Conductas
de Ries o
Delos juegos
de la muerte
a los juegos
de vivir
Serie Futuro Imperfecto
~ -
.. , .
Pm1
Conductas de riesgo. De los juegos de la m~cne a \05 Juegos de vivir
mll•'tlllillllTIHu l\l lll •
180 páginas, 2011 , número 17 ----------------------
■\l)m. ii4
Cuerpo, adolescente, deportes de riesgo, anorexia, suicidio, alcoholismo
t#4V##ffl
~--------------------- ·
·Pensar e}cucrpo es pensar el mundo" escribió Le Breton. Y es desde
esta pc~pectiva que realiza su investigación, analizando las "Conductas
de riesgo,. dentro del marco de la relación cucrpo-individu~cdad.
Las interpretaciones que el individuo hace del propio cuerpo y del
mundo constituyen la posición que sostiene el ..sentido de la vida" para
cada actor, ubicándolo en forma subjetiva frente a sí mismo y a los , .,
demás. Traza un recorrido donde propone que en las conductas de
riesgo, lo que se pone en juego es el cuerpo, para poder resolver el ma- ,:·.
lestar psíquico producido por la interpretación de la realidad que cada
uno hace desde su lugar en la sociedad en que vive.
Ponerse en riesgo tiene significados distintos en distintas edades, situa-
ciones y para cada individuo. Le Brcton compara las bravuconerías y
transgresiones de los jóvenes con los antiguos rituales de pasaje a la
edad adulta presentes en distintas sociedades de ias llamadas primitivas.
Sugiere entonces que si existieran estos rituales bajo un control social,
se aliviarla el sufrimiento de los jóvenes, y podrían evitanc riesgos mu.
chas veces fatales. Ante la falta de reglas claras, de un reglamento de pa-
saje, los jóvenes buscan sus marcas estrellándose contra la sociedad. ·-
La lectura de este libro sugiere que vivir es un riesgo, donde lo único
'
que está garantizado es la muerte. Es a esta única certeza que tenemos
a la que se le demanda la certificación de nuestro derecho a existir y a
disfrutar de la vida, de maneras más saludables o patológicas, depen-
diendo de la relación entre el individuo y la sociedad.
Del-prólogo tu Carlos Th>.nnan
f.Joe}\
,111
LS.B.N.: 97l-917-ll85-36-8
EDITORIAL
Colección Fichas para el Siglo XXI
Serie Futuro Imperfecto
CAP ÍTU LO 11
1.~AS CONDUC 1:ClS DE R1&5GO DE LOS.JÓVENES
No• olvidcJ que erts tl ntícl,w clt tLna rttptu ~a
Edm ondj abes
•
PASAJE Al.A EDA D DEL I-IOM BRE 1
Nun ca el senti mien to de segu ridad , el marg en de acció n de los
indiv iduo s, las posib ilida des perso nales de desa rroll o, han cono
cido
seme jante liber tad. Tam poco nu11ca hem os habl ado tanto de la juve
n-
tud, le he1nos dem anda do tanto , al punt o tal que la refer enci a mud
a
en ideo logía , en !;anto y seña , en mod elo a reve renc iar. Un estud io
del
INSE RM ( 1994 ), mue stra que el 70,5 % de los jóve nes inter roga
dos se
sient en bien con su familia y viven de man era teagradable, diste ndid
a»
(Le Mond e, 26 de mayo de 1994 ). Para una mayo ría de jóve
nes, el
dese o de vivir y la integ ració n social apen as suscitan preo cupa ción
,
pero una franj a nada desp recia ble no se iden tifica bien con los roles
que se espe ran de ellos, ya cono cen su desti no de exclu sión o sufre
n
el male star de vivir. El 22 % de ellos dice n estar, en efect o, dese spcra
-
dos2. Dcsq.e hace unos veint e años , la emer genc ia de nuev as cond
uc-
tas relac iona das con pone rse en ri~sgo, con expo
nerse uno a la adver-
sidad , mod ifica n sens iblem ente la socio logía de la juve ntud (Bcll
,
Bell, 1993 ; Turs z, Sulle yran d, Salm i, 1993 ; Dubc t, 1987; Fize, 1994
; Le
Brct on, 1991 , 2002 ). Desd e lueg o, la juve ntud no es una sola, es
una
mult iplic idad del misn10 mod o que la pobl ación adul ta. No hay
un
arqu etipo en este cam po sino más bien jóve nes marc ados por supe
r-
tencn ci~ sexu al, de clase, el luga r dond e viven, su orige n, el de
sus
padr es, su histo ria perso nal, la situa ción relac iona l en la que se sitúa
n.
Ning ún jove n se pare ce a otro, sin embaTgo, en nues tras circ\1nstan
-
cias sociales de hoy están unid os por num eros os rasgos.
En nues tras socie dade s cont en1p orán cas, la adole scen cia es .un
.mom ento de susp ensió n dond e las viejas refer encia s de segu ridad
des-
apar ecen , mien tras que las nuevas aún no están insta urad as. Es, ante
todo , una fract ura en la infan cia, la br\1tal expu lsión de un mun
do
tranq uiliz ado~ que se aleja com o un para íso perd ido, ese tiem po
sin
39
equ ívo cós aún do nd e los pad res ten ían
res pue sta a tod o, do nd e la
fam ilia (o el gru po de par es) p~r ~cí a el cor
azó n ete rno de la vid a. Po r
una par te, el des con cie rto ado les cen te se
con jug a con un due lo má s
o me nos du rad ero de la inf and a. Se pre
sen ta un a exi ste nci a nue va,
con for ma s aún ind eci sas , esp era da con
un a me zcl a de imp aci enc ia y
ans ied ad. Ese pas aje ent re dos mu ndo s es
un mo m~ nto de des poj o de
los val ore s inf ant iles y de apr oxi ma ció n pro
gre siv a a los ritu ale s y val o-
res .cadultos». En nue str as soc ied ade s occ
ide nta les , la ado les cen cia es
un tie mp o de rup tur a, de me tam orf osi
s, de des con cie rto , es el
1no me nto de un a ent rad a del ica da en
un a eda d de hom bre o de
mu jer cuy os con tor nos est án lejo s de anu
nci ars e con pre cis ión .
La rel aci ón con un o mi sm o es de pro nto ma
rca da po r un sel lo de
ext rañ eza y du da; la dif icu ltad par a ela
bor ar el mu nd o qu e vie ne,
com enz and o po r su pro pio cue rpo en el
qu e los cam bio s rad ica les lo
per tur ban , s\is ci~ n un sen tim ien to de
am ena za. El jov en tie ne a
me nu do el mi edo de no ser «no rm al• , de
no cum pli r con las exp ect a-
tivas de los otr os, no est ar a su altu ra. Est
a zon a de tur bul enc ia qu e
aco mp aña la scx ual iza ció n del ado les cen
te es dif icil de vivir, pla nte a
las gra nde s cue stio nes ~tr op oló gic as sob
re la ide nti dad , el sen tid o de
la vid a, etc . La dificil bús que da de sus pro
pio s des eos , qu e ya no son
nec esa ria me nte los de sus padres, con duc
e a v,eces a la des mo tiv aci ón
con res pec to de ac·t ivi dad cs qu e era n ~p~
eciadas en otr o tiem po. La
esc uel a es un pro ble ma . El jov en enf ren ta.
un dol oro so deb ate con los
otros y con el mu nd o par a acc ede r a su pro
pia necesidad, da nc él
mi sm o a luz en est ~ mo me nto del ica do de
ent rad a en la vida. •M e veo
pcn die nte de la vid a• 1 dic e un jov en de 16
año s, «co mo 11n nac imi en-
to pro gre siv o, sin pn as de mo ver me . Va
mu y ráp ido y es muy lar go.
No est oy bie n en nin gú n lug ar, huy o, est oy
pen die nte , ¿pe ro pen die n-
te de qué ?,.. El por ven ir de rep ent e ya no
tie ne má s sen tid o. Re cla ma
la luc ha y el mi edo .
La juv ent ud occ ide nta l es un üem po de ma
rge n, un per iod o de
tan teo pro pic io par a la exp eri me nta ció n
de rol es, la exp lor aci ón del
ent orn o, la inv est iga ció n de los lím ites ent
re un o y los otr os, un o y el
mu ndo ; es un bús que da ínt im a de sen tid os
y val ore s. Lo s cim ien tos de
un a ide nti dad sex ual se est abl ece n y tra nsf
orm an la ton alid ad de las
rel aci one s con los otr os. La dis trib uci ón tác
ita de los der ech os y debe:.
res se mo dif ica . La crisis de la ado les cen cia
ma rca tra dic ion alm ent e el
y
co n~ tc ent re las pot enc iali dad es los des
má s est rec ho qu e la soc ied ad le pro pon e
eos del jov en y el cam ino
rec orr er. La ent rad a en la
, vid a es un mo me nto de pru eba .y de
ren unc ia, a lo lar go del cua l el
jov en fQrja su del ica da apr oxi ma ció h hac
ia la eda d del ho mb re a
40
... . - -
.... .• ,,,
pesar d e '- 'd
j
1
· · relacionasada
Al snluo~1 ad del camino. La noción de «cnJ15• i-
co~ ~a adoles~enc1a, traduce esencial mente el contrast e en?9e las r ~a
raciones del Joven >· las posibilid ades de realización ofrecida s P0 .
sociedad donde vive. Durante la adolesce ncia, se da cuenta de la s1m·
bolizac~ón del hecho de existir y ht entrada activa, con el título_ de
com~e a-o de pleno derecho , en una sociedad donde es,, posible
expcnm entar en uno el placer de vivir.
En el momen to de la adolesce ncia, cljovcn y sus padres renunci an
a rol~ caduc?s , aunque tuvieran la ventaja de ser tranquil izadores . El
~ci~ afcc~vo del grupo familiar está entonce s -en pleno ajuste, no
stn n:s1stcnc1as _eventuales de una y otra parte. La situació n gene...ra
conf11ctos, aru1cda d, depresi ón, etc. El joven gana autonom 1a.
~ n t a el miedo relativo del mañana y sus padres hacen el duelo del
n1no al cual durante mucho tierr,po le organiza ron su existenc ia. Si las
transfor macione s ffsicas de la puberta d se realizan en un context o
relacion al donde el joven se siente solo, sin interloc utor, si no se sien-
te querido , insignif icante, tiene el riesgo de vivir doloros amente esta
.expe1 i~cia. -Los jalones de sentido que dispensa una familia en
1. donde se siente incluido , la presenc ia afectiva de los otros a su lado,
le permite n acostum brarse a ese momen to dificil de metamo rfosis
corpora l y de anuncio de nuevas responsa bilidade s que aprehen de,
por supuest o, pero sin exceso de inquietu d.
Mú que nunca, los padres deben ejerce:r una función de conten-
dó~ de límites, es decir, otorgar al joven el sentimie nto del valor de
su propia existenc ia y de la presenc ia firme y cariñosa . de ellos a su
lado; Pero la síntesis de las diferent es posi~ilidadcs persona les es difi-
cil si el joven no dispone e~ su entorno de interloc utores fiables y legí-
timos a sus ojos, permitié ndoleja lonaT el tiempo de manera deseada
y, sobre todo, de encontr ar cerca de ellos la seguridad que en cienos
momen tos le hace falta. La carencia de apoyo lo fuerza a debatirse fisi-
camcnte contra el rriundo en una búsqued a de límites, para al fin
poder s i ~ , ubicar sus marcas, saber qu.iln es. La co~6 n enton-
ces lo 1Upera, y predom ina únicam ente el disfrute del momen to sin
proyectos propios durader os. Para escapar a los afectos potentes que
lo mortific an, se lanza contra el mµndo en .u na búsqued a de conten-
ción o, a la inversa, se aísla en la tentativa de escapar al vado.
Las frontérá l de laa generac iones desapar ecen o son eclipsada.,. La
función de autorida d abantto na a nuestras sociedades. La .tarea de los
adultos ea ayudar~ !osjóvenes a conatrulrae, y no seria mú que recor-
dar un límiu: que les permita erig!rse en oposición. De~~ el rebelar-
se contra el padre; de ah{ la función edfpica que le pcmuttñ a al joven
41
entrai a1 mundo en una relación flsica y estructurant~. Esta funci6n es
hoy día _def~cluo~a por varias razones. Los adultos se esfuerzan por
dar una imagen «Joven» que perturba por igual las relaciones de gene-
ración y priva a losjóvenes de referencias durables y fuertes en su vín-
culo con los otros y con el mundo. Los padres quieren volverse com-
pa11eros de sus hijos, y ya no ser más sus padres con la responsabilidad
que eso implica, especialmente cuando deben poner límites a su
omnipotencia, inscribirlos en el interior del )azo social. Hoy, a la
inversa, algunos padres y madres toman a sus hijos como modelos,
impidiéndoles poder identificarse con ellos. ·
bte desorden de las referencias entre gencracior.,es. vuelve más
dificil la elaboración de su propia identidad. Las nuevas tecrtologfas
son investidas con entusiasmo por los jóvenes, al contrario· de una
relativa indiferencia de los adultos; éstas les .proporcionan el senti-
miento de saber mú. Los rocli ·os de la informática son asombrosa-
mente precoces. El ~uvenilismo» es esta promoción mercantil y
demagógica de lajuventu que se impone, sin embargo, coro~ la base
. del ambiente cultural de nuestras sociedades contemporáneas. La
misma se aprovecha dei- suñimiep_to difuso de los jóvenes que no
saben más hacia quién dirigine, que no tienen suficiente autoridad
alrededor suyo para poder construirse. Les falta_la oposición para des--
cubrir que el lazo s~cial está hecho de innumerabl~ límites, pero que
éstos tamb~én son -el ejercicio de una soberanía personal, que pcrmi-
~en existir en el interior del mundo: no podemos ser todo, no· pode-
mos mir todo, sólo podemos constituirnos dentro de un marco sim-
bólico, de un sistema de valores.
Hoy en día. _en ·e recto, la dificultad del pasaje hacia la edad adulta
está acentuada por una competencia de lo indeciso sobre lo probable,
que impide proyectar un porvenir previsible y feliz. Ya nadie sabe bien ·
a dónde va, la sociedad tiende a transformarse en un sistema de com-
petición generalizada, es corriente hablar de «reciclaje» permanente
o explicar que, de ahora en adelante, para cada asalaria~o será nece-
sario cambiar varias veces de trabajo en el curso de su existencia. Las
fronteras de lo lícito y lo ilícit9, por consiguiente aquellas de los «lími-"
tes» (de sentido), se disgregan. A menudo son vividas más bien como 1
obstáculos para el desarrollo personal. Sólo importa saber si podemos
transgredirlas sin daño. L o ~siblc - es la forma conte~po~ea y 1
degradad~ de lo prohibido. l s más una traba que una regula-
ción de las pasiones colectivas. ideología es portadora de la técni-
ca: lo que es posible debe ser experimentado, se impone entonces
como una consigna en.la vida cotidiana. Lo esencial es ~lir adel~te
42
L
•
·
lo mejor posible. Todos los medios son buenos a con 1cion d. · - de no. ser
atrapado o salir ~el apuro. Los cambios técnicos y l?s «imperauvo:
económicos h1ducen la realidad de un mundo más 1mpalpable, m
an1enazante para aquellos que nQ desean «pelearse,. co?stante~ente
para prornover su derecho a la exis\epcia. La escuela misma esta des-
amparada. La información suple a la formación imposible,.,un saber
pero ya no un saber-ser. Acicateado por la indeterminación real_ del
mundo cercano y la incapacidad para el grupo familiar de cumplir la
función de continente (containing), el desconcierto adolescente se
prc,longa y muda más profundamente en una crisis de lajuventud.
La explosión actual de lo~ sistemas sintbólicos, su precariedad
cuando se reconstruyen, vuelven dificil transmitir a las jóvenes gene-
raciones referencias susceptibles de fundar cultural y socialmente el
sentimiento personal de su propio valor como individuos. El pasaje
ptopicio e incori testable hacia la edad de hombre no está concedido
de entrada por el nacimiento y el hecho de crecer. Ningún ritual o /
nirtguna c:viderlcia social vienen a garantizar al joven, en ese momen- ..C ,
to de su historia individual, que su existencia tiene una significación y Pe,,...~~
un valor. Su libertad está entera, nq estando más limitada por impera fa "
tivos sociales rigurosos; nosotros ya nd ~mos una sociedad de hered · is
ros. Los caminos de la existencia ya no están ~ás todos trazados, nin °~
guna ideologí~ promete más un mañana que canta.. La iniciati
rcgr~ al j~ep, por una parte es libre de actuar a su manera porq
no es~ más sumiso a una tradición, ~ una autoridad. Le incwnbe
encontrar por si mismo una filen~ de sentido~ susceptible de irrigar
su vida. La.juventud es entonces virtualmente un tiempo de dcscubriJ
miento y de libertad, de experimentación tic sí, de fonnáción pers
na1 donde todo es posible. Las únicas autoridades son las que el joven
elige, ninguna viene a dictarle su conducta de manera autoritaria.
