¿Qué es “eso” llamado infancia?
Mar del Plata
Por Mercedes Minnicelli
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Algunos pensadores de la época afirman que la infancia
hoy se encuentra amenazada y que ya no resulta tan claro
seguir hablando de este concepto. En esta entrevista con la
Dra.Mercedes Minnicelli, Psicóloga, Psicoanalista, con
trayectoria nacional e internacional también en el campo de
la docencia e investigación, tuvimos la ocasión de pensar
estas cuestiones y sobre todo de comprender cuando surge
y qué es eso que llamamos infancia.
Si bien hoy estamos muy acostumbrados a manejarnos con el
concepto de infancia, no siempre ha existido. ¿Cuándo se legitima?
Cuáles serian las implicaciones del concepto de infancia moderna?
…Los niños se sujetan a las significaciones que los adultos de cada época les
otorgan. La discontinuidad se plantea en los modos de sujeción simbólica e
imaginaria, según cambien las épocas pudiendo presentarse predominantemente
míticos, religiosos, científicos, legislativos, mercantiles.
Una de las discusiones predominantes en el campo de las ciencias sociales
y humanas se instaló a partir de las investigaciones historiográficas de
Philippe Ariès (1973). La noción de infancia cobró en el circuito de
legitimación académica, de modo hegemónico, el estatuto de “moderna”, lo
que impactó contundente en su definición y, así, pasó a ser punto de
referencia y comparación en diversidad de trabajos respecto del tema. Al
mismo tiempo, se configuró un campo de debate que comenzó a rebatir
dichos fundamentos impregnando los idearios de infancia especialmente en
el ámbito educativo.
Discusión por demás interesante que Loyd de Mauss (1982) habilitara a
partir de poner en tela de juicio la tesis de Philippe Ariès (1973) quien
otorga a la Modernidad una nueva sensibilidad hacia la niñez nunca antes
planteada. De Mauss demuestra que sólo una ilusión puede sostener los
argumentos de Ariès. El mismo Ariès en el prólogo a la segunda edición de
su libro (1987) rectifica su postura reconociendo que, si volviera a
escribirlo, pondría el acento en la tolerancia al infanticidio también presente
en tiempos modernos.
Poco se habla de este debate y de las controversias que el concepto de
infancia moderna provocara, incluso al mismo Ariès cuando, por un trabajo
que consideramos a-crítico y a-histórico, el producto de ciertas derivas
epistémicas contemporáneas apuntan que la infancia es moderna o bien no
es infancia y se declara su fin o bien, la infancia no es moderna y hoy
asistimos al fenómeno de nuevas infancias y adolescencias.[3]
Estas improntas se traslucen en políticas, prácticas institucionales,
intervenciones clínicas, sociales, judiciales; en spot publicitarios, en
propuestas de “experiencias innovadoras” ofertadas a adolescentes, tal el
análisis que podemos realizar de las fiestas de las cuales participan.
¿Cuándo nos referimos a la “Infancia”, podemos pensar en un
término con significado fijo a lo largo de los tiempos o hay
aspectos que varían con las particularidades de la época? ¿Cuáles
serían estos aspectos variables?
La dependencia del cachorro humano para su subsistencia es la constante
para poder afirmar que, a lo largo de la historia –y, en este punto ni la
Antigüedad, ni la Modernidad, ni nuestros tiempos representan una
excepción–, los niños se sujetan a las significaciones que los adultos de
cada época les otorgan. La discontinuidad se plantea en los modos de
sujeción simbólica e imaginaria, según cambien las épocas pudiendo
presentarse predominantemente míticos, religiosos, científicos, legislativos,
mercantiles. En el mundo en que vivimos, dichas formas no sólo coexisten,
sino que su mixtura resulta un aspecto que debemos indagar.
