Alan Knight
Alan Knight
Periodización
En esta parte, el autor nos propone cuatro periodos en la evolución del Estado
Latinoamericano:
Los estados latinoamericanos de este primer periodo fueron Estados débiles; ya que
podemos ver una inestabilidad política crónica. La falta de penetración social del Estado,
su pobreza y su dependencia de instituciones heredades de la Colonia, como por ej.; el
ejército.
Los estados también carecieron de la legitimidad que había sostenido a la Corona. A pesar
de que las estructuras económicas coloniales perduraron; en la América Española se
introdujo un nuevo sistema político republicano, constitucional, basado en la soberanía
popular, que al principio permitió elecciones de amplia participación. La independencia si
fue una revolución política. Pero la forma de los estados quedo incierta, tanto con
respecto a sus constituciones, como a sus territorios.
El éxito de los Estados parece depender de dos factores principales: Una economía mas
vigorosa y una mayor legitimidad. La legitimidad parece involucrar cierta continuidad
neocolonial: en carios países, los experimentos liberales y federalistas decepcionaron y,
hasta los 1830 y 1840, una reacción conservadora cobro fuerza.
Su etiqueta liberal fue impugnada por prácticas netamente iliberales: coerción de la mano
de obra (peonaje, mandamiento); gobierno autoritario; represión por ejércitos y policías
mejor provistos y pagados; tarifas altas (de ahí el crecimiento de ingresos
gubernamentales); y la intervención amplia del Estado en la economía, esfuerzos para
contar la población –con subvenciones ferrocarrileras, obras públicas (puertos, telégrafos),
y reglamentar la propiedad , atraer la inversión y la inmigración extranjera, trazar el
territorio nacional y asegurar sus fronteras. Medidas fuertes –iliberales– fueron
justificadas por los beneficios futuros (una justificación que se remonta a Portales): los
‘flojos nativos’ requerían disciplina y la propiedad corporativa debió ser desamortizada
para liberar la mano mágica del mercado. Como suele pasar, las medidas temporales e
instrumentales se volvieron duraderas porque favorecieron intereses poderosos.
Las consecuencias políticas del desarrollo económico exportador fueron distintas. Hubo
por todos lados un crecimiento del poder del Estado, gracias a la tecnología y los ingresos.
Todo Estado intervino sistemáticamente en la economía, pero la coerción de la mano de
obra –aunada a doctrinas positivistas y racistas– fue variable. En ciertos Estados, como
mencioné, hubo una división del trabajo, conforme los políticos especialistas –caciques y
caudillos, coroneles y gamonales– ejercieron el poder, especialmente en las localidades,
mientras que los ‘oligarcas’ controlaron la riqueza nacional; a veces ocuparon las cúpulas
políticas (Ejecutivo y Legislativo) y, en el caso de los millonarios argentinos, pasaron el
invierno en la Riviera francesa. El Estado ‘liberal’ u ‘oligárquico’ de ese entonces no fue un
agente sencillo de las élites económicas, pero protegió sus intereses, ya sea debido a la
presencia oligárquica en el gobierno o a la división del trabajo político. A esto se le agregó
el hecho de que las exportaciones pagaron los gastos del Estado.
Este círculo virtuoso se derrumbó en gran parte debido a los tres grandes shocks externos
(aunados a las presiones internas): las dos Guerras Mundiales y la Gran Depresión (1929).
Las exportaciones declinaron, fomentando una actitud de ‘pesimismo exportador’, un
cambio de énfasis hacia el mercado doméstico y cierta disposión hacia políticas
heterodoxas, incluso keynesianas (o ‘proto-keynesianas’). estas tendencias fueron más
marcadas en las economías mayores (México, Brasil, Chile, Argentina), donde el mercado
interno era más profundo y la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) más
viable; todo lo cual benefició a los industriales –y, en cierta medida, a los obreros
industriales– y a ciudades, y a varias capitales.
El proceso de ISI también aumentó el papel del Estado, evidente en el crecimiento del
gasto público. A su vez, asumió un papel central como regulador y productor. Y en todos
los países los sindicatos cobraron fuerza y el movimiento obrero se volvió el objeto, ya no
tanto de la represión estatal sino de la regulación y la cooptación oficial.
