Reflexion Sobre La Eucaristia
Reflexion Sobre La Eucaristia
“Uno de los sacerdotes más conocidos en la historia decía, en sus últimos años, el mismo sermón todos los días,
una y otra vez, y era: “Si sólo supieras cuánto Jesús te ama en el Santísimo Sacramento, te morirías de
felicidad”. Después señalando hacia el sagrario, agregaba: “Jesús está realmente ahí”.
La gente venía de todas partes de Francia para oírlo y cada domingo repetía lo mismo. Al tomar conciencia del
amor y presencia de Jesús en el Santísimo Sacramento, se conmovía tan intensamente, hasta lo más profundo
del alma, que al señalar el sagrario para mostrar a la gente que Jesús estaba realmente ahí, lloraba de alegría.
San Juan María Vianney, el cura de Ars, pasaba largas horas, cada día y cada noche, orando ante el Santísimo
Sacramento”.
Esto que hacía el santo cura de Ars con sus miles de feligreses es precisamente lo que nuestra madre la Iglesia
ha hecho por veinte siglos, señalando el sagrario nos repite “Jesús está realmente ahí”. Y esto no es, ni mucho
menos, una invención humana, ¿a quién se le podría ocurrir tremenda locura de decir que Dios está en un
pan? La Eucaristía no es invención humana, es invención divina. Es producto del infinito amor de un Dios que
ha prometido que estaría siempre con nosotros.
En muchas culturas y civilizaciones antiguas los hombres acostumbraban ofrecer sacrificios a sus dioses;
sacrificaban, incluso, a sus propios hijos. En el cristianismo pasa lo contrario, aquí es Dios Padre quien ofrece a
su Hijo en sacrificio para que nosotros tengamos vida en abundancia. Y es que la Eucaristía es el mismo
sacrificio de la cruz, en el que el Padre nos da a su Hijo, no solo como salvador, sino, también, como alimento
que da vida eterna.
“Mientras estaba comiendo, Jesús tomó pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “tomad,
comed, éste es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: “bebed de ella todos,
porque esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados” (Mt
26,26).
Respecto a estas palabras del Señor en la institución de la Eucaristía, en las que no habla de manera simbólica
sino real, dice Santo Tomás que cuando vemos el pan consagrado nos engaña el sentido del tacto, porque
tocamos pan; nos engaña el sentido de la vista, porque vemos pan; nos engaña el sentido del gusto, porque
sabe a pan; pero, en cambio, es el sentido de la escucha es el que nos hace creer porque Él nos lo dijo: “este es
mi cuerpo”. Así es, Jesús no dijo “esto significa mi cuerpo”, dijo claramente “este es mi cuerpo”, y es por ello
que los cristianos católicos creemos firmemente en la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la
Eucaristía, y así lo ha profesado siempre la fe de la Iglesia:
«El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de
todos los sacramentos y hace de ella “como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los
sacramentos”[2]. En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y
substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por
consiguiente, Cristo entero”[3]. “Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si las otras
presencias no fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se
hace totalmente presente (MF 39).» (Catecismo, 1374).
El evangelista San Juan, en el capítulo 6, expone el gran discurso eucarístico, en el que Jesús se proclama,
reiterativamente, como el pan vivo bajado del Cielo. En el versículo uno de este capítulo Jesús multiplica los
panes, para mostrar que con el pan puede hacer lo que quiera. Más adelante, en el versículo 16, Jesús camina
sobre el agua, para mostrar que con su cuerpo puede hacer lo que quiera. A partir del versículo 22 empieza el
discurso del pan de vida, como para mostrarnos que, así como con el pan hace lo que quiere, y con su cuerpo
hace lo que quiere, por ello hace del pan su cuerpo: “yo soy el pan vivo, bajado del Cielo. Si uno come de este
pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51).
En este discurso eucarístico, Jesús es reiterativo al afirmar que Él es el pan vivo bajado del cielo. Pero no lo
dice como utilizando una imagen o una comparación más, sino que habla abiertamente al afirmar que es
verdadero alimento: “porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi
carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6,55). Estas palabras de Jesús, son tan reales y tan
fuertes que sus mismos discípulos se escandalizan al escucharle hablar así: “Muchos de sus discípulos, al oírle,
dijeron: “Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6,60); sin embargo, a pesar del escándalo de
sus discípulos, y de que muchos dejarán de seguirlo, Jesús no se retracta de sus palabras, no hace aclaraciones,
ni les aclara que es una simbología. Aunque parezca duro este lenguaje, es real, Cristo, en la Eucaristía, es
verdadera comida y verdadera bebida.
