Revista Eureka sobre Enseñanza y
Divulgación de las Ciencias
E-ISSN: 1697-011X
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Asociación de Profesores Amigos de la
Ciencia: EUREKA
España
Cambio climático: una innegable y preocupante realidad
Revista Eureka sobre Enseñanza y Divulgación de las Ciencias, vol. 5, núm. 2, abril, 2008, pp. 237-
242
Asociación de Profesores Amigos de la Ciencia: EUREKA
Cádiz, España
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Rev. Eureka Enseñ. Divul. Cien., 2008, 5(2), pp. 237-242 EDUCACIÓN CIENTÍFICA Y SOSTENIBILIDAD
CAMBIO CLIMÁTICO: UNA INNEGABLE Y PREOCUPANTE
REALIDAD1
Educadores por la sostenibilidad
La alerta ante la influencia de las acciones humanas en la evolución del clima
comienza a cobrar fuerza a finales de los años sesenta con el establecimiento del
Programa Mundial de Investigación Atmosférica, si bien las primeras decisiones
políticas en torno a dicho problema se adoptan en 1972, en la Conferencia de las
Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano (CNUMAH). En dicha Conferencia,
se propusieron actuaciones para mejorar la
comprensión de las causas que estuvieran
pudiendo provocar un posible cambio
climático. Ello dio lugar en 1979 a la
convocatoria de la Primera Conferencia
Mundial sobre el Clima.
Otro paso importante, para impulsar la
investigación y adopción de acuerdos
internacionales para resolver los problemas,
tuvo lugar con la constitución, en 1983, de
la Comisión Mundial sobre el Medio
Ambiente y el Desarrollo conocida como
Comisión Brundtland. El informe de la
Comisión subrayaba la necesidad de iniciar
las negociaciones para un tratado mundial
sobre el clima, investigar los orígenes y
efectos de un cambio climático, vigilar
científicamente el clima y establecer
políticas internacionales para la reducción de
las emisiones a la atmósfera de los gases de
efecto invernadero.
A finales de 1990, se celebró la Segunda Conferencia Mundial sobre el Clima, reunión
clave para que Naciones Unidas arrancara el proceso de negociación que condujese a
la elaboración de un tratado internacional sobre el clima.
Hoy, tras décadas de estudios, no parece haber duda alguna entre los expertos acerca
de que las actividades humanas están cambiando el clima del planeta. Ésta fue,
precisamente, la conclusión de los Informes de Evaluación del Panel
Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC [Link] organismo
1
Extraído de los “Temas de acción claves” de la página de la Década por una Educación parala
Sostenibilidad. [Link]
Revista Eureka sobre Enseñanza y Divulgación de las Ciencias
Asociación de Profesores Amigos de la Ciencia-Eureka. ISSN: 1697-011X. DL: CA-757/2003
[Link]
EDUCADORES POR LA SOSTENIBILIDAD
creado en 1988 por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las
Naciones Unidas para el Medio Ambiente, con el cometido de realizar evaluaciones
periódicas del conocimiento sobre el cambio climático y sus consecuencias. Hasta el
momento, el IPCC ha publicado cuatro informes de Evaluación, en 1990, 1995, 2001 y
2007, dotados del máximo reconocimiento mundial. El día 2 de febrero de 2007 se
hizo público, con un notable y merecido impacto mediático, el IV Informe de
Evaluación del Panel Internacional sobre Cambio Climático (IPCC), organismo
científico de Naciones Unidas.
Miles de científicos habían puesto en común los resultados de sus investigaciones,
plenamente concordantes, y la conclusión puede resumirse en las palabras
pronunciadas por Achim Steiner, Director del Programa de Naciones Unidas sobre
Medio Ambiente (PNUMA): “El 2 de febrero pasará a la historia como el día en que
desaparecieron las dudas acerca de si la actividad humana está provocando el cambio
climático; y cualquiera que, con este informe en la mano, no haga algo al respecto,
pasará a la historia como un irresponsable”.
