Documento
Título: La transacción en el Código Civil y Comercial
Autor: Carestia, Federico S.
Publicado en: RCCyC 2016 (abril), 06/04/2016, 165
Cita Online: AR/DOC/910/2016
Sumario: I. Introducción. — II. Naturaleza jurídica y caracteres. — III. Requisitos. — IV. Especies. — V.
Beneficios del contrato de transacción. — VI. Efectos. — VII. Forma y prueba. — VIII. Objeto de la
transacción. — IX. La nulidad de la obligación transada. — X. Sujetos de la transacción. — XI. Nulidad de la
transacción y errores aritméticos.
I. Introducción
La transacción es un contrato mediante el cual las partes, haciéndose concesiones recíprocas, extinguen
obligaciones dudosas o litigiosas (art. 1641 del CCyC). Esto significa que los sujetos, ante situaciones
conflictivas que se presentan como dudosas o que ya son materia de litigio, deciden hacer actos abdicativos de
sus pretensiones originales para obtener certidumbre en sus derechos y dar por finalizada una contienda. La
transacción es, además de un contrato, un modo alternativo de resolución de controversias sustentadas en
relaciones jurídicas.
El fin inmediato de este instituto es fijar con certeza los derechos y obligaciones mutua o recíprocamente
exigibles. Es que, ante la incertidumbre de las pretensiones y defensas de cada una de las partes, que en todo
caso podrían ser dirimidas por un juez, los sujetos pueden arribar a un contrato transaccional. De este modo,
haciéndose concesiones recíprocas, podrán evitar el litigio o, en caso de que ya se hubiese iniciado, ponerle fin.
En este contrato, entonces, resulta trascendental tanto el fin, dar certidumbre, como el medio, las
concesiones recíprocas. Es un instrumento de composición de controversias que trae aparejado un indudable
beneficio tanto desde una perspectiva económica como jurídica. Muchas veces un buen arreglo es preferible al
mejor pleito. (1)
II. Naturaleza jurídica y caracteres
El Código Civil de Vélez Sarsfield regulaba a este instituto jurídico dentro de los modos extintivos de las
obligaciones. Sin embargo, la mayoría de las legislaciones comparadas ya había adoptado la directiva del
Código Civil francés, que lo trataba como un contrato. Esta tendencia marcada del derecho foráneo (2), y
propuesta en el Proyecto de Código Civil de 1998 (3), fue receptada por el Código Civil y Comercial, que la ha
incorporado dentro del régimen de los contratos en particular (art. 1641 del CCyC).
En este sentido, gran parte de la doctrina coincidía en que la naturaleza de esta figura no es meramente
extintiva de las obligaciones, ya que permite transigir también sobre derechos reales, hereditarios y de familia.
A su vez, este instituto, bajo el mismo ropaje jurídico, podía tener por objeto no sólo la extinción de
obligaciones, sino también su cumplimiento, reconocimiento e, incluso, la creación de otras nuevas (4).
Por lo tanto, la transacción se erige en un verdadero contrato: una declaración de voluntad destinada a reglar
los derechos entre las partes, ya sea contrayendo, reconociendo, modificando o extinguiendo obligaciones (art.
957 del CCyC) (5).
Como contrato tiene los siguientes caracteres:
a) Es un contrato bilateral, ya que ambas partes quedan recíprocamente obligadas. Cada uno de los sujetos
tiene que hacer una concesión (art. 966 del CCyC).
b) Es un contrato oneroso, en tanto la ventaja que obtiene cada parte requiere de un sacrificio correlativo
(art. 967 del CCyC).
c) Es un contrato consensual, porque se perfecciona por el solo consentimiento de las partes intervinientes.
El reconocimiento del instituto jurídico de la transacción como un contrato trajo aparejada la reducción de
los artículos que la regulan. El Código Civil y Comercial recogió las críticas doctrinarias sobre la extensión de
su tratamiento en el Código Civil (treinta y seis artículos), que contenía muchas disposiciones superfluas en
tanto remitían a principios generales aplicables a todos los contratos.
III. Requisitos
Para estar frente a un acuerdo transaccional, será necesario que se reúnan ciertos requisitos:
1. Acuerdo de voluntades para evitar un litigio o ponerle fin
En primer lugar, toda vez que la transacción es un contrato, es necesario que haya un acuerdo pleno de
voluntades de las partes para, a través de concesiones recíprocas sobre obligaciones litigiosas o dudosas, evitar
© Thomson Reuters Información Legal 1
Documento
un pleito o ponerle fin.
Por lo tanto, el consentimiento de las partes debe concurrir sobre todos los puntos establecidos en el
contrato.
En cuanto a la capacidad o aptitud legal para poder celebrar este acuerdo, se va a regir por los principios
generales para contratar.
2. Concesiones recíprocas
La ley exige que las partes se hagan concesiones recíprocas. Esto significa que cada uno de los sujetos
deberá sacrificar en alguna medida sus derechos o pretensiones iniciales, a cambio de que se le asegure el
carácter definitivo de los restantes o el cumplimiento inmediato o a breve plazo. Es un requisito esencial que
ambas partes abdiquen parte de sus derechos ya que, de lo contrario, se trataría de una renuncia.
