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Debate

La educación en México es un pilar fundamental con un sistema extenso que enfrenta tanto avances como desafíos. A pesar de la cobertura educativa en niveles básicos y superiores, persisten desigualdades significativas y problemas de calidad en el aprendizaje, evidenciados por bajos resultados en evaluaciones internacionales. Las reformas educativas han generado inestabilidad y críticas sobre la efectividad de las políticas implementadas, lo que complica el progreso hacia una educación equitativa y de calidad.
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Debate

La educación en México es un pilar fundamental con un sistema extenso que enfrenta tanto avances como desafíos. A pesar de la cobertura educativa en niveles básicos y superiores, persisten desigualdades significativas y problemas de calidad en el aprendizaje, evidenciados por bajos resultados en evaluaciones internacionales. Las reformas educativas han generado inestabilidad y críticas sobre la efectividad de las políticas implementadas, lo que complica el progreso hacia una educación equitativa y de calidad.
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LA EDUCACIÓN EN MÉXICO

La educación es un pilar fundamental para el desarrollo de México. Con cerca de 35 millones


de estudiantes atendidos por más de 2.1 millones de docentes en unos 260 mil planteles
desde educación básica hasta superior, el sistema educativo mexicano representa uno de los
más extensos de América Latina. La Constitución Política garantiza el derecho a la educación
y establece que la impartida por el Estado “será universal, inclusiva, pública, gratuita y laica”. No
obstante, detrás de este marco legal robusto conviven avances notables y desafíos
persistentes.
ARGUMENTOS A FAVOR

❖​ Ámbito legal
La legislación mexicana proporciona una base sólida para el sistema educativo. El artículo 3°
constitucional consagra no solo la obligatoriedad de la educación básica y media superior, sino
también principios rectores como la gratuidad y el carácter laico de la enseñanza. Esto asegura
que la escuela pública esté abierta a todos sin distinciones económicas o religiosas,
promoviendo la libertad de conciencia. Asimismo, la ley exige que la educación se imparta con
enfoque de derechos humanos, igualdad sustantiva y mejora continua, fomentando valores
cívicos y éticos como la honestidad, la paz y la justicia. Sobre el plano legal, recientes reformas
han buscado fortalecer la calidad y equidad educativa: en 2019 se reconfiguró el marco
normativo para eliminar evaluaciones punitivas al magisterio y reconocer a los docentes como
“agentes fundamentales del proceso educativo”, con derecho a formación y actualización
constantes. La admisión y promoción docente deben ahora realizarse mediante concursos
equitativos y transparentes, garantizando la selección por mérito en igualdad de condiciones.
Estas disposiciones legales, en teoría, profesionalizan la carrera docente y reafirman el
compromiso del Estado de impartir una educación de calidad para todos.

❖​ Ámbito social y de seguridad

En términos sociales, México ha logrado avances importantes en cobertura educativa durante


las últimas décadas. Hoy prácticamente la totalidad de niñas y niños acceden a la educación
primaria, y la mayoría cursa la secundaria. De hecho, el 90.8% de la población de 3 a 14 años
estuvo escolarizada durante el ciclo 2022,2023, reflejando un amplio acceso a la educación
básica. La matrícula en nivel medio superior también ha crecido, especialmente tras la
declaratoria de su obligatoriedad; aunque hubo retrocesos durante la pandemia, el 80.8% de los
jóvenes de 15 a 17 años volvió a estar inscrito en bachillerato en 2022,2023. Además, la
cobertura en educación superior se ha estado ampliando gradualmente). Un ejemplo son las
nuevas Universidades para el Bienestar (Benito Juárez) establecidas en comunidades
marginadas, y la expansión de la modalidad a distancia y tecnológica. El Estado mexicano
también ha invertido en programas de becas masivas para reducir la deserción por motivos
económicos: actualmente, millones de alumnos de escasos recursos reciben apoyos como la
Beca Benito Juárez, que es universal en preparatoria y se otorga a familias vulnerables en
educación básica, así como la beca “Jóvenes Escribiendo el Futuro” en nivel superior. Estas
políticas de bienestar han contribuido a que más estudiantes permanezcan en las aulas a pesar
de dificultades socioeconómicas. De hecho, tras el impacto inicial del COVID-19, el sistema
recuperó a más de 500 mil estudiantes entre 2021 y 2023, logrando un crecimiento neto de
0.8% en la matrícula nacional. Esto sugiere una resiliencia del sector educativo y un
compromiso por reincorporar a quienes habían quedado fuera durante la emergencia sanitaria.

❖​ Ámbito de calidad educativa

En cuanto a contenidos y currículo, recientes transformaciones apuntan a modernizar la


educación mexicana con enfoques más pertinentes al contexto social actual. La Nueva Escuela
Mexicana, impulsada por la Secretaría de Educación Pública (SEP), propone un modelo
pedagógico humanista que busca formar ciudadanos críticos, creativos y solidarios. Dentro de
este marco, en el ciclo 2023,2024 se introdujeron nuevos libros de texto gratuitos con un
rediseño integral. Quienes defienden estos materiales destacan que fomentan una educación
crítica, inclusiva y acorde al siglo XXI. Por ejemplo, abordan por primera vez de manera
explícita temas como educación sexual, igualdad de género, diversidad familiar y lenguaje
inclusivo, antes ausentes o mínimos en los planes de estudio. Esto representa un avance ético
al promover valores de tolerancia, respeto a la diversidad y equidad desde edades tempranas.
También se han integrado saberes comunitarios e indígenas, reflejando la multiculturalidad del
país, y se privilegia el aprendizaje colaborativo por proyectos sobre la memorización mecánica.
Estos cambios curriculares, acompañados de la distribución de 95.6 millones de nuevos libros
de texto en todo el país, evidencian la intención del gobierno de elevar la calidad educativa y
hacerla más pertinente. Asimismo, se ha señalado que el nuevo modelo reconoce la autonomía
profesional del magisterio y su rol en la adaptación del currículo, devolviendo a los docentes
mayor libertad creativa en el aula, en contraste con esquemas anteriores más rígidos.

❖​ Ámbito de la salud y seguridad pública

Otro argumento a favor es la respuesta educativa ante la pandemia de COVID-19. Si bien


México enfrentó uno de los cierres escolares más prolongados, la SEP implementó estrategias
emergentes para dar continuidad al aprendizaje. Destaca el programa “Aprende en Casa”, que
a través de la televisión abierta, radio e internet transmitió contenidos educativos a millones de
estudiantes que estaban confinados en sus hogares. Esta iniciativa, apoyada por múltiples
televisoras nacionales, permitió que niños y jóvenes sin acceso a internet no se quedaran
totalmente desconectados de la escuela. Aunque fue una solución improvisada, es visto como
un acierto en términos de digitalización educativa de emergencia, reduciendo la brecha digital
en medio de la crisis. Adicionalmente, el gobierno priorizó la vacunación de docentes para
facilitar un regreso seguro a clases y elaboró guías sanitarias para las escuelas. Para 2022, con
la reapertura, 28.9 millones de alumnos regresaron a clases presenciales en el ciclo escolar
2021,2022, y pronto se restableció la normalidad académica con refuerzos en contenidos
esenciales para recuperar aprendizajes perdidos. El hecho de que en ciclos recientes la
matrícula no solo se haya recuperado sino incluso incrementado ligeramente​ sugiere que las
medidas de retorno y motivación (como las becas y campañas de reenganche) tuvieron efecto
positivo. En el ámbito de la digitalización a largo plazo, también se observan avances: según
datos oficiales, en 2023 el 81.2% de la población de 6 años o más ya usaba internet, lo que
abre oportunidades para integrar tecnologías en la educación. Proyectos como la expansión de
la conectividad rural mediante el programa “Internet para Todos” y la dotación de equipos a
escuelas buscan sentar las bases de una educación más digital e inclusiva en el futuro próximo.
También cabe mencionar las acciones en pro de la salud integral en las escuelas: antes de la
pandemia ya operaban programas como Escuela Saludable y activación física contra la
obesidad, así como servicios de orientación psicológica. En algunos estados se ofrecen
desayunos escolares y se ha legislado para prohibir la venta de comida chatarra dentro de las
instalaciones educativas, medidas todas orientadas a mejorar la nutrición y bienestar físico de
los alumnos. La reciente atención a la salud mental es también un aspecto positivo: autoridades
y organizaciones han comenzado a visibilizar la importancia del apoyo emocional a estudiantes
y docentes tras el confinamiento, combatiendo el estigma y capacitando a personal educativo
para detectar y manejar problemas como la ansiedad o depresión en edades tempranas.​
Reconocer estos temas abiertamente es un avance cultural hacia una educación más
humanista y centrada en el alumno.

❖​ Ámbito Ético

En materia ética y de derechos, México ha reafirmado principios fundamentales en su sistema


educativo que se consideran logros. Uno de ellos es la equidad de género y la inclusión. Hoy las
brechas de género en el acceso a la educación se han reducido significativamente, de hecho,
las mujeres constituyen ligeramente más del 50% de la matrícula total del país​, y se promueven
políticas para alentar la participación de las niñas en ciencias y de los jóvenes varones en áreas
tradicionalmente feminizadas, buscando romper estereotipos. También existen esfuerzos para la
educación inclusiva de personas con discapacidad, con Centros de Atención Múltiple y apoyos
especializados, afirmando el principio de que nadie debe quedar excluido. Igualmente, se han
implementado programas de educación intercultural bilingüe para atender a comunidades
indígenas, reconociendo su derecho a una educación pertinente en su lengua materna. Aunque
con retos, hay iniciativas que han permitido, por ejemplo, producir materiales educativos en
lenguas originarias y formar docentes bilingües, lo cual es un paso a favor de la justicia
educativa para grupos históricamente marginados. A nivel de educación superior, la autonomía
universitaria consagrada por ley garantiza la libertad académica: las universidades públicas
autónomas se gobiernan a sí mismas y gozan de libertad de cátedra e investigación, lo que
favorece un ambiente de pensamiento crítico y debate plural en beneficio de la sociedad. Esta
autonomía, vigente desde hace décadas (UNAM fue pionera en 1929), es vista como una
fortaleza ética del sistema, ya que protege la generación de conocimiento sin injerencias
políticas o ideológicas directas.

ARGUMENTOS EN CONTRA

❖​ Ámbito legal

En primer lugar, a nivel legal e institucional, la inestabilidad de las políticas educativas ha sido
motivo de preocupación. En menos de una década, México pasó por dos reformas educativas
contrastantes: la de 2013, que introdujo evaluaciones docentes estandarizadas y criterios de
mérito para ingreso y promoción, y la de 2019, que eliminó aquellos mecanismos para
reemplazarlos con un nuevo sistema más acorde a las demandas del magisterio. Si bien cada
reforma tuvo sus defensores, esta volatilidad normativa generó incertidumbre y politización.
Críticos señalan que la contrarreforma de 2019, promovida por presiones sindicales, mermó los
incipientes esfuerzos de profesionalización docente y dejó interrogantes sobre cómo asegurar la
calidad de la enseñanza sin mecanismos claros de evaluación. En la práctica, subsisten
denuncias de prácticas clientelares en la asignación de plazas, por ejemplo, venta o herencia de
puestos docentes en algunas regiones, que contravienen el espíritu meritocrático de la ley.
Además, la desaparición de órganos autónomos como el Instituto Nacional para la Evaluación
de la Educación (INEE) en 2019 eliminó un contrapeso técnico que monitoreaba resultados
educativos. Otro punto legalmente polémico es la judicialización de decisiones educativas:
recientemente, la distribución de nuevos libros de texto fue frenada en ciertos estados por
controversias constitucionales ante la Suprema Corte, alegando que la SEP no cumplió con
procedimientos de consulta obligatorios. Este incidente evidencia tensiones entre federación y
estados en materia educativa, y politiza los materiales didácticos, generando divisiones que en
nada benefician a los alumnos. En síntesis, desde el ángulo jurídico, institucional, se argumenta
en contra que las reformas carecen de continuidad, que las buenas leyes a veces no pasan del
papel a la implementación, y que factores políticos e ideológicos suelen interferir en la
educación (cada sexenio cambia programas, libros y prioridades), dificultando un progreso
sostenido.

