UNITARIOS Y FEDERALES
el Partido Unitario buscaba conservar el sistema de administración
centralizada que el país había heredado de la colonia, mientras que el
Partido Federal buscaba reorganizar el país y fundar una república
federativa, en la que cada una de las provincias tuviera voz y voto.
Los unitarios o centralistas pretendían que toda la actividad económica y
la vida política estuvieran reguladas desde la capital. Esa posición se
basaba en la tradición virreinal y en el control del puerto. El partido
federal era más variado. Básicamente, sus integrantes tenían en común
la oposición al centralismo porteño. De todas maneras, se los puede
definir como partidarios de que cada provincia conservara su autonomía
y pudiera regirse libremente, aunque formara parte de una unidad
mayor.
Ambas agrupaciones se enfrentaron en varias ocasiones durante las
guerras civiles de la región, entre 1814 y 1880, dado que defendían
modelos políticos distintos de conformación y conducción de la naciente
república.
Este sangriento conflicto involucró en distintas ocasiones a potencias
extranjeras y vecinas, y culminó en 1880 cuando se logró un acuerdo
para establecer una economía liberal y aperturista, junto a un modelo de
organización federal, conforme a lo establecido en la Constitución
Argentina de 1853
REVOLUCION RESTAURADORA
Hacia mediados de 1832 el partido Federal estaba ferozmente dividido
entre los «doctrinarios», «cismáticos» o «lomos negros» y los leales al
Restaurador, los «ortodoxos» o «apostólicos». La Legislatura de Bs. As le
ofreció varias veces a Rosas que ejerciera nuevamente el cargo de
gobernador. Este rechazó la oferta, y en cambio comenzó a preparar una
expedición al desierto para extender y asegurar las líneas de frontera,
rescatar cautivos, y afianzar la política con los indios amigos.
El resultado de su expedición fue la conquista para nuestro país de cerca
de 100.000 kilómetros cuadrados de territorio hasta Neuquén y Río
Negro en los Andes, rescatando también a dos mil blancos cautivos de
las tolderías.
Desde la ciudad no llegaban noticias alentadoras, pues la misma se
encontraba en un clima de ebullición política. Juan Ramón Balcarce
había asumido la gobernación de Buenos Aires y desde el principio
mismo de su gestión tuvo problemas, sobre todo, con la designación
como ministro de Guerra al general Enrique Martínez, referente y
director de la facción federal sin Rosas, sin los hombres de Rosas y sin la
política de Rosas.
El aire enrarecido llegó a su punto más álgido cuando un tribunal iba a
sesionar para enjuiciar al “Restaurador de las Leyes”, claro que no se
trataba de Juan Manuel de Rosas, sino del diario que llevaba ese nombre
y que constituía el órgano de prensa de los apostólicos. Ese día la ciudad
amaneció empapelada con grandes afiches que en letras tipo catástrofe
de color rojo anunciaban: «Hoy juzgan al Restaurador de las Leyes».
Una multitud se congregó en el Cabildo, sede de la administración de
justicia, ocupando las galerías y el patio. El griterío y las consignas
hicieron imposible que se lleve adelante la sesión. El pueblo común, la
“chusma”, el gauchaje, era el núcleo esencial del levantamiento. No
eran los “federales de categoría”, aunque también ellos participaron,
sino el conjunto de un pueblo agradecido que pedía por su conductor.
Moviendo los hilos de la “Revolución de los Restauradores”, se
encontraba nada menos que la Heroína de la Federación, Doña
Encarnación Ezcurra. Ella misma se lo expresaba a Don Juan Manuel un
tiempo antes del levantamiento: “Cada día están mejor dispuestos los
paisanos, y si no fuera que temen tu desaprobación, ya estarían
reunidos para acabar con estos pícaros antes que tengan más recursos»
(23/ago/1833). Rosas no contestaba. «Yo les hago frente a todos y lo
mismo me peleo con los cismáticos que con los apostólicos… aquí a mi
casa no pisan sino los decididos» (14/sep/1833). Rosas guardaba
silencio.
La “Revolución de los Restauradores” fue no sólo una revolución política,
sino también social. En la misma, como quedó dicho, participaron
caudillos de barrio y sus séquitos de hombres de avería con soldados y
guerreros de la independencia, a gauchos de «hacha y chuza» con
hacendados de la viejas familias patricias como los Anchorena, Arana y
Terrero. Había hecho su “debut” la Sociedad Popular Restauradora, más
conocida como “La Mazorca”.
Mariano Rolón, y el General Agustín de Pinedo fueron los jefes militares
de la revolución.
El 1º de noviembre Pinedo dio la orden de avanzar sobre la ciudad. Sus
fuerzas sumaban 7.000 milicianos armados. La Legislatura, pidió
veinticuatro horas. Al día siguiente cayó el gobierno de Balcarce. A este
lo sucedió Viamonte quien también duró poco en el poder. El vacío
político que producía gobernar sin la voluntad mayoritaria –que quería a
Rosas en el poder- hacía imposible cualquier gestión.
A la caída de Viamonte le sucedió en la dilación de la resolución de la
crisis el interinato de Manuel Maza, presidente de la Legislatura. Pero en
febrero del año siguiente, fue asesinado vilmente el general Quiroga en
Barranca Yaco.
La Legislatura de Buenos Aires sancionó entonces la ley del 7 de marzo
de 1935, por la que se otorgaba el gobierno a don Juan Manuel de Rosas
por cinco años, y con la suma del poder público. Pero Rosas no aceptó.
Para hacerlo pidió que se convoque a un plebiscito que dotará de
legitimidad un gobierno de tales características.
El plebiscito del 26 de marzo de 1835 arrojó un resultado aplastante:
9.316 votos a favor y 4 en contra. Era el triunfo definitivo de Rosas y de
la “Revolución de los Restauradores” iniciada el 11 de octubre de 1833.