de la
Compania
n.? 4 - Abril
1984Abril de 1984 BOLETIN
MENSUAL
de las Hijas de la Ca-
ridad de San Vicente
Sumario
BEATIFICACION DE SOR MARIA ANA Y DE SOR OTILIA
El 19 de febrero en Roma
* Homilia del Papa Juan Pablo I]
* La audiencia de Juan Pablo Ii a los peregrinos
de Patil
© La celebracion Eucaristica en la Iglesia de S. Joaquin .
El 26 de febrero en Angers
Peregrinacion a Angers el 1 de febrero de 1984 .
LAS CONSTITUCIONES
La castidad perfecta en el celibato Se eae
CARTA APOSTOLICA DE JUAN PABLO II
El sentido cristiano del sufrimiento humano ... ...
NOTICIAS BREVES
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199ECOS DE LA COMPARIA N.° 4 . ABRIL DE 1984
Beatificacién de las martires de Angers
19 de febrero de 1984 en Roma
El 19 de febrero se celebré en la Basilica de San Pedro de Roma, la solemne
beatificacién de los 99 mértires de Angers, asesinados a causa de su fidelidad a
Cristo durante la Revolucién francesa, en 1793-1794. En ellos hay dos Hijas de la
Caridad: Sor Maria Ana Vaillot y Sor Otilia Baumgarten. Se beatificé también
a un sacerdote italiano, el Padre Giovanni Mazzuconi, primer misionero mértir
del Instituto Pontificio de las Misiones Extranjeras, muerto igualmente por la Fe
a la edad de 29 afios en Ja lejana isla de Woodlark (Oceania). Fue traicionado
por quien, minutos antes, habia estrechado su mano en un gesto «de amistad».
Estas beatificaciones celebran la Pasién de Cristo que se prolonga y se per-
petda en la pasién de los hombres. Los limites geogrdficos de Angers y de
Woodlark se ensanchan y abarcan tierras inmensas, y los cien mértires se mul-
tiplican: mértires de todos los continentes, sin nombre, sin voz, sin rostro, sin
libertad; mértires de nuestro tiempo a los que se quiere impedir que den tes-
timonio de Jesucristo, a quien conocen, aman y siguen.
Desde muy temprano, la Basilica de San Pedro esta repleta de fieles. Lo Ile-
nan todo, Enseguida se distingue el grupo de los 1500 peregrinos de Angers y de
las Didcesis vecinas; todos Ilevan un pafwuelito rojo con esta inscripcién: Maér-
tires de Angers 1793-1794. Se trata de los pafuelitos de Cholet que la Francia
del Oeste ha adoptado como simbolo del martirio.
Se cuenta a este respecto, que durante la Revolucién, un joven de la regién
de la Vendée, gravemente herido, dandose cuenta de que su muerte se acer-
caba, empapé su pafiuelo en su propia sangre y lo envid como signo de fidelidad
a su prometida,
Entre los peregrinos de Angers, se encuentran unos 500 descendientes de los
martires.
Otro grupo facilmente perceptible en la Basilica de San Pedro es el de las
Hijas de la Caridad legadas a Roma para celebrar a sus Hermanas. Estdn pre-— 154 —
sentes nuestra Madre Rogé, varias Consejeras Generales; también el P. McCullen
Superior General, el P. Lloret... A las Hijas de la Caridad de la Provincia de
Rennes se han unido otras muchas principalmente de Francia y de las cinco
Provincias de Italia, Estén presentes también muchos sacerdotes, estudiantes y
seminaristas de la Congregacién de la Misién. La Familia Vicenciana esta indu-
dablemente bien representada.
A las 9,30, mientras avanza la procesién desde el fondo de la Basilica, |a
Schola canta el Salmo 20 y la Asamblea repite el versiculo biblico:
«No hay amor mas grande... que dar la vide por sus amigos.»
La cevemonia de la beatificacion
«Santisimo Padre, el Obispo de Angers tiene el honor de implorar de vuestra
gran bondad el titulo de Bienaventurados para las 99 victimas de la Persecucién
religiosa que afligio a la Didcesis de Angers y a otras Didcesis vecinas, durante
los afios 1793-1794, en tiempo de la Revolucién Francesa.
Entre estas victimas se encuentran 12 sacerdotes seculares, 3 religiosas —dos
Hijas de la Caridad de San Vicente de Patil y una Benedictina del Calvario— 4
hombres seglares y 80 mujeres seglares también. Detenidos y condenados, unos
fueron guillotinados, otros fusilados. Estos hombres y estas mujeres, tan diver-
Sos por sus origenes, su formacién y su género de vida, escogieron undnimente
ser fieles a la Iglesia y a sus legitimos pastores. Sus respuestas a los interro-
gatorios de los tribunales van impregnadas de un valor indefectible. No retro-
cedieron ante las amenazas. Su Fe en Cristo cra inquebrantable. Habian puesto
en El su esperanza y perseveraron hasta el fin llevando valientemente su Cruz.
El recuerdo y el ejemplo de estos mértires, se han conservado en sus parro-
quias y en sus Didcesis, en sus familias, en los lugares donde vivieron y sufrie-
ron. Muchas personas de su descendencia o que viven en las cludades y pueblos
de los mértires, han querido estar aqui hoy.
Para que estos mértires estén atin mds presentes en nuestra Fe, en su calidad
de intercesores ante Dios, os pedimos, Santisimo Padre, que los proclaméis Bien-
aventurados.»— 155 —
E| Papa Juan Pablo Il proclama solemnemente Sienaventurados a Guillermo
Repin y sus compaferos y fija su fiesta el 1 de febrero.
Una alegria inmensa estalla en toda la Asamblea. Los aplausos resuenan en
la Basilica. Se retiran las cortinas que recubrian los dos paneles, uno a cada
lado del altar, dejando aparecer ante los ojos de todos la gloria de los martires.
Los 99 mértires de Angers tienden los brazos hacia una Cruz luminosa. «En aquel
momento, dice una Hermana, yo senti una fuerza real, la de la Comunién de los
Santos».
El Papa proclama la beatificacién de los mértires de Angers y del
bienaventurado Giovanni Mazzucconi.— 156 —
Homilia del Papa Juan Pablo II
Queridos hermanos y hermanas
«gQuién nos separaré del amor de Cristo?» (Rom. 8, 35).
Esta era la pregunta que se hacia el Apéstol Pablo en su Carta a los Romanos.
Tenia ante sus ojos los sufrimientos y persecuciones de la primera generacion
de los discipulos, testigos de Cristo. Las palabras: sufrimiento, angustia, hambre.
misericordia, peligro, persecucién, suplicio, matanza «como de corderos en el
matadero», designaban realidades muy concretas que eran —o lo iban a ser—
experiencia para muchos de los que seguian a Cristo, 0 mejor, de los que habian
acogido en la fe el amor a Cristo. El mismo habia podido enumerar las pruebas
que habfa ya soportado (Cf. 2 Cor 6, 4-10) cuando esperaba su propio martirio,
aqui en Roma, Y la Iglesia de hoy, con los martires de los siglos XVIII y XIX, se
pregunta también: «¢Quién nos podré separar del amor de Cristo?».
San Pablo se apresura a dar una respuesta segura a esta pregunta: «Nada
nos podra separar del amor de Dios, manifestado en Cristo Jess Nuestro Se-
for», Nada, ni la muerte, ni las fuerzas misteriosas del mundo, ni el futuro, ni
criatura alguna (Cf. Rom. 8, 38-39).
