El status de lo inconsciente
Contra lo que suele suponerse, los aspectos inconscientes del psiquismo no son
temas que sólo en este último siglo comenzaron a cobrar interés para el
pensamiento humano. Desde muy antiguo, filósofos, sacerdotes, teólogos, médicos,
pensadores y estudiosos de
todas las culturas quisieron conocer acerca de la naturaleza humana, por qué somos
como somos, a qué se deben nuestras semejanzas y nuestras diversidades. O sea,
por qué hacemos lo que hacemos, qué es lo que motiva nuestra conducta.
Las explicaciones fueron de naturaleza diversa, ya teológicas, ya naturalistas, pero
siempre han considerado al ser humano como una totalidad viviente, lo que significa
también indisolublemente vincula.do a su entorno y a los otros. Del mismo modo,
ese misterio que es su actividad anímica -o psíquica, diríamos ahora-, la posibilidad
de percibir, de soñar, de pensar, de hablar, también fueron pensadas como
totalidades, cuyo origen y naturaleza había que descifrar.
En las culturas antiguas, los fenómenos que hoy clasificamos como conscientes e
inconscientes merecieron tratamientos idénticos. Tan atendible era una imagen
percibida como una imagen soñada. Tan valioso era conocer por intuición como
conocer por razonamiento.
Es en los siglos siguientes, y en nuestra civilización de Occidente, donde se empezó
a asignar tan poderosa importancia a la Razón, a la Conciencia, y por ende a la
Voluntad. Si bien en la Antigüedad Clásica, en Grecia y su zona de influencia, se
desarrollaron de modo muy importante las matemáticas y el filosofar racionalista,
ello no lo fue a expensas de otras capacidades del psiquismo.
Dicen que Platón escribió sobre el portal de su Academia: "Lugar del Saber. No
entra aquí quien no se interese por las Matemáticas y la Música". Ambas eran
consideradas formas del saber.
El racionalismo
Pero paulatinamente en Occidente fue creciendo la valoración por la Razón como
forma más acabada del conocer. Incluso en el terreno de lo religioso prosperaron las
posiciones de quienes entendieron que el camino hacia Dios transita tanto o más por
el intelecto que por la fe. Piénsese por ejemplo en Santo Tomás, Descartes,
Spinoza, o el movimiento de la Reforma y su convicción de que las Escrituras
debían ser leídas y comprendidas por cada creyente. El Renacimiento -entiéndase,
renacimiento de lo griego- afianzó más aún esta tendencia de la cultura de
Occidente, de la que es heredero el positivismo lógico de principios del siglo veinte.
Por cierto que en gran medida se debe a esta tendencia el desarrollo de las ciencias
modernas, de la tecnología y de la investigación científica. Pero también se le debe
una visión limitada, parcial, y por lo tanto errónea, acerca de la naturaleza humana.
La Psicología, ciencia relativamente reciente, se consolida como tal precisamente en
el marco de estos principios racionalistas. Supone que en lo psíquico humano lo
esencial es la capacidad de comprensión intelectual de los hechos y la capacidad de
gobernar las propias acciones. Es decir, la conciencia y la voluntad. Las demás
capacidades, que se consideran compartidas con otras especies inferiores, se las
supuso no exponenciales de la condición humana.
Lo que en un principio fue señalar cuáles eran las características específicamente
humanas, pronto pasó a ser la definición del objeto de estudio de la Psicología, y
más tarde ya no sólo el modo de definir el objeto de una ciencia, sino una opinión
acerca de la naturaleza humana misma. El Hombre, que alguna vez se había
definido como el rey de la Creación, pasó a pensarse como la cúspide racional de la
Evolución.
Razones había para ello, no sólo naturalistas. El desarrollo de las ciencias permitió
conocer acerca del universo, de los seres y de las cosas. El enorme desarrollo
tecnológico permitió construir maquinarias -aparatos de ingeniería- que aceleraron y
a veces mejoraron lo que hasta entonces dependía sólo de la capacidad del trabajo
humano. La industrialización resultante llevó a una mayor concentración poblacional,
y a una muy importante concentración económica. Crecieron las ciudades, creció la
producción de bienes y la acumulación de la riqueza, y crecieron también las
posibilidades de desarrollar el pensamiento, las artes y las ciencias. Hubo quienes
bautizaron a esta época gloriosa europea, que va de la segunda mitad del siglo XIX
a las primeras décadas del siglo XX, como el Segundo Renacimiento. También
crecieron la inequidad, la codicia, el desprecio por el semejante, y así fue como lo
que se supuso la época del mayor desarrollo humano fue también la de su ma yor
ignominia.
Pero mientras tanto, un presente exitoso hacía suponer cercano el dominio del
hombre sobre la naturaleza y sobre sí mismo, cercana también su posible
perfección, la que habría que acelerar, ciencia y tecnología mediante. Se entenderá
entonces por qué prosperó tan intensamente la banal arrogancia de pensarse como
el Ser de la Razón y de la Voluntad. Y se entenderá tam bién el porqué de su
desesperación ante la dramática caída en las guerras y horrores de los años
siguientes.
