El Carisma de Profecia
El Carisma de Profecia
El carisma de Profecía
INTRODUCCION
Se trata de un artículo de Bruce Yocum, uno de los coordinadores de la comunidad "The Word of
God" en Ann Arbor, Michigan, EE.UU., que fuera originalmente publicado en "Alabaré" nrs. 7, 8 y
10. Incluye temas de su libro: "Profecía: ejerciendo los dones proféticos del Espíritu en la Iglesia de
hoy".
En este artículo claro y sintético que resume muchos elementos sobre el ejercicio de este don
carismático en las reuniones de oración.
Quisimos también hacer algunas aclaraciones a lo largo del artículo, de acuerdo a nuestra
experiencia particular como Movimiento de la Palabra de Dios. Sabemos que si bien las experiencias
carismáticas tienen una base común por ser manifestaciones del mismo Espíritu de Jesús, las
condiciones culturales e históricas distintas marcan diferencias en el ejercicio concreto y en el
discernimiento de los dones del Espíritu. Con estas consideraciones podemos leer y aprovechar el
presente artículo y entender el porqué de las aclaraciones o explicitaciones.
Con el único fin de bendecir al Señor, que nos regala su Vida, y de servir a nuestros hermanos en el
seguimiento de Jesús, publicamos este suplemento de Cristo Vive.
Equipo de Prensa
Muchas veces me he preguntado por qué muchas personas que se acercan por primera vez a la
renovación carismática dan más importancia a las lenguas y a la alabanza en voz alta, y no prestan
mucha atención al don de profecía. Ciertamente es algo extraordinario el que Dios hable directamente
a los hombres a través de otro hombre. En la renovación carismática, este fenómeno ocurre
diariamente en las vidas de millones de personas alrededor del mundo.
Recuerdo mi primera experiencia con el don de profecía. Hacía dos días que había asistido a mi
primer grupo de oración y no había oído nada acerca de los dones del Espíritu Santo. Fue en un
pequeño departamento donde se encontraban alrededor de veinte personas. Durante la oración, un
señor, sentado a mi lado, dijo algo en voz alta. Yo no tenía idea lo que estaba sucediendo, pero estaba
resuelto a averiguarlo tan pronto terminara la oración. Una vez terminada la reunión, alguien me dijo
que Dios había hablado al grupo a través de aquella persona. Estaba sorprendido!
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Muchas preguntas vinieron a mi mente, pero todas se resumieron en una: ¿Por qué querría Dios
hablar tan directamente a este pequeño grupo de personas? Esta pregunta fue contestada cuando recibí
la efusión del Espíritu Santo, cuando experimenté, de una forma más poderosa que antes, el amor de
Dios a los hombres y a mí. Seguramente que si Dios nos ama, está dispuesto a hablarnos directamente
y a menudo.
A medida que pasa el tiempo, entiendo más claramente por qué el Señor quiere hablarnos. Hace
algún tiempo leí un pasaje en II Reyes 1,2-4 en que el rey de Samaría es herido gravemente y está al
borde de la muerte. Queriendo saber sus suerte, envía un mensajero al templo de Baalzebub, dios de
Acarón, un país vecino. El profeta Elías le sale al encuentro y el Señor, por medio de Elías, le
pregunta: "¿Acaso porque no hay Dios en Israel, van ustedes a consultar a Baalzebub, dios de
Acarón?" El Señor estaba molesto porque el rey buscaba una respuesta en el templo de un ídolo en
vez de buscarla en Yavé, Dios de Israel. Mientras leía el pasaje, casi podía oír al Señor diciéndole al
rey de Samaría: "¿No crees que Yo estoy dispuesto a decirte lo que quieres saber?". El rey de Samaría
no hubiera acudido a un ídolo si hubiera tenido fe en que el Señor le hablaría.
¡Nosotros somos tan ciegos y lentos para entender! Aún cuando vivimos la vida cristiana nos
olvidamos fácilmente de las promesas que el Señor ha hecho a su pueblo. Perdemos el rastro de la
Verdad que debe ser nuestra guía y soporte. Nos desanimamos y nos confundimos, nos desviamos del
camino, perdemos de vista la esperanza que el Señor nos está dando. Pero el Señor no nos deja solos
en estos momentos de soledad. En Isaías 30,21 el Señor promete que no estará lejos sino que nuestros
oídos sentirán sus palabras detrás nuestro: "Este es el camino que deben seguir, ya sea que vayan por la
derecha o por la izquierda". El Señor quiere animarnos cuando estamos desanimados o con miedo,
dirigirnos cuando estamos inseguros, prevenirnos cuando estamos apartándonos de su camino,
consolarnos cuando sufrimos.
Pero, ¿por qué ha de hablarnos el Señor en profecía? ¿Por qué no nos habla individualmente?
Entiendo algunas razones por las cuales el Señor habla directamente al grupo:
Primero: en profecía el Señor puede hablar a un grupo de personas a la vez, y puede captar la
atención de todos a la vez sobre un mensaje específico. He experimentado la importancia de esto
varias veces. Una vez, por ejemplo, mientras rezaba con un grupo de personas, sentí que el Señor
estaba hablándome de varias cosas. Titubeé antes de decir algo al grupo, porque no estaba seguro de
que todo lo que sentía era para todos los presentes. Unos minutos después alguien dijo una profecía
relacionada con una de las cosas que había sentido. A otros les pasó lo mismo. El don de profecía en
este momento nos ayudó a dirigir nuestra atención hacia lo que el Señor quería decirnos como grupo
en aquel momento.
