Esteban Silber
Un Servidor Permanente
Introducción al ministerio del diaconado permanente.
Centro Diocesano de Catequistas – Tarapaya – Potosí
El
diaconado permanente es todavía, en Bolivia, una incógnita.
Muchas personas no saben cuál es la identidad, cuál el papel y
cuáles son las tareas del diácono permanente. Lo que puede
sorprender es que incluso mucha gente muy comprometida en
la Iglesia Católica y hasta entre los sacerdotes no conocen to-
davía este ministerio. La razón de este desconocimiento es que
se trata de un servicio prácticamente nuevo en la Iglesia boli-
viana.
Este folleto, que ha nacido de un trabajo continuo con candi-
datos al diaconado permanente a nivel local y de la reflexión
compartida a nivel nacional, quiere ayudar a comprender la fi-
gura del diácono y a difundir una identidad del mismo según
las enseñanzas del Concilio Vaticano II y de las conferencias
generales del episcopado latinoamericano. Al mismo tiempo
esboza una perspectiva boliviana del diaconado, adaptada a la
realidad social y cultural del país.
(Texto para la última página, la contraportada)
1
Prólogo
La introducción del diaconado permanente en la Diócesis de Potosí en los últimos años ha gene-
rado experiencias muy interesantes. Mientras se notó, por un lado, la ignorancia de muchos secto-
res en la Iglesia sobre este ministerio, hasta entre los cristianos más comprometidos, por otro lado
se desarrolló una nueva manera, más amplia y más profunda, de ser Iglesia, desde los mismos diá-
conos y candidatos hasta mucha gente relacionada con ellos.
Algunas experiencias a nivel nacional me dan la impresión de que este no es un caso aislado. El
diaconado permanente es un ministerio de una Iglesia renovada, y renueva la Iglesia. Es nuevo, y,
por esto, todavía desconocido. Al mismo tiempo, su reintroducción se constituye en una esperan-
za, no solamente para los que vivimos al interior de la Iglesia, sino también para la humanidad en
la que estamos inmersos.
Este pequeño folleto es una introducción al ministerio del diaconado permanente y al mismo
tiempo una reflexión sobre la identidad de este servidor. Quizás no todas las ideas que se encuen-
tran en estas páginas serán compartidas por todos los que tienen que ver con el ministerio del dia-
conado. Todavía – aun entre los mismos diáconos, y más todavía entre los demás que sólo cono-
cemos de fuera este servicio – no se ha establecido una identidad clara y definida de lo que es el
diácono. Quizás el presente folleto pueda ser un aporte para la búsqueda de la identidad de este
servicio.
Estas reflexiones nacen del trabajo con los candidatos y diáconos de la Diócesis de Potosí en los
últimos años. Era y es todavía un trabajo pionero, ante todo en el área rural, buscando rasgos y as-
pectos de una identidad propia e inculturada. También el acompañamiento de algunos procesos a
nivel nacional y las experiencias en otras jurisdicciones han influido en la elaboración de este pe-
queño trabajo.
Que estas páginas sean un apoyo para los mismos diáconos y candidatos, para sus esposas y fami-
liares, para los sacerdotes y laicos, que trabajan con ellos, y para el Pueblo de Dios en Bolivia para
entender mejor cuál es la identidad de este servidor permanente.
Potosí, en el mes de abril de 2002
Esteban Silber
2
Un poco de historia
El diaconado permanente es a la vez un ministerio nuevo y antiguo. Aunque es errónea la atribu-
ción del diaconado a los “siete hombres de buena fama” de los Hechos (He 6,3), se conoce el mi-
nisterio del diácono ya desde los tiempos del Nuevo Testamento. Ante todo Pablo, en sus diferen-
tes comunidades, instauró y propagó este servicio (Fil 1,1). Conocía, incluso, el diaconado de las
mujeres (Rom 16,1), como toda la Iglesia Católica en los primeros siglos.
En las primeras comunidades cristianas, los diáconos eran los encargados de la preocupación so-
cial, de los recién convertidos y bautizados y muchas veces de toda la economía de la diócesis. Para
poder ayudar a los pobres, tenían en su poder la administración del dinero de la Iglesia. Los diáco-
nos eran los “servidores” (este es el significado de la palabra griega ‘diákonos’) de sus comunidades
y de los pobres fuera de la Iglesia. El siguiente texto, tomado de una regla eclesial de la Siria del si-
glo IV, ilumina esta tarea.
“El diácono es la imagen de toda la Iglesia. Atiende a los enfermos,
se preocupa de los forasteros y ayuda a las viudas. Como un padre
atiende a los huérfanos, y entra y sale de las casas de los pobres, pa-
ra averiguar si no hay nadie quien haya caído en miedo, enfermedad o
necesidad. Visita a los catecúmenos en sus viviendas, para animar a
los que dudan y enseñar a los que no saben. Viste y embellece a los
difuntos, sepulta a los forasteros, atiende a los que salieron de su
tierra o fueron expulsados de ella. Hace conocer a la comunidad los
nombres de los que necesitan ayuda.
Si el diácono trabaja en una ciudad que está en la orilla del mar, debe
buscar cuidadosamente en toda la orilla para ver, si no el cuerpo de
algún náufrago ha sido arrojado a tierra. Lo debe vestir y sepultar.
En el alojamiento de los forasteros debe averiguar, si hay allá en-
fermos, pobres o difuntos, y lo comunicará a la comunidad, para que
haga por cada uno lo necesario. Los paralíticos y enfermos bañará,
para que puedan respirar un poco en su enfermedad.
El diácono será en todo como el ojo de la Iglesia.”
Después del siglo VI, el diaconado como ministerio en la Iglesia perdió importancia. Se convirtió
en una especie de último paso antes de la ordenación sacerdotal. Recién en el año 1964, la Iglesia
Católica en el Concilio Vaticano II restableció el diaconado como ministerio permanente y lo abrió
para varones casados (LG 29). Los padres del Concilio opinaron que “parece bien que aquellos
Un servidor permanente 3
hombres que desempeñan un ministerio verdaderamente diaconal, o que predican la palabra divina
como catequistas, o que dirigen en nombre del párroco o del Obispo comunidades cristianas dis-
tantes, o que practican la caridad en obras sociales y caritativas sean fortalecidos y unidos más es-
trechamente al servicio del altar por la imposición de las manos, transmitida ya desde los Apósto-
les, para que cumplan más eficazmente su ministerio por la gracia sacramental del diaconado.”
(AG 16) Los esfuerzos de muchos obispos en ese concilio para introducir un ministerio ordenado
abierto para ambos sexos, sin embargo, no tuvieron éxito.
A partir de entonces, se introdujo el diaconado permanente en muchas diócesis de América Latina
y de todo el mundo. La III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, re-
flexionando sobre la introducción del diaconado permanente en América Latina, dice: “No se trata
simplemente de restaurar el diaconado primitivo sino de profundizar en la Tradición de la Iglesia
Universal y en las realidades particulares de nuestro Continente, buscando mediante esta doble
atención (cfr. EN 73) una fidelidad al patrimonio eclesial y una sana creatividad pastoral con pro-
yección evangelizadora.” (P 699)
En Bolivia, después de algunas experiencias parcialmente ambiguas en la Arquidiócesis de La Paz
(área que hoy forma parte de la Diócesis de El Alto) y en otras partes ya en los primeros años des-
pués del concilio, había que esperar un nuevo ímpetu desde el final de los años noventa, impulsado
por las diócesis de El Alto y la Arquidiócesis de Cochabamba, así como otras diócesis, entre ellas
Potosí, para que el interés en este ministerio vuelva a nacer en todo el país.
Actualmente ya existen, a nivel mundial, alrededor de 27.800 diáconos permanentes, de los cuales
64 viven y trabajan en Bolivia, en seis de los nueve departamentos. Sin embargo, sólo se están rea-
lizando, en el momento, cursos de formación en la arquidiócesis de Cochabamba y en las diócesis
de El Alto y Potosí.
Desde el año 1997 se vienen realizando encuentros nacionales de los diáconos permanentes y sus
esposas. Cada año participa además un buen número de candidatos al diaconado. De esta manera
se están estrechando lazos de amistad y de hermandad entre los diáconos de las diferentes regiones
y jurisdicciones de Bolivia.
