrio entre producción, consumo y ahorro” (Kindleberger, 1973, p. 105).
Europa, devastada por la guerra, vivió una recuperación desigual. Francia y el Reino
Unido comenzaron a reconstruirse gracias a préstamos estadounidenses, mientras que
Alemania, asfixiada por las reparaciones, sufrió una hiperinflación devastadora hasta la
estabilización del marco con el Plan Dawes (1924). Según Eric Hobsbawm, “la década
fue más feliz para los vencedores que para los vencidos, y más para los ricos que para
los pobres” (Hobsbawm, 1995, p. 117).

2.1.2. Transformaciones sociales y culturales

Los años veinte vivieron una profunda transformación en las costumbres, las ciudades y
las mentalidades:

 Auge de las grandes urbes, como Nueva York, Berlín o París.


 Emancipación parcial de la mujer urbana, que accedió al trabajo remunerado,
al voto en algunos países (EE. UU., 1920; Reino Unido, 1918 y 1928), y a
nuevas libertades de expresión y consumo (la figura de la flapper).
 Expansión de la cultura de masas: cine (Hollywood), radio, jazz, revistas
ilustradas, publicidad...

La sociedad de consumo se convirtió en un rasgo distintivo. Como afirmó Antonio


Fernández García, “la cultura de masas se consolidó en los años veinte como una
industria cultural orientada al ocio, la evasión y el espectáculo” (Fernández García,
2002, p. 69).

2.1.3. Estabilidad política y rearme ideológico

Pese a la inestabilidad inicial (revoluciones comunistas, insurrecciones, golpes de


Estado), el sistema liberal parecía haberse restablecido. En Alemania, la República de
Weimar vivió su etapa más estable entre 1924 y 1929. En Francia y Reino Unido, los
gobiernos democráticos se sucedieron sin sobresaltos mayores. Italia fue una excepción:
en 1922 Mussolini tomó el poder, instaurando el primer régimen fascista de Europa.

Internacionalmente, hubo importantes avances hacia la cooperación y la paz:

 Pacto de Locarno (1925): reconocimiento mutuo de fronteras entre Alemania y


Francia.
 Ingreso de Alemania en la Sociedad de Naciones (1926).
 Pacto Briand-Kellogg (1928): condena de la guerra como instrumento de
política.

Esta aparente distensión fue interpretada por autores como Pierre Renouvin como una
“paz ilusoria”, que ocultaba resentimientos no resueltos (Renouvin, 1954, p. 213). Paul
Kennedy coincide en que la cooperación de los años veinte estaba subordinada al apoyo
financiero estadounidense, sin una base política sólida (Kennedy, 1987, p. 245).
2.1.4. Modernidad y contradicción

El historiador Tony Judt ha subrayado que los años veinte fueron un laboratorio de la
modernidad: “coches, aviones, rascacielos, mujeres fumando, cine, vanguardia
artística... todo parecía indicar que el mundo marchaba hacia adelante” (Judt, 2005, p.
64). Sin embargo, esta modernidad era desigual: el campo y el mundo rural quedaron al
margen; el Sur y el Este de Europa (España, los Balcanes) apenas participaron del auge.

En España, por ejemplo, el reinado de Alfonso XIII vivió en paralelo la dictadura de


Primo de Rivera (1923-1930), que intentó modernizar infraestructuras y estabilizar el
orden social, pero sin democratizar el sistema. Como indica Santos Juliá, “la
modernización autoritaria convivió con una profunda desafección de las élites y de las
masas” (Juliá, 2005, p. 47).

2.1.5. Conclusión

Los años veinte fueron un periodo de expansión, innovación y esperanza, especialmente


en EE. UU. y el norte de Europa. Sin embargo, bajo la superficie, se acumulaban
tensiones sociales, desequilibrios económicos y frustraciones nacionales. La
historiografía actual tiende a ver esta década menos como una “edad dorada” y más
como un equilibrio precario, preludio de nuevas crisis.

Bibliografía (APA 7)

 Fernández García, A. (2002). La cultura de masas en la Europa de entreguerras.


Madrid: Síntesis.
 Hobsbawm, E. J. (1995). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.
 Judt, T. (2005). Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. Madrid:
Taurus.
 Juliá, S. (2005). Historias de las dos Españas. Madrid: Taurus.
 Kennedy, P. (1987). The Rise and Fall of the Great Powers. New York: Random
House.
 Kindleberger, C. P. (1973). The World in Depression 1929-1939. Berkeley:
University of California Press.
 Pereira, J. C. (2003). Relaciones Internacionales Contemporáneas (1870–1991).
Madrid: Ariel.
 Renouvin, P. (1954). La crisis europea y la Primera Guerra Mundial. Madrid:
Revista de Occidente.

