UNIDAD N° 3
Dimensión: familias, padres, adultos significativos en el proceso de diagnóstico
psicopedagógico.
Texto: Intervenciones en la clínica psicoanalítica con niños.
Autora: Beatriz, Janin.
La clínica con niños
Los niños nos cuentan sus padecimientos, en otros lenguajes de los que solemos usar los
adultos. Freud plantea:
‘’Se demostró que el niño es un objeto muy favorable para la terapia analítica; los éxitos
son radicales y duraderos. Desde luego, es preciso modificar en gran medida la técnica
de tratamiento elaborada para adultos. Psicológicamente, el niño es un objeto diverso
del adulto, todavía no posee un superyó, no tolera mucho los métodos de la asociación
libre, y la transferencia desempeña otro papel, puesto que los progenitores reales
siguen presentes. ‘’
Afirma que, en el caso de los niños, hay que tener en cuenta las transferencias de los
padres, y que las resistencias son, muchas veces, las de estos. La constitución subjetiva,
en la que los padres juegan un papel estructurante, es crucial a tener en cuenta en el
trabajo con niños.
El psicoanálisis con niños ha estado ligado desde el comienzo a dos cuestiones
esenciales:
1. La creatividad en el abordaje.
2. Las cuestiones sociales.
Nos muestra la necesidad de intervenir de otros modos, intervenciones que, a la vez,
están determinadas por los diferentes lenguajes con los que se expresa un niño, por el
tipo de pensamiento que predomina en él y la historia que se va forjando en cada análisis.
Y también los padres con sus propias historias y temores, con sus demandas y urgencias.
El trabajo psicoanalítico con ellos no podrá ser una tarea pedagógica, sino que implica
también un recorrido. Van a estar incluidos de entrada en el análisis del niño. Si los
pensamos como sujetos marcados por deseos y prohibiciones, preocupados por los
avatares de sus hijos ¿Cómo intervenir? Trabajando juntos, desarmando repeticiones,
podemos ayudar a que se vinculen de modos más creativos con ese niño. Muchas veces
tenemos que desandar el significado que para ellos tiene la maternidad y paternidad, qué
historias han incorporado en relación a estos temas, cuál es su representación de hijo. El
vínculo de los padres con el hijo es uno de los vínculos humanos más conflictivos,
ambivalentes y difíciles. Todo el psiquismo con sus deseos reprimidos, sus
identificaciones, normas e ideales se manifiesta en el vínculo con el hijo.
La consulta por un niño: Primeras entrevistas.
El modo en que encaremos una primera entrevista va a estar inevitablemente sustentado
en la conceptualización que realicemos del psiquismo humano.
La psicopedagogía infantil presenta particularidades: los niños combinan distintos
funcionamientos y varían con facilidad de unos a otros. Es muy frecuente que aquello que
presenten no sean estrictamente síntomas, sino trastornos en la estructuración psíquica.
Trastornos que son efecto de movimientos defensivos, deseos contradictorios,
prohibiciones, identificaciones, fenómenos externos-internos al aparato psíquico del niño.
Las entrevistas preliminares, es en donde se va esbozando quién pide y qué es lo que
pide, quién sufre y porqué, de que conflicto se trata, si estos son predominantemente
intrapsíquica o intersubjetivos y cuáles son las determinaciones prevalentes. Es en ellas
en las que se pueden ir reconociendo en partes, los avatares pulsionales y defensivos de
padres e hijos. Y también donde se va poniendo en juego la historia de cada uno, de la
pareja, del hijo, las identificaciones y las relaciones transferenciales que se entrecruzan.
¿Quiénes consultan?
La primera entrevista en la consulta por un niño es generalmente con los padres, aunque
no siempre sea así.
Si pensamos las entrevistas con los padres (o los adultos que consulten por el niño) como
anamnesis, al estilo médico, como un lugar para recabar datos, siguiendo un cuestionario
prefijado, estaremos operando con una teoría de la historia como acumulativa, con una
idea de la constitución psíquica que nos lleva a los ‘’hechos’’ traumáticos.
Es fundamental tener presente que los padres son, como cualquier adulto, sujetos
escindidos y que las relaciones padres-hijos están inevitablemente marcadas por las
pasiones y por el narcisismo.
La historia que armen será fundamental, en tanto son ellos los que pueden recordar lo
que en el niño es huella sin palabra, pero fundamentalmente porque es la historia que han
construido sobre ese niño y sobre ese vínculo, la historia que trasmiten al hijo, el armado
que han podido hacer, que muchas veces es fragmentario, contradictorio y que suele ir
variando a lo largo de las entrevistas.
Una cuestión clave es, desde el comienzo, ubicarse como psicoanalista. Es fundamental
que sean los padres quienes armen el decurso de la entrevista, siguiendo el orden que
quieran. Esto hace que no se pueda predecir de antemano el número de entrevistas, en
tanto no sabemos qué rumbo van a tomar ni cuánto tiempo pueden llevar. Piera
Aulagnier retoma la idea de Freud, pero agrega: ‘’la codificación debe tomar en cuenta
caracteres que especifiquen la problemática de los sujetos con los que uno juega, así
como sus consecuencias, sobre la forma que habrá de cobrar su transferencia.’’
Las primeras entrevistas con los padres
Cuando los padres consultan por su hijo, su propia historia infantil se presentifica en esa
consulta. El narcisismo herido se pone en juego. En los primeros encuentros, va
apareciendo el funcionamiento psíquico de cada uno de los padres, las diferentes
fantasías con respecto al hijo, el modo en que cada uno construyó una historia de ese
niño y las esperanzas y proyectos que cada uno sostiene.
‘’La primera entrevista suele cumplir un papel privilegiado por su carácter espontánea,
sobre el cual nuestra manera de escuchar, las palabras que pudimos pronunciar, y aún
nuestro silencio, no han obrado todavía: y tampoco han movilizado, ni siquiera
mínimamente, las defensas, las maniobras de seducción, el movimiento de retirada o de
huida hacia delante que provocan mucho antes de lo que creemos’’ (Aulagnier)
Una cuestión importante es ver cómo se presentan los padres, si pueden o no percibir el
sufrimiento del hijo, si llegan angustiados o enojados, si el acento está puesto en lo que el
niño siente o en el efecto que su accionar provoca en los otros.
