Lectura 1 - Sociología y Antropología Política
Lectura 1 - Sociología y Antropología Política
© 1998
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Tel: 4383-8025 / Fax: 4383-2202
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ISBN 950-23-0815-8
Impreso en la Argentina.
Hecho el depósito que establece la ley 11.723
1. CARACTERIZACIÓN DE LA ANTROPOLOGÍA COMO CIENCIA
“Si la sociedad está en la .Antropología,
la Antropología está a su vez en la socie
dad...
Nos proponemos caracterizar a la Antropología como ciencia. No vamos a
restringirnos al campo de lo estrictam ente científico, porque consideramos que la
ciencia no es autónoma, sino que vamos a acompañarlo con el señalamiento de los
condicionantes sociohistóricos de producción de ese conocimiento científico.2
La explicación de estos condicionantes funciona como una vigilancia
epistemológica, como medio para precisar y enriquecer el conocimiento del error y
de las condiciones que lo hacen posible e inevitable. Y el error tiene una función
positiva en la génesis del saber.3
El comienzo, desarrollo y decadencia de todo sistema teórico ocurre en un
am biente que no es científicamente aséptico, sino que está perm anentem ente
permeado por la totalidad de la vida social.
La aparición del conocimiento está condicionada por factores extrateóricos.
Las actitudes teóricas no son de naturaleza individual; surgen más bien de
los propósitos colectivos de un grupo, que son los que están detrás del pensamiento
del individuo.
Así se llega a ver que una parte del conocimiento no puede ser comprendida
correctam ente m ientras que no se tengan en cuenta sus conexiones con la existen
cia o con las implicancias sociales de la vida humana.
La Antropología ilustra de manera paradigmática estas concepciones.
¿Qué estudia la Antropología?
Tomemos una definición ampliamente aceptada por los propios antropólo
gos:
“La Antropología apunta a un conocimiento global del hombre y abarca el
objeto en toda su extensión geográfica e histórica; aspira a un conocimiento aplicable
al conjunto de la evolución del hombre, desde los homínidos hasta las razas moder
nas y tiende a conclusiones, positivas o negativas, pero válidas para todas las socie
dades humanas, desde la gran ciudad moderna hasta la más pequeña tribu melanesia”
(Lévi-Strauss, C., Antropología estructural).
Es una ciencia con grandes aspiraciones, acusada, en el ámbito del trabajo
científico de imperialista, por sus pretensiones de abarcar las totalidades sincró
nicas y diacrónicas. Vamos a ver que esta aspiración de totalidad la fue configu
rando a lo largo de su historia y en relación con la unidad de análisis con la que
trabajó: la pequeña comunidad nativa.
11
A esta misma unidad de análisis atribuye Hobsbawn4 el hecho, en su opi
nión, de que la Antropología haya alcanzado, dentro de las ciencias sociales, el
mayor nivel científico después de la economía y la lingüística. Hobsbawn opina que
el trabajar en la pequeña tribu o localidad nativa ha obligado a los antropólogos
a considerar a las sociedades como un todo y a indagar sus leyes de funcionamiento
y de transformación.
Y si bien durante el período clásico del funcionalismo, la Antropología Social
tendía a desarrollar sus propias teorías como teorías de un complejo pero estático
equilibrio, hoy los antropólogos han redescubierto la historia.5
Desde la últim a guerra, la Antropología considera que los conflictos sociales
son inherentes a las sociedades, como hechos fundamentales.
“Pocas o ninguna de las sociedades que una investigación sobre el lugar nos
permite estudiar, muestran una marcada tendencia a la estabilidad. Si el ritual es
a veces un mecanismo de integración, se podría con la misma frecuencia sostener que
es un mecanismo de desintegración.6
Ésta es una clara alusión a los ritos, elementos que habían sido interpreta
dos como indicadores de la continuidad sin ruptura de las sociedades.7
Retomando la definición de Lévi-Strauss, podemos precisar que el campo de
intereses de la Antropología es vasto. Cubre todas las épocas —incluyendo el
recorte del campo arqueológico—, todos los espacios, incorporando en las últim as
décadas estudios en sociedades complejas, todos los problemas —Antropología
política, económica, estudios de parentesco etc.—. Cubre tanto la dimensión bioló
gica —estudio de hominización, clasificación de las variedades raciales— como la
dimensión cultural.
Pretende explicar tanto las diferencias como las semejanzas entre los distin
tos grupos humanos. Pretende dar, también, razón tanto de la continuidad como
del cambio de la sociedades.
É sta es una aproximación abstracta y descriptiva al objeto de la Antropolo-
gía.
Pero si nos atenemos a la producción antropológica anterior a los años ’60,
apreciamos que “la Antropología ha ido configurándose como especialidad a partir
de conceptos que focalizaron la diferenciación del ‘otro cultural’. La Antropología
aporta como producto básico de su praxis, para gran parte de los antropólogos
contemporáneos, el descubrimiento y la objetivación del ‘otro-cultural’.s
El punto de partida es una práctica científica que ha encontrado en las
“sociedades exteriores” a la sociedad occidental su terreno de aplicación, sociedades
sometidas a presiones externas y a las más activas fuerzas de cambio.
“Como ciencia específica, la Antropología Social, Cultural y Etnológica9 apa
rece recortando un sector particular, el de grupos étnicos y socioculturales no
europeos y ulteriorm ente no desarrollados. Es decir, el sector de la hum anidad que
a partir de la segunda guerra mundial se conoce con el nombre de países subde-
sarrollados o “Tercer Munido”.
La Sociología recortaba a su vez en esta división internacional del trabajo
intelectual, a los países desarrollados.
El proceso histórico social mundial, que conducirá a partir de 1945 al sur
gimiento de las nacionalidades y a la parcial ruptura de losjm perios coloniales, así
12
como al acceso de dichos países a un nuevo tipo de comunicación, si no de distri
bución internacional, los conformará como “nacionalidades complejas”.
Su relación, si bien en la mayoría de los casos sigue siendo de dependencia,
no se manifiesta a partir del mismo tipo de relaciones configuradas durante el
siglo XIX. Dichas nacionalidades reaparecen en el universo de la investigación
sociocultural bajo el apelativo etnocéntrico de “nuevas sociedades complejas” y
pasan a convertirse en objeto común del antropólogo y del sociólogo.
Es decir que, en la primitiva división del espacio de realidad sociocultural
la línea pasaba por la diferenciación entre lo superior y lo inferior, entre lo desa
rrollado y no desarrollado, entre lo occidental y lo no occidental, y en la actualidad
reaparece a partir de una línea que pasa por lo urbano (modelo de lo desarrollado)
y lo campesino (modelo de lo no desarrollado).”
Entonces, ese “otro cultural”, objeto de la antropología, habrían sido en el
transcurso del desarrollo histórico de la disciplina en primer término los pueblos
etnográficos o conjuntos sociales antropológicos, luego los campesinos y por último
y/o sim ultáneam ente, las clases subalternas.
En los años '60, además, la producción académica se ocupa de toda una serie
de “Otros” que cuestionan o por lo menos establecen una “diferencia” respecto a la
“norm alidad” generada por los sectores dominantes de las sociedades capitalistas
avanzadas. E ntre ellos se incluían los campesinos y las clases subalternas que ya
mencionamos, los adolescentes, los enfermos mentales, el lumpen proletariado, etc.
