VII. ¿DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA?
COMO EN NUESTRO SIGLO la democracia fue destruida por regímenes autorita-
rios o totalitarios que se decían populares o revolucionarios, debemos definir-
la en primer lugar por las libertades públicas y personales que limitan la arbi-
trariedad del poder. Y no tenernos que aceptar en ningún caso que se llame de-
mocrático un gobierno autoritario, con el pretexto de que mejoró el nivel de
educación o el estado sanitario de su pueblo, lo cual es un resultado socialmen-
te positivo pero que no asegura en modo alguno que ese régimen sea capaz de
responder a las demandas de la población y acepte dejarse controlar y evaluar
en su accionar por representantes del pueblo libremente elegidos. Pero en este
fin de siglo caemos en el error inverso, el que, al reducir la democracia a pro-
cedimientos institucionales, olvida la necesidad de movimientos que empren-
dan la tarea de limitación del poder. ¿Es imposible combinar la libertad nega-
tiva y la libertad positiva? Durante el siglo xviii y gran parte del XIX, la demo-
cracia británica preservó las libertades pero también estabilizó el poder de la
oligarquía; la democracia francesa luchó más activamente por la igualdad, pe-
ro se inclinó más de una vez hacia el autoritarismo. ¿Es imposible concebir una
democracia que proteja la libertad de opinión y elección, pero que combata
también la desigualdad? Basta que desaparezca la libertad de las instituciones
o el sistema ya no sea capaz de responder a la demanda social de igualdad o
equidad para que la democracia entre en crisis.
En todos lados se celebran sus victorias, pero lo que ante observadores en
mi opinión demasiado optimistas aparece como su triunfo no es con frecuen-
cia otra cosa que el reemplazo de régimen intervencionistas por mercados po-
líticos competitivos. La influencia del poder político sobre la vida social y eco-
nómica retrocede y hasta desaparece, lo que en ocasiones es favorable pero la
mayor parte de las veces desfavorable para la democracia. Favorable, cuando
el Estado todopoderoso es reemplazado por actores económicos, sociales y cul-
turales ampliamente autónomos y entre los cuales ninguno pretende un poder
absoluto; desfavorable, cuando el debilitamiento del Estado entraña el someti-
miento de toda la sociedad a los intereses de quienes tienen la mejor ubicación
en los mercados.
El triunfo del liberalismo económico no debe confundirse con la victoria de
la democracia. Hay que alegrarse, sin duda, de la caída de los estados autori-
tarios, Incluso se pueden preferir la marginación y las desigualdades, que au-
23 9
240 VIVIR JUNTOS
mentan casi sin excepción en los países poscomunistas, a la represión masiva
puesta en ejecución por los antiguos regímenes autoritarios, pero considerar
democrática la difusión de la economía de mercado es jugar con las palabras.
LA SÍNTESIS REPUBLICANA
Lo que en principio definió la democracia fue el poder del pueblo. En el mun-
do moderno, la idea democrática descansó sobre la afirmación verdaderamen-
te revolucionaria de la soberanía popular, por lo tanto de un orden político li-
bremente creado, basado en principios universales y capaz de imponer límites
y reglas a un orden social dominado por la desigualdad, la arbitrariedad y los
privilegios. La idea democrática, en su origen, reivindicó para todos los ciuda-
danos una igualdad y una libertad que la sociedad les negaba. Hannah Arendt
retomó con fuerza esta concepción y la historia política de Francia, de Jean-
Jacques Rousseau a Frainois Mitterrand, pasando por los jacobinos de 1793,
los demócratas de 1848 y los comuneros, fue la principal ilustración de ese
triunfo de la acción política sobre la sociedad civil, del jacobinismo sobre el li-
beralismo. Estados Unidos fue el otro gran ejemplo de creencia absoluta en la
voluntad democrática expresada en una constitución apoyada en principios
morales, cuyo papel fundador destacó Tocqueville.
El principio central de la soberanía popular asoció el papel creador del con-
trato social a una visión a la vez individualista y universalista del ser humano,
que destruyó tanto los cuerpos intermedios como los poderes establecidos y las
monarquías de derecho divino. Pero el poder popular, así colocado en el cen-
tro del sistema político, no asegura por sí mismo la protección de las liberta-
des públicas. Funda antes bien la soberanía nacional, la influencia de la ciudad
o el rey sobre la vida pública o privada. Esta concepción de la política se ins-
cribe en el gran movimiento de reemplazo de la autoridad religiosa por la au-
toridad política, de secularización de los fundamentos absolutos del poder. La
idea misma de ciudadanía implica que los deberes del individuo para con el
Estado son sagrados y se imponen al interés individual. Ese reemplazo de Dios
por el Príncipe es el momento central de la modernización política, pero no
funda la democracia como conjunto de las garantías institucionales de las li-
bertades individuales y colectivas.
El mismo principio fundador de la igualdad fue más religioso que político.
Al destruir todos los particularismos, no liberó sólo al ciudadano convertido
en soberano luego de la muerte del rey; lo sometió también a una voluntad ge-
neral de la que el Estado fue la encarnación única. Los llamamientos extremos
a la igualdad fueron lanzados por regímenes totalitarios, desde el Terror hasta
¿ DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 241
la Revolución Cultural maoísta. La concepción francesa de la revolución de-
mocrática estuvo dominada por la muerte del rey más que por el Juramento del
Jeu de Paume, y protegió mal a la democracia contra el retorno de las monar-
quías, fundadas esta vez en el nombre del pueblo considerado como sagrado.
Así como Marcel Gauchet vio en el cristianismo la religión de la salida de la re-
ligión, se puede ver en la democracia directa, revolucionaria, el último avatar
de las sociedades religiosas fundadas en el sometimiento de todos a un princi-
pio superior, y por consiguiente una de las formas más peligrosas de represión
de la vida social.
La democracia no existe verdaderamente más que cuando estalla la unidad
ideológica del pueblo, reemplazada por la pluralidad de intereses, opiniones y
culturas; lo que corresponde más a la historia de Gran Bretaña que a la de
Francia o Estados Unidos.
De hecho, la historia de la democracia es la de la lucha entre la idea de
democracia directa y la de democracia representativa. La primera parece
más popular y la segunda más política; pero lo cierto es lo inverso. Puesto
que la definición de la democracia como poder del pueblo subordina la di-
versidad de la sociedad a la unidad del poder político, de la que la idea de
pueblo no es más que la torpe transcripción en términos sociales, mientras
que el tema de la representación implica el de la prioridad y la autonomía
de los actores sociales con respecto a los agentes políticos más o menos di-
rectamente sometidos a sus decisiones. La idea de poder popular o democra-
cia directa tomó el relevo de la idea monárquica y alimentó la mayor parte
de las ideologías autoritarias. No es cierto, a la inversa, que la democracia
representativa abandone a los partidos políticos una autonomía que éstos
habrían transformado las más de las veces en independencia y hasta domi-
nación. Al contrario, donde existe pueden formarse movimientos sociales a
los cuales los partidos políticos se subordinan, mientras que el poder popu-
lar suscita manifestaciones de adhesión o rechazo de un poder político que
se mantiene por encima de intereses sociales siempre considerados como
particulares y transitorios.
La idea de democracia directa, expresión de la voluntad general de la con-
ciencia colectiva o el bien común, no es en modo alguno radical, en tanto que
se supone moderada la de democracia representativa. Más bien traduce, en los
países donde la vida política es libre, una crisis de la representación política;
crisis tan difundida y aguda en este fin de siglo que los llamados a la democra-
cia directa se dejan oír en casi todas partes a través de los discursos populistas,
las campañas nacionalistas y exhortaciones cada vez más extremas a la prefe-
rencia nacional, la homogeneidad cultural y el rechazo de las minorías. Y allí
donde no hay libertades políticas, los llamamientos revolucionarios a la demo-
cracia directa se reducen a la estrategia de minorías muy activas que quieren
tomar el poder. Al contrario, la formación de movimientos sociales está ligada
242 VIVIR JUNTOS
a la solidez de las libertades públicas y por lo tanto a la democracia represen-
tativa, que reconoce el pluralismo de las opiniones y los intereses.
Nuestra historia política estuvo dominada, de hecho, por la ventaja que la
democracia representantiva obtuvo poco a poco, y a través de numerosas cri-
sis, sobre la democracia directa y popular. Desde la Revolución Francesa, la
idea de pueblo, heredero del Estado monárquico, se opuso a la de los derechos
del hombre, que pronto se transformó en defensa del pluralismo político, los
derechos sociales y las minorías culturales.
La idea republicana, ligada a la conciencia nacional, descansó sobre la aso-
ciación de dos ternas, complementarios y opuestos a la vez: el del imperio de la
ley y el de las libertades públicas. No hay democracia sin integración del terri-
torio y de la población por las mismas leyes y la misma administración que
aplica reglas generales e impersonales, ignorantes de las relaciones de parentes-
co, clientela o interés; no hay democracia, tampoco, sin reconocimiento por
parte de la ley de derechos individuales y colectivos, y sobre todo de la liber-
tad de expresión, el derecho de propiedad y —objetivo principal de las primeras
democracias— el de pagar únicamente los impuestos votados por los represen-
tantes del pueblo reunidos en parlamento.
El imperio de la ley y el Estado de derecho fueron creados la mayoría de las
veces por monarquías absolutas, y los despotismos ilustrados apelaron a la ra-
zón y la burocracia como instrumentos de construcción de su poder, al mismo
tiempo que combatían las ideas democráticas. A la inversa, las libertades se
asociaron más al desarrollo del comercio que a la formación de los estados
modernos. Quienes aún hoy identifican democracia con república e incluso
depositan más confianza en la segunda que en la primera, olvidan voluntaria-
mente que hubo repúblicas autoritarias u oligárquicas y que el civismo repu-
blicano fue una forma de nacionalismo, una fuerza de integración nacional
más que un medio de asegurar el gobierno del pueblo por el pueblo y para el
pueblo. El espíritu democrático se asienta a la vez sobre la participación de to-
dos en la formación de las leyes y las reglas de vida comunes y sobre la pro-
tección de la vida privada; es una mezcla de civismo e individualismo. Los de-
fensores actuales del modelo republicano lo reducen a sus principios univer-
salistas y la igualdad de los derechos; omiten mencionar que su fuerza princi-
pal proviene de la legitimación que aporto al Estado nacional, tanto a Napo-
león como a los convencionales, a los partidarios de Luis Bonaparte más du-
raderamente que a los de Louis Blanc y a los gaullistas más que a Ios militan-
tes de las luchas anticoloniales.
Las democracias más antiguas, tanto las de los Países Bajos y Gran Bretaña
como las de Estados Unidos y Francia, asociaron constantemente civismo e in-
dividualismo, república y laicismo. Si desde hace algunos años se asiste en
Francia a un resurgimiento tan vigoroso de la idea republicana —cuya fuerza un
dignatario de la francmasonería llegó a oponer a la confusión de la idea demo-
¿DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 243
crática—, es en parte porque esta idea aparece como la única capaz de mante-
ner la supremacía de un orden político libremente elegido sobre unas fuerzas
económicas o religiosas, tan ajenas unas como las otras a las libertades de opi-
nión, expresión y organización.
Y sin embargo el aprecio que merece la idea republicana y la confianza de-
positada en la acción política para combatir las desigualdades y las injusticias
sociales no pueden impedir comprobar su declinación, y más precisamente la
de la supremacía reconocida al orden político sobre la organización social.
La historia de la democracia en el siglo xix estuvo dominada por la bús-
queda de una democracia social (y no sólo política) y, más aún, por el vuelco,
descripto en el capítulo anterior, de la idea de nación. Transformaciones que
procuraron renovar la idea democrática, que a veces también la amenazaron
y que condujeron a la situación actual, en que el debilitamiento de la concep-
ción política de la democracia es más visible que la aparición de otras formas
de ésta. Se puede retener simbólicamente 1848 como fecha bisagra, al menos
en Europa: se inicia entonces la declinación de la concepción republicana de
la democracia.
