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Las Mentiras de La Ciencia - Federico Di Trocchio

En 'Las mentiras de la ciencia', Federico Di Trocchio explora cómo los científicos han engañado a lo largo de la historia, especialmente en la era moderna, donde el dinero y la financiación han motivado falsificaciones y fraudes. El autor analiza casos de engaños en la ciencia, incluyendo a premios Nobel, y discute la evolución de la 'engañología' como una disciplina que permite a los científicos manipular datos y resultados. El libro invita a reflexionar sobre la delgada línea entre la verdad y la falsedad en la investigación científica.

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Las Mentiras de La Ciencia - Federico Di Trocchio

En 'Las mentiras de la ciencia', Federico Di Trocchio explora cómo los científicos han engañado a lo largo de la historia, especialmente en la era moderna, donde el dinero y la financiación han motivado falsificaciones y fraudes. El autor analiza casos de engaños en la ciencia, incluyendo a premios Nobel, y discute la evolución de la 'engañología' como una disciplina que permite a los científicos manipular datos y resultados. El libro invita a reflexionar sobre la delgada línea entre la verdad y la falsedad en la investigación científica.

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Las mentiras de la ciencia www.librosmaravillosos.

com Federico Di Trocchio

1 Preparado por Patricio Barros


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Reseña

Sea para huir de la mediocridad, sea para salvar escollos en aras de


realizar su contribución científica como en el caso de Galileo o
Newton, los científicos han engañado desde siempre, si bien en la
época moderna, desde que la ciencia pasó de vocación a profesión,
lo más común es que el motor para hacerlo sea el dinero, en forma
de financiación o de cobro de patentes. En "Las mentiras de la
ciencia" Federico Di Trocchio lleva a cabo un relato curioso y
documentado que explica por qué y cómo engañan los científicos e
incita a numerosas reflexiones. Del mismo autor en esta colección:
"El genio incomprendido".

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Índice
Prólogo
I. Los Nobel también hacen trampa
II. Crímenes y castigos
III. ¿La Ciencia con mayúsculas o el Embuste con mayúsculas?
IV. Descubrimientos y redescubrimientos del agua
V. Delitos de bata blanca
VI. Falsificaciones afortunadas y desafortunadas
VII. Un Judas en el laboratorio
VIII. Fósiles falsos y eslabones perdidos
IX. El científico como impostor
Bibliografía
Agradecimientos
El autor

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Prólogo

El engaño siempre ha sido un arte. Desde hace algún tiempo se ha


convertido también en una ciencia. Propongo denominarla
«engañótica» o mejor aún, como sugiere Tullio de Mauro,
«engañología». Se trata de una disciplina de vanguardia que no
constituye una materia de enseñanza, pero que ya forma parte de la
cultura de los científicos profesionales. Consiste en hacer creíble lo
increíble y lo imposible no sólo a los ojos de la gente, como hacen
los astrólogos, magos, curanderos y vulgares impostores, sino
también frente a sus propios colegas científicos. Esto resulta al
mismo tiempo más fácil aunque también más difícil. Es más fácil
porque quienes están más familiarizados con los trabajos son
curiosamente más ingenuos que los ignorantes. Por ejemplo, Michel
Chasles, uno de los matemáticos franceses más cotizados del siglo
XIX, adquirió a un precio altísimo de manos del falsificador Denis
Vrain-Lucas dudosos epistolarios, escritos además en francés, entre
Sócrates y Euclides, Alejandro Magno y Aristóteles, Cristóbal Colón
y Rabelais, así como también «joyas de gran rareza», como una carta
que Lázaro recién recuperado envió a San Pedro, una emotiva carta
de amor de María Magdalena a Jesucristo y una, fechada en 1654,
de Pascal a Newton (que en ese momento contaba con once años) en
la que se deducía que el verdadero descubridor de la gravedad
universal era en realidad el científico francés. El premio Nobel David
Baltimore junto con Robert Gallo se encontraba en primera fila
entre las tres mil personas que, en el verano de 1981, concurrieron

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con el fin de escuchar a Efraim Racker exponer la falsa teoría acerca


del origen del cáncer inventada por su discípulo Mark Spector.
Sin embargo, no es fácil engañar a los científicos porque debe
conocerse el tema y los detalles de las técnicas experimentales. Sólo
un buen físico como Blondlot podía hacer creíbles los insistentes
rayos N, y sólo un psicólogo acreditado como Sir Cyril Burt podía
convencer a sus colegas de haber podido demostrar
experimentalmente que la inteligencia y la estupidez son
hereditarias.
La engañología es entonces la ciencia que enseña a los científicos
cómo engañar a otros científicos. Éstos, a su vez, convencen a los
periodistas, quienes finalmente se encargan de seducir a las masas.
Estas masas no son por lo tanto las verdaderas víctimas de las
falsificaciones científicas que, precisamente por esta razón, no
pueden ser consideradas delitos contra la fe pública. Se trata más
bien de estafas, como tantas veces sostuvo el juez Beckinridge
Willcox, ante el cual se han presentado en estos últimos años la
mayor parte de los falsificadores que han sido descubiertos. El
objetivo real lo constituyen los científicos que forman parte de los
organismos estatales que financian la investigación y que son los
que tienen el poder de decidir qué estudios y qué investigadores
deben obtener la ayuda económica y a cuánto debe ascender.
La engañología, pues, enseña a quien no lo es a disfrazarse de
científico exitoso y señala el camino que le permite surgir de entre la
masa de más de tres millones de investigadores que hoy colman los
laboratorios. Esta ciencia contempla dos secciones: una burocrática

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y la otra más técnica. La burocrática es la parte más fácil, aunque


no por ello menos importante. Se encarga de enseñar a confeccionar
proyectos de investigación, preguntas e informes definitivos a fin de
que resulten autorizados, serios y convincentes, y que puedan ser
presentados ante los comités de financiación. Incluye una sección
que explica a los falsificadores más ambiciosos de qué manera
pueden implicar a los organismos administrativos y políticos hasta
lograr transformar en asuntos de Estado las disputas entre
científicos.
Sin embargo, el verdadero núcleo de la engañología es la parte
técnica. Sólo a partir de ésta se aprenden los verdaderos trucos que
deben utilizarse para lograr acreditarse como científicos dignos de
confianza y de fondos económicos. En la base de una sólida aunque
falsa reputación científica se encuentran siempre y ante todo los
trucos bibliográficos que van desde la publicación del mismo
artículo (si bien con otro título) en la mayor cantidad posible de
revistas, pasando por la divulgación de datos inventados (técnica
que permite publicar muchísimo en poco tiempo y con poco
esfuerzo), hasta el plagio descarado; existen además el robo de
ideas, de material de experimentación, de los apuntes de colegas, y
la sustracción de tablas, cuadros y fotografías. Es esencial la
violación de los protocolos de laboratorio y de los registros, que no
son de gran ayuda si no están acompañados por ese toque de
prestidigitador que permite orientar el experimento hacia donde se
desea, o de la posibilidad de recurrir, en caso de necesidad, al
fraude en sí mismo como el falseamiento de una prueba, o la

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manipulación (mejor por la noche) de animales y material de


experimentación. Existe también una técnica para descubrir cosas y
efectos que no existen y otra que enseña la forma de reivindicar la
primacía de un descubrimiento que otros llevaron a cabo.
Finalmente es fundamental el conocimiento profundo de los trucos
estadísticos, que otorgan la posibilidad de hacer que los cálculos
siempre se correspondan y de sostener con rigor matemático toda
idea surgida de la fantasía que el falsificador debe poseer como
requisito esencial.
La difusión de estas «capacidades» es lo que produjo el increíble
aumento que se dio recientemente de las teorías y descubrimientos
científicos falsos y que convirtió en un hecho dramático para la
ciencia la distinción entre lo verdadero y lo falso. Para críticos e
historiadores del arte distinguir entre copias falsas y originales
representa desde siempre uno de los objetivos principales de su
actividad, pero para los historiadores de la ciencia el problema de
las falsificaciones y de los fraudes es en gran parte una novedad. No
puede sorprender entonces la existencia de una vasta literatura
acerca de la falsificación en el arte, ni tampoco que ya en el año
1948 se publicara esa especie de Biblia que es el libro de Otto Kurz,
Fakes, a handbook for collectors and students. Para los fraudes en
ciencia no existe todavía nada que se le parezca aunque el camino
comenzó a delinearse a partir de William Broad y Nicholas Wade,
autores de Betrayers of the truth (1982) y más tarde con la
publicación en 1986 del libro de Alexander Kohn, Falsos profetas.
Broad y Wade son dos periodistas científicos y Kohn es un biólogo,

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editor entre otras publicaciones del interesante «Journal of


Irreproducible Results». Mientras tanto, hicieron su entrada en este
área historiadores de la ciencia como Allan Franklin y Jan Sapp,
fraudbusters (cazadores de fraudes) de profesión como Ned Feder y
Walter Stewart y, sobre todo en los Estados Unidos, comisiones
parlamentarias como la presidida por el diputado de Michigan John
Dingell o, asimismo, organismos de control de la actividad de los
científicos, como la denominada Office of Scientific Integrity. Nació
una verdadera caza del falsificador que encontró víctimas ilustres.
Mi primer objetivo es relatar los resultados de esta caza: quiénes
son y de qué manera fueron desenmascarados los «traidores de la
verdad».
He intentado comprender y explicar también por qué y cómo un
científico se decide a engañar. De ello, ha surgido un cuadro de la
evolución profesional y de la actividad del científico que dice, a
partir de la esencia misma de la ciencia, muchas más cosas de las
que podría esperarse desde la perspectiva en apariencia curiosa y
anecdótica. Se descubre ante todo que los científicos engañan desde
siempre y que no son sólo los mediocres quienes lo hacen. No
sorprenderá entonces que en esta reseña se encuentren los nombres
de prestigiosos premios Nobel y de los padres de la ciencia moderna,
Galileo y Newton, junto a otros científicos que permanecieron en el
anonimato o que se hicieron famosos sólo porque sus nombres
aparecieron en crónicas de invenciones o descubrimientos falsos.
El problema más difícil ha sido, obviamente, comprender el modo de
distinguir las estafas de los genios de aquellas que llevaron a cabo

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aprendices de brujos, científicos fracasados o simplemente


mediocres. Es un problema tan complejo que admite infinidad de
respuestas, aunque para no aburrir me he ceñido a las dos que me
parecieron esenciales. La primera es que las estafas actuales
constituyen un fenómeno reciente, asociado al sistema de
financiación de la investigación adoptado en los Estados Unidos
después de la Segunda Guerra Mundial y que luego se difundió en
todos los países occidentales. La engañología nace virtualmente
cuando la ciencia de vocación se transforma en profesión y,
concretamente, con la Big Science, la ciencia de los grandes
proyectos, que nació amparada por el dinero después de 1945. En
esa época se ideó el sistema de financiación de la investigación
científica que ha creado el clima de competitividad responsable no
sólo de las falsificaciones sino también de la amplia red de
complicidades entre los científicos, universidades y organismos de
financiación que se esconde detrás de todo fraude. Este sistema
funcionó hasta que llegó un momento en que se generó una gran
cantidad de dinero pero pocos científicos. Hoy en día cuando la
población científica ha aumentado, las financiaciones han
disminuido y la creatividad media del científico ha decaído, el
mismo sistema empuja al investigador a delinquir simplemente para
sobrevivir. Hoy, al fin de cuentas, se engaña por dinero, antes se
hacía por una idea.
Esto abre paso a la segunda respuesta: los grandes engañan muy
pocas veces por intereses personales, y cuando lo hacen defienden
siempre el interés de la ciencia, casi en todas las ocasiones sus

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«estafas» son una contribución esencial a la verdad científica.


Existen así falsificaciones inocentes y casi obligatorias. Desde
Popper en adelante sabemos queda única cosa verdaderamente
cierta que se puede decir acerca de una teoría es que antes o
después ésta se demostrará como falsa. En este sentido cada teoría
puede ser considerada una falsificación, pero ¿qué decir entonces
de las simplificaciones que son en apariencia inocentes como la
referencia a los objetos físicos denominándolos «puntos materiales»
o ignorar pequeños efectos perturbadores que no se consideran
esenciales? Estas actitudes también son sin duda falsificaciones:
aunque no se las puede considerar de la misma forma que a
aquellas que produce la engañología: la diferencia radica no sólo en
que los falsificadores son, en este caso, genios reconocidos
universalmente, sino también en que estos engaños no se llevan a
cabo por intereses personales o de un grupo, sino por el interés de
la ciencia, porque lo exige la misma naturaleza de la investigación
científica.
Ésta es, según mi opinión, la contribución más importante que
puede ofrecer el estudio de las falsificaciones para el entendimiento
de la ciencia. En el último capítulo he intentado explicar de qué
manera nace esta relación en apariencia paradójica entre verdadero
y falso dentro de las teorías científicas, y he insistido en la utilidad
del criterio empírico de la repetición de los experimentos para
distinguir las estafas nobles y necesarias de aquellas que son
insignificantes y costosas, y que hoy en día están muy difundidas.

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Capítulo I
Los Nobel también hacen trampa
Contenido:
§. Las extrañas estrellas de Tolomeo
§. Los experimentos que Galileo no realizó
§. Newton y el «factor de falsificación»
§. Millikan y las gotas ausentes
§. Emilio Segrè: un Nobel impugnado
§. La relatividad: ¿broma o estafa?

§. Las extrañas estrellas de Tolomeo


El gobierno norteamericano comenzó a interesarse seriamente por el
problema del fraude científico en 1981, cuando nombró por primera
vez una comisión encargada de investigar los engaños y
falsificaciones que se cometían en el área de la investigación
biomédica. Sin embargo, en aquella época todavía se afrontaba el
problema con cierta dosis de confianza en la eficiencia del sistema y
con la convicción de que los fraudes eran pocos e irrelevantes frente
a la gran actividad que desarrollaban los científicos en su conjunto.
La situación había cambiado bastante cuando en enero de 1990
comenzó a funcionar un subcomité del comité de Ciencia, Espacio y
Tecnología encargado de llevar a cabo investigaciones en los casos
de fraude denunciados y de vigilar el comportamiento de los
científicos norteamericanos.
El informe de las primeras audiencias de este subcomité comienza
con una nota curiosa: «Isaac Newton, Galileo Galilei, Gregor Mendel:

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la obra de estos gigantes ha cambiado la historia de la ciencia.


Todos tienen algo en común: juzgados a partir de los parámetros
modernos, parece que todos ellos se han comportado como
científicos poco serios y honestos a lo largo de sus brillantes
carreras». Una nota indicaba la fuente de aquellas acusaciones: el
libro de William Broad y Nicholas Wade, Betrayers of the truth.
Fraud and deceit in science, la primera reseña de fraudes científicos
que se haya publicado, y en la que los miembros del subcomité
habrían podido encontrar también los nombres de Tolomeo, Dalton
y Millikan.
Pero, ¿qué es lo que se les atribuye a estos científicos ilustres? En lo
que respecta a Claudio Tolomeo, el más grande astrónomo de la
antigüedad, lo primero que se nos ocurre es que haya sido acusado
de haber inventado la mentira científica más grande de todos los
tiempos: la teoría según la cual la Tierra es el centro del universo,
alrededor del cual giran todos los planetas y estrellas. Para
descubrir que esta teoría era falsa, la humanidad necesitó mil
cuatrocientos años. Tolomeo elaboró sus teorías hacia el año 150
d. C., mientras que el libro de Copérnico, en el que se sostenía por
primera vez la teoría heliocéntrica, apareció en 1543. Parece,
entonces, que nos encontramos frente a la más grande falsificación
que se haya perpetrado jamás.
Sin embargo, la acusación contra Tolomeo no es ésta. Ningún
científico ha tenido jamás la idea de acusarle de elaborar una teoría
que desde el punto de vista matemático era en extremo refinada,
daba cuenta en forma elegante de las observaciones que podían

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hacerse tanto a simple vista, como con los instrumentos de la


época, y permitía navegar con una cierta seguridad y elaborar
calendarios fiables. La validez de una teoría no puede juzgarse en
forma absoluta, sino en relación con el grado de predicción que
presenta respecto de otras teorías y porque es capaz de explicar de
un modo más simple y elegante aquello que se observa. Todos están
de acuerdo en que la teoría tolomeica era la más satisfactoria que el
mundo científico había podido elaborar acerca de los fenómenos
celestes.
La acusación contra Tolomeo, entonces, no es ésta. Se le acusa de
vulgar plagio: no habría sido él el encargado de calcular las
posiciones de las estrellas, sino que simplemente las habría copiado
y adaptado a partir de la obra de su predecesor, Hiparco de Nicea,
que vivió doscientos años antes y que pasó gran parte de su vida
observando y anotando la posición de las estrellas fijas. Entre los
años 142 y 146 d. C. Tolomeo escribió su obra más importante,
titulada en griego Sintaxis Matemática, un enorme trabajo de trece
libros que luego tuvo por título Megale Sintaxis o Gran Sintaxis, para
distinguirlo de otra pequeña colección de escritos astronómicos.
Con el tiempo, el adjetivo megale, que quiere decir «grande» fue
sustituido por megiste a medida que se reconocía la importancia y
excelencia de aquella obra. Más tarde, durante el período en que la
ciencia árabe representaba la vanguardia, a esta palabra se le
agregó el artículo árabe al y el título se transformó en al-magisti,
que significa la obra más grande que se haya escrito jamás. Cuando
los occidentales la tradujeron al latín la llamaron Al-magestum y

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aún hoy se la conoce por el nombre de Almagesto. El séptimo libro


de esta obra contenía el catálogo más completo y exacto de estrellas
fijas, famoso en toda la antigüedad.
Cuando en los primeros años del siglo XX la historia de la ciencia se
convirtió en algo serio, dos estudiosos norteamericanos, C. H. F.
Peters y E. B. Knobel, analizaron con atención este capítulo y
escribieron en 1915 un libro titulado Ptolemy’s catalogue of stars. A
revision of the Almagest. En él, los dos autores exponían que los
datos numéricos de las posiciones de las estrellas fijas presentados
por Tolomeo no eran exactos y concordaban en su mayoría con los
de la época de Hiparco, quien vivió, como se señaló anteriormente,
doscientos años antes, y a los que se les había incorporado una
corrección que tenía que ver con la anticipación anual de los
equinoccios. Estos autores sostenían que el catálogo del Almagesto
no era sino el de Hiparco actualizado de la mejor manera posible.
Tolomeo no había hecho observación alguna, simplemente había
copiado las mediciones de Hiparco.
Dennis Rawlins, un astrónomo de la Universidad de California,
presentó las pruebas, de las que da cuenta también el libro
recientemente publicado de Gerd Grasshoff, The history of Ptolemy’s
stars catalogue. Tolomeo era egipcio y, aunque no se sepa con
exactitud su lugar de nacimiento, es verdad que desarrolló la mayor
parte de su trabajo en Alejandría. Hiparco, en cambio, había nacido
en Nicea y, aunque había vivido por algún tiempo en Alejandría,
llevó a cabo la mayor parte de sus observaciones en Rodas entre los
años 161 y 126 a. C. La isla de Rodas se encuentra a cinco grados

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de latitud norte de Alejandría. Esto quiere decir que desde


Alejandría se puede observar una franja de cielo que es cinco grados
más amplia hacia el norte que la que se puede ver desde Rodas y
que, por lo tanto, pueden observarse estrellas que desde Rodas no
son visibles. Ahora bien, ninguna de las mil veinticinco estrellas que
aparecen en el catálogo de Tolomeo se encuentran entre aquellas
que son visibles desde Alejandría y que no lo son desde Rodas. En
otras palabras, aunque se encontraba trabajando en Alejandría,
Tolomeo vio todas y sólo aquellas estrellas que había visto Hiparco.
Tolomeo, pues, no intentó siquiera realizar el esfuerzo de llevar a
cabo nuevamente las observaciones, prefirió copiar los resultados de
Hiparco.
Esta actitud poco propensa a los trabajos intensos de observación
que a menudo son necesarios para llevar adelante una investigación
científica se ve confirmada también por el físico Robert Newton
quien, en el libro The crime of Claudius Ptolemy (1977) tras analizar
cuidadosamente los resultados numéricos de las presuntas
observaciones astronómicas de Tolomeo, se dio cuenta de que en
realidad éste no había llevado a cabo observación alguna sino que
simplemente obtenía los datos numéricos a partir de la teoría que
había elaborado. Eran por lo tanto resultados que la teoría había
predicho, que no habían sido observados realmente, pero dado que
su teoría no era tan precisa existe después de todo una diferencia
entre sus datos y aquellos que hoy pueden calcularse de forma más
exacta a partir de métodos más rigurosos.
El ejemplo más sorprendente que ofrece Newton es el del equinoccio

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de otoño que Tolomeo dice haber observado a las dos de la tarde del
25 de septiembre del año 132 d. C. Si con la ayuda de tablas
modernas se vuelve a realizar el cálculo de la fecha exacta en la que
un astrónomo de Alejandría habría podido observar dicho
equinoccio, resulta que el fenómeno habría tenido lugar a las nueve
y cincuenta y cuatro de la mañana del 24 de septiembre del mismo
año. Owen Gingerich, un gran historiador de la astronomía, ha
defendido a Tolomeo sosteniendo que en realidad éste debe haber
hecho las observaciones directamente, pero que luego decidió dar a
conocer sólo los resultados que mejor se adaptaban a sus teorías,
por lo cual, retrospectivamente, se puede suponer que en realidad
no hizo las observaciones y que sólo derivó los datos numéricos de
la teoría.

§. Los experimentos que Galileo no realizó


A Galileo, en cambio, se le acusa de no haber hecho algunos de los
experimentos que él mismo describe y que hoy en día se consideran
la piedra fundacional de la ciencia moderna. Estos experimentos
fundamentales con los que Galileo hizo callar a los científicos
aristotélicos, y que en el colegio nos señalaron como los ejemplos
más perfectos del método experimental, no se realizaron jamás. Por
si esto fuera poco, con una arrogancia comparable a la de aquellos
que pretendían procesarlo, Galileo sostenía que no era realmente
importante llevarlos a cabo. Uno de los experimentos que
explícitamente el mismo Galileo admitió no haber hecho es el del
barco, que es la base del denominado principio de relatividad

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galileana. Según él los fenómenos físicos ocurren del mismo modo


tanto si se desarrollan en tierra firme como si lo hacen en un barco
en movimiento, con la condición de que éste se mueva siguiendo
una trayectoria rectilínea y uniforme. Galileo debió aportar este
argumento para combatir las críticas de aquellos que se negaban a
creer en la teoría de Copérnico y particularmente en el movimiento
de la Tierra sobre su propio eje. Estos críticos sostenían que si
realmente la Tierra se movía alrededor de su propio eje entonces,
por ejemplo, deberíamos sentir constantemente un viento impetuoso
que proviene de oriente, la fuerza centrífuga que produce la rotación
terrestre debería erradicar casas y palos mayores, las balas de los
cañones que se disparan en dirección de occidente deberían tener
una trayectoria mayor respecto de aquellas que lo hacen en
dirección de oriente y, finalmente, una piedra que se deja caer desde
lo alto de una torre no tocaría el suelo al pie de la perpendicular
sino en un punto ligeramente desplazado hacia occidente. Sin
embargo —concluían los escépticos— todos saben que las piedras
caen exactamente a los pies de la torre y no más adelante. Por lo
tanto, la Tierra permanece inmóvil.
Galileo replicaba que el hecho de que la piedra caiga siempre a los
pies de la torre a lo largo de una trayectoria exactamente
perpendicular no puede interpretarse como una impugnación del
movimiento de la Tierra sobre su propio eje, precisamente en virtud
del principio de relatividad, que establece que si un sistema sigue
un movimiento uniforme es imposible determinar si se está en
movimiento o en reposo desde dentro del mismo sistema. Para

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convencerse, sostenía Galileo, puede llevarse a cabo un simple


experimento: subir al palo mayor de un barco y dejar caer una bala
de cañón. Se observará que ésta cae siguiendo la perpendicular y
exactamente a los pies del palo mayor como si el barco estuviera en
reposo. El comportamiento de la bala de cañón que se deja caer
desde la cima del palo mayor de un barco, entonces, no puede
ayudarnos a comprender si éste está en movimiento o en reposo y,
del mismo modo, las piedras que caen desde lo alto de una torre no
pueden decirnos si la Tierra está girando o está quieta.
Pero ¿realizó Galileo alguna vez el experimento del barco? Al
parecer, no. En el segundo día del Diálogo acerca de los sistemas
máximos Salviati, que representa a Galileo, le pregunta a su
interlocutor Simplicio: «Ahora, decidme: ¿si la piedra que se deja
caer desde la cima del palo mayor cuando el barco se mueve a gran
velocidad cayera precisamente en el mismo sitio del barco en el que
cae cuando éste está en reposo, de qué manera os ayudarían estas
caídas para confirmar si la nave está en reposo o se mueve?», y el
otro responde: «No me ayudarían en absoluto: de la misma forma en
que, por ejemplo, a partir del latido del pulso no se puede saber si
una persona duerme o está despierta, porque el pulso late de igual
manera para los durmientes que para los que están en vela». A esta
altura era importante establecer obviamente qué sucede
exactamente en el barco. Simplicio sostiene que la piedra caería a
una distancia de la base del palo mayor igual al desplazamiento que
efectúa la nave durante el recorrido de la caída. Sin embargo,
Salviati-Galileo le hace callar diciendo que cualquiera que haya

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hecho realmente el experimento «se dará cuenta de todo lo


contrario: notará que la piedra cae siempre en el mismo lugar del
barco, tanto en caso de que éste estuviera en reposo como en caso
de que se moviera a una velocidad cualquiera».
Ahora bien, Galileo no había realizado nunca este experimento, pero
refuta con arrogancia a su interlocutor que no se mostraba muy
convencido: «Yo, sin hacer el experimento, estoy seguro de que el
efecto tendrá lugar como os digo porque es necesario que así
ocurra». Esto es: «Es inútil hacer el experimento, si os lo digo yo
debéis creerme». Es evidente que este proceder no se corresponde en
absoluto con la idea del método experimental que nos han enseñado
en el colegio y mucho menos con el ideal de disciplina ética y
metodológica del científico. Siete años después de la publicación del
Diálogo Galileo recibió una carta de G. B. Baliani, quien le
informaba que había invitado a un marinero a lanzar varias veces
una bala de arcabuz desde el palo mayor de un barco en
movimiento verificando que todas las veces caía al pie del palo
mayor.
Sin embargo, el ejemplo del barco no es el más importante entre los
que Galileo nunca llevó a cabo. El más famoso es el del lanzamiento
de las esferas desde lo alto de la torre de Pisa, y el más importante
el del plano inclinado. El primero, el de la torre, debía refutar la
teoría de Aristóteles según la cual los objetos caen con una
velocidad que es proporcional a su peso: Aristóteles pensaba que
dos ladrillos unidos caen siempre a una velocidad que es el doble de
la de un solo ladrillo. Según el relato de su discípulo Vicente Viviani,

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Galileo, queriendo demostrar que ésto no era así, subió a la torre de


Pisa «con la participación de otros profesores y filósofos, así como
también de todo el alumnado» y «con reiterados experimentos»
demostró que «la velocidad de los objetos de igual materia, aunque
no de igual peso, moviéndose por un mismo medio, no conserva la
proporción de su gravedad, aquella que Aristóteles les había
asignado, sino que todos se mueven a velocidades iguales». Los dos
ladrillos unidos, pues, llegan a tierra exactamente en el mismo
momento que un solo ladrillo.
En 1935 L. Cooper escribió un libro titulado Aristotle, Galileo, and
the tower of Pisa en el que sostenía que no existe prueba alguna o
documento que ofrezca testimonio de la realización de este
experimento y los estudiosos de la historia de la ciencia se inclinan
a pensar que en realidad se trata solamente de una invención. A
pesar de esto, ha entrado a formar parte, junto con el «Y sin
embargo se mueve», de la mitología galileica. En un afortunado libro
de 1893 titulado The pioneers of science, un famoso físico inglés, Sir
Oliver Lodge, escribió por ejemplo: «Galileo no se resignó a verse
ridiculizado y humillado. Sabía que estaba en lo cierto y quería que
todos vieran los hechos como él mismo lo hacía. Por este motivo,
una mañana, frente a todos los miembros de la universidad, subió a
la famosa torre llevando consigo una esfera metálica de cien libras y
otra de una libra. Las colocó en equilibrio sobre el borde de la torre
y las dejó caer al mismo tiempo. Cayeron simultáneamente y
tocaron tierra al mismo tiempo. El ruido simultáneo de los pesos
sonó como una campana de muerte para el viejo sistema y anunció

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el nacimiento del nuevo». Este ruido decisivo no se verificó nunca


realmente porque, más allá del hecho de que tal vez en otras
circunstancias Galileo haya realizado experiencias similares, si se
efectúa realmente el experimento puede verse que cuerpos de
diferente peso no alcanzan la misma velocidad, sino que los más
pesados llegan a tierra un momento antes que los más livianos.
No obstante, aún en los años sesenta George Gamow, uno de los
padres de la física contemporánea, continuaba sosteniendo que
«para probar la veracidad de sus conclusiones, Galileo dejó caer
desde lo alto de la torre de Pisa dos esferas, una de madera y la otra
de hierro, y los incrédulos espectadores presentes pudieron
convencerse de que ambas tocaban tierra en el mismo instante. Las
investigaciones históricas tienden a negar que esta demostración
pública haya tenido lugar y afirman que se trata de una fantasiosa
leyenda; no es tampoco cierto que Galileo haya descubierto la ley del
péndulo mientras asistía a la misa de la Catedral de Pisa. Sin
embargo, de uno u otro modo, él llevó a cabo realmente estos
experimentos ya fuera dejando caer objetos de diferente peso desde
el techo de su casa, o haciendo oscilar, tal vez en el patio, una
piedra que colgaba de una cuerda». Gamow, pues, sostenía que más
tarde o más temprano, en un momento o en otro, Galileo debió
haber realizado este experimento. Sin embargo, aun en el caso de
que así fuera, considera que el resultado no habría sido en absoluto
muy diferente del que cuenta la leyenda. De hecho, en 1978 dos
estudiosos, C. G. Adler y B. Coulter, se propusieron repetir el
experimento y descubrieron que las dos esferas llegaban a tierra con

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una diferencia no tan amplia como para satisfacer la teoría


aristotélica, pero lo suficiente como para refutar la idea de
simultaneidad que sostenía Galileo. Planteaban también que, en
aquellas condiciones experimentales, habría sido imposible para los
aristotélicos modificar la teoría a fin de que permitiera la inclusión
de aquel resultado.
Mucho más comprometedora es en cambio la historia del famoso
experimento con el plano inclinado, a partir del cual Galileo formuló
la ley del movimiento uniformemente acelerado e = 1⁄2 at2, que
afirma que en el movimiento uniformemente acelerado los espacios
recorridos son proporcionales a los cuadrados de los tiempos
empleados para recorrerlos.
El experimento con el que Galileo pretende haber demostrado esta
ley consistía en hacer rodar una bola de bronce «bien redonda y
pulida» a través de un canal inclinado «rectísimo… bien pulido y
liso» forrado con un «papel suave lustrado al máximo» para hacerlo
aún más liso. Se hacía discurrir varias veces la esfera de bronce a
través del canal, luego hasta la mitad, hasta un tercio, dos tercios,
tres cuartos, y así sucesivamente, apuntando siempre el tiempo que
empleaba para recorrer las diferentes distancias. La conclusión a la
que se llegaba era que «a partir de la repetición del experimento casi
cien veces, sucedía siempre que los espacios recorridos eran entre sí
como los cuadrados de los tiempos en todas las inclinaciones del
plano».
Este pasaje aparece muy a menudo en los textos de física a modo de
ejemplo y modelo de cómo debe proceder la investigación científica y

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con ese objeto siempre aparece acompañado por comentarios


oportunos. En un manual italiano recientemente publicado puede
leerse por ejemplo: «Existen algunos puntos que conviene destacar:
ante todo Galileo se da cuenta perfectamente de que debe llevarse a
cabo cada experimento de la manera adecuada, esto es, eliminando
todos los fenómenos colaterales que podrían acarrear problemas: en
este caso particular se trata de eliminar, con el máximo cuidado,
toda forma de resistencia (bien pulido y liso, bronce en extremo
duro, bien redondeada y pulida). En segundo lugar, precisamente
porque el experimento se lleva a cabo de un modo particular,
eliminando por lo tanto toda posible perturbación accidental, se lo
puede repetir cuantas veces sé desea con las mismas
características. Galileo habla a menudo de pruebas que se han
repetido casi cien veces como única garantía de validez de los
resultados obtenidos. En tercer lugar, todo experimento carece de
significado científico si no se miden con cuidado todas las
cantidades que entran en juego; es precisamente a través de la
medida que se construye el puente entre la observación simple y
pura y la traducción de un fenómeno en términos cuantitativos, es
decir, en lenguaje matemático. El cuidado y la genialidad que
demuestra Galileo en sus mediciones, representan con certeza una
de sus más notables cualidades».
Es una lástima que el experimento que Galileo afirma haber
realizado «casi cien veces» no se haya llevado a cabo ni siquiera una
vez y que sus mediciones exactas fueran tan sólo fruto de su
imaginación. Un corresponsal contemporáneo de Galileo, el padre

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Marino Mersenne, intentó repetir el experimento y descubrió que en


aquellas condiciones era imposible obtener los resultados
numéricos presentados por Galileo. Existían dos posibilidades: o
Galileo nunca había realizado el experimento, o no había podido
transmitir con exactitud los resultados obtenidos.
Alexandre Koyré, uno de los más grandes historiadores de la
ciencia, ha sostenido la primera hipótesis, vale decir que Galileo no
ha hecho jamás el experimento del plano inclinado. Para muchos
esto resultó tan increíble que en 1961 Thomas S. Settle decidió
intentar llevarlo a cabo en las mismas condiciones que indica
Galileo. Constató así que Galileo habría podido obtener de la
manera que sostenía resultados empíricos «satisfactorios»,
próximos, aunque no idénticos a los que él transcribió. Las cosas
parecían finalmente volver a su sitio y Stillman Drake, el más
famoso estudioso norteamericano de Galileo, pudo afirmar con
satisfacción que «las conocidas aseveraciones de Galileo acerca de
sus experimentos de planos inclinados se habían convalidado
completamente».
Desgraciadamente, en 1973, Ronald Naylor, al repetir una vez más
el experimento de Galileo, observó algunas discrepancias entre
aquello que Settle había realizado y la descripción de Galileo. Settle,
ante todo, no había hecho rodar una esfera dentro del surco del
plano inclinado, sino suspendida sobre los bordes del mismo. De
este modo reducía notablemente el efecto de rotación, que le quita a
la esfera gran parte de su aceleración, y ofrecía datos que se
correspondían mucho más con la ley. Sin embargo Galileo no había

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llevado a cabo el experimento de esta forma. Su plano inclinado


poseía un surco lo suficientemente amplio como para contener la
esfera. Algunos estudiosos han supuesto que el secreto del éxito del
experimento de Galileo radicaba precisamente en el uso del
pergamino, que por ser liso, reducía al mínimo la resistencia pasiva.
Naylor opina, en cambio, que se trata de un efecto contrario. Dado
que el pergamino, hecho con piel de ternero o de oveja, no supera
los tres pies de ancho, aun en el caso de que los extremos pudieran
unirse no lograrían ser lo suficientemente lisos como para asegurar
un recorrido sin obstáculos. Por lo tanto la aceleración de la esfera
se habría reducido periódicamente dada la necesidad de superar las
zonas de unión entre los diferentes trozos de pergamino. Si Galileo
realmente hubiera llevado a cabo el experimento se habría dado
cuenta de inmediato de que el uso del pergamino no sólo no
constituía una ayuda sino que además resultaba contraproducente.
Naylor descubrió también que otro importante experimento de
Galileo, a partir del cual se deriva la ley del isocronismo del
péndulo, no pudo haber sido realizado del modo en que Galileo lo
describe ya que así no se obtienen los resultados que éste
transcribe. La ley establece que en un péndulo el período (es decir,
el tiempo que emplea en realizar la oscilación) no depende de la
amplitud de la oscilación. Galileo afirma, según sus propias
palabras, que descubrió esta ley a partir de una serie de
experimentos uno de los cuales consistía en hacer oscilar una esfera
de plomo y una de corcho que se encontraban unidas a hilos de
igual longitud. Ateniéndonos siempre a lo que Galileo informa, estas

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dos esferas «conservaban una constante igualdad de sus recorridos


a través de todos los arcos», o sea que oscilaban a un mismo ritmo.
Naylor ha vuelto a realizar el experimento sirviéndose de una esfera
de latón y una de corcho constatando que después de tan sólo
veinticinco oscilaciones completas la esfera de latón ganaba un
cuarto de oscilación respecto de la esfera de corcho, al contrario de
lo que describe Galileo.
Naylor ha concluido que, como ya sugería Koyré, en la mayor parte
de los casos Galileo no seguía el método experimental del cual es
considerado el padre, y que no se servía de los experimentos para
llegar a obtener leyes físicas, sino para confirmarlas. Añadía además
otra transgresión al experimentalismo cuando forzaba la adaptación
de los datos numéricos obtenidos en experimentos verdaderos o
supuestos a la ley que ya había elaborado. Como sostuvo William R.
Shea: «Ésta es una acusación muy seria porque presupone que
Galileo no sólo era poco sincero al proponer un método del que
podía no obtener los resultados esperados, sino también
decididamente fraudulento al sostener que había logrado producir
pruebas que estaban fuera de su capacidad».
Si se nos pregunta de dónde nacen estas mistificaciones de Galileo,
se descubre que no se debían solamente al poco prejuicio moral que
Paúl Feyerabend le ha adjudicado, sino también a la necesidad de
hacer frente a la carencia de instrumentos de medición y aparatos
experimentales fiables. Instrumentos y aparatos indispensables
para pasar, según una feliz expresión de Koyré, «del mundo del
«casi» al universo de la exactitud».

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Los antiguos, ha explicado Koyré, consideraban «ridículo querer


medir con exactitud las dimensiones de un ser natural: el caballo es
sin duda más grande que el perro y más pequeño que el elefante,
pero ni el perro, ni el caballo, ni el elefante poseen medidas estricta
y rígidamente determinadas. En todas partes existe un margen de
imprecisión, de “juego”, de “más o menos”, de “casi”». Para ellos sólo
la mecánica de los movimientos celestes seguía leyes matemáticas
precisas, mientras que el mundo en el que vivimos y trabajamos no
era asimilable a éstas: se creía que en él las cosas ocurren de
acuerdo con ciertas leyes pero no con una rigurosa exactitud. Por
este motivo los antiguos no habían podido desarrollar una física
matemática, y por eso no habían logrado tampoco hacerse una idea
exacta de fenómenos tan simples como la velocidad de caída de una
piedra o la trayectoria de una flecha. El signo más evidente de este
desinterés por la exactitud fue la ausencia casi absoluta de
instrumentos científicos.
Después vino Galileo con la idea de que incluso la física de nuestro
mundo cotidiano está hecha de círculos, triángulos, elipses, y que el
comportamiento de los objetos de este mundo también podía
calcularse con los mismos métodos y la misma exactitud que se
habían aplicado para las estrellas y los planetas. Sin embargo, la
tarea era difícil y los instrumentos de medición eran aún pocos y
artesanales. Además, como veremos en el último capítulo, la simple
idea de que los fenómenos del mundo físico obedecen a leyes
matemáticas rigurosas era cierta sólo en parte y en la medida en
que se ignoraban las pequeñas perturbaciones y variaciones

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consideradas (hoy sabemos que erróneamente) sin importancia. Por


este motivo, muy a menudo también los padres de la física moderna
se vieron obligados a hacer trampa: cuando un fenómeno se
correspondía obstinadamente con la lógica del «casi» ellos lo
trasformaban en exacto a la fuerza. ¿De qué manera? Recurrían al
«fudge factor», un factor que, unido a los cálculos, permite que
siempre y en cualquier caso todo se corresponda.

§. Newton y el «factor de falsificación»


Richard Westfall acuñó la expresión fudge factor para describir
algunas de las extrañas operaciones de Newton y resulta difícil
encontrar una traducción exacta. El verbo fudge quiere decir tanto
falsificar como hacer algo en forma descuidada, remendar,
chapucear, pero también se usa para describir la actividad de los
estafadores. El sustantivo fudge quiere decir, en cambio, embuste,
patraña, invento. Una buena traducción al castellano del «fudge
factor» podría ser, entonces, «factor de falsificación».
La manera en que Newton se servía de este factor es muy simple:
sabiendo cuales debían ser los resultados, a partir de
especulaciones puramente teóricas, cambiaba el valor de los
parámetros hasta obtener el resultado que deseaba. Esto fue lo que
hizo, por ejemplo, para calcular el valor de la velocidad del sonido.
Hoy en día sabemos que es de 340 metros por segundo, pero los
instrumentos disponibles en aquella época eran tan inexactos que
los valores que ofrecían eran muy superiores o muy inferiores a
esto, de tal modo que Newton al principio no se preocupó en

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medirlo. Le resultaba más simple y correcto calcularlo en forma


teórica a partir de las leyes que se conocían acerca del movimiento
de propagación de las ondas.
De esta forma obtuvo un primer valor teórico de 295 metros por
segundo. Cuando se enteró de que en Francia el padre Mersenne y
el matemático Gilles Personne de Roberval habían obtenido dos
resultados completa e inexplicablemente diferentes entre sí (449
metros por segundo frente a 182), decidió intentar él mismo un
verdadero experimento de medición. Fijó un péndulo bajo una
arcada del Trinity College y midió con éste el tiempo que empleaba
para percibir el eco de un sonido reflejado por una pared que se
encontraba aproximadamente a 130 metros de distancia. Resultó
así que el valor buscado debía encontrarse entre los 330 y los 280
metros por segundo. El valor ya calculado de 295 metros por
segundo cae precisamente en este intervalo, por lo que Newton
concluyó que evidentemente los dos franceses se habían equivocado
y que, como era de esperar, su cálculo teórico era exacto.
Sin embargo, en los años siguientes otras mediciones dieron
resultados próximos a los de Mersenne con lo cual en 1694 Newton
decidió repetir el experimento de medición. Esta vez obtuvo valores
que oscilaban entre los 338 y los 299 metros por segundo y poco
después se convenció de que la medida más aproximada era la que
proponían su amigo W. Derham y J. Sauveur en la que el sonido se
propagaba a la velocidad de 348 metros por segundo, vale decir
ocho metros por segundo más de lo que puede leerse hoy en los
libros de física.

