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Moho Negro-Final

El narrador, un nutricionista recién graduado, se muda a un pequeño pueblo en la sierra peruana en busca de oportunidades laborales, pero se enfrenta a fenómenos extraños y una epidemia relacionada con un moho desconocido. A medida que la situación empeora, los habitantes del pueblo comienzan a mostrar comportamientos irracionales y grotescos, lo que lleva al narrador a sentir un profundo temor y asco. Finalmente, tras presenciar rituales perturbadores y el deterioro de la salud de los pobladores, decide abandonar el lugar.

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Moho Negro-Final

El narrador, un nutricionista recién graduado, se muda a un pequeño pueblo en la sierra peruana en busca de oportunidades laborales, pero se enfrenta a fenómenos extraños y una epidemia relacionada con un moho desconocido. A medida que la situación empeora, los habitantes del pueblo comienzan a mostrar comportamientos irracionales y grotescos, lo que lleva al narrador a sentir un profundo temor y asco. Finalmente, tras presenciar rituales perturbadores y el deterioro de la salud de los pobladores, decide abandonar el lugar.

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Moho Negro

Estoy consciente que me llamarán loco por lo que contaré, paso los días evitando pensar en lo
que mi mente posiblemente creó o en lo que es verdad.

Y, ¿Qué es verdad para ti? Te escribo humildemente por ser mi amiga, y espero esta carta
llegue a tus manos antes que a cualquiera de esos idiotas que se hacen llamar nuestros amigos.

Al irme de la capital, pensé en encontrar muchas oportunidades, pues aquí la gente quiere
personas con conocimiento “profesional” ¿recuerdas la carta que te envié en Marzo?

Permíteme ilustrarte si no es así, la carta hacia recordar que mi cumpleaños estaba cerca, pero
no te di la fecha porque pensé que la recordarías, el 21 de marzo cumplí años y no me llegó ni
una felicitación y ni una carta con tu firma.

Supongo que estas ocupada con todos tus asuntos académicos y comprendo, pareceré un niño
que se queja de todo y quizás hasta me llames engreído, pero esperaré tus felicitaciones como
es debido, pero esta presente carta no es para hablarte de mis caprichos.

Corro el riesgo de que cortes todo contacto conmigo, pues podrías pensar que requiero
tratamiento psicológico, si crees o no lo que leerás a continuación dependerá de tu criterio
hacia lo que es posiblemente explicable y lo que es absolutamente inenarrable.

Al irme de Lima no pude despedirme de ti como era debido, te envié una carta y al parecer si
llego a tus manos, pues tu respuesta llegó al cabo de unas semanas. El viaje fue peor de lo que
esperaba, me mareé en las alturas de Grau ( Distrito de Apurímac), el aire fresco que existe
entre aquellas cadenas montañosas repletas de musgos es dañino para las personas de ciudad.

No podía ni tomar agua sin vomitarle a los cuatro minutos de consumirla, me sentía a morir y
no tenía a nadie para que me ayudase en el bus interprovincial. Como deseé que estuvieras a
mi lado, estoy seguro que me hubieses atendido como la buena amiga que eres.

Pase una noche intentando recuperar mi estabilidad estomacal en un hotel en Abancay, uno
de esos que parecen de la época colonial, la dueña decía que por las noches una dama con un
velo blanco y una vela entre manos asustaba a aquella persona osada que se atreviera a
caminar por el recinto una vez apagadas las luces, no se tu pero me pareció un cuento para
que los inquilinos no molestasen a la casera de noche, así ella gozaría de un buen sueño
mientras los inquilinos aguantaban sus quejas ( como la falta de agua en las noches).

Abancay se parece mucho a Lima, hay de todo, desde restaurantes con comida de la costa
hasta centro comerciales con ropa que por cierto está más barata que allá; otra vez comienzo
a divagar pensando en lo agradable de mi viaje, pero otra vez reitero que no es de eso de lo
que quiero hablarte.

Cuando me repuse, al siguiente día organicé mis cosas y tomé un taxi hasta la estación central
de micros. Apurímac no es como Lima si hablamos de movilizarnos, verás; viajar de un distrito
a otro demora muchas horas, porque todo el relieve de la región es puro valle, así que los
autos tienen que subir y bajar cerros enteros para llegar al distrito más cercano.
Tenía que llegar a la provincia de Grau, distrito de Tambo, ya tenía la ruta planeada.

Desde Abancay hasta Chuquibambilla existen otros pequeños poblados todos con gente muy
amable, quizás las personas que vivimos en la ciudad deberíamos llevarnos de ellos.
Chuquibambilla es el punto medio de mi travesía, pasé allí unos días antes de embarcarme a
Tambo, basta con decirte que dormí en un pequeño vehículo por ausencia de hoteles en la
zona.

Soy nutricionista recién graduado como ya sabes, y en Lima no vi oportunidades que me


emocionasen, por ello cuando en mi cátedra algunos amigos y excompañeros me comentaron
que podría conseguir empleo en un pequeño pueblo de la sierra no lo dudé.

Quizá mi hambre de aventura y mi curiosidad me guiaban a un lugar que desconocía por


completo.

Hilario, un hombre de nativo Tambo fue quien me acompaño desde Chuquibambilla hasta su
hogar, fue mandado por el ministerio de salud para que se reúna conmigo y me guíe.

Partimos en un pequeño taxi, algo oxidado pero que aún conservaba la velocidad de sus días
de gloria, demoramos seis horas en total. Llegamos a un pueblo llamado Pacaiyura, que estaba
en la base de un hermoso valle cuyo nombre se me va de la mente ahora mismo.

Ni bien nos establecimos, Hilario ya tenía preparadas unas mulas para subir mis equipajes, que
por cierto eran ropas y mis utensilios para laborar. Había oído que un buen equipo de
laboratorio me esperaba en la pequeña posta de Tambo, así que mi plan era entretenerme
observando muestras de lo que encuentre. Según tengo entendido el trabajo es poco por que
los pobladores no suelen hacerse chequeos, no más que uno al año.

Muestras de que, preguntarás, quería aumentar mis pocos conocimientos de botánica en mi


tiempo libre. Muchas de las plantas medicinales desconocida esperan ser estudiadas en estas
partes rurales ¿sabes?

Mi primer día de trabajo fue de lo más apacible, solo una anciana vino a verme, y ni siquiera
fue una consulta en si, solo vino a saludarme y a mostrarme las cosas que sembraban.

Al parecer la anciana no tenía reparos en hacerme saber que rebosaba de conocimientos de


sobra respecto a las facultades alimenticias de las cosas que crecen en Tambo. Lo tome a
modo de broma, pues cada vez que hablaba parecía querer decirme que no me necesitaban. Al
menos eso percibía yo.

El segundo día fue un poco mas activo, el amanecer es hermoso en Tambo, podrías querer
mirar como el sol se asoma en las montañas mas lejanas, llenas de gélida nieve, tan solo ver
aquel cuadro te deja en una catarsis de lo verdaderamente hermoso en este mundo.

