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07 Bernues

El documento analiza la dieta equilibrada en Zaragoza a principios del siglo XIX y su adaptación durante situaciones de sitio, destacando la importancia de los diferentes grupos de alimentos y su aporte energético. A pesar de las dificultades económicas y la guerra, se mantuvo una disponibilidad de alimentos, aunque con limitaciones en las casas de menos recursos. Se mencionan medidas comunitarias y la capacidad de la población para autoabastecerse a través de la agricultura y la ganadería.
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El documento analiza la dieta equilibrada en Zaragoza a principios del siglo XIX y su adaptación durante situaciones de sitio, destacando la importancia de los diferentes grupos de alimentos y su aporte energético. A pesar de las dificultades económicas y la guerra, se mantuvo una disponibilidad de alimentos, aunque con limitaciones en las casas de menos recursos. Se mencionan medidas comunitarias y la capacidad de la población para autoabastecerse a través de la agricultura y la ganadería.
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LA DIETA EQUILIBRADA EN LOS PRINCIPIOS

DEL SIGLO XIX.


¿CÓMO ADAPTARLA A UNA SITUACIÓN DE SITIO?

LUIS BERNUÉS VÁZQUEZ (*) / FERMÍN LAYÚS PONTAQUE / ANA MARCO MORENO /
M.ª CONCEPCIÓN BERGUA SÁNCHEZ
(*) E. U. DE CIENCIAS DE LA SALUD. UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA

INTRODUCCIÓN

Para poder abordar el estudio de la dieta equilibrada en los princi-


pios del siglo XIX y cómo se pudo adaptar ésta a una situación de sitio,
necesitaremos establecer, en primer lugar, qué entendemos por dieta
equilibrada para posteriormente analizar la situación socioeconómica en
la que se encontraba la población de nuestro país, y la de Zaragoza en
concreto con 55.000 habitantes, a comienzos del siglo XIX, coincidien-
do con los estados de sitio. También hay que tener presente que no se
puede generalizar cuando se habla de alimentación en una población,
donde encontraremos grupos con más recursos que otros y además es-
ta situación se complica con la aparición de un conflicto armado al lle-
gar a la ciudad una población añadida que no cuenta con ningún tipo
de recurso, salvo la intendencia militar.

DESARROLLO

Cuando hablamos de dieta equilibrada, todos entendemos que es la die-


ta que aporta la energía necesaria para reponer el gasto energético y los nu-
trientes necesarios para el adecuado funcionamiento de nuestro organismo,
ahora bien, es necesario llenar de contenidos la palabra equilibrada.
El primer equilibrio será el energético, entre la energía que gastamos
para mantener nuestra actividad metabólica y nuestra actividad física y
la que aportamos con los alimentos energéticos. La actividad metabóli-
ca va a depender del tamaño (peso y talla), de la composición de nues-
tro organismo (sexo y edad) y de la actividad física, y resulta tan varia-

