Debate
Debate
❖ Ámbito legal
La legislación mexicana proporciona una base sólida para el sistema educativo. El artículo 3°
constitucional consagra no solo la obligatoriedad de la educación básica y media superior, sino
también principios rectores como la gratuidad y el carácter laico de la enseñanza. Esto asegura
que la escuela pública esté abierta a todos sin distinciones económicas o religiosas,
promoviendo la libertad de conciencia. Asimismo, la ley exige que la educación se imparta con
enfoque de derechos humanos, igualdad sustantiva y mejora continua, fomentando valores
cívicos y éticos como la honestidad, la paz y la justicia. Sobre el plano legal, recientes reformas
han buscado fortalecer la calidad y equidad educativa: en 2019 se reconfiguró el marco
normativo para eliminar evaluaciones punitivas al magisterio y reconocer a los docentes como
“agentes fundamentales del proceso educativo”, con derecho a formación y actualización
constantes. La admisión y promoción docente deben ahora realizarse mediante concursos
equitativos y transparentes, garantizando la selección por mérito en igualdad de condiciones.
Estas disposiciones legales, en teoría, profesionalizan la carrera docente y reafirman el
compromiso del Estado de impartir una educación de calidad para todos.
❖ Ámbito Ético
ARGUMENTOS EN CONTRA
❖ Ámbito legal
En primer lugar, a nivel legal e institucional, la inestabilidad de las políticas educativas ha sido
motivo de preocupación. En menos de una década, México pasó por dos reformas educativas
contrastantes: la de 2013, que introdujo evaluaciones docentes estandarizadas y criterios de
mérito para ingreso y promoción, y la de 2019, que eliminó aquellos mecanismos para
reemplazarlos con un nuevo sistema más acorde a las demandas del magisterio. Si bien cada
reforma tuvo sus defensores, esta volatilidad normativa generó incertidumbre y politización.
Críticos señalan que la contrarreforma de 2019, promovida por presiones sindicales, mermó los
incipientes esfuerzos de profesionalización docente y dejó interrogantes sobre cómo asegurar la
calidad de la enseñanza sin mecanismos claros de evaluación. En la práctica, subsisten
denuncias de prácticas clientelares en la asignación de plazas, por ejemplo, venta o herencia de
puestos docentes en algunas regiones, que contravienen el espíritu meritocrático de la ley.
Además, la desaparición de órganos autónomos como el Instituto Nacional para la Evaluación
de la Educación (INEE) en 2019 eliminó un contrapeso técnico que monitoreaba resultados
educativos. Otro punto legalmente polémico es la judicialización de decisiones educativas:
recientemente, la distribución de nuevos libros de texto fue frenada en ciertos estados por
controversias constitucionales ante la Suprema Corte, alegando que la SEP no cumplió con
procedimientos de consulta obligatorios. Este incidente evidencia tensiones entre federación y
estados en materia educativa, y politiza los materiales didácticos, generando divisiones que en
nada benefician a los alumnos. En síntesis, desde el ángulo jurídico, institucional, se argumenta
en contra que las reformas carecen de continuidad, que las buenas leyes a veces no pasan del
papel a la implementación, y que factores políticos e ideológicos suelen interferir en la
educación (cada sexenio cambia programas, libros y prioridades), dificultando un progreso
sostenido.
Bajo la lupa social, persisten fuertes brechas de desigualdad educativa en México. Aunque la
cobertura básica es amplia en promedio, la realidad varía dramáticamente según la región, el
contexto socioeconómico y la etnia. Por ejemplo, todavía hay más de 4 millones de niñas, niños
y adolescentes que no asisten a la escuela, sobre todo en comunidades rurales, indígenas o en
situación de pobreza extrema. En poblaciones indígenas, la exclusión es alarmante: solo 1 de
cada 10 adolescentes cuya lengua materna es indígena y que no hablan español asiste a la
escuela, comparado con 7 de cada 10 en el resto de la población. Esto refleja barreras de
lengua, geografía y discriminación que no han sido superadas. Asimismo, la deserción escolar
se concentra en los más pobres: apenas 2 de cada 5 adolescentes en pobreza extrema logran
continuar sus estudios más allá de la secundaria, mientras que el resto se ve forzado a
abandonar por trabajar o falta de recursos. La pandemia de COVID,19 agravó estas brechas:
niños sin acceso a internet o televisión educativa quedaron rezagados y muchos jóvenes nunca
regresaron tras el cierre prolongado de escuelas. De hecho, UNICEF estima que el cierre de
casi 18 meses de los planteles hizo perder el equivalente a dos años de aprendizaje a millones
de alumnos, afectando más severamente a la infancia vulnerable. Estudios post-pandemia
muestran que en el ciclo 2019,2020 un 3.6% de estudiantes de nivel medio superior no se
graduaron (deserción terminal), porcentaje que se repitió en 2020,2021. Las principales razones
reportadas por los propios adolescentes desertores fueron dificultades económicas en sus
hogares y la sensación de no aprender lo suficiente con la educación a distancia.
Esto sugiere que muchos jóvenes perdieron motivación al sentir baja calidad en las clases
remotas, sumado a las presiones financieras familiares. Aunque la matrícula total se ha
recuperado ligeramente gracias a esfuerzos recientes, no todos los ausentes volvieron: en
particular, las pérdidas en educación media superior significan que la meta de cobertura
universal en ese nivel aún está lejos de alcanzarse. Adicionalmente, la brecha digital continúa
marcando la desigualdad educativa: zonas rurales y pobres carecen de la infraestructura
tecnológica básica para una educación moderna. Si bien en 2022 el 84% de la población urbana
usaba internet frente a solo 62% de la rural, esa estadística general oculta carencias específicas
en hogares con estudiantes. Muchos alumnos de comunidades apartadas no cuentan con
computadora, conexión estable o incluso electricidad, lo que limita sus oportunidades de
aprendizaje y amplía la distancia con respecto a sus pares urbanos.
Más allá de los libros, la falta de infraestructura adecuada también incide en la calidad: en
muchas escuelas públicas hace falta equipamiento básico para la enseñanza moderna,
laboratorios, bibliotecas actualizadas, acceso a cómputo, dificultando la impartición de ciencias
y habilidades digitales. Incluso necesidades elementales no están cubiertas en todos lados: una
de cada cinco escuelas carece de acceso a agua potable, y solo 62% tiene agua corriente todos
los días, lo que impacta higiene y salud y, por ende, el aprendizaje. En suma, los detractores
argumentan que no basta con matricular niños en la escuela, sino garantizar que aprendan, y
allí el sistema mexicano muestra deficiencias sistemáticas. La “calidad educativa” proclamada
en leyes y discursos dista de ser una realidad uniforme, y regiones enteras quedan rezagadas
en cuanto a logro educativo, comprometiendo la competitividad futura del país y perpetuando
ciclos de pobreza.
