Tema 8: Los inicios de la movilización obrera y campesina.
Pregunta: Analiza las diferentes corrientes ideológicas del movimiento obrero y campesino
español, así como la evolución y estrategia política, entre el tránsito XIX y XX.
La sociedad estamental, con grupos cerrados en función de sus privilegios,
desapareció en la España liberal del siglo XIX, dando paso a una sociedad en la que
todos los individuos eran ciudadanos iguales ante la ley. Así, se implantó una nueva
sociedad de clases, compuesta por grupos abiertos que se diferenciaban
principalmente por su nivel de riqueza.
Las clases altas, formadas por la aristocracia y la burguesía industrial y de negocios,
aglutinaban el poder político y económico. Las clases bajas, compuestas por
campesinos y obreros industriales, compartían una situación de precariedad.
Las clases populares constituían la inmensa mayoría de la población y agrupaban a
un amplio abanico de sectores sociales. Los campesinos, como grupo mayoritario,
tenían una configuración heterogénea (pequeños propietarios, jornaleros,
arrendatarios y aparceros). Las desamortizaciones, lejos de facilitarles el acceso a la
propiedad de la tierra, supusieron un aumento abusivo de las rentas por parte de los
nuevos propietarios y les privaron del uso de las tierras comunales. Esta situación
derivó en un elevado número de campesinos sin tierras, sujetos a contratos de
duración variable, y en jornaleros que dependían del trabajo estacional.
Las condiciones precarias de los trabajadores del campo no mejoraron, y se generó un
flujo migratorio hacia las ciudades industriales, donde fueron transformados en mano
de obra no cualificada, con alto índice de analfabetismo, mal remunerados y
víctimas del hacinamiento urbano. El crecimiento de la producción industrial en la
segunda mitad del siglo XIX dio lugar a la aparición de un nuevo grupo social: el
proletariado.
Sus condiciones laborales eran abusivas: largas jornadas laborales no reguladas (más
de 12 horas diarias durante seis días a la semana), trabajo sin contrato, despido libre,
alta siniestralidad y mínimas o nulas coberturas sociales (sin seguro médico, de
desempleo ni de jubilación).
Las clases menos favorecidas tomaron conciencia de su precaria situación, lo que les
condujo a protestas y reivindicaciones organizadas a lo largo del siglo XIX y
principios del XX. El movimiento obrero surgió como respuesta a las duras
condiciones laborales y a la ausencia de una legislación que protegiera sus derechos.
Durante el reinado de Isabel II, los trabajadores industriales crearon mutualidades o
"sociedades de socorros mutuos", cuya única finalidad era proporcionar a sus
miembros pequeñas ayudas económicas en caso de accidente laboral, enfermedad,
despido o fallecimiento. Sus fondos estaban formados por las aportaciones de los
trabajadores afiliados. Poco a poco, fueron apareciendo nuevas mutualidades obreras
que promovieron demandas laborales concretas, tales como la reducción de la jornada
laboral, mejoras en las condiciones de trabajo y en los salarios. Estas actividades
fueron poco toleradas o incluso reprimidas por los diferentes gobiernos liberales
durante el reinado de Isabel II.
Por otra parte, la Iglesia católica también promovió algunas organizaciones
sindicales para facilitar la superación de los enfrentamientos entre patronos y obreros.
Sin embargo, el sindicalismo católico tuvo escasa influencia en los centros
industriales urbanos.
El movimiento obrero durante la Restauración no constituyó una oposición política
real, aunque sí atacó al sistema a través de insurrecciones, huelgas y atentados desde
la clandestinidad. Los gobiernos conservadores aplicaron medidas que restringieron
el desarrollo del movimiento obrero, pero el ascenso de los liberales al poder en 1881
trajo consigo una mayor permisividad. En 1887, con la aprobación de la Ley de
Asociaciones, se autorizó a los obreros a sindicarse libremente.
En 1881, los anarquistas crearon la Federación de Trabajadores de la Región
Española (FTRE). Este movimiento fue la corriente mayoritaria entre los
trabajadores españoles, especialmente en el Levante, en los centros industriales de
Cataluña y entre los jornaleros del campo andaluz. El anarquismo se negaba a
participar en la acción política y predominaba la tesis de la acción directa, que
defendía el uso de la violencia contra los pilares básicos del capitalismo: el Estado, la
burguesía y la Iglesia.
En la década de 1890 se dieron las mayores actuaciones de violencia social:
atentados contra personajes claves de la vida política de la Restauración (como
Cánovas del Castillo y Martínez Campos), una bomba en el Liceo de Barcelona,
entidad representativa de la sociedad burguesa, y atentados contra la procesión del
Corpus, símbolo de la liturgia popular eclesiástica. Estos atentados fueron seguidos
de una gran represión, indiscriminada contra el anarquismo, lo que provocó una
espiral de violencia. El momento clave de esta espiral fueron los procesos de
Montjuic, celebrados en 1897 en Barcelona, en los que fueron condenados y
ejecutados cinco anarquistas.
La proliferación de atentados ahondó la división dentro del anarquismo, entre los
partidarios de continuar con la acción directa y aquellos que propugnaban una acción
de masas. Estos últimos, con mayor presencia en Cataluña, daban prioridad a la
fundación de organizaciones de carácter sindical. Esta nueva tendencia, de clara
orientación anarcosindicalista, comenzó a dar sus frutos a principios del siglo XX
con la creación de Solidaridad Obrera (1907) y de la CNT (Confederación Nacional
del Trabajo) en 1910. La CNT entendía el sindicalismo como un medio para la
transformación revolucionaria de la sociedad, utilizando como método la huelga
general revolucionaria.
El socialismo, menos extendido que el anarquismo, defendía la participación política.
En 1879, el tipógrafo Pablo Iglesias fundó el Partido Socialista Obrero Español
(PSOE), aunque no tuvo representación parlamentaria hasta 1910, cuando consiguió
un diputado en las Cortes. En 1888 impulsaron la creación de un sindicato socialista,
la Unión General de Trabajadores (UGT). Partido y sindicato tuvieron en Madrid,
Vizcaya y Asturias sus zonas de mayor influencia, mientras que su representación en
Cataluña y Andalucía fue escasa.
El PSOE se definía como un partido marxista, de orientación obrerista y partidario de
la revolución social. Organizó el Primero de Mayo de 1890 como Día del Trabajador,
con una participación multitudinaria. Protagonizó algunas grandes huelgas en
Vizcaya y consiguió obtener algunos concejales en los ayuntamientos.
La UGT respondía al modelo de sindicato de masas que englobaba a todos los
sectores de la producción y se organizaba en secciones de oficios en cada localidad.
Elaboró un programa reivindicativo de mejoras en las condiciones laborales de los
obreros, defendiendo la negociación colectiva entre obreros y patronos, así como el
recurso a la huelga.
El objetivo de los socialistas era la revolución mediante la toma del poder por la clase
proletaria. Para conseguirlo, participaban en el juego político, presentándose a las
elecciones para difundir el mensaje marxista entre la clase trabajadora.
Asimismo, la UGT intentaba mantener, frente a la burguesía, una táctica prudente y
negociadora para alcanzar mejoras en las condiciones de vida de los obreros. Por ello,
los socialistas se mostraron mucho más moderados en sus formas de actuación que
los anarcosindicalistas y mantuvieron pésimas relaciones con ellos.
El movimiento obrero solo empezó a convertirse en una oposición política real de los
partidos dinásticos a principios del siglo XX, cuando arraigó en los centros urbanos
industrializados, donde era más difícil manipular las elecciones.