En el Antiguo Testamento, frecuentemente se llama a los profetas "mensajeros". En Ageo 1,13
dice: "Luego Ageo, mensajero de Yavé, habló al pueblo a raíz del mensaje de Yavé, diciendo: "Yo
estoy con ustedes, palabra de Yavé". La analogía del mensajero nos ayuda a entender el papel de la
profecía y del profeta. Si un gobernante desea decir algo a su pueblo, puede dar el mensaje a
individuos, pero en algún momento tiene que declarar su mensaje al pueblo entero como cuerpo. Para
esto nombra a un mensajero; el profeta desempeña esa función.
Segundo: Cuando el mensaje de Dios viene en profecía, viene del exterior nuestro. A veces no
podemos oír al Señor hablarnos de algo en particular porque creemos que es nuestra imaginación. Un
ejemplo simple es cuando sentimos que el Señor nos dice que nos ama. Muchos presumimos que sólo
nos tolera, y descartamos este mensaje como Palabra de Dios porque "es un pensamiento nuestro". Si
fuera por nosotros, nunca oiríamos al Señor diciéndonos que nos ama. Por medio de la profecía el
Señor puede penetrar en nosotros a pesar de nuestra resistencia, simplemente porque viene de afuera,
por lo tanto no pueden ser "nuestro pensamientos".
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Tercero: una profecía puede ser confirmada por los demás. No todos los pensamientos que vienen
de nuestra mente son Palabra de Dios. Estoy seguro de que muchos han tenido la experiencia de asistir
a una oración en la que se hace difícil entender el mensaje del Señor, pues no había unidad entre las
profecías dadas.
Esto ocurre muchas veces porque las personas dicen en profecía pensamientos o ideas que el Señor
no tiene intención de comunicar al grupo en ese momento. Aún pensamientos muy bellos pueden
desviar la atención del mensaje del Señor.
En 1 Tes 5,20-21 Pablo dice: "No desprecien lo que dicen los profetas. Examínenlo todo quédense
con lo bueno". Cada uno de nosotros tiene alguna habilidad de discernir si un pensamiento es o no
Palabra del Señor, pero nuestra habilidad individual es limitada. Si en una reunión de oración
sentimos que el Señor quiere hablar, no dependemos únicamente de nuestra capacidad de discernir.
Podemos estar confiados en que si el mensaje es para el grupo, éste podrá juzgar si es o no un mensaje
del Señor.
Este punto trae a relucir un aspecto muy importante del don de profecía. En el ejemplo anterior del
mensajero, vemos que el mensaje del gobernante no es efectivo hasta tanto no se le comunique al
pueblo y éste acepte como mensaje de su gobernante. ¿Cómo sabremos entonces que algo que se dice
en profecía es realmente Palabra del Señor?
La profecía no es algo que concierne únicamente al individuo. Por su naturaleza, concierne tanto al
que habla como al que escucha. El profeta debe aprender de juzgar cuándo el Señor quiere que se
hable en su Nombre, y los que oyen deben aprender a probar lo que se ha dicho y quedarse con lo que
es bueno.
Antes de proseguir debemos aclarar algo. En la primera carta a los Corintios, en medio de su
instrucción sobre los dones del Espíritu, San Pablo no habla, en un capítulo completo, sobre el amor.
Esto no está al margen del asunto. El amor es el camino a la vida cristiana, el gran mandamiento, la
esencia misma de la vida de Cristo. "Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los
misterios y todas las ciencias, si no tengo amor, nada soy" (I Cor 13,2). Podemos hacer todas las cosas
que puede hacer un cristiano: milagros, predicar el Evangelio, preocuparse por los demás, profetizar,
pero si no lo hacemos con amor, es posible que no sean de provecho.
Los dones carismáticos se dan a individuos, pero son dados para servir al Cuerpo de Cristo.
Muchos tendemos a considerar el don de profecía como "mi" don, como algo personal y privado, y nos
molesta o nos duele que alguien nos corrija con respecto a la forma de usarlo. Esto no está bien.
Pidamos al Señor que nos ayude a servirlo con amor y que nos haga sentir libres para aceptar
correcciones de nuestros hermanos. Luego nuestras ideas en cuanto a cómo administrar mejor los
dones proféticos para el bien de la Iglesia, producirán muchos frutos.
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II. ELEMENTOS A TENER EN CUENTA
El hablar en nombre del Señor es cosa seria. El don de profecía es una gran responsabilidad. No
podemos permitir que una mal entendida reverencia o el temor nos cohiban a hablar en nombre el
Señor cuando debemos hacerlo, pero tenemos la responsabilidad de aprender a hablar la Palabra del
Señor fielmente. Al principio, cuando usemos el don de profecía, serán evidentes algunas señales de
inmadurez, mas esto no debe desanimarnos. El Señor quiere hablar a su Pueblo y El se encargará de
que el mensaje llegue a la gente, a pesar de nuestros errores. El también purificará nuestro servicio
para su Gloria.