El niño suele ser portador de una historia que lo antecede. Al relatar la historia del niño
van apareciendo puntos de convergencia y de diferencias, momentos conflictivos,
asociaciones con otras circunstancias.
Las entrevistas abiertas permiten encuadrar la relación en un marco psicoanalítico,
posibilitando el trabajo posterior. El relato que los padres realicen sobre la vida del hijo es
clave para pensar las vías identificatorias que le han sido propuestas a ese niño, los
deseos que se han jugado con él, las posibilidades de transmitir o no un deseo de que él
viva y crezca.
En el vínculo padres-hijos se pone en juego, en algunos casos, los ideales del ideal del
yo, los proyectos inconclusos. Se espera que el niño cumpla lo que los padres no
pudieron hacer.
Diferentes tipos de consulta
Los padres se presentan y demandan diferentes modos.
Primer tipo de consulta: “es un desastre. No sabemos a quién salió así. No lo
aguantamos más”
Lo que predomina es el funcionamiento expulsivo. El niño aparece como aquel
que es causa del malestar familiar y hay que cambiarlo rápidamente. Muchas
veces, la existencia misma del niño es vivida como un ataque, porque es alguien
que reclama y quiebra “la paz del silencio”.
Son consultas en la que prima la desesperación, es fundamental escucharlos a
ellos, registrar lo que sienten. Será imposible hablar del niño sin dar lugar a sus
demandas, a sus sensaciones y sentimientos. Podemos pensar que en estos
casos el funcionamiento de los padres es a predominio narcisista. Los afectos
predominantes son la desesperación, el odio, la culpa. Es imprescindible con ellos
ubicarlos como sujetos escindidos, muchas veces desgarrados, que sienten un
dolor intolerable.
Solo en la medida que se sientan escuchados, contenidos y sostenidos, podrán ir
armando un lugar, un espacio psíquico para su hijo. Hay un primer tiempo en las
entrevistas con estos padres en el que nos centramos en ellos, en lo que sienten,
en sus sentimientos de impotencia, en sus deseos, en sus desbordes, para
acompañarlos en un recorrido, un recorrido en el que puedan ir descubriendo y
descubriéndose. Otra meta en el trabajo con estos padres es desarmar las
certezas en relación al hijo. Muchas veces, este trabajo se realiza paralelamente al
trabajo con el niño. Segundo tipo de consulta: “él no tiene problemas, la culpa la
tiene la maestra que no tiene paciencia.” “la dificultad es de los otros chicos, mi
hijo es diferente, pero es el mejor”
Segundo tipo de consulta: Hay padres que llegan a la consulta en plena
desmentida, atribuyendo las dificultades a terceros (maestras, otros niños, etc.)
afirmando que su hijo no presenta problemas. En estos casos, son otros los que
han pedido que se realice una consulta. Los padres no tienen conciencia de las
dificultades del niño y se las atribuyen a un mundo que lo ataca. Se desmienten
las falencias, los conflictos del niño y de ellos mismos, y se ubica un perseguidor
externo. El riesgo en estas consultas es que el analista sea ubicado en ese mismo
lugar, el de aquel que señala las dificultades, muestra lo que no se quiere ver y
sanciona.
Otro modo en que aparece esta misma problemática es en términos de: “él es
igual que yo y yo no tengo problemas. A mí me fue bien así”. Identificación que
deja al niño indiferenciado del adulto, sin posibilidad de salida. Hay desmentida de
las fallas y desestimación de un trozo de la realidad. La desmentida es una
defensa frente al registro de lo intolerable.
Nuestra función con ellos será ir permitiéndoles conectarse con las dificultades del
niño y las de ellos sin que esto suponga el propio derrumbe.
La afirmación “es igual a mí”, puede servir tanto para minimizar el sufrimiento del
niño como para desconocerlo como sujeto. Pero también puede ser el primer paso
para un intento de comprensión del sufrimiento del otro.
Un riesgo importante en estas situaciones es que ese hijo soñado se transforme
cuando las dificultades se hagan evidentes y sean imposibles de ser desmentidas
o desestimadas, en un ser peligroso, en tanto les quiebra sus sueños y sus ideales
y sea una afrenta narcisista devastadora.
Tercer tipo de consulta: hay padres que afirman “es un sol, pero no puede
dejar de hacerse pis de noche, y sufre mucho por eso”.
O: “es inteligente y simpático, pero queda paralizado por algunos miedos que no
podemos entender”.
En estos casos hay un registro del niño como sujeto sufriente, contradictorio,
con conflictos y posibilidades.
Parte del recorrido ya está hecho. Podremos ir enlazando los avatares del niño
con los de ellos, con su historia, con sus miedos e incertidumbres. En los padres
aparecerá angustia, pero también esperanza. Prevalece en ellos la angustia, pero
pueden diferenciarse del hijo y a la vez ir viendo similitudes, e identificarse con él
sin que esa identificación sea masiva. Otra cuestión a tener en cuenta en estas
entrevistas es la duda. Sabemos que la duda, para Freud, es señal de que está
operando la represión. Cuando prima esto, nos encontramos con funcionamientos
a predominio neurótico, mientras que cuando prevalecen las certezas, habrá
primacía narcisista.
En cada uno de estos casos, el trabajo psicoanalítico con los padres será
diferente. En tanto lo que predomine sea el narcisismo materno-paterno ellos
serán el centro de la escena, los protagonistas a los que habrá que contener,
organizar, sostener y, sobre todo, escuchar, ligando su discurso con sus
angustias, sus temores y sus deseos, ayudándoles a hacer un reordenamiento de
sus ejes identificatorios en el lugar que se dan a sí mismos y le dan al otro. Las
intervenciones se centrarán en su sufrimiento y en el modo en que repiten
pedazos de su historia. El modo en que encaremos las primeras entrevistas va a
determinar en gran medida el curso de las posteriores.
