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SUMARIO

El Código de Procedimiento Civil establece un proceso lineal donde las pretensiones se presentan oralmente ante el tribunal, con un único corte en la etapa In limine litis para excepciones. El proceso comienza con el emplazamiento del demandado y la fijación de audiencia, seguido de la presentación de conclusiones y la decisión del tribunal en un plazo de noventa días. Se discuten estrategias procesales y la importancia de respetar los plazos establecidos para evitar nulidades en el procedimiento.

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SUMARIO

El Código de Procedimiento Civil establece un proceso lineal donde las pretensiones se presentan oralmente ante el tribunal, con un único corte en la etapa In limine litis para excepciones. El proceso comienza con el emplazamiento del demandado y la fijación de audiencia, seguido de la presentación de conclusiones y la decisión del tribunal en un plazo de noventa días. Se discuten estrategias procesales y la importancia de respetar los plazos establecidos para evitar nulidades en el procedimiento.

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SUMARIO

El Código de Procedimiento Civil instituye a partir de su artículo 59 un proceso


lineal, esto es, que no está dividido en etapas específicas para incidentes,
medidas de instrucción, etc., sino que toda pretensión ha de promoverse ante el
tribunal, de manera oral, pública y contradictoria, una vez se aperture la
instancia, y durante toda la sustanciación de la causa. El único “corte” que tiene
este proceso es la etapa In limine litis, en la que deben proponerse las
excepciones; y es que tan pronto se propongan fines de inadmisión o
conclusiones al fondo, precluye el momento procesal para las excepciones; salvo
que se trate de una excepción de nulidad de fondo, y se justifique alguna
imposibilidad material de proponerse en el referido momento ideal (caso
excepcional).

Para principiar el proceso, el demandante emplaza en la octava franca al


demandado mediante acto de alguacil instrumentado a la luz del artículo 61 del
indicado código. Vencido el referido plazo franco, la parte más interesada
(usualmente el demandante) solicita la fijación de audiencia ante el tribunal
competente, el cual procede a fijar un día para celebrar la audiencia. Una vez
fijada la audiencia, la parte que la ha promovido está llamada a notificar dicha
fecha a la contraparte, mediante el correscpondiente acto recordatorio o avenir,
a fin de que esté presente ese día y produzca sus conclusiones.

La usanza es que en la primera audiencia el expediente está vacío y las partes


(incluyendo al propio demandante) solicitan una medida de comunicación de
documentos para depositar la documentación de lugar. Una vez completa la glosa
procesal, las partes producen conclusiones: sea incidentalmente (excepciones,
inadmisiones o medidas de instrucción) o al fondo (lo que pretende cada cual en
relación a la parte petitoria de la demanda: que se acoja o que se rechace).

Se estila que los tribunales, salvo que se trate de algo elemental, o que por su
naturaleza sea factible decidirlo en el momento[1], acumulan las cuestiones
incidentales para decidirlas conjuntamente con el fondo, pero por dispositivos
distintos. Este mecanismo ha surgido como una manera de evitar que los
procesos sufran dilaciones innecesarias, mediante apelaciones contra sentencias
incidentales y el consecuente pedimento de sobreseimiento, hasta tanto se
resuelva la apelación en la alzada. Esto así, atendiendo a que muchas veces las
apelaciones se incoaban con el exclusivo propósito de retardar el fondo de la
causa. Además de que, en franca deslealtad procesal, se utilizaba mucho la
estrategia de apelar sentencias preparatorias, que en buen derecho no son
apelables más que conjuntamente con el fondo; y como consecuencia de dicho
recurso inapropiado, de igual manera se peticionaba el sobreseimiento de la
causa.

Una vez resueltos o acumulados los incidentes, e instrumentadas las medidas de


instrucción, en caso de haber sido dispuestas -a petición de partes o de oficio- el
tribunal concede plazos discrecionales, a fin de que las partes aporten escritos
justificativos de conclusiones, quedando el expediente en estado. El proceso
estará en condiciones de ser fallado al momento de vencer los referidos plazos
para ampliar motivaciones: cuando todo eso se cumpla, entonces se dice que el
proceso está en estado y en condiciones de ser fallado.

En suma, el proceso previsto en el CPC comprende los siguientes pasos: 1.-


Emplazamiento, a cargo del demandante; 2.- Constitución de abogado, por parte
del demandado; 3.- Solicitud de fijación de audiencia, por la parte más diligente
(normalmente el demandante); 4.- Fijación de audiencia por parte del tribunal;
5.- Notificación a la contraparte de la fecha de audiencia asignada por el tribunal;
6.- Producción de conclusiones de las partes, en audiencia (incidentales, de fondo
o ambas); 7.- Fallo del tribunal, dentro de los noventa días que prevé la Ley de
Organización Judicial.

________________________________________________________________

3.2.1 Emplazamiento al demandado

El proceso civil instituido en el Código de Procedimiento Civil, a partir


específicamente del artículo 59[2], principia con el emplazamiento que hace el
demandante al demandado, a fin de notificarle la demanda que al efecto se ha
entablado; al tiempo de conminarlo para que en la octava franca constituya
abogado.

Antes del vencimiento del referido plazo franco, el demandante no puede


perseguir audiencia, ya que se trata del plazo mínimo[3] para que la parte
demandada tenga oportunidad de conseguir el abogado de su elección.

La consecuencia procesal de que se persiga audiencia antes de la octava franca es


la nulidad de la audiencia, por violación al derecho de defensa del demandado.
Sin embargo, muchas veces el remedio procesal que se peticiona a los tribunales
en este caso, es la declaratoria de “mal perseguida la audiencia”[4], lo cual –en
definitiva- produce el mismo efecto: la invalidez de la audiencia. Pero en derecho
puro, la solución procesal debe ser la nulidad, ya que conforme al estado actual
de nuestro derecho, la sanción aplicable a una violación de algún derecho es la
nulidad.

Ahora bien, debe aclararse que el plazo de la octava franca si bien, en principio,
es el mínimo que debe esperar el demandante, antes de proceder a perseguir
audiencia; sin embargo, en caso de que la contraparte constituya abogado antes,
aun sea al otro día de recibir el acto de emplazamiento, perfectamente la parte
más interesada pudiera perseguir audiencia. Evidentemente, en caso de haber
varios demandados, debe aguardarse hasta que todos constituyan abogados: si
son tres codemandados y sólo uno constituye al tercer día, por ejemplo, no
podría el demandante perseguir audiencia a partir de ese tercer día; debe
esperar que se venza la octava para válidamente perseguir audiencia, sino sería
nula la misma, por violación al derecho de defensa de los dos restantes
codemandados incomparecientes.

Es importante destacar que el tiempo máximo que puede durar el demandante


desde que emplaza al demandado para perseguir audiencia, son tres años; pues
ese es el lapso legal para la perención. Sin embargo, no debe perderse de vista
que la perención no opera de pleno derecho; por tanto, debería ser pedida por la
única parte con interés legal para ello, que es el demandado: perfectamente, un
emplazamiento pudiera tener vigencia, si no se reclama la perención, hasta el
momento preciso de cumplirse la prescripción veinteñal, que ataca al derecho de
acción. A diferencia de la perención, que afecta únicamente a la instancia.

Sobre la perención, nos resulta interesante comentar que el Anteproyecto del


Código Procesal Civil se aparta sobre este punto de la escuela francesa,
positivista por naturaleza, y hace acopio de una tendencia constitucionalista del
derecho. Así, el derecho francés admite casos restringidos para la interrupción
de la perención; lo que deriva la secuela de que el asunto se estudie en función de
“papelitos fríos”, mediante el empleo de un simple cálculo aritmético,
observando la fecha del lanzamiento de la demanda y del último acto procesal; o
bien comparando el intervalo transcurrido entre un acto del proceso
instrumentado después del emplazamiento y otro posterior; si se verifica
exegéticamente que han mediado tres años, pues ipso facto, debe declarase la
perención de la instancia.

Por otro lado, el Anteproyecto aboga porque para la perención no emplee un


mecanismo tan frío, en base a puros papeles, sino que debe cada juez adentrase a
la casuística de cada caso, a fin de determinar si, en caso de invocarse,
efectivamente, ha mediado en el caso alguna situación de puro hecho que
constituya un obstáculo de fuerza mayor que haya impedido al accionante
instrumentar algún acto del procedimiento ante el tribunal apoderado; lo cual,
por tratarse de un hecho jurídico, pudiera ser acreditado por cualquier medio,
visto: “Artículo 112, párrafo III, del ACPC: “No operará la perención cuando la
paralización del proceso se deba a una causa de fuerza mayor que los litigantes
no hayan podido superar con los medios procesales a su alcance” [Sic].

Sobre esta nueva concepción relativa a las causas de interrupción de la


perención, por ser hoy día el derecho comparado una fuente de indiscutible valía
en nuestro reciente derecho constitucionalizado, en la actualidad ya existe el
precedente, a nivel de tribunales inferiores, en el sentido de ordenar la
comparecencia personal de las partes e informativos testimoniales, para
acreditar el hecho jurídico que constituye la circunstancia de fuerza mayor
invocada al efecto, que ha impedido que dentro del plazo de tres años[5] el
demandante dé curso a su demanda.

En otro orden de ideas, se ve en la cotidianidad que algunos abogados proceden


a llevar a cabo varios trámites mediante un solo acto, lo cual es una
manifestación del principio de concentración del proceso civil[6]. Por ejemplo,
mediante el mismo acto de alguacil se intima al demandado a pagar la deuda en
al menos un día franco y se emplaza para que dentro de la octava franca
constituya abogado, a fin de comparecer legalmente a la audiencia a fijar para
tales efectos.

Esta práctica será válida siempre y cuando se respeten todos los plazos previstos
para cada requerimiento. Así, si se intima a pagar dentro de un día franco, y
luego se invita a comparecer en la octava, la solicitud de audiencia
necesariamente deberá llevarse a cabo tomando en cuenta ambos plazos; si se
fija audiencia antes de que venza cada uno sucesivamente, operaría un fin de
inadmisión que invalidaría al demandante para ejercitar su derecho de acción,
por el plazo prefijado instituido en el artículo 44 de la Ley No. 834 del 15 de julio
de 1978: en el ejemplo propuesto deberían mediar, en principio, mínimo 13 días
antes de la solicitud de fijación de audiencia, ya que ese número es el resultado
de la sumatoria de un día franco (que en principio se traduce en 3) y de la octava
franca (que se convierte en 10, salvas las excepciones legales para cuando
termina en día feriado, etc.).

A propósito de la práctica indicada precedentemente, resulta de interés


comentar que lo determinante para establecer si se han respetado los plazos
procesales en cada caso concreto, para válidamente celebrarse la audiencia, es el
momento de la solicitud de fijación de audiencia, no la fecha en que finalmente el
tribunal fije la misma. Aclaramos esto, porque aparecen en los tribunales
abogados que pretenden persuadir, en el sentido de que independientemente de
que la audiencia se haya solicitado tres días después del emplazamiento, si
finalmente ésta se fija para dentro de tres meses, todo se subsanaría y la
audiencia “debería pasar”. Al respecto, preciso es aclarar que taxativamente el
artículo 77 del Código de Procedimiento Civil, establece: “Después de vencidos
los plazos del emplazamiento, cualquiera de las partes podrá promover la
audiencia”. Por tanto, es evidente que en buen derecho, deben las partes
aguardar hasta que se venza el plazo de la octava franca, para entonces
promover válidamente (mediante instancia dirigida al tribunal) la audiencia de
rigor. Esto así, sin menosprecio de la excepción admitida en la práctica, referida
precedentemente, de que si se verifica una constitución de abogado antes,
perfectamente se pudiera perseguir audiencia a partir de dicha constitución,
lógico.

Una estrategia que emplean algunos abogados de la parte demandante para


evitar que se prolongue innecesariamente el proceso, es comunicar
conjuntamente con el emplazamiento las pruebas que pretenden hacer valer en
el juicio; parecido a la realidad procesal en materia laboral. Con este mecanismo
se crean las condiciones para peticionar al juez en la primera audiencia, que se
rechace la acostumbrada comunicación de documentos, bajo la prédica de que ya
han sido comunicados los mismos. Y en caso de no ser acogido tal ingenioso y
sustentable petitorio, se recurre, como plan subsidiario, a solicitar que en caso de
otorgarse la comunicación de documentos (como es costumbre) que sea la única.
Muchas veces da resultado dicha estrategia, pues –en honor a la verdad- se trata
de un mecanismo serio y eficiente.

En las cortes de apelación suele dar mayor resultado la referida oposición a la


acostumbrada comunicación de documentos en la primera audiencia, para el
demandante ganar tiempo en la tramitación de su demanda, ya que como es
sabido, en dicha jurisdicción de segundo grado la comunicación de documentos
es opcional.