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Entre 295 y 348 existe una gran diferencia. Newton se daba cuenta
realmente, pero no por eso sé desesperó. Decidió entonces recurrir
al «factor de falsificación»: sostenía que sus cálculos teóricos
contenían una evaluación errónea de la densidad del aire
(parámetro que en esa época era sumamente difícil de evaluar), lo
adaptó haciéndolo pasar de 1⁄850 a 1⁄870 y ganó así 33 metros por
segundo. Sin embargo, para alcanzar el valor de 348 metros por
segundo faltaban aún otros 20 metros. ¿Cómo recuperarlos?
Retocando una vez más los cálculos, naturalmente. Esta vez le tocó
el tumo al vapor: Newton se dio cuenta de que había «olvidado» que
en el aire también está presente el vapor que no vibra con el aire, y
que por lo tanto produce un aumento de la velocidad proporcional al
cuadrado de la cantidad de aire desplazada. De este modo juntó los
veinte metros por segundo que le faltaban para alcanzar el valor,
equivocado, de 348 metros por segundo.
Sus adaptaciones no eran otra cosa que manipulaciones y, en
última instancia, falsificaciones de los datos numéricos. Sólo mucho
tiempo después Laplace clarificó el misterio: los cálculos teóricos de
Newton eran exactos y la discrepancia entre el valor teórico de 295
metros por segundo y el valor real de 340 no se debía a la densidad
del aire o al vapor como él pensaba, sino simplemente al hecho de
que a medida que las ondas sonoras avanzan su compresión genera
calor y éste, reduciendo la resistencia del aire, aumenta su
velocidad.
Mediante adaptaciones similares, Newton logró hacer que la teoría
que había enunciado para explicar la anticipación anual de los

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equinoccios se correspondiera con los datos extraídos de las


observaciones de los astrónomos. El fenómeno de la anticipación de
los equinoccios consiste en que el regreso del Sol al equinoccio de
primavera tiene lugar un poco antes de que el Sol haya realizado
una revolución completa sobre la eclíptica. Esto se sabía desde la
antigüedad porque causaba esas pequeñas discrepancias entre el
año solar y el año civil y que, con el transcurso de los siglos,
provocaron las diferentes reformas del calendario. Las pequeñas
anticipaciones del Sol, que se acumulan con el correr de los años,
producen un desequilibrio entre el transcurso de las estaciones y el
año civil. Los griegos, por ejemplo, habían adoptado un calendario
de doce meses que eran alternativamente de veintinueve y treinta
días. El año de los griegos duraba entonces 354 días, vale decir once
días menos que el solar. Para saldar esta diferencia se agregaba, de
vez en cuando y con criterios que variaban de ciudad en ciudad, un
mes suplementario. También los romanos, que tenían un año de
355 días, se veían obligados cada tanto tiempo a agregar, después
del 23 de febrero, un período de veintidós o veintitrés días que
denominaban «mes mercedonio». Sin embargo, estos agregados no
se hacían necesariamente con el mismo cuidado por lo que en la
época de Julio César el año civil se anticipaba en noventa días al
año solar. Para evitar estos problemas César estableció que desde
ese momento el año constaría de 365 días y que, para saldar la
pequeña diferencia restante, cada cuatro años existiría uno de 366
días que llevaría el nombre de «bisiesto». Esta reforma entró en vigor
en el mes de febrero del año 708 de la numeración romana, que

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correspondía a nuestro año 46 a. C., y fue un año verdaderamente


memorable porque para poder recuperar el retraso de noventa días,
contó con 15 meses y 445 días. Pasó a la historia precisamente
como «el año de la confusión».
Todos pensaban que con las reformas introducidas por Julio César
no se presentarían desequilibrios entre el año solar y el año civil.
Los padres de la Iglesia, reunidos en el Concilio de Nicea del año
325 d. C. estaban tan convencidos que establecieron que desde ese
momento la Pascua se celebraría el 21 de marzo, el día en que, en
ese año, caía el equinoccio de primavera. Con el correr de los siglos,
sin embargo, el equinoccio comenzó a anticiparse. En la época de
Dante Alighieri cayó alrededor del 13 de marzo, y hacia finales del
siglo XVI lo hizo alrededor del 11 de marzo. A fin de que coincidiera
nuevamente el equinoccio de primavera con el 21 de marzo,
Gregorio XIII impulsó la reforma gregoriana que trajo consigo, entre
otras cosas, la desaparición de once días. Se pasó, de hecho, del
jueves 4 de octubre de 1582 al viernes 15 de octubre. Todo esto
debido a la anticipación de los equinoccios cuya medida exacta y
causas eran de vital importancia para una disposición correcta del
calendario.
En la época de Newton los astrónomos habían evaluado la pequeña
anticipación del Sol en 50 segundos en un año, valor bastante
acertado ya que el actual es de 50,4 segundos por año. Sin
embargo, nadie podía explicar la causa de esta anticipación. Newton
fue el primero que la atribuyó acertadamente a la acción combinada
del Sol y de la Luna sobre el aumento del radio terrestre en el plano

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ecuatorial. Para demostrar que esta hipótesis era acertada dedujo el


valor numérico de la anticipación de los equinoccios: si era igual al
observado por los astrónomos significaba que su teoría era correcta.
Desafortunadamente para él la teoría era en efecto correcta, pero él
no disponía aún de instrumentos conceptuales que permitieran
deducir el valor exacto de la anticipación de los equinoccios. Por ese
motivo, a fin de obtener la correspondencia entre el valor teórico y el
que se observaba efectivamente, debió recurrir una vez más al
«factor de falsificación». Esta vez, sin embargo, como ha demostrado
Westfall, no se preocupó ni siquiera por encontrar él mismo una
nueva medición: simplemente reacomodó tanto como fue necesario
los valores de algunos parámetros fundamentales como la
inclinación del ecuador sobre la eclíptica, la densidad de la Tierra, y
la relación entre la atracción lunar y la atracción solar, hasta que
adaptó aquellas malditas ecuaciones al resultado correcto.
Con igual habilidad Newton logró demostrar la validez de la ley de la
gravitación universal, descubrimiento que más que cualquier otro le
condujo a la fama. La ley establece que todos los cuerpos materiales
del universo se atraen unos a otros con una fuerza cuya intensidad
se incrementa al aumentar sus respectivas masas y al disminuir la
distancia entre ellos. La sobrina de Newton, Katharine Barton,
relató a Voltaire la anécdota, que más tarde se hizo famosa, según
la cual su ilustre tío habría descubierto la ley en 1665 cuando vio
caer una manzana en el jardín de su casa de Woolsthorpe. Como
testimonio de la credibilidad del relato se citaba el manzano que
existía en efecto en el jardín de la casa hasta 1814. Los

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historiadores de la ciencia, sin embargo, no dieron crédito a esta


anécdota. A partir del año 1855, cuando D. Brewster publicó la
primera biografía intelectual de Newton de importancia, sabemos
que las cosas no fueron así, y que muy probablemente Newton robó
su ley a Robert Hooke, que con toda ingenuidad se la había
contado. El mérito de Newton era, sin embargo, tan importante
como el descubrimiento de la ley misma, pues se había ocupado de
fundamentarla matemáticamente. Newton ofreció, además de una
clara y explícita enunciación, una demostración admirablemente
clara y convincente que dejó a todos estupefactos acrecentando aún
más la admiración por su genialidad ilimitada, lis una pena que
ésta fuera también fruto de una serie de hábiles «correcciones».
La demostración de la ley de la gravitación universal se apoya, como
señala Westfall, «en la correlación entre el valor de la aceleración de
la gravedad sobre la superficie terrestre y la aceleración centrípeta
de la Luna». Si con la demostración apoyada en semejante
correlación Newton hubiese sido capaz de deducir un valor de la
aceleración con la que los cuerpos caen sobre la superficie terrestre,
y si este valor se hubiese correspondido con el que se podía medir
experimentalmente, entonces habría podido sostener con toda razón
haber demostrado en forma brillante la validez de la ley del inverso
de los cuadrados.
Traducida a unidades de medida modernas, su demostración es la
siguiente: la aceleración centrípeta de la Luna, vale decir aquella
que la empuja a caer continuamente hacia la Tierra y la mantiene
en una órbita circular, puede calcularse a partir de la leyes ya

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conocidas y se corresponde a 0,27 centímetros/segundo 2. Si este


valor es correcto y si la distancia entre la Tierra y la Luna es de 60
diámetros terrestres, entonces, en virtud de la ley del inverso del
cuadrado, la aceleración con la que un cuerpo que se encuentra
próximo a la superficie terrestre, como por ejemplo una manzana, es
atraído hacia el suelo se obtendrá multiplicando 60 2 por 0,27. El
resultado que se obtiene es 9,72 metros por segundo al cuadrado.
Éste es el valor teórico de la aceleración de la gravedad. Pero ¿cuál
era el que se obtenía a partir de las mediciones experimentales? Las
indiscutibles mediciones que C. Huygens había hecho en París
daban como resultado un valor, casi idéntico, de 9,8 metros por
segundo al cuadrado. Existían, pues, tan solo 8 centímetros de
diferencia, una tontería comparada con las enormes distancias que
se tomaban en consideración en el cálculo. Se trataba entonces
realmente de una demostración brillante y genial: la Luna, a una
distancia de aproximadamente sesenta radios terrestres, está
dotada de una aceleración centrípeta que es 3.600 veces más
pequeña que la de la manzana que dista un solo radio del centro de
la Tierra.
Sin embargo, si nos preguntamos por qué Newton eligió, como
distancia media entre la Tierra y la Luna, justamente 60 radios
terrestres, la demostración se vuelve menos elegante. En esa época,
en efecto, los científicos no acordaban en absoluto acerca del valor
que había que atribuirle a esta distancia. Algunos sostenían que era
de 59 radios terrestres, otros de 60, otros, como Copérnico, de 60 y
1⁄3, mientras que existía quien, como Tycho Brahe, había afirmado

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que era de 56 radios y medio. ¿Por qué, entonces, Newton eligió


precisamente 60? La respuesta de Westfall es simple: porque era la
más apropiada para lograr que los cálculos dieran correctamente y
la había elegido conociendo ya cual era el valor de la constante
gravitacional. La suya, pues, no era una verdadera demostración
dado que las dos cantidades que entraban en la correlación sobre la
que se apoyaba la demostración, vale decir la aceleración
gravitatoria y la aceleración centrípeta de la Luna, no habían sido
determinadas de modo independiente una de otra desde el momento
en que uno de los parámetros esenciales, la distancia entre la Tierra
y la Luna, había sido elegido teniendo en cuenta el valor de la
aceleración de la gravedad. Una vez más, entonces, Newton había
obligado a sus ecuaciones a ir hacia donde él deseaba.
El artículo en el que Westfall ha revelado de qué manera Newton le
otorgó rigor y exactitud a sus cálculos suscitó algunas polémicas y
la revista Sáence que lo había publicado recibió diferentes cartas
comentándolo. Una de ellas, firmada por Arthur H. Boultbee, decía:
«Leyendo el artículo de Westfall he recordado una anécdota que me
contó J. C. McLennan hace aproximadamente cuarenta años. Me
dijo, si mal no recuerdo: una vez felicité muy calurosamente a Niels
Bohr por la admirable correspondencia existente entre sus
ecuaciones y el valor de la constante de Rydberg, a lo que Niels me
contestó: “Naturalmente McLennan, yo mismo los he hecho
corresponder a la fuerza”».
Este tipo de manipulaciones de datos numéricos se atribuye
también a Gregor Mendel, fundador de la genética, si bien su caso,

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aunque considerado paradigmático de la tendencia de los científicos


a retocar sus resultados, como veremos es mucho más complejo y
dramático.
Fruto de oportunas adaptaciones es sin embargo, la ley de las
proporciones múltiples, enunciada en 1807 por el químico John
Dalton. Esta ley dice que cuando una sustancia se une con otra
para formar más de un compuesto, las proporciones en los
diferentes compuestos que pueden formarse presentan una relación
numérica simple, y esto se debe a que los átomos de un elemento se
combinan con un número entero de átomos del otro elemento.
Dalton dice haber llegado a formular esta ley a partir de una serie
de experimentos con carbono y oxígeno. Uniendo estas dos
sustancias pueden obtenerse dos compuestos diferentes: uno, que
se forma quemando carbono en exceso de aire, es el dióxido de
carbono, sustancia presente también en el aire que respiramos. Si
se hace pasar el dióxido de carbono sobre el carbono incandescente
se obtiene en cambio el monóxido de carbono, que contiene menos
oxígeno que el dióxido. Para establecer las proporciones de carbono
y de oxígeno que contiene el monóxido es necesario cotejar el peso
del dióxiodo de carbono consumido con el peso del carbono
necesario para crear una determinada cantidad de monóxido de
carbono. Un modo de llevar a cabo esta determinación consiste en
calentar en un tubo cerrado un peso dado de dióxido de carbono
con otro dado de carbono. Al finalizar el experimento se hace
burbujear el gas en el agua de calcio: la cantidad de cal que se
produce nos indica cuánto dióxido de carbono ha sobrado y por lo

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tanto cuánto ha desaparecido en combinación con la parte del


dióxido de carbono que también ha desaparecido.
De este modo Dalton señaló que en el dióxido de carbono se han
combinado tres gramos de carbono con ocho de oxígeno; en cambio
en el monóxido de carbono se han combinado tres gramos de
carbono con cuatro de oxígeno: vale decir que, a igual cantidad de
carbono, en el dióxido de carbono existe el doble de oxígeno que en
el monóxido.
La demostración parece simple y elegante, pero cuando el
historiador de la química J. R. Partington intentó rehacer los
experimentos se convenció de que era «prácticamente imposible
obtener las simples relaciones que Dalton aseguraba haber
descubierto». Esta incongruencia puede explicarse de dos maneras:
bien Dalton obtuvo la ley sencillamente a partir de su teoría atómica
e intentó confirmarla luego sabiendo ya qué cosa debía buscar o,
habiéndose dado cuenta a partir de los experimentos de que la
única regularidad que se verificaba era aquella de las proporciones
múltiples, simplemente descartó todos los experimentos cuyos
resultados no concordaban con la hipótesis, al menos en la
presentación pública de la ley.

§. Millikan y las gotas ausentes


Seguramente del mismo modo se comportó el físico Robert Millikan,
premio Nobel de física en 1924, para llegar a determinar la carga
eléctrica del electrón que aún hoy se considera la unidad de carga
eléctrica. El razonamiento que Millikan siguió era muy simple: si un

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cuerpo se carga negativamente porque mediante la fricción obtiene


electrones de otro cuerpo, su carga eléctrica total debe ser
necesariamente un múltiplo entero de la carga del electrón. Después
de haber cargado un gran número de cuerpos pequeños y de haber
confrontado sus cargas eléctricas, se puede pretender descubrir el
valor base de la carga eléctrica que corresponde a la carga del
electrón.
Los medios que utilizó Millikan eran esencialmente un rociador (que
era en origen un vaporizador de perfume) que lanzaba gotita
minúsculas de aceite entre dos placas metálicas unidas a una
batería de forma tal que generaban un campo eléctrico. Estas gotita
caían naturalmente hacia abajo por efecto de la fuerza de la
gravedad, pero cuando se las sometía a la acción de una fuerza
eléctrica, dirigida hacia arriba, permanecían en equilibrio o volvían
hacia lo alto. Con el lenguaje imaginativo que le caracterizaba,
Millikan sostenía que cuando una gota de aceite «se mueve hacia
arriba a la velocidad más baja posible, podría apostar que sólo un
electrón aislado está apoyado sobre su espalda». Sin embargo, el
fenómeno más interesante era el de las gotitas que permanecían en
equilibrio porque en ese caso era posible deducir la carga eléctrica
de la gota una vez que se conocía su masa. Ésta podía determinarse
observando en el microscopio el radio y multiplicando luego el
volumen de la gota por la densidad del aceite utilizado. Calculando
las cargas eléctricas de sus gotas, Millikan descubrió que eran
siempre múltiplos de una cantidad e que representaba el «cuanto»,
es decir la unidad mínima de carga eléctrica. El artículo más

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importante, en el que Millikan aportó la medición más exacta del


valor de e, fue publicado en 1913 y la información se apoyaba en
datos calculados a partir de cincuenta y ocho gotas de aceite.
Además señalaba que «éste no es un grupo determinado de gotas,
sino que representa a todas las gotas estudiadas durante sesenta
días consecutivos, durante los que se desmontó y volvió a
reconstruir el aparato experimental». La misma afirmación aparece
en el libro The electron, donde apunta: «Estas cincuenta y ocho
gotas representan todas las gotas estudiadas durante sesenta días
consecutivos, no se ha excluido ninguna». La información es muy
importante en tanto que tan sólo una de esas cincuenta y ocho
gotas ofrecía los resultados de e que se extraían «en medidas iguales
al 0,5 por ciento de las otras».
Ahora bien, examinando los cuadernos de laboratorio de Millikan, el
historiador de la física Gerald Holton ha descubierto que esta
afirmación es falsa. En realidad, Millikan había trabajado sobre un
total de ciento cuarenta gotas pero había decidido publicar
solamente los datos que se referían a cincuenta y ocho de ellas que
eran, obviamente, aquellas que ofrecían los resultados más
próximos al valor buscado. En sus cuadernos Millikan presenta
también los motivos por los que había descartado los datos que
consideraba poco significativos. Él mismo pensaba que la causas se
debían algunas veces al bloqueo del manómetro por una burbuja de
aire, otras a interferencias de la convección, otras veces a errores
del cronómetro, y finalmente al funcionamiento defectuoso del
atomizador. En todo caso es cierto que las cincuenta y ocho gotas

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que tenía en consideración en el artículo no eran las únicas sobre


las que había trabajado, y es cierto también que de haber
considerado la totalidad habría obtenido un valor de e mucho
menos exacto.
La anécdota es importante en tanto en cuanto el físico austríaco
Felix Ehrenhaft, con un aparato análogo aunque mucho más
preciso que el de Millikan, había presentado ya en 1910 una serie
de observaciones de las que se desprendía que no era en absoluto
cierto que la carga eléctrica de las gotitas fuese siempre e o un
múltiplo de la misma. No era cierto, entonces, que e era la unidad
mínima de carga eléctrica dado que podían encontrarse gotitas cuya
carga presentaba un valor inferior.
Por consiguiente, ya en mayo de 1910 Ehrenhaft expuso la hipótesis
de la existencia de una entidad más pequeña que el electrón, que él
mismo denominó subelectrón, y sostuvo que sus resultados
demostraban que en la naturaleza no existen cantidades indivisibles
de carga eléctrica que se correspondían con el valor aproximado
presentado por Millikan.
Estos datos crearon cierto embarazo en el mundo científico ya que
en aquel momento la existencia de un cuanto de carga eléctrica
asociada al electrón era la idea dominante. Aún hoy la física
sostiene oficialmente que ningún experimento ha demostrado de
forma concluyente que en la naturaleza existen cargas eléctricas
menores que e. Esta sólida convicción se vio reforzada tan sólo
después de la publicación del artículo de Millikan en 1913, ya que
antes de esa fecha científicos ilustres como Albert Einstein, Max

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Planck, Max Born y Erwin Schrödinger habían considerado


seriamente la hipótesis de los subelectrones, que comenzó a
discutirse en el mundo científico a partir de 1981 cuando nuevos
experimentos confirmaron la existencia de cargas eléctricas que
eran fracciones de e. Todo hace suponer que Millikan impuso sus
ideas a los físicos de la época manipulando de forma hábil los datos
experimentales obtenidos además con un aparato poco preciso y
una campaña de desprestigio contra Ehrenhaft.
Alexander Kohn acusa a Millikan de algo bastante común en el
mundo científico: haber explotado de forma hábil la idea y el trabajo
de un estudiante suyo sin reconocerle sus méritos. El éxito de
Millikan se debe también al uso, en cierta fase de la
experimentación, de un vaporizador de aceite en lugar de un
vaporizador de agua. Esto ocasionaba algunas dificultades porque
las gotas se evaporaban rápidamente y su caída podía observarse
tan sólo durante pocos segundos en los que era difícil llevar a cabo
las mediciones. Pero un día en que Millikan no se encontraba en el
laboratorio, uno de sus estudiantes, Harvey Fletcher, tuvo la idea de
substituir el vaporizador de agua por uno de aceite. De esta forma
los experimentos eran mucho más ágiles y resultaba mucho más
fácil llevar a cabo los cálculos y las observaciones. Cuando Millikan
regresó se mostró muy entusiasmado y comenzó a trabajar
activamente junto con Fletcher sirviéndose del nuevo aparato. Así
fue cómo luego de seis semanas Millikan pudo publicar, en 1910, su
primer artículo importante y significativo acerca de la carga del
electrón. Sin embargo este artículo estaba firmado sólo por él,

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aunque en el texto reconoce que había realizado los experimentos


junto con Fletcher. El motivo oficial por el cual Millikan publicó este
artículo solo era que las normas vigentes en la Universidad de
Chicago exigían que los estudiantes que estaban preparando la tesis
debían trabajar de forma autónoma: por lo tanto, si Fletcher
hubiera firmado el artículo junto con Millikan y hubiera presentado
luego esos mismos datos en su tesis, habría podido tener problemas
académicos.
Si se tiene en cuenta que, como ha subrayado Holton, Millikan
inició sus experimentos acerca de la carga del electrón de una forma
puramente casual y que la innovación que introdujo Fletcher fue
decisiva para elevar el grado de exactitud de las mediciones, puede
parecer bastante injusto que el premio Nobel haya sido otorgado
solamente a Millikan.
Perplejidades similares provoca el caso del premio Nobel atribuido
en el año 1952 a Selmann Waksman por el descubrimiento de la
estreptomicina. En aquella época el único antibiótico conocido y
usado era la penicilina, que se había descubierto quince años antes
y que se producía a partir de un moho. Waksman, un microbiólogo
ruso naturalizado norteamericano que dirigía entonces la sección
experimental de agricultura de la Universidad Routhgers en Nueva
Jersey, decidió verificar si otros mohos u hongos podían producir
sustancias antibióticas. Fijó su atención particularmente en los
actinomicetos, hongos que se encuentran en todas partes, e hizo
que sus estudiantes los analizaran con atención buscando
sustancias antibióticas que tuvieran algún efecto contra las

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bacterias patógenas.
Uno de sus estudiantes, Albert Schatz, descubrió que un hongo
llamado Streptomyces producía en efecto un antibiótico que mataba
las bacterias que causaban la tuberculosis. Éste se mostró eficaz
también contra otras enfermedades tanto en el hombre como en
animales. El artículo en el que se anunció el descubrimiento llevaba
la firma de Waksman y de Schatz, pero fue sólo Waksman quien
obtuvo el premio Nobel. Además, Waksman patentó la
estreptomicina, lo que le permitió obtener grandes ingresos de los
laboratorios farmacéuticos.
Schatz presentó una demanda contra Waksman y exigió una
participación en los beneficios de la venta de la estreptomicina. La
controversia se resolvió luego sin procedimiento legal pero la
comunidad científica se conmocionó debido a la osadía del alumno
al demandar a su «maestro», más aún teniendo en cuenta que
Waksman había utilizado los beneficios de las ventas de la
estreptomicina para financiar el Instituto Waksman de
microbiología. Schatz sufrió el ostracismo al que lo empujó la
comunidad científica que le impidió obtener empleo alguno en
investigación o en la enseñanza universitaria. Se vio obligado a
emigrar a América del Sur donde trabajó como profesor de instituto.

§. Emilio Segré: un nobel impugnado


Una desagradable historia es con seguridad la del premio Nobel
otorgado en 1959 a Emilio Segrè y a Owen Chamberlain por el
descubrimiento del antiprotón. Dieciocho años después de obtener

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el Nobel, Segrè fue demandado ante la Corte Suprema del condado


de Alameda por su compatriota Oreste Piccioni, que afirmaba ser el
verdadero ideólogo del experimento que había llevado al
descubrimiento y exigía ciento veinticinco mil dólares como
indemnización y una declaración oficial de Segrè y Chamberlain que
le otorgara la paternidad del experimento. El tribunal falló contra
Piccioni pero solamente porque había dejado transcurrir demasiado
tiempo antes de denunciar el hecho, aunque reconocía que había
aportado, durante el debate, una explicación más que plausible
como justificación del retraso.
Los científicos, al menos aquellos que se habían encargado de los
trabajos, sabían desde hacía tiempo que Piccioni tenía razón y lo
demostraron de forma tangible. El gran físico Edoardo Amaldi,
recientemente fallecido, no ha ocultado jamás su solidaridad con
Piccioni. Los fundamentos y la plausibilidad de las reivindicaciones
de Piccioni aparecieron también de forma evidente después de que,
hace algunos años J. L. Heilbron, uno de los más famosos
historiadores de la física norteamericanos, volvió a examinar todo el
escándalo sirviéndose de cartas y de otros documentos de archivo.
El año pasado Piccioni regresó a Italia con motivo de un congreso
pero, no obstante mi insistencia, no quiso comentar el escándalo,
tal vez porque —según dijo— han pasado ya demasiados años y
Segré ha muerto o porque en lo que a él respecta ya todo ha sido
dicho.
Oreste Piccioni es de origen toscano. Nació en Siena el 24 de
octubre de 1915. Antes de viajar a los Estados Unidos para

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incorporarse al MIT, en 1946, había trabajado con Fermi en Roma


donde obtuvo su diploma como físico en 1938. Después trabajó
como ayudante al principio y luego como profesor de
electromagnetismo en la misma universidad, donde llevó a cabo
junto con Marcello Conversi y Ettore Pancini un famoso
experimento acerca de la naturaleza de los rayos cósmicos.
Precisamente por su competencia en el campo de los rayos cósmicos
Bruno Rossi le invitó a participar en el MIT en 1946. Dos años
después se incorporó como investigador al Brookhaven National
Laboratory donde permaneció hasta el año 1960.
En 1954 se había concluido en Berkeley, California, lugar de trabajo
de Segrè, el Bevatron, que en aquella época era el acelerador de
partículas más potente. Piccioni deseaba intensamente ver este
gigantesco juguete en funcionamiento. Su deseo no tardó en
realizarse. En diciembre de 1954 recibió la admisión en el Bevatron
durante los trabajos de un congreso de la American Physical
Society. En esa ocasión le propuso a Segrè un experimento en
colaboración que consistía en utilizar el Bevatron a fin de encontrar
el antiprotón, uno de los elementos esenciales de la antimateria. No
se trataba de observar el proceso de aniquilación del antiprotón,
procedimiento que se había adoptado hasta entonces, sino de
intentar medir la masa a partir del momento y del período de vuelo.
El mayor problema de este método, originado por el hecho de que se
podían observar pocos antiprotones los que además se hallaban
escondidos entre una gran cantidad, de mesones, podía superarse,
según Piccioni, mediante el uso de un espectrómetro de doble lente

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magnética y de un contador Cerenkov.


Después del congreso Piccioni regresó a Brookhaven. Cuando
pasados algunos meses volvió a visitar a sus «colegas» de Berkeley
supo que Segrè y Chamberlain junto con C. E. Wiegand y T. J.
Ypsilantis habían realizado el experimento, exactamente como él
mismo lo había ideado. Estos científicos lograron en efecto
demostrar por primera vez la existencia del antiprotón, y es gracias
a esto que en 1959 Segrè y Chamberlain obtuvieron el premio Nobel
por su «ingenioso método para encontrar y analizar el antiprotón»,
como decía la declaración oficial que E. Hulthén leyó en Estocolmo.
Piccioni naturalmente protestó porque, cuando había presentado su
proyecto, le habían prometido la participación en el experimento.
Segrè logró convencerle de que desistiera de iniciar un proceso
oficial y le prometió, a cambio de su silencio, ciertos «favores» por
parte de la poderosa comunidad de físicos de Berkeley. Piccioni
necesitaba realmente ese apoyo porque su carácter caprichoso y sus
simpatías por las ideas de izquierda estaban retrasando la
obtención de la ciudadanía estadounidense. Había además quienes
lo trataban más duramente que Segrè. Cuando se animó a escribirle
una carta a Ernest Orlando Lawrence, premio Nobel en 1939, y
director en ese momento del Radiation Laboratory donde se
encontraba el Bevatron, obtuvo como única respuesta una
convocatoria ante otros dos premios Nobel y una advertencia de no
crear más problemas. Uno de los dos Nobel presentes en aquella
discusión era Edwin McMillan, que asumió el cargo de director a la
muerte de Lawrence en 1958. Apenas se enteró del premio Nobel a

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Segrè y Chamberlain, Piccioni volvió a la carga y se presentó en el


despacho de McMillan. En presencia de Segrè, McMillan le prometió
a cambio de su silencio mover sus influencias para obtener una
recomendación a fin de que le otorgasen un premio Nobel.
Estas promesas hicieron que Piccioni decidiera guardar silencio y
esperar. Pero esperó demasiado y cuando se dio cuenta de que
todos se habían olvidado ya del Nobel prometido decidió iniciar los
trámites legales. Demasiado tarde. El tribunal reconoció que el
comportamiento de Segrè había provocado muchos daños a su
carrera pero no podía otorgarle ese Nobel que tan ingenuamente
había dejado escapar. Además cuando en 1972 decidió dirigirse a la
justicia toda la comunidad científica se volvió en su contra porque
había osado llevar a los tribunales, por primera vez en dos mil años
de historia de la ciencia, una polémica que todos consideraban
exclusivamente científica. Un científico que prefirió permanecer en
el anonimato le declaró a Deborah Shapley que fue quien escribió la
historia para Science. «Éstas son acusaciones que pueden hacerse
ante un vaso de cerveza y tal vez en ese caso logras obtener
comprensión y simpatía, pero expresarlas oficialmente y en público
es condenable desde todo punto de vista».
La conclusión de Heilbron es que «sin duda Piccioni había discutido
convenciones tribales que normalmente se consideran tabú: la
intervención y la influencia de la política en los temas científicos, la
duda de la ética profesional, la dificultad de otorgarle con justicia
los méritos a investigadores que colaboran en grandes proyectos, y
el prestigio del premio Nobel; pero también el criterio de antigüedad

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que se hace valer ante las posibilidades de progresos y éxitos en la


carrera, y los peligros de la “Big Physics” en la que son pocas las
personas que controlan en forma directa la distribución y los gastos
de grandes sumas de dinero».
La historia tiene un singular apéndice. En un artículo que en 1979
apareció en la revista Foundations of Physics y en dos manuscritos
que han circulado entre los estudiosos, uno de los cuales llevaba
por título «Una estafa experimental ganó el premio Nobel en 1959»,
J. C. Cooper acusó a Segré y a Chamberlain de haber engañado
durante el experimento que llevó al descubrimiento del antiprotón.
«Este experimento representa —⁠según palabras de Cooper— para la
comunidad de físicos lo que las cintas de grabación del Watergate
para el ex presidente Nixon».
La acusación de estafa que Cooper lanza a los dos premios Nobel es
la de haber ocultado que durante el experimento habían observado
taquiones, partículas que se mueven a una velocidad superior a la
de la luz, para no contradecir la teoría especial de la relatividad de
Einstein. La teoría establece que ningún objeto en nuestro universo
puede superar la velocidad de la luz c, que es de 300.000 km/seg.
Esta posibilidad es una de las consecuencias más importantes de la
fórmula E=m<? que proclama la equivalencia entre energía y
materia. En la fórmula la m designa la «masa», que en este caso
podemos considerar la medida de la cantidad de materia, mientras
que E indica la energía. El aspecto más interesante de la fórmula es
la presencia de la velocidad de la luz c, elevada además al cuadrado.
Esto quiere decir que cualquier objeto físico como un automóvil,

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una piedra, una pluma o una partícula posee ya en estado de


reposo una energía que corresponde al producto de su masa por el
cuadrado de la velocidad de la luz. Un gramo de materia equivale a
una cantidad de energía tal que para producirla una central de un
millón de Kw debería trabajar durante veinticinco horas. La relación
entre la masa y la velocidad de la luz es pues potencialmente muy
útil, pero la moneda tiene su revés. Esta misma relación hace que a
medida que la velocidad de un objeto crece, aumenten también su
masa y su inercia. Éste, por lo tanto, se vuelve más pesado y es más
difícil de acelerar. Las ecuaciones de Einstein demuestran que para
que un objeto alcance la velocidad de la luz se necesita una
cantidad infinita de energía. Por lo tanto es absolutamente
imposible, por ejemplo, lanzar un cohete hasta igualar y superar la
velocidad de la luz, incluso utilizando toda la energía del universo.
Sin embargo, se ha pensado que el hecho de que nada pueda
acelerarse hasta alcanzar la velocidad de la luz no quiere decir
necesariamente que no puedan existir objetos y partículas
«constitucionalmente» dotadas de una velocidad superior a c. Estas
partículas hipotéticas se llaman «taquiones», del griego tachus que
quiere decir precisamente «veloz». Los físicos las buscan desde hace
tiempo, pero hasta ahora no las han encontrado. Cooper sostiene en
cambio que Segré y Chamberlain las han visto y que lo han ocultado
para no poner en duda la teoría de la relatividad. Su estafa,
entonces, habría consistido en ocultar las pruebas que demostraban
el carácter insostenible de la teoría de la relatividad restringida de
Einstein.

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El historiador de la ciencia Allan Franklin ha afirmado que no existe


prueba alguna que sustente esa acusación. Además, hoy en día se
piensa que aún en el caso de que se descubrieran los taquiones esto
no representaría necesariamente una refutación de la relatividad
restringida que, en realidad, descarta tan sólo la posibilidad de que
objetos materiales obtengan una aceleración hasta alcanzar y
superar la velocidad de la luz. Por lo tanto, al menos en teoría, los
taquiones pueden existir sin contradecir a Einstein con la condición
de que su física no interactúe con la que Einstein y gran parte de
los físicos modernos asignan a nuestro universo. De lo contrario se
presentarían paradojas y contradicciones.
Si un día, por ejemplo, se encontraran los taquiones y se
construyera un sistema de comunicación (como la radio o la
televisión) que se apoyara en ellos, podríamos enviar mensajes tanto
a nuestros descendientes como a nuestros predecesores. Esto, que a
simple vista puede parecer interesante y hasta deseable, crearía en
realidad grandes problemas. Supongamos, por ejemplo, que alguien
en 1992 conociendo la historia hubiera avisado a Hider del
desembarco de los aliados en Normandía. Los alemanes habrían
neutralizado el ataque e incluso ganado la segunda guerra mundial.
¡Pero cuidado!: si las cosas hubieran sido de ese modo, la historia
de estos últimos cincuenta años habría sido completamente
diferente, y el orden actual del mundo no sería el que conocemos;
todo sería distinto y en particular no tendría sentido alguno que
alguien, en 1992, sintiera la obligación de comunicarle a Hitler esa
preciosa información. Intervenir en el pasado aunque sea mediante

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una simple información equivale a modificar ese pasado y también


su futuro que incluye nuestro presente, de tal forma que estaría de
más esa modificación o enviar esa información. Por lo tanto, aún en
caso de que los taquiones existan serían incompatibles con nuestro
universo, al menos de la forma en que lo describe la física
contemporánea.

§. La relatividad: ¿broma o estafa?


Sin embargo, el de los taquiones no ha sido el único modo en que se
trató de desacreditar la teoría de la relatividad: el gran Rutherford la
definió como una broma; Bertrand Russell sugirió que ya estaba
presente en las ecuaciones de transformación de Lorentz, mientras
que el Nobel Frederick Soddy llegó a afirmar que era fruto de una
estafa, idea que posteriormente propugnó Louis Essen, un físico
inglés de cierto renombre que se ocupó en particular del problema
de la medición del tiempo y que en 1955 construyó el primer reloj de
cesio. Uno de los artículos de Essen se titula justamente: La
relatividad: ¿Broma o estafa?
Que la relatividad fuera una broma ha sido pensado por quienes,
como Rutherford, nunca han querido aceptarla debido a las
consecuencias paradójicas a las que conduce. La más famosa e
increíble de esas consecuencias es aquella que se define, según los
casos, «paradoja de los relojes» o «paradoja de los gemelos». Se trata
en realidad de una misma paradoja basada en una de las más
importantes consecuencias de la teoría de la relatividad: la
dilatación del tiempo con el aumento de la velocidad. Según

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Einstein el tiempo se alarga y transcurre más lentamente a medida


que nos acercamos a la velocidad de la luz, hasta afirmar que si un
observador viajara a la velocidad de la luz estaría fuera del tiempo.
Esto puede parecer sin duda sorprendente pero no paradójico. Las
cosas se complican, sin embargo, porque la teoría de la relatividad
incluye como presupuesto fundamental la relatividad del
movimiento uniforme, que establece que toda observación hecha
desde un sistema es incapaz de afirmar si ese sistema está o no en
movimiento. En otras palabras, un observador encerrado en un
vagón de tren que se mueve con velocidad uniforme sobre una vía
rectilínea no podrá idear experimento alguno para deducir si el
vagón se mueve o está en reposo.
Este principio puede incluso parecer banal, pero cuando se lo asocia
al concepto de la dilatación del tiempo lleva a extrañas e
incomprensibles conclusiones. Un reloj transportado sobre un misil
muy veloz mediría, por ejemplo, el tiempo más lentamente, se
atrasaría respecto de un reloj igual que se encontrara en la Tierra.
Pero esto sólo desde el punto de vista del reloj que esta en la Tierra,
es decir, si un observador en ésta es el encargado de controlar la
hora que indica el reloj que viaja con el misil. Si, en cambio, el
observador se encontrara en el misil, el reloj de la Tierra se
atrasaría, debido a que ésta se mueve a gran velocidad respecto de
las galaxias remotas, y porque el observador carece de toda
posibilidad que le permita evaluar si la nave espacial se mueve o no.
Para sus ojos se movería sólo la Tierra (y el reloj que ha quedado en
ella), y por eso el reloj se atrasaría. La conclusión paradójica que

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indica que ambos relojes atrasan, uno respecto del otro, resulta
difícil de comprender y en efecto justifica la sospecha de que se
trata de una broma.
La cosa resulta mucho más paradójica en caso de que la dilatación
del tiempo se mida no ya observando los dos relojes, sino evaluando
la edad relativa de dos gemelos, uno de los cuales se queda en
tierra, mientras que el otro viaja en una nave espacial a una
velocidad próxima a la de la luz. De este modo, cuando el gemelo
astronauta regresara a la Tierra, su hermano que se quedó en casa
sería mucho más viejo. Esto si adoptamos como sistema de
referencia la Tierra, es decir, si nos colocamos en el punto de vista
del hermano que se quedó en casa. Pero si elegimos como sistema
de referencia la nave espacial en la que viaja el otro gemelo nos
encontramos en una situación diametralmente opuesta: ahora es el
gemelo que se quedó en casa el más joven, mientras que el que viaja
ha envejecido.
Parece un rompecabezas incomprensible, pero la teoría de la
relatividad lleva a la conclusión de que en efecto ambos envejecen
uno respecto del otro. Del mismo modo en que los relojes atrasan
uno respecto del otro. Tenemos la impresión de que se trata de una
broma, y uno se pregunta dónde está el truco. Para Essen el truco
se encuentra en el uso ambiguo de la expresión «visto desde». Según
él cuando los dos gemelos se encuentran nuevamente en la Tierra
no se verían uno más viejo que el otro, tanto si la evaluación la hace
el que se quedó en la Tierra, como si es el que viajó al espacio. Es
decir que se verían de la misma edad. Solamente un tercer

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observador que, durante el experimento, haya podido comparar


continuamente la edad de los dos gemelos, podría decir que el que
volvió del espacio ha envejecido menos, pero sólo en caso de que
este observador se colocara desde el punto de vista del hermano que
quedó en tierra. Si, en cambio, lo considerara desde el punto de
vista del hermano que viajó al espacio, vería más joven al hermano
que permaneció en tierra. Esto quiere decir que uno de los
conceptos fundamentales de la relatividad einsteniana, el de la
simultaneidad, contiene un error que sería la causa de los
resultados paradójicos a los que lleva la teoría. Más que de una
broma, entonces, se trata de un error.
Pero, ¿en qué sentido puede afirmarse que la relatividad es una
estafa? Y en ese caso, ¿quién sería el estafador? Aclaremos de
inmediato que la acusación parece, a la luz de los hechos, tener
fundamento, pero que el culpable no es Einstein (o al menos no él
sólo), y que además se trata de una estafa muy particular en la que
se ven involucrados, en calidad de cómplices, la gran mayoría de los
físicos que vivieron desde 1905 (año en que se enuncia la teoría de
la relatividad) hasta nuestros días. En pocas palabras, la estafa
consistiría en que desde 1905 hasta hoy los físicos han sostenido
que la teoría de la relatividad nació para explicar el resultado
inesperado de un experimento que Albert Michelson y Edward
Morley llevaron a cabo en 1887, y que más tarde se vio confirmada
por otros resultados experimentales, ante todo el que obtuvo
Eddington en 1919 observando el recorrido de la luz proveniente de
las estrellas durante un eclipse total de sol. Eddington demostró

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que la luz se desviaba cuando pasaba cerca del Sol de acuerdo a lo


que Einstein había previsto.
Los científicos contestatarios como Soddy y Essen sostienen, en
cambio, que el experimento de Michelson y Morley no tuvo
influencia alguna en Einstein, que no elaboró la teoría de la
relatividad restringida a fin de dar cuenta del curioso resultado que
ellos habían obtenido, sino simplemente desarrollando la teoría de
Maxwell y Lorentz a partir de algunos apuntes que se encontraban
en las obras de Ernst Mach.
Esta acusación está perfectamente fundamentada y el mismo
Einstein ha confirmado repetidas veces que, en efecto, el
experimento de Michelson y Morley tuvo muy poca o ninguna
influencia en la elaboración de su teoría. Esto quiere decir que todos
los textos de física afirman algo falso cuando sostienen que la teoría
de la relatividad nació para explicar el resultado obtenido en aquel
famoso experimento y que los físicos relativistas se comportan como
impostores (si bien de buena fe) cuando, haciendo descender la
teoría de la relatividad de un resultado experimental, buscan
acreditarla como una teoría apoyada sólidamente en hechos, en
lugar de reconocerla como una simple especulación matemática,
como efectivamente la consideró el mismo Einstein en el momento
en que la propuso. Nos encontramos, por lo tanto, ante una especie
de juego de prestidigitación en que los físicos, como hábiles
ilusionistas, nos empujan a establecer una relación que podría ser
sólo ilusoria entre un dato experimental y una teoría que lo explica,
y que se considera de inmediato verdadera precisamente en virtud

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de esta relación. Sucede igual que en el experimento en que un


prestidigitador serrucha una caja en la que se encuentra encerrada
una mujer. Nosotros vemos a la mujer entrar en la caja, vemos la
sierra cortar la caja exactamente por la mitad y nos vemos obligados
a aceptar la única explicación posible, es decir que la mujer ha sido
cortada en dos y que luego, cuando la caja se vuelve a abrir, por
arte de magia sus piernas vuelven a estar unidas a su cuerpo. De
forma análoga, el engaño de los físicos relativistas no consistiría en
haber empujado al gran público sino a la comunidad científica a
establecer una relación entre la teoría de Einstein y el experimento
de Michelson y Morley.
Se dice generalmente que este experimento demostraba que el éter
no existe, lo que sin duda es cierto, pero el aspecto teórico más
interesante de este resultado era otro. Los físicos se encontraron
ante la necesidad de admitir como verdaderas dos cosas que en
apariencia eran incompatibles: vale decir que la velocidad de la luz
es constante, y que no obedece al principio de relatividad enunciado
por Galileo. Hasta entonces todos estaban convencidos de que la luz
tenía una velocidad constante, aunque al mismo tiempo obedeciera
el principio de relatividad. Esta convicción había comenzado a
cuestionarse a partir del experimento de Michelson y Morley. Pero
veamos cómo sucedieron las cosas.
Hasta la segunda mitad del siglo XIX los físicos estaban convencidos
de que todo lo importante que había que decir acerca del mundo ya
lo había enunciado Newton, quien había reconocido y descrito las
leyes fundamentales que rigen los fenómenos de nuestro universo.