Recuerdo muy bien mi primera experiencia con el don de profecía. Diez días después de haber
recibido la efusión del Espíritu Santo, asistí a una jornada. Durante la asamblea de oración, al final del
día, tuve la sensación de que el Señor quería que yo diera un profecía, Había oído algo acerca de la
"unción" pero no sabía si eso era lo que sentía. La idea de tener que dar una profecía a un grupo tan
grande me asustó. Pedí al Señor que diera a otro el mensaje. "Mira Señor", le dije, "aquel Señor ha
dado muchas profecías, él hará mejor que yo". Pero luego la sensación persistía. Luego de una lucha
interna di la profecía, y cuando abandoné la asamblea estaba en estado de tensión y exhausto.
La dificultad que tuve en la asamblea la han tenido otros también. El problema es que no
entendemos nuestro papel en la profecía. Yo creía que si cometía un error -. el mensaje no era realidad
profecía, o si lo hacía erróneamente- sería responsable de que algunos se alejaran del camino recto.
Mas el Señor no nos hace responsables por eso, porque nuestra habilidad para dicernir estas cosas es
limitada. El don de profecía se da al Cuerpo de Cristo y es responsabilidad de todos que la profecía
sea clara, y que sea probada y juzgada.
Esta verdad nos libra del "individualismo carismático", que trae dificultades tanto a los que
profetizan como al resto de la comunidad. Los que hablan en profecía no tendrán la preocupación de
tener que asegurarse que el mensaje recibido es en realidad del Señor. Asimismo, la comunidad sabrá
que los que profetizan están abiertos al discernimiento, ánimo y corrección que ésta pueda ofrecer.
Cuando entendemos nuestro papel se nos abre un camino para crecer y desarrollarnos en la práctica de
este don.
A) EL CONTENIDO
Es esencial que entendamos que la profecía tiene que ser inspirada por el Espíritu Santo, como la
Palabra del Señor, para un grupo de personas en particular. El Señor puede hablarnos de muchas
formas. El puede llevarnos a entender algo como El lo entiende. Puede valerse de algunas
circunstancias para darnos una lección, o para señalar el camino que quiere que sigamos. Puede
hablarnos por la sabiduría de algún hermano. Pero la profecía se diferencia de las demás formas en
que se nos habla directa y claramente. Cuando yo hablo en profecía, no digo: "tengo algunas ideas
que siento son inspiradas por el Señor y pueden ayudarles". Lo que digo es: "según mi juicio, el Señor
nos dice..."
Muchos de nosotros hemos asistido a oraciones donde hemos oído mensajes dichos en profecía que,
aunque eran ciertos y nos enseñaron algo, no sentíamos que fueran proféticos en realidad.
Frecuentemente sentimos esto porque los mensajes dados no eran realmente profecías, sino un buen
pensamiento o idea. Estas personas pudieron haber recibido algún mensaje o idea, pero no debieron
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haber profetizado sin saber si el Señor quería decirlo a todo el pueblo.
B) LA UNCION
Cuando el Señor quiere que hablemos en profecía, nos lo deja saber por una señal del Espíritu
Santo; una "unción de profecía". Nos podemos confundir al hablar de "Unción", si creemos que la
unción es algo particular que se siente. He oído a personas preguntar: "de vez en cuando siento como
si un viento soplara mi cara durante un círculo de oración, ¿es eso una unción?. Puede o no puede ser.
La "unción" no es otra cosa que la convicción de que el Espíritu Santo está obrando en nosotros para
darnos la Palabra de Dios y el poder de proclamar Su Nombre. Puede ser que alguna vez la "unción"
esté acompañada por alguna sensación física, pero esta sensación sola no es la unción.
Una vez que tengamos la convicción y el poder de proclamar la Palabra de Dios en su Nombre,
debemos simplemente decirla. Muchas personas nunca dan profecías, porque esperan estar
completamente seguras de que su mensaje es Palabra de Dios. Ninguno de nosotros puede estar
absolutamente seguro de que lo que recibimos es mensaje del Señor, a menos que lo digamos y demos
a los demás la oportunidad de juzgarlo. San Pablo dice, en su carta a los Corintios (1 Cor 14,29): "En
cuanto a los profetas, que hablen dos o tres y que los demás disciernan lo que se ha dicho". La
profecía solo puede juzgarse cuando se ha dado. Muchísimas veces, después de una oración, han
venido a mí personas diciendo: "Experimenté esto o aquello y sentí que el Señor decía esto y aquello,
¿era eso una profecía?" Ni yo ni nadie puede saberlo a menos que se diga o manifieste el mensaje.
En 1 Cor 14,32 San Pablo nos dice que "los espíritus que hablan a los profetas obedecen muy bien a
los profetas". Esto quiere decir que las circunstancias de nuestra profecía están bajo nuestro control.
Somos responsables tanto de lo que decimos como de la forma en que lo decimos. La Palabra del
Seños debe ser bien entendida por su pueblo. Si decimos algo que es la Palabra de Dios, pero lo
hacemos de una forma que no puede entenderse, entonces no hemos logrado nuestro objetivo. Todo
debe trabajarse a la vez, de manera que pueda llevarse la Palabra de Dios al Pueblo de Dios con
claridad y con poder: cuándo hablamos, dónde hablamos y cómo hablamos.