La clase obrera siguió reivindicando libertad y justicia, principios universa-
les, pero también exigió medidas susceptibles de asegurar la protección de ca-
tegorías particulares y el derecho de negociar directamente con los empleado-
res. Se vio entonces cómo se unían la idea de derechos universales y la de inte-
reses particulares, y por lo tanto el orden político y el orden social. De la mis-
ma manera, más tardíamente, las mujeres lucharon por la igualdad de derechos
pero también por la defensa de sus intereses y su personalidad, reconocidos co-
mo diferentes de los de los hombres, al mismo tiempo que constantemente so-
metidos a ellos. Hasta el final del siglo XIX, es decir, hasta la Primera Guerra
Mundial, universalismo y particularismo se mezclan, a veces se combaten, en
otros momentos se refuerzan. La lucha entre el fortalecimiento de la democra-
cia social y la defensa de la identidad común sigue indecisa. Los conflictos en-
tre clases y naciones dan entonces a la idea democrática una fuerza de movili-
zación extraordinaria, pero también preparan la construcción, ruinosa para la
democracia, de sociedades homogéneas, definidas por el poder del proletaria-
do o el de una ilación.
En nuestra concepción de la democracia combinamos las exigencias comple-
mentarias de la libertad y la igualdad, la idea de soberanía popular, que llama-
mos más gustosos ciudadanía, con la idea de derechos del hombre que inspiró
las revoluciones norteamericana y francesa y limita el poder del Estado en
nombre de un principio superior a toda realidad social. Esta idea acordó una
importancia cada vez más grande al pluralismo, a punto tal que para nosotros
el respeto de las minorías cobró tanta significación corno el gobierno de la ma-
yoría. La combinación de estos tres temas: la ciudadanía, la limitación del po-
der por el respeto de los derechos humanos fundamentales, la representación
244 VIVIR JUNTOS
pluralista de los intereses y las opiniones, alcanzó su mejor expresión en la di-
visa que fue, en Francia, la de la República y luego del Imperio de 1793 a 1814,
de la Segunda República de 1848 a 1851, y de la Tercera República a partir de
1875: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Puesto que la libertad sólo tiene senti-
do porque se reconoce la pluralidad de intereses, mientras que la igualdad es
un principio que se sitúa mucho más allá de las realidades sociales, siempre
marcadas por la desigualdad, y la fraternidad, a la que llamamos mejor solida-
ridad, es la expresión concreta de la ciudadanía.
Esta complementariedad de la ciudadanía (principio de unidad) y la repre-
sentación (principio de diversidad), de la apelación a un principio metapolíti-
co y la toma en consideración de las situaciones y relaciones sociales reales, fue
buscada por la idea republicana, que trató de reconciliar al individuo, las cla-
ses y todas las categorías sociales en la sociedad política, al fundar ésta sobre
la razón, principio universal presente en todos los individuos y principio de
combinación de los intereses, y sobre el laicismo, concebido como el rechazo
hacia la vida privada de las creencias y tradiciones que son ajenas a la vez a la
razón y a la integración de la sociedad. La síntesis republicana fue más que una
ideología; inspiró instituciones y prácticas políticas.
Su crisis es un aspecto central de la crisis más general del Estado-nación. Ya
había sido amenazada o destruida por las dictaduras nacionalistas o los regí-
menes que se autodenominaban dictaduras del proletariado. Lo es hoy, de ma-
nera inversa, por la disociación creciente de una economía globalizada y unas
identidades culturales que se encierran defensivamente en sí mismas o son mo-
vilizadas por poderes autoritarios. La economía parece cada vez más subordi-
nada al mundo financiero; individuos y naciones no pueden ya controlar los
flujos de dinero, mercancías e informaciones en los que se empapan y que in-
fluyen cada vez más masivamente en su comportamiento. Se repliegan enton-
ces sobre sí mismos, los primeros a veces en su vida privada, familiar y sexual
y a veces en una vida asociativa ligada a los ocios o a elecciones morales y hu-
manitarias, las segundas en una herencia cultural que sienten amenazada o en
el sometimiento a un poder hegemónico.
LA CRISIS DE LA DEMOCRACIA
Entre la unificación económica del mundo y su fragmentación cultural, el es-
pacio que era el de la vida social (y sobre todo política) se hunde, y los dirigen-
tes o los partidos políticos pierden tan brutalmente su función representativa
que se sumergen o son acusados de sumergirse en la corrupción o el cinismo.
Los partidos no son ya otra cosa que empresas políticas puestas al servicio de
¿DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 245
un candidato más que de un programa o de los intereses sociales de sus man-
dantes. No hay duda de que ni Italia, ni Francia, ni Japón están hoy sometidos
a regímenes autoritarios; en ellos se respeta la libertad de opinión y voto. Los
ciudadanos de esos países hacen elecciones que son significativas para ellos, e
incluso puede pensarse que se hacen o se harán intentos serios de reconstruir
una política democrática. Pero sus electores no tienen la sensación de gozar de
una ciudadanía plena; no tienen confianza en sus dirigentes políticos; se sien-
ten mal o no representados. En muchos países, la democracia se limita a la au-
sencia de poder absoluto y al triunfo de la economía de mercado. Ahora bien,
si no hay democracia sin economía de mercado, a menudo ésta se asocia a re-
gímenes no democráticos.
Sobre las ruinas de la síntesis republicana se afirman tres posiciones. La pri-
mera es un neorrepublicanismo que apela a los principios que triunfaron a fi-
nes del siglo xix y les da un sentido cada vez más defensivo y conservador. Así,
la invocación de la razón se convierte en un medio de excluir o marginar las
categorías sociales (en especial los inmigrantes) provenientes de una cultura no
laicizada. La innovación de la república equivale entonces a una manifestación
de desconfianza con respecto a las influencias extranjeras. Lo característico de
ese republicanismo es recusar toda apelación a las categorías dominadas con-
tra sus amos económicos y políticos, como siempre lo había hecho el pensa-
miento democrático. Francia no es de ningún modo el único país donde se ma-
nifiesta este pensamiento, pero reivindica la idea republicana con una fuerza
particular que evoca la del neojacobinismo triunfante del siglo xix.
Una segunda posición, la menos elaborada pero la más corriente, consiste en
reducir la democracia al pluralismo político. El espíritu whig, que era el de
Guizot y Burke, recuperó muchos partidarios. No corresponde al pueblo elegir
una política; éste debe contentarse con escoger entre varios proyectos elabora-
dos por una elite social e intelectual que reparte sus competencias en varios
equipos de gobierno. Lo fundamental es que se mantenga la poliarquía electi-
va en que Robert Dahl vio lo esencial de la democracia. Pluralismo político que
poco molesta a los intereses dominantes en una época en que el poder econó-
mico se somete cada vez menos al político. Lo que contribuyó al ascenso del
poder de los jueces, que aparecen desde este momento como la única barrera
al mercantilismo y la corrupción nacidos de la colusión de los dirigentes polí-
ticos y económicos. Entre otros países, Italia, Francia y España fueron testigos
del desarrollo de ese poder de los jueces al mismo tiempo que el rechazo, por
parte de la opinión, de la "clase política".
La tercera posición no puede sino ser marginal en los países industrializados
de desarrollo endógeno, pero triunfa en muchas sociedades dependientes; es la
exhortación a la integración comunitaria moral y religiosa. Carlo Mongardini
destacó hace poco el papel de regulación que puede volver a cumplir la religión
en las sociedades en que la política está en crisis. Esta idea se expresa y aplica
246 VIVIR JUNTOS
más a menudo en Estados Unidos (donde la moral majority llevó a Reagan al
poder) que en Europa o América Latina, pero recibió el apoyo del papa Juan
Pablo II, que asocia la defensa de la democracia en el mundo a una cruzada por
los valores cristianos sobre los cuales debe basarse la sociedad, y a la afirma-
ción de que la verdad está por encima de la libertad.
La yuxtaposición de estas tres corrientes ocupa una gran parte del horizon-
te político en los países cuyos estados no procuran movilizar masivamente los
recursos culturales en torno de una ideología o una religión. Y su fuerza con-
trasta con el debilitamiento prolongado de las corrientes que apelaban a la de-
mocracia social. Mientras que los partidos socialistas con frecuencia se debili-
taron basta desaparecer, corno en Italia, y el sindicalismo perdió una gran par-
te de sus fuerzas en Estados Unidos, España, Gran Bretaña y sobre todo Fran-
cia, el espíritu democrático se compromete más en la lucha contra la exclusión
que al servicio de categorías definidas por la dominación social que sufren.
Las grande campañas de opinión ya no recurren a la idea democrática. Esto
es cierto tanto de los movimientos de defensa identitaria corno de la ecología
política, que muchas veces se vincula con corrientes democráticas pero también
lleva en su seno tendencias cuyo antihumanismo puede favorecer la emergen-
cia de políticas antidemocráticas. ¿Cómo no concluir en el debilitamiento de la
idea democrática, que ya no moviliza esperanzas o reivindicaciones, se reduce
a la defensa de garantías institucionales y cuenta más con la influencia de los
consumidores que con la voluntad de los ciudadanos?
La democracia no podría reducirse a la organización de elecciones libres. Se
mide por la capacidad del sistema político de elaborar y legitimar las deman-
das sociales al someterlas directa o indirectamente al voto popular, lo que su-
pone que sepa combinar la diversidad de los intereses materiales y morales
con la unidad de la sociedad. Combinación que obliga a trazar fronteras cons-
tantemente cambiantes entre los deberes legales y las libertades personales o
colectivas.
Esta definición de la democracia corno capacidad de aportar respuestas ins-
titucionales a las demandas sociales nos obliga a reconocer que está viviendo
un período de retroceso. Puesto que las conductas económicas se desinstitu-
cionalizan y se someten cada vez más al mercado o los estados mayores de las
grandes empresas y no a las decisiones políticas y las leyes, mientras que las
conductas culturales, por su parte, experimentan una evolución semejante y la
ley interviene cada vez menos en el dominio de las costumbres. La opinión pú-
blica tomó conciencia de este aislamiento del sistema político; considera a los
partidos corno empresas políticas que producen representantes electos como
las empresas de comunicación producen campañas publicitarias, y se ha he-
cho habitual que una de estas empresas se convierta en consejero comunica-
cional, es decir, en consejero político de hecho, de un candidato o un dirigen-
te partidario.
¿DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 247
Muchos objetarán que este cuadro corresponde sobre todo a la parte del
mundo más comprometida en la economía mundializada, y en particular a los
estados naciones más antiguos: Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos. Y co-
mo en Gran Bretaña las instituciones siempre fueron más fuertes que los mo-
vimientos democráticos y en Estados Unidos, al conirario, existe una vigorosa
confianza en una sociedad abierta, es en Francia donde la crisis del modelo re-
publicano se siente con mayor intensidad.
Sin embargo, en el resto del mundo la situación de la democracia también es
débil o está aún mucho más amenazada. La modernización económica y el de-
sarrollo del mercado debilitaron las intervenciones del Estado y la movilización
social, y si bien en América Latina desaparecieron la mayor parte de las dicta-
duras, la desigualdad social progresa, mientras que muchos países de Asia o del
mundo árabe musulmán se ven arrastrados hacia un nacionalismo cultural
apasionado por la homogeneidad y, en ciertos casos, hasta llevados al rechazo
de las minorías e incluso la purificación étnica o religiosa.
La oposición de los países de modelo europeo ¡entre los cuales algunos nue-
vos países industriales) y de las regiones periféricas traduce la de la globaliza-
ción cultural que domina en los países centrales y el repliegue hacia la identi-
dad cultural que es preponderante en los otros. Reencontramos así a escala
mundial el desgarramiento del modelo republicano que es tan manifiesto en las
naciones europeas y en especial en Francia.