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Eran leyes simples y razonables que ofrecían un aspecto


tranquilizador del universo que nos rodea. En el mundo de Newton
no se observaban fenómenos paradójicos o incomprensibles. Todo se
desarrollaba en forma clara y regular: los relojes no atrasaban y los
gemelos envejecían tranquilamente juntos. En 1887, sin embargo, la
solidez y la racionalidad de este mundo tranquilo sufrieron un duro
revés cuando se advirtió que la luz se comportaba de forma
incoherente y diferente de cuanto preveían las leyes conocidas.
Estas leyes establecían que en nuestro universo existen sólo dos
dimensiones absolutas (que no dependen o son relativas, por lo que
no se modifican a partir de los cambios de las otras): espacio y
tiempo, mientras que todas las demás son relativas y obedecen al
principio de relatividad de Galileo. Así las cosas, todos creían que la
velocidad de la luz, aunque constante, era relativa. Vale decir que
cambia de acuerdo con las circunstancias y el punto de vista que se
adoptan.
Tomemos, por ejemplo, el experimento del barco de Galileo y
modifiquémoslo para estudiar el comportamiento de la luz.
Supongamos que el barco se mueve con un movimiento uniforme a
una velocidad de 240.000 km/seg que es un poco inferior a la de la
luz (300.000 km/seg.). Supongamos que este barco tiene un faro
rojo en la popa y un faro blanco en la proa. Si un hombre observa el
barco desde la costa que se encuentra paralela a la dirección del
barco verá moverse tanto la luz del faro blanco como la del faro rojo
a la misma velocidad, es decir a 300.000 km/seg. Ésta es la
velocidad de la luz de los dos faros respecto de él. Pero si este

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mismo observador quiere calcular la velocidad no ya respecto del


propio sistema de referencia, o sea respecto de sí mismo, sino en
relación con el barco, deberá concluir que la luz del faro blanco se
mueve a una velocidad mucho más baja que la del faro rojo. Si el
barco se mueve a 240.000 km/seg y el faro blanco que está en proa
envía la luz en la misma dirección que el barco, entonces la
velocidad de esta luz puede obtenerse restando la velocidad del
barco a la de la luz. El resultado es que la luz del faro blanco viaja a
una velocidad de tan sólo 60.000 km/seg. En cambio la luz del faro
rojo viaja a 540.000 km/seg porque se mueve en la dirección
opuesta a la del barco y por lo tanto su velocidad se obtiene a partir
de la suma de la velocidad de la luz más la del barco.
Esto quiere decir que la luz no respeta el principio de relatividad de
Galileo; mientras que la velocidad y la dirección de una bala de
cañón que cae desde lo alto son iguales tanto cuando el experimento
se lleva a cabo sobre un barco en movimiento uniforme como si se
realiza en tierra, en el caso de la luz, por el contrario, su velocidad
es completamente diferente dependiendo de que el sistema se halle
en movimiento o en reposo. A los físicos del siglo XIX no les
importaba tanto que la luz desobedeciera o no a Galileo porque este
hecho no comportaba dificultad teórica alguna. El razonamiento era
el siguiente: si la velocidad de propagación de la luz es constante y
sin embargo varía de acuerdo con el sistema de referencia adoptado,
no necesariamente debe concluirse que nos encontramos ante una
contradicción, la causa es simplemente que la constancia de la
velocidad de la luz es tal sólo respecto del espacio y del tiempo

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absolutos. Entonces, la cosa no sólo es aceptable, sino que de ella


puede derivarse una demostración ulterior: el sistema del espacio-
tiempo absoluto es el único que puede considerarse como realmente
en reposo y puede servir como punto de referencia para todos los
demás. Los científicos del siglo XIX le dieron a este sistema el
nombre de «éter cósmico», identificándolo con un fluido misterioso y
evanescente que habría debido ocupar inmóvil todo el universo y
que constituía el medio a través del cual se propagaban las ondas
luminosas.
El único problema de este razonamiento era que nunca se había
podido realizar un experimento análogo al que hemos descrito
anteriormente, que es un experimento puramente ideal. Nadie,
entonces, podía poner la mano en el fuego y afirmar que
verdaderamente la luz no obedece el principio de relatividad de
Galileo. Nadie tenía a mano un barco que pudiera viajar a alta
velocidad, aunque no fuera a 240.000 km/seg. Michelson se dio
cuenta de que el barco, el sistema apto, se encontraba a mano de
todo el mundo: nuestra Tierra se comporta en su movimiento
alrededor del Sol como un barco que va a la velocidad de 30
km/seg., vale decir a 108.000 km por hora, que no es ciertamente
comparable a la velocidad de la luz, pero es ya lo suficientemente
elevada como para permitir el experimento. Además, su trayectoria
es tan amplia que durante el experimento, en una pequeña fracción
de segundo, puede considerarse rectilínea. El experimento se llevó a
cabo en 1887 con un aparato construido por Michelson y Morley,
que permitía medir la velocidad de las dos mitades de un mismo

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rayo de luz, una mitad hacia la Tierra y la otra en sentido contrario


(al igual que sucede con el experimento ideal del barco con el faro
rojo y el faro blanco que hemos descrito más arriba), y el resultado
fue diferente por completo al del experimento ideal. Los dos rayos
viajaban a exactamente la misma velocidad de 300.000 km/seg.
Este resultado, fruto de un experimento real y no de un simple
razonamiento, creó el desorden en el mundo de la física. Si el rayo
de luz que se movía en sentido contrario al del movimiento de
rotación de la Tierra tenía la misma velocidad que su gemelo que se
movía en la otra dirección, quería decir que el éter no existía. Hasta
aquí nada de extraño: el éter iba a unirse al flogisto en el cajón de
los desechos y las teorías equivocadas que llenan la historia de la
ciencia. Pero la falsificación del éter cubría con descrédito también
el sistema de referencia absoluto constituido por el espacio y el
tiempo, que era uno de los pilares de la física newtoniana.
La simple idea de que la luz obedeciera al principio de relatividad de
Galileo parecía chocar con la idea misma de un sistema absoluto de
referencia constituido por el espacio y el tiempo. Existían dos
posibilidades: o se encontraba una explicación adecuada para el
extraño comportamiento de la luz dentro de la física newtoniana, o
había que abandonar esta física y crear otra que negara la idea de
espacio y tiempo como sistema absoluto de referencia y se apoyara,
en cambio, en la extensión y la generalización del principio de
relatividad de Galileo manteniendo la constancia de la velocidad de
la luz. Ésta fue exactamente la dirección en la que se movió Einstein
y dado que su propuesta recibió un consenso casi unánime, hoy nos

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encontramos viviendo en un mundo en el que relojes y gemelos se


comportan en forma extraña y absolutamente incomprensible.
Pero, ¿era ése realmente el camino correcto? No obstante el enorme
consenso y la gran popularidad que obtuvo la teoría de la
relatividad, nadie estaría dispuesto a poner la mano en el fuego.
George F. Fitzgerald, un físico irlandés muerto en 1901, ofreció de
inmediato una explicación alternativa: supuso que el resultado
obtenido por Michelson y Morley podía estar causado por una
reducción del largo del brazo del instrumento que habían utilizado,
y que se estaba moviendo paralelamente a la Tierra. Sin embargo,
esta explicación les pareció a todos arbitraria y poco satisfactoria.
Del mismo modo no se habían tomado en consideración los
resultados negativos que anteriormente había obtenido W. M. Hicks
y luego D. C. Miller, que entre 1902 y 1926 repitió varias veces el
experimento con un aparato mucho más adecuado. Desde entonces,
se multiplicaron los esfuerzos por proponer interpretaciones del
experimento y teorías alternativas, aunque a menudo los
protagonistas de estos intentos fueron considerados buscadores del
movimiento perpetuo. De cualquier manera, es cierto que los
capítulos que en los textos de física se refieren a la teoría de la
relatividad deberían estar escritos de forma más crítica y objetiva,
resaltando la naturaleza teórica y aclarando, tanto en el plano
histórico como en el lógico, la verdadera relación que esta teoría
tiene con el experimento de Michelson y Morley, y de manera más
general con todas las teorías que se presentaron como pruebas
experimentales, descartando aquéllas, también numerosas, que son

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testimonio de lo contrario. La relatividad no debería considerarse


como un capítulo de fe sino como una elegante propuesta teórica
que nació y se desarrolló principalmente en el nivel matemático pero
que aún resulta difícil de aceptar debido a las paradojas a las que
conduce.

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Capítulo II
Crímenes y castigos
Contenido:
§. Breuning, «el antecedente»
§. Gallo: el camino del engaño no conduce a Estocolmo
§. Baltimore: el Watergate de la ciencia norteamericana
§. Milanese: ¿un castigo ejemplar?

§. Breuning, «el antecedente»


En 1916 el British Medical Journal publicó un artículo en el que el
doctor James Shearer, un médico norteamericano que servía como
sargento en el ejército inglés, presentaba un nuevo instrumento,
más eficaz que los rayos X, para radiografiar los efectos de las
heridas con armas de fuego. La noticia generó gran interés, pero
investigaciones más profundas demostraron la absoluta inutilidad
del aparato y que la documentación presentada era producto de
manipulaciones de radiografías normales. El British Medical journal
se vio obligado a publicar su retracción. Sin embargo, no todo
terminó allí: Shearer debió comparecer ante la corte marcial y fue
condenado a ser fusilado. La pena, indudablemente excesiva, se
conmutó luego por trabajos forzados de por vida, pero Shearer no la
cumplió porque murió tan solo un año después. Totalmente
diferente y mucho más significativa es la historia de Stephen
Breuning, cuyo caso judicial se considera hoy en día el antecedente
legal de toda controversia relativa a los «crímenes» científicos,
aunque el juez Willcox haya subrayado la existencia de otras

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sentencias anteriores, emitidas en su mayoría por él mismo contra


científicos, sobre todo médicos e investigadores de laboratorios
encargados de evaluar la seguridad de los fármacos.
En 1977 Breuning era uno de tantos jóvenes psicólogos. En el
Illinois Institute of Technology había obtenido su doctorado, el
segundo título que habilita para la investigación y marca el inicio de
la carrera científica. Durante un año había trabajado en el Oackdale
Regional Center for Developmental Disabilities, marchándose
inmediatamente después al Coldwater Regional Center, un instituto
de asistencia a personas con problemas mentales, en Coldwater,
Michigan. En ese instituto, Breuning habría podido pasar el resto de
su vida asistiendo a los enfermos, actividad por la que un joven
ambicioso como él no podía tener vocación alguna. Por otra parte,
con una especialización como la suya, era difícil insertarse en las
estructuras de investigación e intentar una profesión más atractiva.
Hacer carrera en ciencias significa poder producir algo nuevo; pero
para ello hay que hacer investigación, para lo cual hay que ser
capaz de obtener financiaciones gubernamentales. Pero ningún
organismo costearía jamás las investigaciones de un joven que no
cuente aún con publicaciones y credibilidad científica. Ésta es la
paradoja fundamental de la política científica norteamericana:
cualquier persona puede presentar un programa de investigación y
pedir que se lo financien, pero sólo quien ya ha investigado y
publicado obtiene realmente los fondos.
A Breuning no le quedaba otra salida más que esperar la ocasión
propicia. Para él, que además de ser ambicioso era afortunado, la

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ocasión se presentó casi de inmediato. En 1979 el profesor Robert


L. Sprague de la Universidad de Illinois, un científico ya consagrado
que recibía desde hacía años subvenciones de los National
Institutes of Health (NIH) para realizar estudios en el campo de la
psiquiatría, encontró ciertas dificultades para llevar adelante una
parte de las investigaciones relativas a la cura farmacológica del
retraso mental. Algunos colegas le informaron que el sitio más
adecuado para estas investigaciones era el Coldwater Regional
Center donde trabajaba un investigador muy competente. De esta
forma Breuning entró en contacto con Sprague y vio llegar a sus
manos fondos para investigar el efecto de los fármacos
psicotrópicos. En ese mismo período Breuning se relacionó también
con el profesor Thomas Gualtieri, otro apreciado estudioso que daba
clases en la Universidad de North Carolina. Tanto Sprague como
Gualtieri mostraron de inmediato simpatía y aprecio por el joven
Breuning. Sprague lo visitaba a menudo en su casa y lo llevaba a
los congresos.
Durante varios años las cosas siguieron su curso tranquilamente.
Breuning trabajaba y producía mucho, tal vez demasiado: escribió
tantos artículos que en cinco años, desde 1979 hasta 1984, logró
producir él solo un tercio de toda la literatura científica acerca de
psicofarmacología del retraso mental. No se trataba tan sólo de
cantidad, los datos que publicaba eran extremadamente
significativos: demostraban con la fuerza de los números que la
terapia farmacológica utilizada hasta el momento estaba
equivocada.

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Un porcentaje variable entre el 30 y el 50 por ciento de los pacientes


internados en institutos públicos reciben tratamientos que se
apoyan en la administración de psicofármacos. Estas personas
sufren perturbaciones muy serias, tanto emocionales como de
comportamiento. Los fármacos neurolépticos y antipsicóticos,
denominados también tranquilizantes mayores, son las sustancias
que más se utilizan a fin de modificar el comportamiento de los
pacientes agresivos, hiperactivos y autodestructivos. Se usan
también fármacos estimulantes, particularmente en los niños. Las
investigaciones de Breuning parecían demostrar que los
neurolépticos (que producen lentos efectos deletéreos, en particular
la discinesia tardía, un problema de motricidad análogo a la
enfermedad de Parkinson) hacen daño y no deberían usarse.
Otros investigadores comenzaron también a tener dudas acerca de
la utilidad de estos fármacos pero Breuning fue el único que logró
demostrar experimentalmente que sus dudas estaban bien
fundamentadas. Por este motivo sus artículos tuvieron tanta
repercusión y sus opiniones comenzaron a verse respetadas.
Breuning sostenía que en la mayoría de los casos los neurolépticos
son perjudiciales, y que resulta más eficaz el uso de fármacos
estimulantes. Además, afirmaba que el cociente de inteligencia de
los enfermos se duplicaba milagrosamente cuando se les suspendía
el uso de psicofármacos.
No todos se mostraban de acuerdo con estas ideas que contrastaban
en especial con lo que desde hacía años sostenía Sprague quien, a
pesar de conocer los riesgos implícitos en el uso de neurolépticos,

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afirmaba que no existía alternativa y que lo único que podía hacerse


era desarrollar una terapia que potenciara al máximo los resultados
positivos y redujera al mínimo los efectos negativos. Las diferencias
entre el anciano profesor y su ambicioso discípulo estaban
destinadas a profundizarse a medida que Breuning aumentaba su
prestigio y sobre todo después de obtener la financiación de un
proyecto de investigación independiente.
En enero de 1981 Breuning se trasladó a Pittsburgh donde había
obtenido un excelente puesto en el Western Psychiatric Institute
and Clinic, afiliado a la Medical School de la Universidad de
Pittsburgh. Aquí, desde junio de 1981 hasta abril de 1984, trabajó
como director de un importante programa de investigación en el
área de la psiquiatría, el John Merck Program. Esta última tarea,
que nadie hubiera confiado a un estudioso con pocos años de
experiencia como Breuning, la obtuvo gracias a otro golpe de suerte:
el director anterior había dimitido y Breuning supo de qué forma
sacarle provecho. Él era un investigador poco preparado y no estaba
capacitado para desempeñar el trabajo de director de investigación
de otros. La posición en que se encontraba requería no sólo de su
capacidad para obtener una financiación federal sino también para
renovarla. El programa estaba financiado por el National Institute of
Mental Health (NIMH), uno de los muchos institutos de
investigación que conforman los NIH, la gigantesca máquina de
9.000 millones de dólares de presupuesto que financia la mayoría
de las investigaciones biomédicas en los Estados Unidos. Para
obtener la financiación, los científicos y las instituciones interesadas

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deben someter ante ese instituto una petición, especificando en


detalle el presupuesto previsto (incluyendo los salarios del
personal), las máquinas y los viajes que se efectuarán, los objetivos
específicos de la investigación, su importancia científica, una
referencia detallada de los estudios preliminares que se llevaron a
cabo y que justifican la continuación de la investigación, y
finalmente los métodos y procedimientos que se usarán para
desarrollarla.
Ambas investigaciones procedieron con rapidez y llegaron a
resultados sorprendentes que confirmaban los estudios precedentes
demostrando que el cociente de inteligencia de los niños se
duplicaba si se suspendía el uso de los neurolépticos. No resultó
extraño que cuando en abril de 1983 Breuning solicitó, como era
habitual, la renovación de la financiación, se la otorgaran con
extrema facilidad. En septiembre del mismo año Breuning, ya
convencido del crédito de que gozaba en el NIMH, presentó una
nueva solicitud en la que pedía una financiación más sustanciosa
para otros cuatro años de investigación. Todas estas peticiones iban
acompañadas de informes detallados en los que se describían
ampliamente los excelentes resultados obtenidos hasta el momento.
¡Qué camino se había forjado el joven psicólogo que en 1977 parecía
destinado a envejecer entre los enfermos de Coldwater! Ahora era
un verdadero científico que trabajaba en una buena universidad,
manejaba varios millones de dólares y dirigía su propio grupo de
investigación dentro del cual había encontrado un sitio para su
esposa.

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Todo parecía indicar que vendrían más éxitos y una aún más
extensa y brillante carrera. Después de la publicación junto con
Alan Poling de un importante manual de psicofarmacología: Drugs
and the mentally retarded (1982), Breuning se había convertido en
una autoridad incuestionable de la psiquiatría norteamericana.
¿Quién habría podido retirarle su licencia de científico? Nadie,
excepto el que fuera su director, que desde hacía un tiempo había
comenzado a estudiar con más atención los resultados de su
antiguo discípulo que contradecían de manera tan categórica sus
teorías.
Las sospechas de Sprague comenzaron en septiembre de 1983
cuando durante una de sus visitas a los laboratorios que se
dedicaban a sus investigaciones, se dirigió a Pittsburgh para
informarse acerca del estado de los estudios de Breuning. Steve,
como afectuosamente le llamaba Sprague, y su esposa Vicky Davis
que colaboraba en las investigaciones, le invitaron a visitar su
nueva casa y a pasar con ellos el día. Después de haber discurrido
acerca de diferentes tópicos Sprague lamentó las dificultades que
retrasaban sus investigaciones. No lograba encontrar dos
enfermeras cuyo acuerdo, en la identificación de perturbaciones
atribuibles a la discinesia tardía, superara el 80 por ciento. La
esposa de Breuning le sorprendió entonces, afirmando que en sus
experimentos, en cambio, todo iba perfectamente y que ellos
identificaban con exactitud esas perturbaciones en la motricidad en
un 100 por ciento. «Sentí un gran asombro e incredulidad» cuenta
Sprague, «y me di cuenta inmediatamente de que se trataba de una

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afirmación insostenible desde el momento en que yo no creo posible


que nadie, por más hábil que sea en su actividad experimental,
obtenga un acuerdo total en un ámbito tan complejo como es el de
la identificación de movimientos anormales de la discinesia tardía».
Sprague sabía por experiencia que el proceso de evaluación de la
gravedad de la discinesia tardía era muy difícil. Las enfermeras
examinan a decenas de pacientes y luego toman nota de las
perturbaciones relativas a 34 diferentes tipos de movimiento, desde
el temblor del pie hasta la agitación de la lengua, otorgándole a cada
uno de estos síntomas una puntuación que va desde 0 hasta 4. Era
difícil que dos enfermeras estuvieran en todo de acuerdo al evaluar
el grado de intensidad de estas perturbaciones en la motricidad.
Curiosamente, las enfermeras de Breuning ofrecían evaluaciones
que coincidían punto por punto en el 100 por ciento de los casos.
El anciano profesor no creía que las enfermeras de su colaborador
tuvieran semejante precisión, y así fue como de improviso surgió en
su mente una sospecha: ¿Sería posible que todos los resultados tan
exactos obtenidos por Breuning contra el uso de los neurolépticos
fueran falsos? ¿Inventados? Descubrirlo y demostrarlo se convirtió
desde ese momento en el objetivo de su vida.
La oportunidad se presentó casi de inmediato. En el verano de 1983
Sprague organizó una convención para el American College of
Neuropsychopharmacology e invitó a Breuning a disertar acerca de
sus estudios en Pittsburgh para los que había recibido
financiaciones tan elevadas. Se trataba en parte de una trampa,
puesto que Sprague había tenido acceso a uno de los informes que

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Breuning había enviado al NIMH y se había dado cuenta de que algo


no funcionaba. Si verdaderamente Breuning hubiera realizado la
investigación como la describía en ese informe, habría debido
trabajar durante 273 días en un año que tenía tan sólo 261 días
laborables, sin contar, subrayó luego Sprague, eventuales
incidentes como la rotura de unos aparatos o la indisposición de los
sujetos que se trataban en el estudio.
En noviembre del mismo año, Sprague leyó con gran curiosidad el
resumen del informe que Breuning pensaba presentar en el
congreso. Allí encontró la primera confirmación de sus sospechas.
Era evidente que Breuning no podía haber realizado los
experimentos con los que afirmaba haber obtenido aquellos
sorprendentes resultados. En ese resumen Breuning hacía
referencia a un estudio relativo a 57 niños minusválidos que fueron
observados durante un año y medio, y cuyos resultados él mismo y
Gualtieri habían publicado. Del total de 57 niños, a 45 —sostenía
Breuning— se los estudió por otros dos años y su comportamiento
se evaluaba cada seis meses. Nadie que no estuviera al corriente de
los detalles de los estudios de Breuning podía encontrar alguna
objeción en este informe pero Sprague, que los seguía desde hacía
tiempo, se dio cuenta inmediatamente de que los experimentos
presentados no podían ser ciertos. Él sabía que Breuning había
estudiado los primeros 57 niños en Coldwater, y que este estudio
había concluido a finales de 1980. Esto quiere decir que los
experimentos de los otros dos años a 45 de los 57 niños debieron
comenzar inmediatamente después. El problema radica en que en

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enero de 1981 Breuning se había trasladado de Coldwater a


Pittsburgh. ¿Cómo había podido, en tal caso, seguir estudiando
durante otros dos años a pacientes que ya no estaban a su alcance?
El 4 de diciembre de 1983, un domingo por la mañana, Sprague se
lo preguntó directamente a Breuning, quien no pudo darle una
respuesta plausible. Sprague, que ya había hablado con Gualtieri, le
dio cuarenta y ocho horas para que le entregara los registros
originales de los experimentos, de lo contrario le impediría presentar
su informe en el congreso e informaría al NIMH de sus
descubrimientos. Después de tres días Breuning le mandó los
registros de tan sólo 24 pacientes argumentando que no podía
encontrar los restantes. Aún en el caso de que esos registros
hubieran sido auténticos, el destino de Breuning estaba escrito: con
tan pocos datos originales a su disposición las rigurosas
estadísticas perdían, desde el punto de vista matemático, todo
significado: los resultados que afirmaba haber obtenido quitando los
neurolépticos y suministrando fármacos estimulantes no se
apoyaban en una demostración científica.
Pero Sprague sabía que incluso esos datos referentes a 24 pacientes
eran inventados. El 29 y el 30 de noviembre había llamado al doctor
Neal A. Davidson, director de los servicios de psicología y del
programa de terapia de comportamiento en el centro de Coldwater,
que era la persona por cuyas manos pasaban todos los datos
relativos a experimentos llevados a cabo con los niños ingresados en
Coldwater. Davidson se cayó de la nube: no sabía absolutamente
nada acerca de esas investigaciones y sostenía que ni siquiera era

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posible afirmar cuáles y dónde estaban los 24 niños con las


características que aparecían indicadas en el informe de Breuning.
Los experimentos que Breuning había descrito tan meticulosa y
detalladamente ante el NIMH, que le había otorgado 133.000
dólares, no se habían realizado jamás y no podía probarse que los
niños a los que se les suspende la terapia con neurolépticos se
vuelvan más inteligentes.
Se trataba de un verdadero descubrimiento en tanto que los
estudios de Breuning ya habían comenzado a influir, en casi todos
los hospitales de los Estados Unidos, en el tratamiento terapéutico
de los niños minusválidos. Había que avisar de inmediato a todos
los órganos competentes para que tomaran las medidas necesarias e
informaran del modo más rápido posible a los estudiosos y a los
médicos que cuanto hasta el momento habían dado por supuesto,
no había sido demostrado. El 20 de diciembre de 1983 Sprague
escribió una carta a Lorraine Torres, directora de la división de las
Extramural activities del NIMH, cuya tarea es controlar e{
mecanismo por el cual los comités científicos aprueban las
peticiones de financiación y la manera en que se invierten esos
fondos. «Con una gran tristeza», ha declarado Sprague, «decidí
escribir aquella carta porque sabía que con ella estaba poniéndole
fin a la prometedora carrera de un científico joven y capaz a quien,
hasta el momento, yo apreciaba tanto como a cualquier otro colega
que haya trabajado conmigo». Los escrúpulos de Sprague eran
excesivos. Su carta no desencadenó una batahola como él esperaba
y para arruinar la carrera de Breuning faltaba aún mucho tiempo.

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Exactamente cinco años, durante los cuales Sprague debió luchar


contra la inercia y los obstáculos burocráticos del mundo académico
y de los organismos que financian las investigaciones científicas en
los Estados Unidos arriesgándose también, en algún momento, a
ver arruinada su propia carrera.
Al principio, el NIMH no pareció demasiado alarmado al saber que
existía alguien que obtenía dinero para investigaciones que en
realidad no se realizaban. En lugar de indagar directamente, le
encargó a la Universidad de Pittsburgh la evaluación de la veracidad
de las acusaciones de Sprague. Se constituyó así una comisión de
investigación, compuesta por Sheldon Adler, Richard Michaels y
Robert E. Lee, que trabajó rápidamente y el 17 de febrero de 1984
presentó un informe ante Donald Leon, presidente de la Medical
School de la Universidad de Pittsburgh. La comisión informaba que
Breuning había confesado que todo lo escrito en el resumen
analizado era falso y que las supuestas investigaciones hechas en
Coldwater parecían fruto de la invención. Los tres escrupulosos
miembros de la comisión decían no haber indagado acerca de la
actividad que Breuning desarrolló después de su llegada a
Pittsburgh e invitaban a Leon a iniciar una investigación formal
dada la gravedad de las irregularidades cometidas. El presidente,
hombre de mundo, no fue tan rápido, y no se dejó impresionar por
el tono alarmante del informe. Dejó que éste descansara en su
archivo durante cinco meses y el 6 de julio de 1984 le escribió a
Lorraine Torres una carta en la que, al mismo tiempo que olvidaba
informarle que Breuning había confesado haber escrito información

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falsa en el famoso resumen, especificaba que no habían surgido


«responsabilidades serias relativas a la actividad que Breuning
había desarrollado en Pittsburgh» y que por lo tanto «no existía
motivo alguno para proceder en su contra».
La Medical School of Pittsburgh condujo, pues, una investigación
superficial a partir de la cual, sin embargo, se dio cuenta de que
Breuning era culpable de falsificación científica. En lugar de
profundizar para conocer con exactitud cuáles eran las
investigaciones falsas, obligó a Breuning a dimitir sin acusación
pública alguna dándole la oportunidad de obtener, en abril de 1984
(es decir un mes después de la conclusión de la indagación en su
contra), un buen puesto como jefe del servicio de psicología en el
Polk Center del departamento de Salud Pública de Polk,
Pennsylvania, donde se convirtió en el responsable del tratamiento
terapéutico y de las decisiones respecto de la cura de niños
minusválidos.
Nadie parecía, pues, interesado en informar a los médicos y a los
pacientes que las terapias que Breuning promovía eran peligrosas y
no debían aplicarse porque se apoyaban en datos científicos falsos.
Sprague era, al parecer, el único en preocuparse: bombardeaba con
cartas a las revistas e instituciones pero nadie parecía darle crédito.
Su batalla quijotesca comenzó lentamente a fastidiar a las
autoridades.
En agosto de 1984 el NIMH decidió finalmente llevar adelante por
cuenta propia una investigación y encargó a James Schriver la tarea
de reunir material e información para una comisión que se

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nombraría al año siguiente. «El primero en sufrir las preguntas de


Schriver», ha relatado Sprague, «fui yo mismo». Durante dos
semanas el sabueso del NIMH se instaló en su estudio y lo exprimió
como un limón. Sprague tuvo paciencia; respondió a todas las
preguntas y entregó 394 páginas de documentos. No se le imputó
nada seriamente, pero se le criticó por no haber vigilado más de
cerca la actividad de Breuning. El resultado: la renovación de la
financiación de sus investigaciones se postergaba hasta que la
comisión (que aún se encontraba trabajando) concluyera su trabajo.
Era una forma no tan velada de hacerle comprender que debía
comportarse si no quería tener problemas. Pero Sprague no se
quedó tranquilo: quería por todos los medios que los familiares de
los pacientes tratados con el «método» Breuning estuvieran sobre
aviso, que las revistas en las que habían aparecido sus artículos
informaran a los lectores que muy probablemente contenían datos
falsos, y que entre tanto se pasaran por un tamiz todas las
investigaciones de Breuning y su esposa. El resultado fue que sus
financiaciones sufrieron una reducción del 15 por ciento.
Mientras tanto, «la justicia» académica seguía su curso. En febrero
de 1985 el NIMH había nombrado finalmente una comisión de
investigación presidida por Arnold J. Friedhoff, conocido psiquiatra
de la Universidad de Nueva York, de la que formaban parte un
psicólogo de Yale, Edward Zigler, Herbert G. Vaugham, director de
un centro de estudios acerca del retraso mental, y otros dos
psiquiatras, C. Keith Conners y Richard I. Shader. Después de dos
años de trabajo, el 20 de abril de 1987, la comisión presentó ante el

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NIMH su informe que era muy severo, no sólo respecto de Breuning,


sino también contra las autoridades académicas de Pittsburgh que
habían tratado de ocultar el caso. El veredicto era duro:
Es conclusión unánime de este comité que Stephen E. Breuning,
consciente, intencional y repetidamente se ha involucrado en
prácticas desviadas ofreciendo resultados falsos de investigaciones
financiadas con fondos del Public Health Service; que no ha llevado
a cabo las investigaciones que describe, y que sólo se han estudiado
pocos sujetos experimentales de la totalidad descrita en las
publicaciones e informes; que no se ha aplicado jamás el complejo
diseño y las rigurosas metodologías que aparecen en esos informes.
El doctor Breuning ha descrito también en forma falsa, consciente o
inconscientemente, los lugares en los que las supuestas
investigaciones se llevaron a cabo. A partir de todos estos hechos
este comité concluye de forma unánime que el doctor Stephen E.
Breuning es responsable de una conducta científica seriamente
desviada.
El mismo comité reconoció que Breuning había trabajado con la
complicidad y la ayuda de su esposa Vicky Davis, cuyo sueldo se
había pagado directamente con fondos de la financiación MH-
32206.
Una de las irregularidades más sorprendentes que surgieron
durante las investigaciones se refería a una de las publicaciones de
Breuning. En ella se presentaban datos de experimentos de diez
pacientes estudiados en el Oackdale Regional Center for
Developmental Disabilities en Lapeer, Michigan, pero los

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funcionarios de ese instituto declararon luego que los únicos


pacientes que Breuning había estudiado en aquella época eran
peces y ratones.
Sprague creía que su batalla había terminado, que el NIMH haría
públicos los resultados de las investigaciones tanto ante el mundo
científico como ante los familiares de los pacientes minusválidos
sometidos a la terapia farmacológica, e imaginaba que las revistas
que habían publicado los artículos de Breuning informarían a los
lectores que cuanto hasta el momento había publicado quien una
vez fuera un prometedor joven psiquiatra, no era sino fruto de la
fantasía. Pero las cosas no se presentaron exactamente de ese
modo. Transcurrieron los meses y el informe de la comisión seguía
en los archivos del NIMH. Mientras tanto, la aprobación para la
financiación de Sprague pasaba por los diferentes despachos del
instituto. El anciano profesor, que además debía ocuparse de su
esposa gravemente enferma, estaba afligido y dado que no quería
darse por vencido, decidió dirigirse a la prensa. En noviembre de
1985 relató toda la historia a Barbara Culliton, una redactora de
Science, pero fue Constance Holden quien escribió el artículo en
febrero de 1986. Sin embargo, después de varios meses el artículo
no apareció publicado. Cuando Sprague llamó a la revista para
tener noticias recibió tan sólo respuestas evasivas. Aquel artículo
permaneció dormido en un cajón durante otros diez meses.
Mientras tanto, en diciembre de 1986, Sprague le contó la misma
historia a Daniel Greenberg, redactor de la revista Science &
Government Report. Greenberg llamó a Science y manifestó su

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intención de contar no sólo el caso Breuning sino también la


historia de la autocensura del periódico que había impedido la
publicación de un artículo que ya se había escrito. Science decidió
publicar el artículo de inmediato. Veintitrés días después el NIMH
hizo circular entre los interesados directos un borrador del informe
Friedhoff, que no tuvo difusión definitiva hasta abril de 1987.
El asunto era ya de dominio público: la revista Newsweek se refirió
a él, y todos los protagonistas de la historia (con excepción de
Breuning, que había grabado sus intervenciones) participaron en la
transmisión de un famoso programa radiofónico de la cadena CBS,
«60 Minutes», que llevaba por título «The facts were fiction» [Los
hechos eran ficción], Al finalizar la transmisión, el presentador,
Morley Safer, le pidió a Thomas Gualtieri su opinión como
psiquiatra acerca del comportamiento de su antiguo colaborador.
«No se necesita un psiquiatra», respondió Gualtieri, «pienso que se
trata de un mentiroso congénito y de un falsificador, pero esto no es
un diagnóstico psiquiátrico».
Sólo en ese momento se despertó la conciencia puritana de Estados
Unidos. En abril de 1988 el Congreso nombró dos comisiones
encargadas de investigar el problema de los fraudes científicos. Una
estaba presidida por el demócrata Tedd Weiss, y la otra por el más
temible John Dingell, diputado en Michigan por el mismo partido.
Ambas comisiones discutieron ampliamente el caso Breuning que ya
había llegado a los tribunales. Bajo el auspicio del Departamento de
Justicia, Breuning debió comparecer el 15 de abril de 1988 ante un
«Grand Jury» federal en Baltimore, Maryland. El juez Beckinridge L.

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Willcox, en ese momento procurador por el distrito de Maryland


(figura que actúa como juez competente en todos los fraudes
cometidos contra el NIH debido a que esa institución tiene su sede
precisamente en Bethesda, Maryland), lo acusó de haber violado en
más de una ocasión el False claims act, ley que impide presentar
información y documentación falsa ante institutos gubernamentales
con el fin de obtener financiaciones, y de haber obstaculizado las
investigaciones a su cargo declarando en falso durante los trabajos
de la comisión Friedhoff.
Frank A. Kaufman, el juez del distrito, emitió la sentencia el 10 de
noviembre de 1988. Breuning fue encontrado por la corte federal
culpable de haber falsificado sus propias investigaciones. La
Universidad de Pittsburgh reembolso a los National Institutes oí
Mental Health más des 163.000 dólares, que era el monto de los
fondos que la universidad había recibido para financiar las
investigaciones de Breuning, que por su parte debió restituir 11.352
dólares por el sueldo recibido, y además sufrió la condena de 60
días de arresto domiciliario, 250 horas de servicios para la
comunidad, y 5 años en los que se le prohibía el ejercicio de la
investigación en el campo de la psicología. El texto de la sentencia
concluía con este párrafo: «Stephen E. Breuning ha manchado de
forma seria y considerable la propia reputación de científico y la de
numerosas personas que trabajan intensa y anónimamente desde
hace años sin obtener reconocimiento alguno. Ha provocado daños
en la carrera de personas inocentes que sufrieron sus engaños.
Esperamos que su pública humillación y las sanciones establecidas

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por esta corte le lleven a reflexionar junto a aquellos que comparten


sus opiniones y actitudes acerca de la gravedad de sus acciones a
fin de prevenir la repetición de casos similares».
Finalmente se había hecho justicia, y también Sprague obtuvo un
merecido reconocimiento por su extensa batalla: en enero de 1989
la American Association for Advancement of Science le otorgó el
Scientific Freedom and Responsibility Award.
Gallo: el camino del engaño no conduce a Estocolmo
Los últimos coletazos de la historia de Breuning coincidieron con
otros dos escándalos de proporciones mucho mayores que
involucraban a dos protagonistas de la ciencia norteamericana: el
premio Nobel David Baltimore y Robert Gallo. Este último había
estado muy cerca de obtener el mismo tipo de reconocimiento por
un descubrimiento que hoy sabemos, gracias a su propia confesión,
que no es suyo: el del virus responsable del SIDA. Después de que
una investigación oficial convocada por la Office of Scientific
Integrity, organismo del NIH nacido en la primavera de 1989 a fin de
investigar los engaños y estafas cometidos por los científicos
norteamericanos, ha afirmado que los norteamericanos se
atribuyeron el descubrimiento del virus del siglo precisamente a
través de comportamientos poco honestos y engaños graves (no se
sabe aún si fue él mismo o su colaborador Mikulas Popovic quien
los llevó a cabo), ya nadie cree que Gallo pueda llegar a ser invitado
a Estocolmo.
La historia comienza a fines de 1979 cuando dos médicos
californianos, Joel Weisman y Michael Gottlieb, observaron los

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primeros casos de una nueva enfermedad que presentaba síntomas


parecidos a la mononucleosis, con fiebre, adelgazamiento e
inflamación de las glándulas. Se formó inmediatamente un equipo
bajo la dirección del doctor James Curran del Center for Diseases
Control (CDC) de Adanta, el centro epidemiológico más grande y
eficiente que existe, con el objeto de clarificar la naturaleza del
enigmático mal que parecía preferir a los homosexuales.
Antes de finales de 1981 los investigadores de Curran se
convencieron de que se trataba de una enfermedad infecciosa que se
trasmitía probablemente por vía sexual. En ese momento la
enfermedad no tenía todavía un nombre científico, se hablaba de la
«neumonía gay», o del «cáncer gay», e incluso de la «peste gay», pero
desde los ambientes más doctos comenzaba también a difundirse
una sigla, GRID (Gay Related Immune Deficiency). En cualquier caso
todos los nombres contenían la palabra «gay» para subrayar que se
trataba de una enfermedad reservada a los homosexuales. El
término GRID, que sonaba ofensivo para los diecisiete millones de
homosexuales hombres y mujeres que en ese momento vivían en los
Estados Unidos, se cambió por AIDS (SIDA), que significa Acquired
Immuno Deficiency Syndrome (Síndrome de Inmuno Deficiencia
Adquirida), después de que se encontrara en Denver, Colorado, el
primer paciente no homosexual que había contraído la enfermedad.
Era un pacífico padre de familia de cincuenta y nueve años, un
hemofílico que evidentemente se había infectado a través de una
transfusión de sangre que se le realizaba en forma periódica. Su
caso demostraba que la nueva enfermedad no se restringía

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solamente a los homosexuales, podía atacar a cualquiera y se


trasmitía como la hepatitis. Desde ese mismo momento comenzó a
pensarse que su origen fuera un virus, como ocurre en el caso de la
hepatitis. En ese preciso instante entra en escena Robert Gallo.
Gallo es un italoamericano de segunda generación cuya familia —
según pone de manifiesto en su reciente autobiografía Virus hunting
(«A la caza del virus»)— no era pobre como la mayor parte de los
inmigrantes, ni provenía «de la parte pobre del sur de Italia que se
llama Mezzogiorno». Su abuelo, Domenico Gallo, era un hombre
próspero y además piamontés. No se vio obligado a emigrar por
necesidad, sino para coronar, oponiéndose a la voluntad familiar, su
sueño de amor con una calabresa. Así llegó a Waterbury en
Connecticut donde, sin embargo, adquirió una casa «lejos del barrio
de los italianos». Es decir que no tenía nada que ver con los
indecentes «comedores de spaghetti» que poblaban la little Italy de
las ciudades norteamericanas. Este distanciamiento de sus orígenes
italianos le resultó poco honorable y simpático incluso al mismo
Michael Specter que ha reseñado en forma severa el libro para la
revista New York Review of Books. Sólo en un momento la
autobiografía de Gallo asume un tono abierto y sincero: cuando
describe el dolor que le causó la muerte de su hermana Judy,
víctima de la leucemia, desgracia a la que atribuye su vocación
científica.
Es cierto que su carrera estuvo siempre relacionada con las
enfermedades de la sangre y en particular con la leucemia.
Inmediatamente después de terminar sus estudios ingresó en los

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NIH como colaborador de Seymour Perry, que dirigía estudios de


biología de las células tumorales humanas en el National Cancer
Institute, uno de los institutos más antiguos y prestigiosos de los
NIH. Después de haberse hecho un lugar allí y de aprender las
técnicas de biología molecular con Ted Breitman y Sidney Pestka,
obtuvo a partir de 1970 un despacho propio y en 1972 ocupó el
puesto de Perry, cambiándole el nombre a su estructura, que se
convirtió en el Laboratorio de Biología de las células tumorales.
Más tarde ha confesado: «Tuve suerte al llegar al NCI precisamente
en esa época. En 1971 la administración Nixon aprobó el National
Cancer Act y los fondos para las investigaciones acerca del cáncer
gozaron de prioridad nacional, lo que me aseguraba la posibilidad
de conservar el puesto y los medios para continuar las
investigaciones».
Al principio, los experimentos de Gallo consistían en cotejar, desde
el punto de vista bioquímico, células normales y células cancerosas;
estudiaba una encima en particular, el ADN múltiple (polimerasis),
con la esperanza de demostrar que era responsable del desarrollo
anormal de las células leucémicas. A comienzos de 1970
comprendió que estos y otros experimentos que estaba realizando
no le llevarían a ninguna parte. Decidió entonces cambiar de
rumbo. «Pero», ha confesado luego, «no podía decidir qué estudio
emprender». En mayo de 1970, durante un congreso en Houston, se
encontró por primera vez con los retrovirus, una clase de virus muy
particular, los gérmenes más peligrosos para el hombre. Gallo no
sabía nada de virus, y mucho menos de retrovirus o de las técnicas

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de virología, pero de todos modos decidió «reconvertirse». Entró así


en un campo que hasta entonces había sido completamente extraño
para él: el que estudia los microorganismos que causan las
enfermedades infecciosas.
Hasta hace treinta años se creía que todas las enfermedades virales
eran infecciones que se desarrollaban muy deprisa, luego de una
incubación relativamente breve, para evolucionar más tarde de
forma aguda. Se pensaba que, durante estas enfermedades, el
germen se multiplicaba invadiendo al paciente mientras este último
desarrollaba una determinada inmunidad, y que los éxitos posibles
eran esencialmente dos: la eliminación del intruso, como sucede
normalmente en el resfriado, o la muerte del paciente. En 1945 se
descubrió la existencia de virus que provocan infecciones muy
lentas: por eso se las llamó slow virus, o virus lentos. Además de
lentos, algunos de estos virus poseen otras dos características:
recorren parte de su ciclo biológico hacia atrás, en particular la
información genética (que normalmente pasa del ADN al ARN) sigue
en ellos exactamente el camino opuesto y por eso llevan el nombre
de retrovirus. La segunda característica es que algunos pueden
provocar cáncer en los animales. Gallo fijó su atención precisamente
en estos virus, con la esperanza de lograr demostrar que alguno de
ellos podía ser el causante del cáncer en el hombre. El camino que
eligió para llegar a este descubrimiento era al mismo tiempo simple
e ingenioso.
Debido a que los virus de este tipo son prácticamente invisibles, la
única forma de evidenciar su existencia es individualizar la

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transcriptasa inversa, la enzima que causa ese curioso y particular


funcionamiento «a marcha atrás». Sin embargo todo parecía más
fácil de lo que era en realidad. La mayor dificultad que presenta este
tipo de investigaciones es que las células infectadas mueren mucho
antes de que se las pueda analizar para saber cuál es la causa que
determina su muerte. La investigación puede tener lugar sólo
mediante una estrategia que permita la supervivencia de las células
infectadas. En 1976 Gallo pudo superar esta dificultad. Junto con
sus colaboradores, Francis Ruscetti y Doris Morgan, descubrió un
factor de crecimiento bautizado con el nombre de «interleucina 2»
que, unido a las células leucémicas enfermas, aseguraba la
supervivencia por largos períodos, de modo que permitía poner en
evidencia con toda tranquilidad la eventual presencia de la
transcriptasa inversa.
De esta forma Gallo pudo llevar a cabo sus investigaciones y
rápidamente descubrió el primer retrovirus causante del tumor en el
hombre. Para resaltar aún más su descubrimiento, decidió
presentarlo durante un importante congreso científico que tuvo
lugar ese mismo año en Hershey, Pennsylvania. Pero en lugar de
cubrirse de gloria, como había imaginado, se vio sometido al
ridículo. Los colegas que analizaron sus preparados se dieron
cuenta de que lo que Gallo había descubierto era en realidad un
retrovirus que provoca el cáncer en los monos, no en el hombre y,
para demostrar que Gallo había armado demasiado alboroto para
nada, denominaron su virus human rumor virus en lugar de human
tumor virus. En su autobiografía él afirma que el grave error se debe

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a un «incidente del frigorífico», que habría causado la contaminación


de sus preparados con un virus de mono. En todo caso logró elevar
su reputación como científico cuando en 1978 descubrió el HTLV-1,
el primer retrovirus humano que es el causante de una extraña y
fatal forma de leucemia. En 1982 descubrió otro perteneciente a la
misma familia y causante del mismo tipo de enfermedad y lo llamó
HTLV-2. Los descubrimientos de la interleucina 2 y de ambos
retrovirus humanos fueron sin duda hallazgos importantes que
permitieron a Gallo obtener el Lasker Award, un prestigioso premio
destinado a las investigaciones médicas creado por Mary Lasker, la
esposa de un gran publicitario que en los años veinte había lanzado
al mercado los cigarrillos Lucky Strike, y que de viejo se había
dedicado a la lucha contra el cáncer.
Sin embargo, no se trataba de una pista muy prometedora dado que
estos retrovirus no eran la causa de las leucemias más comunes y
difundidas. Además, a fines de los años setenta, ya se había
esclarecido que el origen viral del cáncer era un hecho secundario y
que el del retrovirus parecía un callejón sin salida. Se necesitaba un
nuevo cambio en los trabajos, pero esta vez Gallo no podía
comenzar desde el principio pues ya no se encontraba en los inicios
de su carrera. Debido a que comenzaban a aparecer fondos para las
investigaciones acerca del SIDA y nadie conocía aún la causa del
mismo, Gallo presentó su retrovirus, el HTLV. Lamentablemente se
equivocaba. Hoy sabemos que el virus del SIDA es un retrovirus y
ataca, al igual que los dos virus que Gallo descubrió, las células de
la sangre conocidas como linfocitos T4, pero es muy diferente y no

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pertenece a la misma familia. Por este motivo todas las


investigaciones de Gallo resultaron infructuosas.
Afortunadamente él no era el único que se había comprometido a
buscar las causas del SIDA. Trabajaban sobre todo algunos de sus
colegas de Bethesda en laboratorios que hasta entonces se
dedicaban como el de Gallo al cáncer, aunque también en Atlanta,
en el CDC, para el Dana Farber Cancer Institute, en el
departamento de biología de tumores de la Harvard School of Public
Health, y también el grupo del Instituto Pasteur de París, dirigido
por Luc Montagnier y Jean-Claude Chermann, que al menos
oficialmente tenía muy pocas posibilidades de lograr algún éxito
dada la escasez de medios que tenía a su disposición. Sin embargo,
como reconocen aún hoy los norteamericanos, fueron ellos
precisamente quienes dieron el paso adelante descubriendo cuál era
la causa del SIDA.
Gallo ha sostenido siempre que Montagnier y sus colegas carecían
de los conocimientos necesarios para descubrir si la causa del SIDA
era o no un retrovirus. «Montagnier», ha escrito en su autobiografía,
«tenía poca experiencia en retrovirus y ninguna, que yo sepa, en
retrovirus humanos». Esto no es verdad. La rubia colaboradora de
Chermann, Françoise Barré-Sinoussi, había aprendido en Bethesda
las técnicas usadas en las investigaciones del virus del ratón y
también a medir la transcriptasa inversa, precisamente en el
laboratorio de Gallo. Ella y Chermann habían trabajado luego en los
retrovirus que provocan el cáncer en el ratón y habían colaborado
con Montagnier en una investigación acerca de un retrovirus

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humano asociado al tumor del seno.


