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(Ebook) Al Final Era Él by Emily Delevigne ISBN 0000000000000 Download

El documento es una promoción de varios ebooks de Emily Delevigne y otros autores, incluyendo 'Al final era él', que se pueden descargar en diferentes formatos. Se menciona la disponibilidad de productos digitales y se incluyen enlaces para acceder a ellos. Además, se presenta un fragmento de la narrativa de 'Al final era él', donde se introduce a la protagonista y su entorno durante la época navideña.

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(Ebook) Al final era él by Emily Delevigne ISBN


9788419301390, 8419301396

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(Ebook) El pacto by Emily Delevigne

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(Ebook) Siempre fuiste tú by Emily Delevigne

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(Ebook) Al final siempre ganan los monstruos by Juarma

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(Ebook) Al final mueren los dos by Adam Silvera ISBN


9788496886780, 8496886786

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(Ebook) Al final siempre ganan los monstruos by Juarma


ISBN 9788418733307, 8418733306

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Primera edición: diciembre de 2022

Copyright © 2022 Irene Manzano Pinto

© de esta edición: 2022, ediciones Pàmies, S. L.

C/ Mesena, 18

28033 Madrid

phoebe@[Link]

ISBN: 978-84-19301-39-0

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografía del modelo: Londondeposit/[Link]

Imágenes de interior: Imagen de [Link] en Freepik

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares


del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción
parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento,
comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución
de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Í
Índice
1

10

11

Epílogo

Agradecimientos

Playlist

Contenido especial
Para ti, lector.

Te deseo una feliz navidad.


1

♫Black Flies, Ben Howard♫

La luz del autobús titilaba como si de un intermitente se tratara. La escasa


iluminación del interior me permitía ver con total facilidad la decoración
navideña. Era increíble cómo un pueblo podía cambiar por completo con
tan solo adornarlo con unas cuantas guirnaldas, bolas y trineos. «Es la
magia de la navidad», solía decir mi mejor amiga, Susana.

Yo, sin embargo, lo veía más como un disfraz que ocultaba la fealdad del
pueblo. Al final de las fiestas, cuando lo quitaran todo, tendría la sensación
de que estaba en un lugar completamente diferente y me sentiría estafada.

De repente mis ojos se enfocaron en el reflejo que me devolvía el cristal de


la ventana del autobús, que era el de una chica de veintiocho años de ojos
azules y pelo negro.

Al escuchar el nombre de la próxima parada, donde yo me bajaba, me


levanté de mi asiento y me coloqué cerca de las puertas de cristal. Hacía
tanto frío que, al suspirar, una columna de vaho se escapó de mis labios.
Odiaba el frío con todas mis fuerzas. Aún más cuando llevaba capas y capas
de ropa para que mis dedos de los pies entraran en calor.

Me sujeté a la barra que había a mi izquierda y enrosqué los dedos en ella.

Joder. Estaba tiritando, y no precisamente porque llevara poca ropa.

En cuanto las puertas de cristal se abrieron, la helada brisa nocturna me


golpeó el rostro. Enmudecí y tardé un par de segundos en reaccionar a la
persona que me empujaba por detrás para que saliera de una vez.
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En cuanto bajé los tres escalones del autobús y me hice a un lado, vi que se
trataba de un hombre mayor de unos setenta años. Me fulminó con la
mirada antes de continuar con su camino. El autobús se marchó y dejó tras
de sí una nube de humo que olía horriblemente.

Agité la mano para alejarlo de mi cara y comencé a andar hacia el


restaurante donde había quedado con mis amigas.

Las farolas que se extendían más allá de mi vista estaban decoradas con
luces de colores. Y, para qué mentir, para una persona tan huraña como yo,
este año eran bastante bonitas. Se trataba de tres líneas de un tono turquesa
verdoso con tres estrellas, cada una de un color diferente: amarillo, rojo y
verde.

Alcé los hombros para que la bufanda me tapara la parte superior del cuello
y la barbilla.

Había muchísimas personas en la calle. Se notaba que estábamos en


diciembre y que la gente quería disfrutar de la hermosa decoración y del
buen ambiente. No pude evitar recordar lo bien que me lo había pasado yo
siendo una niña cada vez que bajaba las escaleras para ver mi árbol de
navidad hasta arriba de regalos. Mis padres se lo habían currado
muchísimo: ponían tres vasos de leche para los Reyes Magos, tres cuencos
de agua para los camellos, un trozo de carbón para asustarme y recordarme
que mis prontos debían de ser controlados y unos dulces por si sus
majestades querían comer antes de irse.

Sí. Definitivamente, había tenido mucha suerte de tener una familia tan
implicada como la mía.

Crucé un paso de peatones antes de seguir recto unos diez metros más. Allí
vi el restaurante chino donde Susana me había propuesto quedar junto con
las demás.

Al llegar a la puerta, con grandes columnas de color dorado y un dragón en


una de ellas que me miraba con expectación y seguridad sobre sí mismo,
me quité la bufanda y entré en el restaurante.
Estaba lleno, no había ni un solo hueco libre.

Barrí el lugar con la mirada antes de ver que alguien alzaba una mano.

Esa era Susana.

Me quité el grueso gorro que llevaba y fui hasta ellas.

Era increíble cómo los dueños del local se habían encargado de decorar el
restaurante. No había una esquina que no rezumara un aire chino propio de
las películas a las que tanto me había aficionado el último año. Una música
relajante sonaba por los altavoces, y pensé que no estaba nada mal quedar
con ellas allí, a pesar de haber intentado con todas mis fuerzas no pisar
aquel pueblo de Sevilla que tan cerca estaba de la capital.

Porque él podría estar allí.

Pensarlo provocó que un escalofrío me recorriera la parte baja de la espalda.

—¡Pero mira a quién tenemos aquí! —exclamó Paula—. ¡Nada más y nada
menos que a la famosa Daniela Prada! ¿Cuándo fue la última vez que saliste
de tu madriguera? ¿El año pasado?

Solté una carcajada seca antes de darle un abrazo.

—Sigues siendo un incordio, ¿eh?

—Nada ha cambiado —dijo ella antes de guiñarme un ojo—. Me alegro de


verte.

Susana se levantó y me rodeó con sus brazos antes de darme un sonoro beso
en la mejilla.

—No sabes lo feliz que estoy de que hayas decidido venir.

—Podríamos haber quedado en otro sitio, la verdad —musité, más para mí


misma que para ellas.
Ellas no parecieron escucharme, ya que una chica a la que no conocía de
nada vino hacia mí para presentarse.

—Tú debes de ser Daniela. Yo soy Mónica. Encantada.

Saludé a la tal Mónica con dos besos antes de sentarme en mi sitio y


quitarme el abrigo. Lo coloqué en el respaldo de mi silla y apoyé los codos
sobre la mesa. Sí, definitivamente me encantaba la decoración del
restaurante. Tomares era un pueblo bastante bonito, muy bien cuidado y sin
ningún papel por el suelo. Me pregunté a qué clases cívicas iban sus
habitantes para perpetuar ese perfecto orden que existía.

—¿Cómo te ha ido todo, Dani? Llevamos cuatro meses sin vernos —dijo
Paula, cuyos ojos verdes me miraban con curiosidad.

Me rebullí, incómoda, en mi silla.

—Bien. No ha ido mal, la verdad.

—¿Sigues trabajando en esa empresa de válvulas?

—¿Válvulas? —preguntó Mónica, extrañada y con curiosidad.

—Nuestra chica es ingeniera química —soltó Susana con orgullo. Estiró


una mano y cogió la mía para darle un apretón—. Trabaja en una empresa
privada donde venden válvulas por toda Europa.

—Guau… Vaya. Eso es increíble —musitó Mónica.

—Gracias. La verdad es que está bastante bien. Ahora tengo unos cuantos
días de vacaciones, así que aprovecharé para descansar —dije.

—Normal. —Paula bufó—. ¿Cuánto tiempo te has tirado sin coger


vacaciones? ¿Dos años?

Mónica abrió los ojos de par en par, y no pude evitar sentirme algo rara.

—Sí. Dos años.


—No te habrán puesto ningún pero, ¿verdad? —Susana le dio un trago a su
copa de vino, lo que me hizo darme cuenta de la sed que tenía.

—No. Nada. De hecho, mi jefe insistió bastante en que me tomara unos


cuantos días libres. —Alcé la mano para llamar la atención de la camarera
—. Por cierto, ¿habéis pedido ya de comer?

—No. —Paula negó con la cabeza—. Te estábamos esperando. ¿Es que no


has estado nunca en un restaurante chino?

Susana supo justo el momento en el que esa pregunta me rasgaba como un


arma blanca que me abría el pecho de garganta hasta el ombligo. Paula hizo
un gesto con los labios que expresaba lo mucho que se arrepentía de haber
abierto la boca.

Pero era demasiado tarde. El dolor había vuelto a aparecer, y tuve que
llevarme una mano al pecho cuando sentí que mi corazón latía desbocado.
La boca se me secó, y noté que una sensación helada me recorría todo el
cuerpo. Pensar en la última vez que había ido a un restaurante chino y con
quién… me desgarraba.

La imagen de sus ojos marrones me golpeó con fuerza.

Me obligué a coger aire y asentí.

—Sí, ¿no te acuerdas? Hace justo un año.

Mi voz sonó ronca y raspada, como si me hubiese estado fumando un


paquete entero de tabaco.

Paula también asintió, de forma casi imperceptible.

Mónica, sin saber qué acababa de pasar, aunque consciente de la incomodad


que se había instalado entre nosotras, se humedeció los labios y cambió de
tema.

—¿Tú también vives en Tomares, Daniela?


—No. —Negué con la cabeza y me rasqué el brazo en un gesto nervioso—.
Vivo en Sevilla. Por la Macarena.

—Es una zona preciosa —dijo Mónica.

—Lo es. Sí.

El camarero vino para tomarnos nota, y aproveché para pedirle también mi


bebida. Decidí pedirme rollitos de primavera, bolitas fritas y pollo al curry.
Sí, pensaba darme un buen atracón. Siempre me habían gustado los
restaurantes de comida asiática. Me encantaba cómo el sabor de las especias
y las salsas se mezclaban en mi paladar y me hacían viajar lejos de donde
me encontraba.