❖​ Ámbito social y de seguridad

Bajo la lupa social, persisten fuertes brechas de desigualdad educativa en México. Aunque la
cobertura básica es amplia en promedio, la realidad varía dramáticamente según la región, el
contexto socioeconómico y la etnia. Por ejemplo, todavía hay más de 4 millones de niñas, niños
y adolescentes que no asisten a la escuela, sobre todo en comunidades rurales, indígenas o en
situación de pobreza extrema. En poblaciones indígenas, la exclusión es alarmante: solo 1 de
cada 10 adolescentes cuya lengua materna es indígena y que no hablan español asiste a la
escuela, comparado con 7 de cada 10 en el resto de la población. Esto refleja barreras de
lengua, geografía y discriminación que no han sido superadas. Asimismo, la deserción escolar
se concentra en los más pobres: apenas 2 de cada 5 adolescentes en pobreza extrema logran
continuar sus estudios más allá de la secundaria, mientras que el resto se ve forzado a
abandonar por trabajar o falta de recursos​. La pandemia de COVID,19 agravó estas brechas:
niños sin acceso a internet o televisión educativa quedaron rezagados y muchos jóvenes nunca
regresaron tras el cierre prolongado de escuelas. De hecho, UNICEF estima que el cierre de
casi 18 meses de los planteles hizo perder el equivalente a dos años de aprendizaje a millones
de alumnos, afectando más severamente a la infancia vulnerable. Estudios post-pandemia
muestran que en el ciclo 2019,2020 un 3.6% de estudiantes de nivel medio superior no se
graduaron (deserción terminal), porcentaje que se repitió en 2020,2021. Las principales razones
reportadas por los propios adolescentes desertores fueron dificultades económicas en sus
hogares y la sensación de no aprender lo suficiente con la educación a distancia.

Esto sugiere que muchos jóvenes perdieron motivación al sentir baja calidad en las clases
remotas, sumado a las presiones financieras familiares. Aunque la matrícula total se ha
recuperado ligeramente gracias a esfuerzos recientes, no todos los ausentes volvieron: en
particular, las pérdidas en educación media superior significan que la meta de cobertura
universal en ese nivel aún está lejos de alcanzarse. Adicionalmente, la brecha digital continúa
marcando la desigualdad educativa: zonas rurales y pobres carecen de la infraestructura
tecnológica básica para una educación moderna. Si bien en 2022 el 84% de la población urbana
usaba internet frente a solo 62% de la rural, esa estadística general oculta carencias específicas
en hogares con estudiantes. Muchos alumnos de comunidades apartadas no cuentan con
computadora, conexión estable o incluso electricidad, lo que limita sus oportunidades de
aprendizaje y amplía la distancia con respecto a sus pares urbanos.

❖​ Ámbito de calidad educativa

Otro argumento en contra contundente se refiere a la calidad educativa e indicadores de


aprendizaje, donde México presenta rezagos preocupantes. Diversas evaluaciones nacionales e
internacionales sugieren que muchos estudiantes no están adquiriendo los conocimientos y
habilidades esperados tras años de escolaridad. Un dato ilustrativo son los resultados de la
prueba PISA 2022 de la OCDE: dos de cada tres estudiantes mexicanos de 15 años no
alcanzaron el nivel básico de competencias en matemáticas, es decir, “no pueden representar
matemáticamente situaciones simples”. Este desempeño coloca a México entre los últimos
lugares de los países OCDE en matemáticas y lectura, y el peor en ciencias. De hecho, México
obtuvo puntajes en matemáticas similares a los de 2003, evidenciando un estancamiento e
incluso retroceso de casi dos décadas en aprendizaje de esa materia. Solo un 1% de los
estudiantes mexicanos logró niveles de excelencia (nivel 5 o 6) en alguna área, proporción
bajísima en comparación internacional. Estos resultados reflejan una crisis de aprendizaje: los
alumnos asisten a la escuela, pero una proporción muy alta no comprende plenamente lo que
lee ni puede resolver problemas básicos al egresar. A nivel nacional, evaluaciones como Planea
(cuando se aplicaban) y datos de organizaciones civiles han señalado que alrededor de la mitad
de los niños que terminan primaria muestran un dominio insuficiente en lectura y matemáticas.
UNICEF reporta que en sexto de primaria, 50% de los niños obtienen resultados bajos en
lenguaje y comunicación, lo que corrobora problemas serios de calidad. Las causas son
múltiples: métodos de enseñanza tradicionales centrados en memorización, falta de formación
continua eficaz para maestros, plantillas docentes incompletas (particularmente en zonas
rurales donde a veces un maestro atiende varios grados a la vez), y currículos sobrecargados
pero poco profundos. Si bien se han hecho intentos de reforma curricular, algunos críticos
opinan que los nuevos libros de texto de 2023 no resolverán la crisis de aprendizajes. Han
surgido señalamientos de errores conceptuales, falta de secuencia lógica y contenidos confusos
en estos materiales, lo cual podría agravar la situación si no se corrige. Por ejemplo, se
identificaron fallas en matemáticas (procedimientos mal explicados) y datos históricos inexactos,
lo cual podría transmitir información incorrecta a los alumnos.

Más allá de los libros, la falta de infraestructura adecuada también incide en la calidad: en
muchas escuelas públicas hace falta equipamiento básico para la enseñanza moderna,
laboratorios, bibliotecas actualizadas, acceso a cómputo, dificultando la impartición de ciencias
y habilidades digitales. Incluso necesidades elementales no están cubiertas en todos lados: una
de cada cinco escuelas carece de acceso a agua potable, y solo 62% tiene agua corriente todos
los días, lo que impacta higiene y salud y, por ende, el aprendizaje. En suma, los detractores
argumentan que no basta con matricular niños en la escuela, sino garantizar que aprendan, y
allí el sistema mexicano muestra deficiencias sistemáticas. La “calidad educativa” proclamada
en leyes y discursos dista de ser una realidad uniforme, y regiones enteras quedan rezagadas
en cuanto a logro educativo, comprometiendo la competitividad futura del país y perpetuando
ciclos de pobreza.
❖​ Ámbito Ético

Desde una perspectiva ética, se cuestiona si el sistema educativo mexicano verdaderamente


promueve la equidad y la libertad académica o si, por el contrario, arrastra prácticas y visiones
contrarias a esos valores. Un punto de crítica es la desigualdad entre la educación pública y
privada. Aunque en teoría la educación pública busca nivelar oportunidades, en la práctica las
familias con mayores recursos optan por escuelas privadas (incluyendo muchas de alto nivel
académico), lo que crea circuitos educativos paralelos: por un lado, una mayoría en escuelas
públicas heterogéneas muchas de ellas con carencias y por otro, una élite escolarizada en
instituciones privadas con mejores condiciones. Esto genera brechas de calidad que son
éticamente problemáticas, pues no todos los niños reciben la misma calidad de enseñanza pese
a tener el mismo derecho constitucional. Otro tema debatido es el de la “ideologización” de la
educación. Los nuevos planes y libros de texto de la administración actual han sido acusados
por algunos sectores de tener un sesgo ideológico de corte político. Se ha argumentado, por
ejemplo, que en ciertas asignaturas se incorpora una visión histórica y social afín al gobierno de
la Cuarta Transformación, mientras que se eliminaron enfoques considerados “neoliberales” en
economía o civismo. Padres de familia y activistas conservadores han protestado por la
inclusión de temas de género y sexualidad en libros de primaria, alegando que invaden el
derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus valores. Incluso en algunos lugares
hubo reacciones extremas, como la quema simbólica de libros de texto, evidenciando un
choque cultural y ético en torno a lo que debe enseñarse. Así, mientras para unos es
éticamente correcto educar en diversidad y derechos sexuales desde la niñez, para otros es
una afrenta a sus convicciones religiosas o morales. Esta falta de consenso social provoca que
la escuela se vea atrapada en luchas ideológicas.

En cuanto a la libertad académica, aunque la autonomía universitaria la protege en el nivel


superior, en la educación básica y media muchos docentes sienten que no gozan de verdadera
libertad de cátedra debido a lineamientos centralizados y a la amenaza (latente en el pasado)
de evaluaciones punitivas. Si bien esas evaluaciones ya no existen, algunos profesores
perciben nuevas presiones: ahora deben alinear su práctica al nuevo modelo pedagógico
“obligatoriamente”, incluso si no recibieron capacitación suficiente en él. Por otro lado, en ciertos
contextos se ha documentado censura o autocensura: por ejemplo, directivos que prohibieron
hablar de ciertos hechos (como temas electorales, o en el pasado la “guerra contra el narco”)
por temor a represalias políticas. Todo ello lleva a críticos a plantear que la educación mexicana
no es plenamente libre ni plural en todos los entornos, pues depende en gran medida de la
orientación que le dé el gobierno en turno y de las influencias externas (políticas, religiosas o
económicas) que operan sobre las escuelas.

❖​ Ámbito de la salud y seguridad pública

Los aspectos médicos y de bienestar también alimentan argumentos en contra cuando se


observa la situación real de estudiantes y docentes. Un problema serio es la salud física
deficiente de muchos alumnos, reflejada en altos índices de malnutrición. Irónicamente, México
enfrenta tanto desnutrición en zonas pobres como obesidad en las ciudades. En cuanto a
obesidad infantil, las encuestas de salud indican que “casi 1 de cada 5 niños de 5 a 11 años
padece obesidad”, y en adolescentes la cifra es similar (17.2% con obesidad, más otro 24% con
sobrepeso. Estas tasas de sobrepeso y obesidad se encuentran entre las más altas del mundo
y suponen riesgos graves (diabetes, hipertensión) a futuro. Si bien hay iniciativas de
alimentación saludable, en la práctica muchas escuelas carecen de programas efectivos de
nutrición, y la venta de comida poco saludable persiste en entornos escolares. Además, la falta
de infraestructura básica en miles de planteles exacerba problemas de salud: por ejemplo, 58%
de las escuelas no ofrece agua potable a los estudiantes, lo que obliga a los niños a consumir
bebidas azucaradas para calmar la sed en la escuela, contribuyendo a la obesidad y caries.
También un 19% de escuelas carece de sanitarios suficientes, y solo 40% de los baños se
consideran limpios y seguros, lo que sobre todo afecta la asistencia de niñas (por temas de
privacidad y manejo de higiene menstrual) y genera focos de infección.

