0% encontró este documento útil (0 votos)
35 vistas9 páginas

La Nararativa Pedagógica: La Práctica Educativa: Esencia Del Proceso Formativo

La práctica educativa es un proceso reflexivo y continuo que permite a los futuros educadores construir su identidad y comprender su rol en el aula y la sociedad. Se articula entre diversas dimensiones y enfoques, destacando la importancia de la ética, la reflexión y el vínculo pedagógico en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Esta experiencia transforma al docente, integrando teoría y práctica, y fomentando un compromiso con la educación como un acto de amor y responsabilidad social.

Cargado por

Carlos Cruz
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
35 vistas9 páginas

La Nararativa Pedagógica: La Práctica Educativa: Esencia Del Proceso Formativo

La práctica educativa es un proceso reflexivo y continuo que permite a los futuros educadores construir su identidad y comprender su rol en el aula y la sociedad. Se articula entre diversas dimensiones y enfoques, destacando la importancia de la ética, la reflexión y el vínculo pedagógico en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Esta experiencia transforma al docente, integrando teoría y práctica, y fomentando un compromiso con la educación como un acto de amor y responsabilidad social.

Cargado por

Carlos Cruz
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

LA NARARATIVA PEDAGÓGICA

La práctica educativa: esencia del proceso formativo

Hablar de la práctica educativa es hablar del corazón mismo de la pedagogía. No


se trata solo de un componente metodológico dentro de la formación docente, sino
de un proceso vivencial, reflexivo y continuo que permite al futuro educador
construir sentido sobre su quehacer en el aula y fuera de ella. La práctica
educativa trasciende la simple aplicación de conocimientos teóricos, es el espacio
donde se ponen a prueba las ideas, se cuestionan los métodos, se ajustan los
valores y se forma la identidad docente.

Esta práctica no puede entenderse desde una sola dimensión. Al contrario, es


multifacética y se despliega en distintas direcciones. Por un lado, está la
dimensión didáctica, que se enfoca en los saberes técnicos y metodológicos que
posibilitan la enseñanza. Por otro lado, encontramos la dimensión reflexiva, donde
el pensamiento crítico y el análisis constante de la realidad educativa ocupan un
papel central. No menos importante es la dimensión ética, que orienta cada acción
hacia la responsabilidad, el respeto y la justicia. Finalmente, se encuentra la
dimensión socio-política, que nos recuerda que educar también es intervenir en la
sociedad, incidir en el entorno y transformar realidades.

Importancia de la práctica educativa en la enseñanza-aprendizaje

La práctica educativa cobra especial relevancia porque articula la teoría con la


realidad. Durante el proceso de enseñanza-aprendizaje, no basta con conocer los
enfoques pedagógicos o los modelos curriculares; es necesario ponerlos en
acción. Es en la práctica donde el estudiante docente se encuentra con los rostros
de sus estudiantes, con las dinámicas institucionales, con los desafíos sociales y
culturales del contexto. Allí, la enseñanza deja de ser un ideal abstracto para
convertirse en una acción concreta, viva, cargada de intenciones y [Link]
experiencia vivida durante la práctica nutre la comprensión de lo que significa
enseñar y aprender. Es un proceso bidireccional donde no solo el estudiante
aprende del docente, sino que el docente aprende de su práctica, de su entorno, y
especialmente de sus estudiantes. Así, el aprendizaje se convierte en un
fenómeno compartido, en un diálogo constante con la realidad y con uno mismo.

Los enfoques de la práctica educativa


Existen múltiples enfoques que orientan la práctica educativa, cada uno con sus
particularidades, pero todos con un objetivo común: enriquecer el proceso
formativo y fortalecer la labor del docente. Entre los más relevantes se encuentran
el enfoque tradicional, el enfoque técnico, el enfoque práctico y el enfoque crítico-
reflexivo

El enfoque tradicional se caracteriza por la reproducción de saberes y una mirada


centrada en el docente como transmisor de conocimiento. Aunque aún está
presente en algunas prácticas, ha sido ampliamente cuestionado por limitar la
participación activa del estudiante y por perpetuar estructuras jerárquicas.

El enfoque técnico, por su parte, se orienta hacia la aplicación de métodos y


estrategias planificadas, valorando la eficiencia y la sistematización. Sin embargo,
también puede pecar de rigidez si no se adapta al contexto.