Por otro lado, una táctica que suelen usar los abogados representantes de la
parte demandada es, cuando les interesa que se conozca rápido la demanda
lanzada en su contra[7], perseguir ellos audiencia tan pronto reciben el acto de
emplazamiento; al tiempo de notificar mediante el mismo acto de constitución de
abogados, las piezas que aportarán para fundar sus medios de defensa. Así, en
caso del demandante pretender solicitar en la primera audiencia, la habitual
comunicación de documentos, tener un argumento válido para oponerse: que ya
las piezas han sido comunicadas. Lo cual fuerza al proponente de la medida a
probar la seriedad de su pedimento.

Asimismo, los abogados de la parte demandada, muchas veces para ganar


tiempo, peticionan la nulidad del acto, o bien el aplazamiento de la audiencia, a
fin de que el abogado representante de la parte demandante indique
expresamente la dirección de su cliente en el acto introductivo de demanda; esto
así, bajo la prédica de que en caso de no constar dicha dirección de manera
expresa, no sería posible notificar válidamente el emplazamiento para la
apelación; ya que no necesariamente el abogado de primera instancia será el
mismo en la alzada, y la ley expresa que ese acto contentivo del recurso es a
persona que debe hacerse.

Dicho petitorio carece de sostenibilidad jurídica, ya que, en palabras de la


Suprema Corte de Justicia: “si bien es cierto que el acto de apelación, de
conformidad con el artículo 456 del Código de Procedimiento Civil, debe, a pena
de nulidad, ser notificado a la propia persona del recurrido o en su domicilio, no
menos cierto es que dicha notificación también es válida si se hace en el
domicilio de elección que figura en el acto de notificación de la sentencia de
primer grado, máxime si el notificante elige dicho domicilio para todas las
consecuencias legales de ese acto de notificación de sentencia…”[8]

Sobre el acto de emplazamiento, muchas veces ocurre que los ministeriales no


notifican dicho acto en la dirección que indica el cuerpo del mismo, y lo que
hacen es que en una nota al final aclaran que el referido documento se notificó
realmente en otra dirección.

Lo propio en estos casos sería que el alguacil actuante indique en la línea en


blanco dejada para completar con las generales de quien haya recibido el acto,
una “nota” que refiera “ver al final”. Y, en efecto, entonces al final del acto que
aclare que no notificó éste en el lugar que se menciona en el cuerpo de la
escritura, sino en aquel indicado al final (generalmente lo hacen mediante
anotaciones manuscritas, pero con el sello que da constancia de fe pública).

Con este último mecanismo para dar cuenta de que el acto de emplazamiento
realmente se notificó en otro lugar, se evitan confusiones, en el sentido de que en
la primera parte se diga que hubo un traslado, por ejemplo, a la Calle Moisés
García y se habló con “fulano de tal”, pero antagónicamente al final del mismo
acto haya una nota diciendo que realmente se notificó en la Josefa Brea, en el
Luperón, y allí fue que realmente habló con “fulano de tal”. Contradicción esta
que pudiera implicar la nulidad del emplazamiento, aun de oficio, por parte del
juez que presida el proceso; esto así, en caso de ser en defecto que se conozca el
asunto, pues si ambos están presentes, se ha admitido que habría que probar un
agravio.

No resulta ocioso aclarar que todas las menciones que indica el artículo 61 del
Código de Procedimiento Civil son de forma[9]. Por tanto, la inobservancia de
alguna de ellas genera una nulidad de forma, no de fondo como generalmente
suele, equívocamente, interpretarse.

En ese sentido, en vista de que la inobservancia de alguna indicación prevista en


el citado artículo 61 produce una nulidad de forma, procesalmente para
invocarla debe probarse un agravio: Si se denuncia que no se indicó en el acto el
nombre completo del ministerial, o del tribunal, etc., debe probarse al tribunal
qué agravio ha producido dicha omisión, en términos de violación del derecho de
defensa o bien cualquier otra prerrogativa procesal.

Una deficiencia que recurrentemente afecta los actos de alguacil es que, en casos
de notificaciones a domicilio desconocido, de conformidad con el artículo 69.7
del Código de Procedimiento Civil, el ministerial no indica que real y
efectivamente se ha trasladado ante el procurador fiscal, como manda la ley[10];
sino que se limita a mencionar que notificó a domicilio desconocido por no haber
encontrado el domicilio del demandado. Evidentemente, en estos casos el acto
debe ser anulado; máxime cuando se trata, como es lo usual, de un defecto: Los
jueces del fondo deben ser muy cautos al momento de pronunciar un defecto;
deben constatar que la parte incompareciente haya sido convocada debidamente
para la audiencia, a fin de ejercer una tutela judicial efectiva, al tenor del artículo
69 de la Constitución proclamada el 26 de enero de 2010.

Por otro lado, algunas oficinas de abogados, para “curarse en salud”,


registran[11] todos los actos que instrumenten en un proceso[12]; pero lo cierto
es que para fines de emplazar a una parte para que constituya abogado y
comparezca al proceso, no es menester llevar a cabo dicho registro. Así, la
mayoría de los tribunales de la República dan como bueno y válido el acto de
emplazamiento que no está registrado; postura con la cual comulgamos, ya que
se trata de un acto que tiene esencialmente efectos inter partes, en razón de que
incumbe esencialmente al requirente y al requerido: Cuando se emplaza no se
pretende oponer el emplazamiento a terceras personas, lo que debe revisar el
tribunal es que el acto haya efectivamente llegado a su destinatario, siendo los
terceros ajenos a dicha revisión.
Sobre el registro de los emplazamientos ha sido juzgado que “…
independientemente de que la omisión del registro de los actos procesales no
está sancionada por la ley con su nulidad, dicha eventualidad sólo acarrea el
pago de una sanción pecuniaria a cargo del alguacil actuante, que no incide en la
validez procesal del mismo entre las partes envueltas en el acto de que se trate,
salvo desde luego, la oponibilidad de su contenido frente a terceros por carecer
de fecha cierta…[13]”

La Suprema Corte de Justicia ha juzgado que la conjunción indefinida de “Y/O”


para notificar no es válida, ya que dicha indeterminación impide que se sepa
realmente a quién es que se está emplazando[14]. En caso de estar las partes
presentes en el tribunal, habría que probar un agravio, pero cuando se trata de
un proceso en defecto, mayoritariamente los tribunales, en acopio de una tutela
judicial efectiva, disponen la rectificación del acto o, en el peor de los casos, la
nulidad de éste.

Igualmente, ha sido admitido que cuando se trata de una pareja matrimoniada,


un solo traslado a la vivienda conyugal es suficiente para llevar a cabo
satisfactoriamente la notificación.

En el caso de las entidades comerciales, la Ley No. 259, artículo 3, derogatoria de


la denominada ley Alfonseca-Salazar[15], permite que sean notificadas tanto en
la cede principal como en cualquier sucursal instalada en una localidad distinta.

Por otro lado, en lo relativo al emplazamiento, en materia de liquidación de


astreinte, se suele peticionar al tribunal la nulidad de la demanda, o simplemente
de la audiencia, sobre la base de que para fines de esa instancia sobre
liquidación, no se instrumentó un emplazamiento con constitución para
constituir abogado como manda el proceso civil. Al respecto, preciso es aclarar
que en el estado actual de nuestro derecho, “… con la solicitud de liquidación de
la astreinte no se inicia una nueva instancia, pues no se trata de un proceso
distinto o diferente, sino que la misma es la continuación de la instancia en el
curso de la cual ella es pronunciada y que constituye su desarrollo y
continuación…”[16]. Con lo cual, el planteamiento que ocupa nuestra atención
carece de méritos y, por tanto, debe ser rechazado: un simple acto de
recordatorio o avenir sería suficiente para que sea válida la audiencia; y en caso
de no presentarse el abogado constituido en la instancia, el defecto sería por falta
de concluir. Si nunca operó constitución de abogados, la audiencia para liquidar
astreinte, ha sido admitido, pudiera fijarla la parte interesada sin necesidad de
redactar citatorio alguno.

En ese orden, se ha presentado la situación en que un demandante en validez


pretende lanzar dicha demanda ante el tribunal del domicilio del tercero
embargado, bajo la prédica de que conjuntamente con su demanda en validez ha
demandado, al mismo tiempo, el cobro y, por tanto, en aplicación del artículo 59
del Código de Procedimiento Civil, es su facultad elegir dentro los domicilios de
los codemandados para dirigir su acción.

Este pedimento no es sostenible jurídicamente, ya que en el esquema actual de


nuestro ordenamiento procesal civil, el tercero embargado no es deudor del
embargante, sino del deudor embargado[17]. Por lo que los preceptos del citado
Artículo 59 no aplican, ya que dicho texto se refiere es a una pluralidad de
deudores del acreedor, que no es el caso.

Además, en el caso concreto, se había demandado el cobro conjuntamente con la


validez del embargo retentivo, por lo que es evidente que la decisión que habría
de intervenir deberá corresponderse con una decisión de validez y, por ende, los
parámetros para la competencia, sin dudas, están centrados en el artículo 567
del Código de Procedimiento Civil, que sostiene que es ante el tribunal del
domicilio de la parte ejecutada que debe perseguirse la validez: la doctrina ha
razonado en el sentido de que la competencia establecida en el artículo 567 del
Código de Procedimiento Civil, no es sino una consecuencia del principio general
establecido por el artículo 59, ya que el deudor embargado será siempre la parte
demandada (GERMÁN MEJÍA, Mariano. Vías de Ejecución, Tomo II, p. 333).

Emplazamento a breve rérmino

Ya hemos comentado que el plazo de ley para los emplazamientos es el de la


octava franca, pero es de interés precisar que, de manera excepcional, la ley
faculta al tribunal a autorizar el emplazamiento a breve término (Art. 72 C.P.C.).

Para que proceda esta autorización necesariamente debe probarse al


tribunal al urgencia que justifique la misma. Por ejemplo, que el demandado está
de paso por el país y se teme que se marche pronto; que el objeto de la demanda
lo constituyan bienes perecederos, etc.
Es materia de controversia la cuestión de saber si cuando el tribunal
autoriza el amplazamiento a breve término debe proceder, ipso facto, a fijar la
audiencia. Hay quienes sostienen que el hecho de autorizar que se emplace antes
de la octava franca no implica que sea fijada la audiencia: si se autoriza, pues que
se proceda a emplezar a un día franco, por ejemplo. Por otro lado, partiendo de la
finalidad del emplazamiento abreviado, que es justamente ganar tiempo, se ha
interpretado que una vez sea autorizado dicho emplazamiento excepcional, el
tribunal, para eficacia de su decisión, debe fijar mediante la misma decisión
graciosa que autoriza la medida, el día en que deberá celebrarse la audiencia.

Particularmente, comulgamos con la segunda postura que, dicho sea de


paso, es la más socorrida ante los tribunales civiles y comerciales de la
República; y es que el fijar al instante la fecha de la audiencia nos parece afín con
los principios de celeridad, economía procesal, eficacia de la decisión, etc.

[Link] Constitución de abogado y notificación de acto recordatorio (Avenir)

El demandado cuenta con el plazo de la octava franca para notificar al


demandante su constitución de abogado. Procesalmente se considera que tan
pronto el demandado lleve a cabo tal notificación, ha comparecido: en esta
matria se comparece mediante el ministerio de abogados; esto así, en virtud de la
Ley No. 91 que crea el Colegio de Abogados de la República Dominicana.

La parte que persiga audiencia, que necesariamente deberá ser cuando venza la
octava franca, o bien desde que se produzca la constitución de abogados de la (s)
parte (s) demandada (s), está en la obligación de notificar a las partes
instanciadas la fecha de la audiencia que previamente ha designado el tribunal;
trámite procesal que se materializa mediante el correspondiente acto
recordatorio o avenir.

El avenir está reglado por la Ley No. 362 del 16 de septiembre de 1932, de
apenas un artículo. Básicamente, se trata de una notificación a la contraparte de
la fecha de la audiencia que al efecto ha fijado el tribunal para conocer la
demanda. Este acto, ha sido juzgado, no tiene que describir el objeto de la
demanda, es suficiente con precisar el día, lugar y hora de la citación, así como el
concepto: demanda tal o cual.
El plazo para tramitar el venir es de dos días francos. Si no se respeta dicho lapso
procesal, la audencia deberá ser declarada mal perseguida. Ahora bien, si las
partes han quedado citadas mediante sentencia in voce dictada en la audiencia
anterior, suponiendo que se hayan producido aplazamientos de audiencias
previas, es evidente que el avenir no sería necesario, pues ya con aquella
sentencia esa parte ha quedado cubierta.

Asimismo, en caso de que el avenir contenga algún error material, pero la parte
destinataria del mismo ha comparecido y no ha probado ningún agravio, pero
alega que no está en condiciones de concluir en esa oportunidad, lo propio es -en
vista de que en efecto se ha incurrido en un error material- aplazar la audiencia,
y con ello se subsana el impasse; quedando las partes citadas por sentencia, sin
necesidad de tramitar nuevo avenir. Solución procesal esta que contribuye con el
tema de la economia procesal, vista en sus dos vertientes: factor tiempo y facto
económico; y es que de esta manera se evita pagar nuevo acto de alguacil y
retardar el proceso justamente para dar tiempo a la redacción de tal acto.