La incorporación política de los obreros organizados, pudo asumir formas populistas (por
ejemplo, en Argentina) y no-populistas (como en Chile). La divergencia se debe a que el
populismo es un fenómeno político, resultado de sistemas políticos particulares; suele
florecer donde los partidos son débiles, cuando líderes ‘carismáticos’ se granjean el apoyo
popular fuera de éstos, y cuando las crisis provocan la movilización política (y clasista) y
propician la polarización entre ‘ellos’ y ‘nosotros’.
Este tercer período fue testigo de grandes conflictos internacionales, que culminaron en la
Guerra Fría, cuya lógica llevo a la polarización política y motivó mayor intervención por
parte de los Estados Unidos. Así cobró fuerza el intervencionismo norteamericano –tanto
militar como pacífico– los políticos latinoamericanos aprendieron a manipular este factor
para su ventaja. El poder estadounidense fue limitado, pero fue suficiente para apuntalar
regímenes, moldear y debilitar otros, contribuyendo así a la polarización política de la
época. Pero la polarización de la Guerra Fría también tuvo raíces domésticas, relacionadas
con el cambiante balance entre élites industriales y agrarias, el auge sindical, el
crecimiento de partidos masivos (MNR, Acción Democrática, Alianza Popular
Revolucionaria Americana), y la expansión del Estado –en términos de gasto y regulación.
Lo anterior fomentó una contienda más feroz para controlar el nuevo Leviatán, una
entidad que se introdujo cada vez más en la vida social y económica, por medio de tarifas,
cuotas, leyes laborales, escuelas, universidades, impuestos, políticas culturales y, por fin,
las reformas agrarias.
Impacto del neoliberalismo sobre el Estado: >El adelgazamiento del Estado puede
disminuir su poder (material, redistributivo, clientelístico), pero no necesariamente
cuestiona la legitimidad del régimen o del Estado. Un Estado más delgado (pequeño –pero
eficiente, honesto y cumplidor) bien puede que sea más legítimo que un Estado ‘obeso’
pero corrupto e ineficaz. Un Estado poderoso –como en Escandinavia– también puede
gozar de alta legitimidad.
Neoliberalismo económico y la democracia política: Las democracias más estables están las
de Escandinavia, que tienen sectores estatales grandes, basados en impuestos altos y
políticas de redistribución; es decir, aunque son básicamente capitalistas, no se acercan al
modelo neoliberal. La crisis intervino cuando proliferaron gobiernos autoritarios, que
tuvieron que soportar el impacto (como hicieron los gobiernos civiles y democráticos en
los años treinta); por tanto, los regímenes militares del Cono Sur cayeron, mientras que la
‘dictadura perfecta’ del PRI comenzó a desmoronarse. La democracia fortuita quizás no es
la base más fuerte para la consolidación democrática; y, por supuesto, han existido olas de
democratización y autoritarismo en el pasado.
La democratización en América Latina fue en muchos casos producto fortuito de una crisis,
no necesariamente de un cambio estructural profundo. No es seguro ni irreversible que la
región mantenga la democracia. Por eso, no debemos caer en triunfalismos como el de
Fukuyama, sino entender la democracia como parte de un proceso histórico largo,
complejo y cíclico.
El Estado no es sólo garante coactivo sino también el organizador de las relaciones sociales
capitalistas, porque es el momento que limita y, en diversos sentidos dirige, el interés
individual de los miembros de burguesía hacia lo que, al acolchonar las condiciones de
explotación y su posible develamiento ideológico, es el interés general y de largo plazo de
la burguesía en tanto clase: la reproducción de las relaciones sociales que la constituyen,
precisamente, en tal clase dominante. Por lo tanto, el Estado es parte, intrínseca y
originaria, de las relaciones sociales fundamentales de una sociedad capitalista, no sólo
como garantía coactiva sino también como organizador de las mismas.
Dijimos estos que el estado capitalista es un aspecto de las relaciones sociales capitalistas.
En este sentido fundamental el estado es parte de la sociedad o, dicho de otra manera,
esta última es la categoría mas originaria y englobante. El estado es también un conjunto
de aparatos o instituciones. Estas son un momento objetivado del proceso global de
producción y circulación del poder. Dichas instituciones son de enorme importancia y de
ellas derivan cruciales efectos propios. Pero también entrañan el riesgo de que las
confundamos con "todo el Estado" y, por lo tanto, perdamos de vista su fundamento
profundo y originario en el seno mismo de las relaciones capitalistas (y, por lo tanto, de la
sociedad).