2.2. Los tristes años treinta

Los años treinta del siglo XX representan, en la historiografía, un periodo marcado por
el hundimiento del orden liberal capitalista y democrático que, con altibajos, se había
intentado consolidar tras la Primera Guerra Mundial. La crisis económica iniciada en
1929 se combinó con una radicalización ideológica, la erosión de los sistemas
parlamentarios y el ascenso de los totalitarismos. En palabras de Eric Hobsbawm, “fue
una década de crisis general del sistema” (Hobsbawm, 1995, p. 109). Los “tristes años
treinta” no fueron solo una etapa de depresión económica, sino un laboratorio trágico de
experimentación política que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial.

2.2.1. Crisis económica y desintegración del orden liberal

La Gran Depresión de 1929 supuso un terremoto económico global. El crack bursátil de


Wall Street fue solo el detonante de una crisis mucho más profunda: colapso del
comercio mundial, hundimiento del sistema financiero internacional, desempleo masivo
y miseria social.

 El PIB mundial cayó alrededor de un 15% entre 1929 y 1932 (Kindleberger,


1973, p. 118).
 En Alemania el paro alcanzó los 6 millones de personas en 1932.
 En EE. UU., el desempleo superó el 25% de la población activa.

La incapacidad de los gobiernos liberales para responder eficazmente a la crisis (con


políticas deflacionarias y ortodoxas) minó su legitimidad. Como señala Paul Bairoch,
“la reacción inicial a la crisis agravó sus consecuencias, y reforzó las críticas al
capitalismo liberal” (Bairoch, 1993, p. 212).

Frente al ideal de interdependencia económica de los años veinte, los años treinta vieron
un retorno al proteccionismo, la autarquía y la desintegración económica
internacional. El historiador José Luis Neila apunta que “la crisis económica provocó
una fractura del orden multilateral: cada país trató de salvarse a sí mismo” (Neila, 2006,
p. 89).

2.2.2. Ascenso del totalitarismo: fascismo, nazismo y estalinismo

La década estuvo marcada por la consolidación o ascenso de regímenes totalitarios:

 Italia fascista: Mussolini intensificó el control del Estado sobre la sociedad y


adoptó una política imperialista con la invasión de Etiopía en 1935.
 Alemania nazi: la grave crisis permitió el ascenso de Hitler al poder en 1933. El
Tercer Reich combinó ultranacionalismo, antisemitismo, militarismo y una
economía de guerra. Como analiza Ian Kershaw, “la crisis fue el gran
catalizador que convirtió a los nazis en una opción de gobierno” (Kershaw,
1998, p. 371).
 URSS estalinista: Stalin implantó un régimen de terror, colectivización forzosa,
planes quinquenales y purgas masivas. El modelo soviético se ofrecía como
alternativa al capitalismo en crisis.

Frente a estos totalitarismos, la democracia liberal retrocedió. En Europa del Este se


impusieron dictaduras autoritarias en Polonia, Hungría, Rumanía o Yugoslavia. Solo
Reino Unido, Francia y los países escandinavos conservaron regímenes democráticos
estables. Raymond Aron señaló que “la democracia parecía un paréntesis entre dos
oleadas autoritarias” (Aron, 1962, p. 167).

2.2.3. Fracaso del sistema internacional: Sociedad de Naciones e


impotencia colectiva

La Sociedad de Naciones, que simbolizaba el ideal de paz colectiva, mostró su absoluta


impotencia para gestionar los conflictos:

 Japón invadió Manchuria en 1931 sin consecuencias.


 Italia conquistó Etiopía en 1935 pese a las protestas internacionales.
 Alemania reocupó Renania en 1936 y comenzó su expansión territorial.

El pacifismo de los años veinte se transformó en un apaciguamiento que reforzó a las


potencias revisionistas. Pierre Renouvin lo resume así: “la Sociedad de Naciones fue
un fantasma sin dientes” (Renouvin, 1954, p. 276). El aislamiento de EE. UU. y la
debilidad británica y francesa favorecieron esta dinámica.

2.2.4. Guerra civil y polarización ideológica: España como símbolo

La Guerra Civil española (1936–1939) encarnó el conflicto ideológico de la época:


fascismo contra comunismo, revolución frente a contrarrevolución, democracia liberal
acosada por ambos extremos. El conflicto tuvo una proyección internacional clara: la
Alemania nazi y la Italia fascista apoyaron a Franco; la URSS y las Brigadas
Internacionales, a la República. Francia y Reino Unido adoptaron una política de no
intervención, que favoreció a los sublevados.

Según Helen Graham, “España fue un microcosmos de la crisis europea: luchas de


clase, lucha ideológica, intervención extranjera y el fracaso de la democracia” (Graham,
2002, p. 88). Santos Juliá añade que “la República fue percibida como el último ensayo
del liberalismo antes de su colapso generalizado” (Juliá, 2004, p. 104).