Sin embargo, después de él, no había vuelto a comer en uno. Quizá porque
todos me recordaban los momentos tan felices que habíamos pasado. Quizá
porque me dolía demasiado seguir viéndolo en cada esquina. A pesar de
haber transcurrido un año desde aquel fatídico día, un 15 de diciembre,
seguía atada a él. A sus besos, a sus manos recorriéndome el cuerpo, a sus
palabras musitadas contra mis labios.

Sacudí la cabeza.

—¿Qué tal vas en la librería? ¿Te gusta? —le pregunté a Susana.

—Me encanta. —Sus ojos brillaron—. No sabes lo mucho que disfruto el


trabajar rodeada de libros y personas que me piden libros. Me vuelve loca
ver sus rostros cuando recogen el pedido que me han hecho.

Una sonrisa sincera surcó mi rostro.

—Tiene que ser genial.

—Lo es —coincidió Susana.

—¿Adónde vamos a ir cuando acabemos de cenar? —preguntó Paula, que


parecía recuperada después de su metedura de pata—. Es viernes por la
noche. Me niego a irme a mi casa tan temprano.
—Conozco un sitio que se ha puesto muy de moda —dijo Mónica, que se
mostraba muy emocionada ante la idea de ir allí—. Copas y música. —Hizo
que sonara como si fueran palabras clave.

Y lo eran.

—Copas y música, ¿eh? ¿Y hay hombres? —preguntó Susana.

—Los mejores —respondió Mónica.

Una alarma comenzó a sonar en mi cabeza.

¿Alcohol? ¿Música? ¿Tíos buenos?

Dios, no era precisamente lo que me había imaginado al salir aquella noche,


pero, sin lugar a dudas, llevaba demasiado tiempo lamiéndome las heridas
en mi piso. Sí, me habían roto el corazón. Sí, mi vida se había desmoronado
cuando él me había dicho que no quería formar parte de todos los planes
que yo había montado para los dos.

Pero habían pasado dos años. Merecía ser feliz, disfrutar.

Que salgas no significa que tengas que enamorarte de nadie. De hecho, tan
solo hablar y conocer gente será todo un logro.

Todas me miraban fijamente, como si esperasen mi veredicto, como si yo


fuese a ser la que decidiese si íbamos a ir o no.

Cogí aire y me encogí de hombros.

—Suena bien.

Susana hizo un gesto de victoria con el puño antes de que Paula silbase.

Si iba a ser una de esas noches en las que mis amigas acabarían quitándose
ropa, tirando las bebidas cuando no pudiesen sostenerse sobre sus pies y
colándose en la zona del d. j. para cambiar la música…, más me valía
cogerme una buena cogorza.
—Vamos a pasarlo genial —prometió Paula.
2

♫Lies in the Dark, Tove Lo♫

No sé a partir de qué chupito dejé de pensar en él, en aquel desastroso día y


en las pocas ganas que tenía de estar allí. Pero de repente empecé a bailar
con todos los hombres guapos que se me acercaban, e incluso me quedé con
tan solo una capa de ropa en la parte superior: una camiseta blanca de
manga larga con un poco de escote. Sudaba tanto que más de una vez me
tuve que pasar una mano por la frente, y sentía el cabello pegado al cuello.

Joder, hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien.

En mi cabeza no había lugar para malos recuerdos, dolor o lamentaciones.

Mi ex ya no me torturaba como si de un fantasma se tratara.

Alcé las manos por encima de mi cabeza y comencé a bajar los brazos
mientras movía las caderas.

—¡Dale duro, nena! ¡Hasta el fondo! —gritó Paula mientras hacía twerking
apoyada en la barra, bajo la sorprendida mirada del barman.

Eran tan exagerados sus movimientos que empecé a reírme a carcajadas.


Parecía una muñeca de trapo poseída por un demonio. Me despisté y mis
pies se enredaron, y terminé deslizándome por el suelo, húmedo por las
bebidas que la gente dejaba caer, hasta acabar despatarrándome. Eché las
manos hacia atrás para apoyarme y no golpearme la cabeza, aunque no debí
de hacerlo a tiempo, ya que me golpeé igualmente.

Abrí la boca por el dolor y gemí.


—¡Mierda!

Paula se tronchaba de la risa mientras Susana intentaba llegar hasta mí.


Mónica, en cambio, hablaba con un tío lo bastante buenorro como para que
pasara por alto que una de su grupo se había caído.

Tener amigas para esto…

Sin embargo, de repente me vi alzada del suelo. Me habían agarrado por las
axilas y tiraban de mí hacia arriba. En unos segundos ya estaba de pie, con
la ropa manchada y húmeda y con el orgullo más tocado que el pomo de
una puerta.

Al levantar la mirada, enmudecí.

Se trataba de nada más y nada menos que del mejor amigo de mi ex: Matías
Casas.

Mi boca se abrió hasta formar una O.

¿Era de verdad o el alcohol me estaba jugando una mala pasada? Sacudí la


cabeza y parpadeé varias veces. No, allí estaba Matías. No se había
esfumado por arte de magia, nada más lejos de la realidad.

—Dani… Eres tú.

Seguía sin ser capaz de actuar. Llevaba sin verlo mucho tiempo, quizá un
año o más. ¿Quién demonios sabía? Después de todo, al romper con mi ex,
Matías había pasado al bando enemigo, y me había negado a responder sus
mensajes y llamadas. Meses más tarde, eliminé su número de mi teléfono y
me dije que no sería capaz de hacer borrón y cuenta nueva si no sacaba de
mi vida todo aquello que me recordara a él.

—¿Estás bien? —me preguntó con preocupación.

Fruncí el ceño.

—Lo estaba. Hasta que te he visto —solté sin filtros.


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Matías tuvo el descaro de sonreír, y quise borrarle la sonrisa de un
puñetazo.

—Vaya. Supongo que no está nada mal después de un año sin vernos.

—Un año y una semana —lo corregí—. Fue antes de que cumplieras los
veintinueve, ¿te acuerdas?

A pesar de estar bajo los efectos del alcohol, no pude evitar sentirme algo
avergonzada. Matías siempre había sido muy simpático conmigo; de hecho,
cada vez que mi ex me había contado una mentira para salir sin mí o
habíamos tenido una pelea, él se había puesto de mi parte.

Y no es que yo fuera una novia celosa que no le dejara salir. Ni mucho


menos. Pero sus escapadas con su grupo de amigos significaban que habría
muchísimas tías, alcohol y seguramente algún que otro beso.

Y me había negado tajantemente a ello.

Ahora me daba cuenta de que lo mejor habría sido haberlo soltado y no


haber sostenido una cuerda que tan solo me cortaba las manos.

—Un año y una semana… ¿Por qué no me respondiste a las llamadas? —


preguntó, molesto.

Me mordí el labio inferior y suspiré.

Maldito hombre. Malditos ojos verdes. Maldito metro ochenta largo que me
estaba haciendo replantearme en ese momento por qué no me había fijado
en él en el pasado. Quizá hubiésemos durado menos, pero con total
seguridad no andaría despechada, con el corazón roto y una tristeza y una
rabia infinitas en el pecho.

Y, según las malas lenguas, follaba como un dios romano.

¿Y cómo follaban los dioses romanos? No tenía ni la menor idea, pero, al


parecer, muy bien, para que todas las tías con las que se había acostado
quisieran repetir. Recordaba cuando me pedían consejo para que Matías
volviese a llamarlas. Yo, por supuesto, estaba lo suficientemente ocupada
con mi ex como para hacerles caso.

Sí. Quizá me había comportado como una arpía. Pero no había sido mi
intención.

La canción de Rosalía Despechá comenzó a sonar.

—¿Dani? —Pasó la mano por delante de mi cara.

La aparté de un manotazo.

—¿Qué haces aquí?

—Vivo en Tomares, ¿recuerdas?

Oh, verdad. Se me había olvidado. Vivía cerca de la estación de bomberos,


donde trabajaba. Porque Matías era bombero.

Matías llevaba el pelo castaño cobrizo más corto en los laterales y más
largo en la parte de arriba de la cabeza. El flequillo, peinado hacia atrás, le
daba un look de bad boy capaz de rivalizar con el de Channing Tatum. ¡Qué
demonios! Era mucho mejor que el de Tatum. No le llegaba ni a la suela de
los zapatos.

Espera, espera…, ¿pero qué más da?

—¿Dani? ¿Por qué no te vienes fuera conmigo? Creo que te vendría bien
que te diese el aire.

Susana apareció justo en ese momento. Se le pusieron los ojos como platos
al percatarse de que yo estaba con Matías.

—¡Matías! —soltó.

—Oh, hola, Susana. ¿Qué tal va todo?

Mi amiga sonrió algo nerviosa antes de hacer un gesto con la mano.


—Todo bien. Gracias. ¿Te apetece tomarte algo con nosotras?

¿Era yo o Susana intentaba coquetear? Jugueteaba con uno de los mechones


de su melena castaña oscura. Sus ojos brillaban como dos estrellas en un
cielo negro. Sí, definitivamente mi amiga intentaba mojar con Matías. No la
culpaba: yo habría hecho lo mismo si no hubiese seguido con el recuerdo de
mi ex, el innombrable, en mi cabeza y con el alcohol mezclándose con la
sangre de mis venas.

—Le había dicho a Dani que saliésemos a que le dé el aire —explicó sin
apartar sus ojos verdes de mí. Parecían los de un gato, tan bonitos y
enigmáticos.

Susana alzó una ceja y asintió varias veces.

—Creo que es una buena idea.

Me puse entre ellos dos y agité las manos con torpeza.

—¿Desde cuándo decidís vosotros por mí? —pregunté exasperada—. Estoy


aquí. Yo decido.

Matías me agarró de la muñeca con delicadeza y dio un suave tirón de mí.

—Vamos. Luego puedes volver a beber hasta caerte de nuevo.

Pensaba quejarme cuando, sin esperar mi respuesta, comenzamos a andar.