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da, que el cálculo del gasto energético se debe realizar siempre de for-
ma individualizada.
Otro equilibrio es el que ha de existir entre las diferentes fuentes
energéticas: los hidratos de carbono aportarán entre el 50 y el 60% del
total, los lípidos entre 30 y 35% y las proteínas entre el 10 y el 15%.
También debe haber equilibrio entre los hidratos de carbono com-
plejos y simples o de absorción rápida, entre los diferentes tipos de gra-
sas saturadas e insaturadas y entre proteínas de origen animal y vegetal.
Como se puede comprobar conjugar todas estas variables resulta
complejo, por ello es necesario algún tipo de ayuda para poder elabo-
rar una Dieta Equilibrada. Entre los múltiples recursos y referencias exis-
tentes vamos a utilizar la Rueda de los Alimentos de la SEDCA que nos
permite agrupar los alimentos en seis grupos, al tiempo que valoramos
su aportación en la dieta diaria, a los que añadiremos el aporte de lí-
quidos y el ejercicio como integrantes imprescindibles de una alimenta-
ción equilibrada (figura 1).
Así pues tendremos
1. Alimentos energéticos compuestos fundamentalmente por hidratos
de carbono, entre los que tenemos los productos derivados de los
cereales, patatas y azúcar. Hay que destacar el protagonismo que de-
ben adquirir alimentos como el pan, la pasta y las patatas, que al
aportar hidratos de carbono de lenta absorción, evitan los picos de
glucemia. También conviene limitar el consumo de azúcar y simila-
res a un pequeño porcentaje de la energía necesaria, en cualquier ca-
so por debajo del 15-20% de las calorías totales.
2. Alimentos energéticos en los que los lípidos son los protagonistas,
pero sin olvidar el aporte que realizan de ácidos grasos esenciales
para nuestro organismo. En este grupo tenemos los aceites vegeta-
les, la mantequilla, y las grasas en general, sin olvidar que también
vamos a encontrar grasas en los alimentos de origen animal.
3. Alimentos plásticos cuyo interés radica en el aporte de proteínas y
del que forman parte alimentos de origen animal como carne y sus
derivados, huevos y pescados (todos ellos aportando grasas), y ali-
mentos de origen vegetal como legumbres y algunos frutos secos.
4. Alimentos plásticos que aportan proteínas de origen lácteo, sin olvi-
dar el aporte de hidratos de carbono y sobre todo de grasa según el
tipo de alimento lácteo del que se trate.
5. Alimentos reguladores como hortalizas y verduras.
6. Alimentos reguladores del grupo de las frutas, que de la misma for-
ma que las hortalizas y verduras, nos van a aportar hidratos de car-
bono, fibra, vitaminas, minerales y agua.

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Figura 1. Rueda de alimentos SEDCA. 2005.

La alimentación es una de las necesidades vitales del ser vivo y por


ello el bienestar de la mayoría de la población depende de la disponi-
bilidad de alimentos. En este sentido la sociedad española a principios
del siglo XIX no se caracterizaba por nadar en la abundancia, y su de-
pendencia de la producción propia la hacía especialmente sensible a los
problemas con las cosechas, sobre todo de cereales, que suponían la
base de la alimentación en numerosos hogares, como lo prueba que en-
tre el 60 y 75% de los gastos corrientes familiares, sobre todo en fami-
lias de trabajadores, se dedicaban a la alimentación y buena parte a la
compra de pan y cereales.
En este sentido trabajos como los de Reher ponen de manifiesto la
capacidad de las instituciones del estado para amortiguar malas cose-
chas, gracias a la progresiva integración del mercado de grano en Es-
paña, lo que nos coloca en la situación de que la disponibilidad de tri-
go, base de la alimentación en los comienzos del siglo XIX, estaba
garantizada salvo en situaciones de crisis puntuales como recoge Anes,
que considera el repunte de precios como consecuencia de las malas
cosechas de 1803-1804 y 1804-1805, que provocaron graves crisis de
subsistencia, debido a la intensa subida de los precios en la España in-
terior; sin embargo, el autor matiza cómo las zonas costeras escaparon
a esta crisis debido a su vinculación comercial con el extranjero. Poste-

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riormente, durante el periodo de la guerra de la Independencia los pre-


cios, en algunos lugares y en momentos concretos, llegan a multiplicar-
se casi por 2,5; lo que supuso el agravamiento de los catastróficos efec-
tos de la guerra, contribuyendo a una elevada mortandad.
Cuando nos situamos en Zaragoza, hay que tener en cuenta que es-
tamos hablando de una ciudad, básicamente agraria, como recoge Pérez
Carrión, en la que el valor del producto agrícola zaragozano era algo me-
nos del 50% del total de su economía, las manufacturas apenas alcanza-
ban el 10% y las rentas de bienes inmuebles el 20%. Este hecho le per-
mite la posibilidad de disponer de productos agrícolas propios, pero al
mismo tiempo, su economía resulta muy sensible a las modificaciones de
precios o situaciones de malas cosechas o de conflicto bélico.
A modo de ilustración de este dato recogemos, en la tabla 1 las va-
riaciones de precios recogidas por Casamayor durante el periodo de los
Sitios de Zaragoza, donde podemos observar cómo no hay un incre-
mento significativo del precio del trigo, la cebada y el aceite, lo que po-
demos interpretar como signo de que no se produjo escasez de los mis-
mos mientras duró la contienda con el ejército francés.