4
Características del ministerio
Muchas personas están viendo la necesidad del diácono permanente en primer lugar desde la falta
de sacerdotes que se hace sentir más que todo en el campo y en los barrios marginales de las ciu-
dades. Sin embargo, cuando se restableció el diaconado en la Iglesia Católica, el motivo no era
apoyar o sustituir a los sacerdotes, sino crear un ministerio nuevo. La necesidad del diaconado
permanente proviene de otras dimensiones:
1. En primer lugar, como dice el Concilio, “parece bien que aquellos hombres que desempeñan
un servicio verdaderamente diaconal, [...] sean fortalecidos [...] por la imposición de las ma-
nos”. (AG 16) Esto quiere decir que se quiere ayudar a laicos comprometidos a profundizar
su trabajo pastoral abriéndoles un nuevo campo de acción, confiriéndoles una nueva respon-
sabilidad eclesial y profundizando su unión con Cristo servidor de la humanidad. Así los diá-
conos se convierten en representantes “oficiales” de la Iglesia Católica, participando no sola-
mente del triple ministerio de Jesucristo como todos los bautizados, sino también del ministe-
rio ordenado.
2. En segundo lugar, se busca formar responsables para el servicio a los pobres en las parroquias
y a nivel diocesano, para que esta dimensión eclesial no se pierda en la pastoral. Sin los diáco-
nos permanentes existe el riesgo de subestimar a este sector pastoral como algo secundario y
menos importante para la Iglesia Católica en su conjunto. La diaconía, sin embargo, como se
llama también el servicio a los pobres, es parte esencial de la misión de la Iglesia. Los diáconos
son los garantes de esta misión.
3. En tercer lugar, son los diáconos permanentes nuevos y novedosos representantes de una
pastoral rural que no solamente pretende abarcar la administración de los sacramentos en el
campo, sino también quiere despertar el sentido de Iglesia en la gente campesina y formar
comunidades cristianas en todo el área rural. Junto con los campesinos, los diáconos pueden
contribuir a un desarrollo integral de las comunidades rurales, desde lo religioso hasta lo
económico para llegar a una vida cada vez más humana.
La necesidad del diácono permanente proviene por lo tanto no de la falta de sacerdotes, sino del
deseo de mayor compromiso del mismo Pueblo de Dios. Para entender el significado del diacona-
do permanente para la Iglesia de hoy es importante notar que no nace de una insuficiencia, sino de
una abundancia. Es la expresión adecuada de un reforzamiento del compromiso cristiano para al-
gunos laicos comprometidos.
¿Cuál es la identidad del diácono permanente en la Iglesia boliviana actual? ¿Cuáles son sus fun-
ciones? Quiero señalar cuatro puntos que me parecen claves para la identidad del diácono perma-
nente en Bolivia. No nacen tanto del deseo de diferenciar al diácono de los laicos y de los sacerdo-
tes sino de una visión concreta y real de lo que podría ser el diácono en nuestra realidad cultural,
social y eclesial boliviana. Es necesario ver esta realidad concreta para definir, cuál ha de ser la
identidad concreta del diácono permanente en Bolivia.
1.- Agentes de inculturación.-
En la realidad boliviana, es importante que la Iglesia respete la cultura propia de las personas con
las que trabaja. En esta tarea, los diáconos permanentes tienen un lugar esencial. Los diáconos ru-
Un servidor permanente 5
rales, por ejemplo, son especialistas no solamente de la religión cristiana, sino también de su propia
cultura y religión. Conocen las costumbres de su pueblo y participan en ellas. De esta manera,
mantienen un continuo diálogo intercultural. En su trabajo pastoral y sus liturgias cristianas buscan
el acercamiento a la fe, la cosmovisión y hasta las creencias de sus vecinos y comunarios.
Su papel en la comunidad se asemeja al rol de una autoridad originaria o tradicional. Esto significa
que deben considerar su ministerio como un servicio a la comunidad y que deben integrarse al
consejo de autoridades. Durante el período de formación se busca el aval de la comunidad y de sus
autoridades al deseo del candidato o mejor todavía, su elección.
Los diáconos urbanos, por su parte, deben respetar las diversas culturas de su ciudad, en primer
lugar los elementos culturales de los migrantes del campo y la religiosidad popular. Así los diáco-
nos permanentes del campo y de la ciudad colaboran a desarrollar un rostro más auténtico e incul-
turado de la Iglesia Católica. Su vida entre el ministerio y la familia, entre el orden sagrado y el tra-
bajo profesional propicia este rol protagónico en el diálogo intercultural. Los diáconos son exper-
tos en su cultura y en la religión cristiana. Son, por esto, verdaderos agentes de inculturación.
2.- Agentes de cambio.-
Los diáconos permanentes colaboran con los laicos y con todas las personas de buena voluntad en
la construcción de una sociedad más justa, equitativa y democrática. Buscan el cambio de este
mundo en todo lo que está contrario al Reino de Dios para crear un mundo más acorde a lo que
Dios quiere para él. Esta verdad general se hace más concreta y profunda en la realidad boliviana
de hoy, que está marcada por la injusticia, la violencia y la explotación.
Esto significa que la labor del diácono permanente boliviano no está destinada en primer lugar a la
sustitución de los sacerdotes en la liturgia, sino al servicio (diaconía) del Pueblo de Dios. De esta
manera, ellos pueden ser la expresión viva de la Opción por los Pobres de la Iglesia Católica. Se in-
sertan en el trabajo social de la Iglesia, se acercan a los pobres de su área de trabajo, buscan la
unión de las organizaciones populares y participan en sus demandas y reclamos justos.
Este trabajo es prioritario para los diáconos permanentes, y no tanto el servicio litúrgico y de en-
señanza. Los diáconos deben forjar una identidad de servidores del pueblo, de amigos de los po-
bres, de defensores de la vida y de luchadores por la justicia. Por lo tanto, los diáconos deben in-
sertarse en el mundo de los más pobres, marginados y abandonados.
3.- Agentes de una Iglesia servidora.-
Los diáconos expresan con su ministerio la actitud servidora de la Iglesia. Al igual que los demás
ministros del Pueblo de Dios, no existen para mandar, sino para servir. Como viven más cerca de
la realidad social de los laicos, deben respetarlos más y deben tomar en cuenta sus problemas re-
ales y sus necesidades. Su pastoral atiende por ello estas necesidades reales, y no tanto un currículo
de servicios pastorales que hay que cumplir. Siempre estarán preguntando y buscando, cuál es la si-
tuación actual que más necesita el apoyo y el servicio de ellos.
Así serán testigos y ejemplos de una Iglesia servidora. Una Iglesia, que no busca el propio bien, si-
no el de la humanidad. Una Iglesia, que se hace obediente al mandato del Señor y busca “primero
el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33) y no se pierde en las ansias de poder, de lucro y de osten-
tación.
4.- Agentes de una Iglesia renovada.-
El Concilio Vaticano II restituyó el ministerio del diaconado permanente al mismo tiempo de en-
señar que la Iglesia es el Pueblo de Dios. Los diáconos son, por lo tanto, representantes y expre-
6 Un servidor permanente
sión de una imagen renovada de la Iglesia. Si el Pueblo de Dios está presente en todo el mundo, en
las familias, en la educación, en los trabajos profesionales, en las organizaciones populares, el diá-
cono está ahí mismo.
Si está casado, tiene familia y ejerce una profesión civil, el diácono demuestra con su vida diaria,
que la cotidianidad es un lugar privilegiado del encuentro con Dios. Si asume su vida familiar y
profesional como parte de su ministerio, contribuye a la superación del abismo entre fe y vida,
Iglesia y mundo. Él puede demostrar en persona propia que es la vida de este mundo la que nos
puede llevar o no a la vida del mundo que estamos esperando.
El diácono permanente ofrece de esta manera un ejemplo de vida para la Iglesia y para el mundo.
Es representante, dentro del orden sagrado, de todo lo que se consideraba “profano”, y consagra
al mismo tiempo por su presencia y por su misión todo lo que le toca vivir en el mundo aparente-
mente fuera de la Iglesia.
La restitución del diaconado permanente por el Concilio Vaticano Segundo era parte de un proce-
so de renovación de la Iglesia Católica. Los diáconos, por lo tanto, serán testigos y agentes de una
Iglesia renovada. El diaconado permanente es algo nuevo en la Iglesia Católica. Los diáconos no
son ni “minicuras” ni “supercuras”, ni laicos clericalizados, ni laicos premiados, sino son signos de
una Iglesia renovada, al servicio del reino, al servicio del pueblo. La vida de fe y compromiso de
los diáconos puede ser un ejemplo tanto para los laicos como para los religiosos, sacerdotes y el
mismo obispo.