Fuimos hasta la puerta de salida, donde la noche fría y oscura nos esperaba.
Tropecé alguna que otra vez, pero él se encargó de que no besara el suelo.

Me estremecí cuando el frío nocturno me dio en el rostro.

Matías se quitó la chupa de cuero negra que llevaba y me la tendió. La cogí


sin miramientos y me la puse. El calor residual de su cuerpo en la chaqueta
me calentó en un santiamén. Me subí la cremallera hasta arriba y lo miré. Él
parecía tener la vista clavada en la otra acera, y pude fijarme en su perfil.
Nariz recta, pómulos marcados, labios carnosos capaces de hacerte perder
la cordura y un vello incipiente que oscurecía su cara.
Era tan guapo y atractivo como hacía un año, solo que parecía haber algo
más de madurez en sus rasgos. ¿Podía una persona cambiar mucho en un
año?

Me estremecí y me pegué el cuello de la chupa al rostro.

Olía a él. A Matías. A menta y frescor. A hombre salvaje, si es que eso


existía. No pude evitar inspirar de forma discreta para que no se percatara
de que olisqueaba su ropa como un sabueso.

—Pensaba que me llamarías, ¿sabes?

Sacudí la cabeza para volver a la realidad.

—Ya, bueno…

—¿Por qué no respondiste a mis llamadas? —Se acercó un par de pasos


hasta que volví a sumergirme en su mirada verde—. Éramos amigos, ¿no?

—Técnicamente eres su amigo.

Matías frunció el ceño.

—¿Y no puedo ser el tuyo al mismo tiempo?

—No —respondí, tajante—. Perteneces a su mundo. No al mío.

Él suspiró, derrotado.

—Lo que dices no tiene sentido.

—Y no hace falta que lo tenga. —Lo miré de reojo y me fijé en lo bien que
le sentaba esa camiseta negra de manga larga que se apretaba en sus fuertes
brazos. Estaba buenísimo. Era como uno de esos modelos que te
encontrabas en las revistas de moda masculina cuyas hojas arrancabas para
colgarlos en las paredes de tu habitación. Porque no era la única que lo
hacía, ¿verdad?

—Joder, Daniela. Si incluso me llevaba mejor contigo que con él…


Me quedé callada, porque tenía razón. Matías y yo habíamos tenido tal
conexión que incluso me lo había pasado mejor con él que con mi ex
cuando salíamos todos juntos.

—¿Sabes? A Pablo no le hizo gracia enterarse de que intenté ponerme en


contacto contigo —reveló, para mi sorpresa.

Ignoré el dolor que me causó oírle decir su nombre y tragué saliva.

—¿Y eso por qué?

—No lo sé. Supongo que es orgullo masculino.

Solté una carcajada sin humor.

—Ya, orgullo masculino. Él me dejó. No tiene sentido.

—Es un capullo —murmuró por lo bajo, más para sí mismo que para mí.

Nos quedamos callados. Cada uno sumido en sus propios pensamientos. La


verdad que pensar en Pablo por la noche era lo peor que podía hacer. Luego
llegaría a casa hasta arriba de recuerdos mientras la tristeza me ahogaba en
un pozo sin fondo. Cinco años juntos para luego quedar todo reducido a
cenizas…

Mi estómago aprovechó ese momento para gruñir. Muy fuerte. Tan fuerte
que Matías alzó una ceja en mi dirección antes de sonreír.

—¿Tienes hambre?

—Eso parece. Aunque no debería. Me he hartado de comer en el restaurante


chino antes de venir. —Me encogí de hombros—. Supongo que he bailado
demasiado.

—¿Por qué no vamos a comer algo? —preguntó de repente.

Parpadeé, sorprendida.

—¿Ahora?
—Claro. Tengo el coche en la calle de atrás. —Señaló hacia un punto a su
espalda antes de meterse las manos en los bolsillos. Me agarró de la muñeca
otra vez y tiró de mí—. Vamos.

—¡Pero espera! Se lo debería decir a Susana y a las demás.

—¿Te crees que en el estado en el que se encuentran se van a enterar


siquiera? Luego les mandas un whatsapp y listo. Vamos —repitió.

Dejé que me arrastrara hasta la calle de atrás. Más que nada, porque me
veía incapaz de no tropezar con un adoquín en mal estado o chocar contra
alguna farola. Aquello no era común en mí, de verdad. Yo era tranquila,
sosegada y pausada. Era ese tipo de chica que te escuchaba hablar durante
horas y no se quejaba a pesar de estar aburrida como una ostra. No bebía
más que una copa, pues más de una vez había escuchado a Pablo
quejándose de lo mal que me comportaba cuando me emborrachaba.

Sin embargo, allí estaba.

Siendo precisamente como no era.

O como él no quería que hubiera sido.

Qué más da, me repetí cuando mis pensamientos comenzaron a agobiarme.

Cuando llegamos a su coche, un Toyota negro, me abrió la puerta e hizo


ademán de ayudarme a entrar. Le aparté la mano de un tortazo.

—Puedo sola —contesté de malos modos.

Él solo sonrió antes de cerrar la puerta. Lo vi pasar por delante del coche, y
no pude evitar mirarlo con más interés del que me habría gustado. Después
de todo, era un hombre increíblemente sexy y guapo, de esos que hacían
que todo tu cuerpo ardiera y los ojos se te pusieran como platos para no
perderte ni el más mínimo detalle.

Matías siempre había sido el guapo del grupo. Quizá que tuviera una voz
ronca y aterciopelada solo conseguía que el público femenino babeara cada
vez que lo oía, pero era algo normal. De hecho, estando con Pablo, me
había pasado más de una vez. Sí, había estado enamorada hasta las trancas,
pero eso no quería decir que no tuviera ojos en la cara.

¿Había dicho que Matías tenía las manos grandes? ¿Muy grandes? Mi
mente comenzaba a divagar.

Cuando se montó en el coche y encendió el motor, me dirigió una mirada


felina.

—¿Preparada?

—¿Para comerme una hamburguesa? Siempre.

Él se mordió el labio inferior y negó con la cabeza.

Joder, hasta cuando no se lo proponía era sexy. Estiré la mano y, sin


permiso, encendí la radio. La canción Ojitos lindos, de Bad Bunny,
comenzó a sonar. Levanté las manos todo lo que pude y empecé a moverme
de un lado a otro, como si la marea del mar me meciera.

Matías soltó un sonido parecido a una risa.

—Estás como una cabra.

—Déjame disfrutar. Esta canción me transporta hasta Cancún. Cocos.


Arena cálida… Tíos fuertes en bañador.

Él alzó una ceja mientras paraba en un semáforo en rojo.

—Así que tíos fuertes en bañador, ¿eh?

—Sí —musité con los ojos cerrados sin dejar de mecerme—. ¿Te ofreces
voluntario? Creo que superarías la prueba.

Parecía estar pasándoselo bien con todas las ocurrencias que salían de mi
boca. Desgraciadamente, estaba lo bastante borracha como para no parar mi
lengua.

—¿Acaso me has echado un vistazo para llegar a esa conclusión?


—Claro que lo he hecho —aseguré—. Eres alto, guapo, tienes unos ojos
verdes preciosos y puedo distinguir todos los músculos que ocultas bajo la
ropa.

Permaneció unos segundos callado antes de romper a reír en carcajadas. Me


sorprendió tanto el sonido de su risa que dejé de bailar y lo miré con los
ojos abiertos de par en par.

—Dios mío, Dani. Estás fatal.

—¿Sabes? A mí no me apetecía salir. Pero ahora me alegro de haberlo


hecho. He dejado de pensar en él después de un año entero.

Matías no dijo nada, y supuse que me había pasado. De todas formas, ¿a


quién le interesaba saber que aún estaba enamorada de Pablo? El hombre
que me había roto el corazón de todas las formas posibles y luego se había
asegurado de dejar el listón alto para que no viese a ninguno de la misma
forma que lo veía a él…

Capullo.

Y pensar que nos habíamos comprometido tres meses antes de que me


dejara… ¿Lo superaría alguna vez?

El resto del camino lo hicimos en silencio, y no me importó en lo más


mínimo Me dediqué a mirar por la ventana, escuchar las canciones de la
radio y echarle un vistazo a Matías. Mis ojos, como si tuvieran vida propia,
se iban hacia él innumerables veces. Me pregunté cómo besaría. Sus labios
carnosos debían de ser capaces de hacerte olvidar cualquier cosa… o a
cualquier persona.

Me parecieron tan sensuales y masculinos que me humedecí los míos.

—Dani…

Me sonrojé.

—¿Sí?
—Deja de mirarme así —me pidió con voz suave.

—¿Cómo?

—Como si quisieras lanzarte sobre mí —dijo antes de continuar el trayecto


—. Soy un hombre indefenso.

Solté una carcajada y le di un manotazo en el brazo.

—«Indefenso» no es precisamente el adjetivo que yo utilizaría.

—Ah, ¿no? ¿Cuál sería entonces?

—Irresistible. Masculino. Dominante. —Me di unos golpecitos con el dedo


en el labio inferior—. Sí. Esos serían los adjetivos que yo utilizaría.

Cuando pensé que Matías se quedaría callado, terminó por encontrar un


sitio donde aparcar. Al echar el freno de mano, me dirigió una mirada felina
cargada de magnetismo sexual que me dejó muda.

—Así que irresistible, ¿eh?

Enmudecí y me quité el cinturón para salir de allí pitando, con la mala


suerte de no recordar lo alto que era aquel coche y acabar despatarrada
sobre el asfalto al salir. Frené la caída con las manos e intenté levantarme de
una manera muy poco femenina. Al incorporarme del todo, me vi frente a
Matías.

Él alzaba una ceja.

Yo me mordí el labio inferior.

—¿Has terminado tu show o quieres seguir?

—He terminado —dije con la boca pequeña bajo la sonrisa que me bailaba
en el rostro.

—Vamos. Cierran en una hora.


Y, para mi sorpresa, me agarró de la mano y entrelazó sus dedos con los
míos. Encajaban tan bien… Un gesto tan pequeño y fácil como aquel
provocó que mi corazón latiera acelerado contra mis costillas. Hacía un año
que nadie me daba la mano. Un año desde que Pablo lo había hecho. Noté
una sensación de ahogo en el pecho, y tuve que coger una gran bocanada de
aire.