Ambos grupos partían con una paridad técnica, pero los
norteamericanos fueron quienes anunciaron, dos años después del
comienzo de sus investigaciones, el descubrimiento de la causa del
SIDA: se trataba, como ya se sospechaba, de un virus, y en
particular de un retrovirus, es decir, uno de esos agentes infecciosos
en los que Gallo era considerado un especialista. El investigador
norteamericano consideraba que se trataba precisamente del tercer
retrovirus humano, y por eso lo llamó HTLV-3. El anuncio del
descubrimiento se dio a conocer el 24 de abril de 1984 durante una
conferencia de prensa convocada en Washington por Margareth
Heckler, secretaria de Estado responsable de la sanidad y de
educación del gobierno de los Estados Unidos. La señora Heckler
declaró que Gallo y sus colaboradores Mikulas Popovic, Zaki
Salahuddin y Elizabeth Read entre otros habían aislado un virus
hasta ahora desconocido, y habían demostrado que era el causante
del SIDA. Al mismo tiempo, agregó Heckler, Gallo y su grupo habían
elaborado una prueba de diagnóstico que estaría disponible a partir
del mes de noviembre. Algunos días antes el NIH, ente del que
depende el laboratorio de Gallo, había presentado una solicitud de
patente para una prueba de diagnóstico serológico del SIDA. Era sin
duda un éxito notable y sin precedentes por la rapidez con la que se
había logrado.
Es una lástima que se tratase de un descubrimiento erróneo. Hoy
sabemos que el virus que causa el SIDA no es un retrovirus de la
familia HTLV, sino un virus lento de otra clase que se comporta de

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forma muy distinta a como lo hacen los dos retrovirus de la


leucemia que Gallo había descubierto y que, además, el verdadero
responsable ya había sido hallado por los franceses el año anterior.
Fue Montagnier y no Gallo quien descubrió la causa del SIDA. Pero
hay más. Cuando se completó el análisis del presunto virus
descubierto por Gallo, el HTLV-3, se vio que no se parecía en nada a
los dos retrovirus de la leucemia descubiertos anteriormente por el
mismo Gallo, sino que era del mismo tipo del que descubrieron los
franceses, era tan parecido a éste que se los podía considerar
idénticos. Gallo no había descubierto un nuevo virus, sino que
simplemente le había cambiado el nombre al de los franceses y
había intentado hacerlo pasar por un retrovirus como los que él ya
había descubierto. Todo hacía suponer que no se estaba frente a un
caso de plagio, sino frente a un verdadero robo o apropiación
indebida de virus.
Pero ¿cómo había podido suceder? La historia, en extremo
complicada, no se ha podido esclarecer por completo a través de las
distintas investigaciones efectuadas en el plano científico, y mucho
menos en el plano legal donde han tenido lugar las más
escandalosas escenas. Nos limitaremos a un informe basado en todo
aquello que se pudo verificar luego de ocho años de polémicas y
discrepancias judiciales y, sobre todo, después de que, en abril de
1992, el NIH diera a conocer los resultados de una cuidadosa
investigación llevada a cabo por la OSI.
Ante todo se ha aclarado por qué Gallo, teniendo a su disposición
los medios y los conocimientos disponibles en esa época, no logró

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adjudicarse el que podría ser considerado el descubrimiento del


siglo: Gallo no descubrió el virus del SIDA simplemente porque no
supo buscar. Partía de la convicción de que si la causa del SIDA era
un retrovirus, tenía que ser precisamente aquel que él había
descubierto, el HTLV. Estaba tan seguro de ello que le dio órdenes a
su colaborador, Prem Sarin, de medir la transcriptasa inversa en los
cultivos de glóbulos blancos infectados con el virus, de la misma
forma en que normalmente lo hacía con el HTLV. Debía esperar
unos treinta días antes de controlar si en las probetas aparecía la
transcriptasa inversa. Sabían que el HTLV aumenta en forma
indefinida la producción de esa enzima que no puede observarse en
detalle en pocas horas o días, sino mucho tiempo después de la
contaminación viral.
Ése fue un error fatal. Hoy sabemos que el SIDA se produce a partir
de un retrovirus que no es el HTLV. Pertenece a una familia por
completo diferente y su comportamiento es distinto: en lugar de
inducir a los linfocitos que ataca a producir indefinidamente una
transcriptasa inversa, los mata luego de algún tiempo y muere con
ellos. Es un retrovirus kamikaze, y para identificarlo la
transcriptasa debía medirse de inmediato y no después de un mes,
cuando no existía nada para medir, ya que tanto los virus como los
linfocitos estaban muertos.
Los franceses, que no tenían prisa ni prejuicios, analizaron con
mayor cuidado sus probetas, y se dieron cuenta enseguida de que el
extraño comportamiento del virus del SIDA no se correspondía con
el que Gallo había descubierto en el HTLV. El 3 de enero de 1983

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Montagnier había obtenido las células extraídas del cuerpo de


Frédéric Brugiére, un diseñador de moda de 33 años, identificado
con el anagrama Rub, que en diciembre de 1982 había presentado
síntomas de SIDA, enfermedad de la que murió en 1988. Se sabía
que había estado en Nueva York en 1979, que era homosexual y que
había mantenido relaciones con más de 50 personas al año. En las
células de este enfermo se encontró la transcriptasa inversa y los
investigadores franceses confirmaron ya el 25 de enero de 1983 que
habían encontrado la pista correcta. Observaron también que el
virus que habían identificado no se comportaba como lo hacía el
norteamericano. El 4 de febrero de 1983 Charles Dauguet fotografió
en el microscopio electrónico este nuevo virus. Las fotografías
exhibían, en efecto, diferencias morfológicas notorias respecto del
virus de Gallo. Sin embargo, el grupo de investigadores franceses no
compartía una opinión unánime. Algunos, como Jacques
Leibowitch, estaban convencidos de que se trataba del mismo tipo
de virus que habían aislado los norteamericanos.
Montagnier informó a Gallo del descubrimiento llevado a cabo en
París en una carta fechada el 2 de febrero de 1983. A partir de ese
momento Gallo comenzó a temer que los franceses hubieran
encontrado algo diferente y quizá más importante, y adoptó una
actitud defensiva. Insistía en que el virus de los franceses debía ser
necesariamente un retrovirus, una variante del HTLV. Por eso hizo
lo imposible para evitar que el descubrimiento francés no se
publicara solo, sino acompañado por una serie de artículos suyos y
de sus colaboradores. Los artículos aparecieron todos en la revista

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Science el 20 de mayo de 1983. El artículo francés estaba precedido


por un resumen que no formaba parte del manuscrito original y que
el mismo Gallo había escrito, respondiendo aparentemente a una
petición de la redacción de la revista. Decía: «Un retrovirus que
pertenece a la familia de los virus humanos de la leucemia
recientemente descubierto [vale decir los HTLV], ha sido aislado en
un enfermo blanco que presentaba una deficiencia adquirida». Los
otros artículos que formaban parte de ese número de la revista, casi
todos dedicados a los retrovirus, estaban escritos con el objeto de
minimizar la importancia del descubrimiento francés y de reafirmar
la idea de que la causa del SIDA era un virus del tipo HTLV.
Sin embargo, ni siquiera los franceses tenían en ese momento una
idea clara y precisa de las diferencias entre su virus y el
norteamericano. Pero ya en el verano de 1983 el virólogo
norteamericano Matthew Gonda demostró claramente que el virus
de los franceses no se asemejaba en nada al de Gallo y que parecía
más bien estar emparentado con retrovirus animales no oncógenos.
En los primeros meses de 1984 los franceses se dieron cuenta
también de que definitivamente su virus era muy diferente del
norteamericano y que era la única causa del SIDA.
Sin embargo, antes de que la noticia apareciera en una revista
científica y fuera de dominio público, atribuyendo a los franceses el
honor del descubrimiento del virus más temible de estos últimos
decenios, Gallo organizó la famosa conferencia de prensa en
Washington durante la cual el mundo supo que había sido él, Gallo,
y no Montagnier el descubridor del virus del SIDA y que éste no era

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el LAV de los franceses sino, como Gallo siempre había sostenido,


un virus del grupo HTLV que obtuvo el nombre de HTLV-3.
¿Quién tenía razón y cuál era el verdadero virus asesino? Hoy
sabemos, y lo reconoce el mismo Gallo, que la verdadera causa del
SIDA es el virus descubierto por Montagnier, y sabemos también
que el HTLV-3 no era otra cosa que el mismo virus de los franceses,
exactamente el mismo, al que se le había cambiado el nombre.
¿Cómo pudo suceder una cosa así? ¿Se puede suponer que Gallo
haya robado literal y deliberadamente el virus de los franceses? Y en
ese caso, ¿cómo lo hizo?
En su autobiografía, el investigador norteamericano sostiene que se
trató de otro freezer accident, de un accidente de frigorífico que
habría causado la contaminación de algunos de sus preparados con
otros que contenían el virus francés y que se conservaban en el
mismo frigorífico. Esta versión ha sido confirmada por Gallo durante
una entrevista publicada en Francia por el semanario L’Express y
en Italia por L’Espresso: «Puedo tan sólo confirmar», ha sostenido
Gallo, «aquello que sospechábamos desde 1987: fue un accidente de
contaminación de uno de nuestros preparados. El virus del Instituto
Pasteur, que por otra parte ha contaminado otros laboratorios, era
en extremo potente y colonizador. Ha invadido muchos de nuestros
cultivos. ¡Por suerte no todos! Teníamos otros preparados. Créame,
¡no teníamos necesidad alguna de robarle el preparado a otros!
Cada virus tiene su propia firma y se puede diferenciar con mucha
precisión. Esta estúpida polémica ha sido provocada solamente por
razones de patentes y dinero».

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De todos modos es cierto que Gallo tenía en su frigorífico probetas


que contenían el virus de Montagnier. De hecho, antes de aislar su
HTLV-3 Robert Gallo había obtenido en dos ocasiones muestras del
virus francés LAV La primera vez se las llevó en persona el mismo
Montagnier el 17 de julio de 1983, y la segunda se las enviaron
desde París el 23 de septiembre, tras el explícito pedido de uno de
los colaboradores de Gallo, Mikulas Popovic, un checoslovaco que
ha desempeñado un papel crucial en toda esta historia. Popovic
había firmado en su momento un recibo comprometiéndose a
reconocer la prioridad francesa y a utilizar el virus sólo para
investigaciones biológicas, inmunológicas y moleculares, y
especialmente a no hacer uso comercial alguno sin el previo
consentimiento del Instituto Pasteur.
Sin embargo, es lícito preguntarse si se trató realmente de un
accidente o si, en cambio, los investigadores norteamericanos no
hicieron más que cultivar la muestra recibida desde París. El
problema es comprender si Gallo y Popovic fueron verdaderamente
víctimas de un accidente, sin saber que tenían entre manos el virus
de los franceses, o si en realidad lo sabían y aprovecharon su
posición para ocultar toda prueba que demostrara la prioridad del
grupo de Montagnier y entonces, consciente y deliberadamente,
«robaron» el virus presentándolo como un descubrimiento propio e
independiente.
Para responder a esta pregunta se necesita ante todo verificar si el
LAV y el HTLV-3 son o no iguales. Hoy en día los científicos han
establecido más allá de toda duda que se trataba del mismo virus,

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pero hasta hace algunos años la cosa no estaba tan clara. A finales
de 1984 una serie de investigaciones llevadas a cabo en Inglaterra y
en los Estados Unidos demostraron que el virus de Gallo y el de
Montagnier eran tan similares que se podían considerar gemelos.
Sin embargo, en los primeros meses de 1991, Gallo analizó
atentamente algunos preparados del virus francés que aún
conservaba en su frigorífico y demostró que en realidad no se los
podía considerar idénticos ni a su HTLV ni al LAV de los franceses.
Para entonces Montagnier se vio obligado a controlar nuevamente
su virus y descubrió que en realidad las muestras que había llevado
a Estados Unidos y las que aún conservaba pertenecían a los
preparados del virus LAV originario (aquel que había encontrado en
las células de Frédéric Brugière), pero infectados por otro virus del
SIDA llamado LAI y que Montagnier estaba cultivando en su
laboratorio en 1983 precisamente mientras trabajaba en el
descubrimiento del LAV. Este segundo virus se reproducía a una
velocidad increíble y el paciente al que se le había extraído, un
estudiante que había contraído la infección en los Estados Unidos
en 1979, murió en 1984, vale decir poco tiempo después de haber
manifestado los primeros signos evidentes de la enfermedad. Este
segundo virus en extremo potente había colonizado e infectado al
virus LAV en el laboratorio del Instituto Pasteur. Lo que Montagnier
había llevado al laboratorio de Gallo eran pruebas del virus LAV
infectadas por el LAI.
Esto, sin embargo, lejos de excusar a Gallo, constituyó la prueba
definitiva de que él había redescubierto precisamente el virus de los

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franceses, dado que su HTLV-3 resultó ser un virus LAV infectado


por el LAI. A esta conclusión llega también el informe de la OSI dado
a conocer en abril de 1992. Es cierto entonces que Gallo usó para
sus estudios el virus de los franceses. Pero, ¿era consciente o no? El
investigador norteamericano ha sostenido siempre que no, y ha
intentado dar crédito a la hipótesis del desafortunado accidente,
pero una serie de «pruebas de indicio» parecen demostrar lo
contrario. Algunas de estas pruebas fueron recogidas por los
abogados que defienden al Instituto Pasteur en la controversia legal
con el gobierno norteamericano, pero la mayor parte ha sido
descubierta por John Crewdson quien, después de mucho trabajo,
publicó en el periódico para el que trabaja, el Chicago Tribune, un
suplemento especial de dieciséis páginas con toda la historia.
La primera prueba descubierta por Crewdson era una carta a la que
alguien le había quitado dos líneas muy comprometedoras. Matthew
Gonda, especialista en morfología viral en el centro de
investigaciones del cáncer de Frederik en Maryland, le había escrito
el 14 de diciembre de 1984 a Mikulas Popovic que en las fotografías
del microscopio electrónico de treinta y tres muestras de suero que
se consideraban infectadas por el virus del SIDA, éste aparecía
identificado tan sólo en las muestras 6 y 7. La copia de esta carta
formaba parte del informe desde el principio de la investigación,
pero le faltaban dos pasajes. En el texto original Gonda exponía con
precisión que las muestras 6 y 7, las únicas que presentaban el
retrovirus visible en el microscopio electrónico, habían sido
identificadas como HOT7/LAV y 717.4/LAV. Evidentemente, se

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trataba de los cultivos de Popovic infectados por la cepa viral de


Montagnier. Aún hoy nadie, ni siquiera la comisión de la OSI, ha
podido esclarecer quién fue el responsable de borrar de aquella
carta dos líneas tan comprometedoras para Gallo y sus colegas.
Ciertamente los franceses no tenían interés alguno en hacerlo.
En cambio, Gallo asumió la total responsabilidad de otra borradura.
Se trata de la supresión de los pasajes del artículo, publicado en
1984, en el cual los norteamericanos anunciaban el descubrimiento
del HTLV-3. La redacción original de ese artículo fue realizada en
gran parte por Mikulas Popovic que se había ocupado de la serie
más importante de los experimentos en los que había utilizado el
virus de los franceses. En esta primera redacción Popovic admitía
haber usado el cultivo del virus de Montagnier. Cuando el boceto
pasó por las manos de Gallo ese pasaje fue borrado y el investigador
norteamericano apuntó al margen: «Mika, are you crazy?», como
diciendo «¿eres tonto?». El informe de la OSI admite a regañadientes
que esta omisión por parte de Gallo aparece como un intento de
«self serving», es decir, de favorecerse y obtener ventaja ocultando
las contribuciones de los franceses, y debió reconocer que si bien no
se puede hablar de un verdadero engaño se trata de un caso de
«mala conducta», de un comportamiento científico poco correcto. La
justificación de Gallo parecía un poco artificial: afirmó que no podía
permitir que el artículo incluyera la cita del LAV a la que Popovic se
refería, desde el momento en que se le entregó el virus francés solo
para usos internos y con la cláusula explícita de que cualquier
resultado que con él se obtuviera no debía publicarse. Gallo se

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sirvió de las cláusulas (impuestas por los franceses en la famosa


carta precisamente para evitar que se ignoraran sus méritos) para
hacer exactamente lo contrario y dar la impresión de que el virus
que él había descubierto no tenía nada que ver con el de los
franceses.
Aún en el caso de aceptar esta justificación, queda otro elemento
muy sospechoso: los norteamericanos habían publicado una
fotografía del virus francés LAV haciéndola pasar por una imagen
del HTLV-3. Los artículos con los que el grupo de Gallo anunció al
mundo la victoria en la carrera por el descubrimiento del agente del
SIDA eran cuatro. Uno de ellos, cuyo autor principal era Yörg
Schüpbach, estaba dedicado a las técnicas de reconocimiento del
virus. El artículo estaba ilustrado con algunas fotografías que
mostraban al HTLV-3, al HTLV-1 y al HTLV-2 a fin de exhibir sus
diferencias. Algunos meses después de la publicación del artículo,
los abogados del Instituto Pasteur recibieron una llamada telefónica
anónima en la que se les informó que la microfotografía que
aparecía como la del HTLV-3 correspondía en realidad al virus LAV
de los franceses. De inmediato, una averiguación permitió confirmar
esta información. El mismo Gallo debió admitirlo y asumir la
responsabilidad ya que Schüpbach declaró que aquella fotografía
había sido incluida en el artículo por decisión de Gallo.
Todo resultó de inmediato muy sospechoso y la explicación que
Gallo dio luego no logró disipar por completo la impresión de que él
y su grupo habían hecho hasta lo imposible para apropiarse de los
resultados de las investigaciones de los franceses. En su

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autobiografía Gallo sostiene que la sustitución de las fotografías


ocurrió «de forma inadvertida» y en una nota a pie de página explica:
«Sucedió por error. Cuando Mika envió su trabajo acerca de los
cultivos celulares que contenían el LAV para las pruebas de
microscopía electrónica, les colocó una etiqueta con la sigla LAV.
Evidentemente el técnico y la sociedad que se ocuparon de
evaluarlas eligieron el LAV para una de las ilustraciones sin saber
que se trataba del virus del grupo del Instituto Pasteur». Se trataba
entonces de otro error que, sin embargo, como en el caso del
accidente del frigorífico citado anteriormente, daba una vez más la
impresión de que los únicos descubridores del virus del SIDA eran
los norteamericanos y no los franceses. Cuando accidentes y
errores, que son en principio hechos casuales, apuntan todos en
una misma dirección, al igual que cuando se ganan demasiadas
manos seguidas al póker, es lícito sospechar que existe alguien que
está haciendo trampa.
Sin embargo, la investigación de la OSI absuelve a Gallo del cargo
de fraude y hurto científico en perjuicio de los franceses. La
comisión de investigaciones ha verificado que en toda la historia se
cometieron un total de veinte incorrecciones que han tenido como
consecuencia una representación poco fiel de lo que en realidad
había sucedido. De estos veinte errores ocho tan sólo se
consideraron debidos a «mala conducta», es decir, a fraude o engaño
deliberado, y estas ocho fueron en su totalidad atribuidas a Popovic.
Gallo, en cambio, fue absuelto completamente de todos los cargos
graves y se le recriminó sólo el hecho de no haber reconocido

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durante mucho tiempo los méritos de los franceses y de no haber


controlado con atención el trabajo de sus colaboradores. Por este
motivo, Bernardine Healey, la nueva directora de los NIH, le convocó
y ante todos los directores de los distintos institutos de
investigación que de ella dependían, le invitó a que en el futuro
vigilara con más celo a los miembros de su grupo y le impuso un
año de «libertad vigilada» durante el cual un director de los NIH le
apoyaría en el control del correcto funcionamiento de su laboratorio.
Con total justicia el periódico francés Libération ha elevado una
protesta porque consideraba que la OSI había realizado una
«enquête maison», un sumario casero. Es innegable que el gobierno
estadounidense continúa defendiendo a Gallo y dado que es
evidente que esto ocurre por motivos económicos el ministro francés
de Investigación científica Hubert Curien ha amenazado con romper
el acuerdo que divide los derechos de la prueba diagnóstico firmado
por ambos gobiernos en 1987.
En diciembre de 1983 el Instituto Pasteur presentó en los Estados
Unidos una solicitud de patente para un equipo de diagnóstico que
utilizaba esencialmente la prueba ELISA, preparada por el grupo de
Montagnier. La solicitud se registró en forma regular y fue
analizada, y mientras tanto el Instituto Pasteur firmaba un acuerdo
con la sociedad norteamericana Genetic System Corporation de
Seattle para la producción de esta prueba de diagnóstico. En abril
de 1984 también los National Institutes of Health, administración
de la que depende el laboratorio de Gallo, presentaron, como se ha
señalado antes, una solicitud de patente para un equipo de

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diagnóstico serológico del SIDA. Su petición, en lugar de dormir en


los archivos como la solicitud francesa, obtuvo una aprobación
relámpago y la patente fue otorgada sólo un año después (US patent
4.520.113), mientras que la petición francesa quedaba en suspenso.
Esto le daba a los NIH el derecho de percibir un porcentaje sobre la
venta de todos los equipos de diagnóstico en los países del mercado
norteamericano. El importe anual de este porcentaje se estimó
alrededor de los cinco millones de dólares. Gallo y Popovic, como
autores del descubrimiento, han recibido por sus derechos en los
últimos años más de cien mil dólares anuales. Lo que resulta
inusual en toda la historia no es el tiempo transcurrido para que la
solicitud francesa fuera aceptada, sino la extraordinaria rapidez con
la que se resolvió la norteamericana. Los franceses con toda justicia
iniciaron una causa contra el gobierno estadounidense.
La disputa científica y legal entre los dos campos se resolvió
provisionalmente en marzo de 1987 con un acuerdo amistoso entre
el departamento de Salud de los Estados Unidos y el Instituto
Pasteur. Su importancia política era tal que la firma del acuerdo fue
anunciada en Washington por el presidente de los Estados Unidos
Ronald Reagan y por el jefe del gobierno francés Jacques Chirac.
Con ese acuerdo los franceses renunciaban a los procedimientos
legales y a la indemnización por los porcentajes ya cobrados por la
parte contraria; los norteamericanos, por su parte, aceptaban que
en su patente se incluyera el nombre de Montagnier junto al de
Gallo, que la prueba serológica se presentara como un invento
común, y que las dos partes dividieran los derechos.

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Ahora que ha quedado claro que los verdaderos descubridores del


virus del SIDA fueron los franceses, éstos reclaman la propiedad
completa de los derechos de explotación de la prueba. «Sin la
colaboración del Instituto Pasteur» ha declarado el ministro Curien,
«Gallo no habría podido ultimar su prueba». Sin embargo es de
esperar que los norteamericanos no acepten fácilmente volver a
negociar el acuerdo de 1987 y que todo terminará una vez más en
los tribunales. Como ya ocurrió en el pasado, no se excluye que en
el transcurso de las disputas legales surjan nuevos detalles acerca
de cómo Gallo, durante un tiempo, logró presentarse como el
verdadero descubridor del virus del SIDA. La historia aún no ha
terminado.

§. Baltimore: el Watergate de la ciencia norteamericana


Más estrepitoso aún es el caso que un editorial del New York Times
ha denominado el Watergate de la ciencia, en el que se ha visto
involucrado el premio Nobel David Baltimore. «El caso Baltimore»,
podía leerse en ese editorial, «recuerda en muchos aspectos al
escándalo del Watergate. Del mismo modo que el Watergate se inició
con un «hurto insignificante» y culminó con una vergonzosa
negación de los hechos, el caso Baltimore comenzó con aquello que
parecía ser un simple engaño de un científico y más tarde se
transformó en una generalizada y desesperada carrera por negar
cualquier deuda con cualquiera que tuviera el deber, por la posición
que ocupaba, de evitar errores y castigar injusticias».
David Baltimore es un apreciado virólogo y biólogo molecular, a

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quien en 1975 se le otorgó el premio Nobel de fisiología y medicina


junto a Howard Temin y Renato Dulbecco por «descubrimientos
relativos a la interacción entre los virus tumorales y el material
genético de la célula», como aparece en el nombramiento oficial.
Desde 1972 ha enseñado biología en el MIT. En 1982 se convirtió en
el director del Whitehead Institute for Biomedical Research en
Cambridge, Massachusetts. En octubre de 1990 fue elegido
presidente de la Universidad Rockefeller sucediendo a otro premio
Nobel, Joshua Lederberg. En 1968 contrajo matrimonio con Alice S.
Huang, una microbióloga de la Harvard Medical School con la cual
tuvo una hija.
Científico de fama reconocida y, al menos hasta hace poco tiempo,
altamente apreciado por sus colegas, Baltimore ha escrito acerca de
sí mismo en el Current biography yearbook. «Mi vida está
enteramente dedicada al avance del conocimiento. Nosotros los
científicos no necesitamos otra justificación. Mi más profunda
motivación es encontrar la cura contra el cáncer. Tal vez nunca
logremos encontrarla. Yo trabajo simplemente porque deseo
comprender». Una declaración tan noble contrasta claramente con
las deudas que se le atribuyeron durante el escándalo que le llevó
ante una comisión parlamentaria y más tarde ante un tribunal
federal.
Todo comenzó el 25 de abril de 1986 cuando la revista Cell publicó
un artículo firmado por Baltimore, David Weaver, Moema H. Reis,
Christopher Albanese, Frank Costantini y Thereza Imanishi-Kari.
Esta última, una japonesa nacida en Brasil pero naturalizada

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estadounidense, era la responsable de los experimentos relativos a


la parte central y más importante de la investigación objeto del
artículo.
Se trataba de una cuestión más bien esotérica. Hacia 1983 David
Baltimore comenzó a trabajar junto con Frank Costantini de la
Universidad de Columbia, en la creación del denominado «ratón
transgénico», es decir un ratón cuyo patrimonio genético había sido
modificado a través de la sustitución de uno de sus genes por otro
proveniente de una raza diferente de ratones.
Frank Costantini había comenzado en 1981 a realizar este tipo de
experimentos, que poseen extrema importancia ya que sobre ellos se
apoya la posibilidad de obtener la terapia más eficaz contra las
enfermedades hereditarias: la sustitución de los genes «erróneos»
por otros sanos. Sin embargo, en la actualidad esta perspectiva se
considera aún experimental ya que no es posible insertar genes
extraños en el punto exacto y no queda claro todavía qué tipo de
reacciones pueda desencadenar esto en el organismo,
particularmente, en su sistema inmunológico. El artículo trataba en
especial este último aspecto y sostenía que en el transcurso de los
experimentos descritos, el ratón que había recibido un gen extraño,
el transgen, había comenzado a producir altos niveles de
anticuerpos y en particular idiotipos, es decir secuencias de ácidos
nucleicos que permiten que los anticuerpos desarrollen su función.
Se afirmaba entonces, que el gen trasplantado no sólo había
producido células análogas a las del ratón donante, sino que
además había enviado al sistema inmunológico del receptor una

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serie de mensajes que habían permitido que estas células no fueran


reconocidas como extrañas y por tanto no fueran rechazadas.
Con respecto al mecanismo mediante el cual el supuesto efecto se
había verificado, los autores presentaban tres posibles
explicaciones, ya que sostenían que hasta el momento no tenían
datos que permitieran reconocer que una explicación era más válida
que las otras. El resultado obtenido era de todos modos importante
porque apoyaba la hipótesis de la existencia de un efecto regular
que había planteado Niels Jerne, quien había obtenido el premio
Nobel en 1984. Según esa hipótesis el sistema inmunológico está
gobernado por una red que se autorregula y depende de la creación
de anticuerpos anti-idiotipo, es decir anticuerpos contra los mismos
anticuerpos. Si el experimento descrito en el artículo hubiera
reforzado realmente esa hipótesis, habría representado una
importante contribución para la inmunología. Pero no era así. En
realidad, como reveló Margot O’Toole, una especialista que había
colaborado durante cierto tiempo en estas investigaciones, los
resultados del experimento discurrían por otros caminos y habían
sido «adaptados» en forma oportuna para hacerlos concordar con la
hipótesis de Jerne.
Margot O’Toole había obtenido su doctorado en inmunología en
1979 en la Universidad Tufts bajo la dirección de Henry Words. Más
tarde trabajó en Filadelfia donde obtuvo dos becas de estudio.
Finalmente, en 1985, se trasladó a Boston donde su marido había
obtenido un puesto en el MIT. Words fue quien le presentó a O’Toole
a Imanishi-Kari, quien necesitaba para sus experimentos a una

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persona que estuviera familiarizada con la tecnología de la


transferencia de material biológico de un animal a otro.
Al principio las dos investigadoras se llevaron maravillosamente.
Pero sus relaciones se tomaron más tensas después de que la mayor
parte de los experimentos llevados a cabo por O’Toole dieron
resultados opuestos a los de Imanishi-Kari. «Naturalmente yo pensé
que las diferencias se debían a errores míos y por eso repetí varias
veces mis experimentos. Todo ello», ha declarado O’Toole, «requirió
mucho tiempo y gastos de laboratorio y fue entonces cuando
Imanishi-Kari se volvió muy impaciente. Insistía en que las
diferencias se debían simplemente a mi incompetencia». Entonces
las relaciones entre las dos investigadoras se deterioraron tanto que
incluso se retiraron el saludo. Finalmente, O’Toole decidió cambiar
el tipo de investigación y abandonar Boston y el MIT. Logró obtener
un puesto en el departamento que dirigía Words en la Universidad
Tufts. Sin embargo, un año después también Imanishi-Kari dejó el
MIT y se trasladó a la Universidad Tufts.
Cuando en abril de 1986 se publicó el famoso artículo, O’Toole se
dio cuenta de inmediato de que los resultados que se presentaban
contrastaban de forma notoria con sus experimentos, cuyos datos
conservaba aún en diecisiete páginas. Por curiosidad volvió a
estudiar con cuidado aquellos apuntes. Había poco que hacer;
demostraban claramente que aquello que se afirmaba en el artículo
no podía ser cierto. Luego de consultar con una amiga (la
inmunóloga Brigitte Huber), O’Toole se dirigió directamente a
Wortis, su jefe, habló también con Herman Eisen del MIT, y

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finalmente con la ayudante del presidente del MIT, Mary Rowe. A


todos les dijo que aquel artículo estaba lleno de errores y que las
conclusiones a las que llegaba eran completamente erróneas.
Pero la Universidad Tufts y el MIT consideraron que se trataba de
una lucha personal entre dos señoras un poco histéricas y no
quisieron inmiscuirse. En la Universidad Tufts se creó una pequeña
comisión de investigación presidida por Wortis, quien además de ser
director de las investigaciones de O’Toole era muy amigo de
Imanishi-Kari e hizo lo imposible para apaciguar de forma pacífica
las diferencias. La comisión concluyó que se trataba simplemente de
dos formas distintas de evaluar los resultados de la investigación
pero que no existía motivo alguno para considerar que se habían
cometido errores, o peor aún falsificaciones, y que por lo tanto no
era necesaria una carta de corrección o de retracción.
A conclusiones análogas llegó también la investigación dirigida por
el inmunólogo Herman Eisen llevada a cabo por el MIT, que había
financiado la investigación científica. Sin embargo, las cosas
cambiaron bastante cuando entraron en juego Ned Feder y Walter
Stewart, conocidos ya como fraudbusters, es decir «cazadores de
fraudes», porque unos años antes habían comenzado a
desenmascarar los hechos turbios que involucraban a algunos de
sus colegas menos escrupulosos. Ned Feder tiene aproximadamente
sesenta años; obtuvo su título en 1953 en la Harvard Medical
School, donde también había sido profesor entre 1958 y 1967,
cuando entró como investigador en los NIH. Walter Stewart tenía
alrededor de cincuenta años; también él obtuvo su título en Harvard

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en 1967 y entró en el laboratorio de Feder en los NIH en 1968. Es


muy conocido por un artículo publicado hace algunos años en el
que describe un importante marcador que se utiliza para investigar
el sistema nervioso central. A principios de los años ochenta ambos
habían descubierto la vocación de fraudbusters y con esa nueva
investidura habían obtenido gran éxito, pero también habían
ganado muchos enemigos. Una de sus primeras indagaciones fue el
asunto Darsee, al que nos referiremos más adelante.
Informados por Charles Maplethorpe, un amigo de O’Toole, Feder y
Stewart obtuvieron una copia de las diecisiete páginas de las notas
de laboratorio que O’Toole había tomado durante el periodo en el
que había trabajado con Imanishi-Kari. Con la ayuda de estos
apuntes llevaron a cabo un cuidadoso análisis del artículo aparecido
en Cell y escribieron una extensa nota en la que sostenían que los
resultados que presentaba el artículo eran por completo erróneos e
injustificados. Sin embargo, esta nota no fue aprobada por los
supervisores de los NIH quienes consideraron que una crítica tan
seria no podía apoyarse tan sólo en diecisiete páginas de notas de
laboratorio. Feder y Stewart escribieron entonces a todos los
coautores del artículo para solicitarles una copia de sus datos de
laboratorio. En ese momento se desencadenó la batahola. Baltimore,
desde su autoridad de premio Nobel, escribió en una encendida
carta: «No os reconozco derecho alguno de erigiros en guardianes de
la corrección científica».
Pero Feder y Stewart no se rindieron; cogieron su manuscrito y en
mayo de 1987 lo enviaron, acompañado de un extensa carta, a cien

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investigadores entre los más importantes de los Estados Unidos


explicándoles entre otras cosas: «Nos ha sido vedado por los NIH
comunicar nuestros resultados a una revista incluso como
ciudadanos. Por este motivo quisiéramos saber vuestra opinión».
Mientras tanto se había desatado una guerra entre los órganos
directivos de los NIH y los dos fraudbusters. Se los acusó de haber
producido poco en los últimos años y de haber emprendido sin
autorización la nueva actividad de «detective». Las financiaciones de
las que gozaban quedaron reducidas y se vieron obligados a
abandonar su despacho para mudarse a un sótano. Ambos se
defendieron argumentando que el instituto trataba de utilizar la
disminución de su productividad como excusa para castigarlos por
la actividad desarrollada en descubrir los fraudes científicos. En la
carta que enviaron a sus colegas solicitaban también el apoyo y la
solidaridad en la lucha contra sus superiores.
Su intervención fue determinante para llevar la contienda a las
salas del Congreso de los Estados Unidos. Lograron demostrar que
las investigaciones realizadas en el MIT y en la Universidad Tufts no
se habían llevado a cabo de forma rigurosa. Por eso se promovieron
dos investigaciones parlamentarias, una que se reunió por primera
vez el 11 de abril de 1988, dirigida por el demócrata Ted Weiss, y
otra que comenzó a trabajar exactamente al día siguiente, dirigida
por John Dingell. En ese momento todo comenzó a complicarse.
Hasta entonces O’Toole había hablado simplemente de error. Pero
cuando la historia llegó a Washington en la comisión parlamentaria
comenzó a hablarse de fraude. Mientras tanto, la disputa se había

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extendido hasta involucrar prácticamente a todo el mundo científico


norteamericano. En mayo de 1987 también Baltimore había enviado
una carta a más de mil colegas contándoles su versión de los
hechos, no sólo para procurar contener el escándalo sino también
para presentarlo como un peligroso intento de provocar una crisis
en la investigación científica. En esta carta decía entre otras cosas:
«Creo que es muy importante que yo refiera estas cosas no sólo para
demostrar que ni yo ni ninguno de los otros coautores del artículo
podemos estar realmente comprometidos por este ataque, sino
también por otra razón mucho más importante: un pequeño grupo
de outsiders, en nombre de un supuesto, imaginario, error tiene la
intención de utilizar esta pequeña y normal disputa científica para
consentir la introducción de nuevas leyes y reglas en la actividad
científica, leyes y reglas que yo considero peligrosas para la ciencia
norteamericana».
Esta actitud de rechazo del control por parte del poder político hizo
que John Dingell se interesara por Baltimore. Stewart y Feder
convencieron a Dingell de que las universidades y las instituciones
que controlan la investigación científica no pueden autogobemarse y
corregir por sí solas los errores de funcionamiento. Dingell, que se
ocupa del tema desde hace años, está convencido de que el
problema de los fraudes científicos es muy serio y le acarrea a los
Estados Unidos grandes pérdidas económicas, sobre todo a causa
del encubrimiento que las universidades y las instituciones ofrecen
a los investigadores involucrados impidiendo las indagaciones y
ocultando los escándalos desde su origen. Esto era lo que habían

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procurado hacer las comisiones de la Universidad Tufts y del MIT y


lo mismo intentaron hacer los funcionarios de los NIH.
En junio de 1988 los NIH nombraron una comisión de expertos para
esclarecer estos problemas. Formaban parte de ella Joseph M.
Davie, Haugh McDevitt de Stanford y Ursula Storb de la Universidad
de Chicago. La comisión se dirigió de inmediato a Boston para
interrogar a los protagonistas de la historia y prometió un informe
en pocas semanas. En noviembre de 1988 circulaba una versión no
oficial aún de ese informe. Allí se afirmaba que no había surgido
elemento alguno que apoyase la hipótesis de fraude ni de mal
comportamiento científico. Baltimore, aunque se encontraba por
completo satisfecho, criticó algunas apreciaciones de la comisión,
mientras que O’Toole la reprobó en su totalidad. En enero de 1989
los NIH emitieron una especie de sentencia oficial, una «decisión
memorándum» firmada por el entonces director James B.
Wyngaarden, que absolvía plenamente a Baltimore y a sus colegas
de todo cargo o hipótesis de fraude o de mal comportamiento
científico, aunque aceptaba algunos de los graves errores que la
comisión había puesto en evidencia en el artículo.
Pero si ésa era la respuesta del mundo científico a las «injerencias»
de los políticos, se trató en realidad de un movimiento en falso que
consiguió el efecto contrario. A partir de ese momento Dingell hizo
de ella una cuestión de principio: Baltimore debía pagar para
demostrar que los científicos, aun siendo premio Nobel, no pueden
considerarse intocables. Estaba convencido de que, como se lo
habían demostrado Feder y Stewart, durante toda esta contienda se

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habían cometido distintas irregularidades y para verificarlo sin dejar


lugar a dudas hizo intervenir, dada su competencia, al servicio
secretos de Estados Unidos.
Los análisis de los servicios secretos proporcionaron los datos que
permitieron finalmente adjudicarles a Imanishi-Kari y a sus
coautores (incluido Baltimore) sus responsabilidades. Las
indagaciones comenzaron precisamente en agosto de 1988 por
petición expresa de Dingell. El jefe del grupo que analizó los
documentos era John Hargett. Éste y uno de sus colaboradores,
Larry Stewart, han demostrado ante todo que los datos de los
cuadernos de laboratorio fueron cambiados y que una página que se
creía escrita en 1984 se remontaba en realidad a dos años más
tarde. Otras cuatro páginas fueron escritas en 1986 e incluidas en
un cuaderno de 1984. Salieron a la luz otras muchas
manipulaciones. En la página 96 del cuaderno de los apuntes de
1984 la fecha del 10/12 se cambió por 1/10/1985; en la página 97
del mismo cuaderno la fecha 10/12 se había cambiado por
1/10/1985 con una tinta diferente, aunque de igual color. En la
página 89 la fecha 10/2 se cambió por la del 12/12.
A partir de ese momento se pudo empezar a hablar de un verdadero
fraude porque, independientemente de su contenido científico,
resultaba evidente que aquellos cuadernos habían sido
manipulados, es decir falsificados. Quien falsifica documentos, o
cualquier otra cosa, lo hace porque tiene algo que esconder. La
mayor parte de las veces se trata de una verdad que resulta
incómoda.

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El abogado de Imanishi-Kari, Bruce A. Singal, sostuvo sin embargo


que no se demostraba nada, excepto que su representada era un
poco desordenada y hasta ese momento el mismo Baltimore
continuaba defendiendo a su colega. Pero otras nubes oscurecían el
horizonte. Era cada vez más evidente que todas aquellas
manipulaciones de las notas de laboratorio se habían hecho para
ocultar algunos errores de naturaleza estrictamente científica. En
particular se deseaba encubrir que un reactivo no funcionaba como
se creía. Esto era en realidad algo que se sabía desde hacía tiempo y
el mismo Baltimore lo había admitido en una carta que enviara a
Eisen el 9 de septiembre de 1986, pero que siempre se había
procurado minimizar sosteniendo que el funcionamiento deficiente
de ese reactivo en definitiva sólo afectaba a una parte poco esencial
de los experimentos.
Pero los cuidadosos análisis llevados a cabo en su momento por
Feder y Stewart demostraban lo contrario: el funcionamiento
deficiente de ese reactivo, ocultado con sumo cuidado, comprometía
el valor de toda la investigación y se trataba además de la
manipulación y falsificación más importante, ya que había
permitido llevar la investigación misma hacia los objetivos deseados.
No se trataba, entonces, de errores o manipulaciones relativos a
detalles poco importantes, era todo el artículo y el significado mismo
de la investigación lo que aparecía como un gran engaño.
Sin embargo, a pesar de todo, Baltimore continuó defendiendo a
Imanishi-Kari y fue precisamente en esa ocasión en que definió a
Dingell como otro McCarthy, protagonista de una nueva caza de

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brujas y que veía a los científicos como acusados.


