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Bécquer - Poemas y Leyenda

El documento presenta una selección de poemas de Gustavo Adolfo Bécquer, donde expresa la esencia de la poesía y el alma humana a través de imágenes evocadoras y metáforas. En la leyenda 'El Miserere', un músico busca componer un Miserere perfecto, inspirado por un salmo de David, y se entera de un misterioso canto de los monjes muertos que regresan en Jueves Santo para implorar misericordia. La obra destaca la conexión entre la música, la poesía y la búsqueda de redención.

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Bécquer - Poemas y Leyenda

El documento presenta una selección de poemas de Gustavo Adolfo Bécquer, donde expresa la esencia de la poesía y el alma humana a través de imágenes evocadoras y metáforas. En la leyenda 'El Miserere', un músico busca componer un Miserere perfecto, inspirado por un salmo de David, y se entera de un misterioso canto de los monjes muertos que regresan en Jueves Santo para implorar misericordia. La obra destaca la conexión entre la música, la poesía y la búsqueda de redención.

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Gustavo Adolfo Bécquer, RIMAS Y LEYENDAS

RIMA I

Yo sé un himno gigante y extraño


que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de ese himno
cadencias que el aire dilata en las sombras.

Yo quisiera escribirlo, del hombre


domando el rebelde, mezquino idioma,
con palabras, que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas.

Pero en vano es luchar; que no hay cifra


capaz de encerrarlo, y apenas, ¡oh, hermosa!
si, teniendo en mis manos las tuyas,
pudiera al oído, cantártelo a solas.

RIMA II

Saeta que voladora


cruza, arrojada al azar,
y que no se sabe dónde
temblando se clavará;

hoja que del árbol seca


arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde al polvo volverá;

gigante ola que el viento


riza y empuja en el mar,
y rueda y pasa, y se ignora
qué playa buscando va;

luz que en cercos temblorosos


brilla, próxima a expirar,
y que no se sabe de ellos
cuál el último será;

eso soy yo, que al acaso


cruzo el mundo sin pensar
de dónde vengo ni a dónde
mis pasos me llevarán.
RIMA IV

No digáis que agotado su tesoro,


de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz al beso


palpiten encendidas;
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista;

mientras el aire en su regazo lleve


perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance


las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista;

mientras la humanidad siempre avanzando


no sepa a do camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

Mientras sintamos que se alegra el alma,


sin que los labios rían;
mientras se llore sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;

mientras el corazón y la cabeza


batallando prosigan;
mientras haya esperanza y recuerdos;
¡habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen


los ojos que los miran;
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira;

mientras sentirse puedan en un beso


dos almas confundidas;
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!
RIMA V

Espíritu sin nombre, me mezo entre los árboles


indefinible esencia, en la ardorosa siesta.
yo vivo con la vida
sin formas de la idea. Yo corro tras las ninfas
que, en la corriente fresca
Yo nado en el vacío, del cristalino arroyo,
del sol tiemblo en la hoguera, desnudas juguetean.
palpito entre las sombras
y floto con las nieblas. Yo, en bosques de corales
que alfombran blancas perlas,
Yo soy el fleco de oro persigo en el océano
de la lejana estrella, las náyades ligeras.
yo soy de la alta luna
la luz tibia y serena. Yo, en las cavernas cóncavas
do el sol nunca penetra,
Yo soy la ardiente nube mezclándome a los gnomos,
que en el ocaso ondea, contemplo sus riquezas.
yo soy del astro errante
la luminosa estela. Yo busco de los siglos
las ya borradas huellas,
Yo soy nieve en las cumbres, y sé de esos imperios
soy fuego en las arenas, de que ni el nombre queda.
azul onda en los mares
y espuma en las riberas. Yo sigo en raudo vértigo
los mundos que voltean,
En el laúd, soy nota, y mi pupila abarca
perfume en la violeta, la creación entera.
fugaz llama en las tumbas
y en las ruinas yedra. Yo sé de esas regiones
a do un rumor no llega,
Yo atrueno en el torrente y donde informes astros
y silbo en la centella, de vida un soplo esperan.
y ciego en el relámpago
y rujo en la tormenta. Yo soy sobre el abismo
el puente que atraviesa,
Yo río en los alcores, yo soy la ignota escala
susurro en la alta yerba, que el cielo une a la tierra,
suspiro en la onda pura
y lloro en la hoja seca. Yo soy el invisible
anillo que sujeta
Yo ondulo con los átomos el mundo de la forma
del humo que se eleva al mundo de la idea.
y al cielo lento sube
en espiral inmensa. Yo, en fin, soy ese espíritu,
desconocida esencia,
Yo, en los dorados hilos perfume misterioso
que los insectos cuelgan de que es vaso el poeta.
RIMA VII