Tabla 1
Fecha Trigo (reales de Cebada (reales de Aceite (reales de
plata la anega) plata el cahíz) vellón la arroba)

Enero 1808 9.5 28 36


Febrero 1808 9.5 28 36
Abril 1808 9 48 36
Mayo 1808 8.5 25 36
Junio 1808 9 28 36
Agosto 1808 9 24 38
Septiembre 1808 9 48 36
Octubre 1808 9 30 40
Noviembre 1808 8 30 40
Diciembre 1808 10 56 40
Enero 1809 10 30 40
Febrero 1809 9
Marzo 1809 6 28 36
Abril 1809 6-6.5 28 36
Mayo 1809 7 28 36
Junio 1809 9 30 40
Diciembre 1809 9 24 49

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En cuanto a la dieta en las casas con menos recursos, Serrano la des-


cribe así: el pan suponía el 30% de la inversión realizada en alimentos
(lo que nos permite valorar la importancia de este alimento, como ya
hemos comentado anteriormente) acompañado de legumbres, tocino,
verduras, alguna cantidad de carne no a diario (tipo despojos) y algún
huevo. El consumo de pescado se limitaba a pequeñas cantidades de
bacalao o arenques en salazón o ahumado (a diferencia de las zonas
pesqueras que consumían sardina fresca, congrio o merluza), vino y
aguardiente. La cocina se reducía a un cocido, en el que la carne era re-
emplazada por tocino y algo de embutido (gracias a la frecuente cría de
cerdos en los hogares), platos en los que el pan era el protagonista (so-
pas de ajo o migas) o raciones de patatas cocidas.
Como se puede comprobar (salvo el equilibrio energético que no po-
demos asegurar, aunque sí suponer) encontramos alimentos de los seis
grupos referidos en la Dieta Equilibrada.
Y Gómez de Valenzuela refiere que la alimentación en tiempo de
guerra resulta un asunto complicado tanto para el personal civil como
militar, al no haber apenas producción, ni comercio ni tampoco recur-
sos financieros para adquirir aquello que cada vez resulta más caro por
su escasez. La base de la alimentación en la sociedad a comienzos del
siglo XIX, estaba compuesta por cereales, verduras, hortalizas, frutas, al-
guna legumbre, frutos secos, sal, carne (sobre todo de cordero), queso,
embutidos, huevos y algo de pescado, acompañados de vino, aceite de
oliva y azúcar (esto último no al alcance de cualquiera). Un ejemplo de
comida sería unos 230 gramos pan con 690 gramos de un potaje elabo-
rado a base de judías secas y nabos fundamentalmente, acompañadas
de arroz y zanahorias y condimentado con aceite, sal, ajos y pimientos.
Durante el primer sitio (entre junio y agosto de 1808) no hubo una
falta absoluta de alimentos, a pesar de experimentar un notable incre-
mento en el número de habitantes, pues según Casamayor solo el día
10 de junio entraron en la ciudad entre 9 y 10 mil hombres de la tierra
baja, probablemente por ser el primero y porque el cerco no fue com-
pleto ya que la orilla izquierda del río Ebro permitía comunicarse con
el Este de Aragón y el Bajo Aragón. Por esta vía, como documenta La-
foz, entraron en Zaragoza carros procedentes de las Cinco Villas y de la
Tierra Baja con trigo, harina, pan, arroz y tocino entre otros alimentos
(el 11 de agosto fueron 50 de las Cinco Villas y 150 del Bajo Aragón).
Tampoco hay que olvidar el carácter primario de la ciudad, rara era
la casa sin huerto y corral sin gallinas, por lo que tenía suficientes re-
cursos agrícolas y ganaderos. Según la propia Casa de Ganaderos de Za-