Dicha sujeción permanece incluso en tiempos de guerras y en tiempo de
paz, en los procesos migratorios, en los efectos de las enfermedades y
epidemias. No hay modo alguno de desestimar cómo los infantiles sujetos
quedaron ligados, amarrados a los modos de vivir de los adultos de la
comunidad de la cual se trate, fuera ésta familiar o social, fuera cual fuere
la forma de gobierno en cuestión, Pensemos en el destino del hijo/a de un
monarca contemporáneo. En el año 2005 nace la hija del príncipe heredero
de la corona española. Siendo una niña la primogénita, debe reformarse la
constitución, tarea que han decidido emprender para abandonar el lugar
prioritario del primogénito varón. Se trata, entonces, de analizar las formas
de sujeción a los imaginarios que conforman el universo simbólico propio de
cada tiempo, en sus diversidades y en las tensiones gestadas por las
hegemonías.
La propuesta de mi tesis es trabajar con el término infancia en tanto
significante. Ello implica necesariamente considerar que, por su
multivocidad ocupa un lugar diferencial en la producción de sentido singular
y colectiva sujeta al entramado argumentativo subjetivo y a su sostén,
complicidad, colectiva. Infancia, en tanto significante siempre en falta de
significación, no admite ser capturado en campo de sentido unívoco alguno,
sino que requiere continuar representando el intercambio en la línea de las
generaciones y ligando la continuidad y discontinuidad de cada uno con su
propio antepasado, así como las continuidades y discontinuidades que
renuevan el juego diacrónico y sincrónico de la historia humana.
…Tanto sobre el término “niño” como “infancia” recaen diversidad de
significaciones que sólo en apariencia implican acuerdos. Ello no resulta sin
consecuencias sea en la clínica, en lo familiar, en lo social, en lo jurídico, en lo
administrativo, en lo institucional.
Se trata de recuperar el valor que otorga instituir infancia en discursos y
prácticas contemporáneas, en relación con la legalidad de la cultura, por la
inscripción de la Ley fundante del sujeto en el orden social. Inscripción que
implica sujeción a una genealogía, posibilitando al sujeto ser producto y
productor de una historia humana que pueda tener continuidad en el
mundo.
Resulta casi patético (pathos) reconocer, en nuestros tiempos, cómo el
infantil sujeto, en busca de deseo de deseo y, en su afán de hallar un Otro
que le otorgue el auxilio que le hace falta en su desvalimiento, queda
capturado en la arbitrariedad, como partenaire impecable de aquel que lo
requiere para satisfacer su libertad de goce.
Ingresamos por estas vías argumentativas a la intrincada y compleja
relación entre lo colectivo y la singularidad del sujeto. Ello implica que
podamos reinstalar la necesaria distinción, es decir, la diferencia entre
lenguaje infantil y lenguaje adulto; lenguaje de la ternura y lenguaje de la
pasión.
El psicoanálisis ha contribuido a dar una perspectiva sobre la
infancia. ¿Cuáles serían las repercusiones de este entendimiento
psicoanalítico, para la comprensión de la infancia como un
fenómeno moderno?
La irrupción en el discurso de la noción de infancia freudiana, el hablar y
conceptualizar respecto de la “sexualidad infantil”(Freud, 1905) –
otorgándole carácter universal– provocó un gran escándalo en su tiempo,
adhesiones y críticas, subvirtiendo modelos progresistas y evolutivos al
darle condiciones de posibilidad al análisis de la lógica subjetiva.
En términos generales, podemos decir que Freud no define la infancia, sino
que establece diferencias entre el “infantil sujeto”y “lo infantil del sujeto”.
De esta manera, aborda –en diferentes partes de sus Obras Completas– la
“vida infantil del sujeto”, la “historia infantil”, la “inclinación infantil del
sujeto”, la “fantasía infantil del sujeto” y los “complejos infantiles”. Sobre
este último punto, plantea expresamente el “descuido de lo infantil” en el
devenir del padecimiento humano singular y social. Distingue, asimismo,
entre “neurosis infantil” y “neurosis de la infancia” en distintos estudios de
su extensa obra. [4]
Lacan, por su lado, incorpora el término infans para distinguir ese tiempo
en el cual el infantil sujeto aún no habla.
