0% encontró este documento útil (0 votos)
29 vistas19 páginas

El Camino Del Olvido

La historia narra una tragedia ocurrida en la madrugada del 19 de noviembre, cuando un río desbordado arrasó con un sector de la Mojana, causando la muerte de muchos habitantes mientras dormían. A través de recuerdos y reflexiones, el narrador explora el impacto de la pérdida, la naturaleza y las dinámicas familiares, destacando la opresión de su abuelo y el deseo de ser escritor. La narrativa entrelaza la memoria personal con la tragedia colectiva, mostrando cómo el pasado y la naturaleza moldean la identidad y los sueños de los sobrevivientes.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
29 vistas19 páginas

El Camino Del Olvido

La historia narra una tragedia ocurrida en la madrugada del 19 de noviembre, cuando un río desbordado arrasó con un sector de la Mojana, causando la muerte de muchos habitantes mientras dormían. A través de recuerdos y reflexiones, el narrador explora el impacto de la pérdida, la naturaleza y las dinámicas familiares, destacando la opresión de su abuelo y el deseo de ser escritor. La narrativa entrelaza la memoria personal con la tragedia colectiva, mostrando cómo el pasado y la naturaleza moldean la identidad y los sueños de los sobrevivientes.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

El camino del olvido

La historia que estoy por contar ya fue vivida mucho tiempo atrás, los hechos que

aquí relataré ocurrieron hace años, por lo cual no sirve de nada desear que uno de

ellos tenga un final diferente, porque, así como un beso que se da, ya no se puede

quitar, borrar o limpiar. Lo llevas en los labios para siempre.

Esa madrugada del 19 de noviembre ocurrió la tragedia, la cual fue inevitable y

que no pudo ni por un momento definirse como sorpresiva o inesperada porque

por mucho tiempo, sutilmente, estuvo anunciando su llegada, cada año nos

prevenía causando desastres que momentáneamente dejaban a sus víctimas con

las manos vacías, con aquella sensación de incertidumbre y con la tristeza de

saber que vivían bajo los deseos de algo que ellos no podían controlar: la propia

naturaleza, que cada vez reclamaba su propio espacio y que un día simplemente

lo tomó. Fue una madrugada cuando ocurrió, como la mayoría de los desastres,

siempre llegan cuando las personas han elevado sus oraciones a Dios, pidiendo

que los guarde hasta el siguiente día. El agua irrumpió en las viviendas y acabó

con todo a su paso, nadie tuvo tiempo de reaccionar porque entró silenciosa,

como un ladrón que ha planificado su crimen por años. No hubo una alarma, una

señal que previniera, simplemente pasó. Mucho tiempo después, relatarían los

sobrevivientes que solo los animales sabían lo que estaría por ocurrir. Ese día

todos sus habitantes se levantaron temprano a buscar la leche, a sacar los huevos

del gallinero y a cortar el racimo de platano para el desayuno, pero los cerdos, las

gallinas y los patos estuvieron intranquilos todo el día, los cerdos chillaban y las

gallinas tarareaban caminando de un lado a otro, despavoridas, pero nadie se


sorprendió porque en un lugar donde las personas pueden adivinar tu futuro solo

con mirar el fondo de la taza de café que te acabas de tomar o convertirse en una

serpiente para asustar a los borrachos del camino nada resulta especialmente

extraordinario. El fenómeno era inusual, pero todos lo tomaron como alguna peste

o epidemia que había invadido a los animales, por la noche cuando el manto

negro cubierto de estrellas cayó sobre todos, se dispusieron a recoger sus

animales y a encerrarlos para lograr dormir. Todos durmieron tranquilos,

esperando un nuevo día que para muchos no llegaría.

La mañana del día siguiente se sintió surreal, fue como estar viviendo en algún

lugar imaginario. Fue la noticia del día, de las semanas y de los años venideros.