❖ Ámbito Ético
Estas condiciones indignas contrastan con el ideal constitucional de entornos adecuados, y son
éticamente inaceptables en pleno 2025. Por otra parte, la salud mental de la comunidad
educativa se ha visto vulnerada. Los docentes a menudo enfrentan estrés crónico por exceso
de alumnos, bajos salarios y, en ciertas zonas, la amenaza de la violencia (extorsiones del
crimen organizado en algunos estados o inseguridad en el trayecto a zonas rurales). Los
estudiantes, por su parte, sufren de acoso escolar (bullying) en altos niveles: se calcula que
más de 18 millones de alumnos de primaria y secundaria han sido víctimas de bullying en
México, situando al país entre los primeros lugares mundiales de este problema. Las
consecuencias van desde bajo rendimiento y ausentismo hasta depresión e intentos de suicidio.
De hecho, estadísticas recientes alarman sobre el aumento de trastornos mentales en
adolescentes: en 2022, 15.6% de los jóvenes de 10 a 19 años reportaron dificultades para
dormir (insomnio), un indicador asociado a depresión, subiendo desde 12.3% el año anterior.
Aún más preocupante, el 6.5% de los adolescentes ha intentado suicidarse, con las mujeres
triplicando la tasa de los varones (10.1% vs 3%). Esta crisis de salud mental juvenil no
encuentra suficiente contención en las escuelas mexicanas, ya que la cantidad de orientadores,
psicólogos o trabajadores sociales es mínima en relación al universo estudiantil (menos de 5
psicólogos por cada 100 mil habitantes, según el Instituto Nacional de Psiquiatría). Muchos
planteles carecen de personal capacitado para atender estos problemas, y los maestros no
siempre tienen las herramientas para manejar situaciones emocionales complejas en el aula.
Por lo tanto, se argumenta que el sistema educativo no está garantizando el bienestar integral
de sus beneficiarios; más bien, en ocasiones el ambiente escolar puede agravar problemas de
salud (por estrés académico, bullying no atendido, malas condiciones sanitarias, etc.), lo cual
contradice el fin último de formar personas sanas y equilibradas.
❖ Ámbito religioso
Finalmente, en el plano religioso y filosófico, surgen debates sobre la educación laica vs.
Religiosa que alimentan posturas críticas. México, por mandato constitucional, mantiene la
educación pública estrictamente laica, es decir, libre de instrucción religiosa. Esto se instauró
para evitar la influencia de la Iglesia en la enseñanza tras la Revolución, y muchos lo defienden
como garante de pluralidad. Sin embargo, sectores religiosos conservadores a veces perciben
que la educación laica ignora o contradice sus valores. Han existido roces en temas como la
enseñanza de la teoría de la evolución (que ciertos grupos fundamentalistas rechazan) o la
educación sexual (que la Iglesia Católica y otras denominaciones preferirían orientar de modo
distinto). Actualmente, con la introducción de enfoques de género y diversidad sexual en los
libros de texto, grupos religiosos han acusado al gobierno de “adoctrinar” a los niños en ideas
contrarias a la moral tradicional. Si bien dichas acusaciones pueden carecer de fundamento
científico, reflejan un sentir de parte de la sociedad. El aumento de escuelas privadas con
ideario religioso (principalmente católicas, pero también protestantes y de otras religiones)
indica que muchos padres buscan una educación acorde a sus creencias, aunque deban pagar
por ella. Esto deja la pregunta de si el sistema público debería o no contemplar alguna
educación en valores espirituales; por ahora, la respuesta oficial es negativa, manteniendo el
laicismo, lo cual es criticado por quienes quisieran mayor presencia religiosa. Asimismo,
algunos argumentan que la escuela pública mexicana, si bien no difunde religión,
históricamente exaltó un “civismo patriótico” casi dogmático, con rituales como honores a la
bandera y cantos nacionales diarios, que podría verse como análogo seculares de un
adoctrinamiento.
Con esto podemos concluir que la educación en México es una realidad compleja que combina
avances significativos y desafíos persistentes. Las políticas públicas han logrado extender el
acceso a la educación y modernizar parte de su contenido, sin embargo problemas como la
desigualdad, la baja calidad en los aprendizajes, la politización del sistema y la falta de atención
integral al bienestar estudiantil siguen impidiendo que la educación sea verdaderamente
equitativa y de alta calidad para todos.
Se necesita una política educativa sostenida, basada en la continuidad, la equidad, la calidad y
la inclusión, lejos de intereses políticos de corto plazo. Solo así la educación podrá convertirse
plenamente en el motor de desarrollo, justicia social y transformación que el país requiere.
EL ABORTO EN MÉXICO
El aborto en México ha sido históricamente un tema controversial, cargado de implicaciones
legales, sociales, éticas, médicas y religiosas. En los últimos años, importantes cambios
judiciales han transformado su panorama: en 2021, la Suprema Corte de Justicia de la Nación
(SCJN) declaró inconstitucional penalizar el aborto consentido, y en 2023 extendió esta
protección a nivel federal. Actualmente, el aborto voluntario durante el primer trimestre no debe
ser penalizado en México, aunque las legislaciones estatales aún varían.
El debate sobre el aborto en México abarca dimensiones sociales, éticas, médicas y religiosas
profundamente entrelazadas. Por un lado, están quienes defienden el derecho a decidir de las
mujeres sobre su propio cuerpo, considerando el aborto como un asunto de salud pública,
derechos humanos y justicia social. Por otro lado, sectores conservadores equiparan el aborto
con la privación de la vida de un ser humano en gestación, postulando el derecho a la vida
desde la concepción como valor superior.
Quienes están a favor del aborto legal en México fundamentan sus posturas en principios de
derechos humanos, salud pública y equidad de género. Desde esta perspectiva, la posibilidad
de que una mujer decida voluntariamente interrumpir un embarazo no deseado es ante todo un
asunto de autonomía sobre su propio cuerpo y proyecto de vida. La Suprema Corte mexicana
ha respaldado este enfoque al reconocer que la interrupción voluntaria del embarazo en etapas
tempranas constituye el ejercicio de un derecho constitucional de las mujeres y personas
gestantes, inherente a su dignidad, libertad y libre desarrollo de la personalidad. Criminalizar a
una mujer por abortar implica, según la Corte, anular su capacidad de decisión y profundizar la
desigualdad de género, al imponerle roles y obligaciones maternales contra su voluntad.
