HITLER: EL HOMBRE QUE QUISO REDIBUJAR EL MUNDO
Adolf Hitler nació el 20 de abril de 1889 en Braunau am Inn, a las 18:30 horas (6:30
pm), en una pequeña aldea de Alta Austria junto a la frontera alemana, con una familia
de clase media. Su padre, Alois Hitler (1837-1903), hijo natural de Maria Anna
Schickelgruber, era un rudo funcionario de aduana de nivel medio que había nacido
ilegítimo con el apellido Schicklgruber (cambió luego oficialmente su apellido a Hitler).
Su madre, Klara Pölzl (1860-1907), mucho más joven que Alois, era empleada
dómestica y fue contratada por su pariente Alois Hitler. Como Alois y Klara eran
primos segundos, necesitaron permiso papal para casarse. De los seis hijos que tuvieron,
solo Adolf y su hermana menor Paula (1896-1960) sobrevivieron hasta la adultez; el
resto murió en la infancia por enfermedad (diphtteria y otras). Alois era un hombre de
carácter violento y autoritario, bebedor empedernido, que solía golpear a la familia en
tabernas; Hitler más tarde recordaría que desde niño contó los golpes del látigo de su
padre sin llorar para no darle ese gusto. En contraste, Klara fue paciente y cariñosa con
Adolf, y la muerte de ella cuando él tenía apenas 18 años lo dejó profundamente
devastado. Adolf era un niño enfermizo y delgado, con tos crónica, que destacaba solo
en dibujo. Sus padres lo bautizaron católico, aunque la familia era más bien laica de
hecho.
La infancia de Hitler transcurrió mudándose de casa en casa por el trabajo de su padre.
Vivió primero en Braunau, luego en Lambach y Leonding, y finalmente en Linz, la
capital de la Alta Austria (donde actualmente se habla Alemán Austriaco). En la escuela
primaria (Escuela Real de Steyr) era estudiante aplicado, pero en el nivel secundario
(Escuela de Lambach Realschule de Linz) mostró poco interés. Reprobó el sexto
curso en Linz a los 14 años, lo que sus maestros atribuyeron a su rebeldía; una de sus
maestras dijo: “no tenia ganas de trabajar”, su padre quería que él siguiera el oficio de
funcionario como él, pero Adolf prefería las artes. Tras la muerte de Alois en enero de
1903, Hitler prometió a su madre que se convertiría en artista, pero su desempeño
académico siguió siendo mediocre. A los 16 años dejó definitivamente la escuela sin
diploma, convencido de que su futuro estaba en la pintura o la arquitectura.
En 1907, después de otro fracaso en el examen de ingreso a la Academia de Bellas
Artes de Viena, pues le dijeron que sus dibujos de personas (en especial rostros) “no
estaban a la altura”, y ese fue literalmente el único problema que encontraron, Hitler se
fijó en la gran capital del imperio. Se mudó a Viena poco después de la muerte de su
madre (diciembre de 1907), ya sin la protección de Klara. Allí vivió con gran penuria
durante varios años: trabajó como obrero ocasional (barrer nieve, cargar equipajes,
albañilería) y pintó postales y acuarelas de paisajes urbanos que vendía por muy poco
dinero y era casi un vagabundo, pasa de refugio en refugio, donde mostraba su
hipocresía. Durante ese tiempo Hitler frecuentaba pensiones baratas para obreros y
comedores sociales, casi sin un hogar estable, sobreviviendo con extrema austeridad.
Viena era entonces una ciudad multicultural con tensiones nacionalistas; en sus cafés
Adolf leyó y absorbió las ideas pangermanistas de pensadores como Georg von
Schönerer y la retórica antisemita del alcalde Karol Lueger. No obstante, en esos años
iniciales Hitler mantenía cierta cordialidad con judíos con los que trataba (tenía clientes
de origen judío para sus dibujos e incluso en los refugios en los que pasaba, mantenía
una relación cercana con judíos), aunque su resentimiento hacia ellos creció tras la
guerra. Su único amigo íntimo de la época fue August Kubizek, un músico de Linz con
quien compartía debates sobre arte y ambiciones 1 juveniles. Hitler recordaría esos años
de Viena como formativos: él mismo diría en su autobiografía que allí “se formó en mí
una imagen universal y una filosofía que se convirtió en la base de todos mis actos”. A
la vez que cultivaba sueños artísticos, en su diario de vida germinó ya la semilla de su
ideología nacionalista y racista.
