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Youth

La juventud, dirigida por Paolo Sorrentino, explora la vida de dos amigos en un lujoso spa suizo mientras reflexionan sobre la vejez y la creatividad. A través de una narrativa visual rica en simbolismo y música, la película aborda temas de la vida, la muerte y la búsqueda de significado en la vejez. Con un elenco estelar, Sorrentino continúa su legado cinematográfico, fusionando emociones humanas con una estética poética y surrealista.
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Youth

La juventud, dirigida por Paolo Sorrentino, explora la vida de dos amigos en un lujoso spa suizo mientras reflexionan sobre la vejez y la creatividad. A través de una narrativa visual rica en simbolismo y música, la película aborda temas de la vida, la muerte y la búsqueda de significado en la vejez. Con un elenco estelar, Sorrentino continúa su legado cinematográfico, fusionando emociones humanas con una estética poética y surrealista.
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La giovinezza, o la música de la vejez.

Por Alfredo Peñuelas Rivas

Afinando en La mayor

¿Qué tienen en común Miss Universo, Maradona, un actor famoso, un realizador de


Hollywood y el mejor director de orquesta del mundo? Por un lado está lo evidente:
son personajes que se encuentran en la cima de su carrera y casi cualquier cosa que
hagan será reconocida por un público incondicional. Por el otro está el hecho de que
todos requieren de una buena dosis de talento y creatividad para lograr dicho
reconocimiento. “¿No extraña dirigir orquesta?”, dice Jimmy Tree, interpretado por
Paul Dano a un Fred Ballinger cansado y llevado al límite en la piel de Michael Cane,
“extraño a mi esposa”, responde el genio en una especie de guiño al espectador
quien no sabe que lo que está a punto de presenciar tiene más que ver con las cosas
simples de la vida que con lo fastuoso del escenario alpino en que se desarrolla la
trama.

Si la música es la combinación de sonidos y silencios suspendidos en el tiempo el


cine debería de ser ese mismo ritmo acompasado por la presencia de la luz, la
oscuridad y los claroscuros matizados con colores y notas en armonías varias. La
juventud (Youth, o su título italiano La giovinezza, 2015) es el más reciente
largometraje del realizador napolitano Paolo Sorrentino con el que pretende cerrar
las preguntas ontológicas y estéticas emitidas con La gran belleza (La grande
bellezza) cinta que le mereció el Óscar a mejor película en idioma extranjero en
2013, y que mostraría al mundo el imaginario poético de Sorrentino. Heredero de
una larga tradición visual nacida en Cinecittà, en la lejana época fascista de 1937,
Sorrentino levanta el pañuelo dejado por Federico Fellini para continuar con un cine
de emociones abiertas y narraciones visuales que rayan en el surrealismo. Lejos han
quedado ya las épocas del neorrealismo italiano donde los Roberto Rossellinis y los
Vittorio De Sicas utilizaban la realidad como materia prima del arte. Si bien aquellos
cineastas dejaron claro que los sentimientos de los personajes eran claves para
entender la historia, la propuesta de Sorrentino continúa con esa búsqueda, pero
agregando un ingrediente extra: la imaginación.

Melómano por convicción (sus cintas anteriores tienen intervenciones musicales


que van desde David Byrne hasta Raffaella Carrà, pasando por Kronos Quartet) esta
cinta comienza in media res con la actuación de una banda musical, interpretada por
The Retrosettes Sister Band, que acompañarán los destinos de los personajes cual
músicos de un barco que está próximo a hundirse. El espectador no sabe qué es lo
que pasa ¿vino a ver una película o vino a presenciar un concierto? Mientras tanto,
You got the love, suena, la música sigue, los personajes se presentan, el espectador se
encuentra en mitad de una cena de gala en un lugar donde todas las cenas son de
gala, ¿una última cena acaso? Una especie de hermoso purgatorio donde los
presentes fueron atrapados para compartir las dos horas del filme y tal vez la vida
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misma. Un spa lujoso en medio de los Alpes suizos pero también un lugar de última
llegada, la antesala del infierno a donde arriban con las fuerzas que les quedan
aquellos a quienes la vida ya no les dará una segunda oportunidad. “Estar en forma a
mi edad es una verdadera pérdida de tiempo”, dice un cansado Ballinger a su hija
Lena (Rachel Weiz) mientras recibe un masaje que forma parte de su terapia diaria.
Ballinger se niega a ser uno más de esa interminable fila de ancianos que desfilan
ante las sonrientes masajistas o escorts (sí, escorts) como si se tratara de algún filme
apocalíptico, una mezcla de Metrópolis (Fritz Lang, 1927) y Soylent Green (Richard
Fleischer, 1973), donde las bellas se encuentran ahí para hacer más placentera las
últimas horas de los condenados a muerte en esta tierra de vivos. Sin embargo, hay
también seres luminosos que visitan el mítico hotel: un acabado Maradona que
sueña aún con la emoción de su primer encuentro de fútbol vistiendo la casaca
albiceleste, un actor de películas de gran taquilla que busca prepararse para su
primer papel serio y la más bella de las Miss Universo jamás imaginada. Parece ser
un buen lugar para relajarse, le pregunta a Ballinger un emisario de la reina Isabel II,
“es solamente un lugar para relajarse”, responde él como si ese paraíso o purgatorio
pareciera no importarle.