Todos estos “otros” aparecen como ejemplos de una “diferencia”. Pero la
razón que permite generalizaciones arbitrarias a partir de esas “otredades” es la
falta de un análisis teórico riguroso. Esas otredades poseen diferencias de signo
distinto; lo único que tienen en común es la afirmación de la diferencia. La dife
rencia en sí —el hecho de ser diferente—no puede ser establecida como un valor,
puesto que la diferencia, tanto como la no diferencia ha servido y puede servir
como mecanismo de dominación. En términos abstractos y no contextualizados
puede afirm arse el “derecho a la diferencia”, pero la diferencia ha servido en
sociedades históricam ente determinadas para acrecentar determ inadas expresio
nes de dominio colonial.
En la actualidad, el campo de estudio de la Antropología es la sociedad en
su conjunto, compartiendo como Antropología Social la especificidad con la Socio
logía, de la que no la separan diferencias epistemológicas. Con la que cada vez
comparte más técnicas y métodos. Y frente a la cual sólo cabrían esgrimir los
elementos que las diferenciaron en el momento en que se gestaban como ciencias.
Y que constituyeron a la Sociología como la ciencia de “nosotros” y a la Antropo
logía como la ciencia de los “otros”.
Si bien el “punto de vista” y el equipo conceptual específico de los antropó
logos han sido formados por las investigaciones consagradas a las “sociedades
tradicionales”, se han realizado numerosas tentativas por ensanchar el campo de
la investigación antropológica, así como para aplicar sus métodos y sus técnicas a
los diferentes tipos de sociedades. También gran número de antropólogos han
trabajado en terrenos muy opuestos (v. g. pequeñas ciudades de Francia o de los
[Link]. , el conurbano bonaerense, instituciones totales).
Al intervenir en nuevos campos, el antropólogo tiende, o bien a recoger los
datos que escapan a otros tipos de investigaciones o bien a aislar los significados
de conjunto que a veces olvidan las otras ciencias sociales.
Para R. Firth, el antropólogo “puede ser clasificado como un sociólogo que
13
se especializa en la observación directa sobre el terreno y a pequeña escala, y
conservando en cuanto a la sociedad y a la cultura, un cuadro conceptual que
acentúa la idea de totalidad... Ya sabemos mucho acerca de la m acroestructura de
nuestras instituciones... Lo que el antropólogo debe proporcionar es un conoci
miento más sistemático de su m icroestructura y de su organización”.111
Si bien todavía en la actualidad parece posible una elección entre Antropo
logía y Sociología, para el análisis de la realidad social, tal vez más adelante será
necesario que «e cree una “ciencia dei hombre social”, que se beneficie de aporta
ciones conceptuales y metodológicas de ambas disciplinas.
No obstante, aunque los objetos de la investigación de la Antropología sean,
en la actualidad, problemas de nuestra propia sociedad (la alcoholización en una
localidad mexicana: las estrategias fam iliares de vida de los sectores populares en
áreas del conurbano bonaerense) se la sigue considerando como estando alejada de
lo occidental.
Por otra parte, creemos que es posible reivindicar e! hecho de que nuestra
disciplina ha dado a la cultura occidental el acceso a otras fuentes que aquellas de
la antigüedad clásica con las que contaba, convirtiendo en posible un humanismo
de más am plias resonancias. ¡Los datos de la Antropología proporcionan el conoci
miento de toda la historia cultural del hombre, desplegada en la diversidad de la
experiencia hum ana.
En el transcurso de su desarrollo, nuestra ciencia no se conforma sólo con
la descripción de la diversidad humana, aspira también a proporcionar un conoci-J
miento científico de la sociedad. Lo ha hecho por ejemplo tratando de responder a
los interrogantes sobre los Universales o las Invarianzas hum anas.
Para caracterizar su situación en la actualidad, diríamos que el papel de la
Antropología sería el de cuestionadora de cada sociedad particular. Queriendo
significar por cuestionadora, el hecho de que cada sociedad particular se convierta
en problema para nuestra disciplina.
Lo que hemos dicho hasta ahora vale para el recorte de su campo de estudio,
la división de trabajo con la sociología, en los comienzos de ambas disciplinas, a
fines del siglo XIX y en la actualidad y una descripción mínima de sus logros
(relevamiento de sociedades no occidentales y preocupación teórica).
Nos restaría especificar el tipo de problemática que tradicionalmente haj
abo,dado y su metodología.
La disciplina en su conjunto nunca ha sido homogénea en lo que respecta a,
sus intereses y perspectivas.
Dentro de la problemática, el abanico es amplio y diverso. Desde la tecno
logía a los sistem as políticos, desde las representaciones mágico-religiosas hasta el
relevamiento de las lenguas nativas.
El totemismo en la actualidad; sistemas políticos africanos; parentesco y
organización social; magia, ciencia y religión; la familia entre los aborígenes aus
tralianos; organización social y económica de los kurdos; las religiones africanas en
Brasil: éstos son algunos títulos de investigaciones antropológicas del período clá
sico. Y en la actualidad: poder, estratificación y salud; relocalización de poblacio
nes; las culturas populares en el capitalismo; estrategias fam iliares y escuelas;
desarrollo regional y grandes aprovechamientos hidráulicos; la construcción social
de la enfermedad en trabajadores de la industria gráfica; etnia, antropología y
estado; la identidad en la investigación antropológica a través del caso de los
japoneses y sus descendientes en la Argentina. Problemática, vasta y diversa, pero
14
reiteramos, con una impronta identificatoria, el análisis de microsituaciones a
partir de fuentes de prim era mano.
Su metodología ha sido tradicionalmente inductivista y empirista.
La tesis fundam ental del empirismo es que los universales o leyes que los
antropólogos debieron tratar de descubrir se hallan a nivel empírico, en el nivel del
comportamiento.
Esta metodología ha sido un obstáculo en el avance científico de nuestra
disciplina, ya que las leyes sociales no pueden hallarse en el nivel del comporta
miento porque éste es una síntesis de múltiples determinaciones, y en todo caso,
sólo puede expresar dichas leyes de una forma parcial y distorsionada.
En palabras de Popper: “El conocimiento no comienza con percepciones u
observaciones o con la recopilación de datos o de hechos, sino con problemas.”11
Esta particularidad epistemológica de nuestra disciplina se explica por ha
berse desarrollado en sus comienzos como una ciencia natural de las sociedades
hum anas (ver este desarrollo en El Modelo Antropológico clásico, en esta misma
unidad). Así, el antropólogo, ante la comunidad nativa se planteaba la descripción
y clasificación de los objetos extraños que se presentaban ante su observación.
Después del período clásico no encontramos unicidad en la metodología.'
Esta debe ser referida a los paradigmas o estrategias de cada investigación, que
dependen de las ideas básicas en torno a la pertinencia de la ciencia para la
experiencia hum ana y en torno a la presencia o ausencia de diferentes clases de
procesos causales.
