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Juicio Simulado

El documento narra la historia de Don Ricardo Araya Varela y su muerte, revelando la complejidad de su testamento que deshereda a su hija biológica Amparo Labbé Abarca. Tras una batalla legal, Amparo es reconocida como heredera, pero descubre que Ricardo había transferido su fortuna a una fundación no reconocida, lo que desencadena un conflicto jurídico. Amparo demanda la nulidad de las transacciones y la inclusión de sus derechos en la herencia, mientras Rosa y Tomás defienden la validez del testamento y las acciones de Ricardo.

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Juicio Simulado

El documento narra la historia de Don Ricardo Araya Varela y su muerte, revelando la complejidad de su testamento que deshereda a su hija biológica Amparo Labbé Abarca. Tras una batalla legal, Amparo es reconocida como heredera, pero descubre que Ricardo había transferido su fortuna a una fundación no reconocida, lo que desencadena un conflicto jurídico. Amparo demanda la nulidad de las transacciones y la inclusión de sus derechos en la herencia, mientras Rosa y Tomás defienden la validez del testamento y las acciones de Ricardo.

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LA HERENCIA DE LA LUZ: CRÓNICA DE UNA SUCESIÓN EN SOMBRAS

Don Ricardo Araya Varela nunca fue un hombre cualquiera. En las tierras fértiles de la
Región de Temuco, donde el sol hace brotar los granos sin pedir permiso, su nombre era
sinónimo de poder, reserva y legado. Su hacienda en Traiguén, con corredores de baldosas
rojas, libros encuadernados en cuero y vitrinas con piezas mapuches, parecía más un templo
que una casa. Quienes lo conocieron decían que hablaba poco, pero elegía cada palabra como
quien cincela en piedra. No celebraba cumpleaños. No creía en los brindis. Afirmaba que “la
luz no se celebra: se hereda”.

Murió el 3 de junio de 2012, a las siete de la mañana, rodeado no de su familia, sino de dos
enfermeros contratados y del Presidente de la Cofradía Aventurera de Temuco, a quien
Ricardo saludó con un leve gesto antes de cerrar los ojos. Rosa del Pilar Gutiérrez, su esposa,
y Tomás, su hijo matrimonial, llegaron apenas una hora después. Pero el momento íntimo de
la despedida ya había ocurrido, en clave de ritual.

El testamento fue abierto días más tarde. Había sido otorgado en 2009, en la notaría de
Rancagua, y no traía sorpresas para quienes conocían los afectos oficiales del patriarca: Rosa
y Tomás eran nombrados herederos universales, por partes iguales, sin mención alguna a
mejoras ni reservas. Algunos legados menores —un reloj Longines al capataz del fundo, la
biblioteca a la Universidad de Temuco, y una medalla de oro con símbolos esotéricos a su
cofradía— completaban el inventario simbólico del documento.

Pero lo que sí causó un remezón fue la desheredación expresa de Amparo Labbé Abarca
(actualmente, Amparo Araya Abarca).

Ricardo la mencionaba por su nombre completo, indicando que quedaba excluida de la


sucesión por haberlo “abandonado reiterada e injustificadamente”, conforme al artículo 1208
Nº 2 del Código Civil. Una causal que los más cercanos al círculo familiar leyeron como una
defensa anticipada. Porque todos sabían, aunque nadie lo decía, que Amparo era su hija

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biológica, fruto de una relación fugaz —o no tanto— con la pintora Magdalena Abarca, en
los años ochenta.

Amparo fue criada en Santiago, en el barrio Bellavista, entre acuarelas, gatos y esperas.
Recibía giros mensuales sin remitente, sobres con dinero entregados por abogados, y
promesas vagas de encuentros que casi nunca se concretaban. Su historia con Ricardo era
más bien una historia de ausencias. Aun así, cuando él murió, sintió que algo profundo y no
dicho se había quebrado.

En 2015, luego de una larga batalla judicial, Amparo obtuvo sentencia ejecutoriada del Tercer
Juzgado de Familia de Santiago, que la reconocía como hija de Ricardo. Las pruebas eran
concluyentes: ADN, correspondencia cifrada, testigos indirectos, e incluso una carta
encontrada en el cajón del escritorio de Ricardo, en la que se despedía de “mi hija de la luz
y de la niebla”.