Hilario vino a saludar en la mañana de ese día, y me trajo un poco de “papa silvestre” que allá
la conocen como “Aracca”. Pasada las 12 pm el pequeño consultorio tenía en la puerta a varias
madres con sus hijos para hacerles respectivos chequeos. Según los resultados que salieran,
recibirían apoyo del gobierno con suplementos alimenticios.

Trabajé hasta las 6 pm, pues allá la corriente eléctrica no existe, es una zona muy rural, en la
noche se iluminan con mecheros, y el crepúsculo significa que las actividades diarias deben de
cesar.
Se me olvidó contarte que dormía en casa de un vecino, se llamaba Augusto, al parecer era
familiar lejano de Hilario y al momento de llegar ya tenía una pequeña habitación preparada
para mí. Bueno solo había una cocina de adobe de esas que necesitan leña para ser útil, y una
cama, hecha de piel de corderos, las frazadas para pasar la noche las traje yo en mi equipaje.

Aquellos días iniciales fueron de los mas tranquilos que he vivido en mi vida, quien pensaría en
que las cosas se pondrían tan repugnantes…

Existen lugares pantanosos en las alturas, no soy geólogo, pero deduzco que anteriormente
eran lagos o manantiales, digo en una época en la que ni siquiera nuestros bisabuelos existían,
las personas de allá les tienen mucho respeto a estas fosas lodosas, cerca de estas crecen todo
tipo de hongos, incluso de los que comemos allá en la ciudad.

Cierta vez trajeron a la pequeña posta a un hombre que dijo haber encontrado una piedra con
grabados extraños en ella, era circular, lisa y perfecta, imposible que la naturaleza la hubiese
formado así. El hombre se mantuvo consiente, recurrió al consultorio por que se sentía mal,
mareos y un asco a cierta cosa que las personas ahí no podíamos sentir. Al ser poco personal,
yo tuve que hacer de médico de cabecera pues la enfermera que atendía casos leves salió por
sus propias urgencias.

El hombre tenía un aspecto horrible, y su rostro parecía percibir algo que nosotros no, costó
mucho sacarle la piedra tallada de entre sus dedos, y costo aún mas preguntarle que le había
ocurrido.

Pues, él conto que estaba pasteando sus animales como de costumbre cuando escuchó una
voz junto con el soplido del viento. Eran silbidos salidos desde el centro de la misma tierra, o
eso fue lo que dijo aquel hombre al borde del desmayo.

Luego sintió un olor, semejante a la carne descompuesta, un poco mas ácida según el mismo
relata, y fue tanto su asco que intento meter su cabeza en alguna fosa, no sabiendo a donde
recurrir por que generalmente en altura no existen riachuelos, encontró humedad en uno de
esos manantiales, por un momento lo dudó, pero metió sus manos en el lodazal, tomó un poco
de ese barro y se tapó la nariz en un intento de hacer una especie de filtro de tierra. Después
de aquello perdió el conocimiento, y lo que se acuerda es que sus amigos lo traían para la
posta, pero a la par se dio cuenta de que tenía aquella piedra con jeroglíficos raros firmemente
agarrada.

Le hice los exámenes generales, pero al parecer mas que un simple mareo, no pude
encontrarle otra cosa, le receté alguna hiervas y que reposara y me quedé con aquella piedra
extraña.

En las siguientes semanas estudié aquella reliquia con mucha esperanza de que fuera algún
vestigio enigmático de alguna cultura antigua, ya que tales grabados jamás los había visto, ni
en la universidad ni en algún museo local.

Pero, no pude encontrar nada, ni escribiendo a colegas de la facultad de arqueología, que por
cierto se mostraron intrigados por el hallazgo. Se había vuelto habitual verme con la piedra en
mi tiempo libre, pero de algo si me di cuenta, que los pobladores por sus supersticiones le
tenían una especie de pavor.
Compañera, he llegado al punto y motivo central pues todo lo que ya he contado ya te lo
escribí en alguna ocasión tiempo atrás, estoy en un hospital de Abancay como bien sabes, y de
ahí escribo esto.

Cuando ya tenía un mes de estar en Tambo, hubo una pequeña epidemia de gripa, yo por
supuesto le dije a la población que tipo de dieta deben llevar para evitar estas plagas, como es
lógico los que se tomaron enserio mis tratamientos mejoraron.

La pequeña piedra con grabados extraño la tenía siempre en mi consultorio, creo que fue un
lunes, un lunes después de semana santa, la piedra que servía de adorno la encontré partida a
la mitad, era un corte perfecto y ¿sabes que fue lo peor? Pareciese que el corte fue hecho de
dentro hacia fuera.

Lo primero que pensé al momento es que no era una piedra, si no algún instrumento
ornamental que fue hecho de tal manera y sellado cuidadosamente y quizás al estar expuesto
al aire frio y sin humedad se abrió. Y si te das cuenta aún así es muy rebuscada mi respuesta.

Dentro del misterioso objeto parecía haber una cavidad de media pulgada de grosor, y es
como si hubiese tenido algo adentro, aunque en aquellos momentos solo eran especulaciones.

Después de este incidente, guardé en una caja aquella piedra partida, y por algún motivo que
yo mismo desconocía sentí un mal presagio, es como cuando se rompe un objeto en casa y
sabes que definitivamente algo malo pasará.

Fue un día jueves, si… Hilario trajo de urgencia a su hijo, quien por cierto de vez en cuando
solía venir a hacerme preguntas acerca de cómo era la ciudad, yo a veces prefería hablar con el
pequeño que hacer mis investigaciones, pues aquel chiquillo tenía un hambre de conocimiento
similar al de nosotros en nuestra juventud.

El niño estaba pálido, y en la piel le habían salido unas manchas, más bien unas verrugas, un
poco verdosas, a la vez que grisáceas. Hilario pensó que se trataba de una infección cutánea
pero el niño no respondió a tratamientos naturales.

Yo siendo nutricionista como tal solo le recomendé llevarlo a Progreso donde había un hospital
con equipos médicos que sí podrían atender las necesidades del infante.

Hilario solo pudo escucharme y prometió llevarlo el sábado, después de aquel día recibí una
carta de Hilario diciendo que su hijo estaba en emergencias y que se quedaría en Progreso
hasta que mejorara. Opté por orar, no soy muy religioso, pero ver a aquel niño tan débil me
conmovió.

Pasaron cuatro días, mientras esperaba noticias de Jaime, y de Hilario su padre; más gente con
el mismo tipo de infección del niño acudieron a la posta. Ni siquiera el médico general sabía
que decirles.