Sin embargo, cuando concluyeron los análisis de los servicios
secretos resultó que la falsificación de los datos científicos había
comenzado mucho antes de la publicación del artículo en 1986, y
había continuado en forma ininterrumpida hasta finales de la
década buscando ocultar las responsabilidades científicas que no se
limitaban en lo absoluto al famoso reactivo. Los análisis de las
notas de laboratorio dejaban en claro que algunos de los
experimentos fundamentales ni siquiera habían sido realizados.
El golpe final no lo dio en realidad la comisión parlamentaria
presidida por Dingell, sino que fue asestado por un segundo informe
emitido por los National Institutes of Health dado a conocer a fines
de mayo de 1991, que llegaba a la conclusión de que Imanishi-Kari
había falsificado o inventado los resultados de laboratorio, y
criticaba a Baltimore por haber procurado por todos los medios
alejar de ella toda sospecha, a pesar de que las evidencias en su
contra habían aumentado en los últimos tiempos, sobre todo
después de las investigaciones realizadas por los servicios secretos.
En una carta que acompañaba el informe, escrita por el nuevo jefe
de la OSI, Suzanne Hadley, se decía: «Imanishi-Kari ha presentado
repetidas veces datos e informaciones falsos y tendentes a confundir
a los NIH, a la Office of Scientific Integrity y a los expertos de las
comisiones encargadas de las investigaciones».
Sólo en ese momento Baltimore se dio cuenta de que se había
jugado la reputación por intentar de todas las maneras posibles (y
sobre todo explotando la autoridad que tenía por haber recibido el

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premio Nobel) defender y ocultar las falsificaciones de una estudiosa


sin escrúpulos, que resultaron no ser pocas ni irrelevantes. El 22 de
marzo de 1991, apenas se dieron a conocer informalmente los
resultados de la investigación, declaró a los periodistas: «Yo les
pediré hoy mismo a los otros coautores que se retracten del artículo
completo. Y le dejo a Thereza Imanishi-Kari la responsabilidad de
explicar lo que ocurrió».
Pero ya era demasiado tarde para tomar distancia y la comunidad
científica estaba convencida de que Baltimore la había engañado. El
editorial de la revista Nature del 12 de diciembre de 1991 llevaba el
elocuente título de: «La derrota de Baltimore es una derrota para la
investigación». Al premio Nobel se le acusaba, justamente, de no
haber controlado el trabajo de sus colaboradores, luego de haberlo
defendido a pesar de ser consciente de los errores y de las
falsificaciones cometidas, de no haber querido reconocer (a pesar del
ruego explícito que le dirigió Paul Doty en las páginas de Nature)
que son los «sénior authors», es decir: los autores más famosos de
las publicaciones científicas, quienes tienen la responsabilidad de
aquello que se publica porque su nombre constituye una garantía y,
finalmente, se le culpaba de haber involucrado a la comunidad
científica en una batalla injusta y equivocada.
Estas críticas fueron las que, en diciembre de 1991, empujaron a
Baltimore a presentar su dimisión como presidente de la
Universidad Rockefeller y que acabaron definitivamente con su
carrera como directivo de la ciencia. Ninguna universidad aceptaría
ahora otorgarle cargos directivos y él mismo decidió regresar a la

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investigación pura.
Milanese: ¿un castigo ejemplar?
En marzo de 1986 algunos investigadores que trabajaban en el
laboratorio que dirigía Ellis Reinherz en el Dana-Farber Cancer
Institute de Boston anunciaron el descubrimiento de una nueva
molécula que parecía amplificar las actividades vitales de los
linfocitos T de las células de la sangre responsables de la inmunidad
celular. La molécula era una linfocina y se le dio el nombre de
«interleucina A-4». El descubrimiento se presentó en dos artículos
aparecidos en Science y en ^.Journal of Experimental Medicine, en
los que se especificaban el peso molecular (entre 10 y 12 kilodalton)
y las características bioquímicas de la nueva molécula, así como
también su mecanismo de acción.
Se trataba de un resultado importante que tenía muchas analogías
con aquel ilustrado en el famoso artículo firmado por Baltimore,
Imanishi-Kari y compañía. La analogía más importante era, sin
embargo, que este resultado también era falso. No era cierto que se
había demostrado experimentalmente un aumento de las
resistencias^ de las defensas inmunológicas y no existía nada que
se correspondiera con la interleucina 4-A. En noviembre del mismo
año los autores del importante descubrimiento publicaron, siempre
en Science, una carta de retracción en la que, después de haber
explicado que no lograban repetir los experimentos originales,
afirmaban con claridad: «Por lo que sabemos no existe linfocina
alguna de 12 kilodalton con las características funcionales y la
actividad descrita en nuestro artículo». ¿Qué había ocurrido? Y ¿por

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qué esta vez, a diferencia de lo que había sucedido en el caso


Breuning o en el de Baltimore que tenía lugar en ese momento, se
retractaban en forma tan intempestiva? ¿Por qué nadie había
intentado ocultarlo?
Simplemente porque esta vez el responsable no era un famoso
investigador financiado por organismos federales como Gallo,
Baltimore o Breuning, sino que era Claudio Milanese, un joven
estudioso italiano de 27 años que poco tiempo antes había obtenido
su diploma y después de haber ganado una beca de estudios para
su doctorado en investigación, había sido enviado a Estados Unidos
para perfeccionarse. Los experimentos cruciales eran obra suya y
por ese motivo su nombre era el primero en la lista de autores de
ambos artículos. Cabe señalar, sin embargo, que mientras el
primero tenía sólo tres autores, Milanese, Neil E. Richardson y Ellis
E. Reinherz, el segundo llevaba seis firmas, señal de que se habían
dedicado al tema con diligencia. Todos querían estar en el tema de
la interleucina 4-A y otros dos artículos estaban listos para ser
enviados a Science y a los Proceedings of the National Academy of
Sciences. En el grupo de coautores el verdadero protagonista,
Milanese, pasaba a ocupar un segundo lugar. El mayor mérito se le
otorgaba obviamente al jefe, Ellis Reinherz, que se había apresurado
a convocar una conferencia de prensa (a la que Milanese no fue
invitado a participar) y en patentar la nueva sustancia. Se habían
puesto en marcha ya las conversaciones con una empresa
farmacéutica para la producción. Milanese no participó en todo
esto, tampoco se le informó si recibiría alguna compensación por su

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descubrimiento y a cuánto ascendería; sus colegas parecían


considerar el descubrimiento de Milanese como propio. Cuando,
terminado el plazo de su beca de estudio, se preparó para regresar a
Turin, nadie se preocupó por encontrar un medio para que se
quedara. ¿Quién podía imaginarse que los investigadores del Dana-
Farber iban a fallar donde había tenido éxito un doctorando
italiano?
Sin embargo, apenas se dieron cuenta de que en sus manos los
experimentos seguían otro curso, se apresuraron a llamarlo.
Milanese regresó a Boston y le recordó a Reinherz que ya antes de la
publicación del artículo de Science le había explicado claramente
que en los últimos experimentos no había obtenido éxito alguno. La
interleucina parecía haberse volatilizado: sus efectos ya no eran
visibles en los cultivos celulares. Reinherz estaba enfurecido y el
tímido y delgado Milanese temió por un momento lo peor. Luego su
jefe, conteniendo la furia, le invitó con gran decisión a que hiciera
una vez más aquellos malditos experimentos. Pero no hubo nada
que hacer: la interleucina no existía. Después de un mes Milanese
regresó a casa y Reinherz debió afrontar el problema de cómo dar
marcha atrás y poder salvar su imagen.
Afortunadamente la solución era fácil y se encontraba a mano: ¿el
descubrimiento no lo había hecho Milanese? Por lo tanto era él
mismo quien debía asumir toda la responsabilidad de lo que había
ocurrido, declararlo públicamente y aceptar el castigo
correspondiente. Para comenzar envió a Science la famosa carta en
la que se retractaba, luego llamó por teléfono al investigador italiano

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y le solicitó una carta-confesión a través de la cual quedara claro


que sólo él era el verdadero responsable de aquel engaño «que en
realidad», explica Milanese, «se había originado no sé bien si por un
error mío o por alguna infección del cultivo con el que trabajaba».
Hasta marzo de 1986 todos estaban preparados para llevarse parte
de los méritos de aquel error, que era en aquel momento el gran
descubrimiento, pero unos meses después Milanese fue el único
acusado de fraude.
Baruj Benacerraf, presidente del Dana-Farber, constituyó de
inmediato una comisión presidida por Stuart Schlossman que,
ateniéndose a la confesión del acusado, concluyó rápidamente sus
tareas confirmando que el único responsable del desagradable
incidente era el mismo Milanese. No sólo eso. Se escribieron cartas y
se hicieron llamadas telefónicas a Italia para entorpecer la carrera
de aquel joven demasiado influenciable que, dejándose condicionar
por la atmósfera de competencia que se respira en los laboratorios
norteamericanos, había demostrado que no poseía las cualidades de
un verdadero investigador. Sus jefes de Turin obligaron entonces a
Milanese a renunciar a su puesto de doctorado que había obtenido
luego de un concurso público de oposición y a abandonar la carrera
universitaria.
Castigo justo y ejemplar —se podría decir— pero si se compara la
historia con las de Breuning o la de Imanishi-Kari todo parece tener
otro color. Milanese podía negar haberse equivocado, falsificar los
cuadernos de laboratorio como Imanishi-Kari y exigir que Reinherz
lo defendiera. Pero no lo hizo. Comprendió que no debía defender la

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jactancia de un prestigio científico que no tenía y un descubrimiento


que sabía que era falso. Prefirió confesar de inmediato porque era
joven y deseaba aprender a ser científico, no a ser un charlatán o
un estafador. No lo comprendieron y utilizaron con él todo el rigor
que ninguna comisión científica haya usado jamás con alguno de
sus viejos zorros cuando fueron descubiertos en pleno engallo. Lo
desterraron del paraíso de la ciencia y no dejaron lugar a apelación
alguna de su parte. «No me arrepiento de haber dicho la verdad», ha
declarado Milanese, «ni de haber asumido más culpas de las que me
correspondían. Lo único que me reprocho es no haberme puesto
más firme y haber impedido que Reinherz publicara los resultados
de los experimentos que sabía que eran dudosos».
Milanese confesó como lo hizo Breuning. Pero la Universidad de
Pittsburgh en la que Breuning trabajaba se olvidó de la confesión e
intentó poner la historia en la penumbra porque con los engaños de
Breuning había cobrado 163.000 dólares. El Dana-Farber, en
cambio, no había ganado nada aún con el error de Milanese, por eso
Benacerraf no tenía interés alguno en defenderlo: ese joven podía
ser sacrificado para que sirviera de ejemplo a todos aquellos que se
dejaran llevar por la tentación de no decir la verdad.
Desde el punto de vista científico la responsabilidad de esta historia
es sólo de Reinherz. El caso Baltimore ha esclarecido
definitivamente que son los altos cargos quienes deben pagar por
los errores de sus colaboradores, no sólo porque, cuando todo va
bien, son ellos quienes se llevan los méritos, sino también y sobre
todo porque de ellos es la responsabilidad de dirigir las

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investigaciones y controlar con cuidado los experimentos y los


resultados antes de publicarlos. Actuando de este modo enseñan a
sus colaboradores más jóvenes lo que significa trabajar con espíritu
crítico, usar el cerebro para hacer ciencia. Milanese había ido a
trabajar con Reinherz para aprender a ser un buen científico,
cometió un error y Reinherz no sólo no supo corregirlo, sino que se
precipitó a publicarlo. Entonces, ¿qué es lo que aprendió el joven
Milanese en el prestigioso laboratorio norteamericano al que le
habían enviado sus profesores? Que la ley de la ciencia es: «Atrapa
un descubrimiento cualquiera que éste sea y como puedas», lema
que en ciencia equivale a «coge el dinero y corre».
A través de este camino del dinero, como veremos más adelante, se
puede comprender por qué hoy en día los científicos cometen más
fraudes que en el pasado, por qué los científicos norteamericanos,
engañan más que los otros y por qué colegas e instituciones parecen
estar tan interesados en encubrirles. No es casualidad, por ejemplo,
que los engaños que hemos relatado en este capítulo tengan como
protagonistas a científicos que trabajan en el campo de las ciencias
biomédicas. Ésta es el área de la investigación en la que
precisamente el gobierno de los Estados Unidos invirtió más dinero
en los últimos años y en la que aún hoy continúa invirtiendo.

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Capítulo III
¿La Ciencia con mayúsculas o el Embuste con mayúsculas?
Contenido:
§. «Jim, el honrado»
§. El sistema estadounidense
§. Si Atenas llora...
§. La ciencia como empresa infinita
§. El futuro de la ciencia

§. «Jim el honrado»
En 1968, año memorable en muchos aspectos, la editorial
norteamericana Athenaeum publicó La doble hélice, un libro en el
que James Watson contaba la historia y el trasfondo del
descubrimiento de la estructura del ADN por la que había obtenido
el premio Nobel en 1962. Dos años antes el mismo Watson había
hecho circular entre sus amigos el primer borrador del libro
entonces titulado Honest Jim (Jim el honrado). Este título recuerda,
por un lado, una novela de Kingsley Amis (Lucky Jim —Jim el
afortunado—), y por otro había sido elegido para definir, a través de
una expresión irónica, el modelo de científico competitivo y carente
de escrúpulos, que es precisamente la imagen que Watson ofrece de
sí mismo y de sus colegas en el libro. «Honrado» es de hecho un
adjetivo que en inglés se usa a menudo en sentido irónico para
describir a una persona que en realidad no lo es. Shakespeare, por
ejemplo, en Julio César pone repetidamente en boca de Antonio:
«Pero Bruto es hombre honrado», precisamente para insinuar lo

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contrario.
En aquel libro Watson confesaba que para alcanzar su objetivo y
llegar antes que sus competidores al descubrimiento de la
estructura del ADN se había comportado como un hombre
dispuesto a todo. Había esperado, por ejemplo, que su simpática
hermana pudiese servir de señuelo romántico a fin de poder ser
admitido en el laboratorio de Maurice Wilkins. Había aprovechado
luego la amistad de Peter Pauling para espiar al padre de éste,
Linus, ya premio Nobel y peligroso adversario; había logrado
también obtener información acerca de lo que estaban haciendo
otros competidores a través de uno de los miembros de la comisión
que había examinado, en lo referente a la financiación, su programa
de investigación.
Con características similares Watson representa a sus colegas
sacando a la luz las mezquindades, los defectos personales e
incluso, en muchos casos, la estupidez. Precisamente por este
motivo la Harvard University Press, que había firmado ya desde
hacía tiempo un contrato con el autor, rehusó publicar el libro
puesto que también en el ínterin Francis Crick y Maurice Wilkins,
los dos científicos que habían compartido el Nobel con Watson,
habían elevado algunas quejas y presionado para que se detuviera
la publicación. Cuando finalmente otro editor publicó el libro se
suscitó una avalancha de polémicas que rápidamente hicieron de él
un bestseller.
En la reseña para el Chicago Sunday Times Richard Lewontin, un
famoso biólogo de Harvard, sostuvo: «Watson ha contado la verdad

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acerca de las motivaciones y el comportamiento de los científicos y


esto ciertamente no ha resultado positivo para su imagen pública.
El mito del científico objetivo, altruista, consumido hasta la muerte
por el fuego de la curiosidad, esclavo del deseo de conocer es un
mito que de alguna manera ha sobrevivido al cinismo de nuestro
tiempo… La ciencia es una actividad competitiva y agresiva, la lucha
de un hombre contra otro hombre en la que el conocimiento es
solamente un subproducto». Y agregaba: «Si se hiciera alguna vez
una denuncia por difamación, debería ser toda la asociación la
encargada de presentarla». En efecto, en los ambientes científicos
internacionales se interpretó el libro de Watson como una especie de
traición porque destruía ante la opinión pública la imagen clásica y
mítica según la cual la ciencia está constituida sólo por intelectos
incorpóreos que avanzan hacia los descubrimientos a través de
pasos lógicos inexorables que se realizan lentamente con el único fin
de lograr el progreso del conocimiento. Jim el honrado, alias James
Watson, era el típico representante de una nueva generación de
jóvenes científicos insensibles, cínicos, amorales, y el ambiente en el
que trabajaba esta nueva generación había hecho suyas de forma
evidente la inexorabilidad y las refinadas técnicas de los negocios y
de la industria.
Sin embargo, nadie se dio cuenta en ese momento de la verdadera
importancia y magnitud de la revolución en la estructura social de
la ciencia de la que había nacido este nuevo tipo de científico. Todos
parecían estar convencidos de que la transformación de la ciencia,
de una actividad de aficionados a una profesión masiva, había

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aumentado simplemente la competitividad y ampliado los


paradigmas de los criterios morales vigentes en la comunidad
científica abriendo paso en este campo a defectos humanos que,
hasta entonces, se habían mantenido al margen de las academias y
laboratorios. Esta interpretación era en esencia correcta pero
olvidaba un hecho importante: la pérdida del desinterés, esa
característica por la que el científico del pasado tenía como objetivo
la búsqueda de la verdad sin tener en cuenta las ventajas que esa
búsqueda, y sus eventuales descubrimientos, habrían podido
acarrearle. Seguía considerándose que sólo una gran ambición de
honores y prestigio motivaba la competitividad carente de
escrúpulos de Jim el honrado y no se comprendía que esto era
cierto sólo en parte, ya que la gran estructura económica sobre la
que la ciencia ahora se erigía era la responsable de forzar y acelerar
la carrera frenética hacia el descubrimiento y la publicación.
Muy pocos advirtieron, por ejemplo, aquellos pasajes de La doble
hélice en los que Watson relataba las polémicas y dificultades que se
le presentaron al comité de la National Foundation que le había
otorgado una beca de estudio para llevar a cabo investigaciones que
debían desarrollarse en el laboratorio de Herman Kalckar en
Copenhague. El joven investigador encontró que los estudios de
bioquímica de Kalckar eran poco interesantes y después de haberlo
seguido hasta Nápoles a la famosa Estación Zoológica, decidió
cambiar de rumbo y comenzar a ocuparse de la estructura del ADN.
La conversión se desencadenó a partir de una fotografía que
Maurice Wilkins presentó en Nápoles en la que se observaba una

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imagen de la molécula del ADN obtenida mediante la difracción de


rayos X.
Precisamente en esa ocasión Watson pensó que podría explotar la
belleza de su hermana Elisabeth para ganarse la simpatía de
Wilkins, seguirle a Londres y entrar en su laboratorio, pero Wilkins
no tragó el anzuelo y Watson optó por el laboratorio de Max Perutz
en Cambridge donde a partir del mismo método se estudiaban, no
precisamente el ADN, sino grandes moléculas biológicas y en
particular la hemoglobina. Sin embargo, la comisión que le había
adjudicado la beca no aceptó el cambio de programa y se arriesgó a
permanecer sin apoyo económico cuando se trasladó sin
autorización desde Copenhague a Cambridge. En la página en la
que Watson trata las dificultades que encontró cuando intentaba
obtener la autorización de Washington, confiesa también haber
utilizado dos mil dólares para pagar dos elegantes vestidos que le
compró a su hermana en París.
La dependencia de los organismos y mecanismos de financiación
que sufría el investigador no sólo en el trabajo sino también en su
vida privada, pasó desapercibida en aquel momento. Pero hoy al
volver a leer aquellas páginas puede observarse que una de las
características principales del nuevo tipo de científico que Watson y
sus colegas encarnaban era que su trabajo se veía condicionado por
una estructura económica completamente diferente a la que había
avalado el trabajo de los científicos en el pasado. El encuentro en
Nápoles fue fundamental para orientar los intereses de Watson,
aunque para poder asistir a aquel congreso debió solicitar

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autorización a Washington, y lo mismo debió hacer antes de


trasladarse desde Copenhague hasta Cambridge. En el primer caso
la autorización le llegó con gran entusiasmo y generosidad, pero en
el segundo, que comportaba un cambio radical de programa,
Watson encontró fuertes resistencias: su «empleador» había decidido
pagarle por los estudios que estaba realizando en Copenhague y no
parecía interesado en absoluto en pagarle por lo que él tenía
intención de hacer en Cambridge. Su investigación, le comunicaron,
debía atenerse estrictamente al programa que había presentado
cuando había solicitado la beca.
Ninguno de los comentaristas de La doble hélice subrayó la
importancia de este hecho mediante el cual Watson ponía al
desnudo con extrema sinceridad la competitividad inescrupulosa
que reinaba ya entonces en el mundo científico. Era demasiado
pronto para darse cuenta de que el poder de control que ejercían los
organismos de financiación sobre la conducción de las
investigaciones anulaba la autonomía intelectual que los científicos
y los hombres de cultura habían pretendido tener respecto del poder
político.
Si al científico, considerado un diletante y un aficionado (en tanto
en cuanto se ocupaba de forma desinteresada de indagar los
fenómenos con los que se encontraba debido a su curiosidad), se le
había reconocido hasta entonces el derecho de trabajar en absoluta
libertad y autonomía, llegado un momento se le arrebató esta
libertad y se le impuso el cumplimiento de investigaciones
programadas y «con un fin determinado» (éstas fueron las nuevas

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palabras de moda) que subordinaban la investigación guiada por la


mera curiosidad a los objetivos prácticos que de ella se podrían
obtener. El gran mérito del libro de Watson era que presentaba con
claridad ante los ojos de todos el final de un mito, el del científico
puro, y anunciaba el nacimiento de otro tipo de científico, una
especie de «mercenario de la ciencia» como decía Diderot, fruto del
largo proceso que había transformado en una profesión como
cualquier otra a una actividad que siempre se consideró libre de
condicionamientos sociales y políticos y nunca perturbada por
intereses materiales.
La parábola que llevó al científico diletante a convertirse en un
profesional comienza simbólicamente en el año 212 a. C. cuando un
soldado desconocido de Claudio Marcelo mató a Arquímedes, el
matemático más grande de la Antigüedad, y termina el 2 de agosto
de 1939 cuando Einstein le informa a Roosevelt que los científicos
norteamericanos están preparados para construir la bomba más
potente que el hombre haya imaginado jamás. Arquímedes era, al
igual que Einstein, un personaje singular, excéntrico y poco
interesado en los aspectos prácticos de la vida. Parece que estaba
emparentado con la familia de Hierón que entonces reinaba en
Siracusa y que era originalmente muy rico, aunque luego despilfarró
toda su fortuna en divertirse. Estaba siempre tan absorto en sus
ideas que a menudo se olvidaba de comer o de bañarse. Pero una
vez —⁠cuenta la leyenda— precisamente cuando estaba tomando un
baño, se le ocurrió el principio conocido como «principio de
Arquímedes» (según el cual un cuerpo inmerso en un fluido está

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sujeto a dos fuerzas verticales opuestas). Entusiasmado por su


descubrimiento salió del agua y se puso a correr completamente
desnudo por las calles de Siracusa gritando «¡Eureka!, ¡Eureka!», es
decir «¡Lo he encontrado!»
Durante el asedio de la ciudad que duró casi dos años, del 214 al
212, se dice que Arquímedes inventó ingeniosas máquinas de guerra
para mantener alejado al enemigo: catapultas para lanzar piedras,
poleas y ganchos para alzar y destruir las naves romanas,
dispositivos ópticos para incendiarlas. Pero ni siquiera sus inventos
lograron detener a las legiones romanas que finalmente
conquistaron y saquearon la ciudad. Sin embargo, Arquímedes no
se vio turbado por el alboroto y, mientras los legionarios
incendiaban Siracusa, estaba tranquilo en el jardín de su casa
intentando resolver un problema dibujando figuras geométricas en
la arena. Cuando entró un soldado que tenía la orden de llevarle en
presencia del cónsul Marcelo, Arquímedes ni siquiera escuchó sus
palabras y le pidió que se apartara para no borrar sus dibujos. El
legionario irritado le mató con su espada, aunque tenía órdenes
expresas de Marcelo de no ejecutarlo. Arquímedes murió porque no
quiso escuchar la llamada y las órdenes del poder. Este gesto que le
costó la vida puede considerarse como el símbolo del completo
desinterés con el que los científicos trabajaron durante muchos
siglos.
Las cosas ya no eran así cuando, con un gesto igualmente cargado
de significación, Einstein invitó al presidente Roosevelt, mucho más
poderoso que el cónsul Marcelo, a instaurar «una relación

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permanente entre la administración y el grupo de físicos que se


ocupan de reacciones en cadena en Estados Unidos», para construir
«un nuevo tipo de bombas extremadamente poderosas». Cuando, en
aquel fatídico 1939, la ciencia golpeó a la puerta del poder, ya hacía
tiempo que los científicos no se comportaban como individuos
excéntricos y sin interés alguno en los aspectos prácticos y
económicos de su existencia. Vivían ya de su actividad, por la que
recibían una paga regular, algo de lo que Einstein fue el último en
lamentarse. A menudo expresó la opinión de que un científico
debería ganarse la vida como zapatero ya que, según él, no se puede
recibir un sueldo por descubrir teorías nuevas «porque los
descubrimientos no pueden hacerse a partir de órdenes» y,
agregaba, «si no descubro nada desilusiono a aquel que me paga y
recibo dinero por nada».
Uno de sus primeros biógrafos, Philipp Frank, insistió con especial
interés en este aspecto y escribió que Einstein demostró siempre
una particular aversión por las investigaciones que se emprendían
como una profesión. Pero era una opinión que ya no estaba de
moda: la ciencia se había convertido desde hacía tiempo en una
profesión, muy unida a la sociedad, a la política y a la industria por
fuertes lazos económicos. Junto con el sueldo, el científico había
creado obligaciones respecto de sus empleadores que, como
acertadamente sospechaba Einstein,, no tenían interés en pagarle
por descubrimientos que no habían sido ordenados. Los
descubrimientos debían hacerse de acuerdo con lo programado. El
empleador establecía qué y con qué medios debía estudiarse.

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Habían transcurrido veintiún siglos desde que Arquímedes había


muerto y muchas cosas habían cambiado. En la Antigüedad quien
se ocupaba de la investigación debía disponer de medios
económicos personales porque nadie estaba dispuesto a financiarle
un trabajo al que no se le reconocía importancia social alguna. Los
científicos (que todavía no se llamaban así) provenían en su mayor
parte de clases acomodadas pero aquellos que no disponían de
medios económicos suficientes se dedicaban, al menos
temporalmente, a otra profesión. Se respetaba como norma que esta
profesión no fuera la ciencia: no podían hacer ciencia con fines de
lucro. Parece que, por ejemplo, Hipócrates de Quíos, un matemático
(no confundirlo con su homónimo Hipócrates de Cos), sufrió la
expulsión de una escuela pitagórica porque había enseñado
geometría a cambio de dinero. El científico, para ser considerado
como tal en el mundo antiguo, debía ser, al igual que Arquímedes,
completamente independiente desde el punto de vista económico, de
forma que pudiera ocuparse del estudio de aquello que lo atraía o le
generaba curiosidad con total libertad y sin condicionamientos.
El investigador era en aquella época un diletante puro en el sentido
etimológico de la palabra, es decir, que ocupaba todo su tiempo en
cosas que no tenían nada que ver con la política, con el estado, con
los negocios o con la agricultura, y mucho menos, o en todo caso en
forma ocasional, como le ocurrió a Arquímedes, con la guerra. Se ha
señalado que aunque Arquímedes haya construido diferentes
máquinas de guerra no se le puede considerar un verdadero
ingeniero militar ya que todo aquello que dejó escrito tiene exclusiva

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relación con los resultados de sus investigaciones puras. Los


antiguos romanos llamaban otium, ocio, al tiempo que quedaba libre
después de las ocupaciones de la vida política y de los negocios, que
se denominaban negotia. El ocio podía dedicarse a los cuidados de
la casa, de las tierras o a los estudios, por eso la palabra pasó a
indicar luego estos mismos estudios y las investigaciones científicas.
Desde este punto de vista el científico antiguo puede considerarse
un «ocioso a tiempo completo», un hombre tan absorto en sus
estudios que no tiene tiempo para los negocios.
En la época de Galileo las cosas ya eran diferentes. Los ricos y los
nobles no tenían interés alguno en la investigación y los científicos
eran generalmente hombres necesitados que descendían de familias
burguesas, hijos de artesanos o comerciantes. Todos se veían en la
necesidad de procurarse medios de subsistencia para poder
garantizar la independencia necesaria para las investigaciones. Esto
podía obtenerse de distintas formas: se podía «ganar el victo», como
solía decir Leonardo, poniéndose al servicio de un rico mecenas que
podía ser un noble, un príncipe, o mejor aún un rey generoso como
Luis XII de Francia, que en 1507 le otorgó un sueldo fijo como
«pintor e ingeniero ordinario». Se podía intentar obtener también
una cátedra universitaria o emprender la carrera eclesiástica. Esta
última fue durante mucho tiempo la más apreciada y, sobre todo en
la Edad Media, la mayor parte de los científicos eran hombres de la
Iglesia como Alberto Magno, Copérnico, Ramón Llull, Roger Bacon,
Nicolás Cusano y Lucas Pacioli.
Es curioso que la forma menos interesante de ganarse el sustento

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sea la carrera universitaria. Tradicionalmente las universidades


tenían la tarea de preparar a sus estudiantes para las profesiones
eclesiásticas, jurídicas, médicas, mientras que las ciencias gozaban
de un espacio marginal y reducido porque no preparaban para una
profesión en particular, y el Estado estaba dispuesto a pagar por la
formación y la instrucción de los súbditos pero no para la
investigación pura. En aquella época no se podía pensar en
establecer una coincidencia entre la ciencia y la enseñanza como se
hace hoy en día. Los científicos consideraban que la profesión del
profesor era poco interesante, aburrida y que quitaba tiempo a la
investigación. Además se pagaba poco, mal y con criterios poco
rigurosos, dado que el concepto de «sueldo» no se había consolidado
aún. Por ejemplo, cuando Galileo comenzó su carrera como profesor
de matemáticas en la Universidad de Pisa recibía un sueldo de
sesenta escudos al año, mientras que Mercurialis, un profesor
famoso en aquel momento que sin embargo no dejó huella en la
historia de la ciencia, ganaba dos mil.
En definitiva, eran pocos los científicos que podían vivir sólo con el
sueldo de profesor, la mayor parte se veía obligada a aumentar las
entradas con diferentes trabajos. El más difundido era dar clases
privadas en casa y tener tal vez algún estudiante como pensionista
a cambio de dinero. El rédito de un científico medio no era muy
elevado y muchos vivían de forma miserable. El mismo Galileo tuvo
una vida continuamente agobiada por los problemas económicos.
En el período más significativo de su carrera, el de los dieciocho
años de enseñanza en Padua, percibía al principio de la República

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de Venecia un sueldo de ciento ochenta florines al año, paga que era


muy inferior a sus necesidades y que luego, a pesar de haber
aumentado a mil florines en 1609, era aún inadecuado para él y se
vio obligado a recurrir a la enseñanza privada transformando su
casa en una pensión en la que alojaba a casi veinte estudiantes.
Además había habilitado un pequeño taller en el que construía
instrumentos matemáticos que luego vendía. Era una vida dura que
no se modificó hasta 1610 cuando tenía cuarenta y seis años: fue
entonces cuando un antiguo alumno suyo, el archiduque Cosme II
de Medici, le llamó a Florencia como «Primer matemático del estudio
de Pisa y primer matemático y filósofo del archiduque de Toscana».
En una carta de 1609 Galileo explicaba por qué sólo la relación con
un príncipe mecenas podía permitirle trabajar con tranquilidad: «No
se acostumbra obtener sueldos de una República, aunque
espléndida y generosa, sin servir al público, porque para ser útil al
público hay que satisfacerle, y no sólo a un particular; y mientras yo
soy capaz de leer y servir, uno de la República no puede eximir-, me
de esta tarea, dejándome las ganancias; semejante comodidad no
puedo esperarla de otra persona que no sea un príncipe absoluto.
Pero dado que las lecciones privadas y los alumnos en casa serían
un impedimento y retraso para mis estudios, deseo vivir libre de
éstos; pero cuando deba volver a mi patria desearía gozar de ocio y
comodidad para poder poner fin a mis obras sin ocuparme de leer».
La palabra «leer» significa en este pasaje enseñar, y queda claro que
Galileo aspiraba a librarse casi por completo de las tareas de la
enseñanza universitaria a fin de poder dedicarse al ocio que no

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había tenido un precio tan alto para los científicos de la época de


Arquímedes. Galileo y los científicos de su generación eran «ociosos
part-time», que se veían obligados a afanarse para asegurarse la
independencia económica necesaria que les permitiera llevar a cabo
las investigaciones que más les interesaban y que nadie estaba
dispuesto a financiar.
Pero con el correr del tiempo se comprendió que a la sociedad le
convendría hacerse cargo de las condiciones materiales de los
científicos y encontró una solución adecuada: el Estado pagaría a
los científicos no sólo por la enseñanza universitaria (que mientras
tanto se había ampliado y modificado de manera que a los
profesores no les resultaba ya tan aburrido), sino también por sus
investigaciones libres y autónomas, a las que la carga didáctica
reducida debía dejar espacio suficiente.
Mientras que el modelo del científico «ocioso part-time» era una
creación italiana, el nuevo esquema se ideó y puso en práctica en
Francia a finales del siglo XVII y más tarde se perfeccionó en
Alemania. El primer artífice del nuevo modelo fue Jean-Baptiste
Colbert, el poderoso secretario de Estado de Luis XIV, el Rey Sol,
que en 1666 decidió que el Estado debía financiar las actividades de
la Académie des Sciences al igual que ya hacía con academias
análogas generadas a fin de promover el desarrollo de la pintura,
escultura, arquitectura y teatro.
Con la creación de la Academia de las ciencias como ente de
investigación financiado por el Estado, al que siguieron otras
instituciones como el Observatorio de París nacido en 1667, y otras

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más antiguas aunque revitalizadas, como el prestigioso y antiguo


College de France que databa de 1530, o el Jardín des Plantes
(1635), Colbert y los ministros que le sucedieron otorgaron dignidad
y confirieron honores, además de posibilidad de trabajo y sueldo, a
una nueva clase de estudiosos que recuperaban el espíritu de
Galileo y que era por completo diferente a la de los profesores
universitarios. El objetivo, sin embargo, no era intentar relacionar
ambas clases, sino fusionarlas hasta hacer desaparecer la figura del
profesor erudito que sólo sabía «leer», es decir explicar y comentar
los textos de los antiguos.
El largo proceso de fusión finalizará en 1794 con la fundación, bajo
el dictado de Napoleón, de la École Polytechnique de París: esta
escuela y el Muséum National d’Histoire Naturelle (el nuevo nombre
que los revolucionarios le dieron al Jardín des Plantes) fueron los
primeros institutos científicos modernos. En ellos ya no se enseñaba
un saber pasado de moda y apegado al libro, sino los resultados y
las perspectivas de la investigación experimental que podían
verificarse y profundizarse en laboratorios unidos
institucionalmente a las estructuras de enseñanza donde
trabajaban, junto con los profesores, asistentes, técnicos y un
número reducido de alumnos bien preparados. La función de la
enseñanza estaba ya unida a la investigación. El científico y el
profesor se habían fusionado en una sola persona. El Estado había
decidido reconocer finalmente la importancia de las investigaciones
autónomas y «ociosas» de los científicos y había establecido que
éstas debían ser el objeto de estudio de la enseñanza universitaria y

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que había que pagarlas bien.


Un aspecto importante del modelo propuesto por Colbert y
perfeccionado por Napoleón era que los científicos no tenían otra
obligación respecto del Estado que no fuera la de llevar adelante sus
investigaciones en total autonomía. Al científico no se le pagaba
para que descubriera para su empleador cosas que tuvieran una
finalidad para el bienestar social, aunque todos sabían que la
investigación se traduce en todo caso en progreso tecnológico, y que
a los científicos se les puede llamar, en calidad de consultores y
expertos, con el fin de resolver problemas vitales para el Estado,
como por ejemplo el armamento. El Estado había decidido pagar la
actividad de la investigación del científico sin pedirle nada a cambio.
Esta misma actitud se adoptó en Alemania cuando en 1806 se
volvió a organizar la Universidad de Berlín, y se extendió luego a
todas las universidades alemanas en las que se crearon, a
principios del siglo XIX, los primeros laboratorios modernos. A
partir de ese momento la vocación por la investigación, que le había
traído tantos problemas a Galileo, se transformó en el punto de
apoyo de una profesión prestigiosa y bien remunerada que
garantizaba sueldos elevados, honores y una completa autonomía.
La nueva categoría, como signo de su reconocimiento definitivo,
tenía un nombre finalmente. Hasta entonces se denominaba
«filósofo natural» o simplemente «filósofo» a quien se ocupaba de
investigaciones científicas puesto que a finales del siglo XVIII el
cuerpo de la ciencia aún no se había fragmentado en las diferentes
disciplinas, como zoología, botánica, geología, física, química. En

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1834 la revista inglesa Quarterly Review dio cuenta de las


dificultades que impedían que la British Association for the
Advancement of Science encontrara un término que pudiera
aplicarse en forma indiferente a todos los estudiosos de las
diferentes disciplinas científicas: «Filósofos» podía leerse en el
artículo, «les parece a todos un término demasiado amplio, por lo
que algunos ingeniosos caballeros propusieron que por analogía con
el término “artist” se acuñase “scientist”». La propuesta la acogió y
difundió el naturalista y filósofo de la ciencia William Whewell,
quien en 1840 en el prefacio a su The philosophy of the inductive
sciences escribió: «Necesitamos precisamente un término que sea
apropiado para describir a quien cultiva la ciencia en general. Yo me
inclinaría por llamarle científico».
Mucha gente está convencida, o simplemente desea creer, que este
científico ideal que se formó en Francia y en Alemania a comienzos
del siglo XIX es el mismo de hoy en día. En realidad esto es cierto
(aunque sólo en parte) para Europa, pero no lo es para los Estados
Unidos donde vive y actúa el tipo de científico encamado por «Jim el
honrado», que constituye un modelo en el que ya comienza a
inspirarse y formarse también el científico europeo y, en general,
toda persona que, en cualquier parte del mundo, se ocupe de la
investigación científica.
En Estados Unidos la profesión de científico ha sufrido su última
transformación perdiendo definitivamente el derecho al ocio, es
decir, el derecho de elegir los temas y de llevar a cabo las
investigaciones con total libertad y autonomía sin la obligación de

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perseguir objetivos determinados. Políticos y militares asumieron


con el proyecto Manhattan, que condujo a la construcción de la
bomba atómica, el control total del trabajo de los científicos cuyos
movimientos y actividades comenzaron a verse programados,
planificados y dirigidos en forma rigurosa. Pero los científicos
norteamericanos no perdieron su autonomía solamente por culpa de
los militares, como se cree a menudo. Lo que más peso tuvo en la
nueva transformación fue el sometimiento del aparato mismo de la
investigación a la lógica pragmática, eficiente y directiva, típica de la
sociedad norteamericana. Esta lógica era incompatible con la idea
misma de autonomía científica. En Estados Unidos el científico no
podía ser un «ocioso». Lo expresó claramente Thomas Alva Edison
en una entrevista publicada en 1893 en Scientific American. «No
estudio la ciencia como han hecho Newton, Kepler, Faraday y Henry
con el único fin de conocer la verdad. Yo soy un inventor de
profesión. Mis estudios y mis experimentos los he llevado a cabo con
el único objeto de inventar algo que tuviera una utilidad comercial».
En 1876 Edison creó en Menlo Park, en las afueras de Nueva York,
el primer modelo del laboratorio norteamericano donde nacieron,
entre otras cosas, la bombilla y el fonógrafo. Las características
fundamentales que diferenciaban a este laboratorio de los alemanes
eran, por un lado, el interés casi exclusivo en los aspectos prácticos
de la investigación y, por otro, la programación estricta del trabajo
de equipo que permitía desmontar un problema en sus diferentes
aspectos y resolverlo de la manera más eficaz y en el menor tiempo
posible. Todo esto teniendo siempre presente los costes y la

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competitividad. Este mismo estilo de trabajo se aplicó a un aspecto


de la investigación pura, el de la física atómica, cuando por boca de
Einstein los científicos le propusieron al gobierno estadounidense la
construcción del primer mecanismo nuclear. El hombre que más
que ningún otro se preocupó por trasladar al campo de la
investigación pura los criterios directivos expresados por Edison fue
Vannevar Bush, el consejero científico del presidente Roosevelt.
Bush poseía una mentalidad muy diferente de la de un Corbino o
un Lord Cherwell, que fueron consejeros científicos de Mussolini y
Churchill, respectivamente. Ante todo no era un físico como ellos,
sino un ingeniero. Había nacido en Everett, Massachusetts, en
1890, hijo de un pastor universalista y había terminado su carrera
de ingeniería en 1916, en el Massachusetts Institute o£ Technology,
donde se respiraba un aire muy diferente del que podía encontrarse
en cualquier instituto de física del viejo continente. Aquí, el
pragmatismo norteamericano prevalecía sobre los ideales
«anticuados» que animaban la investigación europea y se tendía,
más que a comprender, a inventar y crear. Bush se formó en esta
cultura a la cual contribuyó a desarrollar más que cualquier otro.
Patentó alrededor de cincuenta inventos y construyó con H.
Caldwell el prototipo de las calculadoras analógicas modernas. Era
justo, entonces, que Roosevelt le confiara la dirección de la Office for
Scientific Research and Development de la que dependían alrededor
de treinta mil científicos, incluidos aquellos que trabajaban en la
primera bomba atómica. Fue Bush quien sentó las bases del
sistema científico norteamericano.