2.2.5. Camino hacia la guerra

Los años treinta fueron una etapa de descomposición del orden establecido tras 1919. El
rearme alemán, la expansión italiana, la guerra civil española, la ocupación de Austria
(1938) y los Sudetes (1938), el pacto de Múnich (1938) y la invasión de Checoslovaquia
(1939) mostraron que Europa caminaba hacia otro conflicto. El pacto germano-soviético
(agosto de 1939) y la invasión de Polonia (septiembre) culminaron ese proceso.

Richard Overy argumenta que “la Segunda Guerra Mundial no fue una ruptura, sino la
culminación de un proceso destructivo iniciado en la crisis de 1929” (Overy, 1994, p.
201).
2.2.6. Conclusión

Los “tristes años treinta” fueron un periodo de crisis múltiple: económica, política e
ideológica. La democracia liberal se vio acorralada entre el fascismo y el comunismo,
mientras las estructuras internacionales se desmoronaban. La década encarnó el colapso
de los sueños de paz, prosperidad y racionalidad que habían alimentado los años veinte.

Bibliografía (APA 7)

 Aron, R. (1962). Democracia y totalitarismo. Madrid: Alianza.


 Bairoch, P. (1993). Economía y política en los siglos XIX y XX. Barcelona:
Crítica.
 Graham, H. (2002). La Guerra Civil Española. Una historia muy breve. Madrid:
Turner.
 Hobsbawm, E. J. (1995). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.
 Juliá, S. (2004). Las dos Españas: la recuperación de la memoria histórica.
Madrid: Taurus.
 Kershaw, I. (1998). Hitler: 1889–1936. Hybris. Madrid: Península.
 Kindleberger, C. P. (1973). The World in Depression 1929–1939. Berkeley:
University of California Press.
 Neila, J. L. (2006). Las relaciones internacionales en el siglo XX. Madrid:
UNED.
 Overy, R. (1994). The Inter-War Crisis 1919–1939. London: Longman.
 Renouvin, P. (1954). La crisis europea y la Primera Guerra Mundial. Madrid:
Revista de Occidente.
3. La crisis de 1929.
3.1. Interpretación histórica sobre las causas de la crisis de 1929.

La crisis económica de 1929, también conocida como el Crack del 29 o la Gran


Depresión, es uno de los eventos más analizados de la historia contemporánea. Su
carácter estructural, su escala global y sus consecuencias políticas han generado un
denso debate historiográfico. Desde interpretaciones clásicas centradas en el desplome
bursátil hasta análisis estructurales del capitalismo y sus contradicciones, los
historiadores y economistas han ofrecido diversas explicaciones, con especial atención a
los factores financieros, industriales, sociales e institucionales.

3.1.1. Crisis de sobreproducción y desequilibrios estructurales

Una de las tesis más aceptadas señala que la economía estadounidense de los años
veinte generó un grave desequilibrio entre producción y consumo, alimentado por la
mecanización y la productividad creciente sin una redistribución paralela de la renta.
Esto provocó una sobreproducción industrial y agrícola que no encontró salida en un
mercado interno empobrecido ni en mercados exteriores protegidos por aranceles.

Según Charles P. Kindleberger, “la economía mundial no tenía un prestamista de


última instancia, ni mecanismos de redistribución de la riqueza eficaces, lo que agravó
una crisis que era más que financiera” (Kindleberger, 1973, p. 91). Por su parte, Paul
Bairoch subraya que la falta de una demanda solvente, especialmente en Europa central
y oriental, impidió que la producción industrial encontrara salida adecuada (Bairoch,
1993, p. 267).

3.1.2. La especulación financiera y el desplome bursátil

El desplome de la Bolsa de Nueva York en octubre de 1929 fue el catalizador


inmediato de la crisis. En un contexto de euforia especulativa y sin regulación eficaz,
millones de pequeños y grandes inversores compraron acciones al alza sin base real en
la economía productiva. El sistema de compra al “margen” (es decir, con crédito)
multiplicó el efecto dominó.

John Kenneth Galbraith, en su clásico El crack del 29, describió cómo “una economía
fundada en el optimismo irracional, y sostenida por una retórica triunfalista, estaba
destinada a colapsar cuando se reveló su fragilidad interna” (Galbraith, 1954, p. 77). El
martes negro (29 de octubre) fue solo el inicio de una pérdida de confianza
generalizada.

3.1.3. Fallos del sistema bancario y políticas monetarias restrictivas


El colapso bursátil se trasladó rápidamente al sistema bancario. En Estados Unidos,
miles de bancos pequeños cerraron por insolvencia, al no poder devolver los depósitos.
La Reserva Federal mantuvo una política monetaria restrictiva, elevando los tipos de
interés en lugar de bajarlos, lo que asfixió aún más el crédito.

El historiador económico Barry Eichengreen ha mostrado cómo el patrón oro limitó la


capacidad de reacción de los Estados. “El patrón oro funcionó como un corsé que
impidió políticas monetarias expansivas y transmitió la depresión de EE. UU. a Europa
y el resto del mundo” (Eichengreen, 1992, p. 45).