Al respecto, no hace falta que las concesiones de cada uno y las ventajas obtenidas a cambio sean
equivalentes o de igual valor. Es decir, que resulta relevante la reciprocidad de los sacrificios pero no su cuantía.
En efecto, el deseo de una parte de arribar anticipadamente a una solución en un litigio de larga duración y
dificultoso trámite puede llevarla a preferir este instituto jurídico al reconocimiento pleno, pero tardío, de sus
derechos. (6)
Las alternativas de estas concesiones recíprocas pueden ser de lo más variadas. Puede suceder que una
pretensión incierta sea reconocida en parte como existente y en parte como inexistente; que se reconozca que
existe en su totalidad —o que no existe en absoluto—, prometiéndose a cambio una contraprestación; etcétera.
En este sentido, el poder dispositivo de las partes es amplio, por lo que pueden afectar una relación no
controvertida; esto es, una cuestión extraña al objeto de la pretensión y oposición inicial. (7)
3. Extinguir obligaciones litigiosas o dudosas
Existe una correspondencia entre la extinción de obligaciones dudosas o litigiosas y la finalidad del contrato
de transacción de evitar un pleito o ponerle fin. El objetivo es, en definitiva, declarar certeza y despejar la
incertidumbre que presentan derechos contestados.
Sobre el punto, suele afirmarse que la incertidumbre de las partes puede ser objetiva o subjetiva. La primera
se da cuando la cuestión es materia de litigio, ya que todo proceso engloba objetivamente un margen de
inseguridad; no es posible adelantar el resultado de una sentencia. Estas obligaciones litigiosas, que están
sometidas a un juicio contradictorio, esperan ser dilucidadas por los magistrados intervinientes.
La segunda se refiere a las dudas de las partes sobre si determinada relación jurídica —todavía no
judicializada— está regulada por el derecho, en qué forma y con qué limites. Se ha dicho al respecto que es
suficiente que los sujetos reputen incierto su derecho para que exista transacción, sin necesidad de requerir la
opinión de expertos o especialistas (8) que, por supuesto, podría no coincidir con la del juez que eventualmente
tuviera que decidir la causa.
Entonces, una obligación dudosa será la que genere incertidumbre a las partes sobre la legitimidad del
crédito, su exigibilidad, la dificultad de probar su título, el monto de los daños sufridos, etc. Esto significa que
no se sabe a ciencia cierta las perspectivas de realización del derecho invocado.
Algunos autores consideran que no corresponde exagerar sobre estos requisitos. La causa que puede motivar
la transacción frecuentemente se relaciona, no tanto con la incertidumbre subjetiva que el derecho tiene en sí
mismo, ya que puede no haber dudas respecto de su existencia, alcances y eficacia, sino con sus posibilidades
materiales de cobro. Muchas cuestiones son transadas, no porque existan vacilaciones acerca de la razonabilidad
de la pretensión, sino en el afán de evitar un pleito interminable o de asegurar un pronto cobro, aun tratándose
de un monto inferior que aquel al que se tiene derecho.
En definitiva, como acertadamente lo indica la normativa, lo que se busca con la transacción es impedir un
litigio o ponerle fin, evitando su prolongación temporal. Por lo tanto, dentro de la definición de "derecho
dudoso" cabe incluir no sólo a la legitimidad y eficacia, sino también a sus reales posibilidades de cobro,
particularmente aquellas referidas a la incidencia del riesgo, avatares judiciales no deseables, peligro de
insolvencia del deudor, etcétera (9).
IV. Especies
La transacción puede ser judicial o extrajudicial; simple o compleja.
1. Transacción judicial y extrajudicial
La transacción judicial es la que versa sobre derechos litigiosos y que, por lo tanto, se produce en el marco
de un pleito. Esto significa que los sujetos iniciaron un proceso judicial en el que esbozaron sus pretensiones; y
© Thomson Reuters Información Legal 2
Documento
que antes de que concluya deciden celebrar un contrato de transacción que dote de certidumbre a sus derechos.
Una vez alcanzado el acuerdo transaccional de modo privado, se presenta ante juez de la causa para que
queden cumplidos los recaudos exigidos por la normativa (art. 1643 del CCyC). En caso de que el magistrado lo
homologue, además se producirá de manera efectiva uno de los modos anormales de terminación del proceso.
Por otro lado, la transacción extrajudicial versa sobre derechos dudosos (que aún no son materia de litigio) y
es realizada por las partes de manera privada sin la intervención de los magistrados. Este contrato, precisamente,
procura evitar el pleito mediante concesiones recíprocas que clarifiquen un conflicto determinado.
2. Transacción simple o compleja
La transacción también puede ser simple (pura) o compleja. La primera es la que recae únicamente sobre los
derechos que fueron objeto de la controversia inicial. Por ejemplo, cuando dos personas disputan la titularidad
de un campo y deciden dividirlo en porcentajes, o cuando se reconoce una indemnización a causa de un hecho
ilícito cuyo monto era materia de debate por las partes.
