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2do Posteo 2do Aã o 25

El documento presenta varias leyendas indígenas y urbanas de Argentina, incluyendo la historia de un joven indio que conquista el fuego para su tribu, la creación del Puente del Inca, el cerro de los siete colores, y la leyenda del picaflor y el sapo. También se mencionan leyendas urbanas de Buenos Aires, como la historia de amor entre un joven de la familia Anchorena y Corina Kavanagh, así como fenómenos extraños en el subte A. Estas narraciones reflejan la cultura y tradiciones de la región.
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El documento presenta varias leyendas indígenas y urbanas de Argentina, incluyendo la historia de un joven indio que conquista el fuego para su tribu, la creación del Puente del Inca, el cerro de los siete colores, y la leyenda del picaflor y el sapo. También se mencionan leyendas urbanas de Buenos Aires, como la historia de amor entre un joven de la familia Anchorena y Corina Kavanagh, así como fenómenos extraños en el subte A. Estas narraciones reflejan la cultura y tradiciones de la región.
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Instituto Santa María de la Asunción - Nivel secundario

2do año - Prácticas del Lenguaje


Segundo posteo de contenidos

1
La conquista del fuego

Cuentan que en tiempos remotos, cuando los hombres entendían el len-guaje de los
animales y el astuto coyote gris era un buen amigo del indio, sucedió esta historia...

En una tribu de aborígenes vivía un muchacho de piernas ágiles y ro-bustas y de mirada


penetrante. Durante los largos y tibios días de verano, el joven indio recorría los bosques,
subía a los picos de las montañas y cruzaba los ríos junto con su inseparable coyote. Pero al
llegar el invierno, el muchacho se refugiaba con su gente en el fondo oscuro de las cavernas,
huyendo de la nieve y del frío enemigo.

Cada invierno, el joven piel roja miraba, pensativo, la angustia de su pueblo, miserable e
indefenso bajo el cielo helado. Un día le dijo al coyote:

-Tú no sientes los cuchillos del frío porque tienes la piel gruesa y cubierta de pelos; pero mi
gente tiembla y muere de frío. Dime, ¿qué podría yo hacer para que mi pueblo no sufra tanto?

-Yo sé lo que tienes que hacer, pero es muy peligroso -contestó el animal.

-Dímelo. Yo puedo hacerlo todo, aun lo imposible.

-Tendrás que ir a la montaña del fuego a recoger un poco de lumbre y traér-sela a tu pueblo.

-Pero, ¿qué es el fuego, qué es la lumbre? -preguntó el muchacho.

-El fuego es hermoso como una flor roja, pero no es una flor; corre por en-tre la hierba y la
devora como si fuese una bestia, pero no es una bestia; es fe-roz y cruel y, sin embargo, si se
le hace una cama entre piedras y se le entre-gan ramas de árbol para alimentarlo, es un
hermano bueno que acaricia el ai-re, las cosas y a los hombres con grandes y brillantes
lenguas calientes. Si con-sigues traerlo, tu pueblo podrá tener el calor guardado, como si
tuviera en su poder un pedazo de sol.

-Si es verdad lo que dices, yo traeré ese fuego. Ayúdame –dijo el muchacho.

Antes de partir, el indio fue a pedir a los ancianos de la tribu cien jóve-nes fuertes y de pies
ligeros para que lo acompañaran. Después, guiados por el coyote, todos iniciaron la marcha
hacia la montaña del fuego. La montaña era tan alta que llegaba hasta las nubes y tenía, en la
cima, algo que parecía una gran sombrilla de humo espeso. Cuando llegaron al pie de la
montaña, el buen coyote le dijo al muchacho:

-Espérame aquí y mantente alerta. Voy a traerte un pedazo de lumbre de la cima. Como
llegaré rendido, tú deberás seguir corriendo, porque los espíritus del fuego te perseguirán para
atraparte.