Por supuesto extraje muestras de aquellas grotescas verrugas, y acá fue lo interesante, al
parecer por afuera el color verdoso era un moho, similar a los que se apegan a la carne
descompuesta. Lo curioso es que generalmente el organismo tiene las defensas suficientes
para evitar que esta especie de hongo prolifere en nuestra piel, pero este moho pasaba
desapercibido por nuestro organismo. Es como si nuestras defensas no notaran su existencia, y
hasta me atrevería a decir que apoyan su crecimiento otorgándole la humedad necesaria.
La verdad fue fascinante, perdona mi frialdad, pero era algo que no había visto nunca, ni
siquiera en aquellos experimentos de naturaleza micro-orgánica que solía hacer en la facultad.

Cuanto mas quería estudiar el curioso moho, menos tiempo tenía, y el colmo fue cuando recibí
una nota del ministerio, pidiéndome que me acercase a su local en Abancay, para un reporte
de rutina.

Me tomó cuatro días ir y regresar desde Abancay, por supuesto entenderás que no di aviso
acerca de lo que estaba sucediendo en Tambo, pues a mi criterio yo mismo quería estudiar
más a fondo aquella plaga, no es por egoísmo, si no por mis propias metas científicas, estoy
seguro que tu más que nadie me hubieses entendido.

El día de mi regreso a Tambo fue extraño. Primero porque los pobladores, celebraban una
especie de fiesta, alrededor de un gran árbol, desde que llegué a las calles de aquel pueblito no
distinguí a nadie caminando, solo a una gran cantidad de personas rodeado al árbol que se
podían observar a gran distancia.

Por curiosidad, decidí observar con mis propios ojos lo que ocurría, fue desde ahí cuando todo
empezó a tornarse oscuro.

Las personas cantaban cosas, cosas que ni yo mismo entendía entre instrumentos
manufacturados, al medio de ellos y al costado del gran árbol yacían varios cuerpos de cabras
abiertos desde la mitad, con vísceras que fueron sacadas por varias manos, podría describir
aquella escena como una pintura grotesca, donde las personas danzaban alrededor de un
árbol regado con la sangre de animales.

Cuando creí que aquello era repugnante, mi sorpresa y nauseas llegaron al extremo al ver que
las personas se turnaban, mientras en sus cuatro extremidades se acercaban y metían su
cabeza entre los cuerpos abiertos de los ovinos, tanteaban con la boca y arrancaban lo que
pudieran con la dentadura. Algunos se tragaban lo que obtuvieran, otros lo escupían y se
lambían sus propios labios. Con los rostros manchado de sangre y mis ojos detenidos en
aquellas horribles facciones me di cuenta que toda la gente tenía aquellas manchas verdo-
grises de aquel moho.

Tanto asco generó en mi tal escena que fui a unos matorrales cerca y tuve que vomitar, ya
cuando me tranquilicé un poco decidí volver a la posta, tomar mis cosas e irme si es posible
cuanto antes fuera de Tambo.

Augusto, que creo me vio desde algún lugar mientras observaba aquel obsceno espectáculo,
me dió alcance en mi oficina. Contó que las cosas empeoraron cuando yo me fui, al parecer
aquel moho afectaba también al cerebro cuando la infección maduraba un poco, aunque esto
solo era una teoría, el comportamiento de la gente se volvió tan irracional que los compañeros
que estaban de guardia en la posta huyeron, infortunadamente yo no sabía nada de esto por
que estuve fuera.

Aquí yo me arrepentí de no haber informado la situación de Tambo al ministerio. Pero… ¿cómo


iba a saber que sería tan grave, como iba a saber que en tres días la gente llegaría a hacer
cosas tan repugnantes? No creo que tú me cuestiones por mi curiosidad científica amiga mía.

La gente empezó a comportarse raro desde el segundo día de mi ausencia, Augusto dijo que
los adultos empezaron a caminar en sus cuatro extremidades mientras hacían sonidos
extraños y las parte de ellos cantaban como si estuviesen gritando. Augusto era soltero y no
tenía hijos, según él no tenía de quien preocuparse por ello se quedó hasta que yo llegase para
explicarme lo que había pasado.

El segundo día, un día antes de que yo llegara las personas reunieron ganado y empezaron a
sacrificarlo en un campo vacío. El árbol al cual le riegan con sangre al parecer era un pequeño
brote hace dos días, y durante todo el tiempo hasta mi llegada le regaban con sangre de
ganado. Augusto dijo que solo podía quedarse observando mientras todo el mundo enloquecía,
las personas que estaban en aquel circulo de horror no habían dormido desde el segundo día,
desde que el árbol era solo un brote.

No sabiendo si creer todo esto, solo opté por recoger mis cosas y largarme de una vez.
Entonces recordé que tenía guardado aquella piedra con grabados extraordinarios en mi cajón,
al buscarla observé que en una de las mitades tenía en su cavidad una especie de semilla, pero
la otra mitad estaba vacía.

En mi cabeza imaginé algo que no me hizo gracia. El hijo de Hilario, ¿acaso el teniendo
conocimiento y mi confianza había sacado la otra semilla y la había plantado? Y de ser así,
como el sabría que estaban ahí las semillas si yo lo ignoraba, ya que cuando guardé ambas
mitades de la piedra estas estaban vacías.

Hilario, no había vuelto, así que desde que se fue a progreso no sabíamos nada de él ni de su
hijo Jaime. Tome las piedras y las guarde en un pequeño equipaje preparado para salir lo más
pronto posible.

La gente seguía en su círculo de cánticos inentendibles y sus sacrificios hacia el árbol, a veces
sea por mi imaginación o por el miedo que sentía lograba distinguir una voz proveniente de el.

Augusto decidió acompañarme y servir de testigo, pues lo que estaba sucediendo aquí era
difícilmente digerible. Probablemente lo asociarían con locura colectiva. Enviarían un equipo
capacitado y todo se arreglaría, pero algo dentro de mí me decía que no era tan simple.

Decidimos subir hasta Chuchaujasa, es un pueblo en lo más alto del valle de Tambo.
Pasaríamos la tarde y noche ahí para luego salir para Progreso y al final llegar a Abancay.
Después de una caminata cuesta arriba de casi dos horas llegamos, alegrándonos de alejarnos
de tanta demencia encarnada. Pero el miedo volvió cuando nos percatamos de que los
cánticos sin sentido a nuestros oíos llegaban hasta esa altura y hacían eco en todo el valle.

Los pobladores de Chuchaujasa con miedo se ocultaban en sus casas, solo uno al que
vulgarmente le decían “Indio” se dignó a dirigirse a nosotros.

Indio fue amable con nosotros, y algo de lo que me di cuenta desde el inicio es que no tenía
miedo como los demás pobladores.

-Al parecer, estoy seguro que tú sabes que sucede, porque en tu mirada no veo el
miedo, no como en los ojos de los que son tus vecinos- Le dije en un tono algo desafiante.

-Les invito a mi humilde hogar, no se más de lo que ustedes saben, pero puedo darles
una explicación mas entendible si es que lo desean.