La sinfonía de los personajes

Como en toda partitura buena la selección del casting es fundamental. Michael


Caine, el eterno actor de reparto, interpretando tal vez lo que será el mejor papel de
su vida. Su compañero de aventuras es Harvey Keytel, que da vida a Mick Boyle,
animal hollywoodense y mejor amigo de Ballinger con quien ha compartido amores,
desamores, secretos y hasta la confidencia sobre la cantidad de orina que pueden
arrojar por culpa de sus próstatas dañadas, “en una buena amistad sólo le dices al
otro las cosas buenas”, confiesa Boyle y lo cumple, porque los amigos lo mismo
disfrutan de una buena charla hasta de espiar como cuando niños a las parejas
furtivas haciendo el amor en el bosque. ¿Acaso son Ballinger y Boyle las dos caras de
la moneda de la vejez? Por un lado el director de orquesta está convencido de que su
vida ha terminado mientras que el cineasta está aún por brindar al mundo lo que él
considera su testamento fílmico, por eso ha ido ahí acompañado de ese cerebro
múltiple y polifónico que es su equipo de escritores, una suerte de alter ego que lo
acompaña adonde quiera que va. Ballinger prefiere la soledad, se sienta a admirar la
campiña suiza e imagina que los árboles, las vacas, el viento y las nubes son sus
instrumentos, todos ellos entonan la sinfonía que aún no ha compuesto. Es aquí
donde la magia de Sorrentino entra en juego una vez más: dos personajes que son
uno mismo y que se desdoblan para recorrer la parte del ying y del yang que les ha
sido asignada. La primera imagen de Fred Ballinger hace recordar a Jep Gambardella
en La gran belleza: casi la misma ropa, los mismos lentes, la actitud segura y
elegante aunque, a diferencia de Ballinger que mira a la vejez como algo que está
por llegar a su fin, Gambardella, de apenas 65 años, lo considera uno más de sus
retos en la vida.

El propio Paolo Sorrentino se considera afortunado al elegir a sus actores, “yo sólo
les envío los guiones y ellos por lo general dicen que sí”, confiesa el realizador que
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cuenta con la presencia de tres ganadores del Óscar (Michael Cane, Jane Fonda,
Rachel Weiz) y el nominado al mismo premio, Harvey Keitel, en esta segunda
aventura fílmica realizada en idioma inglés. La anterior fue This must be the place
(2011) donde también contó con el apoyo de un inspirado Sean Penn y la gran
Frances McDormand como actriz secundaria. Hablando de actores, existe un
personaje que los representa a todos, el actor Jimmy Tree, cuya fama y las
reacciones que genera en todos aquellos que lo ven harían recordar a los grandes
ídolos cinematográficos al estilo de Johnny Depp o Robert Downey Jr. (el propio
Sorrentino ha afirmado que este personaje está inspirado en varios actores). Tree
piensa que todo aquel que se le acerca es para hablarle de sus películas de
aventuras, está harto de ser el ídolo y se encuentra a la defensiva con todos incluso
con Miss Universo, incluso con los niños, es un personaje que está en busca de
respuestas y acaba por encontrarlas. “Cuando te vi en una película entendí una
cosa”, le dice una niña, “que nadie en el mundo está listo para enfrentar los retos,
entonces no hay nada por qué preocuparse”. La irrupción de Tree encarnando a
Hitler logra el horror en medio de la paz del hotel suizo, “debo de elegir entre el
horror y el deseo para saber que es digno de ser contado. Yo elijo el deseo porque
cada uno de ustedes me ha abierto los ojos para darme a entender que no debo
perder el tiempo con el miedo sin sentido”, dice Hitler y hace mutis ante una
horrorizada audiencia.