El enfoque práctico propone una mirada situada, donde el conocimiento emerge


de la acción misma y se construye a partir de la experiencia concreta del docente
en el aula. Finalmente, el enfoque crítico-reflexivo invita a cuestionar la realidad, a
interpretar los fenómenos educativos desde una mirada política, ética y
transformadora, colocando al docente como sujeto activo y comprometido con el
cambio.

Relación entre enfoques y dimensiones de la práctica educativa

Estos enfoques no existen aislados, sino que dialogan permanentemente con las
dimensiones de la práctica. El enfoque tradicional, por ejemplo, se relaciona
principalmente con la dimensión didáctica, aunque de manera limitada, al
centrarse en la repetición de contenidos. El enfoque técnico puede profundizar en
la dimensión didáctica y también en la dimensión organizativa, aportando
herramientas concretas para la planificación y evaluación.

El enfoque práctico, en cambio, se nutre de la dimensión reflexiva, ya que se


construye desde la observación y el análisis de la acción docente. Y el enfoque
crítico-reflexivo articula todas las dimensiones: didáctica, reflexiva, ética y socio-
política. Es en este enfoque donde se alcanza una comprensión más integral de la
práctica educativa, porque no solo se enseña, sino que se actúa con conciencia
del impacto social y político que conlleva el acto educativo.

Sentir personal sobre la formación docente


Durante mi proceso de formación, la práctica educativa ha sido uno de los
momentos más significativos y desafiantes. No solo me ha permitido observar y
participar en contextos escolares reales, sino que me ha enfrentado a mis propias
creencias, miedos, capacidades y aspiraciones como futuro docente. Cada
experiencia vivida en el aula me ha formado más allá de los libros y los discursos
teóricos. Me ha enseñado a escuchar, a observar con detenimiento, a reconocer
las múltiples realidades de mis estudiantes, y sobre todo, a entender que educar
no es solo transmitir contenidos, sino generar vínculos, abrir horizontes y
acompañar procesos de vida.

En este trayecto he aprendido que no hay una única manera de enseñar, así como
no hay una única forma de aprender. He comprendido que cada aula es un
universo, cada estudiante una historia, y cada jornada una oportunidad para
crecer, tanto personal como profesionalmente. Ser docente es una
responsabilidad inmensa, pero también una fuente inagotable de aprendizaje y
transformación.

La práctica como escenario de construcción identitaria

Cada encuentro con la realidad escolar ha sido un ejercicio profundo de


autodescubrimiento. Cuando ingresé por primera vez a un aula como practicante,
llevaba conmigo muchas ideas preconcebidas, algunas heredadas de mi propia
experiencia como estudiante y otras surgidas del marco teórico estudiado en
clases. Sin embargo, pronto entendí que ser docente no es imitar modelos, sino
construir uno propio. Y esa construcción ocurre a través del contacto directo con
los estudiantes, los colegas, las familias y el entorno.

La práctica educativa me ha desafiado a salir de mi zona de confort, a asumir


responsabilidades que antes veía desde la teoría, a tomar decisiones en
momentos clave y, sobre todo, a aprender a escuchar. Escuchar a los estudiantes,
a los docentes guía, al contexto social y, de manera muy especial, a mí mismo. A
través de esta experiencia, comencé a delinear los rasgos que quiero que definan
mi identidad docente: compromiso, empatía, coherencia, creatividad y pasión por
el aprendizaje.

Dimensión ética de la práctica educativa


La ética es, sin duda, uno de los pilares fundamentales en la formación docente.
No se trata solo de cumplir con normas institucionales, sino de actuar con
conciencia, justicia y respeto hacia el otro. En la práctica educativa, la dimensión
ética se manifiesta en decisiones tan pequeñas como respetar el tiempo de los
estudiantes, cuidar el lenguaje que usamos, atender las diversidades, y tan
grandes como defender el derecho a una educación digna y de calidad.

Como practicante, muchas veces me he encontrado en situaciones donde lo


correcto no estaba del todo claro. Allí es donde la reflexión ética cobra sentido.
Preguntarme: ¿Qué es lo justo en esta situación? ¿Qué priorizo: la norma o la
necesidad del estudiante? ¿Cómo construyo autoridad sin autoritarismo? Enfrentar
estas preguntas no siempre fue fácil, pero sí profundamente formativo. La ética me
ha enseñado que ser docente es, en gran medida, sostener el equilibrio entre lo
que se espera de mí y lo que creo justo y necesario para mis estudiantes.