LA LIBERTAD DEL SUJETO
Esta comprobación negativa nos obliga aquí a dar a nuestra reflexión un cariz
normativo: ¿cómo construir la democracia luego del fracaso de la síntesis re-
publicana? Ésta suponía que el lugar social de la democracia debía ser una co-
lectividad política y territorial. ¿Cómo puede hablarse todavía de democracia.
cuando la ciudad fue reemplazada por el mercado global, las autopistas del
consumo y la comunicación que atraviesan las fronteras? ¿Y corno puede im-
ponerse a poblaciones movilizadas política y militarmente en defensa de su
identidad colectiva?
Cuando la cultura y la economía, el universo del sentido y el de los signos,
se separan uno del otro, cuando el poder político ya no domina ni la economía
internacionalizada ni las culturas definidas como herencias v no como la inter-
pretación de nuevas prácticas, ¿se puede hablar de democracia? ¿No hay que
contentarse con preferir una regulación económica, liberal e impersonal de la
vida social a una regulación autoritaria al servicio del pasado o de un poder to-
talitario que se dice representante de ese pasado?
248 VIVIR JUNTOS
En primer lugar, en efecto, hay que renunciar a todo principio de unidad a
la vez político y cultural, nacional y social. El modelo republicano fue un ava-
tar del modelo religioso. Esto es manifiesto y se afirma con claridad en Esta-
dos Unidos, donde la separación de la Iglesia y el Estado no impidió que la so-
ciedad se asentara sobre ideas morales y religiosas. Es igualmente cierto en
Francia, donde la república no habría sido tan apasionadamente laica si no hu-
biera querido reemplazar el culto religioso por un culto cívico, la fe cristiana
por la fe en el progreso. Por doquier se comprueba, al contrario, la separación
creciente de la economía y las culturas.
La tarea principal de los estados actuales es cada vez más la defensa de las
empresas y la moneda nacional en los mercados internacionales, mientras que
el mundo del consumo se fragmenta en géneros de vida diversificados, subcul-
turas. Pero aceptar esta separación conduce también a buscar nuevas media-
ciones entre la economía y las culturas, y por ende a recrear o fortalecer el sis-
tema político. Lo que sólo es posible si éste se separa cada vez más de lo que
hay que llamar el Estado, si renunciamos a dar a esta palabra el sentido mu-
cho más amplio que tiene en francés, en que designa el conjunto de las insti-
tuciones políticas, los poderes y la nación misma a la que supuestamente re-
presenta. El mundo a la vez globalizado y fragmentado en que vivimos la de-
mocracia está amenazado por un lado por la reducción de las sociedades a
mercados y por el otro por las diversas formas de política totalitaria que he-
mos conocido, desde los fascismos y el leninismo maoísmo hasta los regíme-
nes neocomunitarios, ya sean nacionalistas o teocráticos. Sólo puede evitarse
este escollo si se separan sociedad civil, sociedad política y Estado. Éste se aso-
cia cada vez más al sistema económico; la sociedad civil se define hoy en tér-
minos culturales y ya no económicos como en el siglo )(VIII; la función de la
sociedad política es ante todo limitar el poder del mercado, lo mismo que el
de los dirigentes comunitarios. Papel que no sólo tiene un aspecto negativo;
también consiste en permitir la comunicación entre los actores culturales me-
diante una educación orientada hacia el reconocimiento del otro y una políti-
ca de solidaridad que disminuya las distancias entre las categorías sociales y
combata la discriminación y la segregación. Sociedad de solidaridad que dis-
pone de medios considerables, sobre todo en Europa occidental, donde alre-
dedor de la mitad del producto nacional no es manejado por el mercado sino
a través de canales políticos y administrativos.
El sistema político que se forma ante nuestros ojos se aleja del Estado y se
apoya más directamente en la opinión pública. Cosa que explica los temores
que muchos experimentan con respecto a los medios de comunicación, temo-
res que hoy se dirigen contra la televisión, como hace un siglo contra la pren-
sa. Los medios, en efecto, están bajo la constante amenaza de ser dominados
por los mercaderes o los dictadores; pero también son el lugar en que se expre-
san con mayor libertad las demandas culturales, las restricciones económicas,
¿ DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 249
los problemas de la integración social y los de la seguridad pública. Es el for-
talecimiento de las asociaciones y movimientos culturales, y el apoyo que pue-
den darles los medios, lo que mejor permite la penetración de las demandas so-
ciales en el campo político, y por lo tanto la reconstrucción de la democracia.
De la democracia política a la social y luego a la cultural, la acción democráti-
ca desciende de la cima hacia la base, se descentraliza y al mismo tiempo redu-
ce la distancia entre los actores sociales y los agentes políticos. Frente a la con-
centración excesiva de la acción política en unos partidos convertidos en cen-
tros de gestión de una clientela y de conquista de cargos electivos, no hay que
temer a los medios más que cuando se someten a un poder político autoritario
o están ligados a una coalición dominante de intereses económicos.
El agotamiento de la síntesis republicana significa que la democracia ya no
puede definirse sólo como una forma de estado, y que se ha hecho imposible
confundir al Estado y el sistema político. Éste es un mecanismo de representa-
ción de los intereses y de paso de la pluralidad de los actores sociales a la uni-
dad de la ley. La síntesis republicana se efectuaba en el plano del Estado, pero
hoy la acción democrática tiende a volverse menos hacia éste que hacia los mis-
mos actores sociales. Una democratización de arriba hacia abajo (top clown) es
sustituida por una de abajo hacia arriba (bottom up), que los estadounidenses
llaman grassroots democracy.
Pero no se trata únicamente de una ruptura con el jacobinismo y el centra-
lismo democrático, del que es conocido el sentido que le dieron los partidos co-
munistas; más profundamente, es cuestión de reemplazarlos, como principios
de integración de la sociedad, por la libertad del Sujeto. Puesto que en la ac-
tualidad se trata de combinar la participación de cada uno en el mundo de los
intercambios y las técnicas con la defensa de su identidad cultural. Esta sínte-
sis sólo puede garantizarse si se atribuye un valor central a la capacidad y la
voluntad de cada actor, individual y colectivo, de construir una acción perso-
nal cuya forma más elevada es una historia de vida, es decir, la capacidad de
transformar determinadas situaciones en elementos de un proyecto personal.
La democracia se desplaza hacia abajo: de la relación entre el Estado y el sis-
tema político, hacia la relación del sistema político y los actores sociales. Ha-
bía creado la ciudadanía por encima de una sociedad civil fragmentada y jerar-
quizada; hoy, defiende la diversidad de los actores, las culturas, las asociacio-
nes, las minorías y, de manera más central, la libertad que, en una sociedad di-
versa y cambiante, se apoya en el reconocimiento del otro como Sujeto. El uni-
versalismo de los derechos del hombre los colocaba por encima de todos los in-
tereses y todos los poderes, incluso los que hablaban en nombre del mayor nú-
mero de personas. Pero cuanto más se definieron los estados como los defen-
sores de una mayoría, una clase o una nación, más desbordada se vio esta con-
cepción universalista e individualista por las movilizaciones de masas. Esto es
lo que, después de un siglo dominado por los regímenes autoritarios o totalita-
250 VIVIR JUNTOS
nos y por las sedicentes democracias populares, revolucionarias o nacionales,
nos impone dar una expresión diferente a la idea de los derechos humanos, que
deben convenirse en el derecho a la individuación concreta y va no únicamen-
te el de pertenecer a una Humanidad abstracta.
Verdaderamente es en este punto donde se oponen la libertad de los anti-
guos y la de los modernos, para retomar la idea cara a Benjamin Constant.
Mientras la democracia busca su fundamento, sea en el interés de la ciudad,
sea en el movimiento de la historia, domina la libertad de los antiguos que se
asocia a una moral del deber y una política del progreso. Cuando los dioses
de la Ciudad o la Historia envejecen o mueren, la libertad se hace interior y,
por consiguiente, la idea democrática, que ya no puede apelar contra los po-
deres a un principio superior a ellos, la Ciudad, la Razón o la Historia, debe
recurrir a la resistencia del sujeto personal, a su deseo de ser actor, autor de
su propia existencia contra una lógica cívica o histórica que se le presenta ca-
da vez más corno destructora de su libertad y más aún de su identidad. A par-
tir de ese momento, la idea democrática se vuelve contra todas las filosofías
de la historia.
Esta inversión de perspectiva se produjo en el corazón de la sociedad indus
trial, a través del deslizamiento de los derechos del hombre y el ciudadano ha-
cia los de los trabajadores. Desde el punto de vista de la democracia, la inver-
sión no siempre tuvo éxito y a veces llevó a la idea antidemocrática de la dic-
tadura del proletariado, pero sí lo tuvo en la industria! dcmocracy a la inglesa,
defendida por los fabianos y analizada sociológicamente por T. H. Marshall.
Ese modelo de relaciones industriales adaptó las categorías de la democracia
política a unas situaciones sociales concretas. En sus negociaciones y conflic-
tos, los asalariados no defienden sólo determinados intereses sino igualmente
su derecho de negociar las condiciones laborales, de empleo y de remuneración.
En un espíritu análogo discutimos hoy en día los derechos culturales de las mi-
norías v, lo que es aún más importante, los de las mujeres.
Lo cual rompe con la noción revolucionaria de democracia que definía a
los actores sociales como agentes del progreso o, al contrario, de la regresión
histórica. Para los revolucionarios, había que superar las contradicciones
existentes entre el progreso de las fuerzas productivas y la organización so-
cial dominada, sea por tradiciones y privilegios, sea por una búsqueda de la
ganancia apartada de toda función de utilidad colectiva. Los conflictos no
enfrentaban únicamente a unos actores y las orientaciones e intereses contra-
rios, sino el sentido de la Historia y la defensa de intereses privados. La ac-
ción democrática parecía tanto más necesaria por el hecho de que los traba-
jadores, la nación o cualquier otra figura del pueblo estaban más completa-
mente dominados, explotados o alienados. Idea que conducía a una acción
política voluntarista y hasta autoritaria, y que dejaba pocas posibilidades de
expansión a la democracia.
¿ DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 251
EL FIN DE LA GRAN POLÍTICA
Esta extensión de la democracia política a la democracia social, el reemplazo,
en el centro de la vida política, del ciudadano por el trabajador, y por lo tan-
to del principio de la soberanía popular por el de la justicia social, no fue más
que una etapa en una transformación de la que hoy advertimos que afecta
nuestra concepción misma de la política y la democracia. Si este libro se abrió
con el tema de la desmodernización, es decir de la crisis de las instituciones
políticas que establecían mediaciones entre el universo exterior, el de la natu-
raleza y la técnica, y el universo interior, que es el de la conciencia moral y el
deseo, es porque el ascenso del Sujeto no puede separarse de la caída del or-
den político y ni siquiera de lo que se denominó la sociedad. La democracia
fue definida -y a menudo todavía lo es- como la buena sociedad, la que hace
de sus miembros ciudadanos y los protege contra la arbitrariedad del poder y
los intereses de los poderosos, Lo que suponía que los miembros de la socie-
dad tenían lo que John Rawls llama una preferencia de primer orden por una
sociedad justa, por lo tanto que actuaban como ciudadanos aún más que co-
mo portadores de intereses o creencias particulares. La sociedad podía consi-
derarse entonces como una colectividad política; representación que fue pre-
ponderante en Francia, mientras que Inglaterra se interesó tempranamente
tanto en el actor económico como en el ciudadano. La cultura política de Es-
tados Unidos estuvo más cerca de la de Francia que de la de Inglaterra, como
recientemente lo recordó judith Shklar.
Es esta concepción política de la sociedad la que se ha desvanecido. Las so-
ciedades de la alta modernidad se erigieron en estados de derecho. Pero hoy, la
economía se internacionaliza y permanentemente la conmocionan las innova-
ciones técnicas y las intervenciones politicas, administrativas y jurídicas. La ta-
rea principal de los gobiernos, además, ya no es establecer un orden sino favo-
recer el cambio.