¿Qué consecuencias conlleva el modo en que se signifique la
“infancia” o el “niño”? ¿En qué campos se observan estas
consecuencias?
El psicoanálisis ubica en el discurso al “niño” como “objeto” sujeto a la
lógica del inconsciente; es decir, objeto por tanto del interjuego de la
demanda, subjetivante, que va de la alienación a la separación del deseo
del Otro.
¿Qué es un niño entonces, desde Freud, para el psicoanálisis? Lacan dice
que “niño” es el único “objeto a”. Para Lacan “niño” define un concepto
trabajado por lo inconsciente en las operatorias y permutaciones simbólicas
que instituye el deseo al instituir la ley. En este sentido, resulta
fundamental retomar el texto en el cual Lacan intenta socavar el efecto de
idealización del “deseo” que algunos, ya cuando que escribía Kant con Sade
(1966), habían comenzado a manifestar a partir de sus desarrollos. Por lo
tanto, advierte las confusiones que homologaran deseo con libertad de
goce.
Otras distinciones posibles encontramos en las referencias hacia el “niño” y
la “niña” en Lacan, Françoise Dolto, Maud Mannoni o Donald Winnicott.
Tales distinciones se encuentran presentes en relación a la posición del
analista en la transferencia respecto del niño/a y sus progenitores.
Rebeca Hillert señala que cada uno de los analistas mencionados ha hecho
su aporte desde su propia posición subjetiva, renunciando a presentarse
como modelo y rescatando sus propios estilos.
Ahora bien, como hemos mencionado, tanto sobre el término “niño” como
“infancia” recaen diversidad de significaciones que sólo en apariencia
implican acuerdos. Ello no resulta sin consecuencias sea en la clínica, en lo
familiar, en lo social, en lo jurídico, en lo administrativo, en lo institucional.
A su vez es necesaria otra distinción según sea el lugar desde el cual se
realice el análisis del tema, si del lado del sujeto en configuración respecto
del Otro o, cuál es el lugar que ocupa el niño en el campo del Otro. Para
quienes no están empapados en los conceptos psicoanalíticos podríamos
traducirlo como desde la perspectiva del niño o, desde la perspectiva del
adulto que habla sobre el niño.
Ambos puntos de análisis resultan diferentes y diferenciables, baste
recordar cómo veíamos nosotros, cuando niños el mundo, a los adultos,
cuáles eran los enigmas a descifrar y cómo podemos hablar hoy tanto de
nuestras perspectivas infantiles como de los niños. ¿De qué niño se habla
cuándo se habla sobre un niño? Es una pregunta interesante para habilitar
diferentes vías de análisis de cómo se consideran a los que hoy son
pequeños.
Entonces, después de lo que el psicoanálisis aportó en este campo
¿ya no es posible pensar la infancia como un momento evolutivo?
Sólo en un sentido general puede ser posible. De hecho se habla de
“primera infancia, segunda infancia”. Sin embargo, ello no contempla que
considerar al término infancia como significante implica que la misma será
definida en todos los casos desde la posición subjetiva del hablante. Este
concepto ocupa un lugar nodal en este trabajo, ya que allí se fija el punto
de imposibilidad de una teoría que oficie como modelo y que plantee una
posición unívoca. Se trata ni más ni menos que de admitir, con el
reconocimiento debido, las diferencias y los efectos que una u otra posición
producen respecto de la singularidad del caso del cual se trate. En el marco
del psicoanálisis no se trata de evolución sino de escritura subjetiva.
En términos generales, y haciendo toda la salvedad de lo que
significa generalizar para el psicoanálisis, cuál ha sido la opinión
de los psicoanalistas de niños respecto de la noción de infancia
moderna?