O’Donnell critica que la mayoría de las personas (conciencia ordinaria) solo ven las formas
visibles del poder (cosas, instituciones), sin entender que detrás hay relaciones sociales
profundas: el capital explota, el Estado domina. Esa ceguera es precisamente lo que
permite que la desigualdad y el autoritarismo se mantengan (se recubren
ideológicamente).
La apariencia fetichizada del Estado-aparato frente a los sujetos sociales le hace aparecer
como un tercero externo a las relaciones sociales fundamentales entre aquellos sujetos, a
pesar de que, como hemos visto, el Estado es constitutivamente parte de dichas
relaciones. Esa apariencia de externalidad sustenta la posibilidad del Estado de constituirse
en organizador de la sociedad capitalista o, lo que es equivalente, en organizador de la
dominación de la burguesía. Es sobre esta base que el aparato estatal se proclama -y suele
ser habitualmente creído- custodio y agente del interés general. En efecto, el Estado es
agente de un interés general pero parcializado; esto es, del interés general (incluso contra
voliciones de la clase dominante) de vigencia y reproducción de ciertas relaciones sociales.
Nación:
El interés general a que está referido el Estado es un interés de clase, que -por eso mismo-
incluye un papel custodial en la reproducción de la clase dominada en tanto dominada.
Pero el discurso desde el aparato estatal se postula servidor de un interés general
indiferenciado: no el de las clases en la sociedad, sino el de la nación.
Pueblo y clase:
El papel custodial del Estado hacia las clases dominadas puede llevar al reconocimiento de
otra entidad: el pueblo. Esto es, la subcomunidad adentro de la nación, constituida por los
menos favorecidos, a los que razones de justicia sustantiva llevan a atender
específicamente. Los pobres, los más débiles que son el pueblo, en ciertas coyunturas
(algunas de las cuales estudiaremos) pueden ser canal de explosiva reivindicación de
justicia sustantiva contra el Estado y el pacto de dominación que aquél garantiza y
organiza.
Gobierno y régimen:
O`Donnell entiende por régimen, al conjunto de patrones realmente vigentes (no
necesariamente consagrados jurídica o formalmente) que establecen las modalidades de
reclutamiento y acceso a los roles gubernamentales, así como los criterios de
representación en base a los cuales se formulan expectativas de acceso a dichos roles.
Relación con la sociedad civil: Las investigaciones de Weber sobre el derecho están
directamente conectadas con las expectativas de los individuos que viven en sociedad. Es
decir, la legitimidad del Estado depende, en parte, de que los ciudadanos sientan que el
sistema es justo, funcional y accesible.
-La lectura weberiana sugiere que la crisis del Estado no solo se manifiesta cuando falla en
sus funciones prácticas, sino también cuando su acción pierde racionalidad y
previsibilidad, debilitando así su autoridad legítima. En este contexto, la ineficiencia
burocrática, el favoritismo, la corrupción o la arbitrariedad son síntomas de una crisis
más profunda que afecta al orden social mismo.-
Obligaciones de los individuos con el Estado: Weber considera que en la práctica estatal no
solo importa lo que el Estado hace, sino también cómo los ciudadanos cumplen con sus
deberes hacia él, en especial el pago de impuestos. Esto es una condición de posibilidad
para que el Estado funcione racionalmente.
Equidad tributaria y legitimidad: No solo importa que el Estado recaude, sino cómo lo
hace: Un sistema equitativo (progresivo, justo) fortalece su legitimidad. Permite sostener
sus funciones sin generar resistencia social excesiva. Es fundamental para alcanzar metas
sociales y promover el desarrollo de la economía privada (mediante inversiones públicas,
protección de derechos, estabilidad institucional).
La capacidad del Estado para recaudar impuestos de manera racional y equitativa es, en la
visión de Weber, una condición indispensable para la consolidación del Estado moderno y
el desarrollo del capitalismo. Cuando esta capacidad se debilita —por evasión, regresividad
del sistema o ineficiencia— no solo se comprometen las finanzas públicas, sino también la
legitimidad estatal y la estabilidad del orden económico y social.