Entrevistas abiertas
Cuando hablo de entrevistas abiertas me refiero a que no hago un interrogatorio
siguiendo pautas precisas. Son los consultantes los que van marcando los hilos de
la historia por los que podemos ir viendo la trama que se fue armando. En los
últimos años se ha generalizado el uso de cuestionarios para "detectar patología" y
realizar diagnósticos. Están centrados en las conductas de los niños y llevan implícita en
su formulación misma las respuestas posibles.
La infancia bajo control", en donde se muestra el uso de estas técnicas, un profesional le
pregunta a la madre de un niño de cinco años: "¿Maltrata a los animales?" Ella le
contesta, riéndose, SI El profesional anota la afirmación, pero lo que queda perdido es el
placer de esta madre frente a la conducta de su hijo.
Este tipo de interrogatorio presenta varios problemas: 1) los padres se suponen
informantes "objetivos" de las conductas de su hijo, cuando difícilmente alguien pueda
hablar de un hijo sin poner en juego sus propios conflictos, sin identificarse con él, sin
denotar cuáles son sus amores y sus odios; 2) no se registra todo lo que puede
acompañar una respuesta, ni el relato en relación a ese hecho, sino que el SI o "no"
transforma una historia en un conjunto de datos, como si fuera un formulario
administrativo. Es decir, convierte a un sujeto en un número, acto absolutamente
desubjetivante.
Las entrevistas de inicio implican una escucha activa, que muestra un analista
atento a todo lo que se dice y hace, interesado en lo que se le transmite y que
sigue el decurso de aquello que proponen los consultantes.
Preguntamos, pero a partir de lo que ellos vienen desarrollando. Al indagar sobre lo que
los otros relataron, al intentar profundizar en algunas cuestiones mencionadas al pasar,
se van registrando los vacíos, los blancos, aquello que fue omitido en el decir de los
padres.
Nadie comunica de entrada los ejes fundamentales de sus padecimientos, pero sí
da algunas líneas de aproximación a ellos. Cuando son varios los interlocutores, el
modo en que se posicionan, la relación transferencial que se va armando, las resonancias
que lo que dicen tiene en el analista mismo, todo va tejiendo un camino... que presupone
ya trabajo analítico.
Por otra parte, en aquello que los padres transmiten será fundamental tener en cuenta
cómo se posiciona cada uno frente al padecer del niño y ante la situación, siempre difícil,
de pedir ayuda para un hijo. “¿Qué hicimos mal?” “¿en qué nos equivocamos?” “¿será
genético?”
Muchas veces, parece que no soportaran la angustia, y el reclamo es el de un Cierre
rápido, que colguemos un rótulo o que les ofrezcamos una solución concreta, para evitar
pensar.
Hacer un diagnóstico es algo muy diferente a colgar rótulos y que esto con los padres es
importantísimo: cuando se les dice que su hijo tiene tal o cual patología, lo único que se
logra es encerrar al niño en las características que definen a esa patología.
Si bien los padres podrían quedar aparentemente "aliviados" por un "saber" sobre lo que
le ocurre al niño, lo que se produce es un "falso saber", ya que el acceso que tienen a la
información es siempre recortada, sesgada en un determinado sentido. A la vez, ningún
sujeto puede ser pensado solamente desde una descripción de síntomas, sino que lo que
le ocurre es efecto de la complejidad de todo el funcionamiento psíquico, cuestión
imposible de abarcar en una denominación. Habría que agregar a esto que la conflictiva
en un niño, inevitablemente, involucra a los padres y que está a la vez sujeta a
transformaciones permanentes.
Si el diagnóstico es el de una patología grave, como el de autismo o el de Trastorno
Generalizado del Desarrollo (que se están dando con inusitada facilidad), la cuestión se
torna mucho más complicada, porque entonces ese niño dejará de ser mirado como tal,
para ser ubicado como otro extraño, discapacitado de por vida. Lo que se produce allí es
que se desinviste al hijo para ubicar a un enfermo, un "ser especial" que confirma las
peores pesadillas.
Desde la teoría psicoanalítica, sabemos que los padres no inciden a través de
hechos "puros" sino que sus conductas son efecto de transacciones entre los
deseos inconscientes, las prohibiciones, los mandatos sociales y los ideales
transmitidos a través de las generaciones. Y que habrá repeticiones que no pueden
ser relatadas, en tanto hay funcionamientos que no son conscientes y que éstas sólo
pueden detectarse a través del vínculo transferencial.
Con los niños pequeños se torna muy importante dar lugar a las entrevistas vinculares
(niño-madre y niño-padre), así como a alguna entrevista familiar, ya que permiten
desplegar en el marco del consultorio la dinámica de todo el grupo.
Esto permite retomarlo y trabajarlo con ellos, posibilitando la asunción de determinaciones
que de otro modo quedarían ocultas y tardarían mucho más tiempo en develarse. A
veces, facilita también la conciencia por parte de ellos de algunos actos y gestos que
permanecían opacos, invisibles o eran desestimados o desmentidos.
Las entrevistas preliminares son fundamentales para ‘’abrir el juego’’, para tirar las líneas
directrices de lo que después se va a ir dando a lo largo del tratamiento.
Es posible afirmar que sería imposible codificar las primeras entrevistas o hacer
enunciados generales o plantear número de entrevistas con los padres y con el niño, y ni
siquiera pautar rígidamente la sucesión de las mismas.
De allí que podemos tener en cuenta que:
1. cuando nos consultan por un niño no sabemos por quién se consulta
2. hay múltiples transferencias en juego.
3. los que piden la consulta están involucrados en aquello de lo que hablan.
4. los que consultan siempre piden algo para ellos mismos.
5. el motivo de consulta puede ser diferente para cada uno de los padres y también
diferente para el niño mismo.
6. el modo de decir aquello que les molesta puede tener modos de expresión variables.
7. pueden aparecer otras cuestiones distintas al motivo de consulta inicial
(desacuerdos, dificultades de cada uno de los padres, anudamientos diversos) que
llevarán a que ese niño sea ubicado de un modo determinado.
Entonces el modo que encaremos las primeras entrevistas, tanto con los padres como
con el niño, va a determinar en gran medida el curso de las entrevistas posteriores.