C) EL LUGAR Y EL TIEMPO
No todas las ocasiones son propicias para una profecía. Todas las personas que asisten a misa los
domingos, por ejemplo, no están preparadas para oír profecías. De igual modo, si nos acercamos a
alguien y le decimos: "El Señor me ha dicho que te diga algo: ¡Arrepiéntete!", seguramente que su
actitud será negativa. Tal vez el Señor quiere que la persona se arrepienta. Se es así debemos buscar
una forma en que, al comunicárselo, su actitud sea de apertura. Podremos sentir que el Señor quiere
que demos un mensaje, pero el lugar y el momento no son apropiados. En ese caso debemos buscarlo
antes de comunicar el mensaje.
D) LA MANERA
Debemos profetizar de manera de ser claros efectivos. Oiremos a personas que profetizan con voz
muy fuerte o con voz temblorosa. Creo que algunas personas lo hacen porque creen que así la profecía
comunica el poder del Espíritu Santo que ellos siente. Solamente el Espíritu Santo puede dar poder a
lo que decimos; nuestra parte es simplemente hablar claramente para que todos entiendan.
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Generalmente la voz fuerte y dramática puede desviar la atención del mensaje. Algunas personas
dicen que no pueden evitar el temblar cuando sienten el poder del Espíritu Santo. Recordemos el
consejo de San Pablo: "los espíritus que hablan por los profetas obedecen muy bien a los profetas".
Tampoco debemos hablar muy bajo. Algunas personas profetizan tan bajo que nadie les oye. Si
sabemos que no tenemos voz muy fuerte, debemos ponernos de pie o pedir silencio para que nos
oigan. El Espíritu Santo no nos hace hablar en forma que pueda distraer, asustar o que no se oiga.
E) EL VOCABULARIO
El vocabulario que se utiliza en la profecía es también importante. A veces sentimos que el Espíritu
Santo nos inspira las palabras exactas. Pero a menudo nos hace entender el mensaje y tenemos que
decirlo con nuestras propias palabras.
Como somos libres de expresar el mensaje en nuestras palabras, debemos asegurarnos de que el
lenguaje se pueda entender. He oído profecías muy poéticas, y la persona al tratar de hacer poesía,
hace que la profecía sea dificil de entender. Oír a alguien profetizar cantando o hablando
elocuentemente en forma poética, puede ser una experiencia llena de poder y crecimiento, siempre que
la poesía sea inspirada por el Espíritu Santo. Cuando hablamos en nombre del Señor lo más
importante es expresar su mensaje claramente. Elocuencia y poesía se aceptan sólo cuando sirven para
este propósito.
Hace algunos años, un miembro de nuestra comunidad daba profecía en lo que podríamos llamar
"Inglés King James". Esta persona leyó desde pequeña la versión "King James" de la Bíblia en inglés,
y este vocabulario fluía naturalmente de ella. Muchos de los demás miembros no estaban
familiarizados con su vocabulario y no entendían sus profecías. Alguien la corrigió y ella empezó a
usar un vocabulario más simple en sus profecías. Vemos cómo el lenguaje o vocabulario tiene que
servir al mensaje y no éste al vocabulario.
Esto se aplica también al lenguaje. Hace algunos meses asistí a una reunión de oración en América
Latina. Casi todos los presentes hablaban inglés y español, y algunos solamente inglés. El líder pidió
que las profecías se dieran en inglés para que se entendieran. Pudo hacer esto porque podían escoger
entre dos idiomas para profetizar. De nuevo los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas.
F) LA FORMA
La claridad de una profecía depende también de la forma. Las profecías dadas en primera persona
del singular son las más comunes, pero a veces hay formas mejores. Cuando no estamos seguros de
cómo decir una profecía en forma suficientemente clara, no solo se acepta, sino que se recomienda que
se pare la persona y diga: "creo que el Señor quiere decirnos..."
Durante una oración hace unos meses, un miembro de la comunidad dió una profecía que fue un
poco difícil de entender. Inmediatamente después se paró de nuevo y dijo: "no creo que la profecía
haya sido muy clara, me dio trabajo expresar lo que el Señor me estaba diciendo", y explicó lo que
entendió. Esto hizo que el mensaje fuera claro, aunque la segunda vez no lo dijo en primera persona.
Todos aceptamos como mensaje de Dios.
Si pensamos que las profecías sólo pueden ser en primera persona, estamos limitando este don. La
misma palabra puede decirse en diversas formas: predicación profética, enseñanza profética y oración
profética, y seguir siendo clara y directa. Si creemos que se va a entender mejor de esta forma, vale la
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pena decirlo en primera persona. Pero no siempre es lo mejor. Hay que discernir.
G) EL ORDEN
Los que profetizan deben seguir el orden de la reunión. Durante una de las primeras conferencias
de la renovación carismática asistí a una oración que parecía un duelo. Varias veces el líder pidió
momentos de silencio ante el Señor. Casi enseguida alguien decía una profecía. El Espíritu Santo no
se contradice; no va a inspirar a los líderes un momento de silencio o alabanza o un canto y a alguien
una profecía a la vez. Si recibimos un mensaje en este momento, esperamos al momento debido y
entonces lo comunicamos. Si el mensaje es del Señor no sólo no se pierde sino que se purifica.
