El camino del olvido
La historia que estoy por contar ya fue vivida mucho tiempo atrás, los hechos que
aquí relataré ocurrieron hace años, por lo cual no sirve de nada desear que uno de
ellos tenga un final diferente, porque, así como un beso que se da, ya no se puede
quitar, borrar o limpiar. Lo llevas en los labios para siempre.
Esa madrugada del 19 de noviembre ocurrió la tragedia, la cual fue inevitable y
que no pudo ni por un momento definirse como sorpresiva o inesperada porque
por mucho tiempo, sutilmente, estuvo anunciando su llegada, cada año nos
prevenía causando desastres que momentáneamente dejaban a sus víctimas con
las manos vacías, con aquella sensación de incertidumbre y con la tristeza de
saber que vivían bajo los deseos de algo que ellos no podían controlar: la propia
naturaleza, que cada vez reclamaba su propio espacio y que un día simplemente
lo tomó. Fue una madrugada cuando ocurrió, como la mayoría de los desastres,
siempre llegan cuando las personas han elevado sus oraciones a Dios, pidiendo
que los guarde hasta el siguiente día. El agua irrumpió en las viviendas y acabó
con todo a su paso, nadie tuvo tiempo de reaccionar porque entró silenciosa,
como un ladrón que ha planificado su crimen por años. No hubo una alarma, una
señal que previniera, simplemente pasó. Mucho tiempo después, relatarían los
sobrevivientes que solo los animales sabían lo que estaría por ocurrir. Ese día
todos sus habitantes se levantaron temprano a buscar la leche, a sacar los huevos
del gallinero y a cortar el racimo de platano para el desayuno, pero los cerdos, las
gallinas y los patos estuvieron intranquilos todo el día, los cerdos chillaban y las
gallinas tarareaban caminando de un lado a otro, despavoridas, pero nadie se
sorprendió porque en un lugar donde las personas pueden adivinar tu futuro solo
con mirar el fondo de la taza de café que te acabas de tomar o convertirse en una
serpiente para asustar a los borrachos del camino nada resulta especialmente
extraordinario. El fenómeno era inusual, pero todos lo tomaron como alguna peste
o epidemia que había invadido a los animales, por la noche cuando el manto
negro cubierto de estrellas cayó sobre todos, se dispusieron a recoger sus
animales y a encerrarlos para lograr dormir. Todos durmieron tranquilos,
esperando un nuevo día que para muchos no llegaría.
La mañana del día siguiente se sintió surreal, fue como estar viviendo en algún
lugar imaginario. Fue la noticia del día, de las semanas y de los años venideros.
La tragedia que se había tratado de evitar pero que al final sucedió. El rio
embravecido había sepultado para siempre un sector de la Mojana, La mayoría de
sus habitantes murieron mientras dormían y aquellos que sobrevivieron fue porque
esa madrugada no estaban en sus casas. La noticia se transmitió en todos los
lugares, la capital estaba consternada, los medios de comunicación culpaban al
gobierno actual de lo sucedido, el gobierno actual culpaba a los anteriores y cada
uno se pasaba la papa caliente para liberarse de la responsabilidad, nadie quería
convertirse en el mercenario de aquella tragedia. Al final solo hubo un
responsable, uno que no podría defenderse: la propia naturaleza. Con aquella
excusa y subsidios económicos constantes lograron poner paños de agua tibia
sobre la frente de aquellos que lloraban a sus muertos. Los días siguientes a esa
madrugada, fueron los más difíciles de sobrellevar porque los cadáveres
aparecían flotando en el rio, algunos irreconocibles, otros con expresiones en sus
rostros difíciles de descifrar, muchas familias optaban por tomar cualquiera de
esos cuerpos y llorarlos imaginando que eran hijos, hermanos y padres que
habían perdido, porque al final sus cuerpos no fueron encontrados. Quizás se
quedaron sepultados bajo el rio. El rio, había sido el lugar que me había visto
crecer, ese que me enseñó a nadar, donde me encontraba con mis amigos, donde
había besado por primera vez, ese mismo rio que adornaba mi tierra se había
encargado de arrebatármela. Cuando supe que ya no existía más mi hogar,
recordé las letras escritas en la pared del cementerio de mi pueblo “Lo que eres,
fui; lo que soy; serás” esa madrugada los vivos se hicieron uno con aquellos que
descansaban eternamente. Recordé entonces a mi padre que era un hombre
noble; más bien un niño que no había terminado de crecer y que siempre viviría
bajo la sombra de mi abuelo; esperando una orden, la instrucción y la aprobación
de él, conviviendo con el miedo a alzar un poco más su voz, con el temor de
irrespetar al hombre que lo había sacado adelante. Una tarde, cuando yo era aún
un pelao le pregunté a mi padre que significaba la frase que estaba escrita en la
pared del cementerio. El acomodándose su sombrero de paja, me explicó que
estaba relacionado con la vida y la muerte.