Considero que el psiquismo se constituye en base a vivencias, que es a partir del
encuentro de lo pulsional con la realidad psíquica de los padres que quedan
inscripciones, marcas que se organizan y reorganizan de acuerdo a ciertos criterios
lógicos.
La realidad fundamental para un niño es la realidad psíquica de sus padres,
trabajar con esa realidad psíquica para posibilitar transformaciones en el niño
mismo. Permitirles armar el decurso de la entrevista, escuchar su sufrimiento,
tener en cuenta el dolor que está presente, ayudarlos a recuperar su propia
historia, posibilitara que se abra un espacio para que el niño arme a su vez su
propia historia.
Resumiendo:
1. Los padres son, también ellos, consultantes.
2. Hay que tener en cuenta, con el niño mismo, que puede necesitar intervenciones
que sean estructurantes. Es decir, hay consultas en las que el problema no es el
retorno de lo reprimido sino la falla en la estructuración psíquica, ya sea en la
estabilización de la represión primaria, en la erotización, en la constitución del yo
de placer... Entonces deberemos pensar intervenciones que sean estructurantes
del psiquismo.
El niño es un sujeto en crecimiento, instituir como permanente y quieto aquello que está
en proceso de cambio puede ser iatrogénico. Tener eso en cuenta es fundamental en
estos movimientos de apertura.
Trastornos: son fallas en la constitución del aparato psíquico que derivan de
conflictos que, si bien se expresan a través de movimientos intra psíquicos,
incluyen en su producción a varios individuos. A diferencia de los síntomas,
producto de la transacción entre lo reprimido y la represión, los trastornos en la
constitución del psiquismo son efecto de movimientos defensivos, deseos
contradictorios, identificaciones, prohibiciones, externos-internos al aparato
psíquico del niño.
Texto: El valor de la función materna.
Autor: Osorio Fernando.
La función materna es la acción que ejerce un sujeto (puede ser la madre) con
relación a un hijo, para facilitar su pasaje de objeto de satisfacción a sujeto de deseo. Es
decir, hacer de un hijo un sujeto sano física y emocionalmente, fundando en él
subjetividad. Para que esta función se cumpla deberán ocurrir, entre otras cuestiones, que
la madre no abandone su posición femenina, que pueda amar a un hombre y que pueda
separarse de su hijo.
El amor por un hombre
Una mujer que se convierte en madre, no es toda madre. Aun cuando un impulso
poderoso, que le habita, le proponga serlo. Existe más allá de ella, un límite a ese impulso
de ser toda madre. Ese límite se manifiesta cuando efectivamente puede interesarse por
un hombre.
Cuando una mujer puede amar a un hombre y dejarse amar por él, ese amor es el límite
que frena el impulso de ser toda madre para poder seguir siendo mujer. Ese límite le
permite cumplir la función materna. Habilitar a un hombre, desde el amor, para que sea la
ame; nominar a un hombre, desde el amor, para que sea padre de su hijo. Ese amor es el
límite que le sirve para no apropiarse de ese objeto-hijo que le dé la condición de madre.
Freud y Lacan teorizarán sobre esta separación. La misma se produce porque la mujer
acepta la función del padre que propone una doble interdicción: por un lado, su
intervención, habilitada desde el amor que le prodiga una mujer, le indica al niño que no
podrá poseer a su madre como objeto de su satisfacción; le prohíbe poseer a su madre.
Y, al mismo tiempo, frustra a la madre del hijo como objeto de satisfacción para ella;
diciéndole ‘’No reintegraras tu producto’’. Ella solo aceptará esta interdicción si ama a ese
hombre, de lo contrario se tratará de mujeres autosuficientes (fálicas) que presumen
poder todo.
Si la mujer es toda madre y sólo madre, ese hijo será eternamente hijo para sostener esa
completud, con lo cual no habrá sujeto, sino sólo hijo enquistado en ese lugar de objeto.
Un sujeto que es eternamente hijo no crece, no evoluciona y muere subjetivamente.
El amor por un hombre le permite, a la mujer que es madre, convertirse en una madre
simbólica. Una madre que puede o no estar presente, pero que para el niño cumple una
función, aun en su ausencia. Se muestra en falta, una falta que cubrirá parcialmente con
ese hijo como objeto, durante un lapso. Allí se funda subjetividad. Cada uno, madre e hijo,
mantienen un campo de acción en el que no lo satisface plenamente la presencia del otro.
Ese campo de acción se funda en la incompletud de esa relación. El bebé sentirá que no
es todo para ella, por lo cual ella no será todo para él.
Se puede inferir que para el cumplimiento de la función materna es la continuidad de una
posición femenina en la madre.
Para que circule la palabra y el deseo de dos sujetos, madre e hijo, debe haber
movimiento. No deben encajar perfectamente; deben ‘’hacer juego’’ (Alba Flesler)
La omnipotencia y la omnisciencia son devastadoras para la subjetividad de un niño, aun
habiendo necesitado de esto, durante los primeros tiempos, para sobrevivir.
Dice Lacan que el deseo de una madre es como la boca de un cocodrilo que puede
cerrarse en cualquier momento, no por accidente, sino caprichosamente, y atrapar al niño.
Y que en la vida del niño y de la madre hay algo tranquilizador. La presencia de un
hombre que regula ese vínculo es como un palo en la boca del cocodrilo que no permite
que se cierre.
Vivencia de satisfacción
La función primaria también se cumplirá con la instalación de una huella primaria en el
psiquismo del hijo. Esa huella primordial es la vivencia de satisfacción; que sólo alguien
que cumpla la función materna puede inscribir.
Alienación y separación
Estas dos operaciones son sanas para la subsistencia del infans, del bebé, y que tiene
que ver, también, con la función materna.
El sujeto en su indefensión primordial, al inicio de su vida hará un pasaje de objeto a
sujeto, de la alienación a la separación. Se alienará en el deseo materno para luego
interrogarlo y poder transitar hacia la otra operación, la separación; que es la que le da la
condición de sujeto deseante. Un hijo se hace sujeto cuando se separa de su madre, a
quien estuvo alienado en el inicio para poder sobrevivir.