Legalmente, los avances recientes apoyan los argumentos pro-choice. La Ciudad de México
despenalizó el aborto hasta las 12 semanas en 2007, estableciendo un parteaguas que fue
confirmado por la SCJN al declarar constitucional dicha reforma ese mismo año. Tardó más de
una década para que otras entidades siguieran el ejemplo, pero a partir de 2019 una oleada de
cambios, impulsada en gran medida por la llamada Marea Verde, el movimiento feminista
latinoamericano en favor del derecho a decidir, cobró fuerza. El punto de inflexión fue la
sentencia de la SCJN en septiembre de 2021 que invalidó la criminalización del aborto a nivel
estatal, desde entonces, uno por uno los estados han ido eliminando las penas contra quienes
abortan en el primer trimestre.
Hacia finales de 2024, 15 estados habían reformado sus leyes para despenalizar el aborto
hasta las 12 semanas, y actualmente son 21 estados considerando órdenes judiciales recientes
(por ejemplo, la Corte obligó en 2025 al estado de Chihuahua a anular la pena de hasta 3 años
de cárcel por abortar). Si bien todavía hay entidades rezagadas, el efecto dominó jurídico es
evidente. Este proceso ha venido acompañado de exhortos a que los servicios de salud pública
garanticen la prestación de abortos seguros. De hecho, con el fallo federal de 2023, todos los
hospitales e instituciones federales (IMSS, ISSSTE, etc.) están obligados a ofrecer la
interrupción del embarazo a quien lo solicite, independientemente de la legislación local. Esto
amplía teóricamente el acceso incluso en estados conservadores, permitiendo que mujeres de
entidades donde aún no se reforma la ley acudan a clínicas del sistema federal sin ser
criminalizadas.
Los defensores del aborto legal celebran estos cambios normativos como un triunfo de la
justicia social y de décadas de lucha feminista, aunque reconocen que falta implementación
plena. Subrayan la necesidad de que todas las entidades armonicen sus leyes y, sobre todo,
desarrollen programas de salud que hagan efectivo el derecho a abortar con calidad y sin
discriminación. Vale mencionar que, hasta ahora, solo 8 estados han incorporado la ILE en sus
leyes de salud locales y apenas 5 han establecido programas públicos para su atención (Ciudad
de México, Oaxaca, Veracruz, Guerrero y Michoacán). Por ello, las colectivas insisten en que la
despenalización debe ir acompañada de políticas activas: capacitación al personal médico,
protocolos claros y difusión de información veraz, para que el derecho no quede solo en el
papel.
En cuanto a los aspectos sociales, los argumentos a favor se enfocan en desmontar estigmas y
reducir las desigualdades. Tradicionalmente, abortar ha sido un tema tabú en amplios sectores
de la sociedad mexicana, marcado por la estigmatización moral y el temor. Las activistas
pro-elección sostienen que este estigma solo ha servido para silenciar a las mujeres y negar un
problema de salud pública: las mexicanas han abortado siempre, legal o ilegalmente, pero el
silencio las ha obligado a procedimientos clandestinos y peligrosos. Legalizar y normalizar el
aborto, afirman, permite tratar el fenómeno de forma abierta, educar sobre anticoncepción y
sexualidad, y atender los embarazos no deseados sin criminalizar a las afectadas. Además, se
subraya el argumento de la equidad social: la criminalización histórica del aborto en México no
impedía que ocurrieran abortos, sino que castigaba desproporcionadamente a las mujeres
pobres. Quienes tenían recursos podían viajar a clínicas privadas en la capital o incluso al
extranjero para interrumpir sus embarazos de forma segura, mientras que las mujeres de
escasos recursos debían recurrir a métodos caseros o a aborteros clandestinos, con alto riesgo
para su salud y su libertad. Las cifras respaldan esta brecha: entre 2007 y 2024, en la Ciudad
de México (primer lugar donde se ofreció aborto legal gratuito) se han realizado más de 277 mil
interrupciones legales del embarazo, de las cuales solo 68% fueron en residentes capitalinas; el
restante 32% correspondió a mujeres foráneas, principalmente del aledaño Estado de México y
de otras entidades donde no tenían alternativas seguras. Esto evidencia que miles de
mexicanas tuvieron que desplazarse para ejercer un derecho básico, algo que los defensores
del aborto legal consideran injusto. Igualmente, señalan que desde la despenalización en la
capital no se ha registrado ni una sola muerte por aborto legal en 18 años, según datos
oficiales.
En contraste, antes de 2007 el aborto inseguro figuraba entre las primeras causas de muerte
materna en la ciudad. La mortalidad materna nacional por abortos clandestinos ha sido un
problema serio: en la última década se documentaron alrededor de 2,400 muertes de mujeres
vinculadas a interrupciones de embarazo mal realizadas, representando aproximadamente el
7,5% de las muertes maternas en México. Este porcentaje, aunque menor que el de otras
causas (hemorragias, hipertensión, etc.), implica cientos de vidas truncadas por año que
podrían salvarse con acceso a servicios médicos adecuados. De hecho, especialistas atribuyen
parte de la notable reducción de casi 40% en la mortalidad materna nacional entre 2021 y 2022
a una mejora en los derechos reproductivos, incluyendo mayor acceso al aborto seguro. En
palabras de la representante de UNFPA en México, tras la legalización del aborto en la capital
“se abatió muchísimo la causa de muerte por aborto.
En suma, desde la óptica de la salud pública, despenalizar salva vidas: permite que las mujeres
recurran a clínicas certificadas o a medicamentos seguros en vez de exponerse a prácticas
riesgosas. La Organización Mundial de la Salud ha catalogado el aborto como un servicio de
salud esencial, que debe brindarse con calidad y sin barreras para proteger el derecho a la
salud y a la vida de las mujeres. Los avances médicos juegan un papel importante en este
argumento: hoy en día la gran mayoría de abortos tempranos pueden realizarse mediante
fármacos, de forma ambulatoria y con riesgo mínimo.
Entre 2007 y 2023, alrededor de 207 mil abortos legales en México (aprox. 79%) se realizaron
con medicamentos, lo que ha contribuido a reducir drásticamente las complicaciones. Incluso
cuando se requiere un procedimiento quirúrgico (aspiración uterina), este es muy seguro si se
realiza en condiciones adecuadas. Estudios médicos indican que un aborto realizado conforme
a estándares modernos tiene mucho menor riesgo para la mujer que un parto a término; la
SCJN destacó que la ciencia médica actual garantiza que la interrupción legal del embarazo
pueda realizarse con el menor riesgo posible para la paciente[Link]. Por tanto,
desde el punto de vista médico y científico, no hay justificación para prohibir un procedimiento
que es seguro y que, al estar prohibido, se vuelve peligroso. Más bien, lo que genera riesgo es
la ilegalidad, que empuja a la clandestinidad.
Los argumentos éticos a favor del aborto suelen centrarse en la idea de la libertad y autonomía
reproductiva. Se postula que ninguna mujer debería ser obligada por el Estado a continuar un
embarazo en contra de su voluntad, pues ello equivale a usar su cuerpo como medio para un fin
impuesto (el nacimiento), violando su derecho a decidir sobre su propia vida. Las activistas
pro-elección en México enmarcan el aborto como un tema de derechos humanos de las
mujeres: el derecho a la vida, sí, pero entendido también como el derecho a una vida digna, con
la capacidad de tomar decisiones fundamentales.
