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Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

Facultad de Ciencias de la Comunicación

Maestro Luis Fernando Gutiérrez Domínguez

Teorías De La Comunicación IV. Enfoques Antropológicos

Itzel Janette Aguila Méndez

Ensayo
Abrazando la vida: Ver la vida con el corazón
El texto "Contra la cultura, abrazando la vida" de Tim Ingold fue, en un inicio, algo confuso para
mí, pero terminó siendo una lectura que me dejó muchas reflexiones importantes. Me pareció un
texto profundo que ofrece una manera diferente de ver la vida, la naturaleza, la cultura y la
existencia humana. Siento que este texto debería ser leído por toda la humanidad, ya que tiene el
poder de transformar la forma en la que percibimos nuestro entorno y, sobre todo, cómo nos
relacionamos con lo natural. A través de esta reflexión, quiero compartir las ideas que, desde mi
punto de vista, son las más importantes para comprender el texto, y cómo estas se relacionan con
nuestra vida diaria y personal.
Una de las frases que más me llamó la atención al comenzar la lectura fue:
“Nacidos de la naturaleza, modelados por la sociedad, impulsados por los dictámenes de la
predisposición genética y guiados por los preceptos de la cultura trasmitida, los seres humanos
son presentados como criaturas cuyas vidas se gastan en la realización de las capacidades que les
fueron otorgadas desde el inicio” (Ingold, 2012).
Ingold cuestiona esta idea tradicional de que las personas nacen con capacidades ya definidas. Él
plantea que la vida humana no está predeterminada, sino que se construye a lo largo del tiempo a
través de nuestras acciones y relaciones. Cada persona tiene el poder de crear su propia realidad,
y en esa construcción juegan un papel fundamental la creatividad, las decisiones y la forma en
que nos relacionamos con el mundo. Esta idea me hizo pensar en cómo, a través de nuestra
experiencia diaria, vamos moldeando lo que somos, y cómo nuestras interacciones con el entorno
influyen en nuestra identidad.
Otra parte del texto que me atrapo fue cuando habla del cuerpo:
“En la vida, no obstante, yo estoy con mi cuerpo, no contra él. El cuerpo no se pone en el camino
o al menos no a menudo, sino que es el camino, el mismo movimiento, ejecución, o pasaje de mi
propia existencia en el mundo. En este sentido, el cuerpo no es un objeto ni yo soy un sujeto. El
cuerpo es una cosa, como ciertamente yo también lo soy” (Ingold, 2012).
Aquí, Ingold propone que no debemos ver el cuerpo como un objeto separado de nosotros, sino
que somos nuestro cuerpo. Todo lo que sentimos, experimentamos y vivimos está mediado por él.
Esta idea me pareció tan poderosa porque muchas veces separamos mente y cuerpo, cuando en
realidad están completamente integrados. El cuerpo no es una herramienta que usamos, sino el
medio a través del cual existimos, sentimos emociones, nos movemos y nos conectamos con los
demás y con la naturaleza.
Uno de los puntos más complejos del texto fue la visión que Ingold tiene sobre la cultura. Me
causó cierta confusión entender si él está rechazando la cultura o si simplemente la entiende de
una manera diferente a la convencional. Al leerla más, comprendí que Ingold no niega la
existencia de la cultura, sino que propone verla como un proceso dinámico, que se forma a través
de la interacción entre las personas y su entorno, y que no debe entenderse como una serie de
normas fijas o costumbres inamovibles. Él plantea que cultura y naturaleza no están separadas,
sino que coexisten y se transforman mutuamente. Esta visión me hizo pensar en cómo todo lo que
vivimos y aprendemos se encuentra en constante cambio, y que lo que somos está ligado a
nuestras relaciones con el mundo natural y social.
Ingold también habla de que los seres humanos somos parte de la naturaleza, no estamos fuera de
ella. Vivimos en un mundo que incluye a otros seres, objetos y procesos naturales. Sin embargo,
la sociedad ha creado una separación a través de lo que él llama la “máquina antropológica”, un
sistema de normas, valores y estructuras que nos alejan de lo natural. Este concepto me impactó
porque es una realidad que vivimos todos los días: muchas veces actuamos como si no fuéramos
parte del entorno, sin pensar en cómo nuestras acciones lo afectan. En lugar de destruir,