En el inicio de la vida, el bebé debe someterse al deseo de la madre. Se acomoda a lo
que ella espera, porque en la articulación de la función materna el bebé advierte que es
en ella en quien satisface sus tensiones, sus dolores, sus emergencias. Y además
advierte que es en ella en quien se funda la delimitación de lo que le ocurre a él. Es en el
campo materno, el campo del Otro primordial, ‘’ donde se va codificando lo que le ocurre
al bebé y este último lo percibe concretamente.
El lugar del niño como equivalencia simbólica
La equivalencia simbólica es un concepto que apunta a descifrar el valor de una posesión.
En el caso de una madre, quiere un objeto que la complete y la satisfaga. Como esto es
imposible, tiene un hijo como equivalencia simbólica de ese objeto de satisfacción que no
pudo obtener, objeto al que el psicoanálisis denomina falo. Ahora, ese hijo ocupa el lugar
de un objeto (fálico) que la completa y satisface. Esto está en directa relación con la
omnipotencia materna, cuestión por demás importante para trabajar en el contexto de la
socialización de un niño en el nivel inicial.
El lugar de un hijo
Hay tres lugares posibles para un niño, que llega al mundo:
1. Como equivalencia simbólica
Si llega como equivalencia se trata de un objeto que viene en sustitución de otro
objeto. Para una madre, un hijo viene como sustitución de algún objeto que podría
completarla. Como no existe ningún objeto que pueda colmarla, es el niño quien
se transforma en el equivalente a un objeto con ese poder de saturarla.
La mujer pretende ejercer, sobre ese objeto niño, un poderío que le devuelva la
ilusión de completud, de poderlo todo. En el caso de la mujer que se convierte en
madre, al tener un hijo llega a poseer algo que, aunque no sea exactamente lo que
espera, la completará, la satisfará inicialmente. Tiene una equivalencia del objeto
deseado, una equivalencia simbólica. En este caso el niño llega al mundo por la
necesidad que una mujer tiene de completar una falta de su ser.
Ese niño será un hijo si esa madre puede hacerlo pasar de ese lugar de objeto de
su satisfacción al lugar de un sujeto deseante.
2. Para cubrir el narcisismo de los padres.
Según Freud, esto es, en el lugar de poder ser plenamente amado o brutalmente
odiado. Es el lugar del amor o de la falta de amor de los padres. El niño tendrá que
ser y tener todo lo que ellos han querido y no pudieron ser o tener. (se relaciona
con la mamá de Dylan)
3. Para ser objeto de goce de los padres.
En el caso de ocupar el lugar de objeto de goce de los padres, puede llegar a
mortificar el cuerpo de ese niño. Los padres suelen representar este lugar muy
bien en las entrevistas:
Como objeto de deseo: es todo para nosotros; es la luz de mis ojos; me
muero si le pasa algo; me angustia que se enferme; me siento mal cuando
no entiendo lo que quiere; me encanta darle lo que quiere.
Como objeto de amor: va a ser de tal o cual manera cuando sea grande;
nunca me va a defraudar; va a ser exitoso; yo lo veo ejerciendo tal o cual
profesión; se parece a mí; se parece a mi padre; tiene la mirada de mi
marido y mi sonrisa; nunca me llora; nunca me da disgustos; no lo soporta
cuando llora.
Como objeto de goce: sáquenmelo de encima; está para comérselo; él
solo no puede; yo le hago todo; no lo aguanto; por favor dígame qué hacer
con él; no come; no duerme; siempre está enfermo y lo tengo que cuidar;
etc.
Una madre suficientemente sana significa a su hijo fálicamente, no lo goza. No
se apropia de él. ‘’Juega’’ a que es suyo, pero puede distanciarse. Le da el
lugar de sujeto deseante. Y la autoridad paterna suele ser un buen delimitador
del goce, tanto para la madre como para el niño.
Circuito de la demanda: ¿Cómo nace el deseo?
El psicoanálisis nombra al sujeto que cumple la función materna: gran Otro;
Otro o el Otro primordial. Se referirá no solo a la madre que cría, sino a
cualquier tipo de sujeto que cumpla la función materna.
En el caso del niño recién nacido, es necesario que sea el objeto de
satisfacción para el Otro materno. Es decir, que tenga valor fálico. El mismo da
cuenta de la completud de un objeto al que no le falta nada. Si a ella no le falta
nada, entonces es una madre fálica, omnipotente, y su hijo, es el falo que la
completa.
La satisfacción es transitoria y la completud también. En la vertiente del deseo,
ambos relazan sus vidas hacia otros lugares; en el caso de la madre hacia el
padre, hacia la cultura, y en el caso del niño, hacia el lazo social.
Para que esta oscilación se instale, el niño debe, primero, valerse del lugar de
objeto de satisfacción de su madre. El bebé acepta este lugar de objeto y se
deja alimentar, cuidar, proteger (alineación). En este proceso de alienación
ocurren otras cuestiones. La descarga motora que realiza el bebé tiene que ser
traducida por el Otro primordial. Ella tiene que codificar esa descarga como un
llamado que el bebé hace a ella.
El circuito de la demanda también incluye en algún momento, no saber qué le
pasa al bebé.
Circuito de la demanda: ¿Cómo se genera y cuál es su desarrollo?
Lo que primero que se produce en el viviente, es un estado de tensión, de
displacer. No hay aún un sujeto deseante, es puro organismo y pura fisiología.
La primera experiencia de satisfacción deja una huella ligada a la imagen-
percepción del objeto que le brindó satisfacción. Esa huella se constituirá en el
modelo de las futuras búsquedas de objeto para la satisfacción del sujeto.
Saturación del circuito de demanda.
falta
Represión del padre
Para el psicoanálisis un padre es aquel que, haciendo de su mujer un objeto
causa de su deseo, la frustra de su intención de apropiarse de su hijo y
también prohíbe el impulso del niño de complacerse convirtiéndose en el
objeto de satisfacción de su madre. Su acción no tendrá que ver con la tiranía
ni el autoritarismo, sino con la represión de los impulsos y con el ejercicio de la
función reguladora de la autoridad frente a su mujer y a sus hijos. La
posibilidad de ejercer esta acción represiva (función paterna) estará facilitada
por el reconocimiento que le otorgue la madre del niño.