3.2.2 La audiencia

En esta parte, vamos a tratar las casuísticas más frecuentes acontecidas durante
las audiencias celebradas en materia civil.

[Link] Situaciones presentadas en audiencia, a propósito del Mandato ad-litem


de los abogados

Lo primero que deben hacer los abogados empoderados por las partes al
postular en la primera audiencia, es presentar formalmente sus calidades al
tribunal. En ocasiones ocurre que algunos abogados pretenden anteponer un
determinado pedimento al formal trámite de presentación de calidades. Por
ejemplo, requieren que –antes de dar calidades- el tribunal revise la última acta
de audiencia, a fin de cerciorarse si quien dio calidades en aquella oportunidad
es el abogado que le pidió que le suba a audiencia; o bien alguna situación que
acarree la nulidad del acto, etc. Pero sucede que tal pretensión es procesalmente
incorrecta. El tribunal para, si quiera, escuchar al abogado que postule en una
tribuna determinada, debe saber quién le está dirigiendo la palabra, previa
acreditación de su condición de abogado; lo cual se establece normalmente con
la presentación del carnet del Colegio de Abogados[18].
El juez ducho, ante una situación procesal de esta naturaleza, debe corregir al
abogado y explicarle que hasta que no presente formal calidades, el tribunal no
estará en condiciones de ponderar pedimento alguno, por sencillo que sea.

El contrato de cuota litis que suscriben los abogados con sus clientes,
jurídicamente constituye un mandato ad-litem[19]. Así, el cliente es el mandante
y el abogado el mandatario. Por tanto, al momento de revisar cualquier situación
que se pueda producir en virtud de un contrato de cuotalitis, el estudio deberá
llevarse a cabo bajo el prisma del artículo 1984 del Código Civil, que instituye el
mandato.

En ese orden de ideas, puede ocurrir que en un momento determinado dos o más
abogados den calidades por la misma persona física o moral. En esos casos, el
remedio procesal no es unánime: hay tribunales que en estrados verifican
rápidamente quién, conforme al expediente, es el letrado facultado para postular
en representación de tal parte y, a seguidas, mandan a bajar al otro abogado; y
hay otros tribunales, más conservadores, que para evitar “poner
innecesariamente en aprietos a un abogado”, permiten que ambos presenten
calidades y produzcan conclusiones (por lo general piden una comunicación de
documentos), y luego –reflexivamente- verifican quién realmente es el letrado
que debe postular y para la próxima audiencia, ya con las aguas más calmadas,
indican cuál será el abogado que postulará en el proceso.

Partiendo de que en materia civil el mandato se presume, si el expediente no es


muy voluminoso y, sin problemas, se puede verificar a nombre de cuál abogado
están los actos procesales más recientes –por ejemplo- pues lo más saludable
sería decidir ese asunto sobre la barra, en ese mismo momento; y con ello se
evitaría el impasse de que ambos letrados produzcan conclusiones antagónicas
(comunicación de documentos y el otro concluir al fondo, ante el defecto de la
contraparte, por ejemplo). Sobre todo, si a leguas se advierte que se trata de una
chicana de algún abogado “rebelde sin causa” que pretende incidentar el proceso,
arguyendo que representa la misma parte que otro abogado.

Sobre esta casuística, podemos comentar que en nuestra experiencia personal


ante los tribunales civiles de la República, créanme, se nos han presentado
situaciones similares, en que ambos abogados que dicen representar a la misma
persona, hacen tal afirmación con una seriedad tal que parecería que realmente
se lo creen. No debemos perder de vista que los clientes, a veces de manera
aviesa, cambian de abogado sin consultar al letrado; por lo que perfectamente
pudiera darse el caso de que un abogado realmente suba a estrados pensando
que aún está apoderado del caso.

En una situación parecida a esta -pero ya habían pasado varias audiencias y las
partes estaban prestas para concluir al fondo- debemos decir que, como juez que
presidió la causa, nos dio resultados satisfactorios, la solución salomónica de
acumular el aspecto sobre la determinación del abogado realmente apoderado y
permitir que ambas partes concluyan, a reserva de ponderar reflexivamente -con
la paz del despacho- la glosa procesal y, consecuentemente, determinar a cuál
abogado era que le correspondía producir conclusiones: el único percance que
pudiera surgir, es si ambos abogados que se disputan la misma representación
formulan conclusiones incompatibles; por ejemplo, uno solicita un
aplazamientos para los fines que sea, y todos los demás estén contestes en
concluir al fondo ese día. Excepcionalmente –pensamos- en un caso como ese no
sería factible, si quiera, pensar en la acumulación.

En definitiva, el buen juicio del juez será determinante para resolver un impasse
de esta naturaleza. El parámetro que habitualmente emplean los tribunales para
determinar –rápidamente- quién es el abogado apoderado al momento de la
audiencia, es aquel que figure en los actos procesales más recientes. A partir de
ahí, ya será cada casuística que orientará en torno a si lo prudente sería decidir el
asunto en ese momento o si, por lo voluminoso del expediente, la seriedad de las
afirmaciones de los abogados, etc., lo adecuado sería estatuir al respecto en otra
ocasión, o bien conjuntamente con el fondo, en caso de que todas las partes estén
en condiciones para concluir al fondo.

También tiene que ver con el carácter ad-litem del mandato de los abogados, el
tema de los desistimientos que frecuentemente se producen respecto de
procesos civiles y comerciales; los cuales son positivos, considerando que las
vías alternativas de resolución de disputas son el derecho del futuro. En este
caso, aunque ya se había inicialmente judicializado la controversia, el que se
resuelva la controversia antes de que se produzca una decisión al fondo –sin
dudas- es algo positivo.

Resulta que por el carácter ad-litem del mandato de los abogados, éstos
perfectamente pudieran desistir de algún petitorio incidental, sin previa consulta
a su cliente; ya que se supone que este último no tiene conocimientos técnicos
como para comprender la naturaleza de tal petitorio incidental. Así, es el criterio
del profesional del derecho, en principio, lo determinante para mantener o
desistir de un asunto técnico incidental. Tanto es así que las decisiones
incidentales, la ley no exige que sean notificadas a la persona de la parte, sino
que basta con que sean notificadas al abogado, justamente porque es éste quien
domina –se supone- la técnica jurídica. Sin embargo, cuando se trata de un
desistimiento de la instancia, propiamente, una inteligente administración de
justicia sugiere requerir al abogado que deposite, en soporte de papel, el
desistimiento firmado por la persona que al efecto ha desistido de la instancia
que ha aperturado mediante el ejercicio de su derecho de acción.

Muchas veces ocurre que los abogados presentan un acto firmado por ellos, sin
constancia alguna de la voluntad expresa de la persona de la parte; esto así, bajo
la prédica de que cuentan con un mandato de representación, pero lo cierto es
que tal mandato ad-litem no le faculta para ello: en derecho puro, es la parte
misma que debe dar cuenta de que no quiere mantener abierta la instancia que
ha aperturado, no el abogado por sí solo.

Por otro lado, el argumento de que el cliente no puede revocar el mandato del
abogado luego de firmar el cuotalitis es insostenible, ya que el artículo 2004 del
Código Civil, expresamente prevé la posibilidad de revocar el mandato cuando se
considere pertinente. Esto así –claro- al margen de la responsabilidad
disciplinaria que pueda sufrir un letrado que acepte el caso sin previamente
verificar que el abogado apoderado en primer lugar haya sido debidamente
notificado y desinteresado[20].

Sobre este tema, usualmente los abogados –para evitar que los desapoderen del
caso- insertan en el cuotalitis una cláusula penal, en el sentido de que en caso de
romperse el mandato antes de culminar el proceso, la pena es pagar la totalidad
del porcentaje convenido, cual si se hubiese mantenido vigente el cuota litis. Así,
en caso de una persona pactar con su abogado una partición de alguna masa
conyugal ascendente a cien millones de pesos, suscribiendo a tales fines un
treinta por ciento de dicha masa como pago por los honorarios del abogado; si el
cliente decide –como es su derecho- revocar el mandato antes de terminar la
litis, por efecto de la cláusula penal deberá ese cliente, de todos modos, pagar el
citado treinta por ciento al abogado: ay ñeñe!.

Al respecto, existe el precedente que inaplica tal cláusula penal, sobre la base
concreta de su carácter abusivo: resulta exorbitante prever una cláusula penal
que sancione con la totalidad misma de lo originalmente pactado, cuando en
realidad se ha revocado el mandato; máxime cuando es facultad de todo
mandante revocar el mandato a su mandatario.
Por otro lado, otros tribunales aplican tal cláusula penal, sobre la base del
principio de la autonomía de la voluntad, instituido en el artículo 1134 del
Código Civil: si el cliente, libre y voluntariamente, convino esa cláusula, debe el
juez conferir vigencia a la misma, ya que se trata de un precepto que es “ley
entre partes”.

Sobre esta situación procesal, conforme a nuestras máximas de experiencia,


podemos dar cuenta de que suceden dos cosas con frecuencia: aparecen
abogados abusadores que se aprovechan de la ingenuidad de algunos clientes y,
por otro lado, hay clientes “pícaros” que descomedidamente empoderan y
desapoderan a los abogados y, por ello, estos últimos buscan la manera de evitar
quedar en el aire de buenas a primeras.

El juez a la hora de estudiar una casuística de esta naturaleza debe ser cauto y
tomar como insumo para ello, tanto la autonomía de la voluntad como las
previsiones, sobre todo de naturaleza doctrinal, sobre la ineficacia de las
cláusulas abusivas.

[Link] Comunicación de documentos

En la primera audiencia, lo que se estila es solicitar la medida de comunicación


de documentos[21]. Lo lógico es que sea el demandado quien peticione dicha
medida, ya que –como se ha dicho- el proceso civil vigente es lineal, en tanto que
no está comprendido por audiencias y, por tanto, cuando llega a la primera
audiencia no conoce la documentación que pretende hacer valer el demandante
en su contra. Sin embargo, muy frecuentemente es el propio demandante quien
quiere la consabida medida.

También suele pasar que una de las partes primitivas (demandante principal o
demandado principal), llama en intervención forzosa a un tercero; o bien que un
tercero intervenga voluntariamente en el proceso; independientemente de que
hayan pasado audiencias previas, si es la primera vez que el abogado constituido
por dicho tercero se presenta, solicita la comunicación de documentos, bajo la
prédica de que: “Para él, viene siendo la primera audiencia”.
Lo que está ocurriendo en el día a día ante los tribunales de derecho común, es
que el expediente llega al tribunal vacío; el demandante completa el mismo luego
de perseguir la fijación de audiencia y, por su lado, el demandado deposita los
documentos para sustentar su defensa, también haciendo acopio de la aludida
medida de comunicación de documentos; y muchas veces, solicitando su
prórroga. Más aun, el juez cuando sube a la primera audiencia no ha visto en
ningún momento el expediente; es decir, en resumidas cuentas, la primera
audiencia se ha convertido en un trámite rutinario en el que nadie sabe nada del
expediente, ya que –créase o no- por norma general está vacío en ese momento.

Generalizadamente, se invoca la comunicación de documentos como si se tratase


de “un pedimento de derecho, que se impone por ser la primera audiencia”. Lo
cual es una falacia, ya que el espíritu de la Ley No. 834, en lo que tiene que ver
con la comunicación de documentos, es que las partes comuniquen éstos de
manera extrajudicial; esto así, independientemente de que nada obsta para que
sea peticionada en audiencia: puede solicitarse, pero no es que sea algo de pleno
derecho, ni mucho menos que sea obligatorio.

En los últimos tiempos, por el tema de la constitucionalización de los procesos,


los jueces han estado aplicando los principios rectores del proceso civil; es decir,
no solamente administran justicia guiándose exegéticamente por el Código de
Procedimiento Civil, modificado por las leyes Nos. 834 y 845, sino que en caso de
verificarse alguna casuística con situaciones atípicas, recurren a los principios
para resolver el impasse presentado, o bien para concebir posibles soluciones
procesales en aras de un proceso constitucionalizado.

En ese orden de ideas, se ven casos en que -atendiendo a la naturaleza de cada


situación- en la primera audiencia se disponen, además de la habitual
comunicación de documentos, otras medidas de instrucción, para fines de
economía procesal, como informativos testimoniales, comparecencia personal de
las partes, etc.[22].

[Link] Incomparecencia del demandante

Ante la no presencia del abogado representante del demandante en la audiencia,


de conformidad con el artículo 434 del Código de Procedimiento Civil, se produce
el defecto del demandante por falta de concluir y el descargo puro y simple de la
parte demanda. Asimismo, la condenación en costas, en caso de ser solicitado, en
contra del demandante defectuante: recordemos que las costas con un asunto de
interés privado; por tanto, si no se solicitan los jueces no deben pronunciarse al
respecto.