Cabe definir la crisis del Estado a partir de distintas dimensiones empíricas que manifiestan
la pérdida o debilitamiento de las capacidades políticas, burocráticas y administrativas
necesarias para realizar normalmente las funciones sistematizadas en la caracterización de
Weber. En las funciones legislativas se puede observar la crisis cuando se deteriora el
respeto a la división de poderes o cuando los cuerpos legislativos revelan escasa
racionalidad e idoneidad. La función de la justicia evidencia su crisis cuando pierde
autoridad para preservar la defensa de los derechos adquiridos. La crisis de las funciones
estatales de policía se reconoce en la declinación de los niveles normales de protección de
la seguridad de las personas, de la propiedad y del orden público. Las funciones de los
estados encargadas de la salud, la higiene pública, la educación, la política social, para
limitarnos a la enumeración weberiana, por cierto, ampliable, registran crisis al no alcanzar
las metas estimadas, legal y socialmente, como normales. La incapacidad burocrática de
control aduanero y migratorio, umbral material mínimo de delimitación de la soberanía
nacional, es otra palmaria expresión de crisis estatal. La desorganización de las
capacidades militares para la defensa del territorio, por falta de formación de las
burocracias especializadas o por la existencia de procesos de politización que conducen a
la declinación de la autoridad y del debido cumplimiento de órdenes, es otra patente
evidencia de crisis del Estado. Finalmente, la crisis estatal en materia de recaudación fiscal
la indican los porcentajes de evasión tributaria y la ausencia de sanciones al respecto. Las
situaciones de crisis del Estado presentan entre sus datos observables más simples el
hecho de que algunas de las funciones no realizadas por los aparatos burocráticos públicos
pasan a ser asumidas por actores o asociaciones permanentes o temporarias creadas en la
sociedad civil.
Los problemas fiscales del Estado, con el crecimiento de sus gastos y de su personal,
constituyen una cuestión típica que enfrentaron la mayoría de las sociedades modernas.
En la medida que el Estado pierde capacidad para cumplir debidamente con las funciones
de legitimación se hacen más notorias sus acciones favorables a la acumulación de capital
en beneficio de los sectores sociales económicamente más poderosos. En esas situaciones,
es usual que, junto con el debilitamiento de la integración social, las protestas de los
perjudicados aumenten y, en respuesta, se incremente la represión estatal y se deteriore
la legitimidad del orden social y la del propio Estado.
La teoría weberiana permite definir a los empresarios modernos como sujetos interesados
en lograr el mayor nivel de ganancias posible pero cuyos métodos y estrategias se
encuentran condicionados por los límites impuestos por la racionalidad de las instituciones
estatales. En consecuencia, el debilitamiento de la previsibilidad racional del Estado
favorece la aparición generalizada de las conductas propias del <capitalismo aventurero
enraizado en la política>.
Las críticas al Estado, fueron muy frecuentes en la opinión pública en las últimas décadas, y
expresaron el descontento de muchas personas que en algún momento se sintieron mal
atendidas en reparticiones estatales o que sufrieron perjuicios por su deficiente
funcionamiento y padecieron la frialdad de la burocracia.
Estatidad:
La formación del Estado es un aspecto constitutivo del proceso de construcción social. Se
trata de un proceso en el cual se van definiendo progresivamente los distintos planos y
componentes que estructuran la vida social organizada.
Dentro de este proceso de construcción social, la formación del Estado nacional supone, a
la vez, la constitución de la instancia política que articula la dominación en la sociedad y la
materialización de esa instancia en un conjunto interdependiente de instituciones que
permiten su ejercicio. La existencia del Estado se verifica, entonces, a partir del desarrollo
de una serie de atributos que definen su estatidad —es decir, su condición de "ser Estado",
lo que implica la emergencia de una organización del poder y de mecanismos efectivos de
dominación política. En este sentido, el Estado debe entenderse simultáneamente como
una relación social —que expresa y regula las dinámicas de poder en la sociedad— y como
un aparato institucional —un entramado de estructuras que viabilizan y sostienen el
ejercicio de ese poder.