Pero, paralelaJqentc, la suerte está medida por la necesidad interior
de disponer de la brújula qué orienta el camino y lo vuelve menos
áspero. La sed de autonorqía está trabada por las dudas que atraviesan
al joven en cuanto a sus ca~cidadcs para asumir la responsabilidad.
Atormentado entre esta exigencia de bastarse a sí mismo y el temor de
encont:ramc~si apo_yo, duda .sobre qué conducta sostener, sufre su
indecisión.. __liberta~ es un valor para aq~él que posee los medios
simbólicos e su uso y sabe enfrentar los obstáculos diseminados en su
camino: por otra parte, geneta miedo.
A cata e ' · ctrices de nuestras sociedades, se agregan
el ilitamicnto de los lazos familiare su estallido geográfico, las
fratemi ~ . ; : ....'"'.,.._._, a crectent~caricdad ele la relación matri-":)
, , JG
monial. La familia nucle ar es-la voz mayQr de socialización de los j6vc-
ne~s y, en tanto que prime ra cqnte n·edor a, no siemp re es lo sufici ente-
mente sólida, en este conLexto de crisis del lazo social, para funci onar
como regula dora de la progresiva entra da en la vida. Lu patolo gías de
la adole scenc ia a menu do mues tran familias disociadas o conflictivas,
1nás pasivas que realm ente actora s de sus condi cione s de existe ncia y
que fallah aljalo nar la march a deljo ven hacia una auton omía razon a-
ble, tenien do en cuent a sus capac idade s y deseo s. Esa~ familias con
dificultades fracas an en su funció n sociol ógica de abrir el niño al
mund o que los rodea y en su funció n antro pológ ica de suscit ar el
gusto por vivir. La indife rencia o el sentim iento de las familias de sen-
tirse sobre pasad as, la libert ad-a vece, sin límite s que ellas dejan a sus
hijos, son actitu des nocivas en cuant o ~o autor izan ningú n espac io de
interc ambio , ningu na base de sentid os. Varios meno r~ impli cados en
sucesos están totalm ente aband onado s a sí mism os en la vida cotidi a-
na. El desac uerdo , la separ ación , el divorci~, la violen cia al interi or de
las familias, fragil izan al niño en sus recurs os de negoc iación con los
otros y le impid en encon trar su lugar entre sí mism o y Íos otros.
Confr ontad o a una falta .de límites, el joven es atrap ado en una huida
es
hacia adela nte que a veces sólo deten ida ~r el golpe bruta l contr a
el mund o. Adem ás, la cpnso lidaci ón de la auton omía del joven , el
mome nto en el que está en una búsqu eda inten sa de signif icació n y
valores, es conte mpor ánea a la «crisis de la mitad de la vida• qe la
pareja o de los adulto s de refere ncia, es decir de ese mom ento de
balan ce, de modif icacio n~s frecue ntes de las apues tas #'ecti vas y socia-
les. El grupo famili ar está enton ces en una fase de turbu lencia incre-
menta da por el hecho de que por ptime ra vez, los padre s no ti~ne n
respuestas a las pregu ntas angus tiadas de su hijo en el umbr al de la
edad del homb re. Hemo s evoca oo al respe cto, la c:limisi6n de los
padre s, la pérdi da de comu nicac i6n en el mom ento de la adole scen-
cia, sin_comp rende r la natunt.Ieza d~ este contr aste entre las Tefercn-
. cias existenciales de los padre s y aquel las de la mode miaad con las
cuales el adole scente está justam ente confr ontad o. El desco nciert o de
los padr~ reside en la dificu ltad de accio nar en un mund o en perpe-
tuo cambi~! en 71 que ya no comp rende q del todo las reglas del juego .
Padres e huos viven en univc tsos de sentid d profu ndam ente difere n-
tes. Veinte años de difere ncia es actua lment e consi derab le en térmi-
no~ de e~per iencia s perso nales. Por supue sto. esta difer ~cia no es
una fatalidad, puede ser, a la inversa, fuent e de intera u:nbio s de con-
frontaciones, de debat es intens os. Pero nume rosos padre s de~ri cnta-
dos ya no saben m~ cómo hacer les frente .
44
De manera· bastante
·,
convergente
'
las conductas de riesgo mues-
on
tran. a d o l esccntes o Jovenes cuyas familias están recompuestas o 5 •
tnonoparentales Y donde la figura paternal está ausente ,o es inconsts-
tente (o donde no son queridos). La encuesta del INSERM de 1998
r,obre los adolescentes (14-21 años)' a cargo de la Protección Judicial
~~ lajuventud (Choquet et aL, 1998), muestra que sobre e~ta pobla-
aon, e! ~7% _de ~os varones y el 62% de las mujeres son la resultante
de fanuhas disociadas (por divorcio o deceso el 26% de los varones Y
el 69% de las n1ujeres presentan un juicio negativo sobre su vida fami-
liar). _La encuesta Barometre santé jeun~, 1997-1998 (Arenes, Janvrin,
Baud1er, 1999), llevada a ca.bo en Francia sobre una vasta muestra,
refleja qu~ la calidad de vida de los jóvenes es generalmente favorable
si viven con sus padres de nacimiento (o adoptivos), pero que decre-
ce tra~~~e de ~ilias monoparentales o recompuestas. En efecto,
eso no 1mp1de que incluso en ciertas familias el niño no sea percibido
como un sujeto de pleno derecho, a su vez reconocido en su proximi-
dad y alteridad, sino más bien como un objeto, fijado en una repre-
sentación mental que no le permite afianzarse en su diferencia y en su
propia valía. La incapacidad de la función paternal es entonces
corriente. El padre o quien sostenga ese lugar puede ser a lo mejor un
buen compañero, si no está del todo ausente, ~o es incapaz de posi-
cionarse como adulto y educador. En contrapunto, si la madre ejerce
un ~or invasivo, le impone a su hijo, sin su conocimiento, pruebas
personales como la anorexia, el acto suicida o la fuga, para romper el
cordón umbilical simbólico y acceder a su propia existencia.
El joven tiene a veces una voluntad obsesiva por ser identificado
como «existente» y entonces crea cerca de quienes lo toman en serio,
sobre todo sus padres. un cambio de rutinas familiares para provocar
un reconocimiento de sí mismo más allá del peso afectivo. La provo-
cación al entorno mediante la deprcsi6n, la violenci~ el repliegue en
sí mismo o las conductas de ricsgb, IJlás allá del sufrimiento que tra-
ducen sus comportamientos, son maneras de testear el ~or de los
otros. Son el doloroso rodeo para afianzar el valor de su existencia a
los ojos de los otros. El joven «quisiera idealmente que ~u~ padre~
estén ahí, sin estarlo,. (Pommercau, 1997, p. 56). El contam1ng fami-
liar o amistoso se ve socavado eq esta sed de reaseguro. .
La adolescencia es un períodp de muftiplicación de _los nesgQS,
aquellos inherentes a la elección de los estudios, a las pnmeras r_ela-
cioncs amorosas, cte., pero es sobre todo un, tiempo de enfrentamien-
to con el mundo, cori la disposición ¡,or experimentar su cuerpo, sen-
tir sus límites, tocar bien cerca su existencia, cxpcrim.e ntar al fin su
_/' 45
L <
independencia frente a la mirada de sus padres. «Una de las caracte•
rísticas a esta edad es, en efecto, la atrncdón por Jo negativo, escribe
Philippe Jeamn:iet, que podemos ver como un trabajo de reapropia-
a
ci6n de su desn_no por parte del adolescente, frente la gravedad de
aquello que es impuesto y. an1.es que nada, en relación a sus propias
necesidades de dependencia afectiva en las que hu exigencias unidas
al cuerpo pueden ser el representante prlvileglado. AJ •no pedí
nacer". responde en eco •puedo elegir morir" • Qeammet. ¡11 A Tunz,
tt al., 199S, p.47) .
Eljoven está simúltáncamentc en búsqueda de independencia y de
reaseguro con respecto a los otros; buscando a la vez su tutela y auto-
nomía, experimenta para bien y para tnal su status de sujeto, su singu-
laridad personal, juega con las prohibiciones sociales, lestea su lugar
en el seno de un mundo donde aún no se recdnoce del todo. Inscñbe
su experiencia en la ambigüedad, o m" bien en la ambivalencia, es
incomprensible para los otros pero también para él mismo. La con-\
frontación consigo mismo y con los otros es una apuesta para probar-
se en la b~ucda de sí mismo. La cuestión de los -limites simbólicos
en la relación con los otros y con e.J. mundo es fundamental para el
joven, más aún si 1~ han faltado durante su infancia, pues estos le per-
miten situarse en tanto que compañero activo en el seno del vínculo
social, en la reciprocidad de las rekcioncs. Sabe entonces qué puede
esperar de los otros y lo que los otros pueden esperar de él. Manifiesta
entonces una reflexividad, es decir, un análim de las situaciones o de
los sistemas d~ expectativas donde se integra. Su reconocimiento de
los otros es una garantía del reconocilllicntó de los otros con respec-
to a a. E.ntonceA ~pt."rim~nta el sentimiento d~ su n~c~chul ~
ml, del valor y sentlc;lo de su vida. TransportadQ por este sentimiento
de seguridad ontológica, de confianza hacia el mundo, sostenido por
el gusto de vivir, se preserva de tener que poner en juego su cmten-
cia para saber ai la vida vale o no la pena ser vivida.
JUEGOS DE MUEIITE, JUEGOS DE VIDA
Las razones de poner en peligro su vida para poder existir son
numcroau y conflicuvu, 1610 la historia penonal del jow:n es suscep-
tible de esclarecer el aentido de •u puajc al acto. mientras que otro.
viviendo una 1ituacl6n cercana, parece estar aatiafecho o tQma con-
ductas difcrenta. Lu conductaa de rleago tienen su origen en el aban-
dono, la indiferencia familiar, pero tamblln, ~ la lnvena. en la.sobre-
protecci6n, c1pccialmente maternal. Muchaa veces eat4 presente la
46 , , 1 i, 1
I . - i
'
dcscalifi~a.c;ión de la autoridad paternal', A veces se trata de vioJ_e_ncia
o dé abusos sexu~cs, el desacuerdo de la pareja paternal, la ho~uhdad
de un padrastro o una madrastra en la familia recompuesta. Siempre
está. presente la falta de orientación para existir, el sentimiento de
ausencia de límites a ~usa de prdhibicioncs paternales que ~unca
fueron dadas o estuviero~ sostenidas en forma insuficiente.~ incer-
tidumbre de la relación con el mundo, la impresión de ser·sofocado
o estar en el vacío, se proyectan en las misrilas conduc.tas que requie-
re? !imb6licamcnte a la muerte, en una búsqueda de límites para
ex1snr.
Lo que no encuentra ~ás en su casa, la certeza interior que su vida
tiene un valor y que tiene su lugar en el mundo, el joven lo busca afue-
ra en foqna deshilvanada y en un cuerpo a cuerpo con lo real. La&
conductas de riesgo se arraig.u.1 en un sentimiento confuso de falta en
su ~t~ncia, de sufrimiento difuso. La intención de ningún modo es
monr, Sino testear una de~enninaci6n personal, buscar una intensi-
dad de set. un intercambio con los otros, un momento de soberanía,
de traqucir también un gqto, un malestar, todo eso en una búsqueda
desordenada que a menuqo sólo encuentra su significación despué,
del acQntccimicnto. Más allá c;le las ~onductas de riesgo catalogadas
como tales en t:l campo de la salud pública, un 15.,1 % de los jóvenes
declaran haber hecho alguna ~osa, según ellos, de riesgo, por placer
o desafio, durapte los últimos doce Qieses. Los varones fueron dos
veces más numerosos que las -~ujercs (Arenes d aL, 1999)5. Las con-
ductas de ricsgQ 5on el reverso de un juego con la idea de muerte.
Manipulanclo la liip6~sis de su muerte voluntari~¡ "ljoven agudiz:l su
sentimiento de libertad, desaf'ia al miedo haciéndole frente, convcn-
ciénd0$c de que todo el tjcmpo tiene un~ puerta de salida si se le
impusiese lo insostenible. La muche entra así en el campo de su pro-
pia potencia y deja de ser una fuerza de destrucción que lo sobrepa-
sa. &te juego cQn la idead~ IJlU~ es una fue~te de plac~ ambigua,
n~ca está lejos c:Je la reata~i6n narcisiata (Haim. 1969, p. 204 y
siguientes). E~ eat~ periodo de la vida; el cuerpo es el campo de bata-
lla de la identidad.
La expresi6~ 4'Con;;luctu de riesgo-, ~plicada a las j6venes genera-
. dones~ se impqne cada vez ~ ~ designar una scri~ de conductas
=· Qi:;cordantes, en las que el coqiún denomin3:dor collS15~ en la exl>?"'
. sici6n de 1{ a una probabilidad nada despreaable de henne o ~onr,
· de lesionar au porvenir pcrae>~ o poner au salud en J?Cligro..Las c~n-
ductas de iieago de los jóvcnea no se reducen a un Juego -simb6bco
con la eventualidad de morir o de enfrentarse violentamente ~
47
- b y TrpScMww
mu,n<;Jo, a veces también se manifiestan discretamente, en silencio,
pero ponen en peligro las potencialidades del jóv~n, alteran en pro-
fundidad sus posibilidades de i~ tegtaci6n social, su amor por la vida,
y a menudo culminan en la adhesión a una secta, en una renuncia a
la identidad. Imitando formas variadas, resaltan la intención perd
también las motivaciones inco~sclentes. Algunas, deliberadas larga·
mente, inscriptas en la duración, se instauran como modo de vida,
otras marcan un pasaje al acto ·o una única ~ntativa ligada a las cir-
cunstancias.
Las conductas de riesgo también son maneras ambfvalentes de lan-
zar u~ llamado a los mú cercanos, a aquellos que cuentan.
Constituyen una última manera de. fabricar sentido y valoración;
Testimoniando la resistencia activa del joven y sm tentativas por volver
al mundo, se oponen al riesgo bastante~ incisivo de la depresión o
del desmoronamiento radical del sentido. No obstante Íos sufrimien-
tos que las mismas arrastran, poseen a pesar de todo una yerticntc
positiva: favorecen Ja_toma de .a uton~mí~ del joven; la ~úsqueda df
sus marcas; a veces lo abren a UJlª me_Jor 1magen de sí mtSmo; sop Wl
medio de construirse un:a identidad.
..
No son menos . dolorosas en' sus
co~encias, a través de 1~ depe·ndencias, las heridas o las muertes
que aITaStran. Per9 no olvidemos, de todos modos, que el sufrimien-
to está río arriba, perpetuado por una conjunción compitja ehtre una
sociedad, una estructura faqiiliar y una historia, de vida.
Paradójicamente, para ciertos j6venes, ~ may~r el riesgo de quedar
amurallados en su malestar de viyir, y quizá algún día, logren una sali-
1
da radical. Las turbulencias provocadas por las conductas de riesgb
ilustran una voluntad de deshacerse del sufrimiento, d~ forcejear para
acceder por fin as{ misnio. '
Las mismas se distinguen absolutamente· de la voluntad de :piorir,
no son formas Jorpes de suicidio sino rodeos simb61ic~ para ascgu-
rane 'el valor de su exbt~ncia, rechazar lo mú lejos el miedo de su
insignificancia personal. Son ritos íntilJlos de fabricación de sentido
(Le Breton, 1991). las pruebas que los jóvenes se infligen con una
lucidez inigualada, son ritualizaciones -.Ivajcs de un pasaje doloroso,
son momento, «transicionales» o más bien, pu cuerpo, ~l mismo> es un
objeto transidonal proyectado al mundp dUJaD1entc· para continuar
~a marcha penosa de confuai6n4• Las conductas de riesgo de las
Jóvenes generaciones, tal como son definidas por 1~ ina.titu~~~~es de
salud pública, señalan sufrimiento y descQnexión social, son tentativas
de simbolizar su lugar en el send de lo tolectivó, de wlver al mundo.
Cada uno, por un camino in(jirecto y peli~, está en búsqueda d~
1
48
-
este modQ de una legiti mida d perso nal. Las cond uctas de riesg o son
accione~ desar rolla das ·por el· joven , solo o con otros , poni· endo su
exist encia en pelig ro fisico o mora l. A pesar de los esfue rzos de 1a
socie dad para preve nirlas , tiend4=n a multi plica rse.
ACERCA DEL GRA DO DE CON' CIEN CIA DEL RIES GO
,,
La perce pción del pelig ro es el resul tado de un apren dizaj e.