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§. El sistema estadounidense
El principio fundamental del nuevo sistema era que, a partir de ese
momento, el gobierno de Estados Unidos financiara la actividad de
investigación de las universidades, que hasta entonces habían sido
y continuaban siendo empresas privadas. Los dos entes principales
del gobierno que financian la investigación en Estados Unidos son
los National Institutes of Health y la National Science Foundation.
El primero tiene por objeto mejorar la salud del pueblo
norteamericano. Para desempeñar esa misión conduce directamente
y apoya económicamente las investigaciones biomédicas que tienden
a individualizar las causas de las enfermedades, a prevenirlas y a
curarlas. En cambio, la National Science Foundation, nacida en
1950, tiene por objeto promover el progreso de la ciencia y de la
ingeniería apoyando la investigación en estas áreas y preparando
programas educativos «para formar mejor a la nación hacia el
encuentro y los desafíos del futuro». Los sistemas de financiación
usados por ambas instituciones para alentar la investigación son de
distinto tipo: financiaciones directas a proyectos, contratos,
financiación para la formación del personal y becas de estudio para
la formación de los científicos.
Hasta los años sesenta la mayor parte de las financiaciones eran
distribuidas por el ministerio de Defensa y estaban destinadas
obviamente a investigaciones militares, luego fue teniendo lugar en
forma progresiva lo que se denominó «medicalización» de la ciencia
norteamericana, que aumentó notablemente las financiaciones

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atribuidas a los NIH, que gestionan en la actualidad el 40 por ciento


del total del presupuesto federal asignado a la universidad. Hoy en
día la gran máquina estadounidense para la investigación biomédica
le cuesta al gobierno un total de nueve mil millones de dólares al
año y distribuye más de cincuenta millones de dólares que, según lo
que ha anunciado el presidente Bush en San Antonio el 3 de febrero
de 1992, sufrirán un aumento de doscientos millones de dólares en
los próximos cinco años. Sin embargo, el hecho de que el gobierno
estadounidense le otorgue hoy la prioridad absoluta a las
investigaciones biomédicas, que tienen como fin salvaguardar la
salud, no significa que tenga intención alguna de abandonar la
tecnología, sobre todo aquella de interés militar. Después de la
aprobación de la ley de presupuestos de defensa para 1989, el
ministerio de Defensa dio a conocer la primera versión del llamado
Plan para tecnologías críticas, que se refiere casi exclusivamente a
las tecnologías capaces de mantener la superioridad cualitativa de
los sistemas de armamento. La comisión de tecnologías críticas
nacionales, nombrada por el director de la oficina de política
científica y tecnológica de la presidencia de los Estados Unidos, ha
agregado a éstas otras veintidós tecnologías consideradas las más
importantes de una lista más amplia de cien. La lista abarca desde
aquellas tecnologías que tienen relación con problemas energéticos
ambientales a las relativas a sistemas de transporte, las
biotecnologías, las tecnologías de la información y las
telecomunicaciones hasta las técnicas de producción industrial y de
estudio de los materiales. Por su parte, en la primavera de 1990 el

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ministerio de Comercio dio a conocer un informe acerca de las


tecnologías emergentes, que reconoce las doce tecnologías las
cuales, según los expertos, pueden asegurar el desarrollo de nuevos
productos hasta el año dos mil. La política científica norteamericana
está dominada hoy en día por aquel pragmatismo que era típico de
la visión de la ciencia propugnada por Edison. Se ha asistido a una
disminución progresiva del interés por las investigaciones puras y
los científicos se ven obligados hoy en día, como temía Einstein, a
emprender sólo aquéllas por las que el gobierno está dispuesto a
pagar.
Alrededor de la investigación científica gira una máquina
burocrática que tiene el poder de decidir a quién se debe financiar,
cómo y con cuánto, y qué garantiza que el dinero se gaste «en algo
útil». El gobierno no controla en forma directa la distribución de los
fondos pero exige ese control a los comités de científicos, que
deciden en la práctica qué colegas reciben la financiación. Los
comités constituyen el «sistema de control de los pares», ya que
están compuestos por estudiosos expertos en la materia que juzgan
el mérito de las solicitudes de financiación de sus colegas. El comité
de los pares, al evaluar la oportunidad de financiar a determinado
investigador, tiene en cuenta ante todo la fama, la profesionalidad, y
la seriedad del solicitante. Tener una idea brillante no es en
absoluto suficiente para obtener una financiación. Debe
demostrarse no sólo que se conoce bien el tema, sino también que
se han dado muestras de contribuciones significativas. Esto queda
documentado en esencia en el número de artículos y libros

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publicados. Éste es precisamente el parámetro determinante que


contribuye a decidir la distribución de fondos. La frase publish or
perish, «publica o muere», expresa de forma elocuente el estado de
las cosas.
Sin embargo, el poder de los «pares», es decir de los colegas, no es
total. Está compensando y en algunos casos superado por el de los
funcionarios y burócratas que administran las asignaciones para la
investigación. Los funcionarios del departamento de Defensa
pueden financiar a quien desean sin tener que solicitar consejos y
opiniones a nadie. También en la National Science Foundation son
los funcionarios quienes toman las decisiones, aunque cuando lo
hacen deben tener en cuenta la opinión de los comités de
científicos. Las cosas son por completo diferentes en lo que respecta
a la administración de fondos que asignan los NIH. Aquí los comités
de científicos son los que toman las decisiones finales, mientras que
los funcionarios se limitan a controlar que se respeten las complejas
normas burocráticas que regulan la distribución de las
financiaciones, estableciendo en forma explícita una serie de
criterios formales, que van desde la manera en que debe redactarse
la solicitud hasta las modalidades para pagar maquinarias,
colaboradores o fotocopias. Para cada disciplina un grupo de
científicos juzga las solicitudes de financiación. Después de un
cuidadoso examen se llega a una votación secreta durante la que
cada miembro otorga una puntuación a cada una de las solicitudes
y esta puntuación es precisamente la que decide el destino. La
decisión que se toma a este nivel es, en la mayor parte de los casos,

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definitiva aunque existe un Consejo de consulta que puede


modificarla. Esto no sucede sino en muy raras ocasiones, y resulta
curioso que uno de los casos en que ha tenido lugar un hecho como
éste haya sido el de la solicitud de Robert Sprague, el acusador de
Breuning. Su solicitud se votó en la sección de estudio, pero quedó
anulada en el Consejo consultor.
Las grandes ventajas de este sistema son la claridad, la practicidad,
la precisión y, en principio, la rectitud asegurada, al menos en el
plano formal, por el espíritu puritano que en éste, al igual que en
todos los demás aspectos de la administración estadounidense,
constituye la base misma del sistema. No puede sorprender,
entonces, que con esta máquina bien reglamentada los Estados
Unidos hayan obtenido tantos éxitos, siendo el primero de todos
ellos la construcción de la bomba atómica, éxitos que le han
garantizado a ese país una indudable supremacía tecnológica,
evidente en muchos sectores de la industria y sobre todo, como ha
demostrado la reciente guerra del Golfo, en el terreno militar. Uno
de los indicios más importantes que permiten evaluar la
superioridad científica norteamericana es probablemente la
cantidad de premios Nobel obtenidos.
Este prestigioso reconocimiento, creado sobre la base de un
testamento que dejó el industrial Alfred Nobel, fue otorgado por
primera vez en 1901, y durante los primeros cincuenta años fueron
casi siempre científicos quienes lo recibieron, en especial en el
decenio que va desde 1921 a 1931. En los primeros diez años los
norteamericanos no pudieron obtener ni siquiera uno. El primer

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científico norteamericano que fue a Estocolmo fue A. A. Michelson


en 1907, más tarde A. Carrel (que era de origen francés) en 1912, y
después debieron esperar hasta 1923 para ver premiado a R. A.
Millikan. A partir de 1931, los premios Nobel europeos empezaron a
disminuir, mientras comenzaba el irresistible ascenso de los
norteamericanos que llegaron casi a veinte en el decenio 1932-1941,
consiguiendo superar a los europeos en el decenio siguiente. El
ascenso continuó con una curiosa disminución en el decenio 1962-
1971, para alcanzar el récord absoluto de 45 premios Nobel en el
decenio que va desde 1972 hasta 1981. Sin embargo, a partir de ese
momento se inició una disminución que caracterizó los años
ochenta y se vio acentuada por la recuperación de la ciencia
europea, mucho más agresiva y competitiva. Es un hecho
significativo que en 1991 los norteamericanos no hayan obtenido
ningún premio Nobel. En física el reconocimiento le fue otorgado a
un francés, el de química a un suizo, y el de medicina a dos
alemanes. No ocurría algo igual desde 1957, pero mientras que en
ese momento la situación podía deberse a una casualidad, dado que
la ciencia norteamericana se encontraba en plena expansión, hoy en
día este hecho se coloca en el centro de una disminución general
que cobra un significado por completo diferente: es el signo de una
innegable inversión en la tendencia que no se relaciona con los
diferentes problemas que se observan en la ciencia norteamericana
(ante todo los fraudes científicos), que parecen demostrar que el
sistema ya no puede asegurar el progreso de la investigación.
Pero ¿por qué motivo la máquina de la ciencia norteamericana, que

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hasta ahora estaba tan bien aceitada, ha dejado de funcionar


correctamente? Como ha revelado recientemente el físico Charles W.
McCutchen, el sistema puesto en marcha por Vannevar Bush
comporta diferentes problemas que dependen del lugar que ocupa el
poder, si se encuentra en las manos de los funcionarios o en las de
los comités de científicos. En el primer caso, la investigación
científica se ve obligada a sufrir todos los efectos de la
burocratización. Allí donde predomina el poder de los funcionarios,
el interés por los aspectos formales de la gestión administrativa
prevalece sobre los aspectos creativos de la investigación y, por otra
parte, se siente en forma más acentuada el impulso por la
planificación que transmiten los políticos al mundo científico a
través de los burócratas. Todo esto termina por limitar de un modo
evidente la libertad de acción del científico que, al elegir y perseguir
los temas propios de investigación, debe tener en cuenta la
compatibilidad con los criterios y directivas que siguen los
administradores.
A fin de superar los obstáculos de la burocracia los científicos se
sirven de diferentes trucos. Uno es describir en la solicitud de
financiación un trabajo que en realidad ya ha sido realizado pero no
publicado. En este caso el investigador conoce ya los resultados y
puede describir los experimentos que se propone llevar a cabo
sabiendo qué cosa logrará obtener. Una vez que se obtiene la
aprobación para un proyecto de este tipo, pueden utilizarse los
fondos para realizar otras investigaciones más originales que no se
mencionaron en la solicitud de financiación. Es una forma de

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proceder en esencia deshonesta aunque es uno de los escamoteos


más difundidos para superar los obstáculos que el sistema impone.
Otra estrategia es solicitar financiación para investigaciones que se
llevarán a cabo en un área donde cualquier resultado, ya sea
positivo o negativo, será importante. El hecho de que el científico se
vea obligado a recurrir a estos pequeños trucos hace pensar que el
sistema norteamericano está estructurado para castigar o frenar la
creatividad. La ciencia creativa e innovadora, las nuevas ideas,
parecen tener muchas menos posibilidades de obtener financiación
si los científicos que las proponen no pueden demostrar que
resultarán útiles para el interés nacional o para la industria.
A estos defectos, estrechamente unidos a la burocratización, se
agregan aquellos relativos a los comités científicos que, según
McCutchen, demuestran cómo el mismo sistema de control por los
pares se ve comprometido por una cantidad de desórdenes que
impiden juzgarlo como la forma más apta para decidir la
distribución de las financiaciones. Ante todo, señala McCutchen, la
opinión de los colegas está llena de prejuicios porque los
especialistas compiten entre ellos y, al mismo tiempo, luchan por la
propia categoría. En la práctica, el primer defecto del sistema de
control por los pares es favorecer el mantenimiento del
establishment, eliminando de forma sistemática tanto a los
aficionados (categoría a la que pertenecen no sólo los estudiosos
incompetentes y provincianos, como protagonistas del progreso
científico como Edison o Marconi), como a todos aquellos que
poseen una preparación científica regular y se ocupan de

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investigaciones que resultan demasiado innovadoras respecto de las


ideas que predominan en la comunidad científica. Son
investigaciones que consisten, como sostiene el historiador de la
ciencia Thomas Kuhn, en pasar de las etapas de la ciencia normal
(en donde no se hace más que explicar las consecuencias y buscar
nuevas tecnologías a partir de descubrimientos ya envejecidos) a la
etapa de la ciencia revolucionaria que da origen a nuevas hipótesis,
nuevas teorías y nuevos descubrimientos.
El sistema de financiación actual de proyectos ignora, según
McCutchen, la categoría del talento humano. Éste funcionó sólo
hasta finales de los años sesenta, cuando la relación entre la
financiación y el número de investigadores permitía que la mayor
parte de los proyectos se subvencionaran. Es decir, cuando no
existía aún la enorme competencia que más tarde pudo observarse
con el aumento de la población científica y la disminución
progresiva de las financiaciones. Hacia mediados de los años
sesenta, se instauró una especie de dictadura de los mediocres: los
científicos de competencia mediocre se apoderaron de los
mecanismos de distribución y adjudicación de las financiaciones y
los gestionaron con criterios no demasiado lúcidos, como es típico
en personas de poca inteligencia, cuyos defectos se vieron
aumentados por la indulgencia ante los juegos de poder y las mafias
académicas, aunque justificada por la necesidad de defender las
corporaciones.
Estas consideraciones de McCutchen adquieren mayor peso si se
comparan con los resultados obtenidos desde hace varios años por

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la historia de la ciencia. Los estudios de Derek De Solla Price han


creado la convicción (aceptada hoy por unanimidad), como veremos
en seguida, de que el crecimiento exponencial de la ciencia ha
tenido como consecuencia el predominio de los científicos mediocres
sobre aquellos que han demostrado ser altamente creativos. En
otros términos, a medida que la población científica ha ido
aumentando, el número de científicos geniales se ha reducido
proporcionalmente respecto del de los científicos mediocres. Ahora
bien, si se compara este resultado con el hecho de que la
distribución de la inteligencia, en una población, adquiere el
aspecto de la clásica curva de campana que describe el
comportamiento de muchos factores casuales, como por ejemplo la
altura de los individuos, se descubre que el sistema actual tiende,
como señala McCutchen, a seleccionar a los científicos en los
amplios estratos intermedios de la campana, es decir que elimina en
forma sistemática la gran cantidad de aficionados pero también la
pequeña cantidad de individuos geniales. En otras palabras, las
personas muy creativas e inteligentes, que son ya, según la
estadística, menos que las de inteligencia media, quedan excluidas
de la investigación. La discriminación se debe a que los miembros
de los comités deciden financiar los proyectos que se encuentran al
alcance de su nivel de comprensión.
McCutchen no es ni el primero ni el más acérrimo crítico del
sistema de control de los pares. Hace algunos años, una pequeña
editorial inglesa publicó un libro de Stephen Lock titulado A difficult
balance que ha pasado casi inadvertido pero que ilustraba, con una

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serie de ejemplos históricos notables, los defectos del sistema de


evaluación de los pares. El caso de mayor resonancia es quizás el
del premio Nobel Rosalyn Yalow, cuyo artículo fundamental acerca
de la radioinmunología sufrió el rechazo de dos prestigiosas
revistas, una de las cuales se justificó con esta curiosa y ambigua
argumentación: «Las personas verdaderamente imaginativas y
creativas», sostenían los encargados de la reseña, «no pueden ser
juzgadas por sus pares, porque no tienen». Podría parecer un elogio,
pero es más probable que al estar acompañando el rechazo de la
publicación, no sea sino el evidente testimonio de la arrogancia de
los mediocres.
No se puede no concordar con McCutchen en que éste, más que un
sistema de control, es una especie de «conspiración evolucionada»
en la que los encargados de juzgar, haciendo lo que sus intereses
personales les sugieren, empujan a las personas creativas a no
comportarse como tales si desean trabajar y recibir financiación. En
lugar de incentivar a quienes son verdaderamente creativos,
selecciona y favorece a los científicos profesionales hábiles pero poco
creativos de los que se espera más de lo que pueden ofrecer. Es por
eso que, finalmente, para contentar a su «empleador», estos
investigadores se ven obligados a recurrir a la estafa.
Es así como nacen no sólo los diferentes fenómenos de inmoralidad,
ante todo los fraudes científicos, sino también un problema en
verdad preocupante que es el de la complicidad y la defensa a
ultranza de los culpables por parte de los organismos que deberían
tener la obligación de vigilar y garantizar el funcionamiento correcto

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del sistema.
Es cierto que existe, sobre todo en los más altos niveles, una fuerte
complicidad entre entes gubernamentales, universidades,
laboratorios y revistas científicas que procura evitar, en nombre de
intereses no precisamente científicos, todos los intentos de reforma
del sistema. Se trata de una vasta red cuyos nodos y
responsabilidades específicas son a menudo difíciles de localizar.
Este entramado emergió en toda su dramática gravedad en el
transcurso del asunto Baltimore.
En este caso, gran parte del mundo científico y académico puso en
movimiento un gigantesco mecanismo de entorpecimiento,
justificado por la acusación elevada contra Dingell, al pretender
imponer serias y peligrosas restricciones a la autonomía de los
investigadores. Los protagonistas de este intento de obstaculización
fueron al comienzo científicos que, como Henry Wortis, han
procurado silenciar rápidamente el caso, aunque existieran
elementos que permitían evaluar la seriedad de las acusaciones
contra los autores del artículo y, en particular, contra Imanishi-
Kari. Luego, el número de personas involucradas aumentó de
manera impresionante. Puede decirse que el encubrimiento
comenzó sólo después de que los organismos propuestos
oficialmente para el control de la conducta de los científicos, en
especial en los NIH, se vieran involucrados en el caso. El inicio de la
etapa crucial tuvo lugar precisamente cuando los NIH les
prohibieron a Stewart y Feder publicar el análisis crítico de los
errores que contenía el artículo de Cell. La responsabilidad de esta

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iniciativa recae principalmente sobre Joseph E. Rail, director de las


actividades internas de investigación de los NIH, y tal vez también
sobre quien en aquel momento era el director de los institutos,
James B. Wyngaarden.
Pero obviamente estas personas no se movieron por iniciativa
propia: sufrieron fuertes presiones por parte de las autoridades y los
poderosos personajes del mundo científico norteamericano, como
Francisco Ayala por cuenta de la National Academy of Sciences, o
Maxine Singer en nombre de la Carnegie Institution. Ha sido
reconocido que el hombre que más que ningún otro orquestó, junto
con Baltimore, la vasta red de reacciones y presiones fue Phillip
Sharp. La amplitud y contundencia de las reacciones del mundo
científico, que ha tratado de oponer a las investigaciones una
verdadera resistencia, pueden evaluarse a partir del hecho de que,
en este caso, se ha presentado a favor de Baltimore un científico
dotado de un vivo sentimiento crítico y de una fuerte aspiración de
independencia como es Stephen J. Gould, que llegó a comparar a
Baltimore con Galileo en un artículo aparecido en el New York Times
el 30 de julio de 1989.
Las publicaciones científicas, los periódicos y los semanarios
tuvieron un papel crucial en el intento de entorpecer las
acusaciones. Las revistas científicas que se vieron más directamente
involucradas fueron Cell, Science, Journal of Immunology y, al menos
al principio, también Nature. El órgano de la National Academy of
Sciences, Issues in Science and Technology, dirigido por Steven
Marcus, estuvo siempre del lado de Baltimore. Al comienzo, al

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menos, también el New York Times y el Washington Times


sostuvieron el juego de quienes deseaban entorpecer las
acusaciones. Alguno de los periodistas que se vieron involucrados
terminó también pagando sus culpas. Barbara Culliton, que ha
trabajado para Science durante casi veinte años y que con sus
artículos había sostenido la causa de Baltimore, renunció a la
revista una vez concluido el caso y pasó a Nature, dejándole su
puesto a David Hamilton. En extremo críticos respecto de la manera
de actuar de Dingell fueron también el Washington Post y el Wall
Street Journal, mientras que Eugene Garfield, director editorial de
The Scientist, llegó a definir en una serie de editoriales importantes
publicados en su periódico la actuación de Dingell como un
linchamiento (over-kill) más que como un control (over-see) sobre las
actividades de los científicos y de los organismos de investigación.
La única publicación que se pronunció desde el comienzo y con
decisión a favor de una discusión seria acerca del caso Baltimore
fue el Science and Government Report, dirigido por Dan Greenberg.
No obstante, Dingell y los dos fraudbusters no fueron abandonados
por completo. En el ámbito político Dingell contó con el apoyo de
otros dos parlamentarios demócratas, Robert A. Roe y Ted Weiss.
Entre las personalidades científicas más importantes que
intervinieron a favor de O’Toole y de sus defensores puede
reconocerse la presencia de dos premios Nobel, Linus Pauling y
Walter Gilbert. Pero quien más que cualquier otro trató de
contrarrestar la tarea de desinformación puesta en marcha por
Phillip Sharp y el mismo Baltimore fue el matemático de Yale Serge

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Lang, quien desde hacía años estaba en primera fila anunciando los
engaños, complicidades y manipulaciones retóricas que buscaban
cubrir la incapacidad profesional de sus colegas.
Las dificultades que encontró la OSI, Office of Scientific Integrity,
demuestran en realidad que lo que estaba en juego no era la
autonomía de la investigación sino la necesidad de revisión del
sistema. La OSI fue creada en la primavera de 1989 por orden del
parlamento estadounidense pero nunca se le otorgó una efectiva
autonomía. Es simplemente una oficina de los National Institutes of
Health, que incluso le dieron el personal, constituido originalmente
por nueve investigadores, cuya actividad tenía una financiación de
un millón de dólares al año. Las tareas atribuidas a esta oficina son
esencialmente tres: ante todo controlar que las universidades y los
laboratorios que el gobierno financia apliquen las normas en
materia de fraude científico emanadas de la sanidad pública, que
imponen a estas instituciones indagar directamente los
comportamientos sospechosos de sus investigadores y enviar un
informe anual acerca de estos controles a la OSI. En segundo lugar,
la OSI examina estos informes y los pasa para su aprobación a otra
oficina, la OSIR (Office of Scientific Integrity Review), que forma
parte del ministerio de Sanidad, el Public Health Service.
En los primeros dos años de actividad la OSI analizó cien casos de
sospecha de fraude científico pero indagó directamente sólo
veinticinco y emitió una sentencia de plena responsabilidad para
tan sólo quince casos. Sin embargo, la vida de esta oficina ha sido
más bien difícil y sus actividades se vieron continuamente

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obstaculizadas; tanto es así que en julio de 1991 su primera


directora, Suzan Hadley, dimitió como protesta por las permanentes
injerencias en su trabajo. La última de estas injerencias resultó
decisiva. Uno de los quince casos de fraude que Hadley había
confirmado se refería a un médico de la Cleveland Clinic Foundation
que había sido acusado de haber manipulado sus resultados para
poder obtener la renovación de la financiación. La conclusión de su
culpabilidad fue contradicha por una indagación que la misma
clínica había llevado a cabo y que estaba a cargo de Bernardine
Healey. En junio de 1991 la misma Healey fue nombrada directora
de los NIH y, obviamente, quiso imponer sus criterios sobre las
actividades de la OSI, en particular en el caso en el que se veía
involucrada la clínica de la que ella había sido directora. Al no
soportar la injerencia Hadley presentó su renuncia y le cedió el
puesto a Jules V. Hallum. A partir de ese momento la actividad de
la OSI sufrió una notoria disminución en su funcionamiento y
finalmente, en junio de 1992, se cerró y quedó absorbido por la
OSIR constituyéndose un nuevo organismo, la ORI (Office of
Research Integrity), creado por el gobierno para poner fin a las
polémicas.

§. Si Atenas llora…
Pero quien piense que el sistema europeo de investigación es mejor
porque los científicos del continente no engañan, no sólo se
equivocaría, sino que se arriesgaría a elogiar la imperfección. Ante
todo, debemos decir que en Europa pueden señalarse casos no muy

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lejanos de falsificación. El más reciente y escandaloso es el de la


memoria del agua, que tuvo por protagonista a Jacques Benveniste
y del que hablaremos en seguida. Menos conocido es el caso del
inglés M. J. Purves, quien en 1981 se cavó su propia fosa por haber
querido demostrar que en el embrión de oveja el cerebro absorbe
más azúcar cuando el animal está despierto.
La afirmación, que de por sí no era perturbadora, había despertado
la curiosidad de algunos de los colegas de Purves quienes,
apoyándose en la simple descripción del experimento, tuvieron la
sospecha de que algo no funcionaba correctamente. A diferencia de
muchas universidades norteamericanas, la Universidad de Bristol
se movilizó con mucha rapidez y rigurosidad: nombró un comité que
ya en los primeros meses de 1981 confirmó que en efecto el
experimento no podía reproducirse y emitió un veredicto de
condena. Como buen caballero, Purves, una vez enfrentado a las
pruebas, admitió la propia culpabilidad y acordó llevar a cabo con
los órganos de la universidad una declaración oficial en la que
desmentía los resultados, que se postergó algunos meses
únicamente por problemas familiares. Sin embargo, ninguno de los
colegas pudo explicarse cómo una persona del talento de Purves
había podido participar en una falsificación semejante ya que no
necesitaba financiaciones porque gozaba del apoyo de la Welcome
Foundation y de la sanidad pública.
Más comprensible, al menos desde este punto de vista, resulta en
cambio el caso del neurobiólogo alemán Robert Gullis. Sostenía
haber demostrado que algunos mensajeros del sistema nervioso, en

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especial aquellos que reducen los fenómenos de la ansiedad y nos


tranquilizan, es decir las encefalinas, actúan aumentando la
concentración de una sustancia conocida como GMP cíclico. Todo
parecía muy probable y uno de los expertos más conocidos del área,
el profesor Bill Lands de la Universidad de Michigan, sostuvo que
los artículos de Gullis podían contarse entre los más interesantes
que él había leído en los últimos dos años. Es una lástima que
fueran ficticios.
En una carta enviada como es natural a «Nature» el 24 de febrero de
1977 Gullis escribía: «Deseo poneros al corriente de que algunos
artículos de los que soy el autor principal y que se publicaron en
diferentes periódicos, no son fiables. Las curvas y los valores
publicados son tan sólo producto de mi fantasía y, durante mi breve
carrera como investigador científico, he publicado más hipótesis
personales que resultados obtenidos de forma experimental. Estaba
tan convencido de mis ideas que simplemente las plasmé en el
papel… Asumo toda la responsabilidad de estos desafortunados
incidentes y estoy preparado para pagar las consecuencias. Espero
también que mi experiencia sirva de advertencia para otros y deseo
también presentar mis excusas a la comunidad científica y a las
diferentes personas que se vieron involucradas».
Son sin duda engaños como los norteamericanos, la única
diferencia es que en Europa pueden observarse muchos menos que
en los Estados Unidos. ¿Por qué? ¿Será tal vez porque el sistema
europeo de política científica es mejor y ha logrado garantizar mejor
la autonomía del científico evitando la excesiva competitividad que

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domina los laboratorios estadounidenses? En realidad parece que


no. En los países europeos se ha adoptado hoy en día un sistema
que es un punto intermedio entre el viejo modelo decimonónico (que
preveía la atribución a la investigación de pocos fondos asignados
sin criterios rigurosos y sin establecer específicas modalidades
burocráticas de control) y el que funciona en los Estados Unidos. El
caso extremo es el que ofrece el sistema italiano en el que, como ha
sostenido Peter Aldhous en el número especial que la revista Science
ha dedicado en abril de 1992 a la investigación europea, no existe
tradición alguna de evaluación de las solicitudes de financiación a
través de un control por los pares. Los fondos, que obviamente
representan una menor cantidad de la que se distribuye entre los
científicos norteamericanos, se otorgan a raudales, y si bien es
cierto, como ha declarado ante Aldhous el presidente del CNR Luigi
Rossi Bernardi, que «no existe siquiera un caso en que se hayan
denegado las financiaciones a un científico», es indudable que
existen laboratorios en los que el dinero ingresa en mayor cantidad,
siendo éste un hecho que en nada depende de la seriedad y
productividad científica. El resultado es que muchos científicos
mediocres reciben igual o incluso más fondos que sus colegas
quienes, no obstante, desde el punto de vista profesional son más
capaces.
Esta forma tan poco rigurosa de otorgar financiaciones tiene como
ventaja, aunque sea la única, no incentivar el fraude. Éstos son los
resultados de una investigación que promovió la revista francesa La
Recherche. Al presentar estos datos, Odile Robert afirma que en

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Francia el fenómeno de fraude científico es casi irrelevante y mucho


más bajo que en los Estados Unidos. «Existen dos explicaciones
posibles», sostiene Odile Robert. «La primera es cuantitativa: al igual
que en el caso de los efectos secundarios de los fármacos, el fraude
no se verifica si no supera un umbral crítico determinado que puede
darse sólo en los Estados Unidos, debido a la gran cantidad de
investigadores activos con que cuenta ese país. La segunda es
cualitativa y de tipo sociocultural: la eficacia evidente del sistema de
investigación norteamericano tiene en la otra cara de la moneda el
publicar o morir, que vale para todos los investigadores y durante
toda su carrera. Los norteamericanos no bromean con la escasa
productividad en materia de resultados y publicaciones. El
investigador que es considerado improductivo pierde el sueldo y el
puesto de trabajo, y la supervivencia de la mayor parte de los
laboratorios está unida también a las donaciones. En Francia el
sistema de grandes organismos de investigación ofrece un
panorama que en su conjunto es mucho más distendido.
Demasiado, según afirman algunos. La estabilidad, sin embargo, del
puesto de trabajo del investigador francés crea un clima psicológico
que ofrece una protección importante contra la tentación de cometer
fraude».
La situación en Italia y en otros países europeos no es muy
diferente. En el continente europeo existen menos fraudes porque
hay una menor competitividad. Pero esto no significa que el
científico europeo sea un hombre íntegro, inteligente, creativo e
incorruptible. Es un punto intermedio, un híbrido que conserva

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algunos ideales nobles, pero también privilegios injustos y prejuicios


del pasado, y al mismo tiempo se ve obligado a alinearse con el ideal
norteamericano del investigador que aparece ante todos como el
modelo del profesional acorde con la sociedad contemporánea.
Precisamente porque el modelo norteamericano ha sido adoptado
sólo en parte es también más difícil que en Europa se descubran los
posibles fraudes. En Norteamérica todo se inspira en el rigor y la
transparencia garantizada por el Freedom of information act, una
noble institución que permite examinar y tener una copia de todos
los documentos y actas que se refieren a la actividad de todo aquel
que utilice el dinero público para su propio trabajo. Si alguien
comete un engaño es posible localizar sus responsabilidades aun
siendo éste un premio Nobel como Baltimore, porque las reglas no
dejan espacio para el juego de la interpretación, la gente confía en
éstas y el puritanismo les impone a todos, científicos, políticos y
periodistas, un comportamiento serio. Por eso, el encubrimiento, el
entorpecimiento, resulta tan difícil de sostener en Estados Unidos (y
no sólo en el ámbito científico).
En Europa, donde este sistema se adoptó sólo en parte y con las
«debidas» modificaciones, ocultar y entorpecer las investigaciones es
a menudo un juego de niños. No es casual que por ejemplo Milanese
no se haya comportado como O’Toole que, aunque había nacido en
Irlanda, estudió y vivió en Estados Unidos desde los diecisiete años.
La prensa europea es también menos aguerrida. ¿Qué periodista
europeo puede jactarse de una noticia análoga a la de Crewdson,
que logró llevar a Gallo contra las cuerdas? Y ¿por qué el libro que

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Michel de Pracontal le ha dedicado al asunto Benveniste es tan


ambiguo y dudoso? Si bien es cierto que los periodistas europeos no
cuentan con una ley de libre acceso a la información, parecen de
todos modos menos agresivos y profesionales que los
norteamericanos. Pero aunque los científicos europeos denunciaran
y los periodistas publicaran sus denuncias en primera plana ¿dónde
encontraríamos, no digo en Italia, sino en Europa, un político que
como Dingell estuviera dispuesto a llevar el caso al ámbito político y
legal?
El fenómeno del fraude científico en su aspecto actual y
contemporáneo no es un hecho exclusivamente norteamericano. Es
un producto colateral de la Ciencia con mayúsculas, que no fue un
gran engaño que los políticos y científicos norteamericanos llevaron
a cabo en perjuicio de la humanidad, sino una enfermedad de la
ciencia occidental en desarrollo. Todo parece demostrar que el
verdadero problema no se halla en el sistema, sino en las enormes
dimensiones que éste ha asumido en los últimos decenios.
Por eso, según mi opinión, no serviría de mucho modificar o incluso
abandonar el sistema norteamericano, como ha sostenido
McCutchen cuando propuso eliminar por completo el filtro de los
pares y sustituirlo por una adjudicación generalizada de
financiaciones a las universidades. A esto debería asociarse también
el abandono del criterio de la cantidad de publicaciones para la
adjudicación de los fondos y el desmantelamiento del sistema de los
jueces anónimos. Debería pasarse, siempre según McCutchen, a un
sistema de publicación carente de toda censura. «Las revistas»,

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sostiene McCutchen, «no deberían rechazar nunca un trabajo. Si


merece la pena pagarles a los científicos, merece la pena
escucharlos. Si la publicación sin censura creara una gran cantidad
de basura demostraría que los científicos crean basura. Es mejor
saberlo antes que esconderlo».
Todo esto probablemente no serviría de nada porque el sistema
norteamericano está averiado, no porque esté equivocado (debe
considerarse el mejor sistema para la adjudicación de financiación),
sino simplemente porque las dimensiones críticas asumidas por la
empresa científica no permiten ya un funcionamiento correcto y
fisiológico. No debe revisarse el sistema de financiación, sino la
estructura y las dimensiones de la gran máquina de la investigación
científica.

§. La ciencia como empresa infinita


En enero de 1991 el presidente de la American Association for the
Advancement of Science, Leon Lederman, presentó, como prescribe
el estatuto de esa entidad, el informe anual acerca del estado de la
investigación científica en los Estados Unidos. Era un informe
alarmante que enumeraba sin términos medios los efectos evidentes
de la crisis en la que se encontraba la investigación norteamericana,
procuraba encontrar las causas y proponía soluciones posibles.
Estados Unidos, sostenía Lederman, está perdiendo su liderazgo
científico: disminuye la cantidad de premios Nobel asignada a los
estudiosos norteamericanos, desciende en diez mil unidades al año
el número de científicos diplomados, aumenta la competitividad de

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la ciencia europea y sobre todo de la japonesa, de tal forma que en


1986, por primera vez en la historia de los Estados Unidos, las
importaciones de productos de alta tecnología superaron las
exportaciones, y en 1989 las sociedades que registraron más
patentes en los Estados Unidos fueron Canon, Toshiba e Hitachi,
las tres japonesas.
La principal causa de esta crisis, sostenía Lederman, es la
disminución progresiva de las financiaciones destinadas a la
investigación. El gobierno, admitía el informe, se está esforzando
por aumentar las asignaciones pero los científicos están
insatisfechos. Ante todo, no obstante los aumentos de los últimos
años que han marcado una inversión de la tendencia (respecto de la
inflexión de los años setenta), si se corrigen las cifras asignadas
para 1990 teniendo en cuenta la inflación, se descubre que la
cantidad de dinero efectivamente utilizable es un poco superior a la
asignada en 1968, es decir hace aproximadamente veinte años. Con
la notoria diferencia, puntualizaba Lederman, de que hoy en día los
científicos son el doble de los que eran en 1968.
La idea que subyacía en el informe era que la reducción de las
financiaciones estaba disminuyendo el ritmo de crecimiento que
había caracterizado a la investigación norteamericana en sus
mejores años y que ésta era la causa de la crisis actual. Aquel
informe llevaba el polémico título de «Ciencia: ¿el fin de las
fronteras?», y se oponía en forma explícita al título que en 1945
Vannevar Bush le había puesto al informe acerca del estado de la
investigación y del tipo de organización que había llevado al éxito

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del proyecto Manhattan: «Ciencia: la frontera infinita». El informe


Bush procuraba presentar la investigación científica como una
empresa destinada a un continuo progreso. Bush, obviamente,
pensaba sobre todo en los resultados virtualmente infinitos que
podían obtenerse con una máquina científica bien organizada y
aceitada, pero no se daba cuenta de que sus ideas implicaban
también un crecimiento exponencial de la estructura misma y de la
población de científicos, crecimiento que a largo plazo no habría
podido sostenerse. El informe Lederman constituyó una primera,
aunque oscura, toma de conciencia del fin del sueño científico
norteamericano: el del crecimiento indefinido de la ciencia.
Pero la simple idea de que el crecimiento de la ciencia pudiera
continuar en forma indefinida ya había sido criticada desde el
comienzo de la Ciencia con mayúsculas por John Derek De Solla
Price, uno de los protagonistas de la cientometría, disciplina que se
sitúa entre la sociología, la estadística y la historia de la ciencia, y
que se ocupa del análisis de todos los fenómenos relacionados con
el desarrollo científico. Price demostró, ante todo, que casi todos los
parámetros que miden el desarrollo científico crecen de forma
exponencial mientras que algunos, los más significativos, como por
ejemplo el valor de las financiaciones y el número de científicos
realmente geniales que surgen, no pueden seguir este ritmo. La
conclusión más importante que alcanza Price es que, ya sea por
esta diferencia en la velocidad de crecimiento de los parámetros de
la ciencia o por el simple hecho de que en la naturaleza nada puede
crecer en forma indefinida, la ciencia deberá (es difícil determinar el

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momento preciso pero Price lo sitúa alrededor del año 2061)


alcanzar un nivel de saturación y disminuirá su propio ritmo de
crecimiento estabilizándose.
El primer parámetro que crece en forma exponencial es el de la
población científica. Según el historiador John D. Bernal, en 1896
los científicos en todo el mundo no superaban los 50.000 y de ese
total no más de 15.000 se dedicaban verdaderamente a la
investigación. Sesenta y seis años más tarde los científicos que
trabajaban en investigación eran menos de un millón, cifra que
subía a dos millones si se consideraban aquellos que trabajaban en
grupos de investigación en la industria, en las entidades del
gobierno y en la enseñanza. Entre 1976 y 1986 la población
científica mundial pasaba de un millón a 2.186.000. Hoy en día
supera los tres millones. La mayor parte obviamente, es decir
alrededor de un millón, trabaja en Estados Unidos. Son cifras que
dicen más de lo que parece. Demuestran que, en efecto, la población
científica ha sufrido un crecimiento exponencial.
Desde el punto de vista matemático, si una cantidad crece de forma
exponencial, significa que se duplica en intervalos regulares de
tiempo. Según los cálculos de De Solla Price el período de
duplicación de la población científica es de doce años y medio. Es
decir que, aproximadamente cada trece años, el número de
científicos se duplica mientras que la población general permanece
prácticamente sin cambios. Los italianos, por ejemplo, eran 21
millones en 1861, ascendieron a 56 millones en 1992; esto significa
que en 131 años no llegaron siquiera a triplicarse, mientras que los

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científicos, que aun exagerando un poco debían ser menos de 3.000


en 1861, y hoy en día son 71.000, se duplicaron casi once veces.
Además de este motivo, de algún modo natural, que impondrá de
forma necesaria la disminución de la tasa de crecimiento de la
población científica, existe otro más interesante para nuestros
propósitos, que está en relación con una especie de efecto contrario
del crecimiento mismo de la ciencia. Resulta que mientras el
número de científicos se duplica cada doce años y medio, el de
científicos verdaderamente capaces y geniales se duplica tan sólo
cada veinte años. En otras palabras, el número total de científicos
asciende en proporción al cuadrado del número de los buenos
científicos. Por eso, si deseamos multiplicar por cinco a los buenos
científicos debemos multiplicar por veinticinco a toda la población
científica. Para tener un total de ochenta mil científicos altamente
creativos habría que tener una población total de ocho millones de
científicos. La conclusión es que, a medida que la ciencia crece,
aumenta el número de científicos poco creativos y mediocres
respecto del de los genios. En otros términos, a medida que la
población científica crece, disminuye su potencial creativo. Cuanto
más crece el número de científicos, más cuesta llevar a cabo los
descubrimientos.
Pero lo que vuelve imposible el mantenimiento del crecimiento de la
ciencia a un ritmo exponencial es el coste. Se ha evaluado que el
coste de la ciencia crece al cuadrado respecto del crecimiento de los
científicos. En otras palabras, el crecimiento exponencial de la
ciencia requeriría un crecimiento exponencial de las financiaciones.

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Esto es precisamente lo que ocurrió en la etapa de mayor desarrollo


de la ciencia norteamericana.
El total invertido en investigación y desarrollo en los Estados Unidos
en 1929 correspondía al 0,2 por ciento del producto bruto nacional;
en 1940 era el 0,3, en 1941 el 0,7, desde 1946 hasta 1952 más o
menos el uno por ciento, en 1956 el 2, y en 1964 alcanzó el 3 por
ciento. También este crecimiento fue de tipo exponencial. La tasa de
crecimiento de las financiaciones era al principio mayor que el de la
población científica. Según los cálculos de De Solla Price entre 1950
y 1960 el período de duplicación de los gastos para investigación y
desarrollo en Estados Unidos fue de cinco años. Esto significa que el
aumento anual de estos gastos era del 15 por ciento mientras que la
renta nacional ascendía sólo al 3 y medio por ciento. Si las
financiaciones hubieran continuado su crecimiento un ritmo
constante en 1973 las inversiones en investigación y desarrollo
habrían alcanzado el 10 por ciento de la renta nacional. Se detuvo,
en cambio, en el 3 por ciento, cifra que no se superó por motivos
obvios dado que de lo contrario, es decir si hubiera continuado su
crecimiento exponencial, hoy en día los norteamericanos gastarían
en investigación el doble del total de su producto interior bruto.
Europa, donde las financiaciones para investigación crecieron
notablemente, no podía permitirse una locura semejante. En 1962,
cuando sólo Estados Unidos había invertido en investigación casi 18
mil millones de dólares, todos los países europeos habían gastado
en total alrededor de 4 mil quinientos. En Italia, en 1964, el gasto
para investigación era el 0,6 por ciento del producto nacional bruto,

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en Francia el 1,6 y en Inglaterra el 2 por ciento. Hoy en día


alrededor de 71.000 científicos italianos tienen 16.000 millones de
financiación, lo que corresponde al 1,4 por ciento del producto
interior bruto. Esta barrera parece haber detenido en forma
definitiva el crecimiento de los gastos para la investigación en Italia.
Las consecuencias paradójicas de un eventual crecimiento
exponencial continuado de la ciencia demuestran con bastante
claridad que este fenómeno, como todos los del mundo real, no
podía continuar creciendo hasta el infinito. ¿Qué sucederá
entonces? Según Price, lo que sucede en todos los fenómenos
naturales de crecimiento exponencial: en un determinado momento
el crecimiento alcanza un máximo, luego comienza a disminuir y su
curva se inclina hacia un límite de saturación más allá del cual ya
no crece.
Según los cálculos de Price el desarrollo de la ciencia alcanzará su
punto máximo entre 1993 y el año 2008: finalmente, se dirigirá
hacia su límite de saturación. Lo que sucederá entonces se reduce,
siempre según Price, a cuatro casos. Es posible que se observe, ante
todo, un pérdida de definición de la curva que corresponde a la
muerte del fenómeno. En lugar de un máximo estable (como prevé el
aplanamiento del crecimiento sobre la línea de saturación) se
observa una lenta declinación hacia el cero, o un cambio imprevisto
que interrumpe en forma brusca la curva en la mitad. Este tipo de
curva puede describir, por ejemplo, los casos en que una civilización
determinada, después de haber alcanzado su madurez, se disuelve y
muere como en el caso del imperio, romano.

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En otros casos, ya antes de alcanzar el punto máximo, la curva


comienza a oscilar de forma constante en la línea ideal que estaría
constituida por el desarrollo del crecimiento exponencial precedente,
o bien la oscilación se reduce en forma progresiva hasta coincidir
con el límite de saturación. En el primer caso se observa un
desarrollo con pronunciados altibajos constantes que oscilan
alrededor de la curva logística ideal sin llegar a tocarla jamás. En el
otro caso, en cambio, las oscilaciones se vuelven progresivamente
menos amplias hasta que, alcanzado el límite de saturación, dan
lugar a una línea casi horizontal obteniendo por lo tanto el mismo
efecto final que se tendría si el crecimiento exponencial hubiera
seguido sin interrupciones hasta su saturación natural. En otras
palabras, en estos casos el crecimiento continúa a través de la
prolongación natural del crecimiento exponencial, pero en forma
más o menos desordenada.
La cuarta posibilidad corresponde al fenómeno que el historiador de
la física Gerald Holton ha denominado escalation. Puede suceder
que, alcanzado el límite de saturación, el fenómeno en lugar de
aplanarse o de terminar, genere, después de un cierto período, una
nueva curva logística que se eleva un peldaño sobre la anterior. En
otros términos, después de un período de crisis, o de declinación, el
fenómeno del crecimiento exponencial puede observarse
nuevamente después de una reorganización.
¿Cuál de estos cuatro modelos seguirá el desarrollo futuro de la
ciencia? Según Price, será el de la curva logística normal el
encargado de llevarnos hacia el lento declive de la ciencia

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occidental, y en particular de la ciencia norteamericana. La


población científica estará constituida por una gran cantidad de
científicos siempre cercanos a la habilidad media, pero en ella se
encontrarán, aunque en forma menos progresiva pero más
marcada, los grandes genios, que podrían hacer que la ciencia
obtenga progresos rápidos y reales. Este tipo de ciencia será
entonces poco productiva, aparatosa y muy costosa, y por eso será
necesario enfrentar la pregunta de si aún merece la pena realizar
tantos sacrificios para mantenerla en pie.

§. El futuro de la ciencia
¿Qué hacer entonces? la solución más obvia parecería
redimensionar y reorganizar la empresa científica. En esencia,
menos científicos, menos dinero y mayor calificación. Ya en 1967
Alvin M. Weinberg sostuvo, en un libro titulado Reflections on Big
Science, que el sistema científico norteamericano se encontraba bajo
una especie de «nutrición forzada». Este proceso había comenzado
con la fundación de las escuelas profesionales en los diferentes
sectores, pero hasta la segunda guerra mundial se había presentado
como un proceso virtuoso y útil para el crecimiento de la sociedad
estadounidense. Después de la Segunda Guerra Mundial, en
cambio, el crecimiento de las financiaciones que el gobierno central
otorgaba, acentuó esta tendencia hasta convertirla en
potencialmente peligrosa para todo el sistema de investigación. La
investigación norteamericana lleva tiempo sufriendo este
crecimiento exagerado, y sería necesario volver a colocarla en su

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verdadera dimensión. Pero nadie parece tener la intención de


hacerlo. Tal vez porque todo hace suponer que se trata de un
imposible. Los grandes sistemas y organismos sociales atrofiados a
menudo no se modifican: colapsan y se extinguen. Es difícil
modificar su estructura como para mantenerlos en pie. ¿Quién
habría podido reformar, por ejemplo, el imperio romano como para
conservarlo aún con vida? ¿Quién podría hoy en día reformar el
sistema de la Ciencia con mayúsculas, cuya crisis refleja por
anticipado y en gran magnitud la crisis de la ciencia europea?
Probablemente nadie. Por eso hoy en día parece mucho más
razonable que hace veinte años la propuesta de Price: «El país que
ha alcanzado una plena madurez logística, saturada de ciencia,
debe procurar comportarse con madurez y sabiduría; debe ceder
parte de su función de guía a los países más jóvenes que crecen a
su alrededor y que en forma gradual lo despojan de su superioridad
científica». El único remedio sería, entonces, transferir
progresivamente la actividad de investigación a los países en vías de
desarrollo.
Esta propuesta está basada en una constatación impugnable: en los
países en desarrollo la ciencia cuesta menos y sólo este hecho
elimina cualquier efecto contrario o paradoja relacionada
necesariamente con la profesionalización y masificación de la
actividad investigadora. Allí donde la ciencia cuesta poco no se
instala la dictadura de los mediocres porque el acceso a la
investigación está favorecido para aquellas personas altamente
creativas y motivadas, no se crean estructuras de poder e

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hipertrofias burocráticas que sofocan la autonomía del investigador,


no se observa un aumento indiscriminado de publicaciones e
informaciones erróneas o tendentes a confundir. Todo el sistema
tiene un funcionamiento más fisiológico y el desarrollo de la
comunidad científica y el de los gastos que a ella se refieren, se
refleja en un progreso científico real.
Un ejemplo reciente lo constituye el notorio desarrollo que tuvo la
ciencia en Japón inmediatamente después de la segunda guerra
mundial. En Made in Japan, el libro que Akio Morita le dedicó a este
fenómeno, se señaló con justicia que «en la reconstrucción que tuvo
lugar después de la guerra el bajo coste del personal instruido fue
una ventaja para la creciente industria japonesa de tecnología
convencional. Ahora que la industria requiere de la alta tecnología,
Japón es afortunado porque posee una fuerza de trabajo altamente
instruida que está preparada para el nuevo desafío». Por otra parte,
la historia de la ciencia demuestra con bastante claridad que los
científicos siempre han producido más cuando se les ha pagado
menos. La paradoja aparente se explica a partir de que las
condiciones económicas desfavorables funcionaban como un filtro,
desalentando a los mediocres que deseaban emprender la carrera de
investigadores. Permanecían sólo las personas de inteligencia
superior a la media y muy motivadas para quienes la investigación
es más una vocación que una profesión. No obstante, la idea de
Price nunca se consideró con seriedad, al menos hasta hace pocos
años cuando la recogieron las instituciones de carácter
internacional y algún científico, aunque sin hacer referencia

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explícita a Price.
A partir de 1989 el Banco Mundial, institución de crédito
internacional nacido en 1945 para contribuir a la reconstrucción y
al desarrollo de las capacidades productivas destruidas durante la
guerra, ha comenzado a subrayar la importancia que tienen, para
los países del tercer mundo, el desarrollo de estructuras propias y
autónomas de investigación científica. El Banco Mundial ha
recomendado, en primer lugar a África, frenar la pérdida de
cerebros ya que más de setenta mil africanos instruidos han
decidido permanecer en Europa y que muchos de los treinta y
cuatro mil africados que estudian en Estados Unidos probablemente
se queden y se establezcan en ese país. En segundo lugar, el Banco
recomienda que la mitad de la aumentada ayuda financiera
propuesta para África en la próxima década se invierta en sectores
productivos, asistencia técnica e investigación. Mientras tanto, la
Academia de Ciencias del tercer mundo ha solicitado que se facilite
la transferencia de información y la adquisición de la literatura
científica a los países en vías de desarrollo, a través de facilidades
económicas para la compra de libros y revistas y el acceso a bancos
de datos para cincuenta bibliotecas centrales que se constituirían
en cincuenta países en desarrollo.
La importancia de tales iniciativas fue recientemente subrayada por
el premio Nobel de física Muhammad Abdus Salam que propone que
en los próximos veinte años entre el 10 y el 15 por ciento de las
ayudas destinadas a los países en desarrollo se reserve para
promover la ciencia y la tecnología. En la actualidad, todas estas

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iniciativas se entienden más como la mejor forma de garantizar el


adecuado desarrollo de los países del tercer mundo que como el
camino para reducir los costes y obtener una mayor rapidez en el
desarrollo científico internacional. Pero no hay duda de que serán la
base de las premisas para la transferencia de la investigación de los
países occidentales a aquéllos en vías de desarrollo.
Esta transferencia puede parecer inconcebible y, dada la actual
situación, difícil de realizar. El predominio científico y tecnológico de
Occidente parece tan arraigado que es difícil imaginar un futuro en
el que las investigaciones de vanguardia se lleven a cabo en países
de África central, América del Sur o Afganistán. Pero se trata tan
sólo de un prejuicio que un mínimo conocimiento de la historia de la
ciencia puede desbaratar con facilidad. «La primera cosa que se
debe comprender acerca de la distancia entre la ciencia y tecnología
del norte y la del sur», sostiene Salam, «es que tiene un origen
relativamente reciente». Aún sin tener en cuenta las relaciones de
derivación que se establecen entre la ciencia griega y la oriental,
sostiene Salam, en la época de Platón, el período inicial de mayor
desarrollo, los científicos pertenecían a una especie de
Commonwealth griega que recogía a griegos, egipcios, italianos del
sur, y a los antepasados de los actuales sirios y turcos. Desde el año
600 al 650 d. C. existió un claro predominio de la ciencia china,
mientras que desde el 650 al 700 d. C. además de los chinos
contribuyeron en forma reconocida al progreso científico los
habitantes de India, los árabes, los persas, los turcos y los afganos
«en una sucesión ininterrumpida de exponentes del tercer mundo

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durante cincuenta años», subraya Salam. Sólo después del año


1100 comienzan a aparecer los primeros nombres occidentales,
Gerardo de Cremona, Roger Bacon, y otros. Pero los honores se
dividen durante los siguientes doscientos años con hombres de
ciencia del tercer mundo como Ibn-Rushd, Naseer-ud-din Tusi,
Musa bin Maimun y el sultán Ulug Beg. Occidente no comenzó a
ganar terreno hasta 1450 y se puso en cabeza alrededor del año
1660. En aquella época, sostiene Salam, se levantaron dos de los
más grandes monumentos de la historia moderna, uno en Occidente
y otro en Oriente: la catedral de San Pablo en Londres y el Taj
Mahal, verdadera joya del arte islámico, erigido en Agrá por el Shah
Giahn para su esposa. Estos monumentos, según Salam,
simbolizan más que cualquier otra cosa los niveles comparativos de
tecnología arquitectónica, de habilidad artesanal y de sofisticación
que las dos culturas habían alcanzado en aquel momento de la
historia. «Pero en ese mismo período», agrega Salam, «se erigió, esta
vez sólo en el norte, un tercer monumento aún más grande debido a
su importancia para la humanidad. Se trata de los Principia de
Newton, publicados en 1687, y este trabajo no tuvo su
contrapartida en la India».
Fue entonces, hace tan sólo trescientos años, que Occidente
adquirió esa neta superioridad científica y tecnológica que hoy
aparece estrechamente unida a nuestra civilización, pero es evidente
que se trata sólo de un prejuicio y que Salam tiene razón: «La
ciencia y la tecnología son cíclicas y constituyen una herencia
compartida por toda la humanidad. Este y oeste, sur y norte han

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participado en igual medida en su creación en el pasado, al igual


que esperamos que suceda en el futuro cuando el esfuerzo común
en el campo científico se convierta en una de las fuerzas
unificadoras de los diferentes pueblos del globo».
Estas transferencias de cultura de una civilización a otra y de una
zona geográfica a otra fueron determinadas, en el pasado, por
condiciones históricas, económicas y políticas complejas de las que
sus protagonistas no eran conscientes. Hoy en día, como suponía
Price, el alto nivel de conciencia que hemos alcanzado, gracias al
desarrollo de los análisis históricos y sociológicos relativos a la
ciencia y al contexto social en el que está inmersa, permiten pensar
que la transferencia podrían llevarla a cabo, por primera vez, los
científicos y las sociedades en las que trabajan. Es probable
también que, en ese caso, la transferencia no esté acompañada
necesariamente por un retroceso o una involución científica de
aquellos países que hasta ahora han estado a la vanguardia de la
investigación.