En mayo de 1913, justo antes de cumplir 24 años, Hitler abandonó Viena con destino a
Múnich (Baviera). Oficialmente quería probar de nuevo con la Academia de Arte local,
pero la verdadera motivación fue evitar el servicio militar obligatorio austríaco: no
soportaba la idea de servir en un ejército multiétnico junto a eslavos y judíos. En
Alemania encontró un ambiente prusiano más acorde con sus ideales. En enero de 1914,
sin embargo, la policía austríaca lo localizó y le ordenó regresar. Hitler viajó entonces a
Salzburgo para el examen médico, pero fue declarado “no apto” para la tropa, quedando
eximido de la conscripción. Así se quedó en Munich cuando estalló la Primera Guerra
Mundial.
Cuando Alemania entró en guerra contra las potencias aliadas (1914-1918), Hitler se
alistó como voluntario en el ejército bávaro. Fue asignado como cabo artillero
mensajero en la 6ª División de Reserva bávara, luchando en el frente occidental (Francia
y Bélgica). Participó en la primera batalla de Ypres (1914), donde vio cómo su unidad
quedaba destrozada por la artillería: de unos 3.500 hombres solo 600 quedaron al
término del combate. Pese a este horror, Hitler sobrevivió, obteniendo en diciembre de
1914 la Cruz de Hierro de 2ª clase por su valor (premio poco común para un soldado
raso). Más tarde, en octubre de 1916 resultó herido de pierna, y tras recuperarse regresó
al frente; en 1918 obtuvo la Cruz de Hierro de 1ª clase (únicamente unos pocos cabos la
recibían). Al servicio demostró una obediencia extrema: muchos compañeros lo
recordaban como un hombre “reservado, sin maldecir la guerra” a diferencia del resto
de soldados. Durante la ofensiva final Hitler quedó expuesto a gas venenoso en octubre
de 1918 y fue temporalmente cegado, lo que lo llevó a un hospital militar en Pasewalk
(Pomerania). Allí recibió la noticia de la derrota de Alemania, y él describió lo que
sintió diciendo que “todo se oscureció de nuevo ante mis ojos”, al creer que el ejército
alemán había sido traicionado desde la retaguardia.
Tras el armisticio de noviembre de 1918, Hitler regresó a Munich. Se encontró en medio
de una crisis nacional: en Baviera se habían formado movimientos izquierdistas
(República de Baviera), mientras soldados de vuelta convivían con revoluciones. Hitler
consideraba que Alemania había sido “apuñalada por la espalda” (Dolchstoßlegende)
por socialistas, judíos y comunistas, que supuestamente conspiraron contra el país.
También sintió que el Tratado de Versalles de 1919, que imponía gravísimas
indemnizaciones y territorios a Alemania, era una humillación colectiva. Dejaría casi a
Dios fuera de aquella realidad política: su odio hacia los culpables lo marcó de por vida.
Para él la culpa era de los políticos liberales y socialistas –los “criminales de
noviembre”– más que de los soldados.
Sin medios ni estudios universitarios, Hitler decidió permanecer en el ejército tras la
guerra. Hasta 1920 sirvió en funciones del Estado Mayor bávaro, donde entró en
contacto con oficiales nacionalistas. Fue entonces cuando el Ejército, en plena
desmovilización, encargó a algunos soldos radicales que observaran los nuevos grupos
políticos extremistas. En septiembre de 1919 Hitler asistió como informante a una
reunión del diminuto Partido Obrero Alemán (DAP) en Munich, organización precursor
del nazismo. Impresionado al principio, Hitler finalmente habló ante los presentes para
no perder la oportunidad; su elocuencia vehemente cautivó a los miembros del partido,
que lo invitaron a unirse. Hitler aceptó y de 2inmediato sus discursos anticomunistas y
antisemitas empezaron a agitar a los asistentes. En pocos meses ganó fama interna y en
1920 el DAP cambió su nombre a Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP o
nazi) con Hitler como su agitador principal. Creó sus secciones de choque paramilitares
(las SA o “camisas pardas”) para intimidar a la oposición. Para 1921, mediante
maniobras internas, Hitler logró que el fundador del partido abandonara el liderazgo,
asumiendo él el mando total. Desde entonces Hitler personificó al partido: cada mitin
promovía ya la idea de un “Führer” fuerte que rescataría a Alemania de la crisis.
