UNIVERSIDAD DEL SALVADOR
Facultad de Filosofía, Letras y Estudios Orientales
Escuela de Letras
Ornella Facciola
República del parecer en los artículos periodísticos de
Eduarda Mansilla
Ornella Facciola
Introducción
En su obra periodística, Eduarda Mansilla plantea ciertas dicotomías tales como
civilización y barbarie, mujer y hombre, unitario y federal, a menudo bajo una fuerte mirada
de lo nacional y lo extranjero. Gracias a sus viajes, Mansilla realiza diferentes apreciaciones
que nos distinguen y nos comparan con las grandes potencias y ejemplos de nación: Estados
Unidos y Europa.
A simple vista, en sus publicaciones, podemos hacer una valoración de las diversas
costumbres y tipos de vida extranjeras, siempre con un dejo de ponderación a su patria
propia, que se puede notar fácilmente con el recurso de comparación. Pero también podemos
notar, con una lectura un poco más detenida, una cierta protesta sobre la forma en la que la
sociedad argentina toma por ejemplo e imagen a la tradición anglosajona (como rasgo propio
de la generación del 80 y su proyección al exterior como modelo de nación) y sobre cómo
esas costumbres foráneas degradan y convierten a la Argentina de ese momento en una
república que no es honesta a sus propias raíces, una república del parecer. Intentaré esbozar,
entonces, sobre un corpus de varias publicaciones tomadas del diario El Nacional, cómo la
autora, con diferentes recursos literarios (doble sentido, anáforas, ironía) y hermenéuticos,
intenta, de alguna manera, dejar asentado, de una forma no explícita, lo vacuo del parecer y,
mejor aún, infundir la voluntad de generar un despertar en la sociedad, o para el que esté
dispuesto a hacerlo.
“Mi balcón”
“Mi balcón” es uno de los tantos artículos de Eduarda Mansilla publicado en el diario
El Nacional en febrero de 1881. Es muy poético, con una gran variedad de recursos tales
como sinestesias, símiles, metáforas, oxímoron, entre otros. Mansilla se propone mostrar a
los lectores de su columna, en principio, que su balcón, descripto casi como su propia versión
de un locus amoenus, con todos sus sencillos encantos y factores externos que Buenos Aires
le añade a ese espacio, no tiene nada que envidiarle al jardín europeo de la reina de Asiria.
Para esto, hace una ardua descripción de este espacio, de las flores que lo componen y de las
diferentes características que lo hacen tan propio, particular, genuino y, sobre todo, nacional.
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Con el nacimiento de la crónica modernista, surgió un discurso con nuevas
particularidades, entre ellas, la posibilidad de acceder a una heterogeneidad discursiva,
cuestión que le permite a Eduarda Mansilla utilizar un lenguaje poético para describir las
características geográficas de Argentina en un texto periodístico, característica que se torna
propia en la totalidad de su obra. En sus textos no prima la objetividad informativa, sino que
fusiona aspectos constitutivos de la noticia con elementos literarios propios de la poesía y la
narrativa (Guidotti, 2015). Aun así, el campo semántico, los recursos y la intertextualidad que
utiliza para nombrar las características climatológicas del Plata son dignas de observación.
Luego de calificar al clima como falso o mal catalogado, ya que, si bien se
consideraba a Buenos Aires como lugar de temperaturas templadas, la autora lo llama
“opresivo” (Guidotti 2015, p. 443), hace una pregunta retórica al lector con el objetivo de
resaltar el disfrute que experimenta en este espacio y dice:
(…) poder aspirar á sus anchas la escasa brisa que con harta parsimonia
nos envían vds. (…). Pobre brisa que el mar tornifica con sus
emanaciones salinas y que á nosotros nos llega desvirtuada,
tibia, cansada sin duda por lo largo de la ruta que recorre. Este
nuestro rio es un tanto vampiro, me lo temo (p. 433).
El hecho de que la brisa que viene de lejos, eventualmente del extranjero, —“el viento
sopla del Norte”— (Guidotti, p. 494), ya cansada, nos llegue desvirtuada tiene harto peso en
el relato y —creo también— de alguna manera, una connotación de crítica a la forma en la
que se fusionaban y se comparaban las costumbres importadas que, inevitablemente, darían
como resultado un proceder cultural corroído. Resalto aquí palabas como opresivo, harta
parsimonia, tibia, tornifica, desvirtuada, que forman un campo semántico con connotación
negativa. Por otro lado, cuando se refiere a brisas locales, el campo semántico se vuelve
sumamente esperanzador, por ejemplo, a la brisa que llega de la Pampa la califica de
“presurosa, inquieta, voluble (…). Mis plantas se estremecen, no de pavor, sino de dulce
esperanza” (p. 434).