Augusto solo hizo un gesto para seguir a Indio, entonces yo también lo seguí.

Su casa hecha de adobes, como cualquier casa por la zona tenía una cocina rural, hecha de
adobe y barro que ya tenía fuego, para cubrirnos un poco del frío.
-Mi familia siempre ha sido más aislada de todos los que viven aquí, y por ello varias
historias han pasado de generación en generación sin ser muy manipuladas. Hoy es el día que
esperé toda mi vida…

Indio se detuvo observando el fuego, casi un minuto de silencio mientras yo y Augusto nos
intercambiábamos miradas de extrañeza, luego él prosiguió:

-La madre del vacío, del abismo y de la lepra repugnante, tuvo muchos vástagos en una
época en la que la vida como tal no existía en esta dimensión, o realidad. Una de estas fue
traída con brujería ajena a las que conocemos hoy en día, el vástago dormido, la semilla
grotesca fue arranchado del donde solía morar, y fue adorado por personas que recién
aprendían lo que estaba bien o mal. La tierra entró en una época oscura, debido a que tal
aberrante presencia pudría desde el núcleo este planeta, y los que lo invocaron optaron por
dividir su fuerza para que el planeta no sintiera el daño de cargar con semejante creatura.

Yo un poco asustado, interrumpí:

-Oiga…si es algo para hacer que huyamos, no lo conseguirá.

Miré a Augusto pero el parecía tener la misma impresión que yo, entonces Indio continuó:

-Fue dividido el vástago en diez partes y encerrados en capsulas rocosas, algunas yacen
al fondo de los mares y otras pasaron de mano en mano, pues solo el hecho de poseerlas daba
poder. Él quiere reunirse con su madre, incluso si su voluntad es dividida, unirá este mundo
con el suyo, entonces será el fin de todo.

Indio se detuvo, nos vio, al percatarse de que estábamos asustados hablo mas tranquilamente.

-Mi abuela me dijo, que nuestra familia debía impedir que el “Vástago” fuera plantado,
así como yo en varias partes del mundo, existen otras familias que deben cumplir el mismo
papel. Hace años, mi familia una de las piedras- Sacó del bolsillo una piedra con jeroglíficos
similares a las que yo tenía.

-¿Acaso me dice usted que dentro de estas piedras están las partes de ese “Vástago”?- le
interrumpí y pregunté.

Augusto no sabía que decir, pues lo que había escuchado de Indio jamás lo había escuchado de
otra persona, ni siquiera de los ancianos.

-Pensé que encontrar dos piedras en un mismo lugar era casi imposible, pero veo que no.

Yo al borde de los nervios, no sabía si creer en todo lo que escuché, parecía un cuento creado
solo para no dejarnos dormir, pero Indio se veía como una persona confiable, aparte de
solitario y huraño.

-No los puedo dejar irse- Nos dijo Indio sin apartar la vista al fuego- Pues aparte que no
se si están infectados por el moho, necesito que me ayuden.

-¡Ayudarte como!- me sobresalté- ¿Quieres que bajemos otra vez?

Indio explicó que debíamos eliminar el primer brote, el árbol que tanto adoraban a canticos
blasfemos debíamos hacerlo arder. Yo tenía miedo, pero también culpa. Pues el que conservo
la piedra fui yo.

-¿Cómo sabes que quemando el árbol todo se acabará?- pregunte temeroso.


Indio me vió con ojos de ambigua esperanza y dijo:

-El “Vástago” fue hecho semilla, para que el fuego la desterrara, si antes no queme la
piedra es porque hasta yo tenía mis dudas acerca de todo esto. Pero oír esos terribles cánticos
me han demostrado que por algo algunas cosas pasan desde nuestros antepasados a nosotros.

Entonces Indio hecho la piedra adornada al fuego, en un principio no ocurrió nada más que el
sonido de algo calentándose. Pasaron unos tres minutos y un viento de afuera penetró en la
casa de adobe, un viento helado, las llamas comenzaron a tambalear y por un momento creí
que se apagarían, la piedra chamuscada se abrió en dos partes tal y como la que yo tenía. Dos
objetos que parecían semillas a cierta distancia pero que de cerca eran como unos gusanos
gordos empezaron a retorcerse. Un grito desgarrador he inhumano se escuchó a lo largo del
valle, no podría describirlo, era una combinación entre el viento, animal y un ruido exclusivo
de esos confines del universo donde la nada es el todo absoluto.

-He quemado esta antes de que tuviera oportunidad de germinar, así que ahora debemos
quemar aquel árbol que adoran los pobres pobladores de Tambo, están bajo el control del
moho cuyas esporas se esparcen desde el - entonces nos miró con algo de compasión y
agregó- Serán más hostiles ahora, pues saben lo que hemos hecho. Cojan armamento de mi
pequeño establo, un poco de querosene y yo traeré otras cosas.

Yo, no sabía lo que iba a suceder, el solo recuerdo de aquella monstruosa orgía hacía que mi
corazón latiera a ritmos que nunca había experimentado antes. Pero algo en mi nació en ese
instante. El sentido del deber humano y mi respeto hacia esta vida me llenaron de un coraje
que no hubiese sentido en alguna otra ocasión.

Augusto aun perplejo por todo lo que sucedía decidió acompañarnos, creo que en parte se
animó al ver que yo estaba decidido.

El camino de regreso de Chuchaujasa a Tambo es leve comparado con la subida, de lo único


que hay que cuidarse es de algunas espinas en algunos descarpados, aunque en esta ocasión
había que cuidarse de cualquiera con quien nos topáramos pues casi todo Tambo estaba
infectado.

Mientras avanzaban las horas con la caminata, armado con picas y algunos palos, mis dos
compañeros y yo observábamos un bello atardecer, pues a pesar de la situación el ambiente
parecía apacible.

Fuimos despertados de la calma por el sonido de instrumentos como el “pito“(flauta


manufacturada de huesos) y algunos tambores hecho de pieles. Estábamos muy cerca de aquel
horror inhumano y decadencia mental en que las personas estaban.

A las entradas de Tambo, el aire se gelidizó pues hasta sentía que las gotas de sudor en mi
frente se cristalizaban. La bulla de inframundo cesó de golpe y no hicimos más que mirarnos
unos a otros. Un miedo me recorrió por todo el cuerpo, y entré en estado crítico al ver que
absolutamente nadie estaba rodeado aquel árbol lúgubre.

-¿A donde han ido? –susurré preguntado esperando alguna respuesta de mis compañeros.

Indio se acercó lento al borde del campo en el cual el árbol de los horrores descansaba, la vista
desde allí solo era un enorme maizal. Augusto se quedó conmigo observándolo, y a la vez
ambos estábamos alerta por si observábamos algo que nos sobresaltara.
-¡Tenemos que hacerlo ahora!- Grito Indio, con una voz lo suficientemente audible y no
tan alta.

