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El Canto de Entrada

El Canto de entrada es un canto procesional que acompaña la celebración eucarística, originado en Roma en los siglos IV-V, y tiene como función principal abrir la celebración y promover la unión de la asamblea. Este canto debe ser consistente, sencillo y reflejar el tono litúrgico del tiempo que se celebra, y su selección debe considerar el contexto litúrgico y la necesidad de fomentar la participación activa de la comunidad. A lo largo de la historia, el Canto de entrada ha evolucionado, pero su esencia sigue siendo la de cohesionar a la asamblea y facilitar la entrada en el misterio de la fe.
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El Canto de Entrada

El Canto de entrada es un canto procesional que acompaña la celebración eucarística, originado en Roma en los siglos IV-V, y tiene como función principal abrir la celebración y promover la unión de la asamblea. Este canto debe ser consistente, sencillo y reflejar el tono litúrgico del tiempo que se celebra, y su selección debe considerar el contexto litúrgico y la necesidad de fomentar la participación activa de la comunidad. A lo largo de la historia, el Canto de entrada ha evolucionado, pero su esencia sigue siendo la de cohesionar a la asamblea y facilitar la entrada en el misterio de la fe.
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EL CANTO DE ENTRADA

El Canto de entrada forma parte de los llamados “Cantos procesionales”, que son aquellos
que acompañan una acción, un movimiento. No son cantos rituales, sino que surgen de un
gesto ritual al que acompañan. En la Celebración eucarística hay tres cantos procesionales:
el de entrada, el de presentación de los dones y el de comunión.

El Canto de entrada nace en Roma en torno a los siglos IV-V cuando, gracias a la paz de
Constantino, la Iglesia tiene libertad de culto y empieza a celebrar la eucaristía con mayor
solemnidad en amplias y majestuosas basílicas. El canto de entrada solemnizaba la entrada
del papa y su cortejo. Una vez revestido, el papa daba una señal al director de la schola.
Ésta, situada en dos coros, delante de las gradas del presbiterio, comenzaba el canto
del Introito. El papa caminaba con su séquito hacia el altar. Llegado al presbiterio, saludaba
con el ósculo de la paz al clero de la basílica y hacía una señal a la schola para que cantara
el “Gloria Patri”, durante el cual permanecía postrado en oración. Acabada la antífona,
subía al altar y lo besaba. En el siglo VI el Introito se consideraba ya una institución
antigua de la Iglesia. En el siglo X, al modificarse el rito de entrada y la construcción de la
sacristía no ya al fondo de la iglesia, sino junto al presbiterio, el Introito dejó de ser un
canto de entrada, es decir, de acompañamiento del sacerdote al altar, para convertirse en un
canto con el que se abre la misa.

El Canto de entrada cumple, por tanto, además de la función procesional para la que nació,
otra función más habitual hoy en nuestras celebraciones, es decir, ayudar a “entrar” en la
celebración. «La finalidad de este canto es abrir la celebración, promover la unión de
quienes están congregados e introducir su espíritu en el misterio del tiempo litúrgico o de
la festividad, así como acompañar la procesión del sacerdote y los ministros.» (OGMR
47). El Canto de entrada da el tono, tanto por su texto como por su música, a la celebración.
Es un canto-obertura con el que la asamblea expresa los sentimientos con que va a celebrar
el misterio de la fe. Por tanto, escogerlo, seleccionarlo, ensayarlo y utilizarlo debidamente
es “empezar con buen pie” o “indisponer” a la asamblea. Pocas cosas habrá que tengan la
capacidad del canto para cohesionar, para unir, para crear sentido de comunidad. Tiene
mucha más fuerza que la sola palabra y puede lograr por sí mismo lo que no lograrían
muchas moniciones. Unir las voces ayuda a unir los corazones y cantar juntos hace sentirse
juntos. Iniciar la celebración participando en un canto común es algo que obliga a superar,
ya desde el comienzo, la pasividad y hace salir de uno mismo para sintonizar con los otros
en un mismo ritmo y en un mismo tono.

Características musicales del Canto de entrada

1. Ha de ser un canto consistente, que tenga la suficiente entidad y duración


como para cohesionar a la asamblea sin, por otra parte, llegar a cansarla. Ha
de ser un canto lo bastante largo como para que puedan tener los que cantan
la sensación de estar haciendo algo juntos.
2. Ha de ser un canto suficientemente sencillo y conocido para que pueda
cantarlo la asamblea sin miedo y con entusiasmo.
3. Ha de ser un canto que dé el tono y colorido litúrgico del misterio o del
tiempo que se celebra, que revele desde el comienzo su contenido.
4. Su tesitura ha de ser media para que lleguen todas las voces de la asamblea;
los extremos harán que unos no lleguen y otros se ahoguen.
5. La tonalidad del canto ha de ser preferentemente en “modo mayor”.
6. El ritmo ha de ser fundamentalmente binario dando preferencia a las
subdivisiones binarias para que ayuden a expresar el sentido de la marcha y
de la procesión.
7. La melodía ha de ser a una voz para el pueblo. Si hay coral, ésta puede
embellecer el canto del pueblo con las voces, pero nunca tapándola o
sustituyéndola.

Formas de realizar el Canto de entrada


1. La forma más corriente es la alternancia estribillo-estrofa. El pueblo canta el
estribillo y el coro o solista las estrofas.
2. Otra forma es la hímnica. Toda la asamblea canta el canto completo o bien
alterna entre ella a dos coros.
3. Cabría también la forma litánica con aclamaciones a Cristo e invocaciones a
la Virgen y a los santos. Las letanías de los santos podrían ser un canto de
entrada adecuado en cuaresma, por ejemplo.
4. El órgano u otros instrumentos podrían suplir alguna vez el Canto de entrada
mientras dura la procesión del sacerdote al altar.
5. Se puede hacer también en silencio, como el Viernes Santo, aunque no es lo
deseable, salvo en ese día que tiene un significado preciso.