La am plitud y complejidad de nuestra disciplina expresada en la definición
de Lévi-Strauss da lugar a que se configuren diferentes ram as de la Antropología
general, centradas en distintos aspectos o dimensiones de la experiencia hum ana.
La A n tr opo log ía B io lóg ica o F ísica fundam enta los demás campos de la
Antropología en nuestro origen animal. Los antropólogos físicos tratan de recons
truir el curso de la evolución hum ana mediante el estudio de los restos fósiles de
especies antiguas. También describen la distribución de las variaciones heredita
rias entre las poblaciones contemporáneas para deslindar y medir las aportaciones
relativas de la herencia, la cultura y el medio ambiente a la vida hum ana.
La A r qu e o log ía desentierra los vestigios de culturas de épocas pasadas. Los
arqueólogos estudian secuencias de la evolución social y cultural bajo diversas
condiciones naturales y culturales.
La L i ngü ís tic a A n tr opo lóg ic a aporta el estudio de la gran diversidad de
lenguas habladas por los seres humanos. Se interesa por la forma en que el len
guaje influye y es influido por otros aspectos de la vida hum ana. Se interesa
también por la velación entre la evolución del lenguaje y la evolución del Homo
oapiens.
Por último, la A n tr opo log ía C u lt u r a l , la A n tr opo log ía S o c ia l, y la E tno log ía
se ocupan de la descripción y análisis de las culturas del pasado y del presente.
E stas denominaciones no pueden ser utilizadas como equivalentes que no
susciten ningún problema, ya que revelan orientaciones teóricas diferentes. Las
i ciencias se atribuyen a las tradiciones de los distintos países, la Antropología
pU tu i&l en [Link]., la Antropología Social en Gran Bretaña y la Etnología en
tancia, y tienen que ver con el abordaje diferencial de los problemas, lo que
!e iei e a marcos conceptuales diferentes. En el caso de la Antropología Cultural se
pnvi egia el concepto de cultura, en el de la Antropología Social y en el de la
tnología, los de estructura y de función.
15
O tra distinción en las denominaciones es la que existe entre Etnografía y
Etnología. Se denomina Etnografía al “trabajo sobre el terreno”. Toma general
mente la forma de un trabajo monográfico, que contiene la descripción de un grupo
limitado.
Pero, por otra parte, se constata que la descripción pura no existe, que las
observaciones que realizamos, siempre están sesgadas. Que la distinción entre
hecho y teoría ha sido conservada como una reliquia en la Antropología en la
distinción entre la Etnografía (descripción de las culturas) y la Etnología (teoriza
ción acerca de estas descripciones) como una dicotomía que puede ser engañosa*
Observamos los hechos y los filtramos a través de una pantalla de interés,
de predisposición y de experiencias previas, y todas nuestras descripciones están
inevitablem ente influidas por consideraciones teóricas. Lo que equivale a decir que
las descripciones varían de acuerdo con los marcos conceptuales o teóricos de los
investigadores. Lo que además cuestiona la distinción entre Etnografía y Etnología
como dos momentos separados en el quehacer científico. O entre Etnografía y
Antropología Social o Cultural, otras denominaciones que habitualm ente se utili
zan para señalar los momentos de síntesis teóricas.
El siguiente ejemplo confirmaría nuestro señalamiento, a la vez que serviría
para m ostrar la constante reformulación de la explicación científica frente a un
fenómeno; en este caso la explicación antropológica ante una institución (el potlach)
de los nativos de la costa noroeste de América del Norte, el grupo kwakiutl.
F. Boas, antropólogo norteamericano, produce en 1886 la prim era explica
ción del potlach: Fiesta en la que se destruyen y regalan toda clase de riquezas.
Según su juicio, esta institución escapa a toda causalidad económica.
“... si alguien se propusiera demostrar que la cultura no se sujeta a leyes, la
costa del noroeste sería uno de los mejores sitios que podría escoger. En el tiempo
de la primera visita de Boas, y probablemente desde bastantes décadas antes de esa
fecha, los kwakiutl acostumbraban a celebrar una forma de fiesta que parece desa
fiar a cualquier forma de explicación tecnoecológica o tecnoeconómica. Allí estaba
todo un pueblo preso en un sistema de cambio que confería el mayor prestigio al
individuo que se desprendía de mayor cantidad de bienes valiosos. Como los análisis
anteriores del comportamiento económico habían subrayado la importancia de aho
rrar los productos del trabajo y de organizar racionalmente el esfuerzo en relación
con las necesidades y con las pautas del consumo, el material kwakiutl representaba,,
efectivamente, la puntilla del homo oeconomicus concebido según la imagen capita-í
lista o según la imagen socialista. Además, no era simplemente que los bienes fueran^
regalados, sino que en ocasiones la pasión por la autoglorificación era tan poderosa
que llevaba a destrozar mantas, quemar valioso aceite de pescado, prender fuego a
poblados enteros y hasta a ahogar esclavos en el mar. La descripción que Boas hiz®
del potlach ha sido probablemente la más influyente de todas las descripciones
etnográficas publicadas hasta hoy.
Visto el potlach a través de los ojos de quienes participaban en él, y especial
mente de los principales contendientes, los hechos que abonan la interpretación de
Boas y de sus discípulos son los alardes de grandeza, la intención declarada d»
abrumar de vergüenza a los rivales y la compulsión por la que un hombre qu*
hubiera sido avergonzado de ese modo se sentía obligado a vengarse de su rival;
ofreciendo una fiesta todavía más dispendiosa.
Durante los últimos años, un grupo de estudiosos especializados en la costa
del noroeste ha propuesto una drástica reinterpretación del potlach, una nueva sín
tesis a la que han llegado combinando intereses históricos y ecológicos y poniendo en
16
conexión las peculiaridades de la etnografía kwakiutl con tipos más generales de
fenómenos.
El primer intento de relacionar el potlach con el desarrollo euroamericano del
noroeste contemporáneo lo hizo Helen Codere en su libro F ig h tin g w it h p r op e r ty
(1950). Las historias de familias que recogieron Boas y Hunt, así como los testimo
nios de los agentes de indios de los comerciantes, permiten afirmar que el potlach
aborigen sólo lejanamente se asemejaba a los que se observaron a finales del siglo.
Los kwakiutl, como todas las otras sociedades tribales que se hallaban en el camino
de expansión de los euroamericanos, fueron victimas de presiones ecológicas y socio-
culturales extremas que comenzaron en el momento de la aparición de los primeros
europeos en la región. Aquellas presiones llevaron, dramática e inevitablemente, a
la desaparición de los modos de vida aborígenes e incluso a la virtual extinción de
los kwakiutl como población capaz de reproducirse. Ya antes de que el explorador
Vancouver entrara en contacto con ellos en 1792, estaban comerciando en mosquetes
que llegaban hasta ellos a través de sus vecinos nutka y habían empezado a expe
rimentar los primeros efectos de las enfermedades europeas. Durante la primera
parte del siglo XIX el lento incremento del comercio fue acompañado por un drástico
descenso de la población, producido por las epidemias de viruela y de enfermedades
respiratorias contra las que, como los demás amerindios, no estaban inmunizados.