El padre que nombra
Si hay una función que debe ejercer un padre sobre su hijo es la de nominar a
determinados personajes y a determinadas acciones para aclarar cuáles son
las que estarán o no permitidas en la vida de ese sujeto.
La nominación que hace el padre sobre los personajes que habitan la vida del
niño garantiza el respeto y la distancia que ese niño tendrá hacia esos
personajes.
Lo primero que ordenará el padre, con su presencia activa y con el amor de su
esposa, será el deseo de la madre.
Instala la prohibición del incesto, tanto para la nena como para el varón: no
pueden satisfacerse quedando en el lugar de objeto de la satisfacción materna.
Decirle al niño ‘’hijo’’ ubica al padre en una posición a la que no puede
renunciar.
Las versiones del padre impotente
Cuando el padre no logra erigirse en el lugar del represor de los impulsos, en
los primeros años de vida de sus hijos, se convierte en un personaje
impotente, tanto para la esposa como para los hijos. Existen diferentes
versiones de padre impotente.
El padre colega: Se trata de aquel que mantiene un perfil psicoeducativo en la
relación con su hijo. Es casi un amigo.
El padre tirano: se trata de aquel que se muestra, en el ámbito del hogar,
autosuficiente y todopoderoso. Suele tener una actitud de desaprobación hacia las
acciones de sus hijos. Sus acciones no pueden ser juzgadas, no admite sus
errores y justifica con soberbia cualquier transgresión.
El padre negligente: se trata de aquel que, sin una franca intención de provocar un
daño a su hijo, reniega constantemente de la responsabilidad de encarnar la ley
en el seno familiar. No se hace cargo del amor por su mujer ni de la crianza de los
niños.
Texto: ¿Qué aprende un niño? ¿Qué es un niño?
Autor: Osorio, Fernando.
¿Qué es un niño?
Un niño no es pensado del mismo modo por las diferentes disciplinas que se interesan en
él. Un niño no es lo mismo para la psiquiatría que para el psicoanálisis, etc. no se lo
aborda ni se lo estudia del mismo modo ni con los mismos objetivos.
¿a qué nos estamos refiriendo cuando hablamos de niño?
1) Un niño no es nada más allá de lo social.
2) Un niño es una sustitución
3) Un niño es, primero, en el campo del otro.
Para el psicoanálisis, que un niño no sea nada más allá de lo social remite a pensarlo en
términos de una existencia a partir de lo que se diga de él, o de lo que se desee para él.
Que un niño no va a ser, en términos de existencia, hasta que alguien lo nombre o lo
piense o lo desee, aun antes de haber nacido, hasta que no haya un significante que lo
contenga.
Por eso un bebe abandonado en un hospital se puede morir, aunque se lo alimente. Si
nadie dice nada por ellos, si nadie los nombra, si nadie desea nada por y para ellos, si no
hay significante que los contenga previamente a su llegada, los niños mueren.
Un niño es una sustitución, diremos que un niño es una equivalencia, es algo que viene
en sustitución de otra cosa. El niño equivale a otra cosa, y con esto reforzamos la idea de
la “nada”. Solo es algo a partir de que alguien lo nombra y aloja en un lugar. Su existencia
sustituye a otra cosa. Lacan explicará que el hijo será el sustituto del falo y que la madre
solo requiere un poco de paciencia para que su propio padre sea sustituido.
En la formulación freudiana, un hijo viene a reemplazar el pene que no pudo tener la niña.
Un hijo representa al falo que completa a la mujer.
Un niño es en el campo del Otro, en términos de aquel adulto responsable que se hará
cargo no solo de la crianza sino de donarle un nombre, de imaginarlo, proyectarlo,
alimentarlo, protegerlo. Hacerlo ingresar en el lenguaje, en la cultura.
“el sujeto depende del significante y el significante esta primero en el campo del otro”.
A ese alguien que es significativo para ese niño, Lacan lo va a nombrar como “el Otro”, en
tanto lugar, en tanto función, que podrá ser ejercida en el mejor de los casos, por la
madre. Pero este movimiento es dialectico en el sentido de que alguien va a ser
significativo para ese niño siempre y cuando lo nombre, desee algo por él o piense algo
por él, y al mismo tiempo va a ser significativo para el niño porque hace todo eso.
Un bebe que no llora, que no se muere, que no hace nada, pero que para alguien
empieza a ser significativo, por ej., para la enfermera, he ahí la formación de un vínculo.
Podríamos decir que la supervivencia de un niño no tiene que ver con la naturaleza, no
sobrevive por naturaleza ni porque se lo alimenta (aunque lo necesita obviamente) sino
porque alguien quiere alimentarlo. Alguien quiere que se alimente y sobreviva.
Podemos pensar que un niño puede llegar a este mundo por puro acto de cópula. Nace
un niño, sí, pero eso no quiere decir que nazca un hijo.
Un hijo tiene otra entidad, un hijo es un niño que es nombrado como tal. Lacan
mencionara, que el niño será un hijo en tanto ocupe un lugar en la triada imaginaria, junto
al falo, logrando estar lejos de ser solo un niño.
¿Cuál es el estatuto que corresponde a la idea de niño?
Desear un hijo es del orden de la necesidad de llenar una falta constitutiva para ese
adulto que lo desea. Desear equivale a poder nombrarlo, poder sostenerlo, poder
imaginarlo, incluso antes de nacer. La mujer imagina al bebé. Incluso antes de que la
anatomía y la fisiología propias le digan que es madre biológica. Ella lo imagina y todavía
no lo conoce, no sabe cómo va a ser, piensa en el nombre y en realidad no sabe aún el
sexo.
El niño llega a un lugar en el que ya se lo nombra, se lo piensa, esto estaría indicando que
un niño no nato es algo que si se empieza a desear por y para él y se empieza a imaginar
y a proyectar su existencia. Caso contrario, se tratará de un viviente desprendido de toda
erogenización de su cuerpo y de su psiquismo.
