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El Revólver

El relato narra la vida de Ana María de Caicedo, quien enfrenta la infidelidad y el maltrato de su esposo, José Caicedo. Tras un incidente violento, Ana María recibe un revólver como símbolo de poder y decide confrontar a su marido, lo que transforma su relación y le permite recuperar su autoestima. A pesar de la aparente reconciliación, la búsqueda del revólver por parte de José se convierte en un símbolo de la tensión persistente en su matrimonio.
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El relato narra la vida de Ana María de Caicedo, quien enfrenta la infidelidad y el maltrato de su esposo, José Caicedo. Tras un incidente violento, Ana María recibe un revólver como símbolo de poder y decide confrontar a su marido, lo que transforma su relación y le permite recuperar su autoestima. A pesar de la aparente reconciliación, la búsqueda del revólver por parte de José se convierte en un símbolo de la tensión persistente en su matrimonio.
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Caravelle

El Revólver
Marvel Moreno

Citer ce document / Cite this document :

Moreno Marvel. El Revólver. In: Caravelle, n°64, 1995. pp. 157-161;

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C.M.H.L.B. CARAVELLE
n° 64, pp. 157-161, Toulouse, 1995

El Revólver

Marvel MORENO

A Miguel Falquez Certain

Ana María de Caicedo, la hija de doña Giovanna Mantini, tenía todo


para ser feliz: dos hermosos niños de siete y ocho años de edad, una
bonita casa de estilo español-californiano rodeada de jardines y una
pareja de perros chiguaguas que había comprado en los Estados Unidos
durante su luna de miel. Sus sirvientes la querían porque era generosa y
comprensiva y sus amigas, con quienes jugaba bridge, la juzgaban
tolerante y digna de recibir sus confidencias. A ese mundo de dicha llegó,
ay, una sombra: su marido, José Caicedo, se puso a engañarla con su
secretaria. Se lo había revelado una carta anónima, mejor dicho, sin firma,
porque el contenido daba a entender que el remitente era el novio de la
muchacha. Aquel descubrimiento le permitió comprender por qué su
marido llegaba tarde todos los días y se mostraba de malhumor en su
presencia. Ana María empezó a sufrir como una Dolorosa. En el
automóvil de una de sus amigas fue una tarde a la fábrica donde trabajaba
José Caicedo de gerente y esperó la salida del personal. Cuando apareció
su marido lo siguió hasta una casita del barrio Las Delicias y al poco rato
vio entrar la secretaria tratando de ocultar su identidad con una peluca
rubia. Tres veces contempló con rabia aquel tejemaneje y a la cuarta salió
del automóvil, se abalanzó sobre la muchacha, le arrancó la peluca y le dio
una paliza sin que José Caicedo, detrás de una ventana, se atreviera a
intervenir por miedo del escándalo. Pero apenas regresó a la casa le pegó
bofetadas a Ana María hasta hacerle sangrar los labios e inflamarle la
mejilla izquierda. Con aquella tumefacción en la cara ella fue a ver a su
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madre y le explicó la situación. Doña Giovanna Mantini se mostró


directa: o se divorciaba o se instalaba en el infierno. Ana María escogió el
infierno.
Quince años antes, doña Giovanna Mantini había llevado a su hija a
Turin para que conociera su ciudad natal. Ana María quedó fascinada por
la catedral, las fachadas de los edificios y un lejano pariente de su madre
que se presentó como el conde Molti. Bruno, se llamaba, se enamoró de
ella y pidió su mano. Doña Giovanna Mantini se la negó y después dijo a
su hija: "Bruno come espaguetis y tú sancocho, a él le gustan las óperas y a
ti la cumbia, él está acostumbrado al frío de los inviernos y tú al calor del
trópico". En el fondo no quería que Ana María cometiera el mismo error
que hizo ella al casarse con un extranjero y más allá, y no sin egoísmo,
prefería que su hija la acompañara durante los largos días de su vejez. Ana
María lloró, suplicó y estuvo encerrada en un cuarto una semana sin
apenas comer, pero era demasiado joven, carecía de experiencia y se había
acostumbrado a la dominación de su madre. Quizás porque ahora se
sentía culpable de no haber dejado a su hija casarse con el conde aquel,
doña Giovanna Mantini le sugirió separarse de José Caicedo pese a que a
sus ojos el divorcio era un ultraje a las buenas maneras.
Ana María realmente estaba enamorada de su marido y no tenía la
menor intención de dejárselo a la secretaria. Por lo pronto resolvió
cambiar de aspecto: fue a un nuevo y recién abierto salón de belleza y
Dany, el peinador, le hizo una ligera permanente para darle más volumen
a sus cabellos castaños. Cuando vio el resultado en el espejo, Ana María se
percató que de ahí en adelante debería recurrir a tretas si quería recuperar
el amor de su esposo y ante esa perspectiva no pudo evitar que de pronto
sus ojos se llenaran de lágrimas. Por fortuna para su orgullo las otras
clientes se habían ido ya y sólo Dany quedaba en el salón de belleza.
Asombrada de su propio abandono, le contó sollozando lo que ocurría y él
la consoló utilizando palabras que le llegaron al fondo del corazón.
Dany era homosexual y más de una afrenta había recibido en la vida.
Quería a las mujeres y oyendo hablar a Ana María se sintió solidarizado
con ella, como le había pasado siempre con su madre cuando la veía
recibir los insultos y porrazos del infecto individuo que era su padre. Antes
de morir ella vendió a escondidas su casa y su tienda de alimentos y colocó
todo el dinero en la cuenta de ahorros de su hijo. Con esa plata Dany se
fue a París donde aprendió el oficio de peinador y su gusto por los
hombres. Cuando cinco años después volvió a Colombia, en barco para
traer todo el material que le permitiría abrir un salón de belleza moderno,
tuvo el primer contratiempo que le hizo entrever lo que sería su vida de
ahí en adelante: apenas pisó el muelle de Cartagena, un negro que
pereceaba por los alrededores gritó: "Marica, vengan a ver al marica". En
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menos de lo que canta un gallo montones de negros se reunieron detrás de