Estas condiciones indignas contrastan con el ideal constitucional de entornos adecuados, y son
éticamente inaceptables en pleno 2025. Por otra parte, la salud mental de la comunidad
educativa se ha visto vulnerada. Los docentes a menudo enfrentan estrés crónico por exceso
de alumnos, bajos salarios y, en ciertas zonas, la amenaza de la violencia (extorsiones del
crimen organizado en algunos estados o inseguridad en el trayecto a zonas rurales). Los
estudiantes, por su parte, sufren de acoso escolar (bullying) en altos niveles: se calcula que
más de 18 millones de alumnos de primaria y secundaria han sido víctimas de bullying en
México, situando al país entre los primeros lugares mundiales de este problema. Las
consecuencias van desde bajo rendimiento y ausentismo hasta depresión e intentos de suicidio.
De hecho, estadísticas recientes alarman sobre el aumento de trastornos mentales en
adolescentes: en 2022, 15.6% de los jóvenes de 10 a 19 años reportaron dificultades para
dormir (insomnio), un indicador asociado a depresión, subiendo desde 12.3% el año anterior.
Aún más preocupante, el 6.5% de los adolescentes ha intentado suicidarse, con las mujeres
triplicando la tasa de los varones (10.1% vs 3%). Esta crisis de salud mental juvenil no
encuentra suficiente contención en las escuelas mexicanas, ya que la cantidad de orientadores,
psicólogos o trabajadores sociales es mínima en relación al universo estudiantil (menos de 5
psicólogos por cada 100 mil habitantes, según el Instituto Nacional de Psiquiatría). Muchos
planteles carecen de personal capacitado para atender estos problemas, y los maestros no
siempre tienen las herramientas para manejar situaciones emocionales complejas en el aula.
Por lo tanto, se argumenta que el sistema educativo no está garantizando el bienestar integral
de sus beneficiarios; más bien, en ocasiones el ambiente escolar puede agravar problemas de
salud (por estrés académico, bullying no atendido, malas condiciones sanitarias, etc.), lo cual
contradice el fin último de formar personas sanas y equilibradas.

❖​ Ámbito religioso

Finalmente, en el plano religioso y filosófico, surgen debates sobre la educación laica vs.
Religiosa que alimentan posturas críticas. México, por mandato constitucional, mantiene la
educación pública estrictamente laica, es decir, libre de instrucción religiosa. Esto se instauró
para evitar la influencia de la Iglesia en la enseñanza tras la Revolución, y muchos lo defienden
como garante de pluralidad. Sin embargo, sectores religiosos conservadores a veces perciben
que la educación laica ignora o contradice sus valores. Han existido roces en temas como la
enseñanza de la teoría de la evolución (que ciertos grupos fundamentalistas rechazan) o la
educación sexual (que la Iglesia Católica y otras denominaciones preferirían orientar de modo
distinto). Actualmente, con la introducción de enfoques de género y diversidad sexual en los
libros de texto, grupos religiosos han acusado al gobierno de “adoctrinar” a los niños en ideas
contrarias a la moral tradicional. Si bien dichas acusaciones pueden carecer de fundamento
científico, reflejan un sentir de parte de la sociedad. El aumento de escuelas privadas con
ideario religioso (principalmente católicas, pero también protestantes y de otras religiones)
indica que muchos padres buscan una educación acorde a sus creencias, aunque deban pagar
por ella. Esto deja la pregunta de si el sistema público debería o no contemplar alguna
educación en valores espirituales; por ahora, la respuesta oficial es negativa, manteniendo el
laicismo, lo cual es criticado por quienes quisieran mayor presencia religiosa. Asimismo,
algunos argumentan que la escuela pública mexicana, si bien no difunde religión,
históricamente exaltó un “civismo patriótico” casi dogmático, con rituales como honores a la
bandera y cantos nacionales diarios, que podría verse como análogo seculares de un
adoctrinamiento.

Con esto podemos concluir que la educación en México es una realidad compleja que combina
avances significativos y desafíos persistentes. Las políticas públicas han logrado extender el
acceso a la educación y modernizar parte de su contenido, sin embargo problemas como la
desigualdad, la baja calidad en los aprendizajes, la politización del sistema y la falta de atención
integral al bienestar estudiantil siguen impidiendo que la educación sea verdaderamente
equitativa y de alta calidad para todos.
Se necesita una política educativa sostenida, basada en la continuidad, la equidad, la calidad y
la inclusión, lejos de intereses políticos de corto plazo. Solo así la educación podrá convertirse
plenamente en el motor de desarrollo, justicia social y transformación que el país requiere.
EL ABORTO EN MÉXICO
El aborto en México ha sido históricamente un tema controversial, cargado de implicaciones
legales, sociales, éticas, médicas y religiosas. En los últimos años, importantes cambios
judiciales han transformado su panorama: en 2021, la Suprema Corte de Justicia de la Nación
(SCJN) declaró inconstitucional penalizar el aborto consentido, y en 2023 extendió esta
protección a nivel federal. Actualmente, el aborto voluntario durante el primer trimestre no debe
ser penalizado en México, aunque las legislaciones estatales aún varían.
El debate sobre el aborto en México abarca dimensiones sociales, éticas, médicas y religiosas
profundamente entrelazadas. Por un lado, están quienes defienden el derecho a decidir de las
mujeres sobre su propio cuerpo, considerando el aborto como un asunto de salud pública,
derechos humanos y justicia social. Por otro lado, sectores conservadores equiparan el aborto
con la privación de la vida de un ser humano en gestación, postulando el derecho a la vida
desde la concepción como valor superior.

Argumentos A Favor Y En Contra

Quienes están a favor del aborto legal en México fundamentan sus posturas en principios de
derechos humanos, salud pública y equidad de género. Desde esta perspectiva, la posibilidad
de que una mujer decida voluntariamente interrumpir un embarazo no deseado es ante todo un
asunto de autonomía sobre su propio cuerpo y proyecto de vida. La Suprema Corte mexicana
ha respaldado este enfoque al reconocer que la interrupción voluntaria del embarazo en etapas
tempranas constituye el ejercicio de un derecho constitucional de las mujeres y personas
gestantes, inherente a su dignidad, libertad y libre desarrollo de la personalidad. Criminalizar a
una mujer por abortar implica, según la Corte, anular su capacidad de decisión y profundizar la
desigualdad de género, al imponerle roles y obligaciones maternales contra su voluntad.

En otras palabras, la prohibición absoluta desconoce que forzar a alguien a continuar un


embarazo no deseado puede truncar sus planes de vida, educación o trabajo, lo cual atenta
contra sus derechos fundamentales. Por ello, los grupos pro derechos reproductivos sostienen
que el marco legal debe centrarse en una regulación sanitaria del aborto y no en el castigo
penal, garantizando el acceso seguro y oportuno a este servicio de salud en todo el país.

Legalmente, los avances recientes apoyan los argumentos pro-choice. La Ciudad de México
despenalizó el aborto hasta las 12 semanas en 2007, estableciendo un parteaguas que fue
confirmado por la SCJN al declarar constitucional dicha reforma ese mismo año. Tardó más de
una década para que otras entidades siguieran el ejemplo, pero a partir de 2019 una oleada de
cambios, impulsada en gran medida por la llamada Marea Verde, el movimiento feminista
latinoamericano en favor del derecho a decidir, cobró fuerza. El punto de inflexión fue la
sentencia de la SCJN en septiembre de 2021 que invalidó la criminalización del aborto a nivel
estatal​, desde entonces, uno por uno los estados han ido eliminando las penas contra quienes
abortan en el primer trimestre.

Hacia finales de 2024, 15 estados habían reformado sus leyes para despenalizar el aborto
hasta las 12 semanas, y actualmente son 21 estados considerando órdenes judiciales recientes
(por ejemplo, la Corte obligó en 2025 al estado de Chihuahua a anular la pena de hasta 3 años
de cárcel por abortar). Si bien todavía hay entidades rezagadas, el efecto dominó jurídico es
evidente. Este proceso ha venido acompañado de exhortos a que los servicios de salud pública
garanticen la prestación de abortos seguros. De hecho, con el fallo federal de 2023, todos los
hospitales e instituciones federales (IMSS, ISSSTE, etc.) están obligados a ofrecer la
interrupción del embarazo a quien lo solicite, independientemente de la legislación local. Esto
amplía teóricamente el acceso incluso en estados conservadores, permitiendo que mujeres de
entidades donde aún no se reforma la ley acudan a clínicas del sistema federal sin ser
criminalizadas.

Los defensores del aborto legal celebran estos cambios normativos como un triunfo de la
justicia social y de décadas de lucha feminista, aunque reconocen que falta implementación
plena. Subrayan la necesidad de que todas las entidades armonicen sus leyes y, sobre todo,
desarrollen programas de salud que hagan efectivo el derecho a abortar con calidad y sin
discriminación. Vale mencionar que, hasta ahora, solo 8 estados han incorporado la ILE en sus
leyes de salud locales y apenas 5 han establecido programas públicos para su atención (Ciudad
de México, Oaxaca, Veracruz, Guerrero y Michoacán). Por ello, las colectivas insisten en que la
despenalización debe ir acompañada de políticas activas: capacitación al personal médico,
protocolos claros y difusión de información veraz, para que el derecho no quede solo en el
papel.

❖​ Ámbito social y de seguridad

En cuanto a los aspectos sociales, los argumentos a favor se enfocan en desmontar estigmas y
reducir las desigualdades. Tradicionalmente, abortar ha sido un tema tabú en amplios sectores
de la sociedad mexicana, marcado por la estigmatización moral y el temor. Las activistas
pro-elección sostienen que este estigma solo ha servido para silenciar a las mujeres y negar un
problema de salud pública: las mexicanas han abortado siempre, legal o ilegalmente, pero el
silencio las ha obligado a procedimientos clandestinos y peligrosos. Legalizar y normalizar el
aborto, afirman, permite tratar el fenómeno de forma abierta, educar sobre anticoncepción y
sexualidad, y atender los embarazos no deseados sin criminalizar a las afectadas. Además, se
subraya el argumento de la equidad social: la criminalización histórica del aborto en México no
impedía que ocurrieran abortos, sino que castigaba desproporcionadamente a las mujeres
pobres. Quienes tenían recursos podían viajar a clínicas privadas en la capital o incluso al
extranjero para interrumpir sus embarazos de forma segura, mientras que las mujeres de
escasos recursos debían recurrir a métodos caseros o a aborteros clandestinos, con alto riesgo
para su salud y su libertad. Las cifras respaldan esta brecha: entre 2007 y 2024, en la Ciudad
de México (primer lugar donde se ofreció aborto legal gratuito) se han realizado más de 277 mil
interrupciones legales del embarazo, de las cuales solo 68% fueron en residentes capitalinas; el
restante 32% correspondió a mujeres foráneas, principalmente del aledaño Estado de México y
de otras entidades donde no tenían alternativas seguras. Esto evidencia que miles de
mexicanas tuvieron que desplazarse para ejercer un derecho básico, algo que los defensores
del aborto legal consideran injusto. Igualmente, señalan que desde la despenalización en la
capital no se ha registrado ni una sola muerte por aborto legal en 18 años, según datos
oficiales.

En contraste, antes de 2007 el aborto inseguro figuraba entre las primeras causas de muerte
materna en la ciudad. La mortalidad materna nacional por abortos clandestinos ha sido un
problema serio: en la última década se documentaron alrededor de 2,400 muertes de mujeres
vinculadas a interrupciones de embarazo mal realizadas, representando aproximadamente el
7,5% de las muertes maternas en México. Este porcentaje, aunque menor que el de otras
causas (hemorragias, hipertensión, etc.), implica cientos de vidas truncadas por año que
podrían salvarse con acceso a servicios médicos adecuados. De hecho, especialistas atribuyen
parte de la notable reducción de casi 40% en la mortalidad materna nacional entre 2021 y 2022
a una mejora en los derechos reproductivos, incluyendo mayor acceso al aborto seguro. En
palabras de la representante de UNFPA en México, tras la legalización del aborto en la capital
“se abatió muchísimo la causa de muerte por aborto.

