AUTORES / AUTHORS ESTUDIO / STUDY
María Martín-Vivar
Universidad Francisco de Vitoria del miedo
marí[email protected] 0000-0001-9498-5127 Recibido / Received 21 de noviembre de 2022 Aceptado /
Acepted 30 de noviembre de 2022 Páginas / Pages
De la 185 a la 193
ISSN: 1885-365X
La emoción común
y su comunicación en psicología
The common emotion of fear and its
communication in psychology
RESUMEN:
El miedo aparece en determinadas situaciones, en su mayoría amenazantes o peligrosas para la integri
dad de la persona. Es una reacción corporal que vivimos como un estado de excitación y tensión. Desde
la niñez, los miedos están presentes formando parte del desarrollo. A través del apego y el vínculo con
sus figuras de referencia, el niño será capaz de ir adoptando sus propias estrategias para definir su
estilo de afrontamiento. Este proceso es clave para todos los futuros miedos que enfrente en la
adolescencia y adultez. Hoy en día, internet cambia la forma en que los adolescentes se comunican y
se desarrollan. Los tipos de miedo y cómo se presentan y se afrontan también están cambiando.
PALABRAS CLAVE:
Miedo; temores; apego; estilos afrontamiento.
ABSTRACT:
Fear appears in certain situations, mostly threatening or dangerous for the integrity of the person. It is a bodily reaction
that we experience as a state of excitement and tension. Since childhood, fears are present as part of development.
Through attachment and bonding with their reference figures, children will be able to adopt their own strategies to
define their coping style. This process is key to all future fears faced in adolescence and adulthood. Today, the internet
changes the way adolescents communicate and develop. The types of fears and how they are presented and dealt
with are also changing.
KEY WORDS:
Fear, fears, attachment, coping styles.
Me da miedo ir a terapia y no me atrevo a no ir porque me da miedo cómo estoy… atrapada…,
enganchada, sin avanzar.
Quiero que se acabe todo y no hay manera. Sola no puedo.
Te pido ayuda. No sé si estás son las palabras mejores para expresarlo.
Comunicación y Hombre. Número 19. Año 2023 • DOI: https://doi.org/10.32466/eufv-cyh.2023.19.774.185-193
María Martín-Vivar. «La emoción común del miedo y su comunicación en psicología».
Comunicación y Hombre. 2023, nº 19, pp 185-193. DOI:
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El miedo es una emoción común, esperable, básica. Todos, en diferente medida, lo hemos
experimentado. Es una respuesta fisiológica innata desde que nacemos, factor protector y
socializante con un papel clave para la supervivencia (Pérez-Grande, 2000).
Tengo muchos pensamientos intrusivos constantemente, me obsesiono con pensa
mientos negativos acerca de mí y de lo que los demás piensan de mí. Esto me produ
ce bloqueos a nivel social, académico, personal… y a veces me impide realizar lo
que tengo pendiente en mi día a día con normalidad. Vivo con miedo a tomar
decisiones.
He tardado casi dos años en hacer el TFG porque no era capaz de sentarme en la
silla, me entraba ansiedad, tengo que hacer otro ahora porque es un doble grado y
aún no he sido capaz de ponerme.
El miedo aparece en determinadas situaciones, en su mayoría amenazantes o
peligrosas para la integridad de la persona. El miedo, a su vez, es una reacción corporal
que vivimos como un estado de excitación y tensión. Por ello, es concebido como un
fenómeno motiva dor y socializante (Adolphs, 2013; Pérez-Grande, 2000). Es miedo es
normal, habitual. Lo sentimos todos desde que nacemos. Las reacciones más primarias que
aparecen en torno al miedo en las personas son fisiológicas. Al sentir miedo, nuestro
cuerpo libera numerosas hormonas ―adrenalina, epinefrina y otras―, lo que provoca una
cascada de cambios y reac ciones para conseguir adquirir la tensión necesaria. Algunos de
los síntomas que la persona siente son taquicardia, sudoración, escalofríos, temblor,
sequedad de garganta, debilidad de piernas y brazos, dolor de estómago o aceleración de
la respiración (Craske et al., 2011). Toda esta reacción biológica prepara al cuerpo ante la
amenaza.