—¿Va todo bien?

Alcé la mirada y me encontré con los ojos verdes de Matías.

—Sí, sí —me apresuré a asegurar.


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3

♫Get Free, Major Lazer♫

Sabía que no estaba dando una muy buena imagen: devoraba la


hamburguesa mientras mis dedos manchados de salsa apretaban con fuerza
el pan. Ya no me quedaban patatas, y cada vez que Matías desviaba la
mirada, aprovechaba para robarle algunas. Supe que se había dado cuenta
cuando me pilló in fraganti con dos en la boca.

Me forcé a esbozar una sonrisa. Él alzó una ceja.

—¿Me robas mis patatas?

—Solo algunas —puntualicé.

—¿Lo hacías también con Pablo o solo yo tengo ese privilegio?

Apreté los labios antes de dejar la hamburguesa en el plato para limpiarme.

—No, a él no se lo hacía. Se enfadaba. Mucho. Además, no solía comer


patatas fritas. Decía que engordábamos y que era mejor que las
sustituyéramos por las asadas.

Matías bufó.

—Nunca te han gustado las patatas cocidas.

Me sorprendió que se acordara de eso, sobre todo porque fue en una única
ocasión, un día en una barbacoa en el mes de julio, cuando rehusé comer
patatas asadas. Una prima de Pablo —bastante simpática, para qué mentir—
me había ofrecido dos junto a un pinchito de carne. Las rechacé con
incomodidad antes de que Pablo me quitara el plato de las manos para
quedarse él con las patatas.

Matías, que en ese momento había estado teniendo un rollo con esa prima
de Pablo, fue a buscarme un paquete de patatas fritas. A diferencia de mi
novio, que había ocupado una silla para empezar a comer, su mejor amigo
había adoptado el rol que a Pablo le tocaba. Pero Pablo no había sido
siempre tan pasota ni tan indiferente conmigo. Hubo una temporada en que
lo único que había en su mundo era yo. Era como si hubiese sido la razón
de su sonrisa y de que se levantase feliz cada mañana. Aunque eso había
durado unos pocos meses.

Una lástima que para mí él hubiese sido siempre el centro de mi universo.

—Y por eso las cambiaba por una ensalada.

Pensar en la ensalada mustia que solía comer provocó que me estremeciera.

Matías apoyó los codos en la mesa.

—¿Por qué estabas con él, Dani?

—Porque lo quiero… Lo quería —me corregí, y volví a coger mi


hamburguesa con ambas manos.

Me observaba como si fuera un bicho raro.

—Querer a una persona nunca debería ser suficiente para quedarte en un


sitio donde no te tratan como te mereces.

Sus palabras calaron hondo en mí, y no pude evitar suspirar. A veces,


cuando no estaba sumida en la más profunda tristeza de saber que mi
compromiso con Pablo había terminado para siempre, me recordaba todos
aquellos desplantes que había tenido conmigo. No solo me ignoraba cuando
quedábamos con sus amigos o familiares, sino que también hubo una
temporada en la que no quiso tener sexo. No le di importancia, y supuse que
pasaría por una de esas épocas en las que odias al mundo entero y necesitas
desconectar. Lo malo era que se había prolongado hasta que me dejó.
Pensé que había sido mi culpa. Había engordado un par de kilos, y, según
él, me había salido más celulitis. En un primer momento sus palabras no me
habían molestado. Solía decirlo con un tono de voz tranquilo. Sin embargo,
como si de cuchillas se tratasen, rasgaron mi quebradizo amor propio hasta
que decidí ducharme con la puerta cerrada y llevar siempre pantalones
largos.

Ahora que no estábamos juntos, no veía toda esa celulitis que él decía. O, al
menos, no la veía tan horrible.

—Siempre he pensado que Pablo es un cabrón con suerte —dijo.

Estuve a punto de escupir el bocado que acababa de darle a la hamburguesa.

—¿En serio? ¿Por qué?

—Por tener a alguien como tú —reveló sin dejar de observarme—. Eres


inteligente y preciosa y tienes un sentido del humor muy raro. —Matías
cogió una patata frita y se la colocó entre los labios. Joder, qué bien le
quedaba. Si hubiese podido estirarme y darle un bocado…—. Eres empática
y estás al lado de la gente que quieres.

Sus palabras me dejaron muda. Ni siquiera supe qué decir.

Que un hombre como él tuviese esa imagen de mí me halagó. Mucho. No sé


durante cuánto tiempo me había visto como la afortunada que había
conquistado a un hombre como Pablo. En verdad, si me remontaba al
principio, ambos nos habíamos interesado el uno en el otro. Él había dado el
primer paso invitándome a cenar…, aunque terminé por pagar yo. A partir
de ahí, empezamos a hablar todos los días hasta que, de repente, se mudó a
mi piso. La verdad era que la convivencia no había sido mala; sin embargo,
la pasión había desaparecido con muchísima rapidez.

Si lo veía desde fuera, había sido la crónica de una muerte anunciada.


Cuando me propuso matrimonio, pensé que todos nuestros problemas
desaparecerían, que volvería a follarme con ganas, a besarme como si fuera
adictivo a mis labios…, pero no fue así. De hecho, empeoró.
—Si estás intentando meterte en mis bragas… —le robé una patata frita y le
señalé—, vas por mal camino.

Matías negó con la cabeza.

—Eres insufrible.

—Pues agradece que esté borracha.

Terminamos de comer entre bromas y comentarios sarcásticos que nadie a


nuestro alrededor entendía. A pesar de mis protestas, Matías pagó la cena y
nos dirigimos a su coche. Me lo estaba pasando tan bien que el hecho de
imaginarme volver a casa y acostarme me retorcía las entrañas.

Cuando me puse el cinturón, me giré hacia él.

—No me apetece irme a casa aún.

—A mí tampoco —admitió con una sonrisa torcida y muy sexy.

Suspiré y asentí.

—¿Y ahora qué hacemos?

Sus ojos emitieron un brillo lobuno que hizo que se me erizara el vello de la
nuca.

—Tengo una idea.

Arrancó y puso rumbo al sitio misterioso. Me pregunté dónde sería, si un


lugar con mucha gente y música para continuar lo que habíamos
interrumpido antes de irnos a comer o si, por el contrario, habría pocas
personas y simplemente nos sentaríamos a tomarnos una copa, sí, otra más,
mientras una suave melodía nos rodeaba.

Fuera como fuese, vi que paraba en un polígono industrial.

Alcé una ceja.


—¿Quieres aprovecharte de mí y luego descuartizarme?

Matías sacudió la cabeza.

—¿Pero qué diablos dices?

—Yo qué sé. —Me encogí de hombros—. De todos los lugares que me
imaginaba, un polígono industrial no entraba en las opciones.

Él murmuró algo parecido a «Tú y tus ocurrencias» antes de aparcar. Puso


el freno de mano y me hizo un gesto con la cabeza.

—Vamos. Te gustará. O eso creo yo.

Bajé del coche con poca elegancia debido a mi —todavía— estado de


embriaguez y lo seguí. Vislumbré gracias a la luz de las farolas la anchura
de sus hombros y cómo se estrechaba su cuerpo hasta llegar a sus caderas.
Se movía con la elegante gracilidad de un depredador. Cuando me miró por
encima de su hombro, sentí que el corazón me daba un vuelco.

Aquellos ojos eran espectaculares.

—No te quedes atrás.

Aceleré mis pasos hasta caminar a su lado, con la cabeza algo gacha por mi
sonrojo. Solo esperaba que con la poca iluminación que había no se diese
cuenta.

Para mi sorpresa, había bastantes coches aparcados, y se escuchaba música


no muy lejos.

Vi que en el exterior de uno de los locales del polígono había un hombre


apoyado en un coche mientras fumaba. El extremo del cigarrillo se
iluminaba cada vez que daba una calada. Dos chicas hablaban con él
mientras unas luces rojas y un humo ligero salía del interior del local. Me
recordó a mi idílica idea del infierno, tentándote para entrar y no mirar atrás
y luego ser torturado el resto de tu vida.

Sí, tenía mucha imaginación en mis momentos de soledad.


La canción que resonaba era Get Free, de Major Lazer. Desde luego, pegaba
con aquel ambiente.

El hombre alzó la cabeza y sonrió.

—¡Pero bueno! Si tenemos aquí a Matías…

Abrí los ojos de par en par cuando Matías acortó la distancia y lo envolvió
en un abrazo. Se dieron palmadas en la espalda antes de separarse.

—¿Qué haces aquí? Pensé que no vendrías —dijo el desconocido con un


tono alegre de voz.

—Ha sido una decisión de última hora. —Matías me guiñó un ojo—.


¿Dónde están los demás?

—Dentro. Ve y tómate algo. Se alegrarán de verte.

—Eso haré. —Matías me rodeó los hombros con un brazo—. ¿Os acordáis
de Dani?

El hombre me miró de arriba abajo y asintió.

—Ah, la chica de Pablo, ¿no?

—En primer lugar, no soy la chica de nadie —señalé sin poder morderme la
lengua—. Y en segundo lugar, ex. No estamos juntos.

El desconocido esbozó una sonrisa divertida.

—Joder con la tigresa.

Fui a protestar de nuevo cuando Matías tiró de mí hacia el interior. Vale, lo


pillaba. Discutir con un tío que quizá acababa de fumarse un porro no era lo
más inteligente. Sin olvidar que yo tampoco iba sobria.

Me sorprendió la cantidad de personas que había allí dentro bailando. El


humo del interior provocó que me llorasen los ojos y tosiera. Sí,
definitivamente aquello podría parecerse al infierno. Luces rojas, personas
con muy poca ropa a pesar del frío que hacía fuera y cero ambiente
navideño.

Subimos unas escaleras de metal, y desde esa altura pude ver mejor la sala
de baile. Había grandes altavoces en el techo, por todo el local.

Joder, qué bien se lo habían montado.