Enfre ntánd ose al mun do y asim iland o la educ ación recib ida, poco a
poco el niño apre nde a move rse mejo r en su vida perso nal y a forjar-
se modo s de defen sa efica ces contr a los peligros cerca nos. Son fre-
cuen tes los accid entes domé stico s en el niño anim ado de una pasió n
para _ex.plorar su medi o sin un cono(:im~ento real de los pelig ros que
atraviesa (env enen amie nto, fuego , explo sión, ahog o, accid entes en la
calle ... )_. Por añad idura ; en su relac ión co~ el mund o, el niño no goza
del equip o perce ptivo del adult o. Antes de los 10 o 12 años dispo ne
de un camp o visual limit ado (70° contr a 180º en el adult o medi o). Ve
sobre todo lo que está frent e a ~l, descu idand o los costados, más aten-
to a la activ idad que persi gue. Apre cia mal las distancias y la veloc idad
de los autom óvile s o de las dos rueda s, y es difici lmen tc sensi ble a
varios ~tím ulos a la vez.
En este senti do, el niño de meno s de 1Oaños es wlne rable al acci-
dent e por defic ienci a de la pcrcq>CÍ6n, antes que la educ ación y la
madu ració n le perm itan situa rseª mejo r en su entor no y prote gerse
mejor. Lueg o, entra en una e~d dond e el juego con el riesg o está
valor izado a los ojQS de los otros , o devie ne en una apue sta idcnt itaria
en la lenta cons tituc ión de su relac ión con el mund o. Laj~ entu d está
asoci ada con la bravu ra, el ideal ismo , y sin duda no es anod ino que,
allí dond e aún exist e, el servi cio 1milit ar esté fijado justa ment e a una
edad dond e los actor es demu estra n una vi$i6n abstr acta de la muer te,
&ldn dolc s la dista ncia nece saria para evalu ar con todo cono cimie nto
de caus a los riesg os a que se expo nen. Adem ~, un co~p rQmi so social
aún limit ado vuelve meno s preo cupa nte el hech o de preservar una
exist encia poco ana.igada en una vida familiar y profesional.
Los jóven es no pose en una vis!6n fatal·e irreversible de la muer te,
que es la de sus adult os. Cada uno de ellos tiene tende ncia a scnti nc
«especial•, dücr entc a los otros , fuCTa de la ·ley ~omún. Aún difus a
para sus ojos, la muer te no sabrá alcanzarlos. Para lc~e ntc, ~ ,~te-
an, jueg an con ella como una comp añera peligrosa ~ susc~pttble
c;le apor tar au~ tim a a quie n ~ enfre nte con los OJOS ab1 ~.
Parad 6jica mcot c, cata exag crad 6n de a{ mismo se ampa ra por igual
49 1
1
L J
S---a,T ...-,..
en la necesidad interior de mostrar a los otros una aptitud para reac-
cionar con agallas. El te?1or de·desprcs~~iarse ó el imperativo de , ue-
1
rer mostrar a los otros siempre una habilidad particular, es una causa
importan te de e~p~sición a los _riesgo~. El narcisismo adolescente
engendra un senum1ento para~oJal de 1nvuh1erabilidad y fragilidad.
D. Elkin ( 1967) d~nomina 4Cfábula personal,. a esta jmagen particular
de sí, habitual en la adolesccnda, que lleva al joven a poner su -:.xis-
tcncia en peligro con la convicción de que tiene grandes capacidades
y que las debilidades de los otros no le conciernen. F.ste sentimiento
es propicio para lanzarse en accion~s potencialmente perjudiciales. El
juego con el riesgo alitnen ta la confianza en s~ propios recursos,
rnientras la vida cotidiana provoca la consciencia, a menudo punzan•
te, de una falta de posición sobre la realidad. La preocupación por la
seguridad, el esfuerzo de las decisiones y los actos, la búsqueda de
informaciones, son actitudes más raras en los jóvenes que en s~ adul-
tos. Incitados más por la gratificación de los pares o la restauración
narcisista queriendo probarse que «pueden hacerlo,., la conciencia
del peligro a menudo se ,es escapa, o es suplantada por la voluntad de
autoafirmación. ·· .
Numerosas conductas percibidas como riesgosas por los jóvenes en
realidad señalan transgresiones mínimas: ~mar un colectivo sin
pagar, conducir sin permiso, burlarse de la policía o arriesgarse a ser
detenido, robar en Wl supcrmera,do o mentir a los padres, imitar su
firma en los papeles de la f:SCuela, fumar en su habitación, cte.
Peneneciendo más bien a conductas dt pnuba y, no repitiéndose nec~
sariamente, manifiestan una exploración, en principio lúdica, del
mundo corriente. Esos comportamientos, si bien a veces tienen con-
secuencias nada despreciables, aún no manifiestan la radicalid~ de
las conductas de riesgo, son tentativas de obtener autonomía respec-
to de los padfcs, una búsqueda de scnsacionQ, una manera corriente
para los jóvenes de testear su margen de maniobra en la sociedad
No todas las conductas de riesgo ÍI\CUII'en en el exceso, a veces se
sostienen -en la abstención de tomar algunas precauciones para un
estado de ~ud delicado. Algunas veces encontramos en el adolescen-
te la no-observancia de las reglas terap~uticas, especialmente al tomar
medicamentos para estabilizar un trasplante o en enfermedad~ crq-
nicas como la diabetes o el asma. Eljoyen se aflige al soportar la sumi-
sión a la ~nf~edad, la dependencia de los médicos que controlan
su conducta. Piensa que su existencia se le escapa. El roce de la muer- ,
te o el surgimiento del síntoma le recuerdan su soberanía personál.
Experimenta su existencia como pcrteneciEndole nuevamente, por-
50
.
que sabe que pue de deve nir el amo de \a h ora d e ~u mue
. rte y puec .e•
rom per así la inso port able dep end enci a en cual quie r 1n~tante
..
Esta s cond ucta s tam bién rem iten a moi ivac ione s 1nco
ns~1et?tes
cuan do el apla stam ient o de sent iqo vivid o por el jovert, el sent
imie n-
to de que su vida es nula , que ya no tien e nad a más que esp e~
de los
otros, etc., se resuelve en una r-eacci6n que desc arga la tens
16n. La
puesta en acto reem plaz a la imp osib ilida d de pon erlo en pal~
ras. La
dificultad de pen sar el acon teci mie nto, provoca que el cue
rpo sea
puesto por dela nte. Los psicoanalistas llablan ento nces de
pasa
acto. El jove n tuvo un mal resu ltad o esco lar en una mat eria que je al
hab ía
prcp araq o bien , vien e de ente rars e qu~ su novia se dejó abo
rdar por
otro , o que sus pad res fina lme nte se van a sepa rar. ·R eacc iona
con una
cond ucta inm edia ta que se pare ce a un grito: se tira por la
ven tana ,
trag a los mcd icam e~to s del boti quín de la faon acia fami
liar, huy e de
la casa, enu a repc ntin am~ nte en una violencia ines pera da, beb
e con
sus amigos ante s de reco ger su auto y con duc ir a toda velo
cida d por
las calles, cte. «No sé qué me pasó, apar~ció de golp e. Esta ba
hart a•,
dice una ado lesc ente de 16 año s lueg o de hab er trag ado med
icam en-
tos, porq ue ella «en tend ía que func iona ba y que no hatj 'a daño
». La
corlsciencia del peli gro está pres ente , pero está mez clad a con
tad de no esta r piás allí. la volu n-
La con cien cia de exp one ne al riesgo pµcd e ser difusa para
quie n
pon ~ su vid~ ert peli gro. Las coh duc tu de riesgo nace n ento
nces del
sent imie nto de no esta r sometj.clo a la misma cont inge ncia
que los
otros, d,~ s,:r indcstrucl:ib\~. Mov ilipn un narcisismo que
perm ite
reco nstr uirs e. Así, con duc ir su m9t o o su ciclo mot or desl
izán dose
entr e los auto s, atra vesa r un sem áfor o en rojo o igno rar los
stops,
man ejar a toda vel~xid ad por el cam po o haci a la ciud ad, para
hac er
alar de de una dest reza que prec isam ente desm ient e este imp
erat ivo
de dem ~sn, u- sin cesa r que se es capaz, carr eras o desafios con
amigos
en las calles de la ciud ad con aufo s roba dos, provocar a la poli
cía, que-
ma.t un auto , tom ~ drogas il~galcs, cte., todas esas cond ucta
s seña lan
más una afir maf j6n pen on-1 de habi lida d, un sent imie nto
de omn í-
poq :nci a co¼nún·en un jove n que no cons ider a que la mue rte
o el acci-
den te lo con cier nan . La pre ~pa ó6n de preservarse no
inte resa
muc ho a los adol esce ntes , conv enci dos de disp oner de inag
otables
fuen tes de vitalidad y salu d.
Son a veces jue1;os con el peij gro .d ond e la consciencia de la
mue r-
te pon~ pim ien~ a la emp resa , incl uso si aquellos que se
lanz.ah se
cree n a la altura de las circ unst anci as y está n convencidoa de
salir ade-
lan te con eleg anci a y cora je. Se trat a ento nces de un desafio
cjecuta-
51
- - - --- ---- -
ii
do bastan te a menudo b~jo la mirada de los otros, provocando un }
., momento de intensidad de ser y generanc_.io luego el sentimierito de .:,
su valor, de su coraje 5 • Algttrios ejemplos: en abri] de 2000, cerca de y.
Esuasburgo, luego de una apuesta con sus amigos que lo miran desde 1
un puente, y para imitar a otro que lo había hecho el día anterior, un
joven de 15 años atraviesa corriendo una autopista. Es atropellado por
los autos y herido seriamente. El juego del pañuelo consiste en llegar y
lo n1ás cercano a la asfixia para vivir un intenso momento de sismo ,;
sensotial antes de volver en sf, o de ser reanimado por los amigos, o :¡
en el hospital. O bien, se trata de atravesar una calle con los ojos cerra-
dos, lanzándose a último n1omento delante de un auto, intentando •
pasar in exmmis, de ver quién será el último en deslizarse bajo la puer- ,.
ta de un garaje automático, de trepar sobre un techo o sobre un árbol, :i
etc. Es común la negligencia deliberada con respecto a las consignas ·'
de seguridad en los talleres de formación para dejar pasmados a los ...t
otros. Conductas peligrosas en vrr, en bicicleta, o en ciclomotor, en
skatt o en roll.er, etc., ·a menudo es detectable la influencia del grupo ;
de compañeros en los desafios a los que los jóvenes se lanzan o de la \~
autoestima que tratan de ganar. La frecuencia de los accidentes es más :j
grande hacia la tarde, -a la-vuelta <ie la escuela o luego de unajomada ,~
de juego. Sólo el fin de semana se cuentan cerca de un 40% de acci- ';
dentes corporales (Assaily, 1992, p. 23). -~,1
.,
I.A INFLUENCIA DEL GRUPO <l
º1
'J
La influencia del grupb sobre la decisión de tomar un riesgo ha
sido objeto de numerosos estudios tontradictorio.s, la ~ayoría des-
arrollándose en el espacio cerrado y aséptico de los laboratorios de
psicología cognitiva y·no a 1~ luz de los hechos, lejos de las emociones
y de las recaídas concretas de su elección por los individuos. Las invcs-
ti?ciones muestran la tendencia de los gnipos a conformarse cc•mo
una suerte de promedio de las decisiones, neutralizando así las posi-
ciones margináles. A la inversa, los trabajos metódicos dirigidos parti-
cularmente por Kogan y Wallach (1967) subrayan más bien la propen-
sión a aumentar la toma de riesgo, a incitar a sus miembros a ir más
allá de su primera decisión. La dinámica de los grupos tiene un efec-
to de sobrepasar las posiciones personales a causa de la valorización
del riesgo en nuestras socie4ade.s, y del hecho de estar entre pares y
temer dar una imagen de cobardía. La disolución de las responsabili-
dades y la impresión de seguridad, especialmente durante los movi-
mientos de masa que disuelven el superyó, empujan al individuo a
52
r-
.
rea1izar .
a~cioncs . ás h ub1ese
que Jam . osado cump1·1r solo· La observa-
.d la
ci6n de conductas adolescentes de riesgo va en el mismo sentt o,
presencia del gntpo de pares inclina aJjoven a ir más allá de sus apre·
hensiones p~ afirmar su identidad ante los ojos de los otros.
Cohen habla de •hedonismo del'irtstante•.J6venes que se agrup~
de manera informal alrededor de Wl mismo lugar de concentraci6n,
«vagabundean, alborotan, parlotean y esperan a que pl.e_ alg~•
(Cohen, 1955, p. !O). El grupo acompaña las primeras expencnc1as
en, materia de alcohol, droga, siendo percibidas, cada una de estas
substancias, como facilitadoras del contacto, incluso para el estado de
éxtaSis de la simbiosis con el entorno, para el olvido de sí en la fiesta.
La pertenencia a un grupo de pares consumidores de droga, alcohol,
o dedicados a formas ocasionales de deli1icuencia, favorece el pasaje
al acto en aquellos que antes se habían abstenido. En la conducta
a~tomovilística, y especialmente en el hecho de tomar el volante
luego de un momento de alcoholizaci6n o bajo el dominio qe la can-
nabis, o en el hecho de conducir rápido, la presencia de los otros es
un factpr agravante. Sabemos, por ejemplo, que los jóvenes condu-
ciendo solos son scpsiblemcnte menos vulnerables a tener accidentes
en la ruta La simple presencia de un par a su lado es suficiente para
poner al conductor en escena. A sus espaldas, pretende mostrar que
cumple con las expectativas o que no tiene en cuenta el C6digo de
Circulaci6n. .
La entrada en cierto número de conductas de riesgo (toxicomanía,
delincuencia, cte.) está a menudo ligada al poder de atracción de un
grupo de pares que los valorizan y disipan sus últimas dudas, confi-
riéndoles una legi~midad bastante superior a la de la sociedad (o de
su propia familia). Participa de un momento intenso, por la presencia
de los otros o la impostoilidad de renunciar sin perder su estima. «En
la banda $0mos todos parecidos. Cuando estamos en banda nos la
jugamos. Pero cuando estamos solos, comenzamos a calmarnos. En
realidad, tenemos ganas de apar~ntar, de mostramos», dice Brahim
(16 años). · .-
PASIONES POR EL VÉRTIGO
El ~rtigo, el salto al vacío, es una constante en las cond~ctas de
riesgo de los jóvenes. La temática del vacfo acosa nuestraS soct~~des.
Igualm~te, los piicotcra~tas de h~y explican -~to p-e~o~~
· los trastornos de nardcismo en au clientela: ,enum1ento de 1ns1gnifi-
. cancia, de vado, de no existir para la mirada de los otro.,... El camino
53
ya no estája lonad ~ por sigriificac~on~s y val?re~; c!1 <?lros tér:11~nos, el
suelo se hund e b~:10 los pasos. De ah1 este scnt1m1cnto de verug o, de
caída, de pérdi da de toda conte nci6n .
Ahora bien, el afán por el vértig o es tambi én el hilo condu ctor de
una serie de activi dades fisicas y depor tivas que produ cen un claro
entusi ásmo de~de los ~ños 1980. Con sus forma s lúdica s (el •gw·
si'' ..•6), es mfn1mo el ru~sgo que uno corre, en princi pio contro lado
por la técnic a adqui rida, y la aptitu d para evalu ar los peligr os. Pero en
su franja más radica l, es decir, aquel la de las condu ctas de riesgo de
los jóven es, la fascin ación por el vértig o es un juego con la vida en el
que 1a intens idad se paga a veces con la caída, el accid ente, la colisi6n
o la sobredosis. El aspec to espec ialme nte mortí fero de la búsqu eda no i'
.1
es ignor ado del todo: «pasa rla bon1b a•, es tambi én explo tar, hacer se ;
pedazos, rasga r su envol tura. Y en la alcoh olizac ión o al recur rir a las ';
droga s como el éxtasis, el térmi no vuelve de mane ra p~nza nte.
B{isqueda de embri aguez , de vértig o, de olvido de sí media nte forma s
'.
t
de trance más o meno s contro ladas. La veloc idad en la. ruta provo ca
este mism o fantas ma 4c ser todop odero so. El sentim ie~to de vértigo,
del salto al vacío, impre gna wnJ~ién la psicología del que tien~ ten-
denci a a fugars e, poI' tin mome nto 4esco necta do de la segur idad de
sus antigu as refere ncias•y·libr ado al azar ~e la ruta en una suerte de
caída hacia el horiz onte; lo reenc dntram os en la delinc uenci a o en los
motin es urban os dond e la transg resión engen dra simul tánea mente el
júbilo del enfre ntami ento, una intens idad de ser. De igual modo para
esas accion es puntu ales como condu cir la moto o el ciclom otor sin
deten erse frente a ningú n alto, en nJ.ngún semáf oro en rojo, en una
búsqu eda de sensa cione s fuertes.