El debate en torno a la noción de infancia moderna no resultó ajeno al
psicoanálisis de niños. Françoise Dolto (1986) otorga un lugar privilegiado –
aunque crítico– a las investigaciones historiográficas de Philippe Ariès. Por
ellas, indagó en los imaginarios, los ideales, que han sostenido y sostienen
los adultos respecto de los niños y las niñas en la modernidad.
…Es necesario hablar al niño, dirigirle la mirada, la voz y ofrecerle sostén porque
nada sucederá sólo librado a la evolución biológica.
Ella intentó expresamente combatir cualquier forma de encierro de la
subjetividad infantil en los parámetros normativizantes modernos,
especialmente en los encierros en la “familia patriarcal” y en la educación
sustentada en el disciplinamiento. En cambio, puso de relieve cómo los
efectos de la posición del niño en el fantasma parental, docente, legislativo
y social, sustentan y justifican ciertas intervenciones tanto de los analistas
de niños como de las instituciones que de un modo u otro se dedican a su
educación y/o a su asistencia.
Las ficciones sostenidas respecto de la infancia, hasta la irrupción del
discurso freudiano, no consideraban el mundo imaginario de los primeros
años y, advierte Dolto, muchos se han quedado en él cuando hablan de la
infancia. Ella abrió el debate denunciando los desvíos que en el propio
ejercicio del análisis de niños, en nombre del psicoanálisis, se estaban
produciendo, en la segunda mitad del siglo XX.
Consideró que si bien la modernidad instituye la diferencia entre adulto y
niño (lo cual, representa una ventaja para el devenir infantil) los
imaginarios de infancia moderna no resuelven la posición simbólica del niño
en la cultura como sujeto del lenguaje.
La psicoanalista francesa discrepa con la propuesta de considerar a la
infancia sólo como un ciclo evolutivo de la vida. A su vez, presenta una
postura crítica respecto de las bondades instauradas por los dispositivos
modernos y la familia nuclear, incluso, en relación a la diferencia que se
instala entre adultos y niños. Rescata el valor de los mitos y rituales de
cada época re-significándolos, señalando el alto perjuicio histórico de la
impostura de la moral religiosa y de la concepción del pecado-castigo
divino, generador de culpabilidad en la constitución subjetiva. Afirma
enfáticamente que para el adulto resulta un escándalo, que el ser humano
en estado de infancia sea su igual.
Respecto a su pregunta sobre considerar la infancia en términos evolutivos,
afirma Doltó que tenemos un mito de progresión del feto, desde el
nacimiento hasta la edad adulta, que nos hace identificar la evolución del
cuerpo con la de la inteligencia. Sin embargo, la inteligencia simbólica es la
misma desde la concepción hasta la muerte. Desde esta perspectiva, es
necesario hablar al niño, dirigirle la mirada, la voz y ofrecerle sostén porque
nada sucederá sólo librado a la evolución biológica.
Dolto advierte una situación paradojal respecto del “nuevo sentimiento de
infancia moderna” por la idealización y sobreestimación de la familia
nuclear: el encierro de los conflictos en los acotados lazos del pequeño
grupo donde la sexualidad fuera regulada, moralizada y controlada bajo ese
esquema. Convoca a revisar las formas de sociabilidad anteriores a la
modernidad, las cuales otorgaban mayor movilidad y apertura exogámica,
cuando los niños y las niñas se sociabilizaban en lazos más amplios.
Sostiene que el “nuevo sentimiento”, este conmoverse con la condición
infantil, responde a autores del Romanticismo, compadecidos por las
víctimas de un orden establecido, a través de la puesta en escena de una
visión sentimental y humanitaria por los personajes de Gavroche, Oliver
Twist, David Coperfield. De un modo u otro, Dolto considera que por esta
visión romántica se deja de lado el mundo imaginario de los primeros años,
especialmente porque la subjetividad sigue siendo la de los adultos que
idealizan su propia juventud.