deberíamos buscar una conexión profunda con la naturaleza, reconocer que dependemos de ella y
que lo que le hacemos, tarde o temprano, se nos regresa.
Al principio, me costó trabajo organizar mis ideas al leer el texto. Había muchas frases que me
parecían profundas, especialmente las relacionadas con el cuerpo, y me dejaban reflexionando.
Pero al final, creo que logré comprender el mensaje central: vivir en conexión con la vida, el
cuerpo y la naturaleza, no desde el control o la separación, sino desde la participación, la
experiencia y el respeto. Este texto me llevó a ver la vida desde una perspectiva más humana,
más consciente y abierta al cambio y al aprendizaje.
Contra la cultura, abrazando la vida es un texto que desafía nuestras formas tradicionales de
pensar y nos invita a reconsiderar lo que significa vivir plenamente. A través de ideas que pueden
parecer complejas al inicio, Tim Ingold propone una visión del ser humano como un ser creativo,
corporal y profundamente conectado con el mundo natural. Este ensayo me permitió reflexionar
sobre mi propia vida y me dejó una enseñanza muy clara: debemos dejar de vernos como
superiores a la naturaleza, y empezar a vivir como parte de ella, con respeto, conciencia y
sensibilidad.
Sí, este texto tiene mucho que ver con mi experiencia de vida. Me hizo reflexionar
profundamente sobre el cómo me comporto, lo que hago y como soy con el mundo natural.
Muchas veces en la sociedad actual, nos hace creer que estamos desconectados de la naturaleza o
que nuestra forma de vivir va en contra de ella. Sin embargo, al leer este texto, comprendí que no
soy una mala persona frente a lo natural, al contrario, he logrado mantener una conexión
grandiosa con el entorno que me rodea y es gracias a lo que me han enseñado.
Desde muy pequeña he estado en contacto con la naturaleza, y es algo que valoro profundamente.
Caminar por el bosque durante horas es una de las cosas que más disfruto; no me importa si solo
veo árboles o si el camino es largo. Lo que me llena es la experiencia en sí: sentir el aire fresco en
mi rostro, observar distintos paisajes, escuchar el canto de los pájaros y simplemente estar
presente. Son momentos en los que me siento en paz, ahí es cuando veo lo maravilloso que puede
ser ese momento.
Hace poco, por ejemplo, tuve la oportunidad de ir a nadar a unas cascadas. Para llegar,
caminamos alrededor de 40 minutos, y aunque fue algo agotador, lo disfruté demasiado. Cada
paso por el bosque, cada sonido del agua acercándose, todo formaba parte de una experiencia que
me hizo sentir viva. Nadar allí fue una sensación de libertad, de alegría y de conexión que no
puedo describir fácilmente. Es como si mi cuerpo entero se llenara de una energía tranquila,
serena, una mezcla de emociones que solo el contacto con lo natural puede provocar.
Además, he crecido en un ambiente donde la naturaleza siempre ha estado presente. Mi papá
tiene su propio huerto, y desde pequeña me enseñó a convivir con lo natural, a respetarlo y a
cuidarlo. A través de él aprendí valores fundamentales que hoy en día sigo llevando conmigo.
Aprendí que lo natural no está para ser maltratado, sino para ser disfrutado, respetado y cuidado,
porque nos da lo esencial para poder vivir: aire, agua, alimento y, sobre todo, equilibrio.
También es importante destacar que el cuerpo juega un papel clave en esta conexión. Gracias a él
podemos experimentar una gran variedad de emociones y sensaciones físicas que moldean
nuestra forma de ver el mundo. Por ejemplo, cuando estoy nadando, siento alegría, libertad,
calma y todas estas emociones se transforman en sensaciones físicas que recorren todo mi cuerpo.
Es un recordatorio de que estamos vivos, de que somos parte de algo más grande.
Mis creencias y valores también influyen mucho en cómo vivo esta experiencia. Como mencioné,
mi papá me enseñó desde pequeña a valorar y cuidar la naturaleza, y eso ha moldeado
profundamente mi forma de ver la vida. Considero que los valores son esenciales en la sociedad,
especialmente en un mundo donde muchas personas no comprenden el impacto que tiene el
maltrato hacia el entorno natural. No se trata solo de dañar árboles o contaminar ríos; se trata de
romper una conexión fundamental que tenemos con el planeta.
Por todo esto, puedo decir que mi forma de ver el mundo está profundamente influenciada por mi