La práctica como espacio de reflexión constante

Una de las herramientas más poderosas que he descubierto en este proceso ha


sido la reflexión. Reflexionar no es simplemente evaluar lo que hice bien o mal,
sino entender por qué tomé ciertas decisiones, qué efectos tuvieron, y cómo
puedo mejorar a partir de esa experiencia. He aprendido a registrar mis
experiencias, a sistematizarlas, y a construir conocimiento desde mi propia
práctica.

En este sentido, el diario reflexivo se ha convertido en un compañero constante. A


través de él, he podido poner en palabras lo vivido, ordenar mis pensamientos,
descubrir patrones y, sobre todo, darme cuenta de mi evolución. Lo que antes me
generaba inseguridad, hoy lo asumo con mayor serenidad. Lo que antes hacía de
manera automática, ahora lo pienso estratégicamente. Esta capacidad de
reflexionar sobre mi acción docente es, sin duda, uno de los aprendizajes más
valiosos que me ha dejado la práctica.

El vínculo pedagógico como base del proceso educativo


Más allá de los contenidos curriculares y las estrategias didácticas, he
comprendido que el vínculo entre docente y estudiante es el verdadero motor del
aprendizaje. Un vínculo basado en el respeto mutuo, la empatía, la escucha activa
y la confianza. He visto cómo estudiantes que parecían desmotivados
comenzaban a participar con entusiasmo cuando sentían que su voz era
escuchada. He vivido momentos donde una palabra de aliento tenía más impacto
que una actividad bien planificada.

El vínculo pedagógico no se enseña en libros; se construye en el día a día, en los


pequeños gestos, en la manera en que nos acercamos a cada estudiante. Esta
relación humana es lo que permite que el conocimiento circule, que las dudas
afloren sin temor, que el error sea parte del aprendizaje y que la escuela se
convierta en un espacio de crecimiento integral.

La dimensión socio-política de la práctica

Entender que la educación no es neutra ha sido un punto de inflexión en mi


formación. La escuela es un espacio atravesado por relaciones de poder, por
desigualdades sociales, por tensiones culturales. En este contexto, el docente no
puede permanecer ajeno. La dimensión socio-política de la práctica educativa me
ha permitido reconocer que cada decisión pedagógica tiene un impacto, que
educar es también resistir a las injusticias, abrir espacios de pensamiento crítico y
construir ciudadanía.

Durante mis prácticas, he sido testigo de realidades complejas: estudiantes que


viven en condiciones de vulnerabilidad, escuelas que enfrentan limitaciones
materiales, contextos atravesados por la violencia o la exclusión. Frente a ello, he
aprendido que no basta con enseñar contenidos; es necesario formar sujetos
críticos, capaces de comprender su realidad y transformarla. En este sentido,
asumo la docencia como un acto político, no partidario, sino profundamente
comprometido con la dignidad humana.
Transformaciones personales a partir de la práctica

Al mirar hacia atrás, reconozco cuánto he cambiado. La persona que inició este
camino no es la misma que hoy escribe estas líneas. La práctica educativa me ha
transformado no solo como futura docente, sino como ser humano. Me ha hecho
más consciente, más sensible, más crítica. He aprendido a valorar el trabajo
colaborativo, a dialogar con posturas distintas, a reconocer mis errores y a
celebrar mis avances.

Cada escuela, cada grupo de estudiantes, cada clase observada o conducida, ha


dejado una huella en mí. Incluso los momentos difíciles —aquellos en los que
sentí que no sabía qué hacer, o cuando algo no salió como lo planeé— fueron
oportunidades para crecer. Agradezco cada uno de esos momentos, porque me
han permitido forjar una identidad profesional sólida, con raíces en la experiencia y
alas en la reflexión.

La articulación de saberes en la práctica educativa

Uno de los grandes aportes de la práctica educativa ha sido el descubrimiento de


cómo los saberes se interrelacionan. Al ingresar al aula, me di cuenta de que no
existe una separación tajante entre teoría y práctica, entre lo académico y lo
cotidiano. Cada actividad, cada decisión pedagógica, cada vínculo construido con
los estudiantes, está impregnado de múltiples saberes: pedagógicos,
disciplinarios, metodológicos, éticos, emocionales y sociales.