Ya en 1981, publicó un capítulo titulado “Los derechos del niño” en su libro
La dificultad de vivir. Allí no se ajusta al análisis de la legislación sobre los
derechos del niño, sino que plantea un interrogante de compleja respuesta
que, por el momento, dejaremos en suspenso. [5]
¿Qué relación es posible pensar entre infancia y lenguaje?
Resulta sumamente interesante su pregunta. Giorgio Agamben (2001),
filósofo italiano contemporáneo, le otorga a la noción de infancia otro
estatuto que aleja discursivamente la perspectiva de la infancia tanto como
“invención moderna” –lo cual implicará pensar que antes no habría nada
llamado infancia!”- y, a su vez, disloca el ángulo de análisis respecto de la
lógica evolutiva o de progreso. En cambio, se dirige a la partitura freudiana
sobre los sueños e identifica así la infancia del hombre con el inconsciente
(instancia psíquica según la concepción freudiana) y lo inconsciente (como
lo reprimido primordial), ubicándose –tal como lo hiciera Lacan– en la
lectura del texto freudiano desde la lingüística de Émile Benveniste. De esta
manera, plantea que “infancia y lenguaje” parecen remitirse mutuamente
en un círculo donde “la infancia es el origen del lenguaje y el lenguaje, el
origen de la infancia”. Justamente, es quizás en ese círculo donde debamos
buscar el lugar de la experiencia en cuanto infancia del hombre.
Desde su perspectiva, la experiencia, la infancia a la que se refiere no
puede ser simplemente algo que precede cronológicamente al lenguaje y
que, en un momento determinado, deja de existir para volcarse en el habla,
no es un paraíso que abandonamos de una vez por todas para hablar, sino
que coexiste originariamente con el lenguaje, e incluso se constituye ella
misma mediante su expropiación efectuada por el lenguaje al producir cada
vez al hombre como sujeto.
Para el filósofo italiano contemporáneo, la infancia instaura en el lenguaje
la escisión entre lengua y discurso, la cual caracteriza de manera exclusiva
y fundamental al lenguaje del ser humano. Dicha escisión, siguiendo a
Benveniste, la plantea entre lo semiótico y lo semántico: entre sistema de
signos y discurso. La infancia, la experiencia trascendental de la diferencia
entre lengua y habla, le abre por primera vez su espacio a la historia.
La diferencia es de posición, y no de superioridad de uno sobre otro. Es el adulto
el responsable de sostener las condiciones de posibilidad para las operatorias
subjetivas de inscripción de la ley en la cultura. Es el adulto el que da lugar a los
nuevos en la fiesta de la vida, que siempre estará empezada cuando un niño nace,
y siempre continuará cuando debamos abandonarla.
Detengámonos en este punto: Infancia, es una experiencia singular,
producto de una operación subjetiva que se renueva y, cada nuevo niño/a
deberá atravesar, experimentar, a la vez que allí se abre una hiancia donde
la fantasía y la imaginación, el fantasear y el imaginar, tendrán un papel
preponderante en tanto producciones humanas de experiencia y de cultura.
Experimentar resulta así volver a acceder a la infancia como patria
trascendental de la historia. Este concepto realza la importancia de dar su
lugar a la imaginación, al juego, a la recreación permanente donde lo nuevo
se configura siempre como residuo, resto de lo viejo en el mejor de los
casos. También es posible que lo viejo –que retorna por la repetición- se
instale como destino fatal y allí, el destino no es lo que puede advenir sino
el eterno retorno de lo mismo.
Es en este sentido que no puede considerase la historia como un progreso
continuo de la humanidad hablante a lo largo del tiempo lineal. La historia
es, en esta perspectiva, esencialmente intervalo, discontinuidad, epokhé.
Lo que tiene su patria originaria en la infancia debe seguir viajando hacia la
infancia y a través de la infancia.
La puesta en relación de los términos infancia y lenguaje, que propone
Giorgio Agamben, y la perspectiva del psicoanálisis respecto de la relación
del deseo con la ley nos permiten formular –sin desarrollarlo aquí- la
siguiente tesis: La infancia –en tanto significante– es al lenguaje lo que el
deseo a la Ley. La infancia fue, es y será un significante siempre en falta de
significación.