Entre 1836 y 1853 su población cayó de 23.000 a 7.000. En 1849, el establecimiento
en Fort Rupert de un puesto comercial de la Hudson Bay Company intensificó tanto
el comercio con los europeos como los efectos de las enfermedades. Luego, en 1858,
entre 25.000 y 30.000 blancos se precipitaron sobre la Columbia Británica en busca
de minas de oro e hicieron de la vecina Victoria su centro de distracción. Muchas
mujeres kwakiutl empezaron a servir a aquellos hombres como prostitutas, con lo
que las enfermedades venéreas aceleraron la tendencia a la despoblación. Hacia los
años ochenta la gran industria conservera del noroeste estaba en plena producción,
con seis mil pescadores sólo en el río Fraser, y muchos kwakiutl respondieron a las
ofertas de trabajo de la factoría. Por aquel mismo tiempo, la industria maderera, que
en la década de 1870-80 había producido ya 350 millones de pies cúbicos de madera,
trataba también de atraerse a los kwakiutl. Para el tiempo de la primera visita de
Boas, toda la población kwakiutl había descendido a 2.000 personas. _. .
Codere demuestra cómo, con el establecimiento del puesto comercial de la
Hudson Bay Company, el potlach pasó a incluir un gran número de bienes proceden
tes del comercio europeo, especialmente mantas, reflejando de ese modo la otra
nueva economía industrial y comercial, prodigiosamente expansiva. Otra consecuen
cia de la presencia euroamericana fue la prohibición de la guerra, y Codere trata de
establecer una conexión entre la desaparición de la guerra y el desarrollo de las
agresivas pautas del potlach hostil de la época tardía. Según Codere, cuando los
indios se vieron obligados a dejar de guerrear, empezaron a luchar con la riqueza,
una riqueza que las nuevas condiciones ponían a su alcance a una escala sin prece
dentes.
La reformulación de la etnografía kwakiutl por Codere y otros (cf. Drucker,
1939, pág. 955) no logró deshacer la madeja de particularismo con que Boas había
envuelto su descripción. El material kwakiutl siguió desconectado del mundo de la
teoría. Pese a ello, el potlach de Fort Rupert se presentaba ya como el producto
definido de una situación de contacto, con lo que de golpe quedaban derrotados todos
los intentos de probar, basándose en los datos de Boas que los factores causativos
que explicaban eran demasiado complejos para prestarse a una formulación
nomotética. El descenso de población, la introducción del trabajo asalariado, la sú
bita abundancia de bienes, la supresión de la guerra y la antigua costumbre del
banquete comunitario, todo eso junto indicaba que había un conjunto de factores
perfectamente definidos que actuaba sobre los kwakiutl.
Actualmente hay bastantes posibilidades de que con el tiempo seamos capa-
17
ces de entender los aspectos del sistema kwakiut! que todavía se nos escapan g¡
tomanos en consideración el material comparativo característico de otros fenómeno*
de contacto.12
El conocimiento antropológico es un conocimiento que, como todos los cono,
cimientos científicos, se constituye sin cesar a través de un trabajo crítico.
18
II. SITUACIÓN HISTÓRICA Y CONOCIMIENTO EN ANTROPOLOGÍA
E sta disciplina, que se desarrolla en forma plena y autónoma en las postri
merías del siglo XIX y se consolida en la primera m itad de nuestro siglo, teniendo
como elemento fundante y que le va a conferir originalidad “el trabajo sobre el
terreno”, en localidades situadas lejos de las metrópolis de donde provenían los
antropólogos, va construyendo su objeto de estudio y el recorte de la realidad que
le interesa investigar, de acuerdo con los distintos momentos históricos. Sus for
mulaciones, sus elaboraciones teóricas, son el producto de una situación histórica:
el Colonialismo. El Colonialismo ha sido la condición necesaria de la aparición de
la Antropología.
Pierre Bonte13 distingue cinco períodos históricos-científicos en el desarrollo
de la Antropología, que caracteriza de la siguiente manera:
19
1920 Implantación definitiva y triun- Crítica al evolucionismo,
a fante del sistema colonial. Constitución de la Antropología
1930 Clásica y de sus diversas es
cuelas científicas que definen
los métodos de observación y
análisis.
1950 Desarrollo de los movimientos La Antropología p lantea de
a de liberación nacional y comien nuevo su objeto y su relación
1960 zo de los procesos de desco con el mismo. Investigación de
lonización. los fundamentos de una Antro
pología General y crítica a la
Antropología Clásica.
20
La crisis planteada por prim era vez en 1873 estimuló en ciertos sectores la
concentración de la producción en pocas pero gigantescas empresas industriales.
Nacían así auténticos imperios económicos que controlaban completamente las
principales ram as de la actividad productiva, como las del acero, de los productos
químicos, de los tejidos, de las fuentes energéticas.
Por otra parte, la división entre capital bancario e industrial iba desapare
ciendo dando lugar, con la unión de los bancos y las industrias a un nuevo capital
mucho más pujante: el financiero.
La crisis, derivada de un incremento de la producción superior a la capaci
dad de absorción de los mercados, se prolongaba.
Europa estaba cerrada por barreras aduaneras, las potencias comenzaron a
buscar en otra parte las salidas para sus productos.
Jules Ferry, prim er ministro francés (1880-1881 y 1883-1885) y promotor de
la expansión im perialista de Francia, escribía que “La política colonial es la con
tinuación de la política industrial, porque en los estados ricos, en los que el capital
es abundante y se acumula rápidamente y en los cuales el sistema de producción
continúa creciendo, la exportación es un hecho esencial de la propiedad pública. El
sistem a proteccionista es como una máquina de vapor sin una válvula de seguri
dad, a menos que tenga el correctivo de una sana y seria política colonial”.
También Gran Bretaña recurre a la penetración en países extraeuropeos.
Entre 1875 y 1880 el valor de las importaciones aumentó en detrim ento de
las exportaciones y el déficit de la balanza comercial se dobló llegando a los 125
millones de libras esterlinas al año. Los ingleses se dedicaron entonces a estim ular
las inversiones en el extranjero, especialmente en las áreas coloniales.
La carrera por el reparto del mundo, en la que Gran Bretaña participó antes
que nadie, seguida muy pronto por el resto de las potencias, revestía caracteres
muy distintos de los de la época colonial anterior. -
La pura y simple búsqueda de mercados, natural en la crisis de superpro
ducción agudizada por la adopción de sistemas proteccionistas, no basta para definir
cumplidamente la lógica del imperialismo.
Es necesario rem ontarse a las nuevas estructuras de tipo monopolista que
todos lo estados industriales estaban realizando. Los grandes monopolios en for
mación debían asegurarse un rendimiento continuo e invertir en áreas ventajosas
el exceso de capitales que su gran vitalidad económica les perm itía acumular. En
Europa esto no era posible. El crecimiento y el refuerzo de los grandes tru sts no
podía, por tanto, verificarse sino a expensas de los territorios extraeuropeos donde
la tierra a buen precio, los salarios bajos, las m aterias primas a bajo costo y la
facilidad de asum ir posiciones monopolistas hacían prever inversiones altam ente
rentables.
La posesión exclusiva de regiones ricas en m aterias primas constituía una
necesidad cada vez m ás esencial para los grandes grupos económicos.
