Fallo
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Según lo expuso la demandante en el escrito inicial, el 31/01/2019
celebraron con la Sra. Cinthia Carolina Thompson un contrato de locación
por 24 meses respecto de la Unidad Funcional 24, Piso 4°, Depto. “B” del
edificio referido, destinada a fines locativos y de renta. El inmueble —
afirman— fue entregado en perfecto estado de conservación.
A inicios de septiembre de 2019 la locataria les informó que, a raíz
de la rotura de caños de calefacción, el consorcio detectó pérdidas que
atravesaban varias unidades, incluida la de los actores. El personal del
consorcio ingresó, retiró la mesada y los muebles de cocina y practicó
tareas de plomería, gas y electricidad en cocina y lavadero. Aunque la
intervención duró dos días y se constató que la pérdida no provenía de
dicha unidad, la obra quedó inconclusa: la cocina permaneció sin
revestimientos ni mobiliario, la conexión eléctrica se mantuvo provisoria y
la puerta del lavadero se oxidó por la humedad, impidiendo su cierre.
Ante la paralización de los trabajos, los actores mantuvieron
reiterados contactos con la administración sin lograr ninguna solución. El
23/10/2019 remitieron correo electrónico intimando la finalización de las
reparaciones; la administradora respondió ese mismo día que las tareas
continuaban y que el consorcio soportaba un importante pasivo.
Con posterioridad, las partes intercambiaron cartas documento de
fechas 5/11/2019 y 13/11/2019, por lo que los propietarios reiteraron sus
reclamos y el consorcio informó que las obras dependían de las
resoluciones asamblearias y de la delicada situación económica que
atravesaba el edificio.
El 01/12/2019 la inquilina notificó la rescisión anticipada del
contrato por el retraso en las reparaciones y restituyó el inmueble el
01/01/2020, privando a los actores del ingreso locativo pactado.
El 21/01/2020 los actores cursaron nueva carta documento al
consorcio exigiendo la conclusión inmediata de la obra y la reparación de
los daños, la que fue respondida el 29/01/2020 solicitando el acceso a la
unidad. Sin embargo, según los actores, únicamente se cubrieron con
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Por su parte, el consorcio demandado cuestionó los gastos a los que
se aludió en el pronunciamiento apelado, así como también el lucro cesante
y la pérdida de chance.
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daban lugar a responsabilidad de fuente contractual. Es así que se
encontraba comprometida la responsabilidad del consorcio de propietarios
cuando se tratase de daños originados en partes comunes, pues de acuerdo
a lo dispuesto por los artículos 2, 3, 8 y concordantes de la ley 13.512, una
de las obligaciones primarias que surgían de esta relación jurídica era la
reparación y el mantenimiento por parte del consorcio de las partes
comunes, de modo que el incumplimiento de dicho deber hacía nacer en el
consorcio la obligación de resarcir los daños producidos en consecuencia
(esta Sala, “Torres María Susana c/ Cons. de Prop. Amenábar 3.116 y
otros s/daños y perjuicios derivados de la propiedad horizontal”, expte. n°
28.948/2008; ídem, “Lanfranchi Tizeira, Héctor Eduardo y otro c/
Consorcio de Propietarios Sánchez de Bustamante 2624/2628 s/ daños y
perjuicios”, expte. 9.807/2012; entre muchos otros).
En la actualidad, esta solución es mantenida, en lo sustancial, por el
Código Civil y Comercial aplicable al caso, por cuanto el art. 2067 de
dicho ordenamiento establece que el administrador (representante y
mandatario del consorcio) tiene los derechos y obligaciones impuestos
por la ley, entre los cuales se halla, en particular, el deber de atender a
la conservación de las cosas y partes comunes y a la seguridad de la
estructura del edificio y dar cumplimiento a todas las normas de
seguridad y verificaciones impuestas por las reglamentaciones locales
(inc. c).
En ese contexto, resulta civilmente responsable el consorcio por
los daños y perjuicios producidos al propietario de una unidad
funcional por filtraciones provenientes de una parte común del
edificio, como lo son necesariamente “las cañerías que conducen
fluidos o energía en toda su extensión, y los cableados, hasta su ingreso
en la unidad funcional” (art. 2041, inc. f del CCCN).
En la misma orientación se ha pronunciado calificada doctrina, la
cual comparto, en el sentido de que los consorcios de copropietarios
litigaban activa y pasivamente, y multiplicidad de sentencias los
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la Unidad Funcional de los actores fueron debidamente concluidos en
septiembre de 2021, tal como lo admitió oportunamente el Sr. Jorge Abel
Rabinovich.