Del salón en el ángulo oscuro,


de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas


como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

—¡Ay! —pensé—; ¡cuántas veces el genio


así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: «¡Levántate y anda!».

RIMA VIII

Cuando miro el azul horizonte me parece posible a do brillan


perderse a lo lejos, subir en un vuelo
al través de una gasa de polvo y anegarme en su luz, y con ellas
dorado e inquieto, en lumbre encendido
fundirme en un beso.
me parece posible arrancarme
del mísero suelo En el mar de la duda en que bogo
y flotar con la niebla dorada ni aun sé lo que creo;
en átomos leves ¡sin embargo estas ansias me dicen
cual ella deshecho. que yo llevo algo
divino aquí dentro!
Cuando miro de noche en el fondo
oscuro del cielo
las estrellas temblar como ardientes
pupilas de fuego,
EL MISERERE (Leyenda)

Hace algunos meses que, visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en


revolver algunos volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de los
rincones dos o tres cuadernos de música bastante antiguos cubiertos de polvo y hasta
comenzados a roer por los ratones.
Era un Miserere.
Yo no sé leer la música, pero tengo tanta afición que, aún sin entenderla, suelo
coger a veces la partitura de una ópera y me paso las horas muertas hojeando sus
páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos,
los triángulos y las especies de etcéteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender
una jota ni sacar maldito provecho.
Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la
atención fue que, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en
todas las obras, Finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado. La música no
alcanzaba sino hasta el décimo versículo.
Esto fue, sin duda, lo que primero me llamó la atención; pero luego que me fijé en
las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas
que ponen en todas partes, como maestoso, allegro, ritardando, o piú vivo, a piacere,
había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos
servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: Crujen... crujen los huesos,
y de sus médulas ha de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda aúlla sin
discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada,
y todo es la Humanidad que solloza y gime; o la más original de todas, sin duda,
recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne:
lumbre inextinguible, los cielos y su armonía... ¡Fuerza...! fuerza y dulzura.

¿Sabéis qué es esto? –pregunté al viejecito que me acompañaba, al acabar de medio


traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco. El anciano me contó
entonces la leyenda que voy a referiros.