Y en la partitura están también escritos los silencios, los sostenidos y bemoles, esas
seminotas que acompañan la música que vemos: los personajes incidentales que
entran donde es debido: una bella afanadora que practica baile en videojuegos, una
niña curiosa que dice cosas certeras, un joven violinista zurdo que tiene epifanías,
una fabricante de burbujas, una pareja que termina veinte años de silencio con un
sonora bofetada. Todos ellos que aparecen para dar ritmo y tersura a una narración
que no ceja en emociones. Mención aparte está el personaje de Lena, interpretado
de manera soberbia por una Rachel Weiz cuya belleza personal e histriónica se
encuentra en la cúspide. Ella es un solo de violín que le canta sus verdades al
director-padre Ballinger y que, mientras habla, se pierde en la vorágine de si misma
para reencontrarse y reescribirse. “¿Quién eres?”, pregunta constantemente a su
padre como el esclavo que susurra Memento mori al emperador romano.

Música para los ojos

“Podría hacer un film frente a una pared, si supiese encontrar los datos de la
verdadera humanidad de los hombres situados ante el desnudo escenográfico:
encontrarlos y contarlos,” afirmó alguna vez Luchino Visconti y con ese movimiento
de batuta dio inicio a una estética narrativa que no deja de sorprendernos. Paolo
Sorrentino lo sabe bien, es un alma vieja a pesar de su juventud (el director nació en
1970) y sus reflexiones son tales. Mientras que en La gran belleza retrató la
decadencia de una Roma que se debatía entre santas milagrosas y noches de fiestas
interminables, La juventud inunda la pantalla con destellos que hablan de la
decadencia del cuerpo, al parecer Sorrentino piensa siempre en el futuro, no
precisamente en el de un mundo imaginario sino en el apocalipsis real que nos
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espera como humanos destinados a envejecer y a cargar nuestro cuerpo y nuestra


alma hasta el final de nuestros días. Es por eso que el ritmo narrativo es cadencioso,
notas pianas que se sostienen en un pentagrama bien definido, en una paleta de
colores que es la misma siempre, al menos en sus trabajo recientes, alejada de la
estética hollywoodense, esa que tanto a afectado a nuestra cultura visual.

Aquí no hay autos que huyen a grandes velocidades, explosiones monumentales ni


ediciones a ritmos de hip hop. Sorrentino le ha pedido prestada la paleta a Fellini y,
algunas veces, a Pier Paolo Pasolini. La cadencia de sus tomas haría recordar la
expresión narrativa de un Amarcord (1973) donde, de la misma manera que en La
Juventud, la historia de los personajes construye la historia de la pequeña villa de
Borgo, un espejo donde el espectador se mira al reconocer un episodio de su propia
infancia que tenía olvidado acaso. La revelación que tiene Mick Boyle también hace
recordar a Fellini, tras la irrupción de la diva Brenda Morel, interpretación que le
valiera a Jane Fonda una nominación para los Golden Globe, el viejo cineasta tiene su
propia revelación: las muchas mujeres de su vida (reales o ficticias) se vuelven
corpóreas para reclamarle lo mucho que les ha quedado a deber, el mucho daño, el
poco amor, el mal diseño de un personaje utilitario y fugaz. Esa pradera alpina es el
lienzo y pentagrama donde Sorrentino regala a Boyle su propia versión-homenaje
de 8 ½ (Fellini, 1963).

Una armonía narrativa

La relación entre música y cinematografía no es novedosa, por el contrario existe


casi desde el inicio del cine como instrumento narrativo y no solamente para hablar
de la pista sonora sino como una propuesta de montaje. En su famosa obra, Hacia
una teoría del montaje (1921), el realizador soviético Serguéi Eisenstein define el
montaje cinematográfico como la forma en que se narra un filme a partir de la
edición y donde se dará el proceso creador que impulsará las emociones del
espectador, obligado a marchar por el mismo camino que el cineasta le ha trazado.
Eisenstein propone cinco categorías del montaje: métrico, rítmico, tonal, sobretonal
e intelectual, todas ellas relacionadas con la ejecución musical. Más allá de su
evidente temática musical, La juventud plantea todo el tiempo la palabra “armonía”,
en sus luces, en sus colores, en lo acompasado de los personajes, en los planos
abiertos y en los detalles. En efecto, el espectador se envuelve en una música
multicolor, acaso un cálculo colectivo de todas las atracciones de los fragmentos que
la componen. “Tienes razón: la música es lo único que entiendo. No necesitas
palabras ni experiencia para comprenderla, simplemente es”, dice Fred Ballinger
como última respuesta a su hija Lena ante el alud de cuestionamientos que ha sido
objeto.