Aquel fallo no solo le devolvió su apellido. Le abrió la puerta a algo más complejo: el derecho
a heredar.

Pero cuando su abogado intentó iniciar los trámites sucesorios, se topó con un muro. El
inventario judicial de bienes era ínfimo. El único bien declarado por Rosa y Tomás había sido
un pequeño taller en Victoria y una camioneta en desuso. Nada más.

Fue entonces que Amparo descubrió lo que ya muchos murmuraban: entre 2004 y 2008,
Ricardo había transferido casi la totalidad de su fortuna a una entidad llamada Fundación
Filantrópica La Aventurera. Una fundación cuya existencia jurídica era, cuando menos,
incierta. Nunca fue reconocida por el Ministerio de Justicia. No contaba con personalidad
jurídica conforme al artículo 546 del Código Civil. Pero, aun así, había inscrito a su nombre
fundos, acciones, derechos de autor, cuentas bancarias y hasta un penthouse en Miami.

Los bienes habían sido traspasados por medio de actos aparentemente gratuitos: donaciones,
contratos de renta vitalicia (sin pagos verificables), cesiones, y otros documentos de

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apariencia legal, muchos sin fecha cierta ni testigos imparciales. Todo parecía parte de un
gran mecanismo de “desposesión estratégica” antes de que la enfermedad neurológica que lo
aquejaba lo dejara sin discernimiento.

Y eso no era todo.

En 2013, Rosa y Tomás celebraron una transacción extrajudicial con la Fundación,


renunciando a cualquier acción futura a cambio de ciertos bienes: una bodega agrícola, una
parcela en Rapel, y una cuenta de inversión de origen opaco. No hubo partición judicial. No
se convocó a otros posibles interesados. No se incluyó a Amparo, cuya filiación aún no era
reconocida entonces, pero que hoy reclama que dicha transacción carece de validez por omitir
derechos de una heredera forzosa.

Los abogados de Amparo presentaron en 2024 una demanda ante el Primer Juzgado Civil de
Rancagua. El caso se volvió un terremoto jurídico.

En su demanda, Amparo solicita:


1. La reforma del testamento, por ser la desheredación injustificada: ella no abandonó
al padre; fue excluida deliberadamente.
2. El reconocimiento de su calidad de heredera forzosa y la restitución de su legítima y
porción de mejora.
3. La nulidad de los actos de transferencia a la Fundación, por simulación y fraude a la
legítima.
4. La acción de petición de herencia para recuperar bienes indebidamente sustraídos del
acervo.
5. La colación de las donaciones encubiertas a Tomás, como un departamento en Ñuñoa,
un vehículo de lujo y una cuenta bancaria en el extranjero.
6. La nulidad de la transacción de 2013 por objeto ilícito y por viciar la comunidad
hereditaria.
7. La cancelación de las inscripciones registrales realizadas a nombre de la Fundación,
por falta de existencia legal.

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8. Una nueva partición judicial que incluya bienes omitidos, derechos sobre obras
inéditas y acciones aún no transferidas.
9. Un peritaje médico retrospectivo, para acreditar la eventual cuasi incapacidad de
Ricardo al disponer.
10. La nulidad parcial de legados condicionales por ser ambiguos y contrarios al orden
público sucesorio.

La Fundación La Aventurera, por su parte, se defiende con convicción. Afirma que los actos
de Ricardo fueron manifestaciones válidas de su voluntad, y que la fundación —aunque no
reconocida formalmente por el Estado— posee legitimidad como ente funcional. Alegan que
los bienes les fueron entregados en vida, por tanto, no forman parte de la herencia, y que
Amparo, al no ser heredera reconocida en 2012, carece de legitimación para impugnar actos
anteriores.

Rosa y Tomás afirman que confiaron en la legalidad del testamento. Presentan cartas y
declaraciones firmadas por Ricardo, en las que expresa su decepción por una hija que, según
él, solo lo buscó cuando supo de su riqueza. Argumentan que actuaron de buena fe, y que la
transacción de 2013 fue plenamente válida conforme a su conocimiento del momento.

La controversia está ahora en manos del tribunal.

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