En cambio, la transacción es compleja cuando recae sobre otros derechos, distintos de los que han sido
motivo de la discusión originaria. Para llegar a un acuerdo se compensa a una de las partes con bienes extraños
a la disputa; se sacrifica un objeto disímil (10). En el ejemplo propuesto, podría suceder que una de las partes
obtenga la titularidad absoluta del campo (reconociéndole su derecho la contraparte) y se comprometa a entregar
a cambio una suma de dinero o derechos sobre otro terreno. En otras palabras, en tanto dividir el campo podría
ser económicamente inconveniente, se puede reconocer la titularidad completa a una de las partes y, a fin de
llegar a un acuerdo, ofrecer a cambio de tal reconocimiento una cosa que estaba fuera de la controversia.
Esta distinción entre transacción simple y compleja tiene importantes implicancias en lo que respecta a los
efectos del acto. Mientras en la primera el efecto será simplemente declarativo, en la segunda tendrá el doble
efecto de declarativo y traslativo de derechos (en tanto se transfiera una cosa que no era objeto de la disputa).
V. Beneficios del contrato de transacción
Nadie mejor que las propias partes, asistidas por sus letrados, conocen sus intereses y qué es lo que buscan
en cada una de las controversias jurídicas que se presentan; por lo que son ellas mismas las que podrán
encontrar —utilizando diversos mecanismos— la solución que verdaderamente responda a sus pretensiones (11).
El juez resuelve de acuerdo con lo solicitado en el escrito inaugural, el responde de demanda y el material
que tiene a la vista; no puede involucrar en la sentencia derechos que no hayan sido materia del litigio. Dicha
posibilidad, ausente en los procesos judiciales, y que en la práctica significaría una transacción de tipo
compleja, podría llegar a materializar un acuerdo diferente que efectivamente tenga por satisfechas a las partes.
No siempre la solución de un conflicto está en la justicia distributiva, en la que las partes luchan por ver quién
consigue más de la sustancia por la cual están negociando o de los derechos que están en juego. Si se asume que
el valor a repartir no es fijo, éste se puede ampliar y con ello el menú de soluciones disponibles (12).
Es posible, a través de esfuerzos compartidos, conocer quién valora más el bien objeto de estudio, para
luego dilucidar qué puede ofrecerse a la otra parte para suplantarlo (ésta, inclusive, puede considerar más
preciado al sustituto). Las partes, en una búsqueda creativa de solución y de reestructuración del conflicto,
pueden llegar conjuntamente a un nuevo valor que reemplace satisfactoriamente a los valores anteriores (13),
evadiendo indirectamente la constante de suma cero en los resultados. La disponibilidad de la información para
poder lograr un acuerdo cooperativo e integrativo sólo la tienen las partes.
Por otro lado, no puede soslayarse que los costos de llevar adelante todo un proceso suelen ser más elevados
que los de una posible transacción. El pago de la tasa de justicia, los gastos de producir la prueba, los honorarios
de los profesionales intervinientes, entre otros, son factores relevantes a la hora de decidir la iniciación de un
pleito. A ello se suma la precisión con que las partes estimen sus probabilidades de ganar y su actitud frente al
riesgo. Éste dependerá de la habilidad del abogado, la calidad de la prueba y la probabilidad de error del
tribunal, entre otras variables. Todos estos aspectos son intrínsecamente difíciles de medir (14).
A su vez, el análisis de este tipo de institutos no puede disociarse de la realidad en la que se plantean. La
duración de los procesos en Argentina —que en ciertas ocasiones atenta contra una tutela eficaz de los
derechos— determina que los acuerdos transaccionales se presenten como una alternativa plausible y con
mejores perspectivas de realización. Las posibilidades reales de cobro, las consecuencias perjudiciales del
tiempo transcurrido, la inversión innecesaria de recursos, el riesgo de avatares judiciales y el peligro de
insolvencia del deudor (15) son fundamentales a la hora de pensar en la necesidad de cerrar un acuerdo
transaccional.
Por supuesto que las transacciones no sólo producen externalidades positivas para las partes sino también
© Thomson Reuters Información Legal 3
Documento
para el sistema de administración de justicia en su conjunto, que no sólo evitará un dispendio jurisdiccional
innecesario, sino que también podrá ejercer una asignación de recursos más eficiente (16).
VI. Efectos
La transacción tiene por fin inmediato conferir certidumbre a los derechos y obligaciones que las partes
disputan o controvierten entre sí.
El instrumento suscripto, en el cual los sujetos se hacen concesiones o renuncias recíprocas, tiene la fuerza
obligatoria de todo contrato. Por lo tanto, generará obligaciones —que han adquirido certeza con el acuerdo—
cuyo cumplimiento puede ser exigido por la otra parte, aplicando los principios generales que rigen la materia.
En este contexto, se impedirá que se hagan valer en lo sucesivo derechos extinguidos por el contrato de
transacción. La extinción respectiva de las obligaciones que correspondieren se extiende a los accesorios (arts.
857 y concs. del CCyC).
Este instituto jurídico tendrá, como todo contrato, un efecto relativo. Esto es, afectará a las partes y sus
sucesores universales, no pudiendo perjudicar a terceros (arts. 1021 y 1024 del CCyC).