El joven está en una relaci ón de domin io provis orio con el vado
que pone su vida en una situac ión preca ria. En el mom ento en dond e
se s~tie ne al filo de la navaja, exper iment a, a ~ de todo, el senti-
mient o de tomar al fm posesión de la mejor versi6ri de sí mism o. ~
actividades de vértig o se trasla dan, en efecto , sobre 9tra escena, la
indete rmina ción social )' cultur al, la pertur b~ció n de las rcfer~ cias,
pero neutra lizan los efecto s destru ctores en un nivel individual.
Conju gan vértig o y contro l, relaj~ iento y omni poten cia Favor ecen
la recup eració n del contr ol de una existe ncia inesta ble. Instal an las I
•
condi cione s de una home opatía d~l vértigo: se comb ate el sentim ien-
to del vacío tiránd ose al vac~o. Pero si el accid ente hace irrupc ión en
la escen a, nos recue rda que ese breve mome nto se paga en unju e~
riguro so con riesgo de muert e. Así, el alcoh ol, los t6xic ~, las drop, s,
dan por un instan te al indivi duo el ~ntim iento d~ perten ecerse , de
54
por fin conjurar la confusión alojada en plena vida. El de~pertar br•.~- ·
tal o los días subsiguientes penosos y nauseosos son el precio de la qui-
mera.
La anorexia es un juego que p1:ede servir de ejemplo junto con el
vértigo. Es una lucha salvaje contra el hambre en la que el adolescen-
te (las mujeres son especialmente más propensas que los varones),
rechaza qne le dicten su conducta. El apetito es una afectifidad en
acto. El senúrniento de hambre es una pantalla de proyección donde
se mide el hambre de vivir. Si los traston1os alimenticios son una alte-
ración del gusto por vivir, también son un rechazo del vínculo que está
al comienzo de la relación madre-hijo: la nutrición. La anoréxica
intenta desprenderse de cualquier referencia al cuerpo de su madre.
Quiere ejercer un control absoluto sobre su cuerpo, percibido como
amenazante durante los cambios psicológicos o morfológicos ligados
con la fase de la pubertad: el desarrollo de los senos, las reglas, el
aumento de la talla y del peso, la proximidad de la relación sexual
como un examen, etc. Se apoya en el rechazo a devenir la mujer que
hace irrupción en su cuerpo. Escapa a la sexualización borrando todo
rastro de femineidad: es flaca, sus senos desaparecen, no tiene más
rcgla4i, sueña con pennanecer asexuada. Resbala en una suerte de
transparencia intentando escapar de su cuerpo con todas sus fuerzas.
«Habiéndome desprendido de la carne y de la menstruación indesea-
bles, me había vuelto pura y limpia y, por consiguiente, superior a
aquellos que me rodeaban», escribe Sheila MacLeod (1982, p. 97).
Se trata de rechazar procesos psicológicos y establecer una sobera-
nía personal sobre las necesidades biológicas que se le imponen a los
demás. Por ntedio de un régimen alimentario infinitamc,ntc reducido,
pudiend~ llevarla a la muerte, contiene su hambre como contiene su
vida. Se inflige además una multitud de pruebas fisicas que se sobre-
valoran en este fantasma de control. Está a la vez en el vértigo de su
fracaso de ser y su hambre, y simultáneamente en un sentimiento de,
al fin, sostener su destino en sus manos. Controlando su cuerpo,
intenta retomar el control de su existencia. Cada vez que ella rechaza
su hambre, que desdeña alimentarse, marca su victoria sobre ella
misma y se fortalece en su lucha. Paradójicamente se valoriza aún más
cuando ve permanentemente los esfuerzos desesperados de sus allega-
dos o de los médicos para intentar alimentarla, y que ella sola los man-
tiene en jaque. El CC)ntrol sobre sí no implica solamente la tensión del
rechazo frente al hambre, sino también el hecho de forzarse a vomi-
tar, de usar laxantes o diuréticos para incrementar aún más el domi-
nio. La multiplicación de ejercicios fisicos: correr, nadar, caminar,
55
~ .. . . etc estrecha aún rnás los huecos en esta voluntad de no
( ~· ll Scll se' .. . . .. . ., d l.. .
. ·
(l CJar e
nacla librad0 al azar de lo b1olog1eo, La busqueda e 1mJtes es
.,, ºd
einptúada a su punto culrrdnante. El cuerpo es una ~rnntera n~1 .ª
opuesta a la incertid111nbre del mundo. Esta lucha :~a1v~~e por repr_1m1r
su cuerpo repercute sobre el_conjunto del grupo ía~1har, los am1&os.
El dotninio del cuerpo se exoende al entorno. Por pnmera vez, ella se
siente que existe para ella misma. La anorexia es una disciplina de
existencia, un ascetismo de cada inst2.nte 7, un c:ombate sin tregua con-
tra sí mismo y contra ]os otros.
La a11oréxic a e s descripta por su entorno familia, corno una n1na
1nodelo, precoz en múltiples competencias. Está ar.osada por la per-
fección, pero lo real le da una áspera desmentida y la confronta a la
incertidum hre del porvenir. Tiene miedo de no ser reconocida, de no
estar a la altura de las expectativas de los ouos con respecto a ella,
encuentra en el dominio radical de su cuerpo, y especialmente en
relación a su hambre y a su peso, un absceso de ftjación de sus difi-
cultades de identidad. «No quiero ser una mujer porque quiero ser yo
misma, dice todavía Sheila l\.facleod. Afirmación ilógica, pero yo refu-
taba la lógica volviéndon1e anoréxica ( ... ) Más se precisaban los con-
tornos de mi cuerpo, más sentía emerger mi verdadero Yo, como el
desnudo surge del escultor, poco a poco cincelado, de un bloq~e de
piedra informe )\ (Id., p. 97) . La anoréxica busca diferenciarse de su j
madre ante todo, luego de la mujer, para acceder a un mundo que ya
no sea aquél de la necesidad y en cuyo seno pueda ser reconocida por
ella misma. La madre se adhiere a su piel mediante su amor devora-
dor, privando a su hija de una aventura personal. El cordón umbilical
simbólico permanece para la madre, quien continúa haciendo de su
hija su criatura, su cccosa», impidiéndole, sin saberlo, que al fin nazca
por ~na misma. ((Mediante su rechazo persistente, la anoréxica mani- r
fiesta su exigencia de probar el valor de un deseo en casa de su
madre» (Rimbault, Eliacheff, 1989, p. 115). En cuanto al padre, está
ausente, sin el espesor necesario como para romper este acaparamien-
to.
Si la n1uerte a veces está al final del camino, no se trata para nada
de una voluntad de morir, la anoréxica está en una negación de la gra-
ve~ad de su .e stado, no cesa de sentirse en plena forma. Rechaza los
cuidados y se ~ubleva con!ra los ~édicos o los terapeutas que quieren
llevarla a modificar su actitud hacia el mundo. Se cuestiona acerca de
las finalidades de su existencia y sostiene la pregunta sobre su identi-
dad de m~jer con una intensidad que puede llevarla a la muerte. Está .
en una busqueda desesperada que la lleva a atravesar el sufrimiento
56 'e
para parirs~ a sí n1isma. Pero un cierto número entre ellas, alrededor
del 10%, rnueren en el cursó de esta Jurha salvaje contra sí ntisn 1a_s.
Como las otras conductas de riesgo, la anorexia es una estrategi~
inconsciente para existir a pesar de las circtn1stancias. Incluso es r~i ·
vindicada por numerosos sitios de h1ten1et como una filosoITa de exisr
tencia, un arte de vivir, la búsqueda del cuerpo perfecto, fuera del
sexo. Ero6za la privación, mezcla la proximidad de )a n1uer-te con un
goce del cuerpo, tomando sus exigen das en forma opuesta. Con trola
sin con1promiso el vértigo de la falta existencial. En los hombres vícti--
n1as de desórdenes alin1enticios, claramente 1nenos nu1nerosos en
porcentaje, es la misma búsqueda de retomar el control, a través del
cuerpo, de un inundo que se les escapa, a través del autocontro], a
falta de haber encontrado sus mateas en ]a relación con el prójimo.
La bulimia es un desarreglo de la capacidad de con trol del apetito.
Ingestión salvaje, impulsiva, de cantidades de alimento hasta llegar al
dolor y ~.l vómito, d~jando al sujeto disgustado consigo mismo, pero a
pesar de todo con la calma de regresar a un mundo nuevamente con-
cebible. Tentativa qe aflojar una tensión exponiendo su cuerpo, de
colmar indefinidamente el sentimiento de vacío, la caída en ]a alimen-
tación para calmar la ~alta del ser. A veces, a los episodios de vómito
se sucede la absorción de grandes cantidades de agua hasta que el
líquido arrojado parezca propio. ~eremonia de purificación para las
mujeres (a veces hombres) que se sienten manchadas, no sólo por la
mezcla de lo que han tragado (más que comido), sino también por la
pérdida provisoria del control sobre sí y el caos de una existencia
indeseable. Los momentos de anorexia y de bulimia son ritos íntimos
de encierro de uno mismo. El sujeto es un centinela inexorable de las
puertas de su cuerpo para asegurar la salvaguarda personal.
De manera general, ert el discurso profano, lejos de ser percibida
como una conducta de riesgo, la alcoholización es, a la inversa, asimi-
lada como una técnica para esquivar el riesgo suscitando una euforia,
un estado de espíritu apropiado para comprometerse en la acción. El
individuo está convencido de resistir el alcohol, incluso de conocer
gracias a su uso, un incremento de su atención y sus reflejos. Cita
eventualmente a :aquellos amigos que, por supuesto, no le ofrecen
ninguna resistencia. La alcoholización suprime la consciencia del ries-
go. Tiene un efecto de disolución del sentido de los límites para el
indivicluo, quien va entonces más allá de sus referencias habituales en
su relación con el mundo. El hecho de beber antes de lanzarse en una
acción más o m~nos sentida e.orno peligrosa, atestigua un conflicto
entre la comprensión de la situación y la imposibilidad moral de subs-
57
traerse. Particularmente si l~ otros son testigos y lo que está en juego
es la dignidad pers?~~- Bebiendo, el individuo está en búsqueda del
coraje ~ue !e p~n~1t1ra lanzarse _en la acción sin escatimar riesgos. La
akohohzanón 1nc1ta a correr nesgas perturbando parcialmente la
capacidad para evah~ar la situación.
Una imagen de Epinal asocia, en efc:cto, el hecho de beber con
darse coraje. La alcoholi~ción está claramente identificada aquí con
la supresión mágica de las defensas psicológicas susceptibles de provo-
car una vacilación reemplazando el estrés por la euforia. Disipa los
escrúpulos que preludian la entrada a una conducta de riesgo, o bien
c.ontribuye a ocultarlos generando un $entimiento de omnipotencia y
júbilo. Arranca al actor de sus rutinas personales y por consiguiente
de sus defensas habituales. Este desea no pensar más, sino sumergirse
en la acción, sostenido parcialmente por la ilusión que le da el alco-
hol de ser invulnerable, liviano, de estar bastante más allá de las habi-
lidades requeridas para superar la situación. Pero al n1ismo tiempo
que predispone al individuo a sobrevaluar sus capacidades para sobre-
llevar la prueba, disminuye sus recursos a hurtadillas. Su sentimiento
de omnipotencia corre el riesgo de encontrarse de golpe con la des-
men rida de lo real y de exponerio -a consecuencias dañosas.
A menudo, pcµ-a las jóvenes generaciones, el alcohol es un benefi-
cio que pertenece al aura de las cosas valorizadas por los adultos, pero
todavía prohibidas o limitadas. C..on~umir entre aµrigos proporciona
el sentimiento delicioso de la transgresión y acentúa la compliádad;
Como una exploración relativamente controlada del vértigo, para los
imaginarios culturales el alcohol participa de la convivencia, hace des-
aparecer las inhibiciones, pone en condiciones para gozar plcnam~n-
tc de la fiesta. Otorga la seguridad nec~ para una noche exitosa.
Con él, «la pasamos bomba», «deliramos», «entramos en calor». Tiene
la v~ntaja de disipar la ansiedad o el malestar de la vida. Es un antide-
presivo salV"ctje, un ansiolítico que provoca el olvido, la e-µforia, por el
borramiento de la conciencia. Las fiestas de fin de se~a implicail a
menudo una fuerte alcoholizad6n. La «curda del sábado a la tarde»
se vuelve entonces un ritual. Borracho, el joven se expone frecuente-
mente ai peligro, particularmente conduciendo su auto o su moto,
provoca conflictos con k>s otros, se expone ·a descuidos ~ligrosos. Si
bien está menos afectado por el alcoholismo que los grupos de edad
más elcvadaJ sin embargo se aprecia un riesgo de accidentes asociado
a la consumición de alcohol netamente superior: mínima experiencia
en la conducción automovilística y en la alcoholización (Assailly, 1992,
p. 97).
58
El alcohol está valoriza do, el hecho de "resisúr el alcohol ,, susriw.
la ~dmirac ión y permite existir para }a mirada de los otros, a falta de
otra cosa. La tcprimera curda,, a menudo es vivida como una suerte de
rito de pasaje hacia la edad del hombre , un diploma de virilidad .
Tiene una función inic.iática, lo ~ismo, en menor escala, que ei pri-
mer cigarro o el primer porro. Pasaje de una signific ación de sí a otra
bajo el signo de una transgre sión que increme nta el valo~ La edad
media de la primera embriag uez es de 15,5 años para los varones y las
niñas. Pero muchas veces los varones han· estado borrach os el doble
de veces. En 2001, las borrach eras repetida s han aument ado mucho:
cerca d~ uno entre tres jóvenes ha conocid o por lo menos tres borra-
cheras al año, contra un joven sobre cinco en 1993. Para Barómitrt
Santi 2000, el 54,7% de los varones y el 23,9% de las niñas de entre 20
y 25 años han estado al menos una vez en el año borrach os, el 44,8%
de los varones y el 28,4% de las niñas entre los 15 y 19 años. Estas
borrach eras son vividas duran te noches en casa de amigos, en discote-
cas o bares. Los episodio s reciente s tocan sobre todo a los jóvenes:
cerca del 40% de los jóvenes de menos de 25 años (18% de más de 25
años) (cifras CFES). Por supuest o, beben menos que sus mayores ,
pero viven más precozm ente la borrach era, y a veces la buscan delibe-
radame nte como 4'\lD desarreg lo de los sentidos» (Rimba ud) . Entre
1994 y 1997, la consum ición de alcohole s fuertes casi se duplicó . El
mercad o apunta ahora en la direcció n de los jóvenes consum idores
de entre 18 y 25 años los pre-mix {mezcla de alcohol y ~osa) , los
shooters, ccrvez.as especial es con alto grado de alcohol para una
embriag uez rápida y poco costosa. En las noches, la toma de alcohol
está a menudo asociad a a la de cannabi s. El debut _e n la toxicom anía
se declara como una volunta d inicial de jugar con el riesgo, propor-
cionand o la satisfacción de transgre dir los códigos sociales. El traspa-
so del límite agrega su sabor a las sensacio nes buscadas. La crecient e
accesibi lidad a los product os toma dificil rechazar la tentació n. Allí se
construy e una búsqued a de idcnúda d en oposición a los adultos que
encama n la ley, con el sentimi ento de escapar de la adolesce ncia
median te el desprec io de las prohibic iones y el consent imiento del
grupo de pares. La utilizaci ón de droga, su venta y todas las activida-
des ilegales que la rodean en la cultura de calle, son fucn~ cultura-
les y sociales para construi rse una idcnóda d propia para ser reconoc i-
do, al menos dcn~o de una esfera de acción. Esas acúvidadcs prove-
en dinero y prestigi o a los ojos del grupo de referenc ia, e incluso más
allá, a través de esta forma de átracció n paradoja ! que constituye el
«tránsfu ga•. (Bourge ois, 2001; ColliJUOn, 1996).
59
La tannabis disfruta de _la reputación de una. droga prohibida,
p~ro cuyos efectos nefastos so~ discutidos.. Lleva la felicidad de la
transgresión favoreciendo la in tegraci6n en el grupo qe pares, por el
hecho de aceptar consum\rla, pero tambi~n en lo que modifica aJ
humor, lo welve mú festivo, esd. asociada a la fiesta, a los amigos,
resuelve las dificul~es de comunicación, multiplica 1~ sensaciones
dando la convicción de que se posee una gran intcligenci~ Como el
alcohol, la cannabis es vivida como una especie de ansiolítico. La con-
fron taci6n con el alcohol y la borrachera están a menudo en cprrela-
ci6n con el consumo de cigarrillos y cannabis. Un cuarto entre los 15
y los 19 años, declara haber experimentado una droga El 22,8% lo
han hecho estos doce 6ltimos meses. En 1997, el !5 % de los jóvenes
de 18 años han consumido cannabis en el año (Armes et al., 1999, p.