-No entiendo-respondí con sinceridad. Él soltó una risa fraterna y aclaró su
garganta para responderme
-No te pongas ahora a explicarle vainas a este pelao, José-ordenó mi abuelo con
voz autoritaria-hace mucho calor para ponerse uno hablar pendejadas.
Mi papá obedeció sin más, demostrando el carácter débil que tenía ante él. Ese
día mi abuelo pidió a todos los nietos que lo ayudaran a recoger arroz, pero yo
tenía planes más importantes para mí. Porque esa misma tarde me sentaría a
escribir el cuento que presentaría al festival de literatura que se celebraría en mi
escuela. Estaba eufórico porque la clase de español era mi favorita, me excusé
bajo el pretexto de un dolor de barriga, pero antes de irse al campo, uno de mis
primos me descubrió escribiendo y leyendo en voz alta mis versos, así que
corriendo fue a donde se encontraba mi abuelo. Cuando este se enteró que la
razón por la cual no quería ir al campo a cortar arroz se debía a que en ese
preciso momento estaba escribiendo una historia, se enfureció tanto que me
arrebató la libreta de las manos y con un golpe en seco me la estrelló contra la
cara.
-No ha nacido el primer cacorro en esta familia-gritó tomándome del brazo y
alzándome con brusquedad- Y tú no vas hacer el primero.
Esa noche, me acosté con la piel ardiente y enrojecida por el sol, con las manos
lastimadas por el trabajo de campo y con el dolor en mi cara por el golpe
propinado por mi abuelo, pero, aun así, con todo eso, nada se comparaba a la
presión que llevaba dentro del pecho al saber que no podría participar en aquel
concurso que tanta ilusión había creado en mí. El hecho de que fuera mi abuelo, la
figura de autoridad de la casa quien me hubiese estrellado mis propios versos en
la cara me hacía pensar en la escena como algo simbólico. Una señal del futuro
que me esperaría si me quedaba con ellos. A la mañana siguiente mi abuela y
madre a modo de consuelo me prepararon un mote de queso que curó en cierta
parte aquella decepción, porque un plato cocinado con amor cura cualquier pena
del corazón. Esa tarde para acompañar el almuerzo salí a comprar una panela y
me encontré con “El loco” era el borracho de la esquina, el cual vivía de la lastima
de la gente y de algunos pesos que ganaba por quemar y botar la basura de los
vecinos. Él dormía en cualquier lugar donde se lo cogiera el sueño o la borrachera.
No era muy nombrado en el pueblo, salvo cuando un niño no quería obedecer a
sus padres porque era usado para regular su comportamiento. Muchos decían que
por las noches se convertía en un mono que trepaba los árboles y que se
dedicaba asustar a quien se encontrara caminando a altas horas de la noche,
otros comentaban que más bien tomaba la forma de un niño que jugaba solo en
una pila de arena y que esperaba el momento en el que cualquier atrevido lo
regañara para perseguirlo hasta su casa. La verdad fue que nunca lo conocí de
esta manera, siempre observaba al mismo hombre de cabellos claros tambalearse
de un lado a otro, buscando sin éxito mantenerse en pie. Recuerdo que el único
día que lo vi sobrio y limpio fue cuando unas monjas de la capital pidieron que lo
asearan para la misa que estarían celebrando ese día. Al final nos reunimos todos
a tomar una taza de sopa, y una de ellas exclamó con voz ahogada
- ¡Que temperatura! - dijo mientras se ventilaba con un abanico. Sacó un frasco de
su bolso y esparció sobre ella el contenido. El loco extendió el brazo para recibir
un poco, pero ella amablemente le explicó.