Cuanto más se desarrollaba el proceso de formación de los monopolios, más
aumentaba la carrera por la conquista de nuevos territorios.
El imperialismo se convirtió en la doctrina política de Gran Bretaña susten
tada por la opinión pública y compartida por casi toda la clase dirigente.
El prim er país en seguir por este camino a Gran Bretaña fue Francia, luego
se agregarían Bélgica, Alemania y se revitalizarían Holanda y Portugal.
Esta era la situación de la economía política en la Europa del siglo XIX.
N uestra disciplina, a la que se le confiere en virtud de la división del trabajo
21
científico el estudio de las culturas diversas, diferentes de la cultura occidental,
debe colocarse necesariam ente ante la “situación colonial”.
El abismo entre las civilizaciones era demasiado grande para tender un puen
te entre las orillas, a veces incluso demasiado grande para un entendimiento mutuo.
Periódicamente, cuando los hombres rompían las barreras de montes, idioma, océa
no, murallas, se quedaban boquiabiertos ante lo que veían. ¿Cómo podían los hom
bres llevar existencias tan animalescas? ¿Eran realmente hombres? En la Colonia
del Cabo ios nómadas primitivos eran cazados por deporte. En Tasmania, los colo
nizadores de 1830, junto con soldados, policías y criminales, recorrieron la isla en
una batida militar para limpiarla de toda su población aborigen.
En los primeros días de la colonización las cosas eran a menudo distintas. En
el Cabo, las relaciones entre los blancos y los negros eran lo bastante equilibradas
como para que fueran normales los matrimonios entre holandeses y mujeres
hotentotes. El caso más famoso fue el matrimonio del explorador Van Merhof, en
1664, con Eva, una hotentote, en el que la boda fue celebrada con una fiesta nupcial
en la Casa de Gobierno.
Este breve período de tolerancia no duró mucho. Las guerras de los hotentotes
y la de Kaífir, más la importación de esclavos en gran escala, cambiaron pronto las
cosas. Hacia 1792 el Consejo de la Iglesia de Ciudad del Cabo declaró que ya no
existían razones temporales o religiosas para dejar libres a los esclavos que se con
virtieran al cristianismo.H
Worsley nos sigue reseñando esa “creación del mundo” que fue la expansión
colonial:
La cultura humana ha sido una, pero sólo “objetivamente”; existió “en sí”,
pero no “para los hombres”. La sociedad humana sólo vino a existir subjetivamente,
los hombres sólo adquirieron el conocimiento de que formaban parte de un solo
mundo social a través del compadrazgo del imperialismo europeo.
Los hombres empezaron a conocerse y a reflejarse unos en otros. Pero el
reflejo se fue volviendo cada vez más condicionado por la naturaleza de sus relacio
nes reales y directas sobre el terreno, más que por las categorías derivadas de sus
propias sociedades. A medida que los blancos entraron más y más en conflicto con
los isleños, el idilio se hizo más difícil de concebir. “¿Es posible —recalcó Jean -
Jacques Rousseau al tener noticia de la matanza de un explorador francés por los
maoríes—, es posible que los buenos Hijos de la Naturaleza puedan llegar a ser tan
perversos?”. La significación moral de las civilizaciones recién descubiertas empeza
ba a cambiar a medida que su destino y el de Europa se fue entrelazando cada vez
más desigualmente.
La fase realmente crucial que terminó con la división triunfante del globo
entero entre un puñado de potencias europeas vino en 1885. El logro europeo de este
período no fue simplemente una repetición de viejos modelos de “imperialismo”;
marcó el alba de una nueva era de la historia humana, caracterizada por un impe
rialismo de nuevo tipo como respuesta a claras y nuevas presiones económicas y
financieras en la propia Europa. Y tuvo lugar como resultado la unificación del globo
en un solo sistema social. Si hubiéramos de escoger una fecha para los inicios de la
historia mundial, sería el año del Congreso de Berlín y de la partición del Africa.
En el proceso, la propia Europa fue transformada. Por tanto, la nueva fase
fue destruir sin temor alguno la tradicional nación-Estado europea occidental. Ahora
era el meollo de un sistema imperial más amplio. La nación-Estado de los antiguos
tiempos, en adelante, sería una categoría arcaica que nunca habría de alcanzar su
antigua importancia, incluso con la disolución de) orden mundial imperialista. El
22
espacio social de Francia incluía ahora a Indochina y Argelia; el de Gran Bretaña a
Sudáfrica y la India. No podía haber ya un retroceso a las entidades localistas de la
época preindustrial. Ahora su destino trascendía sin remedio los límites tradiciona
les de una economía nacionalista o europea occidental o incluso atlántica En parti
cular, nunca más podría Gran Bretaña encogerse dentro de sus límites; dependía del
mundo externo para los materiales y los mercados (Worsley, E l te rce r m un do, op.
cit.).
Pero la situación colonial y la configuración del globo tal como queda fijada
en el Congreso de Berlín de 1885, en el que las potencias europeas se reparten el
mundo colonial, no va a ser percibida por la Antropología Clásica. Solamente va
a aparecer con la descolonización.
¿Qué es la situación colonial?
G. Balandier la define así: “Es la dominación impuesta por una minoría
extranjera racial y culturalm ente diferente, que actúa en nombre de una superio
ridad racial o étnica y cultural, afirmada dogmáticamente. Dicha minoría se im
pone a una población autóctona que constituye una mayoría numérica, pero que es
inferior al grupo dominante desde un punto de vista material. E sta dominación
vincula en alguna forma la relación entre civilizaciones radicalmente diferentes:
una sociedad industrializada, mecanizada, de intenso desarrollo y de origen cris
tiano, se impone a una sociedad no industrializada, de economía “atrasada” y
simple y cuya tradición religiosa no es cristiana.
Esta relación presenta un carácter antagónico básico, que es resuelto por la
sociedad d esarro llada m ediante el ejercicio de la fuerza, un sistem a de
seudojustificaciones y un patrón de comportamientos estereotipados operando en
la relación. La situación colonial es una situación total.”15
O sea que podría decirse que, desde el siglo XV hasta la actualidad y en
diversos grados de relación, vamos a encontrar conformadas situaciones de rela
ción colonial en América, Asia, Africa y Oceanía.
La situación colonial nace de la conquista y se desarrolla a partir del esta
blecimiento de relaciones entre dos seres sociales, entre dos civilizaciones. Conoce
en el curso de su desarrollo una serie de tiempos fuertes y débiles en la presión
ejercida por el grupo dominante: Fases de “conquista, de aprovisionamiento”, de
“adm inistración” y al término del ciclo, un encaminarse hacia la autonomía.
Balandier distingue tres tipos de empresas dentro de su caracterización de
la situación colonial: a) La empresa material (control de la tierra y modificación de
población de los países sojuzgados, economías ligadas a la metrópoli); b) la em pre
sa política y adm inistrativa (control de autoridades locales y autoridades de reem
plazo, control de la justicia, oposición a las iniciativas políticas autóctonas, aunque
se expresen de m anera discreta); c) la empresa ideológica (tentativas de desposesión
religiosa para perm itir la evangelización, acción directa de un aprendizaje impor
tado, transm isión de modelos culturales en función del prestigio desarrollado por
el grupo dominante).