La tragedia que se había tratado de evitar pero que al final sucedió. El rio

embravecido había sepultado para siempre un sector de la Mojana, La mayoría de

sus habitantes murieron mientras dormían y aquellos que sobrevivieron fue porque

esa madrugada no estaban en sus casas. La noticia se transmitió en todos los

lugares, la capital estaba consternada, los medios de comunicación culpaban al

gobierno actual de lo sucedido, el gobierno actual culpaba a los anteriores y cada

uno se pasaba la papa caliente para liberarse de la responsabilidad, nadie quería

convertirse en el mercenario de aquella tragedia. Al final solo hubo un

responsable, uno que no podría defenderse: la propia naturaleza. Con aquella

excusa y subsidios económicos constantes lograron poner paños de agua tibia

sobre la frente de aquellos que lloraban a sus muertos. Los días siguientes a esa

madrugada, fueron los más difíciles de sobrellevar porque los cadáveres

aparecían flotando en el rio, algunos irreconocibles, otros con expresiones en sus


rostros difíciles de descifrar, muchas familias optaban por tomar cualquiera de

esos cuerpos y llorarlos imaginando que eran hijos, hermanos y padres que

habían perdido, porque al final sus cuerpos no fueron encontrados. Quizás se

quedaron sepultados bajo el rio. El rio, había sido el lugar que me había visto

crecer, ese que me enseñó a nadar, donde me encontraba con mis amigos, donde

había besado por primera vez, ese mismo rio que adornaba mi tierra se había

encargado de arrebatármela. Cuando supe que ya no existía más mi hogar,

recordé las letras escritas en la pared del cementerio de mi pueblo “Lo que eres,

fui; lo que soy; serás” esa madrugada los vivos se hicieron uno con aquellos que

descansaban eternamente. Recordé entonces a mi padre que era un hombre

noble; más bien un niño que no había terminado de crecer y que siempre viviría

bajo la sombra de mi abuelo; esperando una orden, la instrucción y la aprobación

de él, conviviendo con el miedo a alzar un poco más su voz, con el temor de

irrespetar al hombre que lo había sacado adelante. Una tarde, cuando yo era aún

un pelao le pregunté a mi padre que significaba la frase que estaba escrita en la

pared del cementerio. El acomodándose su sombrero de paja, me explicó que

estaba relacionado con la vida y la muerte.

-No entiendo-respondí con sinceridad. Él soltó una risa fraterna y aclaró su

garganta para responderme

-No te pongas ahora a explicarle vainas a este pelao, José-ordenó mi abuelo con

voz autoritaria-hace mucho calor para ponerse uno hablar pendejadas.

Mi papá obedeció sin más, demostrando el carácter débil que tenía ante él. Ese

día mi abuelo pidió a todos los nietos que lo ayudaran a recoger arroz, pero yo
tenía planes más importantes para mí. Porque esa misma tarde me sentaría a

escribir el cuento que presentaría al festival de literatura que se celebraría en mi

escuela. Estaba eufórico porque la clase de español era mi favorita, me excusé

bajo el pretexto de un dolor de barriga, pero antes de irse al campo, uno de mis

primos me descubrió escribiendo y leyendo en voz alta mis versos, así que

corriendo fue a donde se encontraba mi abuelo. Cuando este se enteró que la

razón por la cual no quería ir al campo a cortar arroz se debía a que en ese

preciso momento estaba escribiendo una historia, se enfureció tanto que me

arrebató la libreta de las manos y con un golpe en seco me la estrelló contra la

cara.

-No ha nacido el primer cacorro en esta familia-gritó tomándome del brazo y

alzándome con brusquedad- Y tú no vas hacer el primero.

Esa noche, me acosté con la piel ardiente y enrojecida por el sol, con las manos

lastimadas por el trabajo de campo y con el dolor en mi cara por el golpe

propinado por mi abuelo, pero, aun así, con todo eso, nada se comparaba a la

presión que llevaba dentro del pecho al saber que no podría participar en aquel

concurso que tanta ilusión había creado en mí. El hecho de que fuera mi abuelo, la

figura de autoridad de la casa quien me hubiese estrellado mis propios versos en

la cara me hacía pensar en la escena como algo simbólico. Una señal del futuro

que me esperaría si me quedaba con ellos. A la mañana siguiente mi abuela y

madre a modo de consuelo me prepararon un mote de queso que curó en cierta

parte aquella decepción, porque un plato cocinado con amor cura cualquier pena

del corazón. Esa tarde para acompañar el almuerzo salí a comprar una panela y
me encontré con “El loco” era el borracho de la esquina, el cual vivía de la lastima

de la gente y de algunos pesos que ganaba por quemar y botar la basura de los

vecinos. Él dormía en cualquier lugar donde se lo cogiera el sueño o la borrachera.

