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El documento analiza el Consejo de la Magistratura en Argentina, destacando su creación para despartidizar la designación de magistrados y asegurar la independencia judicial. Se discuten las reformas legislativas recientes y su impacto en la política de partidos, así como la importancia de la composición del Consejo para preservar la autonomía del Poder Judicial. Se concluye que es esencial garantizar un proceso transparente y equilibrado en la designación y remoción de jueces para mantener la independencia judicial.
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El documento analiza el Consejo de la Magistratura en Argentina, destacando su creación para despartidizar la designación de magistrados y asegurar la independencia judicial. Se discuten las reformas legislativas recientes y su impacto en la política de partidos, así como la importancia de la composición del Consejo para preservar la autonomía del Poder Judicial. Se concluye que es esencial garantizar un proceso transparente y equilibrado en la designación y remoción de jueces para mantener la independencia judicial.
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IntroducciónBloque 1Bloque 2Referencias

Consejo de la Magistratura

Introducción

El Poder Judicial se encuentra hoy en el centro de atención tanto de los


especialistas como de la ciudadanía en general. El proceso de judicialización
creciente de la vida social y política ha colocado en la mira los procesos de
designación y remoción de los magistrados, como así también la
administración presupuestaria, de sus recursos y el funcionamiento general de
la justicia. Ese creciente interés se debe, entre otros factores, a la expansión
del control de constitucionalidad y de convencionalidad de las leyes y la
universalización de las diversas modalidades de control difuso, que ponen de
manifiesto el formidable poder de los jueces como guardianes de la
Constitución.

Al mismo tiempo, se han generalizado formas diversas de activismo judicial,


sobre todo por su incidencia en cuestiones de contenido político partidario,
como la corrupción, los delitos contra la Administración pública, los crímenes y
atentados políticos y aun los propios procesos electorales. Estos temas
también estuvieron presentes en la reforma constitucional de 1994. Siguiendo
una ola de movimientos reformistas que en el ámbito regional de América
Latina receptó muchas de las instituciones del constitucionalismo europeo, la
Convención Constituyente de 1994 incorporó la institución del Consejo de la
Magistratura, propio de los regímenes parlamentarios, al sistema judicial
argentino cuyos orígenes se hunden en el modelo presidencialista
norteamericano.

[…] El Consejo de la Magistratura fue introducido en el ordenamiento


constitucional argentino en un intento por «despartidizar» los nombramientos
de magistrados y para aliviar al Poder Judicial del peso de tareas que no
estaban ligadas directamente con la función jurisdiccional. Se buscaba, sobre
todo, autonomía, independencia, eficiencia y operatividad. El resultado
obtenido a partir del texto del artículo 114 más la legislación reglamentaria
merece un tratamiento puntual a la luz de los desafíos buscados, en particular,
la independencia judicial.
En ese sentido, y en relación con su integración, cabe trazar una línea
comparativa entre el texto constitucional y las distintas leyes reglamentarias en
la búsqueda del necesario equilibrio de poderes, lo que es clave para la
independencia referida. Ello así, puesto que, si la política partidaria se
apropiara no solamente de las facultades de elegir y remover a los jueces, sino
también de las de administrar al órgano y ejecutar su presupuesto, el daño
sería mayor y el Poder Judicial vería comprometida su independencia.

En este sentido, las últimas reformas de la Ley 24937 de Organización del


Consejo de la Magistratura, tanto la Ley 26080 como la Ley 26855, han
generado un debate intenso y apasionado, principalmente en torno a la
incidencia de la política de partidos que se introduce tanto en la composición
como en la forma de elección de sus miembros.

En efecto, la reforma legislativa última se incluyó en un paquete de seis


proyectos legislativos que envió el Poder Ejecutivo al Congreso el 8 de abril del
año 2013, bajo la denominación de «democratización de la justicia», los cuales
fueron convertidos en leyes casi sin discusión ni debate. (Ábalos, 2021, p.
373).

1. El objeto

Con la finalidad de poder comprender acabadamente el instituto del Consejo de la


Magistratura, a continuación, se presenta una situación.