1. Los efectos de la cosa juzgada sin necesidad de homologación judicial
El Código Civil y Comercial dispone que la transacción "produce los efectos de la cosa juzgada sin
necesidad de homologación judicial" (art. 1642). La interpretación de esta norma puede generar ciertas
confusiones, por lo que requiere de varias aclaraciones.
Para comenzar, corresponde hacer una distinción entre las transacciones extrajudiciales y las judiciales. En
las primeras, el contrato celebrado por las partes tendrá la fuerza vinculatoria que lo caracteriza. En
consecuencia, en la medida en que alguno de los sujetos no cumpla con lo acordado, quien se considere afectado
podrá acceder a las distintas herramientas legales que prevé el sistema para procurar la efectiva satisfacción de
su interés.
Claro está que los efectos jurídicos de los contratos no resultan asimilables a los efectos de la cosa juzgada.
Ello es así en tanto nada se ha juzgado o sentenciado; simplemente las partes han celebrado de forma privada un
acuerdo de voluntades destinado a reglar su contienda. Probablemente, la intención del artículo es expresar que
la transacción determina en sus cláusulas los derechos de los involucrados —y su respectiva extensión—; los
que no podrán ser desconocidos.
En definitiva, la fuerza extintiva de la transacción impide —como si hubiese habido un litigio resuelto por
un magistrado— que entre las partes se vuelvan a plantear las cuestiones oportunamente dilucidadas en el
acuerdo. Tal es el sentido que cabe asignarle a la norma bajo estudio.
Para un mayor entendimiento, cabe señalar brevemente algunas diferencias trascendentales entre la cosa
juzgada y la transacción: i) la primera requiere un decisorio judicial firme, mientras que la segunda opera por
voluntad de las partes; ii) la primera es inatacable como regla —salvo los recursos autorizados por las leyes
procesales—, mientras que la segunda puede impugnarse por vicios de la voluntad; iii) la primera tiene la fuerza
coactiva que proviene de la actuación de los magistrados, mientras que la segunda posee la fuerza compulsiva
de cualquier contrato (17). Por otra parte, la cosa juzgada no admite que se le oponga el pacto comisorio, o la
excepción de incumplimiento contractual, como así tampoco su revisión por excesiva onerosidad (18).
Por lo tanto, la transacción extrajudicial celebrada carecerá de fuerza ejecutiva a menos que la tenga el
instrumento en el cual ha sido documentada. Caso contrario, corresponderá iniciar el pertinente proceso por
cumplimiento de contrato.
A su vez, en este tipo de transacciones extrajudiciales está claro que no se requiere la homologación judicial.
Los interesados son los propios árbitros de su negocio y la eficacia del convenio no necesita integrarse con una
decisión o un pronunciamiento judicial. Las partes, a través de la autonomía de la voluntad, podrán transigir sus
obligaciones de la forma que mejor les plazca.
En las transacciones judiciales necesariamente hay una intervención de un magistrado, ya que es requisito
para su eficacia presentar el acuerdo en el proceso. No obstante, por lo antes señalado, tampoco en este supuesto
se producen estrictamente los efectos de la cosa juzgada.
Ahora bien, no es menos cierto que algunas de estas diferencias se diluyen en el plano procesal. En caso de
que medie aprobación judicial, ambos comportan modos de terminación del proceso que son susceptibles de
ulterior ejecutoria (19).
El momento de eficacia de la transacción judicial es la fecha del instrumento con respecto a las partes y la
fecha cierta que adquiera respecto de terceros. Esto significa que el tiempo de presentación del documento a la
© Thomson Reuters Información Legal 4
Documento
causa trasunta tan sólo un requisito de forma que no hace a los efectos del instituto.
En cuanto la homologación judicial, la norma es clara en cuanto a que tampoco será necesaria en este caso.
Si bien es verdad que se suele exigir este tipo de convalidación, lo cierto es que una cosa es el convenio y otra el
modo de terminación del proceso, para lo cual se requiere de la intervención del órgano jurisdiccional. La
homologación en estos casos servirá para dotar de título ejecutorio al acuerdo.
2. Efecto declarativo y efecto constitutivo
Los negocios constitutivos son los que atribuyen derechos, mientras que los declarativos los que se limitan a
la constatación de las relaciones, dirimiendo conflictos de apreciación o dudas sobre su configuración.
En la transacción simple se produce un efecto meramente declarativo, ya que se reconoce en el otro un
derecho que ya había nacido; se tiene en cuenta que el derecho ha existido desde antes. En este caso, entonces,
el titular del derecho litigioso o dudoso obtiene a través del acuerdo la confesión o reconocimiento de su
oponente del mismo derecho que ya poseía.
Tradicionalmente se entiende que la transacción tiene por excelencia un efecto declarativo y no traslativo de
derechos. Tal era la redacción del art. 836 del Código Civil, que establecía que "por la transacción no se
transmiten, sino que se declaran o se reconocen derechos que hacen el objeto de las diferencias sobre que ella
interviene".
En cambio, en la transacción compleja se incorporan nuevos derechos en aras de resolver el conflicto por lo
que, además de un efecto declarativo, también se presenta un efecto traslativo o constitutivo. Hay una
modificación en la situación jurídica preexistente, creando derechos nuevos en cabeza de las partes.