-Esto es agua de rosas hijo. Vas a oler a mujer
Él se encogió de hombros, restándole importancia a las palabras de la mujer.
-No le preste atención a eso, hermanita, a rosas vamos oler todos cuando
estemos en el cementerio.
El loco tenia momentos de lucidez, supongo cuando no estaba bajo los efectos del
alcohol, lo observé y me pregunté qué tan diferente fuera su vida si hubiese
recibido los consejos de su madre que le pedía alejarse de amistades que no le
convenían. Esa noche se acercó a mí y me brindó un consejo que recordaría para
siempre. “El que no se atreve a luchar por lo que quiere no merece estar vivo”
Confundido lo miré y él con la boca me hizo una seña para mostrarme algo. Fue
entonces cuando la observé. esa noche la conocí, aunque ya la había visto
anteriormente, en ese momento mis ojos la vieron de verdad. Era inconfundible
ese andar ligeramente encorvado y los brazos rozando sus caderas. Era ella;
María Inés. Estaba más alta de lo que lograba recordarla. Caminaba siempre al
lado de su abuela quien se encargó de criarla porque su madre había fallecido
cuando ella aún era una niña y su padre no entendía mucho de crianza en
mujeres. Todos la pretendían, porque la veíamos como alguien fuera de nuestro
alcance. Esa noche a duras penas logré saludarla, porque su abuela no se separó
de ella un solo momento. Pero no me molestaría porque más adelante la vida me
concedería la oportunidad de volverla a ver. Fue una tarde cuando caminaba de
regreso a su casa, la temperatura era inclemente y las calles levantaban polvo por
cada pisada, estábamos en la época de verano y los desmayos por deshidratación
eran frecuentes. La encontré recostada a un árbol de guayaba, tratando de
respirar y frotando un pañuelo por su cara; llevaba su cabello oscuro recogido en
una trenza y un vestido negro bajo su rodilla.
- Oye, ¿estás bien? - detuve el caballo frente a ella, me apeé de él y lo até a una
estaca. Cuando me vio venir se recompuso inmediatamente y tomó la canasta
llena de guayaba que estaba a su lado
- Si, gracias- Intento irse, pero la detuve, porque en ese momento recordé las
palabras de “el Loco”
-Tengo agua fresca-le dije mientras le ofrecía mi calabaza. Ella dudó en tomarla,
pero al final lo hizo.
-Gracias-repuso mientras me desviaba la mirada-Este es el verano más duro que
hemos tenido.
-También pienso lo mismo-Contesté observándola, tomaba el agua con prisa y
vergüenza- No me traje la mía porque pensé que no podría llevar la canasta y la
calabaza al mismo tiempo- me explicó.
Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa.
-Tomé estas dos guayabas agrias como agradecimiento-extendió sus manos y me
las ofreció- saben bien con limón y sal –agregó al final
-Deben saber mejor si se disfrutan al lado de una buena compañía-Ella pareció
sorprenderse por el comentario y yo también, porque hasta ese momento era los
más atrevido que le había dicho a una mujer.
-Ya me voy-dijo con tensión- mi abuela me espera
-Esta noche hay una fiesta en la casa de los Gonzales, contrataron a una banda y
va a ir mucha gente. Fue una invitación abierta. Yo iré y también me llevaré estas
dos guayabas- Ella me observó y se alejó sin decir más.
Los Gonzales eran cuatro hermanos que celebraban todo; hasta el inicio del
verano, cualquier ocasión era perfecta para reunir al pueblo, ofrecer chicharrón
con yuca, sancocho de gallina, cerveza y una buena banda de porro para animar
la velada. tenían fama de fiesteros y de uno de los mejores ganaderos de la
región, habían decidió vivir en el pueblo porque sentían un gran apego por la casa
que los vio crecer y la gente que los ayudó a salir adelante.
- ¡Emiliano José! -Exclamó el mayor de ellos al verme- Que estirada tan grande te
pegaste muchacho, ¿Cuántos años tienes ya?