Si bien, a requerimiento de este Tribunal, el administrador Sr.
Horacio Minniti no remitió la liquidación de expensas que corroborara
fehacientemente esa fecha, el examen in situ del profesional, respaldado
por las fotografías agregadas, permite constatar la ausencia de obras
pendientes.
Por lo demás, el cotejo entre las imágenes aportadas a la demanda y
las extraídas en la inspección del perito demuestra que las intervenciones
realizadas en cocina y lavadero abarcaron tareas de plomería (agua y gas),
electricidad, herrería, albañilería y colocación de revestimientos. En tal
sentido, se han cerrado las aberturas practicadas en los paramentos, se
repusieron los revestimientos cerámicos en paredes e interior del mueble
bajo mesada, y se reinstalaron tanto el mueble como la mesada de granito,
encontrándose ambas dependencias en perfecto estado de uso y
habitabilidad.
Por último, se puede constatar con las fotografías el interior del
mueble bajo mesada, con los cerámicos colocados en pared, por lo que no
existen dudas en cuanto a que los trabajos fueron ejecutados con la calidad
adecuada, sin complicaciones que pudieran afectar el normal uso de los
diversos ambientes del departamento de los actores.
Por todo lo expuesto, coincido en que la fecha que debe tomarse
como de finalización de las tareas es el 30/09/2021.
En lo que hace al agravio referido al daño moral el juez de la
instancia anterior considero adecuado otorgar a cada uno de los actores la
suma de $ 200.000 en los términos del art. 165 del Código Procesal Civil y
Comercial de la Nación y 1741 del Código Civil y Comercial, ante la
ausencia de elementos probatorios que lo indujeran a fijar un importe
superior,
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voto del Dr. Calvo Costa en la causa “H., J. O. c/ S., J y otro s/daños y
perjuicios”, CNCiv., Sala A, 16/5/2022).
A su vez, el daño moral supera lo meramente afectivo, los
sentimientos, y proyecta también sus efectos hacia otras zonas de la
personalidad que merecen debida protección: la capacidad de entender y la
de querer, de suerte que la mera ausencia de sensibilidad o de comprensión
del dolor no excluyen la posibilidad de existencia de daño moral. Aun
cuando no exista consciencia del agravio, el disvalor subjetivo puede
configurarse. El sufrimiento no es, entonces, un requisito indispensable
para que haya daño moral, aunque sí una de sus posibles manifestaciones
más frecuentes. Con ello se supera el estrecho molde del llamado pretium
doloris, que presupone necesariamente aptitud de la víctima para sentir el
perjuicio. Por lo tanto, la pérdida de los sentimientos o de la posibilidad de
experimentarlos, y más aún, de la aptitud de encontrarse en una situación
anímica deseable, es daño moral (Pizarro, Ramón D., “El concepto de
daño en el Código Civil y Comercial”, Revista Responsabilidad Civil y
Seguros, Buenos Aires, La Ley, 2017-X, p. 13 y ss).
Ahora bien, se ha aceptado que la determinación de la existencia
del daño extrapatrimonial (esto es, su valoración) transita por senderos más
flexibles que los del daño patrimonial, lo que se deriva de su particular
naturaleza, claramente diferente a la de aquél y no sólo por las
presunciones hominis, sino también por la regla res ipsa loquitur ("las
cosas hablan por sí mismas", consagrada expresamente en el art. 1744 in
fine del CCCN).
Ocurre que por las reglas de la experiencia es más o menos sencillo
concluir en que ciertos padecimientos y afecciones naturalmente se derivan
de determinados hechos acreditados (Ossola, Federico A., “El daño
resarcible y la cuantificación judicial del daño moral. Dificultades y
propuestas”, RCyS 2017-XI-13).
A su vez, en lo relativo a la cuantificación del daño moral, el
Máximo Tribunal ha resuelto que puede acudirse al dinero y a otros bienes
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su cuantía atendiendo a las particularidades del caso en concreto: por
ejemplo, cuando el daño moral es consecuencia de una situación
irreversible para el damnificado, tal como ocurre en aquellos supuestos en
los cuales la víctima queda imposibilitada de procurarse placeres
compensatorios o sustitutivos, como el caso de quien queda en estado
vegetativo sin posibilidad de poder experimentar satisfacción o placer
alguno (Barrientos Zamorano, Marcelo, “El resarcimiento por daño moral
en España y Europa”, en El resarcimiento del daño moral en España y
Europa, Ed. Ratio Legis, Salamanca, 2007, ps.59 a 61).