I
Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó a esta abadía un
romero y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que
satisfacer su hambre y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con
la luz del sol su camino.
Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar puso el hermano a quien
se hizo esta demanda a disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto
de su cansancio, interrogó acerca del objetivo de su romería y del punto a que se
encaminaba.
–Yo soy músico –respondió el interpelado–; he nacido muy lejos de aquí, y, en mi
patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa
de seducción y encendí pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero
convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimiéndome por donde
mismo pude condenarme.
Como las enigmáticas palabras del desconocido no parecieron del todo claras al
hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse e, instigado por esta,
continuara en sus preguntas, su interlocuto prosiguió de este modo:
–Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar
pedirle a Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar mi arrepentimiento,
cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad en un libro santo. Lo abrí y en una de
sus páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el
que comienza Miserere mei, Deus. Desde el instante en que leí sus estrofas, mi único
pensamiento fue hallar una forma musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a
contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la he encontrado, pero si
logro expresar lo que siento en mi corazón, estoy seguro de hacer un Miserere tal, tan
maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos; tan desgarrador, que al
escuchar el primer acorde los arcángeles, dirán conmigo, cubierto los ojos de lágrimas y
dirigiéndose al Señor: ¡Misericordia! y el Señor la tendrá de su pobre criatura.
El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante; y después,
exhalando un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos
dependientes de la abadía y dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban
un círculo alrededor del hogar, lo escuchaban en un profundo silencio.
–Después –continuó– de recorrer toda Alemania, Italia, y la mayor parte de este
país, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y he oído
tantos, que puedo decir que los he oído todos.
–¿Todos? –dijo entonces interrumpiéndole uno de los rabadanes– ¡A que no habéis
oído aún el Miserere de la Montaña!
–¿El Miserere de la Montaña? –exclamó el músico con aire de extrañeza– ¿qué
Miserere es ése?
–¿No dije? –murmuró el campesino; y luego prosiguió con una entonación
misteriosa–. Ese Miserere que sólo oyen por casualidad los que como yo andan día y
noche tras el ganado por entre breñas y peñascos, y es toda una historia, una historia
muy antigua pero tan verdadera como al parecer increíble. Es el caso que en lo más
fragoso de esas cordilleras de montañas que limitan el valle, hubo ya hace muchos años,
muchos siglos, un monasterio famoso, que, a lo que parece, edificó a sus expensas un
señor con los bienes que había de legar a su hijo, al cuál desheredó al morir, en pena de
sus maldades. Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso de este hijo, que, por lo que se
verá más adelante, debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en
persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos, y de que su
castillo se había transformado en iglesia, reunió a unos cuantos bandoleros, camaradas
suyos, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el
punto y hora en que habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio,
saquearon la Iglesia, y a éste quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida.
Después de esta atrocidad se marcharon los bandidos, y su instigador con ellos; a dónde,
no se sabe; a las profundidades tal vez. Las llamas redujeron el monasterio a escombros,
de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón de donde nace la
cascada, que, después de estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo que viene a los
muros de esta abadía.
–Pero –interrumpió impaciente el músico– ¿y el Miserere?
–Aguardaos –continuó con gran sorna el rabadán–, que todo irá por parte.
Dicho lo cuál, siguió así su historia:
–Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a hijos y de
hijos a nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene
más viva su memoria es que todos los años, tal noche como en la que se consumó, se
ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia; se oye como una especie de
música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las
ráfagas del aire. Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para
presentarse en el tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a
impetrar su misericordia cantando el Miserere.
Los circunstantes se miraron unos a otros con muestra de incredulidad; sólo el
romero, que parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con
ansiedad al que la había referido:
–¿Y decís que ese portento se repite aún?
–Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente esta noche
es la de Jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.
–¿A qué distancia se encuentra el monasterio?
–A una legua y media...; pero ¿qué hacéis? ¿A dónde vais? ¡Estáis dejado de la
mano de Dios! –exclamaron todos al ver que el romero, levantándose de su escaño y
tomando el bordón, se dirigía hacia al puerta.
–¿Adónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande, el verdadero
Miserere de los que vuelven después de muertos, y saben lo que es morir en el pecado.
Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado lego, y de los no menos
atónitos pastores.
El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase
por arrancarlas de sus quicios. La lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las
ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo
el horizonte que desde ellas se descubría. Pasado el primer momento de estupor,
exclamó el lego:
–¡Está loco!
–¡Está loco! –repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre y se agruparon
alrededor del hogar.

