El gato del tejado
barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas
El gato del tejado
En un barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas con macetas, vivía un gato negro
llamado Dumas. No tenía dueño, pero todos lo conocían. Dormía sobre los tejados, se
colaba por balcones, y elegía cada día en qué casa cenar, como un rey sin corona.
En un barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas con macetas, vivía un gato negro
llamado Dumas. No tenía dueño, pero todos lo conocían. Dormía sobre los tejados, se
colaba por balcones, y elegía cada día en qué casa cenar, como un rey sin corona.
En un barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas con macetas, vivía un gato negro
llamado Dumas. No tenía dueño, pero todos lo conocían. Dormía sobre los tejados, se
colaba por balcones, y elegía cada día en qué casa cenar, como un rey sin corona.
barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas
Aunque muchos intentaron adoptarlo, Dumas nunca se dejaba encerrar. Si cerraban una
puerta, él salía por la ventana. Era libre, elegante, y algo misterioso. Algunos vecinos decían
que traía suerte. Otros, que entendía el lenguaje humano
En un barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas con macetas, vivía un gato negro
llamado Dumas. No tenía dueño, pero todos lo conocían. Dormía sobre los tejados, se
colaba por balcones, y elegía cada día en qué casa cenar, como un rey sin corona.
barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas
Aunque muchos intentaron adoptarlo, Dumas nunca se dejaba encerrar. Si cerraban una
puerta, él salía por la ventana. Era libre, elegante, y algo misterioso. Algunos vecinos decían
que traía suerte. Otros, que entendía el lenguaje humano
En un barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas con macetas, vivía un gato negro
llamado Dumas. No tenía dueño, pero todos lo conocían. Dormía sobre los tejados, se
colaba por balcones, y elegía cada día en qué casa cenar, como un rey sin corona.
barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas
Aunque muchos intentaron adoptarlo, Dumas nunca se dejaba encerrar. Si cerraban una
puerta, él salía por la ventana. Era libre, elegante, y algo misterioso. Algunos vecinos decían
que traía suerte. Otros, que entendía el lenguaje humano.
Una noche de invierno, la pequeña Sofía, que vivía con su abuela, lloraba en silencio. Su
padre se había marchado lejos por trabajo, y ella sentía un nudo en el pecho que no sabía
explicar. Al mirar por la ventana, vio a Dumas sentado en el alféizar, con los ojos como
faroles dorados.
En un barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas con macetas, vivía un gato negro
llamado Dumas. No tenía dueño, pero todos lo conocían. Dormía sobre los tejados, se
colaba por balcones, y elegía cada día en qué casa cenar, como un rey sin corona.
barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas
Aunque muchos intentaron adoptarlo, Dumas nunca se dejaba encerrar. Si cerraban una
puerta, él salía por la ventana. Era libre, elegante, y algo misterioso. Algunos vecinos decían
que traía suerte. Otros, que entendía el lenguaje humano.
Una noche de invierno, la pequeña Sofía, que vivía con su abuela, lloraba en silencio. Su
padre se había marchado lejos por trabajo, y ella sentía un nudo en el pecho que no sabía
explicar. Al mirar por la ventana, vio a Dumas sentado en el alféizar, con los ojos como
faroles dorados.
—¿Tú también estás solo? —le susurró.
El gato, sin responder, se metió por la rendija y se acurrucó junto a ella. Desde entonces,
Dumas volvió cada noche, sin falta, a dormir a los pies de su cama. No dejaba que lo
acariciaran, pero nunca faltaba.
Con el tiempo, Sofía dejó de llorar. Su padre volvió. Pero Dumas siguió visitándola, como si
supiera que no todos los vacíos desaparecen de golpe.
Y aunque el barrio entero seguía viéndolo como un gato libre e imposible de atrapar, Sofía
sabía su secreto:
Dumas no pertenecía a nadie… pero sí elegía a quién acompañar.
En un barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas con macetas, vivía un gato negro
llamado Dumas. No tenía dueño, pero todos lo conocían. Dormía sobre los tejados, se
colaba por balcones, y elegía cada día en qué casa cenar, como un rey sin corona.
En un barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas con macetas, vivía un gato negro
llamado Dumas. No tenía dueño, pero todos lo conocían. Dormía sobre los tejados, se
colaba por balcones, y elegía cada día en qué casa cenar, como un rey sin corona.
barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas
Aunque muchos intentaron adoptarlo, Dumas nunca se dejaba encerrar. Si cerraban una
puerta, él salía por la ventana. Era libre, elegante, y algo misterioso. Algunos vecinos decían
que traía suerte. Otros, que entendía el lenguaje humano.
Una noche de invierno, la pequeña Sofía, que vivía con su abuela, lloraba en silencio. Su
padre se había marchado lejos por trabajo, y ella sentía un nudo en el pecho que no sabía
explicar. Al mirar por la ventana, vio a Dumas sentado en el alféizar, con los ojos como
faroles dorados.
En un barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas con macetas, vivía un gato negro
llamado Dumas. No tenía dueño, pero todos lo conocían. Dormía sobre los tejados, se
colaba por balcones, y elegía cada día en qué casa cenar, como un rey sin corona.
En un barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas con macetas, vivía un gato negro
llamado Dumas. No tenía dueño, pero todos lo conocían. Dormía sobre los tejados, se
colaba por balcones, y elegía cada día en qué casa cenar, como un rey sin corona.
barrio antiguo, de calles empedradas y ventanas
Aunque muchos intentaron adoptarlo, Dumas nunca se dejaba encerrar. Si cerraban una
puerta, él salía por la ventana. Era libre, elegante, y algo misterioso. Algunos vecinos decían
que traía suerte. Otros, que entendía el lenguaje humano.
Una noche de invierno, la pequeña Sofía, que vivía con su abuela, lloraba en silencio. Su
padre se había marchado lejos por trabajo, y ella sentía un nudo en el pecho que no sabía
explicar. Al mirar por la ventana, vio a Dumas sentado en el alféizar, con los ojos como
faroles dorados.