La respuesta que se observa desde fuera puede variar entre dos extremos: la
inmovilidad más absoluta o una agitación motriz extrema (Steimer, 2002). Estas respuestas
evolutivas son muy similares a las de otros mamíferos. El punto de partida de la reacción
del miedo comienza en el cerebro. Es ahí, entre la amígdala, que coordina y comunica con
otras par
tes, como la ínsula, la corteza prefrontal dorsolateral y la corteza cingulada anterior dorsal,
donde se elaboran las señales necesarias para reaccionar (Fullana et al., 2016). Durante el
fugaz análisis de la situación, el cerebro plantea si es mejor adoptar una reacción inmóvil,
casi en estado de cataplejía, o si, por el contrario, lo más seguro y necesario para evitar la
situación amenazante es agitarse, gritar y buscar la huida de la manera más rápida posible
(Pérez-Grande, 2000).
Además de las manifestaciones cognitivas y comportamentales, el miedo también con lleva
gran cantidad de pensamientos. Son parte de ese procesamiento rápido y exhaustivo del
cerebro sobre la situación y también de factores externos, como la experiencia propia previa
y los esquemas cognitivos internos (González-Javier et al., 2021). Según diferentes teorías,
es la amígdala la que actúa como coordinadora y elemento clave en la identificación de los
estímulos como peligrosos. Esta identificación podría relacionarse directamente con
aquellos escenarios o desencadenantes que causan temor a los seres humanos por instinto
de supervivencia innato. Otros, más subjetivos, estarían unidos a experiencias individuales,
esquemas propios cognitivos, aprendizajes o influencia del contexto social, dónde se ha cria
do, cuál es el ambiente que rodea a la persona. En cualquier caso, la amígdala se mantiene
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en un estado latente hasta que la presencia de ese estímulo activa toda la cascada de res
puestas (Fullana et al., 2016).
Continuamente, en consulta, los pacientes me suelen preguntar «¿Pero he reaccionado
bien?», «¿Esto solo me pasa a mí?», «¿Me libraré de ello algún día?». La combinación de
factores referida anteriormente es la explicación. Esta fórmula es la que diferencia la
reacción ante un mismo estímulo en diferentes personas. Esta subjetividad no solo implica
diferentes reacciones exteriores, sino también diferentes pensamientos y sensaciones
internas. Según Echeburúa (2000), estas reacciones son totalmente dependientes de la
persona que sufre miedo y de los factores externos y el estímulo que provoca dicha
emoción. Por todo ello, es imprescindible siempre legitimar el miedo. Es una emoción
básica que tiene un papel innega
ble. Universal y multicomponente.
2. Origen de los miedos
¿Todos tenemos miedos? Como se ha comentado previamente, el inicio o punto de partida
biológico del miedo es la amígdala. Esto se conoce gracias a los estudios relacionados con
el síndrome de Urbach-Wiethe, un trastorno muy poco común en el que las personas pre
sentan una calcificación lenta de la amígdala, lo que provoca que la persona no presente
ningún tipo de miedo (Hulsman et al., 2021; Fullana et al., 2016). Por lo tanto, más allá de
los estímulos que causan miedo, la fórmula que hay que considerar respecto al miedo está
relacionada con factores experienciales de aprendizaje. El procesamiento de dichas claves
desde el origen en los primeros momentos de la vida de la persona (Pérez-Grande, 2000).
Afirmamos que los miedos surgen desde la primera infancia. Bebés ante ruidos estridentes
y personas desconocidas, niños de tres años que lloran desconsoladamente ante la oscu
ridad (Méndez et al., 2003), niños que temen que los padres se separen cuando discuten y
se bloquean, riesgo de daño físico, temor a la muerte o un posible rechazo de sus iguales
son solo algunos de ellos. Son normativos, los hemos vivido y forman parte de nuestra
historia vital.
Es imprescindible en este punto situar la mirada y el cuidado incondicional de nuestros
padres. Esa mirada inicial en la que se basa la sincronía y va conformando nuestro apego.
El apego es, según Bowlby (1969), cualquier forma de conducta que tiene como resultado
que una persona obtenga y retenga la proximidad de otro individuo diferenciado y preferido,
que suele concebirse como más fuerte o más sabio. Dicho autor completa refiriendo que el
vínculo de apego es una herencia evolutiva que favorece la supervivencia al mantener cerca
al cuidador primario. Es un aspecto básico del dinamismo relacional de los seres humanos.