¿En dichos términos entonces, cuales son las diferencias entre un
niño y un adulto? ¿O más precisamente entre la palabra del niño y
la del adulto?
La diferencia es de posición, y no de superioridad de uno sobre otro. Es el
adulto el responsable de sostener las condiciones de posibilidad para las
operatorias subjetivas de inscripción de la ley en la cultura. Es el adulto el
que da lugar a los nuevos en la fiesta de la vida, que siempre estará
empezada cuando un niño nace, y siempre continuará cuando debamos
abandonarla.
Ello implica una doble vía de circulación singular y colectiva siempre en
tensión y sujetas. Por un lado, a las vicisitudes y accidentes biográficos
singulares, implicando para cada nuevo cachorro humano, en tanto objeto a
en el fantasma del Otro, ir constituyendo su fantasma. Me gusta decirlo
como lo hace Silvia Amigo: “que no es más que la respuesta singular que el
sujeto se da a la pregunta enigmática por el deseo del Otro ¿Qué quiere el
Otro de mí?” Por otro lado, a la liturgia de las ceremonias sociales
colectivas que ofician de marcos simbólicos de referencia social,
estableciendo los modos válidos para cada comunidad en cada tiempo
socio-histórico. La creencia en el ratón Perez, papá Noel, los reyes magos
resultan un interesante analizador al respecto.
En nuestro tiempo, lo que llamamos formas ceremoniales o simplemente
ceremonias, se configura desde el aparataje burocrático institucional
construido en tiempos modernos, instaladas en los circuitos legitimadores
administrativo-burocráticos que ordenan el funcionamiento del sistema. Ello
nos lleva a definirlos como instancia discursiva clave donde se encuentra el
texto que nos permite hacer de él discurso. Este tema fue desarrollado
ampliamente en el libro publicado en 2004 “Infancias Públicas. No hay
Derecho”.
Fíjense que hoy nos hallamos ante un absurdo lógico. ¿Es posible para un
niño/a no ser nuevo/a respecto de las generaciones que le preceden?
Entonces, ¿cuál es la novedad o, mejor dicho, cuál es la discontinuidad o
ruptura histórica, cuando el análisis de lo nuevo opaca otras facetas de la
infancia moderna, la cual se sostiene en la racionalidad científico-
económica-jurídica moderna?
Siempre el hacer de los niños resulta extraño para los adultos y es por la
educación que esas distancias se aproximan, al ofrecer un marco simbólico
de referencia social que permite incluso su transgresión. No es posible
renunciar a la educación de las nuevas generaciones sin asumir los riesgos
que ello significa: no otorgan ningún marco es enloquecedor para los niños
y niñas.
Hoy en día, en determinados círculos de legitimación epistémica, se plantea
una idea de un cierto progreso irracional que nos interesa poner en tensión
cuando se instituye las formas novedosas de la subjetividad infantil de
manera solidaria con la lógica del mercado, acarreando como consecuencia
la admisión de la ley del todo vale (propia de esa lógica) respecto de las
instituciones filiatorias intergeneracionales.
A lo largo de los tiempos, las diferentes culturas han sabido mantener la diferencia
entre los niños y los adultos, aunque hoy se supone que “¿progresar!” sea borrar
esas diferencias. Los niños y las niñas padecen de modo tal esta irracionalidad
que no es exagerado pensar en las formas que toma el infanticidio en la sociedad
de consumo.
Si seguimos esta perspectiva del “sin límite” confundido como “libertad”
¿Valdría entonces el comercio sexual con los cuerpos infantiles?.
Lamentablemente, esta cuestión encuentra aliados infames.
A lo largo de los tiempos, las diferentes culturas han sabido mantener la
diferencia entre los niños y los adultos, aunque hoy se supone que
“¿progresar!” sea borrar esas diferencias. Los niños y las niñas padecen de
modo tal esta irracionalidad que no es exagerado pensar en las formas que
toma el infanticidio en la sociedad de consumo.