En cuanto al recurso metafórico, Mansilla hace parte al lector, llamando “nuestro” al
Río de la Plata y asemejándolo con la imagen de un vampiro. Si bien la metáfora es rica en
interpretaciones, recordemos que un vampiro es una criatura que se alimenta de la esencia
vital de otros seres vivos para así mantenerse activo, por lo cual, en contexto, me es
inevitable interpretar esta relación con la actitud que se tomaba en ese tiempo: la necesidad de
alimentarse culturalmente de otras fuentes para poder mantenerse activo, para poder tener
forma. ¿Acaso el Río de la Plata no era uno de los caracteres principales que nos representaba
a nivel mundial, vía de acceso de los conquistadores españoles y luego primera vía de
comercialización? Luego de esta metáfora, inmediatamente pregunta al lector: “Quién conoce
los secretos, misterios, las luchas de esos dos elementos, que asi quiero llamar por mas que la
ciencia nos tenga demostrado lo contrario?” (p. 433). El diálogo directo y la participación
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explícita –pienso–despertará la reflexión del lector atento o de aquel que no esté sumido en la
mímesis de lo extranjero.
Si bien lo fáctico –o la convención establecida y aceptada popularmente– le muestra a
Eduarda lo contrario de lo que dice, prefiere no adherir a este tipo de pensar y se reserva la
“verdad” para sí, mientras deja para el otro la “mentira”, otra palabra que podría encajar en el
campo semántico antes mencionado. Mujer sumamente culta y educada, utiliza la
intertextualidad en la mayoría de sus escritos y, para respaldar esta opinión, cita a Byron.
Aunque no parece establecer una postura directa sobre la reflexión del autor más que traerla a
colación, este recurso puede ser interpretado como un respaldo de su posición positiva ante
esta falsedad que toma como válida, despegándose y cuestionando, una vez más, lo
preestablecido, lo impuesto, lo falso en cuestión de hechos y que, detalle no menor, se torna
esencial para la historia y la poesía. Al final, nos termina quedando una sensación de
conceptos intercambiados que, en este nivel de lectura, queda expreso:
Aquí me asalta el recuerdo de Byron ensalzando la mentira; pretende el vate inglés
«que la mentira es necesaria; desafia á los historiadores, á los héroes, á los abogados
y á los sacerdotes á establecer un hecho, sin un ligero tinte de mentira, agregando
que «sin ella, que seria de los anales, de la historia y de la poesía (p. 433).
Esta publicación, particularmente, está minada de recursos que dan pie a una lectura
en clave de oposición a la toma de costumbres sin fundamento, tanto desde la cultura como
desde el cristianismo, cuestión que no cabe desarrollar aquí, pero que queda pendiente para
futuros trabajos.
“Las estaciones”
En esta publicación la autora hace un recorrido de cómo fueron cambiando, debido a
las modas europeas, las costumbres argentinas con relación a la visita a los sagrarios,
enfocándose mayormente en la descripción de la vestimenta, otra vez, con comparaciones
levemente peyorativas. Dora Barrancos (2010) estudió los comportamientos de las esferas
sociales hacia finales del siglo XIX y observa que la burguesía, con sus nuevas costumbres,
genera un cambio de sensibilidad que trae aparejada una frivolización de las conductas,
cuestión que trataré enseñar en este artículo.
En este texto abundan la antítesis, los eufemismos y la analepsis, recursos propios de
la comparación que le permiten a Mansilla acentuar lo que defiende. Este artículo en
particular es sumamente rico en cuestiones de hermenéutica. Mansilla relata que, en los días
de Semana Santa, los argentinos fueron desarrollando ciertos rituales diferentes de los que
ella y su madre solían practicar, más clásicos y relacionados con las tradiciones familiares,
pero no con la ostentación:
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“Poco á poco las modas europeas fueron desterrando las mantillas, subiendo los escotes y
alargando las mangas”; “Las calles de Buenos Aires presentaban entónces un curioso
espectáculo” (p. 463). El campo simbólico de la palabra espectáculo denota la actuación que
las mujeres ponían en práctica, cubiertas de joyas y vestidos de colores —impropios, al
parecer de Eduarda, de la ceremonia a la que acudían—, con el objetivo de lograr una
diversión pública y, aunque la autora afirma que las mujeres se veían hermosas y realmente
era bello de ver, añade: “No que yo eche de ménos aquel inoportuno despliegue de piedras
preciosas y aún mas, preciosas gargantas y desnudos brazos”. En la misma línea recurriendo a
la comparación, explicita que no hay necesidad de alardear de todas esas costumbres
accesorias ya que lo que pasa ahora es que: “nuestras iglesias empiezan á parecerse á las de
Roma, donde se charla en voz alta y poco se reza” (p. 465). Si observamos el código
proairético en esta parte del texto, son todas acciones superficiales que no implican ningún
valor ni complejidad en el desarrollo, tales como: vestir, tender, caminar, lucir, sentar.