La diferencia entre ambos efectos puede ser dirimente, por ejemplo, en la garantía de evicción. Si se transige
reconociendo un derecho, declarando que existía, pero sin transmitirlo, no se asegura la existencia y legitimidad
de tal derecho. En cambio, habrá garantía de evicción cuando haya bienes transmitidos en el marco del acuerdo
(20).
3. La interpretación restrictiva
La transacción debe ser interpretada de manera restrictiva (art. 1642, CCyC).
Como se trata de concesiones recíprocamente acordadas, en caso de duda debe entenderse que los derechos
no incluidos en el negocio quedaron fuera de la transacción (21). Si la incertidumbre radicara sobre la entidad
cuantitativa de las concesiones, debe estarse siempre por la más acotada.
El fundamento es que importa una renuncia (al menos parcial) y, como tal, debe ser interpretada de modo
restrictivo (art. 948 del CCyC).
No obstante, este argumento no convence a quienes consideran que en el caso de actos abdicativos onerosos
debe resolverse la cuestión en el sentido de la mayor reciprocidad de los intereses (22).
VII. Forma y prueba
La normativa requiere como único requisito formal que la transacción se haga por escrito (art. 1643 del
CCyC). Esto implica que puede ser realizada tanto por instrumento público como privado, según se adecue
mejor a los intereses de las partes.
Al respecto, no puede soslayarse que el art. 1017 del CCyC dispone que "deben ser otorgados por escritura
pública: a) los contratos que tienen por objeto la adquisición, modificación o extinción de derechos reales sobre
inmuebles...; b) los contratos que tienen por objeto derechos dudosos o litigiosos sobre inmuebles; c) todos los
actos que sean accesorios de otros contratos otorgados por escritura pública; d) los demás contratos que, por
acuerdo de partes o disposición de la ley, deben ser otorgados por escritura pública".
En definitiva, si bien el único requisito esencial es que sea por escrito, en ciertas circunstancias la ley
dispone otras formalidades, como puede ser la exigencia de escritura pública para determinados actos. Ello es
así, sin perjuicio de lo señalado por el art. 1018 del CCyC, que aclara que "el otorgamiento pendiente de un
instrumento previsto constituye una obligación de hacer si el futuro contrato no requiere una forma bajo sanción
de nulidad. Si la parte condenada a otorgarlo es remisa, el juez lo hace en su representación, siempre que las
contraprestaciones están cumplidas, o sea asegurado su cumplimiento".
Ahora bien, la ley dispone que si se tratara de una transacción sobre derechos que ya han sido sometidos a
litigio, será necesario que las partes presenten ante el juez de la causa el instrumento firmado; esto es, que
incorporen al proceso judicial el documento en que conste el acuerdo de voluntades (art. 1643, CCyC).
Este requisito resulta esencial en tanto sólo una vez cumplido la transacción será eficaz. En este sentido, la
norma aclara que hasta tanto no se presente el documento, la transacción puede ser desistida por las partes.
© Thomson Reuters Información Legal 5
Documento
Hasta ese momento no se encuentra concluida.
No obstante lo señalado, algunos autores indican que el desistimiento unilateral injustificado podría dar
lugar a una responsabilidad precontractual (23).
La presentación del instrumento firmado por las partes constituye un requisito de eficacia pero no de validez
del acto. Tan es así que, por ejemplo, la incapacidad sobreviniente de una de las partes o su fallecimiento no
impedirán la eficacia de la transacción si luego es incorporada al expediente por los herederos u otro contratante
(24).
No es ineludible que las partes ratifiquen ante el tribunal el documento, como así tampoco que celebren el
acuerdo ante el magistrado. Tampoco es necesaria la aprobación u homologación del juez para que la
transacción sea válida. Tales recaudos no hacen al perfeccionamiento del acto. Sin embargo, los códigos
procesales suelen prever entre los modos anormales de terminación del proceso la transacción homologada (art.
308, CPCCN) (25).
La prueba de la transacción está subordinada a las disposiciones generales sobre los contratos. En este caso
particular, esta modalidad contractual debe ser efectuada por escrito, por lo que deberá rendirse con la
exhibición del instrumento respectivo.
VIII. Objeto de la transacción
En cuanto al objeto, la transacción debe reunir las mismas condiciones que la ley establece para los
contratos (arts. 1003 y ss., y 279 del CCyC). Esto es, debe consistir en un objeto lícito, posible, determinado o
determinable, de acuerdo a la moral y las buenas costumbres, no contrario al orden público o la dignidad de las
personas ni lesivo de derechos ajenos, y susceptible de apreciación pecuniaria.
A su vez, el art. 1644 del Código Civil y Comercial dispone en particular que no pueda transarse sobre
derechos en los que está comprometido el orden público, ni sobre derechos irrenunciables. En este sentido, el
art. 12 del Título Preliminar del referido cuerpo legal establece que "las convenciones particulares no pueden
dejar sin efecto las leyes en cuya observancia está interesado el orden público".
En general, no pueden transigirse los derechos en los que está en juego el orden público. No se trata de
prerrogativas concedidas en exclusivo interés individual, sino de derechos instituidos en resguardo del interés
general.