Dios ha entregado su Unico Hijo al mundo; este Hijo ha dado la vida por todos.
por eso un amor asi no cesard jamas. Es mas fuerte que todo. Acoge en la vida
eterna a los que han amado a Dios hasta el punto de dar la vida por El. Las
persecuciones pasan. Pero la gloria de los martires permanece. «Mas en todas
astas cosas vencemos por Aquel que nos amd» (Rom. 8, 37).
Esta es la victoria que han conseguido los martires elevados hoy a la gloria
de los altares por la beatificacién.
Son, en primer lugar, los numerosos mértires que, en
la didcesis de Angers, en los tiempos de la Revolucién
frencesa, aceptaron la muerte, porque, como dijo Guillau-
me Repin, quisieron «conservar su fe y su religién», con
rroco, de Martigné firme adhesion a la Iglesia catélica y romana; sacerdotes
Fre teteade te vanes, que se negaron a prestar un juramento que consideraban
ra de Navidad. £1 2 cismatico, y que no quisieron abandonar su cargo pasto-
de enero de 1794, era ral; laicos que permanecieron fieles a estos sacerdotes,
sulotinada en la Plaza a la Misa celebrada por ellos y a las manifestaciones de
ses tens, Be ares, culto a Maria y a los Santos. Sin duda, en un contexto de
fuertes tensiones ideoldgicas, politicas y militares a la
patria, se les acusd, en las actas de las sentencias, de
compromiso con «las fuerzas anti-revolucionarias».
Guillermo Repin era pa.Antonlo Fournier, 48
aiios, tejedor de Cho-
let. 'Su_ interrogatorio
por el Comité Revolu-
cionario tiene la sen-
cillez de las actas de
los primeros mértires:
— Se le acusa a usted
de haber censurado la
conducta de los Repu-
blicanos diciendo que
se profanaban los va-
sos sagrados y se des-
truian las cruces de
las_misiones.
— Si, he censurado y
censuro el comporta-
miento de los que arro-
jan las cruces de las
misiones y profanan
los vasos sagrados
= Por lo tanto jsufri-
ria usted la muerte
por la defensa de su
Religion?
—38i
Renata Feillatreau, viu-
da, de 44 afios, Su
amor a los pobres y
alos sacerdotes refrac-
tarios van_a conducir-
la ante la Comision Mi-
litar que la condena a
muerte el 28 de mar-
zo de 1794.
Maria Cassin, de 44
afios, campesina. Inte-
trogada por Vacheron,
fue condenada porque
preferia los sacerdotes
nto juramentados. Fue
fusilada el 1 de febre-
ro de 1794.
El Abate Gruget, sa:
cerdote refractario que
logré. ocultarse duran
te toda la Revolucion
Tetisgo de todo lo que
ocurrié en Angers, es.
cribié un Diario y unas
Memorias.
— 157 —
Asi sucede en casi todas las percuciones, de ayer y
de hoy. Pero, por la que se refiere a los hombres y muje-
res cuyos nombres, entre otros muchos igualmente meri-
torios recordamos, lo que realmente vivieron, lo que res-
pondieron en los interrogatorios de los tribunales, no
deja la menor duda acerca de su determinacién de perma-
necer fieles — con peligro de su vida — a las exigencias
de su fe; ni sobre el motivo profundo de su condena:
el odio a esta fe que sus jueces despreciaban como «devo-
cién insostenible» y «fanatismo». Nos admiran sus res-
puestas decididas, serenas, breves, francas, humildes, que
no tienen nada de provocacién, y que son tajantes y firmes
en lo esencial: la fidelidad a la Iglesia.
Asi hablan los sacerdotes, todos guillotinados como su
venerable decano Guillaume Repin, las religiosas que se
negaban incluso a dejar creer que habian prestado jura-
mento, los cuatro hombres seglares. Baste citar el tes-
timonio de uno de ellos (Antoine Fournier): «gEstariais
dispuestos a sufrir la muerte por defender vuestra reli-
gién? — Si», Asi hablan también las ochenta mujeres, a
las que no se puede acusar de rebelién armada. Algunas
habian ya manifestado de antemano su deseo de morir por
el nombre de Jess antes que renunciar a su Religién
(Renée Feillatreau)
Cristianos auténticos, dieron testimonio por no odiar
a sus verdugos, por su perdén, por su deseo de paz para
todos: «No he hecho sino pedir a Dios por la paz y la
unin de todo el mundo» (Marie Cassin). En fin, sus tlti-
mos momentos son una manifestacién de la profundidad
de su fe. Algunos cantan himnos y salmos hasta el lugar
del suplicio: «piden algunos minutos para ofrecer a Dios
el sacrificio de sw vida, lo que hicieron con tanta fervor,
que hasta sus mismos verdugos quedaron extrafiados».
Sor Maria Ana, Hija de la Caridad, anima asi a su Her-
mana: «Vamos a tener la dicha de ver a Dios, y de po-
seerlo por toda la eternidad... y estaremos unidas a EI sin
miedo a que nos separens (testimonio del Abate Gruget).— 158 —
Hoy, estos noventa y nueve mértires de Angers se unen
en la gloria de la beatificacién al primero de ellos, el
Abate Noél Pinot, beatificado hace sesenta afios
Si: las palabras del Apdsto! Pablo se realizan aqui en
todo su fulgor: «Somos Jos grandes vencedores gracias
a Aquel que nos ha amado»
Esta beatificacion seré una etapa nueva para todos
nosotros, para la Iglesia, y en particular para los Obispos,
los sacerdotes, las religiosas y los fieles de las didécesis
del Oeste de Francia‘a las que pertenecieron estos biena-
venturados, asi como para el Instituto Pontificio para las
Misiones Extranjeras, para la ciudad de Lecco y para toda
la archididcesis de Milan, sin olvidar Papta-Nueva Guinea.
Es para todos una gran alegria el saber que estos seres,
tan cercanos por la sangre o el pais, estan junto a Dios, el
poder admirar la fe y el coraje de sus compatriotas y de
sus hermanos.
Noél Pinot, parroco de
Louroux Beconais, fue
ievado al cadalso ves-
tido con los ornamen.
tos sacerdotales como
para el Sacrificio de 'a
Misa, Fue beatificado
en 1926.
E| P, Glovanni Mazzuc-
coni, sacerdote de las
Misiones — extranjeras
de Milan (Italia), ase-
sinado por odio a la fe
en una isla de Ocea-
nia,
Pero estos mértires nos invitan también a pensar en la multitud de creyentes
que hoy sufren persecucién por todo el mundo, de manera encubierta, hiriente,
grave, porque conlleva la falta de libertad religiosa, la discriminacién, la imposi-
bilidad de defenderse, el confinamiento, |a muerte civil, como recordé en Lourdes
el pasado mes de agosto. Sus pruebas tienen mucho en comin con las de estos
bienaventurados. Finalmente debemos pedir para nosotros mismos el coraje de
la fe, la fidelidad total a Jesucristo y a su Iglesia, en el tiempo de la prueba y
en la vida diaria. Nuestro mundo, con demasiada frecuencia indiferente o igno:
rante, espera de los discipulos de Cristo un testimonio sin equivocos, es decir,
como lo dieron los martires que hoy celebramos: Jesucristo vive; la oracién y
la Eucaristia nos son esenciales para vivir su vida; la devocién a Maria nos
mantiene como discipulos suyos; nuestra adhesién a la Iglesia es una con nues-
tra fe; la unidad fraterna es el signo por excelencia de los cristianos: la verda-
dera justicia, la pureza, el amor, el perdén y la paz son los frutos del Espiritu de
Jesus: el ardor misionero forma parte de este testimonio; no podemos esconder
nuestra lampara encendida.