3.1.4. El papel del patrón oro en la internacionalización de la crisis

El patrón oro, sistema monetario que ligaba las monedas nacionales al oro y
garantizaba la convertibilidad, fue otro factor estructural que exacerbó la crisis. En lugar
de permitir la devaluación de las monedas, el patrón oro obligó a políticas deflacionarias
(reducción del gasto, del salario y de los precios), lo cual agravó la depresión en países
como Reino Unido, Alemania o Francia.

Peter Temin señala que “la fidelidad al patrón oro fue una de las decisiones más
costosas de los gobiernos de la época” (Temin, 1989, p. 117). En la misma línea, José
Luis Neila destaca que “el mecanismo internacional del oro transmitió los efectos de la
crisis de forma casi automática, convirtiendo un problema estadounidense en una
catástrofe global” (Neila, 2006, p. 97).

3.1.5. Debilidades del sistema financiero internacional

La reconstrucción de Europa tras la Primera Guerra Mundial se había apoyado en un


esquema triangular insostenible: EE. UU. concedía préstamos a Alemania, esta pagaba
las reparaciones de guerra a Francia y Reino Unido, y estos a su vez devolvían
préstamos a EE. UU. La crisis rompió ese circuito.

Pierre Renouvin sostiene que “la crisis reveló la fragilidad de un orden financiero
dependiente del crédito norteamericano, y la inexistencia de mecanismos estables de
cooperación multilateral” (Renouvin, 1954, p. 312). La retirada de capitales
estadounidenses provocó el colapso de la economía alemana y de otros países
centroeuropeos.

3.1.6. Crisis del modelo liberal y su cuestionamiento ideológico

Finalmente, la crisis de 1929 tuvo un profundo impacto ideológico. Se puso en


entredicho el liberalismo económico clásico, que predicaba el equilibrio automático de
los mercados. Como señaló John Maynard Keynes en su Teoría general del empleo, el
interés y el dinero (1936), el desempleo y la depresión podían perpetuarse sin
intervención del Estado.
Este giro epistemológico influyó en la historiografía posterior. Para autores como
Hobsbawm o Mazower, la crisis representó el inicio de un proceso de cuestionamiento
global del capitalismo liberal y favoreció el ascenso de modelos alternativos: fascismo,
comunismo y keynesianismo (Hobsbawm, 1995; Mazower, 1999).

3.1.7. Conclusión

La crisis de 1929 fue el resultado de una combinación letal de factores estructurales y


coyunturales: desequilibrios económicos, excesos financieros, rigideces monetarias y
ausencia de mecanismos internacionales de control. Su interpretación sigue siendo
objeto de estudio porque representa no solo un colapso económico, sino una crisis del
orden mundial surgido tras la Primera Guerra Mundial.

Bibliografía (APA 7)

 Bairoch, P. (1993). Economía y política en los siglos XIX y XX. Barcelona:


Crítica.
 Eichengreen, B. (1992). Golden Fetters: The Gold Standard and the Great
Depression, 1919–1939. Oxford: Oxford University Press.
 Galbraith, J. K. (1954). El crack del 29. Barcelona: Ariel.
 Hobsbawm, E. J. (1995). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.
 Keynes, J. M. (1936). Teoría general del empleo, el interés y el dinero. Madrid:
Akal (ed. 2007).
 Kindleberger, C. P. (1973). The World in Depression 1929–1939. Berkeley:
University of California Press.
 Mazower, M. (1999). Dark Continent: Europe's Twentieth Century. London:
Penguin.
 Neila, J. L. (2006). Las relaciones internacionales en el siglo XX. Madrid:
UNED.
 Renouvin, P. (1954). La crisis europea y la Primera Guerra Mundial. Madrid:
Revista de Occidente.
 Temin, P. (1989). Lessons from the Great Depression. Cambridge, MA: MIT
Press.
3.2. Desarrollo de la crisis: el contagio a otros sectores de la economía y a
otros países

La crisis económica de 1929, que se inició en Estados Unidos, rápidamente se


transformó en una depresión global, afectando todos los sectores económicos y casi
todos los países del mundo, con efectos profundos y duraderos. Lo que comenzó como
un colapso financiero bursátil se extendió al sistema bancario, la industria, el comercio
y la agricultura. Esta expansión del colapso ha sido uno de los principales focos de la
historiografía económica y política del siglo XX.

3.2.1. Contagio en el sistema financiero y bancario internacional

Tras el desplome de Wall Street, se produjo una crisis bancaria en cadena. Entre 1929
y 1933 cerraron más de 9.000 bancos en Estados Unidos, y el pánico financiero se
trasladó a Europa. En Alemania, el colapso del banco Creditanstalt en 1931 —una de
las instituciones financieras más importantes del país— marcó un punto de inflexión. La
falta de coordinación entre bancos centrales y la defensa del patrón oro impidieron una
respuesta conjunta.