-Diecinueve
-Cómo pasa el tiempo, todos estos muchachos se crecieron- Me observó de arriba
abajo y me extendió un gran abrazo-Pasa, los pelaos están sentados por aquel
lado-Me señaló la mesa donde se encontraban mis amigos del colegio. Con ellos
pasé toda la noche contando historias, cuentos y leyendas propias de la región,
nos reíamos de todo y de nada, de aquellas historias que habían quedado en
nuestra mente cuando éramos niños e íbamos al rio a nadar. Recordamos aquella
vez cuando nos persiguió una vaca y estuvimos toda una semana castigados por
meternos a terrenos privados. Nos reíamos y disfrutábamos, hasta que Pedro,
exclamó:
-Me voy pa Bogotá
Todos quedamos en silencio. Nadie habló, sino el mismo Pedro.
-Aquí no hay nada que hacer, amo a mi familia, pero lo que yo quiero pa mi está
muy lejos de esto.
-Yo nunca he ido a la capital-Agregó uno de ellos.
-Ninguno de nosotros-contestó Pedro- no conocemos otra vida sino esta.
Rodeados de monte, mosquitos y calor, esperando que el invierno no nos mate
nuestros cultivos. Nuestros días se nos van ayudando a nuestros padres con la
cría de gallinas y puercos, fuera de aquí no hay nada para nosotros. Mi sueño es
ser profesor-dijo con emoción-para lograrlo necesito salir de aquí.
Todos seguíamos sin decir nada
-Emiliano-me llamó –tú también tienes un sueño. Quieres ser escritor ¿crees que,
al lado de un hombre como tu abuelo, vas a conseguirlo? Ya ellos decidieron por ti
tu futuro y te aseguro que ser poeta no es.
Esa noche, María Inés no fue a la fiesta, pero las palabras de Pedro me hicieron
sentir en conflicto el tiempo que duró el encuentro. Recordé instantáneamente ese
momento cuando mi abuelo me estrelló la libreta en la cara al enterarse que
escribía para un concurso. Recordé su voz autoritaria y el temor que le teníamos
todos. Era un hombre que no había podido aprender amar, uno que fue criado
para sobrevivir y por lo cual siempre iba por la vida imponiendo lo que él creía que
era mejor para cada uno de nosotros. Mi abuela había fallecido hacía tres años, y
murió siendo una mujer sola y temerosa. Mi madre vivía bajo la sombra de un
esposo cobarde y un suegro dictador, y todos nosotros estábamos ahí, esperando
que el aprobara la más mínima decisión que se tomaba en la casa. Quería decir
que lo respetaba, pero en realidad le temía por eso cuando mi abuelo enfermó, en
la casa había un extraño ambiente que nos hacían dudar de que era realmente lo
que sentíamos. Nosotros los nietos teníamos la libertad de pensar por nosotros
mismos. El abuelo no salía de su cuarto y mi pobre madre estuvo a su servicio
durante el tiempo que su enfermedad se consiguió tratar en casa. Ese fue el
tiempo en el que más cercano a María Inés me volví y en silencio le agradecí a la
enfermedad y a él mismo por darme una sola cosa buena en la vida: La
oportunidad de acercarme a ella. Las hojas de eucalipto que usaban para bañarlo
todas las tardes se conseguían en la casa de la señora Rosa, la abuela de María
Inés, así que yo cada tres veces a la semana conseguía estar cerca de ella con el
pretexto de buscarlas. María Inés, siempre me recibía y era quien se encargaba
de entregármelas personalmente, al principio era muy protocolaria, me ofrecía
café y me trataba de usted; dejándome claro la escasa cercanía que teníamos,
pero con el pasar de las semanas, logré que me saludara con más jovialidad,
empezó a tutearme y eso para mí había sido un gran avance.
- ¿De quién heredaste tus ojos verdes? -le pregunté un día mientras la observaba
envolver las hojas
-De mi mamá. Nunca la conocí, pero me cuentan que era parecida a mi
- ¿No recuerdas nada de ella? -Negó con la cabeza.