Frente a esas presiones externas e internas, esperamos de la democracia que
proteja la libertad del Sujeto contra la lógica verdaderamente inhumana de la
vida económica, los intercambios y la competencia, lo que no podría confun-
dirse con la protección de algunas ventajas corporativas. Ya no creemos que la
revolución abra las puertas de la libertad; al contrario, atribuimos una inlpo!7-
tancia creciente a la idea de reconocimiento del otro que Charles Tayler ilus-
tró con tanta claridad. Como lo dijo sos Racismo, que fue en Francia un mo-
vimiento antirracista de masas: "No toques a mi rompa". Lo que es mnestra
de la misma concepción de la política que el grito de las feministas: un hijo, si
259 VIVIR JUNTOS
quiero y cuando quiera. No se trata aquí de crear una comunidad de ciudada-
nos sino de defender la libertad personal, la diferencia cultural y la solidaridad,
al margen de un Estado cada vez más dominado por su papel de jefe de empre-
sa, a veces con él, a veces contra él.
Ni siquiera creamos ya que, después de un cuarto de siglo de globalización
de la economía, seremos capaces de reconstruir socialdemocracias nacionales.
Pierre Rosanvallon y Claus Offe, en la huella de los filósofos de Francfort, se
contaron entre los primeros en apartarnos de la nostalgia del Welfare State, lo
que no significa, naturalmente, que tengamos que renunciar a nuestro sistema
de protección social sino únicamente que es preciso separarlo del conjunto de
la economía administrada al cual fue incorporado.
La figura de los grandes hombres políticos dominó las sociedades de la al-
ta modernidad, como el perfil de los grandes presidentes estadounidenses ta-
llados en la roca. Las sociedades industriales dieron menos importancia a los
dirigentes políticos, salvo cuando éstos cumplían la función de jefes de gue-
rra. En la actualidad la política está secularizada. Ya no esperarnos que nues-
tros dirigentes tengan carisma ; incluso desconfiamos de quienes encarnan la
capacidad de gestión política y la eminencia social o cultural, sin aceptar no
obstante la separación total del orden social y el orden político que introdu-
cen los partidos reducidos a coaliciones electorales. El mundo latino, euro-
peo y latinoamericano, vive con dificultades, en este fin de siglo, la desapari-
ción de los grandes hombres políticos —lo que no quiere decir que tal o cual
de sus dirigentes no realicen una acción notable—, que es ante todo el fin de
las pasiones políticas y suscita un rechazo creciente de las epopeyas políticas,
la violencia calificada de liberadora y la elocuencia que apela al juicio de la
Historia. El Estado, el sistema político, la sociedad civil, son esferas separa-
das que se interpenetran pero no son ya los componentes de una misma cons-
trucción societal.
Si el espíritu democrático es aún más indispensable hoy que ayer, es porque
la defensa del Sujeto sólo es eficaz si está protegida por un sistema político ca-
da vez más independiente del Estado gestionario y más animado por los movi-
mientos sociales, las asociaciones, la opinión pública, vale decir, las fuerzas de
la sociedad civil. Ésta demanda en primer lugar la tolerancia, la no interven-
ción del Estado en el ámbito moral, 10 que no significa que se contente con una
actitud puramente defensiva, puesto que eso conduce a la indignación y la pro-
testa contra las pretensiones de homogeneidad social o pureza étnica y cultu-
ral que engendran inevitablemente la represión de las minorías y de todos
aquellos a los que se denomina apresuradamente desviados, enfermos o traido-
res. El espíritu democrático es más libertario que socialista; ya no cree en la
alianza necesaria de la razón, la historia y el pueblo; cree, al contrario, en la
disociación del sistema y los actores, del poder y la libertad. Nuestra democra-
cia ya no sueña con la sociedad ideal; demanda, muy simplemente, una socie-
¿ DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 253
dad en que se pueda vivir. Su fuerza no proviene más de una voluntad propia-
mente política sino de la resistencia que oponen los actores sociales a la lógica
del poder, el dinero y la globalización. Y esta misma resistencia política supo-
ne ante todo la fuerza y la independencia de los movimientos sociales, históri-
cos y culturales.
EL PRINCIPIO DEMOCRÁTICO
Si lo que mejor define la oposición entre la derecha y la izquierda es la relación
con la igualdad, lo que anima el espíritu democrático es la idea de libertad. Ca-
da vez que nuestra vida personal y colectiva nos parece dominada por la nece-
sidad, ya asuma ésta la forma de cosas o de la naturaleza humana, la situación
económica internacional o la esencia de la cultura nacional, una ley revelada o
la razón, la democracia está en peligro. Al contrario, cada vez que una colecti-
vidad afirma su derecho a la autodeterminación y su capacidad de hacerse car-
go de sus propios asuntos, lo que supone la existencia de elecciones posibles,
la democracia está presente y se fortalece.
No se trata aquí únicamente de respetar y proteger la libertad negativa: la
democracia necesita una voluntad activa de liberación y confianza en la capa-
cidad colectiva de acción. Puesto que no se puede separar libertad y responsa-
bilidad. No hay democracia si los dirigentes no rinden cuentas al pueblo y si
no se someten a la vez a la decisión de los electores y el juicio de la ley; pero,
sobre todo, no hay espíritu democrático más que cuando da un paso atrás la
conciencia de una necesidad a la cual habría que someterse y se afirma el es-
píritu de responsabilidad. La lucha republicana por la libertad política, los
combates por los derechos sociales, el reconocimiento de los derechos cultu-
rales de cada uno, la conciencia de nuestras responsabilidades con respecto al
pasado y el futuro, a nuestro medio ambiente y nuestra propia integridad fí-
sica y psicológica, son otras tantas figuras de la democracia. Por eso ésta es la
política del Sujeto, un Sujeto siempre comprometido en acciones colectivas de
liberación.
Jürgen Habermas define la democracia como el proceso discursivo y ar-
gumentativo de formación de una voluntad común. Por eso quiere colocar
las instituciones y el derecho bajo la vigilancia de los ciudadanos, todos los
cuales deben disponer de igualdad de acceso a ese proceso y capacidad de
participación en las decisiones que reciban una aceptación general. Se trata
de una concepción más amplia y dinámica que la de Norberto Bobbio, más
institucional, y no del todo opuesta a la de John Rawls, corno lo señala jus-
tificadamente Alain Renaut. Empero, ¿puede decirse con Habermas que los
254 VIVIR JUNTOS
derechos individuales y las instituciones democráticas tienen que conside-
rarse como cooriginarios e incluso que las segundas, a través de las cuales
se realiza el proceso democrático, son más importantes que el reconocimien-
to de los primeros? Sí, si los derechos individuales se conciben como ante-
riores al proceso político, como propiamente naturales, en tanto que la de-
fensa del Sujeto no se efectúa sino en situaciones sociales y políticas concre-
tas, y contra el poder económico o comunitario. En particular, ya no cree-
mos que pueda llamarse derecho individual fundamental la defensa de la
propiedad, porque ésta entraña con frecuencia una dimensión de domina-
ción. No, y esta respuesta es más central que la precedente, porque no se
puede identificar la democracia con el proceso discursivo y argumentativo
mediante el cual Habermas la definió. Ante todo, porque ese proceso nunca
es dominante; la mayor parte de las veces, corre el riesgo de no constituir
más que un medio, un entorno, que no logra penetrar la lógica interna de
los sistemas de dominación y de reproducción de esta dominación, como lo
subraya Luhmann.
Como el Sujeto nunca es triunfante, la democracia es siempre un esfuerzo,
una discusión, una voluntad de reforma que jamás llega a constituir una comu-
nidad de ciudadanos. Por eso la liberación del Sujeto tiene prioridad sobre el
proceso político; lo que quiere decir que el objetivo real de la acción democrá-
tica no es construir una sociedad justa, sino extender los espacios de libertad y
responsabilidad en una sociedad siempre injusta. Los movimientos sociales
siempre tienen prioridad sobre las instituciones. Todas las referencias a la de-
mocracia participativa son peligrosas, ya que todas traen aparejada una tenta-
tiva de legitimación de un poder estatal, cuando éste nunca está separado del
poder económico o comunitario. Tal es el sentido de la oposición que estable-
cí aquí entre el Estado y el sistema político que, por su parte, no podría sepa-
rarse de los movimientos sociales.
Si la importancia atribuida por Jürgen Habermas al proceso de discusión di-
namiza la acción democrática, nada permite afirmar, con Apel, que ese proce-
so, "sobre la base de los inevitables supuestos universales de la argumentación,
lleve inevitablemente a todos los interesados a una adopción ideal de rol" ( De
l'éthique de la discussion, p. 61). Las más de las veces, el debate se ve obstacu-
lizado por la defensa de los intereses y la construcción de sistemas ideológicos
o tácticos de defensa. El diálogo de los individuos no conduce a decisiones con-
sideradas por todos como universalistas, corno lo reconoció John Rawls en Jus-
tice et démocratie. Al contrario, en el caso más positivo lleva al reconocimien-
to por parte de todos de lo que es incondicionalmente defendido por cada uno.
Jean-Marc Perry da una expresión sorprendente de esta idea central, cuando
crítica la regla de oro kantiana: no hagas al otro lo que no quisieras que te hi-
cieran a ti, "como si esto dispensara al Ego de preocuparse por lo que el Alter
no querría que le hicieran" (1994, p. 74).
¿ DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 255
El debate debe conducir al reconocimiento del otro y sobre todo de lo que
constituye su subjetivación, es decir, la recomposición por él y para él de la
acción instrumental y la identidad cultural. Un proceso democrático no de-
semboca en la formación de una voluntad general sino en el reconocimiento
del área de acción libre de cada uno. Lo que se opone a este reconocimiento
es tanto la resistencia de los intereses privados como la tentación constante
de superarlos mediante el recurso a una pertenencia comunitaria común, lo
que reintroduce las dos formas de poder contra las cuales se forma el Sujeto,
que amenazan entonces con devorarlo. Esas resistencias y esos obstáculos no
son suficientemente tomados en cuenta por Habermas y en especial por
Rawls, del que Halbrecht Wellmer (citado por J.-M. Perry, p. 82) dice: "el
concepto de 'posición original', que es una ficción conceptual, es el medio del
que se sirve Rawls para estar seguro de que los cálculos estratégicos de los
individuos se efectúan bajo la coacción de una moralidad universalista". La
democracia, ante todo, debe definir formas de protección social de la liber-
tad personal. La democracia es la afirmación absoluta, no de la soberanía po-
pular, indiscernible del poder absoluto del Estado, sino del derecho de cada
uno a la individuación, por lo tanto a la subietivación. Las instituciones o un
modelo de sociedad ideal no son fines en sí, sino medios al servicio de un
principio no social.
DEMOCRACIA Y MOVIMIENTOS SOCIALES
Movimiento social y democracia están estrechamente ligados; uno no puede
existir sin el otro. La democracia es el instrumento y el resultado de la institu-
cionalización de los conflictos sociales. Sin ella, los movimientos sociales no se
forman, se reducen a explosiones de ira o son utilizados por fuerzas políticas
que procuran apoderarse del Estado; sin ellos, la democracia se debilita y que-
da limitada a la competencia entre coaliciones políticas.
Pero el vínculo entre los movimientos sociales y la democracia asumió for-
mas muy diferentes en las sociedades protomodernas o industriales y en la si-
tuación actual, dominada por la autonomía de la economía mundializada.
Durante mucho tiempo la democracia se vivió como una liberación, a la vez
de una explotación económica y de una dominación social que favorecía la he-
rencia en detrimento del trabajo y mantenía los privilegios de clases dirigentes
con frecuencia rentistas. La idea democrática estaba entonces bastante cerca de
la idea revolucionaria, pero se alejaba de ella cuando lograba imponer el reco-
nocimiento de derechos sociales, y por ende limitar la dominación social. Lo
que era posible en la medida en que los adversarios sociales presentes, al mis-
256 VIVIR JUNTOS
mo tiempo que se combatían, reconocían los mismos valores: el trabajo, el pro-
greso, la ciencia y la técnica.