No era muy nombrado en el pueblo, salvo cuando un niño no quería obedecer a

sus padres porque era usado para regular su comportamiento. Muchos decían que

por las noches se convertía en un mono que trepaba los árboles y que se

dedicaba asustar a quien se encontrara caminando a altas horas de la noche,

otros comentaban que más bien tomaba la forma de un niño que jugaba solo en

una pila de arena y que esperaba el momento en el que cualquier atrevido lo

regañara para perseguirlo hasta su casa. La verdad fue que nunca lo conocí de

esta manera, siempre observaba al mismo hombre de cabellos claros tambalearse

de un lado a otro, buscando sin éxito mantenerse en pie. Recuerdo que el único

día que lo vi sobrio y limpio fue cuando unas monjas de la capital pidieron que lo

asearan para la misa que estarían celebrando ese día. Al final nos reunimos todos

a tomar una taza de sopa, y una de ellas exclamó con voz ahogada

- ¡Que temperatura! - dijo mientras se ventilaba con un abanico. Sacó un frasco de

su bolso y esparció sobre ella el contenido. El loco extendió el brazo para recibir

un poco, pero ella amablemente le explicó.

-Esto es agua de rosas hijo. Vas a oler a mujer

Él se encogió de hombros, restándole importancia a las palabras de la mujer.

-No le preste atención a eso, hermanita, a rosas vamos oler todos cuando

estemos en el cementerio.
El loco tenia momentos de lucidez, supongo cuando no estaba bajo los efectos del

alcohol, lo observé y me pregunté qué tan diferente fuera su vida si hubiese

recibido los consejos de su madre que le pedía alejarse de amistades que no le

convenían. Esa noche se acercó a mí y me brindó un consejo que recordaría para

siempre. “El que no se atreve a luchar por lo que quiere no merece estar vivo”

Confundido lo miré y él con la boca me hizo una seña para mostrarme algo. Fue

entonces cuando la observé. esa noche la conocí, aunque ya la había visto

anteriormente, en ese momento mis ojos la vieron de verdad. Era inconfundible

ese andar ligeramente encorvado y los brazos rozando sus caderas. Era ella;

María Inés. Estaba más alta de lo que lograba recordarla. Caminaba siempre al

lado de su abuela quien se encargó de criarla porque su madre había fallecido

cuando ella aún era una niña y su padre no entendía mucho de crianza en

mujeres. Todos la pretendían, porque la veíamos como alguien fuera de nuestro

alcance. Esa noche a duras penas logré saludarla, porque su abuela no se separó

de ella un solo momento. Pero no me molestaría porque más adelante la vida me

concedería la oportunidad de volverla a ver. Fue una tarde cuando caminaba de

regreso a su casa, la temperatura era inclemente y las calles levantaban polvo por

cada pisada, estábamos en la época de verano y los desmayos por deshidratación

eran frecuentes. La encontré recostada a un árbol de guayaba, tratando de

respirar y frotando un pañuelo por su cara; llevaba su cabello oscuro recogido en

una trenza y un vestido negro bajo su rodilla.


- Oye, ¿estás bien? - detuve el caballo frente a ella, me apeé de él y lo até a una

estaca. Cuando me vio venir se recompuso inmediatamente y tomó la canasta

llena de guayaba que estaba a su lado

- Si, gracias- Intento irse, pero la detuve, porque en ese momento recordé las

palabras de “el Loco”

-Tengo agua fresca-le dije mientras le ofrecía mi calabaza. Ella dudó en tomarla,

pero al final lo hizo.

-Gracias-repuso mientras me desviaba la mirada-Este es el verano más duro que

hemos tenido.

-También pienso lo mismo-Contesté observándola, tomaba el agua con prisa y

vergüenza- No me traje la mía porque pensé que no podría llevar la canasta y la

calabaza al mismo tiempo- me explicó.

Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa.

-Tomé estas dos guayabas agrias como agradecimiento-extendió sus manos y me

las ofreció- saben bien con limón y sal –agregó al final

-Deben saber mejor si se disfrutan al lado de una buena compañía-Ella pareció

sorprenderse por el comentario y yo también, porque hasta ese momento era los

más atrevido que le había dicho a una mujer.

-Ya me voy-dijo con tensión- mi abuela me espera


-Esta noche hay una fiesta en la casa de los Gonzales, contrataron a una banda y

va a ir mucha gente. Fue una invitación abierta. Yo iré y también me llevaré estas

dos guayabas- Ella me observó y se alejó sin decir más.