En la República de Islandia, hace tiempo, se discutía sobre la necesidad de que la Justicia


sea más empática y tenga mayor contacto con la realidad. Además, y particularmente, se
esperaba que el Poder Judicial esté dotado de independencia respecto de los otros
poderes. Por esta razón, se comenzó a realizar una serie de cambios en la forma por
medio de la cual se designaba y removía a los jueces. Con esta finalidad, se estableció el
siguiente procedimiento. Por un lado, para designar a jueces, es necesaria la aprobación
del presidente de la nación y el acuerdo del Congreso con mayoría simple de cualquiera
de las Cámaras. Por otro lado, la destitución de un juez será realizada por el Jurado de
Enjuiciamiento que se encuentra en la órbita del Ministerio de Justicia, organismo
presidido por el presidente de la nación, el ministro de Justicia, dos senadores y dos
diputados.
Planteada esta situación, ¿consideras que los cambios realizados contribuirán a alcanzar
el objetivo buscado en la República de Islandia? Para responder esta pregunta,
avancemos con el siguiente tema.

2. El Consejo de la Magistratura

Con referencia a sus orígenes históricos, el Consejo de la Magistratura surge


en Italia con la Ley Orlando de 1907, luego [fue] receptado por Portugal en
1912; sin embargo, hacia 1883 en Francia ya se encuentran antecedentes de
esta institución. A partir de la segunda posguerra mundial adquiere categoría
constitucional en Francia (1946 y 1958) y en Italia (artículo 104 de la
Constitución [de Italia] de 1947), y se divulga en Turquía (1961), Venezuela
(1961), Grecia (1975), etcétera.

Los fines que impulsan el nacimiento de estos Consejos, inmersos en


regímenes parlamentarios, apuntan históricamente a independizar a los
miembros del Poder Judicial, fomentar el ingreso y la promoción en la carrera
judicial según los méritos de cada postulante, permitir el acceso de los mejores
[jueces] sin pautas arbitrarias o aleatorias, respetando los principios de
igualdad e idoneidad, todo lo cual busca robustecer la independencia judicial
frente a los demás órganos del Estado.

Esta visión se asocia mayormente a la concepción del constitucionalismo


europeo, que exige una administración independiente de justicia, pero no tanto
a la tradición americana de una estricta división de poderes. Es decir, los
sistemas europeos continentales suponen la colaboración entre los poderes y
no su división, donde los Consejos tienen, entre otras funciones, la de asegurar
la independencia de la administración de justicia.

La composición de este cuerpo es uno de los puntos clave a la hora de evaluar


su éxito o fracaso en relación con el cumplimiento de sus cometidos. En el
derecho comparado existen dos versiones disímiles desde el punto de vista
cualitativo. Una postura concibe a los Consejos de tipo «judicialistas»,
haciendo predominar manifiestamente los vocales provenientes del Poder
Judicial, como el caso de las Constituciones de Grecia (art. 90) o de Turquía de
1961 (art. 143), etcétera. Mientras que los Consejos «mixtos» tienen una
composición plural, con prevalencia o no de los integrantes del Poder Judicial
que comparten con los que no son jueces la dirección de estos, como es el
supuesto del Consejo Superior de la Magistratura italiano. Este organismo está
presidido por el presidente de la República y formado por el primer presidente y
el fiscal general de la Corte de Casación; consejeros provenientes en sus dos
terceras partes de los jueces; y el tercio restante nombrado por el Parlamento
entre catedráticos titulares en materias jurídicas y abogados con quince años
de ejercicio de la profesión (art. 104, Constitución [de Italia] de 1947).

La preferencia entre un modelo y otro de integración del Consejo tiene relación


con las funciones que se le reconozcan. De tal forma, si sus funciones son de
peso dentro del Poder Judicial no resulta favorable a una mayor independencia
de este órgano frente a los demás, que su integración tenga mayoría que no
provenga de la judicatura o, peor aún, que sea mayoritariamente de los
órganos políticos partidarios, puesto que implicaría dejar dichas funciones en
manos de un ente no judicial. Ello no implica desconocer la función que tienen
los representantes de los abogados, el ámbito académico y científico, como,
asimismo, el Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo, con el fin de evitar la visión
corporativa en este cuerpo, siempre y cuando se preserve el equilibrio entre los
distintos sectores.