El coyote comenzó a subir por la ladera de la montaña, escondiéndose detrás de las piedras.
Sin embargo, los espíritus del fuego lo descubrieron; pero al ver-lo tan flacucho y sucio,
creyeron que era inofensivo. Cuando llegó la noche, mientras los espíritus danzaban entre
inmensas llamas, el astuto coyote se apo-deró de una gran rama encendida y huyó con ella
rápidamente, montaña aba-jo. Las llamas corrieron tras él con ruido de furiosas fieras. El

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joven indio vio que el coyote descendía en la noche, como una estrella fugaz que huye en el
cie-lo. Los espíritus del fuego lo seguían como un río de lumbres.

Se acercaba la chispa brillante... ¡Se acerca!... ¡Ya llega!... Allí está. El valiente animal cae al
suelo, anhelante, sin fuerzas. El muchacho recoge rá-pidamente la rama encendida y corre
desesperadamente.

Los espíritus del fuego, convertidos en llamas, lo persiguen. Pero el mu-chacho, veloz como
una flecha, llega al primer corredor, que aguarda con la mano en alto para recibir la antorcha.
Así, la rama encendida pasa de mano en mano, sin detenerse. Los espíritus del fuego
persiguen, furiosos, la llama que desaparece detrás de las montañas de nieve, que ya no
pueden franquear... La luz siguió suspendida en el aire. Era amarilla y bella en el día, como un
trozo de sol; era maravillosamente roja en la noche.

La rama encendida llegó hasta el último hombre y de él a la tribu. Allí, en medio de la


caverna, le hicieron una cama de piedras y la alimentaron, amorosamente, con ramas secas.
Desde entonces, la gente de la tribu nunca más tembló ni se murió de frío. Desde entonces, el
noble muchacho indio fue conocido como el valeroso conquistador del fuego. Desde
entonces, el coyote lleva en su pelaje la marca de su acción generosa: conserva en sus flancos
la piel amarillenta, tostada por el fuego, como recuerdo de su hazaña.

Leyenda indígena

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El puente del Inca

Cuenta la leyenda que hace muchos años el heredero del trono del Imperio Inca tenía una
extraña y misteriosa enfermedad y poco a poco estaba muriendo. Las curas, rezos y recursos
de los hechiceros nada lograban y desesperaban por no poder devolverle la salud al príncipe al
que querían tanto. Fueron convocados los más grandes sabios del reino, quienes afirmaron
que sólo podría sanarlo el maravilloso poder del agua de una vertiente, ubicada al sur, en una
muy lejana tierra. Decidieron entonces viajar hasta allí en numerosa caravana, superaron
muchas dificultades, marcharon durante meses sobre valles y montañas, con frío y con calor
hasta que un día se detuvieron ante una quebrada, en cuyo fondo corrían las aguas de un
profundo río. Al frente, en el lado opuesto, estaba el manantial, pero… ¿cómo iban a hacer
para cruzar?

Todos trataron de buscar una forma de llegar hasta las milagrosas aguas, pero no lo lograron.
Mientras tanto el Sol, que ya se estaba por ocultar en el horizonte, vio lo que estaba
ocurriendo. La hazaña que los incas habían sido capaces de realizar por amor a su príncipe, no
escapó a la vista del Dios y quiso premiarlos. Consultó con la luna, Mama Quilla, y entre los
dos decidieron ayudarlos.

Al amanecer del día siguiente, los incas, entre dormidos y despiertos, vieron sorprendidos que
frente a ellos, había un ancho puente de piedra y tierra que les habían construido los Dioses de
la Luna y el Sol para que pudieran llegar al manantial. Llenos de alegría pudieron conseguir
curar a su emperador, quién volvió a gobernar su Imperio durante muchos, muchos años.

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Desde entonces al noroeste de la provincia de Mendoza, donde pasa el río Las Cuevas, el
mismo que interrumpiera el paso del emperador y sus súbditos, se levanta el Puente del Inca
uniendo las dos orillas y bajo su arco siguen pasando torrencialmente las aguas del río.

