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Español

En un pueblo donde el tiempo se detiene, Aurelio vive en una casa que parece tener vida propia, mientras lucha con sus profundos pensamientos y su incapacidad para comunicarse. Tras casarse con Rosa Inés, ella descubre sus poemas ocultos, lo que les permite abrirse y compartir sus miedos y esperanzas, transformando su hogar en un lugar lleno de amor y alegría. Juntos, aprenden que el amor se expresa no solo con palabras, sino también a través de la conexión y la compañía mutua.

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En un pueblo donde el tiempo se detiene, Aurelio vive en una casa que parece tener vida propia, mientras lucha con sus profundos pensamientos y su incapacidad para comunicarse. Tras casarse con Rosa Inés, ella descubre sus poemas ocultos, lo que les permite abrirse y compartir sus miedos y esperanzas, transformando su hogar en un lugar lleno de amor y alegría. Juntos, aprenden que el amor se expresa no solo con palabras, sino también a través de la conexión y la compañía mutua.

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La Casa que Respiraba

Había una vez un pueblo donde el tiempo parecía detenerse y los pájaros cantaban suaves melodías. En
este lugar vivía Aurelio. Su casa, de madera vieja y ventanas que crujían con el viento, parecía tener vida
propia. Aurelio era un chico callado, no porque no supiera hablar, sino porque a menudo sus pensamientos
eran demasiado profundos para compartirlos.

Después de casarse con Rosa Inés, una chica con ojos que brillaban como monedas de cobre, su vida se
volvió una mezcla de dulzura y momentos raros. Ella llenaba la casa de flores y canciones, mientras él se
encerraba en su cuarto, escribiendo poemas que nunca firmaba. Rosa Inés no se enojaba; solo dejaba una
taza de café y una nota con una pregunta: "¿En qué piensas hoy, Aurelio?" Él nunca respondía.

Un día, Rosa Inés encontró un cuaderno escondido debajo de la cama. La casa parecía respirar con fuerza,
como si algo dentro de sus paredes no pudiera quedarse callado. Leyó los poemas de Aurelio, escritos para
ella, pero llenos de una tristeza que no entendía. Decían cosas como "te amo como se ama lo que se va a
perder" y "mi alma te sigue, aunque mi voz no lo diga".

Esa noche, Rosa Inés se sentó a su lado, tomó su mano y le dijo en voz baja: "Ya leí lo que no sabías decir".
Aurelio se sintió aliviado, como si el silencio hubiera encontrado una salida. La casa dejó de respirar tan
agitada y, por primera vez, comenzaron a hablar de sus miedos y esperanzas.

Desde entonces, cada rincón de la casa se llenó de risas y charlas. Compartían historias de su infancia, se
contaban sus sueños y se reían de anécdotas cotidianas. Rosa Inés le enseñó a Aurelio que las palabras no
siempre tenían que ser perfectas; lo importante era el sentimiento detrás de ellas. Y aunque él seguía
escribiendo, ya no lo hacía solo.

Rosa Inés se convirtió en su musa y su amiga, y juntos crearon un hogar donde las palabras y el amor
podían fluir libremente. Los poemas de Aurelio se transformaron, ahora llevaban un nuevo aire de
esperanza y alegría, reflejando la conexión que habían construido.

Con el tiempo, la casa se llenó de nuevos recuerdos: cenas a la luz de las velas, tardes de lluvia con libros
compartidos y risas que resonaban en cada rincón. La vida se volvía más brillante, y la casa, que antes
respiraba con angustia, ahora lo hacía con felicidad.

Aurelio y Rosa Inés aprendieron que el amor no siempre necesita ser expresado en grandes gestos; a
veces, una simple conversación y la compañía del otro son suficientes para construir un hogar lleno de
vida.

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