Criterios para seleccionar el Canto de entrada


1. Hay que tener en cuenta el Tiempo litúrgico que celebramos para poder dar el
tono adecuado a la celebración.
2. Ha de ser un canto procesional por lo que hay que evitar los cantos de
contenido más meditativo o devocionales.
3. El Canto de entrada no es para ser escuchado o meditado sino para ser
cantado por toda la asamblea.
4. El texto ha de reflejar la alegría de reunirse, de celebrar, de festejar el Día del
Señor, invitándonos a la unión, a sentirnos comunidad.
5. Música y texto han de compenetrarse mutuamente. No podemos cantar un
texto triste con una música alegre.
Un último criterio —quizá más una sugerencia—, nos viene de la mano de las ciencias
humanas, especialmente de la psicología y de las técnicas de comunicación. Es
importantísimo tener en cuenta que puesto que la liturgia es también un texto narrativo que
exige una adecuada puesta en escena, comenzar bien o mal la celebración va a condicionar
nuestra implicación en el resto de la celebración. Si los primeros compases o los primeros
fotogramas no atrapan nuestros sentidos y nuestras emociones, difícilmente podremos
introducirnos con «alma y cuerpo» en el corazón de la narración, en nuestro caso en el
acontecimiento salvífico que celebramos en la Eucaristía. Los guionistas de cine y
televisión lo saben muy bien: los dos momentos decisivos de una película son el comienzo
y el final. De ellos depende en buena medida que lo que de verdad nos quiere contar el
narrador o creador de la historia nos involucre más o menos en el conjunto de la narración.
Con frecuencia oímos decir: «no me ha gustado el final» o «el principio es excesivamente
lento, tarda mucho en comenzar la acción, es aburrido…». Ahí no está la entraña de la
película, pero un buen narrador siempre lo tendrá en cuenta para que el contenido de su
historia llegue adecuadamente al espectador. Interactuar con los tiempos y los ritmos
narrativos es un arte, pero también se aprende. En relación con la liturgia hay una
diferencia importante y es que en ésta no hay espectadores, todos somos actores, pero
también nos tenemos que someter a las leyes de la psicología y de la comunicación. ¿O es
que somos ángeles?

Los cantos de la celebración: el canto de entrada


Comenzamos por el canto de entrada no porque sea el canto más importante de la
celebración, sino porque cronológicamente es el primero. Este canto forma parte de los
ritos iniciales de la Misa. La Ordenación General del Misal Romano nos explica la
finalidad de estos ritos en el número 46: “Los ritos que preceden a la Liturgia de la Palabra,
es decir, la entrada, el saludo, el acto penitencial, el “Señor, ten piedad”, el Gloria y la
colecta, tienen el carácter de exordio, de introducción y de preparación. La finalidad de
ellos es hacer que los fieles reunidos en la unidad construyan la comunión y se dispongan
debidamente a escuchar la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía”.

Un poquito más adelante, en el número 47, se habla específicamente del canto de entrada:
“La finalidad de este canto es abrir la celebración, promover la unión de quienes están
congregados e introducir su espíritu en el misterio del tiempo litúrgico o de la festividad,
así como acompañar la procesión del sacerdote y los ministros”.

Es decir: los ritos iniciales tienen la función de hacer conscientes a todos los miembros de
la asamblea que son precisamente eso, una asamblea reunida para la celebración, cuya
principal característica es la comunión. Cuando nos reunimos para la celebración no somos
solamente un grupo de personas aisladas unas de otras, cada una de las cuales va a dar culto
a Dios sin referencia a los demás. Es la asamblea, signo de la Iglesia misma, la que se
convierte en sujeto de la celebración, uniéndose a Cristo.

Por eso, el hecho de cantar juntos se convierte en uno de los elementos fundamentales para
contribuir a esa comunión. Lo primero que hacemos, durante la procesión de entrada, es
unir nuestras voces para aclamar a Cristo.

La segunda característica del canto de entrada es la referencia a la celebración y al tiempo


litúrgico. Debería ser un canto que fuese como un prólogo y anticipo de todo lo que viene
después.
Tradicionalmente, el canto de entrada se componía de una antífona y de un salmo. En la
actualidad es más normal que tenga forma de himno, apto en su forma para ser cantado
durante la procesión.

¿Quién debería cantar el canto de entrada? Cada vez que nos hagamos esta pregunta
tendremos tres alternativas: el pueblo, el coro o un solista. Lo que está claro es que en el
caso del canto de entrada el pueblo ha de intervenir. Si la asamblea calla durante el canto de
entrada la primera finalidad de éste –fomentar la unidad– brillará por su ausencia, porque
precisamente el gesto externo que fomenta esa unidad –cantar juntos– no se está haciendo.
Por eso lo ideal sería ir alterando: coro y pueblo o solista y pueblo. La forma de canto con
estribillo que se va repitiendo tras cada estrofa parece la más adecuada. Sería como una
versión actualizada del esquema antífona-verso-antífona de los cantos de entrada
gregorianos.

Conseguido esto, lo ideal sería tener un repertorio de cantos de entrada para los distintos
tiempos litúrgicos, que la asamblea conociese bien, y otro repertorio de cantos para el
Tiempo Ordinario –al menos cuatro o cinco– que se pudiesen ir alternando. En los textos se
resaltaría el hecho de que hay una comunidad reunida para celebrar y que en el centro de
esta comunidad y de esta celebración está Cristo, el Señor.

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