Los colonizados prueban la situación colonial como una em presa de
desposesión m aterial y espiritual.
N krum ah16 dice en 1947: “La escena comienza con la aparición de los misio
neros, de los etnólogos, de los comerciantes, de los concesionarios y de los admi
nistradores. M ientras que los misioneros con su “cristianismo deformado'’ exigen
al sujeto colonial que atesore “sus riquezas en el cielo donde ni la polilla ni el óxido
23
lo destruyen’, los comerciantes, los concesionarios y los adm inistradores disponen
de sus recursos m inerales y agrícolas, destruyen sus artesanías y sus industrias
locales.
La población negra de Africa del Sur expresa en esta fórmula su situación:
“Ahora, nosotros tenemos la Biblia, pero vosotros los blancos, tenéis la tierra”.
Es sobre esta situación histórica concreta, pero sin percibirla como tal, que
se va a desarrollar la Antropología Clásica.
El colonialismo no es sólo expansión y dominación económica, sino también
dominación y etnocentrismo culturales. El colonialismo supone la creencia en una
sola cultura.
A la visión imperial está ligada la negativa de reconocer a las sociedades no
occidentales una interioridad real, una interioridad que no sea percibida como
pasividad u hostilidad.
Según un autor de fines del siglo pasado:
“No es natural, no es justo que los pueblos civilizados occidentales vivan en
espacios restringidos, donde acumulan maravillas de la ciencia, el arte, la civiliza
ción, dejando la mitad del mundo a pequeños grupos de hombres incapaces e igno
rantes... o bien de poblaciones decrépitas sin energía ni dirección, incapaces de todo
esfuerzo.”
E sta superioridad intrínseca de los europeos legitima la apropiación y el
colonizado se va transformando ante la percepción del colonizador en un vago, un
desganado, un desocupado.
Pero la visión imperial no es negación pura y simple de la otra. La diver
sidad del mundo es sabrosa para el colonialismo de 1900. Esta diversidad que la
civilización pretende querer destruir por razones científicas y que el capitalismo
destruye por razones económicas se conserva ilusoria y míticamente en la concien
cia imperial. Tal es la función del exotismo. “Porque es poco explotar al otro. Es
necesario saborearlo en tanto tal... la inspiración exótica y la curiosidad científica
son la doble compensación del imperialismo. Curiosidad de un tipo bien determ i
nado, ya que para ella ‘la religión se convierte en superstición, el derecho en
costumbre y el arte en folklore’ ”.17
En todos los tiempos se ha colonizado, pero a fines del siglo XIX se va a
pretender además, estudiar científicamente los pueblos que se colonizan y coloni
zar científicamente.
El antropólogo inglés Lubbock lo expresa de esta manera:
“El estudio de la vida salvaje tiene una importancia muy particular para
nosotros los ingleses, ciudadanos de un gran imperio que posee, en todos los rincones
del mundo, colonias cuyos habitantes indígenas presentan todos los grados de civi
lización.”
Las escuelas antropológicas que dominan la historia de la expansión colonial
de los siglos XIX y XX son el evolucionismo y el funcionalismo (ver: Tacca, M. y
Sinisi, L j. Sin ser las únicas, son las hegemónicas.
¿Qué concepciones se tenían de las sociedades no occidentales en el siglo
XIX, en el marco de esas corrientes teóricas? .
D urante el siglo XVIII los ideólogos del Iluminismo elaboran una visión
progresista de las sociedades salvajes, visión coherente que no logra plasm arse en
24
una teoría y en una práctica antropológica en sentido estricto (aunque para algu
nos autores —Evans-Pritchard, Lévi-Strauss—habría que fijar el inicio de la An
tropología Científica en el Iluminismo)...
El siglo XVIII conserva la creencia en la universalidad de la naturaleza
hum ana concebida como la expresión, en el plano geográfico e histórico, de la
universalidad de la razón.
Las sociedades salvajes no son estudiadas por sí mismas, sino por la ayuda
que puedan aportar al establecimiento de una tipología de las operaciones de que
es capaz el espíritu humano.
Para los pensadores originales del siglo XVIII los salvajes son los represen
tantes contemporáneos de los hombres de origen o próximos al origen. Pero esta
idea de los salvajes no es asimilable a la de los pensadores evolucionistas, para
quienes el primitivo es el representante del estadio primero de la sociedad. El
origen es concebido en el siglo XVIII como lo auténtico, en tanto que en el siglo XIX
será concebido como lo simple (tosco) y lo inacabado. En la medida en que el origen
es lo auténtico, se pueden obtener de él enseñanzas teóricas y prácticas.
Condillac dice: “Nosotros, que nos creemos instruidos, tendríam os necesidad
de ir hasta los pueblos más ignorantes para aprender de ellos los comienzos de
nuestro descubrimiento: pues ante todo es de esos comienzos de lo que tendríam os
necesidad; lo ignoramos porque hace ya mucho tiempo que no somos discípulos de
la naturaleza”.
El concepto de “pueblo de naturaleza” no solamente rem ite a la idea de una
norma práctica, de una vida moral auténtica, sino también a la de una norma
teórica, respecto a la cual el saber actual toma sentido y validez.
La ideología del “buen salvaje” está ligada a la del Iluminismo. Rousseau ve
en la sociedad salvaje el modelo de sociedad auténtica, de la sociedad que responde
a las necesidades inm ediatas. Y la sociedad que sus contemporáneos llaman “ilus
trada” no es más, para él, que una sociedad en la que las luces consisten ante todo
en el lujo, la afectación, el artificio y la superficialidad, y la exportación de las
luces sería la de los artificios y del lujo europeos, que irían a pervertir al “buen
salvaje” en estado puro, y de encantadora inocencia.
Por otra parte, como las necesidades y las ideas que constituyen la n atura
leza hum ana son las mismas en todas partes, las propiedades generales de las
sociedades son comparables; tienen preocupaciones e intereses comunes.
Y es así como el interés y las preocupaciones de las sociedades salvajes son
las mismas que las de Europa. Los pueblos, naturalm ente, son comerciantes y
cambian sus mercancías y Europa podría organizar con ellos relaciones pacíficas
si no hubiera una dificultad debida al hecho de que esas relaciones han sido
m anchadas por la anterior violencia de Europa.
El pensamiento dominante a fines del siglo XVIII no pretende fundar en la
violencia el establecimiento de relaciones con las naciones salvajes, aunque esto
sea incompatible con una cierta colonización, ante la cual ha tenido que “arreglar”
sus concepciones.
Pero de ninguna m anera es asimilable al colonialismo que aparece a mitad
del siglo XIX.
Hacia 1860 la reflexión antropológica toma un nuevo rumbo. Entre 1860 y
1880 aparecen las obras clásicas de Bachofen, Tylor y Morgan. El contenido de las
mismas explica que las sociedades están alineadas según un continuo homogéneo
25
y único, jalonado por cortes: “estadios de avance”. Toda sociedad real se ve redu
cida, en un determinado momento, a un estadio de evolución técnico-económico.
En el tiempo de la revolución industrial, el criterio de avance en la escala
de la evolución es esencialmente tecnológico.