Sin embargo, pudiera darse el caso de que el demandado tenga interés de, no
obstante la ausencia física del demandante, producir conclusiones al fondo. En
esta hipótesis, el juez deberá estudiar las conclusiones vertidas en el acto
introductivo de demanda, cual si el demandante se hubiere presentado, y acoger
las mismas sólo si reposaren en prueba lícita y pertinente; al tenor del artículo
150 del Código de Procedimiento Civil.

Sobre esta última posibilidad, de concluir al fondo no obstante la ausencia física


del abogado del demandante en estrados, ha sido juzgado que: “Si el demandante
no comparece o no concluye, el demandado puede a su elección solicitar el
descargo puro y simple de la demanda o que sea examinado y fallado el fondo. Si
el recurrido solicita el descargo de la demanda, el juez no puede examinar el
fondo”.[23]

Por lo general el criterio para optar por una posibilidad u otra es si el expediente
cuenta o no con prueba suficiente para sustentar la demanda. Así, si el
demandado, previo a la audiencia, constata que el expediente está vacío, o con
pruebas débiles (copias, fotos, etc.), preferirá peticionar al fondo el rechazo, a fin
de que ese proceso se torne en “cosa juzgada” y, consecuentemente, pues ante
una eventual reintroducción de la demanda, poder oponer el fin de inadmisión,
como medio de defensa, por la cosa juzgada, al tenor del artículo 44 de la Ley No.
834; y es que cuando se descarga pura y simplemente al deudor, dicha decisión –
que por demás no es una sentencia propiamente- justamente por no resolver
ningún punto litigioso, no juzga nada y por tanto, perfectamente pudiera
reintroducirse la demanda sin que se configure el precepto de “cosa juzgada”: se
descarga pura y simplemente de la instancia, pero no del derecho de acción, el
cual pudiera ser ejercitado nuevamente por el demandante, quien estaría
habilitado para reintroducir la demanda otra vez, esto es, agenciar un nuevo acto
introductivo, perseguir audiencia otra vez, etc.. Todo sobre la base de los mismos
hechos y con las mismas pruebas. Sin menosprecio de que pueda hacerse alguna
modificación al objeto de la demanda, ya que por ser en ese caso otra instancia,
se descartaría la aplicación del principio de inmutabilidad del proceso.

Por otro lado, cuando el demando, antes de subir a audiencia, verifica que en el
expediente constan suficientes pruebas como para condenar a su cliente,
entonces lo propio es que opte por peticionar, ente la no presencia del
demandante en estrados, el descargo puro y simple para evitar una condenación
en ese momento.
Como estrategia en estos casos, algunos abogados -a fin de lograr tiempo para
que su cliente reúna el dinero que debe, por ejemplo- proceden a no obstante
pedir el descaro, solicitar un plazo de quince días, a fin de –supuestamente-
depositar un escrito justificativo; logrando con ello que el demandante deba
esperar que venza tal tiempo antes de poder reintroducir la demanda: no sería
posible reintroducir la demanda ante un descargo, si la demanda primigenia está
en estado. La parte demandada por lo general se ocupa de denunciar al tribunal
esa situación en caso de que el demandante demande antes de disponerse
formalmente el descargo de la primera demanda. Al respecto, la solución
procesal no es unánime: unos sobreseen, otros acogen la inadmisibilidad por
cosa juzgada, otros se decantan por el plazo prefijado. Pero en definitiva, el fondo
de la segunda demanda nunca pasa, a la luz de este escenario procesal.

[Link] Estrategias para acercar o alejar el conocimiento del fondo de la


controversia, según los intereses representados

Ocurre también que en la primera audiencia el demandante (o el demandado,


que excepcionalmente es quien persigue audiencia) no tiene a mano el acto de
avenir o recordatorio, de abogado a abogado, a fin de mostrarlo el tribunal, lo
cual permitiría al juez establecer que la parte que no esté presente en el juicio ha
sido debidamente citada. Si no se presentase el avenir correspondiente y, no
obstante, el juez que preside dicta sentencia, sea incidental o al fondo, dicha
decisión sería nula; y es que ha sido juzgado que “debe ser casada la sentencia
que se dictó a consecuencia de una audiencia que fue fijada por una de las partes
sin previo acto recordatorio (avenir) notificado a la otra”[24].

Al respecto, una solución procesal que se ha propuesto ante algunos tribunales,


unos más liberales lo acogen, otros más conservadores lo rechazan, es peticionar
que ante dicho impasse (no tener a mano el avenir), cuando ha sido un error
puramente involuntario, que se ha traspapelado en los documentos de la oficina
profesional, etc., se solicita al tribunal que le permita producir conclusiones al
fondo, al tiempo de otorgarle un plazo breve para depositar el consabido avenir y
con ello evitar dilaciones innecesarias, en el sentido de esperar meses para
conocer otra audiencia, cuando realmente el acto recordatorio sí ha sido
instrumentado, sólo que por error material involuntario no se llevó copia al
tribunal.
Los tribunales conservadores que rechazan el referido petitorio sostienen que
“en derecho lo errores se pagan con tiempo y dinero”; “que nadie puede
prevalecerse de su propia falta”, etc. En fin, el que se equivoca que se atenga a las
consecuencias. Y otros, más que conservadores, exegéticos, van más allá,
sosteniendo que el defecto no es susceptible de diferirse para estudiar su
procedencia luego de verificar reflexivamente la glosa procesal, por cuanto el
mismo se produce en audiencia con el llamamiento de la causa, al tenor del
artículo 149 del Código de Procedimiento Civil, y por tanto, constituye una
contradicción de motivos la práctica de algunos tribunales de “ratificar” en la
sentencia de fondo, el defecto que ha sido pronunciado en audiencia.

Esta última posición usa como fundamento el precedente jurisprudencial que


sostiene que “Cuando es acogido el defecto, se infiere que ha sido examinada la
regularidad del emplazamiento, por lo que, al ser pronunciado el mismo el
tribunal apoderado, por vía de consecuencia, ha declarado válido dicho acto. Se
incurre en contradicción de motivos cuando se pretende invalidar el defecto ya
pronunciado con la simple declaración de dejar “sin ratificar” el mismo,
admitiendo una irregularidad de forma que ya había descartado
implícitamente”[25]. Sin embargo, al analizar el contexto de dicho precedente,
mediante el estudio de la decisión íntegra, se comprueba que la casuística
decidida versaba en el sentido de que el tribunal decidió sobre la barra el defecto
y, no obstante, luego no “ratificó” el mismo para subsanar un yerro, por
inobservancia de alguna irregularidad en el emplazamiento, que es un caso
distinto a que el tribunal, justamente cuando verifique que no es posible por el
volumen del expediente, revisar sobre la barra la regularidad del acto, para
evitar violentar el derecho de defensa de la otra parte, pues difiere ese asunto
para el fondo.

En algunas jurisdicciones se ha interpretado, criterio que hacemos nuestro, que


aun en el caso de que el tribunal se haya equivocado, en el sentido de pronunciar
en audiencia el defecto, pasando por alto alguna irregularidad, una tutela judicial
efectiva, al tenor del artículo 69 de la Constitución vigente, sugiere “dejar sin
efecto” dicho defecto y, consecuentemente, reabrir los debates para que sea
debidamente citada dicha parte injustamente calificada de defectuante; y es que
cuando el tribunal revisa el expediente, a fin de decir el derecho, aún está
apoderado del caso; por cuanto, mal podría validar conscientemente una
conculcación de derechos: Independientemente de que exista un doble grado de
jurisdicción, y por el efecto devolutivo el asunto se tramita de nuevo en la alzada,
lo cierto es que el juez de primera instancia debe tomar todos los miramientos
necesarios para administrar justicia de la manera más transparente posible,
evitando desconocer derechos de las partes, y menos de manera consciente.
Por otro lado, tribunales que cuentan con criterios más liberales sostienen que
en acopio y aplicación del principio constitucional de la razonabilidad, instituido
en el artículo 40.15 de la Constitución, la norma procesal no debe ser
interpretada irrestrictamente, dando la espalda a las particularidades de cada
casuística sometida al escrutinio del juez apoderado de la controversia. Así, si la
parte compareciente motiva adecuadamente y persuade al tribunal de que el
avenir existe, sólo que lo traspapeló y no lo pudo presentar, no sería justo ni útil
aplazar la audiencia para que sea tramitado nueva vez el avenir, ya que en todo
caso, si no se deposita dicho documento dentro del plazo breve que otorgue el
tribunal para tales efectos, sencillamente se declararía, de oficio, la nulidad de la
audiencia, y con ello pues no se laceraría el derecho de defensa de la parte que no
ha hecho acto de presencia en dicha audiencia: se trata de un remedio jurídico
que permite ganar tiempo sin riesgo de violentar el derecho de defensa de la otra
parte, pues de no aportarse finalmente el avenir el tribunal no fallará el caso al
fondo.

Definitivamente, la práctica es muy rica, y es válido que los abogados


constantemente se ingenien mecanismos para bienestar de sus patrocinados.
Ciertamente la sostenibilidad jurídica de la solución procesal objeto de estudio es
discutible, pero –en honor a la verdad- no creemos que se trate de un petitorio
descabellado.

En esa misma línea de pensamiento, existe el precedente de que se ha declarado


nula la audiencia en que se produjo un descargo puro y simple a favor de la parte
demanda; esto así, ante la casuística consistente en que la “incomparecencia” del
demandante se produjo a causa de que el avenir cursado por la demandada
(quien persiguió audiencia) contenía un error.

El precedente es discutible, ya que –a diferencia de un defecto diferido o,


simplemente, un defecto ya pronunciado en audiencia, que no desapodera al
tribunal- una decisión de descargo puro y simple, si bien no es una sentencia
propiamente, pero sí desapodera al tribunal de esa instancia en específico;
independientemente de que luego se reintroduzca la demanda y se abra otra
instancia. Entonces: ¿hasta qué punto sería sostenible jurídicamente que, luego
del tribunal decidir algo (descargo), “eche para atrás eso” y se “destape” con una
nulidad de esa audiencia de descargo?

Ciertamente se trata de algo –si se quiere- revolucionario, no compartido por


muchos, pero vale la pena al menos conocer los fundamentos del consabido
precedente: “Considerando: Que luego de revisar la glosa procesal, el tribunal
pudo constatar que el juez que a la sazón presidió la causa no advirtió que el acto
de avenir cursado por el demandado (quien persiguió audiencia) al demandante
no cumple con el plazo legal de dos días francos. Así, preciso es recordar que
conforme al estado actual de nuestro derecho, toda sentencia dictada en una
audiencia donde no se haya tramitado correctamente el avenir a la contraparte
deberá ser casada. Por tanto, se impone la declaratoria de la nulidad de la
audiencia de marras, y con ella todo lo allí ocurrido …”

Lo cierto es que como consecuencia de esta sentencia “irreverente” se evitó que


un ciudadano se prive de recibir una decisión judicial pronta, a causa de una
violación al debido proceso; en tanto que al ser anulada dicha audiencia, el
demandante oportunamente persiguió otra, en la que dio adecuadamente avenir
a la contraparte, y entonces pudo producir sus conclusiones en tiempo oportuno.

Independientemente del mencionado precedente atípico, si no se anulare la


referida audiencia, el demandante pudiera en ese caso –como se ha dicho-
ejercitar nuevamente su derecho de acción y entablar otra vez la demanda,
aunque eso implique pagar nuevo acto de emplazamiento, someter nueva
instancia de fijación de otra audiencia, en fin, todo el tiempo que implica el
trámite para poner un caso en condiciones de ser estudiado por el tribunal. Esto
así, en virtud de que conforme a nuestro derecho positivo, “… las sentencias en
defecto que se limitan a pronunciar el descargo por falta de concluir del
demandante no acogen ni rechazan las conclusiones de las partes, ni resuelven
en su dispositivo ningún punto de derecho. Por tanto, el tribunal apoderado no
tiene que proceder al examen del fondo del proceso, sino limitarse a pronunciar
el descargo puro y simple solicitado, cuando se cumplan los requisitos para
ello”[26].

En otro sentido, en la práctica, a fin de ganar tiempo, los letrados (tanto los que
representan a los demandantes como a los demandados) comunican al tribunal
que han hecho depósito de alguna documentación fuera del plazo que a tales
fines ha otorgado previamente el tribunal, pero –y ahí viene el petitorio- que si la
contraparte da por conocida dicha documentación, estarían dispuestos a concluir
al fondo en esa misma audiencia. O también, en esa línea, cuando una parte
solicita un aplazamiento para depositar nueva documentación, la contraparte
manifiesta al tribunal que da por conocida toda la documentación que pueda
aportarse conjuntamente con el escrito justificativo. Evidentemente, esto así,
cuando se sepa de antemano que de lo que se trata es de un petitorio
retardatorio y, por tanto, que no hay riesgos de que pudiera depositarse alguna
pieza contundente, capaz de definir la solución del caso.
Sobre este remedio procesal, lo cierto es que ha sido juzgado que las
conclusiones en los documentos que atan a los jueces del fondo son aquellos que
son sometidos al contradictorio en un juicio oral, público y contradictorio, no
petitorios y documentos depositados luego de finalizada la última audiencia oral,
mediante escrito justificativos de conclusiones[27]. Sin embargo, si bien eso es
así, cuando ambas partes dan aquiescencia a la documentación que se pretenda
aportar fuera del plazo, no vemos justificación lógica para no acoger dicho
planteamiento; pues en todo caso “a quien se estaría tutelando” si se rechaza tal
pedimento es justamente a la parte que ha dado la aquiescencia al depósito de
documentos; por tanto, sería poco lógico –en nombre de una tutela judicial
efectiva- desconocer la propia voluntad de esta parte e imponerle un
aplazamiento no deseado: ese caso constituye una perfecta manifestación del
principio dispositivo que rige el proceso civil.

Ahora bien, no obstante lo esbozado ut supra, no resulta ocioso aclarar que no


todo lo que las partes consientan, al unísono, debe ser acogido por el tribunal.
Así, en caso de que lo propuesto altere a todas luces el debido proceso,
perfectamente el juez del fondo pudiera, en nombre de la tutela judicial efectiva,
rechazarlo. Por ejemplo, si las partes solicitan, todas, depositar documentaciones
conjuntamente con su escrito justificativo, y otro plazo para contradecir dichas
nuevas piezas, y otro plazo más para réplicas y contrarréplicas, la decisión debe
ser negar tal planteamiento, pues con ello es evidente que lo que se persigue
hacer es un debate meramente escrito, fuera del juicio oral, público y
contradictorio; lo cual resulta cardinalmente incompatible con el debido
proceso[28]. No es lo mismo la primera casuística donde, si bien se dio
aquiescencia a una nueva documentación, ello no implica que se vayan a entablar
“debates” ajenos a los petitorios sometidos al contradictorio, como sí ocurriría en
el último caso, que debe rechazarse.

Por otro lado, se ve frecuentemente que en la primera audiencia, o bien en otra


posterior, los abogados, no obstante no concluir al fondo, peticionan la
declaratoria del defecto de la contraparte. Por ejemplo: ante la incomparecencia
de la otra parte, solicitan que se aplace la audiencia para tramitar alguna medida
de instrucción, al tiempo de pedir el defecto en contra de la parte
incompareciente.

Este pedimento de defecto debe ser rechazado, ya que ha sido constantemente


admitido que el plazo de la octava franca no es fatal y, por tanto, las partes
podrían constituir abogados en cualquier momento, durante la tramitación del
proceso. Por tanto, en vista de que la solicitud de alguna medida de instrucción
produce una sustanciación del proceso, el defecto sería a todas luces
extemporáneo.
Sobre ese punto, imaginemos el caos procesal que supondría que un juez poco
ducho acoja el pedimento de defecto, y el día fijado para la medida, ¡oh
sorpresa…! comparece un letrado en representación de la parte que previamente
había sido declarada en defecto; sin dudas sería una violación grosera al derecho
de defensa de dicha parte, lo cual irremediablemente produciría la nulidad de la
sentencia que se dictase en dichas condiciones: es muy cuesta arriba confirmar
una sentencia cuando en el acta de audiencia instrumentada al efecto se da
cuenta de la decisión del tribunal de negar a una parte el ejercer su legítimo
derecho de defensa. Y por ser una situación de puro hecho, pudiera acreditarse
por cualquier medio; con lo cual, si dicha circunstancia no estuviere recogida en
el acta de audiencia, pudiera probarse por cualquier otro medio en la alzada.

En otro sentido, en ocasiones abogados meticulosos, para incidentar el proceso,


solicitan la nulidad del acto de emplazamiento, sobre la base de que el mismo se
ha preparado en un día de fiesta legal. Al respecto, preciso es recordar que
conforme a la mejor doctrina: “Hay controversia acerca de saber si es válido el
acto de alguacil preparado en un día de fiesta legal o de vacaciones judiciales …
Se ha sostenido que el acto es nulo, por tratarse de una disposición de orden
público (en ese sentido, Cas. 16 de abril, 1923, BJ 153-155, p. 3); pero predomina
en doctrina y jurisprudencia la opinión de que el acto es válido porque la ley no
pronuncia expresamente su nulidad (Cas, 26 de mayo, 1941, BJ 370, p. 623; 10 de
julio, 1956, BJ552, p. 1403; 18 de noviembre, 1983, BJ 876, p. 3624; 26 de
noviembre, 1984, BJ 888, p. 3091)” [Sic][29].

Y en ese mismo sentido, más recientemente la Suprema Corte de Justicia ha


juzgado que “El artículo 63 del Código de Procedimiento Civil no sanciona la
violación a lo por él prescrito, salvo la multa que señala en perjuicio del alguacil o
curial actuante”[30].

Por todo lo cual, es evidente que la nulidad por esta causa carece de méritos.

También, el abogado representante de la parte demandada, cuando desea ganar


tiempo, emplea la estrategia de que tan pronto le sea notificado el
emplazamiento, se adelanta al demandante y persigue él audiencia, solicitando –
informalmente- al tribunal (generalmente vía secretaría) que “no hay prisa, y
como saben que el tribunal tiene su agenda muy atareada, que no importa que
fijen ese expediente lo más lejano posible”.
En estos casos, cuando el demandante viene a perseguir él su audiencia, se
encuentra con que ya el demandado se adelantó y –adrede- fijó para una fecha
distante, a fin de lograr tiempo y que su cliente cumpla con su obligación antes
de que se conozca la demanda.

Frente a esta estratagema, al demandante no le quedaría otro camino que


introducir una instancia ante el tribunal que deba conocer de la demanda,
peticionando que el juez titular, en ejercicio de sus atribuciones administrativas,
proceda a rectificar la fecha de la audiencia por otra más próxima: la fijación de
audiencias se encuadra dentro de las atribuciones puramente administrativas y
facultativa del tribunal; perfectamente pudiera variarse una fijación de
audiencias, en ejercicio de dichas atribuciones administrativas propias de los
jueces. Sin embargo, la práctica es que los tribunales en estas circunstancias
específicas, rechazan tal petitorio y el demandante –víctima de la astucia del
demandado- debe aguardar mayor tiempo para que se conozca su caso.

[Link] Policía de la audiencia

Los jueces del fondo deben velar porque durante el conocimiento de las
audiencias sea respetada la solemnidad propia del juicio, en virtud de la Ley No.
821 sobre Organización Judicial. Para ello, la ley les confiere ciertas atribuciones
coercitivas, a fin de –en caso de que sea necesario- imponer el orden:
recordemos el símbolo alegórico de la justicia, representado por la Diosa Temis,
la cual –entre otras cosas- posee una espada, que justamente ilustra sobre el
poder de la justicia.

En ese orden de ideas, el artículo 89 del Código de Procedimiento Civil, faculta a


los magistrados que presidan las audiencias a ordenar a los revoltosos que
abandonen la sala, previa advertencia vía alguacil o directamente del juez, de que
guarden silencio.

En caso de resistirse a abandonar el salón, no obstante la orden del juez, podrán


ser detenidos ante la cárcel pública hasta por 24 horas.

El artículo 90 del mismo código expresamente prevé: “si el desorden fuese


ocasionado por un individuo que desempeñe algún destino en el tribunal, podrá
ser suspendido de sus funciones, además de las penas de que trata el artículo
precedente (sobre privación de libertad hasta por 24 horas o abandono del
salón); la suspensión, por la primera vez, no podrá exceder de tres meses. La
sentencia será ejecutoria provisionalmente…”.

[Link] Diferencia entre delito de audiencia y delito en audiencia

El artículo 91 del Código de Procedimiento Civil, trata el delito de audiencia, que


consiste en un atentado contra la solemnidad del juicio. Se trata de una
indisciplina que interrumpe el fiel desenvolvimiento de la instancia, como sería
vociferar consignas, irrespetarse recíprocamente las partes, o personas del
público; insultar al juez, etc. Para ello la ley prevé medidas coercitivas,
básicamente para lograr reestablecer el orden en el salón de audiencias.

Por otro lado, en el artículo 92 del mismo cuerpo normativo, se consagra el delito
en audiencia, que no es más que una infracción ordinaria, sólo que se comete en
el salón de audiencias. Es decir, el ánimo del infractor no es propiamente alterar
el orden en la sala de audiencias, sino cometer una infracción cualquiera de las
previstas en el Código Penal, por la razón que sea. Por ejemplo, el individuo que
ataca mortalmente a un testigo, por temor a que éste deponga en su contra; el
carterista que sustrae fraudulentamente la billetera de una persona presente en
el público del juicio, o aquel que sostiene una riña con otro por motivos ajenos a
la causa del juicio, etc.

En el caso de los delitos de audiencia, al tenor del artículo 91, la ley prevé como
sanción la privación de libertad, hasta un mes, y multa de no menos de RD$25.00,
ni más de RD$100.00 (multa irrisoria al día de hoy).

Para el caso de los delitos en audiencia, según el artículo 92, la pena aplicable
será aquella prevista para la infracción que se haya cometido; y es que en este
caso lo que ocurre es que se conduce al infractor ante la jurisdicción represiva
para que allí sea juzgado conforme al procedimiento de lugar.

[Link] Incidentes
En la audiencia, previo al fondo, las partes pueden producir conclusiones
incidentales. El orden de peticionar en el proceso civil es: a) Excepciones, b)
Fines de inadmisión, c) Medidas de Instrucción y d) Fondo.

Puede ocurrir que las partes se avoquen a concluir directamente el fondo sin
proponer ningún medio incidental, o bien que promuevan incidentes, pero no
medidas de instrucción. Sin embargo, la usanza es que las partes, como medio de
defensa de interés privado, antes de concluir al fondo formulan conclusiones
incidentales; y cuando en el caso juzgado se verifica alguna situación de hecho,
por norma general se recurre a las medidas de instrucción para edificar más
eficazmente al tribunal: el demandante para sustentar su demanda, suele pedir la
acumulación del (los) incidente (s), al tiempo de promover medidas de
instrucción. Por su lado, si finalmente se acumulan los incidentes, el demandado,
subsidiariamente, pide el derecho a un contra informativo, o bien que la
comparecencia de partes, si se ha dispuesto, se haga extensiva a su defendida;
esto así, cuando dicho demandante tenga interés de acreditar algún punto de su
defensa.

En el estado actual de nuestro derecho, al tenor del Código de Procedimiento


Civil, las excepciones[31] y los medios de inadmisión[32] constituyen medios de
defensa de interés privado y, por ende, no pueden ser suplidos de oficio por los
jueces, salvo la falta de interés o cualquier otro aspecto que sea de orden
público[33]. Otro panorama será cuando entre en vigor el Anteproyecto del
Código Procesal Civil, pendiente de sanción al momento de redactar estas líneas,
conforme al cual los jueces cuentan con poder para declarar de oficio cualquier
excepción o medio de inadmisión.

Es importante discernir la distinción entre una demanda incidental y los


incidentes. Las primeras son las acciones en justicia que lanzan las partes del
proceso, según los cánones instituidos en el artículo 337 y siguientes del Código
de Procedimiento Civil[34], y las segundas son propuestas mediante simples
conclusiones vertidas en estrados[35]. Así, en doctrina y jurisprudencia se ha
admitido que la distinción entre estos dos asuntos es esencialmente sobre la
manera de canalizarse, así como sobre su finalidad, y es que mientras las
demandas incidentales persiguen adicionar pedimentos a las conclusiones
inicialmente vertidas en el acto introductivo de demandas (dda. Adicional);
reclamar, más allá del rechazo puro y simple de la demanda, indemnizaciones o
cualquier otro petitorio (dda. Reconvencional); que un tercero sea llamado
forzosamente por una de las partes (int. Forzosa) o, finalmente, que un tercero
intervenga voluntariamente en el proceso (dda. int. Voluntaria). Por su lado, los
incidentes lo que buscan es retardar o impedir el conocimiento del fondo.
En cuando a las excepciones, en el Distrito Nacional se ve con cierta frecuencia la
petición de declinatoria por ante otra sala de la misma cámara, en razón de
tratarse de demandas con afinidad atendible, a fin de evitar una eventual
contradicción de decisiones.

En este caso, es preciso recordar que ha sido juzgado que respecto de las salas de
una misma cámara no se verifica la conexidad ni la litispendencia, ya que para
ambos casos la ley requiere que se trate de dos jurisdicciones disímiles; cosa que
no acontece entre tribunales que integran una misma jurisdicción[36]. Así,
procesalmente hablando lo adecuado sería no calificar el incidente como
conexidad ni litispendencia y, en esas atenciones, simplemente solicitar la
remisión del caso bajo la fórmula genérica de una excepción declinatoria: tanto la
incompetencia, como la conexidad y la litispendencia constituyen excepciones
declinatorias; por tanto, es dentro de dicho género que en todo caso se
encuadraría el petitorio que ocupa nuestra atención.

Por otra parte, las excepciones de nulidad del acto de emplazamiento y del acto
de avenir o recordatorio, de abogado a abogado, también constituyen petitorios
frecuentes. Al respecto, nos remitimos al apartado atinente a la utilidad práctica
de los principios rectores del proceso civil, específicamente en lo que tiene que
ver con el principio de saneamiento del proceso civil.

En lo que tiene que ver con los fines de inadmisión, resulta de interés comentar
que ha sido juzgado que los cinco medios enunciados en el artículo 44 de la Ley
No. 834 no son limitativos[37]. Así, pudieran existir medios de inadmisión no
previstos de manera expresa por la ley[38].

Entre los medios de inadmisión no previstos expresamente en el aludido artículo


44 de la Ley No. 834 destacan la inadmisibilidad por falta de objeto, así como en
base a previsiones de alguna ley adjetiva, sobre la imposibilidad de acceder al
tribunal ordinario sin agotar previamente alguna etapa extrajudicial: Ley No. 146
sobre Seguros, Ley No. 288-05 sobre Buró de Crédito, etc.

En cuanto al fin de inadmisión por falta de objeto, algunos abogados –


minoritariamente- interpretan que la causal de carencia de objeto debe
constituir un asunto de fondo, no un incidente. Esto así, bajo la prédica de que
para determinar la existencia del objeto en un caso determinado, necesariamente
hay que valorar la prueba al fondo. No obstante, el criterio mayoritario es
entender, y nos sumamos a esa postura, que la falta de objeto genera es un fin de
inadmisión, ya que en derecho puro no constituye un asunto de fondo.

La manera procesal de determinar si la valoración que ha hecho un juez en un


caso en concreto ha sido al fondo o simplemente en el ámbito de los
presupuestos procesales de la acción, es verificar si al efecto se han fijado
hechos. En caso afirmativo, indefectiblemente el estudio de la prueba fue al
fondo y, por ende, cualquier decisión deberá ser rendida dentro de ese ámbito:
fondo. Sin embargo, si no se han establecido los hechos de la causa, pues
perfectamente la valoración de prueba pudiera ser sólo para determinar algún
incidente, sin inmiscuir el fondo. Así, para determinar la calidad de una persona
que demande, por ejemplo, a título de esposa de una persona fallecida a causa de
un accidente de tránsito, necesariamente deberá estudiarse el acto del estado
civil que dé cuenta de esa relación alegada; y sin embargo, con ello no se toca el
fondo. Por tanto, mutatis mutandis, en caso de que se determine que, por
ejemplo, una demanda en validez de oferta real de pago carece de objeto, en
razón de que el contrato que dio pie a dicha oferta ha sido previamente resuelto,
se estaría estudiando un ámbito incidental, y el fondo no habría que conocerlo.

En cuanto a los medios de inadmisión surgidos a causa de leyes adjetivas que


instituyen la prohibición del acceso a la justicia ordinaria, hasta que no sea
agotado un trámite extrajudicial, nos referiremos a los dos casos más comunes:
Ley No. 146 sobre Seguros y Ley No. 288-05 sobre Burós de Crédito.

En cuanto al medio de inadmisión fundado en el hecho de que no se ha agotado


la fase de arbitraje[39] que contempla la Ley No. 146 sobre Seguros, previo a
acudir al tribunal ordinario, ha sigo juzgado mediante sentencia declarativa[40]
que: “de aplicarse de manera obligatoria el agotamiento del procedimiento de
arbitraje antes de acudir ante los tribunales, tal y como se consagra en los
artículos 105 y 106 de la referida ley, dicha exigencia se convertiría en un
obstáculo al derecho de acceso a la justicia, razón por la cual procede que esta
Sala haga una interpretación de dichos textos conforme a la Constitución, y en
lugar de considerar obligatorio el requisito procesal consagrado en los mismos,
lo considere facultativo u opcional, lo cual supone dejar a las partes en libertad
de agotarlo o no agotarlo; que en consecuencia, se rechaza el medio de
inadmisión”[41].

Por otro lado, en lo que tiene que ver con la inadmisibilidad fundada en la falta
de trámite del proceso administrativo instituido en la ley que rige los buró de
créditos, constituye un precedente que “las disposiciones de la Ley No. 288-05
del 18 de agosto de 2005, en lo referente al proceso, previo y obligatorio, que
debe ser agotado antes de que un titular de Información pueda dirigirse a la
justicia ordinaria, coloca en una situación de desigualdad de armas a este último
respecto de los Burós de Información Crediticia (B.I.C) y los Aportantes de Datos,
puesto que constituye ese procedimiento una manera proteccionista de que
éstos cubran las posibles faltas en que pudieran incurrir, en violación de las
propias disposiciones de la ley antes citada, sin que se le remunere al reclamante
por el daño que se pueda provocar en su perjuicio por el ofrecimiento de una
información errada o inexacta … derivamos de todas las consideraciones
precedentes que el artículo 27, capítulo IV, título III, de la Ley No. 288-05 del 18
de agosto de 2005, deviene en inaplicable para el caso que nos ocupa, por ser
contrario a la Constitución…”[42].

[Link] Medidas de Instrucción

Las medidas de instrucción que con más frecuencia de solicitan en los tribunales
de derecho común son la comparecencia personal de las partes y los
informativos testimoniales. Con menos frecuencia, se peticionan peritajes, y con
menos periodicidad aun, se requieren inspección de lugares.

La Ley No. 834 reglamenta lo atinente a las comparecencias personales de las


partes y a los informativos testimoniales (Arts. 60 y sgts. y 73 y sgts.,
respectivamente). El Código de Procedimiento Civil, en los artículos 295 y
siguientes y 302 y siguientes prevé la inspección de lugares y el peritaje,
respectivamente.

La Suprema Corte de Justicia fijó el criterio mediante sentencia No. 7 dictada el


18 de agosto de 2004, compilada en el Boletín Judicial No. 1125, páginas 83-88
que, para evitar dilaciones innecesarias, es posible acumular medidas de
instrucción, para estudiar su procedencia reflexivamente cuando se estudie el
expediente, luego de cerrados los debates.

En el Distrito Nacional, las dos salas que integran la Corte de Apelación Civil y
Comercial, han hecho acopio de la referida jurisprudencia, esencialmente para
casos en que a simple vista no sea posible estudiar en estrados la procedencia de
la medida, sea por la extensión del expediente, por la naturaleza del hecho
juzgado o por lo que fuere. Por ejemplo, el caso de una demanda en
responsabilidad civil por mala práctica médica, en que se alegan situaciones de
hecho y para acreditarlas se solicitan medidas de instrucción, pero la otra parte
se opone alegando que ya en el expediente constan sendas experticias que surten
las informaciones que se persiguen con las medidas de instrucción solicitadas. En
este caso o en cualquier otro con similares rasgos, la única manera del tribunal
estar en condiciones de verificar los méritos del pedimento de instrucción es
luego de estudiar la glosa procesal; esto así, dada la naturaleza del proceso
vetusto vigente hasta el día de hoy en nuestro país, en que los jueces suben a las
audiencias sin conocer el expediente, ya que son las partes las que forman el
mismo mediante la aportación de pruebas.

Muchos letrados cuestionan dicha solución procesal, bajo la prédica de que


rompe con toda lógica procesal el decidir con el fondo algo que es propio de la
sustanciación de la causa. Postura esta que luce sostenible: se supone que la
instrucción va antes que el fondo, no pueden ir juntos ambos asuntos. Pero no
debe perderse de vista que dicho precedente, pragmático por demás, no implica
alterar el orden procesal lógico: si bien se decide conjuntamente con el fondo,
una vez cerrados los debates, la procedencia de la medida de instrucción –no
obstante- se estudia primero que el fondo, y en caso de contar con méritos, pues
sencillamente se dispone sin ver el fondo.

No es pacífico el criterio en torno a si, en caso de hacerse acopio de la referida


jurisprudencia, es necesario o no reaperturar los debates para tramitar la
medida, cuando estando en estado el expediente, finalmente se determina su
utilidad: unos sostienen que no es necesario, pues al acumularse la medida,
siguiendo un orden lógico procesal, si se dispone todo debe remontarse al
momento mismo de la audiencia que en se solicitó y, por tanto, no es necesario
reabrir los debates que virtualmente para esos fines nunca se cerraron. Por otro
lado, hay quienes entienden que independientemente de que se haya o no
acumulado la medida, lo cierto es que en caso de acumularse, una vez en el
despacho el juez, ya los debates materialmente se cerraron y, por consiguiente,
en derecho procesal puro, deberían reaperturarse dichos debates.

En nuestra opinión, se trata de una discusión poco útil, más bien semántica, ya
que en definitiva, sea un remedio u otro, se produce el mismo efecto: se conoce la
medida, y punto.

Otras cortes, como la de San Pedro de Macorís, por ejemplo, adoptan una
solución procesal diferente. Aquel tribunal petromacorisano, cuando no puede
edificarse sobre la utilidad de la medida en la misma audiencia, procede a
“rechazar la medida en ese momento procesal (en la audiencia), haciendo
reserva de disponerla oficiosamente, en caso de que cuando se avoque a estudiar
el expediente advierta que es necesaria”.
[Link] Acumulación

La acumulación tiene como fundamente no solamente el artículo 4 de la Ley No.


834, sino varios principios rectores del proceso civil, como el de concentración,
economía procesal, etc.

La razón de ser de este mecanismo es evitar que los procesos sufran dilaciones
innecesarias, ya que muchas veces los trámites civiles se tornaban interminables
por algunas chicanas incidentales por parte de abogados, en el sentido de apelar
cualquier decisión, aun sean preparatorias y, consecuentemente, solicitar el
sobreseimiento de la causa hasta que se decida el recurso de apelación en alzada:
la táctica era incoar la apelación consciente de su inadmisibilidad, por la
naturaleza de la sentencia[43], pero entretanto la corte decida lograban retardar
el proceso.

Con la acumulación dicha táctica ha ido perdiendo terreno, puesto que los jueces
del fondo, pretorianamente han optado por decidir los aspectos incidentales
mediante la misma sentencia que resuelve el fondo, aunque por dispositivos
distintos y, evidentemente, respetando el orden lógico procesal: excepciones,
inadmisiones, medidas de instrucción, fondo.

Este mecanismo no tendrá razón de ser cuando entre en vigor el Anteproyecto


del Código Procesal Civil, el cual se encuentra pendiente de estudio y aprobación
ante el Congreso Nacional, al momento de redactar estas líneas, ya que dicha
pieza novedosa prohíbe de manera expresa que se apelen sentencias
preparatorias de manera independiente al fondo, y resuelve definitivamente el
impasse cuando taxativamente dispone que en caso de que, no obstante, se
interponga el recurso impropiamente, “se dará por no presentado”[44].

Constituye un precedente jurisprudencial que “… la acumulación de los


incidentes procesales se admite con la finalidad de no eternizar los
procedimientos; que, según ha sido juzgado por esta Suprema Corte de Justicia,
los jueces del fondo pueden mediante una sola sentencia, pero por disposiciones
distintas decidir, como se ha hecho en la especie, todos los incidentes procesales
que sean promovidos, siempre y cuando las partes hayan sido puestas en
condiciones de concluir sobre ellos… “[45].

Igualmente, ha sido juzgado que: “la sentencia que contiene la decisión de


acumular incidentes para decidirlos conjuntamente con el fondo, pero por
dispositivos disímiles, es de naturaleza preparatoria y, por ende, no puede
apelarse de manera separada al fondo”[46].

Finalmente, queremos destacar que si bien la acumulación es una herramienta


útil para lidiar con el procedimiento vigente, de más de dos siglos, no debemos
perder de vista –sin embargo- que hay asuntos que por su propia naturaleza no
admiten una acumulación. Por ejemplo, la nulidad de alguna audiencia, la nulidad
de un avenir, en fin, cuestiones que a todas luces serían ineficaces si no se
deciden en el momento mismo de proponerse; y en todo caso, si el juez que
preside no se siente seguro de resolver el asunto sobre la barra, pues lo propio
sería diferirlo para una fecha próxima, breve; pero no seguir la instrumentación
de la causa[47].

[Link] Conclusiones

De conformidad con el artículo 72 del Código de Procedimiento Civil, “en la


audiencia las partes se limitarán a exponer sus conclusiones motivadas y el juez
les concederá plazos moderados para el depósito de réplica y contrarréplica que
no deberán exceder quince días para cada una de las partes y serán
consecutivos”.

En cuanto a la manera de proponer los incidentes al tribunal, hay dos estilos que
se emplean comúnmente: 1.- Exponer incidente por incidente y 2.- Plantear de
manera principal los incidentes y, a seguidas, concluir subsidiariamente al fondo.

En cuanto a la primera forma de presentar incidentes, uno por uno, preciso es


comentar que ello implica que se vaya sometiendo al contradictorio cada
incidente propuesto de manera individual. Es decir, tan pronto se proponga una
excepción de incompetencia, por ejemplo, debe darse la palabra a la contraparte
para que opine al respecto. Y consecuentemente el tribunal tomará la decisión,
pudiendo a tales efectos, acumularla o resolverla sobre la barra[48]; o bien fijar
una fecha únicamente para rendir la correspondiente decisión incidental. Si se
opta por la acumulación, entonces debe inquirirse al demandado, en el sentido
de si tiene algún otro incidente que proponer. En caso positivo, procede
retornarle la palabra para que lo plantee. En caso negativo, la palabra debe ser
concedida al demandante para que concluya al fondo y después al demandado
para que, subsidiariamente, produzca conclusiones al fondo.

En cambio, si se proponen los incidentes de manera principal y las conclusiones


al fondo, a título subsidiario, luego que dicho demandado termina de producir
conclusiones, entonces se retorna la palabra al demandante para que se refiera,
en una sola intervención, a todos los incidentes propuestos de manera principal:
es más expedito el trámite cuando el demandado expone sus incidentes
principalmente y sus conclusiones al fondo subsidiariamente, pues solamente
habría que devolver la palabra una vez al demandante para que se pronuncie de
manera conjunta sobre todos los incidentes, y la dinámica del contradictorio
quedaría cubierta. Por otro lado, uno por uno supone dar la palabra al
demandado, volver a dársela al demandante, y luego otra vez al demandado, para
que –una vez se decida sobre el incidente individual- produzca conclusiones
subsidiarias al fondo o sobre otro incidente.

Particularmente, estimamos que si bien pudiera resultar más prolongado y,


probablemente, más monótono, pero para fines de contundencia del incidente, si
se promueve de manera individual se persuadiría más eficazmente al juez, y
hasta se podría lograr que se produzca una decisión en estrados, en base a las
motivaciones orales que las partes viertan sobre el particular; posibilidad última
que no sería posible si la misma parte es quien invita al juez a acumular todos los
incidentes, al tiempo de proponérselos conjuntamente con las conclusiones del
fondo.

En la cotidianidad se ha presentado la situación de que, para ganar tiempo, los


letrados representantes de la parte demandante “renuncian” al plazo para
justificar conclusiones y, con esa excusa, solicitan que solamente se le dé un
plazo para contrarréplica luego de vencido el plazo dado al demandado para
justificar conclusiones: en suma, se pretende tener la última palabra, aun siendo
el demandante.

Algunos tribunales han decidido en el sentido de que dicho pedimento


contraviene la secuencia lógica del contradictorio[49], ya que se supone que
quien debe tener la última palabra es a quien se le opone un petitorio
determinado; en este caso serían todas las conclusiones vertidas en el acto
introductivo de la demanda que se pretenden oponer al demandado: de qué se va
a defender alguien si no le han informado qué es lo que se persigue con la
demanda.

Sin embargo, lo que se alega para fundar la procedencia de este pedimento es


que el acto introductivo de la demanda ya tiene desarrollas todas las
motivaciones y, por tanto, para evitar “llover sobre mojado”, lo propio sería que
el demandado primero argumente a contrario para entonces luego responder el
demandante cualquier punto novedoso.

Visto de esa manera, no parecería descabellado el planteamiento, pero


particularmente sólo transaría con esta posibilidad, a fin de evitar dilaciones
innecesarias, siempre y cuando el demandado tenga la última palabra. O sea, si se
inicia el plazo con el demandado para responder los alegatos que ya están
incursos en el acto introductivo de la demanda, conferir otro posterior de para
réplicas al demandante, pero que se termine la dinámica con un último plazo al
demandado para contrarréplica.

Otro caso parecido, pero distinto, se presenta cuando –también para ganar
tiempo- el demandante, confiado de sus motivaciones esgrimidas en el acto
introductivo de demanda, renuncia al plazo para fines de depósito de escritos
justificativos de conclusiones, al tiempo de peticionar al tribunal que en todo
caso solamente conceda un único plazo al demandado para que él motive sus
conclusiones.

Esta solicitud parecería sostenible, partiendo de que la usanza es que los actos
introductivos de demanda describen motivadamente el objeto de la acción y, más
aun, conociendo que muchas veces lo que el demandante deposita en el
consabido plazo para depósito de escrito justificativo es una copia de lo mismo
que está redactado en el acto de emplazamiento.

Pero para cuidar que en la alzada no se mal interprete que hubo en primer grado
alguna violación a la igualdad de armas, sería prudente que el juez dé acta de la
renuncia expresa que ha hecho en estrados el demandante, respecto del plazo
para fines de depósito de escrito justificativo de conclusiones.

En cuanto a los escritos que se depositan luego de cerrados los debates, la


doctrina vanguardista ha aclarado que deben llamarse escritos justificativos, no
ampliatorios, ya que lo que se permite es fundamentar el petitorio que se ha
vertido en el juicio oral, público y contradictorio, no incluir nuevos aspectos que
no hayan sido previamente esgrimidos durante la instrumentación de la causa.

Nos es unánime el criterio para determinar si los debates están formalmente


cerrados cuando termina la última audiencia en que las partes esgrimen sus
conclusiones o si procesalmente se cierran es cuando terminan los plazos para
fines de depósitos de escritos justificativos, de réplicas y de contrarréplicas.

Los que abogan porque los debates se cierran es cuando venzan los plazos para
el depósito de documentos, usan como aval la parte final del artículo 343 del
Código de Procedimiento Civil, incurso en el apartado propio de la renovación de
instancia y constitución de nuevo abogado, que taxativamente establece: “… Si se
tratase de asuntos que se instruyen por escrito, la causa estará en estado cuando
la instrucción esté completa, o hayan transcurrido los plazos para las
producciones y réplicas”. (Subrayado nuestro).

La postura que ha prevalecido en la mayoría de los tribunales es la primera,


sobre la base de que un debido proceso supone que los petitorios y documentos
que atan al juez son los que se someten al contradictorio, no los producidos
mediante escritos justificativos; y es que la finalidad exclusiva de estos últimos
es simplemente robustecer los motivos para justificar lo que se haya pedido en el
juicio.

En caso de que luego de cerrados los debates se entienda que existe alguna
documentación novedosa que justifique retomar los debates nuevamente, a fin
de someter al contradictorio dicha (s) pieza (s) nueva, a nivel jurisprudencial se
ha creado el remedio jurídico denominado “reapertura de debates”, que no es
más que, una vez cerrados los debates, fijar mediante auto gracioso una nueva
fecha para continuar con el conocimiento de las argumentaciones encontradas
de las partes; auto que deberá notificar la parte que primero tome conocimiento
del mismo a la contraparte.

Doctrinariamente se habla de reapertura plena y de reapertura limitada. La


primera es cuando se retoma la instrucción del expediente, en términos
genéricos, esto es, que libremente las partes podrían solicitar el depósito de
nuevos documentos, así como medidas de instrucción. La segunda es cuando el
objeto de la reapertura es limitado expresamente por la decisión que la ordena.
Por ejemplo, si se reapertura únicamente para que el demandante tome
conocimiento de una documentación depositada fuera de plazo por el
demandado, pero que pudiera definir el desenlace del pleito; en ese caso, es
únicamente para validar el referido depósito que se ha dispuesto la reapertura.

Algunos niegan la existencia de la reapertura de debates plena, consintiendo


solamente la parcial. Pero lo cierto es que esta medida no está prevista en la ley
y, por tanto, en este momento los tribunales están disponiendo una u otra,
atendiendo a la casuística de que se trate. De tal suerte, que es indudable que –en
términos materiales- sí existen las consabidas dos clases de reaperturas de
debates.

En el ámbito jurisprudencial, se ha establecido que “La solicitud de reapertura de


debates debe estar acompañada de documentos nuevos o de la prueba de la
existencia de hechos nuevos con capacidad para producir un cambio en la
solución del caso”.[50] Asimismo, que “cuando el tribunal está apoderado por
conclusiones formales al fondo y una de las partes solicita una reapertura de los
debates para comunicar documentos, debe notificar dicha solicitad a la otra
partes, dándole copia de los documentos que se van a hace valer, para luego el
tribunal apoderado apreciar la procedencia o no de la medida”.[51] De igual
modo, que “la reapertura de los debates puede ser dispuesta de oficio por los
jueces cuando así lo aconseje una buena administración de justicia”[52]. Y,
finalmente, nos resulta de interés comentar que ha sido juzgado que “la
sentencia que ordena una reapertura de los debates no resuelve ni prejuzga el
fondo y es, por su naturaleza, de carácter preparatorio”[53].

Para concluir esta parte, resulta útil comentar que cuando la reapertura de los
debates es ordenada de oficio por el tribunal, lo propio es comisionar un alguacil
oficiosamente. Esto así, en razón de que muchas veces ocurre que el tribunal
decide la reapertura y ninguna de las partes se entera de ella, ya que para éstas el
proceso está en estado; y como los tribunales cuentan con noventa días para
decidir, sin mora, no procuran revisar el expediente hasta luego de transcurrido
un lapso considerable, retardándose innecesariamente el proceso. Impasse que
no ocurre cuando el tribunal comisiona un alguacil para que efectúe de oficio la
notificación: con esta medida se garantiza quelas partes se enteren de la
existencia de la reapertura, pues sin que ninguna de ellas vaya al tribunal, el
alguacil estará llamado a notificar la decisión, generalmente, a la solicitante de la
reapertura; la que deberá notificar ella a la contraparte la decisión: la práctica es
que el alguacil comisionado de oficio solamente notifica a la parte interesada y
dicha parte notificada queda a cargo de notificar a la contraparte.

3.2.3 La sentencia
A partir de que el expediente esté en estado y en condiciones de ser fallado,
según el artículo 165 de la Ley No. 821 sobre Organización Judicial (Modificada
por la Ley No. 1021 del 1935, G.O. 4841), los jueces del fondo cuentan con un
plazo de noventa días para dictar su sentencia. Vencido dicho lapso, legalmente
estaría en mora el tribunal.

En la práctica, algunos tribunales han instaurado un sistema de “reclamación de


fallo”, que no es más que la solicitud mediante instancia, dirigida al tribunal, a fin
de que se decida el caso de que se trate. A tales efectos, la costumbre ha sido dar
curso a aquellas solicitudes hechas respecto de casos que real y efectivamente
tienen más de noventa días sin resolver. Esto así, ya que hay casos en que se
solicitan fallos aun cuando están abiertos los plazos para fines de depósito de
escritos justificativos o, en casos menos extremos, cuando todavía el tribunal se
encuentra dentro del tiempo legal para decidir.

El artículo 141 indica cuáles son los miramientos mínimos que debe tener una
sentencia para ser válida, visto: “La redacción de las sentencias contendrá los
nombres de los jueces, del fiscal y de los abogados; los nombres, profesiones y
domicilios de las partes; sus conclusiones, la exposición sumaria de los puntos de
hecho y de derecho, los fundamentos y el dispositivo.“

Es importante comentar que algunos tribunales, para evitar que se lentifique el


proceso innecesariamente, respecto de las sentencias preparatorias,
encaminadas a instruir pura y simplemente la causa, ordenan la ejecución
provisional, sin fianza, de las mismas; utilizando como fundamento legal el
artículo 130.10 de la Ley No. 834, conforme al cual, en suma, las decisiones que
disponen alguna medida de pura sustanciación del proceso son ejecutorias de
pleno derecho.

Con esto se evitan chicanas como recurrir en apelación una sentencia


preparatoria que se limite a disponer una comunicación de documentos, y luego
proponer el sobreseimiento del proceso sobre la base del efecto suspensivo de
dicho recurso ordinario: evidente táctica dilatoria que, desafortunadamente,
tuvo eficacia alguna vez, cuando los tribunales interpretaban que no era facultad
de ellos decidir sobre la procedencia del recurso, siendo facultad exclusiva de la
corte calificar su decisión y consecuentemente decidir la apelación. Lo cual es
cierto, pero era poco inteligente en ese caso obviar el consabido artículo 130.10
que vino a resolver esta barbaridad procesal. Desafortunadamente, este texto
incurso desde el 1978 en nuestra normativa procesal, no había sido descubierto
por algunos tribunales hasta hace a penas unos años.

Para ampliar sobre lo que es la sentencia, como acto jurisdiccional, así como los
diferentes tipos que existen de ésta, nos remitimos a las consideraciones
desarrolladas en el apartado sobre la sentencia y los recursos de este trabajo.

[1] Como sería una nulidad de acto de avenir o de audiencia; o la


declaratoria de mal perseguida la audiencia, etc.

[2] Si revisamos el Código de Procedimiento Civil, desde su libro II, título


I, se refiere a los tribunales de primera instancia, pero ese título I de dicho libro,
modificado por la Ley No. 5119 del 4 de mayo del 1959, que inicia con el artículo
48 (modificado por la Ley No. 845 del 15 de julio del 1978), trata es del embargo
conservatorio como medida preventiva para tutelar un crédito en caso de no
contar con un título ejecutorio, lo cual si bien es competencia de los tribunales de
derecho común, no se corresponde con el procedimiento contencioso, sino que
es relativo a las atribuciones graciosas de dicho tribunal. Es por eso que para
fines de este capítulo iniciamos el estudio a partir de los emplazamientos (Art. 59
y sgts.), que es como propiamente principia todo proceso contencioso.

[3] La octava franca es el plazo mínimo, por lo que no es posible perseguir


audiencia antes de que se cubra ese tiempo, pero el plazo máximo serían los tres
años de la perención. Pero, ojo, resulta que la perención no opera de pleno
derecho, por lo que si aun transcurriendo tres años nadie demanda la perención,
y luego de vencido ese tiempo para perimir la instancia se interrumpe la misma
mediante la ejecución de algún acto procesal, en este caso una solicitud de
fijación de audiencia, el emplazamiento persistiría vigente y funcionaría
válidamente para iniciar un proceso. Es decir, que perfectamente pudiera ocurrir
que un acto instrumentado 5 o seis años atrás, si nadie ha demandado la
perención, sea válido. En todo caso, la prescripción veinteñal sería la aplicable;
pero siendo la prescripción un medio de defensa de interés privado, salvo
cuando raye con el orden público, debe invocarse; no pueden los jueces hacerlo
de oficio (el anteproyecto sí permite que los jueces adopten oficiosamente todos
los fines de inadmisión). Por todo lo anterior, no compartimos el criterio de
algunos tribunales de mandar a reiterar el emplazamiento en caso de que sean
“viejos”; si no se ha demandado la perención, y en el tiempo para cuando se
demande no se ha notificado ninguna constitución de abogado, lo propio es dar
como válido el emplazamiento, sin importar que se haya instrumentado en el
2007, por ejemplo, y se persiga audiencia en el 2011.
[4] Esta solución creada en la práctica, ya que no está prevista en la ley,
aplica es cuando impropiamente se persigue audiencia en momentos en que las
condiciones procesales no están dadas. Por ejemplo, el pedir fijación de
audiencia cuando aún no ha cesado la causa de un sobreseimiento; perseguir
audiencia por ante una sala de alguna cámara civil y comercial que no
corresponda, etc. En estos casos se requiere al tribunal que proceda a asignar un
día para celebrar la audiencia, pero no se verifica una violación a algún derecho
procesal propiamente, como ocurriría en el caso de perseguirse audiencia antes
de vencer la octava franca. Por eso es que cuando se fija audiencia antes de que
venza el referido plazo, lo que se produce en buen derecho es la nulidad de la
audiencia.

[5] Como hemos dicho y en otra parte de este libro, el Anteproyecto que
está circulando al momento de redactarse estas líneas, reduce este plazo a sólo
un año. No obstante, en las discusiones entabladas entre los comisionados
redactores y distintos sectores del área procesal civil, se ha barajado
insistentemente la posibilidad de fijar un tiempo ecléctico entre las disposiciones
del actual CPC y el ACPC: 2 años.

[6] Revisar el contenido de este principio en el apartado sobre la utilidad


práctica de los principios rectores del proceso civil.

[7] Puede pasar lo contrario, que el demandado –lejos de querer que se


conozca rápido el asunto- deseen que dure para conseguir el dinero de la deuda,
etc. Pero hay demandas que a todas luces no tienen méritos, y en esos casos es
que tienen interés en que “pase rápido” el asunto. En ese ánimo es que emplean
esta estrategia.

[8] Cas. Civ. No. 08 del 16 de junio de 2004, B.J. No. 1123, p.p. 171-177.

[9] Básicamente, todo lo que la ley indique que debe contener un acto
determinado es de forma y, por ende, en caso de no incluirse tal o cual mención,
la nulidad que pudiera generarse sería de forma, no de fondo. Una nulidad de
fondo, propiamente, es aquella que se produce como secuela de algo que afecta a
alguna de las partes o al ministerial actuante, como sería una incapacidad por
minoría de edad, por el estado de sub iudice, etc. O bien, en cuanto al ministerial,
que el mismo no ostente tal condición, o que haya estado suspendido al
momento de redactarse el acto, etc. En estos casos, como es bien sabido, no
habría que probar agravio, ya que se trataría de una nulidad de fondo, la cual no
requiere agravio y puede ser peticionada en todo estado de causa.

[10] Este artículo 69.7, además que ante el fiscal, manda que se fije el
emplazamiento en la puerta del tribunal que deba conocer la demanda. En la
práctica, muchas veces no se fija en la puerta del tribunal y, no obstante, algunos
tribunales dan como bueno y válido dicho trámite de emplazamiento, sobre la
base de que tal fijación es obsoleta y no contribuye en una medida considerable
con la publicidad deseada. Particularmente, confesamos ser adeptos de la escuela
positivista en este caso, e interpretamos que por seguridad jurídica, si se trata de
un mandato legal, por qué no acatarlo?
[11] El registro, básicamente, lo que persigue es hacer oponible el acto a
terceros.

[12] En buen derecho, los alguaciles son los que están llamados a redactar
ellos mismos los actos que notifican. Sin embargo, desafortunadamente, en la
práctica son los abogados que redactan los mismos y los facilitan a los alguaciles
para que lo notifiquen.

[13] Cas. Civ. No. 2 del 4 de febrero de 2004, B.J. No. 1119, p.p. 76-82.

[14] Cas. Civ. del 30 de mayo de 2001, B.J. No. 7086, p.p. 158-164.

[15] Ley denominada de esa manera en honor a los apellidos de los dos
legisladores que la propusieron.

[16] LUCIANO PICHARDO, Rafael. De las astreintes y otros escritos, 2da.


Edición, p. 502.

[17] GERMÁN MEJÍA, Mariano. Vías de Ejecución, Tomo II, p. 299

[18] Sucede con frecuencia que estudiantes de derecho y, peor aun,


personas ajenas totalmente a las ciencias jurídicas usurpan la calidad de abogado
(siendo la usurpación de funciones algo inconstitucional) y suben a litigar ante
los tribunales. Asimismo, ocurre que abogados cuyo exequátur está suspendido
pretenden, no obstante, postular. Es en esas atenciones que el Presidente de la
Suprema Corte de Justicia, a requerimiento del entonces presidente del Colegio
de Abogados, mediante oficio requirió a los tribunales inferiores que soliciten a
los abogados el carnet del Colegio antes de permitirles postular. Y en caso de que
algún letrado, libre y voluntariamente, no desee formar parte de tal gremio, por
la razón que fuere, entonces que pruebe no solamente que es abogado, mediante
el título universitario correspondiente, sino que está autorizado para ejercer la
profesión, lo cual se logra mediante el decreto que le haya otorgado el exequátur.
Desafortunadamente, dicha medida de prevención no se implementa en todos los
tribunales, pero al menos en el Distrito Nacional algunos sí lo hacen.

[19] “…un contrato de cuota litis … se trata de un mandato ad-litem


propiamente calificado que obliga a las partes contratantes…”: Cáms. Reuns. No.
17 del 23 de agosto de 2006, B.J. No. 1149, p.p. 125-134

[20] La Ley No. 302 sobre Honorario de Abogados prevé sanciones


disciplinarias contra abogados que incurran en esta práctica desleal.

[21] Antes de la promulgación de la Ley No. 834, en el 1978, la


comunicación de documentos constituía una excepción del proceso, que debía
ser propuesta inlimini litis, pero luego de entrar en vigor dicha normativa pasó a
ser un elemento de lealtad procesal, dejando de ser una excepción procesal.
Alguno sostienen que hoy día se trata de una verdadera demanda, otros
entienden que de lo que se trata es de una medida de coerción. La primera
postura nos parece más correcta, ya que una “demanda” tiene sus propias
particularidades que, definitivamente, no tiene la comunicación de documentos:
definitivamente, esta medida se acerca más a una medida de instrucción que a
una demanda, la cual implica emplazamiento, constitución de abogados, etc.

[22] Ver el capítulo de esta obra, sobre la utilidad práctica de las garantías
y principios rectores del proceso civil.

[23] Sentencia SCJ, B.J.752.2089

[24] Sentencia SCJ, B.J.740.1636

[25] Sentencia SCJ, 1ra. Cám, No. 8 del 11 de junio de 2003, B.J. No. 1107,
p.p. 63-68.

[26] Sentencia SCJ, 1ra. Cám, No. 2 del 26 de junio de 2002, B.J. No. 1099,
p.p. 105-110.

[27] Cas. Civ. No. 13 del 18 de mayo de 2005, B.J. No. 1134, p.p. 120-126.

[28] Ídem

[29] TAVARES, Froilán (Hijo). Elementos de Derecho Procesal Civil


Dominicano, Vol. I, p. 210.

[30] Sentencia SCJ, 1ra. Cám, dictada el 24 de abril de 2002.

[31] Artículo 1 de la Ley No. 834 del 15 de Julio de 1978.

[32] Ídem, Artículo 44.

[33] Sentencia SCJ, 1ra. Cám, No. 13 del 29 de enero de 2003, B.J. No. 1106,
p.p. 102-108.

[34] Cuando la demanda incidental la interpone el demandante para


adicionar algún petitorio a su demanda primigenia, se denomina demanda
adicional; si la lanza el demandado para contrademandar al demandante, se
llama demanda reconvencional; en caso de ser un intercero que voluntariamente
quiere intervenir en el proceso, se nomina intervención voluntaria y si es una de
las partes del proceso respecto de un tercero para que forzosamente forme parte
de la litis, sería una demanda en intervención forzosa. Pero todas son demandas
incidentales: Ver: TAVARES, Froilán (Hijo). Elementos de de Derecho Procesal
Civil Dominicano, Volumen I, p. p. 307-308.

[35] Estas serían las excepciones, los fines de inadmisión, sobreseimientos.

[36] Ver: Cas. Civ. No. 41 del 31 de agosto de 2005, B.J. No. 1137, p.p. 372-
379.
[37] Los fines de inadmsión que están expresamente previstos en el
artículo 44 de la Ley Nol 834 son: 1) Falta de calidad; 2) falta de interés; 3) la
prescripción; 4) el plazo prefijado y 5) La cosa juzgada.

[38] “… la propia Ley No. 834-78 establece que no es necesario que la


inadmisibilidad resulte de alguna “disposición expresa”…: Cas. Civ. No. 9 del 22
de mayo de 2002, B.J. No. 1098, p.p. 122-128.

[39] Independientemente de que la Ley No. 146 denomine esa etapa como
“arbitraje”, lo cierto es que –concretamente- de lo que se trata es de una
conciliación entre las partes.

[40] Doctrinariamente se denomina sentencia declarativa a aquellas


decisiones que, sin declarar la inconstitucionalidad del precepto juzgado, fuerza
su interpretación al espíritu de la Constitución.

[41] Sentencia No. 549-2008 de fecha 26 de septiembre de 2008, dictada


por la Segunda Sala de la Cámara Civil y Comercial de la Corte de Apelación del
Distrito Nacional.

[42] Sentencia dictada en fecha 27 de mayo de 2009 por la Primera Sala de


la Cámara Civil y Comercial de la Corte de Apelación del Distrito Nacional.

[43] Ha sido juzgado que las sentencias preparatorias solamente se apelan


de manera diferida; es decir, conjuntamente con el fondo, no de manera
independiente: Cas. Civ. No. 4 del 15 de enero, B.J. No. 1106, p.p. 47-51.

[44] Ver el apartado de este libro, sobre el proceso instituido en el


Anteproyecto del Código Procesal Civil.

[45] Cas. Civ. No. 7 del 18 de agosto de 2004, B.J. No. 1125, p.p. 83-88.

[46] Cas. Civ. No. 48 del 26 de abril de 2006, B.J. No. 1145, p.p. 285-289.

[47] Ver: Artículo “Hermenéutica sobre la política de acumulación de los


incidentes con el fondo en materia civil” de la autoría del Magistrado Edynson
Alarcón, publicado en la revista Gaceta Judicial, año 13, Número 274

[48] Es incorrecta la práctica de algunos tribunales de decidir en estrados


la excepción de incompetencia, y en caso de rechazarla seguir de inmediato la
audiencia, ya que en ese caso lo procesalmente correcto es, tan pronto se dicte la
decisión incidental, fijar una nueva audiencia posterior, a no menos de quince
(15) días, para fines del Contredit o Impugnación, por si la parte perdidosa
quisiere impugnar dicha decisión. La sentencia que no considere el
correspondiente plazo para el Contredit es anulable.

[49] Ver en el capítulo de este libro, sobre la utilidad práctica de los


principios rectores del proceso civil, lo atinente al principio de contradicción,
específicamente la parte sobre la dinámica del contradictorio.
[50] Sentencia SCJ, 1ra. Cám, del 23 de junio de 1999, B.J. No. 1063, p.p.
275-282.

[51] Sentencia SCJ, 1ra. Cám, del 21 de marzo de 2001, B.J. No. 1084, p.p.
148-153.

[52] Sentencia SCJ, 1ra. Cám, del 17 de abril de 2002.

[53] Sentencia SCJ, 1ra. Cám, del 15 de enero de 1998, B.J. No. 1046, p.p.
140-149.

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