Es importante destacar que estos atributos no son aplicables a cualquier tipo de Estado,
sino específicamente al Estado nacional. Formas como la dominación colonial o el control
político de situaciones provinciales dentro de un ámbito local representan maneras
alternativas de organización de la vida colectiva, pero no constituyen transiciones hacia
una dominación de tipo nacional. En este sentido, el surgimiento del Estado nacional es el
resultado de una lucha por redefinir el marco institucional considerado legítimo para el
desarrollo de la vida social organizada. Este proceso está estrechamente vinculado a una
sociedad civil que, al igual que el Estado, tampoco posee de antemano un carácter
nacional. Dicha cualidad es el producto de un proceso de determinaciones mutuas entre
ambas esferas, en el cual el Estado y la sociedad civil se configuran y transforman
recíprocamente.
Nación y estado:
El tema de la estatidad no puede entonces desvincularse del tema del surgimiento de la
nación, como otro de los aspectos del proceso de construcción social.
Este proceso de convergencia se vio reforzado por la expansión del comercio exterior, que
debilitó algunas economías regionales y reconfiguró su inserción en los nuevos mercados.
Al mismo tiempo, surgieron sectores productivos locales integrados al circuito mercantil-
financiero nacional. El mejoramiento paulatino de las comunicaciones y la creación de un
incipiente mercado interno, que permitió redirigir producciones del Interior hacia el
propio país en lugar de exportarlas a países vecinos, también contribuyeron a la lenta
homogenización de los intereses económicos entre las provincias.
Orden y progreso:
En la experiencia argentina, la consolidación del Estado nacional estuvo estrechamente
ligada al desarrollo de condiciones materiales que permitieran estructurar una economía
de mercado. Solo en presencia de un mercado nacional y de relaciones de producción
capitalistas resultaba posible avanzar hacia una verdadera organización nacional.
Durante la primera mitad del siglo XIX, a pesar de las guerras civiles, la economía
exportadora creció, especialmente tras la caída de Rosas, impulsada por la demanda de la
segunda revolución industrial. Sin embargo, ese crecimiento chocaba con serios
obstáculos: dispersión de los mercados, escasa población, problemas de transporte, falta
de un sistema financiero, inseguridad generalizada, y sobre todo, ausencia de garantías
institucionales. La distancia entre el ideal de “progreso indefinido” y la realidad del atraso
reflejaba el vacío entre la constitución formal de la nación y la efectiva existencia de un
Estado nacional.
Para los líderes del período de organización nacional, “ordenar” la sociedad no significaba
restaurar estructuras pasadas, sino imponer un nuevo modelo de organización coherente
con las necesidades del sistema productivo moderno.
El “orden” pasó a ser prioridad central: una condición previa indispensable para lograr el
“progreso”. A su vez, el “progreso” legitimaría ese orden. Esta noción de orden implicaba
la exclusión de todo aquello que obstaculizara la modernización, como los pueblos
indígenas o las montoneras, y trazaba una nueva idea de ciudadanía, definiendo quiénes
eran los sujetos válidos del nuevo proyecto nacional.
Externamente, la instauración del orden debía generar confianza en los inversores y atraer
inmigración, factores considerados esenciales para el desarrollo. Hasta ese momento, ni el
capital extranjero ni las corrientes migratorias habían sido significativas.
Lo más relevante es que el “orden” era visto como condición para dar contenido real al
Estado nacional, más allá de la formalidad constitucional. El caos institucional, la
fragmentación del poder coercitivo en manos de las provincias y la inexistencia de un
aparato administrativo nacional, reflejaban la debilidad del Estado. Tampoco existía una
producción simbólica capaz de generar cohesión social o legitimidad ideológica.
Dominium:
El triunfo de Pavón, que confirmó la hegemonía de Buenos Aires sobre el resto del
territorio argentino, allanó -a partir de 1862- el camino para la definitiva organización del
estado nacional. Sobre la base de una inestable coalición y a partir de los recursos y
organismos de la provincia porteña, el gobierno surgido de Pavón comenzó a desplegar un
amplio abanico de actividades que poco a poco afianzarían el dominio institucional del
estado.