189). A los 19 años, el 41,8% ya la han consumido.
Las noches de raws tambi~n manifiestan esta vohmtad de fusión,
de olvido de.sí, conocer el coma en et frenesí de los sopidos y lo~ movi-
mientos. El éx.t;.uia da la Ü1:1Sión de comuhicarsc todosjuntos, mientras
que es m~ bien, c~n todo rigor, una suerte de antídoto para el
encuentro, una pr6t~is ~e comunicaci6n que viene a su¡.Slir una pala-
bra imposible de emitir a cansa·del enf:Otno sonoro. Se trata de «no .
;
agarrarse más la cabeza»~_wle decir no peniaf más, sino ser absorbido
por la sustancia y el ambiente, en la disoluci6n de la carga del Yo. Lai
asperezas del vínculo social desaparecen en el archipiélago de las sole-
dades, cada una convencida de estar ~endo un momento maravillo-
so de alianza con los otros.
Muchos se quedan allí, contcntánd~ con fumarse un porro de
yez én cuando, no yendo más allá de algunas experiencias con &tasis
o heroína, pero otros son arrollados ~r el flash y la necesidad interior
de reproducir el ·e stado. El momentt> d~ la luna de miel con el sustan-
cia no dura mucho, a lo largo de los meses o los años el placer se
embota lentamente y se vuetve mts un freno a los sufrimientos de la
abstinencia: satisfacer las nccesidakies de la vida cotidiana se ha vuelto
dificil de asumir. Los usos co~tcin¡>(?nineos de la droga ya no apuntan
a la experimentación sobre sí ~md de los mdia, ya no se trata de ~
b<ísqueda de fórmulas químicas para µna trascendenciá. accesible
inmediatamente, sino que, por el contrario, a menudo son una forma
de automedicaci6n de un individuo que experimenta un malestar de
viYi~ y busca una solución para sostenerse c9n la cabeza afuera del
agua. Estamos en una sociedad de resolución qul'mica de las tensiones
personales mediante la ingestión de medicamentos. Desde entonces,
n o ~ el asombr9 al reencontrar tan seguido esas conductas en los
60
jóvenes. La fannaco-dependencia a las drogas ilícitas en Frand a
actu_almente es evaluada en alrededor de 300.000 personas.
'El pa\aje a la dependencia de la sus1:ancia pone frecuentemente ~n
evidencia la ausencia real o simt?ólica del padre. En la toxicomania,
como en la anorexia o en el acto suicida, encontramos a menudo el
misrno proceso de devoración del n iño por la madre. Y este úlúmo no
es amado por él mismo sino por la representación que la fnadre se
hace y que le suprime todo espesor. El padre o quien ocupa su lugar,
son impotentes para romper la dependencia. El joven es privado por
ausencia, alejamiento o Íh Húiciencia, de una representación paren.tal
válida8• La ausencia del ser o, más bien, la falta de la ausencia que le
permite existir como sujeto, i~pide una simbolización que lo proyec-
taría creativamente sobre el mundo exterior. Prefiere recurrir al pro-
ducto que deviene sustancia milagrosa, viniendo a llenar provisoria-
11?-ente el vacío, pero para agrandarlo inmediatamente. El toxicómano
intenta arrancarse él también de la trama afectiva donde está hundi-
'
do, busca entrar al mundo, diferenciarse, exisúr por él mismo, pero
:.;ólo encuentra a la droga como una prótesis de la identidad que le
pcrmi te existir todavía. Pero ésta se transforma en una fuente abruma-
dora y voraz de vacío que él consiente en rellenar sin cesar en una
carrera loca La droga da la ilusión de traspasar la dependencia con la
madre, con la apc.riencia de una libre decisión respecto del producto.
Pero produce otra, volviéndose una manera de vivir tapando el vacío
con el vacío. El disfrute de los primeros momentos es una nostalgia
cuyo retomo el individuo acecha desesperadamente. Su búsqueda es
la del goce total al interior del contra-mundo, el colmar todas las
carenciaJ con un éxtasis ( elc-stas~ estar fuera de sí) que no puede ser
sino la muerte.
La heroína instaura el simulacro de un mundo pleno y propicio
que aleja de una r~idad vivida con una mediación in.suficiente, bru-
tal a los ojos deljoven. Interponiendo el producto e~tre si y los demás,
entre ~í mismo y él mundo, puede abandonarse a la gravedad de las
obligac:iones ligadas con la búsqueda del producto, a las maneras de
financiar la compra, a los rituales del shoot, cte. Las exigencias de tal
modo de vida le otorgan una forma de ocupación para existir, redu-
ciendo la complejidad _~el mundo a un puñado de datos elementales.
La toxicomanía es lllla forma de repliegue en sí mismo, en un con-
tra-mundo sobre el cuál ·el usuario cree ejercer un control. Pero el
momento de júbilo de ·los primeros tiempos, la luna de miel con el
producto, entra progresivamente en formas de carencia, o en todo
caso, en la necesidad: de apoyar permanentemente al contra-c~erpo,
61
que le permite continuar. ~xistie.nd?. No es el cuerpo del vínculo
social, sino un cuerpo naras1sta, en aerta medida. Se trata, a] interior
de sí. de fabricarse un universo de !ensaciones a tra,·és de un camino
dificil de pensar, porque está menos hecho de visiones o de sueños
que de un caos de sensa~iones. Ese contra-cuerpo permite habitar un
conua-mw1do donde rema una suerte de omnipotencia que permite
continuar la existencia mediante el abandono del cuerpo de la vida
cotidiana. También podríamos decir que el individuo retoma el domi-
nio del vacío, pero en detrimento de un-mundo real no investido,
empobrecido. «Frecuentemente, escribe A. Charles-Nicolas, los toxi-
cómanos se precipitan hacia su heroína luego de una herida narcisis-
ta aparentemente mínima: una contrariedaa. un ligero contratiempo,
una. frase anodina, el advenimiento de un tiempo gris, provocan un
desmoronamiento• (Charlcs-Nicolas, 1984, p. 216).
El toxicómano vive burbtndose de la muerte, teniéndola a su mer-
ced al abandonar la droga, aparecen otros recursos para solicitarla.
Los antiguos toxicómanos C!peran sus días. «Lejos de ser equivalente
al suicidio, ob.,ervan Atldré Charles-Nicolas y Mép-c Vallcur, la droga
ayuda a vivir. muchos ~e nues~ .clientes han intentado suicidarse
cuando ya no eran toxicómanos. Allí hay m1a comprobación comen-
te, mueren curados. No·teniendo mú la droga, no tienen otra salida
que la tentativa de suicidio, no pudiendo experimentar más la muer-
te, mueren» (Qiarlcs-Nicolas, Valleur, 1982; Charles-Nicolas, 1984).
La heroína es el contrapeso que autoriza la continuación de la vida, la
dosis ínfima de muerte que permite triunfar sobre la muerte real en
un juego ordálico donde se trata de arrancar diariamente una certeza
de ser legitimado en el mwido. Esta relación ambigua con la sustan-
cia que da simultáneamente vi~ y amenaza de muerte, apoya parad~
jalmcntc una existencia al filo de la n~vaja.
El toxic6mano mira la vida «normal• como detnb de un vidrio, él
también quisiera ir al cin~. volver tranquilamente a su casa. rCCllpe-
nr una vida sentimental, ~ . pero está en la órbita; de la heroína,
sus pensamientos están f~a]izados.en ella: ¿cómo procurarse dinero
para comprar su dosis, a qué ~ dirigirse? ¿Cuánto .tiempo habrá
que esperarlo. con la angustia de que no viene?, cte. «Estás listo para
hacer cualquier cosa. Más por orgullo que valor.• No se trata tampo-
co de disfrutar sino de arrancarse las angustias de la carencia, de afl~
'
jar el terrible sentimiento de vacío, la fatiga infinita que incrementa.
el mínimo gesto, la obsesión. Entonces viene el momento de endia-
blar el.producto. «Esta porquería de falopa• que de ahora cI1 adelan•
te •sujeta los renos• del sujeto9. «Daría todo por olvidar la heroína.•
62 ·;
..··-.
El rito meúcul oso y lleno de promes a del shoot se degra~la e_n pur~
compul sión , el miedo a la carenci a induce a1 consun1 0 stn d1sc~m1 -
miento de los product os que por lo menos dispens en la ausenci a; la
urgenci a supera tas precauc iones: absceso , infecció n, hepatiti s, sero-
positivi dad, SIDA, testimo nian dt e~ta indifere ncia que gana f~ente a
todo lo que no es ósmosis inmedia ta con el product o. La toxicom a-
nía arrastra en su estela otras conduct as suscepti bles de pI¡>vocar la
muerte: el cual, la delincu encia, las malas substanc ias, el intercam bio
de jeringas , la prostitu ción implica ndo a menudo el acuerdo a las
relacion es sexuale s sin preserva tivos, en la prisa de encontr ar el dine-
ro necesar io para la compra del product o. El pacto con la droga es
de doble filo, los proceso s químico s inducid os dan ritmo a la existen-
CÍ"l del individu o, toman su control y termina n por dictarle raclical-
men te su conduc ta.
El cuerpo, en tanto que fuente de cambio, es percibid o como pro-
pio y ajeno, motivo de ansieda d, pues deviene incomp rensible y obli-
ga a la asunció n de una identida d persona l y sexual, mientra s que
nada viene a apoyar moralm ente esta metamo rfosis. El joven tiene el
sentimi ento de que ni la realidad exterior del vínculo social ni su pro-
pia realidad fisica están bajo su control. Una y otra lo acorrala n sin
que pueda apropia rse de sus relacion es con total confianz a. Al mismo
tiempo que deja de reconoc erse, las significaciones del mundo que lo
rodea le escapan igualme nte. De ahí las relacion es de influenc ia que
el joven establec e con algunos objetos: droga, alcohol, aliment ación,
e~., gracias a los cuales decide, a su manera , los estados de su cuerpo.
Fantasm a de omnipo tencia que le da el sentimi ento de ejercer su
sobcran !:i sobre fa. direcció n de su c.~t~nc i2, con el riesgo de t.~n..s-
formar a los otros en puras utilidad es, a no invertir en ninguna otra
cosa que en la relación con el product o. A lo incomp rensible de sí
mismo y del mundo , trata de oponer lo concret o del cuerpo. Las rela-
ciones de influen cia son una forma de ~ontrol ejercido sobre la vida
cotidian a frente a la turbule ncia del mundo. Ante la incertid umbre de
las relaciones:, el usuario prefiere la relación regular con un objeto
que orienta totalme nte su existenc ia, pero que él siente que puede
domina r a volunta d y eternam ente. Eljoven reprodu ce sin cesar una
relación particu lar con un objeto o una sensació n que le procura por
fin, aunque sea por un instante . un sentimi ento de plenitud , la impre-
sión furtiva de pertene cerse-si n ser aspirad o por el vacío. La ausenci a
de profund idad de la existe n~ la falta de o~orgarse valor a sí mismo,
la atracció n hacia el vado, fuerza el recurso V1olcnto al objeto que aún
lo arraiga al mundo .
63
,.
Velocidad: la franja de edad enu·e los 15 y los 24 años acusa una
<i: lara prevalencia en relacióh a los.accidentes de c~etera. En los varo-
nes, esta tasa ~~ seis veces ~ás elevada que para lo; de 5 a 14 años, y
una ,·ez y media para la franJa de 25 a 34 años. Para las mujeres, es tres
veces más e]evado que en la franja de 5 a 14 años y una vez y media
más para el grupo de 25 a 34 años. E] índice de mortalidad masculino
es más alto. Los jóvenes de 15 a 24 ~10s representan cerca del 30% de
decesos en las rutas, con una fuene sobre-implicación de los varones.
Cada año, alrededor de 3570 jóvenes p ierden la vida así en Francia.
Los accidentes de carretera son responsables de cerca de uno sobre
dos decesos en la adolescencia, y resultan en aproximadamente
10.000 heridos graves cada año.
En múltiples niveles, el automóvil es un instrumento clave en las
conductas de riesgo. Recordamos la famosa secuencia de R.tbtlde sin
causa de Nicholas Ray (1955), en el curso de la cual dos conductores
se enfrentan en un duelo a muerte para determinar quien flaqueará
primero al volante de su automóvil frente a un precipicio. El persona-
je actuado porJames Dean se sale in extremis, pero unos meses después
la ficción se une con la reálidad. En septiembre del mismo año, se
mata al volante de un Porsch~ sobre una ruta de Salinas, en
California. Dos semanas antes rodaba urt spot publicitario por la segu~
ridad vial, en el que decía: «Maneje menos rápido, quizá sea mi vida
la que usted salve.»
El automóvil confiere al joven una identidad-prótesis, es un instru-
mento mayor para ganar independencia frente a los padres. Es eroti-
zado, transformado en un compañero, fuente de sobrecompensación
que lo autoriza a acceder a otra versión de sí mismo para lo mejor o
lo peor. Es el test proyectivo de sus carencias y de los recursos simh<r
licos mediante los cuales busca r~llenarlas. El permiso de conducir es
vivido como un -rito de pasaje, dando la impresión de cambiar de vida.
Es fe~tejado con los allegados. La velocidad sobre la ruta permite libe-
rarse de las frustraciones de lo cotidiano. El joven empuja al auto a sus
límites técnicos, a veces hasta la destrucción si es que ha sido robado
(carreras, rodeos¡ etc.).
Los jóvenes conducen más rápido, con menos precauciones, y su
falta de experiencia incrementa $\1 vulnerabilidad. Su evaluación del
peligro difiere de la de los mayores, se confian de su habilidad para
conducir, son más optimistas sobre sus chances de arreglárselas en
caso de una situación peligrosa, y cada uno piensa que, comparativa•
mente a sus pares de la inisma ~d, en Jo que a él se refiere, incurre
en menos riesgo de accidente (:flnn, Biaggs, 1986). üosjóvenes con-
64
du cto res sQn vic um as d e 1a ve 1oc1. dad, no
~ , - # •
la usa n má s en
un a bú sq\ ied a de sí mi sm o a me nu do pel sól o po rqu e en
igr osa , sin o po rqu e po se
automóviles en pe or est ado y des cui dan
su ma nte nim ien to. Al no pe r·
cibir. los sig no s de l pel igr o co n la mi sm
a cel eri dad qu e un co nd uc cor
01,s ex pe rim en tad o, son tan to más vul ner abl es. Tie nd en a me no spr e-
cia r los rie sgo s pa ra sí mismos y pa ra los
dem ás. Además, la conc~en-
cia del pe lig ro aso cia da a la vel oci dad no
es suficiente pa ra~ esa cu ~r
la atr acc ión qu e ést a eje rce . Al con tra
rio , a me nu do es el inc ent iv?
pa ra pro ba r su sue rte . El sen tim ien to de
do mi nio qu e elj ov cn ex pe n-
ment.a al vo lan te des ech a las últ im ~ obj
eci one s. Se sie nte in" uln era··
la
ble, •es pec ial ,.. La neg aci ón de mu ert
int eri or de tes tea r ese pri ~le gio , mi ent ras
e se mezcla con la nec esi dad
qu e hac e ala rde de un des -
pre cio po r las reg las sociales. El jov en co
nd uc tor exp lor a sus rec urs os.
Co nd uc ir ráp ido , sin cin tur ón , con el des
pre cio po r las Reglas de trá n-
. sito, a vec es ha bie nd o beb ido o con sum
ido dro gas , son rec urs os rad i-
cales pa ra en tra r en el jue go , pa ra afi rm
ar un a leg itim ida d per son al
pe ro co n un a cla ra sob ree stim aci ón de
sµs cap aci dad es.
La vel oci dad sob re las rut as oca sio na un
mo me nto de int ens ida d
de la exi ste nci a y ge ne ra un sen tim ien
to de valor, de cor aje . El des-
afi o es ha bit ua l en los jóv ene s con du cto
res , pre ocu pad os po r ex hib ir
su vir tuo sis mo o pu est os en la im pos
ibi lid ad de ren un cia r a un a
acc ión sin pe rde r la est im a de "qu ell os
qu e lo aco mp aña n. Si no es
pre sen tad o cor rec tam ent e, bu sca de tod
as ma ner as res tab lec ers e pa ra
est ar co n sus par es, co n una vo lun tad po
r mostrarse a la alt ura , de llc--
var en alt o el ho ~o r del gru po . Los otr
os son los testigos ind isp ens a-
ble s de sus pru eb as per son ale s qu e si no
.ja má s ten drí an lugar. Ha cen
ala rde a los ojo s de los pasajeros de un a
des tre za qu e des mi ent e jus ta-
me nte est e im pet ati vo de demostrar, con
sta nte me nte , qu e se est á a la
alt ura . Movilizan un narcisismo per mi tie
nd o reconstruirse. Si el jov en
es el he red ero de la edu cac ión rec ibi da
po r sus pad res en ma ter ia de
co mp ort am ien to en ~ car ret era , la inf
lue nci a de los amigos, sob re
tod o su pre sen tja a su lado~ las ref ere nci
as de la cul tur a de calle, agr e-
gan otr a dim en sió n co n la cual se las arr
egl a co n su estilo per son al. El
gru po de pa res jue ga un rol de iniciació
n pa ra la tom a del rie sgo qu e
neu tra liz a el im pa cto pa ren tal La vel oci
dad es la for ma est ere oti pad a
de un a dem ost rac i6~ sub lim ada de virilid
ad.