Los países europeos conocieron esta democracia social, siempre amenaza-
da, por un lado por las presiones revolucionarias y por el otro por el poderío
de partidos a menudo poco representativos de las categorías sociales más di-
rectamente inscriptas en relaciones de clase. Desde sus inicios en Gran Breta-
ña y Alemania a fines del siglo xix y hasta el gran desarrollo del Estado-provi-
dencia luego de la Segunda Guerra Mundial, la democracia social no dejó de
extenderse, a punto tal que muchas generaciones la consideraron corno la de-
mocracia real opuesta a la democracia formal, y también a los regímenes au-
toritarios originados en las revoluciones. Nuestra democracia industrial extra-
jo su fuerza de conflictos sociales a los cuales aportaba respuestas legales o
contractuales. Los países industriales que se demoraron en instaurarla, como
Estados Unidos o Francia, no podían, hasta el New Deal o el Frente Popular,
considerarse como profundamente democráticos, pese a los discursos que emi-
tían sobre sí mismos. A la inversa, Gran Bretaña, donde sin embargo las dis-
tancias entre las clases siguieron siendo más grandes que en otros lugares, po-
día ser considerado como el país democrático por excelencia, debido a que allí
los conflictos laborales habían sido tratados tempranamente de manera insti-
tucional. En tanto que la tradición tocquevilliana estimaba que la destrucción
de las barreras sociales definía la igualdad y por lo tanto la democracia, lo que
mejor define el combate actual por aquélla y en consecuencia por ésta es más
bien la limitación de la dominación social, económica o nacional mediante la
ley y el contrato.
Pero la concepción de la democracia social, como tratamiento de los con-
flictos ligados a las formas de dominación propias de las sociedades moder-
nas, ya no se aplica tan íntegramente a nuestra sociedad corno a las industria-
les y mercantiles. A medida que el poder económico se hace más impersonal,
que se asienta sobre la ganancia más que sobre los privilegios y sobre el inter-
cambio más que sobre la producción, la oposición principal —lo hemos vis-
to— no es ya la existente entre el propietario y el asalariado dependiente sino
entre el aparato técnico, comercial o financiero, y el consumidor dependiente.
El carácter impersonal de la dominación tiene como contrapartida directa el
carácter personal de la dependencia. Es el individuo, en su personalidad más
que en un rol social particular, quien sufre la lógica del sistema financiero in-
ternacional o la del aparato de atención médica, el sistema educativo o los me-
dios de comunicación.
En lugar de advertir la presencia de adversarios sociales, en conflicto con
respecto a la utilización social de valores culturales a los cuales todos adhieren,
somos testigos de la oposición entre un sistema que impone su sentido e indi-
viduos, categorías o colectividades privadas de sentido, marginadas o exclui-
das. En esta nueva situación, es grande el riesgo de que desaparezca toda base
¿DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 257
de negociación posible entre el sistema dominante y los dominados, y que és-
tos se hundan en una crisis personal o colectiva, o se refugien de lo contrario
en una contracultura, incapaces de construir un movimiento social. ¿Cuál pue-
de ser entonces el objetivo de una política democrática? Ésta se alimenta me-
nos de la invocación de los derechos universales y más de la defensa de la au-
tonomía de las identidades personales y colectivas, en un mundo dominado por
mercados que intervienen cada vez más en el ámbito de la cultura y la perso-
nalidad y ya no únicamente en el de los bienes y servicios materiales.
Esta democracia, a la que puede llamarse cultural, se opone por lo tanto a
las concepciones anteriores de la democracia en el hecho de que no recurre a
una filosofía de la historia sino a una filosofía moral, y tampoco a una visión
del porvenir o del fin de la prehistoria de la humanidad, sino a una concepción
de los derechos del hombre que funda toda una serie de derechos, tan univer-
sales como los del ciudadano pero que deben ser defendidos en situaciones con-
cretas, vale decir, frente a un sistema de dominación. Esas situaciones son de
tres órdenes. La dominación del sistema económico y financiero global aumen-
ta las desigualdades, la heterogeneidad de las sociedades, la exclusión. Esta do-
minación impersonal ocasiona en segundo lugar el repliegue de los actores so-
ciales hacia su identidad personal o comunitaria, y suscita en consecuencia el
rechazo de las minorías. Por último, en el corazón de la sociedad de la infor-
mación, los consumidores dependen de la organización de la atención médica,
la educación y la información, y están sometidos a la lógica instrumental de
esos sistemas de producción y gestión.
Así, pues, la democracia tiene por objetivos principales, en primer lugar, dis-
minuir las distancias sociales, lo que supone un fortalecimiento del control so-
cial y político de la economía; en segundo lugar, garantizar el respeto de la di-
versidad cultural y la igualdad de los derechos cívicos y sociales para todos; y
en tercer lugar, tomar en consideración las demandas de quienes no deben que-
dar reducidos a la condición de consumidores de atenciones, educación o in-
formación.
La libertad del Sujeto es el principio central sobre el cual se apoya la demo-
cracia, y ésta no puede reducirse a un laisser faire laisser passer cultural, a la
-
tolerancia generalizada, ya que una política puramente negativa conduciría a
la fragmentación total de la sociedad o, dicho de otra manera, al agravamien-
to de las desigualdades y la segregación. La defensa de la libertad debe ser ac-
tiva, asegurar la igualdad de oportunidades, crear las condiciones para el reco-
nocimiento mutuo y facilitar también el surgimiento de la conciencia de perte-
nencia a una sociedad libre.
De tal modo que nada es más peligroso (para los movimientos sociales y a
la vez para la democracia) que la idea de una sociedad libre y justa. El sue-
ño de una sociedad y una cultura completamente transformadas por la idea
socialista o por tal o cual fuerza íntimamente asociada a un movimiento so-
258 VIVIR JUNTOS
cial, no puede conducir más que a soluciones autoritarias. La combinación
de la democracia y los movimientos sociales sólo es posible si se mantienen
separados y, por consiguiente, si cada uno de los dos términos se define den-
tro de ciertos límites. La obra de Norberto Bobbio es un esfuerzo para dar
una definición de la democracia que desborde el dominio del Estado y se ex-
tienda a todos los aspectos de la vida social —y en particular, dice en El futu-
ro de la democracia, a la empresa y la administración pública—, al mismo
tiempo que se mantiene una definición propiamente institucional de ella. Es-
ta última definición incluso se refuerza, desde ¿Qué socialismo? (escrito en
los años setenta) hasta El futuro de la democracia (publicado en 1984). El
análisis que Bobbio propone, en especial en el primero de los libros, está bas-
tante cerca del planteado por mí, mucho más adelante, en ¿Qué es la demo-
cracia? (1994), en que definía los tres elementos indispensables de toda de-
mocracia: la limitación del poder, la representatividad social de los dirigen-
tes políticos, la ciudadanía. Ya se empleen estos términos o los de Norberto
Bobbio (la participación ampliada, el control desde abajo y la libertad de
oposición), lo que se define son las condiciones políticas de la existencia y ac-
tividad de movimientos sociales que son los principales agentes de las refor-
mas. Lo que dista mucho de la búsqueda de una mutación revolucionaria de
la sociedad a través de la toma del poder. Esta definición, a la vez amplia y
li mitada de la democracia, exige una definición igualmente abierta de los mo-
vimientos sociales. Por eso hay que insistir en el hecho de que el conflicto en
torno del cual se organiza un movimiento social no es un conflicto a muerte,
el enfrentamiento con un enemigo, ya que los dos adversarios se refieren a las
mismas orientaciones culturales.
Lo que hoy experimentamos con mayor fuerza es el riesgo de que una par-
te de la población del mundo y de cada país sea excluida de la civilización
globalizada. En los países occidentales, en particular, donde el nivel medio de
los salarios y la protección social es elevado, existe una fuerte tendencia a
sostener el sector competitivo, de mucho valor agregado, y aceptar la margi-
nación de los sectores de escasa productividad y bajos salarios, que están más
expuestos a la competencia de los nuevos países industriales. Esta dualiza-
cien es bien conocida en el Tercer Mundo, donde la economía se divide en
dos sectores: formal e informal. El primero asegura una productividad, sala-
rios y protección social más altos pero, en una serie de países, el sector infor-
mal es más vasto. Es, por ejemplo, el caso de Perú, en el que, a partir de Jo-
sé Matos Mar y Hernando de Soto, esta realidad ha sido seriamente estudia-
da. ¿Puede hablarse de democracia cuando domina este tipo de dualidad?
¿ Hay que asombrarse, además, de que recientemente Alberto Fujimori haya
sido llevado a la presidencia de Perú por el voto masivo de los pobres y el
apoyo de los dirigentes económicos? ¿Puede hablarse de democracia cuando
domina la heterogeneidad estructural a la que se refirieron los economistas
¿DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 259
latinoamericanos desde Celso Furtado y Aníbal Pinto? Esas categorías mar-
ginales, de las cuales los jóvenes desempleados constituyen una parte impor-
tante, participan en la cultura de masas a través del consumo, pero están pri-
vadas de los medios de construirse como Sujetos; son arrastradas por ese
consumo masivo y los medios a encerrarse en un territorio local que tiende a
convertirse en un gueto.
Pero en una situación semejante el retroceso de la democracia es grave, por-
que el sistema político no tiene influencia ni sobre el consumo masivo ni sobre
la identidad comunitaria. La solidaridad no puede limitarse a la asistencia da-
da a quienes quedan privados de su salario: enfermos, accidentados, desocupa-
dos, jubilados, etcétera. A la seguridad social personal debe agregarse una se-
guridad social colectiva que luche contra las desigualdades sociales crecientes,
el aislamiento de los barrios desamparados, la segregación y el rechazo de las
minorías. La solidaridad, lo mismo que el reconocimiento de la diversidad cul-
tural, es un aspecto esencial de la democracia; sin ella, ésta no es más que la
organización de la competencia política.
LA POLÍTICA DEL SUJETO
Me parece que la expresión "una política del Sujeto" define mejor que cual-
quier otra fórmula la democracia de hoy: reconocimiento de la diversidad cul-
tural, rechazo de la exclusión, derecho de cada individuo a una historia de vi-
da en que se realice, al menos parcialmente, un proyecto personal (y colectivo),
tales son las nuevas formas asumidas en la actualidad por los principios gene-
rales "Libertad, Igualdad, Fraternidad".
Semejantes ideas suscitan resistencias que se organizan alrededor de dos
objeciones centrales: ¿no dejan de lado las luchas sociales y favorecen un
individualismo hedonista o utilitarista a expensas de la concepción clásica
que insistía sobre los deberes cívicos y trataba a cada individuo como un
ciudadano?
La primera objeción es la más fuerte, porque en todas las épocas la demo-
cracia se opuso a la oligarquía o la monarquía como el gobierno ejercido por
todos al gobierno ejercido por algunos o por uno solo. ¿Cómo negar su di-
mensión conflictiva y militante? ¿Cómo correr el riesgo de dejar al margen
de la acción democrática a los movimientos de liberación o las guerras de in-
dependencia que estuvieron en el origen de las democracias holandesa y nor-
teamericana? La respuesta a estas inquietudes es que la democracia sólo es
posible si los conflictos son sociales antes de ser políticos, y por consiguien-
te si el papel de lo político se mantiene subordinado. Lo que mejor define la
260 VIVIR JUNTOS
meta de los movimientos culturales actuales es la idea de empowerment, de
autonomía, que reclama para los individuos y los grupos el poder de actuar
sobre su medio y convertirse en actores de su historia personal y colectiva.