Cuando los dedos de Matías apretaron los míos, me sobresalté. Mi atención


se clavó en nuestras manos, y me pregunté cuánto tiempo hacía desde que
mi mano se había entrelazado con la de alguien. Supe la respuesta de forma
automática, pues había sido Pablo.

Sin embargo, los dedos de Matías eran más largos y fuertes, quizá incluso
sus manos estaban más curtidas. Eran esas manos que veías en los
documentales sobre cómo fabricar o restaurar una mesa: atractivas,
perfectas, masculinas… y grandes. Muy grandes.

Matías las tenía enormes.

Sacudí la cabeza cuando mis pensamientos me llevaron a imaginarme cómo


la tendría…

Nos dirigimos hacia una zona donde varias personas estaban sentadas o
echadas sobre unos cojines que había en el suelo. A su vez, una alfombra
evitaba que estuvieran en contacto directo con la fría superficie.

Una chica rubia de ojos azules y grandes pechos se levantó para abrazar a
Matías. Cuando sus manos estuvieron en la espalda masculina, pude ver la
perfecta manicura que llevaba.

—¡Matías! Me alegro de que hayas venido —escuché que decía por encima
de la música.

Matías le devolvió el abrazo. Por la forma en la que se tocaban el uno al


otro, supe que debía de haber pasado entre ellos. Estaba segura. Por su
parte, todo parecía haberse quedado en un cariño fraternal. Por la de ella, en
cambio, veía tensión sexual.
—Solo hemos venido a dar una vuelta —dijo él antes de separarse y hacer
que ella me mirara—. Naiara, ella es Dani.

La tal Naiara, cuyos enormes ojos azules brillaban, me sonrió antes de


darme dos besos.

—Es un placer, Dani. ¡Sentaos! Sentaos con nosotros y tomad algo. Vamos.

Matías me miró para asegurarse de que estaba bien. Alcé el pulgar y nos
hicimos un hueco. Yo acabé al lado de un chico asiático bastante guapo, y a
mi izquierda tenía a una chica de pelo largo y rojizo. Matías, por el
contrario, estaba enfrente de mí, con Naiara a su derecha.

Asentí en forma de agradecimiento cuando la chica pelirroja me dio una


cerveza. La planta superior del local parecía más de un rollo relajado, en
vez del frenesí que había abajo.

Mientras la música sonaba, Naiara hablaba con Matías. Le tocaba el


hombro, colocaba su cabeza sobre su hombro y se mordía el labio inferior.
Hacían buena pareja. Los dos eran como unos supermodelos que saldrían en
la revista Vogue mientras una simple mortal como yo los ojeaba y se
preguntaba si las fotografías llevarían filtro o no. Acabé sabiendo que el
chico asiático se llamaba Jun, y la chica pelirroja, Nerea. Debían de haber
bebido bastante, porque se reían por cualquier tontería mientras se pasaban
de uno a otro un cigarro que pasaban por delante de mi rostro cada dos por
tres.

Mis pobres ojos lagrimeaban.

Mi vista volvió a posarse sobre Matías.

Y él me estaba mirando a mí.

Nos sonreímos mutuamente. Sus ojos verdes, a pesar de la escasa


iluminación, brillaban como dos faros en medio de la nada. Debía de ser por
el alcohol, porque comencé a envidiar a Naiara por disfrutar de su calor
corporal y estar apoyada en su costado.
La chica pelirroja se terminó su botellín de cerveza, eructó y lo colocó,
tumbado, en medio del corro que habíamos formado al sentarnos.

—¿Estáis todos preparados?

Alcé una ceja.

—¿Preparados para qué?

—Toca ¿Verdad o reto? —dijo Naiara.

Miré a Matías, que se encogió de hombros.

—¿Te apetece?

¿Que si me apetecía jugar a ¿Verdad o reto? con un grupo de personas


desconocidas y con el mejor amigo de mi ex? No sabía si se debía a una
combinación de alcohol y malas decisiones, pero terminé por asentir varias
veces, como si me hiciera muchísima ilusión jugar a ver cómo los unos les
proponían a los otros realizar retos subidos de tono y revelar verdades
oscuras e íntimas.

Además, sería la oportunidad perfecta para saber de Matías sin tener que
dejar en evidencia lo cotilla que me sentía.

—Me apetece mucho.

Pensé que comenzarían con preguntas o retos fáciles para ir calentando el


ambiente poco a poco. Sin embargo, ellos ya estaban lo suficientemente
motivados para comenzar con barbaridades que, en caso de no haber estado
yo borracha, me habrían parecido extremas. Eran peor que mi grupo de
amigas un sábado por la noche cuando todas estábamos solteras. Y eso era
decir mucho.

Jun hizo girar la botella, que al parar se quedó quieta mirando en dirección
a Nerea. Esta dio una palmada y juntó las manos.

—¡Me encanta ser la primera!


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Jun volvió a girarla con una escueta sonrisa, y la botella paró justo en
Naiara.

—Elige, Naiara: ¿verdad o reto? —dijo Nerea con malicia.

Comencé a comprender la dinámica del juego. Tú no elegías a quién


preguntar, sino que lo hacía la botella.

—Reto —decidió Naiara sin pensárselo dos veces.

—Te reto a que le des un beso a la persona que más te ponga de los que
estamos jugando.

—Eso está hecho —respondió antes de girar el cuerpo totalmente hacia


Matías.

Este alzó una ceja y se mordió el labio inferior.

—No me lo puedo creer…

—Ya lo sabe todo el mundo, cariño. Es un secreto a voces. —Naiara parecía


tan contenta de poder besarlo que no esperó un segundo más para echársele
encima y pegar sus labios a los de él.

Nerea silbó y Jun se rio mientras yo contemplaba cómo Matías luchaba


inútilmente por no dejar que la lengua de Naiara penetrara en el interior de
su boca. Me sorprendió. Y mucho. Era una chica guapísima, y habían
tenido un pasado juntos, así que ¿por qué no repetir? Sin embargo, cuando
ella llevó una mano a su mejilla y lo acarició con sus largas uñas, algo
dentro de mí se removió.

Justo cuando pensaba retirar la mirada, Matías abrió los ojos y me miró.

Joder.

Me estaba mirando mientras Naiara lo besaba. La intensidad de su mirada


provocó que me sonrojara y sintiera un escalofrío que me pasó desde la
nuca hasta el final de la espalda.
De forma espontánea, mi mente gritó que quería ser ella, que quería besar a
Matías, sentir la firmeza de sus labios. ¿Para qué nos vamos a mentir? Era
un hombre atractivo y guapísimo que despertaba pasiones allá por donde
iba. Incluso cuando estaba con Pablo, alguna que otra vez me había
sorprendido a mí misma contemplándolo.

Naiara le pasó la lengua por los labios y se separó.

Matías sacudió la cabeza y, con discreción, se pasó el brazo por la boca.


Nadie se dio cuenta menos yo.

—Has disfrutado, ¿eh? —saltó Nerea.

—No sabes cuánto —respondió la aludida.

—¡Sigamos! —soltó Jun.

La botella dio unas cuantas vueltas antes de pararse en Jun, que se frotó las
manos.

—¡Que se prepare a quien le toque! Voy a por todas —prometió, e hizo


girar la botella con ganas.

Contemplé las vueltas que daba, cada vez más despacio, hasta pararse en
mí. Abrí los ojos de par en par y luego esbocé una sonrisa forzada.

—Vaya… —susurré.

—Elige, guapa. ¿Verdad o reto?

Bajo ninguna circunstancia pensaba aceptar reto. No me fijaba de ellos ni de


aquello que me ordenarían hacer. ¿Tendría que besar a Naiara? ¿Quitarme
alguna prenda de ropa? ¿Irme abajo y besar a un desconocido? Porque esas
posibles opciones serían las que harían mis amigas.

Las muy perras…

—Verdad —dije.
Jun bufó.

—Aguafiestas.

—Eso soy, sí —acordé.

—¿Cuándo fue la última vez que follaste? —preguntó Jun sin pelos en la
lengua.

Matías se inclinó hacia delante, como si le interesara la respuesta. Las


chicas emitieron un sonido que me recordó al de las gatas cuando estaban
en celo. Se lo estaban pasando de maravilla.

Estiré las piernas y luego me las llevé al pecho.

—Un año. Aproximadamente. Quizá un par de meses más.

Naiara me miró con la boca abierta.

—Estás de broma, ¿no?

Negué con la cabeza y evité hacer contacto visual con Matías, quien parecía
igual de sorprendido.

—No. La verdad es que no. —Me encogí de hombros—. Fue mi última


relación seria.

—Oh, oh… SOS. Tenemos un corazón roto en la sala —soltó Nerea.

—No, no. Para nada. —Negué con la cabeza—. Ya ha pasado tiempo. Está
superado.

—No está superado si no has follado con nadie todavía —murmuró Jun, y
giró la botella con rapidez.

Pensé en sus palabras detenidamente mientras las luces se reflejaban en el


cristal. Me pregunté si sus palabras eran ciertas. La verdad era que no había
habido ninguna razón en concreto. Cada vez que algún hombre se había
mostrado interesado en mí, había decidido darle largas. La mala experiencia
que había tenido con Pablo me había vuelto precavida y desconfiada. Me
negaba rotundamente a volver a sufrir tanto… y a aguantar tanto a una
persona que luego no tenía miramientos para dejarte una semana antes de tu
boda.

Quizá es lo que me hace falta. Tener sexo con otro hombre y cerrar el ciclo.

Aquel pensamiento me distrajo lo suficiente como para no darme cuenta de


que me tocaba a mí ofrecerle verdad o reto a Jun.

—Sé mala con él —me alentó Nerea—. Que el espíritu de la navidad no te


ablande.

Solté una carcajada antes de entornar los ojos y pensar con detenimiento.
Jun parecía ansioso, se rebullía en su sitio y se lamía el labio inferior.

Al final, sonreí con maldad.

—¿Verdad o reto?

—Reto —dijo como si fuera obvio.

—Te reto a que le des un beso húmedo en el cuello a la persona con la que
tendrías sexo salvaje una noche.

Naiara soltó una carcajada que la tiró hacia atrás.