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Capítulo IV
Descubrimientos y redescubrimientos del agua
Contenido:
§. Poliagua
§. La memoria del agua
§. Energía en un vaso de agua

§. Poliagua
En 1968 un miembro del área de comunicaciones de la marina
militar estadounidense escribió un informe en el que llamaba la
atención de las autoridades científicas de su país sobre las
investigaciones realizadas en la Unión Soviética acerca de un nuevo
tipo de agua. Un químico ruso no muy conocido, Nikolay Fediakin,
que trabajaba en el instituto técnico de Kostroma, una pequeña
ciudad a 270 kilómetros de Moscú, había publicado en 1961 un
artículo en el que describía el método de producción de un agua
dotada de propiedades sorprendentes.
Este nuevo tipo de agua, que Fediakin denominó «agua anómala», se
formaba por condensación del vapor en capilares de cuarzo (es
decir, en probetas con una pequeñísima boca). Su densidad era un
40 por ciento más alta que la del agua normal, tenía la consistencia
de gelatina de petróleo y se congelaba a 40 grados centígrados. Sin
embargo, su característica más sorprendente era que no hervía.
Los científicos norteamericanos se sintieron de inmediato
conmocionados: recordaban aún con amargura la ofensa del
Sputnik, el primer satélite puesto en órbita por los rusos el 4 de

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octubre de 1957, bastante antes que ellos. Los Estados Unidos


habían dado a conocer dos años antes su programa de lanzamiento
de los primeros satélites Vanguard. El presidente Eisenhower había
hablado de ello el 29 de julio de 1955. En los dos años siguientes,
mientras en Estados Unidos una enorme campaña de prensa
preparaba a la opinión pública para el gran evento, los rusos
trabajaban en silencio y aquel fatídico 4 de octubre derrotaron al
gran coloso norteamericano anunciando el lanzamiento del Sputnik
durante el octavo congreso de la Federación Internacional de
Astronáutica que se realizaba en aquel momento en Barcelona.
Como si con esto no bastara, en un intento por recuperar el tiempo
perdido, los norteamericanos llevaron a cabo, en diciembre de 1957
y en febrero de 1958, dos apresuradas pruebas de lanzamiento que
fracasaron por completo. En noviembre, en cambio, los rusos
habían puesto ya en órbita un segundo Sputnik a bordo del cual se
encontraba la perrita Laika.
La noticia del agua anómala parecía testimoniar una vez más la
superioridad de la ciencia rusa. Era necesario hacer algo. Su
carrera contra el tiempo en aquella ocasión era mucho más
apasionada ya que existían competidores: los primeros occidentales
que se lanzaron sobre la nueva pista fueron los ingleses. El artículo
original de Fediakin se había traducido al inglés en 1962, y en 1966
algunos científicos británicos invitaron a Boris Deryaguin a dictar
una serie de conferencias acerca del agua anómala. Deryaguin era
el director del laboratorio de fuerzas de superficie del Instituto de
Química y Física de Moscú y, después de que Fediakin lo

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contratara, había comenzado a trabajar junto con su equipo en el


agua anómala publicando alrededor de quince artículos.
Los experimentos que Deryaguin y su grupo habían vuelto a realizar
estaban mucho más documentados que los artesanales de Fediakin
y los resultados positivos que habían obtenido parecían tener mayor
valor. En Inglaterra se habían repetido los experimentos, primero
los llevó a cabo John Bernal en el laboratorio de cristalografía del
Birbeck College de Londres y luego otros científicos, que
confirmaron en su totalidad los resultados de los rusos.
Cuando la noticia del agua anómala llegó a los Estados Unidos, el
químico Ellis R. Lippincott realizó, junto con algunos colaboradores
de la Universidad de Michigan, una serie de experimentos en los que
se reprodujo el agua anómala. Se realizó un detallado examen
espectroscópico usando rayos infrarrojos y láser, llegándose a la
conclusión de que en efecto se encontraban frente a un nuevo tipo
de agua compuesta por unidades poliméricas dispuestas a partir de
un orden preciso. Debido a esta peculiar característica decidieron
denominarla «poliagua».
Para demostrar la superioridad de la ciencia norteamericana
respecto de la rusa, Lippincott explicó también cuál era la particular
disposición de los átomos que producía en la poliagua una mayor
densidad y viscosidad que la diferenciaban del agua normal.
Finalmente, un físico de la Universidad de Princeton, Lelan Allen,
desarrolló una teoría basada en la mecánica cuántica para dar
cuenta de los resultados experimentales de la nueva sustancia. El
New York Times afirmó que los científicos habían logrado obtener un

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agua dotada, de propiedades maravillosas que se utilizaría para


impermeabilizar los abrigos, sustituir el anticongelante de los
automóviles, como lubricante, como inhibidor de corrosión e incluso
como sustancia conservante para los bancos de sangre. Otro
artículo aparecido en la autorizada revista Nature advertía contra un
uso indiscriminado de la poliagua que estaba dotada también de
otra propiedad singular, la de absorber el agua normal,
pronosticaban el peligro de que una difusión excesiva pudiera, a
largo plazo, deshidratar por completo la Tierra. Sociedades y
oficinas del gobierno se apresuraron a financiar los diferentes
proyectos de investigación acerca de la poliagua. En poco tiempo se
llevó a cabo una gran cantidad de experimentos documentados en
una amplia literatura.
Pero a fines de 1970 comenzaron a generarse dudas acerca de la
verdadera naturaleza de la poliagua y finalmente, en 1971, el
descubrimiento comenzó a desbaratarse. A decir verdad, ya en 1969
un científico ruso, Tal’roze, había sostenido que las muestras de
poliagua producidas por Deryaguin estaban contaminadas por
sustancias grasas. Pero más tarde, en un artículo titulado
Polywater: polimer or artifact? aparecido en la revista Science en
1970, D. L. Rousseau y S. P. Porto demostraron que la poliagua
estaba constituida en realidad por una solución de siliconas en un
agua contaminada entre el 20 y el 60 por ciento de sodio, el 3 por
ciento de calcio y potasio y el 15 por ciento de cloratos, sulfatos y
fosfolípidos. Los dos autores pensaron por un momento que se
encontraban ante un caso de estafa pero luego optaron por una

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solución menos comprometedora: afirmaron que la contaminación


estaba causada por sales que algunos investigadores utilizaban
para reducir la presión del vapor durante el proceso de evaporación
del agua, o por la grasa utilizada para consolidar esas mismas sales.
Comenzó entonces una precipitada marcha atrás. En 1971
Lippincott presentó sus dudas acerca de sus anteriores análisis y
Allen concluyó, basándose en nuevos cálculos, que el modelo
atómico que había elaborado para explicar la composición de la
poliagua carecía por completo de fundamentos. Finalmente, en
agosto de 1973, también Boris Deryaguin admitió definitivamente
que las propiedades anormales atribuidas a su agua eran en
realidad fruto de una reacción entre el vapor y las superficies
sólidas que tenía lugar durante el proceso de condensación. La
poliagua no existía; se trataba tan sólo de un agujero en el agua.

§. La memoria del agua


El 30 de junio de 1988 apareció en la revista Nature un artículo
firmado por casi trece autores, dos de ellos italianos. El título nada
le decía a un profano: «Desgranulación de basófilos humanos
activada por un antisuero contra IgE muy diluido». Pero el contenido
era tan sorprendente e importante que la noticia apareció en todos
los periódicos y telediarios del mundo. Si los resultados que se
presentaban en ese artículo se hubieran confirmado realmente, la
ciencia habría dado, por primera vez, una prueba plausible del
principio fundamental de la medicina homeopática: el que afirma
que sustancias suministradas en dosis infinitesimales pueden

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desempeñar una acción terapéutica. Pero veamos los detalles del


«descubrimiento».
Los basófilos son glóbulos blancos de la sangre que contienen
gránulos, a su vez portadores de diferentes sustancias, entre las
cuales la principal y más importante es la histamina. Esta última
cumple un rol fundamental en las reacciones alérgicas. Cuando un
sujeto alérgico entra en contacto con un alérgeno al que es sensible
(como podría ser por ejemplo el polen de las plantas) los basófilos
dejan en la sangre sus gránulos que liberan la histamina en el nivel
de las mucosas, de las paredes vasculares, de los bronquios,
provocando las manifestaciones características de la alergia. Es
decir que la desgranulación de los basófilos es el primer escalón de
la reacción alérgica.
Es también posible provocar una reacción alérgica en sujetos que
son normalmente insensibles utilizando una sustancia especial
llamada anti-IgE. Es un anticuerpo producido por las cabras. Su
importancia radica en que actúa como clave universal para
desencadenar la desgranulación de cualquier tipo de basófilo, tanto
en personas alérgicas como en aquellas que no lo son.
Los experimentos presentados en el artículo de Nature consistían en
verificar si la desgranulación de los basófilos podía desencadenarse
mediante pequeñísimas dosis de anti-IgE, preparadas a partir del
principio de dilución típico de la homeopatía. Se partía de una
solución acuosa que contenía un gramo de anti-IgE por cada litro de
agua, luego se diluía diez veces esta solución y después se repetía la
operación dividiendo por diez el contenido del antisuero. De ese

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modo se obtenía una solución dentro de la cual, bajo las leyes de la


química, no se encontraba huella alguna del antisuero. Una famosa
ley química, descubierta para desesperación de los homeópatas por
Amadeo Avogadro, establece que la cantidad de sustancia presente
en una molécula-gramo de cualquier compuesto es igual al producto
de 6,02 × 1023. Esto significa que una molécula-gramo de cualquier
sustancia o fármaco disuelto trece veces consecutivas en cien
mililitros de agua desaparece por completo. La probabilidad de
encontrar una sola molécula en la disolución es de una en 99. Por
eso la medicina y la farmacología oficiales sostienen que los
fármacos homeopáticos no contienen nada y no ejercen acción
terapéutica alguna.
Ahora bien, en el artículo de Nature se demostraba exactamente lo
contrario. El agua destilada en la que el antisuero había sido diluido
casi hasta desaparecer provocaba, aunque no siempre, la
desgranulación de los basófilos. Naturalmente los experimentos no
se realizaban de (orina directa en el hombre sino que se utilizaba
una prueba de desgranulación de los basófilos conocida como DBH,
preparada por el profesor Jacques Benveniste de la Universidad de
París-Sur, director de la unidad de investigación Inserm U 200, en
la que se habían llevado a cabo los experimentos. Aunque era el
más autorizado, Benveniste figuraba el último en la lista de autores
del artículo, y el primer nombre era el de Elisabeth Davenas. Otro
autor clave era Bernard Poitevin. Los coautores italianos eran el
profesor Antonio Miadonna del Hospital Maggiore de Milán y un
miembro de su equipo, Alberto Tedeschi. La prueba utilizada en los

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experimentos consistía prácticamente en poner en contacto, en una


probeta, los basófilos provenientes de una muestra de sangre con
un agente desgranulante, en este caso específico, con el antisuero
IgE altamente diluido. La operación se completaba con la
incorporación de un colorante especial, el azul de toluidina, muy
utilizado en histología, para la coloración de las células nerviosas.
Esta sustancia permite observar en el microscopio los basófilos, que
aparecen como unas burbujitas rojas. Aquellos que pueden
observarse, sin embargo, son los basófilos que aún no se
desgranularon; los desgranulados en cambio, no se colorean y
permanecen invisibles. Para demostrar que la reacción ha tenido
lugar es suficiente contar las burbujas rojas en el microscopio. Si
hay pocas o ninguna significa que los basófilos se han
desgranulado. Si, en cambio, pueden contarse muchas, la reacción
no ha tenido lugar.
A menudo, aunque no siempre, en los experimentos presentados en
el artículo faltaban muchas burbujitas rojas. La dosis «homeopática»
de antisuero había desarrollado su efecto en forma inexplicable ante
las mismas narices de la ley de Avogadro. Los mismos autores no
sabían explicar por qué y escribían: «La naturaleza de este fenómeno
permanece sin explicación». Sin embargo, arriesgaban una
hipótesis: «Pensamos que ninguna de las moléculas originales
estaban presentes en las diluciones sobrepasando el límite de
Avogadro, y que la información específica debe haberse transmitido
durante el proceso de dilución y agitación. El agua puede haber
actuado como un molde para la molécula». Esta hipótesis formulada

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por Benveniste que la repitió luego en diferentes ocasiones, se volvió


tan famosa como la hipótesis de la «memoria del agua».
Benveniste sostenía que, prácticamente, las moléculas de antisuero
ya no se encontraban en el agua tras las altísimas diluciones, sino
que dejaban una huella, una especie de marca imperceptible,
modificando el campo electromagnético de algunas moléculas de
agua. Es decir que el agua conservaría la memoria de las moléculas
de antisuero y esta memoria desencadenaría la desgranulación de
los basófilos. La idea fue considerada absurda por la ciencia oficial,
y más aún cuando Benveniste para divulgarla subrayó los aspectos
paradójicos con algunas analogías sorprendentes. Declaró, por
ejemplo, que se podría lanzar las llaves del coche al Sena en París y
recoger luego en Le Havre las moléculas que conservan el molde que
permitiría volver a hacer las llaves y encender el motor. Cuando
escuchaban este ejemplo, los colegas de Benveniste, físicos y
químicos, sacudían la cabeza. La cosa resultaba difícil de digerir
para la ciencia oficial, sobre todo, porque hay que recordar que la
reacción tenía lugar en forma intermitente y con intensidad
variable.
Pero entonces, ¿por qué Nature, la revista científica de mayor
prestigio en el mundo, había publicado aquel artículo? En realidad,
el director de la revista John Maddox había rechazado en un
principio el artículo, pero Benveniste había insistido repetidas veces
poniendo sobre la balanza toda su autoridad científica hasta que
finalmente Maddox prometió publicarlo aunque con dos
condiciones: en primer lugar todo el artículo debía estar precedido,

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como sucedió en efecto, por un editorial titulado «Cuando creer en lo


increíble», en el que el mismo Maddox señalaba que el fenómeno
descrito en el artículo carecía de explicación física, al menos por el
momento, y pedía a los lectores que dejaran su opinión acerca del
tema en suspenso hasta que, y ésta era la segunda condición, una
comisión no hubiera ido al laboratorio de Benveniste a fin de asistir
a la repetición de los experimentos y hubiera controlado los
resultados.
De esta forma, durante toda una semana el mismo John Maddox, el
conocido prestidigitador James Randi, y el fraudbuster Walter
Stewart pusieron patas arriba el laboratorio de la unidad 200,
hicieron mil quinientas fotocopias de documentos, y metieron las
narices en todas partes para intentar comprender dónde estaba el
truco. Los resultados de aquella visita de control se presentaron en
un artículo aparecido, siempre en Nature, el 28 de julio de 1988. Sin
embargo, el artículo no presentaba ni una solución clara, ni una
abierta acusación. Para comprender qué había ocurrido había que
leer entre líneas.
Con gran habilidad, los tres examinadores se declaraban
convencidos de la buena fe de Benveniste mientras que de Davenas
decían tan sólo que debían agradecerle por haberse encargado de
contar las burbujitas rojas. La ausencia de referencia a la buena fe
de Davenas parecía insinuar en forma implícita, como luego hizo
Randi (aunque sólo en privado y no por escrito), que la investigadora
pudiera ser la responsable del truco que estaban buscando. Pero en
el resto del artículo no se mencionaba truco alguno ni se sacaba la

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conclusión de que el tema de la memoria del agua fuese un montaje


de tipo fraudulento. La única acusación que se hacía contra los
investigadores franceses era la de haber cometido errores en las
muestras estadísticas. Para ellos la presentación salteada de los
resultados positivos dependía simplemente de errores en el conteo
de las burbujitas rojas.
Sin embargo, según los investigadores, esto no excluía la existencia
de alguna persona que hubiese cometido un engaño. Existían, de
hecho, muchos detalles sospechosos. Los examinadores se
enteraron, en primer lugar, de que la única que había obtenido
regularmente buenos resultados era Elisabeth Davenas, que había
sido siempre la encargada de registrar los resultados de los
experimentos y mediante un procedimiento singular: los escribía
con tinta indeleble en un cuaderno de laboratorio cuyas páginas
estaban enumeradas, pero antes tomaba apuntes a lápiz, luego
llevaba a casa el cuaderno y escribía la versión definitiva. Esto hacía
pensar de inmediato, que al ordenar las cosas, Davenas no tenía en
cuenta los resultados negativos. Las sospechas contra Davenas
aumentaron en el transcurso de una experiencia que resultó
decisiva. En un primer momento, los experimentos repetidos por los
franceses ante la vigilancia de los tres examinadores habían dado
resultados positivos, tanto es así que Maddox comenzaba a temer
que debía publicar en su revista un informe favorable acerca de los
méritos a tener en cuenta y la seriedad científica de la homeopatía.
Antes de verse obligados a admitir algo tan vergonzoso para ellos,
los tres examinadores deseaban llevar a cabo una última serie de

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experimentos con una metodología muy rigurosa. Las probetas que


contenían las diluciones se etiquetaron ante el ojo vigilante de una
cámara de televisión. Luego Davenas las llevó a otra habitación
cuyas ventanas habían sido oscurecidas para que nadie pudiera ver
lo que ocurría. Se controló también que no existieran micrófonos y,
siempre bajo la vigilancia de la videocámara, quitaron las etiquetas
que Davenas había colocado y las sustituyeron por otras,
numeradas de acuerdo con un código totalmente casual inventado
en aquel momento y que se transcribió sobre una hoja de papel.
Esta hoja se dobló y se colocó dentro de otra, esta vez de aluminio, y
se introdujo en un sobre que fue cerrado con un adhesivo especial
de manera tal que cualquier persona que hubiera intentado abrirlo
habría dejado sus huellas digitales.
Finalmente se colocó el sobre en el techo del laboratorio. Sólo al
final de este proceso Davenas obtuvo nuevamente las probetas para
continuar con el experimento. Todo este procedimiento se había
llevado a cabo a fin de que si alguien intentaba realizar algún
engaño contaminando alguna de las probetas con el antisuero, no
supiera cuál de ellas contaminar. Finalmente las diluciones ya
codificadas fueron puestas en contacto con los basófilos, se agregó
el colorante y se las llevó al frigorífico para poder efectuar los
conteos. Hecho esto, investigadores e inquisidores fueron a cenar.
Sin embargo, antes de abandonar el laboratorio, Randi, sin decírselo
a nadie, hizo unas marcas en el suelo para señalar la posición de
una escalera que podía servir para alcanzar la carta que estaba
pegada al techo. El último en salir del laboratorio fue Benveniste,

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que era el único que tenía las llaves de las alarmas.


Según el relato de Randi, al día siguiente, cuando todos regresaron
para efectuar los conteos y observar los resultados del experimento,
Davenas y los otros investigadores parecían un poco preocupados.
Benveniste en cambio estaba muy contento. Estaba tan seguro de
que los resultados habrían sido positivos, que había preparado
champaña y convocado a los fotógrafos. Se efectuaron los conteos e
inmediatamente después se abrió la carta que contenía los códigos.
Se dieron cuenta de que los resultados eran todos negativos. En
lugar de las burbujas de la champaña, Benveniste tuvo que digerir
gran cantidad de burbujitas rojas, prueba tangible de que los
basófilos no habían realizado la desgranulación. El anti-IgE en dosis
homeopáticas no tenía efecto alguno. Randi señaló también que la
escalera se había movido de la posición que ocupaba la noche
anterior y que alguien había intentado abrir la carta con un lápiz o
con un instrumento punzante sin lograrlo, por lo que abandonó el
intento temiendo dejar signos evidentes de violación del documento.
En su artículo, los tres inquisidores relataban simplemente cómo se
habían desarrollado los hechos sin arriesgar una hipótesis acerca de
quién podía ser el responsable del intento. Pero a partir de abril de
1989, Randi sostuvo en diferentes ocasiones que la principal
sospechosa era Davenas. Aunque no lo dijeran en su artículo en
forma explícita, los tres examinadores estaban convencidos de que,
más que fruto de una errónea metodología estadística, toda la
historia no era más que un montaje que se apoyaba en un vulgar
engaño.

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El artículo contenía también una referencia a los posibles


instigadores. Maddox y sus compañeros descubrieron que Boiron, la
empresa farmacéutica homeopática más importante, no sólo había
pagado sus gastos de hospedaje, sino que también se hacía cargo de
los sueldos de Davenas y Poitevin que era, como se recordará, uno
de los autores del artículo que anunciaba el «descubrimiento».
La relación entre Benveniste y la industria farmacéutica
homeopática había comenzado a desarrollarse precisamente a
través de Bernard Poitevin. Poitevin era un médico que había
terminado sus estudios en Nantes, en 1978, y que comenzó a
ocuparse de la homeopatía después de que su padre adoptivo se
sanara mediante este tipo de terapia. En 1980 llegó al laboratorio de
Benveniste para realizar su tesis de doctorado en inmunología, pero
en realidad siguió interesado en llevar adelante experimentos de
homeopatía. Él fue quien hizo la presentación entre Benveniste y
Michel Aubin, director científico de los Laboratories
Homéopathiques de France (LEIF), una empresa farmacéutica que
competía con Boiron. En 1982 Aubin firmó un primer contrato con
Benveniste para estudiar la acción de los productos homeopáticos
en los sistemas alérgicos.
Pero al mismo tiempo, Boiron comenzó a interesarse en los
experimentos de homeopatía que Benveniste había empezado a
realizar por sugerencia de Poitevin. Así, en 1983, cuando la LHF
renueva su contrato con el laboratorio de Benveniste por otros dos
años, se firma un contrato con la empresa Boiron. Mientras tanto
Poitevin, que había sido nombrado consejero científico de la LHF,

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actuaba como supervisor de los experimentos con la asistencia de


un técnico de laboratorio pagado por Boiron, Beatrice Descours.
Pero en 1983 Descours dimitió y ocupó el puesto Elisabeth
Davenas, cuyo sueldo se pagaba con fondos de la empresa Boiron.
En 1988, algunos meses antes de la publicación del artículo en
Nature, Boiron adquirió finalmente la LHF convirtiéndose en la
única empresa que financiaba los experimentos de la unidad 200
dirigida por Benveniste. En total las dos empresas farmacéuticas
habrían invertido de 1982 a 1986 entre doscientos y trescientos mil
francos por año, y entre 1987 y 1988 alrededor de ochocientos mil
francos. Esta estrecha relación con las dos empresas farmacéuticas
cuestionaba toda la investigación que se realizaba en la unidad 200,
pero Benveniste señaló que muchas investigaciones científicas
reciben hoy en día financiación de las industrias, incluso algunas
que más tarde recibieron el premio Nobel.
En todo caso, Benveniste y la ciencia francesa salían muy mal
parados de toda esta historia incluso porque, mientras tanto, los
otros laboratorios que habían confirmado los resultados franceses
estaban empezando a dar marcha atrás. Miadonna y Tedeschi por
ejemplo, dos milaneses que habían dado con su confirmación un
gran apoyo a Benveniste, declararon que consideraban terminada
su misión y que no pensaban volver a ocuparse de ese tipo de
experimentos. Uno de los coautores del artículo en cuestión, Pierre
Belon, rompió sus relaciones con Benveniste. Así, Philippe Lazar,
director general del Inserm, del que dependía el laboratorio de
Benveniste, comenzó a amenazarle con el despido. Luego concedió a

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Benveniste la posibilidad de concluir su mandato, que llegaba a su


fin en 1992, con la condición de que echara a Davenas y repitiera
los experimentos bajo el control de una persona fiable, el profesor
Alfred Spira, director de la unidad 292 del Inserm, a fin de verificar
la veracidad de la acusación de haber cometido errores en el
muestreo estadístico, la más grave en el plano científico.
La nueva serie de experimentos se concluyó en enero de 1990. El
veredicto de Spira fue salomónico: «El fenómeno existe», declaró, «los
experimentos han dado resultados positivos y, sin embargo, aunque
se haya utilizado una metodología correcta, los resultados resultan
extraños desde el punto de vista estadístico. Es un hecho que no
logro comprender ni explicarme». Es decir que la historia culminó
sin un veredicto definitivo.
La comunidad científica internacional está convencida, sin embargo,
de que la historia de la memoria del agua era en realidad fruto, si no
de una verdadera estafa, al menos de una experimentación mal
conducida. Lazar obligó a Benveniste a abandonar este tipo de
experimentos y a volver a ocuparse estrictamente de inmunología.
El honor de la ciencia francesa se salvó gracias a Spira, que si bien
no quiso comprometerse a proporcionar una prueba de la existencia
del fenómeno en discusión, dio testimonio de que en la
experimentación no existía un error metodológico. En esas
condiciones hay quien continúa sosteniendo, como Michel de
Pracontal, un periodista que ha dedicado al caso el libro Les
mystères de la mémoire de l’eau, que nadie ha demostrado que los
resultados de Benveniste fueron fruto de errores de

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experimentación, y mucho menos de una estafa, y no excluye la


posibilidad de que dentro de algunos años vuelva a creerse en su
efectividad.

§. Energía en un vaso de agua


Un verdadero descubrimiento del agua fría ha sido desde el
comienzo la fusión fría, el proceso físico que, según sus
descubridores, habría permitido extraer energía a bajo coste a partir
de un pequeño recipiente de agua pesada y dos electrodos. La
mayor parte de los científicos se mostraron de inmediato muy
escépticos y, aunque con cautela, dijeron que aquello tenía todo el
aspecto de ser un descubrimiento ficticio porque el fenómeno era
conocido y se sabía que no se podía producir más que una cantidad
irrisoria de energía. Por eso nació la sospecha de que alguien
hubiera hecho trampa para poder especular al respecto.
La historia comenzó el 23 de marzo de 1989 con una conferencia de
prensa en una pequeña universidad de Utah, en Salt Lake City. Dos
químicos, Martin Fleischmann y Stanley Pons, anunciaron haber
realizado la fusión fría.
La fusión se produce cuando los núcleos de dos átomos se funden,
es decir que originan otro átomo liberando al mismo tiempo una
enorme cantidad de energía respecto del peso de los materiales
empleados. Pero, ¿por qué tiene lugar la fusión? Se sabe que los
elementos en la naturaleza no son tantos; 92 son estables, el último
es el uranio, el más pesado. Luego existen otros que son inestables
y se obtienen en laboratorio (los llamados elementos transuránicos),

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pero en total son alrededor de un centenar, más no pueden existir


por el simple hecho de que cuanto más se agranda el núcleo, más
inestable se vuelve hasta que se rompe. Los núcleos más estables
son los de peso medio que se encuentran en el centro de la tabla de
Mendeleev, que no son ni muy grandes ni muy pequeños. Los
núcleos pequeños tienden en efecto a fundirse y a generar núcleos
medios, mientras que los núcleos grandes tienden a sufrir un
proceso de fisión, es decir a romperse y a generar nuevamente
núcleos medios. Desde hace tiempo se sabe que la fusión de dos
núcleos en uno solo libera gran cantidad de energía, y se sabe
también que el Sol funciona precisamente de esta manera a fin de
producir luz y calor. El Sol se alimenta de un carburante nuclear
que produce energía a través de las reacciones de fusión nuclear de
los elementos ligeros. Es por eso que desde hace años los físicos
intentan imitar al Sol.
Pero debe superarse una gran dificultad. Si se desea fundir dos
núcleos de átomos ligeros (como por ejemplo el hidrógeno pesado y
el deuterio) para generar un átomo más pesado y la liberación de
una gran cantidad de energía, se necesita colocarlos muy cerca el
uno del otro. La cosa no es tan simple como parece, ya que cuando
dos núcleos atómicos están demasiado cerca se rechazan debido a
la repulsión electrostática, descubierta a fines de 1700 por el físico
francés Charles-Augustin Coulomb, y que constituye la llamada
«barrera coulombiana». Para superar esta barrera son necesarias
presiones o temperaturas altísimas. El Sol puede operar la fusión
nuclear precisamente gracias a que desarrolla temperaturas

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extremadamente elevadas. En el exterior del Sol la temperatura es


del orden de cinco mil grados, pero en su núcleo, en el interior,
alcanza muchos millones de grados. Por eso, este tipo de fusión se
denomina fusión caliente.
Desde hace años muchos investigadores en distintos países del
mundo y en particular en la Unión Soviética, en los Estados Unidos
y en Italia, procuran realizar la fusión caliente reproduciendo las
condiciones que se observan sólo en el Sol. Sin embargo, es una
empresa muy difícil puesto que el problema a superar no es sólo la
forma de calentar la materia hasta alcanzar los millones de grados,
sino también el recipiente: no se sabe dónde colocar esta materia
que se encuentra a tan alta temperatura. Las soluciones que hasta
hoy se han elaborado son en esencia dos: una es el confinamiento
magnético. Es decir que en realidad no se crea contenedor alguno
sino que las partículas se encierran en un campo magnético que no
les permite salir. Una gran máquina para el confinamiento
magnético se encuentra en Oxford, y ha sido denominado Tokamak
porque, dado que era un invento soviético de los años cincuenta,
tomaba el nombre de las iniciales de las palabras rusas Toroidalny
Kamera Makina, que significa «máquina de cámara toroidal», es
decir, en forma de rosca. La otra solución es el confinamiento
inercial, que de modo particular sostiene hoy en día el premio Nobel
Cario Rubbia, que se obtiene quemando una pastilla de combustible
suspendida por unos haces concéntricos de partículas o de rayos
láser.
La fusión caliente está muy lejos de realizarse y requiere el montaje

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de enormes y muy costosos laboratorios. Cada una de la máquinas


utilizadas cuesta cientos de millones de liras. El interés por el
anuncio de Fleischmann y Pons nacía precisamente de que los dos
parecían haber cogido un atajo y descubierto una forma más
económica que la empleada por el Sol para producir energía. La
fusión fría no requiere altas temperaturas y por lo tanto tampoco
tantas máquinas. Todo lo que Fleischmann y Pons necesitaban era
una celda electrolítica, es decir, una especie de vaso grande lleno de
agua pesada (agua con deuterio), sales y dos electrodos, dos barritas
de metal una de paladio o titanio y la otra de cualquier otro metal.
El paladio y el titanio son ávidos consumidores de hidrógeno y
deuterio. Sobre el funcionamiento de los aparatos fueron dadas a
conocer sólo hipótesis.
Haciendo pasar la comente a los electrodos, el paladio comenzaba a
consumir deuterio del agua, absorbiéndolo y concentrándolo en su
estructura. Los átomos de deuterio se acumulaban cada vez más en
el paladio encontrándose tan cerca unos de otros que superaban,
por efecto de la compresión, la repulsión de Coulomb y se fundían.
Sin embargo, la cosa resultaba más fácil de decir que de
comprender. Ninguna ley conocida puede justificar que la sola
compresión pueda vencer la barrera coulombiana que es en extremo
fuerte. En segundo lugar, los átomos de deuterio que se funden no
son muchos, y en consecuencia la energía que se produce
precisamente a partir de su fusión es muy baja. Es como si a fuerza
da amontonar personas en un autobús ya completamente lleno de
gente, sucediera, durante una larga jornada, que una o dos parejas

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de personas se compenetrasen de manera tal que emitieran una


pequeña luz. En caso de admitir que pueda observarse este tipo de
fusión, se trata únicamente de un fenómeno esporádico, y se la
denomina fría porque la producción de energía no está acompañada
de emisión de calor. Se verifica tan sólo un modesto aumento de la
temperatura del agua, que nada tiene que ver con las increíbles
temperaturas de la fusión caliente. Es por eso que al presentar su
descubrimiento ante la sociedad de químicos norteamericanos en
Dallas el 15 de abril de 1989 Pons señaló su celda electrolítica y
dijo: «Éste es mi Tokamak».
Cario Rubbia, entrevistado por la televisión italiana el mismo día en
que se difundió la noticia del descubrimiento dijo, entre otras cosas:
«Es cierto que, si fuera verdad, Dios habría sido muy bueno con
nosotros», como diciendo que era algo demasiado hermoso como
para ser cierto. La ciencia quería pruebas para creer que en los
pequeños recipientes de Fleischmann y Pons tenían lugar
verdaderas reacciones de fusión nuclear y no extrañas y esporádicas
reacciones químicas. La prueba, según los químicos, estaba
constituida por la emisión de neutrones. Su razonamiento era
simple y, esta vez, estaba totalmente de acuerdo con las leyes de la
física: el núcleo del deuterio (en jerga deuterón) está compuesto por
un protón y un neutrón, y esto constituye la única diferencia entre
el deuterio y el hidrógeno: este último tiene tan sólo un protón.
Ahora bien, si los dos núcleos de deuterio (deuterones) se funden,
pueden suceder dos cosas: a) un deuterón se une al protón del otro
y genera un isótopo del helio, emite el neutrón inutilizado y una

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pequeña cantidad de energía; o de lo contrario: b) los dos


deuterones juntan sus neutrones y un protón formando tritio, un
isótopo del hidrógeno, y liberan el protón restante junto con una
pequeña cantidad de energía.
Ahora bien, mientras los neutrones liberados por las reacciones
pueden observarse ya que siendo eléctricamente neutros escapan
con facilidad, los protones cargados se absorben con rapidez y no
pueden contarse. Sin embargo, al chocar contra otro núcleo, pueden
provocar la emisión de otros neutrones. Es decir, que la emisión de
neutrones de la celda de Pons y Fleischmann podía considerarse
como una prueba de que dentro de ella habían tenido lugar
reacciones de fusión. Así fue como en diferentes laboratorios de todo
el mundo comenzó una especie de cacería frenética de neutrones.
Aquél que hubiera observado más neutrones que los demás, habría
tenido en sus manos la prueba más contundente de la realidad de la
fusión fría. Pons y Fleischmann no habían visto directamente los
neutrones. Sus celdas habían producido un aumento de la
temperatura del agua (interpretada como producción de energía)
que correspondía a un rendimiento energético del 400 por ciento, es
decir que la celda producía cuatro veces más energía que la que
recibía a través del electrodo. Pagas uno y coges cuatro: mucho
mejor que en los supermercados más generosos.
El calor producido habría sido, al menos en una ocasión, de tal
magnitud que el electrodo de paladio se habría vaporizado en parte,
lo que habría significado que se había alcanzado una temperatura
igual a la de la fusión del paladio, que es de 1554 grados

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centígrados. Sin embargo, este suceso afortunado y extraordinario


no lo había observado nadie en forma directa porque ocurrió de
noche, según declararon los dos químicos. Tampoco ellos habían
observado los neutrones, dijeron, porque no poseían los
instrumentos adecuados, pero midieron los rayos gamma
producidos, según ellos, por las reacciones entre los neutrones
emitidos y el agua de la celda electrolítica. Ellos estimaron que los
neutrones liberados debían ser 40.000 por segundo, y la energía
producida del orden de 10 Wats por cada centímetro cúbico de
paladio. La mayor parte de los científicos encontró increíbles estos
datos, no tanto por los 10 Wats de energía producidos sino por los
40.000 neutrones. Eran demasiado pocos. De acuerdo con las leyes
de la física, para obtener esa cantidad de energía los neutrones
emitidos debían ser muchos más. A los 40.000 había que agregarles
otros ocho o nueve ceros. Es decir que Fleischmann y Pons deberían
haber visto 1012 neutrones, que afortunadamente no vieron, porque
de lo contrario habrían muerto de inmediato ya que se trata de una
cantidad muy fuerte de radiaciones.
Era evidente, entonces, que en el relato de los dos investigadores
había algo que no iba bien. Además de la factibilidad del fenómeno,
a la que nadie se oponía, los resultados de los experimentos
parecían excesivamente alterados. Un mes después de la
publicación del artículo original de Fleischmann y Pons, Steven
Jones, un investigador de la Universidad Brigham Young, siempre
en Utah, publicó otro artículo acerca del mismo experimento en el
que se afirmaba que se había observado la emisión de neutrones.