Si bie n es as{, la velocidad es un a prótes
is identitaria par a el jov en,
igu alm ent e est á pre sen te otr a dim ens ión
: la bú squ eda del vértigo y su
con tro l. Ar ras tra do po r la velocidad, el
con du cto r se des pre nd e un
mo me nto de la seguridad de sus ant igu as
referencias. Sumergido en el
sen o de l vér tig o al mismo tie mp o qu e do
mi na sus efectos, siente un a
65
exaltacióu tanto 1nás fuerte, que e_l res,to de su existencia se le escapa
totalmente.
•
En1 ese n1on1ento,,cuando
• •
•
el se sostiene al filo d e 1a navaJa,
experimenta e1 senun:11e~1to de _tornar p9sesión de la mejor versión de
sí y de soporta~- el s~fr1?11ento difuso que in1pregna su existencia. Traza
al fin su cannno s1nuéndose responsable de sí. Recurso de al d
perentorio d~ sí m_ismo por en~ima de una forma tanto más peli:Os~
en la que su 1d_enudad es precisamente frágil, tanto que él está en la
búsqueda apasionada de asegurarse en su vida. Adelantarse a otros
automovilistas le da el sentimiento de cchun1illarlos», hacer aJarde a sus
ojos de su «potencia>) personal, demostrar su coraje, su destreza.
El vértigo está con tenido lo más próximo de sí, de manera física.
La habilidad para representarse el -v acío y el miedo, engendra una
e,nbriaguez de la cual todo motociclista habla con felicidad: sentir el
aire alrededor de uno de manera tangible, en un estrépito que atur-
de los sentidos. La aceleración favorece una relación frontal al
mundo. Pero el equilibrio está amenazado en todo momento.
Durante las conc~ntraciones de motociclistas, el espacio alrededor del
circuito y ciertos lugares privilegiados de la ciudad son el ~eatro de tor-
neos espectaculares, que.se ren~~van cada año y devienen en ritos de
conciliación del riesgo, de enttonÍZáción en la «tribu,.. Esos ejercicios
de velocidad o co~trol de la máquin~ permiten vivir con intensidad
al filo de la navaja jugando simbólicamente con la muerte. En mayo
de 1992, durante las 24 horas de Le Mans moto, nueve jóvenes murie-
ron por no haber sabido medir cuán lejos se puede hegar. El júbilo de
sobrevivir amenaza, en todo momento, con romperse. El accidente
recu~rda el precio que hay que aceptar pagar para acceder a la in ten-
sidad de esas emociones. Pero en el corazón de la velocidad, el joven
elabora sentidos, inventa su sagrado personal, construye su relato de
la existencia con la impresión de ser al fin el act~r. sin que nadie
pueda medirle su soberanía. Los lugares comunes de la t(embria-
guez»·, de la «borrachera» de la velocidcl-d traducen bier, de hecho, la
felicidad experimentada. Desde ya, este análisis que privilegia a la
juventud, no se limita a la misma, sino que en parte también concier-
ne a las otras generaciones.
El entusiasmo por las carreras d~ Fórmula 1, pu~endo a veces ver
en directo la muerte (Scnna) o los rallyes también discutibles como el
Paris-Dakar, en nombre d~l cual los automóviles atraviesan los pueblos
y pistas a toda velocidad, u otros en Francia o en el extranjero, exal-
tan la velocidad en la indiferencia de las reglas de tránsito y de otros
usuarios, son incitaciones a la transgresión de las reglas de seguridad
viales y un desprecio hacia el otro. Los héroes no son hombres de pru-
66
dcncia sino aquellos que arremeten y corren riesgos. Películas con1b
Taxt, o su serie, banalizan ia violencia vial y el menosprecio de aque-
llos que se supone deben hacer respc~r las Reglas de tránsito. Así
mismo, .las series americanas o los films hollywoodenscs mostrando
largas persecuciones a toqa velocidad en 1~ calles de 1~ ciudades,
sembrando sobre su camino inn~mcr;¡blcs colisiones. El virtuosismo
está del lado de los que transgreden las teglas }' se burlan de1a vida de
los otros. El retomo infinito de esas imágenes es una publicidad para
la delincuencia en la ruta, vuelve hcroi~os los comporta1nientos bru-
tales, ventajeros, que impulsan la burla hacia quienes conducen den-
tro de las reglas. Paradójicamente, en nuestras sociedades, la valoriza-
ción de la velocidad es permanente, los conductores prudentes son
cstigmati7.atizados por los otros y por ellos mismos.
Suicidios y tentativas de suicidids: las tentativas de suicidio son ten-
l
tálivas pot vivir, una manera dolorosa y a veces condenada a la muer-
te para existir al fin, a pesar de las circunstancias. Conocemos la fór-
mula de Nietzsche: «Quería vivir, por esta razón debía morir•, que tra-
duce toda la ambivalenaa'Cle este j n e ~ a ffiúerte que no tiene
consciencia de sí mismo, pero qu~ fuerza una respuesta a la cuestión
del sentido y del valor de' la cxistentja. No se trata de morir, sino de
escapar al sufrimiento para al fin comenzar a vivir. La intención es
matar algo en uno mismo que libere al ~ e] gusto por vivir. El acto
vleñe-i rQmpétltna~ 6 n in.tolerabl~, no es tanto la muerte lo que
se busca, sino el hecho de no estar más allí, de ser liberado de W10
mismo, de ser arrancado de un cuerpo que se arráíga. Contra su volun-
faa,a una existencia de la cual uho quisiera deshacerse para vivir de
otro modo. El .sacrificio de una ~ _d ~es el precio a pagar para
existir al :fin, pero la propia existencia pue~e ser ~1 precio. El cuerpo
percibido como un arraigamiento doloroso para uno mismo, a una
existencia negada. es aquí indirec~cn~ el lugar donde se desvía el
odio hacia si mismo. Hakima Ait el Capi, sobre todo evocando a las
niñas, habla al respecto de una voluntad «corpid.da• (Ait el C,adi,
2002, p. 160). «En el coma no estás muerta, dice Karoir_ Eso cs)o que
está bien. Cqando tragué los medi~entos, tomé justo lo qué debía
tomar para no morir, porque en el fondo de mi ser, no quería dar
pena a mi familia. Sólo quiero q~~ luego de esto, mis padres vean que
así no va mb, quiero ver si me quieren.• «Hubiese querido evaporar-
me así, no estar ,más allí, desaparecer. Evaporarme no quiere decir
morir, sino flotar, ir por todos lados. irme y hacerme olvidar, o sino
que me agarren pérsO~ que me quieren», dice Safira. La muerte es wi
gran sueño del cual alguna vez clespertunos curados de todo sufrimiento.
67
El ácto suicid a es ta1nbién ~1na tentat iva por txpre iar lo innom ina-
bÍé del incest o, los contactos,~ la violac ión por el padre , el padF -tro o
los cerca nos de la familia, se trate de niñas (la mayo ría) o ntfios. El 1
sentim iento de repug nanci a hacia uno, la culpabtlicfad, la impos ibili-
dad de denun ciar a causa del mied o de perju dicar a) ~ulpa ble, fuer-
zan una salida a tra~s del cuerp o. La mayo rfa de las víctim as del inces- 1
to intent an a.sí provo cane la muer te. El acto suicid a es eptdn ces la
única salida para evitar la destrtlccjl>n, la única \'fa para una refun da-
ci6n de sí mism o. Pero demu estra tambi én el des~c ucrdo d~ los
padre s, de su separ ación , del aband ono, de la indife rencia , o de vi<>
lencias fisicas que aplast an la proye cción de uno hada el potv~rtir.
Tamb iln una tentat iva por expre sJr una situac ión biesta ble . con el
mund o cuand o el joven tiene la impre sión de tener todo para ser
feliz, como le repite n, pero sin CJllbargo sin sentir el gusto ~e vmr.
Como la canci ón infant il de la pelícu la homó nima, la conm inació n es
«no te muevas, morí, resucitá». El acto suicid a es una volun tad de «eta-
,
var los freno s• (Baudry, 1991, p. 212) ante lo intole rable.
En Franc ia, alred edor de 1000 jóven es de meno s de 24 años se
matan cada año. Las tentativas de suicid io son cincu enta o sesen ta
veces super iores. Este núme ro ·mani fiesta uria cuest ión antro pológ ica
sosten ida aquí. ~ propo rciort es que tocan a otras edade s no tienen
la mism a magn itud. Si bien los jóvenes se suicid an meno s que los
mayores, demu estran en camb io un frtdice de tentat ivas claram ente
super ior. El avanc e en .l a edad marca una fuerte dismi nució n· de ias
tentativas en detrim ento de los suicid ios lograd os. A p~r de los 65
añ~, por ejemp lo, el acto es casi siemp re irrevo cable. La comp onen-
te or~i ca del suicid io de lds jóven es apare ce con toda evid en~ este
·gesto está impr~ gnado de ambivalencia: lejos de confi rmar una volun -
tad segur a de morir (extra ño a esta edad) , tradu ce un llama do a la
ayuda, el desbo rde de un sufrim iento que no cncuc n tra otras vías de
resolu ción. Pero las medio s utilizados raras veces son morta les (medi -
camen tos, etc.), w condi cione s elegid as dejan a menu do la po.,ibili-
dad .de salvarse, o bien el prQpio joven abort a su acto antes que sea
dema siado tarde . La intenc ión no pasa tanto por destru irse sino por
exper iment ar el peso de su existe ncia. ·
Entre los 15 y los 19 años, un 4,3% de jóven es han hecho una ten-
tativa de suicid io (1,8% de ~onc s y .6 ,9% de mujer ca); alred edor del
6,4% en la fraaja de 12 a 19 años; entre lps 20 y los 25 años son alre-
dedor del 6% (4,4v arone s, 7,7% ~ujer es) (BannnitrtSanU, 2000) . La
encue sta del INSERM (Choq uet, Lcdo ux, 1994) daba cifras ccrca nu:
del 6,5% de1 grupo entre 11 a 19 años, el 70% de los suicid as han
L
1
68
hecho u~~ tentat iva, el 19,7% dos y el 10% tres. Nume rosos_ jóven es
desar rollan regul annen te la idea del suicid io sin neces anam en te
p~ar al acto. El 9% de los jóven es de entre 11 y 20 años piens an
menu do en ~1 suicid io, y uno sobre dos llega al acto. Los jóven es coha·
ª
bitantCS con sus padre s a~ nacim iento (9,4%~ han pensa do meno s en
el suicid io que aquel los salido s de familias mono paren talcs (12,9% ) 0
recom puest as (16,7% ) basad o en la encue sta de Baromtlrt St,ntl.
La muer te golpe a tres veces más a los varon es que a las mujer es; la~
tentativas son, en camb io, claram ente super iores en estas última s.
.---~
Pero los medio s no son los mism os. En los varon es la tentat iva de sui-
cidio se t>arece a un punet azo proye ctado contra el, entor no, en cam-
bio, en las mujer es evoca n ~I susur ro, el recog imien to. Los varon es, en
efecto , utiliza n medio s radica les, la volun tad de destru irse es más prc,-
nunci ada sin temor a atent ar contr a la integr idad corpo ral, a menu do
con un efecto de puest a en escen a: ahorc amien to, defen estrac ión,
recurrir a un ~ a de fuego. Las mujer~s utilizan medio s que prcser •
van su aparie ncia corpo ral: incisi ón de venas, pero sobre todo intoxi•
caci6 n medic amen tosa. Las tentativa., de suicidio de las niñas evoca n
sobre todo una entra da lenta en la muert e, sin ruptu ra, con suavid ad, {
como si sólo se tratas e de dorm irse para despe rtarse un día purifi cada •
de todo sufrimiento. En su gran mayoría, recur ren a tranquilizantes
que sobrecargan los botiq uines familiares, a los que a veces se suma e]
alcoho l. La volun tad es <lcslizanc suave mente en la aus~ cia «Que ría
queda rme entre dos aguas , ni muert a ni viva, libera da al fin de mú
probl emas. En realid ad, me hubie se gµstado encer rarme en un capa-
razón , como si hubie se regres ado' a1 vientr e de mi madre », dice
Auro::-a de 17 años (Pom merca u, 1997, p. 22S). El hecho de cortar se
las muñe cas, condu ce a exper iment ar la existc ntja para volver a
poner se de pie, el dolor de quebr ar la clausu ra del cuerp o restituye
un límite que .fal~b a, una barre ra que impid a naufr agar en una
hemo rragia de sufrim iento.
Los motiv ~ del pasaje al acto se sirven de las ruptu ras scntim enui.
les, los confli ctos al interi or de la famili a, del fracaso escolar, el senti-
mient o de soled ad. Las familias de losj6v enes suicidas sufren de una
falta de comu nicaci óQ, de una &na en la funció n conte nedor a que les
impid e encon trar los interl ocuto res necesarios para su arraig o en la
vida. El acto suicid a provo ca la dinim ica familiar, interr oga en profu n-
didad una trama relaci onal donde el joven no se siente en su lugar,
donde no se siente ni queri do ni recon ocido por lo que cs. A veces uri
acont ecimi ento meno r a los ojos de los otros es vivido como un recha-
zo, un aband ono, produ ce-en tonce s un terrem oto en la atadu ra con
69
el mundo. Diluido en un sufrimien_to difuso, a veces es la gota de agua
que desborda el vas?; una ~ala nota, una reprimenda percibida como
injusta, una decepc1on sen ume;n tal, una torpeza de los padres.
El nudo de sentidos que relacionaba al individuo con el mundo se
deshace y provoca la caída desesperada, el pasaje al acto. Esos motivos
traducen el sufrimiento nacido de una comunicación que fracasa en
establecerse, de un narcisismo dañado por las circunstancias, de un
sentimiento de injusticia. En lugar de recurrir a la palabra, el joven
comete un acto radical que fuerza 13¡ rcspues~ del entorno en una
prueba de verdad. Por la movilización que lo rodea, por las conse-
cuencias de su gesto sobre sus padres o sus amigos, el joven se arraiga
de nuevo en el sentimiento de ser amado y de valer la pena. A la inver-
sa, la indiferencia de los padres o la :hanalización de] acto ( «No se
daba cuenta de lo que hacía•), preparan la recaída. La ordalía provo-
cada le ha dado una respuesta ambig\t~ de un entorno no demasiado
afectado por su gesto, y se ve confirmando su poco peso a los ojos de
aquel~os a los cuales está, sin embargo, apegado.
La gravedad del acto, el sufrimiento que lo anima, ~o están para
nada en correlación con la fonn~_empleada para atentar contra sus
días. ~ través de este último recurso", eljoven no piensa realmente en
la muerte como un acontecimiento irreversible y tq.gico, percibe que
rompe el cerrojo de una situaciómque le pare~e inevitable y empuja a
su vez la ~gnificancia con la que se siente marcado. Provocando así
a su entorno, se abandona a la ~ipótcsis de morir para ganar la l~giti-
midad de su existencia. S61o la muene, rechazándola, está entonces
en la medida de proveérsela. La prueba superada le concede el senti~
miento de su valor propio, la suerte estaba con él, salió adelante. Tuvo
el coraje de tentar lo irremediable. Encuentra una mejor autoestima.
Las tentativas de suicidio proveen un modo simbólico de enfrenta•
miento con el mundo y con la muerte, permitiéndole situarse}' com-
prenderse mejor.
En •lá fuga, el joven escapa al ahogo del medio famili~. donde por
su indiferencia. se entrega al azar de 1~ ruta y 1os encuentros. Huye a
menudo de los abusos de u.n padre o de un padrastro, de la indiferen-
cia o el menosprecio de una ~drastra, o bien de los conflictos que
pcnurban la dinámica parental. O~. varones sobre todo, se esfuer-
zan por desprenderse de una figura maternal aplastante sobre un
fondo de ausencia real o simbólica de la autoridad paternal (Baux,
1998). Como en la anorexia, para el joven se trata de disputarse su
derecho a existir pagando el precio, de diferenciarse de una madr~
abusiva para instituirse al fin como sujeto. La ÍU;ga responde igual-
70
mente a uri proces o cer~an o a) acto suicida. El 25% de las tentativas ,
1
de suicidio han estado preced idas por una fuga, por lo cual podem os
pensar que su significación no ha sido compr endida por los padres . A
través de diferen tes formas de exposi ción de sí mismo, el joven inten-
ta arranc arse de una trama afectiva donde sufre. Se trata de respon -
der a lo intoler able de una tensión psicológica, de forzar e) diálog o, y
aterrar simb61 icamen te a la madre sobre el horror de )as vifflencías
sexuales soport adas. A veces, más rarame nte, el joven sufre por encon -
trar una explica ción a su acto, fuera de un malest ar difuso, un senti-
miento de insigni ficanci a person al.