La democracia sólo puede existir realmente, ser activa, si las instituciones
políticas son el ámbito en que se rechazan o limitan las presiones ejercidas
por los mercados o las comunidades y se incrementa la autonomía de los ac-
tores, lo que supone que el sistema político intervenga activamente en favor
de los más dependientes, para garantizarles la seguridad, la libertad, la ca-
pacidad de iniciativa. El futuro de la democracia, tanto hoy como ayer, de-
pende, así como de la protección de instituciones libres, de la fuerza de los
movimientos que se oponen a todo tipo de dominación, sea económica, na-
cional o religiosa.
La concepción liberal e institucional de la democracia debe ser defendida
contra las dictaduras que hablan en nombre de la nación o el proletariado,
pero esto no debe conducir a disolver la conflictividad social en las negocia-
ciones políticas. Una democracia tiene fundamentos de barro si no se apoya
sobre conflictos sociales autónomos y la defensa de apuestas verdaderamen-
te culturales. Las democracias occidentales, en el pasado, sólo fueron fuertes
cuando se basaron en una lucha de clases abierta, como en Europa del Norte,
mientras que fueron débiles en Europa del Sur, donde el movimiento obrero
estuvo subordinado a las luchas políticas, republicanas, comunistas o anar-
quistas, que de hecho no dejaban sino un lugar marginal al sindicalismo de
acción directa. El jacobinismo y el republicanismo fueron en Francia los prin-
cipales responsables de la debilidad del movimiento obrero en un país en que
las categorías políticas siempre dominaron a las sociales. El movimiento so-
cial deja de ser democrático cuando la lucha de clases se vuelve política, y
quienes creyeron, sobre todo en Italia, que el reemplazo de la clase obrera ca-
lificada, creadora del movimiento obrero, por el obrero masa y el capitalis-
mo monopolista de Estado debía incitar a dar prioridad a las luchas políti-
cas contra el Estado, se volcaron a la acción antidemocrática (e incluso al te-
rrorismo). De la misma manera, quienes en América Latina y otros lugares
defendieron las tesis "foquistas", la idea de que las luchas de clases no tenían
un campo autónomo en países cuya dependencia era extrema, se vieron
arrastrados a unas guerrillas sin vínculos reales con las poblaciones en nom-
bre de las cuales se movilizaban, o bien sostuvieron regímenes autoritarios.
Aún más destructivas fueron las empresas de guerra popular libradas por los
Khmers Rojos en Camboya y por Sendero Luminoso en Perú, porque sepul-
taron a sus países bajo los golpes dados por una violencia que duplicaba la
que se dirigía contra ellos. La idea de lucha de clases perdió lo esencial de su
capacidad movilizadora desde el momento en que significó el control de una
vanguardia política sobre un movimiento social débil y debilitado aún más
por esa misma vanguardia. Es difícil hacer que se reconozca el ideal demo-
¿DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 261
crático en los países que se acostumbraron a la acción revolucionaria, la ma-
yor parte de las veces identificada con un vanguardismo, la peor de cuyas
consecuencias fue sustituir a los actores sociales por los militantes revolucio-
narios provenientes de una clase media radicalizada y que hablaban en nom-
bre del pueblo, al mismo tiempo que se inspiraban en motivaciones mucho
menos sociales que políticas. Entre ellas, el deseo de sacrificio se mezclaba
con el gusto por el poder, y la voluntad de destruir el pasado era más fuerte
que todo proyecto de futuro, las más de las veces limitado a la toma del po-
der. Ahora bien, es muy difícil liberarse de un universo de guerra, muerte y
separación tajante del bien y el mal.
El otro tipo de objeciones aparece en un contexto menos trágico. Se for-
mulan más bien en las sociedades de desarrollo endógeno, a las que a menu-
do se llama desarrolladas. ¿La apelación a la diversidad no destruye necesa-
riamente la igualdad? Puede afirmarse, al contrario, que la idea democrática
está más activamente presente en los programas de affirrnative action, de dis-
criminación positiva, de búsqueda de la equidad, que en el respeto de los
principios generales de igualdad que no cuestionan las desigualdades de he-
cho, ya que éstas a menudo utilizan en su provecho esa igualdad, que condu-
ce por ejemplo a financiar los estudios de los hijos de la clase media y la cla-
se alta con los impuestos pagados por el conjunto de la población. Hace
tiempo que el PREALC, centro de investigación latinoamericana de la Organi-
zación Internacional del Trabajo, hoy desaparecido, lanzó su manifiesto: De-
sarrollo con equidad,. en el cual demandaba que se reembolsara la "deuda
social", es decir, el hecho de que las categorías populares hubieran cargado
con todo el peso de la crisis económica y financiera de los años ochenta, y
que se librara la lucha contra una desigualdad que crecía y sigue creciendo
aún hoy. Dar a cada uno lo que le corresponde quiere decir alentar las nego-
ciaciones entre categorías sociales, pero también tomar decisiones políticas
en favor de los sectores más desaventajados. Cuando las mujeres reclaman
una representación paritaria en las funciones políticas, su exigencia disgusta
a los defensores de la estricta igualdad de oportunidades, que llaman la aten-
ción sobre los peligros de una representación por cupos de todas las catego-
rías sociales. Pero hay que dar la razón a la reivindicación femenina, porque
fue en nombre de la oposición establecida por la burguesía racionalista entre
seres razonables y no razonables que el derecho al voto estuvo durante tan-
to tiempo reservado a los hombres o a algunas de sus categorías. Es preciso
por lo tanto que la ley imponga la paridad de representación política entre
hombres y mujeres, es decir, el reconocimiento de éstas como Sujetos con el
mismo título que aquéllos. La igualdad es un derecho, pero en el orden de los
En castellano en el original (n. del t.).
262 VIVIR JUNTOS
hechos tiene que traducirse en la búsqueda de una equidad negociada y en
medidas en favor de los más débiles. Hay que impedir que en los países de-
mocráticos las desigualdades sociales se desarrollen o mantengan al abrigo de
los principios generales de libertad e igualdad.
Los excesos de lo politically correct en Estados Unidos no deben ocultar lo
esencial, a saber, que los movimientos culturales de ese país están comprome-
tidos en la lucha contra todas las formas de dominación cultural y las ilusiones
de un sentido integrado y único de la historia, de un one best way histórico.
Sin duda no existe una historia separada de las mujeres, los negros, los indios
y los norteamericanos varones y blancos que viven en Estados Unidos, pero las
categorías utilizadas por los historiadores se identificaron en gran medida con
la visión del grupo dominante. Es urgente poner a plena luz del día lo que
Nathan Wachtel llamó "la visión de los vencidos".
Hasta hace poco, estos temas habrían sido considerados como ajenos a la re-
flexión sobre la democracia. Hoy nos parece que están en el centro de esa re-
flexión, ya que se trata de liberarse de los efectos de dominación y facilitar el
diálogo de las culturas que son —lo repito— no universos completamente sepa-
rados, sino otros tantos intentos de dar un sentido general a una combinación
entre identidad cultural y acción racional instrumental.
Hace ya tiempo que el espíritu democrático no puede reducirse a la reivin-
dicación de una igualdad de derechos que planea por encima de las desigual-
dades reales. Si no hubiera conducido a la protección de los trabajadores y
en particular a la firma de los contratos colectivos de trabajo, se habría con-
vertido, dentro de la sociedad industrial, en una ideología al servicio de la
nueva burguesía que, detrás de la lucha contra el clericalismo y la religión,
ocultaba la defensa de sus intereses materiales. Hoy en día, de la misma ma-
nera, el espíritu democrático pierde sabor si no toma en cuenta los derechos
culturales y en consecuencia la dignidad de cada uno, es decir, su derecho a
vivir de acuerdo con sus valores, y si no procura que impere la equidad que
se define a través de las relaciones entre actores sociales y políticos y no, co-
mo en el caso de la igualdad, mediante un principio exterior a las situaciones
sociales reales.
Es cierto: existe el riesgo de que ese principio de equidad sea utilizado por
grupos de interés que rechazan la disminución de las desigualdades. Pero nin-
guna fatalidad empuja a nuestras sociedades a reducir su gestión política a la
de un mercado de los intereses particulares. La equidad y el respeto por la dig-
nidad de cada uno son principios de organización social al servicio de la liber-
tad del mayor número posible de personas.
Cuando se habla de igualdad, se introduce el principio de una correspon-
dencia entre derecho personal y organización social mediante la eliminación
de toda referencia a situaciones sociales concretas, esto es, la aceptación de
un "velo de ignorancia". Lo que permite concebir una sociedad ideal y, por
¿DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 263
consiguiente, justificar el poder absoluto de toda expresión de la voluntad ge-
neral. La idea de equidad, al contrario, no sólo afirma el papel de las nego-
ciaciones y los contratos, sino que admite sobre todo la imposibilidad de de-
finir una situación ideal y entrar en el dominio de lo universal y su reconoci-
miento por el pensamiento y las instituciones racionales. Este desplazamien-
to es análogo al efectuado de lo racional a lo razonable por John Rawls en
Liberalismo político, que lo lleva a reconocer en Justice et démocratie que
"como en el caso de las cuestiones de moral y religión, no puede obtenerse
un acuerdo público sobre las cuestiones filosóficas básicas sin que el Estado
atente contra las libertades fundamentales. La filosofía, en cuanto búsqueda
de la verdad como un orden moral y metafísico independiente, no puede [...]
proporcionar una base común y aplicable para una concepción política de la
justicia en una democracia" (pp. 214-215). Lo cual nos devuelve a la idea de
laicismo, no en el sentido de una separación artificial de la vida privada y la
vida pública, sino como sometimiento de ésta a las exigencias de libertad del
Sujeto.
La distancia entre el Sujeto y la sociedad siempre es insalvable, cualquiera
sea el éxito de los procesos democráticos (que deben liberarse de toda reifica-
ción jurídica, como lo subraya Jürgen Habermas, que en este caso retorna la
desconfianza de Horkheimer y Adorno con respecto al Estado social). Es pre-
ciso entonces combinar los compromisos equitativos con una ética de la con-
vicción que imponga límites a las intervenciones del poder. La invocación de la
equidad no beneficia a los más poderosos sino todo lo contrario, porque se tra-
ta de obtener la posibilidad de que todos participen en el debate democrático
en todos los dominios de la vida social.
Estas ideas tropiezan aún con la resistencia de muchos ideólogos. Sin embar-
go, corresponden ya a unas prácticas visibles por doquier, en particular en el
ámbito del trabajo social, que está demasiado directamente en contacto con la
realidad para contentarse con ideas que no se traduzcan en el fortalecimiento
de la capacidad de acción y la libertad de los más débiles. Y esa capacidad só-
lo puede ser fortalecida por la combinación, en la vida de cada uno, de una
identidad cultural y psicológica con la participación en la actividad y las deci-
siones de la sociedad.
LAS DOS CONDICIONES DE LA DEMOCRACIA
¿Cómo puede efectuarse una combinación de esa naturaleza? ¿La democracia
debe concebirse como un conjunto de mecanismos políticos institucionales
que protegen y facilitan esa combinación? Para que surjan dichos mecanis-
264 VIVIR JUNTOS
mos, en primer lugar hay que transformar una cultura comunitaria en convic-
ción interior, en moral. Esta transformación se produjo en parte en Occiden-
te, y no sin desviaciones graves, mediante la Reforma protestante y ciertos as-
pectos de la Reforma católica. Debe producirse en el mundo islámico de la ac-
tualidad, a la vez por una nueva atención prestada a la tradición mística y una
crítica activa de la confusión de la organización social y las creencias religio-
sas. Esta disociación tiene un nombre: laicismo. Éste, en efecto, no sólo es una
ideología asociada a la lucha contra el poder temporal de una iglesia; consti-
tuye también un elemento esencial de la democracia, porque al separar el po-
der temporal y el poder espiritual, limita a uno y a otro: se opone a la teocra-
cia tanto como a la religión civil. El principio de laicismo condena tanto el cle-
ricalismo como la Constitución civil del clero en la Francia revolucionaria o
la identificación que ciertos teólogos hacen de la liberación de América Cen-
tral con un poder político.