El cerro de los siete colores

Cuenta la leyenda que, en un pequeño pueblito de la Provincia de Jujuy, llamado


Purmamarca, rodeado de grandes cerros iguales a todos los que se conocen en el mundo, a un
grupo de niños que se habían cansado de que todos los habitantes y los paisajes siempre se
vieran tristes y aburridos, se les ocurrió hacer algo para alegrar a su pequeño pueblo. Les
preguntaron a sus padres qué podrían hacer, pero ellos no supieron qué responder, pensando
que sus hijos se terminarían acostumbrando; pero los niños no se dieron por vencidos y
decidieron que juntos solucionarían el problema. Juntaron toda la pintura de color que
encontraron y cada noche salían de la cama y subían a pintar el cerro. Siete noches repitieron
eso y aunque les avisaron a sus padres que estaban saliendo para colorear el cerro, ellos no les
creyeron y pensaron que sólo estaban soñando.

Los niños pintaron el cerro con todos los colores que habían conseguido ¡Mientras más
colores encontrarán, más bello y alegre sería el cerro! Una noche, uno de los mayores se
despertó y no encontró a su hijo en la cama; se lo dijo a los demás padres y entonces se
dieron cuenta de que ¡estaban todos desaparecidos! Preocupados, decidieron entonces salir a
buscarlos. Cuando ya no sabían en dónde buscar, se acordaron de lo que los niños habían
dicho y levantaron la vista al cerro. Asombrados vieron que el cerro aburrido y triste que
rodeaba a su pueblo ¡Estaba pintado en siete hermosos colores! Vieron a todos los niños bajar
del mismo, llenos de pintura, corriendo, riendo y llenos de felicidad.

Desde ese día se festeja cada año el día de los siete colores en el pueblo de Purmamarca y
desde ese día el cerro que está rodeando el pueblo, alegra a sus habitantes y da vida al paisaje
con sus siete hermosos colores.

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El picaflor y el sapo

Hace muchos, pero muchísimos años, antes de que el hombre poblara estas tierras, Añá, el
dios del mal, se la pasaba espiando a Tupá, el dios del bien. Tupá ya había creado la tierra, las
aguas y los cielos y en esos días se encontraba muy ocupado creando a los seres que iban a
habitarlos. Para ello, tomaba barro y cerrando los ojos moldeaba entre sus dedos hábiles y
suaves la figura del animal que había imaginado. Cuando los abría, este aparecía ante sus ojos
tal como Tupá lo había soñado. Entonces, lo soplaba con su aliento divino y el animal
cobraba vida. Y fue así como una mañana, Tupá se sentía más feliz que nunca y decidió hacer
algo muy hermoso. Entonces tomó los colores del arco iris, los mismos que había usado para
pintar las flores, y los mezcló con un puñadito de tierra colorada, no mucha, porque quería
hacer un ser pequeño y delicado. Tupá fue amasando la pasta con ternura, despacio,
amorosamente. Le agregó unas gotas de rocío, frescas y cristalinas y un haz de luz de la luna
para que brillara y por último, colocó en el lugar del corazón una chispa diminuta del
relámpago. Tupá terminó de darle forma: era un pájaro. No era como el benteveo, ni como
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los cardenales. Tampoco se parecía al tucán ni a los cabecitas negras. Era frágil pero
magnífico como una piedra preciosa. Satisfecho Tupá se lo acercó a los labios y sopló con
suavidad. El pájaro agitó sus alas multicolores breve, pero velozmente y levantó vuelo. Antes
de alejarse sobrevoló a Tupá para agradecerle la vida que le había dado y partió a beber el
néctar de las flores. Había nacido el picaflor. Tupá estaba tan contento que no notó que Añá,
muerto de envidia, no se había perdido ni uno solo de sus movimientos. Cuando Tupá se
retiró a descansar, Añá decidió imitarlo y crear, también él, un animal.