Puede que los líderes no estén siguiendo siempre el movimiento del Espíritu, pero no debemos
expresar nuestro juicio en contra no cooperando. Por el bien del amor y de la libertad en el Espíritu
todo debe hacerse "decentemente y con orden".1
H) LA PREPARACION
Los principios, las experiencias, el ánimo y las correcciones a nuestros hermanos nos son de gran
ayuda para traer la Palabra de Dios, pero el Espíritu Santo es el único que origina e inspira las
profecías. Aunque podemos crecer y desarrollarnos en el uso de este don, no podemos profetizar por
mucho que procuremos. Pero podemos aprender a servir más eficazmente, asumiendo una mejor
actitud para recibir la Palabra de Dios. Igual que el buen maestro prepara sus clases, el buen profeta
debe prepararse para oír al Señor. No podemos preparar las profecías, pero nos podemos preparar
para recibirlas buscando más a Dios, pidiéndole que nos hable a nosotros y a su pueblo, y
escuchándole atentamente.
Finalmente, debemos entender lo que son las obras del Señor y nuestro servicio. Es un gran error el
tratar de encontrar seguridad en tener un don del Espíritu. A veces el Señor nos usará mucho para
hablar a su pueblo, otras veces usará a otros, y quizás no nos use a nosotros por un tiempo. Debemos
estar preparados para cualquiera de estas situaciones. Si nos aferramos demasiado a "nuestra"
profecía, no estaremos dispuestos a reconocer cuándo el Señor no quiere usarnos más. El siervo
cumple la voluntad del amo, no la suya. El siervo no puede decir, "serviré fiel y humildemente
mientras te sirva de esta forma".
Tampoco debemos decidir prematuramente que la profecía es "nuestro ministerio". Toma algunos
años madurar en la vida cristiana el saber con certeza nuestro lugar en el Cuerpo de Cristo. Más
aún, creo que es más productivo el cumplir la Voluntad de Dios, poniendo nuestra atención en El para
saber lo que El quiere que hagamos, antes de tomar nosotros una decisión. Si buscamos al Señor para
que nos dirija, entonces estamos sirviéndole, aunque no sepamos definir nuestro servicio. Jesús mismo
es la Palabra de Dios, y hablamos la Palabra de Dios más fiel y efectivamente cuando nuestros
corazones están puestos el El.
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El autor habla de grandes asambleas de oración, que implican un liderazgo o coordinación más
estricto y marcado sobre los distintos tiempos de la oración. En grupos más reducidos que se reúnen
semanalmente (de no más de 25 personas), los tiempos de la oración van surgiendo casi
espontáneamente y no hay tanta dificultad para establecer el orden de la reunión. De todos modos
siempre son los coordinadores de la oración los que cuidan y disciernen el momento más oportuno o la
mejor forma de que la palabra del Señor sea escuchada y recibida por el pueblo de Dios.
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III. EL DISCERNIMIENTO DE LA PROFECIA
Hubo diferencias de criterio entre los profetas Jeremías y Ananías. En Jer 28,1-13 vemos que
Ananías consoló al pueblo de Jerusalén al decirle que al cabo de dos años terminaría el exilio que se le
había impuesto. Jeremías proclamó que esa profecía era falsa. El estuvo en lo correcto al asumir esa
posición. Esta historia es de gran interés par todos los que estamos envueltos en la renovación
carismática. Nos lleva a pensar: ¿qué seguridad podemos tener de que las profecías que oímos en los
grupos de oración viene del Señor?
Antes de discutir los medios para distinguir entre verdadera o falsa profecía debemos examinar cuál
es nuestra actitud hacia este don de profecía o hacia otra forma de dirección.
Muchos de nosotros hemos crecido sin entender lo que significa el concepto: la Voluntad de Dios.
No lo decimos abiertamente, pero tenemos la impresión de que el Señor trata de ocultarnos lo que El
quiere. Nos parece que El nos da algunas señales entre las cuales tenemos que buscar y ahondar para
reconocer su Voluntad. Se nos hace difícil reconocer lo que Dios desea exactamente en cada
circunstancia. Y si no podemos reconocer Su dirección, fallaremos. Esta actitud afecta nuestra fe y
valor, y niega una verdad básica: Dios no nos esconde su Voluntad, El no espera que nosotros estemos
buscando o descifrando entre señales escondidas. Hay sí un misterio en la Voluntad Divina. Este
consiste en que probablemente no conoceremos su Plan hasta que no le contemplemos y lleguemos a
la completa verdad. El misterio consiste en que no conocemos el Plan de Dios, no hay misterio en
saber lo que El desea que hagamos.
Hace algunos años, en una ocasión, mientras oraba, el Señor me comunicó su deseo de que le
hablara sobre la vida cristiana a un amigo no cristiano a quien había dejado de ver por dos o tres años.