—Con que un beso húmedo, ¿eh?

—Es toda una declaración de intenciones —dijo Naiara.

Yo permanecí callada mientras Jun sonreía. Miré a Matías, cuyos ojos


estaban clavados en mí. De repente, mi corazón comenzó a latir con mayor
rapidez, y sentí la boca seca. Por algún motivo que desconocía, Matías me
turbaba. En verdad, creía conocer el motivo: era un hombre guapo y
atractivo cuyo magnetismo sexual me dejaba sin aire.

A mí y al resto de mujeres, claro.


Las dos chicas emitieron un gemido cuando Jun se incorporó y se recolocó
los pantalones. No pude evitar sonreír. No los conocía de nada, y aun así
tenía curiosidad por saber quién sería el afortunado o la afortunada de
ganarse un beso húmedo por parte de aquel hombre tan guapo.

Para mi sorpresa, Jun se inclinó sobre mí. Abrí los ojos de par en par
cuando sentí una nariz rozándome el cuello. Tan delicado como el aleteo de
una mariposa. Naiara se llevó las manos al rostro. Nerea se apoyó sobre sus
manos para sostenerse y tener un mejor acceso a lo que estaba pasando.

No me lo podía creer.

Me había elegido a mí. Yo, la chica gruñona que llevaba un año sin
acostarse con nadie, que odiaba al género masculino desde que mi
exprometido me dejó una semana antes de casarnos y prefería quedarme en
casa viendo la televisión o algún programa de prensa rosa.

Noté justo el momento en el que sus labios presionaron contra la zona


donde latía mi pulso. Luego su lengua me acarició con una enloquecedora
lentitud que me hizo suspirar. Me mordí el labio inferior e, inevitablemente,
me centré en Matías.

Parecía tenso. Apretaba la mandíbula con la suficiente fuerza como para


romperse un diente, y sus ojos emitían un brillo feroz. Me excité con tal
fuerza que suspiré. Mi mente creó imágenes calenturientas de Matías,
desnudo, sobre mí, con sus labios recorriéndome todo el cuerpo… Ya no era
Jun el que me besaba el cuello con maestría, al menos en mi mente…

Era Matías.

Noté que la prenda de ropa interior que llevaba se pegaba a mi sexo


húmedo.

Cuando Jun se retiró, me guiñó un ojo.

—Tendría una noche de sexo contigo, Dani. Me ponen las gruñonas sexys
como tú.
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The perfection of the organism shows itself in relation to the outer
world in the development of the sense organs. While a single-celled
animal reacts almost exclusively to chemical, sometimes also to
optical, stimuli, and receives these with the entire surface of its
body, special parts of the body develop more and more toward
perfection. These are the parts that respond with special ease to the
appropriate stimuli, that is, react to them with an increasingly
smaller expenditure of energy. Then the points at which the stimuli
are received are separated from those in which the reaction occurs,
and the two are connected by conducting paths, the nerves, in
which an energy process takes place. Our present knowledge of this
process still leaves much to be desired. It is a process which moves
with fairly great but by no means extraordinary rapidity (about ten to
thirty meters per second) along the conducting paths. At the one
end of this path it is caused by actions of various kinds, chiefly that
of the specific energy, for which the sense organ is developed. At the
other end it discharges specific effects. There is no doubt that here
we have in each instance a case of energy transformation connected
with a discharge, that is, with the action of other energies which lie
at the ends ready for change. Hence there is no equivalence
between the different kinds of energy, the discharging and the
discharged, mostly not even a proportional relation, although both
increase and decrease simultaneously.

What the form of the energy is that is propagated in the nerves is


unknown. It can be either a special form which arises only under the
conditions here present (just as, for example, a galvanic stream
develops only under definite chemical and spacial conditions), or a
special combination of known energies, as in sound and probably in
light. Some day, it is likely, we shall have a more accurate knowledge
of the nerve process which will solve the question.

When such a process is caused by some energy impulse from


without, it may produce various results. In the simplest case it
discharges the corresponding reaction, just as the leaves of the
sensitive plant close when they are touched. Or it may give rise to a
series of processes following one another like the instinctive actions.
Or, finally, it may bring about a series of inner processes which lead
to an extreme differentiation of slight differences of this stimulus and
to a corresponding graded reaction with the anticipation of success.
We call this conscious thinking, willing, and acting.

Through the age-long effect of the blunder committed by Plato in


making a fundamental distinction between mental life and physical
life, we experience the utmost difficulty in habituating ourselves to
the thought of the regular connection between the simplest
physiological and the highest intellectual acts. Moreover, this
contrast has been accentuated by the mechanical hypothesis. If we
abandon the mechanical hypothesis and adhere to the
summarization of experience free from all hypotheses, as
represented in the science of energy, this contrast disappears. For
even if we concede the impossibility of conceiving thought as
mechanical, there is no difficulty in conceiving of it as energetic,
especially since we know that mental work is connected with
expenditure of energy and exhaustion just as physical work is.
However, the elucidation of this subject lies almost entirely in the
future since the idea just developed has but only begun to influence
scientific work in this field. But judging from the results that have
already been obtained we may hope for a speedy development.

58. Society.
The external circumstance that as an organism multiplies the new
being must come to life in the proximity of the older one, is in itself
cause for the formation of closed groups confined to certain localities
by animal organisms of the same species. But they become
scattered if the advantage of their living together is not such as to
outweigh the disadvantage of having a narrow field of competition
for the means of sustenance. Thus we see different plants and
animals behaving differently in this respect. While some species live
in as great isolation as possible, others form communities, even if
there is no mechanical tie to hold them together by a common
integument.

Since the second case is true of man in a highly marked degree, his
social characteristics and needs form a large and important part of
his life. And since, further, the socialization of man makes continuous
headway with increasing civilization—we need but think of the
development of the former little groups and tribes into states and
the present very active internationalization of the most important
affairs of mankind, especially of the sciences— the social problems
also occupy an ever larger place in the organization of human life.

What distinguishes man most essentially from the other animals,


even the most advanced, is his capacity for perfection, which in the
lower animal can be paralleled at best by its capacity for self-
preservation. While the organization of the animals within the short
period of which we have any historical knowledge has to all
appearances remained essentially unchanged, the world of mankind
has changed in quite a remarkable way. This change consists in an
increasing subjection of the external world to human purposes, and
rests upon the increasing socialization of his capacities.

Memory and heredity (the latter being but an extension of memory


to the offspring, which is to be conceived of as a part of the older
organism) secures in the first place only the preservation of the
stock and the renewed development of the new individual in the
average type. If a specially favored individual succeeds in
accomplishing greater achievements, he may in favorable
circumstances transmit this capacity for higher attainments to his
offspring. But such individuals gain an advantage in the struggle for
existence only if the other sides of their activity do not suffer
curtailment as a result. With the limited amount of energy at the
individual's disposal every extraordinary accomplishment involves a
corresponding one-sidedness, and as soon as a certain measure is
slightly overstepped, it will cause a reduction of the other functions
which will render the individual less fit in the struggle for existence.
But this is true only so long as an individual must live by himself. As
soon as he forms part of a social organization which benefits by his
particular activity, the organization compensates for the personal
disadvantages by its collective activity, and a social community not
only finds room for such special developments, but it even
encourages and promotes them.

We have already seen that such manifestations occur within the


organism itself. Higher functions, depending upon the higher
susceptibility of the sense organs, can only be attained at the
expense of the general functions by the organ in question. We
observe this fact in all socially organized beings, like bees and ants,
which display a high degree of specialization in the functions of the
individual subordinate groups; the specialization often being carried
so far that the individual groups can no longer subsist by themselves
alone. It is only the organization as a whole that is capable of
permanent existence.

While the evolution of such superior functions involves a


corresponding differentiation, and therefore a division and
separation of the superior functions within the social structure, the
necessity for communication and for mutual support results in an
approximation of the individuals and the groups. In every society,
therefore, the centrifugal and the centripetal forces work
simultaneously in co-operation and in opposition to one another.
While the extreme specialization on the one hand seems to make for
the best individual functioning, on the other hand it renders the
entire collective structure much more dependent, and therefore
much more subject to injury, as is shown by the example of the
queen bee, whose departure threatens the existence of the entire
hive. Thus a medium degree of differentiation will as a general rule
produce the most permanent social structure.
59. Language and Intercourse.
The essential value of the social organization resides in the fact that
the work of the individual, in so far as it is adapted to it, accrues to
the benefit of the collective whole. For this it is absolutely essential
that the members of the collectivity should be able to have
intercourse with one another in order that every part of the general
activity may be communicated to the others. This intercourse is
obtained through language in the most general sense.

We have already learned that the essence of language consists in


the co-ordination of concept to sign. The social application of
language demands that the signs co-ordinated to the concepts in
use should be the same for all the members of the social
organization. Only in this way can the members make themselves
mutually understood. But intelligible means of communication and
division of labor impart to the social knowledge that is set down in
writing a kind of independent existence. Many centuries ago the
possibility ceased for one person to store in his memory the entire
stock of human knowledge. Nowadays we have men who are versed
only in single parts of separate sciences, and the aggregate
knowledge appears at first to be a unity existing only in thought. But
because this knowledge is set down in signs which endure far
beyond the life of the individual and at the appropriate moment can
unfold its entire power even after a long period of inactivity, it has
acquired an existence of a social character independent of the
individual. For although it survives the individual, it cannot survive
the death of human society.

As the socialization of all mankind advances to ever greater unities,


the linguistic limitations sprung from former stages of evolution
prove to be a hindrance. The mother tongue, of course, forms the
first and most important entry for the individual to the common
store of knowledge. But in view of the linguistic limitation of which I
have just spoken the efforts in our day are carried on with renewed
zeal to create a universal auxiliary language (p. 100) by means of
which intercourse should be made possible beyond the language
boundaries. There have already been gratifying results.[I]

60. Civilization.
Everything which serves the social progress of mankind is
appropriately called civilization or culture, and the objective
characteristic of progress consists in improved methods for seizing
and utilizing the raw energies of nature for human purposes. Thus it
was a cultural act when a primitive man discovered that he could
extend the radius of his muscle energy by taking a pole in his hand,
and it was another cultural act when a primitive man discovered that
by throwing a stone he could send his muscle energy a distance of
many meters to the desired point. The effect of the knife, the spear,
the arrow, and of all the other primitive implements can be called in
each case a purposive transformation of energy. And at the other
end of the scale of civilization the most abstract scientific discovery,
by reason of its generalization and simplification, signifies a
corresponding economy of energy for all the coming generations
that may have anything to do with the matter. Thus, in fact, the
concept of progress as here defined embraces the entire sweep of
human endeavor for perfection, or the entire field of culture, and at
the same time it shows the great scientific value of the concept of
energy.