él y empezaron a tirarle piedras. Le tocó echar a correr perseguido por los
negros y sus piedrazos hasta que entró en la ciudad y logró refugiarse en
una iglesia. Sólo más tarde, de noche, pudo ir al muelle y recoger sus
cosas. Esa experiencia influyó en su decisión de instalarse en Barranquilla,
ciudad más tolerante, en apariencia porque un grupo de hombres de clase
media se divertía rompiendo los vidrios de su salón de belleza y se vio
obligado a buscar el amparo de un gran burgués que obtuvo que el alcalde
enviara dos policías todas las noches para proteger el salón. Así que
cuando Ana María le habló de sus problemas, Dany le explicó que había
entrado en una relación de fuerza y debería armarse de coraje para resistir
y ganar el combate con el tiempo.
El hecho de saberse condenada a librar una batalla cada día le dio a
Ana María una visión total de la situación. Estaba en guerra y hasta
calificó su conflicto de operación amatista. Tenía aliados, Dany, sus
amigas, su madre, sus hijos, que no soportaban que José Caicedo le
pegara, y el novio de la muchacha, que apenas se enteró del incidente de la
peluca le llamó por teléfono. Tenía un enemigo, la secretaria, y un
objetivo, recuperar el amor de su marido. Para realizar esto compró
vestidos más sexi y aprovechando las amistades de Dany se hizo enviar de
París ropa interior provocadora, de encajes negros, y batas de dormir
insinuantes. José Caicedo sucumbió a la tentación y le era infiel a la
secretaria con su propia esposa, pero no por eso dejaba de tratarla mal y
cubrirla de insultos.
José Caicedo no comprendía muy bien lo que pasaba. Yolanda, su
secretaria, se mostraba enardecida desde la historia de la paliza que le dio
Ana María. Sus patrones de Cali lo despedirían ahí mismo si se enteraban
del asunto. Y su esposa le parecía más atractiva que nunca. El era un
hombre de acción acostumbrado a mandar y detestaba las argucias
femeninas: era como hallarse en una barca sin timón y en plena
tempestad. Debía ocultar sus relaciones con Yolanda, esconderle a esta
última sus amores conyugales y tratar de mantener la paz en su hogar para
no traumatizar a sus hijos. Pero Yolanda aspiraba a ser más que una
aventura sin darse cuenta de que eso era imposible y, sentimental, lo
incitaba a divorciarse, a abandonar su situación de gerente - tan
duramente adquirida - y a llevarla a cualquier otro país latinoamericano
para comenzar una nueva vida. Por su parte, Ana María le exigía que
terminara de una vez por todas sus aventuras y volviera al redil si quería
conservar su posición y sus hijos. Las amenazas de Ana María lo llevaban a
volverse contra ella haciéndola pagar por su conducta y la de Yolanda:
ahora le pegaba casi todos los días y no le daba dinero para sus gastos
personales. Pero lo que más detestaba era la fascinación que ejercía sobre él
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desde que empezó a vestirse con coquetería poniéndose aquellos sostenes y