En la Nueva Alianza
Jesús, en la última cena, día de la Pascua judía, ofrece el sacrificio perfecto y definitivo, donde Él mismo es el
Cordero, que se reparte entre sus apóstoles para que coman su carne y beban su sangre.
No es suficiente con que Cristo derramase su sangre y muriese por nosotros, ahora nos toca cumplir nuestra
parte. Como en la Alianza Antigua así en la Nueva. Si quieres marcar tu alianza con Dios, tienes que comer la
carne del cordero. “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en
vosotros” (Jn 6,53). Y la carne del cordero sólo se come de manera real en la Santa Misa, donde el pan y el
vino, se transforman en el cuerpo y en la sangre del Señor.
«La Eucaristía es “fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11). “Los demás sacramentos, como también
todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La
sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra
Pascua”. (Catecismo, 1324).
En la Eucaristía, Jesús está realmente presente, y como hace dos mil años, nos espera para darnos alivio y
descanso, para alimentarnos, para sanarnos, para liberarnos de todas nuestras ataduras. Si alguien nos dijese
que Jesús se ha aparecido en tal o cual parte, seguramente saldríamos corriendo a pedirle favores, y no
comprendemos que en la Eucaristía está más real que en cualquier aparición, está tan real como lo estuvo en
Belén, en Nazaret, en Galilea: “Ustedes envidian la oportunidad de la mujer que tocó las vestimentas de Jesús,
de la mujer pecadora que lavó sus pies con sus lágrimas, de las mujeres de Galilea que tuvieron la felicidad de
seguirlo en sus peregrinaciones, de los Apóstoles y discípulos que conversaron con Él familiarmente, de la
gente de esos tiempos, quienes escucharon las palabras de Gracia y Salvación de sus propios labios. Ustedes
llaman felices a aquellos que lo miraron, más, vengan ustedes al altar, y lo podrán ver, lo podrán tocar, le
podrán dar besos santos, lo podrán lavar con sus lágrimas, le podrán llevar con ustedes igual que María
Santísima”. (San Juan Crisóstomo)
La Santa Misa
Es en el Santo sacrificio de la misa, donde el pan y el vino son consagrados, y donde Cristo se hace presente;
allí se unen el Cielo y la tierra, pues la Eucaristía no es otra cosa que un anticipo del Cielo. Con razón afirmaba
San Juan Eudes que “para ofrecer bien una Eucaristía se necesitarían tres eternidades: una para prepararla,
otra para celebrarla y una tercera para dar gracias”. Y es que el entendimiento humano no alcanza a
comprender lo que sucede cuando se celebra la Santa Misa, allí se renueva el sacrificio de Cristo en la cruz, se
vuelve al calvario. Se hacen presentes todos los ángeles y los bienaventurados del Cielo, incluyendo a la
Santísima Virgen María, para adorar a su Señor hecho pan. No hay oración que le tribute un culto más excelso
y más sublime a nuestro Señor que la Santa Misa, tanto, que una sola le rinde más honor y gloria que todas las
oraciones de los ángeles, de los santos y de la misma Santísima Virgen María juntas.
La comunión
Jesús se ha quedado en el pan y en el vino con un único deseo: ser comulgado. El sagrario que Jesús anhela es
un corazón de carne y hueso, su deseo más profundo es habitar en el hombre, ser comulgado por las almas,
hacerse uno con ellas.
Toda persona, de cualquier raza, color o condición puede acercarse a este gran banquete, Jesús se ha
quedado en el pan, y no en el oro, o en un metal precioso, precisamente, para que cualquier persona le pueda
comulgar. Lo único que nos pide es un corazón limpio de pecado, y para ella nos ha regalado el sacramento de
la confesión. Porque, eso sí, recibirle en pecado mortal es un error gravísimo y una ofensa a su majestad,
además de acarrear una grave culpa para el alma que lo hace: “El que come y bebe indignamente [el cuerpo y
la sangre del Señor], come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11,29).