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Diáconos en el campo y en la
ciudad
Un tema relacionado con el diaconado que hay que tomar muy en cuenta para definir la identidad
de los diáconos permanentes en Bolivia es la diferencia que existe entre el perfil de un diácono ru-
ral y el de un diácono urbano.
Creo que el contexto vital es esencial cuando se habla del perfil de un ministerio eclesiástico como
es el caso del diaconado permanente. Por esto distinguiré en este capítulo entre diáconos en la ciu-
dad y diáconos en el campo. El objetivo no consiste en crear una separación entre los hermanos
de un sólo ministerio o establecer de esta manera un diaconado en dos clases, sino iluminar más
concretamente la identidad de uno y otro representante del diaconado. Ciertamente, ambas formas
del diaconado no solamente se complementan, sino un diácono puede asumir características de
una y otra forma, según el contexto concreto que está viviendo. Además, la realidad actual, en es-
pecial el fenómeno de la migración, muchas veces provoca el cambio de un diácono rural a la ciu-
dad y también viceversa. De todas maneras, es importante reconocer las diferencias no tanto ge-
ográficas sino ante todo culturales entre ambas formas del diaconado permanente en Bolivia.
Diáconos rurales.-
La primera característica de los diáconos rurales es que ellos son casi exclusivamente catequistas
antiguos. De esta manera, traen mucha experiencia y mucho compromiso para su nuevo servicio.
Si no lo son todavía, como diáconos pueden llegar a ser líderes en su comunidad o hasta en su zo-
na. Ellos son representantes de una pastoral rural renovada, porque promueven una Iglesia incul-
turada y llevan a cabo el diálogo intercultural. Ayudan a profundizar y a extender la presencia de la
Iglesia Católica en las áreas rurales. Aumentan en los laicos campesinos la conciencia de ser Iglesia.
De esta manera, además, defienden a la población del trabajo destructor de las sectas.
En una parroquia sin párroco o en una zona de una parroquia grande, el diácono puede ser el res-
ponsable principal de toda la pastoral. También puede ser el encargado del trabajo social en el
campo y de proyectos de desarrollo integral de la parroquia. Puede colaborar con las organizacio-
nes campesinas e indígenas y para el desarrollo de los pueblos originarios, en la salud, la educación,
la agricultura y muchos aspectos más.
En el campo existe el peligro de abandono y falta de seguimiento de los diáconos permanentes,
más que todo por el posible cambio de párroco. Puede darse también, en casos aislados, un sacra-
mentalismo extremo. Un problema puede ser la disponibilidad de la infraestructura de la parroquia
para el diácono (movilidad, teléfono etc.). Otro problema, que sin embargo también puede conver-
tirse en una oportunidad, es el de la migración a la que el diácono puede verse obligado.
Diáconos urbanos.-
A diferencia del diácono rural, el diácono urbano tendrá sus características propias. Mayormente,
los candidatos al diaconado de los diferentes centros urbanos, tienen un mayor grado de educación
8 Un servidor permanente
formal y pueden ser profesionales. Por lo tanto, se les puede exigir una formación más académica
y más formal. Deberá ser más fácil el acompañamiento de los diáconos y candidatos urbanos, por
la disponibilidad de comunicación e infraestructura.
Los diáconos urbanos pueden desempeñar tareas a nivel diocesano o regional, también en la pas-
toral especial, pueden hacerse cargo de la Pastoral Social a nivel parroquial y buscar la colaboración
con las juntas vecinales y escolares, o también colaborar con los puestos de salud. Ellos pueden
responsabilizarse de la organización de los pobres de la parroquia. A nivel pastoral, ayudan a la
concientización, organización y formación de los laicos de su parroquia y ciudad.
Por lo general, disponen de menos tiempo para la formación y el trabajo, por las obligaciones la-
borales. Existe, en los candidatos y diáconos urbanos, mayor peligro de sacramentalismo, y según
nuestras experiencias, también mayor afinidad personal a la liturgia y los sacramentos.
En todo caso, existe la necesidad de los diáconos permanentes en ambos sectores pastorales. Son
papeles y funciones diferentes, y – como también la cultura de los candidatos es muy diferente –
serán diáconos diferentes. Pero hay que cuidar del peligro de que se puedan desarrollar dos grupos
separados de diáconos en una sola jurisdicción eclesial. Por esto es importante, que candidatos y
diáconos de las áreas rural y urbano se reúnan por lo menos una vez al año.
9
Diákonos = Servidor
La palabra griega “diákonos” significa, literalmente traducida, “servidor”. En el pueblo griego, en
la época en la que se formó la primitiva Iglesia, se designaban con esta palabra las personas que
tenían algún cargo en sus sociedades, federaciones y organizaciones. Si actualmente llamamos a las
personas que desempeñan los cargos, por ejemplo en un sindicato, “secretarios”, algo parecido
pasó en la antigüedad con la palabra “diákonos”.
Los primeros cristianos no escogían solamente por casualidad o conveniencia esta palabra para de-
signar a las personas que tenían un cargo en la Iglesia. Para ellos, el título era un programa: El diá-
cono es un servidor como Cristo. Jesús había dicho: “Cualquiera que quiera ser grande entre uste-
des será el servidor de ustedes.” (Mt 20,26) y también: “El Hijo del Hombre no vino para ser ser-
vido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mc 10,45)
El cargo en la Iglesia es, por lo tanto, un servicio. Quien quiere ser diácono, tiene que prepararse a
servir a los demás. De la misma manera, los que son catequistas, profesores, sacerdotes u obispos,
no lo son para valer más o para tener más poder o prestigio, sino para servir más. Si esto vale para
todo cargo, para el diácono vale todavía mucho más, porque el diácono es, como dicen los obispos
latinoamericanos en la conferencia de Puebla, “signo sacramental del ‘Cristo Siervo’” (P 697).
Para no dejar lugar a confusiones: Muchas veces todavía se piensa y se escucha que el diácono es
una ayuda al párroco. La idea del diácono-servidor no es esta. Si el diácono es una imagen y un sa-
cramento del siervo Jesucristo, no se lo debe considerar como un servidor al obispo o al sacerdote.
Es un servidor del Pueblo de Dios y de los pobres. Considerarlo como un servidor del párroco, es
abusar del diácono, porque la misión y las tareas del diácono son otras, y no existe para suplirle o
para ayudarle al sacerdote. El diácono no está subordinado al sacerdote, como en un ejército el
mayor es el subalterno del coronel. Al contrario, los dos ministerios eclesiales tienen que servir de
manera fraternal e igualitaria al Pueblo de Dios.
Las viejas esquemas de una Iglesia como jerarquía, en la que existen unas cuantas personas arriba,
como el Papa, los cardenales y los obispos, y otra gente por abajo, en primer lugar la gran mayoría
de los laicos, sugerían la idea de que en la Iglesia uno podía ascender como en el ejército, y de una
manera igual como en la jerarquía militar, se debía obedecer y servir hacia arriba y mandar (y hasta
maltratar) hacia abajo. La Iglesia que quiso Jesús, y la Iglesia que nos fue enseñada por el Concilio
Vaticano II no es así. Es una comunidad de servidores. Toda la Iglesia no sirve a un fin propio o a
si misma, sino a la humanidad. Y dentro de la Iglesia, los que tienen un cargo, tienen que servir a
los laicos para desarrollar su fe dentro de su vida. (CatIC 1547)
El siguiente esquema trata de explicar este asunto: Aparentemente se ha invertido el orden jerár-
quico acostumbrado. Los que se consideran habitualmente como “arriba”, de hecho, tienen que
estar abajo, y el que asume un cargo en la Iglesia, aunque aparezca insignificante, deberá conside-
rarse menos que los demás. Además, se nota que los diáconos y ministros y ministras laicales no
son servidores del párroco, sino – a la par de él – servidores del pueblo.
10 Un servidor permanente
REINO DE DIOS
Transformación de la humanidad
PUEBLO DE DIOS
Los laicos
Sacer- Diáco- Reli- Ministerios
dotes nos giosos Laicales
Obispo
De esta manera, el conjunto de servidores y servidoras de la Iglesia podrá poner en práctica el con-
sejo del Apóstol Pablo de imitar a Jesús, quien “no consideró el ser igual a Dios como algo a qué
aferrarse; sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los
hombres” (Fil 2,6-7). Quiere decir, que quien será diácono permanente, no subirá de categoría, si-
no tendrá que prepararse a bajar.