Desde la perspectiva cuantitativa, los Consejos de la Magistratura pueden ser


numerosos, con más de veinte miembros, como en España o Italia, o bien
reducidos, como en el constitucionalismo provincial argentino, en los casos de
San Juan o San Luis, que tienen cinco miembros. Los supuestos de pocos
consejeros pueden traer como inconveniente la escasa representatividad y la
concentración del poder en sus integrantes.

En cuanto a las funciones del Consejo, se pueden mencionar dos lineamientos


básicos: por un lado, participan en los métodos de designación y remoción de
los jueces; por otro, suman otros roles relacionados con el gobierno del Poder
Judicial. Así lo señala, por ejemplo, la Constitución española, pudiendo implicar
funciones dentro del régimen disciplinario de los jueces con participación en la
remoción, también en lo que respecta a la administración de los recursos y a la
ejecución del presupuesto del Poder Judicial, etcétera. Lo expuesto genera
como interrogante si resulta beneficioso o no confiar el gobierno y la
administración de este órgano a un ente diferente de la Corte Suprema y, en su
caso ajeno, al órgano mismo. Se enfrentan, en este sentido, concepciones
diversas. Por un lado, quienes procuran asegurar el origen propiamente político
de los consejeros; y, por otro, quienes ven en la política partidaria una
dominación inadmisible y procuran, por ello, garantizar la plena autonomía de
los jueces y magistrados, aun a costa de reforzar su carácter corporativo.

La CN [Constitución Nacional] consagra un poder específico dentro de la


estructura del Estado para asumir la función judicial, teniendo en sus manos la
importantísima función de declarar la inconstitucionalidad de las leyes, actos y
normas y así controlar a los otros dos poderes del Estado. El Poder Judicial
aparece como un órgano constitucional, complejo y especializado. Es
constitucional por hallarse expresamente consagrado en la Constitución formal;
es complejo tanto en virtud de la estructura orgánico-funcional (art. 108 de la
CN) como de la organización federal del Estado (art. 5 de la CN); y es
especializado en cuanto tiene a su cargo la administración de justicia sometida
al principio de legalidad dentro del marco constitucional.

La independencia judicial exige necesariamente neutralizar las intromisiones


de los poderes políticos y hacer extensivo ello a distintas entidades, como los
sindicatos, los partidos políticos, los grupos de presión en general, como los
medios de comunicación, los grupos económicos, etcétera. La independencia
judicial no puede ser concebida como un privilegio, sino como una verdadera
garantía funcional, pilar fundamental del funcionamiento del estado social y
democrático de derecho, al servicio de las instituciones y de las personas en
ejercicio de la tutela judicial efectiva. En este sentido, es clave analizar la
configuración y las funciones del órgano que tiene en sus manos la selección
de los jueces, que, además administra el Poder Judicial, acusa ante el órgano
encargado de hacer efectiva su responsabilidad política, maneja su
presupuesto, como es el caso del Consejo de la Magistratura. (Ábalos, 2021, p.
383).

Ahora bien, luego del análisis presentado respecto del Consejo de la Magistratura, ¿qué
piensas de la situación planteada anteriormente? ¿Crees que es conveniente que la
designación de los jueces solo quede en manos del presidente de la nación y que no
intervengan otros órganos? ¿La aprobación del presidente alcanza para comprobar la
idoneidad de los postulantes?

Para finalizar, y a modo de respuestas a estas preguntas, debemos señalar que es


realmente muy importante lograr la independencia del Poder Judicial. Para ello, la
designación de los magistrados debe realizarse de forma transparente. Además, los
candidatos a cubrir los cargos deben tener las mejores condiciones éticas, académicas y
profesionales.

Por otro lado, se debe garantizar la seguridad en el procedimiento de sanción y destitución


de los jueces, proceso que debe estar dotado de una total independencia e injerencia de
influencias políticas. Para ello, es necesario alcanzar un equilibrio en la integración y
autonomía orgánica del Consejo de la Magistratura, reconociéndole una real
independencia de los otros poderes.

Referencias

Ábalos, M. G. (2021). El Consejo de la Magistratura y los desafíos en


relación con la independencia judicial. En Revista Derecho Público 2021(1)
pp 373, 434. Buenos Aires, Argentina: Rubinzal-Culzoni.

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