En definitiva, al aplicar todos esos principios a este caso
concreto, y considerando todos los padecimientos que a los actores les
provocó no sólo la actitud reticente del consorcio, sino también la
finalización abrupta del contrato de locación oportunamente
celebrado en relación a su unidad justamente a raíz del obrar del
demandado, propondré a mis colegas admitir las quejas de los
accionantes y elevar a $ 400.000 la suma para resarcir el daño moral
de cada uno de ellos –según valores vigentes a la fecha de la sentencia
apelada-, lo que así propongo al Acuerdo de Sala (art. 1741 del Código
Civil y Comercial y art. 165 del Código Procesal).
VIII. INTERESES
En la sentencia apelada se dispuso el cálculo de intereses, para
el daño moral, por tratarse de una suma actual, a la tasa de interés del
8% anual desde el 23/10/2019, fecha en que comenzaron los reclamos
de los actores al consorcio, y hasta la sentencia. A partir de la allí y
hasta el efectivo pago, el señor juez de primera instancia dispuso
aplicar la tasa activa del Banco de la Nación Argentina.
Para los rubros lucro cesante y pérdida de chance, los intereses
correrían a la tasa activa del Banco Nación desde que cada alquiler
mensual debió ser percibido por los actores y hasta que se practique la
liquidación en la etapa de ejecución. A su vez, a la suma resultante, el
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herramientas (ver arts. 7 y 10), lo que implicó vedar todo intento orientado
a indexar obligaciones dinerarias. Se reinstalaba de ese modo un sistema
netamente nominalista como el que había consagrado Vélez en el Código
derogado. Es cierto que esta ley fue derogada en el 2001, pero se
mantuvieron en vigencia inexplicablemente hasta el presente los citados
arts. 7 y 10.
Sin embargo, la realidad demuestra que la adecuación de aquellas
deudas podría alcanzarse por una vía distinta, indirecta, a través de la
aplicación de tasas de interés que, de hecho, contemplan la posible pérdida
futura del poder adquisitivo de la moneda. La tasa de interés se comporta
entonces como un mecanismo indirecto de reconocimiento de la posible
depreciación monetaria futura (Pizarro-Vallespinos, Tratado de
Obligaciones, Tomo 1, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2017, p. 501).
¿Cuál es la razón en que se funda la necesidad de ponderar lo
ocurrido en materia de depreciación del valor de la moneda para fijar la
tasa de interés moratoria al momento de dictar sentencia? A mi modo de
ver, esa necesidad se sustenta en el principio de la reparación plena o
integral que se erige como una de las grandes columnas sobre las que se
asienta el sistema de la responsabilidad civil, a punto tal que nuestra Corte
Suprema de Justicia lo ha elevado al plano de derecho constitucional, con
todo lo que ello implica (Pizarro, Ramón D., “El derecho a la reparación
integral desde la perspectiva constitucional”, Diario La Ley del 23 de
agosto de 2017, p. 6 y ss.).
El nuevo Código Civil y Comercial lo ha contemplado
expresamente: “La reparación del daño debe ser plena. Consiste en la
restitución de la situación del damnificado al estado anterior al hecho
dañoso, sea por el pago en dinero o en especie” (art. 1740).
En definitiva, la primacía de la constitución y de los tratados
internacionales que consagran el principio de reparación integral del daño
por sobre normas internas (y en concreto, como se verá, sobre normativa
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(préstamos) nominal anual vencida a treinta días del Banco de la Nación
Argentina. Se dispuso también en ese fallo que la tasa de interés fijada
debería computarse desde el inicio de la mora hasta el cumplimiento de la
sentencia, salvo que su aplicación en el período transcurrido hasta el
dictado de la sentencia implicara una alteración del significado económico
del capital de condena que configure un enriquecimiento indebido.
El cambio de criterio obedeció a la consideración de que en una
economía donde la inflación es igual a cero cualquier tasa, aun la pasiva, es
una tasa positiva. Pero frente a la creciente desvalorización monetaria que
se advertía en aquel momento, la tasa pasiva no compensaba el daño que
implicaba al acreedor dejar de percibir su crédito en el tiempo oportuno, a
la par que provocaba un beneficio para el deudor moroso.
Ahora bien, es moneda corriente la afirmación según la cual la
mora (en la obligación de pagar la indemnización, se entiende) se produce
desde el momento en que se sufre cada perjuicio objeto de reparación. Por
lo demás, así lo estableció esta Cámara —aunque en materia de
responsabilidad extracontractual— en otro fallo plenario, “Gómez,
Esteban c/ Empresa Nacional de Transportes”, del 6/12/1958, y así
también lo dispone el art. 1748 del Código Civil y Comercial en cuanto
establece: “Curso de los intereses. El curso de los intereses comienza
desde que se produce cada perjuicio”.