Como el viejo esquema de la Iglesia todavía no se ha perdido del todo, existe la tentación no sola-
mente para el mismo diácono, sino también para los laicos y para los sacerdotes, de valorar al diá-
cono como si fuera algo más que sus hermanos laicos – y algo menos que sus hermanos sacerdo-
tes. Es preciso tener mucho cuidado con este problema. Y es preciso conscientizar a todos – a los
candidatos al diaconado, a sus párrocos y a los laicos en las comunidades y parroquias – que el diá-
cono sirve para servir al pueblo, y no para servirle al párroco, ni mucho menos para hacerse servir.
Si poco a poco se puede desarrollar esta conciencia, no se necesitará tener miedo a la mal llamada y
muy temida “clericalización” de los diáconos permanentes. En una Iglesia que comprende su mi-
sión como un servicio a la humanidad, y en la que los sacerdotes no son clericales y los laicos han
asumido su mayoría de edad, los que pertenecen al clero como los diáconos buscarán destacarse
como servidores y ayudantes de la fe y de la vida del pueblo. No les importarán los signos de os-
tentación que puedan manejar y el prestigio que puedan ganar, sino el servicio que pueden hacer a
la construcción del Reino de Dios.
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Servidores de su familia
Desde que se reinstauró el ministerio del diaconado permanente en la Iglesia Católica, su principal
característica es el hecho que lo pueden ejercer personas casadas. Mientras los demás ministerios
ordenados son restringidos a varones no casados, mientras las órdenes religiosas todavía gozan de
mucho prestigio y buena aceptación por su vida célibe dedicada a los demás y después de un largo
período en el que el matrimonio se consideraba un obstáculo antes que un valor para la vida espiri-
tual, los diáconos permanentes dan testimonio de la unión entre la vida familiar y la vida religiosa,
entre las vocaciones al servicio eclesial y al matrimonio y entre los sacramentos del orden y del ma-
trimonio.
En muchos casos, sin embargo, este testimonio es sumamente difícil. No pocas veces, la familia
parece ser un estorbo a la práctica pastoral, y el trabajo al interior de la Iglesia se manifiesta como
si fuera contrario a la vida matrimonial. Mientras los párrocos muchas veces no quieren entender
(o quizá no lo pueden, como les falta la experiencia correspondiente), que se precisa la presencia y
la atención del padre y esposo en la familia, y éste no puede estar a tiempo completo a disposición
de la parroquia, asimismo las familias exigen del diácono que asume su responsabilidad como es-
poso y como padre. El diácono se siente jalado de un lado a otro y, como no quiere decepcionar a
nadie, empieza a hacer las cosas a medias. En muchos casos, lastimosamente, llega a descuidar la
familia.
Existe un error fundamental en estas posturas. La vida familiar del diácono es parte de su ministe-
rio. No se puede exigir del diácono que abandone la familia para dedicarse más al servicio, y él
mismo no puede pensar que asumiendo su responsabilidad como padre de familia relegaría su vo-
cación ministerial. Para el diácono casado, no se excluyen, sino se condicionan mutuamente los
dos sacramentos. Uno sirve para fortalecer el otro. Los obispos latinoamericanos hablan por tanto
de la “doble sacramentalidad” (SD 77) del diácono permanente.
En el caso del diácono casado, el matrimonio como sacramento es anterior al sacramento del or-
den. No se ordena a una persona cualquiera, sino a una persona ya marcada con un vínculo sacra-
mental de por vida. El nuevo sacramento no puede anular el anterior. Ambos sacramentos son
obra del mismo Espíritu Santo, y éste no puede borrar con el codo lo que escribió con la mano. Al
contrario, a través de la ordenación diaconal, fortalece y profundiza el sacramento del matrimonio.
El diácono permanente, por lo tanto, tiene que constituirse en primer lugar en el diácono y servi-
dor de su propia familia. Tiene que desempeñar su ministerio dentro de la familia y para ella. Si
asume su responsabilidad como padre y como esposo, está asumiendo su compromiso diaconal.
Lo hará no en primer lugar con la educación y enseñanza religiosa de sus hijos, sino con el testi-
monio de vida. Este testimonio es importante, porque un diácono que da un falso testimonio de-
ntro de su propia familia alejará a sus hijos y quizás a la misma esposa de la Iglesia y del mensaje de
Jesús. Si el padre de familia, desde que anda con la Iglesia, se vuelve una persona distinta, extraña e
indiferente a la familia, entonces los hijos y la esposa dirán, que algo estaría mal con esta Iglesia. Y
tendrían razón.
Si el diácono abandona la familia para dedicarse a la pastoral, hace más mal que bien. Además, da
un contra-testimonio a la gente de toda la parroquia. Si no atiende bien a su familia, ¿cómo puede
12 Un servidor permanente
instruir a las parejas cuyo casamiento va a bendecir? Si maltrata a sus hijos, ¿qué ejemplo puede dar
a los padres de familia que le traen sus hijos para que los bautice? De esta manera, no contribuye a
la pastoral de la parroquia, aunque quizás invierta mucho tiempo en ella. Se convierte más bien en
un obstáculo para la construcción del Reino de Dios.
Por esto es importante que se perciba la importancia del matrimonio para el ejercicio del diacona-
do permanente. El diácono casado es un ministro diferente del sacerdote o diácono célibe. Refuta
en persona propia la separación entre la vida seglar y la vida religiosa que todavía se puede encon-
trar en ámbitos eclesiales. Muestra la importancia que tienen la amistad, el amor, la sexualidad, la
educación, la ayuda mutua, el compartir, el trabajo profesional, la lucha por la sobrevivencia, las
alegrías y penas diarias y tantas otras cosas “mundanas” para la salvación, y al mismo tiempo,
cumple con la tarea de inventarse cada día, pasito por pasito, las realizaciones concretas de la fe en
Jesús que lo ha impulsado a ser diácono permanente.
El diácono casado debe apreciar, por lo tanto, el sacramento del matrimonio como otra forma, y
quizás la primera, de realizar su vocación. El matrimonio es vocación de Dios, es seguimiento de
Jesús y es don del Espíritu Santo. A través de este sacramento nos santificamos y santificamos al
mundo. A través del matrimonio y de la vida familiar Dios nos hace partícipes de su amor y nos
convierte en constructores de la nueva humanidad. No debemos caer en la vieja trampa de consi-
derar solamente la vocación al celibato o el trabajo expresamente pastoral como caminos del se-
guimiento de Jesús. No sin motivo la Iglesia aprecia al matrimonio como uno de los siete sacra-
mentos, al igual que la ordenación, y no en un grado inferior, sino igual.
La Iglesia está en todas partes, y el seguimiento de Jesús lo realizamos donde sea: dentro del tem-
plo y fuera de él. Ciertamente, el diácono, ante todo el recién ordenado, tenderá a valorar el trabajo
pastoral como algo más importante, pero al fin y al cabo, es solamente una tarea más dentro de su
ministerio. Su vida familiar quizá es la tarea más importante que tiene. Por esto tiene que respetar
las legítimas obligaciones e intereses también de los demás en la familia: La escuela de los hijos, la
junta vecinal, los vecinos, compadres y amigos, los parientes, también los de la esposa, su trabajo
profesional y también el de la esposa. Todo esto no es algo menos importante o aún un estorbo
para su diaconado, sino es su ministerio, y encontrará a Dios en todo esto, de la misma manera
como en el trabajo pastoral.
Ciertamente, el hecho de que el padre de familia sea diácono trae también algunos problemas para
la vida familiar. Ante todo la esposa y los hijos son objetos de calumnias y susceptibilidades. Se les
trata como algo fuero de lo normal, la vida familiar es observada y criticada por los demás. Es ne-
cesario, por lo tanto, que toda la familia del diácono no solamente dé su consentimiento a la orde-
nación, sino que sea también parte de la formación y del seguimiento. Es preciso tomar en serio
las preocupaciones y los problemas de los familiares del diácono, ya que él no es ordenado sin
más, sino como miembro de una familia y como parte de un matrimonio sacramental. Si la orde-
nación diaconal influye de manera decisiva en la vida familiar, de la misma manera la familia del
diácono tendrá una influencia concreta e importante sobre el ministerio que éste ejerce.
13
Servidores de la sociedad
El diácono permanente no es un ser de otro mundo. Al contrario, es una persona enraizada en una
cultura, parte de una sociedad, ciudadano de un país y un eslabón de la cadena económica. Como
representante de la Iglesia Católica tiene la tarea de vivir su compromiso y su ministerio en todas
estas áreas.