Los Gonzales eran cuatro hermanos que celebraban todo; hasta el inicio del

verano, cualquier ocasión era perfecta para reunir al pueblo, ofrecer chicharrón

con yuca, sancocho de gallina, cerveza y una buena banda de porro para animar

la velada. tenían fama de fiesteros y de uno de los mejores ganaderos de la

región, habían decidió vivir en el pueblo porque sentían un gran apego por la casa

que los vio crecer y la gente que los ayudó a salir adelante.

- ¡Emiliano José! -Exclamó el mayor de ellos al verme- Que estirada tan grande te

pegaste muchacho, ¿Cuántos años tienes ya?

-Diecinueve

-Cómo pasa el tiempo, todos estos muchachos se crecieron- Me observó de arriba

abajo y me extendió un gran abrazo-Pasa, los pelaos están sentados por aquel

lado-Me señaló la mesa donde se encontraban mis amigos del colegio. Con ellos

pasé toda la noche contando historias, cuentos y leyendas propias de la región,

nos reíamos de todo y de nada, de aquellas historias que habían quedado en

nuestra mente cuando éramos niños e íbamos al rio a nadar. Recordamos aquella

vez cuando nos persiguió una vaca y estuvimos toda una semana castigados por

meternos a terrenos privados. Nos reíamos y disfrutábamos, hasta que Pedro,

exclamó:

-Me voy pa Bogotá


Todos quedamos en silencio. Nadie habló, sino el mismo Pedro.

-Aquí no hay nada que hacer, amo a mi familia, pero lo que yo quiero pa mi está

muy lejos de esto.

-Yo nunca he ido a la capital-Agregó uno de ellos.

-Ninguno de nosotros-contestó Pedro- no conocemos otra vida sino esta.

Rodeados de monte, mosquitos y calor, esperando que el invierno no nos mate

nuestros cultivos. Nuestros días se nos van ayudando a nuestros padres con la

cría de gallinas y puercos, fuera de aquí no hay nada para nosotros. Mi sueño es

ser profesor-dijo con emoción-para lograrlo necesito salir de aquí.

Todos seguíamos sin decir nada

-Emiliano-me llamó –tú también tienes un sueño. Quieres ser escritor ¿crees que,

al lado de un hombre como tu abuelo, vas a conseguirlo? Ya ellos decidieron por ti

tu futuro y te aseguro que ser poeta no es.

Esa noche, María Inés no fue a la fiesta, pero las palabras de Pedro me hicieron

sentir en conflicto el tiempo que duró el encuentro. Recordé instantáneamente ese

momento cuando mi abuelo me estrelló la libreta en la cara al enterarse que

escribía para un concurso. Recordé su voz autoritaria y el temor que le teníamos

todos. Era un hombre que no había podido aprender amar, uno que fue criado

para sobrevivir y por lo cual siempre iba por la vida imponiendo lo que él creía que

era mejor para cada uno de nosotros. Mi abuela había fallecido hacía tres años, y

murió siendo una mujer sola y temerosa. Mi madre vivía bajo la sombra de un

esposo cobarde y un suegro dictador, y todos nosotros estábamos ahí, esperando


que el aprobara la más mínima decisión que se tomaba en la casa. Quería decir

que lo respetaba, pero en realidad le temía por eso cuando mi abuelo enfermó, en

la casa había un extraño ambiente que nos hacían dudar de que era realmente lo

que sentíamos. Nosotros los nietos teníamos la libertad de pensar por nosotros

mismos. El abuelo no salía de su cuarto y mi pobre madre estuvo a su servicio

durante el tiempo que su enfermedad se consiguió tratar en casa. Ese fue el

tiempo en el que más cercano a María Inés me volví y en silencio le agradecí a la

enfermedad y a él mismo por darme una sola cosa buena en la vida: La

oportunidad de acercarme a ella. Las hojas de eucalipto que usaban para bañarlo

todas las tardes se conseguían en la casa de la señora Rosa, la abuela de María

Inés, así que yo cada tres veces a la semana conseguía estar cerca de ella con el

pretexto de buscarlas. María Inés, siempre me recibía y era quien se encargaba

de entregármelas personalmente, al principio era muy protocolaria, me ofrecía

café y me trataba de usted; dejándome claro la escasa cercanía que teníamos,

pero con el pasar de las semanas, logré que me saludara con más jovialidad,

empezó a tutearme y eso para mí había sido un gran avance.