Existe también la otras narrativas, las historias íntimas y las historias futuras. Cada
trozo evoca los sentimientos que conecta en el espectador, ¿quiénes somos y
quiénes seremos? Maradona sueña con el momento en que entró a jugar por
primera vez e imagina que es el futuro, un futuro que quiere alcanzar a punta de
acrobacias futboleras mientras arrastra su pesado y maltrecho cuerpo a una cancha
de tenis donde, a cada patada que da a la pelota, pareciera gritar: soy zurdo, soy
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grande, son D10S, no seré viejo nunca y seré inmortal. La vejez, la vejez permanente,
la maldita vejez apuñalada por destellos de juventud y belleza es el común
denominador de la historia, de todas las historias, de quien narra y de quien lee, de
que ejecuta y del que escucha, todos estamos destinados a formar parte de esa
interminable fila de condenados a muerte.

Música popular y música de culto

Acostumbrados a una realidad cinematográfica donde el ritmo lo marca Hollywood,


películas como La Juventud no son tomadas en cuenta ni para los Óscars (acaso su
única nominación fue en la categoría de Mejor canción para la estupenda “Simple
song #3”, del compositor David Lang) ni para las salas de circuito comercial. Sin
embargo el reconocimiento en otras latitudes del planeta ha sido total, cosechando
nominaciones en festivales como Cannes o los premios César además de ser la gran
ganadora de los Premios del Cine Europeo entregados recientemente en Berlín.

Lo anterior nos llevaría a cuestionarnos de nuevo si nuestra cultura visual no está


dirigida por una selección de premios a una estética a la cual nos hemos
acostumbrado a aceptar como la única posible, acaso una música monótona y
facilona que, a punta de escucharla nos parece buena. Una falacia ad populum a la
cual nuestros ojos y oídos se han acostumbrado por el simple hecho de que millones
de fanáticos alrededor del mundo no podrían estar equivocados. Tal vez sea el
momento de hacer una pausa y escuchar otras tesituras.

Il gran finale

Pero recordemos que existe un reconocimiento al menos a La Juventud por parte de


la gran industria, la pieza “Simple song #3”. El final ha llegado, los personajes han
alcanzado su punto de equilibrio, no son los mismos del inicio, jamás lo volverán a
ser, esto también ocurre con el espectador. Fred Ballinger ha revelado su mea culpa
tras descubrir que el horizonte aún se encuentra lejos. “Seguro que conocen detalles,
elementos llamativos. Y saben lo que necesitan saber para estar en un lado o el
otro”, dice Ballinger y comienza una enumeración de reflexiones propias de aquellos
que han vivido muchos años. La película nos muestra que mientras somos jóvenes
todo nos parece cerca y en la vejez todo nos queda mucho más lejos. Se hace el
silencio, los músicos toman su lugar, la sinfonía ha llegado a su fin. En una película
donde las mujeres son las notas más puras del pentagrama las últimas dos divas
hacen su aparición frente a una decadente Isabel II y un avejentadísimo príncipe
Felipe, vulnerables y vetustos como la monarquía misma. Así es la monarquía,
“eliminas a una sola persona y todo ocurre, el mundo entero cambia. Al igual que en
un matrimonio”, diría Fred Ballinger al respecto. Viktóriya Mulova empuña su
Stradivarius y, ante una tímida señal del mejor director de orquesta del mundo
atisba apenas una par de notas, otras vez silencio, Ballinger hace otra seña y la
ganadora del premio Sibelius vuelve a hacer cantar el violín mientras la orquesta de
la BBC espera a que el duelo entre música y silencio les indique su pauta, antes de
ellos la voz de Sumi Jo hace su aparición y entonces todo es música. Perdemos el
control, nos sentimos completos, tenemos sentimientos. Paolo Sorrentino nos
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recuerda la creencia popular de que los sentimientos están sobrevalorados… “los


sentimientos son lo único que tenemos”.

Ciudad de México, 29 de febrero de 2016.

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