Los resultados de estos análisis son realmente preocupantes: la proporción de CO2 en
la atmósfera, por ejemplo, ha aumentado de forma acelerada en las últimas décadas,
provocando un notable incremento del efecto invernadero (Balairón, 2005). Y, antes
de referirnos a las causas de este alarmante fenómeno, es preciso salir al paso del
frecuente error que supone hablar negativamente del efecto invernadero. Gracias a
que hay gases “de efecto invernadero” en la composición de la atmósfera (dióxido de
carbono, vapor de agua, óxido de nitrógeno, metano…) la energía solar absorbida por
el suelo y las aguas no es total e inmediatamente irradiada al espacio al dejar de ser
iluminados, sino que la atmósfera actúa como las paredes de vidrio de los
invernaderos y, de este modo, la temperatura media de la Tierra se mantiene en torno
a los 15º C. Así se logra un balance energético natural que evita tremendas
oscilaciones de temperatura, incompatibles con las formas de vida que conocemos.
El problema no está, pues, en el efecto invernadero, sino en la alteración de los
equilibrios existentes, en el incremento de los gases que producen el efecto
invernadero, debido fundamentalmente a la emisión creciente de CO2 que se produce
al quemar combustibles fósiles como carbón o petróleo , sin olvidar que hay otros
gases, como el metano, óxido nitroso, clorofluorcarbonos, hidrofluorcarbonos, vapor
de agua y el ozono, que contribuyen también a ese efecto y las emisiones de la
mayoría de ellos crecen cada año.
Es chocante, por ejemplo, que los compuestos hidrofluorocarbonados (HFC) hayan
sustituido a los fluorclorocarbonados (CFC), causantes de la destrucción de la capa de
ozono, en los aerosoles y equipos de refrigeración. Se evita así esa destrucción de la
capa de ozono, pero se sigue contribuyendo al incremento del efecto invernadero. Y lo
mismo ocurre con los proyectos para construir nuevas centrales térmicas, que siguen
adelante en muchos países, pese a que comportarán un notable aumento de las
emisiones de CO2, además de provocar otras formas de contaminación sin
fronteras, como la lluvia ácida, que contribuyen a destruir los bosques, reduciendo,
por tanto, la capacidad de absorción del dióxido de carbono. De hecho, la
responsabilidad del incremento del efecto invernadero y el consiguiente aumento de la
CAMBIO CLIMÁTICO: UNA INNEGABLE Y PREOCUPANTE REALIDAD
temperatura media del planeta, es compartida casi al 50% entre la deforestación y el
aumento de emisiones de CO2 y demás gases invernadero. Y las consecuencias de
degradación ambiental comienzan ya a ser perceptibles (Folch, 1998; McNeill, 2003;
Vilches y Gil, 2003; Lynas, 2004; Duarte, 2006):
• disminución de los glaciares y deshielo de los casquetes polares, con la
consecuente subida del nivel del mar y destrucción de ecosistemas esenciales
como humedales, bosques de manglares y zonas costeras habitadas;
• deshielo, en particular, del permafrost, (suelos congelados de la tundra
siberiana, Canadá y Groenlandia) que encierra musgo y liquen acumulados
desde la última glaciación y que, al descongelarse, se descomponen emitiendo
metano, gas cuyo efecto invernadero es más de 100 veces superior al CO2, lo
que podría dar lugar a lo que Pearce (2007) denomina un tsunami atmosférico
y que está provocando ya el derrumbamiento de numerosos edificios y la
ruptura de oleoductos y carreteras en Siberia y Alaska (Gore, 2007);
• transformación de los océanos en fuente de CO2 en vez de sumideros debido al
aumento de temperatura.
• alteraciones en las precipitaciones y un aumento de la frecuencia e intensidad
de los fenómenos extremos (sequías, grandes incendios, huracanes, lluvias
torrenciales e inundaciones, avalanchas de barro...);
• modificaciones en las migraciones de aves con graves consecuencias para la
biodiversidad.
• acidificación de las aguas y destrucción de los arrecifes de coral, auténticas
barreras protectoras de las costas y hábitat de innumerables especies marinas;
• erosión y desertización;
• alteración de los ritmos vitales de numerosas especies;
• ...