Realizada esta conversación experimenté una sensación de fracaso. Sin embargo, luego de transcurrir
un año, este amigo se unió a nuestra comunidad y me relató cómo aquella conversación fue una
motivación en su vida que culminó en su conversión. Aunque en esta ocasión el Señor me mostró su
plan, no siempre sucede así. Nosotros no tenemos que conocer Sus designios. Lo que necesitamos
conocer es qué desea El de nosotros. El nos lo hará saber.
En Juan 10, Jesús nos dice que El es el Buen Pastor, que llama a sus ovejas por su nombre y éstas
oyen Su voz. De hecho, ellas no seguirán a otro; ellas conocen la voz del Maestro. Somos hijos de un
Dios que nos ama profundamente, de un Dios hondamente interesado en cada detalle de nuestra vida.
El va así a ofrecernos toda la dirección y guía que necesitamos y El nos la da con todaclaridad.Si nos
descarriamos, El nos llama, El hará cuanto sea necesario para llevarnos al buen camino.
"El, que es su profesor, ya no se ocultará más y sus ojos verán al que les enseña. Sus oídos sentirán
sus palabras resonar detrás de tí: Este es el camino que deben seguir" (Isaías 30,20-21).
Si en nuestros corazones existe el deseo de seguir al Señor, debemos acercarnos al don de profecía
y a toda dirección de Dios con completa confianza. Con esta base podemos discutir las maneras de
distinguir cuánto hay de verdadero o de falso en una profecía.
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Muchos de nosotros hemos oído "profecías" desprovistas del poder del Espíritu Santo. Esto ocurre
cuando lo que la persona expresa son sus propios pensamientos en forma profética: esto es no profecía.
Otras veces hemos oído "profecías" que tienen un poder que no viene del Espíritu de Dios, estas son
las expresiones hechas bajo forma profética cuyo mensaje es contrario a la doctrina y vida cristiana. A
este tipo de profecía la llamo falsa profesía.
No es muy frecuente encontrar profecía falsa, ésta es fácil de discernir. El Espíritu que vive en un
cristiano capta el error que se esconde en la profecía falsa. Es más corriente encontrar supuesta
profecía y no es siempre fácil decir si algo dicho en profecía es genuino. Algunas guías sencillas que
nos pueden ayudar a discernir entre lo verdadero y lo supuesto son:
Cualquier profecía que contradiga o distorsione la intención y significado de las Escrituras no puede
venir del Señor. Una "profecía" que niegue una verdad revelada por Dios en el Antiguo o Nuevo
Testamento ha de ser rechazada.
Cualquier "profecía" que niegue o haga falso el mensaje básico cristiano no puede venir de Dios.
La falsedad se hace evidente al comparar lo dicho con lo que la fe nos revela. Por ejemplo, si alguien,
en forma profética, expresara que hay distintos dioses reconocemos enseguida que ahí no hay profecía
A través del don de profecía el Espíritu Santo nos llevará siempre a reconocer y a adorar a Dios
nuestro Padre y a su Hijo, Jesús. No puede venir del Espíritu Santo una "profecía" que nos aparte de
Jesús o que glorifique a alguien que no sea Dios. No es siempre posible apreciar si una profecía
particular nos llevará a un mayor reconocimiento o adoración al Señor. Sin embargo, si después de un
período de tiempo notamos que las "profecías" que una persona expresa o que las "profecías" que se
reciben en una determinada reunión no nos llevan a alabar a Dios, algo anda mal.
4) Tono amoroso.
El tono de voz con el cual las profecías son dichas nos ayudan a precisar si vienen del Espíritu
Santo. La "profecía" que atemorice, que sea dura o áspera, que condene o censure, rara vez es
verdadera. El Señor frecuentemente nos corrige y nos lleva al arrepentimiento, a veces nos señala lo
que debemos enmendar en nuestras vidas, pero cuando Dios nos llama no lo hace condenándonos. Al
contrario, El nos invita a retornar a Su camino, para darnos Su perdón, y cambiar nuestros corazones
para poder recibir Su amor.
Ocasionalmente, alguien decide que puede expresar con mayor efectividad su crítica personal hacia
los líderes de un grupo de oración, hacia su iglesia o hacia alguien con quien tiene diferencias, si habla
a través de una "profecía". Y entonces cuando oímos "profecías" como si el Señor estuviera tan
alterado como el hermano que se está expresando. También así es como llegamos a oír que Nuestro
Señor está complacido porque nuestro grupo tendrá triste fin. Es verdad que, a veces, necesitaremos
cambios en los grupos, pero podemos estar bien seguros de que nuestro Señor no se alegra de
nuestros contratiempos e infortunios. El Señor siempre nos habla como un Padre que nos ama como a
hijos queridos y que sólo desea nuestro bien. Si nos corrige o enseña, siempre lo hace con amor y
siempre nos estimulará a mejorar. No puede ser verdadera la profecía que revela a un Dios falso; esto
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es, un Dios cruel, duro y vengativo. 2
La Palabra de Dios es portadora de Vida, es fruto del Espíritu Santo. Una profecía que no venga de
Dios traerá separaciones, inquietudes, ansiedades, dolor, muerte. Podemos pues reconocer la profecía
por el fruto que produce. El propósito de la profecía es edificar el Cuerpo de Cristo. No importa cuán
bella o poéticamente esté expresada, si no contribuye a fortalecer el Cuerpo de Cristo, no es genuina.