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ragoza, como recoge Gómez de Valenzuela, en junio de 1808 las caba-


ñas estaban integradas por 108.000 cabezas de ganado que se redujeron
a 8.000 dos años más tarde.
A pesar de todo hubo falta de pan y el alto precio de los productos
de primera necesidad fue un problema común a los dos sitios. Para evi-
tar la subida de precios, a finales de julio se publicó un bando (del in-
tendente Calvo de Rozas) para que los productos se vendiesen al pre-
cio del mes de junio, bajo pena de perderlos, y el 3 de agosto de 1808
se publicó otro bando que decía que sería castigado como traidor el que
se opusiera al registro y no manifestase el grano que poseyera.
Otro problema añadido fue el tema de los molinos, ya que no siem-
pre hubo suficientes, sobre todo cuando fueron destruidos los molinos
públicos del Camino de los Molinos lo que obligó a utilizar otros parti-
culares (sobre todo religiosos). Esto, como corrobora Lafoz nos hace
pensar que las dificultades para obtener pan suficiente eran de origen
diverso, como por ejemplo el temor a un posible desabastecimiento. El
propio Morell de Solanilla informaba a Palafox el 10 de junio, según re-
lata Lafoz que él mismo había salido a los hornos de Zaragoza, dando
orden de amasar abundantemente habiendo dejado surtidos al pueblo y
a la tropa, luego si esto fue posible era porque se disponía de suficien-
te grano y harina otra cosa es que ésta se transformara en pan.
Entre las medidas para paliar esta situación destaca la acción de los
conventos de la Orden de Predicadores, como recogen Rais y Navarro,
que abrieron sus graneros para los necesitados repartiendo todos los co-
mestibles que tenían, hecho éste que sirvió para que se extendiera esta
actitud entre el resto de la población, lo que sin duda pone de mani-
fiesto la existencia de alimentos. En concreto aportaron trigo, judías,
arroz, tocino, aceite, vino, hortalizas y legumbres e incluso para poder
elaborar pan construyeron una tahona que mantuvieron junto con hor-
no que elaboraba el pan de mayor calidad que se destinaba a los hos-
pitales. Los monjes de la Cartuja, según Lafoz, también aportaron para
consumo del ejército 4 carros de aceite y otros 4 de judías.
Casamayor recoge que el 13 de julio, aprovechando la retirada de las
tropas francesas, se introdujeron en la ciudad gallinas, cerdos, trigo, ju-
días, aceite y otros comestibles desde el Arrabal, Juslibol, San Juan de Mo-
zarrifar y de la Cartuja. Sin embargo unos días más tarde, 25 y 27 de ju-
lio, se hace patente la escasez de pan, y los días 30 y 31 se pone de
manifiesto la escasez de huevos y de carne (ésta se agota en el mercado
a primeras horas de la mañana) así como la falta de hortalizas (por el des-
trozo realizado en los campos por las tropas francesas).

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Durante los primeros días de agosto la mayor parte de los combatien-