—¡ Ja! Cualquiera puede hacer lo mismo —se jactaba Añá llenándose las manos de barro,
pero no de la orilla del río, como había hecho Tupá, sino de una charca pantanosa y
maloliente—. Tengo que agregarle un poco de color con estas flores... Y tomó musgo y
moho. —Unas gotas de rocío... Y Añá le escupió su propia saliva. —¡Ah! Me falta el brillo
de la luna y una chispa de relámpago. Como Añá era un poco vago, no tuvo ganas de ir a
buscar un haz de luz de la luna y menos aún quemarse las manos para sacar una chispa de un
relámpago. Entonces los reemplazó con las escamas brillantes que le arrancó a un pez
distraído y con una brasa de carbón. Añá mezcló todo con sus dedos largos, ásperos y
peludos, y lo amasó sin esmerarse demasiado. Cuando tuvo en sus manos una masa compacta
y pegajosa, comenzó a darle forma y se dio cuenta de que no era tan pequeña como la que
había hecho Tupá. —¡Bah! No importa —se dijo—. Mejor aún, así mi animal es más grande
que el de él. Y continuó moldeando y moldeando hasta que lo tuvo listo. Claro que a él no le
salió tan prolijo. Además, de puro atolondrado que era, se olvidó de hacerle las alas y le puso
cuatro patas en lugar de dos. Y llegó el momento de soplarlo. Añá, ansioso, se llenó de aire el
pecho y sopló sobre su animal. Pero ¡ay!, su aliento era pestilente, repugnante, asqueroso. El
animal cobró vida, pero se le aplastó la cara al tratar de protegerse del mal aliento de Añá.
Este, furioso por el desprecio, lo arrojó hacia arriba para que volara. El pobre bicho dio una
voltereta por el aire y ¡plaf!, cayó al suelo pesadamente. Las patas delanteras se le achataron
tanto con el golpe que ni siquiera pudo caminar. Entonces Tupá, a quien los pájaros del
monte le habían ido a contar todo, se acercó al animal, lo acarició, lo pintó con los colores del
irupé y le enseñó a cantar. Había nacido el sapo. El animal, agradecido, se fue saltando y
desde entonces, canta cerca de los ríos.

Versión de una leyenda guaraní

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6
Leyendas urbanas de Buenos Aires

Antes de empezar
Les proponemos leer historias de miedo ubicadas en la mismísima ciudad de
Buenos Aires. Quizá ya escucharon algunas en la escuela o el barrio: se trata de
historias inquietantes que suceden en lugares y tiempos próximos a nosotros y, tal
vez por eso, nos producen temor. ¿Conocen alguna de esas historias? Los
invitamos a leer unas que circulan de boca en boca.

Romeo y Julieta criollos


Cuenta la tradición que la aristocrática familia Anchorena vivía en el actual Palacio
San Martín, donde funciona el Ministerio de Relaciones Exteriores. Hacia 1920, sus
miembros decidieron construir la iglesia del Santísimo Sacramento como futuro
sepulcro familiar. Por esa época, un joven Anchorena se enamoró locamente de
Corina Kavanagh, una muchacha de familia adinerada, aunque no aristocrática.
Pero el romance no fue aprobado por los padres del joven y los novios tuvieron que
separarse. Corina, entonces, tramó una extraña venganza que no implicó que
corriera sangre: ordenó levantar en San Martín y Florida un edificio cuyo único
requisito fue que le impidiera a la familia Anchorena ver la iglesia del Santísimo
Sacramento desde su lujoso palacio. Aún hoy pesa la “maldición” arquitectónica, ya
que el edificio Kavanagh sigue obstaculizando la visión del templo católico.

Las luces titilantes del subte A


Cuentan quienes viajan en el subte A, que une Plaza de Mayo y llega hasta Flores
en la ciudad de Buenos Aires, que un fenómeno muy extraño sucede cuando los
últimos trenes subterráneos atraviesan una parte de su trayecto.
Se dice que en la media estación que nunca fue terminada, situada entre Pasco y
Alberti, es posible observar presencias sobrenaturales. Al pasar por allí el subte, las
luces del vagón titilan y, en ese instante, se pueden ver dos figuras masculinas
sentadas en el andén abandonado.
Cuenta la leyenda que, cuando se estaba construyendo esa media estación, dos
obreros italianos perdieron la vida por la caída de una viga. Por eso, la empresa
constructora decidió cancelar la obra de esa estación intermedia entre Pasco y
Alberti. Pasajeros del subte sostienen que esos dos hombres aún permanecen en el
lugar: los ven sentados o parados en las vías, mirando el horizonte.

