Un viaje a la selva
¿Cómo podría un niño hacer un viaje a la selva, entrar en su mundo donde todo es aventura? ¿Qué mejor que
llevado de la mano de un gran escritor, conocedor de la selva como pocos, de la mano de Horacio Quiroga? Vivir
en plena naturaleza selvática, como él vivió, en la zona misionera de la Argentina, le significó un vasto
conocimiento de su fauna, tan rica, y asimismo una cotidiana aventura que él quiso compartir no sólo con los
grandes, en sus cuentos: también con los niños que algo o mucho tienen de exploradores. En el transcurso de
estas lecturas es como si ellos lo acompañaran a través del monte y de su literatura donde la fauna muestra su
variada manera de ser, sobre todo cuando hablan los animales, que esto en los cuentos infantiles es tan natural
que nadie se asombra de que así sea. ¿O es que sólo los escritores y los niños oyen lo que dicen tantos hocicos,
bocas de peces, picos de aves?
En las siguientes clases, vas a conocer a dos autores que escribieron historias increíbles: Horacio Quiroga y
Rudyard Kipling. Ellos son famosos por contar cuentos que nos llevan a mundos llenos de aventuras, donde los
animales son los protagonistas y viven situaciones emocionantes.
Horacio Quiroga nació en Salto, ciudad del Uruguay; vivió en Buenos Aires, y desde allí viajó junto al gran poeta
argentino Leopoldo Lugones hasta el Alto Paraná con el propósito de conocer lo que perdura de las misiones
jesuíticas. Y no regresó sino años después: impresionado por el paisaje de la provincia de Misiones, por su selva,
se quedó allí, decidido a vivir entre sus árboles y sus matorrales, y los claros donde el sol entra en el monte como
si quisiera explorarlo, descubrir a sus criaturas que tan vivamente aparecen en este bello libro. Rudyard Kipling,
es un escritor inglés que nació en la India y allí vivió sus primeros años con su familia. Como un modo de
homenajear esas tierras en las que se crió y amaba tanto, escribió El libro de la selva en 1894, donde aparece el
primer cuento de esta antología: “Rikki-Tikki-Tavi”. En esta historia, conocerás a una mangosta muy valiente que
vive en una cabaña cerca de la selva en la India. Aunque es pequeña, Rikki-Tikki no tiene miedo y se enfrenta a
víboras peligrosas para proteger a la familia que la ha adoptado. Este cuento parece uno de esos relatos antiguos
parecidos a las fábulas, pero su autor cuenta la historia con un estilo especial que le da mucha acción y atrapa al
lector desde el inicio. Léelo a ver si estás de acuerdo. Quiroga siempre admiró a Kipling y lo consideraba uno de
sus maestros, así que no te sorprenda encontrar algunas similitudes entre los cuentos de ambos autores.
En Cuentos de la Selva nos sorprende el mundo palpitante que componen, junto a la espesura vegetal y el suelo
intensamente rojo, esa gran diversidad de animales que Horacio Quiroga aprendió a conocer hasta el punto de
convertirlos en personajes tan dotados de vida que parecen desprenderse de las páginas del libro para llegar a
nosotros y cobijarse en nuestra memoria.
Y como en la selva la quietud es sólo una apariencia porque allí siempre suceden infinidad de cosas y al mismo
tiempo, las situaciones protagonizadas por estos inolvidables seres que habitan por igual la realidad y la ficción
son muy variadas, conmovedoras, inquietantes, animadas de diversión y de expectativa. La pregunta ¿Y ahora
qué sucederá? Nos tiene en vilo desde el comienzo de cada cuento. Además, por este libro pasa un río, el
Yabebirí. Pronunciamos su nombre y es como si lo cantáramos. Un río poblado de rayas, no las de la geometría
sino las de la ictiología, que son aplastadas y bastante movedizas, es decir, las rayas que son peces. Y más de una
vez, en estas páginas acecha un tigre y es cuando en ellas el aire se vuelve amenazante como una tormenta. Y
menos mal que existe el valor para defender a los más débiles del ataque de los que han acumulado tanta fuerza
que se les sale del cuerpo. Y también hay víboras, pero no reptando entre los pastizales, sino danzando vestidas
de bailarinas; y que además han invitado a medio mundo, a las ranas, a los sapos, a los flamencos, tan hermosos,
a los yacarés y hasta a los peces. Es que el monte, por más cerrado que sea, se abre siempre en algunos de sus
lugares para que le quepa una fiesta larga, y no a pedazos sino entera. Una tortuga, esa especie de piedra con
cuatro patas que camina, dos coatís, una esbelta y pequeña gama, un loro temerario, una abeja que se olvidó
que las abejas son laboriosas, completan el conjunto de estos personajes que nos entrega la selva misionera
como un regalo incesante, a través de uno de los más grandes escritores iberoamericanos, un regalo que no cesa
porque continúa ofrendando en la memoria y la emoción de quienes tenemos la fortuna de haber entrado en la
selva de la mano de Horacio Quiroga.
Fragmento del prólogo a Cuentos de la Selva. Serie Biblioteca Página 12. Autora: María Granata (escritora / argentina).