Según Barry Eichengreen, “la insistencia en mantener el patrón oro impidió a los
gobiernos adoptar políticas monetarias flexibles, agravando el hundimiento del sistema
bancario y extendiendo el colapso a escala internacional” (Eichengreen, 1992, p. 213).
Asimismo, Peter Temin destaca cómo la interdependencia financiera sin instituciones
de respaldo amplificó la transmisión de la crisis (Temin, 1989, p. 104).

3.2.2. Industria y desempleo: derrumbe de la producción

El hundimiento de la demanda y la contracción del crédito provocaron un colapso


industrial. La producción cayó de manera estrepitosa en casi todos los países
industrializados:

 En Estados Unidos, la producción industrial cayó un 47% entre 1929 y 1933.


 En Alemania, la caída fue del 42%.
 En Gran Bretaña, del 23%.

El resultado fue un aumento masivo del desempleo. A inicios de los años treinta, se
contabilizaban más de 30 millones de desempleados en el mundo. En Estados Unidos,
se alcanzó un 25% de paro, mientras que en Alemania el desempleo superó el 30%.

Eric Hobsbawm señala que “la Gran Depresión convirtió a trabajadores con empleo
estable en parias sociales, al tiempo que redujo a millones de pequeños empresarios y
campesinos a la desesperación” (Hobsbawm, 1995, p. 123).
3.2.3. Colapso del comercio internacional y auge del proteccionismo

Uno de los efectos más inmediatos y devastadores fue el desplome del comercio
mundial. Entre 1929 y 1933, las exportaciones globales cayeron un 70%. Esta
contracción se agravó por políticas proteccionistas como la ley arancelaria Smoot-
Hawley (EE. UU., 1930), que impuso gravámenes elevados a cientos de productos
importados. Muchos países respondieron con medidas similares, lo que profundizó el
aislamiento económico.

José Luis Neila sostiene que “el proteccionismo fue la expresión del repliegue
nacionalista frente a una crisis sin precedentes, y provocó una fragmentación de los
circuitos económicos globales” (Neila, 2006, p. 104).

3.2.4. Crisis agrícola: desplome de precios y éxodo rural

El sector agrícola, ya debilitado por la sobreproducción de los años veinte, sufrió una
crisis aún más profunda:

 El precio del trigo cayó un 60% entre 1929 y 1932.


 En Estados Unidos, cientos de miles de agricultores se arruinaron y emigraron
hacia el oeste, fenómeno descrito por John Steinbeck en Las uvas de la ira
(1939).

Paul Bairoch destaca que “la crisis agrícola fue, en muchos países, más grave que la
industrial, porque afectó a la base de subsistencia de millones de personas” (Bairoch,
1993, p. 273). En países coloniales o dependientes, como en América Latina o Asia, la
caída de los precios de exportación generó auténticos colapsos sociales.

3.2.5. Efectos en los países europeos y periféricos

En Europa, la crisis tuvo un impacto desigual:

 Alemania sufrió con especial virulencia debido a su dependencia del crédito


exterior y al peso de las reparaciones de guerra. La descomposición económica
favoreció el ascenso del nazismo.
 Reino Unido abandonó el patrón oro en 1931 y reorientó su economía hacia la
Commonwealth, aplicando políticas de preferencia imperial.
 Francia resistió más tiempo, pero su economía entró en recesión en 1932 y
sufrió inestabilidad política crónica.

En el mundo colonial y periférico, la crisis golpeó duramente. Las economías


exportadoras de materias primas (Argentina, Brasil, India, Egipto) vieron caer sus
ingresos. En algunos casos, la crisis aceleró procesos de industrialización por
sustitución de importaciones. En América Latina, esta situación preparó el terreno para
regímenes populistas y autoritarios (como el de Getúlio Vargas en Brasil o el primer
peronismo posterior en Argentina).
Tulio Halperín Donghi señala que “la Gran Depresión redefinió la relación entre
América Latina y el capitalismo mundial, generando un giro hacia el proteccionismo, la
autarquía y el nacionalismo económico” (Halperín Donghi, 2005, p. 189).

3.2.6. Impacto social y político

La depresión alimentó una profunda crisis de legitimidad de las democracias


liberales. La combinación de desempleo, pobreza y frustración favoreció el auge de
opciones políticas autoritarias o extremistas.

 En Alemania, la caída de la República de Weimar culminó con la llegada de


Hitler al poder en 1933.
 En EE. UU., la crisis propició la llegada de Roosevelt y el New Deal.
 En América Latina y Europa oriental, emergieron regímenes autoritarios que se
presentaban como alternativa al caos liberal.

Mark Mazower afirma que “la Gran Depresión convirtió la democracia liberal en una
excepción en Europa y alimentó el atractivo de los proyectos totalitarios” (Mazower,
1999, p. 84).

3.2.7. Conclusión

La crisis de 1929 no fue un episodio aislado ni exclusivamente financiero: su desarrollo


afectó a todos los sectores de la economía y a todas las regiones del mundo. Fue una
crisis sistémica que transformó el equilibrio internacional, desestabilizó las
democracias, e impulsó el ascenso de nuevas ideologías. La historiografía coincide en
destacar su papel como antesala de los grandes conflictos y transformaciones del siglo
XX.