Esta partid a inespe rada rompe las rutinas familiares. El joven que
tiende a fugarse espera pertur bar a los suyos ·c on el fin de ser al fin
recono cido en su diferen cia, ser al fip compr endido y admiti do por él
mismo y no por la repres entaci ón que tienen sus padres (o su madre ),
él apuest a su propia existen cia p~ enconirar por fin ~u lugar.
Provoc ando preocu pación , piensa que sus allegados sentirá n su
import ancia afectiva. Prueba de verdad que permit e a numer osos ado-
lescentes conseg uir sus marc~ y sentí~ más seguro s de su relació n
con el mundo , pero que a vec~ a otros les confir ma el poco peso qµe
tienen para su familia. La fuga tambié n e$ un salto ·a l vacío para esca-
par del vacío, una caída en la honzo n talidad del espacio descon ocido
para no morir. A veces la prueba de una noche p~a fuera de la casa_
le resulta suficie nte para derpos trarsc su valor person al, iu deter mi~
ci6n, y transm itir a sus padres el mensa je de su maléstar. Él siente el
placer de rotnpe r por un mome nto con ·Ias rutinas o las violencias
familiarca,.aquellas de la ~uela , y dcs(;Ubr~ nuevo$ ·1uprc s, reaii7.a
encuen tros, se siente a veces más madur o, a la altura. Experi menta sw
recursos. · ·
Otros, en cambio , persig uen el fantasm a de escapa r dé ~ obli-
gación , de ser libres, de consum ir a su maner a los produc tos ilícitos
(Chob eaux, 1996). En un estilo de bravuc onada, hacen de la existen-
cia de los o~os una suerte de contra punto, denun cian la alienac ión,
el encier ro en las rutinas y reivind ican la liberta d como una elecció n
person al, olvi~ do los sufrim ientos que han. prO\IOCado la fuga y
luego el vagabu ndeo. Adosa qos a una relació n dificil con los padres ,
a una frecue nte. dcsescolarizaci6n, a una depres ión adoles cente mal
percib ida por el entorn o, se reúnen las condic iones pan favore cer la
ruptur a definitlva Y; empre nder un camin9 pavime ntado de dificulta-
des. El joven comien za un ~un deo a menud o doloroso, inclúsive
aunqu e a veces lo atraviesen mome ntos de placer. La realida d de la
zona es cruel, ifnplica a menud o el frío, el hambr e, la promis cuidad ,
71
la fa1ta de sueño, el alcohol, las drogas, los tóxicos, las violencias al
' .interior d~ las casas .tomadas por okupas o en la caJle, 1~ relacion es
scxu~l_e s m.~ o men~s coi1scnti~as, a menudo s~n presc~t ivos. En
Quebcc , el índice de mortali dad seríá «doce veces más alto en los jóve-
nes de la calle que en los jóvenes Quebeq uenses de su edad,. (Sheriff,
1999, p. 112). Volunta d de disolven c en la ausenci a, en una desopen -
taci6n no sólo de las referenc ias persona les y cspacia1es, sino también
de la propia identida d.
La zona es este espacio sin lugar donde sólo existen pasajes. Ni per-
sonas que tienden a fugarse ni vagabun dos, jóvenes aún, sus protago •
nistas viven en los interstic ios del vínculo social, allí donde las tram:u
se relajan y dibujan terrenos vagos• de signific aciones indecisas, de
costumb res en suspens o o desviadas, devenid os posibles para la ~pro-
placi6n de estos nómade s de la modern idad, cuyo número compon e
una masa e induce a uha visibilidad qµe perturb a las sensibil idades
colectivas. La indifere nci~ a los caminos , a los lugares, la existenc ia en·
la sola transició n, obligan a esos jóvenes a estar siempre pendien tes.
No han encontr ado su morada de hombre s y se establec en en el seno
de \\n mundo do:qd~ no cesan de aplazar su nacimie nto. Viven en el
hueco del tiempo y el espacio, suspend idos e~trc sí mismos y el otro.
Todo es igual, salvo las in tcnsidad cs provisorias que salen de lo ordi-
nario, algunas horas, algunos días, para volver a caer rápido en la
monoto ní~ El mundo 110 e~ nada para ellos, su identid ad pcpnan cce
inco~is tentc, ·siempre en vías de cristalizarse pero deshech a un
momen to más tarde.
Su existenc ia adolece de la falta qu~ le permiti ría enfrent arse a una
realidad más investid a y allí tpmar su lugar. El vacío de la calle no ejer-
ce ninguna pasión. No hay objetivo en el vagabun deo. sino el propio
vap.Qun deo. Eljoven está en la ruptura social, en suspcnsoIO, como se
dice d~ una carta que no ha alcanzad o a su destinat ario. No halla su
lugar en ninguna parte, obligad o a irse a otro lugar ni bien ha llega-
do·, atrapad o en un «d~bu lar adictivo» (B. Bnwet) . Insatisfe cho, su
propio cuerpo no es un Jugar investid o, sino más bien un peso moles-
to y doloros o. a causa de sh modo de vida, de la frecuen te amenci a de
cuidado s, y de las consecu encias fisicas de su gusto por el alcohol y
otros tóxicos de los cuales a pienudo hace un uso desmesu rado.
Privilegiar el espacio eri detrime nto del tiempo. el desplaz amiento
en contra del proyecto , el ~bund co en lugar del pensam iento, miti-
~ ~1 d~o en una dificil ,~ tisfacci6 n de las ~ecesid adcs psicológicas
-~ ~,..~t.-i buscar más allá. El atropcll ~ del tiempo bajo la .única
forma del pre~ent e, sustituy e una imposib le .proyecc ión de sí mismo
72
en la pe¡-manencia, prohibida por un sentimiento de identidad <lema··
siado -~á~i_l. El vagabundeo es una patqlogía del tiempo, nacida de la
impos1b1hdad de hacer de la duración su morada. Lo inmediato arras-
tra t~o Yexplica las decisiones in~speradas a pesar de los propósi ros
sostenidos algunas hbras antes: la i1Nensidad de la ocasión trae una
nueva parti_da, la instala~ión en una ca~a de okupas O la n1ptura brutal
con los antiguos companeros luego del descubrimiento de urf robo o
el nacimiento de un conflicto sobre un tema frívolo.
Viven una existencia permanentemente al filo de la navaja, golpe~
ados por lo que hemos denominado la «blancura». El juego con la
muerte aquí no representa tanto una tentativa de crcaci6n de sentidos
sino un abandono de la lucha, una conducta de riesgo por c:arencia,
1nás que por una exteriorización espectacular. Juego con la muerte,
no por exce~o sinCJ por carencia. Estos jóvenes viven en el vagabun-
deo, okupas, con sufrimiento en su ningún lugar, descendientes en
gran parte de familias en crisis donde nunca han tenido el sentimien-
to de existir como sujetos, a menudo víctimas de violencias familiares,
abusos sexuales, desligados de aquellos que eran los más próximos, no
vinculan su existencia como si fuese digna de valor, y continúan vivien-
do, por defecto, en los intersticios de lo social. Una suerte de caída
interminable en lo horizontalidad Íos lleva de un lugar de o'lcupas al
otro, sin otra perspectiva que el instante, conjurando el sentimiento
de su insignificancia bajo un discurso de reivindicación de su estado
que no c\a mucha ilusión. Colmando el vacío con una ingesta de innu-
merable.; tóxicos, incluso sin buscar planear o procurarse sensaciones,
la búsqueda es más bien aquella de la ausencia, del coma.
lJna conducta de riesgo no es sólo la búsqueda de una simple
intensidad de vivir, o de un desafio por imponerse en un mundo pro-
blemático, la misma a veces nace de la indiferencia cuando la retira-
da fuera de la existencia deviene demasiado sensible, ya que el gusto
por vivir no pesa demasiado. El precio atado a sú propia persona se
confunde con la monotonía de una cotidianeidad sin horizonte o
marcada por el.dolor, la indiferencia a sí mismo provoca entonces la
t:xposición a un peligro que, por hastío, ya no es más percibido direc-
t:amen te como tal. El ~sgo aquí se sostiene en la lentitud de una
acción, está en el camino, y si las amenazas son finalmente evitadas,
lo son con la misma indiferencia. Forma inconsciente de una volun-
tad no tanto de morir como de no estar allí, búsqueda de blancura
yendo hasta el recpgimiento. La blancura es una forma de-dimisión
de sí en la gravedad de una existencia que no está ahí más que por
añadidura.
73
-~
La adhesión a una secta es otra fo~a de ab~ndono de la identi- --~
dad, un repliegue hacia el otro frente al esfuerzo de vivir y pensar. La ~":~
entrada en una secta es una conducta de riesgo moral, si es rígida, y :_·;
se cierra sobre el joven como una trampa, afectando su relación con ·1
el mundo a través de una sumisión total sin la posibilidad del ejercí. ;:
cio de su libre albedrío. Las sectas de las que hablamos aquí son insti- ~ .:
tuciones totalitarias que aprisiona1;. mental y fisicamente a sus ade¡> ·1::
Los, si han tenido la ingenuidad de adherirse, controlando de manera :!'.,!
absoluta su empleo del tiempo y el ejercicio de su vida, instruyen per- ·:~!
mane.ntemente las condiciones de una sujeción sin la posibilidad de .;
revuelta o crítica, funcionando en base a )a palabra de un gurú como -~;
referencia exclusiva, utilizando a sus adeptos como mano de obra o j
como agentes <le reclutamiento. -Pero por encima de la adhesión a .j
una secta, no conviene olvidar nunca que hay un sufrimiento perso- ··.¡
nal deljoven, una falta de orientación de su existencia que podría tra- • ~
ducirse en otras formas también tan radicales de enfrentarse al .;
. ;,
mundo para saber si la vida vale o no )a pena ser vivida. :1
La secta se beneficia de los errores, de las heridas morales del · :~·
joven, no los inventa. Las· técnicas de reclutamiento cuentan jwta- -1~
.i'
mente con el desco~cierto, el sentin1iento de insignificancia. Saben
remover el sufrimiento para proponer un consuelo dando a entender .;;
al joven que al fin es comprendido. Ofrecen una respuesta, un señue- !i
lo terrible, sin. duda, pero que lo apacigua un momento en su búsque- )
da desesperada de un apoyo, de una certeza para poder vivir. El joven ··-~
rompe así con su soledad, c.on el sentimiento de que la existencia·es --~
irrisoria, sin objetivo, y que él mismo ya es un perdedor. Encuentra en i
la secta una afiliación, es reconocido, allí posee un estatw, participa :.
de lo que imagina es el prestigio de su grupo, en ese lugar se siente al ,.
fin una persona valorada. Por primera vez, quizás, encuentra un lími- t
te seguro, una contención precisa que le permite encontrar sus mar- ,.
cas y experimentar una ampliación del sentimiento de existir. _¡
La búsqueda de espiritualidad, evocada como primera razón de la ·-J
adhesión, es secundaria respecto de la cuestión esencial, aquella del ;
gusto por vivir y de la significación de la existencia. La secta es una res- i
puesta, torpe y peligrosa, al s~ntimiento que la vida es inútil y amarga. !
Probablemente sea en un pnmer momento una manéra de oponerse ~
a una ola depresiva e invasiva. Las sectas dan rcr,pucstas cerradas a las ¡
grandes cuestiones de la existencia, allí donde justamente nuestras ,
sociedades han perdido una parte de su orientación antropológica r. .
dejando al individuo para lo mejor o lo peor, una libertad 4Csin lími- i
te». «Secta» viene del latín secta y significa originalmente «directriz-.. f
74 f
(
s.....,, r.,.sc.,,w
'
Como 1~ otras conduc;t.as de riesgo, las sectas son la posibilidad para
el joven de enfrt?ntarse al fin a un límite tangible y poder por fin
1.omar sus marcas. Desde luego, nada está exento de sufrimiento per-
sonal y, por otra parte, la adhesión descansa a veces sobre la tranqui-
la convicción de la pertinencia de 1as ideas propuestas, de la seduc-
ción operada por un agente de la secta a través de un discurso prome-
tedor; proviene también de 1~ voluntad de seguir el consejo"de un/a
ainigo/a que describe con exaltación ia existencia en común.
Esta elección ~s una trampa teinible donde-el jovc:11 corre el riesgo
de la violación de su conciencia, de perder el uso de) mundo y de no
disponer más de autono1nía personal. La eventualidad, en Francia, es
relativamente menor pero la misma existe en ciertos lugares. Yel por-
venir, a la vista de las turbulencias actuales de nuestras sociedades,
parece propicio a este tipo de afiliación. La adhesión inicial descansa
sobre una decisión propia del jovep, incluso si prefiere sostener una
elección de servidumbre voluntaria. Él se quita, primero, un scnti-
mien to de fuerza personal, subsume s~ fragilidad en la pou;ncia real
o fantasmal de su grupo de elecci6n. El no era nada, helo aquí deve-
nido en 1niembro indispensable de la inmensa cadena de los elegidos.
Pertenece, a partir de ahora, a la elite, tiene esperanza, gracias•a sus
esfuerzos y su perseverancia para aproximarse poco a poco a la
Verdad o a aquellos que la encaman.
Pero ~ secta se caracteriza por la imposibilidad de volver sobre su
decisión, ya sea porque el joven pierde toda su soberanía personal o
una parte de su juicio, o incluso porque se·descubre simb61ica o real-
mente aprisionado y sin posibilidad de retirarse sin riesgo. La secta es
separada del resto del mundo, es W1a butbµja, es entonces exclusiva, en
el sentido que r~chaza todo o~o modo de existencia como discutible.
El grupo sólo es soberano de lo que pone en obra el pensamiento del
gurú o del maestro, solo importa ll, más qu~ los padres e incluso los
amigos más queridos. Pero sus líderes organizan la vigilancia meticulo-
sa de los adeptos, ewlúan su cniusiasmo para servir a la causa, su grado
de implicancia en las diversas actividades del grupo. Se ejercen presio-
nes psicológicas sobre los miembros que arrastran los pies o desearían
retomar su independencia, los «antiguos• vigilan el celo de los más j6ve-
nc~, los medios de presión son múltiples: la puesta en cuarentena, las
privaciones, humillaciones, castig~, etc. Algunas sectas imponen de
manera ordinaria íJ. sus adeptos cqndicioncs de existencia agobiantes,
privándolos del sueño, oblipDdolos ~ tareas pesadas y acaparadoras,
controlando totalmente su ClllPleo del tiempo, apenas alimentándolos,
con el fin de prodigar los medios de una sajcci6n sin réplica
75
L
El otro riesgo es el del ~arismo, la entrada sin distancia en ci dis-
curso del gurú _que lleva a rechazar absolutamente todos los valores ··
anteriores, los allegados, etc." La secta provee entonces una identidad
prot~tica que s61o ella arraiga en el individuo el sentimiento de ser un
elegido, de ser« salvado,. próximamente. Todos los esfuerzos de sus
allegados por vplverlo a la vida corriente se tropiezan con el senti-
miento de que están todos «celosos», o bien que son los agentes de
una voluntad enemiga y perversa capaz de arrancarlo de la·salvación.
Las sectas viven siempre en una persecución que les permite encerrar-
se en ellas y procurar un aumento de la pertencnda a los miembros,
animados por la certeza de que ~1 mundo entero los odia por despe- ~
cho, por celos. Los otros son la encamación simb6lica del mal, convic- ;
ne a partir de allí responder al acoso del cual se creen víctimas. El '
grupo sale evidentemente fottificado, todas las tendencias disruptivas
que lo ;niiman pueden entonces ser proyectadas sobre el exterior, el
mundo es, allí tambiin, ampliamente simplificado.