A veces puede existir la tentación de pensar que el diácono ya es una persona demasiado religiosa
para meterse en los asuntos terrenales. Lo contrario es el caso. “El cristiano que falta a sus obliga-
ciones temporales – dice el Concilio Vaticano II – falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre
todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación.” (GS 43) Si esto vale
para todo cristiano, vale con mayor razón para el diácono permanente quien es en su persona un
ejemplo de la unión entre fe y vida, entre la Iglesia y el mundo.
Por esto, parte de la misión del diácono permanente es su vida entre sus contemporáneos. Dentro
de su trabajo, dentro de su vecindario, dentro de su ciudad y su país, él tiene que ser fermento en
la masa (Mt 11,33). De ninguna manera debe descuidar sus responsabilidades civiles y temporales.
Por una parte, en su ejercicio de estas responsabilidades, dará el testimonio de vida, el “testimonio
sin palabras” (EN 21) del que habla Pablo VI. Las palabras serán de los demás, cuando juzgan al
diácono (y con él a la Iglesia) según la manera como toma en serio sus responsabilidades cívicas y
profesionales o no. “¿Por qué es así? ¿Por qué vive de esa manera? ¿Qué es o quién es el que lo
inspira? ¿Por qué está con nosotros?” (EN 21) Este testimonio puede ser positivo e inspirador, pe-
ro también puede ser tan malo que al final de cuentas la gente dice que no quiere saber nada más
de la Iglesia, si sus representantes son así.
En segundo lugar, dentro de las instituciones y organizaciones civiles, sindicales y políticas, el diá-
cono permanente debe vivir su ministerio de manera que estas instancias pueden ser fecundadas
por el espíritu de Jesús. El servicio a los pobres, que es la tarea principal del diácono, no se realiza
solamente dentro del templo. De ninguna manera. Quizá es incluso más importante, que el diáco-
no se dedique a trabajar en la educación, en la salud, en los medios de comunicación e incluso en
los sindicatos, juntas y federaciones. ¡Cuánto se puede y se debe hacer por los pobres en estos y en
otros ámbitos! El diácono no debe tener miedo de faltarle a su ministerio o a sus tareas eclesiales
cuando se mete en los problemas terrenales. Por lo contrario, debe estar seguro de encontrarse
con el Dios que lo ha consagrado y que nos dejó la seguridad de que “lo que hicieron a uno de es-
tos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25,40).
En todo este tema, pero ante todo cuando entramos al área de la política partidaria, es preciso te-
ner mucho cuidado. Es que – al menos en Bolivia – muchas organizaciones políticas, pero también
a veces sindicales y hasta vecinales tienen estructuras e ideologías internas muy fuertes que no de-
jan lugar al desarrollo de las propias convicciones. Alguien puede empezar a trabajar en una de es-
tas organizaciones, convencido de que de esta manera puede ayudar a los pobres de la mejor ma-
nera, y termina en medio de la corrupción, del nepotismo y de la delincuencia. Por esto es impor-
tante, no dejarse llevar con las corrientes, sino mantenerse fiel a sus propios compromisos. En al-
gunos casos, será imposible continuar con este compromiso dentro de una cierta organización, pa-
ra no dejarse corromper.
14 Un servidor permanente
Por esto, por lo general, un diácono debe evitar la militancia política, aunque puede haber excep-
ciones. Pero en todo caso, puede acompañar a los laicos que militan y que tratan de cambiar y me-
jorar un partido político desde dentro. Asimismo, el diácono puede y debe dar su opinión en tiem-
pos de elecciones. Si por miedo a la política nos alejamos totalmente de ella, faltamos a una de las
tareas más importantes de nuestra misión: “colaborar en la edificación de este mundo” (GS 21), lo
que no se puede hacer automarginándose de la política.
Es preciso que el diácono tome en serio sus compromisos como ciudadano. En primer lugar en su
propio trabajo, pero también en su comunidad y su barrio, entre vecinos y compadres, familiares y
amigos, en organizaciones e instituciones, en el colegio de sus hijos y en el hospital de su zona, él
debe estar presente con su misión y con su fe para tratar de poner en práctica cuanto cree y cuanto
puede ayudar a este mundo a asemejarse cada vez más al Reino de Dios.
Incluso puede asumir cargos y responsabilidades civiles. Para un diácono rural, es obvio que debe
desempeñarse como corregidor, curaca, mayor y cuanto otro servicio puede haber en su comuni-
dad. Pero también el diácono urbano puede ser elegido para la junta escolar, la junta vecinal o para
algún cargo en su sindicato o federación. La única condición sería que en el desempeño de este
cargo el diácono siempre tendrá que tomar en serio su compromiso cristiano y su misión como
representante ordenado de la Iglesia Católica. De esta manera dará testimonio de su fe y contri-
buirá a la construcción de este mundo.
15
Servidores de su cultura
El diácono permanente, ante todo el que vive y trabaja en el área rural, está en permanente contac-
to con la cultura del pueblo. Su vida de comunario, de originario y de padre de familia le pone en
relación con los lazos culturales que unen a las personas. La cultura no solamente es el idioma, la
vestimenta y las costumbres. Es toda una manera de convivir con la naturaleza, de realizar el traba-
jo, de relacionarse entre personas, de percibir la realidad y de tomar contacto con Dios.
Lo mismo vale para el diácono urbano. En la ciudad, está inmerso en una variedad de culturas que
se complementan, interpelan y también oprimen mutuamente. El diácono no debe, y mucho me-
nos puede escaparse de esta realidad. Su misión es vivir su diaconado dentro de su cultura, respe-
tando las culturas de los demás y tratando de vivir el mensaje de Jesús de una manera inculturada.
Las relaciones entre diaconado y cultura empiezan por el mismo acto de selección de los candida-
tos. En la cultura andina, no es asunto de uno solo si quiere asumir una responsabilidad o un car-
go. En esto interviene la comunidad. Es cierto que existen autoridades perennes y por vocación,
como los janpiris, yatiris, parteras y otros. Sin embargo, aún ellos aprenden su oficio de otra per-
sona que los puede aceptar o rechazar, y la comunidad entera puede acudir a ellos o dejar de hacer-
lo. Por ello, es importante que la asamblea de la comunidad de un candidato al diaconado sea con-
sultada para escuchar si los vecinos están de acuerdo. Mejor aún sería si la comunidad elige al can-
didato. De esta manera él tendría la seguridad de que lo aceptarán posteriormente cuando sea or-
denado (ver M 33 y P 716).
El diácono permanente, igual que todos los agentes de pastoral, debe entender que su propia cul-
tura o la cultura, dentro de la que trabaja, ya es cristiana. El diácono no viene a cristianizar, sino a
profundizar el sentido de Dios que la cultura ya posee. La Religiosidad Popular, las fiestas, las cre-
encias y costumbres ya son cristianos desde antes. Si no respetamos este hecho, estaremos en la
tentación de formar comunidades separadas o incluso sectas católicas dentro de las comunidades
originarias y campesinas que desde siempre se han considerado cristianas y católicas. El diácono
debe recordar, además, que Dios ya está presente en las culturas originarias de nuestro país. No
llegará recién con el trabajo pastoral que el diácono puede realizar, no llegó tampoco hace quinien-
tos años, cuando llegó la Biblia. Dios siempre estaba presente con su pueblo, y la cultura originaria
es la manera cómo este pueblo supo contestar a la presencia de Dios en medio de ellos. Es el mo-
do de relacionarse con Dios que él mismo enseñó a los antepasados. Por esto, no se debe menos-
preciar las expresiones culturales de nuestros pueblos, por lo contrario es preciso reconocer la pre-
sencia de Dios dentro de ellas. Hay que vivir el diaconado permanente de acuerdo con la cultura,
como un servicio a ella.
Si entendemos el ministerio del diaconado permanente desde lo que es una autoridad en la cultura
andina, nos percatamos de que se debe entender como servicio. Las autoridades abusan de su po-
der si tratan de aprovecharse de su cargo, si quieren enriquecerse o si quieren dominar a la comu-
nidad. En este sentido, las autoridades originarias pueden ser un buen modelo para el diácono en
la cultura andina. Con la ordenación, no se convertirá en el dueño o el jefe de la comunidad, ni si-
quiera en los asuntos religiosos, y mucho menos en otros asuntos. Se convierte en su servidor. Se
establecerá igualmente en un servidor de las autoridades. Habiendo sido catequista por muchos
años, y siendo diácono de por vida, podrá caer en la tentación de creerse más importante que las
16 Un servidor permanente
autoridades elegidas por la comunidad. Los comunarios mismos pueden estar tentados de acudir
en algunos casos primero al diácono aunque le corresponda a la autoridad. En estos casos, el diá-
cono tendrá que desarrollar una espiritualidad humilde y de servicio, para apoyar a las autoridades
y para reforzar su papel de líderes de la comunidad. De ninguna manera el diácono puede aparecer
como el que no hace caso a las autoridades o el que divide la comunidad, lo que no quita su res-
ponsabilidad de criticar a las autoridades cuando sea necesario.