En suma, desde la óptica de la salud pública, despenalizar salva vidas: permite que las mujeres
recurran a clínicas certificadas o a medicamentos seguros en vez de exponerse a prácticas
riesgosas. La Organización Mundial de la Salud ha catalogado el aborto como un servicio de
salud esencial, que debe brindarse con calidad y sin barreras para proteger el derecho a la
salud y a la vida de las mujeres. Los avances médicos juegan un papel importante en este
argumento: hoy en día la gran mayoría de abortos tempranos pueden realizarse mediante
fármacos, de forma ambulatoria y con riesgo mínimo.

Entre 2007 y 2023, alrededor de 207 mil abortos legales en México (aprox. 79%) se realizaron
con medicamentos, lo que ha contribuido a reducir drásticamente las complicaciones. Incluso
cuando se requiere un procedimiento quirúrgico (aspiración uterina), este es muy seguro si se
realiza en condiciones adecuadas. Estudios médicos indican que un aborto realizado conforme
a estándares modernos tiene mucho menor riesgo para la mujer que un parto a término; la
SCJN destacó que la ciencia médica actual garantiza que la interrupción legal del embarazo
pueda realizarse con el menor riesgo posible para la paciente​[Link]. Por tanto,
desde el punto de vista médico y científico, no hay justificación para prohibir un procedimiento
que es seguro y que, al estar prohibido, se vuelve peligroso. Más bien, lo que genera riesgo es
la ilegalidad, que empuja a la clandestinidad.

❖​ Ámbito Ético Y Religiosa

Los argumentos éticos a favor del aborto suelen centrarse en la idea de la libertad y autonomía
reproductiva. Se postula que ninguna mujer debería ser obligada por el Estado a continuar un
embarazo en contra de su voluntad, pues ello equivale a usar su cuerpo como medio para un fin
impuesto (el nacimiento), violando su derecho a decidir sobre su propia vida. Las activistas
pro-elección en México enmarcan el aborto como un tema de derechos humanos de las
mujeres: el derecho a la vida, sí, pero entendido también como el derecho a una vida digna, con
la capacidad de tomar decisiones fundamentales.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha enfatizado que el derecho a la vida debe


concebirse en armonía con otros derechos, incluyendo la autonomía personal; la propia SCJN,
al invalidar cláusulas que “protegían la vida desde la concepción” en constituciones estatales,
argumentó que los congresos locales no pueden establecer protecciones absolutas al embrión
que menoscaben los derechos humanos de las mujeres.

En esta línea ética, se sostiene que el embrión o feto en etapas iniciales no puede ser
considerado jurídicamente como una persona con plenos derechos por encima de la mujer
gestante. Si bien se reconoce la potencialidad de vida que representa, su desarrollo vital
depende por completo del cuerpo de la mujer, quien posee ya una vida independiente y digna
de protección legal. Imponer la continuación del embarazo desconoce esta realidad y cosifica a
la mujer reduciéndola a “incubadora”. Muchos argumentan además que la maternidad debe ser
deseada, no forzada: traer niños no deseados al mundo redunda en mayor pobreza, abandono
y sufrimiento, algo que impacta no solo a la mujer sino también al tejido social. Por ello, desde
una óptica ética progresista, permitir el aborto temprano es un acto de compasión y respeto
tanto hacia la mujer (evitando un destino impuesto) como hacia los potenciales niños
(asegurando que solo nazcan cuando puedan ser recibidos en condiciones adecuadas).

Se recuerda también que en casos extremos, como embarazo por violación, el aborto es un
componente de justicia básica hacia la víctima: obligarla a llevar el embarazo derivado de una
agresión sería una doble violación a sus derechos. México cuenta con la Norma Oficial
NOM-046 que garantiza a las víctimas de violación el acceso a la interrupción del embarazo sin
necesidad de denunciar formalmente ante autoridades, precisamente bajo la premisa ética de
minimizar el trauma.

En general, el derecho a elegir se fundamenta en valores de laicidad y pluralismo moral: en una


sociedad democrática, cada mujer debe poder decidir según sus propias convicciones
(personales o religiosas) si desea continuar o no un embarazo, sin que el Estado imponga una
única visión moral absoluta. Esto cobra relevancia en un país diverso como México, donde
conviven personas devotamente religiosas que jamás abortarían con otras más liberales; el
marco legal, argumentan los pro-choice, debe permitir que cada quien actúe conforme a su
conciencia, garantizando el acceso al aborto para quien lo necesite, pero sin obligar a nadie a
practicarlo.

Detrás de esta postura está también el principio de separación Iglesia-Estado: México es un


Estado laico por Constitución, por lo que las creencias de una religión específica no deben
traducirse en leyes que limiten derechos de toda la población. Muchas feministas mexicanas,
incluso algunas creyentes, han alzado la voz contra la injerencia de las jerarquías religiosas en
políticas públicas de salud reproductiva. Colectivos como Católicas por el Derecho a Decidir
señalan que la propia feligresía católica está lejos de ser monolítica en este tema, de hecho,
muchas mujeres católicas en México usan anticonceptivos y algunas recurren al aborto en
privado, en desacato silencioso de la postura oficial de la Iglesia, por lo que no es válido
pretender que la ley secular refleje únicamente la doctrina católica. Esta organización de
mujeres católicas, con 30 años de trabajo en el país, aboga por una moral católica renovada y
centrada en la justicia social, donde el énfasis esté en la misericordia, la conciencia individual y
la comprensión de las circunstancias de cada mujer, en lugar de la condena automática.

❖​ Ámbito de salud publica

Finalmente, los proponentes del aborto legal destacan avances médicos y científicos que
respaldan su posición. Subrayan que en la actualidad la capacidad de sobrevida fuera del útero
se alcanza aproximadamente hacia las 22,24 semanas de gestación con apoyo médico
intensivo; por tanto, un aborto en el primer trimestre afecta a un embrión/feto que, si bien vivo,
aún no es viable ni posee conciencia. También mencionan que la medicina moderna ha
mejorado no solo la seguridad del procedimiento sino también el entendimiento de las causas
de los abortos espontáneos.

Entre un 10% y 15% de todos los embarazos reconocidos terminan en un aborto espontáneo,
normalmente en etapas tempranas, a menudo por aberraciones cromosómicas naturales que
impiden el desarrollo normal. Este dato suele citarse para recordar que la naturaleza por sí
misma interrumpe muchos embarazos, a veces incluso antes de que la mujer se entere, lo cual
relativiza la idea de que la interrupción temprana sea algo “antinatural”. Asimismo, conocer las
causas comunes (genéticas, inmunológicas, endocrinas, etc.) de los abortos espontáneos
ayuda a eliminar la culpa: típicamente no hay nada que la mujer o el médico puedan hacer para
evitarlos cuando ocurren. Así, los defensores del derecho a decidir insisten en que nadie
debería enfrentar procesos penales por algo tan común como una pérdida gestacional natural, y
que despenalizar plenamente el aborto inducido también protege a estas mujeres, pues impide
que autoridades puedan alegar falsamente una inducción donde solo hubo un evento fortuito.

Podemos concluir que México ha avanzado hacia un modelo de derechos que privilegia la
autonomía de las mujeres, pero el proceso ha sido y sigue siendo conflictivo. La implementación
de las reformas aún enfrenta resistencias locales, desigualdades en el acceso a servicios de
aborto seguro, y una sociedad culturalmente dividida.

ARGUMENTOS EN CONTRA

En contraste, los argumentos en contra del aborto (o posturas pro-vida) en México se basan
primordialmente en la defensa del derecho a la vida del no nacido y en convicciones éticas y
religiosas tradicionales. Para quienes sostienen esta perspectiva, el embrión o feto humano
merece protección legal desde el momento de la concepción, por ser ya una vida humana en
desarrollo. Consideran que la vida es un valor absoluto que el Estado tiene la obligación de
tutelar, aun por encima de la voluntad de la madre.

❖​ Ámbito legal

En el plano legal, este sector argumenta que las constituciones y leyes deben reflejar esa
protección a la vida prenatal. De hecho, entre 2008 y 2010, más de 20 estados mexicanos
reformaron sus constituciones locales para consagrar la protección de “la vida desde el
momento de la concepción”, como reacción conservadora a la despenalización en Ciudad de
México. Si bien la SCJN posteriormente invalidó tales cláusulas por considerarlas incompatibles
con derechos federales, su promulgación muestra la fuerza política del ideario pro-vida en gran
parte del país.

Los opositores al aborto ven con alarma las recientes sentencias judiciales que despenalizan el
aborto, pues las interpretan como una imposición ideológica que va contra el espíritu de las
leyes mexicanas y los tratados internacionales. La Iglesia católica, por ejemplo, ha advertido
que México, al ser parte de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, tiene el
compromiso de proteger la vida humana incluso en gestación​ (la Convención menciona en su
Artículo 4 que el derecho a la vida debe estar protegido “en general, desde el momento de la
concepción”).

Desde esta óptica, eliminar el delito de aborto podría contravenir dicho principio, por lo que
líderes religiosos han hecho un llamado a no anteponer “ideologías” por encima de la vida
humana. En editoriales y comunicados, la jerarquía católica mexicana ha calificado las
iniciativas pro-aborto como una “violación seria en materia de humanismo”, argumentando que
se inspiran en corrientes ideológicas foráneas y se alejan de la razón, la ciencia y los
verdaderos derechos humanos, que para ellos incluyen siempre al no nacido. Organizaciones
conservadoras y pro-vida, como el Frente Nacional por la Familia y otras, han movilizado
marchas bajo lemas como “Sí a la vida” para presionar a legisladores a mantener las
prohibiciones.

En algunos casos, han logrado retrocesos: un ejemplo es el estado de Aguascalientes, donde


tras una orden judicial que llevó a despenalizar el aborto en 2023, el Congreso local aprobó en
2024 reducir el plazo legal a solo 6 semanas de gestación​, un lapso tan corto que en la práctica
equivale casi a prohibición total, según denunciaron activistas. Estos grupos sostienen que, aun
si la penalización absoluta fue declarada inconstitucional, los Congresos estatales sí pueden
regular estrictamente el aborto para proteger al no nacido, imponiendo límites gestacionales
pequeños y requisitos. En Jalisco, por ejemplo, la reforma reciente legalizó el aborto hasta 12
semanas por mandato judicial, pero estableció penas de cárcel de hasta un año para las
mujeres que aborten después de ese plazo y de 3 a 6 años para quien les practique el aborto
fuera de la ley. Los detractores del aborto ven necesarias estas sanciones para los casos fuera
de causales, argumentando que sin la amenaza penal se abriría la puerta a abortos
indiscriminados incluso en etapas avanzadas del embarazo.
❖​ Ámbito social y de seguridad

En el terreno social, los argumentos en contra enfatizan que en México persisten valores
mayoritarios que rechazan el aborto por considerarlo moralmente incorrecto. Se señala que la
sociedad mexicana, de profundo raigambre religiosa, nunca ha abrazado plenamente la idea del
aborto libre. Las encuestas de opinión suelen mostrar posiciones divididas: por ejemplo, una
encuesta internacional de Ipsos en 2023 reveló que solo 45% de los mexicanos apoya que el
aborto sea legal “en todos los casos”, porcentaje que de hecho había disminuido 7 puntos
respecto al año anterior.