- ¿De quién heredaste tus ojos verdes? -le pregunté un día mientras la observaba

envolver las hojas

-De mi mamá. Nunca la conocí, pero me cuentan que era parecida a mi

- ¿No recuerdas nada de ella? -Negó con la cabeza.

-Solo recuerdo sus piernas blancas y pantorrillas gruesas-me confesó-Cuando ella

murió tenía seis años, ese día estaba trenzando mi cabello y no logró terminarlo,
porque cayó al suelo. Fue un infarto fulminante dicen. No puedo recordarla porque

nunca tuve su rostro frente a mí, no hubo un beso, un abrazo, solo recuerdo

caminar al lado de un par de piernas claras y una voz suave que me regañaba

desde arriba

Vi sus manos temblar mientras envolvía las hojas y supe que había entrado en

terreno prohibido.

-No tienes que responder todas las preguntas que hago-dije nerviosamente-A

veces…

-Yo quiero responderlas-sentenció- es más -agregó- quiero seguir contándote.

Pero no aquí.

Esa noche nos encontramos por primera vez en un arroyo que pasaba por su casa

y que estaba escondido de la vista de las personas. Era la primera vez que

estábamos los dos solos, en privacidad. Sentí nervios al estar ahí.

- ¿Sabes por qué esta región se llama La mojana? - Me preguntó mientras miraba

el agua. Negué sin dejar de observarla

-Los primeros pobladores de estas tierras eran las Mojanas y los Mojanes-me

explicó-Una especie de hombres y mujeres mitad humano, mitad pescado, vivían

de las cosechas, cantaban sobre los cultivos para hacer que naciera el ñame, el

platano y todos esos frutos que hoy son propio de nuestra región.

- ¿Cómo sabes eso? -Pregunté-


-El profesor de historia lo explicó cuando estábamos en quinto grado. Tú también

deberías saberlo, pero te quedaste dormido en esa clase-contestó entre risas.

Aproveché el momento.

-No sabía que estabas tan pendiente de mi- ella dejó de sonreír y desvió su

mirada, quizás algo apenada-Yo también recuerdo muchas cosas de ti-agregué.

Esa fue la primera noche en la que nos encontramos, duró poco porque el miedo a

ser descubierta por su abuela no le permitió seguir disfrutando del momento. Tres

veces a la semana nos veíamos en el arroyo y hablábamos, conversábamos sobre

aquello que nos gustaba, desagradaba y los futuros que teníamos. Ella soñaba

con ser profesora, le gustaba los niños y las matemáticas. En cambio, yo tenía un

alma poeta, me gustaban los versos y las letras. Una buena noche, cuando ambos

sabíamos que habíamos dejado de ser amigos desde hace mucho tiempo, me

llené de valor y me acerqué a ella.

-Voy a besarte-Le advertí. Ella sonrió y cerro sus ojos, dándome la señal que

necesitaba. El beso fue fugaz, porque mis manos temblaron y me apené por eso.

Ella también soltó una risa nerviosa, y ambos nos observamos sin decir nada. La

observé y supe que estaba enamorado, tal vez me enamoré de María Inés porque

en sus ojos vi una carencia de un amor que yo en ese momento podía darle,

quizás porque sus manos temblorosas podían calmarse con un roce de las mías,

porque el que fuera yo la única persona que conocía aquello que le dolía me

convertía en alguien diferente al resto de hombres que podrían pretenderla.

Porque aquella tarde cuando por primera vez me sonrió me atreví a soñar con ella
y dejar volar tanto mi imaginación que me sonrojé avergonzado de mis propios

pensamientos. Eran nuestras noches, nos hacíamos promesas que alimentaban

nuestro amor, besos que nos acercaban cada vez más. Éramos ella y yo.

Pero un día todo terminó. Mi abuelo empeoró tanto que hubo que trasladarlo a la

capital, mi padre no podía irse con él, porque debía quedarse al frente de la casa,

así que yo me fui. Ese día antes de embarcarnos mi madre se acercó a mí y me

susurró al oído las palabras que cambiarían mi vida para siempre.