Inmediatamente vaciamos todo el querosene desde la base hasta donde se acabase en el tallo
tomamos los cerillos y sin pensarlo le hicimos arder.

Dos segundos después de que el fuego comenzara a expandirse varios rugidos comparables
entres animales y humanos se oyeron de todas direcciones. Norte, sur, este y oeste traían
música infernal.

-Ellos intentarán apagarlo, debemos detenerlos! - exclamó Indio como si fuese un


general de batalla. Yo le respondí preguntándole la razón de por qué no huir.

-Antes no podía asegurar que estuviesen contagiados, pero ahora al estar tan cerca del
árbol estoy seguro que llevan esporas. Mientras estén consiente de sus acciones por favor
defiendan aquel fuego por el bien de todos. Si el árbol llegase a desarrollarse por completo
estoy seguro que lo primero que haría sería llamar a su madre, y a ella si no tenemos como
pararla.

La verdad, me sentí un poco idiota, quizás Indio planeo todo esto, para asegura a tener a dos
defensores más. Pero quien podría culparlo, en aquel momento enfoqué mi ira en el
enfrentamiento que se avecinaba,

Morir o no, en aquellos momentos perdí el miedo a la muerte. En sus cuatro extremidades
como bestias en busca de comida llegaron los pobladores cuyas pieles estaban repletas de
manchas verde-grises, Indio los recibía entre algunas patadas, que a pesar de su edad les hacía
rodar cuando las atinaba.

Augusto saco una onda, de esas que giran, cogían cuantas piedras podía e intentaba
impactarles en la cabeza. Yo por mi parte nunca fui un buen luchador, solo con el pequeño
fierro que cogí en el establo de Indio daba golpes a cuanto aquel que se acercara a mi.

Me pregunto que otro nutricionista y aficionado a la biología ha pasado por la misma


experiencia que yo. La gente no paraba de venir y el fuego avanzaba entre gemidos sangre y
las sustancias asquerosas que emanaban de las zonas en la piel de los pobladores afectadas
por el moho que reventaban por nuestros golpes.

El olor comenzó a hacerse fuerte, y el asco me ganó otra vez, de tal manera que vomité
mientras blandía aquel trasto de fierro. Me puse de rodillas y pude ver que Augusto intentaba
defenderme, el tiempo se paralizó y volteé a ver el árbol, que ya se consumía por la mitad.

Los hombres que con esfuerzo habíamos logrado tumbar se levantaban como si de un ejercicio
de yoga se tratasen, y caminaba boca arriba. Uno de ellos se acercó a mí, con tanta demencia
en el rostro que no pude más y salí a toda la velocidad que mis pies podían dar.

Me resbalé y caí al costado de unos maizales. Me había torcido todo el pie, sentía dolor hasta
en mis dedos. De pronto oí un ruido animalesco y unas gotas que caían, eran como unas cuatro.

Al mirar arriba de mí, observe a una de esas creaturas que antes era humanos, y me veía con
una sonrisa dibujada y adornada con una especie de brea negra que se le escapaba desde sus
entrañas. Me vomitó y entonces el mundo se hizo negro. Perdí el conocimiento.
Recuerdo que, desperté siendo llevado en una camilla en Progreso, reconocí la zona por el frío
y porque estando ahí visité el hospital antes, oí el murmullo de varias personas que no llegué a
entender. Luego solo me desvanecí otra vez.

Cuando recuperé el conocimiento, estaba ya internado en una habitación del Hospital Central
de Abancay, y al parecer vía intravenosa estaba recibiendo lo necesario para mi recuperación.

Nadie ha venido por mí, y en unas semanas saldré, pero te escribo esto tal y como lo viví. De lo
que le pasó a Augusto y a Indio no sé nada, nadie aquí sabe algo al respecto. Pero si te soy
sincero no planeo averiguarlo. Solo espero que aquel árbol demoniaco se haya quemado, lo
único que no me perdonaré es mi cobardía. Pero sé que tú me entenderás. Nos vemos amiga
mía.

II

Mi nombre es Ladislao. Soy de la capital, pero mis padres provienen de Abancay, Apurímac.
Ambos del pueblito de Tambo, como en toda historia de gente de pueblitos rurales, ellos
llegaron a Lima creyendo encontrar un mejor futuro, aunque solo era una verdad a medias,
pues había oportunidades pero que llegaban con miles de desventajas.

La gente de ciudad es diferente a la de la sierra. La amabilidad en la ciudad se paga con otros


favores, nadie nunca te extenderá la mano, si es que no esperase de ti que algún día de alguna
forma le devuelvas el favor.

Mi abuelo murió, por finales de febrero, entonces mis padres decidieron que yo me haría
cargo de todo, primero viajando y después enterrándolo.

De niño ya había viajado a Tambo, y fue una experiencia maravillosa. Todos allí eran mi familia,
y todos nos traían regalos, sean maíces o aracca truchas frescas, siempre fueron bien amables
con nosotros.

Abancay, la ciudad de Apurímac me aburrió, yo quería ver cosas como sembradíos y personas
arando sus tierras, no cosas de la ciudad de las cuales ya estaba harto, Chuquibambilla es más
alejado y eso sí que me encantó, pues los cerros verdes y la apariencia rustica de la ciudad, con
callejuelas de piedra e iglesias antiguas le daba justo el tipo experiencia de lo que yo estaba
buscando en mi viaje.

De Chuquibabilla a Progreso el camino es mas rudo, por el frío y por qué te toparas con una
altura que podría marearte. Aclaro que para llegar a Tambo hay dos rutas, la ruta baja de la
cual desde Chuquibambilla partes a Pacaiyura y de ahí a Tambo, o la que yo preferí tomar,
saliendo a las ocho de la mañana de Chuquibambilla a Progreso y llegando a las dos de la tarde.

En Progreso decidí no apurarme, y disfrutar de la ciudad. Desgraciadamente sea por el clima, o


por la humedad de donde me hospedaba enfermé y tuve que quedarme unos 4 días.

Mi vecino, la persona que se hospedaba al lado de mi habitación, en uno de esos moteles de


los más simples que habían (por que tenía algo de dinero, pero no lo suficiente como para
darme el lujo de despilfarrarlo) era un hombre de pueblo llamado Hilario, decía que su hijo se
había puesto mal y estaba en exámenes puesto bajo observación del hospital “San Ignacio”de
Progreso. El hombre parecía muy triste en verdad y hasta generé empatía por él. Fue amable
conmigo en varias ocasiones. Además, el hecho de saber que era de Tambo me hacía generar
cierta familiaridad con él.

Por ello me resultó una pena cuando me dijo que derivarían a su hijo al Hospital Central de
Abancay, pues si es así significaba que lo que le ocurría a su niño era grave. Solo pude desearle
toda la fuerza de mundo el día en que partió, mas o menos fue al cuarto día de mi estancia en
Progreso.