La beatificacién de hoy tiene lugar en el Afio Jubilar de la Redencidn. Estos
Mai
sea dada a Dios, Padre, Hijo y Espiritu Santo!
testimonio el blanco ejército de los martires
es ilustran la gracia de la redencion que ellos mismos recibieron. |Gloria
«Te alabamos, oh Dios... De Ti da
Alabado sea Dios que reaviva asi el entusiasmo de nuestra fe, de nuestra
accion de gracias, de nuestra vida. Hoy, se escriben con la sangre de nuestros— 159 —
bienaventurados las palabras inspiradas del Apéstol Pablo: «¢Quién nos separard
del amor de Cristo? gla tribulacion?... Ni la muerte... ni lo presente, ni lo fu-
turo... ni ninguna otra criatura podré separarnos del amor de Dios manifestado
en Cristo Jess, Nuestro Sefors Amén.
La plegaria universal se proclama en seis idiomas: signo de la Iglesia exten:
dida en el mundo entero
En el momento de la Comunion, seis nifos descendientes de los mértires,
reciben por primera vez, el Cuerpo de Cristo de manos del Papa Juan Pablo Il.
«En accién de gracias al Sefior por el don que hoy ha hecho a su
Iglesia, elevamos nuestras plegarias @ los nuevos Bienaventurados
para que ellos nos obtengan, en las diversas circunstancias en que nos
coloque Ja Providencia, la fuerza de imitar su Fe, su infatigable cari-
dad hasta el perdon, su luminoso testimonio cristiano ante el mundo.»
Oracién de Juan Pablo Il durante e! Angelus.— 160 —
La audiencia de Juan Pablo Il a los peregrinos
Una gran alegria estaba reservada a los peregrinos. Juan Pablo Il los recibio
en audiencia especial, e| lunes 20 de febrero: «un maravilloso encuentro senci-
lo y familiar».
«La historia de estos 99 martires nos muestra a todo un pueblo cris-
tiano: las vocaciones son diversas, la fe sélida y bion arraigada. Ademas
de sacerdotes. hay un gran nimero de seglares, especialmente mujeres
Procedentes de todos los medios profesionales. Personas de la aristocra-
cia, de la burguesia, del pueblo, comerciantes y campesinos fueron juntos
al martirio.
El cuadro presentado en la beatificacin mostraba a este pueblo en
marcha, en torno a un sacerdote y subiendo hacia el cielo. Lo que impre-
siona es la sencillez del testimonio. No buscaban pasar por héroes, asom-
brar, provocar; el martirio vino como por afadidura, requerido por su fide-
lidad; a veces, los sacerdotes sobre todo, tuvieron que ocultarse hasta
que los denunciaron. Pero, llegado el momento, respondicron justamente— 161 —
lo preciso, sencillamente, sin evadir las preguntas comprometedoras, sin
perjudicar a los demas.
Su detencién, su condena se sitta ciertamente en el contexto politico de
un régimen contestatario que, en esta época, rechazaba muchos valores reli-
giosos. Aunque este movimiento historico habia estado inspirado por sen-
timientos generosos —libertad, igualdad, fraternidad— y por un deseo de
reformas necesarias, se vio arrastrado por el desencadenamiento de re-
presalias, de violencias, de odio religioso. Es un hecho. No vamos a juzgar
aqui esta evolucion politica. Dejamos a los historiadores Ja tarea de califi-
car sus excesos. Pero retenemos el ejemplo de nuestros martires. Para
ellos, la aceptacién de la muerte tenia un sentido de fidelidad religiosa.
Con toda razén habian visto en el primer juramento exigido, el de la Cons-
titucién civil del clero, un riesgo de cisma, que entregaba a la Iglesia
a merced del poder civil, e interpretaron e! segundo juramento, bastante
vago en si, en el contexto del primero.
Lo que ellos querian era permanecer fieles a la Iglesia. No podian con-
cebir que se separase la fe en Dios y en Cristo, de su adhesién a la Igle-
sia, a sus legitimos pastores, en comunidn con el Papa; y para ellos la reli-
gidn incluia la facultad de beber libremente en las fuentes de gracia
ofrecidas por la Iglesia: la Eucaristia, las peregrinaciones, el culto al Sa-
grado Corazén, a le Virgen. Tenian Ia intuicién de que apartandose de esto,
acabarian muy pronto por traicionar lo esencial. Desgraciadamente, asi lo
demostr6 la experiencia. Que la Constitucién fuera republicana 0 no, no
era lo que les importaba a los martires: lo que ellos querian, sobre todo,
era que dejasen en libertad a la Religién, como decia una de ellas. Querian
la paz para todos sus compatriotas, sin provocacién, sin odio; querian el
perdon, la oraci6n.
Nosotros debemos leer ahora este testimonio en el contexto de hoy.
La beatificacién de estos mértires nos sumerge en el mundo inmenso de
los perseguidos de todos los tiempos, y sobre todo de los que sufren hoy
por su fe. En Lourdes quise prestarles mi voz, quise abrazarlos a todos
con e! corazon de la Iglesia, con e! corazén de la Madre de Dios, a quien
la Iglesia venera como a su Madre y como a Reina de los martires. jNo
los olvidemos! Por mi parte, jcudntas confidencias emocionantes recibo a
este respecto! Rogad por ellos conmigo.
Su caso es distinto de! de los tiempos de la Revolucién francesa, pero
el proceso es mas o menos e! mismo. Se empieza siempre acusdndoles de
un compromiso politico, de una falta de patriotismo. Se les quiere desli-
gar de la Iglesia unida al Papa, haciéndoles creer que podran continuar
practicando su fe con toda independencia. Se pretends Hegar a una Iglesia— 162 —
separada de la Sede Apostélica y de! conjunto de la comunién catélica. Se
les quiere forzar a compromisos que llevarian més lejos. Y en los juicios
no tienen la posibilidad de defenderse realmente. jDios sdlo conoce su
niimero y su sacrificio!
A decir verdad, tienen necesidad de nuestra solidaridad y de nuestra
oracion, les debemos sobre todo una inmensa gratitud, En secreto, cum
plen la octava de las Bienaventuranzas. Ellos son el corazén de la Iglesia
Es de ellos, del Espiritu Santo que esta en ellos, de donde Ia Iglesia recibe
misteriosamente luz y vigor, en la solidaridad que une a los discipulos de
Cristo, como tan bien lo puso de relieve Georges Bernanos en el célebre
«Didlogo de Carmelitas». Entonces se realiza lo que decia ya el Apéstol
San Pablo: «Antes eligid Dios la necedad del mundo para confundir a los
sabios y eligid Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes.»
«...la flaqueza de Dios, mas poderosa que los hombres.» (1 Co. 1, 25. 27)
El testimonio de los Bienaventurados de Angers nos interpela a nos-
otros mismos en estos paises de Occidente, donde no hay persecucién
religiosa, pero donde la indiferencia religiosa, el materialismo, la duda, le
incredulidad y el clima de permisividad moral sacuden a los cristianos. A
pesar de la buena voluntad y de la generosidad que permanecen y se ex-
presan a veces con fuerza e inteligencia, este ambiente amenaza con aho-
gar o paralizar la fe en numerosos jévenes y adultos. Nuestros mértires
nos invitan a superarnos, nos ensefian cémo hemos de comportarnos en
el mundo.