Hace referencia a la relación que establecemos con nuestros cuidadores primarios, que nos
enseñará a vincularnos a lo largo de nuestra vida. Es la base de las relaciones humanas,
nos genera un impacto innegable. El existir de este vínculo afectivo nos integra, nos
despierta, nos descubre, nos constituye, nos hace sobrevivir. Es la base para el adecuado
desarrollo físico, emocional y social (Feeney y Noller, 2001). Gracias al vínculo de apego,
adquirimos un repertorio de conductas que nos garantizan mantener cerca a nuestros
cuidadores prin cipales, anhelando la homeostasis y favoreciendo la exploración y el
cuidado, siendo refugio seguro y habilitando la superación de los miedos evolutivos
correspondientes. Si no se cons-
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truye ese vínculo individual con las figuras cuidadoras, la persona tenderá a experimentar
miedos intensos o crónicos (Bowlby, 1969; Feeney y Noller, 2001).
Si miramos a la adolescencia y a sus miedos, estos van asociados al momento vital del
desarrollo. La adolescencia es la etapa del ciclo vital que se encuentra entre la infancia y la
etapa adulta. La Organización Mundial de la Salud ―OMS― (2015) define la adolescencia
temprana entre los diez y catorce años y la tardía entre los quince y diecinueve. Cursa con
cambios puberales e implica una transformación profunda en todos los niveles de la
persona, biológico, psicológico, personal, familiar, social y académico (Güemes-Hidalgo et
al., 2017). Durante este periodo del desarrollo, lo esperable es que los adolescentes vivan
un proceso de diferenciación, centrado en la búsqueda de sí mismos, su identidad personal
y social y una marcada necesidad de transmitir independencia. Por ello, en la interacción
con sus iguales, especialmente su participación y nivel de interacción en grupos de
personas con el mismo rango de edad, forma parte del eje central del desarrollo en esta
etapa (Erickson et al., 2020). Debido a esta transición de la dependencia a la independencia
de sus figuras parentales, los adolescentes vivirán con frecuencia miedos, dudas y temores.
La elaboración y procesa miento de todas estas dudas favorecerá la generación de un
criterio propio que actuará como base fundamental para cualquier decisión u opinión que
elaboren en el futuro (Ruiz y Juanas, 2013; Güemes-Hidalgo et al., 2017).
Los padres sienten, como suelen mostrar en consulta, diversas señales de miedo rela
cionadas con el crecimiento de sus hijos que son consustanciales a su ser. Son innegables.
Resistencias al cambio, tendencias de control, bloqueo y pensamientos alarmantes sobre el
crecimiento de sus hijos son algunos ejemplos. Es en ellos, a su vez, en los que se ponen
en marcha los mecanismos de apego en esta etapa para con sus hijos, la parentalidad en la
adolescencia, tan difícil en estos tiempos actuales bañados con redes sociales, modas y
vídeos (Noom et al., 1999).
Si nos centramos en los adolescentes, uno de los miedos fundamentales asociado a esta
etapa es el miedo al fracaso, al rechazo, a no estar a la altura de lo que esperan sus padres,
sus familiares y el contexto que los rodea. Miedo al ridículo, a que los demás confirmen sus
temores y se den cuenta de que no son suficiente. Autores como Luis Huete lo relacionan di
rectamente con la autoestima. El riesgo de este miedo es que se convierta en desadaptativo
y se asocie a una necesidad constante de aprobación ajena, olvidándose de los verdaderos
valores y factores humanos que forman su persona. Otro miedo característico es el miedo a
ser heridos, a percibir que no pueden estar al mando de su vida. Evitar a toda costa el
sufrimiento y, por lo tanto, cuando se produce, evitar activamente su análisis como parte de
establecer el sentido de vida. Esta es una de las mayores dificultades en la adolescencia. El
riesgo de convertir este miedo en desadaptativo consiste en vivir de manera
exageradamente intensa, excesiva, sin control ninguno. Se considera desadaptativo el
hecho de que el miedo acabe gobernando el comportamiento del adolescente (Méndez et
al., 2003).
Existen muchos más miedos de distinta naturaleza e intensidad. Es normal y su supera
ción es uno de los criterios clave para que la persona se desarrolle desde la adolescencia
hasta la adultez con maduración psicológica suficiente y estable. La posibilidad de que estos
miedos no se resuelvan, o que el adolescente no sea capaz de desarrollar las aptitudes y
habilidades para superarlo, puede provocar la aparición de miedos desadaptativos e
impactar negativamente en su día a día.