If we consider further that, according to the second fundamental


principle, the free energy accessible to us can only decrease, but not
increase, while the number of men whose existence depends directly
on the consumption of a due amount of free energy is constantly on
the increase, then we at once see the objective necessity of the
development of civilization in that sense. His foresight puts man in a
position to act culturally. But if we examine our present social order
from this point of view, we realize with horror how barbarous it still
is. Not only do murder and war destroy cultural values without
substituting others in their place, not only do the countless conflicts
which take place between the different nations and political
organizations act anticulturally, but so do also the conflicts between
the various social classes of one nation, for they destroy quantities
of free energy which are thus withdrawn from the total of real
cultural values. At present mankind is in a state of development in
which progress depends much less upon the leadership of a few
distinguished individuals than upon the collective labor of all
workers. Proof of this is that it is coming to be more and more the
fact that the great scientific discoveries are made simultaneously by
a number of independent investigators—an indication that society
creates in several places the individual conditions requisite for such
discoveries. Thus we are living at a time when men are gradually
approximating one another very closely in their natures, and when
the social organization therefore demands and strives for as
thorough an equalization as possible in the conditions of existence of
all men.
FOOTNOTES:

[A] Sometimes on suddenly awaking from a profound sleep a


person finds himself for the moment deprived of his personal
stock of memories, unable to recall where and in what
circumstances he is. No one who has experienced such a
condition can ever forget the terrifying sense of helplessness it
brings.

[B] More precisely, a very pale blue.

[C] It cannot be objected that inorganic nature also is known to


be subject to the law of causation. The causal mode of regarding
inorganic phenomena is a distinctly human one, and nothing
justifies the assertion that the same phenomena cannot be
viewed in an entirely different manner.

[D] Mathematicians who busy themselves a great deal with the


formal theory of four-dimensional space, seem to acquire a
capacity for imagining this form as easily as the three-dimensional
form with which we are all familiar. Therefore, despite the oft-
repeated statements to the contrary, it is not impossible to
imagine four-dimensional space. Only, we must not attempt to
represent to ourselves four-dimensional space in three-
dimensional space, especially not without a knowledge of its
properties.

[E] The usual designation of the larger groups, ten, hundred,


thousand, million, billion, etc., is also quite irrational. If it is our
object to secure expressions for place values in as few words as
possible, we find that the numbers of the form 102n, in which n is
a whole number, must receive their own names, that is, 10, 100,
10,000, 100,000,000 etc. In this way the problem of designating
as many numbers as possible by as few words as possible is
solved.

[F] It is not difficult to perfect musical notation with a view to


unambiguity, a thing which would greatly facilitate the study of
music.
[G] For the sake of the layman it must be observed that those
"quantities" are not energy magnitudes but factors of the
electrical and magnetic energies. Energy itself in its various forms
is an exclusively positive magnitude, and the result of the
additions of their various amounts is always the sum, never the
difference, of their numerical values. By the negative sign is
understood the energy expended in contradistinction to the
energy received. It is therefore nothing more than the indication
of a mathematical operation.

[H] Lately changes of elements into one another have been


observed in individual instances, but in such peculiar
circumstances that for the present we need not consider these
discoveries, which have only just begun.

[I] At the present time "Ido" is the best. It is a highly practicable


artificial language, and its advocates have succeeded in
organizing it to insure its normal development. An older and still
rather widespread form called "Esperanto" has failed to organize
itself so as to insure its development and it must inevitably die
out.
INDEX

Above and below, distinction between, 121


Abstract, concrete and, 16 ff.
Abstraction, 20
Action, conscious, 174;
instinctive, 174
Adaptation, 172 ff.
Aeromechanics, 147
Algebra, 80
Alikeness, definition of, 51 ff.
Allotropic changes, 161
Analysis, infinitesimal, 111
Analytic geometry, 122 ff.
Analytic judgments, 66
Anthropology, 57
Ants, specialization of, 181
Applied sciences, 57 ff.
A priori judgments, 44
Aristotle, 38, 66
Aristotle's logic, 22
Arithmetic, 79 ff.
Assertions, never absolutely correct, 53
Association, 63 ff., 81
Astronomic objective, 6
Astronomy as an applied science, 58
Atomic hypothesis in chemistry, 142
Atoms, 141

Bees, specialization of, 181


Biological sciences, 55;
life most general concept in, 56
Botany, 56

Cæsar, Julius, 76
Capillary phenomena, 146
Capillary theory, 147
Carbon, its circulation through plants and animals, 171;
life based on the energy of, 168
Carbonic acid, 171
Carnot, Sadi, 151
Causal relation, purification of, 34 ff.
Causation, the law of, 31 ff.
Chemical combinations, 71 ff.;
quantitative relations in, 74
Chemical energy, 159 ff.;
capable of powerful concentration, 161;
different forms of, 159
Chemical formulas represent concepts not sounds, 95
Chemistry, 20, 47, 55;
significance of, 160 ff.
Chinese script based on direct co-ordination, 93
Civilization, 184 ff.
Classification, not definite, 2;
purpose of, 2-4
Classification of the sciences, 53 ff.
Collective activity, 181
Combination, sequence in, 73 ff.
Combinations, theory of, 71
Combinatory schematization, 73;
in chemistry, 71 ff.;
in physics, 72
Communication, 181
Community among plants and animals, 179
Comparison, 82
Comte, Auguste, 54
Concept, the most general, 61 ff.
Concepts, arbitrary, 23;
complex, 23;
complex empirical, 23;
definition of, 16;
empirical, 18;
formation of, 19;
general, 26;
in ceaseless flux, 88;
science of, 15 ff., 122;
simple, 20;
simple and complex, 19 ff.
Conclusion, the, 24 ff.;
analytic, 66;
scientific, 27, 30, 66 ff.
Concrete and abstract, 16 ff.
Conjugacy, most general concept in formal sciences, 56
Conscious action, 174
Conscious thinking, willing, and acting, 178
Conservation of energy, the law of the, 135 ff.
Conservation of matter, 138
Conservation of the sum of work and kinetic energy, the law of
the, 134
Conservation of work, the law of the, 130
Conservation, quantitative, 131
Continuity, 101 ff.;
the law of, 113 ff.
Co-ordinated signs, change in, 88 ff.
Co-ordination, 80 ff.;
a means of obtaining facts without dealing directly with the
corresponding realities, 87;
between concept and word not unambiguous, 89;
between concept and written sign, direct and indirect, 92 ff.;
identity the limit case in, 82;
integral numbers the best basis of, 85;
in use among primitive men and higher animals, 87;
its importance, 85;
methodology of the sciences based upon, 85;
of numbers with signs, 90 ff.;
possibility of unambiguous, 88
Copernican theory, 117 ff.
Copernicus, 117, 141
Corpuscular theory of light, 5, 157
Counting, 85 ff.;
defined, 85;
purpose of, 86
Culture, see Civilization

Darwin, his fundamental theory, 173


Deduction, 40 ff.;
the process of, 41 ff.
Deductive sciences, 38
Determinateness, absolute, only in ideal world, 50
Determinateness of things, the, 47 ff.
Determinism, 48, 51
Differential Calculus, see Differentials
Differentials, 112
Double numbers or double points in a group, 82
Dynamics, 128 ff.;
definition of, 139

Elasticity, 145
Elastic undulatory theory of light, see Wave theory of light
Electricity, principal source of, 156
Electricity and magnetism, 154 ff.
Electromagnetic theory of light, 157 ff.
Electrotechnics, 156
Empirical sciences, 38
Energetic mechanics, 138 ff.
Energy, a substance, 136;
at rest, 154;
free, 154;
importance of concept of, 128;
in nerves, 177;
the most general concept in the physical sciences, 56;
of form, 145;
of volume, 145
Energy intensity, 153
Erg, definition of, 150
Esperanto, 183, note
Euclid, 44, 140
European-American scripts based on indirect co-ordination, 93
Experience, incompleteness of, 27;
more limited than the conceivable, 118
Experiences, distinguished by being familiar, 31;
limited knowledge of, 31
Experiential sciences, see Empirical sciences
Extrapolation, 46, 50, 104

Familiarity due to recalling former similar experiences, 11


Fechner, 102
Feeling, thinking, acting, 174 ff.
Force, 129 ff., 153
Formal sciences, 54;
are empirical sciences, 55;
order most general concept in, 56
Foucault's pendulum experiment, 121
Freedom of the will, 50 ff.
Frequency of process facilitates repetition, 11 ff.
Function, 109 ff.;
continuous and discontinuous, 110;
most general concept in formal sciences, 56
Functional relation, the application of the, 112 ff.
Functions, the theory of, 111
Fundamental principle, the second, 150 ff.

Gases, 145
Generalization, suitable place for, in text-books, 9 ff.
Geometry, 47, 54, 119, 127;
ancient and modern methods of, 110 ff.
Goethe, 99
Good usage in language, 100
Grammatical correctness, importance attached to, 99
Grammatical rules, 97
Gravitation potential, the, 112
Group, the, 65 ff.;
double members or double points in, 82;
linear arrangement of members of, 75 ff.
Groups, artificial and natural, 69 ff.;
closed, among animals, 179;
infinite, equality of, 84;
related, 69 ff.;
unequivocal order of, 83

Heat, mechanical equivalent of, 149;


theory of, 147 ff.
Heat energy, 148 ff.
Heat engine, 151;
ideal, 151 ff.
Heat quantity, 148 ff.
Heliotrope, 90
Herbart, 102
Heredity, 180
Higher analysis, 111
Homonym, 89
Hydromechanics, 147

Ideal cases, 44 ff.