tes apenas pudo tomar alimentos, debido a las escasas reservas de trigo
y harina que quedaban en los graneros, lo que obligó a que se amasara
un pan de peor calidad y a que la carne era muy escasa porque tan sólo
se mataban 80 carneros diarios (cuando se necesitaban cerca de 300).
Todo esto hasta que el 11 de agosto llegaron carros con provisiones y se
volvió a ver carnes en las tablas (aunque no todavía carnero fino).
A partir del 16 de agosto, una vez levantado el sitio se empezó a co-
mer mejor pan, según Lafoz.
En el segundo sitio (entre diciembre de 1808 y febrero de 1809) la si-
tuación experimentó variaciones con respecto al primero, ya que se partía
de una peor situación en cuanto a la disponibilidad de recursos, aunque
como veremos a continuación no podemos hablar de desabastecimiento
absoluto.
En primer lugar se experimentó un notable incremento de la pobla-
ción con la llegada de 35.000 hombres de tropa que llegaban a consu-
mir 600 carneros diarios.
De todas formas existen pruebas que confirman que la comida no fue
el principal problema del cerco. Según Latas en el otoño-invierno de 1808
se disponía de trigo, pan (que incluso se ordenó amasar en pueblos pró-
ximos) y tocino. El testimonio de prisioneros interrogados por los france-
ses recoge que «La distribución de pan, arroz y alubias se hace de forma
regular, no sufrimos más privaciones de las del pan blanco».
Como recoge Pérez Galdós:
El suministro de provisiones de boca se hacía por una junta encar-
gada de la administración militar; pero esta junta a pesar de su celo no
podía atendernos de un modo eficaz. Por nuestra fortuna y para honor
de aquel magnánimo pueblo, de todas las casas vecinas nos mandaban
diariamente lo mejor de sus provisiones y frecuentemente éramos visita-
dos por las mismas mujeres caritativas que desde la acción del 31 de di-
ciembre se habían encargado de cuidar en su propio domicilio a nues-
tros pobres heridos.
Los primeros días del segundo sitio recoge Casamayor el reparto de
raciones dobles de pan, queso, vino y aguardiente para pasar el 26 de di-
ciembre a dar orden, a todos los hornos, de amasar exclusivamente «pan
de munición» para todo el vecindario. Este pan, muy tosco y de escasa
elaboración, es el que se fabrica en grandes cantidades para repartirlo a
soldados y presos, fundamentalmente, y como se ve aquí, a toda la po-
blación en caso de guerra o necesidad. Era el pan que el Estado se com-
prometía a suministrar para la manutención de sus soldados por contra-

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to, a diferencia de lo que los soldados podían comprar de su bolsillo. Es-


ta denominación ya se utilizaba en la época de los tercios españoles, ha-
ciendo referencia a un pan que no era elaborado por los panaderos sino
por los artilleros de ahí la denominación de pan de munición.
Otro dato que apunta la existencia de reservas de alimentos en las
casas particulares fue el bando del ayuntamiento como transcribe Casa-
mayor y que concede licencia a todo vecino para matar carne, porque
con la del abasto público apenas llegaba para los enfermos.
En enero de 1809 la escasez de alimentos (no había ya ni carne pa-
ra los enfermos, lo que contribuyó, junto con el riguroso invierno, a una
elevada mortandad) y el incremento de la población dice Lafoz que se
necesitaban 31.860 raciones frente a las 25.000 necesarias en julio del
año anterior), provocó una subida de precios que Palafox intentó con-
trolar con varias providencias que ordenaban la presentación en la Lon-
ja de granos, legumbres, abadejo y comestibles, establecían molinos de
sangre, fijaron la distribución de pan que habría de ser de una única cla-
se para pobres y ricos. La escasez de carne, como recoge Madre, hacía
que ésta se reservara para los enfermos y aún así resultaba insuficiente
para los 6.000 enfermos del Hospital de Misericordia. El 16 de enero ya
no había carne ni para los enfermos, como recoge Lafoz y la escasez de
alimentos disparó los precios nuevamente.
Como documenta Casamayor a partir de 21 de enero ya no se dis-
puso de carnero y se seguía manteniendo el pan de munición. Para el
7 de febrero apenas quedaban gallinas para los enfermos y la situación
fue tan precaria que el 14 de febrero hubo que poner guardia en los
hornos.
Los defensores como recoge Pérez Galdós, se podían mantener con
dos pedazos de pan acompañados de un par de mordiscos de cecina
durante un día o podían disfrutar de las provisiones que les traían los
paisanos (que voluntariamente renunciaban a ellas) como tortas, jamón,
aves asadas, conservas, vino, orejones y otras confituras. Por otra parte
el elevado número de tropa que había dentro de la ciudad hizo que pa-
ra el 22-24 de enero se considerara reducir la ración a la mitad. Esta si-
tuación llevó a un nuevo mandato: que todo el mundo declarara lo que
tuviera, algo que si bien en ciertos casos no sirvió de mucho, si generó
un movimiento de solidaridad por parte de vecinos que pusieron sus
pertenencias a disposición de la junta, como D. Juan Gallart que puso
a su disposición algunas arrobas de embutidos y D. Pedro Pizcueta, el
tendero de la calle de las Moscas, que entregó generosamente sesenta
sacos de lana y toda la harina y la sal de sus almacenes.