La segunda función de la democracia es la de asegurar el control social de
la actividad económica e impedir que un sistema de medios se transforme en
sistema de fines. El espíritu democrático impone la primacía de la política so-
bre la economía. En Europa occidental, Alemania es el país que mejor desa-
rrolló la capacidad de negociación social, en principio entre patrones y sindi-
catos, pero también a través del federalismo, el paso exitoso a medias de los
Verdes a la acción política y la importancia de las Bürgerinitiativen, mientras
que Francia se agota en la defensa de un modelo republicano cada vez más
ideológico. En un período de conmociones económicas aceleradas, retroceso
masivo del empleo industrial, necesidades masivas en reciclado, riesgos de
dualización creciente y crisis urbana, ¿cómo no habría de desarrollarse la ges-
tión política de los cambios sociales ocasionados por las transformaciones téc-
nicas y económicas? Sólo la confusión entre esta gestión del cambio y la anti-
gua imagen del Estado centralizador y movilizador puede explicar la descon-
fianza persistente con respecto a intervenciones públicas que deben ser cada
vez menos estatales y más políticas y apoyadas sobre la negociación directa
entre interlocutores sociales.
Contra el riesgo permanente de acumulación de las formas de dominación
(o, a la inversa, de dependencia), el pensamiento liberal propuso a menudo que
se mantuviera la separación de lo que . Michael Walzer llama las esferas de jus-
ticia, de modo que una posición dominante en un sector de la vida social no
implicara un acceso privilegiado al poder de decisión en otros, y que dejáramos
de ser gobernados por los ricos o que los hombres políticos no siguieran deter-
minando los programas de enseñanza. La idea parece imponerse por sí misma:
es indispensable que la autoridad religiosa se separe del poder político, que la
economía dependa más del mercado que de una voluntad política. Algunos lle-
gan incluso a definir la modernidad por la diferenciación creciente de los siste-
mas sociales particulares que, en vez de depender de un principio general de
¿ DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 265
gestión, deberían responder a criterios diferentes de evaluación y gobierno. Pe-
ro hay que observar las cosas de cerca.
Ante todo, porque es artificial presentar la religión, la política, la economía,
la educación, la vida familiar, como conjuntos equivalentes que uno podría de-
cidir vincular entre sí o, al contrario, separar. En las sociedades modernas, al
menos, nadie ha pensado dar todos los poderes a los profesores o hacer que la
sociedad funcione según el modelo de la familia, cuando existen modelos polí-
ticos o económicos (y a veces hasta religiosos) de gestión del conjunto. Una so-
ciedad no está hecha de relaciones entre ámbitos institucionales; se define por
la relación de las instituciones, por un lado con el poder político, por el otro
con unos objetivos privados tan diversos como el enriquecimiento, la seguridad
o las relaciones interpersonales. Nuestra libertad depende de la separación de
la razón de estado y el interés privado; nuestra servidumbre es completa cuan-
do un Estado todopoderoso está en manos de intereses privados. Hablamos en-
tonces de corrupción, esa enfermedad mortal de la democracia.
En cuanto a las instituciones, todas las cuales son mediaciones entre el
Estado y los individuos —ya se trate de la economía, la educación, la familia e
incluso la religión—, es necesario que se comuniquen entre sí para no quedar en-
cerradas en una relación singular y desequilibrada con el Estado. ¿Qué sería el
derecho si no tuviera consecuencias sobre la economía? ¿Qué sería un sistema
de educación que fuera indiferente a las necesidades de empleo? ¿Qué sería una
vida religiosa que no tuviera efectos sobre la familia o el derecho?
El espíritu democrático no se contenta con un dominio particular, el de la
política. Quiere extenderse a todos los aspectos de la vida social, tanto a la
empresa como a la escuela o el hospital, a la ciudad como a las asociaciones,
a los tribunales como a las asambleas políticas. Lo que une las instituciones
entre sí es el hecho de que todas deben responder —cada una en un ámbito
particular— a la misma pregunta: ¿cómo combinar la unidad de un conjunto
social con la diversidad de sus componentes, de los intereses, opiniones y va-
lores de sus miembros? El carácter democrático de una sociedad depende de
la capacidad de manejar ese problema, mucho más que de la separación o la
superposición de las diversas esferas institucionales. La democracia se define
en primer lugar por la preponderancia de las demandas privadas, individua-
les o colectivas, sobre los principios y objetivos del poder político. Este mo-
vimiento de abajo hacia arriba es el espíritu democrático mismo, y la separa-
ción, en el medio, de los diversos dominios institucionales no es por sí mis-
ma más necesaria que amenazante para la democracia. En lugar de vacilar
entre el jacobinismo y el liberalismo, elijamos la democracia representativa,
dando a la expresión no el sentido que la opone a la democracia directa, si-
no el que implica la subordinación de los agentes políticos a los actores so-
ciales. La democracia debe volver a ser representativa. Pierde toda su fuerza
y se convierte en un instrumento de gestión política en las manos de los po-
266 VIVIR JUNTOS
derosos si no se vincula vigorosamente con los movimientos societales popu-
lares, si no representa las demandas y las protestas de quienes sufren la do-
minación de unas elites que se refugian detrás de un principio impersonal de
racionalidad y orden.
LAS MODALIDADES DE LA ACCIÓN DEMOCRÁTICA
La defensa del Sujeto personal exige siempre protecciones institucionales y una
movilización colectiva pero, en diferentes situaciones históricas, el papel princi-
pal lo desempeñan uno u otro de estos elementos; lo que justifica e incluso re-
quiere análisis comparativos. A esos estudios sintéticos hay que agregarles un
proceder más analítico que construya tipos de regímenes o de acciones democrá-
ticas a partir de la importancia relativa que tienen en ellos los elementos o las
tendencias de la democracia considerados como fundamentales. Mary Douglas
acaba de proponer un análisis de esa naturaleza en un elevado nivel de abstrac-
ción, lo que le confiere una gran capacidad explicativa. Con un ánimo seme-
jante, se pueden utilizar los análisis presentados en este capítulo para construir
una tipología de las formas que asumen el espíritu y la acción democrática, lo
cual me obliga a definir las variables que aquí parecen más importantes.
La primera es el papel relativo de la afirmación del Sujeto y la creación de
las condiciones institucionales de su libertad. Esta dimensión es la más impor-
tante de todas, porque define la relación entre la sociedad civil y la sociedad
política, entre los movimientos societales y la intervención institucional. No
puede existir ninguna acción democrática si no es exigida por un actor social;
ninguna, tampoco, si no existen agentes y decisiones políticas que respondan a
demandas democratizadoras, aun cuando esta respuesta se sitúe en el plano de
los medios institucionales y no en el de los fines sociales y culturales, que es
donde se ubican los movimientos societales.
La segunda dimensión, siempre presente, es la naturaleza del obstáculo a la
democratización. Toda demanda de justicia es en primer lugar una protesta
contra la injusticia; no hay democratización sin conflicto social. Pero el análi-
sis de los movimientos sociales nos ha mostrado que éstos, al mismo tiempo
que son conflictivos, apelan siempre a valores culturales superiores al conflic-
to social y cuya defensa choca con lo que puede llamarse tanto tradición o reac-
ción como egoísmo o desorden. Así, pues, la acción democrática tropieza a la
vez con obstáculos sociales y obstáculos culturales. Estas dos variables pueden
combinarse de maneras muy diversas de acuerdo con su peso relativo en cada
situación histórica, pero aquí es suficiente con definir los tipos simples que co-
rresponden a su cruzamiento.
¿DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 267
—
Libertad personal Protección colectiva
Obstáculos culturales Libertad Liberación
1
)
Obstáculos sociales Movimientos sociales Igualdad
Este cuadro muestra la existencia de dos tipos extremos y dos tipos interme-
dios de acción democrática. La combinación de una acción colectiva, es decir,
una movilización para obtener garantías institucionales, con un conflicto direc-
tamente social, da origen al máximo de acción propiamente política. Es por eso
que el tema de la igualdad, de conformidad con el análisis de Norberto Bobbio,
ocupa aquí el lugar central. A la inversa, si la acción democrática se centra en
la afirmación de derechos personales y combate obstáculos más culturales que
sociales, debidos más bien a la resistencia de los privilegios o las tradiciones
que a relaciones de dominación, defiende ante todo la libertad.
La definición más importante es la de los casos intermedios, ya que éstos no
se reducen a la oposición del liberalismo y el socialismo. La apelación a medi-
das institucionales, asociada a la lucha contra los obstáculos culturales, define
con claridad las políticas intervencionistas, de las que el Estado-providencia fue
y es el principal ejemplo, y que fueron estimuladas por las campañas de libera-
ción, entre las cuales desempeñaron un gran papel las acciones feministas en
favor de la contracepción y más tarde de la interrupción voluntaria del emba-
razo. Se puede calificar de liberadoras a esas acciones que están claramente
centradas en la intervención voluntarista de la ley. Por último, en la combina-
ción de la apelación directa al Sujeto y un conflicto social puede reconocerse la
definición misma de los movimientos societales en las sociedades de moderni-
zación avanzada, que son aquellas cuya historicidad —la capacidad de acción
sobre sí mismas— es más fuerte. En ese caso, la acción democrática es lo más
cercano a la acción social, en tanto que los temas de la igualdad y la liberación
son más directamente políticos que sociales.
La importancia actual de los movimientos culturales y la resistencia del sis-
tema político, aún dominado por la institucionalización de los antiguos con-
flictos sociales, confieren una significación particular a las demandas e impug-
naciones radicales, al margen de las instituciones políticas y de los mecanismos
jurídicos (más animados por la ética de la convicción que por la de la respon-
sabilidad). Con frecuencia, llegan incluso a ser grandes la distancia y la hosti-
lidad entre las organizaciones políticas o sindicales y los movimientos sociales
"de base" que, para alcanzar sus metas, cuentan con la fuerza de la impugna-
ción y el apoyo de la opinión pública más que con los mecanismos institucio-
268 VIVIR JUNTOS
vales de reforma. Los movimientos sociales de la sociedad industrial están en
decadencia; los de las sociedades de la baja modernidad se encuentran todavía
en formación, de modo que la vida política se desarrolla en un vacío social que
contribuye a debilitar la democracia.
Con Mary Douglas y Michel Albert, puede decirse que al capitalismo reaga-
niano se asocian movimientos liberales, mientras que el capitalismo renano fa-
vorece acciones colectivas, y en especial campañas llamadas aquí de liberación.
Pero las dos dimensiones adoptadas por Mary Douglas —el "grado de exigen-
cia del grupo para con sus miembros" y la "magnitud de la estructura formal
que restringe el derecho de los individuos a negociar libremente entre sí" (p.
145)— me parecen demasiado cercanas una a la otra, mientras que la naturale-
za del conflicto en que se traba un actor democrático es una dimensión que hay
que incorporar decididamente al análisis, pues ninguna acción democrática es-
tá despojada de conflictividad.
Esta tipología no define tipos de régimen político (y ni siquiera de concep-
ción de la justicia), sino formas de acción democrática. Es la consecuencia di-
recta de los análisis precedentes, que mostraron la necesidad de situar la acción
democrática en relación con los modelos de funcionamiento de los sistemas so-
ciales que combate y no en referencia a una imagen de la sociedad ideal.