Acerquémonos pues constantemente, y con un corazón amante y limpio, a recibir el pan bajado del Cielo,
prenda de vida eterna y medicina contra el pecado: “Si el veneno de la vanidad se está hinchando en ustedes,
vuelvan a la Eucaristía, y ese Pan, que es su Dios, humillándose y disfrazándose a Sí Mismo, les enseñará
humildad. Si la fiebre de la avaricia egoísta los arrasa, aliméntense con este Pan, y aprenderán generosidad. Si
el viento frío de la codicia los marchita, apúrense al Pan de los ángeles, y la caridad vendrá a florecer en su
corazón. Si sienten la comezón de la intemperancia, nútranse con la Carne y la Sangre de Cristo, quien practicó
un auto-control heroico durante su vida en la tierra, y ustedes se volverán temperantes. Si ustedes son
perezosos y tardos para las cosas espirituales, fortalézcanse con este Alimento Celestial, y serán fervorosos.
Finalmente, si se sienten quemados por la fiebre de la impureza, vayan al banquete de los ángeles, y la Carne
sin mancha de Cristo los hará puros y castos”. (San Cirilo de Alejandría).
“¿Por qué Jesús no ha limitado su presencia en la Eucaristía a los momentos solemnes de la Santa Misa? ¿Por
qué no lo ha prolongado tan sólo durante las horas en que, en medio de luces y flores, recibe las adoraciones y
los homenajes de sus hijos? ¿Por qué permanece también a lo largo de las noches y aún en los sagrarios donde
vive en el abandono y en el olvido, y no recibe a las veces sino las profanaciones del sacrilegio?” Lo hace
precisamente porque su amor no conoce de límites, porque quien ama siempre está dispuesta para su amado,
y por ello, Jesús en el sagrario, no hace otra cosa que esperar... esperar a que vayas, esperar a que le visites,
esperar a que le hables, esperar para consolarte cuando estés triste, esperar para confortarte cuando te
sientes débil, esperar para acompañarte cuando todos se han ido, esperar para escucharte cuando nadie más
lo hace, esperar para permanecer en silencio cuando no quieres hablar. Jesús en el sagrario es el amigo y el
compañero de todas las horas.
“Recuerdo que un sacerdote muy amante de la Eucaristía, en esos momentos tan hermosos después de una
función religiosa, cuando el órgano deja oír sus últimos acordes y el humo del incienso como una vaporosa
nube envuelve el tabernáculo; cuando los fieles empiezan a desfilar, y se apagan las luces, y se extinguen los
cánticos, y viene a morir junto al sagrario el murmullo de las últimas plegarias... aquel santo sacerdote,
pensando en las largas horas de la noche en que Jesús iba a permanecer solo, al guardarlo dentro del sagrario
y, dando vuelta a la llave, encerrándolo en su prisión de amor, conmovido hasta el fondo del alma le decía: “ Tú
tienes la culpa, ¡por enamorado! ¡Por enamorado!”
Todos los santos han sido forjados al pie del sagrario, todos ellos han nacido del amor a la Eucaristía. Días y
noches enteras han pasado en la presencia de Jesús Eucaristía y allí han aprendido la ciencia del amor, allí han
encontrado vida eterna, allí han encontrado su descanso y su consuelo, allí lo han hallado todo. “Tened por
cierto - decía San Alfonso María de Ligorio- que el tiempo que empleéis con devoción delante de este
divinísimo Sacramento, será el tiempo que más bien os reportará en esta vida y más os consolará en vuestra
muerte y en la eternidad. Y sabed que acaso ganaréis más en un cuarto de hora de adoración en la presencia
de Jesús Sacramentado que en todos los demás ejercicios espirituales del día.” ¿Qué esperamos pues para ir a
visitar a Jesús en el Sagrario? ¿Que nos detiene? Si allí hallaremos todo cuanto nuestra pobre humanidad
pueda necesitar y anhelar, si allí nos espera ansioso de amarnos y colmarnos de paz y plenitud.
El papa Juan Pablo II, un alma adoradora y enamorada de Jesús Eucaristía, nos reitera esta invitación: “la
Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del
amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta
a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración.” Sólo ve donde Jesús
Sacramentado con un corazón sencillo y encendido de amor, no tienes que decirle demasiadas cosas, es más,
puedes guardar silencio y simplemente contemplarlo, como aquel campesinito humilde de la aldea de Ars, al
que San Juan María Vianey le preguntaba ¿qué haces tanto rato frente al sagrario?, y él, con sencillez, le
respondía: “Él me mira y yo lo miro”.