-Solo recuerdo sus piernas blancas y pantorrillas gruesas-me confesó-Cuando ella
murió tenía seis años, ese día estaba trenzando mi cabello y no logró terminarlo,
porque cayó al suelo. Fue un infarto fulminante dicen. No puedo recordarla porque
nunca tuve su rostro frente a mí, no hubo un beso, un abrazo, solo recuerdo
caminar al lado de un par de piernas claras y una voz suave que me regañaba
desde arriba
Vi sus manos temblar mientras envolvía las hojas y supe que había entrado en
terreno prohibido.
-No tienes que responder todas las preguntas que hago-dije nerviosamente-A
veces…
-Yo quiero responderlas-sentenció- es más -agregó- quiero seguir contándote.
Pero no aquí.
Esa noche nos encontramos por primera vez en un arroyo que pasaba por su casa
y que estaba escondido de la vista de las personas. Era la primera vez que
estábamos los dos solos, en privacidad. Sentí nervios al estar ahí.
- ¿Sabes por qué esta región se llama La mojana? - Me preguntó mientras miraba
el agua. Negué sin dejar de observarla
-Los primeros pobladores de estas tierras eran las Mojanas y los Mojanes-me
explicó-Una especie de hombres y mujeres mitad humano, mitad pescado, vivían
de las cosechas, cantaban sobre los cultivos para hacer que naciera el ñame, el
platano y todos esos frutos que hoy son propio de nuestra región.
- ¿Cómo sabes eso? -Pregunté-
-El profesor de historia lo explicó cuando estábamos en quinto grado. Tú también
deberías saberlo, pero te quedaste dormido en esa clase-contestó entre risas.
Aproveché el momento.
-No sabía que estabas tan pendiente de mi- ella dejó de sonreír y desvió su
mirada, quizás algo apenada-Yo también recuerdo muchas cosas de ti-agregué.
Esa fue la primera noche en la que nos encontramos, duró poco porque el miedo a
ser descubierta por su abuela no le permitió seguir disfrutando del momento. Tres
veces a la semana nos veíamos en el arroyo y hablábamos, conversábamos sobre
aquello que nos gustaba, desagradaba y los futuros que teníamos. Ella soñaba
con ser profesora, le gustaba los niños y las matemáticas. En cambio, yo tenía un
alma poeta, me gustaban los versos y las letras. Una buena noche, cuando ambos
sabíamos que habíamos dejado de ser amigos desde hace mucho tiempo, me
llené de valor y me acerqué a ella.
-Voy a besarte-Le advertí. Ella sonrió y cerro sus ojos, dándome la señal que
necesitaba. El beso fue fugaz, porque mis manos temblaron y me apené por eso.
Ella también soltó una risa nerviosa, y ambos nos observamos sin decir nada. La
observé y supe que estaba enamorado, tal vez me enamoré de María Inés porque
en sus ojos vi una carencia de un amor que yo en ese momento podía darle,
quizás porque sus manos temblorosas podían calmarse con un roce de las mías,
porque el que fuera yo la única persona que conocía aquello que le dolía me
convertía en alguien diferente al resto de hombres que podrían pretenderla.
Porque aquella tarde cuando por primera vez me sonrió me atreví a soñar con ella
y dejar volar tanto mi imaginación que me sonrojé avergonzado de mis propios
pensamientos. Eran nuestras noches, nos hacíamos promesas que alimentaban
nuestro amor, besos que nos acercaban cada vez más. Éramos ella y yo.
Pero un día todo terminó. Mi abuelo empeoró tanto que hubo que trasladarlo a la
capital, mi padre no podía irse con él, porque debía quedarse al frente de la casa,
así que yo me fui. Ese día antes de embarcarnos mi madre se acercó a mí y me
susurró al oído las palabras que cambiarían mi vida para siempre.
-Cuídate, hijo. Lucha por lo que quieres. Esta es tu oportunidad-No necesité
preguntarle nada porque supe a lo que se refería. Antes de irme me encontré una
última vez con María Inés y le prometí volver para cumplir todas las promesas que
nos habíamos hecho.
No volví.