A mi juicio, esos fundamentos no han perdido siquiera
mínimamente su vigencia, sino que por el contrario son plenamente
aplicables en la actualidad. Si bien es cierto que en doctrina se ha
propiciado hace ya bastante tiempo la aplicación de la tasa pasiva
(Martorell, Los intereses bancarios en nuestro derecho positivo, ED-134-
949), como así también lo sostuvo en alguna oportunidad la CSJN (in re
YPF c/ Provincia de Corrientes de fecha 3 de marzo de 1992), no
comparto la idea de que el acreedor sólo tiene derecho a obtener el interés
que un banco le habría pagado a través de la colocación del dinero en
depósito a plazo fijo, pues tal idea reposa en una valoración alejada de la
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Ley, Buenos Aires, 2019, 3ra. Edición, T. IV, ps.243/244; Negri, Nicolás,”
Tasa de interés moratoria “judicial”. A propósito de la reciente
reglamentación del art. 768 inc. c del Código Civil y Comercial y su
herramienta digital de aplicación por el BCRA”, Diario La Ley
3/10/2024).
En sentido concordante, en las XXVI Jornadas Nacionales de
Derecho Civil, celebradas en La Plata en el año 2017, se concluyó en que
los intereses moratorios en las obligaciones dinerarias se rigen por la tasa
activa desde la constitución en mora hasta su efectivo pago, mientras que
en el caso de una obligación de valor que no haya sido cristalizada en una
deuda dineraria (por vía de las cuantificaciones en dinero que prevé el
artículo 772 del CCCN), debe aplicarse una tasa de interés puro.
De allí que, en caso de haberse fijado las indemnizaciones a valores
actuales, la aplicación de la tasa activa desde el día del acto ilícito
procuraría por dos vías diferentes la actualización del valor real de las
sumas adeudadas, lo que a su vez supondría la doble reparación de un
mismo perjuicio. Así lo ha entendido recientemente la Corte Suprema de
Justicia de la Nación en la causa “Barrientos c/Ocorso s/daños y
perjuicios”, con fecha 15 de octubre de 2024, al distinguir las obligaciones
de dinero de las de valor, e inclinarse por descalificar la tasa activa cuando
se trata de indemnizaciones cuantificadas y convertidas a valores actuales
al momento de la sentencia (ver especialmente los considerandos 6, 7 y 8
del fallo del Alto Tribunal).
Siguiendo esa línea de ideas, una vez fijada la indemnización a
"valores actuales” –o reales en los términos del art. 772 del Código Civil y
Comercial de la Nación-, no tiene sustento la aplicación de una tasa de
interés que contemple, entre otras variables, una compensación por
desvalorización de la moneda. La aplicación de este tipo de tasas sobre un
"valor actual" altera el significado económico del capital reconocido al
acreedor y provoca el enriquecimiento de una de las partes en detrimento
de la otra (consid. 6).
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Así las cosas, al disponer el cálculo del interés con la tasa activa
cartera general nominal anual vencida a treinta días del Banco de la Nación
Argentina desde el momento del daño, sobre las obligaciones cuyo monto
fue determinado a valores actuales, la sentencia puede arrojar un resultado
carente de proporción y de razonabilidad e importar un apartamiento
palmario de la realidad económica imperante al momento del dictado del
fallo (vid. consid. 7).
Ahora bien, no ignoro que el 17 de septiembre de 2024 el Banco
Central de la República Argentina difundió el comunicado titulado
“Nuevas herramientas para facilitar los cálculos con la Tasa de Interés
para uso de la Justicia”, que hace referencia al procedimiento para
calcular la tasa de interés en un período determinado mediante la
aplicación de la serie estadística de la Tasa de interés para uso de la
Justicia establecida por el Comunicado P 14290 vigente. La calculadora
permite a jueces y otros profesionales del ámbito legal conocer cuál es el
monto de intereses en un período y el monto total, que resulta de la suma
del monto ingresado y los intereses.