Bibliografía (APA 7)

 Bairoch, P. (1993). Economía y política en los siglos XIX y XX. Barcelona:


Crítica.
 Eichengreen, B. (1992). Golden Fetters: The Gold Standard and the Great
Depression, 1919–1939. Oxford: Oxford University Press.
 Halperín Donghi, T. (2005). Historia contemporánea de América Latina.
Madrid: Alianza Editorial.
 Hobsbawm, E. J. (1995). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.
 Mazower, M. (1999). Dark Continent: Europe's Twentieth Century. London:
Penguin.
 Neila, J. L. (2006). Las relaciones internacionales en el siglo XX. Madrid:
UNED.
 Steinbeck, J. (1939). The Grapes of Wrath. New York: Viking Press.
 Temin, P. (1989). Lessons from the Great Depression. Cambridge, MA: MIT
Press.
3.3. Las diferentes políticas de recuperación

Tras el estallido de la crisis de 1929, los gobiernos se enfrentaron a un desafío sin


precedentes: cómo restaurar la estabilidad económica, contener el desempleo masivo y
evitar el colapso social. Las respuestas políticas variaron en función del contexto
nacional, la ideología dominante y la estructura institucional de cada país. En general,
las políticas de recuperación pueden agruparse en tres grandes líneas: el liberalismo
ortodoxo, el intervencionismo keynesiano (especialmente tras la llegada del New Deal
en EE. UU.) y las respuestas autoritarias o corporativistas, como las aplicadas en
Alemania e Italia. La historiografía ha analizado extensamente estas estrategias, sus
fundamentos, límites y consecuencias.

3.3.1. Las primeras respuestas: el liberalismo ortodoxo y sus fracasos

Al inicio de la crisis, la mayoría de los gobiernos optaron por políticas económicas


ortodoxas: reducción del gasto público, austeridad fiscal y defensa del patrón oro. El
supuesto era que los mercados se autorregularían.

 En Reino Unido, el gobierno laborista de Ramsay MacDonald aplicó recortes


salariales y de subsidios. La medida provocó una grave crisis política y la
formación del llamado "Gobierno Nacional" en 1931.
 En Francia, se mantuvieron políticas deflacionistas hasta bien entrada la década
de 1930, lo que retrasó su recuperación.

Estas políticas, según Barry Eichengreen, “fueron contraproducentes: al mantener el


patrón oro y rechazar la expansión monetaria, se profundizó la contracción”
(Eichengreen, 1992, p. 225). Para Eric Hobsbawm, este periodo fue “la manifestación
del fracaso de las élites liberales para entender la naturaleza de una crisis que no podía
resolverse con recetas del siglo XIX” (Hobsbawm, 1995, p. 130).

3.3.2. El New Deal en Estados Unidos: el giro intervencionista

El punto de inflexión llegó en 1933, con la elección de Franklin D. Roosevelt y el


lanzamiento del New Deal, un conjunto de medidas que rompía con el laissez-faire
tradicional e inauguraba una nueva etapa de intervención del Estado en la economía.

El New Deal se desarrolló en tres fases:

 Primer New Deal (1933-1934): medidas urgentes como la creación de la


Agricultural Adjustment Administration (AAA) y la National Recovery
Administration (NRA), que buscaron estabilizar los precios y fijar normas
laborales.
 Segundo New Deal (1935-1936): reformas estructurales, como la Social
Security Act (1935), que estableció pensiones y seguros de desempleo, y el
Wagner Act, que legalizó los sindicatos.
 Tercer New Deal: menos definido, incluyó obras públicas y reformas
financieras, como la Securities and Exchange Commission (SEC) para
controlar Wall Street.
Aunque no acabó con la Depresión, el New Deal restableció la confianza y cambió la
relación entre el Estado y la economía. John Kenneth Galbraith lo consideró “una
revolución política sin revolución social” (Galbraith, 1954, p. 139). Según José Luis
Neila, “el New Deal fue una respuesta audaz e innovadora que estableció un nuevo
paradigma en la gestión económica del capitalismo” (Neila, 2006, p. 129).

3.3.3. Las respuestas autoritarias: el modelo fascista y nazi

En Italia, Mussolini profundizó en su modelo de Estado corporativo, buscando


integrar empresarios y sindicatos bajo la tutela estatal. El Estado intervino en sectores
clave mediante organismos como el Instituto para la Reconstrucción Industrial
(IRI), pero los resultados fueron limitados y no resolvieron la crisis de fondo.

En Alemania, tras la llegada de Hitler al poder en 1933, el régimen nazi emprendió una
política de recuperación económica basada en:

 El rearme y el gasto militar, que absorbió el desempleo.