En principio, tratándose de derechos patrimoniales, la regla es que todos pueden ser transigidos, sean éstos
personales, reales o intelectuales. Sin embargo, hay excepciones tales como el derecho a alimentos futuros (art.
359 del CCyC), el derecho a pedir indefinidamente la división del condominio, el derecho a adquirir una
herencia futura, el derecho al cobro de sueldos, aguinaldos e indemnizaciones previstas en las leyes laborales, el
derecho al cobro de honorarios derivados de servicios que todavía no fueron prestados, derechos previsionales y
de seguridad social, etcétera.
Por otra parte, los derechos extrapatrimoniales son por regla irrenunciables. Esto es, lo derechos vinculados
a las relaciones de familia o el estado de las personas, como el derecho a la responsabilidad parental o calidad de
cónyuge. La organización de la familia es materia de orden público, por lo que está al margen de la autonomía
de la voluntad. Tampoco son renunciables los derechos personalísimos, como el derecho al nombre, el derecho
a la libertad, etcétera.
Las acciones de estado son las que tienden a declarar la existencia de los presupuestos de un determinado
emplazamiento en el estado de familia o a constituir, modificar o extinguir un emplazamiento. La prohibición es
fácilmente entendible en cuanto se trata de derechos inalienables, no disponibles, que exceden el ámbito del
interés puramente individual, para proyectarse al plano del interés social fuertemente ligado al orden público.
Nadie puede transigir sobre el propio estado de familia ni sobre el derecho a reclamarlo. Sin embargo,
podría llevarse adelante una transacción cuando se afecte intereses pecuniarios subordinados al estado de dicha
persona (por ejemplo, sobre bienes hereditarios).
IX. La nulidad de la obligación transada
En tanto la transacción es un contrato, resulta pasible de padecer las causas de nulidad que pueden afectar a
esta clase de actos jurídicos (arts. 382 y ss. del CCyC).
El art. 1645 del Código Civil y Comercial dispone que si la obligación transada adolece de un vicio que
causa su nulidad absoluta, la transacción es inválida. No obstante, si es de nulidad relativa, las partes conocen el
vicio y tratan sobre la nulidad, la transacción es válida.
En definitiva, se trata de un supuesto en el que la transacción tiene su fundamento en una obligación con una
© Thomson Reuters Información Legal 6
Documento
ineficacia genética. En tanto el antecedente es inválido, el contrato celebrado con tal sustento seguirá el mismo
destino.
Claro está que no hacía falta la disposición en este aspecto, ya que se aplican las normas generales sobre
nulidad de los actos jurídicos (arts. 386 y ss. del CCyC).
La nulidad absoluta no resulta pasible de ser confirmada; esto es, no hay forma de purgar el vicio. Sin
embargo, en caso de que se tratase de una obligación materia de transacción que estuviese viciada de nulidad
relativa, la transacción será válida si las partes aludieran a la nulidad que afecta al negocio y confirmaran el
título que le sirve de causa.
Por otra parte, no puede soslayarse que la redacción del Código Civil de Vélez Sarsfield disponía la
indivisibilidad de las cláusulas del acuerdo transaccional. Por lo tanto, dada su inseparabilidad, se estipulaba que
la nulidad de una disposición perjudicaba a las restantes. Para justificar tal normativa, se entendía que la
ineficacia de cualquiera de los actos abdicativos quebraría la estructura del negocio, toda vez que las
concesiones de una parte tenían su causa en las de la otra (26).
No obstante, la doctrina y jurisprudencia mayoritarias sostenían que sólo se anularía la transacción en su
totalidad si el vicio residía sobre una parte importante. En efecto, si podía concluirse que estaba comprometida
la interdependencia y vinculación entre las ventajas y los sacrificios.
En cambio, si fuese una cláusula perfectamente separable y secundaria, su anulación no tendría por qué
afectar la nulidad de lo principal. En definitiva, se recurría al principio general del art. 1039 del Código Civil,
que establece que la nulidad parcial de una disposición no perjudica a las otras disposiciones válidas mientras
sean separables (27).
X. Sujetos de la transacción
El Código Civil de Vélez Sarsfield se refería en los incs. 1º, 2º, 3º, 4º y 6º del art. 841 a la aptitud para
transar en representación de personas físicas o jurídicas, que no consagraban auténticas prohibiciones para
transar en interés propio (28).
Es decir, se entremezclaban cuestiones de personería para transigir por cuenta ajena (en lo que cabe
remitirse a los principios generales para obrar por medio de representantes) con capacidad para obrar por cuenta
propia.
El Código Civil y Comercial dispone en su art. 1646 específicamente tres supuestos en los que ciertos
sujetos no pueden efectivizar el contrato de transacción:
1. Las personas que no puedan enajenar el derecho respectivo
En la medida en que se trate de un acto de disposición, que incida en la composición del patrimonio, quien
lo realiza debe tener capacidad para enajenar el derecho (ver arts. 22 a 50 del CCyC).
Esta capacidad de realizar actos a título dispositivo debe estar presente al tiempo de celebración de la
transacción; siendo indiferente que se conserve al momento de presentar el acuerdo ante un juez.
2. Los padres, tutores o curadores respecto de las cuentas de su gestión, ni siquiera con autorización judicial
Los padres, tutores o curadores no pueden transar sobre las cuentas de su gestión, ni siquiera con
autorización judicial.