Cuando mi abuelo falleció su cuerpo fue enviado de regreso al pueblo sin mí, yo
nunca llegué al encuentro para retornar a nuestro hogar. Estaba lejos de mi casa,
lejos de aquel lugar que amaba pero que me encadenaba a un futuro que no era
para mí. Lejos de todo. Lejos de ella. Pensé que nunca volvería a saber de María
Inés, porque la distancia que nos separaba era tan grande, que me hacía sentir
lejos de ella, pero un día, la noticia me llegó en forma de un viejo amigo del pueblo
que me encontró por una de las frías calles de Bogotá, me habló del estado del
pueblo y de cómo todo seguía igual, cuando le pregunté por nuestro amigos no me
supo decir mayor cosa, solo que María Inés se había casado con uno de los hijos
de los Gonzales, ellos habían abandonado el pueblo pocos meses después de la
boda y se habían convertido en padres de una niña. Cuando terminó de hablar
algo dentro de mí se quebró para siempre. Lloré con tanta tristeza y amargura, con
una rabia desmedida, con la decepción de haber luchado por mis sueños, pero no
por ella, con la sensación de sentirme como un cobarde que fingía ser valiente y
con la verdad indiscutible que ella me había olvidado. Por mi parte yo logré querer
a otras mujeres que me enseñaron verdades del amor, pero que al final terminaba
comparando con María Inés, de manera inconsciente buscaba sus ojos en unos
de aquellos rostros que había conocido. Pero no encontraba nada. Porque la
mujer que amaba ya no estaba. Un día, cuando el lugar que nos vio crecer ya no
existía y solo el agua yacía sobre él. La encontré. Estaba diferente, había ganado
peso y su cabello era rubio, el cual resaltaba sus ojos de águila, cuando me vio no
pareció sorprenderse, su mirada me indicaba una firmeza que nunca antes vi.
-Emiliano José-Me saludó sin preocupación-sabía que aquí te encontraría.
No logré responder a nada.
-Ya han pasado diez años desde que nuestro pueblo quedó sepultado bajo el
agua-agregó-Hoy hacen están reunión para conmemorar esa tragedia que nos
arrebató lo que más amábamos. Nuestro hogar. Nuestros orígenes. Nuestra
identidad
De su bolso sacó un sobre y me lo entregó.
-Esto lo he llevado conmigo por mucho tiempo, es una simple hoja, pero pesa más
que mil costales de piedra. Hoy te la entrego porque ya puedo soltar esa carga.
Así fue que al leer la carta que ella había escrito para mí entendí el motivo de su
resentimiento y el dolor que sintió cuando supo que no regresaría a cumplir mis
promesas. Entendí porque la mención de mi nombre la hacía cambiar de
semblante y pensar en mi le producía toda clase de aversión. Sus palabras
escritas en una fina caligrafía me estremecieron el corazón:
“Emiliano, tú te fuiste y yo me quedé, me quedé de pie en la pequeña casa de
madera que nunca tuvimos, respirando la fragancia del café mañanero que jamás
preparamos, escuchando las risas cómplices que se desvanecía en mi
imaginación, tocando unas sábanas blancas que no usamos porque nunca la
noche nos vio dormir en ellas. Tú te fuiste y yo me quedé, me quedé bajo la
imagen de mi misma caminando a pies descalzos sobre el jardín de flores y frutas
que juntos sembramos, llevando en mi vientre la esperanza de amor que tú mismo
plantaste en mí. Me quedé de pie viendo pasar la corta historia que vivimos, la
que vivíamos y la que jamás viviremos. Me quedé recordando tu caminar y tu
sonrisa amable y me surgieron tantas preguntas. Perdóname si me es difícil
avanzar, pero yo caminaba hacia un futuro que se fue contigo, y ahora estoy aquí
de pie en este océano de confusión preguntándome ¿A dónde debo dirigirme? Tu
encontraste tu camino, pero yo, lastimosamente aun debo buscar el mío. Aunque
por ahora solo esté aquí de pie, te prometo que pronto lograré avanzar y tu
solamente serás para mí un mal recuerdo. Una historia vivida. “
Con rabia, decepción. Y Amor
María Inés.