 Grandes obras públicas como las autopistas (Autobahnen).
 Política monetaria expansiva, con dinero fiduciario controlado por el Estado.
 Eliminación de sindicatos y control del salario.

El “milagro económico” nazi fue en realidad un proceso de preparación para la


guerra, como advierte Adam Tooze: “El régimen nazi consiguió el pleno empleo
mediante una economía de guerra encubierta” (Tooze, 2006, p. 71). Según Pierre
Ayçoberry, “la política económica nazi no era sostenible a largo plazo, pero resultó
efectiva en el corto plazo como propaganda” (Ayçoberry, 1998, p. 233).

3.3.4. La recuperación británica: abandono del patrón oro y orientación


imperial

En 1931, Reino Unido abandonó el patrón oro, lo que permitió devaluar la libra,
estimular las exportaciones y relajar la política monetaria. A partir de entonces, se inició
una recuperación moderada, centrada en el sector de la construcción y la industria
ligera.

Además, se adoptó una política de preferencia imperial (Imperial Preference), basada


en la protección del comercio con los dominios británicos, consolidando una zona
económica propia. Según P. M. Kennedy, “la salida del patrón oro fue clave para la
recuperación británica, permitiendo una política monetaria autónoma” (Kennedy, 1989,
p. 299).

3.3.5. La respuesta francesa: conservadurismo económico y Frente


Popular

Francia, menos afectada inicialmente por la crisis, fue uno de los últimos países en
sentir sus efectos. Mantuvo el patrón oro hasta 1936, lo que frenó su recuperación. La
llegada del Frente Popular al poder en 1936, liderado por Léon Blum, impulsó
reformas sociales como:
 La semana laboral de 40 horas.
 Vacaciones pagadas.
 Nacionalizaciones parciales.

Sin embargo, la presión de los mercados y la fuga de capitales obligaron a abandonar


muchas de estas medidas. Para Tony Judt, “el experimento del Frente Popular mostró
los límites de las reformas progresistas en un contexto de crisis global y amenazas
autoritarias” (Judt, 2006, p. 189).

3.3.6. El caso soviético: una alternativa socialista

La Unión Soviética, al estar fuera del sistema capitalista internacional, no sufrió la


crisis de 1929. Mientras Occidente caía en el desempleo, Stalin implementaba los
Planes Quinquenales, que buscaban la industrialización acelerada y la colectivización
del campo. Aunque con un alto coste humano, el modelo soviético se presentó como
una alternativa ideológica al capitalismo liberal en crisis.

Moshe Lewin señala que “la URSS capitalizó ideológicamente el colapso occidental,
mostrando al mundo un modelo en apariencia más sólido” (Lewin, 2005, p. 203).

3.3.7. Conclusión

Las políticas de recuperación ante la crisis de 1929 oscilaron entre la ortodoxia liberal,
el intervencionismo democrático y las respuestas autoritarias. Aunque ninguna fórmula
fue completamente exitosa, los experimentos de Roosevelt, Hitler o Stalin mostraron
cómo el Estado asumió un nuevo protagonismo económico. Estas experiencias
transformaron el papel del Estado en el capitalismo contemporáneo y sentaron las bases
de la economía política del siglo XX.

Bibliografía (APA 7)

 Ayçoberry, P. (1998). La sociedad alemana bajo el III Reich. Barcelona: Crítica.


 Eichengreen, B. (1992). Golden Fetters: The Gold Standard and the Great
Depression, 1919–1939. Oxford: Oxford University Press.
 Galbraith, J. K. (1954). El crack del 29. Barcelona: Ariel.
 Hobsbawm, E. J. (1995). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.
 Judt, T. (2006). Postguerra: Una historia de Europa desde 1945. Madrid:
Taurus.
 Kennedy, P. M. (1989). Ascenso y caída de las grandes potencias. Barcelona:
Planeta.
 Lewin, M. (2005). El siglo soviético. Barcelona: Crítica.
 Neila, J. L. (2006). Las relaciones internacionales en el siglo XX. Madrid:
UNED.
 Tooze, A. (2006). The Wages of Destruction: The Making and Breaking of the
Nazi Economy. London: Penguin.
3.4. Consecuencias mundiales de la crisis de 1929

La Gran Depresión iniciada con el crac bursátil de octubre de 1929 en Estados Unidos
se convirtió pronto en una crisis estructural del capitalismo mundial. Afectó a las
economías industriales y agrícolas, a las colonias y a los centros financieros, generando
una crisis del modelo liberal y empujando a diversas regiones hacia alternativas
autoritarias, proteccionistas o planificadas.

3.4.1. Desintegración del sistema económico internacional

Antes de la crisis, el comercio global estaba sostenido por el patrón oro, el libre
comercio y la hegemonía financiera de Reino Unido y EE. UU. Tras 1929:

 El comercio mundial se contrajo un 66% entre 1929 y 1933 (Kindleberger,


1973).
 Se adoptaron políticas proteccionistas como la Ley Smoot-Hawley en EE. UU.
(1930), que provocaron represalias y el colapso del comercio internacional
(Temin, 1989).
 El abandono del patrón oro por Reino Unido en 1931 y otros países desató una
carrera de devaluaciones competitivas que fragmentó el sistema monetario
global (Eichengreen, 1996).