En noviembre de 1923 Hitler intentó tomar el poder por la fuerza en Baviera. En el
famoso Putsch de la Cervecería (Bürgerbräukeller de Munich), dirigió un comando que
irrumpió en un banquete político local. Pensaron que la policía los respaldaría y
marcharían hacia Berlín, pero el golpe fracasó. En el enfrentamiento murieron decenas
de seguidores nazis, Hitler resultó herido de bala y fue detenido. Al año siguiente fue
juzgado por alta traición. Durante el juicio mantuvo aún su postura de orador: sus
discursos en la corte fueron difundidos en la prensa nacional y muchos simpatizantes
llegaron a verlo como un mártir patriota. Condenado a cinco años de cárcel, Hitler
quedó encarcelado en Landsberg bei München; sin embargo, salió en diciembre de 1924
tras cumplir solo nueve meses. Durante su estadía en la prisión escribió (con la ayuda de
Rudolf Hess) la primera parte de “Mein Kampf” (Mi lucha), donde plasmó su
autobiografía mezclada con sus teorías racistas y expansionistas.
Ya libre, Hitler dedicó sus esfuerzos a reconstruir el partido nazi. Publicó el segundo
tomo de Mein Kampf en 1926 y modernizó la propaganda del NSDAP. Viajó por
Baviera y Alemania central pronunciando discursos, en los que prometía empleo y
“resurgir nacional” a los obreros y campesinos golpeados por la pobreza. Convirtió el
antiguo periódico del partido en Völkischer Beobachter (“Observador del Pueblo”) y
organizó marchas de las SA al estilo uniformado. En la segunda mitad de los años
veinte los nazis seguían siendo un movimiento minoritario, pero su base creció
aprovechando el descontento por los altísimos índices de desempleo. A partir de 1929,
con la crisis económica global, la popularidad de Hitler aumentó enormemente: el
partido nazi apeló al resentimiento social, polarizando contra el comunismo y culpando
a la crisis al Tratado de Versalles. En las elecciones de 1930 el voto nazi creció de
forma inesperada, y en 1932 obtuvo casi un tercio de los escaños del Reichstag
(parlamento). Para entonces Hitler ya era considerado el principal líder de la oposición
alemana.
En enero de 1933, presionado por sus aliados conservadores que temían al comunismo,
el presidente Paul von Hindenburg nombró a Hitler canciller del Reich. Desde ese
puesto legal, Hitler aceleró su asalto al poder. Meses después provocó el incendio del
Reichstag (27 de febrero de 1933) para culpar de él a los comunistas, consiguiendo que
Hindenburg declarara un estado de emergencia. Con ese pretexto, Hitler suspendió las
libertades civiles fundamentales. En marzo obtuvo del Parlamento la Ley Habilitante,
que le otorgó plenos poderes para legislar sin límite de tiempo. Este fue el fin de la
democracia: en poco tiempo abolió todos los partidos (solo el NSDAP quedó legal),
disolvió sindicatos y eliminó la prensa libre. Cuando murió Hindenburg en agosto de
1934, Hitler combinó los cargos de canciller y presidente, proclamándose “Führer”
(líder supremo) de Alemania. Ese mismo verano purgó a sus antiguos aliados al ordenar
la ejecución de decenas de miembros de las SA (entre ellos Ernst Röhm) en la brutal
Noche de los Cuchillos Largos. Tras estos pasos, no quedó duda: Hitler era dictador
absoluto.
