0% encontró este documento útil (0 votos)
22 vistas2 páginas

Caminando Juntos

El documento reflexiona sobre la búsqueda del sentido de la vida, enfatizando que la felicidad personal está ligada a la conexión con los demás y a la responsabilidad social. Se destaca la importancia de la historia compartida y la necesidad de un proyecto común que despierte aspiraciones hacia el bien colectivo. Finalmente, se aboga por una regeneración espiritual y el florecimiento del amor como claves para superar las crisis y construir una sociedad más humana.

Cargado por

Ofelia Avella
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
22 vistas2 páginas

Caminando Juntos

El documento reflexiona sobre la búsqueda del sentido de la vida, enfatizando que la felicidad personal está ligada a la conexión con los demás y a la responsabilidad social. Se destaca la importancia de la historia compartida y la necesidad de un proyecto común que despierte aspiraciones hacia el bien colectivo. Finalmente, se aboga por una regeneración espiritual y el florecimiento del amor como claves para superar las crisis y construir una sociedad más humana.

Cargado por

Ofelia Avella
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Caminando juntos

Estamos muy acostumbrados a pensar en el sentido de la propia vida. Algo natural y necesario,
pues el ser humano necesita descubrir sus talentos para discernir cómo desarrollarlos y orientarse cara
al futuro. La felicidad personal está ligada al encuentro de este sentido que, según Frankl, no se inventa
sino que se descubre, en medio de las circunstancias y llamadas que despiertan en nosotros una
disposición a responder de un modo concreto. Todo lo que acontece y teje el entramado de nuestras
condiciones de vida, supuestas también nuestras luchas y decisiones libres, puede tornarse en un
ambiente que interpela a descubrir cómo y a qué entregarse. La propia vida es, sin duda alguna, de uno.

Esta real individualidad de cada uno, libre y responsable de una vida que, por poseerla y
asumirla, nos dispone a hacernos cargo de nosotros mismos, no excluye la socialidad. Antes bien, no
podemos pretender auto-conocernos bien sin entrar en relación con los demás: somos seres sociales
por naturaleza y no porque nos necesitemos en un sentido puramente utilitario, sino porque nadie
puede amar en soledad. La vida evidencia que nuestra felicidad depende de la calidad de nuestros lazos
interpersonales: no de la personal autosuficiencia. Nadie puede ser feliz sin amor y sin trascenderse a sí
mismo dirigiéndose hacia un fin que eleve sus aspiraciones. Y en esta lucha están implicados los demás,
pues para amar preciso del otro a quien me dono y a quien ofrezco lo mejor de mí. El aislamiento deriva
no solo en un extrañamiento del otro, sino que torna a quien se repliega sobre sí mismo en un ser ajeno
a su propia intimidad. Hablo de aislamiento; no de esa necesaria soledad que se precisa para reflexionar,
interiorizar, y discernir en la intimidad qué es aquello mejor que puedo hacer.

Así como cada hombre debe descubrir su particular vocación como un llamado a sus facultades,
a su yo más íntimo, a orientar su vida de una u otra manera, de igual modo hay que considerar que la
historia tiene un sentido que nos implica a todos, pues no caminamos solos en este mundo.

Por eso la historia, entendida como el pasado de un pueblo cuyas conjuntas acciones nos han
traído hasta el día de hoy, “no es un asunto privado o particular, sino asunto público y común, porque es
tejido de lo individual y lo social” (Cruz Cruz). Para bien o para mal, como refiere Castro Leiva en su
discurso ante el Congreso del año 1998, con ocasión del 23 de enero de 1958, la historia de nuestros
muertos es siempre digna de ser recordada para no olvidar que esta trama humana en la que estamos
todos implicados es una “vida en común” que debe orientarse hacia una vida feliz. Caminamos juntos en
este tiempo que compartimos; trabajamos y pensamos juntos; nos afectamos unos a otros para bien y
para mal. Todos aspiramos ciertas condiciones de vida que nos permitan diseñar un proyecto que nos
ilusione y confirme en nuestra existencia. No nacimos solo para comer, dormir y satisfacer nuestras más
básicas necesidades. Todo hombre, por más intrascendentes que parezcan sus intereses, aspira a una
vida que le dignifique; que le ayude a advertir que su vida es valiosa por ser él quien es: por advertirse
mirado e interpretado (comprendido) como un ser humano capaz de aportar algo a la sociedad. Muchos
pueden no ser conscientes de esta íntima exigencia de su ser. Muchos no lo captan de este modo
porque están tal vez inmersos en una carrera de supervivencia que les golpea rudamente en la
autoestima. Algunos no han experimentado el amor. Así, pues, porque no vivimos solos y porque el país
es de todos, urge comprender que necesitamos de un proyecto común que despierte en muchas almas
dormidas ese deseo natural a bienes más altos.

La historia del país es común a todos, para bien o para mal, con los aciertos y errores de
nuestros antepasados. Es también ese legado de posibilidades que nos permiten llegar a ser algo
concreto si tomamos conciencia de la necesidad de elaborar proyectos que se orienten al bien común,
pues si algo dejan en evidencia los procesos destructivos como los que vivimos es, precisamente, el
alcance que tienen las acciones humanas individuales. En una trama común estamos todos implicados.

Tenemos la oportunidad de que en el país germine una sociedad más humana, más sensible al
dolor del otro, más despierta a comprender que se es más feliz si uno se esmera en poner el corazón en
bienes más altos: que doten de un sentido profundo la propia vida poniendo al servicio de la sociedad
nuestros talentos.

Vivimos entre las cosas; entre las personas, como decía Zubiri. La vida humana es coexistencia.
Una que no debe entenderse en términos superficiales, pues si somos sinceros y lo reconocemos,
nuestras vidas quedarían cojas en nuestra pretensión de auto-realización si no descubrimos que lo que
salva es el amor. Y Venezuela, en estos tiempos, precisa de una fuerza interior que brote de este
reconocimiento íntimo de que si sufrimos en común, solo saldremos adelante en común. Y no como
programa necesario en sentido pragmático, sino como un ideal realizable que debe apelar en nosotros
lo mejor que cada uno tiene y puede ofrecer a la sociedad en que vivimos.

El filósofo Hans-Georg Gadamer dijo en alguna entrevista que la vida le había enseñado que el
hombre debe estar siempre abierto a la esperanza. Dijo también, sin embargo, que el mundo necesitaba
de una especie de cataclismo para que todos volviéramos a mirarnos a los ojos. Nosotros hemos ya
vivenciado una especie de terremoto (físico, institucional, y psicológico) y estamos por lo mismo en
condiciones de experimentar que las crisis se superan con una regeneración espiritual y un florecimiento
de la capacidad de amar de cada uno.

También podría gustarte