En contraste, 39% de los encuestados se manifestó abiertamente en contra de la legalización


(el resto apoya solo bajo algunas circunstancias). Este sector conservador interpreta estos
datos como evidencia de que una parte importante, si no mayoritaria, de la población
desaprueba el aborto electivo. Aunque la mayoría de las personas concuerda en permitirlo
cuando la vida de la madre está en riesgo o en casos de violación (más de 3/4 partes aprueban
esas causales), existe un umbral moral que muchos no están dispuestos a cruzar: el aborto
como mera elección ante un embarazo no planificado. Para el pro-vida, el estigma social que
todavía rodea al aborto no es visto necesariamente como algo negativo a erradicar, sino como
la expresión de una conciencia colectiva que reconoce que terminar voluntariamente con una
gestación es un acto grave. Argumentan que la despenalización amplia pretendería “normalizar”
algo que en el fondo la sociedad considera erróneo. Algunos incluso sugieren que la
liberalización del aborto enfrentó y sigue enfrentando rechazo popular cuando se ha intentado:
suelen citar, por ejemplo, la fuerte oposición que tuvieron las reformas en estados como Nuevo
León o Guanajuato, que finalmente no prosperaron.

Otro argumento social importante es la preocupación por el impacto en las mujeres mismas.
Paradójicamente, los contrarios al aborto afirman velar también por el bienestar de la mujer
embarazada, solo que con una visión distinta. En este sentido, sostienen que legalizar el aborto
no soluciona los problemas de fondo (embarazos no deseados, falta de apoyo a madres
solteras, violencia sexual, etc.), sino que puede incluso agravar ciertas injusticias. La Iglesia
Católica en México, por ejemplo, ha advertido que una liberalización total del aborto podría
tener un efecto desproporcionado en las mujeres vulnerables: temen que mujeres en situación
de pobreza o bajo presión familiar/pareja sean orilladas a abortar por falta de alternativas,
sufriendo coerción o violencia para tomar esa decisión.

Plantean que en lugar de ofrecer aborto “como solución fácil”, el Estado debería enfocar
esfuerzos en brindar apoyos a esas mujeres, acceso a salud de calidad, ayuda económica,
redes de adopción, guarderías, etc., para que no se vean empujadas al aborto por
desesperación. Según este argumento, la despenalización por sí sola podría volverse una
política pública cómoda que “libere” al gobierno de la responsabilidad de proveer dichas ayudas,
dejando a las mujeres más desprotegidas aún. Algunos grupos pro-vida, de hecho,
complementan su activismo con acciones de acompañamiento: existen organizaciones civiles y
religiosas que ofrecen albergues, asistencia psicológica y médica a mujeres con embarazos no
planeados, con la intención de convencerlas de continuar con la gestación y luego dar en
adopción al bebé si no pueden criarlo.
Estas iniciativas parten de la idea de que “si una mujer siente verdadero apoyo, no optará por el
aborto”. Aunque las feministas cuestionan la suficiencia y alcance de tales apoyos, los pro-vida
los esgrimen para demostrar que su preocupación va más allá del feto y abarca también a la
madre y al niño después de nacer (aunque críticos señalan que ese apoyo muchas veces se
diluye una vez logrado que la mujer no aborte).

Otro argumento en contra es de carácter sociológico: se advierte que normalizar el aborto


podría derivar en una “cultura de desecho” donde la vida humana inicial pierde valor y se
recurre al aborto incluso como método anticonceptivo de rutina. Algunos opositores citan con
preocupación cifras de países con aborto legal indicando altos números de interrupciones. En el
caso de México, mencionan que desde 2007 se han practicado cientos de miles de abortos
legales (cerca de 292 mil hasta 2025 solo en la capital, según autoridades), lo que a sus ojos
representa “292 mil bebés que no nacieron”. Consideran alarmante esa magnitud y temen que
con la expansión del aborto legal a todo el país, el número aumente significativamente. También
sugieren promover la adopción como alternativa: la narrativa pro-vida a menudo resalta que
“hay muchas familias que anhelan un hijo” y que un embarazo inesperado podría traer felicidad
a otros en lugar de terminar en aborto. En México existe un rezago en la cultura de adopción,
pero los conservadores ven oportunidad de mejorar esto en vez de legalizar el aborto.

❖​ Ámbito Ético Y Religiosa

Desde la ética y la filosofía moral, el campo anti-aborto sostiene firmemente que la vida humana
tiene dignidad intrínseca desde su inicio y que quitarla intencionalmente está mal. Se suele
apelar al principio de la santidad de la vida: una vida humana, por diminuta que sea, no puede
ser instrumentalizada ni eliminada porque es fin en sí misma. Para muchos creyentes, además,
esa vida es creada por Dios y solo a Dios le corresponde decidir sobre ella. Esto conecta con el
marcado componente religioso de los argumentos en contra.

México sigue siendo mayoritariamente un país de fe: cerca del 78% de la población se declara
católica, y otro porcentaje significativo profesa variantes del cristianismo evangélico o
protestante. Tanto la Iglesia Católica como las iglesias evangélicas más grandes condenan el
aborto. La doctrina católica, en particular, afirma que el aborto voluntario es un pecado grave
equivalente a un homicidio, que conlleva la excomunión automática de quienes lo procuran o
realizan. Los obispos mexicanos constantemente reafirman esta enseñanza, calificando al
aborto como “crimen abominable” en documentos oficiales. Incluso el papa Francisco, pese a su
tono pastoral más comprensivo en otros temas, ha dicho que abortar es como “contratar a un
sicario para resolver un problema”, una frase dura que ha sido citada por líderes religiosos
locales.

En octubre de 2024, tras una propuesta para eliminar totalmente el delito de aborto del Código
Penal de la Ciudad de México, la Arquidiócesis Primada publicó un editorial urgiendo a los
legisladores a rechazar dicha reforma, pues permitir el aborto durante todo el embarazo sería,
según la Iglesia, violar el principio de proporcionalidad y la protección gradual de la vida
consagrados en la Constitución. Los portavoces eclesiales argumentaron que después de las
12 semanas el feto ya se encuentra mucho más desarrollado y que autorizar su eliminación en
cualquier momento atentaría contra el derecho a la vida de un ser indefenso. Este énfasis en la
fase del desarrollo también forma parte de su discurso: aunque para los pro-vida “toda” etapa es
valiosa, suelen hacer énfasis particular en ciertos hitos (como la formación del corazón, el
desarrollo del sistema nervioso, la capacidad de sentir dolor) para sensibilizar a la opinión
pública sobre “lo humano” del feto. Citan, por ejemplo, que a las 6,8 semanas ya hay actividad
cardíaca detectable, o que a las 12 semanas el feto tiene rasgos reconocibles. En campañas
contra el aborto exhiben frecuentemente imágenes de fetos avanzados, buscando generar
empatía y subrayar que “es un bebé, no un conjunto de células”.

Los sectores religiosos conservadores también alertan sobre las posibles secuelas psicológicas
y físicas que el aborto podría dejar en las mujeres. Si bien la ciencia no avala la noción de un
“síndrome postaborto” universal, es común que en folletos pro*vida se mencionen sentimientos
de culpa, depresión, ansiedad e incluso mayor riesgo de suicidio en mujeres que abortaron.

En el reciente pronunciamiento de la Iglesia contra la reforma en Ciudad de México, se señaló


que los abortos tardíos (después de 20 semanas) conllevan un riesgo mucho mayor de
complicaciones físicas y psicológicas para la madre, llegando incluso a aumentar drásticamente
la mortalidad materna según “ciertos estudios” citados por el clero. Si bien los abortos en etapas
tan avanzadas no están en debate en México (nadie propone permitir abortos electivos después
del segundo trimestre), el hecho de mencionarlo obedece a la estrategia de asociar en la mente
del público aborto legal con procedimientos peligrosos y traumáticos.

En términos médicos, los opositores reconocen que el aborto temprano puede ser físicamente
seguro si se hace con atención adecuada, pero cuestionan que se minimicen otros posibles
efectos. También suelen señalar que toda interrupción del embarazo termina con un ser
humano muerto, y que por tanto no puede hablarse de aborto “seguro” en un sentido absoluto,
ya que siempre hay una vida perdida, la del hijo en gestación. Esta afirmación se resume en la
consigna muy difundida de “no existe el aborto seguro, porque al menos uno muere”. Para ellos,
la dicotomía entre “aborto seguro vs. Aborto inseguro” es engañosa, pues el verdadero dilema
moral es entre aborto (matar intencionalmente) y alternativas no letales.

La religión permea fuertemente los argumentos en contra, por lo que vale detallar las posturas
de las principales confesiones. La Iglesia Católica romana, como se mencionó, rechaza el
aborto en todos los casos directos. Los obispos mexicanos han sido actores políticos activos:
han emitido comunicados conjuntos contra reformas pro aborto, han apoyado marchas pro-vida
y en 2007 incluso excomulgaron simbólicamente a los diputados locales que votaron a favor de
la ley en Ciudad de México. Consideran que el mandamiento de “no matar” se extiende al no
nacido, y que el quinto mandamiento no conoce excepciones de etapa gestacional. Al mismo
tiempo, promueven ministerios de ayuda a mujeres embarazadas en dificultad, ofreciendo
acompañamiento espiritual para que no aborten.

En cuanto a las iglesias evangélicas y protestantes, la mayoría comparte la oposición al aborto,


aunque con matices. Denominaciones grandes en México han proclamado que el aborto es
contrario a la ley de Dios y a la santidad de la vida. De hecho, líderes evangélicos anunciaron
en 2021 su respaldo a la voz de la Iglesia Católica en este tema, presentando un frente religioso
unido contra la despenalización. Un pastor prominente declaró que “el aborto es un grave
pecado que contradice la ley moral de Dios, la santidad de la vida humana, la justicia y el amor
cristiano”. Las únicas excepciones que algunas iglesias evangélicas consideran aceptables son
casos como riesgo de muerte de la madre o violación, y aun así con reticencia.

Otras religiones minoritarias en México también tienden a una postura pro-vida: por ejemplo, la
Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones) desalienta fuertemente el
aborto salvo contadas excepciones; los Testigos de Jehová y los musulmanes igualmente lo ven
mal. La comunidad judía tiene una postura más matizada (el judaísmo permite el aborto cuando
peligra la vida de la madre e incluso por razones de salud en ciertos grados), pero dado que los
judíos son una fracción muy pequeña de la población, su influencia en el debate público es
limitada. Así, el consenso religioso mayoritario en México se alinea contra el aborto, y ello
alimenta la idea pro-vida de que el aborto legal va contra los valores del país. Los opositores
frecuentemente invocan a Dios o la defensa de la familia en sus discursos, enmarcando el
aborto como parte de una agenda “anti-familia” junto con el divorcio, la anticoncepción y los
derechos LGBT, a la que atribuyen la degradación moral de la sociedad.

❖​ Ámbito de salud publica

Por último, desde la vereda pro-vida también se discuten los aspectos médicos, pero con una
interpretación diferente. Mientras los pro-elección enfatizan la seguridad del aborto legal, los
contrarios enfatizan los posibles riesgos y consecuencias que minimiza el discurso oficial. Por
ejemplo, si bien reconocen que la técnica del aborto con medicamentos es eficaz, advierten que
su mal uso fuera de supervisión médica (algo que podría ocurrir si las mujeres obtienen pastillas
sin suficiente orientación) conlleva riesgos de hemorragias o infecciones si no se completa
correctamente el aborto. Se preocupan también por la objeción de conciencia del personal de
salud: varios profesionales (médicos, enfermeras) consideran el aborto contrario a sus
creencias y derechos morales. De hecho, en 2018 se legisló en México para permitir la objeción
de conciencia médica en servicios de aborto, y aunque la SCJN luego acotó que no puede
usarse para negar atención en casos de urgencia, los grupos pro-vida defienden que ningún
médico debería ser forzado a participar en un aborto contra su fe. Temen que la
institucionalización del aborto termine marginando a médicos pro-vida o imponiéndoles dilemas
éticos graves.