El quinto día contraté un cacharro, funcional; de esos que llevan mercadería para que me
llevase a Chuchaujasa, es mi penúltimo destino antes de Tambo, bueno la verdad desde ahí no
necesito algún otro vehículo para movilizarme, ya que en primera no hay pista alguna que
llegue a Tambo y segundo, puede llegarse cómodamente caminado en una hora y algo más, o
por lo menos eso es lo que recuerdo de mi infancia.

El conductor era un tipo tranquilo, de apariencia pueblerina, al yo subir me dio la mano


cortésmente y le contesté con un saludo y una sonrisa. Emprendimos el viaje hasta
Chuchaujasa, que fueron casi unas dos horas, el carro serpenteaba en caminos donde no había
más que pampas. Felizmente tengo padres que son de aquí, si no, estoy seguro que me
marearía entre tantas vueltas y tanto vértigo.

Llegue a Chuchaujasa por las 12 pm, luego de pagarle al conductor este regreso por donde
vino. Algunos de mis familiares lejanos que se percataron de mi llegada me recibieron con
comidas y algunas bebidas, como la legendaria chicha de jora, que por cierto me hizo
recuperar las energías que había perdido mientras estaba enfermo.

Mis tíos me hablaron de toda clase de historias acerca de Tambo, historias que de niño no
podían contarme porque quizás podrían asustarme, y el susto allá es diferente al de la ciudad.

Una mañana soleada observe absorto a un hombre extraño, a quien al parecer vulgarmente
decían Indio, la gente de Chuchaujasa me advirtió que estaba orate, solía posarse en la parte
más alta del cerro y ver hacia el vacío, parecía suplicar u orar por algo que definitivamente yo
desconozco. Todos los días repetía esa rutina, aunque nunca llegamos a intercambiar miradas
o palabras, ni siquiera saludarnos a mí me parecía alguien enigmático, pero no loco.

Unos días después de estar en Chuchaujasa decidí que ya era tiempo de bajar a Tambo. Me
sorprendí de varias cosas porque era la primera vez que veía una celebración tan amen, la
gente se había reunido frente a un pequeño arbusto y al yo acercarme fueron tan amables que
me invitaron panes y comidas típicas puestas alrededor del árbol. Mucha chicha en galones a
los alrededores y las personas tocaban con tambores de cuero y pitos hechos con sus propias
manos.

Pero, me dije a mi mismo que no tenía por qué celebrar, pues mi abuelo era mi motivo
principal para estar allí, no una fiesta. Alcancé a preguntar a un jovencillo de la zona si sabría
donde mantenían a mi abuelo, el sonriendo me dijo que mi abuelo estaba con los que
anteriormente vi rodeando al arbusto.

Como asqueado por una mala broma, me dirigí al tumulto de gente pues seguro que alguien
allí sabría de mi abuelito, y al preguntarlo en voz alta muchos se rieron.
Pero, al indignarme y casi irme una voz ronca, desgastada por los años pronunció mi nombre

-Ladislao, mi nieto, ¿eres tú?

Miré en todas direcciones, y al fin di con una figura pequeña, un viejito con una gorrita de paja,
era más que obvio que era mi abuelo ¡Estaba vivo!

-¿Eres tú abuelito?...¿Pero cómo?-pregunté un poco asustado.

Mi abuelo se rió y cariñosamente explicó

-La voluntad de la Diosa madre me ha revivido, ha enviado a uno de sus hijos, y gracias a
él que es mano de su voluntad he regresado, por eso hoy le adoramos, a la madre que vive
más allá de estos cielos.

No entendía a qué cosa se refería mi abuelo, ¿la madre que vive más allá de los cielos? Lo
único que se me ocurría, es que mi abuelo haya sido uno de esos casos espontáneos de
muerte momentánea, y que al despertar quizás entre esos sueños que se dan cuando tu alma
quiere irse al más allá se hayan quedado con él.

-¡Viva la diosa madre, madre de todo el cosmos!- gritaban todos.

¿Quién era yo para interrumpir su júbilo y alegría? Mi abuelo estaba vivo, así que esto habría
que celebrarlo. Mi abuelo me ofreció algunos de sus conjuntos y en unos minutos volví puesto
con ellos. Ahora si parecía alguien legítimo de Tambo.

Nos sentamos mientras las comidas se servían, abundantes guisos de carne, panes y chuño,
ocas,ollucos, hongos y demás, la gente no dejaba de tocar nunca. Recuerdo irme a dormir a las
8 de la noche, pero al despertar a las 6 am aún seguían cantando y rezando a la diosa.

No lo creerán, pero aquel arbusto se volvió un árbol adulto, tan grande como un eucalipto de
uno 50 años, la gente seguía con tanta alegría y parecía no cansarse.

-¡La diosa quiere que todos aquí seamos sus hijos!¡Nos quiere solo a nosotros, ya que
nuestros antepasados fueron los primeros en esta zona en hablar con ella, nosotros los de
Tambo tenemos sangre de la diosa en nuestras venas, alabada sea!

Debo comentar que me empecé a preocupar, el hecho de no ser muy religioso no me impedía
ser ciego al evidente paganismo y fanatismo que tenían. Pero mi abuelo tenía una ferviente fé
y si creía que se había salvado de la muerte gracias a una fuerza sobrenatural estaba en su
derecho de celebrarlo, total estos ya eran sus últimos años de vida.

La comida como siempre rodeaba al ahora gran árbol, en un principio pensé que habían
cortado otro y lo habían plantado encima del arbusto, pero al verlo con más detenimiento era
evidente que aquello había crecido y aparte la tierra no había sido removida, solo se habían
puesto varias comidas como ofrenda al árbol que al parecer según entendí tenía que ver algo
con el hijo de la diosa, según lo que contaban los rústicos músicos del pueblo, cuya
determinación admiraba, ya que parecían no tener descanso nunca.

Esa noche no pude dormir tan bien, así que me uní a la bulla, alguna fuerza que no puedo
describir me mantenía despierto y me hacía querer escuchar la música e incluso querer
participar tocando, creo que pedí lecciones de pito, no lo recuerdo tan bien, pero si recuerdo
estar tocando con los demás cuando el alba apareció. Lo más curioso es que no sentía
cansancio alguno y seguía tocando a todo pulmón. Perdí la noción del tiempo la verdad, así
que no podría explicar cuanto tiempo pasó hasta que ocurriese algo importante.

Solo sé que me di cuenta que un sujeto bien vestido, que evidentemente era de la ciudad, nos
observó a lo lejos con una mirada llena de extrañeza.

Mis acompañantes en la banda me dijeron que era el nuevo nutricionista, un sujeto muy raro y
que siempre andaba haciendo estudios a las plantas locales, quien sabe con qué fin, se me
ocurrió ir a saludarle, pero dado su mirada toda mi amabilidad se fue, solo vigilé como nos
rodeó, como si tuviese asco de nosotros y avanzó en dirección de la posta de Tambo.