En esta línea ética, se sostiene que el embrión o feto en etapas iniciales no puede ser
considerado jurídicamente como una persona con plenos derechos por encima de la mujer
gestante. Si bien se reconoce la potencialidad de vida que representa, su desarrollo vital
depende por completo del cuerpo de la mujer, quien posee ya una vida independiente y digna
de protección legal. Imponer la continuación del embarazo desconoce esta realidad y cosifica a
la mujer reduciéndola a “incubadora”. Muchos argumentan además que la maternidad debe ser
deseada, no forzada: traer niños no deseados al mundo redunda en mayor pobreza, abandono
y sufrimiento, algo que impacta no solo a la mujer sino también al tejido social. Por ello, desde
una óptica ética progresista, permitir el aborto temprano es un acto de compasión y respeto
tanto hacia la mujer (evitando un destino impuesto) como hacia los potenciales niños
(asegurando que solo nazcan cuando puedan ser recibidos en condiciones adecuadas).
Se recuerda también que en casos extremos, como embarazo por violación, el aborto es un
componente de justicia básica hacia la víctima: obligarla a llevar el embarazo derivado de una
agresión sería una doble violación a sus derechos. México cuenta con la Norma Oficial
NOM-046 que garantiza a las víctimas de violación el acceso a la interrupción del embarazo sin
necesidad de denunciar formalmente ante autoridades, precisamente bajo la premisa ética de
minimizar el trauma.
Finalmente, los proponentes del aborto legal destacan avances médicos y científicos que
respaldan su posición. Subrayan que en la actualidad la capacidad de sobrevida fuera del útero
se alcanza aproximadamente hacia las 22,24 semanas de gestación con apoyo médico
intensivo; por tanto, un aborto en el primer trimestre afecta a un embrión/feto que, si bien vivo,
aún no es viable ni posee conciencia. También mencionan que la medicina moderna ha
mejorado no solo la seguridad del procedimiento sino también el entendimiento de las causas
de los abortos espontáneos.
Entre un 10% y 15% de todos los embarazos reconocidos terminan en un aborto espontáneo,
normalmente en etapas tempranas, a menudo por aberraciones cromosómicas naturales que
impiden el desarrollo normal. Este dato suele citarse para recordar que la naturaleza por sí
misma interrumpe muchos embarazos, a veces incluso antes de que la mujer se entere, lo cual
relativiza la idea de que la interrupción temprana sea algo “antinatural”. Asimismo, conocer las
causas comunes (genéticas, inmunológicas, endocrinas, etc.) de los abortos espontáneos
ayuda a eliminar la culpa: típicamente no hay nada que la mujer o el médico puedan hacer para
evitarlos cuando ocurren. Así, los defensores del derecho a decidir insisten en que nadie
debería enfrentar procesos penales por algo tan común como una pérdida gestacional natural, y
que despenalizar plenamente el aborto inducido también protege a estas mujeres, pues impide
que autoridades puedan alegar falsamente una inducción donde solo hubo un evento fortuito.
Podemos concluir que México ha avanzado hacia un modelo de derechos que privilegia la
autonomía de las mujeres, pero el proceso ha sido y sigue siendo conflictivo. La implementación
de las reformas aún enfrenta resistencias locales, desigualdades en el acceso a servicios de
aborto seguro, y una sociedad culturalmente dividida.
ARGUMENTOS EN CONTRA
En contraste, los argumentos en contra del aborto (o posturas pro-vida) en México se basan
primordialmente en la defensa del derecho a la vida del no nacido y en convicciones éticas y
religiosas tradicionales. Para quienes sostienen esta perspectiva, el embrión o feto humano
merece protección legal desde el momento de la concepción, por ser ya una vida humana en
desarrollo. Consideran que la vida es un valor absoluto que el Estado tiene la obligación de
tutelar, aun por encima de la voluntad de la madre.
❖ Ámbito legal
En el plano legal, este sector argumenta que las constituciones y leyes deben reflejar esa
protección a la vida prenatal. De hecho, entre 2008 y 2010, más de 20 estados mexicanos
reformaron sus constituciones locales para consagrar la protección de “la vida desde el
momento de la concepción”, como reacción conservadora a la despenalización en Ciudad de
México. Si bien la SCJN posteriormente invalidó tales cláusulas por considerarlas incompatibles
con derechos federales, su promulgación muestra la fuerza política del ideario pro-vida en gran
parte del país.
Los opositores al aborto ven con alarma las recientes sentencias judiciales que despenalizan el
aborto, pues las interpretan como una imposición ideológica que va contra el espíritu de las
leyes mexicanas y los tratados internacionales. La Iglesia católica, por ejemplo, ha advertido
que México, al ser parte de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, tiene el
compromiso de proteger la vida humana incluso en gestación (la Convención menciona en su
Artículo 4 que el derecho a la vida debe estar protegido “en general, desde el momento de la
concepción”).
Desde esta óptica, eliminar el delito de aborto podría contravenir dicho principio, por lo que
líderes religiosos han hecho un llamado a no anteponer “ideologías” por encima de la vida
humana. En editoriales y comunicados, la jerarquía católica mexicana ha calificado las
iniciativas pro-aborto como una “violación seria en materia de humanismo”, argumentando que
se inspiran en corrientes ideológicas foráneas y se alejan de la razón, la ciencia y los
verdaderos derechos humanos, que para ellos incluyen siempre al no nacido. Organizaciones
conservadoras y pro-vida, como el Frente Nacional por la Familia y otras, han movilizado
marchas bajo lemas como “Sí a la vida” para presionar a legisladores a mantener las
prohibiciones.
En el terreno social, los argumentos en contra enfatizan que en México persisten valores
mayoritarios que rechazan el aborto por considerarlo moralmente incorrecto. Se señala que la
sociedad mexicana, de profundo raigambre religiosa, nunca ha abrazado plenamente la idea del
aborto libre. Las encuestas de opinión suelen mostrar posiciones divididas: por ejemplo, una
encuesta internacional de Ipsos en 2023 reveló que solo 45% de los mexicanos apoya que el
aborto sea legal “en todos los casos”, porcentaje que de hecho había disminuido 7 puntos
respecto al año anterior.
Otro argumento social importante es la preocupación por el impacto en las mujeres mismas.