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Bajo el mandato de Hitler, Alemania se transformó en un régimen totalitario. Se lanzó
un programa de obras públicas (las famosas autopistas Autobahn) para reactivar la
economía, se incrementó el rearme militar y se eliminó cualquier democracia
remanente. Al mismo tiempo, implantó un discurso de odio racial avalado por el Estado:
en 1935 promulgó las Leyes de Núremberg, que retiraron la ciudadanía alemana a los
judíos y prohibieron los matrimonios mixtos con “arios”. Otros grupos minoritarios
fueron perseguidos sistemáticamente: gitanos, comunistas, sindicalistas, homosexuales,
testigos de Jehová y personas con discapacidades quedaron fuera de la sociedad o
fueron encarcelados. El programa de eutanasia “T4” ordenó el asesinato de decenas de
miles de enfermos y discapacitados físicos o mentales en hospitales. En las escuelas se
introdujo la propaganda nazi y la fraseología militar; la Juventud Hitleriana adoctrinaba
a niños y adolescentes con ejercicios de obediencia. La policía secreta (Gestapo) y las
temibles SS de Heinrich Himmler operaban con impunidad, aplicando el terror a
cualquiera que alzara la voz contra el régimen. Paralelamente, Hitler utilizó la radio, el
cine y los mítines de masas (como los enormes desfiles en Nuremberg) para reforzar su
imagen de líder carismático. Se presentaba a sí mismo casi como un “mesías político”:
hablaba siempre en tercera persona de su misión histórica. Exaltaba el orgullo nacional
y responsabilizaba a “los judíos” de todos los males de Alemania, envenenando la
opinión pública con teorías racistas. En este ambiente, el poder de Hitler quedó
cimentado en la obediencia ciega, el culto al líder y la aniquilación de la oposición.
A pesar de la crueldad de su política, la vida cotidiana privada de Hitler tenía rasgos
curiosos. Era un vegetariano declarado por convicción de salud y éticos; gustaba de
incomodar a quienes comían carne llamándolos “comedores de cadáveres”. Él mismo se
alimentaba con platos sencillos: guisos de verduras, puré de patata, verduras glaseadas y
postres suaves como el arroz con leche con canela. Nunca bebió alcohol ni fumó; solía
tomar té con miel, leche o jugos vegetales. Su icónica barba corta nació por capricho de
la guerra: originalmente llevaba un bigote más ancho, pero en el Frente Occidental los
oficiales le ordenaron recortarlo para que le ajustara la máscara antigás. El resultado, un
pequeño bigote de cepillo, se volvió inseparable de su rostro. Hitler era también muy
supersticioso: creía en la providencia y tenía “números de la suerte” (por ejemplo el 18,
por sus iniciales) y consultaba horóscopos. Se consideraba destinado a dirigir a
Alemania, repitiendo a menudo frases como que no moriría si no era su hora
predestinada. Estas manías interiores se reflejaban en su rutina: le fascinaba el orden y
evitaba el calor excesivo. Exigía que los salones estuvieran muy frescos (cerca de
10 °C) pues decía que no podía soportar el calor; dormía muy pocas horas, acostándose
pasadas las 2 o 3 de la madrugada y levantándose después de las 10 de la mañana.
Trabajaba obsesivamente hasta altas horas, a veces en bata o sin camisa sobrecalentada
por largas reuniones. En privado le gustaba escuchar canciones populares alemanas o
piezas de Wagner, y paseaba solo por los bosques de Baviera para meditar. Según su
secretaria Traudl Junge, disfrutaba también con los chismes banales de su entorno para
distraerse. Sus hábitos rigurosos (limpio, ascético y puntual) sumaban a la imagen de
disciplina extrema que buscaba cultivar.