Es evidente que lo primero es vivir en la caridad, en la unién fraterna,
sin sectarismos, sin condenar a nadie, sin provocaciones initiles, sin odio,
sino en un didlogo bondadoso, humilde, realista y claro a la vez. Sin huir
de este mundo, sin replegarnos sobre nosotros mismos, sin mirar atras
para aflorar el pasado. Se trata de vivir en este mundo, de dar en él un
testimonio, no solamente enterrado, oculto, sino que tenga el sabor de
la sal, que sea como la luz sobre el candelero.
Sobre todo estamos invitados al coraje de la Fe, para afirmarla, expre-
sarla en los Sacramentos, dar testimonio de ella en la vida; en la familia;
para despertarla en los mas jévenes; en el mundo escolar, a fin de ir poniendo
los jalones de la Comunidad cristiana; en el ambiente del trabajo, para dar
toda su dimension a la obra humana. Tenemos que contar con ciertas
indiferencias, incomprensiones, burlas: Somos signo de contradiccion
Aprendamos a sufrir por la fe
Notemos que la infidelidad puede comenzar en un terreno que ya no
choque a un medio indiferente o tibio: por ejemplo, el considerar \a Iglesia— 163 —
como una Institucién vista desde fuera, y criticarla sin guardar solidaridad
con ella; una seleccién subjetiva de las verdades de Ia fe: e! abandono de
la practica religiosa; el liberarse de ciertas exigencias morales. Ahora bien,
Ja fidelidad forma un todo. La distancia tomada con relacidn a la Iglesia
pronto degenera en ruptura con el mismo Cristo,
Pero, ¢dénde encontrar la fuerza para la fidelidad? En la certeza del
Amor de Dios, en e| misterio de Cristo. Es el niiclco de la fe, de la Buena
Nueva, de la que hablaba ayer. Que podamos decir con los martires de
todos los tiempos, y especialmente con los de Angers: {Sé en quién creo!
iJesucristo esta vivo! No es una idea de la que haya que estar discutiendo
siempre. No es una manera de hablar. No es solamente una tradicién,
una eostumbre. Es Alguien. Le amo. Le adoro. Le sigo de una manera
incondicional. Daria mi vida por El. Tengo sed de su Eucaristia, que me
ofrece la Iglesia. Pido a la Virgen Maria que me guarde como discipulo
suyo.
Habeis notado que he hablado de la Eucaristia. Bien sabeis el lugar
que ocupeba en la vida de nuestros martires la participacién en la misa
—la misa celebrada por sacerdotes en comunién con la Iglesia—, y esto
con riesgo de su vida. Que cada uno se pregunte sobre el precio que
concede a la Eucaristia: es indispensable en el centro de toda vida cris-
tiana. Y lo mismo la oracién, familiar y diaria a Maria, tan necesaria para
aproximarnos a Cristo como miembros de la Iglesia.
Esta exigencia del coraje de la Fe se dirige a cada uno en la diversi-
dad de vocaciones y ministerios. La Iglesia tiene necesidad de personali-
dades bien templadas, animadas del Espiritu Santo, capaces de responder
@ una llamada personal, sin esperar a que el medio les empuje. Sin em-
bargo, no se volveré a formar la trama cristiana en la sociedad si no es
actuando unidos, en el seno de! Pueblo de Dios. No volviendo a crear la
cristiandad de ayer. Menos atin conformandonos con este mundo. Pero
si consolidando un pueblo cristiano, solidario, unido en torno a su obispo,
en la afirmacién de la Fe. Debe poder aceptar en su seno a sensibilidades
distintas, como los mértires de Angers, procedentes de medios diversos;
manifestar también benevolencia, sin condenar a sus hermanos. Pero debe
asimismo rivalizar en el bien, buscar lo mejor, apreciar el coraje de los
que van por delante, captar las Hamadas de los que viven a fondo su voca-
cién cristiana, cumpliendo con alegria su ministerio de sacerdotes, su
carisma de religiosas, su papel de seglares cristianos: esposos, padres
y madres de familia y solteros; cumpliendo los distintos servicios en la
comunidad cristiana, su funcion de catequistas, su apostolado de testigos
del Evangelio en el! centro de las realidades de! trabajo, la promocién
social, la accién por la paz, su compromiso de misioneros sensibles a las
necesidades de la Iglesia universal.— 164 —
La palabra «mértir» conserva su sentido primitive de «testigo». Jess
dijo: «.., recibiréis el poder del Espiritu Santo, que vendré sobre vos-
otros, y seréis mis testigos... hasta el extremo de la tierra». (Cf. Ac. 1,8)
Tal es la Iglesia que yo os animo a formar.»
(Extractos del discurso de Juan Pablo Il.)
Conversacion
del Papa Juan Pablo II
con el P. McCullen
a la salida de la
beatificacion— 165 —
La celebracién Eucavistica en la
Iglesia de San Joaquin
Toda la familia vicenciana se congregé en la iglesia de San Joaquin para
celebrar la Eucaristia. La homilia estuvo a cargo del Padre McCullen
Madre Rogé, queridos Cohermanos, amadas Hermanas:
Les invito a subir conmigo a una diligencia que hace el recorrido entre An-
gers y Paris, el 2 de febrero de 1640. Entre los viajeros se halla la Sefiorita
Luisa Le Gras. Se la ve un poco pilida porque en las semanas que acaban de
transcurrir ha estado muy enferma, Acaba de pasar casi tres meses en la ciudad
de Angers, durante los cuales su pricipal preocupacién ha sido la negociacién
de un contrato con los Administradores de! Hospital San Juan que existia desde
mucho tiempo atrés. Segtin las cldusulas de dicho contrato, las Hijas de la Ca-
ridad tienen que encargarse del cuidado de los enfermos en dicho hospital.
Hasta la vispera, dia 1 de febrero, no habia podido firmarse el referido contrato.
«La Compafiia —se decia a si misma Luisa de Marillac— tiene sdlo seis afios
de existencia; ahora, por primera vez ha emprendido el cuidar a los enfermos
en_un hospital»
Las negociaciones han sido lentas y laboriosas. Es verdad que en su bolso
lleva cierto numero de cartas que el Sefior Vicente le ha escrito durante los
tres meses transcurridos, con las que le ha aportado mucho apoyo, sin ocultar
su inquietud, que es también la de las Hermanas de Paris, por la salud de la
Sefiorita. Baja la cabeza y empieza a quedarse dormida, mientras sigue repasando
los recuerdos del 1 de febrero
Van pasando los afios como los kilémetros a lo largo del camino... y se en-
cuentra de pronto en el 1 de febrero de 1794. Gon gran sorpresa suya, ve a dos
Hermanas atadas juntas por las manos y conducidas hacia un campo de las
afueras de la ciudad para ser fusiladas por el pelotén de ejecucién. Pero el con-
trato que habia firmado la vispera no preveia semejante eventualidad... por lo
que empez6 a protestar: «jEI contrato! jHay que tener en cuenta el contrato!— 166 —
iEsto se opone al contrato!» Y entonces, le parece escuchar a las dos Herma-
nas que le dicen:
«4Quién nos separard del amor de Cristo? gla tribulacién, la angustia
fa persecucién, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?... Mas
€n todas estas cosas vencemos por Aquel que nos amd... Ni la muer-
te, ni la vida... ni ninguna otra criatura podré separarnos del amor
de Dios manifestado en Cristo Jess, Nuestro Sefior (Rm., 8, 35-39)
Tienen, pues, que ir al martirio. concluye la Sefiorita. Y reflexiona: «Los
martires cristianos no pensaban segtin las clausulas de un contrato, Las sema-
nas que precedieron a la firma del contrato del Hospital de Angers, habian sido
semanas de célculos y negociaciones; pero el martirio no entra en ningun cdlcu-
lo, los supera todos. Lo que hace a un cristiano capaz de sufrir el martirio es el
amor de Dios que se ha posesionado de su corazén. Y jquién puede medir o cal-
cular lo que es infinito, como es el amor de Dios?»