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Un miedo se torna desadaptativo cuando la respuesta fisiológica y emocional asociada ge
nera un claro malestar y afecta al ámbito personal, familiar, social o profesional en la
persona (OMS, 2019). Varias investigaciones han hallado componentes genéticos en varios
trastor nos mentales en los que el miedo desadaptativo es uno de los síntomas centrales,
como las conocidas fobias y la ansiedad generalizada (Taschereau-Dumouchel et al., 2022;
González y Martínez, 2014). A su vez, numerosas publicaciones señalan miedos ya
nombrados durante la infancia y la adolescencia que no son superados o procesados de
manera esperable. Este hecho, para muchos, es el factor detonante que motiva que
algunas personas elaboren pro cesamientos erróneos y generen respuestas desadaptativas
en su día a día (Dincheva et al., 2016; Schiller et al., 2008; Milad et al., 2006).
El miedo está presente en otros muchos trastornos de salud. Según diversos autores, el
miedo desempeña un papel central en mecanismos relacionados con el estrés, tan
nombrado en nuestros días, y las respuestas ante la enfermedad. Por lo tanto, tendría un
papel clave en la aparición de determinados síntomas fisiológicos y somáticos (Hall et al.,
2017).
3.1 Relacionando el miedo desadaptativo
con los estilos de afrontamiento
El estilo de afrontamiento hace referencia a la predisposición, tipo de estrategias y actitud
con que la persona cuenta para hacer frente a las diferentes situaciones que vive, buscando
adaptación. El primer tipo de afrontamiento desadaptativo frente al miedo es la generaliza
ción de una respuesta de miedo ante un estímulo que o bien no está presente en ese mo
mento, o bien lo estuvo en el pasado y la persona anticipa su posible presencia de nuevo.
Por ejemplo, la ansiedad ante los exámenes es una situación bastante frecuente. El
adolescente comienza a sentirse mal días o incluso semanas antes de tener el examen,
anticipando las posibles consecuencias de este. Los síntomas y emociones que siente la
persona son de la misma intensidad y duración que si el estímulo estuviese presente. En
este funcionamiento, el cerebro anticipa y predice ―bien con base en la experiencia, o bien
con base en un es quema cognitivo propio― las posibles consecuencias que tendrá la
presencia del estímulo (Blanchard et al., 2008; Sassaroli y Lorenzini, 2000).
Previsiblemente, este tipo de miedos causan malestar clínicamente significativo a la per
sona. Invalidan y bloquean. No solo por los sentimientos de nerviosismo, agotamiento, des
asosiego e hiperalerta, sino también por una marcada sensación de indefensión al reaccio
nar ante pensamientos o anticipaciones propias y no ante la presencia real de un estímulo
(Blanchard et al., 2008). Este tipo de miedo anticipatorio es considerado un síntoma común
en múltiples trastornos de salud mental; entre ellos, el más prevalente tanto en población
adulta como infantojuvenil es la ansiedad (American Psychiatric Association –APA–, 2014;
OMS, 2019).
El segundo tipo de afrontamiento también causa malestar clínicamente significativo. En
este caso, el origen de este malestar se debe a una reacción extrema de miedo, tanto física
como emocional, ante la presencia de un estímulo. En psicología se denomina fobia. En es-
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tas situaciones, un estímulo, que puede ser considerado peligroso por una amplia mayoría
de las personas, provoca una respuesta demasiado exagerada y completamente fuera de
contexto. Las fobias son de múltiples tipos en función del estímulo que provoca la reacción
de miedo (APA, 2014; OMS, 2019). Conocidas por todos son la fobia a volar, a las alturas, la
agorafobia o la fobia a sangre. Puede haber hasta quinientos tipos diferentes. La prevalencia
y frecuencia son cambiantes, no solo en función de la persona, sino también del entorno so
ciocultural que nos rodea y del tipo de generación en el que se encuentre la persona.
4. ¿Cómo afrontan el miedo los jóvenes
hoy en día?
Los estilos de afrontamiento de miedos, temores y dudas asociados a la adolescencia y
años posteriores han cambiado respecto a generaciones anteriores. Según varios autores,
nos encontramos ante un salto generacional. Los jóvenes de hoy en día pertenecerían a las
generaciones Z y Alpha, y se diferenciarían de las generaciones anteriores en la influencia
de internet durante las primeras etapas del desarrollo (Dimock, 2019; Álvarez et al., 2019).