Hitler tampoco tuvo una vida familiar convencional. Nunca se casó ni tuvo hijos
biológicos. En los años 20 mantuvo una relación estrecha con su joven sobrina Gertrud
“Geli” Raubal (hija de su media hermana Angela). Geli vivió varios años junto a él en
Múnich y los testimonios dicen que Hitler la quería mucho. Sin embargo, su historia
amorosa terminó bruscamente en 1931: el 18 de septiembre Gertrud fue hallada muerta
de un disparo en el apartamento de Hitler. Se oficializó como un suicidio por razones
sentimentales, aunque las circunstancias siempre fueron oscuras. Esta tragedia lo marcó
profundamente; muchos biógrafos creen que4 fue la única persona a quien Hitler amó
con sinceridad. Posteriormente Hitler mantuvo en secreto una larga relación con Eva
Braun (conocida en 1929 como empleada de su fotógrafo personal). Vivió con Eva
principalmente en el refugio alpino del Berghof, lejos de la mirada pública; hasta el
último día los nazis ignoraron su relación. Solo el 29 de abril de 1945, cuando Berlín ya
estaba cercado por el Ejército Rojo, Hitler se casó por fin con Eva en una rápida
ceremonia en el búnker. Al día siguiente, 30 de abril de 1945, ambos se quitaron la vida
juntos (Hitler de un disparo y Eva con cianuro). En su testamento final Hitler nombró
como sucesor al almirante Karl Dönitz (quien sería presidente breve del fracasado
Reich) y como canciller interino a Joseph Goebbels, pero este último también se suicidó
al día siguiente. Así concluyó su breve pero devastadora dinastía: Alemania capituló el
8 de mayo de 1945.
A nivel geopolítico, Hitler buscó imponer el nazismo en toda Europa. En su libro Mein
Kampf ya había expuesto las bases de su ideología: un nacionalismo alemán extremo, el
antisemitismo radical y la creencia en la “superioridad aria”. Promovió el concepto de
Lebensraum (“espacio vital”): argumentaba que el pueblo alemán necesitaba territorios
por conquistar (especialmente en el Este, a expensas de la URSS y Polonia) para
prosperar. Esta doctrina justificaba la agresión militar. Cuando estalló la guerra,
Alemania ocupó rápidamente casi toda Europa Occidental (Dinamarca, Noruega,
Holanda, Bélgica, Francia, etc.) con su estrategia de “guerra relámpago”. Hitler había
violado de facto el Tratado de Versalles al reconstruir el ejército, remilitarizar el Rin
(1936) y anexar Austria (1938) pacíficamente. En sus discursos posteriores al estallido
de la guerra, Hitler enfatizó la idea de un Reich germano hegemónico, la lucha contra el
“bolchevismo” y la eliminación de “las razas indeseables”. Su propaganda presentaba la
conquista como una misión histórica de purificación nacional.
Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los éxitos iniciales de Hitler fueron
seguidos de la debacle. Después de invadir Polonia (1939), los ejércitos alemanes
ocuparon casi toda Europa hasta 1941. Sin embargo, la invasión de la Unión Soviética
(Operación Barbarroja, junio de 1941) detuvo este avance: tras la derrota de Stalingrado
en 1943 los alemanes empezaron a retroceder. Hitler insistió en combatir hasta la última
gota de sangre: prohibió las retiradas estratégicas que proponían sus generales y castigó
con muerte a algunos que desobedecieron. Al mismo tiempo, su régimen perpetró el
Holocausto: de 1941 en adelante se organizaron campos de exterminio donde unos seis
millones de judíos fueron asesinados sistemáticamente, junto con otros millones de
víctimas consideradas “inferiores” (gitanos, prisioneros de guerra soviéticos, disidentes,
discapacitados, etc.). A mediados de 1944 la situación era desesperada: los aliados
desembarcaron en Normandía y los soviéticos empujaban por el Este. Hitler sobrevivió
a varios atentados –el más célebre fue el del 20 de julio de 1944, cuando estalló una
bomba en su cuartel, que fracasó– pero quedó aún más paranoico. Finalmente en abril
de 1945 el Ejército Rojo entró en Berlín.