Todo ello con graves implicaciones sociales, en particular, con repercusiones en la
agricultura, los bosques, las reservas de agua… y, en definitiva, para la salud humana:
aumento de la mortalidad asociado a las olas de calor, y otros fenómenos extremos,
incremento de alergias, enfermedades respiratorias, diferentes tipos de cáncer, etc.
(Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, 1988; McNeill, 2003; Duarte,
2006).
Los cambios provocados por los seres humanos están siendo tan profundos que se
habla de una era geológica nueva, el antropoceno, término propuesto por el premio
Nobel Paul Crutzen (Crutzen y Stoermer, 2000) para destacar la responsabilidad de la
especie humana (Pearce, 2007). Y las nuevas predicciones del IPCC para el siglo XXI
señalan que las temperaturas globales seguirán subiendo, el nivel del mar
experimentará ascensos significativos y la frecuencia de los fenómenos climáticos
extremos aumentará.
EDUCADORES POR LA SOSTENIBILIDAD
Una retroacción particularmente preocupante
es la posible alteración en la circulación
termohalina y sus consecuencias (Broecker,
1991). Se denomina así a las corrientes
oceánicas impulsadas por flujos superficiales
de aguas saladas y cálidas (de ahí su
nombre) procedentes de los trópicos que en
el ártico y la región antártica se enfrían y se
hacen más densas, hundiéndose a grandes
profundidades. Esas aguas profundas se
desplazan y van recorriendo los océanos
hasta emerger de nuevo al calentarse regresando por superficie al atlántico donde
comenzará un nuevo ciclo. La circulación termohalina actúa así como una gran cinta
transportadora oceánica que juega un papel fundamental en la distribución de agua
caliente desde los trópicos hasta las regiones polares y en el intercambio de CO 2 entre
la atmósfera y los océanos. Pero, debido a la elevación de la temperatura en los
casquetes polares y consiguientes incrementos de agua dulce procedentes del
deshielo, el agua puede no alcanzar la densidad suficiente para hundirse, lo que podría
provocar, según los expertos, una relentización de la circulación termohalina llegando
incluso al colapso (Duarte, 2006; Gore 2007; Pearce 2007), con drásticas
consecuencias sobre el clima global del planeta.
Es cierto también que las consecuencias son, en parte, impredecibles. Hay que tener
en cuenta que el clima es un sistema tremendamente complejo que no sólo
comprende la atmósfera, sino también los océanos, hielos, la tierra y su relieve, los
ríos, lagos, aguas subterráneas... La radiación solar, la rotación de la Tierra, la
composición de la atmósfera y los océanos afectan a este sistema y cambios pequeños
en parámetros importantes, como la temperatura, pueden causar resultados
inesperados y no lineales. Ello se ha aprovechado por algunos, hasta muy
recientemente, para decir que "las cosas no están claras" y justificar así su rechazo a
la adopción de medidas. Pero, como ha señalado la Unión Geofísica Americana (AGU),
institución científica internacional de más de 35000 miembros, "el nivel actual de
incertidumbre científica no justifica la falta de acción en la mitigación del cambio
climático".
Ya no es posible negarse a aceptar que estamos en una situación de emergencia
planetaria. No es posible seguir afirmando que "el planeta es muy resistente, que lo
que los humanos estamos haciendo con la Tierra es nimio comparado con los cambios
que ha experimentado antes por causas naturales; que ya ha habido otros cambios
notables en la composición de la atmósfera y en la temperatura, hubo glaciaciones… y
la Tierra continuó girando". Todo ello es verdad: en el pasado también ha habido
alteraciones en la concentración atmosférica de los gases de efecto invernadero que
han originado profundos cambios climáticos. Sin embargo, como han señalado los
meteorólogos, el problema no está tanto en los cambios como en la rapidez de los
mismos ([Link] baste señalar que la proporción de
CO2 en la atmósfera se ha incrementado en 200 años… ¡más que en los 10000
precedentes! Y Delibes de Castro puntualiza: "Nunca ha habido tanto CO2 en la
CAMBIO CLIMÁTICO: UNA INNEGABLE Y PREOCUPANTE REALIDAD
atmósfera desde hace al menos 400 000 años. Y seguramente nunca, en esos cuatro
mil siglos, ha hecho tanto calor como el que me temo hará dentro de pocos lustros"
(Delibes y Delibes, 2005).