Asimismo, mencionan que promover el aborto como un derecho podría desincentivar la


búsqueda de alternativas médicas: se señala por ejemplo que con mejor educación sexual y
anticonceptivos accesibles, los embarazos no deseados deberían reducirse sin necesidad de
abortos, pero que confiar en la salida del aborto podría relajar la prevención. En cuanto a los
abortos espontáneos, los conservadores concuerdan en que no son punibles, una mujer que
sufre una pérdida natural es una víctima, no una delincuente, y reconocen que muchas veces
esas pérdidas ocurren por causas fuera del control humano. Sin embargo, argumentan que eso
no justifica el aborto inducido: dicen que “una cosa es que la naturaleza o Dios decidan
interrumpir un embarazo, y otra muy distinta que lo haga deliberadamente el ser humano”.
Incluso algunos grupos religiosos realizan rituales de duelo por los “angelitos” perdidos en
abortos espontáneos, reforzando la noción de que cada embrión/feto es ya un miembro de la
familia humana amado por Dios.
Podemos concluir que México ha avanzado hacia un modelo de derechos que privilegia la
autonomía de las mujeres, pero el proceso ha sido y sigue siendo conflictivo. La implementación
de las reformas aún enfrenta resistencias locales, desigualdades en el acceso a servicios de
aborto seguro, y una sociedad culturalmente dividida.
El desafío principal es construir políticas públicas que, respetando los derechos fundamentales,
también tomen en cuenta las preocupaciones legítimas sobre la protección de la vida, la
objeción de conciencia y el respeto a la diversidad de creencias. En lugar de imponer visiones
únicas, México necesita construir un espacio de diálogo donde se reconozca la complejidad del
tema, se escuche a todas las partes, y se priorice tanto la dignidad de las mujeres como la de la
vida en gestación. El aborto no es un tema blanco o negro: su abordaje exige sensibilidad,
respeto y responsabilidad.
LEGALIZACIÓN DE TODAS LAS DROGAS

La propuesta de legalizar todas las drogas, es decir, permitir y regular la producción, venta y
consumo de sustancias actualmente ilícitas, suscita un intenso debate. Se trata de un tema
complejo que involucra dimensiones legales, sociales, éticas, médicas y hasta religiosas. En
México, este debate cobra especial relevancia dado el contexto de violencia ligada al
narcotráfico: desde 2018, más de 30 mil personas mueren cada año en el país por la violencia
criminal, perpetrada en gran medida por cárteles de la droga. Al mismo tiempo, el consumo de
drogas es una realidad constante y creciente tanto nacional como global: en 2021 unas 296
millones de personas consumieron drogas en el mundo, 23% más que una década atrás, y casi
40 millones sufren trastornos de adicción.

Frente a la persistencia del tráfico ilícito y el fracaso de políticas prohibicionistas para erradicar
el problema, algunos proponen un cambio de paradigma hacia la legalización regulada. Otros,
en cambio, advierten que liberalizar las drogas podría agravar problemas de salud pública y
social.

ARGUMENTOS A FAVOR

❖​ Aspectos legales.

Quienes apoyan la legalización total de las drogas suelen invocar el derecho fundamental al
libre desarrollo de la personalidad y la autonomía individual. Sostienen que cada adulto debería
tener la libertad de decidir sobre las sustancias que consume, sin intervención punitiva del
Estado, siempre que no dañe a terceros. Desde esta perspectiva, las leyes prohibicionistas
actuales vulneran derechos individuales básicos. En México, por ejemplo, la Suprema Corte de
Justicia ha reconocido que la prohibición absoluta del consumo personal de ciertas drogas
(como la marihuana) es inconstitucional por violar la libertad personal, obligando al Congreso a
avanzar hacia su regulación. Los proponentes también critican la inconsistencia legal y moral de
que sustancias como el alcohol y el tabaco sean legales pese a su daño, mientras otras menos
letales permanecen prohibidas. Legalizar y regular todas las drogas “racionalizaría” el marco
legal, eliminando esta doble moral. Por otro lado, a nivel internacional, se señala que el régimen
vigente de tratados antidrogas de la ONU (Convención Única de 1961, Convención de 1971,
Convenio de 1988, etc.) no ha detenido el narcotráfico y podría reformarse. Aunque dichos
tratados prohíben a los países la producción y uso recreativo de ciertas sustancias​, los
defensores de la legalización plantean que es factible renegociarlos o hacer reservas, como han
hecho naciones que regularon el cannabis (Uruguay, Canadá), priorizando la salud y seguridad
nacionales por encima de compromisos internacionales obsoletos.

❖​ Aspectos sociales y de seguridad.

Un argumento central a favor de la legalización es que debilitaría al crimen organizado y


reduciría la violencia asociada al narcotráfico. Al trasladar el mercado de las drogas desde la
clandestinidad hacia la legalidad, el Estado y actores lícitos asumirían su control,
desfinanciando a las mafias del narco. Se suele comparar con el fin de la Ley Seca: cuando el
alcohol dejó de ser ilegal en 1933, las ganancias de los gánsteres disminuyeron drásticamente.
En el contexto mexicano y centroamericano, donde se estima que los cárteles son responsables
de más del 60% de las muertes violentas en países de tránsito de drogas, una regulación legal
podría arrebatarles su principal fuente de ingresos. Menos ingresos ilícitos podrían traducirse en
menos capacidad armada de los grupos criminales y menor corrupción de autoridades. De
hecho, diversos exmandatarios y expertos argumentan que la “guerra contra las drogas” ha
fracasado y solo ha dejado un rastro de violencia (más de 45 mil muertes en México hasta 2011
vinculadas al combate contra el narco, cifra que hoy supera con creces los 300 mil). La
legalización, acompañada de fuertes controles, podría pacificar en parte la situación al convertir
el narcotráfico en una industria legal regulada.

Otro aspecto social positivo sería el ahorro en costos de seguridad y justicia, así como
potenciales beneficios económicos. Actualmente, enormes recursos se destinan a la
persecución, enjuiciamiento y encarcelamiento de infractores por drogas. Con la legalización,
esos recursos podrían redirigirse a prevención y tratamiento. Además, se reduciría la población
penitenciaria por delitos no violentos. Hoy, muchos consumidores acaban en prisión o con
antecedentes por simples posesión. Por ejemplo, en México la gran mayoría de jóvenes
procesados por delitos de drogas son en realidad usuarios detenidos por posesión minoritaria
(en 2021, más del 80% de las adolescentes imputadas por drogas fueron acusadas solo de
posesión simple, no de tráfico). Legalizar eliminaría esta criminalización de consumidores,
evitando truncar vidas por conductas que no dañan a otros. En su lugar, los usuarios con
problemas podrían ser canalizados a ayuda médica.

En cuanto a la economía, un mercado legal de drogas permitiría cobrar impuestos a su


producción y venta, generando ingresos fiscales importantes para el Estado. La experiencia con
el cannabis sugiere un potencial recaudatorio: por ejemplo, los estados de [Link]. que
legalizaron la marihuana han recaudado cientos de millones de dólares anuales en impuestos,
fondos que pueden invertirse en salud y educación. Un estudio del Instituto Mexicano para la
Competitividad estimó que solo legalizando la marihuana, México podría ahorrar y recaudar
sumas significativas (vía ahorros en seguridad y nuevos impuestos). Extender esto a todas las
drogas podría ampliar los beneficios económicos, creando además empleos formales en la
agricultura, manufactura y comercio legal de estas sustancias. Por añadidura, la calidad de las
drogas sería regulada, con etiquetado y controles sanitarios, protegiendo a los consumidores de
adulterantes peligrosos. Todo ello repercutiría en un menor costo social asociado al consumo
problemático, según los defensores.
Asimismo, la legalización total podría contribuir a reducir el estigma social hacia las personas
usuarias de drogas. Al tratarse el consumo como un asunto de salud pública y no de moralidad
o criminalidad, sería más fácil fomentar campañas de información objetiva y que quienes
padecen adicción busquen ayuda sin temor. Autoridades sanitarias en México han enfatizado la
necesidad de “poner un alto al estigma y discriminación” hacia las personas usuarias y abordar
las adicciones desde la salud pública, no solo desde la justicia penal.

❖​ Aspectos Éticos.

Desde una óptica ética liberal, la legalización es defendida como una postura de respeto a la
libertad y dignidad del individuo. Se arguye que cada persona, en uso de su autonomía, debiera
poder decidir si consume o no alguna droga, del mismo modo que decide consumir alcohol o
tabaco. Impedirle hacerlo mediante la fuerza del Estado sería paternalista y negaría su
capacidad de juicio. Además, castigar a alguien por hacerse daño a sí mismo (y no a otros) se
considera éticamente cuestionable para muchos filósofos y juristas. En este sentido, la
legalización estaría alineada con la promoción de los derechos humanos: ninguna persona
debería ser encarcelada o perseguida simplemente por su elección personal de consumo. De
hecho, organismos internacionales de derechos humanos han recomendado descriminalizar el
consumo para respetar el derecho a la privacidad y a la salud.

Otro argumento ético a favor es el de la responsabilidad y transparencia social. Legalizar


implica que el Estado asume el control y reconoce la existencia del fenómeno, en lugar de
negarlo. Esta asunción de responsabilidad permitiría implementar políticas de reducción de
daños (por ejemplo, distribución de jeringas limpias, salas de consumo supervisado, programas
de sustitución con opioides legales para adictos a heroína, etc.) con las cuales se puede salvar
vidas y reducir daños, algo dificultado bajo la prohibición total. Desde una ética de la
compasión, se señala que es más humano tratar al adicto como un paciente que como un
criminal. Los recursos antes dedicados a la represión podrían destinarse a ofrecer tratamiento
gratuito y de calidad a quienes lo necesiten, cumpliendo así un deber de solidaridad social.

También se invoca la ética de la coherencia y veracidad: la política actual a veces exagera los
peligros de ciertas drogas ilícitas mientras minimiza los de drogas legales, lo que constituye una
forma de desinformación. Una regulación franca permitiría una educación basada en evidencia
sobre todas las sustancias, sin tabúes, para que las personas tomen decisiones informadas.
Además, eliminar la prohibición evitaría la “doble moral” en la que incurre la sociedad al
condenar unas drogas pero tolerar otras igual de dañinas. Por último, algunos defensores
plantean que legalizar es ético porque podría reducir la violencia y la injusticia social
provocadas por la guerra contra las drogas, lo que a su vez es un imperativo moral: salvar vidas
(de víctimas de violencia, de consumidores que mueren por sustancias adulteradas, etc.)
tendría prioridad sobre una moral abstracta que demoniza las drogas. En síntesis, la posición
ética pro-legalización se basa en autonomía, compasión, coherencia y reducción del daño como
valores rectores.

❖​ Aspectos médicos y de salud pública.


Desde la perspectiva sanitaria, los partidarios de la legalización abogan por tratar el consumo
de drogas como un problema de salud pública y no criminal. Argumentan que la adicción es una
enfermedad compleja que requiere prevención y tratamiento, no castigo. Legalizar todas las
drogas permitiría fortalecer las estrategias de salud: se podrían establecer programas masivos
de educación sobre drogas, control de calidad de las sustancias, etiquetado con advertencias, y
límites de edad para la compra, similares a los que existen para alcohol y tabaco. Un mercado
regulado podría incluir dosis estandarizadas e información clara, lo que ayudaría a los usuarios
a saber qué consumen y en qué cantidad, reduciendo el riesgo de sobredosis accidentales. Por
ejemplo, uno de los peligros actuales es que muchas sustancias ilícitas vienen adulteradas
(caso dramático es el fentanilo mezclado en heroína o en pastillas falsificadas). Con
legalización, los usuarios tendrían acceso a drogas puras y dosificadas, disminuyendo en teoría
los envenenamientos por contaminantes.

