o sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no hay mejor
letrado en el mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otros papeles, que
verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros muchos; porque
cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y
siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y
rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos
quita mil canas; a lo menos, de mí sé decir que cuando oyo decir aquellos
furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer
otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días.
Pensativo además iba don Quijote por su camino adelante, considerando la mala burla
que le habían hecho los encantadores volviendo a su señora Dulcinea en la mala
figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría para volverla a su ser
primero; y estos pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que sin sentirlo soltó
las riendas a Rocinante, el cual, sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso
se detenía a pacer la verde yerbaI de que aquellos campos abundaban. De su
embelesamiento le volvió Sancho Panza, diciéndole:
—Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero
si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias: vuestra merced se
reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avive y despierte, y
muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes. ¿Qué
diablos es esto
-Y yo ni más ni menos -dijo la ventera-; porque nunca tengo buen rato en mi casa
sino aquel que vos estáis e
II, 11 —que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no había pasado de
hidalgo sosegado a caballero andante—, ¿quién ha puesto a vuestra merced desta
suerte?
caballero pobre no le queda otro camino sino el de la virtud, siendo afable, bien
criado, cortés y comedido, y oficioso, no soberbio, no arrogante, no murmurador, y,
sobre
Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre,
lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida,
pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco
trabajo le subió sobre su jumento, por parecerleIII caballería más sosegada.
Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al
cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien
pensativo de oír los disparates que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote,
que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico y de cuando
en cuando daba unos suspiros, que los ponía en el cielo12, de modo que de nuevo
obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía13; y no parece sino
que el diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque en
aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez14, cuando el
alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivoIV a su
alcaidía15. De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba
y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y razones que el cautivo Abencerraje
respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él había leído la historia en La
Diana de Jorge de Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a
propósitoV, que el labrador se iba dando al diablo16 de oír tanta máquina de
necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábaleVI priesa a llegar
al pueblo por escusar el enfado17 que don Quijote le causaba con su larga arenga18.
Al cabo de lo cualVII dijo:
Dichosa edad y siglos dichosos23 aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de
dorados24, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se
estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces
los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío25. Eran en
aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar
su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las
robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado
fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos26, en magnífica abundancia, sabrosas y
transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los
árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas27, ofreciendo a
cualquiera mano, sin interés alguno28, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo.
Los valientes alcornoques29 despedían de sí, sin otro artificio que el de su
cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas,
sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del
cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había
atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de
nuestra primera madre30; que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de
su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos
que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas31
de valle en valle y de otero en otero32, en trenza y en cabello33, sin más vestidos
de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere
y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan,
a quien la púrpura de Tiro34 y la por tantos modos martirizada seda encarecen35,
sino de algunas hojas verdes de lampazosIV, 36 y yedra entretejidas, con lo que
quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las
raras y peregrinas invenciones que la curio
—No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra
cortesía me otorgue un don que pedirle quiero2, el cual redundará en alabanza
vuestra y en pro del género humano3.
que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año
—, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi
de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y
llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto17, que vendió muchas hanegas de
tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en queIV leer18, y, así,
llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y, de todos, ningunos le parecían
tan bienV como los que compuso el famoso Feliciano de Silva19, porque la claridad
de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando
llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos20, donde en muchas partes
hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi
razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura»21. Y también
cuando leía: «Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las
estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la
vuestra desvelábase por entenderlas y que no se lo sacara ni las entendiera el
mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello. No estaba muy bien con las heridas
que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que
le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de
cicatrices y señales23. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro
con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de
tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete24; y sin duda
alguna lo hiciera, y aun saliera con ello25, si otros mayores y continuos
pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su
lugar —que era hombre docto, graduado en Cigüenza—26 sobre cuál había sido mejor
caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula27; mas maese Nicolás, barbero
del mesmo pueblo28, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si
alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque
tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero melindroso, ni tan
llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga29.
as que me sean de más cómodo y provecho12; que estas, aunque las doy por bien
recebidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo13.
—Con todo eso, te has de sentar, porque a quien se humilla, Dios le ensalza14.y fue
que, por cima de la peña donde se cavaba la sepultura pareció la pastora Marcela,
tan hermosa, que pasaba a su fama su hermosura. Los que hasta entonces no la habían
visto la miraban con admiración y silencio …
… Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los
árboles destas montañas son mi compañía; las claras aguas destos arroyos mis
espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura.
Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he
desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no
habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno, en fin, de ninguno dellos,
bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace
cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a
corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su
sepultura me descubrió
Y asiéndole por el brazo, le forzó a que junto délIII se sentase.
No entendían los cabreros aquella jerigonzatimo, se había venido a recoger a aquel
su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos
los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, solo por la
mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes13, en pago de
su buen deseo.
Díjole también que en aquel su castil, con toda puntualidad; y, así, se dio luego
orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la venta estaba, y
recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo
estaba22 y, embrazando su adarga23, asió de su lanza y con gentil continente24, se
comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar
la noche.
Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su huésped, la
vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba25. Admiráronse de tan
estraño género de locura y fuéronseloX a mirar desde lejos, y vieron que con
sosegado ademán unas veces se paseaba; otras, arrimado a su lanza, ponía los ojos
en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas. Acabó de cerrar la noche,
pero conXI tanta claridad de la luna, que podía competir con el que se la
prestaba26, de manera que cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos.
Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su
recua27, y fue menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila;
el cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
—¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero