Universidad Pedagógica Nacional
Licenciatura en Filosofía
Estética de la naturaleza
Profesor: Javier Guillermo Merchán
Ana Maria Manrrique Gomez
2025
Naturaleza trágica y atrayente: lo sublime gótico como atracción s en Los
misterios de Udolfo.
Resumen
En este texto me propongo analizar Los misterios de Udolfo (1794) de Ann
Radcliffe a través de la perspectiva de lo sublime gótico y lo siniestro, centrándome en
la representación de la naturaleza como entidad trágica y atrayente. Se sostiene que la
novela articula un tránsito del espacio natural a lo arquitectónico como escenario del
terror, y que la naturaleza, incluso en su dimensión más bella, encierra siempre una
amenaza latente. Lo sublime gótico se convierte así en una experiencia estética y
existencial, en la que la atracción por la grandeza natural se ve atravesada por el peligro
y el deseo de disolución del yo.
Palabras clave: sublime gótico, lo siniestro, naturaleza, Ann Radcliffe, castillo,
estética, terror
¿Qué ocurre cuando la belleza de la naturaleza se desborda y se torna amenaza?
¿Qué se oculta tras la admiración que sentimos frente a un paisaje que nos supera? En el
centro del sublime gótico se encuentra una tensión irresoluble entre el deseo y el miedo,
entre la atracción por lo bello y la irrupción de lo monstruoso. En el presente texto
exploré la naturaleza ambigua y fascinante de lo sublime gótico y su estrecha
vinculación con lo atrayente, particularmente en Los misterios de Udolfo (Radcliffe,
1794) Argumento que la novela no solo representa la transición de lo bello a lo sublime
y de lo externo a lo interno, sino que ofrece una reflexión profunda sobre la naturaleza
como entidad trágica y atrayente. En este marco, lo sublime gótico se convierte en una
experiencia límite que conjuga la atracción por lo grandioso y lo desconocido con el
terror ante lo oculto y lo incontrolable. El castillo, la montaña, la sombra y el abismo
son paisajes mentales y materiales donde se proyecta la ansiedad de un yo amenazado
por el exceso.
Lo sublime gótico como articulación del terror y lo unheimlich
A continuación , profundizaré la dimensión de lo sublime gótico y su estrecha
relación con lo siniestro —lo unheimlich, según la terminología freudiana -. Aunque
esta manifestación aparece aquí como el último eslabón tras los paisajes del ideal
perdido, los ausentes y los sublimes, esto no implica necesariamente una secuencia
cronológica. De hecho, la literatura gótica antecede históricamente al Romanticismo en
el ámbito anglosajón —considerada como una corriente prerromántica— y se mantiene
viva a lo largo del siglo XIX en la literatura romántica y victoriana, perdurando incluso
en obras contemporáneas con marcados rasgos góticos .
El sublime gótico puede definirse entonces como una modalidad particular del
sentimiento de lo sublime, configurada en el interior de la literatura gótica: una
literatura deliberadamente orientada a despertar emociones intensas en el lector y que
encarna múltiples aspectos del siniestro descrito por Freud. La vinculación entre lo
gótico y lo sublime se sostiene principalmente sobre dos fundamentos: por un lado, la
voluntad de ennoblecer el género gótico mediante su asociación con la reflexión
filosófica sobre lo sublime; y por otro, la existencia de una tradición filosófica que
asocia lo sublime con experiencias de miedo y terror.
Lo sublime gótico, como s he señalado, nace de esta contradicción: la exaltación
de lo grandioso y lo terrible, de aquello que “excita las ideas de dolor y peligro”, como
afirmaba Edmund Burke en Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas
acerca de lo sublime y lo bello (1756) al incluir bajo el concepto de “sublime”
elementos como “la oscuridad, lo feo, lo malvado” (Burke, 1756). Esta configuración,
marcada por el temor y la atracción simultánea, se conecta profundamente con el
concepto freudiano de unheimlich o lo siniestro: aquello familiar que, de pronto, se
revela extraño y amenazante.
Mishra (1994) recoge esta dimensión psicoanalítica al definir el sublime gótico
como una estética donde “lo siniestro surge de una ansiedad interna, en particular la
amenaza de la inevitable muerte que, reprimida y negada, aparece proyectada hacia el
exterior” (p. 28). Castillos, figuras patriarcales amenazantes, pasadizos oscuros y
misterios irresueltos se convierten en manifestaciones de ese terror que, más que
externo, nace del interior. Por otro lado, Eugenio Trías, en Lo bello y lo siniestro,
radicaliza esta idea al afirmar que el lugar de lo sublime debería ser ocupado por lo
siniestro, en tanto que este último responde a “la realización de un deseo escondido,
íntimo y prohibido” (Trías, 1997)67. Así, la naturaleza ya no es simplemente espejo del
alma, sino que se convierte en el espacio donde el deseo reprimido encuentra forma,
donde lo bello se quiebra por la irrupción de lo monstruoso.
Los misterios de Udolfo
En Los misterios de Udolfo, Radcliffe despliega esta visión de la naturaleza
como espejo trágico del yo. En el trayecto de la novela, el entorno natural es idílico:
Emily vive junto a su padre, St. Aubert, en un valle que recuerda a Rousseau por su
armonía entre ser humano y entorno. Desde el castillo familiar se observan “los paisajes
pastorales de Guiena y Gascuña… bosques lujuriosos, los viñedos y los olivares… los
majestuosos Pirineos… y los tremendos precipicios” (Radcliffe, p.11). La naturaleza es
aquí exuberante, casi excesiva, y en esa exuberancia se insinúa ya la huella de lo
sublime.
Sin embargo, esta naturaleza roussoniana es fugaz. El viaje de Emily hacia el
castillo de Udolfo marca una ruptura. Lo natural cede ante lo arquitectónico, y lo
sublime se vuelve oscuro y amenazante. “Aunque estaba iluminado por la puesta del
sol, la grandeza gótica de su arquitectura… le daban un aspecto sublime y sombrío”
(Radcliffe, 1794). El castillo se yergue como monstruo de piedra, extensión del alma
perturbada de Montoni, su dueño. Aquí, lo sublime deja de residir en el movimiento de
la naturaleza y pasa a habitar la inmovilidad espectral de los muros, que, en palabras de
Mishra, actúan como proyecciones del terror interno del sujeto.
El castillo, vasto, irregular, oscuro y laberíntico, configura un espacio donde el
yo se pierde y el terror se impone. “Estas galerías abandonadas y estos vestíbulos no
están hechos sino para que los fantasmas vivan en ellos… acabaré por ser uno de ellos”
(Radcliffe). Se trata de un terror de raíz metafísica: “un terror de esta naturaleza… es
sublime” (Radcliffe, ). Pero no es un sublime natural, sino interiorizado, cargado de
represión y angustia.
A pesar de que el castillo concentra el terror, la naturaleza no desaparece en la
novela. Se mantiene como un referente, pero ahora distante. Desde las ventanas del
castillo se divisan paisajes “encantadores”, donde la vida pastoril parece ofrecer una
alternativa de belleza y equilibrio. Sin embargo, esa belleza ya no es accesible; no se
habita, solo se contempla desde la prisión arquitectónica. Así, la naturaleza se convierte
en un recuerdo idealizado, en un eco de lo perdido. Esta tensión remite a lo que Eugenio
Trías señala en Lo bello y lo siniestro: que lo bello y lo siniestro son inseparables, y que
lo segundo condiciona siempre al primero.
En este sentido, la novela gótica expresa una nostalgia por un orden anterior que
ya no puede recuperarse. La naturaleza, incluso cuando es bella, aparece como una
pérdida, como una promesa incumplida. La niñez idílica con St. Aubert en el valle se
opone al mundo de amenazas y oscuridad que representa Udolfo. Y, sin embargo,
ambas dimensiones están unidas por una lógica interna: la belleza contiene ya en sí la
semilla del terror, como si el equilibrio fuese tan frágil que cualquier quiebre lo
convirtiera en su opuesto.
Cuando Emily contempla los paisajes pirenaicos, su emoción no es apacible,
sino exaltada. Hay un deseo de entrega a lo inmenso, de fusión con aquello que la
sobrepasa: “mientras contemplaba estos vastos objetos, su mente se elevaba… y se
perdía en un éxtasis sublime” (Radcliffe, 1794, p. 119). Pero ese éxtasis no está libre de
amenaza: es una suspensión del yo que bordea la aniquilación.
Así, la naturaleza se revela como trágica porque su belleza encierra una promesa
imposible de totalización. Y es monstruosa porque, en su indiferencia, muestra lo ajeno
en lo más íntimo: un afuera que se infiltra en el alma. Como en el Sehnsucht romántico
alemán, el deseo de belleza es también el deseo de desaparecer en ella.
En Los misterios de Udolfo, Ann Radcliffe no solo ofrece una representación
estética del paisaje natural como escenario sublime; más allá de la magnificencia
montañosa o de la melancolía de los valles, es la pérdida de estos espacios lo que
inaugura una dimensión esencialmente de lo sublime gótico: aquella que vincula la
ausencia de la naturaleza con el desgarro subjetivo, la melancolía romántica y el horror
psicológico. La naturaleza, cuando desaparece, no solo deja de ser bella: se vuelve
trágicamente inalcanzable, y su huella —lejana, idealizada y espectral—.
En la novela, el valle natal de Emily representa la imagen del Edén bucólico:
armonioso, ordenado, luminoso. Pero, al ser arrancada de este espacio por las
circunstancias trágicas de la narrativa, se precipita en un mundo donde la naturaleza ya
no consuela, sino que oprime o se vuelve indiferente. Desde esta perspectiva, lo sublime
ya no es solamente lo elevado o lo imponente, como señalaba Burke, sino aquello que
produce una “delicia terrible” cuando la razón se enfrenta con su propia impotencia. El
alejamiento del paisaje original inicia este tránsito: el terror ya no proviene solo de
montañas escarpadas o tormentas violentas, sino de la imposibilidad de retornar a una
naturaleza redentora que ya no existe sino como eco o fantasma.
La función de lo sublime gótico en este contexto se manifiesta en el modo en
que Radcliffe convierte la memoria del paisaje en una experiencia traumática. Emily
rememora constantemente la serenidad perdida, pero este recuerdo es interrumpido por
la violencia del presente: los castillos oscuros, los pasadizos laberínticos, la naturaleza
corrompida. El contraste entre el orden natural perdido y la amenaza constante del
entorno presente intensifica el sentimiento de lo sublime gótico.
En términos freudianos, esta pérdida se codifica en lo unheimlich, lo siniestro,
aquello que retorna desde lo familiar ya distorsionado. La naturaleza que antes era
símbolo de identidad y pertenencia ahora aparece deformada, como una presencia
espectral que inquieta por su ausencia. El deseo de retornar al paisaje perdido se vuelve
patológico: no es simple nostalgia, sino un deseo trágico, cargado de ansiedad y terror,
porque ya no hay posibilidad de volver sin atravesar el trauma. Esta relación entre la
memoria del entorno perdido y la inquietud existencial forma parte esencial del
imaginario gótico, donde el pasado, ya irrecuperable, retorna una y otra vez para
desestabilizar el presente.
Este modo de lo sublime, profundamente enraizado en la sensibilidad gótica, se
alimenta no del espectáculo externo, sino del abismo interno. Lo que aterra ya no es
solo la inmensidad del paisaje, sino el hecho de que esa inmensidad ha sido abolida, y
que solo queda su reflejo en la conciencia de Emily. La montaña ahora es símbolo de
prisión, no de elevación; el bosque es laberinto, no refugio; la bruma es pérdida, no
contemplación. Así, lo sublime gótico opera como categoría estética y afectiva que
funde el duelo personal con la descomposición del mundo natural.
En definitiva, la pérdida del entorno natural en Los misterios de Udolfo
constituye una experiencia límite, donde la estética de lo sublime se transforma en ética
del duelo y en psicología del terror. Radcliffe sitúa esa pérdida en el centro del
imaginario gótico, haciendo de la naturaleza no solo un lugar de contemplación, sino
una fuerza cuya ausencia desencadena la desolación espiritual, el extravío del yo y el
surgimiento de lo siniestro. La memoria del paisaje, en su carácter inalcanzable, deviene
entonces en la imagen más perturbadora de todas: la de lo irrecuperable que insiste en
volver, como sombra, como eco, como herida.
Conclusión.
Los misterios de Udolfo de Ann Radcliffe constituye una obra paradigmática
donde confluyen la estética de lo sublime, lo siniestro y una visión ambivalente de la
naturaleza que transita entre lo trágico y lo irresistiblemente atrayente. A lo largo del
ensayo he demostrado cómo la autora estructura su narrativa a partir de una dialéctica
entre lo bello y lo terrible, en la que la naturaleza cumple un papel central: no solo como
escenario, sino como fuerza simbólica que refleja los estados anímicos de los
personajes, especialmente de Emily.
Teniendo como punto de partida las teoría de Edmund Burke sobre lo sublime,
evidencie que Radcliffe da forma a paisajes que producen tanto admiración como temor,
reconociendo en ellos una experiencia liminar que desestabiliza la razón y conmueve
profundamente la sensibilidad. Esta experiencia se intensifica con la incorporación de lo
siniestro en su acepción freudiana —lo familiar vuelto extraño—, que se manifiesta en
la alteración del entorno natural y en la presencia inquietante de elementos góticos
como castillos, sombras, sonidos inexplicables y pasajes secretos. Sin embargo, más allá
de los elementos típicamente góticos, en el texto he puesto de relieve cómo la pérdida
del entorno natural originario y el deseo inalcanzable de retorno a este generan un dolor
estético profundo: el paisaje ya no redime, sino que se convierte en un recuerdo trágico .
Así, lo sublime gótico se revela como una categoría estética compleja que, más
que exaltar lo grandioso de la naturaleza, expresa la imposibilidad de reconciliarse con
ella cuando ha sido perdida o corrompida. Esta imposibilidad desencadena una nostalgia
aguda, un deseo tan hondo como imposible de satisfacción, que convierte el anhelo de
naturaleza en una experiencia perturbadora. Radcliffe, consciente de esta tensión, ofrece
una narrativa que no solo emociona, sino que interroga sobre los límites del sujeto, la
fragilidad de su mundo interior y la potencia simbólica del entorno que lo rodea.
En última instancia, Los misterios de Udolfo no solo encarna una forma elevada
del gótico, sino que propone una reflexión estética y existencial sobre el lugar del ser
humano frente a una naturaleza que es, al mismo tiempo, refugio y amenaza, belleza y
terror, consuelo y abismo. En ese equilibrio precario —sostenido por la mirada sensible
de Emily y por el diseño narrativo de Radcliffe— se inscribe lo sublime gótico: como
herida abierta, como eco de lo perdido y como fuerza que sigue fascinando al lector
moderno por su capacidad de transformar lo natural en experiencia estética extrema.
Referencias
Burke, E. (1998). Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca
de lo sublime y de lo bello (J. Valenzuela, Trad.). Cátedra.
Freud, S. (1919/2003). Lo siniestro. En Obras completas (Vol. XVII). Amorrortu
Editores.
Mishra, V. (1994). The Gothic sublime. State University of New York Press.
Radcliffe, A. (1992). Los misterios de Udolfo. Valdemar(EnokiaS.L.) .
Trías, E. (1983). Lo bello y lo siniestro. Ariel.