El diácono, por lo general, tiene que respetar las reglas y la manera de ver la vida de su cultura. Por
esto, como cualquier otro comunario, debe cumplir con sus deberes: participar en los trabajos co-
munales, las faenas, las mink’as y aynis; colaborar a las autoridades y hacer turno de autoridad
cuando le toca; participar y hasta tomar cierto protagonismo en los ritos y las costumbres de la
comunidad; enseñar a los demás el respeto a la Pachamama, a los achachilas, samiris, llallawas,
cumbreras y otros protectores; participar en las fiestas de la comunidad.
En todo esto tiene que vivir como buen ejemplo, respetando las costumbres y los valores de los
antepasados y tratando de profundizar y expresar cada vez mejor su propia cultura. Esto significa
también, que de vez en cuando tiene que criticar la manera de llevar adelante las costumbres de los
antepasados. En los casos que se ha oscurecido la tradición cultural, como es el caso cuando la
fiesta se ha convertido en pura borrachera o el ayni y el padrinazgo sirven solamente para explotar
a los demás. El buen ejemplo del diácono puede consistir en que trate de recuperar el sentido ori-
ginal de las costumbres o en que las fecunde con el mensaje cristiano.
La antigua práctica de la Iglesia Católica, la “extirpación de los ídolos”, pasó. Sin embargo, sus ves-
tigios permanecen en nuestras comunidades. Mucha gente piensa que la Iglesia está en contra de
los ritos, de las costumbres y de las creencias. Será tarea del diácono demostrar con su actitud que
ello ya no es así. Puede ser en algunos casos una tarea dura y difícil. Sin embargo, no es por ello
menos necesaria. El diácono, como forma parte de la cultura y parte “oficial” de la Iglesia Católica,
puede convertirse en el protagonista de la evangelización inculturada; puede buscar, junto con sus
compañeros campesinos y originarios, caminos de expresar la fe católica dentro de la cultura y reli-
gión andina y al revés, enriquecer la fe católica a través del diálogo con la cultura y religión andina.
El diácono, por lo tanto, debe tener un amor profundo a la propia cultura Si vive en la ciudad y es
de cultura mestiza, debe apreciar y valorar las varias culturas de los pobres en la ciudad: las culturas
ancestrales y la cultura y religión popular. Estas culturas y religiosidades o religiones son expresión
genuina de la fe de los pobres. De ninguna manera el diácono vendrá para “limpiar” o “purificar”
esta expresión. Está llamado a compartir la fe popular y a servirle. Esto vale también para todas las
expresiones de la religiosidad popular: fiestas, santuarios, sacramentos, romerías, vírgenes y santos.
Asumiendo estas expresiones de la fe del pueblo, el diácono no solamente podrá ser dentro de
ellas un factor de evangelización, sino que podrá ser evangelizado por el mismo pueblo.
Con todo, el diácono no es esclavo de la cultura. El presente nos exige tener fuerza y vitalidad cul-
tural y no mantener solamente lo heredado por los antepasados. Por esto, ante todo en el contacto
con los jóvenes, se trata de recrear la cultura y de mantenerla viva. Esta tarea le exige mucha crea-
tividad al diácono permanente, a la vez que será necesario mucho respeto a las formas culturales
tradicionales. Pero no sobrevivirá la cultura ancestral sin un diálogo vivo con la cultura moderna.
Por ello, el diácono está llamado no solamente a valorar y conservar la cultura, sino a vivirla y
transformarla en una cultura que puede ayudar a sus comunarios a vivir dignamente dentro de un
mundo amenazante y destructor.
17
Servidores de los pobres
El diácono es el “ojo de la Iglesia”, decía el texto que cité en el primer capítulo. El ojo, para ver a
las necesidades y problemas de la gente. Podríamos decir también, el oído, para escuchar sus penas
y tristezas, y la mano para ayudarles a levantarse. El diácono puede vivir en su propia persona lo
que dice el Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en general: “Alegrías y esperanzas, penas y angus-
tias de las personas de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez
alegrías y esperanzas, penas y angustias de los discípulos de Cristo.” (GS 1)
Por esto, el diácono no solamente tiene que ver los problemas y escuchar las penas de la gente.
Asimismo comparte sus alegrías, sus esperanzas y sus fiestas. Este es el sentido de la Opción por
los Pobres en la Iglesia Católica. Mucho más todavía, cuando el diácono es uno de estos pobres.
Entonces, él mismo tiene que optar por estos pobres compañeros suyos y hacerse de nuevo uno
de ellos, es más, convertirse en su servidor. El diaconado no es una magia que nos puede sacar del
mundo de los pobres, sino un compromiso que nos induce a acercarnos más a el, con sus alegrías
y con sus penas. La ordenación diaconal no es un instrumento para el ascenso social, sino por lo
contrario significa un descenso espiritual: convertirse en el servidor de los más pobres.
En la espiritualidad del diácono tiene que haber un profundo amor hacia los pobres. No, cierta-
mente, hacia la pobreza, porque ella tiene, en Bolivia como en muchos otros países, un rostro in-
humano y cruel. Pero sí, amor a los pobres y su manera de vivir. Si el diácono no es, originalmente,
de los estratos pobres de la sociedad, tiene que asumir la actitud de la encarnación: hacerse presen-
te en el mundo y en la realidad de los pobres. Y no solamente es hacerse presente, sino asumir, de-
fender y llegar a amar esta realidad. Entonces le será fácil ser ojo, oído y mano en este mundo de
los pobres.
Esto implica una fuerte actitud de rechazo frente a los racismos, el machismo y tantas otras formas
de soberbia que encontramos a menudo en nuestra sociedad. Por lo contrario, hay que exhibir ac-
tivamente, quiénes son los preferidos por Dios. Asimismo, hay que rechazar toda actitud de lucro,
de ambición y de ostentación. En la relación con los pobres, el diácono tiene que vivir una actitud
de humildad, de sencillez y de sinceridad.
Además, la Opción por los Pobres implica darles la palabra a los pobres. No es una mera actitud
“hacia” otros, sino es una espiritualidad que busca la autoestima, la dignidad y la independencia de
los pobres. Trabajando con los pobres, el diácono intentará ayudarles a autogestionarse, a inde-
pendizarse y a organizarse bien para defender y conseguir sus derechos.
Concretamente, el trabajo con los pobres significa, que el diácono debe estar atento a las personas
que necesitan ayuda en su comunidad, barrio o parroquia. No siempre tiene que ser él quien presta
la ayuda. Más importante será organizar a las demás personas para que los pobres puedan tener la
ayuda que necesitan. Los vecinos, las autoridades, el párroco, laicos con voluntad en la parroquia,
hasta profesionales de alguna institución pueden prestar sus servicios a los que necesitan ayuda. En
algunos casos, puede ser el diácono el que impulsa o organiza un proyecto de desarrollo. La res-
ponsabilidad del diácono es vigilar para que la comunidad humana no pase por alto las necesidades
y los derechos de los pobres.
Pero el servicio que el diácono puede prestar a los pobres no es meramente asistencialista. Su me-
jor servicio puede ser que crea en ellos y les ayuda a tener confianza en si mismos. Siendo un re-
18 Un servidor permanente
presentante de la Iglesia en medio de ellos, les puede ayudar a entender que Dios está cerca de
ellos y les ayuda a superar sus problemas. Compartiendo su cultura, les hará ver que Dios está des-
de siempre presente en su medio y les quiere dar fuerza para la vida. Participando de sus alegrías
les dará la certeza de que la verdadera esperanza no está en las cosas materiales de las que carecen.
Impulsando y acompañando sus luchas, les puede infundir la esperanza de que Dios quiere la li-
bertad, la justicia y la paz para todos sus hijos.
