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Libros Iluminados

La narradora anhela tener una perra y, tras insistir a su madre, finalmente consigue una cachorra llamada Puffy. A lo largo de su relación, experimentan momentos mágicos y de conexión profunda, pero con el tiempo, Puffy se vuelve más independiente y difícil, lo que genera frustración en la narradora. A pesar de los desafíos, el amor entre ellas persiste, requiriendo paciencia y comprensión mutua.

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Emily Mullo
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Libros Iluminados

La narradora anhela tener una perra y, tras insistir a su madre, finalmente consigue una cachorra llamada Puffy. A lo largo de su relación, experimentan momentos mágicos y de conexión profunda, pero con el tiempo, Puffy se vuelve más independiente y difícil, lo que genera frustración en la narradora. A pesar de los desafíos, el amor entre ellas persiste, requiriendo paciencia y comprensión mutua.

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La insistencia era constante, como un eco en mi cabeza, un

deseo persistente que nunca me dejó en paz. Durante


meses, le pedí a mi mamá, con una esperanza infinita, que
me dejara tener una perra. La respuesta de mi madre
siempre fue la misma: "No ahora, es mucha
responsabilidad". Pero yo no me rendí, mi insistencia se
volvía más persistente con cada día que pasaba.
Finalmente, un día, cuando ya pensaba que el sueño se
desvanecía como una nube de humo, mi mamá me miró
con una sonrisa resignada y dijo: "Voy a hablar con una
amiga, a ver qué pasa".
Fue así como, sin que yo lo esperara, la oportunidad llegó.
Una amiga de mi mamá tenía contacto con una señora que
criaba perros Pincher, y fue a ella a quien nos dirigimos.
Aquel día, mi corazón latía con fuerza, como si supiera que
estaba a punto de vivir un momento que cambiaría mi vida.
Recuerdo el instante con tanta claridad como si fuera ayer.
Al llegar a la casa de la señora, un aroma a perros y tierra
fresca nos rodeó, y el sonido alegre de pequeños ladridos
nos dio la bienvenida. Estaba nerviosa, pero al mismo
tiempo llena de una emoción que me quemaba por dentro.
La señora nos llevó a una especie de corral donde los
pequeños Pinchers jugaban, correteaban, se daban
pequeños mordiscos y se tumbaban, agotados, a descansar
en el sol. Entonces, de entre todos esos perros, vi algo que
hizo que el resto del mundo desapareciera. Una pequeña
cachorra, blanca con manchas café, se acercó a mí. Era tan
pequeña, tan delicada. Su mirada era tan limpia, tan
transparente, que supe al instante que ella sería mi amiga,
mi compañera, mi Puffy.
No era solo que me gustara su apariencia, sino algo en su
forma de ser. Era como si, en ese momento, nuestros
corazones se hubieran reconocido, como si su alma hubiera
tocado la mía. Me agaché, la llamé, y ella vino a mí sin
titubear, como si supiera que yo la estaba esperando. Fue
un momento mágico, un instante fugaz en el que el tiempo
se detuvo.
La señora, al ver nuestra conexión, sonrió con cariño y me
dijo: " Necesitarás cuidar de ella, mandarme fotos de cómo
va creciendo, cómo está de salud. Ella es muy pequeña, y
debemos asegurarnos de que crezca fuerte y feliz".
Capítulo 3: La Primera Noche
Esa misma noche, la pequeña Puffy vino a nuestra casa. Le
preparé una cama con suaves mantas y la puse en su lugar,
pero algo no iba bien. Ella temblaba, su cuerpo estaba
rígido, y su mirada reflejaba un miedo profundo. No podía
dejarla sola. Yo sabía que necesitaba estar cerca de ella,
que debía tranquilizarla, que en su pequeña mente algo le
decía que el mundo era grande y aterrador.
La dejé en la cama, cerca de mi almohada, y la rodeé con
mis brazos. A pesar de ser tan pequeña, ella ocupaba todo
el espacio en mi corazón. Al principio, no podía dejar de
temblar, pero poco a poco, a medida que escuchaba el
latido de mi corazón, se fue relajando. Yo también estaba
nerviosa, sin saber cómo sería ser responsable de su
bienestar, pero su presencia me llenaba de calma.
Puffy se acomodó cerca de mi pecho, y en ese momento,
entendí que la vida no solo se trata de pedir y recibir, sino
de aprender, de dar y de compartir. Esa noche, mientras
ella dormía plácidamente, sentí que algo había cambiado
dentro de mí. A partir de ese momento, nuestras almas se
entrelazaron para siempre.
Los primeros meses con Puffy fueron mágicos, casi
perfectos. Cada día que pasaba, su energía era contagiante,
y mi amor por ella crecía de una forma que ni siquiera sabía
que era posible. Dormíamos juntas, jugábamos juntas, me
acompañaba a todas partes. Pero, a medida que pasaban
los años, algo comenzó a cambiar en ella. Ya no era la
perrita dulce y tranquila que se acurrucaba en mi cama,
sino una perra más independiente, más segura de sí misma
y de repente, más testaruda.
Lo más difícil fue ver cómo las pequeñas situaciones
cotidianas, las que antes no la habrían alterado, empezaban
a convertirla en una perra irritable. No toleraba que le
corrigiera algo, ni mucho menos que le cambiara su rutina.
La puerta que una vez me había abierto para una relación
de amor incondicional parecía estar cerrándose poco a
poco.
Pero aquí estaba la paradoja de nuestra relación: cuando se
calmaba, cuando sus ojos se suavizaban y se acurrucaba
junto a mí en el sofá, todo volvía a ser tan hermoso como al
principio. El amor seguía allí, profundo e intenso, pero junto
con él también había frustración. Un tipo de amor que no
era solo ternura, sino también paciencia, adaptabilidad, y
mucha comprensión. Nos encontrábamos atrapadas en una
danza de amor-odio.

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