La prohibición atañe a las relaciones entre las partes de la representación (padre-hijo, tutor-pupilo,
curador-curado). El Código Civil y Comercial se refiere específicamente a cada uno de estos regímenes en los
arts. 677 a 698 (padres respecto de los hijos), 130 a 134 (cuentas de la tutela) y 138 a 140 (curatela).
Los sujetos mencionados por la norma tienen incapacidad de derecho para transigir sobre el resultado o
rendición de cuentas de su gestión. La ley presume de manera razonable que el padre, tutor o curador mantienen
autoridad y un poder de convicción suficiente como para poder influir en el acuerdo, en perjuicio de los
intereses que se pretende tutelar.
3. Los albaceas, en cuanto a los derechos y obligaciones que confiere el testamento, sin la autorización del
juez de la sucesión
La norma prohíbe a los albaceas, sin la autorización del juez de la sucesión, transigir sobre los derechos y
obligaciones que confiere el testamento.
Ahora bien, tal como lo destaca la doctrina, en realidad los albaceas sólo pueden transigir cuando tienen la
posesión hereditaria, pues en ese caso representan los intereses de la sucesión (arts. 2523 y 2529, CCyC). En
cambio, si hubiera herederos, a ellos les compete la posesión de la herencia y su administración; quedando a
© Thomson Reuters Información Legal 7
Documento
cargo del albaceas vigilar el cumplimiento de la voluntad del testador.
En ausencia de herederos, los albaceas podrán celebrar acuerdos transaccionales sobre derechos y
obligaciones de la sucesión testamentaria, siempre que medie autorización del magistrado interviniente.
El juez competente para autorizar al albacea a transigir es el juez ante quien tramita el respectivo juicio
testamentario. La autorización es un requisito de fondo que integra la habilidad legal para otorgar el acto y cuya
omisión torna a la transacción nula (29).
XI. Nulidad de la transacción y errores aritméticos
Más allá de lo dispuesto en el art. 1645 y el Capítulo 9 del Título IV del Libro Primero sobre los actos
jurídicos, se regulan en el art. 1647 ciertos supuestos específicos de nulidad de la transacción.
En primer lugar, el caso en que alguna de las partes invoque títulos total o parcialmente inexistentes, o
ineficaces. En este supuesto, la inexistencia o ineficacia de los documentos (o causa fuente que da origen a las
relaciones jurídicas dudosas o litigiosas) sobre cuya base se realiza el acuerdo transaccional genera su nulidad.
Algunos autores opinan que en realidad se trata de un típico supuesto de ausencia de causa. Es que la
finalidad de extinguir derechos litigiosos o dudosos no puede operar respecto de derechos cuyo título es ineficaz
(30).
En segundo lugar, el caso de que al celebrar la transacción una de las partes ignore que el derecho que transa
tiene otro título mejor. Esto es, que la ley plantea el supuesto de aparición, ulterior a la transacción, de
documentos desconocidos o pruebas que demuestren un título mejor.
En este escenario también hay un error esencial sobre la causa principal de la obligación o un caso de dolo si
alguno de los sujetos ocultó tal información. De otro lado, en una línea de razonamiento diferente, también
puede interpretarse que hay una falta de causa que genera la nulidad del acuerdo.
Por último, la norma se refiere al caso de que hubiere un pleito ya resuelto por sentencia firme, siempre que
la parte que la impugna lo haya ignorado. Aquí, las partes desconocen que en el litigio que tenían en trámite se
había dictado sentencia declarando definitivamente los derechos que constituían el objeto de la transacción.
Existe entonces un error fundamental sobre la calidad de litigioso del derecho.
En efecto, al momento del acuerdo, esos derechos ya no eran ni litigiosos ni dudosos, pues la sentencia
pasada en autoridad de cosa juzgada les había dado certeza. Por lo tanto, la solución legal es lógica, dado que la
incertidumbre de los derechos es una condición esencial para la transacción.
Para que pueda darse este supuesto excepcional, es indispensable que se trate de una sentencia firme. Esto
es, que no sea pasible de recurso procesal alguno. A su vez, la parte que impugna el acuerdo transaccional debe
haber ignorado la decisión jurisdiccional. En caso contrario, no habría un error esencial sobre la causa principal
del acto sino una renuncia o novación (31).
Por otra parte, el art. 1648 regula el caso de los errores aritméticos, que no obstan a la validez de la
transacción, pero las partes tienen derecho a obtener la rectificación correspondiente.
Los errores de cálculo en las cuentas que hacen la base del contrato no afectan su eficacia; sea una cuenta
litigiosa o dudosa. Se trata de errores meramente accidentales (una discordancia entre la voluntad declarada y su
expresión material (32)) que no le hacen perder identidad, significación o funcionalidad al instrumento (33).
Ello no significa que, en caso de haberse tomado en cuenta tales cálculos con errores aritméticos, el
perjudicado pueda pedir que se rectifiquen. Tal solución es lógica a fin de no vulnerar el principio de buena fe
que debe guiar toda relación contractual (art. 961, CCyC).