La Opción por los Pobres implica, además, la crítica profética a los ricos. El ser rico no es malo en
sí, pero en América Latina muchas veces implica que los ricos son ricos, porque explotan a los
demás. El anuncio de la Palabra de Dios muchas veces conlleva la denuncia de los obstáculos al re-
ino. En ciertos casos, esta denuncia puede ser peligrosa para el diácono. Entonces será sumamente
importante, que tenga el pleno respaldo de los demás representantes de la Iglesia Católica, de los
diáconos, sacerdotes, el obispo y los laicos. Ser diácono no significa buscar el martirio, sino buscar
la vida en plenitud para los demás.
19
Representando la Iglesia
Puede sorprender por qué exista un capítulo aparte dedicado al tema de la Iglesia, si todo lo que se
expuso en los últimos capítulos – familia, sociedad, cultura, pobreza... – es parte de la Iglesia y par-
te del ministerio diaconal. Puede sorprender asimismo, por qué recién cuando se llega al final del
folleto se esté empezando a comentar las tareas “más propias” del diácono. La verdad es que con-
sidero que las tareas enumeradas hasta ahora como “más propias” del diácono que lo que ex-
pondré en este capítulo. Y le puse por título “Representando la Iglesia”, porque es ante todo en es-
tas tareas que se le reconoce al diácono como un representante formal de ella.
En primer lugar, el diácono es el responsable del trabajo social de la Iglesia. Es su tarea preocupar-
se por los pobres que viven en la parroquia, sean católicos o no. Puede hacer visitas a sus casas y
acompañarlos, puede organizar proyectos para ellos y asesorar sus organizaciones. Debe ver, junto
con todos los responsables de la parroquia, quiénes son los que más necesitan la ayuda de la Iglesia
Católica.
En segundo lugar, también apoya el anuncio de la Palabra de Dios en la parroquia. Puede ser el
responsable de la catequesis y de la formación de los catequistas, puede organizar y realizar cursos
de formación, puede trabajar en los medios de comunicación de la Iglesia Católica. Pronuncia la
homilía en sus propias celebraciones y quizás en algunas misas del párroco.
En tercer lugar, sirve a la unidad y a la conducción de la parroquia, ayudando a conformar grupos
juveniles y otros y formando a sus líderes, participando en la responsabilidad del equipo pastoral y
del consejo parroquial. En algunos casos, puede ser incluso el responsable de una parroquia que
no tenga un párroco propio, con toda la autoridad para administrar los recursos económicos de la
parroquia.
En cuarto lugar quiero mencionar lo que muchas veces se considera la única tarea del diácono
permanente: el servicio litúrgico. El diácono puede celebrar los sacramentos del bautismo y del
matrimonio, ayuda con un rol específico en las misas, realiza celebraciones de la palabra donde y
cuando no llega el sacerdote y visita las casas de los difuntos para las vigilias. Lastimosamente, en
muchos casos llega a remplazar a los catequistas y otros laicos que pueden asumir muchas de estas
tareas. No es su función. El diácono como servidor debe vigilar cuidadosamente para que no apar-
tar a los laicos de las tareas que ellos pueden asumir.
En cada caso, se buscará un perfil concreto para el trabajo del diácono en la parroquia. Pueden
existir también casos de diáconos que no trabajan a nivel parroquial, sino a nivel de zona o dióce-
sis, o con un trabajo específico, como en la educación, en la pastoral juvenil o dentro de una insti-
tución de la Iglesia.
Sea cual fuere este trabajo concreto del diácono, debe quedar claro que todo esto no es lo más
propio de su servicio. Quizás esto sea lo más sobresaliente y llamativo, pero lo importante de un
diácono es su vida cristiana concreta dentro de su realidad. Si vemos solamente sus tareas dentro
de la Iglesia, el diácono puede aparecer como un mero ayudante al párroco o como una mala copia
de él. Y no es así. El diácono tiene una vocación y misión propia y debe cumplir con ella.
Si el diácono se limita a realizar solamente lo que está escrito en este capítulo – o peor, sólo en el
último punto – y confunde estas tareas con su misión, contribuirá a difundir la imagen de una Igle-
sia que ya hemos pensado superada. El diácono puede más y de hecho, es más que esto. Dependerá
20 Un servidor permanente
de cada uno de los diáconos permanentes, si contribuye a una Iglesia nueva, con una imagen reno-
vada y más cercana al pueblo de los pobres.
Siendo una persona del pueblo, profesional y padre de familia, que puede vestir alba y estola, el
diácono contribuirá a una imagen más popular de la Iglesia. Ciertamente, en el comienzo la gente
se confundirá y dirá que “se ha hecho cura” o que es “el cura casado”. Con el tiempo, los mismos
laicos se darán cuenta que el diácono también es un representante de su propia vida civil, profe-
sional y familiar dentro de la jerarquía de la Iglesia Católica. Quizás esto contribuirá a que los laicos
se acerquen más a la estructura visible de la Iglesia y se den cuenta cada vez más de que ellos “no
solamente pertenecen a la Iglesia, sino que son la Iglesia” (CL 9).
Con todo, el diácono se puede convertir en un representante de la Iglesia importantísimo para los
lugares que más lo necesitan: “Hay situaciones y lugares, - dicen los obispos latinoamericanos en
Santo Domingo – principalmente en las zonas rurales alejadas y en las grandes áreas urbanas den-
samente pobladas, donde sólo a través del diácono se hace presente un ministro ordenado.” (SD
77) El diácono puede ser presencia de Iglesia en estos lugares que hace vislumbrar que todos los
bautizados, aun en lugares alejadas (no alejadas, ciertamente, de Dios...) son la Iglesia y pueden ce-
lebrar y realizar juntos las maravillas de Dios.
21
El problema de la economía del
diácono
Un problema fundamental de los diáconos permanentes en Bolivia es la economía. La regla es de
que el diácono debe vivir de su trabajo civil, si no se dedica a tiempo completo a la pastoral (CIC
281,3). Esta regla, sin embargo, no siempre se puede cumplir sin tropezar con problemas serios.
Por un lado, muchos diáconos provienen de los estratos pobres de la población, y por lo tanto, no
pocas veces, con su trabajo profesional o con su renta, pueden ganar exactamente lo suficiente pa-
ra la sobrevivencia de sus familias. Por esto, el trabajo pastoral, si aumenta mucho en tiempo, pue-
de perjudicar peligrosamente la economía familiar del diácono. Este problema es todavía mayor
para los diáconos del campo. Como ellos dedican mucho tiempo al trabajo pastoral, a veces no
disponen del tiempo suficiente para atender a los hijos y sus necesidades y a trabajar sus campos.
Por otra parte está el problema de lo que a veces se llama el sacramentalismo de los diáconos.
Existen en Bolivia experiencias muy dolorosas de un número muy reducido de diáconos perma-
nentes que se han dedicado al negocio de los sacramentos. En mi criterio, este problema nace de
una Iglesia todavía muy sacramentalista en la mayoría de sus miembros, de la falta de un acompa-
ñamiento serio a los diáconos de parte de los párrocos y de los responsables diocesanos y de una
concepción no muy clara todavía de lo que es la identidad del diacono en la Iglesia.
No son fáciles las soluciones y hay que seguir buscándolas. A veces, al tratar de solucionar un pro-
blema, se crea otro en un ámbito pastoral diferente, ya que el tema de la economía es un asunto
central para toda la pastoral de la Iglesia. No es un problema que solamente tiene que ver con los
diáconos permanentes, sino también con los laicos, los sacerdotes y los religiosos, con la adminis-
tración diocesana, con muchas costumbres tradicionales en la Iglesia y con la situación económica
de todo un pueblo. El sistema económico actual, en el que la mayor parte de los ingresos viene a
través de la práctica sacramental, siempre conlleva la tentación al sacramentalismo y la no gratifica-
ción del trabajo pastoral de los laicos y también de los diáconos permanentes. De esta manera, en
muchos casos, se llega a una desatención a los sectores pastorales que no generan ingresos inme-
diatos. Incluso para los diáconos permanentes, cuya identidad es el servicio de algunos sectores
pastorales muy marginados, esta situación se convierte en una tentación a abandonar sus propias
tareas y participar en la práctica sacramentalista y ritualista de otros agentes de pastoral.