Los duendes de La Boca


Cuenta la historia que en 1908 la rica hacendada María Luisa Auvert decidió mandar
a construir un edificio de alquiler en la esquina de Benito Pérez Galdós, entre
Almirante Brown y Villafañe, en el barrio de La Boca. El encargado de la
construcción fue un arquitecto catalán que montó una impresionante obra de arte
que encantó a la propietaria. Tanto le gustó que olvidó su idea de alquilar los pisos y
resolvió que el edificio fuera su propia residencia.
Para conservar el estilo de la vivienda, María Luisa hizo traer muebles, adornos y
plantas desde Europa. La leyenda cuenta que estos objetos no vinieron solos... Al
poco tiempo de recibidos, los vecinos de la residencia empezaron a escuchar ruidos

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constantes y extraños. Esto complicó tanto la relación de la propietaria con los
vecinos que decidió mudarse.
El “castillo”, como llaman actualmente al edificio, se destinó, entonces, a su
propósito original: sus pisos fueron alquilados, en su mayoría, a artistas que
montaron allí sus atelieres.
En el último piso, coronado por una torre, vivía Clementina, una artista plástica algo
famosa. Un día, una periodista acudió a la vivienda para hacerle un reportaje y
fotografió sus obras. Al revelar las fotos, se llevó una gran sorpresa: varios duendes
de colores aparecían rondando sus cuadros… Entonces, llamó a Clementina para
contarle el hallazgo; pero la pintora se había arrojado de la torre unos días antes.
La leyenda dice que fueron los duendes quienes empujaron a Clementina al vacío y
que todavía hoy pululan con ella en el viejo y hermoso castillo de La Boca.

Actividad
1. Relean las tres historias y anoten los lugares que se nombran y les suenan
familiares. Luego de averiguar un poco sobre estos lugares, ¿qué piensan
sobre lo que cuentan estas historias?
2. Las historias como las que leyeron se transmiten de boca en boca, por eso
contienen frases que recuerdan que son orales y basadas en dichos que
circulan en una comunidad. Por ejemplo: “Cuentan quienes viajan en el subte
A…”. Localicen estas frases que muestran que estas leyendas no surgen de
escritores/as, sino de palabras que viajan de persona en persona.
3. Completen el siguiente cuadro con las tres leyendas urbanas:

leyenda personajes tiempo escenario finalidad


urbana

Antes de terminar
Elijan un lugar cercano a la escuela y escriban una leyenda urbana. Debe ser
verosímil, para que los vecinos sientan miedo al leerla y escucharla.

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ACENTUACIÓN DE MONOSÍLABOS
Actividades:
1. Copia y completa las oraciones con el monosílabo adecuado:
¿Qué ha dicho .......... (él / el)?
Me encanta ............... (él / el) pescado.
He perdido ............... (tú / tu) libro.
.............. (Tú / tu) no sabes dónde vivo.
No te olvides de .............. (mí / mi)
............... (Mí / Mi) equipo ganó el partido.

2. Escribe una oración con cada uno de estos monosílabos: él - el - tú - tu - mí - mi.

3. Completa estas oraciones con el monosílabo adecuado.


.................... también deberías comer menos chocolate.
Debes demostrarle todo ................. cariño.
Guardé todo en ................. mochila.
A ............... me gusta hacer pajaritas de papel.
Iré ................ domingo a patinar sobre hielo.
No me había dicho que .................. no estaría allí.

4. Completa las siguientes oraciones. Si ............... (tu / tú) no quieres venir, vendrá
................. (el / él).
A ...................... (mi / mí) no me importa.
Si quieres ................... (mas / más) díselo al camarero. .................... (el / él) te lo
servirá.
Vamos a estudiar en ................. (mi / mí) casa.

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