Tampoco van a ser naturales muchos de los procesos de los procesos por los cuales este
niño va a transitar. Por ej., no va a ser natural que el niño camine, que hable, que coma,
etc.
Lo que lo hace comer al sujeto es una demanda que pesa sobre él, que lo sobrepasa, a
saber: alguien quiere alimentarlo, alguien quiere que se alimente. Quiere incorporar aquel
objeto que lo satisfizo de entrada y le creó una huella de bienestar, de placer.
Que un niño se alimente, camine, incorpore lo que los neurólogos llaman aprendizaje
fisiológico, también va a depender de que alguien lo demande.
Una presencia que lo puede todo y que lo sabe todo, puede ejercer sobre el niño un
efecto de captura, que lo retire de su posibilidad de convertirse en un ser deseante,
dejando de desear para poder sobrevivir al avasallamiento materno.
¿Cómo aprende un niño?
Aprende participando de un circuito de demandas entre él y el Otro primordial, que en el
mejor de los casos es su madre.
En psicoanálisis se denomina circuito de la demanda a un proceso que tiene que ver con
poner en juego de los deseos de ese Otro primordial en relación con el deseo del sujeto.
Si la demanda de ese otro primordial es alimentarlo, ese otro espera que el infantil sujeto
se deje alimentar, es decir, espera que el cachorro humano se acomode a la demanda.
La advertencia de este circuito es lo que permite al otro primordial comenzar a codificar el
llanto del bebé y al bebé a acomodar ese al código armado por ese Otro. El circuito de
esa demanda tiene tiempos diferentes y para que se produzca tiene que pasar
necesariamente por ellos, entre ellos, el tiempo de la inscripción de la vivencia de
satisfacción.
Hay un primer momento que se lo va a nombrar como tiempo de alineación. Un tiempo
que tiene que ver con una identificación. El bebé se identifica con eso que la madre
esperaba tener. Le da satisfacción, le da placer.
Variada psicopatología, posterior, en la adultez o en la adolescencia, se genera porque
ese lugar no estuvo bien constituido. Justamente, el análisis de un adulto intenta mostrarle
los puntos subjetivos de su vida neurótica, que están enlazados fantasmáticamente a este
modelo de alienación "aprendido" en la infancia. Es decir, enfrentarlo con los modos de
respuesta que mantiene en su actualidad de adulto, aun cuando no necesita someterse
(alienarse) para sobrevivir. Esto no es más que una repetición en la que está atrapado y
aún no lo ha advertido. El análisis progresará en la medida en que su goce, frente a esta
compulsión a la repetición, cese.
El niño goza de esa situación. Se identifica con ese lugar de ser ese objeto precioso y
maravilloso para su mamá. Y para que ese niño se constituya como tal, tiene que pasar
por ese momento.
Ese primer momento es lógico y no tiene que ver con la evolución. No se da en un dia
determinado, sino que tiene que ver con un momento lógico del proceso de vínculo entre
esa madre y ese hijo.
Después adviene otro tiempo en el circuito de demandas. Se trata de un tiempo en el que
se produce una oscilación materna. Si bien ese niño es algo maravilloso, no la satisface
tanto. Se producirá otro movimiento en el proceso de estructuración constitutiva del sujeto
que es la separación.
La separación es una operación de salida de la alineación, y esto se produce porque el
sujeto aprende que el deseo del otro se dirige a otros, lugares y no solo a él.
No ser todo para la madre subjetiva al niño
Decimos que un niño sano, desde el punto de vista subjetivo, desde la perspectiva de su
salud mental, es aquel que produce incomodidad en el adulto y la produce a partir de sus
"perturbadoras costumbres". Es decir que con su perturbadora costumbre un niño le
muestra al adulto que no lo puede todo. Puede "prevenirlo", "incriminarlo" o "violentarlo",
pero no podrá evitar con una eficacia absoluta que el niño no lo "moleste" con algunas
actitudes o con dudas. Dichas conductas serían un modo de demostrar un incipiente
dominio ejercido por el infantil sujeto sobre el intento de control del adulto sobre su
persona.
Cae la identificación al lugar de objeto.
Ya no está identificado en ese lugar de "objeto maravilloso" que la completa a la madre. El
niño se sale de ese lugar. Esto se produce a partir de los malos entendidos, del no
interpretar exactamente qué le pasa, qué quiere ese hijo. Y, fundamentalmente, se
produce porque la madre no tiene más ganas de estar en ese lugar de ser todo para su
hijo y de única codificadora y decodificadora de demandas.
Hasta ese momento, de oscilaciones subjetivas, fue la única que sabía a qué respondía el
llanto y bastaba que ella dijera o hiciera algo para que efectivamente se tratara de eso.
Resultaba casi mágica la intervención de esa madre erigida en el lugar del Otro primordial
para ese hijo.
Si bien puede llegar a enfermar el hecho de que una madre no tenga la menor idea de lo
que le pasa a su hijo, también es bueno que no sepa siempre todo.
Fort-da: juego en el que advierte que el niño esconde los objetos, los pierde, los tira y esto
molesta al adulto que tiene que ir a buscar los objetos que están perdidos.
¿Qué muestra el juego Fort-da?
El niño juega con un carretel. Juega a sustraer un objeto que él oculta del campo de la
mirada y este juego va a tener que ver con la presencia o ausencia de la madre, la
simboliza, la representa a través de esto y la elabora, es la manera en la que él procesa
está pérdida de objeto que es él.
Si no se produce la oscilación materna, en tanto operación de subjetivación, se anula no
solo el efecto del juego, sino que se anula directamente el juego. Y que un niño no juegue
con los objetos del mundo es un dato clínico que habla muy mal de su salud mental. Es
un diagnostico desfavorable que un niño no juegue. Se supone que los niños si juegan,
esa es la manera de elaborar lo traumático del mundo, de su existencia. Con Freud y
Lacan, el niño recrea la pérdida del objeto que es el mismo. Pero también funda la falta en
la madre, la reafirma.