Paradójicamente, los contrarios al aborto afirman velar también por el bienestar de la mujer
embarazada, solo que con una visión distinta. En este sentido, sostienen que legalizar el aborto
no soluciona los problemas de fondo (embarazos no deseados, falta de apoyo a madres
solteras, violencia sexual, etc.), sino que puede incluso agravar ciertas injusticias. La Iglesia
Católica en México, por ejemplo, ha advertido que una liberalización total del aborto podría
tener un efecto desproporcionado en las mujeres vulnerables: temen que mujeres en situación
de pobreza o bajo presión familiar/pareja sean orilladas a abortar por falta de alternativas,
sufriendo coerción o violencia para tomar esa decisión.
Plantean que en lugar de ofrecer aborto “como solución fácil”, el Estado debería enfocar
esfuerzos en brindar apoyos a esas mujeres, acceso a salud de calidad, ayuda económica,
redes de adopción, guarderías, etc., para que no se vean empujadas al aborto por
desesperación. Según este argumento, la despenalización por sí sola podría volverse una
política pública cómoda que “libere” al gobierno de la responsabilidad de proveer dichas ayudas,
dejando a las mujeres más desprotegidas aún. Algunos grupos pro-vida, de hecho,
complementan su activismo con acciones de acompañamiento: existen organizaciones civiles y
religiosas que ofrecen albergues, asistencia psicológica y médica a mujeres con embarazos no
planeados, con la intención de convencerlas de continuar con la gestación y luego dar en
adopción al bebé si no pueden criarlo.
Estas iniciativas parten de la idea de que “si una mujer siente verdadero apoyo, no optará por el
aborto”. Aunque las feministas cuestionan la suficiencia y alcance de tales apoyos, los pro-vida
los esgrimen para demostrar que su preocupación va más allá del feto y abarca también a la
madre y al niño después de nacer (aunque críticos señalan que ese apoyo muchas veces se
diluye una vez logrado que la mujer no aborte).
Desde la ética y la filosofía moral, el campo anti-aborto sostiene firmemente que la vida humana
tiene dignidad intrínseca desde su inicio y que quitarla intencionalmente está mal. Se suele
apelar al principio de la santidad de la vida: una vida humana, por diminuta que sea, no puede
ser instrumentalizada ni eliminada porque es fin en sí misma. Para muchos creyentes, además,
esa vida es creada por Dios y solo a Dios le corresponde decidir sobre ella. Esto conecta con el
marcado componente religioso de los argumentos en contra.
México sigue siendo mayoritariamente un país de fe: cerca del 78% de la población se declara
católica, y otro porcentaje significativo profesa variantes del cristianismo evangélico o
protestante. Tanto la Iglesia Católica como las iglesias evangélicas más grandes condenan el
aborto. La doctrina católica, en particular, afirma que el aborto voluntario es un pecado grave
equivalente a un homicidio, que conlleva la excomunión automática de quienes lo procuran o
realizan. Los obispos mexicanos constantemente reafirman esta enseñanza, calificando al
aborto como “crimen abominable” en documentos oficiales. Incluso el papa Francisco, pese a su
tono pastoral más comprensivo en otros temas, ha dicho que abortar es como “contratar a un
sicario para resolver un problema”, una frase dura que ha sido citada por líderes religiosos
locales.
En octubre de 2024, tras una propuesta para eliminar totalmente el delito de aborto del Código
Penal de la Ciudad de México, la Arquidiócesis Primada publicó un editorial urgiendo a los
legisladores a rechazar dicha reforma, pues permitir el aborto durante todo el embarazo sería,
según la Iglesia, violar el principio de proporcionalidad y la protección gradual de la vida
consagrados en la Constitución. Los portavoces eclesiales argumentaron que después de las
12 semanas el feto ya se encuentra mucho más desarrollado y que autorizar su eliminación en
cualquier momento atentaría contra el derecho a la vida de un ser indefenso. Este énfasis en la
fase del desarrollo también forma parte de su discurso: aunque para los pro-vida “toda” etapa es
valiosa, suelen hacer énfasis particular en ciertos hitos (como la formación del corazón, el
desarrollo del sistema nervioso, la capacidad de sentir dolor) para sensibilizar a la opinión
pública sobre “lo humano” del feto. Citan, por ejemplo, que a las 6,8 semanas ya hay actividad
cardíaca detectable, o que a las 12 semanas el feto tiene rasgos reconocibles. En campañas
contra el aborto exhiben frecuentemente imágenes de fetos avanzados, buscando generar
empatía y subrayar que “es un bebé, no un conjunto de células”.
Los sectores religiosos conservadores también alertan sobre las posibles secuelas psicológicas
y físicas que el aborto podría dejar en las mujeres. Si bien la ciencia no avala la noción de un
“síndrome postaborto” universal, es común que en folletos pro*vida se mencionen sentimientos
de culpa, depresión, ansiedad e incluso mayor riesgo de suicidio en mujeres que abortaron.
En términos médicos, los opositores reconocen que el aborto temprano puede ser físicamente
seguro si se hace con atención adecuada, pero cuestionan que se minimicen otros posibles
efectos. También suelen señalar que toda interrupción del embarazo termina con un ser
humano muerto, y que por tanto no puede hablarse de aborto “seguro” en un sentido absoluto,
ya que siempre hay una vida perdida, la del hijo en gestación. Esta afirmación se resume en la
consigna muy difundida de “no existe el aborto seguro, porque al menos uno muere”. Para ellos,
la dicotomía entre “aborto seguro vs. Aborto inseguro” es engañosa, pues el verdadero dilema
moral es entre aborto (matar intencionalmente) y alternativas no letales.
La religión permea fuertemente los argumentos en contra, por lo que vale detallar las posturas
de las principales confesiones. La Iglesia Católica romana, como se mencionó, rechaza el
aborto en todos los casos directos. Los obispos mexicanos han sido actores políticos activos:
han emitido comunicados conjuntos contra reformas pro aborto, han apoyado marchas pro-vida
y en 2007 incluso excomulgaron simbólicamente a los diputados locales que votaron a favor de
la ley en Ciudad de México. Consideran que el mandamiento de “no matar” se extiende al no
nacido, y que el quinto mandamiento no conoce excepciones de etapa gestacional. Al mismo
tiempo, promueven ministerios de ayuda a mujeres embarazadas en dificultad, ofreciendo
acompañamiento espiritual para que no aborten.
Otras religiones minoritarias en México también tienden a una postura pro-vida: por ejemplo, la
Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones) desalienta fuertemente el
aborto salvo contadas excepciones; los Testigos de Jehová y los musulmanes igualmente lo ven
mal. La comunidad judía tiene una postura más matizada (el judaísmo permite el aborto cuando
peligra la vida de la madre e incluso por razones de salud en ciertos grados), pero dado que los
judíos son una fracción muy pequeña de la población, su influencia en el debate público es
limitada. Así, el consenso religioso mayoritario en México se alinea contra el aborto, y ello
alimenta la idea pro-vida de que el aborto legal va contra los valores del país. Los opositores
frecuentemente invocan a Dios o la defensa de la familia en sus discursos, enmarcando el
aborto como parte de una agenda “anti-familia” junto con el divorcio, la anticoncepción y los
derechos LGBT, a la que atribuyen la degradación moral de la sociedad.