Un tanto más avanzado el relato, la autora comenta acerca de unos santos de madera
forrados en chapa que se encuentran en las calles e intentan remplazar humildemente la idea
de estatua. Estos santos la asustan, le parecen de un gusto espantoso y pide, por favor, que
alguien los destierre de Buenos Aires, pero enseguida comenta: “Pero como las bellas
estatuas y los buenos cuadros son caros y escasos y que además el amor á los santos de culto,
parece inherente á nuestra raza y está vinculado á nuestros recuerdos” (p. 466). Parece
entonces que, si el amor y la apreciación son propios de los argentinos naturalmente: ¿no nos
está diciendo, o diciendo al argentino de aquel tiempo, que toda esa pantomima es
redundante?
La clase media, al no tener posibilidad de distorsionar la costumbre con cuestiones de
valor económico, parece mantener las costumbres de una manera más genuina, sin desviar el
foco de lo propiamente religioso. Por ejemplo, los niños, con respecto a los huevos de pascua,
“lo que pierden como lujo y capricho lo ganan en ilusion” (p. 468). Y también “He creido
notar que el Juéves Santo no tiene hoy entre nosotros el carácter que en otros tiempos tuvo;
solo la clase média parece continuar estrenándose algunas galas para esa festividad” (p. 465).
Solo la clase media mantiene la tradición sin lo rimbomante de las pasarelas de la burguesía.
Finalmente, Eduarda cierra el artículo con una reflexión ya más explícita: “el traje
negro es de rigor el Jueves santo; pero la Parisiense no dá mucho tiempo á las
mortificaciones; el Viernes desecha las telas sombrias, enjuga sus lágrimas y enarbola galas
primaverales; antes que la iglesia su espiritu está de Pascua” (p. 468). Estas costumbres son
las que la burguesía argentina tomaba del exterior.
“Servidumbres”
En el artículo aquí analizado, Eduarda Mansilla parece adentrarse en un tema con un
gran valor: la libertad. Para entonces el cruce entre la modernidad —que hacía foco en los
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avances científicos y tecnológicos, y poco trabajaba por la consolidación de un sistema de
valores que contemplara los derechos de los hombres, de las minorías y de la democracia— y
el pensamiento de la Ilustración europea, que proclamaba el valor de la libertad tanto en lo
político como —en menor medida—en lo cultural. El artículo comienza nada más y nada
menos que con el subtítulo “a bas les rois” [“abajo la servidumbre”] (p. 494) —paratexto que
será, a mi parecer, el leitmotiv de la publicación–, y comenta, nuevamente con el recurso de la
comparación, cómo Estados Unidos es líder en fomentar el aborrecimiento y la lucha contra
toda ley y todo poder que contenga el desarrollo del espíritu. De todas maneras, dirige su
discurso rápidamente, ya sea por su especialización en la materia o bien como estrategia para
alivianar ciertas afirmaciones, al tema de la vestimenta, del que, ya sabemos, tiene vasto
conocimiento.
Mansilla relata, entonces, cómo el ministro de los Estados Unidos se rehusó a llevar el
protocolo de vestimenta que se usaba en Inglaterra para presentarse ante la altísima majestad,
en definitiva, cómo Estados Unidos hizo el quiebre del innecesario protocolo, vistiendo así
pantalón de paño y franc negros. La autora muestra este suceso como un gran ejemplo de
liberación y tiene una mirada positiva respecto de cómo los aires del momento llegan hasta
los más conservadores:
Ademas el espíritu de la época que tiende á la gran nivelacion social, á libertar al
individuo de trabas inútiles, ha penetrado hoy hasta en el parlamento inglés, en
donde veemos á Lores y comuneros, tratar cuestiones de interés universal, con el
sombrero puesto y el mas democrático laissez aller [abandono] ” (p. 495).