En mi opinión, se trata sólo de un comunicado referido a una
herramienta para el cálculo de intereses conforme pautas que, como ya
hemos visto, ya regían desde el año 1991 y no de una “reglamentación” en
los términos del art. 768 inc. c) del Código Civil y Comercial que
establezca una nueva tasa, y al respecto considero de singular relevancia
recordar que en las XXV Jornadas Nacionales de Derecho Civil,
celebradas en Bahía Blanca en el año 2015, se resolvió de manera
unánime que la fijación de una tasa de interés a fin de mantener incólume
el contenido de la prestación dineraria, si bien es una herramienta válida,
puede resultar insuficiente. A su vez, la mayoría de la doctrina entendió
en aquella oportunidad que la previsión del inc. c) del citado art. 768
del Código Civil y Comercial no implica la delegación al Banco Central
de la fijación de la tasa, sino que siempre será el juez el que la
determinará. En definitiva, la aplicación de la tasa de interés que
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corresponda quedará como tarea de los jueces (Viale Lescano,
Domingo, La deuda de intereses en el CCCN, Rubinzal-Culzoni; Santa Fe,
2019).
Como señala Federico Ossola en su artículo “La “reglamentación”
por el BCRA prevista en el art. 768 inc. “c” del Cód. Civil y Comercial”
(Rev. La Ley 3/10/2024), en aquella oportunidad la inmensa mayoría de la
doctrina señaló, con varios argumentos de tipo sistémico, que, sin perjuicio
de lo dispuesto en la citada norma, los jueces no tenían vedado fijar la tasa
de interés que consideraran ajustada al caso concreto, aunque de la lectura
de su artículo (que contiene abundantes citas de jurisprudencia y de
doctrina) se desprende que el autor considera de aplicación obligatoria para
los jueces la tasa pasiva a la que se refiere el comunicado del BCRA, salvo
casos especiales o excepcionales que requieran su apartamiento mediante
una debida argumentación.
Sin embargo, la posición de la mayoría de la doctrina en las
Jornadas del año 2017 coincidió con la ya reflejada en las XXV Jornadas
Nacionales de Derecho Civil, celebradas en Bahía Blanca en octubre de
2015. En ese encuentro, la mayoría de los integrantes de la Comisión de
Obligaciones propuso, entre otras conclusiones, la siguiente: “20.1- La
previsión del art. 768 inc. c) no implica la delegación al Banco Central
de la fijación de la tasa, sino que siempre será el juez el que la
determinará. Las tasas fijadas por las reglamentaciones del Banco
Central servirán como pauta que podrá ser utilizada por el juez en
esta tarea (Mayoría: Urruti, Bonino, Gonzalez Zavala, Churruarin,
Moia, Scotto Lavina, Rey, Márquez, Borda, Compiani, Azar, Bliss,
Viale)”.
Si bien esa conclusión no resulta unánime, lo cierto es que, más
allá de la disparidad de criterios, ha prevalecido la idea según la cual no se
delega en la autoridad monetaria la fijación de los intereses moratorios para
un caso concreto, sino que ante la falta de una tasa específicamente
prevista, quien juzga está facultado/a para seleccionarla entre todas
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para el cálculo de la tasa activa la liquidación que deberá practicar el
experto en la etapa de ejecución de la sentencia.
Por último, en lo concerniente al pedido de actualización monetaria
de las sumas de condena, entiendo que el examen del planteo resulta
abstracto, por dos razones: en primer lugar, porque para la cuantificación
de daños a valores actuales, resulta evidente que se ha tenido en cuenta la
evolución de la situación económica del país al fijar los respectivos
importes, lo que justifica la aplicación de una tasa pura hasta ese momento
y a partir de allí la tasa activa, y en segundo lugar, porque la aplicación de
la tasa activa en los restantes rubros desde las diversas fechas en que los
pagos debieron ser o fueron realizados, implica el reconocimiento de un
componente inflacionario según lo he explicado extensamente en este
considerando de mi voto. Así propongo declararlo a mis colegas.
IX. CONCLUSIÓN
Por todo lo expuesto, y oído el señor Fiscal de Cámara,
propongo al Acuerdo: 1) Declarar desierto el recurso de apelación
interpuesto por el consorcio demandado en los términos de los arts.
265 y 266 del Cód. Procesal Civil y Comercial de la Nación. 2) Elevar
la indemnización por daño moral a $400.000 para cada uno de los
actores. 3) Declarar abstracto el examen del planteo de
inconstitucionalidad de los arts. 7 y 10 de la ley de convertibilidad. 4)
Confirmar la sentencia apelada en todo lo demás que decidió y
constituyó motivo de agravios. 5) Las costas de Alzada deberán ser
soportadas por el consorcio demandado por haber resultado
sustancialmente vencido (arts. 68, primera parte y 69, Cód. Procesal).
ASI VOTO.
La Dra. Guisado y el Dr. Rodríguez votaron en igual sentido y por
análogas razones a las expresadas por la Dra. Iturbide.
Con lo que terminó el acto.
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