Un caso ilustrativo es el de Portugal, que si bien no legalizó la venta, sí despenalizó el consumo


de todas las drogas en 2001 y se enfocó en la salud pública. Los resultados han sido positivos:
Portugal pasó de tener a fines de los 90 una grave epidemia de heroína a lograr la tasa de
muertes por sobredosis más baja de Europa Occidental en 2017. El número de usuarios
problemáticos de drogas también disminuyó drásticamente (por ejemplo, los usuarios de
heroína cayeron de 100 mil antes de 2001 a cerca de 25 mil en 2017). Esto sugiere que al
abandonar el enfoque punitivo y ofrecer tratamiento y reducción de daños, se pueden mejorar
los indicadores de salud. Los defensores de la legalización total citan este tipo de datos para
sostener que un modelo regulatorio con atención médica podría disminuir las muertes por
sobredosis, la propagación de enfermedades (VIH, hepatitis) por uso de jeringas contaminadas,
y otros problemas. Asimismo, señalan que cuando las personas no temen ser arrestadas por
consumir, es más probable que busquen ayuda profesional para su adicción. La integración de
servicios de tratamiento de adicciones con alcance universal sería financieramente más viable
destinando los recursos antes usados en represión. Cabe mencionar también que las políticas
de reducción de daños (como los centros de inyección supervisada o el suministro controlado
de sustitutos, por ejemplo metadona para dependientes de opioides) tienden a tener mejores
resultados bajo un marco legal más permisivo.

Otro beneficio médico potencial de la legalización es impulsar la investigación científica sobre


estas sustancias. Durante décadas, la clasificación ilegal de drogas psicodélicas o cannabis
dificultó su estudio para posibles usos terapéuticos. Hoy estamos viendo un “renacimiento” en la
investigación de psicodélicos como la psilocibina o el MDMA para tratar depresión, estrés
postraumático y otras condiciones, una tendencia reconocida incluso en informes de la ONU.
Con un enfoque legal, sería más sencillo llevar a cabo ensayos clínicos y desarrollar
medicamentos a base de estas sustancias, lo que podría redundar en nuevos tratamientos
médicos. De hecho, varios países ya legalizaron el cannabis medicinal y estudian regulaciones
para el uso terapéutico de ciertos psicodélicos. La legalización total permitiría un marco más
coherente para distinguir usos recreativos de usos médicos y regular ambos adecuadamente.

Por último, los pro-legalización argumentan que los temores de una explosión en el consumo tal
vez estén exagerados. Señalan que la disponibilidad legal no siempre conlleva aumentos
desmedidos en la prevalencia de uso. Por ejemplo, tras varios años de legalización del
cannabis en Canadá, Uruguay y algunos estados de [Link]., los datos preliminares no
muestran incrementos sustanciales en el consumo adolescente, un grupo especialmente
sensible, e incluso apuntan a tendencias estables o a la baja. Esto sugiere que la sociedad no
necesariamente abrazará masivamente las drogas solo porque sean legales; muchos
continuarán absteniéndose por decisión personal, especialmente si existen buenas campañas
educativas.

❖​ Aspectos religiosos y culturales.

Aunque la mayoría de instituciones religiosas tradicionales no apoyan explícitamente la


legalización (como se verá en los argumentos en contra), los defensores laicos de esta política
señalan que en una sociedad plural las leyes no deben imponer la moral religiosa a toda la
población. Además, mencionan que algunas culturas y religiones han coexistido con el uso de
ciertas drogas desde tiempos ancestrales de forma ritual o ceremonial. La legalización podría
facilitar excepciones y respetar mejor la libertad religiosa de grupos que utilizan plantas
psicoactivas con fines espirituales. Por ejemplo, los pueblos originarios en México y otros
países emplean desde hace siglos el peyote o los hongos psilocíbicos en ceremonias sagradas;
bajo la prohibición, estas prácticas enfrentan restricciones legales, pero una política más
tolerante reconocería su valor cultural y religioso. De igual modo, religiones como el
rastafarismo consideran al cannabis como sacramento; la legalización completa vindicaría,
según este argumento, el derecho de estas minorías a vivir su fe sin criminalización.

En términos éticos, religiosos, algunos teólogos progresistas han planteado que Dios otorgó al
ser humano libre albedrío y capacidad de discernimiento, por lo que permitir a las personas
decidir sobre el consumo (y concentrarse en ayudar al prójimo que sufre adicción en lugar de
castigarlo) podría ser coherente con preceptos de compasión presentes en varias religiones.
Aunque estas posturas no son mayoritarias en los círculos religiosos, se mencionan para
destacar que legalizar tampoco implica un colapso moral automático de la sociedad, pues el uso
responsable o ritual de sustancias ha existido aun dentro de tradiciones espirituales

ARGUMENTOS EN CONTRA

❖​ Aspectos legales y de política internacional.

Quienes se oponen a la legalización total de las drogas advierten que esta medida chocaría con
los marcos legales internacionales vigentes y podría acarrear consecuencias negativas. Los
tratados de fiscalización de estupefacientes de la ONU , suscritos por México y la mayoría de
países , obligan a mantener ilícitas sustancias como los opioides, cocaína, anfetaminas, etc.,
excepto para usos médicos o científicos​. Por tanto, una legalización unilateral pondría a un país
en incumplimiento de sus compromisos internacionales. Esto podría derivar en presiones
diplomáticas o sanciones económicas de parte de países que se opongan a la libre
comercialización de drogas. Los críticos señalan que la cooperación internacional antidrogas
(intercambio de inteligencia, apoyo financiero, capacitación) podría menguar si una nación
decide legalizar en contra de los acuerdos, dejándola aislada frente al crimen trasnacional que
seguirá existiendo en regiones donde las drogas permanezcan ilegales.
En el plano interno, los opositores argumentan que legalizar todas las drogas sería
jurídicamente riesgoso y difícil de implementar. Mientras es factible regular sustancias como el
cannabis, preguntan ¿cómo regular la heroína, metanfetamina o cocaína? Estas drogas duras,
dicen, no tienen un historial de uso recreativo “seguro” y su potenciamiento actual (ej. fentanilo
que es 50 veces más potente que heroína) las hace sumamente peligrosas. Crear un marco
legal para su producción y venta masiva podría ser visto como el Estado contradiciendo su
deber de proteger la salud de la población. Además, los críticos señalan que legal no significa
libre de crimen: incluso con regulación, podría persistir un mercado negro para evadir impuestos
o vender a menores de edad. Ejemplos recientes muestran que tras la legalización del cannabis
en algunos lugares, sigue habiendo comercio ilegal por parte de quienes buscan precios
menores o evitar restricciones. Por ello, legalizar no garantiza eliminar al narco; éste podría
simplemente diversificar sus actividades (secuestro, extorsión, tráfico de personas, contrabando
de armas) o bien competir vendiendo drogas fuera del sistema legal a precios inferiores. En
síntesis, desde lo legal, la posición en contra advierte que desmontar de golpe el régimen
prohibicionista es imprudente, vulnera tratados internacionales y no asegura la desaparición de
las economías criminales, pudiendo generar conflictos jurídicos y de gobernanza.

También se subraya que ningún país ha legalizado plenamente todas las drogas, por lo que
sería un experimento sin precedentes y de resultado incierto. Incluso los casos más avanzados,
Uruguay, Canadá, algunos estados de [Link]., solo han legalizado el cannabis, pero mantienen
ilícitas las sustancias más peligrosas. La despenalización de la posesión personal (como en
Portugal) es muy distinta de permitir la venta comercial. Opositores citan que en lugares con
políticas liberales, las autoridades aún combaten el narcotráfico de drogas duras. Por ejemplo,
Países Bajos tolera el cannabis en “coffee shops” pero sigue persiguiendo la cocaína; Portugal
no encarcela consumidores, pero no legaliza la venta de heroína o crack. Por ello, argumentan
que no hay un modelo comprobado para la legalización total y lanzarse a ello podría acarrear
serios errores. Incluso en jurisdicciones que intentaron medidas audaces recientemente, ha
habido retrocesos: en 2020 Oregón ([Link].) despenalizó todas las drogas, pero en 2024
aprobó leyes para recriminalizar ciertas posesiones ante resultados decepcionantes. Este
vaivén evidencia, según los críticos, que la sociedad no está preparada legal ni
institucionalmente para una apertura completa.

❖​ Aspectos sociales y seguridad pública

Los argumentos en contra a menudo parten de la premisa de que la legalización no eliminaría


la violencia ni el crimen organizado, e incluso podría empeorarlos en algunos aspectos. Si bien
reconocen que la guerra contra el narco no ha erradicado a los cárteles, sostienen que dar vía
libre al comercio de drogas puede legitimar a actores nocivos o trasladar el problema en vez de
resolverlo. Por ejemplo, en un escenario donde solo México legalizara pero Estados Unidos no,
los cárteles seguirían traficando drogas ilícitas hacia [Link]. (principal mercado mundial). La
violencia podría incluso aumentar si México se convierte en centro de producción legal que
abastezca al exterior clandestinamente. Asimismo, existe el temor de que las organizaciones
criminales infiltren el nuevo mercado legal. Dada la corrupción prevalente, los narcos podrían
crear empresas “fachada” para vender drogas “legales” o coaccionar a productores legales,
como ha ocurrido con el comercio de alcohol y piratería en algunos lugares. Esto socavaría el
Estado de derecho y mantendría buena parte de la violencia. Además, críticos advierten que los
grupos delictivos diversificarían sus actividades (robo, secuestro, extorsión) para compensar
pérdidas, posiblemente agravando otros tipos de delitos que afectan a la ciudadanía.

En cuanto a seguridad pública, preocupa la posible normalización del consumo y sus efectos en
la convivencia. Con todas las drogas disponibles legalmente, podría haber más personas bajo
efectos potentes en espacios públicos, aumentando riesgos como accidentes de tránsito por
conductores intoxicados no solo de alcohol sino de otras sustancias. Estudios señalan que el
consumo de cannabis sí ha repercutido en accidentes vehiculares; una investigación en [Link].
encontró incrementos de 5.8% en accidentes con heridos tras la legalización del cannabis
recreativo. Los detractores extrapolan que si se legalizan drogas más fuertes, los problemas de
orden público (intoxicaciones en vía pública, conducta violenta de algunos bajo efectos de
estimulantes, etc.) podrían volverse más frecuentes, demandando recursos policiales y
sanitarios considerables. También señalan el estigma social invertido: así como la prohibición
estigmatiza al usuario, la permisividad total podría estigmatizar la abstinencia en ciertos círculos
o generar presión social para consumir, afectando a personas vulnerables o jóvenes
impresionables.

En el ámbito económico, aunque la legalización generaría impuestos, los opositores dudan que
compensen los costos sociales asociados. Comparan con las drogas actualmente legales: el
alcohol y el tabaco producen ingresos fiscales importantes, sí, pero causan costos sanitarios
enormes (cáncer, cirrosis, accidentes, etc.) que suelen exceder la recaudación por impuestos.
Temen que ocurra algo similar: un aumento en consumidores de drogas legalizadas dispararía
gastos en atención médica, rehabilitación, pérdida de productividad laboral, ausentismo, daños
a terceros, etc. Por ejemplo, en [Link]. el abuso de opioides (en gran parte originado por
fármacos legales) devino en una crisis que costó más de 564 mil vidas entre 1999 y 2020 solo
en sobredosis, además de cientos de miles de millones de dólares en daños económicos.