Por último, desde la vereda pro-vida también se discuten los aspectos médicos, pero con una
interpretación diferente. Mientras los pro-elección enfatizan la seguridad del aborto legal, los
contrarios enfatizan los posibles riesgos y consecuencias que minimiza el discurso oficial. Por
ejemplo, si bien reconocen que la técnica del aborto con medicamentos es eficaz, advierten que
su mal uso fuera de supervisión médica (algo que podría ocurrir si las mujeres obtienen pastillas
sin suficiente orientación) conlleva riesgos de hemorragias o infecciones si no se completa
correctamente el aborto. Se preocupan también por la objeción de conciencia del personal de
salud: varios profesionales (médicos, enfermeras) consideran el aborto contrario a sus
creencias y derechos morales. De hecho, en 2018 se legisló en México para permitir la objeción
de conciencia médica en servicios de aborto, y aunque la SCJN luego acotó que no puede
usarse para negar atención en casos de urgencia, los grupos pro-vida defienden que ningún
médico debería ser forzado a participar en un aborto contra su fe. Temen que la
institucionalización del aborto termine marginando a médicos pro-vida o imponiéndoles dilemas
éticos graves.
La propuesta de legalizar todas las drogas, es decir, permitir y regular la producción, venta y
consumo de sustancias actualmente ilícitas, suscita un intenso debate. Se trata de un tema
complejo que involucra dimensiones legales, sociales, éticas, médicas y hasta religiosas. En
México, este debate cobra especial relevancia dado el contexto de violencia ligada al
narcotráfico: desde 2018, más de 30 mil personas mueren cada año en el país por la violencia
criminal, perpetrada en gran medida por cárteles de la droga. Al mismo tiempo, el consumo de
drogas es una realidad constante y creciente tanto nacional como global: en 2021 unas 296
millones de personas consumieron drogas en el mundo, 23% más que una década atrás, y casi
40 millones sufren trastornos de adicción.
Frente a la persistencia del tráfico ilícito y el fracaso de políticas prohibicionistas para erradicar
el problema, algunos proponen un cambio de paradigma hacia la legalización regulada. Otros,
en cambio, advierten que liberalizar las drogas podría agravar problemas de salud pública y
social.
ARGUMENTOS A FAVOR
❖ Aspectos legales.
Quienes apoyan la legalización total de las drogas suelen invocar el derecho fundamental al
libre desarrollo de la personalidad y la autonomía individual. Sostienen que cada adulto debería
tener la libertad de decidir sobre las sustancias que consume, sin intervención punitiva del
Estado, siempre que no dañe a terceros. Desde esta perspectiva, las leyes prohibicionistas
actuales vulneran derechos individuales básicos. En México, por ejemplo, la Suprema Corte de
Justicia ha reconocido que la prohibición absoluta del consumo personal de ciertas drogas
(como la marihuana) es inconstitucional por violar la libertad personal, obligando al Congreso a
avanzar hacia su regulación. Los proponentes también critican la inconsistencia legal y moral de
que sustancias como el alcohol y el tabaco sean legales pese a su daño, mientras otras menos
letales permanecen prohibidas. Legalizar y regular todas las drogas “racionalizaría” el marco
legal, eliminando esta doble moral. Por otro lado, a nivel internacional, se señala que el régimen
vigente de tratados antidrogas de la ONU (Convención Única de 1961, Convención de 1971,
Convenio de 1988, etc.) no ha detenido el narcotráfico y podría reformarse. Aunque dichos
tratados prohíben a los países la producción y uso recreativo de ciertas sustancias, los
defensores de la legalización plantean que es factible renegociarlos o hacer reservas, como han
hecho naciones que regularon el cannabis (Uruguay, Canadá), priorizando la salud y seguridad
nacionales por encima de compromisos internacionales obsoletos.
Otro aspecto social positivo sería el ahorro en costos de seguridad y justicia, así como
potenciales beneficios económicos. Actualmente, enormes recursos se destinan a la
persecución, enjuiciamiento y encarcelamiento de infractores por drogas. Con la legalización,
esos recursos podrían redirigirse a prevención y tratamiento. Además, se reduciría la población
penitenciaria por delitos no violentos. Hoy, muchos consumidores acaban en prisión o con
antecedentes por simples posesión. Por ejemplo, en México la gran mayoría de jóvenes
procesados por delitos de drogas son en realidad usuarios detenidos por posesión minoritaria
(en 2021, más del 80% de las adolescentes imputadas por drogas fueron acusadas solo de
posesión simple, no de tráfico). Legalizar eliminaría esta criminalización de consumidores,
evitando truncar vidas por conductas que no dañan a otros. En su lugar, los usuarios con
problemas podrían ser canalizados a ayuda médica.
❖ Aspectos Éticos.
Desde una óptica ética liberal, la legalización es defendida como una postura de respeto a la
libertad y dignidad del individuo. Se arguye que cada persona, en uso de su autonomía, debiera
poder decidir si consume o no alguna droga, del mismo modo que decide consumir alcohol o
tabaco. Impedirle hacerlo mediante la fuerza del Estado sería paternalista y negaría su
capacidad de juicio. Además, castigar a alguien por hacerse daño a sí mismo (y no a otros) se
considera éticamente cuestionable para muchos filósofos y juristas. En este sentido, la
legalización estaría alineada con la promoción de los derechos humanos: ninguna persona
debería ser encarcelada o perseguida simplemente por su elección personal de consumo. De
hecho, organismos internacionales de derechos humanos han recomendado descriminalizar el
consumo para respetar el derecho a la privacidad y a la salud.
También se invoca la ética de la coherencia y veracidad: la política actual a veces exagera los
peligros de ciertas drogas ilícitas mientras minimiza los de drogas legales, lo que constituye una
forma de desinformación. Una regulación franca permitiría una educación basada en evidencia
sobre todas las sustancias, sin tabúes, para que las personas tomen decisiones informadas.
Además, eliminar la prohibición evitaría la “doble moral” en la que incurre la sociedad al
condenar unas drogas pero tolerar otras igual de dañinas. Por último, algunos defensores
plantean que legalizar es ético porque podría reducir la violencia y la injusticia social
provocadas por la guerra contra las drogas, lo que a su vez es un imperativo moral: salvar vidas
(de víctimas de violencia, de consumidores que mueren por sustancias adulteradas, etc.)
tendría prioridad sobre una moral abstracta que demoniza las drogas. En síntesis, la posición
ética pro-legalización se basa en autonomía, compasión, coherencia y reducción del daño como
valores rectores.