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Sin embargo, a diferencia de Fleischmann y Pons, Jones y sus


colaboradores se limitaron a decir que habían observado un
pequeño número de reacciones de fusión: un flujo de 0,4 neutrones
por segundo que, por lo tanto, no era demasiado relevante desde el
punto de vista práctico.
Era de suma importancia, entonces, repetir los experimentos a fin
de observar directamente la producción de calor y de neutrones, y
sobre todo medirlos con precisión. Los primeros experimentos de
confirmación, aunque todavía muy inciertos, parecían positivos.
Hacia finales de abril, Francesco Scaramuzzi logró producir, con un
método puramente físico, emisiones débiles y esporádicas de
neutrones. J. Mahaffey del Georgia Tech en los Estados Unidos
anunció también que había observado un flujo de neutrones, pero
de inmediato dio marcha atrás diciendo que era posible que su
contador de neutrones no hubiera funcionado bien. B. Gammon, K.
Marsh y C. Martin de la Universidad A&M de Texas de College
Station no midieron la emisión de neutrones sino la producción de
energía, que resultaba ser mucho más baja que la anunciada por
Fleischmann y Pons (entre 108 y 140 por ciento), aunque bastante
significativa. Pero estos investigadores habían revelado también que
en uno de sus experimentos habían obtenido el mismo resultado
utilizando agua normal, en lugar de agua pesada, que es la que
contiene deuterio. Esto terminaba por confundir aún más las ideas;
el agua normal contiene muy poco deuterio: aproximadamente un
átomo por cada 6.400 átomos de hidrógeno. Entonces, si el agua
normal también podía producir energía, significaba que en la fusión

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fría realmente no tenían lugar reacciones de fusión entre núcleos de


deuterio.
Después llegó una importante confirmación: Daniele Gozzi,
catedrático de química física de la Universidad de Roma, fue el
primero en observar tanto el aumento de temperatura como la
emisión de neutrones, aunque en ambos casos los valores
observados eran muy bajos. El electrodo había alcanzado los 150
grados centígrados y los neutrones contados eran tan sólo 36. Sin
embargo, este hecho fue suficiente para desencadenar en todo el
mundo una especie de reacción en cadena de confirmaciones. Se
obtuvieron resultados positivos en el conteo de neutrones no sólo en
diferentes universidades de los Estados Unidos, desde Stanford
hasta la Universidad de Florida, desde Los Alamos National
Laboratory hasta la Universidad Case Western Reserve, sino
también en la India, en el Bhabha Atomic Research Centre de
Bombay, en la Universidad de Moscú y en la Universidad Kossuth
en Hungría. Sin embargo, en la mayor parte de los casos, se trataba
de resultados aleatorios, esporádicos y difíciles de reproducir. Los
mismos Fleischmann y Pons no lograban volver a obtener sus
resultados originales.
Mientras tanto, se acumulaban los resultados negativos, obtenidos
en prestigiosos laboratorios como el de la Universidad de Yale
dirigidos por Michael Salamon o los del Brookhaven Laboratory del
California Institute of Technology, y se multiplicaban los ataques en
las revistas científicas más autorizadas del mundo. Los críticos más
benévolos eran los que, como Robert Pool, consideraban que la

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única explicación posible para aquellos resultados extraordinarios e


increíbles presentados por Fleischmann y Pons eran errores de
experimentación y de control. Pero existía también quien definía la
fusión fría como un castillo de naipes, como Ron Parker, director del
Massachusetts Institute of Technology, en un artículo aparecido en
el Boston Herald en mayo de 1989, y arriesgaba la sospecha de que
detrás de todo pudiera ocultarse una estafa. Aunque esta acusación
nunca fue formalizada oficialmente, siguió circulando en los
ambientes científicos y sobre todo después de que el ya recordado
Salamon de Yale se había trasladado, con todos sus instrumentos,
al laboratorio de Fleischmann y Pons para ver si por casualidad sus
celdas electrolíticas eran diferentes de las suyas y por lo lauto
capaces de producir realmente la fusión fría. Sin embargo el
resultado fue totalmente negativo. Enfrentadas a los instrumentos
de Salamon las celdas electrolíticas de los dos químicos de Utah
rehusaron en forma obstinada a emitir neutrones. Pero Pons negó
estos resultados negativos sosteniendo que, precisamente en las dos
horas en que sus celdas electrolíticas estaban produciendo la fusión
fría, los contadores de Salamon no funcionaban porque se había
interrumpido la corriente. La argumentación resultaba para muchos
un intento de justificación bastante lamentable, aunque no se la
puede considerar como una prueba del carácter fraudulento del
fenómeno.
Si bien es cierto que no existen pruebas que apoyen la acusación de
estafa contra Fleischmann y Pons, no ocurre lo mismo con el caso
de un amigo y colaborador de ambos, contra el que pueden

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presentarse numerosas pruebas y razones precisas. Alrededor de la


fusión fría se ha construido, de hecho, una gran maniobra
económica que tiene todas las características de un típico fraude en
perjuicio de los organismos financiadores. La Universidad de Utah
vislumbró en la fusión fría una beneficiosa oportunidad. Su
presidente Chase N. Peterson, ardiente defensor del discutido
fenómeno, transfirió en forma oculta y sin avisar al senado
académico ciento cincuenta mil dólares destinados a otras
iniciativas para permitir el nacimiento del National Cold Fusion
Institute (NCFI). Sin embargo, esta maniobra fue descubierta y el 1
de junio de 1990 Peterson se vio obligado a dimitir. Otra gran
operación que Peterson llevó a cabo en favor de la fusión fría fue
lograr obtener la asignación por parte del gobierno federal de cinco
millones de dólares para el instituto. Cuando el caso quedó
descubierto, en el verano de 1990, de aquellos cinco millones
quedaba tan sólo uno y medio. El Congreso le encargó a una
comisión parlamentaria investigar en qué se había invertido ese
dinero y buscar eventualmente la manera de recuperarlo.
John Bockris, viejo amigo de Fleischmann y jefe de uno de los
grupos de investigación de la Universidad de Texas A&M, fue quien
más favoreció las asignaciones para la fundación del NCFI
produciendo sorprendentes resultados que confirmaban la fusión
fría. Sin embargo, según la revista Science esos datos son a tal
punto sospechosos que no puede pensarse que se trate, como en el
caso de Fleischmann y Pons, de un error de observación: la
hipótesis más probable es que alguien se haya encargado de

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retocarlos para que se adaptaran a la hipótesis planteada. La línea


de investigación de Bockris, que había estudiado junto con
Fleischmann en el Imperial College de Londres, era diferente: para
demostrar que en las celdas electrolíticas tenía lugar en efecto la
fusión fría, medía la producción de tritio. Las primeras huellas de
esta sustancia se registraron a finales de abril de 1989. Sin
embargo, al principio el efecto era casi imperceptible, luego, sólo en
una noche, la concentración de tritio en las celdas electrolíticas
ascendió diez mil veces. Cuando este resultado se repitió en seis
celdas diferentes durante una semana, pareció que la teoría de la
fusión fría se encontraba a salvo de toda crítica. Esto era de gran
importancia ya que el testimonio de Bockris en junio de 1989 ante
los órganos de gobierno de Utah, apoyado por las declaraciones de
Robert Huggins de Stanford, fue lo que persuadió a los políticos de
que la fusión fría merecía la financiación de cinco millones de
dólares con los que se pensaba constituir el instituto nacional de
fusión fría.
Sin embargo, desde el comienzo, los más valientes defensores del
descubrimiento notaron que los datos de Bockris resultaban
demasiado buenos como para ser ciertos. Ningún laboratorio en el
mundo había logrado obtener un testimonio tan claro y evidente de
la emisión de tritio. De inmediato se dijo que, muy probablemente,
ese tritio no se producía por la fusión fría, sino que alguien lo había
colocado. A ese alguien se lo identificó: Nigel Packham, uno de los
más estrechos colaboradores de Bockris. En esa época Packham
estaba haciendo sus estudios de doctorado, era su quinto año, y los

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tres anteriores había estado en la misma universidad en la que


habían estudiado Bockris y Fleischmann, el Imperial College de
Londres. Packham era quien se ocupaba de medir la producción de
tritio. Dado que el sistema de medición calorimétrica que Bockris
usaba era demasiado primitivo, Packham propuso que Kevin Wolf
hiciera las mediciones en el Instituto del ciclotrón de la misma
universidad. Es allí donde se llevaron a cabo las mediciones. El
mismo Wolf fue el primero en expresar sus dudas acerca de la
extraña aparición del tritio. Sostuvo desde el principio que debía
tratarse de una especie de contaminación, provocada
probablemente porque los electrodos de paladio se habían extraído
de una barra que posiblemente ya contenía tritio y que durante el
experimento lo había liberado en las celdas por efecto de la
corriente.
En aquellos experimentos lo que resultaba demasiado sospechoso
era que la producción de tritio debía estar acompañada por la
emisión de muchos miles de millones de neutrones al segundo, de
acuerdo con los conocimientos de la física contemporánea. En los
experimentos de Bockris, sin embargo, no existía huella alguna de
esos millones de neutrones. Precisamente contra este hecho se
dirigieron las críticas de uno de los miembros de la comisión
nombrada por el departamento de Energía que comenzó a investigar
el 19 de junio de 1990. Se trataba de Jacob Bigeleisen, un químico
de la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook que
había formado parte del proyecto Manhattan y que, por
consiguiente, era especialmente competente en los experimentos

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acerca de la producción de tritio.


Durante una visita al laboratorio, Bigeleisen le preguntó a Packham
si existían posibles fuentes de tritio en la habitación a lo que
Packham respondió que tenían una botella de agua con tritio la que,
según él, contenía lo suficiente como para contaminar todas las
celdas electrolíticas. Pero Packham declaró que era ridículo pensar
que alguien hubiera llenado las celdas con el agua con tritio. No
obstante este hecho, nadie se ocupó de llevarse la botella: lo único
que hizo Bockris fue quitarle a Packham la tarea de controlar las
celdas que contenían tritio. Pero —⁠dijo— no porque sospechara de
Packham, sino sólo para tranquilizar a sus críticos que lo acusaban
de ser el responsable de la contaminación de las celdas.
El lugar de Packham fue ocupado por dos investigadores, Ramesh
Kainthla y un físico búlgaro, Orno Velev. Hasta ese momento las
celdas habían dejado de producir tritio, y reiniciaron su producción
sólo cuando Velev se alejó de la universidad por dos semanas de
vacaciones. Cuando regresó y examinó los protocolos de laboratorio,
el físico búlgaro se presentó en la oficina de Bockris para protestar:
aquellos datos le parecían increíbles y, en particular, le hacía
sospechar la correspondencia entre las fechas en que las celdas
emitían tritio y las de las visitas de los agentes del EPRI (Electric
Power Research Institute), que habían financiado las investigaciones
en esa área durante muchos años. En 1989 este organismo había
asignado 150.000 dólares, distribuidos en forma equitativa entre los
laboratorios de Bockris, C. Martin y John Appleby. Cuando comenzó
a hablarse de la fusión fría, el EPRI duplicó de inmediato las

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asignaciones. En julio de 1990 Bockris había comprado un nuevo


contador de tritio que había costado 25.000 dólares. En otoño del
mismo año la Universidad de Utah había solicitado al organismo un
millón y medio de dólares para financiar las investigaciones acerca
de la fusión fría. Para evaluar ese pedido los funcionarios del EPRI
realizaron dos viajes a Texas, y puntualmente antes de cada viaje
las celdas de Bockris produjeron tritio. La primera visita la efectuó
Rocky Goldstein el 5 de julio. Dos días antes, el 3 de julio, una de
las celdas de Bockris produjo tritio. Luego, durante tres meses todos
los experimentos resultaron negativos hasta que, entre el 24 y el 28
de septiembre, otra celda comenzó a producir tritio precisamente el
27 de septiembre cuando otro funcionario del EPRI, Dave Worledge,
realizaba una visita de tres días acompañado de Bindy Chexal.
Cuando Velev fue a ver a Bockris para decirle que estas
coincidencias le resultaban extrañas, el jefe le dijo que no existía
razón alguna para sospechar contaminaciones ya que otros ocho
laboratorios también habían observado la emisión de tritio. Pero en
realidad, de los ocho laboratorios a los que Bockris se refería sólo el
de Bombay en la India había obtenido resultados análogos.
Con posterioridad a este incidente en el laboratorio se creó un clima
de sospecha y de choques que desembocó en la desintegración del
grupo: en octubre Kainthla renunció y se fue a trabajar a una
industria privada. En noviembre, después de otras sospechosas
apariciones de tritio en las celdas que alguna vez había vigilado
Packham, también Velev decidió abandonar el laboratorio de
Bockris para ir a trabajar al de Appleby, donde no quiso tener nada

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que ver con la fusión fría. Ni siquiera en este caso, hay que
admitirlo, nos encontramos ante pruebas claras e irrefutables de
una estafa perpetrada alrededor de la fusión fría. Sin embargo, creer
lo contrario requiere una buena dosis de fe o una ingenuidad
incurable.
No obstante, a más de tres años de distancia, el hombre de la calle
que sabe a través de los periódicos que las investigaciones acerca de
la fusión fría continúan en diferentes partes del mundo y se entera
de que, de vez en cuando, se observan experimentos de
confirmación, no logra comprender aún si la fusión fría es un
fenómeno real o un invento. Aunque el 30 de junio de 1991 el NCFI
se cerró por improductividad, no todos los científicos
norteamericanos abandonaron las investigaciones acerca de la
fusión fría. También en otros países continuaron los estudios: en
especial en Italia y en Japón. En Italia se ocuparon de este tema,
además de Daniele Gozzi y Francesco Scaramuzzi, Giuliano
Preparata, catedrático de física nuclear en la Universidad de Milán,
quien ya en mayo de 1989 había elaborado, junto con Tullio
Bressani y E. Del Giudice, una teoría acerca del mecanismo que
produciría la fusión fría. En Japón trabajan en fusión fría alrededor
de doscientos cincuenta investigadores.
En febrero de 1992 el profesor Hideo Ikegami, que enseña física en
la Universidad de Nagoya y dirige toda la investigación japonesa
acerca de la fusión, anunció haber obtenido en sus celdas una
energía muy superior a la que habían «registrado» Fleischmann y
Pons en su momento: 110 Wats continuos. La misma potencia (100

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Wats por centímetro cúbico de paladio) había alcanzado en julio del


mismo año la celda que habían construido Akito Takaashi de la
Universidad de Osaka y Francesco Celani del INFN de Frascati. Es
sin duda mucho para un sistema tan pequeño, pero no debe
olvidarse que esta cantidad de energía es suficiente para satisfacer
el consumo de una bombilla normal. Resulta, sin embargo, muy
poca para sostener que se ha pasado de la fase de fenómeno raro y
esporádico (atribuible a reacciones químicas o físicas de poca
importancia, aunque interesantes desde el punto de vista teórico) a
un hecho demostrado científicamente y realmente aprovechable en
el ámbito industrial. Durante la tercera conferencia internacional de
fusión fría, que se celebró en Nagoya, Japón, en noviembre de 1992,
Fleischmann y Pons afirmaron que habían logrado producir 1.000
Wats por centímetro cúbico de paladio. La opinión científica
internacional permanece escéptica: en un artículo aparecido en
Nature se ha comparado el hecho de que tantos científicos se
dediquen aún a la fusión fría con la búsqueda de la piedra filosofal
que tuvo lugar durante todo el Renacimiento hasta finales del siglo
XVII sin tener en cuenta los continuos fracasos. En la misma
publicación David Lindley ha tildado de arriesgado, paradójico y
carente por completo de lógica, el razonamiento de quienes esperan
ver salir de sus probetas enormes cantidades de energía. Tienen
entre manos, según Lindley, sólo un pequeño y extraño efecto que
no saben explicar y argumentan que si se incrementase en varios
órdenes de magnitud la fusión fría podría constituir una gran
esperanza para la humanidad. Es como decir, continúa Lindley: «Si

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tuviéramos un poco de jamón podríamos hacer un bocadillo en el


caso de que pudiéramos encontrar un poco de pan».
Los defensores de la fusión fría consideran que la hostilidad de gran
parte de los ambientes científicos está determinada no tanto por
motivos de probabilidad teórica o experimental como por el temor de
que el desarrollo de la fusión fría pueda determinar un derrumbe de
las financiaciones favorables a la física nuclear, y en particular a los
costosísimos Tokamak. La argumentación es sin duda plausible y
debe admitirse también que ninguno de los sistemas de observación
ideados por los físicos nucleares ha logrado obtener resultados
concretos e interesantes para la producción de energía desde el
punto de vista económico. Pero esto no permite, sobre todo
considerando los sospechosos indicios de estafa arriba
mencionados, pensar que la fusión fría es una revolución teórica
que está abriendo nuevos horizontes en física. Debemos considerar
un simple coup de théâtre, bastante poco modesto, la ocurrencia de
Fleischmann durante la segunda conferencia de fusión fría que se
llevó a cabo en Como en julio de 1991, que, parafraseando a Galileo,
exclamó: «Y sin embargo se funde».

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Capítulo V
Delitos de bata blanca
Contenido:
§. Ginecólogos en la tormenta
§. Asuntos de corazón
§. Falsos trasplantes
§. ¡Qué sinvergüenzas son los oncólogos!
§. Estadísticas infladas y pruebas inventadas

§. Ginecólogos en la tormenta
El 12 de diciembre de 1987 la Australian Broadcasting Corporation
puso en el aire, como todos los sábados a las 12:40, el «Show de la
Ciencia» presentado por Norman Swan, un pediatra de origen
escocés que colgó su bata blanca para dedicarse al periodismo
científico. Pero aquélla no era una transmisión cualquiera. Toda
Australia estaba preparada para escucharla porque lo que Swan
revelaría aquella mañana había aparecido ya el día anterior en dos
de los más importantes periódicos australianos: The Age y el Sydney
Morning Herald. Swan había anunciado que demostraría
definitivamente que uno de los médicos más famosos de Australia,
William McBride, considerado héroe de la medicina por haber
descubierto y revelado al mundo que la talidomida provocaba el
nacimiento de niños deformes, no era más que un estafador.
Comenzaba así un extenso caso que después de cinco años de
investigaciones destruyó uno de los mitos de nuestro tiempo y que
Bill Nicol reconstruyó en detalle en McBride: behind the myth

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[McBride: detrás del mito].


Aquella mañana, en la cuarta planta del edificio Olivetti en Sydney
desde donde se transmitía el programa de radio, se encontraban con
Swan tres antiguos colaboradores de McBride: Phil Vardy, Jill
French y Anne Manuel; dos profesores, Tom Watson y Michael
Bennett, y también Bill Nicol. Nicholas Wade del New York Times y
coautor de Betrayers of the truth [Traidores de la verdad] intervino
con una entrevista. Faltaba tan sólo el interesado, William Griffith
McBride, que en su momento había rechazado la invitación a
participar que Swan le había enviado por carta.
Pero, ¿cuál era la acusación? Sus tres antiguos colaboradores
consideraban que no sólo se había apropiado de sus ideas y de su
trabajo publicándolos bajo su propio nombre, sino que además
había falsificado los resultados de algunos experimentos y
presentado como verdaderos y realizados otros que ni siquiera había
intentado llevar a cabo.
El enredo se remontaba al verano de 1982. En junio de ese año
Vardy se encontró con un paquete dirigido a él, a McBride y a
French. Lo abrió y encontró una serie de extractos de un artículo
titulado «Efectos de la scopolamina en el desarrollo del embrión de
pollo y de conejo» aparecido en el Australian Journal of Biological
Sciences. Los extractos tenían la firma de McBride, que figuraba
como primer autor, de Vardy y de French. Vardy no recordaba haber
escrito nunca aquel artículo y más aún estaba seguro de no haberlo
escrito jamás porque los experimentos relativos a esa investigación
nunca se habían terminado. Con suma curiosidad se dirigió a la

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oficina de registros de la Foundation 41, el instituto en el que


trabajaban él y McBride, y solicitó que le entregaran toda la
correspondencia relativa a ese artículo. Descubrió así que se trataba
de un nueva redacción de un manuscrito anterior de McBride que
había sido rechazado por una revista de toxicología. Este
manuscrito tenía tan sólo dos autores: McBride y el mismo Vardy,
que, sin embargo, no sólo no lo había escrito, sino que tampoco
había oído hablar de él. Después del rechazo, el artículo había sido
escrito al menos cinco veces. Seguramente lo había hecho McBride
porque todas las modificaciones eran suyas. Eran cambios que
tenían todo el aspecto de falsificaciones.
En la primera versión, por ejemplo, McBride afirmaba haberle
suministrado scopolamina a seis conejos por vía endovenosa y a
otros seis por vía oral. En la versión definitiva los dos grupos se
habían convertido en grupos de ocho conejos cada uno. Se habían
añadido cuatro conejos que en realidad, como bien sabía Vardy,
nunca habían recibido scopolamina ni por vía oral ni por vía
endovenosa, simplemente porque nunca habían estado en su
laboratorio. Se habían modificado también, de forma totalmente
arbitraria, los datos acerca del peso de los conejos, las dosis diarias
y el número de fetos mal formados que se habían observado. El
artículo publicado presentaba luego una gran mentira final:
McBride había afirmado que los embriones de los conejos habían
sido «diseccionados para analizar el cerebro, el paladar y los órganos
del tórax y abdominales». Vardy sabía con certeza que esto no era
verdad. Los embriones se conservaban aún enteros en las vitrinas

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de la estantería de McBride.
Vardy se dirigió, entonces, al despacho de McBride, cogió los
recipientes de vidrio con los embriones, colocó detrás de ellos la
primera página del Sydney Morning Herald, manteniendo bien a la
vista la fecha del 25 de junio de 1982, tomó una serie de fotografías
y esperó tranquilamente el regreso de McBride.
Pero si creía haber atrapado al héroe de la talidomida se equivocaba
por completo. McBride negó todo, incluso la evidencia: afirmó que al
ver tan ocupados a Vardy y a French, decidió terminar él sólo los
experimentos que había iniciado con ellos, pero no fue capaz de
decir dónde, cómo y cuándo los había hecho. Por el mismo motivo,
porque los había visto demasiado ocupados por el trabajo, no les
había enseñado a ninguno de los dos el manuscrito del artículo que
luego publicaría con sus nombres y a sus espaldas. Con respecto a
los conejos de más, McBride afirmó que los había estudiado en
Estados Unidos con un amigo suyo de quien no quiso revelar el
nombre. Vardy pensaba que todo este aparato de justificaciones
evidentemente inventadas se habría desmoronado ante las
fotografías de los embriones, que en lugar de estar diseccionados
estaban aún enteros. Pero McBride miró las fotografías, tuvo tan
sólo un momento de duda, y luego dijo: «Y sin embargo yo recuerdo
haberlos diseccionado. Pero sí, recuerdo perfectamente haberlo
hecho. Lo recuerdo como si fuese hoy».
En aquel momento Vardy decidió llegar hasta el final. En primer
lugar fue a ver a R. J. Walsh, quien además de director de la
facultad de medicina era miembro del Consejo científico de la

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Foundation 41. Walsh le escuchó con atención. Quiso ver todas las
pruebas, que examinó con minuciosidad y en los mínimos detalles,
antes de convencerse de la culpabilidad de McBride. Finalmente, se
convenció. Pero en lugar de sugerirle a Vardy cuáles eran los pasos
más adecuados para provocar una investigación por parte del
comité científico del instituto, le puso una mano sobre el hombro y
le dijo seriamente: «Phil, es mejor que te busques otro trabajo».
Pero a Vardy le despidieron antes de que pudiera formalizar su
dimisión, mientras que aquellos colegas que lo apoyaban vieron
cómo su sueldo se reducía. French, en cambio, había dimitido de
inmediato, en el mismo momento en que había leído el artículo.
McBride había vencido. Pero la suya fue una victoria pírrica.
Después de que el caso quedó planteado en el «Show de la Ciencia»
del 12 de diciembre de 1987 la prensa, que hasta ese momento no
sólo había sido aliada, sino incluso artífice de su fama, se volvió en
su contra y comenzó a pasar por el cedazo toda su vida. Salió a la
luz una historia que si no hubiera estado acompañada por
documentos y testimonios directos, habría resultado increíble.
El 31 de mayo de 1988 la Foundation 41 se vio obligada,
precisamente por la presión de la prensa, a encargar una
investigación seria dirigida por Sir Harry Gibbs, un antiguo
presidente de la Corte Suprema de justicia. Algunos meses más
tarde, el 2 de noviembre de 1988, la comisión daba a conocer, en un
informe de veinticinco páginas, los resultados a los que había
llegado y que justificaban el veredicto de completa culpabilidad
emitido contra McBride. Resultaba evidente que había falsificado

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deliberadamente el artículo, que había mentido acerca de los


conejos que faltaban arrastrando también a Jan Langman, un
colega muerto (que por lo tanto no podía atestiguar), que las dosis
de scopolamina suministradas a los conejos habían sido
falsificadas, que había mentido sin pudor alguno cuando había
afirmado que los embriones nacidos de los animales tratados en el
experimento habían sido diseccionados y que, finalmente, no sólo
no se habían realizado los experimentos según los modelos de
corrección metodológica corrientes, sino que los resultados
obtenidos se habían presentado de forma distorsionada y
deshonesta.
Fue un duro golpe, tanto para McBride como para su fundación.
Pero esto no era sino el comienzo. Los periódicos continuaron
ensañándose con él y demostraron que aquélla no era ni la primera
ni la única estafa de quien hasta ahora había sido denominado el
«Jonas Salk de Australia», comparándolo con el inventor de la
vacuna antipolio. Se confirmó en primer lugar que había obtenido el
título de Doctor of Medicine, el segundo título que califica a un
médico no sólo para ejercer sino también para investigar
(habilitándole para la enseñanza universitaria), utilizando los
resultados del trabajo de sus colegas en la clínica ginecológica de
Crown Street, donde había trabajado después de haber obtenido su
primer título en 1950.
Pero las responsabilidades más graves salieron a la luz cuando los
periodistas se preguntaron cuáles fueron sus verdaderos méritos en
el caso de la talidomida. Este fármaco era un tranquilizante

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producido durante los años cincuenta que se prescribía también


para los malestares del embarazo. Su introducción en Australia tuvo
lugar en agosto de 1960 y el laboratorio que lo producía, Distiller
Company, se lo dio para que lo experimentara, entre otros, a
McBride, quien por aquel entonces tenía tan sólo treinta y tres años
pero era considerado uno de los ginecólogos más expertos de
Sydney. Cuando finalizó el período de experimentación clínica el
resultado fue que de las veintiséis madres australianas que habían
usado la talidomida y que habían tenido niños deformes, seis eran
pacientes de McBride. Él declaró luego que había comprendido que
era culpa de la talidomida después de que, el 24 de mayo de 1961,
hubiera nacido el tercer niño deforme. De acuerdo con el testimonio
de su colega, John Newlinds, McBride arriesgó esta hipótesis por
primera vez el 12 de junio de 1961. Más tarde, para imprimirle
pasión a su historia y dar la imagen del héroe incomprendido que
lucha contra la incredulidad del mundo científico, McBride afirmó
que había avisado de inmediato a la sociedad productora del
tranquilizante y que había enviado un artículo (en el que a partir de
experimentos demostraba científicamente la peligrosidad del
fármaco) a Lancet, una de las revistas médicas más prestigiosas del
mundo. Pero el productor habría ignorado sus advertencias y la
revista habría rehusarlo publicar el artículo.
Las sucesivas investigaciones confirmaron, en cambio, que la
noticia llegó al laboratorio productor de la talidomida el 21 de
noviembre de 1961 y que el artículo que McBride dice haber enviado
a Lancet en realidad no fue escrito jamás. Jan Munro, que en ese

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momento dirigía la revista, encargó investigar de forma detallada el


archivo y no encontró huella alguna ni del artículo ni de la
correspondencia relativa al mismo, y desafió a McBride más de una
vez a que enseñara la carta, fechada el 13 de julio de 1961, con la
que se le habría notificado la decisión de no publicar el artículo. En
1987 McBride afirmó que la carta se encontraba, junto con otros
documentos, en la Biblioteca Nacional de Sydney y que cualquier
persona que lo deseara podría obtener una fotocopia. Munro
escribió a la Biblioteca para solicitar una copia el 8 de noviembre de
1987, pero nunca obtuvo respuesta.
Se sabe, en cambio, que después de las sospechas de junio de 1961
McBride había realizado experimentos con talidomida en conejillos
de Indias, cuyos resultados habían sido negativos: el fármaco no
producía nacimientos anormales. Además, entre junio y septiembre
su hipótesis se vio debilitada por el hecho de que otras veintitrés
mujeres que habían utilizado Distaval (que era el nombre del
fármaco en Australia) habían dado a luz niños normales. McBride
no disponía de prueba científica alguna acerca de la peligrosidad de
la talidomida, por eso se limitó a escribir a Lancet sólo una breve
carta de diez líneas, que se publicó el 16 de diciembre de 1961. En
ella ponía en conocimiento el haber observado que «la incidencia de
anormalidades múltiples y graves en niños nacidos de madres que
habían tomado talidomida durante su embarazo como antiemético o
como sedante era aproximadamente del 20 por ciento», mientras
que la tasa normal de esas malformaciones es del 1,5 por ciento, y
terminaba preguntando: «¿Ha observado alguno de vuestros lectores

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anormalidades análogas en niños nacidos de mujeres que han


tomado el mismo fármaco durante el embarazo?». Más que una
alarma era un intento de encontrar datos que confirmaran su
sospecha. Sin embargo, esta carta es la que le permitió ganarse la
fama de héroe de la talidomida arrebatándosela a quien podía
aspirar a pila con más derechos y con todos los papeles en regla.
Widikund Lenz, entonces director de la clínica pediátrica de la
Universidad de Hamburgo, fue quien demostró científicamente la
peligrosidad de la talidomida, provocando la suspensión de su
comercialización. Lenz se dio cuenta del extraño aumento de los
nacimientos de niños focomélicos en su país en agosto de 1961, y
comenzó a sospechar que la causa fuera la talidomida el 11 de
noviembre del mismo año, después de haber estudiado con atención
catorce casos de nacimientos anormales. Ese mismo día, Lenz llamó
por teléfono al laboratorio alemán productor del fármaco. El 18 de
noviembre participó en una convención de pediatras en Düsseldorf y
presentó un informe en el que daba cuenta en forma detallada de
aquello que había descubierto. Este informe fue considerado luego
por el ministerio de Sanidad inglés (que fue el primero en promover
una amplia investigación) «la primera indicación de los posibles
efectos perjudiciales de la talidomida en el desarrollo embrional».
Pero Lenz, a diferencia de McBride, no pensaba en reivindicar su
prioridad, se preocupaba sobre todo por evitar daños a los
pacientes. El 20 de noviembre logró que el ministerio de Sanidad
alemán dispusiera la suspensión de la comercialización de la
talidomida. El 26 de noviembre el periódico alemán Welt am Sonntag

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publicó un amplio artículo que transcribía lo que Lenz había


afirmado en la convención de Düsseldorf y se declaraba
abiertamente a favor de la solicitud que éste había presentado a fin
de que el fármaco se retirara del mercado. Esto ocurrió al día
siguiente cuando la filial alemana informó a los laboratorios
extranjeros.
El laboratorio inglés que comercializaba el fármaco también en
Australia anunció en forma oficial la retirada del Distaval con una
carta que apareció el 2 de diciembre en el British Medical Journal y
en Lancet. McBride envió su famosa carta a Lancet dos días
después. No es inverosímil, entonces, que él la haya escrito
precisamente para poder reivindicar luego una prioridad a la que no
tenía derecho.
Lenz, en cambio, después de haberse ocupado de salvaguardar la
salud de las pacientes, estudió con atención muchos otros casos de
nacimientos anormales atribuibles a la talidomida, analizó el tema
con mucho rigor científico, y escribió, no ya una breve carta, sino
un extenso y documentado artículo, fechado el 7 de diciembre de
1961, que apareció en la revista médica alemana Deutsche
Medizinische Wochenschrift el 29 de diciembre, es decir trece días
después de la aparición de la carta de McBride. Ésos trece días
fueron los que hicieron que, el 22 de julio, fuera premiado McBride
y no Lenz con una medalla de oro y cien mil francos por el Instituí
de la Vie, una fundación francesa afiliada a la Academia francesa.
Ese premio, atribuido por un instituto entre cuyos miembros
pueden contarse más de cincuenta premios Nobel, consagró a

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McBride como el «héroe de la talidomida». Otro éxito notable


obtenido mediante el mismo método y el mismo sistema que
McBride había experimentado para alcanzar su segundo título.
Pero —puede decirse— McBride demostró luego que merecía aquel
premio porque, después de muchos estudios y numerosos
experimentos, logró demostrar exactamente de qué forma produce la
talidomida sus desastrosos efectos. Esto era lo que se creía, hasta
que los mismos periodistas australianos que en 1962 le habían
consagrado hombre del año demostraron que McBride había
realizado ese descubrimiento también a través de un robo.
La víctima era esta vez una de sus colaboradoras e hija de uno de
sus amigos, el doctor Harold McCredie. Janet McCredie es una
radióloga que comenzó a trabajar con McBride en enero de 1972. Su
tarea era estudiar a través de los rayos X las deformaciones
producidas por la talidomida. Unos veinte días después del
comienzo de sus estudios se había dado cuenta de que existían
notables analogías entre los daños producidos por la talidomida y
aquellos causados por algunas enfermedades que atacan los nervios
de los adultos como la lepra, la diabetes, la sífilis y la siringomielia.
Por eso arriesgó como hipótesis que la talidomida atacaba los
nervios sensoriales del embrión. Al principio McBride no quiso darle
crédito, pero hacia finales de febrero se convenció de la certeza de la
hipótesis y parecía entusiasta. Pero en lugar de realizar
experimentos de confirmación y de comunicarle luego los resultados
al mundo científico, informó al gran público en dos entrevistas
aparecidas simultáneamente en sendos periódicos de Sydney el 3 de

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marzo de 1972.
Naturalmente, ninguna de sus entrevistas contenía la mínima
referencia a los méritos de McCredie. Ésta no se lo tomó tan mal ya
que en ese momento no tenía base científica para demostrar la
justificación de su propia hipótesis. En junio de 1972 la joven
radióloga fue a Inglaterra donde presentó su idea a Howard
Middlemiss, profesor de radiología en la Universidad de Bristol y
autoridad internacional en el área del examen radiológico de las
enfermedades de los nervios. Middlemiss, después de haberle
escuchado con atención, consideró que la hipótesis tenía un buen
fundamento y alentó a McCredie a escribir un artículo para una
importante revista de radiología y a preparar la tesis de doctorado
acerca del mismo tema. En los meses siguientes McCredie estudió
gran cantidad de exámenes radiológicos de casos de nacimientos
anormales causados por la talidomida. Al final de su estancia en
Inglaterra estaba listo el artículo en el que presentaba su teoría en
forma documentada: allí sostenía que la talidomida provoca sus
desastrosos efectos actuando en una zona concreta del embrión,
conocida como cresta neural, a partir de la cual se desarrollan
normalmente las células de los nervios sensoriales.
Cuando regresó a Sydney la joven radióloga enseño a McBride el
texto ya listo para la edición. Éste lo leyó con mucha atención luego,
en lugar de felicitarla o sugerirle algún retoque, le dijo sin rodeos
que quería figurar como coautor. La joven radióloga se quedó sin
palabras, pero antes de que se pudiera recuperar de la sorpresa
McBride le dio un discurso muy convincente que le indujo a acceder

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a sus peticiones. La teoría estaba ya bien desarrollada —le dijo—,


aunque todavía debía demostrarse con experimentos en animales.
Se sabe que los experimentos cuestan y él, como director de la
Foundation 41, podía encontrar el dinero al día siguiente. Pero sólo
si ese artículo llevaba también su firma. Janet cedió e hizo lo que
luego definió como la cosa más loca que jamás haya hecho».
McBride le dio todo aquello que necesitaba para los experimentos, y
después de haber visto los primeros resultados los publicó sin que
McCredie se enterara en junio de 1973. Era el primer artículo
científico que contenía la demostración experimental de la validez de
la teoría de la cresta neural. Otro golpe maestro que reforzaba
definitivamente la autoridad científica del héroe de la talidomida.
Apoyándose en esa autoridad científica, construida en forma tan
honrada e irreprochable, McBride comenzó a aterrorizar al mundo
afirmando la peligrosidad de otras sustancias consideradas
universalmente inocuas como la imipramina y el bendectin, que fue
el centro de uno de los casos judiciales más importantes que haya
involucrado jamás a un laboratorio farmacéutico. Según McBride
este fármaco también podía causar malformaciones congénitas. La
cosa resultaba de lo más extraña, dado que ya lo habían tomado
alrededor de treinta millones de mujeres sólo en los Estados Unidos
y se le consideraba el producto más estudiado y probablemente más
inocuo de toda la historia de la medicina. Un hecho aún más
extraño era que McBride no había publicado nunca un artículo
científico demostrando su tesis y sus acusaciones aparecían tan
sólo en declaraciones a la prensa. Estas acusaciones provocaron

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una serie de ataques de los medios de comunicación contra Merrel


Dow, laboratorio que producía el Debendox (nombre comercial del
bendectin), que fue acusado sin fundamento de haber querido
ocultar por todos los medios el monstruoso escándalo de varios
miles de niños que nacieron deformes a causa del fármaco. Como
consecuencia de esta campaña de prensa, el laboratorio recibió gran
cantidad de solicitudes de indemnización y se vio involucrado en
una serie de procesos legales. Cuando finalmente, en junio de 1983,
los gastos legales del bendectin superaron a los ingresos por su
comercialización, el laboratorio decidió retirarlo de la venta aunque
ningún trabajo científico u órgano gubernamental lo hubiera
requerido o impuesto.
McBride compareció como experto en favor de los querellantes en
muchos de los procesos de indemnización por daños, y durante los
debates afirmó que la base científica de sus acusaciones era la
convicción de que los agentes anticolinérgicos, capaces de bloquear
al neutrotransmisor acetilcolina, pueden causar defectos
congénitos. Con el fin de probar científicamente esta tesis, McBride
inició en 1980 el experimento que marcó el comienzo de su fin, lo
llevó a cabo junto con Phil Vardy y Jill French y fue el tema
principal del programa de Swan.
A partir de ese momento la vida de McBride se convirtió en un
calvario: la prensa no perdía ocasión de atacarle, su fundación se
vio sometida a dos investigaciones de carácter financiero y fiscal, y
él mismo debió comparecer en 1990 ante el tribunal médico de
Nueva Gales del Sur, que le acusaba no sólo de múltiples errores

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científicos, que llenaban su carrera, sino también de varios


episodios poco edificantes que demostraron cuan poco cuidaba la
salud de sus pacientes. Cuarenta y tres mujeres que fueron sus
pacientes entre 1979 y 1988 le habían denunciado por su poca
profesionalidad y mucho desparpajo. Una de estas pacientes acusó
a McBride de haberle inducido a la fase de transición al parto
cuando se encontraba en la semana treinta y cinco de gestación y
que, para liberarse de las responsabilidades de los daños
provocados, había alterado las hojas clínicas retrasando la fecha de
la última menstruación.
Frente a los errores de McBride, los de Michael Briggs, otro
científico australiano, parecen pecados de juventud. Briggs era
desde 1976 profesor de biología humana en la Universidad Deakin
de Geelong, cercana a Melbourne, donde le habían convocado
después de haber adquirido cierta fama por unos estudios que
realizó junto con su mujer Maxine acerca de varios aspectos
relativos a la seguridad de la píldora anticonceptiva. Esos estudios
habían sido financiados por el laboratorio farmacéutico Schering
(del que Briggs era director de la sede de Sussex) y por el laboratorio
norteamericano Wyeth, el productor más importante de hormonas
sexuales. En Australia Briggs se ocupó en particular de los efectos
de la píldora en la circulación sanguínea y la influencia que podía
tener en el desarrollo del tumor de mama. Eran temas que ya
habían sido ampliamente estudiados y las investigaciones de Briggs
no hicieron sino confirmar lo que ya se sabía, es decir, que la
píldora puede ejercer un efecto preventivo frente al tumor de mama.

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Se trataba de una investigación que no era nueva y que concluía


con datos que nadie habría puesto en duda jamás. Sin embargo,
analizándolos en detalle, hubo alguien, James E. R. Rossiter, que
notó que algo no funcionaba. En una de las investigaciones Briggs
afirmaba haber recogido una serie de datos relativos a ochenta
mujeres menores de treinta años que no fumaban y que antes de
esa edad nunca habían tomado la píldora. Durante todo el período
de la investigación, es decir durante dieciocho meses, estas mujeres
habían tenido que hacer ayuno un día de cada mes antes de
someterse a un análisis de sangre. Quien conduce este tipo de
investigaciones sabe que existe siempre alguna persona que
renuncia. Las ochenta mujeres que Briggs estudió, en cambio,
demostraron verdadero celo en su colaboración y soportaron el
fastidio del ayuno durante los dieciocho meses. Pero esto no era
todo: Briggs afirmaba haber efectuado dieciséis tipos de análisis
diferentes con la sangre de las pacientes, destinados a obtener
información acerca de la mayor o menor predisposición a
enfermedades cardiovasculares. El hecho sorprendente es que los
aparatos necesarios para esos análisis no estaban disponibles en la
universidad en la que Briggs trabajaba. De igual manera, en un
artículo publicado en 1980, Briggs había presentado el informe de
una serie de experimentos acerca de la relación entre el uso de
progesterona y los tumores de mama en las hembras de una raza
particular de perros que nadie había visto jamás en Deakin.
Cuando las acusaciones fueron muchas y justificadas, Briggs
admitió que en realidad nunca había realizado esas investigaciones

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y que había extrapolado los datos de estudios de otros autores que


en la mayor parte de los casos eran poco conocidos. En 1985
renunció a su puesto de profesor y se trasladó a Marbella, en
España. En octubre de 1985 se celebró en Berlín un pequeño
congreso a puerta cerrada sólo para discutir los resultados
obtenidos por Briggs y se decidió que nadie citaría o usaría esos
datos en sus investigaciones. Algunos meses después Briggs falleció
cuando contaba tan sólo cincuenta y un años.

§. Asuntos de corazón
Un escándalo médico muy sonado en Estados Unidos es el que ha
visto involucrada a la universidad más prestigiosa de ese país,
Harvard, y a uno de los cardiólogos norteamericanos más famosos,
Eugene Braunwald. Braunwald tenía por protegido a un alumno
joven y brillante, John Roland Darsee, que trabajaba de forma
incansable y había logrado publicar, durante los dos años que pasó
en Harvard, unos cien trabajos entre artículos y extractos, muchos
de los cuales llevaban también la firma de su maestro. Braunwald
dirigía dos laboratorios diferentes y administraba en total tres
millones de dólares de financiaciones concedidas por los NIH. De los
130 investigadores que se formaron bajo su dirección, 40 son en la
actualidad profesores universitarios, jefes de departamento o
directores de unidades de cardiología de clínicas y hospitales de
diferentes sitios en Estados Unidos. Sin embargo, de todos ellos,
según palabras del mismo Braunwald, el más eficiente era Ronald
Darsee. Considerando los méritos sorprendentes de su alumno

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estaba pensando en crearle un laboratorio propio, sólo para él, en el


Harvard Beth Israel Hospital. Pero los otros alumnos de Braunwald
no lograban comprender cómo y cuándo Darsee llevaba a cabo la
gran cantidad de investigaciones de las que extraía los documentos
y los datos para sus numerosos artículos. Fue entonces cuando
decidieron vigilarle, y en mayo de 1981 le sorprendieron con las
manos en la masa mientras falsificaba datos numéricos de un
experimento que sería objeto de una próxima publicación. Era una
investigación que formaba parte de un estudio de muchos centros,
en el que participaban otros laboratorios norteamericanos, que
planeaba la experimentación en animales de nuevas terapias contra
la isquemia de miocardio, con una financiación de 724.000 dólares
otorgada por uno de los NIH, el National Heart, Lung and Blood
Institute (NHLBI).
La tarea de Darsee era verificar el efecto de varios fármacos en
perros a los que se les había provocado un infarto artificial. En
mayo de 1981 algunos de sus colegas le comunicaron a Robert
Kloner, director del laboratorio, que los experimentos sobre los que
Darsee estaba preparando un artículo nunca habían tenido lugar.
Kloner le pidió a Darsee que le enseñara las notas de laboratorio de
los experimentos. Darsee dijo que no las tenía, pero volvería a hacer
los experimentos y le daría los datos. El 21 de mayo comenzó la
experimentación. Cogió un perro infartado y comenzó a medirle la
actividad eléctrica y la presión sanguínea antes y después de la
inyección de algunos fármacos. Ante las miradas horrorizadas de
sus colegas, a cada rato paraba el rodillo sobre el cual la máquina

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registraba la presión y la actividad eléctrica y escribía encima


«primer día», «segundo día», «tercer día», etc. De esta forma obtuvo
en un sólo día los datos que parecían de una experimentación que
había durado una semana.
Cuando los testigos oculares le condujeron ante Kloner no pudo
negar los hechos. Más aún, sus malévolos y envidiosos colegas
tenían entre manos otra prueba: sus investigaciones preveían que al
finalizar algunos experimentos en los perros se hiciera la autopsia
del corazón del animal para evaluar el flujo sanguíneo en las
arterias coronarias apoyándose en la presencia de una sustancia
radioactiva inyectada cuando el perro estaba aún con vida. Ahora
bien, el 14 de mayo de 1981 dos colegas de Darsee, el jefe técnico
Sharon Hale y el investigador Edward J. Brown, lo sorprendieron
mientras colocaba el perro que llevaba la sigla D-35 en una de las
bolsas que sirven para sepultar a los animales de experimento
«sacrificados», como se dice en la jerga de laboratorio. Lo curioso es
que el perro no mostraba ningún signo de autopsia. Darsee no lo
había abierto para extraer el corazón y examinarlo, como establecía
el acta del experimento. Para obtener una prueba definitiva, sin que
Darsee se diera cuenta los dos colegas abrieron el cadáver del perro
y extrajeron el corazón, que de inmediato fueron a enseñarle a su
jefe. Kloner, al darse cuenta de la gravedad de las acusaciones,
habló con Braunwald y ambos decidieron, de común acuerdo,
castigar al culpable pero evitar un escándalo que habría
comprometido de forma inevitable el prestigio de todo el laboratorio.
El 26 de mayo Braunwald convocó a Darsee en su estudio y le

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enfrentó con sus acusadores en presencia de Kloner. Como


conclusión se dio cuenta de que se trataba de un caso de
falsificación demasiado evidente que, dadas las circunstancias,
Darsee no podía negar, por lo que no era posible pensar que el joven
cardiólogo pudiera ocupar la cátedra (ya solicitada para él) de
profesor asociado, y mucho menos que se le concediera la dirección
de un laboratorio en el Beth Israel Hospital. Braunwald le hizo
comprender a su ex discípulo en desgracia que lo más oportuno
para él habría sido abandonar Harvard, tal vez después de algunos
meses a fin de permitirle confirmar si, como el acusado insistía en
declarar, aquélla era la única falsificación que había cometido o si
existían otras. Mientras tanto se le pagaría no ya con fondos de los
NIH, sino directamente de los fondos del departamento.
Después de algunos meses el anciano profesor consideró que las
investigaciones a cargo de Darsee habían concluido e informó a
Daniel C. Tosteson, director de la Harvard Medical School, que no
existía motivo alguno para suponer que Darsee se hubiera visto
envuelto en otras estafas y que por lo tanto el caso podía
considerarse cerrado, no siendo necesario realizar otros
procedimientos académicos o legales que difícilmente podrían
mantenerse en secreto y que habrían terminado por armar un gran
revuelo. Pero el escándalo hizo explosión de todos modos.
Para llegar al fondo de la cuestión Tosteson nombró en noviembre
de 1981 un comité de investigación formado por ocho profesores,
mientras que de forma independiente los NIH nombraron otro que
estaba compuesto por cuatro miembros. Los resultados de las dos

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indagaciones se dieron a conocer en enero y marzo de 1982,


respectivamente.
Ambos comités llegaron a la conclusión de que gran parte de los
datos presentados por Darsee eran completamente falsos, otros
habían sido copiados y que, en general, la investigación se había
llevado a cabo sin ningún cuidado.
La sentencia fue bastante dura: Darsee no podría solicitar o recibir
financiación alguna, ni desarrollar investigaciones o formar parte de
comités o grupos de estudio de los NIH por un período de diez años;
el Brigham and Women’s Hospital en el que Darsee había llevado a
cabo sus «investigaciones» acerca de la isquemia de miocardio se vio
obligado a restituir 122.000 dólares. Además, el laboratorio dirigido
por Braunwald vio suspendidas las financiaciones durante un año
hasta que una serie de controles comprobaran que los niveles
cualitativos de investigación y la actividad de supervisión de los
investigadores mostraba la efectiva confiabilidad de esa estructura.
Braunwald se sintió personalmente ofendido por esta última
disposición y afirmó en público, y también por escrito, que si se
deseaba realmente aclarar, hacer justicia y llegar al fondo de la
cuestión era necesario indagar también la actividad que Darsee
había desarrollado antes de llegar a Harvard. Fue así que la
Universidad de Emory tie Atlanta, en la que Darsee había obtenido
su diploma en 1974 y había trabajado hasta 19