Inmediatamente continúa: “nosotros por suerte, carecemos de servidumbres oficiales
bajo toda forma” (p. 495), pero más adelante, un porteño, luego de haber trabajado todo el
día, se ve fatigado por la obligación de respetar el protocolo para ir al Colón, y exclama:
“Pues no faltaba mas, que para ir uno á divertirse un rato, ha de ser ahora necesario ponerse
frac como si fuera uno corista de D. Pasquale” (p. 497). A lo que su esposa acota que tienen
entradas regaladas, y él: “Razon de mas; esclama el lógico esposo, no nos cuesta nada y por
eso quieres que me cueste un sacrificio (…) al diantre Colon y la moda” (p. 497).
La afirmación de “carecer de servidumbres”, entonces, es una gran incongruencia de
lo que se dice y lo que se entiende, efectos propios de una ironía casi dramática o bien de un
tópico llamado carientismo que suele ser usado en expresiones que suenan verdaderas o
serias con la finalidad de la burla. La función de este recurso es que —idealmente— el lector
pare y piense acerca de lo que se está diciendo, que eventualmente le genere un ruido en su
leer. Podemos imaginarnos a una Eduarda Mansilla que, con su vasta cultura, toma los
ejemplos de las ironías socráticas o shakespearianas.
Este hombre, fatigado por las condiciones necesarias que sus hijas le reclaman debe
cumplir para poder asistir al teatro, pronuncia el refrán “lejanas tierras, luenguas mentiras” (p.
497). Marina Guidotti (2015) lo explica en una nota diciendo que este refrán recomienda
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prudencia ante lo que dicen desconocidos procedentes de tierras lejanas. Tomándolo como
recurso literario y materia de sentencia —y teniendo en cuenta la semántica en los esquemas
de Raskin como recurso jocoso y de humorismo— considero ampliamente significativo el
hecho de que Mansilla exteriorice una afirmación y la deje expresa en la voz de un “pater
familia venerable” (p. 496) y que, sumando los dos factores, el actor y el actuar, obtenemos
una ironía per se, el burgués que apoya el modernismo diciendo que el modernismo es una
mentira. Lo interesante para pensar es que la burguesía porteña, lejos de seguir el ejemplo de
liberación, lo toma y lo convierte en un nuevo tipo de sometimiento, sometimiento del
parecer que, si en el ámbito de la moda genera incomodidades y limita la voluntad verdadera
del argentino podemos preguntarnos qué efecto generará en la formación de una nación toda.
Esta lectura nos permite llegar a la conclusión, en principio, de que Eduarda Mansilla
de García fue, no solo una mujer audaz que en su contexto histórico reflexionaba sobre el rol
de la mujer, las costumbres nacionales y la política internacional, sino que las formas con la
que analizaba los temas que contemplaban la identidad nacional es sumamente
enriquecedora: la protesta de Eduarda Mansilla desde el adentro, protesta a los modelos de
parecer y ostentar de la burguesía desde la burguesía, es vasto e interesante de observar tanto
en estas publicaciones, como en toda su línea periodística y, sobre todo, es sugerente la
mirada detenida no solo para con su contexto histórico, sino también para con el ahorar
Referencias Bibliográficas
Barrancos, D. (2010). Las mujeres en la historia política: un balance frente al Bicentenario.
En M. S. Varg (Coord.). Las mujeres y el Bicentenario (pp. 213-232). Salta: Mundo gráfico
Salta.
Guidotti, M. (2015). Las crónicas de costumbres. En E. Mansilla, Escritos periodísticos
completos (1860-1892) (pp. 90-93). Buenos Aires: Corregidor.
Mansilla de García, E. (1881). Las estaciones. Escritos periodísticos completos (1860-1892)
(pp. 463-468). Buenos Aires: Corregidor.
Mansilla de García, E. (1881). Mi balcón. Escritos periodísticos completos (1860-1892) (pp.
432-439). Buenos Aires: Corregidor.
Mansilla de García, E. (1881). Servidumbre. Escritos periodísticos completos (1860-1892)
(pp. 494-499). Buenos Aires: Corregidor.
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Raskin, V. (1985). Semantic Mechanisms of Humor. En fifth Annual Meeting of the
Berkeley Linguistics Society (1979), pp. 325-335.
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