DOS SALIDAS DE LA TRANSICIÓN LIBERAL
¡Qué largo camino hemos recorrido desde nuestro punto de partida, la búsque-
da de un principio de limitación del poder del Estado! Luego de un siglo de to-
talitarismo, sin duda hacía falta apartar en primer lugar el peligro más acucian-
te e imponer el reconocimiento de un espacio público. Mientras la libertad, en
ese sentido inmediato, no esté asegurada, ningún discurso sobre la democracia
tiene sentido. Sin embargo, en una gran parte del mundo ese peligro ha retro-
cedido, y ahora hay que responder a un peligro inverso, menos brutal e inclu-
so disfrazado de colores agradables, pero que degrada tanto libertad como de-
mocracia y las reduce a la lógica impersonal del mercado. Que ésta haya sido
un elemento esencial (incluso hay que decir que indispensable) de resistencia y
liberación en el momento en que se imponían los regímenes voluntaristas y a
veces hasta el culto de la personalidad, no autoriza a reducir la democracia a
un mercado político competitivo o más bien oligopólico. Así, pues, sin olvidar
jamás la imperiosa necesidad de defender las libertades, hay que volver a dar
un contenido social y cultural a la democracia, definirla como la defensa de
quienes sufren relaciones sociales de dominación y se ven impedidos de vivir
como Sujetos.
¿ DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 269
Las esperanzas de liberación del proletariado y los pueblos colonizados se
transformaron en el siglo xx en una pesadilla; los movimientos sociales e his-
tóricos se convirtieron en regímenes de opresión. Lo cual explica el triunfo,
durante el último medio siglo, del pensamiento liberal. Este período se termi-
na, al mismo tiempo que aparecen los límites y los peligros de una gestión eco-
nómica reducida al libre juego de las fuerzas del mercado y sobre todo al li-
bre movimiento de los capitales. Hay que emprender la reconstrucción de una
concepción social de la democracia. Un ejemplo: para que Argelia pueda es-
capar a la doble amenaza autoritaria que la aplasta, la dictadura del ejército
y el totalitarismo religioso, es preciso que se formen movimientos de defensa
de las libertades personales. El más importante es el de las mujeres, porque el
estatus de la mujer está en el corazón de los enfrentamientos. ¿Existe otra es-
peranza de solución que el llamado a un levantamiento por la libertad? Nadie
sabe si ese levantamiento es posible o si será capaz de transformar la situación
y favorecer una solución pacífica. Al menos conviene decir que esas mujeres
son la expresión viva de la democracia, pues ésta no vive sino de convicciones
y compromisos.
El discurso llamado republicano ya no tiene esa capacidad de movilización.
El liberalismo económico, cuya principal aplicación práctica han sido las polí-
ticas de ajuste estructural, desempeñó un gran papel en la liquidación de los re-
gímenes y discursos voluntaristas agotados, paralizados o pervertidos. ¿Esta-
mos por ello condenados a revivir el siglo xix europeo, aceptar una nueva pro-
letarización, el aumento de las desigualdades sociales, el triunfo de la mercan-
cía y la limitación de la elección política a la competencia entre dos o más equi-
pos de gobierno? Si seguimos este camino, tentador para quienes pertenecen a
la clase media alta de los países ricos, seremos muy pronto testigos de la insta-
lación de nuevos regímenes autoritarios o totalitarios que lanzarán guerras san-
tas o ataques nacionalistas contra los países dominantes.
Para salir de ese liberalismo ambiguo, es preciso además no mirar hacia
atrás. No haremos renacer el espíritu y la discusión democrática en nuestras so-
ciedades industriales con la invocación del socialismo y el movimiento obrero.
Menos aún con la apelación a la síntesis republicana del siglo xix. Sólo lo con-
seguiremos si comprendemos que la democracia, tras haber apelado a la uni-
dad de la ciudadanía contra las desigualdades y la fragmentación social, y de-
fendido los derechos sociales de los trabajadores, debe defender ahora los de-
rechos culturales, por lo tanto el diálogo y el reconocimiento mutuo entre to-
dos los proyectos de vida que combinan la racionalidad instrumental con una
identidad cultural. No hay democracia sin protección institucional de las liber-
tades personales y colectivas, pero tampoco hay libertad sin movimientos cul-
turales al servicio de la diversidad cultural y la libertad personal. Una conclu-
sión semejante no corresponde ni al ámbito de la utopía ni al de la mera críti-
ca de la cultura de masas dominante. Se contenta con poner de relieve la signi-
270 VIVIR JUNTOS
ficación de los movimientos culturales reales, que hacen una contribución im-
portante a la construcción de una nueva cultura política: movimiento de las
mujeres, defensa de las minorías, lucha contra los integrismos, rechazo de la
exclusión social.
La política del Sujeto no podría reducirse a la defensa del individuo: en efec-
to, sería ilusoria si dejara que se ejercieran ciegamente todos los determinismos
sociales. Hablar de democracia no es proteger la vida privada y dejar que se de-
sarrolle el consumo; es permitir a los individuos, así como a los grupos, ser los
actores de su propia historia en lugar de dejarse conducir ciegamente por la
búsqueda de la ganancia, la creencia exclusiva en la racionalización, la volun-
tad de poder o la exaltación de valores comunitarios. La democracia es la for-
ma política de la recomposición del mundo que sitúo en el centro de mi refle-
xión como expresión de mi rechazo de la disociación de una economía globa-
lizada e identidades culturales fragmentadas, pues la política es el arte de com-
binar la unidad y la diversidad.
LA INTEGRACIÓN SOCIAL
Cada sociedad mantiene una relación específica con la violencia. La sociedad
clásica, sociocéntrica, la contuvo mediante el fortalecimiento de las coacciones
institucionalizadas e interiorizadas y el sometimiento del principio del placer al
principio de realidad y de la justicia privada a la justicia pública. Ese sistema
se agota como la sociedad nacional de la que es uno de los atributos; no es
reemplazado por un individualismo consumidor en que todo estaría permitido
y que sólo podría combatir la violencia mediante el atractivo del consumo, so-
lución ilusoria; pero puede serlo por el fortalecimiento del individuo como Su-
jeto. Angelina Peralva, tras Frainois Dubet, sigue este camino al subrayar la
presencia en los delincuentes juveniles de lo que el segundo llama rabia, y ella
miedo y hasta angustia de muerte. La amenaza no es la que está en el origen
de las conductas violentas y pesa sobre el orden social, sino la que afecta al in-
dividuo como Sujeto. Hay que desplazar el análisis de la búsqueda de las cau-
sas económicas o sociales de la violencia hacia la de los mecanismos de forma-
ción del individuo violento. Este rumbo supone un cambio radical de los mé-
todos de intervención. Éstos ya no deben provenir de lo alto sino de lo bajo,
no de la ley sino de la relación interpersonal en la que un individuo, sobre to-
do si es joven, se siente reconocido o, al contrario, negado. Esos métodos tie-
nen que reconocer concretamente la dignidad de cada uno, lo que supone que
se reconozca la identidad territorial, étnica, familiar, religiosa de cada indivi-
duo, en lugar de definirlo y tratarlo como un ser desocíalizado, salvaje.
¿DECADENCIA DE LA DEMOCRACIA? 271
La integración de nuestras sociedades ya no puede alcanzarse mediante el
fortalecimiento de las reglas y las conductas que se adecuan a ellas. Sólo pue-
de lograrse si se desplaza el objetivo de integración del sistema hacia el actor,
de la sociedad hacia el individuo. Lo importante aquí no es subrayar que la in-
tegración de todos (y no sólo de los inmigrantes) supone a la vez que tengan
trabajo, es decir una actividad social organizada, y que se vean reconocidos en
sus derechos subjetivos, la afirmación de su identidad cultural y social, sino in-
sistir en la necesaria afirmación del Sujeto por sí mismo. Cuando los jóvenes
desocupados de los suburbios dicen que quieren ser escuchados y entendidos,
es decir, que quieren participar en las decisiones políticas y en particular en las
que los afectan más directamente, expresan una idea tan importante como lo
fue en el pasado la reivindicación por los trabajadores de sus derechos sociales
o, antes, la afirmación de la igualdad ante la ley y la soberanía popular. Que la
palabra y la vida de cada uno estén en el centro de la vida colectiva; que el in-
dividuo, antes de ser un ciudadano que participa en la vida del Estado o un tra-
bajador que cumple un papel económico, sea un Sujeto personal que constru-
ye su vida individuada: tal es el método a seguir para que la sociedad recupere
la integración que perdió y no recuperará bajo el efecto de las exhortaciones a
la disciplina o el interés general.
Cuanto más procuramos restablecer ese vínculo de representatividad, más
nos alejamos de la concepción racionalista y elitista de la política que hicieron
triunfar los liberales del siglo pasado. Herbert Gans tiene razón cuando anhe-
la que el espíritu democrático tenga más en cuenta "el individualismo de clase
media" de los estadounidenses. "Si los ciudadanos —dice— no pueden o no quie-
ren ir hacia las instituciones políticas y participar en ellas, esas instituciones de-
ben ir hacia ellos" (p. 123). Lo que exige a la vez de los partidos y las institu-
ciones políticas que se abran más a la influencia de las fuerzas o las demandas
sociales organizadas y también que se preocupen más por dar a los desfavore-
cidos los medios de participar en la vida pública, lo que no es posible sin el for-
talecimiento de la protección social.
Todavía estamos acostumbrados por una larga tradición a considerar el in-
dividualismo como la principal amenaza para la integración social. Sin embar-
go, es su crisis, el desgarramiento del individuo entre el mundo de los objetos
o las técnicas y el de la cultura, lo que define más profundamente la crisis de
nuestras sociedades. Dejemos de creer que pasamos de la integración a la de-
sintegración, que la violencia hace retroceder el orden y que los individuos que
carecen de marco social y cultural vuelven a ser salvajes. Un razonamiento se-
mejante, que alimenta la nostalgia, no aporta ninguna solución a problemas
que ésta misma define como el efecto ineluctable de la modernización.
Dejamos un mundo en que la violencia estaba fuertemente institucionaliza-
da para entrar en otro donde está individualizada. Nuestras sociedades de tipo
occidental son a la vez relativamente tolerantes en el plano institucional y do-
272 VIVIR JUNTOS
ras, violentas, en el plano de los comportamientos individuales. Lo que siem-
pre ocurrió en Estados Unidos, país de la igualdad y el respeto de la constitu-
ción pero también de la conquista violenta del Oeste, la segregación que gol-
pea a los negros y una represión judicial y policial brutal.
La violencia individual es tan central en nuestras sociedades como lo era la
violencia colectiva en las sociedades de la alta y la media modernidad. Puede
responderse a ella, no fortaleciendo las normas y la represión de la desviación,
sino convirtiendo la rabia o el miedo individuales en fuerzas de transformación
de las instituciones o al menos en medios de extender el espacio social de for-
mación de los proyectos personales. Hoy, las formas de desintegración que nos
parecen más graves son las que impiden al individuo actuar como Sujeto, las
que descomponen su personalidad, hacen que no pueda vincular su pasado y
su futuro, su historia personal y una situación colectiva, y lo encadenan a una
adicción. También con respecto a este punto un análisis en términos de sistema
ha sido reemplazado por otro que atribuye una importancia central a la capa-
cidad de cada uno, individuo o categoría social, de ser actor de su propia exis-
tencia y manejar unos cambios que, sin esa capacidad, se viven como una serie
incoherente de accidentes.
Lo que denominamos la crisis de las instituciones políticas no se sentiría con
tanta fuerza si éstas no fueran el objeto de demandas sociales y culturales a las
que los partidos y las instituciones mismas son incapaces de aportar una res-
puesta suficiente. De la misma manera que hace un siglo los partidos políticos
tradicionales parecían ciegos frente a los problemas sociales de la industrializa-
ción, lo que provocó la formación de vanguardias revolucionarias, en nuestro
fin de siglo hay nuevas demandas (esta vez, más culturales que sociales) que no
encuentran expresión política. Dicho de otra manera, la demanda social vuel-
ve a estar por delante de la oferta política. Y el espíritu democrático renace, no
en la rivalidad de los partidos, sino en las reacciones de la opinión pública que
se opone a la negación del Otro, a la purificación étnica, a la guerra a muerte
entre grupos étnicos, religiosos, políticos o sociales, al mantenimiento de las
mujeres en una situación de inferioridad. Y esos movimientos sociales y cultu-
rales son hoy democráticos en su orientación principal, porque claman: viva-
mos juntos con nuestras diferencias.