La casa del tercer espejo
En un pueblo olvidado entre montañas, existía una casa antigua que
todos evitaban. Se decía que dentro de ella habitaba un espejo
maldito, el “tercer espejo”, que mostraba cosas que no deberían
existir.
La historia comenzó cuando Sofía, una joven fotógrafa, decidió
investigar la casa para un proyecto artístico. Nadie quiso
acompañarla. La tarde que llegó, el sol apenas rozaba las colinas y la
niebla comenzaba a cubrir el camino.
Entró con su cámara, respirando polvo y silencio. Todo parecía
abandonado: muebles cubiertos con sábanas viejas, madera podrida,
y un extraño olor a humedad mezclado con ceniza. Tomó algunas
fotos, hasta que lo vio: un espejo alto, de marco negro, con grietas
como venas a los lados. No se reflejaba. No el cuarto. No ella.
Sofía parpadeó. Al mirar de nuevo, el espejo mostraba… otra
habitación, más oscura, con alguien parado al fondo. Una figura
negra, sin rostro, más alta que cualquier persona que hubiese visto.
La figura levantó la mano lentamente.
Ella retrocedió, pero el espejo ya no estaba. Solo pared.
Corrió escaleras arriba, escuchando pasos que no eran los suyos.
Puertas cerrándose. Voces. Voces que decían su nombre. Se encerró
en una habitación y encendió su linterna. Allí, en la esquina, había
otro espejo… más pequeño.
El mismo reflejo. La figura más cerca.
Se tapó los oídos. Cerró los ojos. Cuando los abrió, ella estaba dentro
del espejo. Y la figura… fuera.
Desde entonces, la casa está aún más abandonada. Pero los vecinos
dicen que, en ciertas noches, si te acercas demasiado, puedes ver a
una joven golpeando el otro lado del vidrio, pidiendo ayuda.
Y detrás de ti, una figura que se mueve sola.