Las canciones a la “Madre” eran muy apreciables, algunas veces no llegaba a entender nada de
la letra, que supongo eran de los antiguos idiomas que antes se hablaba en aquel verde valle, a
todo pulmón cante cosas que no entendía y me sentía bien al hacerlo, la vida era algo
apreciable y había vida en todos lados, en la naturaleza, en la tierra, en mi abuelo, en el cielo y
por supuesto en nuestro hermoso valle.

Unos minutos después aquel hombre vimos al hombre de ciudad, acompañado de Augusto, un
vecino que al parecer era tan extraño como él, era un hombre muy solitario, varios rumores en
torno a él me asustaron. Algunos decían que si tuvo familia en el pasado pero que los había
asesinado por el simple hecho de no haberle guardado la cena tras un día de sembrado de
papa. O que su esposa tiempo atrás lo dejó por que el hombre hablaba con las piedras. Si le
preguntabas a él, te respondía que todo lo que él conocía como “familia” estaba muerto. A
veces hablaba con Hilario, y al parecer por darle alojamiento al doctor también se hizo amigo
de él; si en Chuchaujasa el sujeto raro y mal visto era Indio, acá en Tambo era Augusto.

Ambos subieron sin mirar atrás, y quien sabe de qué rollo hayan estado hablando mientras
subían, solo sé que por el equipaje al parecer el nutricionista se iba de Tambo, quizás por un
cambio de local y de turno o quizás porque se aburrió de la vida en el campo. Se me ocurrieron
tantas cosas, pero seguí en lo mío, tocando el pito sin cansarme hasta el atardecer.

Cuando el ocaso se asomaba, mi abuelo y otro viejito pronunciaron unas palabras y todos
empezaron a orar. Cuando la luz del sol nos dejó por completo dieron un último concierto y
todos se fueron a sus casas a dormir, dándole sus respetos al árbol y yéndose cada quién a sus
hogares.

Yo también me fui a descansar a pesar de sentir que no lo necesitaba. Me dormí quien sabe a
qué tiempo, pero me mantuve alerta por un largo rato después de acostado.

Media hora después de acostarme se escuchó la bulla de un tumulto a lo lejos. Por corazonada
supe que era en dirección del árbol, solo me puse un poncho de mi abuelo para abrigarme
encima de la ropa que había elegido para dormir y salí lo más rápido posible.

El árbol ardía, y el olor a querosene se extendía, los vecinos iban llegando y hablando, yo que
siempre fui bien curioso, pero no era de meterme en problemas solo opté por esconderme y
observar desde un punto seguro.

Augusto, Indio y aquel doctor cuyo nombre nunca me enteré o intenté preguntar, estaban
quemando el árbol a pesar de que los pobladores intentaban impedirlo, es como si ellos
hubiesen decidido venir a perder sus vidas por quemarlo, eran muy agresivos, golpeaban a las
personas que tuvieran en frente. Entre peleas varios vecinos resultaron muertos pues entre
palos Indio era un buen luchador y a la persona que caía le daba un rápido remate a palazos en
el suelo. Augusto los tumbaba con su gran onda, dándoles piedrazos en las cabezas, pero el
doctor solo parecía ver asustado todo esto.

Su miedo llego al punto de hacerlo correr en dirección de una falla de tierra y este cayó como
rodando he hiriéndose. Pensé que aquellos dos le habían convencido de hacer todo esto y que
intentaba huir, así que fui a intentar ayudarle.

Le susurré un par de veces desde arriba de el para ver si estaba consiente, al cuarto susurro
reaccionó y en su rostro vi estupefacto una mueca de horro, tal fue mi reacción que también
yo sentí el miedo de sus ojos.

Me controlé a los instantes y le extendí la mano, pero el solo quedo inconsciente, hasta de esa
manera parecía asustado. Quise bajar a ayudarlo, pero algo que no puedo describir pasó y
quedé inconsciente también.

Lo que había sucedido es que el maldito de Augusto seguro me había dado en la cabeza con
algún piedrazo perdido, de eso me di cuenta en el Hospital Central de Abanchay, pues al ir al
baño de mi sala vi una tremenda laceración entre las cien y mi lateral. Marca de que me
habían estampado una firma rocosa.

Quien pensaría que estos sujetos raros atacarían de tal forma a los pobladores.
Definitivamente esto no era algo que yo buscase en mis planes de despejarme en provincia.

Lo único que me dijeron de lo que pasó en tambo, al llegar las autoridades encontraron una
carnicería. Sujetos degollados, apaleados y enfermos. Sangre por todos lados, al parecer los
pobladores en un arranque de enojo lincharon a Indio y Augusto, el árbol se quemó por
completo y, al parecer los atacantes se llevaron con sigo a varios de Tambo también.

Eso me dijeron algunos policías que me buscaron e interrogaron en el hospital, pero… no vi a


nadie enfermo mientras estuve en Tambo, ese es uno de los misterios. Pregunté por mi abuelo
y me dijeron que llevaba poco más de una semana muerto y bien conservado. Todo esto
supuestamente un día después de que quedé inconsciente.

No sé lo que ha sucedido, pero espero encontrar a alguien que me dé explicaciones, la noticia


de que nadie en Tambo sobrevivió me fue difícil de asimilar. ¿Acaso un episodio de locura
desató otro, pero más colectiva? ¿Cómo pudo pasar esto? Juro que vi a mi abuelo caminando.

¿Qué es lo que pasó después de yo quedarme inconsciente? Volveré a tambo cuando me den
de alta, tengo que saber.

III

Abancay, una ciudad bonita en medio de un valle, es como rodear a Lima con cerros verdes
gigantescos. He venido hasta aquí para ver a un ex-amigo, desde que nos graduamos cada
quien de nuestras facultades solo había intercambiado cartas con él. Puesto que estaba de
viaje, en Canta no pude responder la correspondencia que me había mandado entre marzo y
abril.
Iba ir de vacaciones directamente a Grau, Tambo, pero me enteré por las noticias de un asunto
extraño justamente allí. Un ataque terrorista, eso afirmaron, toda una población de
campesinos había perdido la vida.

Estaba preocupada, pues al enterarme que todo había sucedido en Tambo, pensaba ya lo peor.
Con esperanzas me dirigí al Hospital Central de Abancay, allí se habían traído a los
sobrevivientes y en las noticias el nombre de mi ex-compañero figuraba como uno de ellos.

El Hospital central de Abancay es tan grande como el de Essalud, en Lima, pero me dijeron que
busque en la zona de “Emergencias”. Fue fácil perderme, anduve de un lado a otro
preguntando hasta que al fin el conserje del piso 4 me dijo que la sala de emergencias que yo
buscaba estaba en el piso 9, entonces a toda marcha subí.