En el búnker de la Cancillería, Hitler dictó sus últimas órdenes. El 29 de abril de 1945
se casó con Eva Braun en una breve ceremonia. Al día siguiente, el 30 de abril, Adolf
Hitler se suicidó dando un disparo en la cabeza y Eva tomó cianuro. Los ayudantes
nazis incineraron sus cuerpos en el jardín de la Cancillería según sus deseos. Con su
muerte terminó el régimen nazi. Años después se comprobó que Hitler había dispuesto
en sus testamentos favor al sucesor Dönitz, pero para entonces la guerra ya había
concluido: Alemania se rindió incondicionalmente el 8 de mayo de 1945.
El balance histórico de Hitler es absolutamente negativo. Fue el instigador de la
Segunda Guerra Mundial y el responsable máximo
5 del Holocausto. Se estima que sus
políticas llevaron a la muerte de decenas de millones de personas (entre ellas alrededor
de seis millones de judíos). Por esto, Hitler es prácticamente sinónimo de maldad. En
los juicios de posguerra de Núremberg, los principios de su régimen fueron condenados
como crímenes contra la humanidad. No obstante, en las décadas siguientes la figura de
Hitler no ha dejado de generar polémica académica. Por ejemplo, en 1983 se desató un
escándalo mundial cuando una revista alemana publicó unos diarios atribuidos
falsamente a Hitler, lo que ilustró hasta qué punto su figura sigue fascinando. Algunos
historiadores debaten aspectos como la psicología de Hitler, su posible adicción a
fármacos (se ha descubierto que su médico personal, el Dr. Morell, le administró
vitaminas, anfetaminas y opiáceos en sus últimos años) o la enfermedad de Parkinson
que probablemente padecía. Incluso se estudian cómo sus discursos y propaganda
sirvieron como ejemplo de manipulación masiva. Pero todas las investigaciones y
reflexiones llegan a la misma conclusión: su ideología racista y genocida fue una
aberración total. En Alemania, Austria y buena parte de Europa está prohibido honrarle
o usar símbolos nazis, y es proverbial la advertencia de “nunca más” a los crímenes de
la guerra y el Holocausto. Hoy el dictador figura en innumerables análisis como caso de
estudio sobre el poder absoluto y sus abusos.
El legado final de Hitler dejó huellas indelebles. Europa quedó devastada: ciudades
destruidas, fronteras redibujadas y una guerra fría que seguiría para asegurar que nada
semejante ocurriera de nuevo. Organismos como las Naciones Unidas y la propia Unión
Europea se crearon en parte con el espíritu de evitar un nacionalismo así. Culturalmente,
Hitler sigue presente en libros, películas y debates como arquetipo del tirano. En
Alemania se estudian exhaustivamente los años del nazismo en la escuela para que las
nuevas generaciones conozcan ese capítulo. En la memoria colectiva mundial, Hitler
personifica el peligro del fanatismo: su nombre se pronuncia junto al concepto de
genocidio. Aunque hace décadas que pasó, su biografía se recuerda con todo detalle –
desde sus gustos personales (cocina vegetariana a base de zanahorias y arroz, disciplina
extrema) hasta sus rutinas diarias tardías– porque la gente intenta comprender cómo un
hombre así llevó a cabo la peor tragedia humana moderna. En el ánimo de muchos,
Hitler no solo transformó el pasado; transformó el futuro, porque la conciencia del
horror nazi modeló la política y la ética internacional del siglo XX. En definitiva, Adolf
Hitler es recordado como un líder brutal y criminal, cuyo legado más duradero es la
advertencia histórica sobre los peligros de la intolerancia y la dictadura.
Datos. Su comida favorita eran las albóndigas de hígado de ternera (Leberknodel), a
pesar de ser “vegetariano” en realidad podría decirse que no lo era, durante mucho
tiempo de su vida el comió diferentes alimentos de origen animal, como salchichas,
jamón y demás.
Su animal preferido eran los perros, mandó a matar a millones de personas pero amaba a
su perro Blondi.
Muchos no lo saben pero él era adicto a la cocaína y opiáceos, e incluso anfetaminas y
todo empezó por sus problemas estomacales, que el quiso solucionar con estas drogas.
Se podría decir que lo que más le gustaba era el arte, la arquitectura y la ópera
wagneriana. 6
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