relación con la naturaleza. No siento que esté desconectada de ella, al contrario, creo que esta
conexión me define. Ver el mundo desde esta perspectiva, desde la armonía con lo natural, es una
experiencia hermosa. Es una forma de vivir con sentido, con respeto y con gratitud por todo lo
que la naturaleza nos ofrece. Es una forma de ver la vida con el corazón.
En mi mente vienen muchos aspectos de la vida que me hacen pensar abrazar la vida. Para mí,
una de las formas más auténticas de conectar con la vida es a través de la naturaleza.
Especialmente cuando paso tiempo en el bosque o en la playa, siento que estoy en armonía con
algo mucho más grande que yo. Aunque disfruto mucho ambos lugares, debo decir que la playa
es mi lugar favorito, ¿y cómo no? Es un espacio en el que me siento verdaderamente en calma,
donde mi cuerpo entero se relaja, donde puedo desconectarme del ruido y reconectarme conmigo
misma.
Estar en la playa es una experiencia que va más allá de lo visual. Es sentir el calor del sol
rodeando cada parte de tu cuerpo, hundir los pies en la arena y dejar que las manos también
disfruten esa sensación única. Es escuchar el ruido de las olas, sentir la brisa del mar y dejar que
el agua te envuelva como si te abrazara. En mi caso, cuando voy a la playa me quedo horas
nadando, al grado que a veces me tienen que pedir que salga. Libero tortugas cuando tengo la
oportunidad, camino por toda la orilla del mar y, sobre todo, trato de recoger la basura que otras
personas han dejado. Me duele ver que muchos no respetan un espacio tan mágico, pero me da
esperanza saber que, con pequeñas acciones, puedo contribuir al cuidado de este entorno que
tanto amo.
Mi amor por la naturaleza no es casualidad. Desde pequeña he crecido en contacto con ella,
gracias a las enseñanzas de mi papá. Él me mostró la importancia de cuidar las plantas, los
árboles y de apreciar todo lo que la tierra nos ofrece. Me enseñó a sembrar, a cosechar y a valorar
cada etapa del proceso. Me enamoré de esa forma de vida: de tener nuestro propio huerto, de ver
cómo las plantas crecen poco a poco, de alimentarlas y cuidarlas con mucha fe, y finalmente
disfrutar el fruto de ese esfuerzo. Hay algo profundamente satisfactorio en poder comer algo que
tú misma ayudaste a crecer. Es una conexión directa con la vida, con el ciclo natural, y con la
responsabilidad que tenemos de mantener ese equilibrio.
Un ejemplo más de esta conexión con lo natural fue una caminata que hice hace unos meses en el
volcán La Malinche. Fue una caminata larga y super exigente, pero cada paso valía la pena.
Durante el recorrido, me detuve muchas veces solo para admirar el paisaje, para respirar
profundamente y sentir la nieve caer en mi rostro. Al llegar a la cima, me senté en una roca y me
quedé en silencio, observando el atardecer. Esa imagen quedó grabada en mi mente. No había
señal, no había ruido, solo el sonido del viento y la tranquilidad del momento. Fue uno de esos
instantes en los que realmente sientes que formas parte del mundo, no como alguien que lo
afecta, sino como alguien que lo habita con respeto.
Además de enseñarme sobre el cuidado del medio ambiente, mi papá también me inculcó valores
fundamentales: el respeto, la responsabilidad, la empatía hacia todo lo que nos rodea. Me enseñó
que no solo debemos cuidar las cosas materiales, sino también proteger lo que es esencial y que
muchas veces damos por sentado: la naturaleza. Si alguna vez vemos que alguien está dañando el
entorno, por ejemplo, provocando un incendio o arrojando basura no debemos quedarnos
callados. Debemos actuar y ayudar. No solo porque afecta a los árboles, los animales o el paisaje,
sino porque también nos afecta a nosotros mismos. Lo que le pasa a la naturaleza nos pasa
también a nosotros. Estamos conectados, y esa conexión debe ser cuidada y valorada.
Vivir en armonía con lo natural no solo es una elección personal, es una forma de vida que tiene
el poder de transformar cómo sentimos, cómo actuamos y cómo nos relacionamos con el mundo.
Es una forma de abrazar la vida en su forma más pura.
Referencias bibliográficas
Ingold Tim. (2012). Ambientes para la vida. Recuperado el 16 de mayo de 2025, de
http://file:///C:/Users/52222/Downloads/12%20Ingold%20Tim%20-%20Ambientes%20para
%20la%20vida.pdf

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