El principio de la unidad del género humano se funda ante todo en la
universalidad del conocimiento técnico: “Un principio común de inteligencia puede
encontrarse en el salvaje, el bárbaro y el hombre civilizado. En virtud de ello, la
hum anidad ha sido capaz de producir en condiciones semejantes los mismos ins
trum entos y utensilios, los mismos inventos y construir instituciones semejantes
a partir de los mismos gérmenes de pensamiento originales. Hay algo verdadera
mente impresionante en un principio que ha dado poco a poco la civilización por
una aplicación asidua a partir de humildes comienzos. De la punta de la flecha que
expresa el pensamiento en el cerebro del salvaje, a la punta en mineral fie hierro
que expresa el más alto grado de inteligencia del bárbaro y, filialmente, el ferro
carril, que puede ser llamado el triunfo de la civilización” (M oigan:' Ancient socie-
ty"\ 1877).
Para Morgan el salvajismo ha precedido a la barbarie en todas las tribus de
la hum anidad, y la barbarie ha precedido a la civilización.
En el siglo XIX se asocia el aporte de la civilización a la valoración de los
recursos inexplotados. “Pretender que hay tribus salvajes a las que una civilización
sensata no llegaría a elevar por encima de su condición, es una afirmación que
ningún m oralista podría sostener: por otra parte, del conjunto de los testimonios,
se desprende que el hombre civilizado es en todo, no solamente más juicioso más
hábil que el salvaje, sino también mejor y más dichoso” (Tylor, oif. por Leclerc, op.
cit.).
Ya ha caído en desuso la ideología del buen salvaje y ha sido suplida por la
de la superioridad de la sociedad civilizada o industrial. Dentro de esta corriente
de ideas, a la Antropología le cabe como tarea la descripción de esas sociedades
atrasadas “antes de que sean transform adas por Occidente”
Europa tiene el derecho y el deber de abrir los pueblos coloniales a la civi
lización. La especificidad de la colonización contemporánea no es sólo el hecho de
una sociedad que se cree superior, sino el hecho de una sociedad que cree funda
m entar su superioridad en la ciencia y especialmente en la ciencia social.
Como dice J. Berque: “El imperialismo imponía ai mundo una forma de
conciencia al mismo tiempo que una forma de gestión”.
Vamos a presentar un ejemplo en el que se evidencia tanto la ideología
evolucionista como el dislocamiento de los sistemas económicos tradicionales: la
expansión colonial a lo largo de los siglos XV a XX se realizó sobre sociedades
precapitalistas con diferente expresión de modos de producción: primitivo (con
todas sus variantes), asiático, feudal-señorial, en los cuales existía explotación,
pero establecida a partir de una determinada relación de equilibrio ecológico y
social. E sta relación fue destruida, dislocada, deculturada.
El siguiente ejemplo se refiere a la situación de la economía en Argelia a
casi 80 años de haber sido conquistada y colonizada por los franceses.
En Argelia, en vísperas de la civilización francesa, las dos terceras partes de
la población eran pastores nómades dedicados a la cría de ovinos y camélidos: y en
menor proporción, ganado vacuno.
Investigaciones contemporáneas, realizadas por científicos sociales argeli
nos,lw dem uestran que el verdadero ciclo nomádico incluía la actividad agrícola
26
como elemento complementario indispensable y que es una falsa alternativa opo
ner agricultura-cría de ganado. Lo que vamos a transcribir es la conclusión de un
trabajo obre Nomadismo realizado por antropólogos franceses en 1906.19 En este
trabajo se reconoce la importancia de la ganadería pastoril como actividad econó
mica, pero el objeto es lograr la sedentarización de la población y la suplantación
de la producción pastoril por la agricultura como estadios a ser alcanzados por los
nativos del país.
27
se afirma la necesidad de un paso gradual y mesurado del viejo estado a la civi
lización.
No queremos que se entienda nuestra postura como una mistificación del
Paraíso Perdido, donde todo fue mejor. Nuestra apreciación del ejemplo anterior no
implica ninguna “huida etnográfica” hacia un pasado indeterminado en el cual el
hombre era perm anentem ente feliz.
Pero sí queremos que se constate que la explotación colonial supone en todos
los casos el pasaje de una economía de subsistencia o de excedente relativo, a una
economía basada en la producción de excedente para el mercado monopolista. Y
que esto conducirá a cambios radicales en las relaciones ecológicas, en las relacio
nes de producción, en los contenidos culturales e ideológicos de esas relaciones.
Ademas, reiteram os que la penetración colonial supone dos procesos conjun
tos: la apropiación y privatización de la tierra y la producción de mano de obra
barata. Estos procesos se sostienen sobre los siguientes supuestos: a) Considerar
lo “descubierto” como si no perteneciera a nadie; como si las áreas no estuvieran
habitadas y usadas por otros grupos, b) Invocar causas legales. Derechos creados
por la legislación europea, c) Legitimar los hechos de apropiación por la superio
ridad intrínseca de los europeos y por la incapacidad de los pueblos no europeos.
Coincidiendo con la cuarta fase señalada por Bonte, en la que se consolida
definitivamente el sistema colonial, correspondería, en la etapa de pensamiento
etnológico, el pasaje del evolucionismo al funcionalismo.
El funcionalismo va a surgir en el seno mismo de la ideología evolucionista
como la necesidad que tiene la colonización de conocer las instituciones locales,
para lo cual se requiere el análisis de las estructuras sociales indígenas.
“Al retractarme de mi adhesión evolucionista al dogma de la “ignorancia
primitiva”, no reniego por completo del evolucionismo. Sigo creyendo en la evolución,
siguen interesándome los orígenes, el proceso de desarrollo, pero veo con claridad
cada vez mayor que las respuestas a todas las preguntas del evolucionismo deben
derivarse directamente del estudio empírico de los hechos e instituciones cuyo desa
rrollo pasado queremos reconstruir”. 20
B. Malinowski es el antropólogo inglés que va a dar fuerza y carácter a esta
corriente funcionalista. Por eso nos parece que su opinión expresada en la cita
anterior es im portante para demostrar que las rupturas científicas y/o ideológicas
no son taxativas y que se trata más de cambios de enfoque antes que de cortes
radicales.
En el caso que nos ocupa, se deja sobre todo el aspecto conjetural
reconstructivista del evolucionismo en pos de un análisis empírico de los hechos,
y que va a devenir análisis sincrónico.
La técnica de “trabajo de campo” se va a imponer para cumplimentar los
objetivos del funcionalismo.
El método funcional va a poner su interés en las relaciones existentes entre
costumbres, instituciones y aspectos culturales.
El antropólogo deberá ahora permanecer largamente sobre el terreno para
comprender a la sociedad en su interioridad.
“El antropólogo debe abandonar su confortable posición en una hamaca, en el
porche de la misión, del puesto gubernamental o del ‘buganlow del plantador donde,
28
armado de un lápiz, de un cuaderno y, a veces, de whisky y soda, se ha habituado
a compilar las afirmaciones de informadores, a anotar historias y a llenar hojas
enteras de textos salvajes. Debe ir a las aldeas, ver a los indígenas trabajando en los
huertos, sobre la playa, en la selva; debe navegar con ellos hacia los lejanos bancos
de arena y las tribus extrañas, observarles en la pesca, en la caza y en las expedi
ciones ceremoniales en el mar. La información debe llegarle en toda su plenitud a
través de sus propias observaciones sobre la vida indígena, en lugar de venir de
informaciones reticentes, obtenidas con cuentagotas en conversaciones...