Este proceso supuso, en palabras de Gabriel Tortella, “el colapso definitivo del
capitalismo decimonónico liberal, incapaz de afrontar una crisis autorregulada”
(Tortella, 2005, p. 193).

3.4.2. Desempleo masivo y crisis sociales

Los efectos sociales fueron profundos:

 En EE. UU., el desempleo superó el 25% en 1933.


 En Alemania, el desempleo alcanzó los 6 millones, deslegitimando la República
de Weimar y facilitando el ascenso del nazismo (Mommsen, 1996).
 En América Latina, los países exportadores (Argentina, Brasil, Perú) sufrieron
caídas del PIB entre el 20% y el 30%, agravadas por la dependencia de los
mercados europeos y estadounidenses (Bulmer-Thomas, 2003).

En España, aunque la crisis llegó con cierto retraso, afectó gravemente al sector
agrícola exportador (vino, aceite, cítricos) y provocó una caída del ingreso nacional,
lo que acentuó los conflictos sociales durante la Segunda República (Carreras &
Tafunell, 2010, pp. 236–238).

3.4.3. Crisis de legitimidad del liberalismo económico

El fracaso del laissez-faire provocó una crisis ideológica:


 En EE. UU., el New Deal de Franklin D. Roosevelt introdujo una nueva
relación entre el Estado y la economía, con políticas de empleo público,
regulación financiera y seguros sociales (Kennedy, 1999).
 En Europa continental, se generalizaron modelos autoritarios que ofrecían orden
y acción estatal: el fascismo en Italia, el nazismo en Alemania y el nacional-
catolicismo en países como Austria, Hungría o Portugal.
 La URSS utilizó la crisis para legitimar su modelo planificado, enfatizando su
inmunidad al colapso capitalista (Davies, 1997).

Como señala el economista Albert Carreras, “la depresión de los años treinta convirtió
la intervención estatal en una necesidad ineludible incluso para las economías más
ortodoxas” (Carreras & Tafunell, 2010, p. 242).

3.4.4. Tensiones geopolíticas y camino hacia la guerra

Las consecuencias geopolíticas fueron decisivas:

 El nacionalismo económico, el colapso del comercio y la fragmentación


monetaria acentuaron las tensiones internacionales.
 El expansionismo japonés en Manchuria (1931), el fascismo italiano en
Etiopía (1935) y la remilitarización alemana fueron respuestas a la crisis
interna mediante políticas imperialistas (Mazower, 1999).
 Las democracias liberales, debilitadas por el desempleo y la inestabilidad
interna, no pudieron frenar la agresión de los regímenes totalitarios.

Eric Hobsbawm sintetiza esta deriva afirmando que “la depresión no solo destruyó la
economía liberal, sino que barrió con las instituciones democráticas en buena parte de
Europa” (Hobsbawm, 1994, p. 109).

3.4.5. Efectos a largo plazo: el rediseño del capitalismo global

La experiencia de la crisis condujo, tras la Segunda Guerra Mundial, a una


reconstrucción del capitalismo basada en nuevas reglas:

 El modelo keynesiano se convirtió en hegemónico, promoviendo la


intervención estatal, el gasto público y el pleno empleo como objetivos
macroeconómicos.
 Se crearon nuevas instituciones: el FMI, el Banco Mundial y el GATT
(antecesor de la OMC).
 En muchos países, se fortalecieron los sistemas de seguridad social y
regulación financiera, para evitar una repetición de los desastres de los años
treinta.
Bibliografía (APA 7)

 Bulmer-Thomas, V. (2003). The Economic History of Latin America since


Independence. Cambridge University Press.
 Carreras, A., & Tafunell, X. (2010). Historia económica de la España
contemporánea (1789–2009). Crítica.
 Davies, R. W. (1997). The Industrialisation of Soviet Russia. Palgrave
Macmillan.
 Eichengreen, B. (1996). Globalizing Capital: A History of the International
Monetary System. Princeton University Press.
 Hobsbawm, E. (1994). Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914–
1991. Abacus.
 Kennedy, D. M. (1999). Freedom from Fear: The American People in
Depression and War, 1929–1945. Oxford University Press.
 Kindleberger, C. P. (1973). The World in Depression, 1929–1939. University of
California Press.
 Mazower, M. (1999). Dark Continent: Europe's Twentieth Century. Penguin.
 Mommsen, H. (1996). The Rise and Fall of Weimar Democracy. University of
North Carolina Press.
 Temin, P. (1989). Lessons from the Great Depression. MIT Press.
 Tortella, G. (2005). Los orígenes del siglo XXI: Un ensayo de historia social y
económica contemporánea. Gadir.

También podría gustarte