-Cuídate, hijo. Lucha por lo que quieres. Esta es tu oportunidad-No necesité

preguntarle nada porque supe a lo que se refería. Antes de irme me encontré una

última vez con María Inés y le prometí volver para cumplir todas las promesas que

nos habíamos hecho.

No volví.

Cuando mi abuelo falleció su cuerpo fue enviado de regreso al pueblo sin mí, yo

nunca llegué al encuentro para retornar a nuestro hogar. Estaba lejos de mi casa,

lejos de aquel lugar que amaba pero que me encadenaba a un futuro que no era

para mí. Lejos de todo. Lejos de ella. Pensé que nunca volvería a saber de María

Inés, porque la distancia que nos separaba era tan grande, que me hacía sentir

lejos de ella, pero un día, la noticia me llegó en forma de un viejo amigo del pueblo

que me encontró por una de las frías calles de Bogotá, me habló del estado del

pueblo y de cómo todo seguía igual, cuando le pregunté por nuestro amigos no me

supo decir mayor cosa, solo que María Inés se había casado con uno de los hijos

de los Gonzales, ellos habían abandonado el pueblo pocos meses después de la


boda y se habían convertido en padres de una niña. Cuando terminó de hablar

algo dentro de mí se quebró para siempre. Lloré con tanta tristeza y amargura, con

una rabia desmedida, con la decepción de haber luchado por mis sueños, pero no

por ella, con la sensación de sentirme como un cobarde que fingía ser valiente y

con la verdad indiscutible que ella me había olvidado. Por mi parte yo logré querer

a otras mujeres que me enseñaron verdades del amor, pero que al final terminaba

comparando con María Inés, de manera inconsciente buscaba sus ojos en unos

de aquellos rostros que había conocido. Pero no encontraba nada. Porque la

mujer que amaba ya no estaba. Un día, cuando el lugar que nos vio crecer ya no

existía y solo el agua yacía sobre él. La encontré. Estaba diferente, había ganado

peso y su cabello era rubio, el cual resaltaba sus ojos de águila, cuando me vio no

pareció sorprenderse, su mirada me indicaba una firmeza que nunca antes vi.

-Emiliano José-Me saludó sin preocupación-sabía que aquí te encontraría.

No logré responder a nada.

-Ya han pasado diez años desde que nuestro pueblo quedó sepultado bajo el

agua-agregó-Hoy hacen están reunión para conmemorar esa tragedia que nos

arrebató lo que más amábamos. Nuestro hogar. Nuestros orígenes. Nuestra

identidad

De su bolso sacó un sobre y me lo entregó.

-Esto lo he llevado conmigo por mucho tiempo, es una simple hoja, pero pesa más

que mil costales de piedra. Hoy te la entrego porque ya puedo soltar esa carga.
Así fue que al leer la carta que ella había escrito para mí entendí el motivo de su

resentimiento y el dolor que sintió cuando supo que no regresaría a cumplir mis

promesas. Entendí porque la mención de mi nombre la hacía cambiar de

semblante y pensar en mi le producía toda clase de aversión. Sus palabras

escritas en una fina caligrafía me estremecieron el corazón:

“Emiliano, tú te fuiste y yo me quedé, me quedé de pie en la pequeña casa de

madera que nunca tuvimos, respirando la fragancia del café mañanero que jamás

preparamos, escuchando las risas cómplices que se desvanecía en mi

imaginación, tocando unas sábanas blancas que no usamos porque nunca la

noche nos vio dormir en ellas. Tú te fuiste y yo me quedé, me quedé bajo la

imagen de mi misma caminando a pies descalzos sobre el jardín de flores y frutas

que juntos sembramos, llevando en mi vientre la esperanza de amor que tú mismo

plantaste en mí. Me quedé de pie viendo pasar la corta historia que vivimos, la

que vivíamos y la que jamás viviremos. Me quedé recordando tu caminar y tu

sonrisa amable y me surgieron tantas preguntas. Perdóname si me es difícil

avanzar, pero yo caminaba hacia un futuro que se fue contigo, y ahora estoy aquí

de pie en este océano de confusión preguntándome ¿A dónde debo dirigirme? Tu

encontraste tu camino, pero yo, lastimosamente aun debo buscar el mío. Aunque

por ahora solo esté aquí de pie, te prometo que pronto lograré avanzar y tu

solamente serás para mí un mal recuerdo. Una historia vivida. “

Con rabia, decepción. Y Amor

María Inés.
Algo en la mirada de María Inés me hizo pensar que no logró cumplir su promesa