II
Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaran de
loco en la abadía, remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la
historia, llegó al punto en que se levantaban negras e imponentes las ruinas del
monasterio.
La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos
jirones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar
los fuertes manchones y extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba
gemidos. Sin embargo nada sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al
que había dormido más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre
abandonada o de un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación
cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.
Las gotas que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las
losas con un rumor acompasado como el del péndulo de un reloj; los gritos del búho,
que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco
de un muro; el ruido de los reptiles, que descubiertos de su letargo por la tempestad
sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen, o se arrastraban por
entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las
lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraños y
misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al
oído del romero que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso
la hora en que debiera realizarse el prodigio.
Transcurrió tiempo, y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil confusos rumores
seguían sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.
–“¡Si me habrá engañado!” –pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un
ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos
segundos antes de sonar la hora: ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de
maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de su misteriosa vitalidad
mecánica, y sonó una campanada..., dos..., tres..., hasta once.
En el derruido templo no había campana, ni reloj, ni torre ya siquiera.
Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía
se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que
cobijaban las esculturas, las gradas de mármol en los altares, los sillares de las ojivas,
los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros
machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera, comenzó a
iluminarse espontáneamente, sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que
derramase aquella insólita claridad.
Parecía un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas que brilla y
humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.
Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la
muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más horrible aún
que la inercia del cadáver que se agita con su desconocida fuerza. Las piedras se
reunieron a las piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin
orden, se levantó intacta y se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las
destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose, formaron con sus
columnas un laberinto de pórfido.
Una vez reedificado el tempo, comenzó a oírse un acorde lejano que pudiera
confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves,
que parecía salir del seno de la tierra e irse elevando poco a poco haciéndose cada vez
más perceptible.
El osado peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su
fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y, alentado por él, dejó la tumba sobre la
que reposaba, se inclinó al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente,
despeñándose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.
Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues
de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las
oscuras cavidades de los ojos de su calavera, vio los esqueletos de los monjes, que
fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las
aguas y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las
peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo en voz baja y sepulcral, pero con
una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David: ¡Miserere
mei Deus, secundum magnam misericordiam tuam! (Apiádate de mí, Oh Dios, según tu
gran misericordia).
Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y
penetrando en él, fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y
solemne prosiguieron entonando los versículos del Salmo. La música sonaba al compás
de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno, que, desvanecida la
tempestad, se aleja murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad
del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de
agua que se filtraba, y el grito del búho escondido, y el roce de los reptiles inquietos.
Todo esto era música, y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo
más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del himno de
contrición del Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras
terribles.
Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar
fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se
revisten de formas extrañas y fenomenales.
Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las
facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emoción fortísima, sus
dientes chocaron, agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró
hasta la médula de los huesos...
Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere:
“In iniquitatibus conceptus sum; et in peccatis conceptit me mater mea” (Fui concebido
en la iniquidad y mi madre me concibió en pecado).
Al resonar el versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se
levantó un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado a la Humanidad
entera por la conciencia de sus maldades, un grito horroroso, formado de todos los
lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las
blasfemias de la impiedad, concierto monstruoso, de los que viven en el pecado y
fueron concebidos en la iniquidad.
Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que
rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro
de júbilo, hasta que, merced a una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada
en luz celeste; las osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola
luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y, a través de ella, se vio
el cielo como un océano de lumbre abierto a la mirada de los justos.
Los serafines, los arcángeles, los ángeles, y todas las jerarquías acompañaban con
un himno de gloria este versículo, que subía entonces al trono del Señor como una
tromba armónica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:
“-Auditui meo dabis gaudium et laetitiam, et exultabunt ossa humiliata” (A mi oído
darás alegría y dicha, y tendrán regocijo los huesos humillados).
En este punto, la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes
latieron con violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por tierra, y no oyó
más...

III
Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano
lego había dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus
puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.
–¿Oísteis, al cabo, el Miserere? – le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego,
lanzando a hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.
–Sí –respondió el músico.
–¿Y qué tal os ha parecido?
–Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa –prosiguió dirigiéndose al
abad–; un asilo y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un
Miserere que borre mis culpas a los ojos de Dios, eternice mi memoria y eternice con
ella la de esta abadía.
Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su demanda; el
abad, por compasión, aún creyéndole un loco, accedió al fin a ella, y el músico,
instalado ya en el monasterio comenzó su obra.
Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba, y
parecía escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas saltaba
en el asiento y exclamaba: –“¡Eso es así, así, no hay duda..., así!” –y proseguía
escribiendo notas con una rapidez febril, que dio en más de una ocasión que admirar a
los que le observaban sin ser vistos.
Escribió los primeros versículos y los siguientes, y hasta la mitad del salmo; pero al
llegar al último que había oído en la montaña le fue imposible proseguir.
Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores: todo inútil. Su música no se parecía
a aquella música ya anotada y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la
fiebre se apoderó de su cabeza y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el
Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a su muerte, y aún se
conserva hoy en el archivo de la abadía.

Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver


otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere que aún estaba abierto
sobre una de las mesas.
“In peccatis conceptit me mater mea”
Estas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecía mofarse
de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.
Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.
¿Quién sabe si no serán una locura?

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