«gSeré posible, se pregunta Luisa, que estas mértires sean un dia honradas
Por Ia Iglesia, en un tiempo en que los cristianos necesiten que se les recuerde
que en el servicio de Dios, el servicio a los pobres, corremos el riesgo de ser
demasiado calculadores? ;Seré posible que llegue un dia en que haya Hermanas
que midan con demasiada parsimonia lo que van a dar a Dios por sus votos de
pobreza, castidad, obediencia y servicio a los pobres? Aunque no esté previsto
en las cléusulas del contrato que dos de nuestras Hermanas tengan que sufrir
una muerte violenta, Dios puede valerse de ello para sostener a Hermanas de
otras generaciones con la fortaleza de alma que éstas muestran en este mo-
mento.»
La Sefiorita se adelanta para dirigir una palabra de aliento a Sor Maria Ana
y a Sor Otilia, que estén ahi, en el campo, a las afueras de Angers, en espera de
que les Ilegue el turno de morir... Les recuerda que Nuestro Sefor oré por ellas.
«Guarda en tu nombre a éstos... para que sean uno como nosotros...» (Jn. 17,
11), Le alcanza justamente el tiempo para decirselo antes de que caigan ofre.
ciendo su vida a Dios sin calcular su precio..
Pero en este momento, se despierta: es todavia el 2 de febrero de 1640,
porque contintia en la diligencia de Angers a Paris donde va a dar cuenta al
Sefior Vicente de todo lo ocurrido durante su estancia alld
Lo que habia de escribir diccisiete aos después a dos Hermanas de Angers.
se va elaborando ya en su pensamiento:
«...las Hermanas de Angers han recibido una bendicién especial de
Dios para servir a los pobres enfermos en los hospitales: ;Sea E! por— 167 —
Siempre bendito! Una de las précticas seguidas por todas las Her-
manas ahi, me ha parecido excelente, y les ruego, y @ ustedes también,
queridas Hermanas, que fa continden: es la de que cuanto se haga
en ei hospital lo sepa la Hermana Sirviente y que sdlo ella sea quien
dé cuenta a cualesquiera personas, después de haberse enterado por
ustedes de! estado de las cosas de que estén encargadas. Si esta
practica sigue estando en uso, pueden tener la seguridad de que todo
marcharé bien y darén buen ejemplo a tos de fuera, siendo tan fuerte
entre ustedes la cordialidad y la unidn, que le seré imposible al de-
monio romperla» (Ed. 1983, p. 576, L. 554).
Si, le fue imposible al demonio romper la unién entre Sor Maria Ana y Sor
Otilia en aque! 1 de febrero de 1794, unién que, para citar una frase de San
Vicente, «estaba cimentada en la Sangre del divino Salvador» (a los Misioneros,
fines de 1646). Y su unién entre ellas y con Dios, cimentada en la Sangre de Je-
sucristo, fue, una mafiana de febrero de 1984, proclamada por el Vicario de Cristo
como resplandeciente en los cielos, porque «aunque a los ojos de los necios
parecen haber muerto»,.. estaban y estan «en las manos de Dios» (Cf. Sab. 3, 1-9).
Padre Richard McCullen, c.m.
Superior General.
En el transcurso de la peregrinacién, todas las Hijas de la Caridad presentes
en Roma pudieron disfrutar de un encuentro con el P, McCullen y nuestra Madre
Rogé. Para muchas fue la feliz oportunidad de conocer al Padre Superior Ge-
neral. La conversacién sencilla y fraternal permitié que cada una pudiera dilatar
su corazon y su mirada a las dimensiones del mundo.— 168 —
EI 26 de febrero de 1984 en Angers
UN PUEBLO EN MARCHA
A pesar del frio y de los copos de nieve, un millar de personas, entre ellas
numerosas Hijas de la Caridad venidas de toda Francia, participaron el domingo
26 de febrero en la «Marcha» entre el Campo de los Martires y la Catedral. Estos
Pperegrinos recorrieron en sentido inverso, rezando y cantando, el camino que los
nuevos Beatos habian seguido para llegar al lugar de la ejecucién.
La larga procesién se detuvo unos minutos en el Monasterio de las Benedic-
tinas del Calvario donde fueron encerrados numerosos prisioneros.
Después, lentamente, este «Pueblo en marcha» al que se unian incesantemen-
te nuevos peregrinos, subl6é la cuesta de San Mauricio para entrar en la Catedral.
Catedral de Angers— 169 —
LA EUCARISTIA SOLEMNE EN LA CATEDRAL
En la catedral de Angers resuena el canto de las Letanias de los Santos re-
petidas por mds de 3000 fieles, que Ilegaron para recoger el testimonio de los
mértires. Doce Obispos —de los cuales, 3 eran de Polonia y uno de fas
Antillas— rodearon al Cardenal Guyon, Obispo de Rennes y a Mons. Orchampt,
Obispo de Angers.
El P. Matignon, sacerdote oriundo de la parroquia en la que vivid el Beato
Gulllermo Repin, se dirige a los miembros del Pueblo de Dios reunido en la
Catedral...
En los caminos de la Historia, el Espiritu hace resurgir sin cesar a su Pue-
blo, y en el seno de este Pueblo de Dios, hace que aparezcan, en momentos de-
cisivos para la Fe, testigos que son profetas del Dios vivo hasta el don de su
sangre.
En aquel final del siglo XVIll, Francia fue sacudida por una conmocién pro-
funda de sus estructuras sociales y politicas. Todos los historiadores coinciden
en decir que la Revolucién francesa es un acontecimiento que representa una
especie de ruptura de la civilizacién. Esta convulsién tuvo su origen, en el tiem-
Po y en el espacio, mucho antes del final del siglo XVIII y mucho més allé de
nuestras fronteras nacionales. Pero fue un acontecimiento destructor y fundador
al mismo tiempo, que marcé profundamente nuestra Imagen occidental.
En este contexto revolucionario, los que estaban en e! poder encontraban el
asentimiento de muchos cuando intentaban suprimir lo que consideraban injusto,
reaccionando contra los ostracismos politicos o los sectarismos religiosos. Pero
para ellos era grande —y sucumbieron a ella— la tentaclén de destruir todo lo
que aparecia como supervivencia institucional del pasado y partir de cero con
estructuras totalmente nuevas. Era una quimera y tropezaron enseguida con una
resistencia profunda. En el plano religioso, los revolucionarios encontraban
en el primer momento una aprobacién bastante amplia entre numerosos cris-
tianos y miembros del bajo clero cuando atacaban las riquezas del alto clero y
de las Congregaciones religiosas. Pero cuando, por la Constitucién civil del clero,
quisieron atacar a la Iglesia como tal en su organizacién interna para quebrar
la fuerza que ella representaba y ponerla en sus manos, hirieron profundamente
la conciencia cristiana y provocaron la rebelién de los corazones. En este contexto
politico-religioso es donde se situan nuestros mértires. Ellos se convirtieron en:
1, Testigos de una fe absoluta en Dios como fuente de verdadera
libertad.