El tema de los ingresos por los sacramentos es central cuando se habla de los diáconos permanen-
tes. Si no se discute abiertamente y con todos los implicados – obispo, sacerdotes, diáconos y lai-
cos – sobre este problema, siempre habrá descontento con el trabajo y hasta la presencia de los
diáconos permanentes. Es que este problema no es solamente de los diáconos permanentes. El
problema de la economía de la Iglesia es más amplio y es fundamental, porque la imagen de Iglesia
que se difunde a través de la práctica sacramental en muchas parroquias es pésima. Es un proble-
ma de la identidad de la Iglesia misma. Una Iglesia fiel al Concilio Vaticano II no buscará la estabi-
lidad de sus ingresos, sino el servicio a los pobres. No se centrará en la administración de los sa-
cramentos, sino en la construcción del Reino de Dios. No se preocupará por el sustento material
22 Un servidor permanente
de sus ministros, sino por el seguimiento de Jesús. Los diáconos permanentes que tratan de poner
en práctica la enseñanza del Concilio Vaticano II, no estarán en el peligro del sacramentalismo. Se
constituirán al contrario en sacramentos de una nueva práctica eclesial, de una nueva Iglesia que
será signo de esperanza para la humanidad entera.
23
Formación al diaconado
¿Cómo puede uno llegar a ser diácono permanente? La respuesta variará de diócesis en diócesis.
En primer lugar, no existen todavía en todas las diócesis de Bolivia cursos de formación al diaco-
nado permanente. Aunque la conferencia episcopal boliviana ya se ha pronunciado a favor de la
promoción del diaconado en todo el país, depende todavía de los obispos y demás responsables en
cada jurisdicción si se comienza con la formación.
Después, en cada diócesis los cursos de formación son un poco diferentes. Mayormente tienen la
duración de tres años que es sugerida a nivel mundial, y se llevan a cabo de forma semi presencial,
quiere decir en cursos y encuentros que acompañan la vida “normal” del candidato en su familia,
su trabajo y su parroquia.
Muchas veces, los candidatos deben llevar algún curso de teología a distancia, en el que se estudian
carpetas y temas en la propia casa y en forma periódica, los candidatos se reúnen para la evalua-
ción. En Potosí y en Cochabamba, se han establecido cursos especiales para candidatos rurales,
quienes no estudian la teología a distancia, sino en los cursos presenciales durante el año.
Sea como fuera, en todo caso los candidatos son formados en teología, para poder responder me-
jor a las necesidades de su futuro ministerio. Además tienen un acompañamiento pastoral por par-
te de sus párrocos y un acompañamiento espiritual durante el período de formación y – si es po-
sible – también después. La formación humana acompaña todo el proceso de preparación, para
ayudar a los candidatos a ser personas maduras y responsables. En diferentes etapas de la forma-
ción, los candidatos participan de retiros espirituales.
Hacia el final del ciclo de formación, los candidatos reciben, de la mano del obispo, los ministerios
del acolitado y lectorado, como último paso antes de la ordenación diaconal. Estos ministerios los
habilitarían para leer la lectura en las celebraciones y repartir la sagrada comunión – dos cosas que
mayormente a esta altura de la formación ya están practicando. Por esto, esta celebración de los
ministerios tiene más bien el carácter de una confirmación de su vocación y también de la publica-
ción de su voluntad de ser ordenado diácono.
La decisión si alguien es admitido a ser diácono permanente, depende en primer lugar del obispo y
de la comisión diocesana para el diaconado permanente que él designa. Pero también depende del
párroco del candidato, quien lo conoce mejor y puede opinar sobre su compromiso cristiano. En
las comunidades rurales, se busca el aval y el consentimiento de todos los comunarios, para que
después de la ordenación exista también una buena acogida y aceptación. Desde una perspectiva
de inculturación, los diáconos desempeñan un rol de autoridades en sus comunidades, y éstas tie-
nen las costumbres de decidir en asamblea sobre quiénes son sus autoridades. Finalmente, depen-
de desde luego del mismo candidato, su esposa y su familia. Mientras la esposa tiene que dar el
consentimiento por escrito, los hijos mayores también son consultados sobre la decisión del papá,
ya que esta decisión no depende únicamente de él, sino afectará en una medida no pequeña tam-
bién a la familia, así como ésta influye en el ejercicio del ministerio diaconal.
Las condiciones para un candidato al diaconado son por lo general: Tiene que ser varón, porque
todavía no se admiten – a nivel mundial – a las mujeres. Debe ser mayor de 30 años; puede ser ca-
sado, soltero o viudo, pero no divorciado. Si no está casado en el momento de ordenarse, tendrá
que prometer el celibato y no podrá casarse en el futuro. Su profesión puede ser cualquiera, y hasta
24 Un servidor permanente
no puede tener profesión. Por lo general, se excluyen a los militares y policías en pleno ejercicio de
su servicio. Tiene que haber demostrado su compromiso pastoral durante algunos años, en su pa-
rroquia, en una institución o en un movimiento. Para poder participar en el curso de formación,
tiene que saber leer y escribir. Mayormente no se exigen otros requisitos de la educación formal.
En última instancia, cada candidato tiene que examinarse ante Dios y ante su conciencia, si real-
mente se siente llamado a desempeñar este servicio. Pueden haber múltiples motivos por qué a al-
guien le gustaría ser diácono. Lo importante es que lo haga con el deseo de servir más a su pueblo,
el pueblo de Dios y el pueblo de los pobres.
25
El diaconado en Bolivia
El detalle del número de diáconos permanentes en las diferentes jurisdicciones a comienzos del
año 2002 es el siguiente:
El Alto 21 Santa Cruz 4 La Paz 2
Cochabamba 16 Corocoro 3 Reyes 2
Coroico 6 Potosí 3 Ñuflo de Chávez 1
Oruro 4 Beni 2 Total en Bolivia 64
Quien quiere obtener más información sobre el diaconado permanente, puede dirigirse a las si-
guientes direcciones:
Directorio Nacional: Comisión Nacional:
Diác. José Iglesias (El Alto) P. Max Zeballos (CEB)
Casilla 4399 – La Paz Casilla 2309 – La Paz
02 281 0768, Cel. 7192 9714
correo-e:
[email protected]Cochabamba: El Alto:
P. Manfredo Rauh Lic. René Paricollo Serrano
CADECA – Quillacollo Casilla 12 495 – La Paz
Casilla 502 – Cochabamba correo-e: [email protected]
04 426 0280 Área urbana: P. José Fuentes
correo-e: [email protected] Parroquia “Jesús Obrero”
P. Rubén Orellana El Alto
Casilla 705 – Cochabamba Área rural: P. Pascual Limachi
Diác. José Rocabado Parroquia de Achacachi
04 426 2762
Potosí:
Lic. José Antonio Cordero Martínez
Centro Diocesano de Catequistas
Casilla 138 – Potosí
02 622 3385
correo-e: [email protected]
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Abreviaturas y siglas
AG Ad Gentes Decreto del Concilio Vaticano II sobre la actividad misionera de
la Iglesia (1965)
CatIC Catecismo de la Igle- Catecismo fundamental publicado por el Vaticano en el año 1992
sia Católica
CIC Codex Iuris Canonici Compendio de la legislación de la Iglesia Universal, el llamado
“Derecho Canónico” (1983)
CL Christifidelis Laici Carta del Papa Juan Pablo II sobre vocación y misión de los laicos
en la Iglesia y en el mundo (1988)
EN Evangelii Nuntiandi Carta del Papa Pablo VI acerca de la evangelización del mundo
contemporáneo (1975)
GS Gaudium et Spes Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en
el mundo actual (1965)
LG Lumen Gentium Constitución Dogmática del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia
(1964)
M Medellín Documento de la II Conferencia General del Episcopado Lati-
noamericano en Medellín (Colombia) 1968
P Puebla Documento de la III Conferencia General del Episcopado Lati-
noamericano en Puebla (México) 1979
SD Santo Domingo Documento de la IV Conferencia General del Episcopado Lati-
noamericano en Santo Domingo (Rep. Dominicana) 1992
Sobre el autor
Esteban Silber, nacido en 1966, doctor en teología, laico, casado y padre de dos hijos, es director
del Centro Diocesano de Catequistas de Potosí y responsable de la formación y el seguimiento de
los diáconos permanentes. Además, es asesor del Consejo de Laicos en la Diócesis de Potosí.
Direcciones electrónicas: http://www.stefansilber.de.vu – [email protected]
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Índice
Prólogo 1
Un poco de historia 2
Características del ministerio 4
Diáconos en el campo y en la ciudad 7
Diákonos = Servidor 9
Servidores de su familia 11
Servidores de la sociedad 13
Servidores de su cultura 15
Servidores de los pobres 17
Representando la Iglesia 19
El problema de la economía del diácono 21
Formación al diaconado 23
El diaconado en Bolivia 25
Abreviaturas y siglas 26
Sobre el autor 26
Índice 27