Por último, los pro-legalización argumentan que los temores de una explosión en el consumo tal
vez estén exagerados. Señalan que la disponibilidad legal no siempre conlleva aumentos
desmedidos en la prevalencia de uso. Por ejemplo, tras varios años de legalización del
cannabis en Canadá, Uruguay y algunos estados de [Link]., los datos preliminares no
muestran incrementos sustanciales en el consumo adolescente, un grupo especialmente
sensible, e incluso apuntan a tendencias estables o a la baja. Esto sugiere que la sociedad no
necesariamente abrazará masivamente las drogas solo porque sean legales; muchos
continuarán absteniéndose por decisión personal, especialmente si existen buenas campañas
educativas.
En términos éticos, religiosos, algunos teólogos progresistas han planteado que Dios otorgó al
ser humano libre albedrío y capacidad de discernimiento, por lo que permitir a las personas
decidir sobre el consumo (y concentrarse en ayudar al prójimo que sufre adicción en lugar de
castigarlo) podría ser coherente con preceptos de compasión presentes en varias religiones.
Aunque estas posturas no son mayoritarias en los círculos religiosos, se mencionan para
destacar que legalizar tampoco implica un colapso moral automático de la sociedad, pues el uso
responsable o ritual de sustancias ha existido aun dentro de tradiciones espirituales
ARGUMENTOS EN CONTRA
Quienes se oponen a la legalización total de las drogas advierten que esta medida chocaría con
los marcos legales internacionales vigentes y podría acarrear consecuencias negativas. Los
tratados de fiscalización de estupefacientes de la ONU , suscritos por México y la mayoría de
países , obligan a mantener ilícitas sustancias como los opioides, cocaína, anfetaminas, etc.,
excepto para usos médicos o científicos. Por tanto, una legalización unilateral pondría a un país
en incumplimiento de sus compromisos internacionales. Esto podría derivar en presiones
diplomáticas o sanciones económicas de parte de países que se opongan a la libre
comercialización de drogas. Los críticos señalan que la cooperación internacional antidrogas
(intercambio de inteligencia, apoyo financiero, capacitación) podría menguar si una nación
decide legalizar en contra de los acuerdos, dejándola aislada frente al crimen trasnacional que
seguirá existiendo en regiones donde las drogas permanezcan ilegales.
En el plano interno, los opositores argumentan que legalizar todas las drogas sería
jurídicamente riesgoso y difícil de implementar. Mientras es factible regular sustancias como el
cannabis, preguntan ¿cómo regular la heroína, metanfetamina o cocaína? Estas drogas duras,
dicen, no tienen un historial de uso recreativo “seguro” y su potenciamiento actual (ej. fentanilo
que es 50 veces más potente que heroína) las hace sumamente peligrosas. Crear un marco
legal para su producción y venta masiva podría ser visto como el Estado contradiciendo su
deber de proteger la salud de la población. Además, los críticos señalan que legal no significa
libre de crimen: incluso con regulación, podría persistir un mercado negro para evadir impuestos
o vender a menores de edad. Ejemplos recientes muestran que tras la legalización del cannabis
en algunos lugares, sigue habiendo comercio ilegal por parte de quienes buscan precios
menores o evitar restricciones. Por ello, legalizar no garantiza eliminar al narco; éste podría
simplemente diversificar sus actividades (secuestro, extorsión, tráfico de personas, contrabando
de armas) o bien competir vendiendo drogas fuera del sistema legal a precios inferiores. En
síntesis, desde lo legal, la posición en contra advierte que desmontar de golpe el régimen
prohibicionista es imprudente, vulnera tratados internacionales y no asegura la desaparición de
las economías criminales, pudiendo generar conflictos jurídicos y de gobernanza.
También se subraya que ningún país ha legalizado plenamente todas las drogas, por lo que
sería un experimento sin precedentes y de resultado incierto. Incluso los casos más avanzados,
Uruguay, Canadá, algunos estados de [Link]., solo han legalizado el cannabis, pero mantienen
ilícitas las sustancias más peligrosas. La despenalización de la posesión personal (como en
Portugal) es muy distinta de permitir la venta comercial. Opositores citan que en lugares con
políticas liberales, las autoridades aún combaten el narcotráfico de drogas duras. Por ejemplo,
Países Bajos tolera el cannabis en “coffee shops” pero sigue persiguiendo la cocaína; Portugal
no encarcela consumidores, pero no legaliza la venta de heroína o crack. Por ello, argumentan
que no hay un modelo comprobado para la legalización total y lanzarse a ello podría acarrear
serios errores. Incluso en jurisdicciones que intentaron medidas audaces recientemente, ha
habido retrocesos: en 2020 Oregón ([Link].) despenalizó todas las drogas, pero en 2024
aprobó leyes para recriminalizar ciertas posesiones ante resultados decepcionantes. Este
vaivén evidencia, según los críticos, que la sociedad no está preparada legal ni
institucionalmente para una apertura completa.
En cuanto a seguridad pública, preocupa la posible normalización del consumo y sus efectos en
la convivencia. Con todas las drogas disponibles legalmente, podría haber más personas bajo
efectos potentes en espacios públicos, aumentando riesgos como accidentes de tránsito por
conductores intoxicados no solo de alcohol sino de otras sustancias. Estudios señalan que el
consumo de cannabis sí ha repercutido en accidentes vehiculares; una investigación en [Link].
encontró incrementos de 5.8% en accidentes con heridos tras la legalización del cannabis
recreativo. Los detractores extrapolan que si se legalizan drogas más fuertes, los problemas de
orden público (intoxicaciones en vía pública, conducta violenta de algunos bajo efectos de
estimulantes, etc.) podrían volverse más frecuentes, demandando recursos policiales y
sanitarios considerables. También señalan el estigma social invertido: así como la prohibición
estigmatiza al usuario, la permisividad total podría estigmatizar la abstinencia en ciertos círculos
o generar presión social para consumir, afectando a personas vulnerables o jóvenes
impresionables.
En el ámbito económico, aunque la legalización generaría impuestos, los opositores dudan que
compensen los costos sociales asociados. Comparan con las drogas actualmente legales: el
alcohol y el tabaco producen ingresos fiscales importantes, sí, pero causan costos sanitarios
enormes (cáncer, cirrosis, accidentes, etc.) que suelen exceder la recaudación por impuestos.
Temen que ocurra algo similar: un aumento en consumidores de drogas legalizadas dispararía
gastos en atención médica, rehabilitación, pérdida de productividad laboral, ausentismo, daños
a terceros, etc. Por ejemplo, en [Link]. el abuso de opioides (en gran parte originado por
fármacos legales) devino en una crisis que costó más de 564 mil vidas entre 1999 y 2020 solo
en sobredosis, además de cientos de miles de millones de dólares en daños económicos.