Internet es para muchos la primera fuente o vía de comunicación para interaccionar con
iguales. Los formatos son muy diversos: mensajería instantánea, videollamadas, foros,
redes sociales. Y su evolución es rápida: las nuevas redes sociales son más dinámicas y
rápidas, y nuevas dimensiones, como el metaverso, plantean múltiples opciones y
novedades para ofrecer un espacio donde comunicarse e interaccionar con iguales. Internet
está cumpliendo un papel fundamental en la formación de la identidad de nuestros jóvenes.
Facilita el acceso a cantidades infinitas de información y es una de las principales fuentes
que consultan los jó venes cuando tienen dudas. Además, ofrece espacios y grupos de
iguales donde ellos se ven reflejados y buscan esos valores de idealidad e información para
anclarse (Buhi et al., 2009).
Según varias investigaciones, internet lleva la trayectoria de ser una de las primeras fuen
tes a las que acuden los jóvenes para resolver sus temores y dudas. A través de internet, los
jóvenes buscan satisfacer sus necesidades de una manera rápida e inmediata. Interacciones
sociales, intercambio de información, resolución de dudas. Son múltiples los formatos que
los jóvenes emplean para ello. Internet favorece, a su vez, la sensación de independencia.
Aísla más al grupo de iguales, intensificando sus interacciones y favoreciendo que sean la
primera fuente de resolución de dudas y miedos (Buhi et al., 2009; Metzger et al., 2015)
5. Cuando los factores de riesgo se multiplican
Múltiples estudios han analizado el impacto que tienen en la sociedad los desastres
naturales, pandemias, atentados o guerras. Este tipo de estudios se centran en las
personas indirecta mente afectadas, bien por cercanía, bien por sensibilidad (Makwana,
2019; Samji et al., 2021).
El reciente metanálisis realizado por Samji et al. (2021) consistió en analizar 116
estudios que evaluaron la influencia de la pandemia en la salud mental de más de 120 000
niños y adolescentes. Además del aumento de prevalencia en trastornos previamente
mencionados, en la mayoría de los artículos identificaban el miedo como un factor de riesgo
asociado. No
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solo el miedo por su propia salud, sino por la de sus familias, de sus familiares más
mayores, así como todas las repercusiones sociales que la pandemia tendría. Estos
estudios confirman que la gravedad de la naturaleza del evento o la globalidad de este
influyen negativamente en los adolescentes. Además, en aquellas personas con estrategias
de afrontamiento insufi
cientes, impacta de manera muy negativa en su día a día y puede llegar a causar trastornos
mentales, como ansiedad, depresión o trastornos por estrés postraumático (Makwana,
2019). El hecho de que el miedo sea uno de los componentes fundamentales de este
impacto nega tivo en las personas es muy relevante.
La exposición, durante el seguimiento de estas tragedias, a vídeos, noticias, imágenes y
mensajes es la principal fuente de estímulos desencadenantes de la reacción de miedo. En
la actualidad, internet favorece que la información fluya más rápido y de manera más descon
trolada, provocando que la información que recibes tenga menos control, supervisión y filtros
(Wang et al., 2021). Esta tendencia y el mayor aislamiento de los jóvenes en internet son
claros factores de riesgo en aumento, no solo para la aparición de miedos desadaptativos,
sino para su evolución a posibles trastornos de salud mental.
El miedo es una emoción básica que acompaña a las personas, independientemente del
sexo, la cultura o las circunstancias históricas. Es adaptativa porque nos prepara para la ac
ción. En determinados momentos y circunstancias, puede generar malestar y sufrimiento de
bido a la elaboración de dichos miedos de forma desadaptativa. Para afrontarlos, como
parte del espectro emocional, es necesario parar y mirar adentro. Conectar contigo mismo,
sin huir, aunque sea desagradable, para conseguir sostener dicha emoción y poder
tolerarla. Hacerte preguntas, ponerlo en palabras, escucharte en tus coordenadas buscando
la coherencia que te hace ser, siendo fiel a ti mismo. No enjuicies tu forma de ser, descubre
de dónde viene. Los miedos no son vulnerabilidad, son movimientos internos que nos
conectan con nuestros estilos de afrontamiento. Sé fiel a ti. Eres único e irrepetible.
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