El creciente aumento de las penurias personales y de los problemas sociales fue
haciendo evidente la inca pacidad de la psicología académica para hallarles
solución, lo que impulsó la búsqueda de otras explicaciones posibles. Por ejemplo,
el papel que pudiera jugar el psiquismo inconsciente en la determinación de la
conducta humana, idea en fuerte oposición a la psicología hegemónica de ese
entonces. Así es como en esa transición del siglo XIX al siglo.XX puede observarse
un he cho en cierto modo absurdo: científicos que necesitan discutir con otros
científicos, a veces acerbamente, acerca de si el psiquismo inconsciente existe o no
existe, discusión que hubiese sido impensable siglos atrás. Como
si hoy en día alguien tuviese que discutir si la electricidad existe o no existe.
Podemos no saber qué es, y de hecho no lo sabemos, pero no podemos poner en
duda su existencia.
Presencia de lo Inconsciente
Sigmund Freud, el fundador del cuerpo teórico más vasto en el campo de las
psicologías de lo inconsciente, fue quien con mayor claridad pedagógica escribió
acerca de la presencia continuada de este modo de la actividad psíquica en todo
comportamiento cotidiano. Tomó para ello el análisis del sentido de los sueños, los
actos fallidos -o sea las conductas equivocadas-, los chistes o dichos de doble
intención, y mostró cómo allí eii el hablar y en el vivir cotidianos podía verse la
existencia de los dos niveles· de la actividad psíquica a los que nos venimos
refiriendo, e incluso la fuerte prevalencia que lo inconsciente tiene en las conductas
que analiza.
Este tema que acabamos de mencionar nos acarrea una primera dificultad. Como
cronológicamente, según venimos diciendo, la Psicología que se ocupó de la Con
ciencia fue anterior y hegemónica, y luego, paulatinamente, ingresó el estudio de lo
inconsciente, se corre el riesgo de suponer que el orden de aparición de los fenó
menos en la naturaleza se corresponde con el orden del desarrollo de la cie!lcia
psicológica, y confundirnos respecto de la extensión j,'de la importancia de lo incons
ciente en la actividad psíquica humana. Conviene entonces aclarar que la mayor
parte de la actividad psíquica humana es inconsciente, como lo es la actividad
psíquica de otras especies, hasta donde podemos saber de ello. Y está muy bien
que así sea, porque de lo contrario nos sería imposible una adecuada coordinación y
ejecución de nuestros actos. Luego, además de esta actividad inconsciente, el
hombre adquiere capacidad de reflexión, de objetivarse, es decir, de tener
conciencia de sí. Esta actividad consciente aparece tardíamente en el desarrollo de
la especie y del individuo, y abarca una pequeña parte de nuestra actividad psíquica
cotidiana.
Puede que esta afirmación sorprenda, porque nues tra cultura continúa impregnada
de fervor racionalista. Sin advertirlo, participamos del supuesto de ser sólo seres de
Conciencia. Por más que se escriba y se lea sobre el tema, finalmente es habitual
escuchar cosas del tipo "...yo no lo hice, o lo habré hecho inconscientemente",
donde subyace la antigua convicción de que somos sólo nuestra conciencia, y como
si lo nuestro inconsciente no fuésemos nosotros. Por ende, también seríamos sólo
responsables de lo que racionalmente queremos, y no de la totalidad de lo que
somos y de lo que hacemos, y de lo inconscientemente deseado.
Modos de entender lo inconsciente
Repetidas veces hemos mencionado el vocablo in consciente, por lo que ya es
tiempo de hacer algún comentario sobre los dos sentidos en que suele usarse. En
primera instancia, inconsciente y consciente equivale a decir desconocido y
conocido. Este .modo de usar los vocablos hace referencia a lo que podría llamarse
la cua lidad de la representación psíquica. Es el modo como lo usan muy diversas
escuelas de psicología. Por ejemplo, puede hablarse de inconsciente cognitivo, en el
marco de las Psicologías Cognitivas, para referirnos a los procesos del conocer
-percibir, pensar, recordar- de los que la persona no es consciente. Pero en las
psicologías cuyo objeto es particularmente el problema de lo inconsciente, como son
las diversas psicologías psicoanalíticas y sus derivados, además de este modo
cualitativo se postula la existencia de un inconsciente sustantivo, es decir, un
espacio psíquico inconsciente construido a partir de sucesivos procesos de
represión. ¿Represión de qué? De experiencias que fueron fugazmente conscientes,
produjeron dolor y fueron reconvertidas en inconscientes. Es lo que se suele llamar
el inconsciente reprimido o construido, concepto fundamental en las teorías psicoa
nalíticas freudianas. Este es tema que se verá en particular más adelante, aquí sólo
quisimos puntualizar los dos modos de entender el vocablo inconsciente.