Legalizar sin un sólido sistema de salud preventiva podría agravar estas cifras, saturando
hospitales y centros de tratamiento. Asimismo, existe el riesgo de que grandes corporaciones
(similares a Big Tobacco o Big Alcohol) entren al negocio de las drogas y prioricen las
ganancias sobre la salud pública, tal como ocurrió con el marketing agresivo de cigarrillos en el
siglo XX. Estas empresas podrían promocionar el consumo, cabildear para reducir regulaciones
y buscar maximizar la cantidad de usuarios, lo que socialmente sería perjudicial. Los críticos
subrayan que no toda droga puede tratarse como un producto comercial cualquiera, pues su
potencial adictivo crea una clientela “cautiva” sujeta a explotación económica.
❖ Aspectos éticos.
En el plano ético, los argumentos en contra apelan frecuentemente al deber del Estado y la
sociedad de proteger la salud y el bienestar común. Se sostiene que la libertad individual tiene
límites cuando la acción de uno puede dañar a otros o al tejido social. Aunque consumir drogas
parezca un asunto personal, las consecuencias suelen trascender al individuo: pueden afectar a
su familia, a víctimas de accidentes causados por su consumo, a comunidades enteras si la
adicción se vuelve una epidemia. Por ello, legalizar todas las drogas podría considerarse una
irresponsabilidad social, una renuncia del Estado a tutelar el bien común. En esta visión,
permitir la venta libre de sustancias altamente adictivas es comparable a “dejar que la gente se
haga daño” y hasta facilitarlo, lo cual contraviene principios éticos de beneficencia y no
maleficencia. Muchos profesionales de la salud y bioeticistas argumentan que así como se
ponen límites a otras conductas riesgosas (cintas de seguridad obligatorias, prohibición de
venta de alcohol a menores, etc.), mantener ilegales las drogas más peligrosas es una forma de
paternalismo justificable para proteger a la población de daños graves.
Otro aspecto ético es el impacto en grupos vulnerables. Los opositores temen que una industria
legal de drogas aprovecharía la situación de comunidades pobres o individuos vulnerables. Por
ejemplo, podría haber publicidad encubierta dirigida a jóvenes o zonas marginadas, creando
nuevos consumidores donde antes la barrera legal disuadía el consumo. También se podría
normalizar el uso entre adolescentes, aun si la venta legal se limita a adultos, la mayor
disponibilidad podría facilitar el acceso de menores por diversas vías. Éticamente, esto es
inaceptable para quienes priorizan la protección de la niñez y la juventud. Las encuestas en
varios países muestran que la mayoría de padres de familia se opone a la legalización amplia
justamente por este temor. Además, los detractores cuestionan la premisa de que la
legalización sea “compasiva”: argumentan que la verdadera compasión es prevenir que más
personas caigan en adicciones, no hacer las drogas más accesibles. Si bien apoyan mejorar las
oportunidades de tratamiento a los ya adictos, consideran que al legalizar se enviaría el
mensaje de que el consumo recreativo es socialmente aceptable, y muchos podrían subestimar
los riesgos, incrementando al final el número de personas que sufren las devastadoras
consecuencias de la drogadicción.
Desde el ámbito médico, abundan las advertencias contra la legalización irrestricta de las
drogas. Profesionales de la salud señalan que muchas sustancias ilícitas conllevan riesgos
severos para la salud individual: adicción rápida y difícil de revertir, daños neuropsicológicos
permanentes, riesgo de sobredosis letal, trastornos psiquiátricos inducidos, enfermedades
orgánicas (por ejemplo, la methanfetamina puede causar severos daños cardiovasculares y
cerebrales). Legalizarlas podría bajar la percepción de riesgo en la población y conducir a más
personas experimentando con drogas peligrosas, lo que inevitablemente aumentaría la carga de
enfermedad. Un ejemplo citado es la crisis de opioides: medicamentos legales como oxicodona,
recetados sin suficiente control en Estados Unidos, crearon una generación de personas
dependientes que luego muchas pasaron a la heroína; la “normalidad” con que se vieron esos
fármacos en su momento contribuyó a la epidemia. Quienes se oponen temen que, con las
drogas recreativas legalizadas, suceda algo similar pero a mayor escala: “una generación
perdida” por adicciones.
Desde la salud pública, se teme también que la legalización erosione las normas sociales que
disuaden el consumo. Actualmente, aunque imperfecta, existe cierta barrera cultural: las drogas
ilícitas están mal vistas en muchos entornos, lo cual inhibe a algunas personas de probarlas.
Con la legalización, ese freno cultural podría ceder, volviendo más común y aceptado el uso. De
hecho, la ONU ha expresado preocupación por datos que sugieren que en áreas donde se
legalizó el cannabis, aumentó el consumo diario y sus consecuencias para la salud. Dicho
informe subraya que la normalización puede llevar a más usuarios frecuentes y con ello más
casos de dependencia y problemas asociados. Los expertos contrarios temen que este efecto
de “balón de nieve” sería aún mayor con drogas como cocaína o metanfetaminas si se
legalizaran, dada su alta capacidad adictiva
Asimismo, citan el caso de Oregón ([Link].): tras despenalizar la posesión de todas las drogas
en 2021, esperaban aumentar el acceso a tratamiento y reducir muertes, pero hacia 2023 los
resultados fueron cuestionables, con críticas de que el consumo callejero y la crisis de
adicciones (particularmente metanfetamina y opioides) seguían fuera de control. Esto llevó a
que en 2024 se diera marcha atrás parcial, volviendo a penalizar ciertas drogas. Este giro es
usado por opositores para subrayar que incluso en entornos desarrollados, la legalización
amplia puede fallar en lograr sus objetivos y generar rechazo social. Por otro lado, países
asiáticos como Singapur o Japón, conocidos por sus posturas de tolerancia cero, presentan
tasas de consumo y criminalidad por drogas muy bajas, argumentando ellos que la firme
prohibición combinada con educación y valores comunitarios sí puede disuadir efectivamente el
uso de drogas. Aunque estos ejemplos son culturalmente distintos, los detractores mencionan
que la legalización no es la única vía y que reforzar la prevención dentro de un esquema
prohibitivo aún podría dar frutos sin los riesgos de liberalizar.
Por lo tanto concluimos que la legalización total de todas las drogas plantea un cambio de
paradigma con argumentos sólidos a favor: autonomía, reducción de violencia, enfoque de
salud pública y recaudación fiscal; y contra: riesgos de salud, choque legal internacional,
normalización social y costos sanitarios. Dada su complejidad, podría ser más viable explorar
vías intermedias: regulación de sustancias menos nocivas, despenalización de consumo sin
venta, fortalecimiento de prevención y tratamiento, y reforma gradual de acuerdos
internacionales. Sólo un diálogo informado y plural permitirá avanzar hacia políticas de drogas
que equilibren libertades individuales y protección de la salud colectiva.