Provisoriarr;lcpte, a veces de forma duradera, la secta procura un
ciertó número de iesprlcstas, una estabilización de la relación con el
mundo, un alivio a las .an~tias. El problema es entonces aquel del
libre albedrío y de la posibilidad de retirarse sin perjuicio para el
grupo. Si este es el caso, si las puenas estm abiertas, si no se ejerce
ninguna presión moral d fisica para encontrarse con el joven, y si él ·t
quiere quedarse en su seno, la situación sin duda es dolorosa para los
padres, pero no se presta mucho a discusi6µ en una sociedad dcm~
crática.. .. ·=
La delincuencia! La delincuencia o la violencia no son solamente -i:'~
actividades brutales de enriquecimiento personal, procuran a sus i
autores una satisfacción por~ transgresión, un estremecimiento inte- · j
. rior tanto más potente que el riesgo que está siempre por caerles enci- ;¡:
ma con mayor .fuerza que uno o que la muene que puede estar al final
del camino. De~cucncia, crWdnalidad o violentja se inscriben tam- ~
.!
bi~n en una búsqueda ele sensaciones, son una manera intensa de .}
'
~ el mundo, -Siendo a veces a cósta de la muerte del otro. Esta c.f
dimensión de análisis es~ a Dlenudo ausente de las aproximaciones a 1
la delincuencia.Jack Katz (1988) muestra así, en su fenomenología de ··
la experiencia criminal, que la expcc~tiva del individuo está puesta a .:
~ces .rto tanto en la pretensión del ~to como en el acto mismo que ;
lo sumerge-en una realidad fuerte, -;itia «hiper realidad• (Lyng, 1995,
p. 112) proqucicndo la cxaltad6n de la vida pcligrosall. La delin- _
cuenda .es una forma de conducta de riesgo que se arraiga sobre
numerosas ambivalencias: mezcla de sufrimiento y placer, de rabia y
7fi f~
S-,..,bJ,T~
júb ilo. ten si~ n Y alivio. La del inc uen cia de )as
jóv ene s gen era cio nes ,
sob re tod o, tien de a ese mo del o.
El júb ilo es aqu el de] d~s afio per son al. del estr
eme cim ien to exp ~-
rim ent ado al con jura r su 1niedo a ¡os gua rdia s o a la
policía, la a~tucia
puest.a en obr a par a la ejec uci ón del rob o. En
num ero sos cas os, la
dim ens ión de la pru eba per son al lo lleva sob
re tod a otra con sid era-
ción. Se trat a de una vol unt ad de tran sgre sión , de
un jue gcfcon los
lím ites , una ma ner a de insc ribi r su pro pia vol unt
ad en un rnu nrlo que
esc apa a lo ese nci al El lad rón que util iza un
auto móv il par a pas ear
ant es de des trui rlo, no está en bús que da de
din ero , sino de una
dem ostr ació n per son al. Cre e esc apa r a la ley com
ún y tom a sim ból ica-
me nte su rev anc ha sob re los otro s. Experimenta un
sen tim ien to de
pot enc ia en el cua l la ren ova ció n imp lica ent reg
arse a nue vas pru eba s.
Cua ndo está sum erg ido en el cor azó n de la acc
ión sien te que la «ver•
dad era vida,. está ahí , y no en la exis tenc ia ord
ina ria. .El rob o, o el
det erio ro de un o~j eto , por ~je mpl o, exi gen un
mo me nto de inte nsa
luci dez , un tiem po de «pe rfec ció n• en el dom
inio de sí mis mo y el
con trol del ent orn o.
El jov en del inc uen te se exp one a la rep etic ión
de sus acto s en los
que su rea liza ció n le apo rta una pág ina de inte
nsid ad de su existen-
cia, la em erg enc ia de sen sac ion es des eab les, el sen
tim ien to de «vivir a
fon do• , ant es de con oce r el mo me nto de] rela jam
ient o de las tensio-
nes. No está lejo s de sen tir ese mo me nto de pot
enc ia y adm irac i6n
que ma rca el éxi to en la com pet enc ia par a los ade
pto s de acti vida des
físicas o dep orti vas de ries go (Le Bre ton , 1991;
Lyng, 199 0). La satis-
facc ión de hab erlo hec ho, de hab er esta do a la alt
u~ tien e un efec to
de refu erz o ide ntit ario , de refu erz o del narcisismo.
La del inc uen cia es
otra vía par a «tes tear sus lím ites », «sa ber de qué
se es capaz», etc.,
per o en lug ar de ejer cita rse en un enf ren tam ient
o per son al con el
mu ndo , se jue ga en el enf ren tam ien to con el otro
. En lug ar de des-
afia r la nat ura leza , se des afía al vín culo social.
Des de lue go, el com erd o de obj etos de con sum
o obt eni dos por
con trab and o, enc ubr imi ent o o rob o, el d.ea ldc la
dro ga, resp ond en a
las con dic ion es de pre car ied ad de los jóv ene s y
a las lógicas del mer -
cad o que los exc luy e y de las cua les dan vue lta las
reglas en su pro,·e-
cho12.
La vio lenc ia en la esc uela , el cha ntaj e a la sali da
de los colegios o
lice os son form as de reb elió n con tra un sist ema
que genera la exclu•
sión , rev elán dos e ine pto par a abs orb er millon~s
inm igra ci6 n o de sect ore s pop ular es. &ta s form
de niñ os salidos d~ !ª
as tra~ u~c n tam bien
una imp osib ilid ad rad ical par a iden tific arse con
la vicu ma. Per o la
77
L
d cl111 í. ll t:t1< ia •'' 111 al de: In~, jf>vc· air , l\t; 1'ial ;, UH1il,lt 11 r- 1 r. u f1r.111 ,,rnír. 111,,
3 irnhólic.o <0 11 10 11 lí111i1r, , ;HjllÍ e ri cara1;ul ,,I\ pu r 1,. po lic ía e, Jo,. vigili,.
1
dor~s de 1~ tic nd t\s. Dr.,lil lfn , provocíu:1611 a la LtLc nd6n <le h, M,cied ad
global, como c.l c mu r:,1t1 ~ 11 1~11 ron<I~"' ttut.om ovilínic as con ítUfOA r<,ha-
..l
clo5, el saqueo ele ~.q ulpa mic n l CJ~ &och,lc11, el pill~jc ~n los "upc:rme rc.:a- 1
1
d os, lo~ cnfrentan11e nto11 tKporádlco11 contra líl polic ía, la prcai:n cia de
descon trolados r.n la11 ma nífcst.aclo11c1, etc. Alguno s hurr.o11 &on irriw.
1
ríos en t~rmin os rle valor de rnercad o, lnclu80 inúriles, y entonc es dcfr
pu~! 5on tirado ~.
Jnclu&o si e) VIH es el Lcmor domin ante en los jóvenes mú privik"
giados socia lmente (partic ularme nlr.- l011 eatudia ntcs) y e"~ en el
segund o rango en loft Jóvene s en situaci ón precar ia, naucho s estudio s
muestr an que a pesar de las numcrosa.4' ínform acionc l\ recibid a~, es
import ante Ja cantid ad de relacio ne&Aexualcs no pro tegidas . El sida es
antes percib ido c:omo una arncna za anónim a y colec tiva que como un
peligro individ ual. Hoy, la eficaci a relativa de los tratam ientos (los
efectos secund arios a menud o son silenci ados), alimen ta en la opi-
nión públic a el scntito iento de que el peligro ha dismin uido. En con-
secuen cia, la contam inació n tiende a aumen tar de nuevo. De 9,2 diag-
nóstico s positiv os sobre 1000 en 1995, las cifras descie nden regular -
mente , por ejempl o, 7,9 en 1997; en el 2000, volvier on a subir a 9,3.
Una encues ta del INSERM de 1994 sobre loa compo rtamie ntos de lo.,
adoles centes de entre 11 y 19 años, consta ta que el 56% de los jóvene s ·,
de este rango de edad tenien do relacio nes sexual es declar an no utili-
zar preserv ativos. U na encues ta quebcq uense conccn 1iendo a 197
jóvene s de ambos sexos en las redes escolar es refleja que el 81 % de los
jóvene s de la muestr a «han tenido compo rtamie ntos sexual es de ries-
go, a menud o porqu e le tenían confian za a su compa ñero (para las
mujere s), o porqu e no tcn{an gana, de aborda r este medio de protcc •
ci6n (para los hombr es),. (M.llo nnot, H. Begin, A Ruffio t, Fronti cres,
1994, p. SS).
El conoci miento del riesgo de contam inació n por el VIH uo impli-
ca ningún autom atismo en la protecc ión. En las relacio nes sexual es no
proteg idas, la toma de riesgo ac apoya sobre el sentim iento de ser
menos wlnera blc que los otros, poseer una calidad de in tuición sus--
ceptibl c de ..sentir• el peligro , o incluso de set· «dema siado joven• para
ser contam inado. Tambi ~n se apoya en el rechaz o a tener confia nza en
los adulto s o en un discurs o estable cido, aquel de los médico s, de las
enferm eras o de los trabaja dores sociales; sobre el hecho de que el
amor y el riesgo no sabrían disociarse, y que si se trata de estar enfer-
mo o morir, entonc es es lo mismo estar juntos. Tambi én está vincul ada
78
a )as circu1~stancias de_l encuentro: el miedo al ridículo, el temor de,
poner en duda la confianza en el otro inherente a un momento así, la
dificultad para romper el encantamiento por una preocupación que
parece entonces bastante mezquipa, se conjugan con la indiferencia o
el sentimiento personal de estar po14 debajo de ese riesgo que toca sólo
a «los otros•• y que no sabría golpearme a «mí».
Algunos jóvenes se creen capaces de evaluar con una sofa mirada
0 sobre la «reputación» de su compañero su «peligrosidad» potencial,
sin dudar nunca de ellos mis1nos. La apreciación subjetiva Jo arrastra,
arraigado en el sentimiento de que el compafiero muestra por su
aspecto o por su comportamiento los indicios que manifiestan clara-
mente si él está «en riesgo» o no. La prevención está más bien funda-
da sobre la c!lección del compañero, la confianza que genera, su apa-
riencia sana, etc. Ella entonces sitnte únicamente recelo al encuentro
con estereotipos (el «homosexual», el «~oxicómano», la reputación de
ser «de compañeros múltiples») . El joven construye su protección
sobre las creencias personales más o menos apoyadas sobre una cultu-
ra local, define así lo puro y lo peligroso. lJn juicio d ,e valor se impcr
ne sobre otra consideración, y especialmente al darse cuenta de su
propia ambivalencia y la de los otros, dando la impresión de que el
inundo es siinple y que un buen razonamiento es la mejor garantía
contra la infección. Ompipotentja del pensamiento que tranquiliza
las asperezas del mundo y autoriza el pasaje al acto.
Pero este modo aleatorio de protección, si cljoven tiene demasia-
dos compañeros, no está exento de una relación ambivalente, con el
ri~sgo del placer de la transgresión que incrementa el goce del otro.
Es también un rechazo al preservativo que se supone disminuye e1 pla-
cer o crea un obstáculo en la fusión amorosa. Ella se satisface con el
fantasma que sólo algunas prácticas están en riesgo y que es suficien-
te, por ejemplo, con que evitemos la penetración (o que esta perma-
nezca parcial) o la eyaculación en el cuerpo del o de la compañera/o
para ser protegido (Le Breton, 2000). Más raramente, es con todo
conocimiento de causa qµe el otro comprende compartir por amor el
destino de un/a compañero/ VIH o cero positivo. El juego con la
muerte es e;ntonces deliberado, empujando al erotismo a s1,1 punto
final. Para los homosexuales, sin duda se ha vuelto hoy uno de los
componentes de la identidad personal, una manera de producir con
su diferencia y su ~rotismo, sin que las conductas sean dictadas por la
medicina, la higiene o un problema de protección de si vivido como
antagónico a la sexualidad (Le Breton, 2000) . Sin duda, incluso el
jue·go ambivalente con la muerte nunca está del todo alejado de la
79
, sexualidad: uLa experie11tia interio r del eroti5rno demanda tie aquel
que la realiza una sen~ihllidad CíU Í IJHJ grande hacia la angustia fun-
dada en Jo prohibido, como al deseo dirigido para irafringirJo ..
(Bataille, 1965, p. 43).
Numerosos estudios ( Plan t, Plan t, 1992, p. J04 y sigui en tt'!s) rnues-
tran igualn1ente que las reladoncs sexuales de riesgo tienen lugar a
rnenudo cuando los pror.agonistas (o uno de ~llos) están bajo la
influencia del akohol o de la droga. La alcoholización emancipa la,
obligaciones de la identidad. La euforia sentida Jleva a minimizar el
sentido del riesgo. Las/os prostitutas/os están igualmente propen-
sos/as al alcohol o la droga para aguantar durante su trabajo. El esta-
do inducido, conjugado cou la fatiga, es su~ceptible de llevar a un
relajamiento de la c:onciencia propicio para aceptar dientes c:on pro.
puestas peligrosas en potencia para uno u otro.
MASCULINO Y FEMENINO
EN LAS CONDUCTAS DE RIESGO
Los varones están más afec~dos que las mujeres por las consecuen-
cias de sus co~1ductas de riesgo, con un porcentaje claramente mayor
de mortalidad y morbidez. Pero los unos y los otros utili7.an su cuerpo
como un objeto transicional. El cuerpo es el ancla que tiramos en la
profundidad de un mundo que no comprendemos y donde hcLY un
enorme vacío. Un ancla que permite enganchar algo, construirse alre-
dedor de una solidez que por fin ha sido · encontrada. Numerosos
estudios atestiguan que los varones utilizan medios más radicales para
poner en juego su integridad fisica que las mujeres. Ellos proyectan su
cuerpo contra el mundo, se debaten en su búsqueda de límites, fuer-
zan un camino de sentidos en su existencia enfrentando a la muerte
simbólica o realmente: juegos peligrosos, embriaguez, velocidad
sobre la ruta en dos ruedas o en automóvil, suicidio, delincuencia, vio-
lencias xisicas. De hecho estas conductas son valorizadas con frecuen-
cia, remitiendo a una imagen de virilidad (velocidad, embriaguez,
delincuencia, etc.). Las mismas plantean incluso una dimensión ini-
ciátíca de entrada en una categoría de edad a la que permanecen liga-
das a través de imaginarios culturales: así es acerca de la velocidad en
la carretera, el primer cigarrilld, la facilidad para volv~rse agresivo, la
primera embriaguez, etc. Afinn~ción de sí mismo a través de compor-
tamientos asociados al coraje, a la virilidad.
Los mayores, al respecto, casi no están en una posición de fuerza
.para disuadirlos, habiendo ellos mismos tomado las mismas vías, y
80
L
. , d o 1_as tnc_
continuan . 1uso ano!
- d espues.
,, Ademas,, e 1 01:e,
. las. revistas,
do la
enaltecer1 el atracuvo de esos comportamientos, esugmauzan
prudenda, percibida como pusilánime o como una debi1idad. En d~~ 1
Estados Unidos, dos veces más ads:>lescentes varones mueren queª
Jescentes mujeres por heridas no rntendonales (Bell, Bell, 1993, P·
170 y siguientes). Los mismos corren dos veces más riesgo que las
mujeres d•! estar implicados en situaciones violentas y tieneíf una_ r.asa
del doble de criminalidad ( Cloutier, in Frontieres, 1994). Las muJeres
hacen sensiblemenie más tentativas de suicidio que los varones, inclu-
so aunque mueren menos. Alrededor de tres varones se matan por
cada mttjer.
Las mujeres utilizan a menudo psicofármacos, fuman y recurren a
las drogas, hoy tienden a alcoholizarse más, la búsqueda repetida de
embriaguez, especialmente, deviene en un problema. Las mismas
interiorizan su malestar de vivir ( dolores de cabeza, nauseas, depresio-
nes, dolores difusos, pérdidas de c;onsciencia, espasmofilia, etc.). Los
descontentos corporales marcan la impregnación negativa de un
cuerpo en un proceso de cambio dificil de asumir, especia1m~nte en
la sexualización, un cuerpo como un vestido ridículo del que no se
reconoce bien su fenlineidad y que reclama tener dolor para poner a
pn1eba su existencia. Las mujeres están a menudo sujetas a desórde-
nes alimcnticio•s (anorexia, bulimia). Conocen a menudo embarazos
precoces obligándolas a los IVG1! o a ser madres adolescentes, sobre
todo para aquellas descendencias de numerosos hermanos, de padres
disociados o en conflicto, a menudo desempleados o tributarios de
empleos provisorios. Su escolaridad es mediocre, su propia estima,
pobre. El niño que ellas dan al mundo o que abortan es, a pesar de
todo, una manera de mostrar inconscientemente su valor, atándose
inconscientemente~ la maternidad.
En un buen estudio,Judith Green (1997) muestra cómo los relatos
de accidentes que atañen ajóvenes de entre 7 y 11 años, participan en
la construcción de sí mismos, cnqan en gran parte en la reputación
de unos y otros, ayudan a estrechar las fronteras morales del grupo de
pertenencia y a subrayar las conductas apropiadas. Negociando el
peligro que es traído por la palabra, los relatos de accidentes elaboran
las maneras de estar conformes valorándolo todo, especialmente en
los varones. Contados con frecuencia, celebran las mismas virtudes.
La narraci6n pone en escena un actor competente, maduro, valiente.
üte trabajo idcntitario permite mostrarse bajo un ángulo propicio.
Sin embargo, los propósitos difieren proñ1ndamente según sean sos-
tenidos por las mujeres o por los varones. Los relatos de las mujeres
L_ ---- .-- ª~. ,- -