de odiarme completamente, porque a pesar de los años transcurridos antes de

que apartara su mano con brusquedad logré ver el temblor en sus dedos al

entregarme la carta. Encontré con asombro su amor oculto en las pupilas de los

ojos y la rabia que sentía contra si misma por no poder olvidarme. Sé que me

amaba, porque en silencio, yo también lo hacía, esta forma de amarla era tan

callada que incluso decírmelo a mí mismo me parecía un atrevimiento. Una falta

de respeto. Era esta clase de amor, que me hacía llorar por dentro, que me

encogía las entrañas y me hacía sentir vacío y lleno al mismo tiempo, esta clase

de amor que me sacudía, me desubicaba y me dejaba pensando en una sola

cosa: En ella. Estaba impregnado, enamorado, obsesionado con esa mujer y yo,

yo solo podía guardarme este sentimiento en lo más profundo de mi corazón,

fingiendo una indiferencia hacia quien había estremecido cada rincón de mi ser,

esa mujer, que recordaba una y otra vez, esa que estaba oculta en mí o que

quizás estaba esparcida por toda mi piel. Por ella sentía un frenesís, un amor que

me hacía sentir enfermo, apasionado, valiente y cobarde. No podía decir que a

María Inés la llevaba en mi alma, porque toda ella abarcaba mucho más de mí.

Era como una enfermedad que iniciaba en mi corazón y se expandía por todo el

cuerpo. La llevaba en la mente cuando cada noche pensaba en ella, la llevaba en

mis manos que temblaban al escuchar su nombre, en la boca que recordaba el

sabor de sus besos, en mi piel; que sudaba al recordarla, en mi interior que se

encogía cuando la imaginaba. La llevaba en mí, en este cuerpo que cada noche

pedía por un poco de tregua, que suplicaba en silencio que me ayudara a olvidarla

o que me permitiera amarla. Pero que por favor me liberara de este sufrimiento de
quererla y no tenerla. Pero un buen día, ese día cuando la tuve frente a mi entendí

que mis oraciones jamás fueron escuchadas, porque cuando la volví a ver supe

inmediatamente que mis peticiones se habían quedado encerradas en ese cuarto

vacío. La amaba. Siempre la había amado. Y siempre la iba amar. Era como un

castigo divino. Era el más cruel de todos. Porque por muchos años pensé que

olvidándome de ella sería libre, pero estaba tan equivocado, era ella por quien

escribía, era ella por quien caminaba y despertaba; esperando como un niño el

momento de volverla a ver, aunque solo fuera para admirarla desde lejos, porque

así de esta manera amamos los cobardes: en silencio y apenados. Resignado

bajé mis hombros y me rendí. No había nada que hacer; esto que llevaba por

dentro era un amor que me sobrepasaba, y que me llevaría hasta la muerte. Un

amor que nació bajo el sol de 38 grados, que creció entre los olores de las

guayabas y que disfruto de las aguas frías de los arroyos, pero que se iría

conmigo para siempre por este camino; el camino del olvido. Cuando di la vuelta

para irme empuñé mis manos y sentí una presión en mi pecho. Por instinto la lleve

a mi corazón. Creyendo que quizás la alta temperatura me estaba afectando, pero

ya en ese punto no quise mentirme a mis mismo, lo que llevaba en mi pecho era el

peso de un amor no resuelto, de unas palabras no expresadas.

-María Inés-La llamé

Ella se detuvo y fijo sus ojos en mí. Observé esa mirada triste que suplicaba por

tregua, justo como la mía. Esa mirada que me hizo saber que en ese momento de

la vida nada podría cambiar entre nosotros, pero que aun así pedía por libertad y

compasión. Entendí su desesperación y el dolor que llevó por años, la vergüenza


de amar sin saberse correspondida, así que sin rodeos pronuncié las palabras que

ella había esperado escuchar y que yo nunca me atreví a decir. Esas palabras que

me quemaron durante muchos años, esas que eran una cadena para mi alma:

- Te amo

Ella cerró los ojos agradecida y permitió que las lágrimas que estuvo reteniendo

cayeran por su rostro me dedicó una última mirada y se marchó.

También podría gustarte