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También se utilizó la comida como estímulo para las tropas y cuen-


ta Casamayor que el propio Palafox ordenó preparar abundantes ran-
chos en su casa para distribuir por las baterías.
Para el 18 de febrero, fecha en la que cayó el Arrabal, el convento
de San Lázaro y saltó por los aires la Universidad, Zaragoza, según las
crónicas, había agotado todos los víveres salvo el agua de arroz, pero si
damos fe a la información de los propios sitiadores, Fijalkowski dice
que todavía quedaban reservas de cereales para seis meses, así como
reservas de vino, panceta, arroz y garbanzos.
El 21 de febrero de 1809, Lafoz refiere que cuando entran en Zara-
goza las tropas francesas encuentran hambre, destrucción, miseria y más
de 6.000 cadáveres, termina un tipo de penuria y comienza otra.
En cuanto al ejercito sitiador, como recoge González se guiaba por
la máxima de Napoleón «La guerra debe vivir de la guerra» lo que im-
plicaba que su abastecimiento se debía realizar en el lugar donde se en-
contraba, es decir se puso en marcha la política de requisición, en la
que cambiaban raciones de alimentos por vales, y que acababa en prác-
ticas de merodeo y expoliación. Como muestra, en sus cantinas dispo-
nían de queso, jamón, azúcar y vino.
No obstante según el oficial Roy (Gómez de Valenzuela 7) lo habi-
tual era que el rancho fuera la comida ordinaria del soldado en campa-
ña, estando compuesto de hojas de col y lechuga, patatas cortadas en
cuatro sin lavar ni pelar y algunos puñados de garbanzos, todo hervido
en un caldero lleno de agua, sazonado con sal y pimentón.
Y después de los Sitios ¿qué? Poco cambian las cosas. Los primeros
días dice Casamayor que se sigue viviendo escasez de alimentos lo que
hace que las tropas francesas intenten sacar el máximo beneficio posi-
ble con la venta del poco pan blanco disponible. El 27 de febrero la Jun-
ta Suprema de Gobierno publica un bando, con la intención de norma-
lizar el funcionamiento de la ciudad, que en su primer punto dice: «Que
todos los que tengan verduras y otros comestibles que vender lo ejecu-
ten en las plazas y puestos acostumbrados, pues nadie les pondrá im-
pedimento alguno».
Llama la atención que sólo diez días después de la capitulación, el
mariscal Lannes entrase en Zaragoza con toda solemnidad, con volteo
general de campanas, recepción de las autoridades que quedaban y Te
Deum en el Pilar con el obispo auxiliar y el Cabildo al frente, y tras el
acto religioso, alojado el mariscal en el palacio arzobispal, ofreciera un
banquete para cuatrocientos invitados (no parece concordar con las jor-
nadas de «guerra y cuchillo» que se habían vivido los últimos meses).

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Los primeros días de marzo se empezó a vender pan blanco, tocino