Legalizar sin un sólido sistema de salud preventiva podría agravar estas cifras, saturando
hospitales y centros de tratamiento. Asimismo, existe el riesgo de que grandes corporaciones
(similares a Big Tobacco o Big Alcohol) entren al negocio de las drogas y prioricen las
ganancias sobre la salud pública, tal como ocurrió con el marketing agresivo de cigarrillos en el
siglo XX. Estas empresas podrían promocionar el consumo, cabildear para reducir regulaciones
y buscar maximizar la cantidad de usuarios, lo que socialmente sería perjudicial. Los críticos
subrayan que no toda droga puede tratarse como un producto comercial cualquiera, pues su
potencial adictivo crea una clientela “cautiva” sujeta a explotación económica.

❖​ Aspectos éticos.

En el plano ético, los argumentos en contra apelan frecuentemente al deber del Estado y la
sociedad de proteger la salud y el bienestar común. Se sostiene que la libertad individual tiene
límites cuando la acción de uno puede dañar a otros o al tejido social. Aunque consumir drogas
parezca un asunto personal, las consecuencias suelen trascender al individuo: pueden afectar a
su familia, a víctimas de accidentes causados por su consumo, a comunidades enteras si la
adicción se vuelve una epidemia. Por ello, legalizar todas las drogas podría considerarse una
irresponsabilidad social, una renuncia del Estado a tutelar el bien común. En esta visión,
permitir la venta libre de sustancias altamente adictivas es comparable a “dejar que la gente se
haga daño” y hasta facilitarlo, lo cual contraviene principios éticos de beneficencia y no
maleficencia. Muchos profesionales de la salud y bioeticistas argumentan que así como se
ponen límites a otras conductas riesgosas (cintas de seguridad obligatorias, prohibición de
venta de alcohol a menores, etc.), mantener ilegales las drogas más peligrosas es una forma de
paternalismo justificable para proteger a la población de daños graves.

Otro aspecto ético es el impacto en grupos vulnerables. Los opositores temen que una industria
legal de drogas aprovecharía la situación de comunidades pobres o individuos vulnerables. Por
ejemplo, podría haber publicidad encubierta dirigida a jóvenes o zonas marginadas, creando
nuevos consumidores donde antes la barrera legal disuadía el consumo. También se podría
normalizar el uso entre adolescentes, aun si la venta legal se limita a adultos, la mayor
disponibilidad podría facilitar el acceso de menores por diversas vías. Éticamente, esto es
inaceptable para quienes priorizan la protección de la niñez y la juventud. Las encuestas en
varios países muestran que la mayoría de padres de familia se opone a la legalización amplia
justamente por este temor. Además, los detractores cuestionan la premisa de que la
legalización sea “compasiva”: argumentan que la verdadera compasión es prevenir que más
personas caigan en adicciones, no hacer las drogas más accesibles. Si bien apoyan mejorar las
oportunidades de tratamiento a los ya adictos, consideran que al legalizar se enviaría el
mensaje de que el consumo recreativo es socialmente aceptable, y muchos podrían subestimar
los riesgos, incrementando al final el número de personas que sufren las devastadoras
consecuencias de la drogadicción.

En términos de ética pública, también se discute el ejemplo que da el gobierno. Legalizar


implicaría que el Estado obtenga ganancias de la venta de sustancias perjudiciales, lo que para
algunos constituye un conflicto moral. Sería como si el Estado se convirtiera en “narcotraficante
legal”, una contradicción con su misión de velar por la salud. Algunos preguntan: ¿Con qué cara
una Secretaría de Salud haría campañas contra las drogas si otra dependencia estatal las está
vendiendo y lucrando con ellas? Esta disonancia ética preocupa a líderes comunitarios y
padres. En suma, la postura ética contraria enfatiza la responsabilidad colectiva de cuidar a los
individuos del daño auto-infligido, la protección de los más jóvenes y la integridad moral del
Estado, argumentos que chocan con la noción de libertad absoluta propuesta por los
pro-legalización.

❖​ Aspectos médicos y de salud pública.

Desde el ámbito médico, abundan las advertencias contra la legalización irrestricta de las
drogas. Profesionales de la salud señalan que muchas sustancias ilícitas conllevan riesgos
severos para la salud individual: adicción rápida y difícil de revertir, daños neuropsicológicos
permanentes, riesgo de sobredosis letal, trastornos psiquiátricos inducidos, enfermedades
orgánicas (por ejemplo, la methanfetamina puede causar severos daños cardiovasculares y
cerebrales). Legalizarlas podría bajar la percepción de riesgo en la población y conducir a más
personas experimentando con drogas peligrosas, lo que inevitablemente aumentaría la carga de
enfermedad. Un ejemplo citado es la crisis de opioides: medicamentos legales como oxicodona,
recetados sin suficiente control en Estados Unidos, crearon una generación de personas
dependientes que luego muchas pasaron a la heroína; la “normalidad” con que se vieron esos
fármacos en su momento contribuyó a la epidemia. Quienes se oponen temen que, con las
drogas recreativas legalizadas, suceda algo similar pero a mayor escala: “una generación
perdida” por adicciones.

Un punto contundente es el potencial incremento de muertes por sobredosis. Actualmente, la


ilegalidad es una barrera (imperfecta pero existente) que limita la disponibilidad. Con una oferta
legal amplia, temen que aumente dramáticamente el número de usuarios habituales y, por ende,
de sobredosis accidentales. Aunque los proponentes hablan de control de pureza, los críticos
responden que la gran mayoría de sobredosis no ocurre por adulterantes sino por la droga
misma en altas dosis. Por ejemplo, la heroína pura en exceso mata por depresión respiratoria;
lo mismo haría la heroína “legal” si un usuario excede su dosis. Se cita que Estados Unidos
actualmente enfrenta cifras récord de muertes por opioides (más de 100 mil al año reciente, en
gran medida por fentanilo ilícito). Una legalización no eliminaría la posibilidad de uso excesivo;
de hecho, podría facilitar el acceso a mayores cantidades, abaratando el precio por la
competencia de mercado, y con ello facilitar también consumos más altos. Los opositores
señalan que incluso con campañas de educación, mucha gente subestimará las drogas si estas
se venden en tiendas. Asimismo, apuntan que solo una minoría de adictos busca
voluntariamente tratamiento, por lo que una estrategia basada en “tratar al adicto” dejaría fuera
a muchos que no reconocerán a tiempo su problema. Así, se podría agravar la sobrecarga en
servicios de salud: más emergencias toxicológicas, más demandas de rehabilitación (que
suelen tener éxito limitado si el paciente no está decidido), etc.

Otro aspecto importante es la salud mental. Numerosos estudios relacionan el consumo


habitual de ciertas drogas con trastornos psiquiátricos: psicosis inducida por altas dosis de
cannabis, depresión y ansiedad exacerbadas por estimulantes, trastornos cognitivos, etc. Los
oponentes advierten que la legalización podría conducir a una sociedad con mayores problemas
de salud mental, justo en una época en que ya existe una crisis de depresión y ansiedad a nivel
global. Más personas usando drogas como escape podrían empeorar esas tendencias.
Además, los trastornos por consumo (adicciones) son en sí mismos un problema de salud
mental; un aumento en la prevalencia de consumo podría elevar la incidencia de adicciones
severas, para las cuales los sistemas de salud muchas veces no tienen suficientes recursos
especializados. Si bien reconocen que el modelo actual tampoco ha logrado frenar dichas
enfermedades, consideran que expandir la disponibilidad de sustancias difícilmente las reducirá.

Desde la salud pública, se teme también que la legalización erosione las normas sociales que
disuaden el consumo. Actualmente, aunque imperfecta, existe cierta barrera cultural: las drogas
ilícitas están mal vistas en muchos entornos, lo cual inhibe a algunas personas de probarlas.
Con la legalización, ese freno cultural podría ceder, volviendo más común y aceptado el uso. De
hecho, la ONU ha expresado preocupación por datos que sugieren que en áreas donde se
legalizó el cannabis, aumentó el consumo diario y sus consecuencias para la salud. Dicho
informe subraya que la normalización puede llevar a más usuarios frecuentes y con ello más
casos de dependencia y problemas asociados. Los expertos contrarios temen que este efecto
de “balón de nieve” sería aún mayor con drogas como cocaína o metanfetaminas si se
legalizaran, dada su alta capacidad adictiva

❖​ Experiencias internacionales negativas.


Los opositores respaldan sus preocupaciones citando también evidencias internacionales que
consideran desfavorables. Por ejemplo, señalan que en algunos lugares donde se ha
liberalizado el cannabis, ha habido un aumento en el consumo intensivo y en los problemas
asociados. El Informe Mundial sobre las Drogas 2022 de la ONU observó que la legalización del
cannabis en ciertas regiones “parecía haber acelerado el consumo diario” y aumentó las
consecuencias negativas en la salud. Otro dato proviene de Uruguay, primer país en legalizar la
marihuana en 2013, donde estudios indicaron que una porción significativa de usuarios continuó
recurriendo al mercado negro debido a precios o concentraciones de THC mayores, lo que
muestra las dificultades para eliminar totalmente el tráfico ilegal. En cuanto a drogas duras, se
menciona que ningún país que haya relajado medidas (p. ej. Portugal, que despenalizó) ha
logrado erradicar el consumo ni la presencia de traficantes; simplemente enfocaron más en
salud, sí, pero el fenómeno de la droga persiste. Incluso en Portugal, tras años de éxitos
iniciales, recientemente se reportó un repunte en el uso de ciertas sustancias y en las
sobredosis, atribuido en parte a recortes en programas de rehabilitación, lo que indica que sin
un apoyo sostenido, la situación puede revertirse. Los escépticos usan esto como argumento de
que la legalización/despenalización no es una solución mágica a largo plazo, y requiere un
compromiso enorme en recursos de salud que muchos países en desarrollo quizá no puedan
garantizar continuamente.

Asimismo, citan el caso de Oregón ([Link].): tras despenalizar la posesión de todas las drogas
en 2021, esperaban aumentar el acceso a tratamiento y reducir muertes, pero hacia 2023 los
resultados fueron cuestionables, con críticas de que el consumo callejero y la crisis de
adicciones (particularmente metanfetamina y opioides) seguían fuera de control. Esto llevó a
que en 2024 se diera marcha atrás parcial, volviendo a penalizar ciertas drogas. Este giro es
usado por opositores para subrayar que incluso en entornos desarrollados, la legalización
amplia puede fallar en lograr sus objetivos y generar rechazo social. Por otro lado, países
asiáticos como Singapur o Japón, conocidos por sus posturas de tolerancia cero, presentan
tasas de consumo y criminalidad por drogas muy bajas, argumentando ellos que la firme
prohibición combinada con educación y valores comunitarios sí puede disuadir efectivamente el
uso de drogas. Aunque estos ejemplos son culturalmente distintos, los detractores mencionan
que la legalización no es la única vía y que reforzar la prevención dentro de un esquema
prohibitivo aún podría dar frutos sin los riesgos de liberalizar.

Por lo tanto concluimos que la legalización total de todas las drogas plantea un cambio de
paradigma con argumentos sólidos a favor: autonomía, reducción de violencia, enfoque de
salud pública y recaudación fiscal; y contra: riesgos de salud, choque legal internacional,
normalización social y costos sanitarios. Dada su complejidad, podría ser más viable explorar
vías intermedias: regulación de sustancias menos nocivas, despenalización de consumo sin
venta, fortalecimiento de prevención y tratamiento, y reforma gradual de acuerdos
internacionales. Sólo un diálogo informado y plural permitirá avanzar hacia políticas de drogas
que equilibren libertades individuales y protección de la salud colectiva.

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