A causa de lo expuesto, surge entonces como efecto de sentido considerar
a la noción de niño como consumidor, subordinada a los cambios
tecnológicos y al mercado. Y allí se los abandona, a la deriva con
diagnósticos mercantilistas que poco dicen del niño que se va configurando
en su tránsito en la vida de la mano de los adultos significativos.
Formulamos que no se trata del fin de la infancia, ni de nuevas
subjetividades “libres” sino de la renuncia que promueven ciertos discursos
de nuestro tiempo a la Educación de la prole humana, a la transmisión de la
legalidad cultural.
Es decir, se advierte la renuncia a la inscripción filiatoria en el linaje
familiar, social, cultural. De este modo, se desplaza dicha inscripción hacia
el universo imaginario propio del discurso de la cultura hegemónica de
nuestra época, por parte de generaciones de adultos que, desilusionadas
con su propia infancia, no acreditan el derecho a la misma en las nuevas
generaciones. Esto puede dar lugar a la constitución de la posibilidad de
infancias en falta de mitos y leyendas, tema ampliamente desarrollado en
el libro que contiene la tesis completa de próxima publicación.
Como ya precisamos, nos interesa lo que queda invisibilizado y, en tanto “lo
infantil” (como Freud lo entiende) opera confundiendo:cómo piensa la
infancia aquel que la reconstruye, que la historiza, desde un tiempo Otro,
donde la infancia ya no es – siendo y, por otra parte, cómo piensan los
niños, cuáles son sus propias teorías respecto de su acontecer, las cuales
difieren a la infancia del presente, proyectándola al tiempo que aún no es.
De acuerdo con la orientación planteada, debemos dirigirnos hacia los
modos de inscripción de la legalidad que instituye infancia, destacando la
vigencia de lo que Freud, en 190,5 denominara como “teorías sexuales
infantiles”, otorgándoles un valor estructurante en la lógica subjetiva en
tiempos de su constitución.
La distinción se actualiza, además, en lo inherente a la diferencia –y no
supremacía– entre “lenguaje adulto y lenguaje infantil”;entre el “lenguaje
de la ternura y el lenguaje de la pasión”. Estas cuestiones no pueden
confundirse sin severas repercusiones subjetivas y sociales.
[1] - El tema se encuentra ampliado en Minnicelli, M. (2008) Comp. Infancia e Institución(es) e
Infancia, legalidad y juego en la trama del lenguaje. Bs. As.-México, Noveduc.
[3] - Concepto que ha ganado terreno incluso en el campo educativo, al ser considerado como el
título de la Carrera de Especialización propuesta por el Ministerio de Educación de la Argentina
destinada a profesores de nivel superior terciario (formadores de docentes). La denominación es
Carrera de Especialización en nuevas infancias y adolescencias. (2006).
[4] - Especialmente en sus Lecciones introductorias XXIII (1916-17); Análisis terminable e
interminable (1937); Inhibición, síntoma y angustia (1925); Historia de una neurosis infantil VIII;
Nuevas Conferencias de introducción al psicoanálisis (1933 [1932]); Moisés y la religión
monoteísta (1939 [1934-38]).
[5] - Aunque vale transcribir: ¿Cuáles son, pues, las condiciones necesarias y suficientes en el
ambiente de un niño, para que los conflictos inherentes al desarrollo de cada ser humano
puedan resolverse para aquél en forma sana, es decir, creadora; para que el momento decisivo
del Edipo y su resolución en la recomposición de los afectos, de las identificaciones y los deseos
incestuosos, se abra paso una persona actuante y responsable; para que la angustia de
castración ligada al complejo de Edipo desemboque en el abandono de las fantasías arcaicas o
perversas, intrafamiliares, y conduzca al sujeto a su expresión en la vida social mixta y la vida
cultural simbólica, aceptando sus leyes?