Esta enajenación de facultades adopta diversas modalidades: (1) exige replantear los
arreglos institucionales vigentes desplazando el marco de referencia de la actividad social
de un ámbito local-privado a un ámbito nacional- público; y (2) crea la posibilidad de
resolver, mediante novedosas formas de intervención, algunos de los desafíos que plantea
el paralelo desarrollo de la sociedad.
El gobierno nacional argentino no solo asumió funciones económicas y políticas, sino que
también tomó control de instrumentos de regulación social previamente manejados por
otras instituciones como la Iglesia o las tradiciones coloniales. Al centralizar estos
instrumentos en el Estado, se buscaba uniformar prácticas, aumentar la previsibilidad en
las interacciones sociales y acabar con la improvisación. Sin embargo, este proceso de
centralización no siguió una lógica de sustitución directa, como en el caso de las funciones
provinciales, sino que fue más bien un proceso de expansión del control estatal sobre
nuevas áreas. A pesar de que el liberalismo que inspiraba al gobierno era, en principio,
anti-intervencionista, el pragmatismo del gobierno lo llevó a intervenir en áreas de la
sociedad civil. El mayor ejemplo de este avance fue la tarea de codificación, que buscó
establecer un sistema legal unificado bajo el control del Estado, lo que representaba una
forma fundamental de consolidar su poder.
Esta sustitución de funciones por parte del Estado no solo representaba una concentración
de poder, sino que también le otorgaba legitimidad, ya que el control de áreas clave de la
vida social y económica reforzaba su autoridad. Además, al organizar y regular diferentes
aspectos de la sociedad, el Estado empezó a crear nuevas estructuras y formas de
organización institucional que, con el tiempo, fueron asimiladas por la sociedad y las
instituciones como algo natural. En este proceso, las otras instituciones que antes
regulaban o controlaban esos ámbitos fueron perdiendo poder y cediendo terreno al
Estado central, lo que permitió que este se consolidara como el gran sistema de
dominación del país.
Penetración estatal:
Consolidación del Estado nacional argentino durante la segunda mitad del siglo XIX,
especialmente después de la Batalla de Pavón (1861), cuando se impone el liderazgo de
Buenos Aires bajo la presidencia de Mitre.
La penetración estatal fue el proceso mediante el cual el Estado nacional argentino logró
afirmar su autoridad en todo el territorio, enfrentando resistencias y estableciendo
instituciones y vínculos de poder que dieran sustento a su legitimidad.
A pesar de que el movimiento iniciado en Buenos Aires contaba con aliados de causa en el
Interior, fue la rápida movilización de su ejército el argumento más contundente para
"ganar la adhesión" de las provincias y eliminar los focos de contestación armada. La
centralización del poder y los recursos resultaban insuficientes. Para ser efectiva, debía ir
acompañada por una descentralización del control, es decir, por una "presencia"
institucional permanente que fuera anticipando y disolviendo rebeliones interiores y
afirmando la suprema autoridad del estado nacional.
Sin embargo, esta presencia no podía ser sólo coactiva. Si la represión -su faz coercitiva-
aparecía como condición necesaria para lograr el monopolio de la violencia y el control
territorial, la creación de bases consensuales de dominación aparecía también como
atributo esencial de la "estatidad". Ello suponía no solamente la constitución de una
alianza política estable, sino además una presencia articuladora -material e ideológica que
soldara relaciones sociales y afianzara los vínculos de la nacionalidad. De aquí el carácter
multifacético que debía asumir la presencia estatal y la variedad de formas de penetración
que la harían posible.
Una primera modalidad, que llamaré represiva, supuso la organización de una fuerza
militar unificada y distribuida territorialmente, con el objeto de prevenir y sofocar todo
intento de alteración del orden impuesto por el estado nacional. Una segunda, que
denominaré cooptativa, incluyó la captación de apoyos entre los sectores dominantes y
gobiernos del interior, a través de la formación de alianzas y coaliciones basadas en
compromisos y prestaciones recíprocas. Una tercera, que designaré como material,
presupuso diversas formas de avance del estado nacional, a través de la localización en
territorio provincial de obras, servicios y regulaciones indispensables para su progreso
económico. Una cuarta y última, que llamaré ideológica, consistió en la creciente
capacidad de creación y difusión de valores, conocimientos y símbolos reforzadores de
sentimientos de nacionalidad que tendían a legitimar el sistema de dominación
establecido.