La teoría cobra vida en la medida en que se enfrenta al aula real. Conceptos como
evaluación formativa, enseñanza significativa, aprendizaje colaborativo o inclusión
educativa dejan de ser definiciones para convertirse en acciones concretas. Al
mismo tiempo, las experiencias vividas alimentan la teoría, la enriquecen, la
resignifican. Es en esta articulación dinámica donde realmente se forma el
docente.
Comprendí que enseñar no es aplicar una receta, sino tejer sentidos, conectar
conocimientos, adaptar propuestas. En ese proceso, el saber se vuelve
experiencia y la experiencia se convierte en fuente de saber. Esta comprensión
me ha ayudado a valorar tanto el estudio teórico como la vivencia práctica, y a
entender que ambos son inseparables en la formación docente.

El rol del docente en la actualidad: desafíos y posibilidades

Hoy más que nunca, el rol del docente se encuentra en transformación. Las
escuelas ya no son los únicos espacios de acceso al conocimiento, y los
estudiantes llegan con múltiples formas de aprender, de expresarse y de
interactuar con el mundo. Esto implica un reto constante: ser docentes flexibles,
actualizados, creativos y profundamente humanos.

La tecnología, la diversidad, la crisis ambiental, los cambios culturales y sociales,


colocan al docente frente a nuevas exigencias. No se trata solo de enseñar
contenidos, sino de formar personas capaces de convivir, de resolver problemas,
de pensar críticamente, de cuidar el planeta, de vivir con otros desde el respeto y
la equidad.

He comprendido que el docente no puede encerrarse en el aula ni limitarse a su


rol tradicional. Debe ser un mediador, un facilitador del aprendizaje, un
acompañante emocional, un generador de oportunidades. También debe ser un
actor social comprometido, capaz de leer el contexto y de intervenir en él con
conciencia y responsabilidad.

Proyecciones personales: mi ser docente en construcción

En este punto del camino, puedo decir que mi ser docente está en construcción,
pero con bases firmes. La práctica educativa me ha permitido mirar hacia el futuro
con claridad y convicción. Me visualizo como una docente comprometida con la
transformación social, sensible a las necesidades de mis estudiantes, dispuesta a
seguir aprendiendo siempre.

Quiero ser un educador que no solo enseñe contenidos, sino que inspire, que
escuche, que acompañe. Quiero construir aulas donde se valore la diversidad,
donde el error sea parte del proceso, donde el pensamiento crítico tenga lugar, y
donde cada estudiante sienta que tiene algo valioso que aportar.

Sé que el camino no será fácil. Habrá obstáculos, frustraciones, momentos de


duda. Pero también habrá aprendizajes, logros, sonrisas, y muchas razones para
seguir adelante. La práctica me ha enseñado que cada día en el aula es una
nueva oportunidad para crecer y para hacer una diferencia en la vida de alguien.

Conclusión: la práctica como unidad transformadora

Llegar al final de esta experiencia no significa cerrar un ciclo, sino abrir muchos
otros. La narrativa de mi práctica educativa no es un documento final, es el
comienzo de una historia que seguirá escribiéndose con cada clase, con cada
estudiante, con cada desafío.

Esta práctica ha sido una verdadera evidencia de unidad, no solo porque integra
los saberes adquiridos a lo largo de la formación, sino porque me ha permitido
unificar mi ser humano con mi ser docente. He aprendido que educar es un acto
de amor, de compromiso y de esperanza. Que la pedagogía no se reduce a
técnicas, sino que es una forma de mirar el mundo y de intervenir en él con
sensibilidad y coraje.

Me llevo de esta experiencia herramientas, conocimientos, pero sobre todo


convicciones. La convicción de que la educación puede transformar vidas. La
convicción de que cada estudiante merece una oportunidad. La convicción de que
ser docente es, ante todo, una elección ética.
Finalizo este relato con gratitud. Gratitud por las personas que me acompañaron
en el camino, por los espacios que me permitieron aprender, por los errores que
me hicieron crecer. Y con la certeza de que, más allá de los libros y los planes de
clase, la verdadera pedagogía se escribe día a día, con la voz, con la escucha,
con la mirada y con el corazón.

También podría gustarte