2. Testigos de una fe inquebrantable en la Iglesia fundada por Jesus.
3. Testigos de una fe incondicional en Cristo hasta la muerte.— 170—
I. TESTIGOS DE UNA FE ABSOLUTA EN DIOS Y EN SU AMOR
Los mértires que celebramos hoy fueron testigos de la verdadera libertad y
Nos invitan a serlo a nuestra vez. Fueron a la muerte para afirmar que Dios
existia y que lo reconocian como Aquel en que se fundaba su libertad y les
colmara de dicha eterna. Sor Maria Ana dijo bien alto que no temfa que hicieran
de ella lo que quisieran, esto no le haria cambiar de conviccién. Al acercarse
al lugar del fusilamiento, las victimas iban rezando, cantando su confianza
en el Sefior e implorando la ayuda de la Virgen Maria. Al borde de la fosa donde
estaban alineados, los condenados pidieron unos instantes para prepararse a la
muerte. «Hija mia, ten énimo, muy pronto vas @ ver a Dios», dijo una madre a
su hija. Todos afirmaron sencillamente que obraban con conocimiento de causa y
que el Ultimo momento de su vida se acercaba: «Voy a Dios», dijo una.
uHay expresién més fuerte de la verdadera libertad humana frente a la muer-
te? El Espiritu de Dios da a los mértires la fuerza de vivir su muerte en plena
consclencla:«Mi vida.... decia Jess, nadie me la quita, Yo la doy voluntaria-
mente». Siguiendo a Cristo que entrega tcio a su Padre por amor, nuestros
mértires, en este acto de odlo que los asesina, vivieron un acto de amor libre-
mente ofrecido a Dios por la salvacién de! mundo.
No es para nosotros, discipulos de Jesus hoy, una llamada a dar testimonio
de que el Dios de nuestra Fe no es un Dios que aniquila o que mutila al hombre
en sus iniciativas y en su Ilbertad? ;Qué dejamos aparecer del verdadero rostro
de Dios Amor? ;Nuestras actitudes y nuestras palabras no hacen pensar con
demasiada frecuencia que Dios es un rival, hasta un adversario del hombre y de
su crecimiento? ;La Iglesia no sigue apareciendo como una potencia de la que
hay que desconfiar? En un mundo tecnificado como el nuestro, donde no se hace
ya referencia a Dios porque aparece inutil o sin interés, ¢c6mo vamos a dar
testimonio por el contrario de que Dios es infinitamente necesario al hombre
y que su iniclativa de Amor se despliega misteriosamente en e! seno mismo de
la iniciativa humana de las personas y de los grupos? {Es de este Dios del que
somos testigos en nuestras vidas, un Dios que hace realmente libres, un Dios
que convierte los corazones, un Dios compafiero fraternal de todos los hombres
y particularmente de los més pequefios? No olvidar ni a Dios ni al hombre, vi
la tensién entre estos dos polos, ;no es nuestra tarea de testigos hoy, en nuestro
siglo XX préximo a finalizar?
ll. TESTIGOS DE UNA FE INQUEBRANTABLE EN LA IGLESIA
Nuestros mértires !o fueron como miembros de la Iglesia catdlica y romana.
Son testigos Inquebrantables de la fe en la Iglesia de Jesucristo. Los historia-
dores estén de acuerdo en reconocer que la rebelién en nuestra regién tuvo un—m—
origen religioso, Cuando se tocé a sus sacerdotes, cuando se les depuso de
sus funciones consideréndolos como refractarios, los cristianos se rebelaron les
robaban su tesoro més sagrado: era como si se les arrancara el corazén, Tocar
a la Iglesia y a sus ministros, era para ellos herir a Cristo: «Creo yo, decia
Juana de Arco, que Cristo y fa iglesia es todo uno».
Basta con ojear los interrogatorios para darse cuenta de que el motivo de
que condenasen a nuestros mértires, fue invariablemente el haber permanecido
fieles a los sacerdotes refractarios y a la Iglesia, més alld de las fronteras nacio-
les. Murieron a causa de su fidelidad a la Iglesia de Jesucristo, una Iglesia que
no es una sociedad como las demas, porque Jesucristo le dié como misién expre-
sar a través de sus miembros el misterio del Amor de Dios hacia todos los hom-
bres, mds all4 de todas tas fronteras raciales, ideolégicas y politicas. Sus minis-
tros, los Obispos, con los sacerdotes, y particularmente e! Obispo de Roma,
el Papa, son los signos y los servidores de esta comunién fraterna universal.
La tentacién de todos los poderes es romper esta comunién en provecho suyo.
Entonces la Iglesia vive en condicién de «persequida». Pero, zno es como lo dijo
y repitié Jesus a sus discipulos, su :ondici6n normal? «Si a Mi me han persegui-
do, lo mismo harén con vosotros+.
El Evangello, ciertamente responde a las aspiraciones més profundas del
hombre, pero es al mismo tiempc un camino de contradicclén y de oposicién a
las maneras de pensar y de vivir a las que se dejan ir los hombres y las naciones,
prisioneros como somos todos de nuestro orgullo y de nuestro egoismo, en una
palabra, de nuestro pecado. El escéndalo ino existiria mas bien cuando la Iglesia
esté tranquila, cuando el Evangelio parece dormir en los corazones de los dis-
cipulos que deberian al contrario, estar ardiendo como el fuego? No hay situa-
cién de descanso para ta Iglesia. Hoy, con nuestros mértires, pensemos en los
que en el mundo, al Este como al Oeste, al Sur como al Norte, son victimas del
odio hacia la Fe: sacerdotes u obispos como Mons. Romero, religiosos y reli-
giosas, hombres, mujeres y nifios cristianos, son atin torturados, encarcelados,
asesinados por motivos aparentemente politicos o antirreligiosos por otros hom-
bres algunos de los cuales se dicen creyentes. Escuchemos la llamada de todos
los perseguidos de nuestra Iglesia: ellos nos conjuran a que seamos fieles a la
Iglesia de Jesus, cualesquiera que sean los errores o las faltas de sus miembros,
que hemos de reconocer humildemente y combatir con vigor. La Iglesia y Cris-
to es todo uno.
I, NUESTROS MARTIRES SON TESTIGOS DE UNA FE QUE LOS UNE
A CRISTO HASTA LA MUERTE
Jesus nos repite a lo largo del tiempo la ley fundamental de la existencia, la
ley de la vida creadora de felicidad: para vivir hay que consentir en morir. En
su vida, como en su muerte, Jesus es el Testigo supremo, el Mértir por exce-—172—
lencia de la fidelidad total a su Padre y de la fidelidad total a sus hermanos los
hombres. Tachado de agitador politico por los que tenian miedo a su grandeza
religiosa, acusado de blasfemo por los que se creian los unicos poseedores de la
Fe en el verdadero Dios, Jestis acepté la muerte a la que todos le condenaban,
como una manifestacién de amor filial y fraternal, que revelaba el verdadero ros-
tro de Dios, su Padre: Amor universal, gratuito, permanente, sin fallos y sin con-
diciones. «Un siervo no es mas que su Amo». Como Jesus y en su seguimiento,
nuestros mértires aceptaron derramar su sangre por amor. Més atin, siguiendo
sus huellas, l!egaron hasta perdonar a sus verdugos en el acto mismo de darles
ja muerte. Actitud que no puede estar inspirada m4s que por el Espiritu Santo
y que no es algo natural y esponténeo, Recordemos el gesto de Bonchamp, en
San Floret-le-Vieil, pidiendo gracia para los «Azules» prisioneros, en el momento
en que se disponian a ejecutarlos. Recordemos también el modo en que fueron
tratados a veces odiosamente tos sacerdotes juramentados. No, no es cosa facil
el perdonar, sobre todo cuando queda uno cogido en el engranaje infernal de la
violencia. En el seno mismo de nuestra Iglesia, lo experimentamos entre grupos
de cristianos de ideas diferentes, incluso opuestas. Sin embargo, tal es el camino
del Evangelio, el nico camino de comunién con Jesus, de donde queda desterra-
do todo espiritu de revancha, todo temor de lo que puedan hacer con nosotros,
toda cruzada armada, toda solucién de tipo Inquisicién. En una palabra, es el
rechazo absoluto de la guerra santa, porque Jestis la rechazé como una puerta
ablerta a todas las intolerancias, a todos los sectarismos, a todas las exclusiones.