Algo en la mirada de María Inés me hizo pensar que no logró cumplir su promesa
de odiarme completamente, porque a pesar de los años transcurridos antes de
que apartara su mano con brusquedad logré ver el temblor en sus dedos al
entregarme la carta. Encontré con asombro su amor oculto en las pupilas de los
ojos y la rabia que sentía contra si misma por no poder olvidarme. Sé que me
amaba, porque en silencio, yo también lo hacía, esta forma de amarla era tan
callada que incluso decírmelo a mí mismo me parecía un atrevimiento. Una falta
de respeto. Era esta clase de amor, que me hacía llorar por dentro, que me
encogía las entrañas y me hacía sentir vacío y lleno al mismo tiempo, esta clase
de amor que me sacudía, me desubicaba y me dejaba pensando en una sola
cosa: En ella. Estaba impregnado, enamorado, obsesionado con esa mujer y yo,
yo solo podía guardarme este sentimiento en lo más profundo de mi corazón,
fingiendo una indiferencia hacia quien había estremecido cada rincón de mi ser,
esa mujer, que recordaba una y otra vez, esa que estaba oculta en mí o que
quizás estaba esparcida por toda mi piel. Por ella sentía un frenesís, un amor que
me hacía sentir enfermo, apasionado, valiente y cobarde. No podía decir que a
María Inés la llevaba en mi alma, porque toda ella abarcaba mucho más de mí.
Era como una enfermedad que iniciaba en mi corazón y se expandía por todo el
cuerpo. La llevaba en la mente cuando cada noche pensaba en ella, la llevaba en
mis manos que temblaban al escuchar su nombre, en la boca que recordaba el
sabor de sus besos, en mi piel; que sudaba al recordarla, en mi interior que se
encogía cuando la imaginaba. La llevaba en mí, en este cuerpo que cada noche
pedía por un poco de tregua, que suplicaba en silencio que me ayudara a olvidarla
o que me permitiera amarla. Pero que por favor me liberara de este sufrimiento de
quererla y no tenerla. Pero un buen día, ese día cuando la tuve frente a mi entendí
que mis oraciones jamás fueron escuchadas, porque cuando la volví a ver supe
inmediatamente que mis peticiones se habían quedado encerradas en ese cuarto
vacío. La amaba. Siempre la había amado. Y siempre la iba amar. Era como un
castigo divino. Era el más cruel de todos. Porque por muchos años pensé que
olvidándome de ella sería libre, pero estaba tan equivocado, era ella por quien
escribía, era ella por quien caminaba y despertaba; esperando como un niño el
momento de volverla a ver, aunque solo fuera para admirarla desde lejos, porque
así de esta manera amamos los cobardes: en silencio y apenados. Resignado
bajé mis hombros y me rendí. No había nada que hacer; esto que llevaba por
dentro era un amor que me sobrepasaba, y que me llevaría hasta la muerte. Un
amor que nació bajo el sol de 38 grados, que creció entre los olores de las
guayabas y que disfruto de las aguas frías de los arroyos, pero que se iría
conmigo para siempre por este camino; el camino del olvido. Cuando di la vuelta
para irme empuñé mis manos y sentí una presión en mi pecho. Por instinto la lleve
a mi corazón. Creyendo que quizás la alta temperatura me estaba afectando, pero
ya en ese punto no quise mentirme a mis mismo, lo que llevaba en mi pecho era el
peso de un amor no resuelto, de unas palabras no expresadas.
-María Inés-La llamé
Ella se detuvo y fijo sus ojos en mí. Observé esa mirada triste que suplicaba por
tregua, justo como la mía. Esa mirada que me hizo saber que en ese momento de
la vida nada podría cambiar entre nosotros, pero que aun así pedía por libertad y
compasión. Entendí su desesperación y el dolor que llevó por años, la vergüenza
de amar sin saberse correspondida, así que sin rodeos pronuncié las palabras que
ella había esperado escuchar y que yo nunca me atreví a decir. Esas palabras que
me quemaron durante muchos años, esas que eran una cadena para mi alma:
- Te amo
Ella cerró los ojos agradecida y permitió que las lágrimas que estuvo reteniendo
cayeran por su rostro me dedicó una última mirada y se marchó.