La profecía es una acción del Espíritu. Nos llega con su poder y éste es fácil de reconocer por
aquellos en quienes vive el Espíritu de Dios. Reconocemos la voz del Maestro cuando Su Espíritu
mora en nosotros. Sin embargo, no siempre correspondemos a cada profecía genuina. Nuestra
naturaleza es débil y algunas pequeñas dificultades como el cansancio o la preocupación pueden, a
veces, evitar que nos mostremos sensibles a la presencia del Espíritu Santo en una profecía. Más
muchos de nosotros, la mayoría de las veces, podemos percibir el Espíritu activo de Dios en una
profecía.
Una prueba tradicional para saber si la profecía es genuina, auténtica, es llegar a conocer si llega a
realizarse la predicción que ésta pueda contener. Este criterio es usado distintas veces a través del
Antiguo Testamento, por ejemplo Deutoronómio 18,20-22. Así podemos decir que muchas de las
profecías que encierran predicción están condicionadas a ser probadas.
En 2 Reyes 20,1-7 Ezequías, Rey de Judá, estaba próximo a morir. El profeta Isaías le dijo: "Da
órdenes acerca de tu casa, porque vas a morir y no vivirás". Cuando Isaías se fue, Ezequías oró
pidiendo misericordia. Dios entonces instó a Isaías a que regresara y le dijera a Ezequías que viviría
otros quince años. Nos preguntamos entonces: ¿fue falsa la primera profecía de Isaías porque no se
cumplió? No, la profecía no se realizo debido al arrepentimiento y oración de Ezequías.
"Yo puedo hacer lo mismo contigo, pueblo de Israel; como el barro en la mano del alfarero, así eres
tú en mi mano. A veces Yo hablo, respecto de algún reino, o de alguna nación, amenazando con
destruir y arrancar... Mas ellos cambian de proceder, dejando la maldad que Yo denunciaba. Entonces,
Yo también cambio mis proyectos y ya no les quiero causar ningún mal. Otras veces, Yo hablo
respecto de alguna nación, o de algún reino, prometiendo edificar y plantar. Mas ellos hacen lo que
me desagrada y dejan de escuchar mi voz. Entonces Yo también me arrepiento y ya no quiero hacerles
el bien que prometía" (Jeremías 18,6-10).
Tampoco podemos decir que toda profecía que se cumple viene del Espíritu Santo. Satanás puede
profetizar. En Deuteronomio 13,1-3 vemos:
"Si en medio de tu pueblo surge un profeta, o quien diga haber tenido alguna visión o sueños
pronostique alguna señal o prodigio, y habiendo sucedido lo que él predijo, te dice: 'Vamos, sigamos a
los dioses, que tú no conoces, y sirvámosle', no hagas caso a las palabras de aquel profeta o soñador;
porque Yavé, tu Dios, te prueba para saber si realmente lo amas con todo tu corazón y con toda tu
alma."
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Nótese que se dice "rara vez es verdadera" una profecía que atemorice, censure o condene. Esto no quita que el Señor
corrija o reprenda a su pueblo a través del profeta, y el tono de la voz de quien habla no será tan "amoroso" como cuando
la profecía alienta o consuela. Evidentemente el criterio para el discernimiento aquí es el fruto que deja en los hermanos,
ya que las palabras con el Señor corrige siempre evitan a la superación y estimulan a una entrega mayor, a una enmienda
sincera y esperanzada en su perdón. Bruce Yocum advierte aquí sobre el peligro de expresar en "profecía" divergencias o
críticas personales, entonces el tono de la voz será amenazador y alterado pero no expresará el amor de Dios que corrige.
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Aunque no podemos juzgar la profecía simplemente porque se realice, podemos decir que toda
Palabra de Dios, esto es, toda Palabra inspirada por el Espíritu Santo debe producir cambios
favorables. Si es Dios quien nos habla por medio de la profecía percibiremos los resultados de ésta en
nuestras vidas y en nuestros grupos de oración. Es imposible medir los resultados de cada profecía que
oímos, pero si podemos observar los efectos posteriores a la Palabra venida en forma de profecía. Si
recibimos profecías en nuestros grupos de oración pero no vemos ningún cambio en la vida de sus
miembros, algo falta.
Muchos de nosotros hemos experimentado lo que sucede cuando nos reunimos y discutimos las
profecías oídas:
A veces nuestras opiniones están de a cuerdo, mas otras veces las diferencias en nuestras
conclusiones nos confunden. Puede ocurrir una situación en la cual percibimos que una persona dice a
menudo profecías falsas, y nadie le llama la atención. Si deseamos enriquecimiento en la calidad de
los dones proféticos en nuestra comunidad hemos de aprender a compartir el discernimiento y a tomar
acciones prudentes.
Primero, es esencial que compartamos nuestros juicios y opiniones. Ningún individuo es capaz de
discernir correctamente todo el tiempo. Podemos empezar comunicándonos unos a otros lo que Dios
nos dice, quizás como parte de nuestras reuniones de equipo de servicio o en discusiones informales.
Cuando compartimos unos con otros podemos llegar a tener un juicio concreto sobre las profecías que
oímos.