(1) PIZARRO, Ramón D. — VALLESPINOS, Carlos G., Instituciones de Derecho Privado. Obligaciones,
t. 3, Hammurabi, Buenos Aires, 2007, p. 585.
(2) Entre otros, Francia, Italia, Alemania, Portugal, España, Chile, Uruguay, Venezuela, México.
(3) El art. 1571 establecía que "hay contrato de transacción si las partes, para evitar un litigio o ponerle fin,
extinguen derechos mediante concesiones recíprocas".
(4) BELLUSCIO, Augusto C. — ZANNONI, Eduardo A., Código Civil y leyes complementarias.
Comentado, anotado y concordado, t. III, Astrea, Buenos Aires, 1981, p. 707.
(5) BORDA, Guillermo A., Tratado de Derecho Civil. Obligaciones, t. I, LA LEY, Buenos Aires, 2008, p.
622.
(6) BELLUSCIO, Augusto C. — ZANNONI, Eduardo A., Código Civil y leyes complementarias..., cit., t.
III, p. 706.
© Thomson Reuters Información Legal 8
Documento
(7) BUERES, Alberto J. — HIGHTON, Elena I., Código Civil y normas complementarias. Análisis
doctrinario y jurisprudencial, t. 2 B, Hammurabi, Buenos Aires, 1998, p. 270.
(8) ALTERINI, Atilio A. — AMEAL, Oscar J. — LÓPEZ CABANA, Roberto M., Derecho de
Obligaciones Civiles y Comerciales, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 2003, p. 639.
(9) PIZARRO, Ramón D. — VALLESPINOS, Carlos G., Instituciones de Derecho Privado..., cit., t. 3, ps.
590/591.
(10) BORDA, Guillermo A., Tratado de Derecho Civil. Obligaciones, cit., t. I, ps. 672/673.
(11) CARESTIA, Federico S. — SALGADO, José M., "La transacción en las acciones de clase", LA LEY
2012-B, 781.
(12) CALCATERRA, Rubén E., Mediación estratégica, Gedisa, Barcelona, 2006, ps. 84/103.
(13) ENTELMAN, Remo F., Teoría de conflictos, Gedisa, Barcelona, 2005, ps. 203/204.
(14) VEREEK, LODE, El derecho procesal. Elementos de Análisis Económico del Derecho, Rubinzal
Culzoni, Santa Fe, 2004, ps. 193/194.
(15) PIZARRO, Ramón D. — VALLESPINOS, Carlos G., Instituciones de Derecho Privado..., cit., t. 3, ps.
590 y ss.
(16) CARESTIA, Federico S. — SALGADO, José M., "La transacción en las acciones de clase", cit.
(17) PIZARRO, Ramón D. — VALLESPINOS, Carlos G., Instituciones de Derecho Privado..., cit., t. 3, p.
623.
(18) LORENZETTI, Ricardo L., Tratado de los contratos, t. III, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2006, p. 802.
(19) BELLUSCIO, Augusto C. — ZANNONI, Eduardo A., Código Civil y leyes complementarias..., cit., t.
III, p. 731.
(20) LLAMBÍAS, Jorge J., Tratado de Derecho Civil. Obligaciones —actualizado por Patricio J. Raffo
Benegas—, t. III, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 2012, ps. 88/89.
(21) BUERES, Alberto J. — HIGHTON, Elena I., Código Civil y normas complementarias..., cit., t. 2 B, p.
276.
(22) BORDA, Guillermo A., Tratado de Derecho Civil. Obligaciones, cit., t. I, p. 662.
(23) TRIGO REPRESAS, Félix A. — COMPAGNUCCI de Caso, Rubén H., Código Civil comentado.
Obligaciones, t. II, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2005, ps. 496.
(24) BORDA, Guillermo A., Tratado de Derecho Civil. Obligaciones, cit., t. I, p. 669.
(25) LLAMBÍAS, Jorge J., Tratado de Derecho Civil. Obligaciones, cit., t. III, ps. 66/67.
(26) ALTERINI, Atilio A. — AMEAL, Oscar J. — LÓPEZ CABANA, Roberto M, Derecho de
Obligaciones Civiles y Comerciales, cit., p. 644.
(27) BELLUSCIO, Augusto C. — ZANNONI, Eduardo A., Código Civil y leyes complementarias..., cit., t.
III, p. 711.
(28) TRIGO REPRESAS, Félix A. — COMPAGNUCCI DE CASO, Rubén H., Código Civil comentado,
cit., t. II, p. 502.
(29) LLAMBÍAS, Jorge J., Tratado de Derecho Civil. Obligaciones, cit., t. III, ps. 77/78.
(30) BORDA, Guillermo A., Tratado de Derecho Civil. Obligaciones, cit., t. I, ps. 673/675.
(31) BUERES, Alberto J. — HIGHTON, Elena I., Código Civil y normas complementarias..., cit., t. 2 B,
ps. 296/297.
(32) LORENZETTI, Ricardo L., Tratado de los contratos, cit., t. III, p. 808.
(33) TRIGO REPRESAS, Félix A. — COMPAGNUCCI DE CASO, Rubén H., Código Civil comentado,
cit., t. II ps. 521/522.
© Thomson Reuters Información Legal 9