La Antropología al aire libre, opuesta a la recopilación de datos extraídos de
rumores, es un trabajo difícil, pero también de un gran interés.”21
Así postula Malinowski que debe ser recogida la información en función de
su mejor validez.
Y esos mismos acordes resuenan en el ejemplo que extraemos de una mo
nografía antropológica sobre los pastores nómades, publicada en 1947.
“Apresurémonos a observar hoy la existencia de los pueblos nómades del
desierto. Ya que están amenazados, si no es de muerte, al menos, de un gran debi
litamiento, por el progreso de la civilización industrial, que se propaga incluso hasta
esas soledades. El automóvil, el avión, las perforadoras de petróleo, las tuberías,
transforman cada día los desiertos y le dan una idea extraña.
La cría del camello, sobre la que se basa toda la economía pastoril, pierde una
gran parte do su interés a partir de la solución de los grandes problemas económicos
que había producido la guerra universal (se refiere a la guerra 1939-45). Ya que el
camión o el automóvil reemplazan definitivamente a las caravanas.
Los motores de las bombas de agua irán a buscar el agua a las profundidades
más lejanas del suelo y harán surgir la vida sedentaria en los lugares sin cultivos,
en los que hasta el presente la hierba misma se rehusaba a florecer después de las
lluvias.
Es posible, sin embargo, que aun por algunos años, aquellos cuyas costum
bres vamos a describir aqui, guarden en sus campamentos la ilusión de poder con
servar bien que mal la herencia de sus mayores, gracias a la riqueza nueva e ines
perada que traerá a sus jefes la explotación del petróleo.
Pero, desde ahora, todo el sistema social, intelectual y político que cubre su
existencia está condenado k muerte.
Esta consideración, un poco fúnebre, da un aspecto patético, que es un encan
to más a la vida de los pueblos del desierto.
Los que van a morir representan el legado de largas generaciones de héroes.
Se reclaman descendientes de Antar o de Hathem Ettay, generosos ancestros de la
noble raza de Qahtan. Con ellos desaparecerá una gran tradición de la humanidad.
Es necesario decirlo: sólo penetraremos en el secreto de la vida beduina
haciéndonos por un instante de una alma de pastor. Tenemos que esforzarnos por
comprenderlos, tenemos que pensar como lo hacen los beduinos; abandonar nuestros
prejuicios, nuestra manera de contar el tiempo, de dividir el espacio, de prever el
futuro, de juzgar a los hombres y las cosas. Es al precio de este esfuerzo de mimetismo
que nos será posible descubrir bajo sus aspectos sórdidos, todo lo que comporta de
grandeza, a pesar de su pobreza, la civilización del desierto.”22
La Antropología, con el funcionalismo, deja de ser el mirador de la civiliza
ción ante las costumbres “aberrantes”. Es el mirador de la sociedad industrial ante
la vida auténtica. Es una “huida romántica”, lejos de la cultura uniformada (seme
janza en algunos aspectos con el Iluminismo del siglo XVIII).
Para el antropólogo que quiere construir una imagen fiel de la sociedad
indígena se impone la necesidad de “vivir lejos de los blancos, en completa convi
vencia con indígenas”. Vivirá entre ellos como un miembro más de su sociedad.
El antropólogo rompe con el mundo blanco, más por razones metodológicas
que románticas, como se manifiesta en los ejemplos que acabamos de leer. T rata
de abolir su condición de europeo para hacerse una mirada desencarnada, objetiva,
pero sobre todo m irada no observada, no percibida
Fin la Antropología funcionalista el punto de vista comparativo se esfuma y
deja lugar a estudios monográficos sobre culturas que contienen lo que es necesario
para su comprensión.
El funcionalismo se define por contraste con las otras corrientes que lo han
precedido.
“Mientras nu haya usía teoría en el verdadero sentido empírico, es decir una
teoría que sirva de guía y orientación al observador, no puede hacerse una investi
gación directa efectiva, pues las teorías conjeturales y reconstructivistas tienen una
influencia nociva directa sobre la investigación. El teórico reconstructivista, como el
evolucionista y el difusionista, se conduce ante cada elemento de cultura como un
extrato ante el contexto en que tal elemento se halla. El evolucionista se interesa
principalmente ante los hechos que se le antojan supervivencias de una época pasa
da, en tanto que el difusionista ve ante todo una transferencia mecánica importada
de otra región geográfica. El uno traslada los hechos a un tiempo pasado, el otro al
espacio distante. Pero trasladan los hechos lejos del contorno real en que viven. De
esta suerte, todos los elementos de cultura, la idea, la costumbre, la forma de orga
nización, la palabra, tienen que salir de su contexto y fijarse en cualquier esquema
imaginario.”23
Retomando, entonces, lo expuesto, la mirada, la concepción funcionalista con
respecto a los pueblos colonizados era una mirada que penetraba en la interioridad
de esas culturas, conllevando un relativismo implícito, muchas veces con una ac
titud rom ántica semejante a la concepción iluminista.
Ahora bien, ¿qué efecto tuvo el medio ambiente colonial soore el surgimiento
del funcionalismo británico? Evidentemente, no se trata de una relación mecánica
ya que otros regímenes coloniales europeos no consiguieron producir escuelas de
antropología semejantes También hay que contar con la política del gobierno in
directo como progenitor de la antropología funcionalista o de otra clase.
La perspectiva funcionalista, fue un experimento de análisis sincrónico que
tuvo sentido también en términos de la historia intelectual de la disciplina y que
produjo mejores etnografías que cualquiera de las formas de aproximación prece
dentes. Ciencia Social del presente sincrónico que llega a su culminación en el
funcionalismo contemporáneo. Que abandona la optimista confianza en el progreso
y la reem plaza por el problema del orden y la cohesión. Incorporando la norma del
utilitarism o social: Utilidad para la sociedad.
Los antropólogos de este período pretendieron ser útiles al gobierno colo
nial. Algunos lo fueron, otros no. Ya sea por haberse mantenido en un nivel aca
démico o porque no supieron implementar adecuadamente conocimientos en pos de
una aplicación.
Este supuesto paréntesis que supuso el funcionalismo con respecto a la
valoración de superior/inferior adjudicados a Occidente y a los pueblos colonizados
respectivamente, resultó breve. Breve y restringido a los am bientes académicos, ya
30
que la sociedad en su conjunto y los administradores coloniales en especial, siguie
ron manteniendo una concepción evolucionista en lo que hace a la valoración de los
grupos etnográficos.
A partir de la Segunda Guerra Mundial, se abandonan las concepciones
relativistas (por el conjunto de la sociedad y también en el ambiente académico de
las ciencias sociales), se asume un neoevolucionismo que mide el adelanto de las
sociedades hum anas por cantidad de energía consumida por habitante. Y el mundo
queda dividido en países “desarrollados” y países “subdesarrollados”.
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