En segundo término, debemos hablar sobre estas profecías con ánimo constructivo, positivo.
Muchas veces al comentar profecías (u otro servicio), hay elementos negativos que dañan. He
conocido personas con un auténtico don de profecía que se cohiben de expresarse porque al principio,
cuando comenzaron a recibir el don, encontraron críticas en ve de tener el aliento y ayuda.
En tercer lugar, es adecuado que alguien del grupo tome la responsabilidad de corregir, alentar, a
las personas que ejercitan los dones proféticos. La mayor parte de las veces los líderes, que han
madurado en este don, son los que deben expresar el sentir del grupo a quienes dan los mensajes.
Además necesitamos hacer la profecía activa en nuestra vida y en la vida de nuestro grupo. Por
esto, una profecía en una comunidad puede tener el mismo poder durante muchos años. Así, la
profecía se vuelve en parte nuestra y nos capacita para creer en Su Palabra día a día, año a año.
Finalmente, hemos de ser paciente con nosotros mismos. Hemos de madurar. Es más fácil notar
nuestras dificultades que lo que Dios hace por nosotros. En Filipenses 3,13-15 San Pablo nos dice: "...
no creo haberlo alcanzado todavía. Pero, una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que
está por delante, corriendo hacia la meta para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto, en
Cristo Jesús. Así pues, tengamos estos sentimientos y si en algo sentía de otra manera, también eso os
lo declarará Dios." Una vez hayamos visto nuestros errores para corregirlos, los debemos olvidar. Al
ir adquiriendo madurez y experiencia el Señor podrá hablarnos más clara y poderosamente.
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C) COMO ESCUCHAR LAS PROFECIAS
Una vez que admitamos que la profecía ha de ser evaluada y probada y que nuestro juicio no
siempre será correcto, podemos tener tendencia a sentir inquietud sobre cualquier profecía que
oigamos hasta no tener la opinión de la comunidad. Sin embargo, no hay necesidad de estar inseguros
o de restringir nuestra capacidad para contestar al Señor. Más, es bueno observar sobre las formas
correctas e incorrectas de escuchar profecías.
Algunos de nosotros somos muy propensos a tomar toda palabra dada en profecía como un mensaje
directo para nosotros. Podemos tener dificultades si tomamos algunas profecías al pie de la letra o si
sólo estamos pendientes de la forma en que el mensaje es expresado. Otras veces no sabemos entender
con exactitud la profecía expresada, pues algunas profecías necesitan cierta interpretación. Por
ejemplo, ha oído varias profecías en las cuales el Señor ha dicho: "Vendré muy pronto". ¿Qué quiere
decir?, ¿qué vendrá mañana o la semana próxima? No sé. Pero, aún esa clase de profecías
generalmente contienen una palabra a la cual podemos responder: una exhortación a ser fieles, un
llamado a depositar nuestra confianza en el Señor o una atracción para desarrollar nuestra fe en Dios.
Oigamos con fe. Una vez, Jesús les dijo a sus discípulos que El les daría Su cuerpo como comida y
Su sangre como bebida. Sólo aquellos con fe han sido capaces de oír Su palabra y seguirle.
Necesitamos fe para recibir a Dios y hacer nuestras las palabras que El nos da. Mediante la profecía,
Dios nos da un don extraordinario. A través de este don El frecuentemente nos habla personal y
directamente. Si nos acercamos a este don con sentido común, con algo de sabiduría y mucha fe dará
el fruto que Dios desea para todos los que saben escucharle.
Una larga historia de desviaciones en este sentido invita a la prudencia. Hay que acoger la realidad
de los dones proféticos en la Iglesia, pero es preciso que los profetas estén en última instancia
sometidos a los pastores. El discernimiento de la profecía no es algo aislado: se necesita una sólida
formación espiritual y un tacto no común. El fiel católico se dejará aconsejar, y someterá normalmente
al juicio del pastor la palabra interior que cree haber recibido si comporta serias implicaciones para la
comunidad. Los dones de Dios a su Iglesia -y el de profecía es uno de ellos- se sitúan en el Don
primero y fundamental que es la misma Iglesia en su misterio. "(Cardenal Suenens, en "Ecumenismo y
Renovación Carismática", cap.V, punto 5).
Moisés transmitió al pueblo las palabras de Yavé. Reunió a los setenta ancianos del pueblo y los
colocó alrededor de la Tienda. Yavé descendió en la Nube y habló a Moisés. Tomó del Espíritu que
residía en él y lo puso sobre los setenta ancianos, para que compartiesen con él el peso del pueblo.
"Cuando el Espíritu se posó sobre ellos, se pusieron a profetizar por un tiempo. Dos de ellos habían
permanecido en el campamento: Eldad y Medad. También sobre ellos se posó el Espíritu, ya que
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pertenecían a los elegidos, y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a Moisés
diciéndole: 'Eldad y Medad están profetizando en el campamento'. Josué, que desde su juventud había
servido a Moisés, dijo: 'Señor mío Moisés, prohibíselo'. Moisés le respondió: '¿Tienes celos de mí?
¡Ojalá todo el pueblo de Yavé profetizara porque Yavé puso sobre él su Espíritu!".
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