La violencia evangélica no se ejerce nunca contra los demas; el que acepta
vivirla, se impone a si mismo las rupturas y las coacciones necesarias para que
el amor triunie en el corazén mismo de la violencia humana; espera con pacien-
cia, pues sabe que las barreras y los muros entre los hombres, no caen hasta
que ellos cosienten.
Es una manera de ser testigo hoy y quizé méartir. Pero el autor de la carta
a los Hebreos nos lo dice: «Aun no habéis resistido hasta la sangre en vuestra
lucha con el pecado». Nuestros mértires nos recuerdan que es preciso estar
prontos siempre a dar cuenta de nuestra Fe y de nuestro amor. En nuestro mun-
do dividido y sometido a la espiral de la violencia, ;somos nosotros, en segi
miento de Jestis, los testigos de la violencia evangélica, la que lleva a la tole-
rancia con relacién a quienes no piensan como nosotros, la que lleva al perdén
a los que nos han herido, la que lleva a la aceptacién de las diferencias entre
grupos de cristianos aparentemente opuestos?
«Sangre de mértires, semilla de cristianos». Una tierra regada con esta san-
gre se convierte, por accién del Espiritu Santo, en un terreno fértil del que surge
una Iglesia renovada en su impulso misionero. La Iglesia no existe sin mértires.
como ayer, nos encontramos rodeados y sostenidos hoy por una inmensa nube de
testigos. Postrados sobre las tumbas de los que festejamos, demos gracias a
Dios por el amor con que nos colma a través de ellos. Supliquémosles que nos—173—
comuniquen su coraje en la fe para que diariamente corra por nuestras venas la
‘sangre del Evangelio y que esta sangre se inyecte en las del mundo.
Que nuestra mirada quede fija en el que es el iniciador de la Fe y la lleva
a su perfeccién: JESUCRISTO RESUCITADO. El es el futuro del hombre, El es
el Futuro del mundo, Como miembros de la Iglesia, siguiendo a nuestros herma-
nos y hermanas mértires, seamos sus humildes y sencillos TESTIGOS.
LA LITURGIA EN EL CAMPO DE LOS MARTIRES
Por la tarde, una celebracién sobre el tema: «;Quién nos separaré del amor
de Cristo?», reunié a una multitud de personas en el lugar mismo del martirio.
Hombres, mujeres, nifios, seglares, sacerdotes, religiosos, llevando todos un
clavel rojo, van a adornar las diez tumbas de los mértires, mientras un poema
explica el sentido de este gesto:
«Con los ojos cerrados pero el corazén ablerto, caen,
simiente viva en Ia tierra Ingrata.
Muere el grano para ser fecundo:
surcos de sangre, roja gavilla, palma en flor.
Blanca la mies, mies abundante...
Y ef Duefio tama para la cosecha:
Es Jesucristo.»— 1% —
Peregrinacién a Angers el 1 de febrero de 1984
En Angers, la Compafila recuerda y rinde homenaje, en la persona de sus Su-
perlores Generales, a dos humildes Hijas de ta Caridad, Sor Maria Ana Vaillot
y Sor Otilia Baumgarten, que en fidelidad a Cristo, vivieron el martirio «hasta el
don de su vida» (San Vicente).
Grande fue la alegria, en aquella tarde del martes 31 de enero, por recibir
en nuestra Provincia a nuestro Superior General, P. McCullen, a nuestra Madre
Rogé, nuestro Director General, P. Lloret y a todo el Consejo General.
En un clima de oracién y de accién de gracias se evoca el recuerdo de nues-
tras Hermanas que, en la majfiana del 1 de febrero de 1794 ofrecian su vida, con
tantos otros cristianos, por permanecer fieles a Cristo.
Hoy, el ferrocarril que une Paris con Angers, es répido. Sin embargo, el tren
tarda en llegar y la espera se prolonga en e! andén de la estacién, donde Sor
Marfa Ana Paviot, Visitadora, el P. Bouvier, Director Provincial y algunas Hijas
de la Caridad de Angers, se preparan a recibir a los peregrinos. Qué es lo
que ocurre, pues? Lo sabremos més tarde. Unos agricultores bretones encoleri-
zados, han interceptado el paso recordandonos el contexto econémico y politico del
momento. A! fin, con gran alegria por parte de todos, el tren entra en la esta-
cién, Y sin esperar mas, comienza la peregrinacién.
Nos acogen en primer lugar la Madre Priora del Monasterio de las Benedic-
tinas del Calvario y su Asistenta.
El calabozo.
Parte del Monasterio
donde fueron encardeladas
las Hijas de la Caridad.— 175 —
Los Fundadores han insistido en Ja exigencia
de une constante unién a Dios, para ser en ple-
no mundo, testigos def amor de Dios.
Constituciones 1.9.— 176 —
«La oracién tue el manantial de su fortaleza»
Padre McCullen.
penser
wet DIE
Ped
eae Chet!
Libro de oraclones de Sor Marfa Ane— m7 —
Rosario de Sor Otilia— 178 —
Extractos del Reglamento de fas Hermanas
del hospital de Angers
Se mostrarén fieles a la observancia de su reglamento y a la forma
de vivir que es propia de su pequefia Compaiiia, y a la adquisicién
de las virtudes sdlidas, especialmente en tener una pura intencién
de complacer a Dios en todas las cosas y de preferir antes la muerte
que disgustarle; para ello trabajarén incesantemente en la renuncia
@ su propia voluntad.
Y para que Dios tenga a bien concederles la gracia de cumplir todas
estas cosas, se la pedirn con frecuencia, se confesarén y comulgardn
@ menudo por esta intencién; caminarén en la presencia de Dios...
vivirén con mucha bonded, mansedumbre y cordielidad unas con
otras y con los pobres...
Estarén siempre en Dios, y Dios en ellas, mientras permanezcan en la
carldad,— 179 —
Sigémosles por esta parte del Monasterio todavia llamada «las cérceles=.
Alli fueron encerrados mujeres y nifios durante la tormenta revolucionaria. Nues-
tras Hermanas pasaron alli los primeros dias de su detencion. Los lugares siguen
casi intactos: habitaciones sombrias, recovecos, calabozos. Las noches debian
ser muy largas: poca luz, sin calefaccién y la angustiosa espera de un juicio
que se temia.
Tomamos el pasillo por el que pasaron tantos condenados a muerte. La madre
Priora nos hace notar, en el muro, una puerta situada a dos metros por encima
del nivel de la calle, puerta por la que se arrojaba a las carretas que esperaban
a las mujeres que no podian caminar hasta el lugar de! suplicio.