Leo, estaba inconsciente en la camilla, pálido. Me vino a la mente aquellas cartas que leí con
anterioridad a mi viaje. Tristemente lo observé, como quería preguntarle tantas cosas. Según
lo que contestara yo le diría a mi criterio si fue su imaginación o sus delirios, para intentar
calmarlo. Solía ser la única que le calmaba cuando aún éramos amigos.

Toqué su rostro, que estaba tan pálido. Volvería más tarde, ese día, pero aparte de él mi
motivo en este hospital es Augusto, el sujeto que le daba alojamiento, también se salvó, y el sí
estaba en condiciones de hablar.

Augusto se encontraba a unas dos habitaciones, era un sujeto ya de edad considerable, su


rostro era típico de las personas de la serranía, y sus cabellos estaban casi canosos al completo.

Augusto vigilaba la entrada a su habitación como si fuese un centinela. Amablemente le salude


y solo me observó.

Solo pude sacarle dos cosas, una con cierto sentido y la otra sin sentido alguno. Augusto me
conto que después de que se quemó aquel árbol las personas empezaron a atacarse unas a
otras, cuando Leo salió despavorido el intento seguirlo, pero varios pobladores en frenesí lo
detuvieron.

Cuando Leo cayó hacia los maizales, Augusto vio que un hombre intentaba dañarlo, entonces
le tiro una roca después de ondearla y lo desmayó, pudo observar que aquel sujeto vomitó una
sustancia negra.

Después de eso ni el recuerda que le pasó, todo se hundió en una niebla blanca y cuando ya se
daba cuenta unos paramédicos lo estaban asistiendo. Indio murió, pues varios pobladores
lograron alcanzarlo y prácticamente lo destrozaron. Eso le dijeron las autoridades cuando lo
traían a Abancay.

Augusto parecía recordar una cosa que se había guardado hasta ese entonces, lo leí en su
rostro. Entonces me dijo en tono preocupado y extraño:

-El hijo de Hilario, ¿dónde está?

Había leído de Hilario y del niño, pero no sabía nada de ellos más que lo que Leo me había
escrito. Augusto me pidió que por favor lo encontrara.

No tenía idea por done empezar a buscar, pero el destino siempre es curioso en esta clase de
asuntos, tenía esperanza de que Hilario apareciera al enterarse que sus amigos estaban aún
con vida.
Hilario Ugarte, al parecer si había venido de visita al hospital, pero no para ver a Leo o Augusto.
En el pabellón de observación, habitación 304, Jaime Ugarte. Su hijo. ¡Bingo!

El hospital tenía un registro de visitas y ordenaba a los sujetos por el distrito donde vivían,
“Hilario Ugarte, Grau-Tambo, última visita martes 2 de mayo (ayer)6:30 pm. 304-Cuidados
intensivos.”

Decidí esperar a Hilario y avisarle que Augusto y Leo estaba internados también pues yo
suponía que si no había ido a verles era porque no lo sabía.

Hilario llegó a las 6:36 a visitar a su hijo, pero antes de poder entrar a su habitación (la 304) le
detuve y le expliqué todo lo sucedido en Tambo, para mi sorpresa él lo sabía, hizo unos gestos
vacíos y en sus ojos vi a un ser decaído y rendido.

Contó que estaba en Abancay por el mal de su hijo, que la policía también lo vino a buscar, y
que le revelaron cosas horribles que no habían salido a la luz en ningún medio de
comunicación.

Explicó que ni un solo animal fue encontrado, las ofrendas que Leo mencionaba en sus cartas,
los animales y sus viseras eran realmente niños, niños que habían sido cruelmente degollados
y despanzurrados.

Al parecer todos en el demente pueblo de Tambo habían sacrificado a sus hijos, brindando
luego con su sangre y sus tripas, Hilario no lo creyó hasta que le demostraron fotos. La escena
fue tan espantosa que el pobre hombre se desmayó.

Dijo que no planeaba volver a Tambo, y que ni bien se curase a su hijo se iría a Cuzco, donde
tenía familiares, lo decía en serio según pude observar su rostro lleno de miedo y sin esperanza,
respecto de lo que no había visitado ni a Leo ni a Augusto dijo que no quería saber nada más,
que ellos estaba presentes en la masacre y que estaban malditos o algo así.

Después de esto se dispuso a entrar a la habitación de su hijo y no pude preguntarle más. Creo
que ese hombre ya tenía muchas preocupaciones.

A las 9 pm volví a donde Augusto y le hablé de mi encuentro con Hilario, pero él seguía
preguntando por su hijo, solo repuse que al niño no llegué a verlo.

-Tienes que darle esto- me dijo con voz débil Augusto sacando un talismán de su bolsillo. Él
había impedido que se lo quitasen cuando le transportaron.

Tenía grabados extraños, al notar mi extrañeza Augusto dijo que le pertenecía al chico.

Visité a Leo una vez más, él solo dormía con algo de angustia palpable a su rostro. Entonces
decidí de una vez darle el collar al niño aprovechando que Hilario de seguro se quedaría hasta
el cierre del hospital para las visitas, que por cierto era a las 11 pm.

Mientras me acercaba al 404 resonó por todos los pasillos una ruidosa alarma, pero era
diferente a la de incendios, doctores y pacientes salieron de sus lugares de reposo, pensaba en
ir a buscar a Leo, pero también pensaba en darle el collar al pequeño o a su padre porque
deducía que por tal alarma ellos saldrían.

Pero no, su cuarto permaneció cerrado, a diferencia de todos los demás en el piso. Mientras
me acercaba un hedor entre humedad y carne podrida se hacían notables.
Empecé sentir un miedo, algo que no puedo describir ahora mismo, me acerque lentamente y
tan solo mis pasos parecían sonar más que la alarma en mi mente. Me cruce con varios del
personal que huían haciendo caso del sonido sin preguntarse el por qué. Leo desapareció de
mi mente, solo quería saber que había tras la puerta, mi mente se enfocó tanto en aquello que
los demás dejo de existir para mí.

Mientras tomaba la manija de la plateada puerta el olor putrefacto se hizo más intenso, tuve
que taparme la boca con la mano desocupada y contener un poco la respiración.

Entré… Hilario estaba en el suelo, y tenía aquel musgo maldito por toda su cara, con los ojos
blancos empezaba a decir cosas que no entendía.

En la cama donde debería estar el niño yacía un capullo verdusco ocre, y me di cuenta de
inmediato que el olor provenía de este.

Hilario repetía “La semilla fue plantada, fue plantada, alabada se la madre, alabada”

Intenté hacerlo despertar para salir, pero este no respondía.

Pude distinguir una silueta tras de mí, algo cauta volteé a la entrada de la habitación, Augusto
que se había encaminado desde su habitación hasta la 404 me observaba.

-Llegaste tarde- susurró

Al no poder entender lo que sucedía solo observé la cara de Augusto con pánico.

-Ya llamó a su madre, y ella no nos perdonará –dijo él arrodillándose mientras yo también
caía de rodillas, un miedo incomprensible inundo todo mi ser.

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