Era una tarde nublada cuando Sofía decidió que, como cada verano, necesitaba
pasar un tiempo en el bosque que limitaba con su casa. Había escuchado historias
sobre sus profundidades; susurros que se deslizaban entre los árboles, leyendas de
un tesoro escondido. Esta vez, Sofía estaba decidida a descubrirlo.
“¿No crees que deberíamos llevar a Clara?” le preguntó Luis al encontrarse con
Sofía en la entrada del bosque. “Tal vez esta vez no la asustes con fantasías de
tesoros perdidos”, agregó con una sonrisa. Sofía, aunque sabía que su hermana iba
a ser un desafío, decidió que ella también formaría parte de esta aventura.
Los tres se internaron en el bosque, los rayos de sol se filtraban entre las ramas,
creando un juego de luces y sombras que electrizaba el ambiente. Clara iba
corriendo de un lado a otro, como si cada hoja que crujía formara parte de una danza
mágica. “¡Mira, Sofía! ¡Un búho!” gritó, emocionada.
Mientras las risas resonaban, una sensación de inquietud se apoderó de Sofía.
Había algo en el aire, un eco que parecía repetirse en cada paso que daban. “¿Oyes
eso?”, preguntó. Luis se detuvo y prestó atención. “Es solo el viento”, respondió,
pero la expresión en su rostro decía que no estaba del todo convencido.
Sofía continuó sintiendo que había algo más. “Sigamos”, instó, guiando a los demás
hacia un sendero menos transitado. Al avanzar, las risas se convirtieron en susurros
en sus oídos, como si el bosque intentara hablarles.
“¿Vamos a encontrar el tesoro?”, preguntó Clara, sus ojos brillando de expectativa.
Sofía, decidida, le prometió que pronto verían algo increíble. Pero Luis se detuvo de
repente. En el suelo había un objeto brillante, parcialmente cubierto por hojas secas.
Lo recogió y lo examinó al sol. “Parece un medallón antiguo”, dijo, mostrando un
símbolo desconocido grabado en la superficie.
Al instante, el viento arremetió alrededor de ellos y los susurros se hicieron más
intensos, resonando entre los árboles. Sofía sintió un escalofrío recorrerla.
“Deberíamos volver”, sugirió Luis, pero antes de que pudieran hacer un movimiento,
el medallón comenzó a brillar, iluminando el bosque con un resplandor fascinante.
“¿Qué demonios…?” murmuró Luis, mientras el eco de voces se tornaba más claro.
Las figuras de antiguos guardianes del bosque empezaron a materializarse entre
los árboles, seres etéreos que parecían proceder de un cuento olvidado.
“¿Quiénes son?”, preguntó Clara, su voz un susurro también. Sofía, aunque
asustada, sintió una combinación de temor y fascinación. “Eran los protectores de
este bosque”, explicó un guardian que apareció ante ellos. Su voz resonaba con
poder: “Han despertado nuestra historia, y deben demostrar su valor para seguir en
esta senda”.
“¿Qué debemos hacer?” preguntó Sofía, su corazón latiendo con fuerza.
“Resuelvan el acertijo del eco, y les daremos lo que buscan”, dijeron, antes de
perderse de nuevo en el laberinto de árboles.
Luis cerró los ojos para concentrarse. “Todo se reduce a escuchar, a descifrar el
eco”, dijo de repente. La respuesta era clara, aunque complicada. Juntos, Sofía,
Luis y Clara se sentaron en el suelo, dejando que el bosque hablara a través de
ellos. Escucharon la creatividad de los susurros, transformando cada eco en
palabras. Al armonizar el eco, el medallón se iluminó aún más, y los guardianes
aparecieron de nuevo, sonriendo.
“Han pasado la prueba”, dijeron, y el bosque pareció temblar con alegría. En un
instante, los guardianes ofrecieron a los chicos un mapa antiguo en el que se
señalaban lugares mágicos del bosque, llenos de secretos y leyendas olvidadas.
De regreso a casa, Sofía no solo había encontrado una nueva aventura, sino
también un tesoro inesperado: un vínculo más fuerte con Luis y Clara, un eco de
valentía que resonará en sus corazones y que nunca olvidarían.