Después de esta visita, que nos encoge el corazén, penetramos, privilegio
insigne, en el Monasterio propiamente dicho. Alli quedamos Impresionados por la
pobreza y la austeridad de este lugar de silencio y de oracién. Y en la capilla
encontramos a las monjas. Unidos oramos y cantamos un céntico en honor de
los Mértires. Una de las Benedictinas de! Calvario fue guillotinada en enero
de 1794. Sor Celeste Verdier de la Sonrinigre es una de las beatificadas. Al-
gunas estrofas se elevan en su honor.
A peticion de la Madre Priora, nuestra Madre Rogé termina con un «Ave
Maria» y nos separamos, felices por este encuentro tan fraternal y unidos en
la misma accién de gracias,
El Monasterio esté cerca de la Casa de las Hijas de la Caridad y rapidamente
nos encontramos de nuevo en el oratorio para rezar las visperas del dia. La
cena pone fin a esta primera jornada, que se protonga en el anochecer alrededor
del P. General y de nuestro Madre, felices de comunicar noticias de la Com-
Al dia siguiente a las siete, es la salida hacia el campo de los Mértires. Este
seré el tiempo fuerte de la peregrinacién, que la mayor parte hace a pie, rezando
el rosario por esta carretera, antes un simple camino de carros, que recorrieron
nuestras Hermanas entre tantos otros condenados.
Unas 40 Hermanas, de Angers y de las casas vecinas, participan en la Euca-
ristia concelebrada por el P. McCullen, el P. Lloret, y el P. Bouvier. Fue el Padre
Lloret el primero que nos invité a dar gracias al Sefior por los tres siglos de
presencia de la Comunidad en la ciudad de Angers y nos urgié 8 pedir, por in-
tercesién de las Mértires, la gracia de la fidelidad para cada una de nosotras y
para la Compafifa entera.— 180 —
Al Salmo 62 y a la Palabra de Dios siguié la homilia del P. General. Dentro de
un espiritu totalmente vicenciano nos presenté el retrato de Sor Maria Ana -
de Sor Otilia, recordando cémo San Vicente invitaba a las primeras Hermanas al
martirio hasta el don de su vida.
El campo de los Mértires de Avrillé
A los lados se perciben las fosas comunes donde fueron enterradas las victimas.
Las mértires lo comprendieron muy bien. Por su actitud, iban a mostrar su
tidelidad a Cristo. No eran unas fandticas. Lo que querian era servir a los Pobres
y servir a Dios. Pero no veian como servir a los Pobres sin darse a Dios. Esta
conviccién fue !a que las Ievé al martirio.
Para los Méartires como para todos los demés, la oracién fue la fuerza de su
amor. Que Nuestra Sefiora y nuestras dos Bienaventuradas nos ayuden a conser-
var esta fidelidad a Dios.
Prosiguié la Misa en un gran recogimiento y terminé con un canto compuesto
especialmente para la Beatificacién, algunas de cuyas estrofas estaban dedi-
cadas a nuestras Hermanas.— 81 —
La tumba de nuestras Hermanas.
Ante la presunta tumba de Sor Maria Ana y de Sor Otilla, nuestra Madre nos
invita a pedir por la Compajila, las vocaciones y las Hermanas mértires de hoy
a través del mundo. Juntos repetimos el céntico que ellas cantaban cuando iban
ala muerte: «Pongo mi confianza, Virgen, en vuestro socorro».
Fachada
del Hotel-Diew
(Hospital) San Juan— 182 —
Hacia las 10, tomamos el camino del hospital San Juan, el primer hospital en
el que nuestras Hermanas sirvieron a los Pobres. Alli, se acumulan los recuerdos.
«jE! primer hospital!», repetia nuestro P. General.
iCudntas imagenes se agolpan en nuestro pensamiento! San Vicente, Santa
luisa, el Abad de Vaux, la Sefiora Turgis, Isabel, Cecilla-Inés, Clemencia, Mag-
dalena y todas las demas... y la peste en la ciudad, y el primer contrato firmado
el 1 de febrero, que conmemora una {épida. Y la Visita regular que hizo el sefior
Vicente de Paul en marzo de 1649 y que dur6 cinco dias. De ella escribié muchas
cosas buenas a la Seforita:
«El Reglamento se observa bien, salvo, quizé, el silencio desde las
8 haste las oraciones»...
Nos impresiona la sala de los enfermos; 110 camas a cada lado. Los muros
pertorados por ventanas de medio punto... pero no se las podia abrir. Hay una
puerta que permite la ventilacién, pero se la cerraba culdadosamente cuando ta
epidemia causaba estragos en la cludad.— 183 —
La farmacia, instalada ahora en el interior de la gran sala, nos evoca el re-
cuerdo de Sor Otilia que trabajé alli durante largos afios...
El claustro y la Capilla, construidos junto a la gran sala, vieron a nuestras
Hermanas, ir, venir, rezar,...
Los graneros San Juan y las bodegas donde se hacia el vino, nos hablan de
Sor Maria Ana encargada del oficio de la despensa.
Dejando el hospital con pena, llegamos a la catedral de San Mauricio, donde
confiamos nuestras intenciones al Sefior, Desde el atrio, la vista de la ciudad
es muy bella. El Maine se despereza indolentemente como en el tiempo en que,
segin la tradicién, vivia en este Barrio el Abad de Vaux. Es muy verosimil que
Santa Luisa viniese aqui.
Pero el tiempo pasa y el mediodia llega enseguida. Tenemos que volver a la
Casa donde la Comunidad ha preparado la comida, que serd alegre y un poco
nostélgica a la vez, porque la hora de la partida se aproxima y va a ser preciso
separarse. No es muy frecuente vivir a la vez con el Padre y con la Madre. El
agradecimiento brota de todos por estas horas pasadas juntos; alli donde nuestras
Hermanas dieron su ultimo testimonio: el de derramar su sangre.
Una Hermana de la Provincla de Rennes.
Claustro del Hotel-Dieu (Hospital) San Juan— 184 —
Las Constituciones
La Regle de vida:
Como un compendio del Evangelio, acomodado al uso que nos es més ade-
cuado para unirnos a Jesucristo y responder a sus designios.
San Vicente (Coste XII, 129; Sig. IX/3, p. 427).— 185 —
La cas
lad perfecta en el celibato
Este afio, les propongo que mediten sobre «la castidad perfecta en el celi-
bato», tal como la tienen que vivir en su vocacién de Hijas de la Caridad. Prose-
guiremos asi nuestra reflexién sobre las Constituciones, ya que en uno de los
Ultimos numero de Ecos de la Compaiiia se traté el tema del servicio a los
Pobres.
Porque, 4es preciso recordar que su entrega total al Sefior —y por tanto
esta castidad que es una de sus dimensiones y de sus expresiones més ra-
dicales— fa viven esencialmente para y en el servicio a los Pobres en el seno
de la Compafiia y segun su espiritu? Si se entregan ustedes en cuerpo y alma
al Sefior es para compartir el Amor que El tiene a los Pobres, y para servirles
en su nombre con un amor sencillo y humilde (C. 1, 5; 2.4).
Precisamente, este 25 de marzo, hace exactamente 30 afios que el Papa Pio XII
pubficé su enciclica «Sacra Virginitas» sobre la virginidad consagrada. Es pues
una ocasién para volver a leer este texto tan denso y siempre tan actual... y
de volverlo a leer precisamente como Hijas de la Caridad, confrontaéndolo con
lo especifico de su vocacién y dandole asi su pleno significado para ustedes, a
quien Dios «ha llamado y reunido para honrar a Nuestro Sefior Jesucristo como
Manantial y Modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en
la persona de los Pobres».
El nuevo Derecho Canénico dice (Canon 598):
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