Pero no es necesario esperar: según un reciente estudio, realizado por científicos del
Instituto Goddard de la NASA, la Tierra está alcanzando las temperaturas más altas
desde hace 12000 años, señalando que si aumenta un grado más igualará el máximo
registrado en el último millón de años.
"Esto significa -explican los autores del estudio- que un mayor calentamiento global de
un grado define un nivel crítico. Si el calentamiento se mantiene en ese margen, los
efectos del cambio climático podrían ser manejables, porque durante los periodos
interglaciales más templados, la Tierra era más o menos como es hoy. Pero si las
temperaturas suben dos o tres grados centígrados más, probablemente veremos
cambios que harán de la Tierra un planeta diferente del que conocemos hoy. La última
vez que la superficie del planeta alcanzó esas temperaturas, hace unos tres millones
de años, se estima que el nivel del mar era unos 25 metros más alto que el actual". Y
el estudio se refiere a claros indicios de cómo el calentamiento global ha empezado a
mostrar sus efectos en la naturaleza.
El punto crítico de un proceso irreversible está, pues, a sólo uno o dos grados más y
desde hace 30 años se ha acelerado el calentamiento, aumentando la temperatura
media en 0.2 ºC cada 10 años. Si el proceso continuara, el desastre global se
produciría en poco más de 50 años.
En consecuencia, aunque existen todavía muchas incertidumbres que no permiten
cuantificar con la suficiente precisión los cambios del clima previstos, la información
validada hasta ahora es suficiente para tomar medidas de forma inmediata, de
acuerdo al denominado "principio de precaución" al que hace referencia el Artículo 3
de la Convención Marco sobre Cambio Climático. Nos remitimos también a este
respecto a las “Pautas para aplicar el principio de precaución a la conservación de la
biodiversidad y la gestión de los recursos naturales” ([Link]
Como señala Duarte (2006) el calentamiento global “es una realidad en la que
estamos ya plenamente inmersos” y “su consideración como especulación o como
proceso futuro aún por llegar solo puede retrasar la adopción de medidas de
adaptación y mitigación y, con ello, agravar los impactos de este importante
problema”.
Resulta absolutamente necesario, pues, interrumpir esta agresión a los equilibrios del
planeta para hacer posible un futuro sostenible. Por ello en 1997, como resultado de
un acuerdo alcanzado en la Cumbre de Río en 1992, se firmó el Protocolo de Kyoto,
por el cual los países firmantes asumían el compromiso de reducir las emisiones en
porcentajes que varían según su contribución actual a la contaminación del planeta,
estableciendo sistemas de control de la aplicación de estas medidas.
Para que el acuerdo entrara en vigor, se estableció un mínimo de 55 países firmantes
que sumaran en conjunto al menos un 55% de las emisiones correspondientes a los
39 países implicados en el acuerdo. Y aunque existen países como EEUU (con mucho,
el más contaminante) que no asumen todavía el Protocolo de Kyoto y por lo tanto no
se comprometen a aplicar las medidas que en él se plantean, tras su ratificación por el
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parlamento ruso en octubre de 2004 se aseguraron los apoyos necesarios para su
entrada en vigor, que tuvo lugar el 16 de febrero de 2005. Una fecha que, sin duda,
pasará a la historia como el inicio de una nueva etapa en la protección del medio
ambiente por la comunidad internacional. Pese a que se trata solamente de un primer
paso todavía tímido en la regulación de la contaminación ambiental, en la lucha contra
el cambio climático, la importancia de este hecho es enorme por lo que supone de
regulación global de un ámbito que afecta a numerosos aspectos de nuestras
actividades y un paso hacia la cada vez más imprescindible prevención de riesgos y la
gestión integrada de los recursos del planeta (Mayor Zaragoza, 2000; McNeill, 2003;
Riechmann, 2003). Una gestión que exige, además de medidas políticas a escala
planetaria, como el Protocolo de Kyoto, el impulso de tecnologías para la
sostenibilidad y un sostenido esfuerzo educativo capaz de modificar actitudes y
comportamientos, como el que pretende la Década de la Educación para la
sostenibilidad.
REFERENCIAS
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