y tocino magro, carnero y hortalizas y poco a poco el resto de comes-
tibles.
En abril fue mejorando la disponibilidad de comestibles y se empe-
zaron a vender más hortalizas y corderos.
El 10 de mayo se tiene constancia, como cuenta Casamayor, de una
gran fiesta con helados y a partir del 13 de mayo, se garantiza la segu-
ridad de los labradores en sus campos, lo que permite empezar a me-
jorar el abastecimiento de la ciudad, aunque los precios son muy ele-
vados. A partir de julio y agosto se empezó a disponer de abundantes
hortalizas y frutas, aunque todavía a precios caros.
Los primeros años que siguieron a los sitios se mantuvo la penuria
de abastecimientos, derivada de la escasez de la producción, del enca-
recimiento del transporte y, en definitiva, de la incapacidad de acceder
a su consumo los sectores menos favorecidos de la población que pa-
decieron de forma muy viva la falta de alimentos. No podemos olvidar
que la guerra continuaba en España (y en el propio territorio aragonés)
y que la administración francesa exprimía a los zaragozanos lo poco que
les quedaba cuando, sobre una contribución ordinaria de tres millones
de reales mensuales, tenía que proceder al alojamiento de soldados
franceses en tránsito hacia sus destinos de campaña, así como procurar
los muebles y enseres necesarios, incluso alhajas, cuberterías de plata y
ropas, para acomodar los espacios ocupados por la oficialidad.
Mientras tanto los franceses, según Gómez de Valenzuela, cobraban
sus impuestos en cabezas de ganado (sobre todo ovino) con lo que
conseguían un alimento fácilmente transportable, que se conservaba en
buenas condiciones, mientras el animal estaba vivo, y además facilitaba
abrigo con su piel. Este sistema de impuestos generó una situación cu-
riosa entre los ganaderos, las tropas francesas y los guerrilleros, que ca-
sualmente llevaban a cabo sus acciones de hostigamiento cuando los
franceses recogían sus impuestos.
A pesar de que el año 1812 había sido excepcionalmente benéfico
por las óptimas cosechas agrícolas, el estado de la economía municipal
era lastimoso, agobiada por las continuas exigencias de los franceses.
Este año, cuenta Nogués, que se generó una importante deflación en la
economía como consecuencia de la Guerra de la Independencia.
El 11 de julio de 1813 un nuevo ayuntamiento, presidido interina-
mente por Rafael Franco, iniciaba una nueva etapa en la historia de la
ciudad.

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CONCLUSIONES

En primer lugar hay que tener en cuenta que la ciudad prácticamen-


te duplicó el número de habitantes, en un momento en que la situación
económica no era excesivamente boyante, por otra parte la propia si-
tuación de guerra, con la destrucción de casas provocó un desplaza-
miento de población que de pronto se encontraba sin nada. Por todo
esto es muy difícil que durante los sitios existiera una dieta uniforme pa-
ra toda la población.
Durante el primer sitio la disponibilidad de alimentos fue mayor lo
que permitió que no todo el mundo pasara hambre. Entre otros moti-
vos esto se debió a que el sitio no fue completo y por ello se pudo in-
troducir alimentos en la ciudad sitiada.
En cuanto al aporte energético las referencias apuntan a la existencia
de alimentos, probablemente no muy variados, pero sí suficientes para
aportar la energía necesaria. Otra cosa sería afirmar que la dieta fue equi-
librada, ya que lo limitado de los víveres lo hacía poco menos que im-
posible, no obstante puesto que el periodo de tiempo no fue muy pro-
longado, probablemente las consecuencias no resultaran irreversibles.
En el segundo sitio la situación de partida era más penosa, a pesar
de las bajas sufridas en el primer sitio, la llegada de tropas mantuvo un
elevado número de personas en el interior de la ciudad y esta vez si que
se completó el sitio de forma eficaz, para los sitiadores.
A pesar de todo esto se contó con alimentos suficientes como para
realizar un aporte energético suficiente, probablemente no de una for-
ma equilibrada y continuada como sería de desear.
No obstante la falta de alimentos no fue el principal de los proble-
mas. La falta de calidad en el agua de boca, que se encontraba conta-
minada, si supuso un factor determinante en la epidemia de peste que
agravó la situación en la ciudad de Zaragoza.
En cuanto al ejército sitiador, probablemente con menos penurias
que los sitiados, tampoco tuvo una dieta muy equilibrada.

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA Y RECOMENDADA

ANES, G., Las crisis agrarias en la España Moderna, Taurus, Madrid, 1970.
CASAMAYOR, F., Años Políticos e Históricos de las cosas más particulares ocurridas
en la Imperial, Augusta y Siempre Heroica Ciudad de Zaragoza 1808-1809,
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