El juego fort-da es un intento de fundar esa falta y de sostenerla, de ahí su repetición
constante. Si la madre está en falta, quiere decir que el niño no está ubicado en el lugar
de su satisfacción y esto es salud mental para el niño y para la madre.
¿Cuál es el primer aprendizaje del niño?
Aprender a jugar significa para él constituirse como objeto deseante.
El niño aprende a ser un sujeto, aprende a dejar de ser un objeto. Comienza a SER.
Comienza a perder esa calidad de objeto maravilloso y empieza a reproducir
perturbadoras costumbres. Ya no todo es maravilloso, perfecto y este niño responde a
todo lo que la madre espera. Lo que aprende un niño es a lidiar con el deseo materno. A
veces la madre lo quiere para sí, otras no. A veces parece saber todo sobre su hijo y otras
veces no.
El infantil sujeto descubre luego del tiempo de fort-da, que ese otro significativo comienza
a desplegar un desconocimiento, no sabe qué le pasa al niño luego de haberlo sabido
casi de modo omnisciente. Esto es saludable para el niño, que la madre no sepa todo,
porque así se tiene que dirigir a otros lugares para saber, por ejemplo, al padre del niño.
El niño entrara en el circuito de pedir y empezara a preguntar sobre todas las cosas. El
preguntar en un niño es un augurio de salud mental.
El suscitar preguntas es un riesgo, ya que el niño corre el riesgo de que alguna vez le
digan que no saben la respuesta.
Así se genera la paradoja de la constitución subjetiva
El saber todo de parte de ese gran otro le permitió sobrevivir en un tiempo de absoluta
indefensión. Y luego, lo que le va a permitir al niño seguir vivo desde el punto de vista
subjetivo, crecer aprender, entender y andar por la vida va a tener que ver con que ese
gran otro por fin no sepa algo y por sobre todas las cosas no sepa sobre el niño.
Freud desarrolla la noción de pensamiento mágico en el niño. Se trata de una creencia
que desarrolla el infantil sujeto como una fantasía.
El pensamiento mágico forma parte del desarrollo normal del niño que una vez superado
le permite poder agujerear y dejar en falta a los padres. Este movimiento va a incidir en
las que el niño va a hacer.
El adulto se completa con el niño y el niño completa (con su ser) la falta del adulto. Allí
hay un saber sobre el niño que lo objetualiza y por ende no hay dudas, no hay preguntas.
Un niño que logra aprender a sustraerse armónicamente del campo del Otro está en
crisis. Entonces, como no entiende como hace para dejar de ser objeto y no morirse en el
intento, no pregunta, no arriesga.
Ciertos modos desproporcionados de sustraerse del campo deseante parental producen
enfermedad mental. El no preguntar le va a impedir aprender. No va a poder preguntar
por el misterio del mundo.
El no preguntar de muchos chicos tienen que ver con un no arriesgar, con preferir que el
otro semejante siga sabiendo todo.
Podremos decir que un niño aprende a destetarse, que será un modo del campo deseante
materno.
Entonces el primer juego, incluso antes de fort-da, es el juego de destetarse, en dejar de
ser un objeto y empezar a ser sujeto.
¿Por qué el niño logra aprender en la escuela?
Si el niño tiene siempre a alguien que contesta todo, es probable que deje de preguntar.
El curiosear de los niños aparece en relación con la sexualidad de los padres, es decir,
como cuestión a develar, está en la mira del interés de un niño sano.
El inicio de sus interrogantes también es una perturbadora costumbre, incorpora moda a
los adultos con sus intrigas.
El plan inconsciente de un niño es poner al adulto en falta, así lo pone en la escuela con
sus maestros.
Los docentes muy autosuficientes y muy completos en cuanto a información que
transmiten y la enseñanza que imparten, establecen un vínculo conflictivo con los
alumnos. Y como consecuencia, los chicos están buscando donde se pueden meter para
desarticular esa razón aplastante.
Hay maestros excelentes que no logran ver en su propia presentación y no advierten que
su posición avasalla el deseo de un niño por aprender. Si no hay lugar para la duda, el
interrogante, etc., se produce una paradoja: el aprendizaje se detiene.
Si el niño no ha aprendido a lidiar bien con el deseo materno, está transfiriendo en el
ámbito escolar y en el docente este malestar.
Es así como se produce un encuentro con el alumno que esta todo el tiempo queriendo
desautorizar, desafiar y cuestionar el saber y la autoridad del adulto. Ese espacio es el
que el niño utiliza para poner en falta al adulto: mostrarle que no sabe.
Muchos niños por desafiar el saber y la autoridad docente, se transforman en abusadores
de la pregunta. Algo que se presenta como una inquietud se transforma en una tortura.
Los docentes están en un lugar imaginario para los chicos, cuanto más sabios se
muestran, más van a querer los niños agujerearlos, ponerlos en falta.
El no poder definir en qué lugar queda: si como sujeto o como objeto de deseo materno, o
en este caso, del deseo del docente; genera enfermedad.
En algunas oportunidades se observan en los chicos que no pueden prestar atención, no
se quedan quietos o se enferman a menudo, estos indicios no llegan a ser graves, pero si
manifestaciones sintomáticas que perturban el normal desarrollo de su vida cotidiana
escolar: aprendizaje, integración, lazo social. Comienzan a aparecer una serie de
patologías que responden a una necesidad: el niño tiene que sustraerse de ese campo en
el que la madre todo lo sabe, todo lo puede, todo lo intenta, tiene todas las respuestas.
Uno de esos mecanismos para poder sustraerse de ese campo es enfermarse.
Cree que, por alguna razón, estar atrapado en ese circuito y lo manifiesta con un síntoma.
Esta presentación sintomática pareciera ser la defensa frente a esa trampa.
Por esa razón se trata de resolver la problemática haciéndolo hablar en un análisis. Esto
permitirá despejar que le ocurre a ese niño y que le ocurre a esa madre que no están
pudiéndose establecerse cada uno como sujeto autónomo.
Esto liberará la transferencia negativa desplegada desde el alumno sobre los docentes y
el niño podrá con mejores recursos proseguir con más alivio su proceso de aprendizaje
pedagógico.