Ideal machines, 132
Identity, the limit case in co-ordination, 82
Ido, 183, note
Imperfection, indestructible quality of science, 4
Incompleteness, no hindrance to efficiency of science, 5
Indestructibility of matter, see Conservation of matter
Indo-Arabic notation, 91
Induction, 38;
the complete and the incomplete, 39
Inductive sciences, 38
Inference, by induction, 38;
from analogy, 140
Infinitesimal analysis, 111
Inorganic world, lack of memory and foresight in, 33
Insoluble problems, 142
Instinctive action, 174
Intercourse, language and, 182 ff.
Isolation among plants and animals, 179
Isomeric, 74
Isomeric changes, 161

Judgments, analytic, 66

Kant, 44, 66, 105


Kepler, 141
Kinetic energy, 132;
and work, their sum constant, 133 ff.;
transformed into work and vice versa, 134
Knowledge, aim of, 19;
individual, compared to telephone, 7 ff.;
limited, 31;
possibility of error in, ineradicable, 40;
social character of, 183

Language, beginnings of, 88;


defective in co-ordination, 96;
distinction between science and knowledge of, 98;
good usage in, 100;
and intercourse, 182 ff.;
needless inflections in, 99 ff.;
of words more imperfect than written language, 92;
purpose of its cultivation, 99;
the science of, 97 ff.;
unambiguity the ideal of, 89;
a universal auxiliary, 100;
written, 89 ff.
Leibnitz, 88;
his doctrine of pre-established harmony, 143;
inventor of differentials, 112
Life, 163 ff.;
the most general concept in the biological sciences, 56
Light, 5, 156 ff.
Liquids, 145
Locke, John, 21 ff., 88;
his elaboration of the notion of simple and complex "ideas,"
21;
his secondary qualities, 127
Logic, 54, 67 ff.;
content of, 19;
definition of, 15 ff.
Luther, 99

Magnetism, electricity and, 154 ff.


Man, compared to pair of sieves, 34;
his capacity for perfection, 180
Manifold, the science of the, 54
Mass, 132 ff., 136 ff.;
a substance, 138
Mathematical laws, accuracy of, 105
Mathematics, 54;
an empirical science, 55;
influence on, of concept of continuity, 111;
its progress after introduction of Indo-Arabic numerals and
algebraic signs, 101
Matter, definition of, 138
Mayer, Julius Robert, 149;
his discovery of the law of conservation, 151
Measurement, 107
Mechanical energies, 144
Mechanics, 55, 128 ff.;
complementary branches of, 144 ff.;
definition of, 138;
early development of, 139;
energetic, 138 ff.;
the first branch of physics treated mathematically, 139;
pure or classical, 144
Mechanistic hypothesis, the, as an interpretation of all natural
phenomena, 142;
especially injurious in study of mental phenomena, 142
Mechanistic theories, 140 ff.
Mechanistic theory of the universe, 132
Mechanization of astronomy, 141
Memory, 16, 32, 180;
definition of, 172;
general characteristic of, 61;
lack of, in inorganic world, 53
Metabolism, 165
Methodology of the sciences based upon co-ordination, 85
Microscope, 6
Motion, the science of, 54, 122;
uninfluenced, 122
Musical notation, 93

Names, arbitrariness of, 62;


signs and, 86 ff.
Natural laws, 28 ff.;
definition of, 28;
their extent dependent upon stage of knowledge in each
science, 7;
their usual origin, 42 ff.;
prediction from, only approximate, 48
Natural philosophy, definition of, 1;
importance of, in study of science, 10;
place of, in text-books, 9 ff.
Negation, 68 ff.
Nerves, 177
Nervous discharge, 177
Newton, Sir Isaac, 141
Number groups, unlimited, 78
Numbers, 78 ff.;
theory of, 80
Numerals, co-ordination of, with signs, 86
Numerical names different in different languages, 86
Numerical signs international, 86
Nutrition, 165

Objective, astronomic, 6;
photographic, 6
Objective character of the world, 34
Optical telegraph, 90
Optics, geometric, 5
Optic signs, 90
Order, most general concept in formal sciences, 56
Organisms, standard for measuring relative perfection of, 176;
stationary forms, 163
Orthography, efforts to improve, 99;
English, defective in co-ordination, 96;
exaggerated importance of correctness in, 99;
mistakes in, 97;
reform of, 97

Parabolic curve, 48
Paradoxes of the infinite, 84
Pasigraphy, 92 ff.;
Chinese system of, 94
Permanent in change, the, 131
Perpetual motion, 130
Perpetual motion machine, 153
Philology, 97 ff.
Philosophy, limited progress in, 101
Phonetic writing, 33 ff.
Phoronomy, 54, 119, 122, 127
Photochemical processes, foundation of terrestial life, 169
Photographic objective, 6
Physical sciences, 55
Physics, 47, 55;
each branch of, treats of a special kind of energy, 139
the science of the different kinds of energy, 72;
Physiology, 55 ff.
Plato, his distinction between mental and physical life, 178
Polarity of electricity and magnetism, 155
Political organizations, conflicts between, 185
Prediction, 12
Pre-established harmony, 143
Pressure, 146, 154
Progress, depends on collective labor, 185;
economy of energy, 184;
evaluation of, 176
Pseudo-problems in science, 142
Psychology, 47, 55 ff.
Psycho-physical parallelism, 143
Ptolemy's system, 117
Pure science, 57

Quantity, the science of, see Mathematics, 54

Radiant energy, 157;


its importance to man, 158
Rational sciences, see Deductive sciences
Rays, straight lines of, 5
Reaction, teleological, 173
Reality, 16 ff.
Reflection, 5
Reflex action, 173
Refraction, 5
Repetition, basis of conscious life, 174
Reproduction, 165 ff.
Roman notation, 91

Science, aim of, 13 ff.;


comparison of, to a network, 42;
comparison of, to a tree or forest, 6;
definition of, 13;
eternal truth of, 6 ff.;
"for its own sake," 13 ff.;
the facts of, unalterable, 8 ff.;
the function of, 23, 37;
importance of theoretical, 15;
its procedure, 45;
the study of happiness, 28
Sciences, the table of the, 54 ff.
Scientific discoveries, independent simultaneous, 185
Scientific instinct, 43
Scientific materialism, 138
Scientific written language based on direct co-ordination, 93
Self-preservation, 180
Sense organs, 176 ff.
Shakespeare, 99
Signs and names, 86 ff.
Social characteristics, importance of, 179 ff.
Social classes, conflicts between, 185
Socialization of human capacities, 180
Social order still barbarous, 185
Social organization, 180;
how best obtained, 182;
its tendency to equalize conditions, 185;
secures permanence among specialized individuals, 181
Social problems, 179 ff.
Society, 179 ff.;
centrifugal and centripetal forces in, 181 ff.;
division of functions in, 181
Sociology, 47, 55, 57
Solar radiation, 169
Soul, the, 171 ff.
Sound signs, advantage and disadvantage of, 89 ff.
Sound writing, 33 ff., 92 ff.
Space, four-dimensional, 77, note;
homogeneity of, in horizontal direction, 121;
the science of, 54;
symmetrical and tri-dimensional, 118;
time and, 118 ff.;
tri-dimensional, 76
Specialization, one-sidedness of, 180 ff.
Spelling reform, 97
Stable forms, 163
Statics, 128 ff.;
definition of, 138 ff.
Stationary bodies, capable of regeneration, 164
Stationary forms, 163
Substance, 132
Surface-energy, 146
Syllogism, the, classic method of argumentation, 65 ff.
Synonym, 89

Table of the sciences, 54 ff.


Telegraph, optical, 90
"Teleological" properties of organisms, 173
Teleological reaction, 173
Telescope, 5
Temperature, 148
Theoretical science, importance of, 15
Theory of functions, 111
Theory of numbers, 80
Thermo-chemistry, 37
Thermo-dynamics, 153
Thing, definition of, 62 ff.
Thought conceived of as energetic, 178
Threshold, 102
Time, a form of inner life, 76;
measurement of, 122;
one-seried, or one-dimensional, 118;
and space, 118 ff.

Unambiguity, in language, 89;


of co-ordination of numbers to signs, 90
Universal auxiliary language, 100, 183

Velocity, 133
Volume energy, 145

War, 185
Wave surface, 6
Wave theory of light, 5, 157
Weight, 132, 137 ff.;
a substance, 138
Work, mechanical, 129;
product of the force and the distance, 130;
a substance in a limited sense, 136
Written language, 89 ff.
Written signs, 90

Zoology, 56
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EDITED BY

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world. Several facts concerning the habits of bivalves, here presented for the first
time, will be of interest to naturalists.

FISH STORIES: Alleged and Experienced, with


a Little History, Natural and Unnatural
By Charles F. Holder, Author of "The Log of a Sea Angler," etc., and
David Starr Jordan, Author of "A Guide to the Study of Fishes," etc.
With colored plates and many illustrations from photographs. $1.75
net.

"A delightful miscellany, telling about fish of the strangest kind, with scientific
description melting into accounts of personal adventure. Nearly everything that is
entertaining in the fish world is touched upon and science and fishing are made
very readable."—New York Sun.

INSECT STORIES
By Vernon L. Kellogg.
Illustrated, $1.50 net.

Strange, true stories, primarily for children, but certainly for those
grown-ups who like to read discriminatingly to their children.

"The author is among a few scientific writers of distinction who can interest the
popular mind. No intelligent youth can fail to read it with delight and profit."—The
Nation.

THE LIFE OF A FOSSIL HUNTER


By Charles H. Sternberg,
With introduction by Prof. H. F. Osborn, 48 Illustrations, $1.60 net.

The most interesting autobiography of the oldest and best known


explorer in this field.

"One of the most interesting books to be found anywhere."—William Allen White.

THE FRESH WATER AQUARIUM AND ITS


INHABITANTS
By Otto Eggeling and Frederick Ehrenberg.

A Guide for the Amateur Aquarist. With 100 illustrations, large 12mo,
$2.00 net.

"The best guide to the aquarium."—The Independent.


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