ligas negros que parecían salidos de un burdel. Más Ana María lo atraía,
más la maltrataba hasta que ocurrió el incidente que les cambió el destino
a todos ellos.
Pasó un sábado por la tarde. Yolanda, que no terminaba de aumentar
sus exigencias, le propuso pasar el fin de semana con él y Ana María se
negó rotundamente a dejarlo salir. Discutieron con ferocidad. José
Caicedo le pegó como de costumbre y se dirigió al garaje. Ella fue detrás
de él amenazándolo con seguirlo en su propio automóvil y armarle la gran
trifulca a su querida. Cuando José Caicedo encendió el motor, Ana María
se encontraba entre el vehículo y la pared. ¿Quería maltratarla, darle un
susto, impedirle salir? Nunca lo supo, ni siquiera al ser interrogado por los
dos policías que llegaron llamados por doña Giovanna Mantini. El hecho
fue que arrojó el automóvil contra ella partiéndole una tibia y algunos
huesos de la pelvis, sin contar con otros órganos que recibieron lesiones
más o menos graves.
Dos meses pasó Ana María en la clínica del Caribe. Le enyesaron la
pierna y le hicieron tres operaciones. Dany iba a verla con el pretexto de
peinarla y su madre se sentaba junto a la puerta para vedarle la entrada a
José Caicedo. De tanto encontrarse doña Giovanna Mantini y Dany se
volvieron amigos y juntos concibieron la idea de comprarle a Ana María
un revólver destinado a asustar a su marido. Doña Giovanna puso el
dinero y Dany consiguió el vendedor, qu¿ una tarde fue a la clínica y le
enseñó a Ana María cómo se limpiaba, se cargaba, y se descargaba el arma
y de qué manera apuntar, disparar y soportar el culatazo hasta que ella se
familiarizó con aquel objeto negro y terrible capaz de transformar su vida,
al menos de colocarla en situación de igualdad frente a su marido.
El cambio fue total. Cuando Ana María salió de la clínica para regresar
a su casa, cojeando, pero con el revólver escondido en la cintura, sintió
que el mundo le pertenecía. José Caicedo, que no sabía cómo hacerse
perdonar, había llenado la cama de paquetes de regalos. Ella ni siquiera los
abrió. Esperó a que los niños se acostaran y las sirvientas se retiraran para
sacar el revólver y apuntándolo contra su marido le dijo con una voz
peligrosamente tranquila: "No sólo terminas mañana mismo tus relaciones
con esa mujer, sino que además la despides. Y óyeme bien, jamás volverás
a ponerme la mano encima. Si me pegas, te lleno de plomo apenas estés
dormido".
José Caicedo sintió un hueco en el estómago como si hubiera pasado
una semana sin comer. Sus manos se enfriaron y una repentina gota de
sudor le corrió por la frente. Con las piernas inseguras buscó la silla del
tocador. Tenía miedo, una impresión desconocida en su vida de adulto.
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Aquel revólver que lo apuntaba lo hacía regresar a sus temores de niño,


cuando aterrado en la oscuridad de su cuarto creía que un ladrón iba a
caerle encima y se acurrucaba bajo la manta. Le pareció que respiraba mal
y se aflojó el nudo de la corbata. "Bueno, le dijo a Ana María haciendo un
esfuerzo para controlar su voz, no vas a matarme ahora. Abre tus regalos".
"Primero sal del cuarto, le oyó responder, debo esconder el revólver". La
obedeció como un niño bien educado y desde el corredor trató de ver por
el ojo de la cerradura dónde escondía el arma. Pero Ana María apagó la
luz y cuando la encendió el revólver había desaparecido. Se puso a desatar
las cintas de los paquetes y pareció encantada con los regalos. Había un
collar de rubíes, dos brazaletes de oro, un juego de sábanas de satén, tres
cajas de copas de Baccarat y cantidades de objetos de contrabando que
había querido tener toda su vida.
Aquella noche le pareció a José Caicedo más excitante que nunca
hacerle el amor. Con el revólver en alguna parte, poseer a Ana María era
como aumentar el peligro inherente a toda relación sexual. Al día siguiente
licenció a su secretaria, que enfurecida se casó con su novio unas semanas
más tarde. Ana María encontró de nuevo la felicidad de tener a su marido
para ella sola y José Caicedo empezó a buscar el revólver. Apenas su esposa
fingía dormirse se levantaba con sigilo de la cama y se ponía a mirar detrás
de los cuadros, en las gavetas del tocador, bajo la alfombra, entre los
remedios del armario del baño y en medio de la ropa guardada en la
cómoda. Ella lo veía con los ojos semicerrados y debía resistir a las ganas
de echarse a reír. Y treinta años después, cuando Ana María vino a París,
ya de abuela, me contó que ella no sabía a esas alturas adonde estaba el
revólver aquel, pero que José Caicedo lo seguía buscando con rutinaria
obstinación.

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